LA
SITUACIÓN
DE LA CLASE
OBRERA EN
INGLATERRA
Según las observaciones del
Autor y fuentes autorizadas
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FEDERICO ENGELS
1845
A LAS CLASES OBRERAS DE GRAN BRETAÑA*(1)
Trabajadores!
A vosotros dedico una obra en la que he intentado describir a mis compatriotas alemanes un cuadro fiel de vuestras condiciones de vida, de vuestras penas y de vuestras luchas, de vuestras esperanzas y de vuestras perspectivas. He vivido bastante tiempo entre vosotros, de modo que estoy bien informado de vuestras condiciones de vida; he prestado la mayor atención a fin de conocerlas bien; he estudiado los diferentes documentos, oficiales y no oficiales, que me ha sido posible obtener; este procedimiento no me ha satisfecho enteramente; no es solamente un conocimiento abstracto de mi asunto lo que me importaba, yo quería veros en vuestros hogares, observaros en vuestra existencia cotidiana, hablaros de vuestras condiciones de vida y de vuestros sufrimientos, ser testigo de vuestras luchas contra el poder social y político de vuestros opresores. He aquí cómo he procedido: he renunciado a la sociedad y a los banquetes, al vino y al champán de la clase media, he consagrado mis horas de ocio casi exclusivamente al trato con simples obreros; me siento a la vez contento y orgulloso de haber obrado de esa manera. Contento, porque de ese modo he vivido muchas horas alegres, mientras al mismo tiempo conocía vuestra verdadera existencia -muchas horas que de otra manera hubieran sido derrochadas en charlas
* Salvo las notas seguidas de las iniciales F. E., que son de Federico Engels, todas las demás notas son de los editores alemanes. Si la nota de Engels es de 1892, se indica esta fecha entre paréntesis.
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convencionales y en ceremonias reguladas por una fastidiosa etiqueta; orgulloso, porque así he tenido la ocasión de hacer justicia a una clase oprimida y calumniada a la cual, pese a todas sus faltas y todas las desventajas de su situación, sólo alguien que tuviera el alma de un mercachifle inglés podría rehusar su estima; orgulloso asimismo porque de ese modo he estado en el caso de ahorrar al pueblo inglés el desprecio creciente que ha sido, en el continente, la consecuencia ineluctable de la política brutalmente egoísta de vuestra clase media actualmente en el poder, y, muy simplemente, de la entrada en escena de esta clase.
Gracias a las amplias oportunidades que he tenido de observar al mismo tiempo a la clase media, vuestra adversaria, he llegado muy pronto a la conclusión de que tenéis razón, toda la razón, de no esperar de ella ninguna ayuda. Sus intereses y los vuestros son diametralmente opuestos, aunque trate sin cesar de afirmar lo contrario y quiera haceros creer que siente por vuestra suerte la mayor simpatía. Sus actos desmienten sus palabras. Yo espero haber aportado suficientes pruebas de que la clase media -pese a todo lo que se complace en afirmar- no persigue otro fin en realidad que el de enriquecerse por vuestro trabajo, mientras pueda vender el producto del mismo, y de dejaros morir de hambre, desde el momento en que ya no pueda sacar más provecho de este comercio indirecto de carne humana. ¿Qué han hecho ellos para demostrar que os desean el bien, como ellos dicen? ¿Han prestado jamás la menor atención a vuestros sufrimientos? ¿Jamás han hecho otra cosa que consentir en los gastos que implican media docena de comisiones de investigación cuyos voluminosos informes son condenados a dormir eternamente debajo de montones de expedientes olvidados en los anaqueles del Home Office1. ¿Jamás han revelado sus modernos Libros Azules las verdaderas condiciones de vida de los "libres ciudadanos británicos"? En absoluto. Estas son cosas de las cuales prefieren no hablar. Ellos han dejado a un extranjero la tarea
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Ministerio del Interior.3
de informar al mundo civilizado sobre la situación deshonrosa en que sois obligados a vivir.
Extranjero para ellos, pero yo espero que no para vosotros. Puede ser que mi inglés no sea puro; pero abrigo la esperanza de que, a pesar de todo, resulte un inglés claro.
Ningún obrero en Inglaterra -ni tampoco en Francia, dicho sea de paso- jamás me ha considerado extranjero. Siento la mayor satisfacción al ver que estáis exentos de esa funesta maldición que es la estrechez nacional y la suficiencia nacional y que no es otra cosa a fin de cuentas que un egoísmo en gran escala; he notado vuestra simpatía por cualquiera que consagre honradamente sus fuerzas al progreso humano, ya se trate de un inglés o no -vuestra admiración por todo lo que es noble y bueno, ya sea producto de vuestro suelo natal o no; he hallado que sois mucho más que miembros de una nación aislada, que sólo desearían ser ingleses; he comprobado que sois hombres, miembros de la gran familia internacional de la humanidad, que habéis reconocido que vuestros intereses y aquellos de todo el género humano son idénticos; y es a este título de miembros de la familia "una e indivisible" que constituye la humanidad, a este título "de seres humanos" en el sentido más pleno del término, que yo saludo -yo y muchos otros en el continente- vuestro progreso en todos los campos y os deseamos un éxito rápido. ¡Y ante todo por el camino que habéis elegido! Muchas pruebas os esperan aún; manteneos firme, no os desalentéis, vuestro éxito es seguro y cada paso adelante, por la vía que tenéis que recorrer, servirá nuestra causa común, ¡la causa de la humanidad!
Federico Engels
Barmen (Prusia renana), 15 de marzo de 1845.
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PRÓLOGO
Las páginas que siguen tratan de un asunto que inicialmente yo quería presentar simplemente en forma de capítulo, en un trabajo más amplio acerca de la historia social de Inglaterra; pero su importancia me obligó pronto a consagrarle un estudio particular.
La situación de la clase obrera es la base real de donde han surgido los movimientos sociales actuales, ya que es al mismo tiempo el punto extremo y la manifestación más visible de la desdichada situación social presente. Su resultado directo es el comunismo obrero tanto francés como alemán; y el resultado indirecto es el fourierismo, el socialismo inglés, así como el comunismo de la burguesía alemana culta. El conocimiento de las condiciones de vida del proletariado es de una necesidad absoluta si se quiere asegurar un fundamento sólido para las teorías socialistas, así como para los juicios sobre su legitimidad, y poner término a todas las divagaciones y moralejas fantásticas pro et contra.2 Pero las condiciones de vida del proletariado sólo existen en su forma clásica, en su perfección, en el imperio británico, y más particularmente en Inglaterra propiamente dicha; y, al mismo tiempo, sólo en Inglaterra se hallan reunidos los materiales necesarios de una manera tan completa y verificados por encuestas oficiales, como lo exige todo estudio serio del asunto.
