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Artículo que se refiere al socialismo utópico en francia.

Socialismo

Esta palabra, de origen reciente, fue lanzada en el lenguaje ardiente de los partidos por la mano de una revolución repentina. Para unos es el último término del espanto, del odio y del desprecio; otros lo reivindican como título de honor, como símbolo de esperanza y como prenda de una felicidad más o menos próxima. Colocándose Mr. Guizot entre los enemigos furiosos y los entusiastas del socialismo, dijo advertido por la revolución de febrero: «Las doctrinas socialistas tienen su lugar en el gran movimiento de la humanidad y de la civilización.» Intentemos, pues, por más que sea difícil la empresa, intentemos caracterizar a sangre fría esas doctrinas y ese movimiento.

Los jefes de las escuelas socialistas pertenecen a esa eterna familia de utopistas, de quienes Platón, Tomás Moro y Campanella, son los tipos más originales y célebres. Los socialistas y utopistas tienen de común, que no se contentan con criticar a la sociedad de que son miembros, no pretenden solamente reformarla, sino cambiarla completamente de arriba abajo, y ofrecen reconstruirla por medio de su varita mágica sobre un plan preconcebida. La imaginación desenfrenada les proporciona las bases de su doctrina, afectando igual desprecio a la tradición y a la autoridad establecida. Sin embargo, el que compare las utopías antiguas y los sistemas socialistas contemporáneos no podrá menos de admirarse de las semejanzas que existen en el fondo y en multitud de pormenores entre estos diversos sueños. Diríase que los autores se han copiado, por mas que no se hayan leído siquiera los a unos a los otros. Es preciso no dejarse engañar por esta apariencia de reminiscencia y aun [529] de plagio, pues aunque el campo del error sea muy vasto y fértil, y aun cuando parece presentar a los infatigables colonos que lo benefician recursos siempre nuevos, la demencia del hombre tiene sus límites como su razón.

Tendiendo al mismo objeto, la invención de un orden social completamente nuevo; procediendo por el mismo método, la imaginación absoluta, y arrastrados por consiguiente con frecuencia a idénticas visiones, los utopistas y socialistas difieren, sin embargo, en un rasgo que marca entre estos hijos de una misma familia una distinción profunda. Los utopistas, de los que ya hemos nombrado los mas famosos, fueron visionarios solitarios, más cuidadosos de la idea que de la práctica, que aspiraban únicamente a esa propaganda natural e insensible que todo autor de buena fe desea ejercer publicando sus pensamientos. Seguramente se puede señalar en la historia del siglo XVI la influencia funesta y muchas veces sangrienta de las utopías sociales. Los eruditos y filósofos aplaudieron en un principio los desvaríos de Tomás Moro: la utopía, decían, es una critica exagerada, pero inofensiva e ingeniosa de los abusos de la propiedad eclesiástica y feudal; pero retiraron sus elogios en cuanto vieron a la luz de las hogueras levantada la bandera del comunismo por los campesinos de la Suabia, por los anabaptistas de Zurich y de Munster, y por todos los feroces continuadores de los wiclefitas, lalardos y husitas, que en el siglo anterior habían aterrado o asolado la Inglaterra y la Bohemia. La historia de la filosofía no es más que una serie de procesos de tendencia. A sus ojos los pensadores son a la vez responsables de la intención y del efecto involuntario de sus escritos. Sin embargo, sería llevar muy lejos la teoría de la complicidad moral, acusar a Tomás Moro de haber suscitado a los anabaptistas, porque el eco de sus doctrinas parece resonar en las proclamas de algunos fogosos sicarios {(1) Tomás Moro y Campanella, o Essai sur les utopies contemporaines, por Cléophas Dareste, Thése, 1843, p. 40. } de Juan de Leiden. Lo que hay de cierto es, que lejos de ambicionar el papel de jefe de escuela o de partido, el mismo Tomás Moro había cuidado de declarar que sus ideas no eran realizables. La historia le ha cogido la palabra, y ha hecho del titulo de su libro, La Utopía, un nombre de género, sinónimo de quimera.

Los socialistas, por el contrario, se empeñan en poner en obra sus concepciones. Declarándolas al punto practicables, se muestran impacientes por arrastrar a las masas; devóralos un proselitismo ardiente y no desprecian medio alguno de propaganda, solo que los unos quieren convencer a los hombres sobre la excelencia de sus planes, y son los socialistas filósofos, y los otros apelan a la perfidia y a la violencia, y son estos los socialistas revolucionarios o anárquicos. [530] San Simon y Fourier fundaron, por decirlo así, la primera de estas esencias; Baboeuf y su triste raza pertenecen a la segunda.