Durante veintiún meses, he tenido la ocasión de ir conociendo al proletariado inglés, he visto de cerca sus esfuerzos, sus penas y sus alegrías, lo he tratado personalmente, a la vez que he completado estas observaciones utilizando las fuentes autorizadas indispensables. Lo que he visto, oído y leído lo he utilizado en la presente obra. Espero
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En pro y en contra.5
que se me ataque de muchos lados, no solamente mi punto de vista, sino también por los hechos citados, sobre todo si mi libro cae en manos de lectores ingleses. Sé igualmente que se podrá señalar aquí y allá alguna inexactitud insignificante (que un inglés mismo, dada la amplitud del tema y todo lo que implica, no hubiera podido evitar) tanto más fácilmente cuanto que no existe, incluso en Inglaterra, ninguna obra que trate como la mía de todos los trabajadores; pero no vacilo un instante en retar a la burguesía inglesa a que me demuestre la inexactitud de un solo hecho de cierta importancia para el punto de vista general, que lo demuestre con la ayuda de documentos tan auténticos como los que yo mismo he producido.
Singularmente para Alemania, la exposición de las condiciones de vida clásicas del proletariado del imperio británico -y en particular en el momento presente- reviste una gran importancia. El socialismo y el comunismo alemanes, más que cualesquiera otros, han surgido de hipótesis teóricas; nosotros, teóricos alemanes, todavía conocemos demasiado poco el mundo real para que sean las condiciones sociales reales lo que nos haya podido incitar inmediatamente a transformar esta "mala realidad". Partidarios declarados de estas reformas por lo menos, casi ninguno hemos llegado al comunismo sino por la filosofía de Feuerbach que ha hecho añicos la especulación hegeliana. Las verdaderas condiciones de vida del proletariado son tan poco conocidas entre nosotros, que incluso las filantrópicas "Asociaciones para la elevación de la clase trabajadora" en el seno de las cuales nuestra burguesía actual maltrata la cuestión social, toman continuamente por puntos de partida las opiniones más ridículas y más insípidas sobre la situación de los obreros. Sobre todo para nosotros los alemanes; el conocimiento de los hechos, en este problema, es de imperiosa necesidad. Y, si las condiciones de vida del proletariado en Alemania no han alcanzado el grado de clasicismo que ellas conocen en Inglaterra, tenemos que habérnosla en realidad con el mismo orden social que desembocará necesariamente, tarde o temprano, en el punto crítico alcanzado del otro lado de la Mancha -en caso que la perspicacia de la nación no permitiera tomar medidas a tiempo
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que den al conjunto del sistema social una base nueva. Las causas fundamentales que han provocado en Inglaterra la miseria y la opresión del proletariado existen igualmente en Alemania, y deben necesariamente a la larga provocar los mismos resultados. Pero, mientras tanto, la miseria inglesa debidamente comprobada nos dará la ocasión de comprobar igualmente nuestra miseria alemana y nos proporcionará un criterio para evaluar la importancia del peligro que se ha manifestado en los disturbios de Bohemia y de Silesia(3), y que, de este lado, amenaza la tranquilidad inmediata de Alemania.
Para terminar, haré todavía dos observaciones. En primer lugar, he utilizado constantemente la expresión clase media en el sentido del inglés middle class (o bien como se dice casi siempre, middle classes); esta expresión designa, como la palabra francesa burguesía, la clase poseedora y muy particularmente la clase poseedora distinta de la llamada aristocracia clase que en -Francia y en Inglaterra detenta el poder político directamente y en Alemania indirectamente bajo el manto de la "opinión pública". Asimismo, he utilizado constantemente como sinónimas las expresiones: "obreros" (working men) y proletarios, clase obrera, clase indigente y proletariado. En segundo lugar, en la mayoría de las citas he indicado el partido al cual pertenecen aquellos cuya afirmación utilizo porque, casi siempre, los liberales buscan subrayar la miseria de los distritos agrícolas, negando aquella de los distritos industriales, mientras que, a la inversa, los conservadores reconocen la penuria de los distritos industriales pero quieren ignorar aquella de las regiones agrícolas. Por este motivo es que, a falta de documentos oficiales, cuando he querido describir la situación de los obreros de fábricas siempre he preferido un documento liberal, a fin de golpear a la burguesía liberal con sus propias declaraciones, para no valerme de los tories o de los cartistas sino cuando conocía la exactitud de la cuestión por haberla verificado yo mismo, o bien cuando la personalidad o el valor literario de mis autoridades podía convencerme de la certeza de sus afirmaciones.
Barmen, 15 de marzo de 1845. Federico Engels
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FRAGMENTO DEL APÉNDICE DE ENGELS A LA
EDICIÓN NORTEAMERICANA DE 1886
Dos circunstancias impidieron durante largo tiempo que salieran a la luz las consecuencias ineluctables del sistema capitalista en América. Éstas fueron el tránsito a la posesión de tierras baratas y a la afluencia de inmigrantes, y posibilitaron durante muchos años que las grandes masas de población americana autóctona "se retrajeran" a la primera edad adulta del trabajo asalariado, convirtiéndose en granjeros, artesanos o igualmente contratistas, en tanto que el duro destino del trabajo asalariado, la posición perpetua de proletario, recaía mayormente en el inmigrante. Pero América salió de este estado primario, los ilimitados bosques vírgenes desaparecieron y las aún ilimitadas praderas pasaron cada vez más rápidamente de las manos de la nación y de los estados a propietarios privados. La gran válvula de seguridad contra el surgimiento de una clase proletaria permanente ha dejado, prácticamente, de surtir efecto. Hoy existe en América una clase proletaria permanente y al mismo tiempo heredable. Una nación de 60 millones que lucha tenazmente, con todas las perspectivas de éxito, por llegar a ser la principal nación industrializada del mundo, semejante nación no puede importar perdurablemente su propia clase de trabajadores asalariados, ni aun cuando cada año llega a su país millón y medio de inmigrantes.
La tendencia del sistema capitalista es la de dividir, finalmente, la sociedad en dos clases: unos pocos millonarios de un lado y, del otro, una gran masa de simples trabajadores asalariados. Esta tendencia, cuando se entrecruza y encauza continuamente con otras fuerzas, no actúa en ningún lugar con
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mayor fuerza que en América, y el resultado ha sido el surgimiento de una clase de trabajadores asalariados autóctona, los cuales constituyen, ciertamente, la aristocracia de la clase obrera asalariada en relación con los inmigrantes. Pero cada día, su solidaridad con los últimos se hace más consciente y su actual condena al trabajo asalariado perpetuo se hace sentir más agudamente, ya que ellos siempre tienen en la memoria los días ya pasados en que era relativamente fácil ascender a un escaño social más elevado.
Con arreglo a eso, el movimiento obrero en América se ha puesto en marcha con una genuina energía americana y, como del otro lado del Océano Atlántico como en Europa las cosas marchan con menos del doble de celeridad, podríamos llegar a ver cómo América toma la dirección en este sentido.
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EL MOVIMIENTO OBRERO EN AMERICA (EE.UU)
(PRÓLOGO A LA EDICIÓN NORTEAMERICANA
DE 1887)3
Han transcurrido diez meses desde que, para corresponder al deseo del traductor, escribí el "Apéndice" de este libro; y durante esos diez meses se ha llevado a cabo en la sociedad norteamericana una revolución que hubiera requerido por lo menos diez años en cualquier otro país. En febrero de 1885, la opinión pública norteamericana era casi unánime sobre este punto: que en Estados Unidos no existía clase obrera, en el sentido europeo de la palabra; que, por consecuencia, no había ninguna lucha de clases entre trabajadores y capitalistas, como la que desgarra a la sociedad europea, ni era posible en la república norteamericana; y que el socialismo era por tanto un acontecimiento de importación extranjera, incapaz de echar raíces en el país.
Sin embargo, en ese mismo momento, la lucha de clases en marcha proyectaba ante ella su sombra gigantesca en las huelgas de mineros de Pennsylvania y de otros sectores obreros, y sobre todo en la elaboración por todo el país del gran movimiento de las ocho horas que debía estallar y estalló en mayo siguiente. Y lo que muestra el "Apéndice" es que entonces aprecié exactamente esos síntomas y predije el movimiento obrero que se produjo en el marco nacional.
Pero nadie podía prever que en tan poco tiempo el
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Publicado bajo el título "El movimiento obrero en Estados Unidos", el 10 y el 17 de junio de 1887, por el Semanario Der Sozialdemokrat en los Nos. 24 y 25.10
movimiento estallaría con una fuerza tan irresistible; que se propagara con la rapidez de un incendio en la pradera y que sacudiría a la sociedad norteamericana hasta sus cimientos.
Ahí está el hecho, patente e indiscutible. En cuanto al terror que ha embargado a las clases dirigentes de Estados Unidos, para mi gran regodeo he podido darme cuenta del mismo por los periodistas norteamericanos que me honraron con su visita la primavera pasada. Esa "nueva arrancada" las había sumido en un estado de angustia y perplejidad desesperadas. Por entonces, sin embargo, el movimiento sólo estaba todavía en sus comienzos. No había sino una serie de explosiones confusas y sin vínculo aparente, de la clase que, por la supresión de la esclavitud de los negros y el rápido desarrollo de las manufacturas, ha llegado a ser la última capa de la sociedad norteamericana. Pero no había terminado el año cuando esas convulsiones sociales desordenadas comenzaron a tomar una dirección muy definida. Los movimientos espontáneos e instintivos de esas grandes masas del pueblo trabajador en una vasta extensión de territorio, la explosión simultánea de su descontento común contra una miserable situación social por todas partes y debida a las mismas causas, todo dio a esas masas la conciencia de que ellas formaban una nueva clase y una clase distinta dentro de la sociedad norteamericana, una clase -hablando con propiedad- de asalariados más o menos hereditarios, de proletarios. Y, con verdadero instinto norteamericano, esa conciencia los condujo inmediatamente al primer paso hacia su emancipación; dicho de otro modo, a la formación de un partido político obrero con programa propio y, por finalidad, la conquista del Capitolio y de la Casa Blanca. En mayo, la lucha por la jornada de ocho horas, las perturbaciones de Chicago, Milwaukee, etc., los intentos de la clase dominante por aplastar el naciente movimiento de los trabajadores por la fuerza bruta y una brutal justicia de clase. En noviembre, el nuevo partido del trabajo ya organizado en todos los grandes centros, y las elecciones socialistas de Nueva York, de Chicago y de Milwaukee. Mayo y noviembre sólo habían recordado a la burguesía
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norteamericana el pago de los cupones de la deuda pública de Estados Unidos; pero en el futuro, mayo y noviembre le recordarán además otros cupones, los que el proletariado norteamericano le ha presentado en pago.
En los países europeos la clase obrera necesitaba años y años hasta que comprendió cabalmente que formaba una clase especial y, que bajo las circunstancias existentes, una clase permanente de la sociedad moderna. Y además necesitaba años hasta que esta conciencia de clase llevaba a unirse en un partido político especial, un partido contrario independiente y adversario que se opone a todos los viejos partidos formados por diferentes grupos de las clases dominantes. En la tierra más privilegiada de América donde no hay rezagos feudales cerrando el paso, donde la historia empieza con los elementos de la sociedad moderna burguesa, elaborados en el siglo XVII, la clase obrera ha recorrido estas dos etapas de su desarrollo en sólo 10 meses.
Sin embargo, todo esto sólo es el comienzo. Que las masas trabajadoras sienten la causa común de sus miserias e intereses, su solidaridad como clase frente a todas las otras clases, que ellos para dar expresión y eficacia a este sentimiento ponen en movimiento la maquinaria política que está disponible en cada país libre -esto siempre es el primer paso. El próximo paso consiste en encontrar el remedio común para estos padecimientos comunes y en expresarlos en el Programa del nuevo partido proletario. Y este paso -el más importante y más difícil de todo el movimiento- que aún queda por hacer en América.
Mientras no se haya elaborado tal programa, o sólo exista en forma rudimentaria, el nuevo partido no tendrá sino una existencia rudimentaria; puede existir localmente, pero no nacionalmente; podrá convertirse en un partido; todavía no lo es.