El socialismo así definido apareció en 1789. No fueron los abusos de la organización política los que excitaron solamente las quejas y los ataques del siglo XVIII. Juan Jacobo Rousseau, Mably, Brissot, Linguet, Condorcet y otros muchos, habían puesto en cuestión los principios del orden social; pero en general los filósofos, aun los más temerarios, se limitaron a hacer como de pasada la crítica de la propiedad y de la familia, y no tuvieron la pretensión de organizar la sociedad humana sobre bases nuevas y sobre un plan sistemático. Uno solo, Morelly, autor de la Basiliada (1753) y del Código de la naturaleza (1755), compuso una utopía puramente comunista: inútil empresa, de la que ni siquiera se habría apercibido la historia literaria, si los discípulos póstumos no hubiesen intentado en nuestros días exhumar a Morelly y sus libros muertos desde nacer. Por e1 contrario, tan luego como estalla la revolución francesa, la licencia de las opiniones, la libertad ilimitada de la imprenta y la apertura de los clubs suscitan por todas partes a los maestros y a las escuelas socialistas. Se trata de persuadir que es tan fácil improvisar constituciones sociales, como constituciones políticas al uso de la Francia. El socialismo anárquico no conoce sus orígenes. Verdad es que los jefes que lo explotan se cuidan poco de disipar una ignorancia que favorece su reputación de excentricidad original, una de sus mas caras ambiciones. Los socialistas alemanes pasan por los primeros que declararon una guerra sistemática a las ideas de Dios y de patria: no son, sin embargo, mas que plagiarios de Silvano Marechal y de Anacarsis Clootz.

El año VI de la república francesa, que llama Marechal año I de la razón, redactó en ciento dos artículos y publicó con el título de Culto y Leyes de una sociedad de hombres sin Dios, la utopía más radical a la vez y más atrevida. He aquí el preámbulo de esta carta del ateísmo: «Desde tiempo inmemorial viene cometiéndose un gran escándalo. Una mentira política, que cuenta algunos miles de años de antigüedad, hace ilusoria la perfectibilidad de la especie humana. No existe todavía ninguna institución especialmente destinada a combatir y destruir la creencia en Dios: de todas las preocupaciones esta es la que hace mas daño.» «Dios es el pretexto de todos los crímenes y de todas las calamidades, exclama Silvano Marechal.» Dios es el mal , repetirá Proudhon, formado en la escuela de los neovegelianos.

Aun antes que los ateos sistemáticos hubiesen hallado su legislador, ya se habían dado a luz en Francia los socialistas humanitarios, los cuales se llamaban entonces los cosmopolitas. [531] Anacarsis Clootz era su jefe. Desde que tuvo el honor de presentar a la Asamblea nacional y conducir pocos días después al campo de Marte en la fiesta de la federación una diputación grotesca de extranjeros, se hacía llamar el orador del género humano. Con este título firmó el principal monumento de su extravagancia: las Bases constitutivas de la república del genero humano.

Otra tendencia de los socialistas de nuestros días, más general todavía entre ellos que la que aspira a suprimir la patria, se había manifestado aun antes de la reunión de la Asamblea constituyente. Un gran arranque de filantropía y un vivo deseo de aliviar la suerte del pobre y mejorar la condición del obrero, honraron el reinado de Luis XVI; pero desgraciadamente el entusiasmo de 1789 arrastró estos laudables sentimientos más allá de los límites de la justicia. En momentos en que el voto público reclama y obtiene la supresión de las clases, publicistas extraviados por buenas e imprudentes intenciones, trabajan sin saberlo en levantar una aristocracia a la inversa, no menos inicua y opresiva y más intolerable que ninguna otra. Persuaden a los obreros que ellos son los que constituyen la población laboriosa y útil por excelencia, que tienen en el Estado intereses distintos de la solidaridad común, y que deben ser privilegiados, y aun muchos llegan hasta pedir que los ciudadanos indigentes tengan el derecho de enviar mandatarios especiales a la Asamblea nacional. Lambert, inspector general de los aprendices de las diferentes casas del hospital general, publica sucesivamente en muy cortos intervalos: Resumen de proyectos generales en favor de los que nada tienen; El cuaderno de los pobres; Al rey y a los Estados generales; Súplica para salvar el derecho de los pobres; y en fin, el Mensaje a la Asamblea nacional, a fin de obtener la formación de una junta de su seno que aplique de una manera especial a la protección y conservación de la clase no propietaria el gran principio de justicia decretado en la Declaración de los derechos del hombre y en la Constitución. Más explícito que Lambert, Fourny de Villiers se encarga de redactar los Cuadernos del cuarto orden, el de los pobres jornaleros, de los enfermos, de los indigentes, el orden sagrado de los desvalidos. La Asamblea constituyente satisfizo en parte los deseos emitidos por Lambert, pues instituyó una comisión de mendicidad, cuyos respetables individuos formaron planes gigantescos para socorrer a la indigencia, cuidándose menos de evitarla, como hubiera sido preferible.