Dicho programa, cualquiera que fuere su primera forma
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inicial, debe desarrollarse en una dirección que puede determinarse
de antemano. Las causas que han cavado el abismo entre la clase trabajadora y la clase capitalista son las mismas en Estados Unidos y en Europa; los medios de llenar ese abismo son los mismos en todas partes. Consecuentemente, el programa del proletariado norteamericano deberá coincidir a la larga, en cuanto al supremo objetivo a alcanzar, con aquel que ha llegado a ser luego de 60 años de disensiones y debates el programa adoptado por la gran masa del proletariado militante de Europa. Deberá proclamar, como fin supremo, la conquista del poder político por la clase obrera, a fin de efectuar la apropiación directa de todos los medios de producción suelo, ferrocarriles, minas, máquinas, etc.-, por toda la sociedad y su realización por todos, y para beneficio de todos.
Pero si el nuevo partido norteamericano, como todos los partidos políticos de todas partes, aspira por el simple hecho de su formación a la conquista del poder político, todavía está lejos de comprender qué hacer con dicho poder una vez conquistado.
En Nueva York, y en otras grandes ciudades del este, la organización de la clase obrera se ha hecho sobre la línea de los sindicatos, que forman en cada ciudad una poderosa unión de trabajadores. En Nueva York, en noviembre último, la Unión Central de Trabajadores eligió como abanderado a Henry George y, como consecuencia, su programa electoral provisional se ha impregnado fuertemente de los principios de este último. En las grandes ciudades del noroeste, la batalla electoral se ha comprometido en un programa obrero más indeterminado todavía, en el cual la influencia de las teorías de Henry George era nula o apenas visible. Y mientras que en esos grandes centros de población e industriales el nueva movimiento de clase tenía una finalidad política, vemos desarrollarse por todo el país dos organizaciones obreras: Los
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Caballeros del Trabajo y el Partido Socialista del Trabajo, poseyendo solamente este último un programa en armonía con el moderno punto de vista europeo resumido anteriormente.
De esas tres formas más o menos definidas bajo las que se nos presenta el movimiento obrero norteamericano, la primera el movimiento que personifica Henry George en Nueva York tiene por el momento una importancia solamente local. Desde luego, Nueva York es con mucho la ciudad más importante de Estados Unidos, pero Nueva York no es París y Estados Unidos no es Francia. Y me parece que el programa de Henry George, en su contenido actual, es demasiado estrecho para servir de base a otra cosa que a un movimiento local, o, a lo sumo, para una fase muy limitada del movimiento general. Para Henry George la gran y universal causa de la división de la humanidad en ricos y pobres consiste en que la masa del pueblo es expropiada del suelo. Ahora bien, históricamente, eso no es exacto. En la antigüedad asiática y clásica, la forma de opresión de clase era la esclavitud, o sea no tanto la expropiación del suelo a las masas como la apropiación de sus personas. Cuando, en la decadencia de la república romana, los campesinos italianos libres fueron expropiados de sus tierras, ellos formaron una clase de "blancos pobres" parecida a la de los negros de los estados esclavistas del sur antes de 1861; y entre los esclavos y los blancos pobres, dos clases igualmente incapaces de emanciparse por sí mismas, el mundo antiguo se hizo pedazos. En la Edad Media, la fuente de la opresión feudal no era la expropiación del suelo, sino por el contrario la apropiación al suelo de las masas. El campesino conservaba su parcela de tierra, pero no estaba atado a la misma como siervo o villano y obligado a pagar al señor un tributo en trabajo o en productos. No fue sino en la aurora de los nuevos tiempos, hacia los finales del siglo XV, que la expropiación de los campesinos, llevada a cabo en gran escala, echó los primeros cimientos de la clase moderna de los trabajadores asalariados, que no poseen nada aparte de su fuerza de trabajo y que sólo pueden vivir mediante la venta de la misma. Pero si bien la
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expropiación del suelo dio nacimiento a esa clase, fue el desarrollo de la producción capitalista, de la moderna industria y de la agricultura en gran escala lo que la perpetuó, la acrecentó y la transformó en una clase distinta con intereses distintas y una misión histórica distinta. Todo ello ha sido plenamente expuesto por Marx (El capital, libro primero, sección VII; la llamada acumulación originaria). Según Marx, la causa del antagonismo actual de las clases y de la degradación social de la clase trabajadora, reside en su expropiación de todos los medios de producción, en los cuales se halla naturalmente incluido el suelo.
Al declarar que la monopolización del suelo es la única causa de la pobreza y de la miseria, Henry George, desde luego, halla el remedio en la reconquista del suelo por toda la sociedad. Ahora bien, los socialistas de la doctrina de Marx también exigen esa reconquista del suelo por la sociedad, pero no la limitan al suelo, la extienden a todos los medios de producción sean cuales fueren. Al margen de esto, existe otra diferencia. ¿Qué se debe hacer con el suelo? Los socialistas modernos, representados por Marx, demandan que sea conservado y trabajado en común para el beneficio común; exigen lo mismo en cuanto a los demás medios de producción social, minas, ferrocarriles, fábricas, etcétera. Henry George se conformaría con arrendarlo individualmente como se hace hoy día, regulando su distribución y vendiéndolo para servicios públicos en vez de, como en el presente, para fines privados.
Lo que demandan los socialistas implica una revolución total de todo el sistema de producción social. Lo que demanda Henry George deja intacto el presente modo de producción social y ha sido preconizado, por otra parte, hace años, por los más avanzados economistas burgueses de la escuela ricardiana,
los cuales también exigían la confiscación de la renta territorial por el estado.
Evidentemente, sería injusto suponer que Henry George ha
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dicho, de una vez por todas, su última palabra. Pero me veo obligado a interpretar su teoría tal como la encuentro.