Especulando con la miseria pública, que crecía con la tempestad revolucionaria, el socialismo demagógico levantó la cabeza. Por mucho tiempo fue atacada la propiedad en las asambleas parlamentarias, en los clubs, y por medio de la imprenta, antes que Baboeuf [532] forjara su atroz teoría de subversión social e intentase establecer la comunidad por medios tomados del terror.

Después de este feroz lictor, que lleva las hoces sangrientas, el hacha y la tea de la demagogia, se interrumpe por largos años la tradición del socialismo, o por lo menos, se trasforma en la oscuridad y no sale a luz hasta después de la revolución de julio de 1830. San Simon y Fourier son los autores de esta metamórfosis completa. Tanta cuanta era la admiración y simpatía que afectaba Baboeuf por los forajidos de la demagogia, así era la adhesión que estos dos jefes de nuevas sectas rivales profesan a los hombres y a las consecuencias de la revolución. No por medio de la violencia, si no por la propaganda persuasiva, pretenden realizar las teorías de asociación. Lejos de querer derribar al gobierno, se lisonjean con las ideas de convertirle a sus quimeras, San Simon ofrece a todos los soberanos del mundo, a los capitalistas, a los industriales, a todos los poderes, a todas las aristocracias de la tierra, el honor de ejecutar sus proyectos, que deben (esto es a sus ojos de mayor mérito) cerrar para siempre la revolución. Fourier hasta el fin de su vida llamó con todos sus votos y esperó con imperturbable confianza la visita del capitalista generoso a quien reservaba la gloria de fundar a sus expensas el primer falansterio, y lanzar de este modo, merced al atractivo irresistible de este espectáculo, al género humano en los caminos de la armonía universal.

San Simon y Fourier se unen, pues, por una aversión común a la escuela revolucionaria. El destino creó entre ellos otro punto de contacto. Por largo tiempo oscurecidos, solitarios, desnudos de influencia, contando apenas algunos lectores de sus escritos, parecían destinados a la suerte ordinaria de los utopistas. Sin embargo, San Simon, sumergido en la más profunda miseria, reunió a unos cuantos discípulos fieles alrededor de su lecho de muerte, siéndole entonces permitido predecir la fortuna efímera, pero brillante, de su escuela. Los sansimonianos, aprovechándose de las libertades políticas conquistadas por la revolución de 1830, se entregan a una propaganda activa, imprimen libros, periódicos y folletos; levantan tribunas y cátedras; sus misioneros, revestidos de un traje simbólico, recorren la Francia, la Bélgica y la Suiza. Almas generosas, cansadas del escepticismo liberal, se dejan llevar de la promesa del nuevo cristianismo anunciado por San Simon. Literatos, poetas, artistas, jóvenes poseídos de ese vértigo que acompaña a las revoluciones, son seducidos por las esperanzas de felicidad y de ciencia que la doctrina nueva prodiga a sus adeptos. Sin embargo, la relajación de la moral, la emancipación de los sentidos, y el libertinaje dogmático yacen en el fondo de estas teorías engañosas. Se declara el cisma [533] entre los sansimonianos; y la escuela, estado mayor sin tropas, se disipa y desaparece.

En todos tiempos se han hecho la guerra los socialistas. Fourier se alarmó con los triunfos de los sansimonianos y con la fama que algunos ensayos de comunidades industriales habían dado al nombre de Roberto Owen. En 1831 denunció los lazos y el charlatanismo de las dos sectas de San Simon y Owen, que prometen la asociación y el progreso. Tal es el título del folleto virulento en que Fourier, entre otras amenidades, llama a sus émulos en socialismo los hipócritas del progreso. Sin embargo, gracias al celo de un discípulo entusiasta, Mr. Víctor Considerant, iba a fundarse la escuela del Falansterio, la cual se reclutó principalmente entre los matemáticos, entre los antiguos alumnos de la Escuela Politécnica, seducidos por el encadenamiento riguroso que Fourier ha sabido dar a sus visiones más excéntricas y a sus imaginaciones mas inmorales.