Los Caballeros del Trabajo forman la segunda gran sección del movimiento norteamericano y esta sección parece ser la más típica del estado actual del movimiento, a la vez que es, sin duda alguna, la más fuerte de todas. El espectáculo que los Caballeros del Trabajo presentan al observador europeo es el de una inmensa asociación esparcida en una inmensa extensión de territorio en innumerables Asambleas, representando todos los matices de opinión individual y local de la clase obrera; todos los miembros reunidos bajo el techado de un programa de indeterminación correspondiente; y mantenidos juntos, mucho menos por su impracticable constitución como por el sentimiento instintivo de que el simple hecho de su unión para una aspiración común hace de ellos una gran fuerza dentro del país; una paradoja muy norteamericana que reviste las tendencias más modernas con las momerías más medievales y que oculta el espíritu más democrático e incluso más insurreccional detrás de un despotismo aparente, pero impotente en realidad. Pero si no nos dejamos arredrar por simples extravagancias externas, podemos ver ciertamente, en esa inmensa aglomeración, una suma enorme de energía latente, que se convierte lenta pero seguramente en una fuerza real. Los Caballeros del Trabajo son la primera organización nacional creada por el conjunto de la clase obrera norteamericana. Poco importa su origen y su historia, sus defectos y sus pequeños absurdos, su programa y su constitución; ellos son la obra prácticamente de toda la clase de los asalariados norteamericanos, el único vínculo nacional que los une, que les hace sentir su poderío a la vez que lo hace sentir a su enemigo y los llena de una gran esperanza en la victoria futura. No sería exacto decir que los Caballeros del Trabajo son susceptibles de desarrollo. Ellos se hallan constantemente en plena vía de desarrollo y de revolución; se trata de una masa de material plástico en fermentación en busca de la forma apropiada a su propia naturaleza. Y esa forma será alcanzada con tanta certeza
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como el hecho de que el desarrollo histórico, al igual que la evolución natural, tiene sus propias leyes inmanentes. Tiene poca importancia que los Caballeros del Trabajo conserven o no su nombre actual; pero para un espectador parece evidente que ese es el primer elemento de donde habrá de brotar el futuro del movimiento obrero norteamericano y, por consecuencia, el futuro de la sociedad norteamericana en general.
La tercera sección la constituye el Partido Socialista del Trabajo. Es un partido que sólo existe de nombre, porque en ninguna parte de Estados Unidos ha estado en posición de afirmarse como partido político. Además, hasta cierto punto resulta extranjero para Estados Unidos, ya que hasta muy recientemente estaba formado casi exclusivamente por inmigrantes alemanes, que usan su propio idioma y, en su mayoría, se hallan poco familiarizadas con el inglés. Pero si bien es de cepa extranjera, llega al propio tiempo armado de toda la experiencia adquirida en largos años de lucha de clases en Europa, y con una noción de las condiciones generales de la emancipación de la clase de los trabajadores muy superior a la que poseen los trabajadores norteamericanos. Es una fortuna para el proletariado norteamericano que de ese modo puede absorber y utilizar el conocimiento intelectual y moral de cuarenta años de lucha de sus compañeros de clase en Europa, y acelerar así su propia victoria. Porque, como he dicho, no puede haber duda alguna al respecto. El programa supremo de la clase obrera norteamericana debe ser y será fundamentalmente el mismo que ha sido aceptado actualmente por todo el proletariado militante de Europa, el mismo del Partido Socialista del Trabajo germano-norteamericano. Por tanto este partido está llamado a jugar un papel muy importante dentro del movimiento. Pero, para ello, necesitará despojarse de todo vestigio de su indumentaria extranjera. Tendrá que llegar a ser norteamericano hasta la médula. No puede pedir que los norteamericanos vayan a él: a él, minoría -y minoría inmigrada- corresponde ir a los norteamericanos, que son a la
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vez la inmensa mayoría -y mayoría autóctona. Y, a ese efecto, debe ante todo aprender el inglés.
La obra de fusión de esos diferentes elementos de la inmensa masa en movimiento -elementos que no son realmente discordantes, sino que se hallan mutuamente aislados por la diversidad de su punto de partida- tomará cierto tiempo y no se logrará sin muchos choques sobre diferentes puntos que ya son visibles. Los Caballeros del Trabajo, por ejemplo, se hallan aquí y allá, en las ciudades del este, localmente en guerra con los sindicatos. Pero ese mismo choque existe en el seno de los Caballeros del Trabajo, entre los cuales la paz y la armonía están lejos de reinar. Sin embargo, no se trata de síntomas de disolución de los cuales pudieran regocijarse los capitalistas. Son sencillamente indicios de que los innumerables ejércitos de trabajadores, por primera vez puestos en marcha en una dirección común, no han hallado hasta ahora ni una expresión adecuada a sus intereses comunes, ni la forma de organización mejor adaptada a la lucha, ni la disciplina requerida para asegurar la victoria. Todavía no son más que las primeras levas en masa4 de la gran guerra revolucionaria, reclutadas y equipadas localmente e independientes las unas de las otras tendiendo todas a la formación de un ejército común, pero todavía sin organización regular y sin plan común de campaña. Las columnas convergentes chocan aquí y allá; de ello resulta confusión, disputas violentas, incluso amenazas de conflicto. Pero la comunidad del objetivo supremo termina por superar esas dificultades; dentro de poco los batallones esparcidos y tumultuosos se formarán en una larga línea de batalla, presentando al enemigo un frente bien ordenado, silencioso bajo el fragor de sus armas, defendidos por osados tiradores y apoyados en reservas inagotables.
Para llegar a ese resultado, el primer gran paso que hay que dar en Estados Unidos es la unificación de los diversos
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en masse: en francés en el original.18
sindicatos independientes en un solo ejército nacional del trabajo con un programa común -prescindiendo de lo provisional que sea dicho programa, salvo solamente que sea un verdadero programa de la clase trabajadora. A este efecto, y a fin de hacer el programa digno de la causa, el Partido Socialista del Trabajo puede ser de gran ayuda si obra solamente como obraron los socialistas europeos en la época en que todavía no eran más que una pequeña minoría de la clase obrera. Esta línea de acción fue expuesta por primera vez en 1847 en el Manifiesto del partido comunista en los términos siguientes:
Los comunistas -este es el nombre que entonces habíamos adoptado y que todavía hoy día estamos muy lejos de repudiar- los comunistas no forman un partido distinto, opuesto a los demás partidos obreros.
Ellos no tienen intereses separados y distintos de los intereses del conjunto del proletariado.
Ellos no proclaman principios especiales, a las cuales tendría que amoldarse el movimiento proletario.
Los comunistas sólo se distinguen de los demás partidos obreros en dos puntos: 1º en las luchas nacionales de los proletarios de diferentes países, proclaman y ponen en primer plano los intereses comunes de todo el proletariado, independientemente de toda nacionalidad; 2º en las diferentes fases de desarrollo por las cuales tiene que pasar la lucha de la clase obrera contra la clase capitalista, siempre y por todas partes representan los intereses del movimiento en su conjunto.
Prácticamente, los comunistas son, pues, el sector más avanzado y resuelto de los partidos obreros de todos los países; teóricamente, de otra parte, tienen sobre la gran masa de los proletarios la ventaja de tener una visión clara de las condiciones, de la marcha y del resultado final del
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movimiento proletario.