Al mismo tiempo que los sansimonianos y los falansterianos, que les sobrevivieron, levantaban la bandera política de un socialismo de clase media, literata y semi-erudita, ciertos republicanos excitaban el descontento de las masas y daban un comentario violento a la metafísica de los visionarios. Este republicanismo social nació después de la revolución de 1830, y se propagó principalmente con el auxilio de las publicaciones populares de la Sociedad de los Derechos del hombre y de la Sociedad de los Amigos del pueblo. Ningún sistema positivo aparece en estos manifiestos; pero se habla en ellos con irritación de los ricos y de los pobres, y se proclama el privilegio de los ociosos. La riqueza está representada como una usurpación, como un delito, y frecuentemente como un crimen, y se descubre empeño decidido en preparar el advenimiento y la dominación del proletariado. La Sociedad de los Derechos del hombre, ha vuelto a tomar la definición de la propiedad que Robespierre intentó inscribir en la constitución de 1793, y que había sido rechazada por la Convención: «la propiedad es el derecho que tiene cada ciudadano de gozar y disponer de la porción de bien que le está garantida por la ley.» Esto basta y sobra para legalizar contra la propiedad privada todas las vejaciones y todas las tropelías que la envidia y la arbitrariedad pueden sugerir al legislador ignorante y codicioso; pero desde el momento que de este modo se entrega la propiedad al capricho del Estado y los sofistas la designan al odio público como la causa de la miseria, se encuentran siempre lógicos intratables que no se contentan con mutilar, sino que quieren destruir en el acto el derecho ejercido por el individuo sobre su bien. El comunismo germina en todos los corazones cobardes y desarreglados; pero la envidia del bien ajeno necesita de un sofisma para ocultar su vergüenza. [534] Habiendo caído la historia de la conspiración de Baboeuf, escrita por Buonarroti, su cómplice, en las manos de los acusados de abril, muchos de entre ellos encontraron la fórmula deseada por sus pasiones. Así pues se reanudó la tradición babouvista en el fondo de los calabozos de los presos políticos y suscitó el sangriento motín de 12 de mayo de 1839. La represión militar y judicial no contuvo este desencadenamiento de pasiones revolucionarias, y el renaciente babouvismo tuvo sus periódicos y sus oradores. El 1º de julio de 1840, se reunían en un banquete celebrado en Belleville mil doscientos comunistas. El ciudadano Vellicus, sastre, bebió brindando por La real y perfecta igualdad social; el ciudadano Rosier, peluquero, brindó: por la igual repartición de los derechos y de los deberes, es decir, la comunidad de los trabajos y de los goces; el ciudadano Selnet, botillero: por el triunfo definitivo de la comunidad, única prenda de felicidad para los hombres; el ciudadano Lallemand: por los montañeses puros.

Entretanto un táctico mas hábil y prudente, Mr. Cabet, intentó separar al comunismo de las vías de la violencia e insinuarlo en el ánimo del pueblo como un veneno lento y mortal. Profanando a su manera el espíritu que se había despertado en favor de las ideas religiosas después de 1830, se apoyaba en el Evangelio y pretendía restaurar los ejemplos parciales de comunidad voluntaria establecida entre los primeros cristianos, al mismo tiempo que en su principal manifiesto, el Viaje a Icaria, prometía a sus discípulos la satisfacción de todas sus aspiraciones.

El comunismo ejerce una seducción irresistible sobre los hombres incultos, perezosos y sensuales; pero, por otro lado, esta teoría de embrutecimiento y de servidumbre subleva los instintos generosos de todas las almas orgullosas y rectas. Así, pues, los progresos del socialismo anárquico hubieran sido poco profundos, sin la intervención de Mr. Luis Blanc y de su folleto Sobre la organización del trabajo. Si, para merecer el titulo de jefe de escuela socialista, es preciso haberse forjado en la imaginación un mundo nuevo, Mr. Luis Blanc no puede ser colocado en el mismo rango que San Simon, y sobre todo que Fourier. Mr. Luis Blanc no es un innovador, sino un ecléctico en socialismo. De la organización económica no ha tratado mas que un lado especial, los abusos que la concurrencia comercial arrastra, cuando no es moderada por la moral y refrenada por una legislación equitativa. Esta declamación violenta, por superficial que sea, hizo furor. La organización del trabajo, fórmula que se usaba hacía mucho tiempo en los escritos de los socialistas filósofos, descendió al lenguaje popular, y fue tomada por un programa positivo de fácil mejoramiento o mas bien, por una promesa infalible de bienestar inmediato. [535]