Los comunistas luchan por alcanzar los objetivos inmediatos, por la vindicación de los intereses presentes de la clase obrera; pero, dentro del movimiento actual, representa y defienden el porvenir del movimiento.5
Esa es la línea de acción seguida durante más de cuarenta años por el gran fundador del socialismo moderno, Carlos Marx, y por mí mismo, así como por los socialistas de todas las naciones que trabajan de común acuerdo con nosotros. Con el resultado de que nos ha conducido a la victoria en todas partes; gracias a ella es que actualmente la masa de los socialistas europeos en Alemania y en Francia, en Bélgica, Holanda y Suiza, en Dinamarca y en Suecia, en España y Portugal, en lucha como un solo y común ejército bajo una sola y misma bandera.
Londres, 26 de enero de 1887.
Federico Engels
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El manifiesto comunista. La cita es extraída de los capítulos II y IV.20
PRÓLOGO A LA EDICION ALEMANA DE 1892
Este libro, que volvemos a ofrecer a la atención de los lectores alemanes, fue publicado por vez primera en el verano de 1845. En sus aciertos, lo mismo que en sus desaciertos, lleva claramente el sello de la juventud de su autor. En aquella época tenía yo 24 años. Ahora mi edad se ha triplicado, pero al releer esta obra de mis años juveniles no hallo nada que me obligue a sonrojarme. Por eso no tengo la menor intención de borrar de ella ese sello de juventud, y vuelvo a ofrecerla a los lectores sin modificaciones. Lo único que he hecho ha sido redactar con más precisión algunos párrafos que no estaban muy claros, añadiendo aquí y allá pequeñas notas que se publican al pie de la página con la fecha del año en curso (1892).
Respecto a los destinos de este libro diré únicamente que en 1885 fue publicada en Nueva York una traducción en inglés (hecha por la señora Florence Kelley-Wischnewetsky), reeditada en 1892 en Londres por Swan Sonnenschein and Cía. El prefacio de la edición americana sirvió de base para el de la edición inglesa, y éste, a su vez, para el de la presente edición alemana. La gran industria moderna nivela hasta tal punto las condiciones económicas en todos los países donde hace su aparición, que dudo de tener que dirigirme al lector alemán en forma distinta a como me he dirigido al lector norteamericano o inglés.
El estado de cosas descrito en este libro -por lo menos en lo que a Inglaterra se refiere- pertenece hoy día en gran parte al pasado. Aunque los libros de texto al uso no lo digan expresamente, una de las leyes de la Economía política
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moderna establece que cuanto más desarrollada está la producción capitalista, menos puede recurrir a aquellas trampas mezquinas y pequeñas raterías que distinguen el período inicial de su desarrollo. Las pequeñas trapacerías del judío polaco, las artimañas de ese representante de la etapa más primitiva del comercio europeo y que tan buenos servicios le prestan en su patria, donde son de uso corriente, le hacen traición en cuanto se traslada a Hamburgo o a Berlín. Y de la misma manera -por lo menos hasta hace poco-, el comisionista, judío o cristiano, que llegaba a la Bolsa de Manchester procedente de Berlín o Hamburgo, se convencía inmediatamente de que para comprar a bajo precio hilados o tejidos tenía que renunciar primero a sus tretas y astucias que, si bien ya no eran tan burdas, seguían siendo aún muy mezquinas, aunque en su patria se las considerase como la máxima expresión de la habilidad comercial. Por lo demás, parece que con el desarrollo de la gran industria también ha habido grandes cambios en Alemania; particularmente después del "Jena industrial" sufrido por los alemanes en Filadelfia(4), perdió todo su prestigio incluso aquella honorable regla alemana de los viejos tiempos, según la cual a la gente más bien le agrada cuando a las muestras de buena calidad sigue el envío de artículos malos. En efecto, esos trucos ya no valen para los grandes mercados, donde el tiempo es oro y donde el establecimiento de un determinado nivel de honorabilidad comercial no obedece a cierto fanatismo ético, sino simplemente a la necesidad de no perder inútilmente tiempo y trabajo. Y los mismos cambios han ocurrido en Inglaterra en las relaciones entre los fabricantes y sus obreros.
La reanimación de los negocios que siguió a la crisis de 1847 marcó el comienzo de una nueva época industrial. La abolición de las leyes cerealistas(5) y las subsiguientes reformas financieras proporcionaron la holgura necesaria para la expansión de la industria y el comercio de la Gran Bretaña. Vino a continuación el descubrimiento de los yacimientos de oro en California y Australia. Los mercados coloniales fueron desarrollando rápidamente su capacidad de absorber artículos manufacturados ingleses. El telar mecánico de Lancaster
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arruinó de golpe a millones de tejedores de la India. China se abría cada vez más al comercio. A la cabeza marchaban los Estados Unidos, que se desarrollaban con una rapidez que resultaba asombrosa hasta en un país de tan gigantesco ritmo de desenvolvimiento como éste. Pero, tengámoslo bien presente, los Estados Unidos no eran a la sazón más que un mercado colonial, el más grande mercado colonial del mundo, es decir, un país que exportaba materias primas e importaba los productos de la industria, en este caso de la industria inglesa.
Por añadidura, los nuevos medios de comunicación que habían aparecido a finales del período precedente -los ferrocarriles y los transatlánticos- fueron aplicados ahora en escala internacional y convirtieron en realidad lo que hasta entonces solo había existido en germen: el mercado internacional. Formaban por el momento este mercado internacional unos cuantos países, fundamental o exclusivamente agrícolas, que se agrupaban en torno a un gran centro industrial -Inglaterra-, que consumía la mayor parte de los excedentes de materias primas de estos países, suministrándoles a cambio casi todos los artículos manufacturados que necesitaban. Nada tiene, pues, de extraño que el progreso industrial de Inglaterra fuese tan gigantesco e insólito, ni que el nivel de 1844 nos parezca ahora relativamente insignificante y casi primitivo.
Y a medida que se producía este progreso, la gran industria adquiría una apariencia que estaba más de acuerdo con los requerimientos de la moralidad. La competencia entre industriales con ayuda de pequeñas raterías cometidas contra los obreros y a no resultaba provechosa. Las proporciones de los negocios habían retasado ya el marco de estos procedimientos mezquinos de hacer dinero; el industrial millonario tenía asuntos más importantes, para dedicarse a perder el tiempo en estas pequeñas triquiñuelas, válidas aún para la gente menuda sin dinero, obligada a recoger cada céntimo con tal de poder mantenerse a flote en la lucha con los competidores. De este modo, desapareció de los distritos
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industriales el llamado truck-system * y fueron aprobadas en el parlamento la ley de la jornada de diez horas(6) La ley de la jornada de trabajo de diez horas, que sólo regía para los adolescentes y las mujeres, fue aprobada por el Parlamento inglés el 8 de junio de 1847.- y varias pequeñas reformas. Todo esto hallábase en abierta contradicción con el espíritu del libre cambio y de la competencia desenfrenada, pero daba al gran capitalista ventajas aún mayores para poder competir con sus colegas situados en condiciones menos favorables.
Prosigamos. Cuanto mayor era la empresa industrial y cuantos más obreros ocupaba, tanto mayores eran los perjuicios que experimentaba y las dificultades comerciales con que tropezaba ante cualquier conflicto con los obreros. Por eso, con el transcurso del tiempo, apareció entre los industriales, sobre todo entre los grandes fabricantes, una nueva tendencia. Aprendieron a evitar los conflictos innecesarios y a reconocer la existencia y la fuerza de los sindicatos; por último, llegaron incluso a descubrir que las huelgas constituyen -en un momento oportuno- un excelente instrumento para sus propios fines. Así, resultó que los grandes fabricantes, que antes habían sido los instigadores de la lucha contra la clase obrera, eran ahora los primeros en predicar la paz y la armonía. Tenían para ello razones muy poderosas.
Todas estas concesiones a la justicia y al amor al prójimo no eran en realidad más que un medio para acelerar la concentración del capital en manos de unos pocos y aplastar a los pequeños competidores, que no podían subsistir sin estas ganancias adicionales. Las mezquinas extorsiones indirectas de los años anteriores no sólo habían perdido ya todo valor para aquellos pocos, sino que incluso se habían convertido en un
* Truck-system. Sistema de pago del salario a los obreros con mercancías de tiendas de fábricas pertenecientes a los propios empresarios. En lugar de pagar los salarios en efectivo, los patronos obligan a los obreros a adquirir en tales tiendas mercancías de mala calidad y a precios abusivos. (N. de la Edit.)
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estorbo para las empresas montadas en grande. De este modo -por lo menos en lo tocante a las ramas más importantes de la industria, pues en las ramas de menor importancia no era éste el caso- el desarrollo mismo de la producción capitalista se había encargado de eliminar las pequeñas cargas que en años anteriores habían empeorado la suerte del obrero. Así, aparecía cada vez más en primer plano el hecho capital de que la causa de la miserable situación de la clase obrera no debía buscarse en ciertas deficiencias aisladas sino en el propio sistema capitalista. El obrero cede su fuerza de trabajo al capitalista a cambio de un jornal. Después de unas cuantas horas de trabajo, el obrero ha reproducido el valor del jornal. Pero, según el contrato de trabajo, el obrero aún debe trabajar unas cuantas horas más hasta completar su jornada. El valor creado por el obrero durante estas horas de plustrabajo constituye la plusvalía, que no cuesta ni un céntimo al capitalista, pero que éste se embolsa. Tal es la base del sistema que va dividiendo más y más a la sociedad civilizada en dos partes: de un lado, un puñado de Rothschilds y Vanderbilts, propietarios de todos los medios de producción y consumo, y de otro, la enorme masa de obreros asalariados, cuya única propiedad es su fuerza de trabajo. Y que la causa de todo esto no reside en tal o cual deficiencia de tipo secundario, sino únicamente en el sistema mismo, lo ha demostrado hoy con toda evidencia el desarrollo del capitalismo en Inglaterra.
Prosigamos. Las repetidas epidemias de cólera, tifus, viruela y otras enfermedades mostraron al burgués británico la urgente necesidad de proceder al saneamiento de sus ciudades, para no ser, él y su familia, víctimas de esas epidemias. Por eso, los defectos más escandalosos que se señalan en este libro, o bien han desaparecido ya o no saltan tanto a la vista. Se han hecho obras de canalización o se ha mejorado las ya existentes; anchas avenidas cruzan ahora muchos de los barrios más sórdidos; ha desaparecido la "Pequeña Irlanda" y ahora le toca el turno a Seven Dials(7). Pero, ¿qué puede importar todo esto? Distritos enteros que en 1844 yo hubiera podido describir en una forma casi idílica, ahora, con el crecimiento de las
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ciudades, se encuentran en el mismo estado de decadencia, abandono y miseria. Ciertamente, ahora ya no se toleran en las calles los cerdos ni los montones de basura. La burguesía ha seguido progresando en el arte de ocultar la miseria de la clase obrera. Y que no se ha hecho ningún progreso sustancial en cuanto a las condiciones de vivienda de los obreros lo demuestra ampliamente el informe de la comisión real on the Housing of the Poor, redactado en 1885. Lo mismo ocurre en todos los demás aspectos. Llueven las disposiciones policíacas como si salieran de una cornucopia, pero lo único que pueden hacer es aislar la miseria de los obreros; no pueden acabar con ella.
Pero mientras Inglaterra ha rebasado ya esta edad juvenil de la explotación capitalista, que describo en mi libro, otros países acaban de llegar a ella. Francia, Alemania y sobre todo los Estados Unidos son los terribles competidores que -como lo había previsto yo en 1844- están destruyendo cada vez más el monopolio industrial de Inglaterra. Comparada con la industria inglesa, la de estos países es una industria joven, pero crece con mucha mayor rapidez que aquélla y ha alcanzado hoy día casi el mismo grado de desarrollo que la industria inglesa en 1844. La comparación es mucho más sorprendente por lo que respecta a los Estados Unidos. Las condiciones ambientales en que vive la clase obrera norteamericana son, ciertamente, muy distintas de las condiciones de vida del obrero inglés; pero como en uno y otro sitio rigen las mismas leyes económicas, los resultados, aunque no sean idénticos en todos los aspectos, tienen que ser del mismo orden. De aquí que en los Estados Unidos nos encontremos con la misma lucha por la reducción de la jornada de trabajo, por una limitación legal de la misma, sobre todo para las mujeres y los niños que trabajan en las fábricas; pleno florecimiento del truck-system y del sistema de cottages en las zonas rurales(8), utilizado por los patronos (bosses) y sus agentes como medio de dominar a los obreros. Cuando leí en 1886 las noticias publicadas en los periódicos norteamericanos acerca de la gran huelga de los mineros del distrito de Connellsville(9), en Pensilvania, me pareció leer mi
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propia descripción de la huelga declarada en 1844 por los mineros del Norte de Inglaterra. El mismo engaño de los obreros con pesas y medidas falsas, el mismo sistema de pago en productos, los mismos intentos de quebrantar la resistencia de los mineros poniendo en juego el último y más demoledor de los recursos utilizados por los capitalistas: desahucio de los obreros de las viviendas que ocupan en las casas de las compañías.