El partido revolucionario no desdeñó por cierto los recursos que esta invasión del socialismo entre las masas le prometía. Un demócrata alemán, Marx, se tomó el trabajo de redactar en un librito curioso (La literatura popular en Francia desde 1833) el catálogo de los diarios, almanaques, libros, folletos, novelas y comedias, con cuyo auxilio se propagaron el desprecio y el odio a la sociedad establecida, así como la fe ciega en una organización social que ha de realizar sobre la tierra la justicia y la felicidad. La literatura popular, subyugada por el socialismo nuevo, salió demasiado bien en su empresa de convencer a sus crédulos lectores que la miseria, los sufrimientos y los vicios de los hombres no dependen mas que de un orden social facticio y frágil. Un pueblo que por largo tiempo había gozado la fama de sensato, se dejó decir que sólo dependía de algunos visionarios el cambiar por medio de una revolución política las eternas condiciones de la naturaleza y de la sociedad humana.

El socialismo revolucionario había trabajado desde entonces, no solamente a Francia, sino a la Alemania y sobre todo a Suiza, sobre cuyo país había extendido una red de clubs, cuya organización satánica y abominables proyectos descubrieron y denunciaron el gobierno de Zurich en 1842 y el de Neufchâtel en 1845.

Al día siguiente de la revolución de febrero, embriagadas las turbas con las ilusiones y las fórmulas socialistas, llegaron a ser en Francia el partido político más temible, más ardiente, pero también el más díscolo de todos. La distinción que hemos trazado entre los socialistas filósofos y los socialistas anárquicos, se perdió en el tumulto de los acontecimientos. Los jefes creyeron haber llegado al punto y hora de tomar el poder; pero las mas furiosas disensiones estallaron entre estos pretendientes inesperados. Los hay entre ellos que se llaman cristianos por excelencia; pero no han leído el Evangelio, y sobre todo las palabras de Jesucristo: «Amaos unos a otros como yo os he amado. En tanto seréis reconocidos por verdaderos discípulos míos, en cuanto que os profeséis amor unos a otros.» El artesano más activo, el campeón más famoso de esta lucha intestina fue un personaje indefinible, Mr. Proudhon, que después de haber puesto su orgullo en sacar del socialismo las más odiosas consecuencias, se ha complacido en confundir a los unos por medio de los otros, y en ahogar en el ridículo a todos los jefes de escuelas socialistas.

Puede decirse que el socialismo científico o si se quiere pedantesco, ha concluido su carrera. La multitud desengañada reconoce ya la nada de las doctrinas poco antes deslumbradoras. Las escuelas se han dispersado y confundido en el partido revolucionario. Empero error grande y peligroso sería creer que por [536] haber perdido sus jefes y sus banderas, se ha retirado de nosotros el movimiento de las ideas y de las pasiones levantado por el socialismo, y que no debemos acordarnos de él, como no sea para maldecirle e insultar a sus cándidos y pérfidos promovedores. No se olvide que lo que ha constituido la fuerza y el triunfo temible de los socialistas, no han sido los sistemas que han propuesto, sino las críticas que han lanzado contra los defectos y los abusos de la organización social, críticas amargas, desmedidas, pero que no habrían conmovido al mundo político y al mundo moral, si alguna parte de verdad no les hubiera servido de lastre. Del mismo modo que las sociedades cristianas en la edad media en los días de gran peligro, presentaban sobre sus murallas amenazadas las imágenes de los santos y las sagradas reliquias, así también la civilización en medio de los terribles asaltos que ha sufrido, se ha visto reducida a invocar los principios divinos que debe realizar entre los hombres: la religión, la propiedad, la familia. El más seguro, el único medio de confundir para siempre el socialismo, es modelar las leyes y las costumbres sobre el ideal perfecto que tenemos el derecho de oponer a las monstruosidades o a las quimeras de los socialistas. Porque hombres malvados o seducidos hayan abusado de la causa del progreso, y por que la hayan comprometido y ensangrentado, no es razón para que nosotros maldigamos el espíritu de mejora y de libertad. Lo que constituye la dignidad, lo que prueba la excelencia de la civilización cristiana, es que no puede salvarse ni por la opresión ni por la hipocresía.



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