En esta edición, lo mismo que en las ediciones inglesas, no he tratado de poner el libro al día, enumerando todos los cambios ocurridos desde 1844. Y no lo he hecho por dos razones. En primer lugar, porque hubiera tenido que hacer un libro dos voces más voluminoso, y en segundo lugar, porque me habría visto obligado a repetir lo dicho ya por Marx, pues el primer tomo de "El Capital" ofrece una exposición detallada de la situación de la clase obrera británica por el año 1865, es decir, la época en que la prosperidad industrial de Inglaterra había llegado a su apogeo.
No creo que haya necesidad de indicar que el punto de vista teórico general de este libro, lo mismo en el aspecto filosófico que en el económico y en el político, no coincide plenamente, ni mucho menos, con mi actual punto de vista. En 1844 no existía aún el moderno socialismo internacional, convertido desde entonces en una ciencia gracias sobre todo y casi exclusivamente a los esfuerzos de Marx. Mi libro no representa más que una de las fases de su desarrollo embrionario; y lo mismo que el embrión humano reproduce todavía, en las fases iniciales de su desarrollo los arcos branquiales de nuestros antepasados acuáticos, a lo largo de todo este libro pueden hallarse las huellas de la filosofía clásica alemana, uno de los antepasados del socialismo moderno. Así, sobre todo al final del libro, se recalca que el comunismo no es una mera doctrina del partido de la clase obrera, sino una teoría cuyo objetivo final es conseguir que toda la sociedad, incluyendo a los capitalistas, pueda liberarse del estrecho marco de las condiciones actuales. En abstracto, esta afirmación es acertada,
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pero en la práctica es totalmente inútil e incluso algo peor. Por cuanto las clases poseedoras, lejos de experimentar la más mínima necesidad de emancipación, se oponen además por todos los medios a que la clase obrera se libere ella misma, la revolución social tendrá que ser preparada y realizada por la clase obrera sola. El burgués francés de 1789 decía también que la emancipación de la burguesía era la emancipación de toda la humanidad; pero la nobleza y el clero no quisieron aceptar esta tesis, que degeneró rápidamente -a pesar de ser, por lo que respecta al feudalismo, una verdad histórica abstracta indiscutible- en una frase puramente sentimental y se volatilizó totalmente en el fuego de la lucha revolucionaria. Tampoco faltan ahora quienes desde el alto pedestal de su imparcialidad predican a los obreros un socialismo situado por encima de todos los antagonismos y luchas de clase. Pero, o bien estos señores son unos neófitos a los que falta mucho aún por aprender, o bien se trata de los peores enemigos de la clase obrera, de unos lobos disfrazados de corderos.
El libro estima en cinco años el ciclo de las grandes crisis industriales. Esta conclusión derivaba del curso de los acontecimientos entre 1825 y 1842. Pero la historia industrial de 1842 a 1868 vino a demostrar que, en realidad, la duración de dichos ciclos debe ser estimada en 10 años, pues las crisis intermedias son de carácter secundario y desde 1842 aparecen cada vez con menos frecuencia. A partir de 1868 la situación vuelve a cambiar; pero de ello hablaremos más adelante.
He puesto cuidado en no tachar del texto muchas profecías -entre ellas la de la inminente revolución social en Inglaterra-, inspiradas por mi ardor juvenil. No tengo la menor intención de presentar mi libro ni de presentarme a mí mismo como mejores de lo que entonces éramos. Lo admirable no es que muchas de estas profecías hayan fallado, sino el que tantas hayan resultado acertadas, y que la situación crítica de la industria inglesa a consecuencia de la competencia continental, y sobre todo de la
* F. Engels, "Inglaterra en 1845 y 1885".
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norteamericana, situación predicha por mí en aquel entonces -aunque para un período demasiado próximo, ciertamente-, sea actualmente una realidad. En este punto me veo precisado a poner el libro al día, para lo cual reproduciré un artículo* publicado por mí en inglés en la revista londinense "Commonweal"(10) del 1 de marzo de 1885, y cuya versión en alemán apareció en el Nº 6 de "Neue Zeit"(11), correspondiente al mes de junio del mismo año.
"Hace cuarenta años, Inglaterra se enfrentó con una crisis que, según todas las apariencias, sólo podía ser resuelta por la violencia. El inmenso y rápido desarrollo de la industria se habían adelantado a la ampliación de los mercados exteriores y al crecimiento de la demanda. Cada diez años, la marcha de la industria era violentamente interrumpida por una crisis general del comercio, seguida, tras un largo período de depresión crónica, por unos pocos años de prosperidad, que terminaban siempre en una febril superproducción y, finalmente, en un nuevo crac. La clase capitalista clamaba por el libre cambio en el comercio de cereales, y amenazaba con lograrlo haciendo que los hambrientos habitantes de las ciudades volviesen a los distritos rurales de donde habían salido, para invadirlos, como decía John Bright, 'no como pobres que mendigan pan, sino como un ejército que acampa en territorio enemigo'. Las masas obreras de las ciudades exigían la Carta del Pueblo(12), con la que reivindicaban su parte en el poder político. Eran apoyadas en esta demanda por la mayor parte de la pequeña burguesía. El camino a seguir para lograr la Carta -el de la violencia o el legal- era la única diferencia que los separaba. Entretanto, llegaron la crisis comercial de 1847 y el hambre en Irlanda, y con ellas la perspectiva de la revolución.
"La revolución francesa de 1848 salvó a la burguesía inglesa. Las consignas socialistas de los obreros franceses victoriosos asustaron a la pequeña burguesía inglesa y desorganizaron el movimiento de los obreros ingleses, que corría por cauces más estrechos, pero que tenía un carácter más práctico. En el preciso momento en que tenía que desplegar todas sus fuerzas,
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e incluso antes de experimentar la patente derrota del 10 de abril de 1848(13), el cartismo sufrió un colapso interno. La actividad política de la clase obrera fue relegada a segundo plano. La clase capitalista había triunfado en toda la línea.
"La reforma parlamentaria de 1831(14) había sido la victoria de toda la clase capitalista sobre la aristocracia terrateniente. La abolición de las leyes cerealistas fue la victoria de los capitalistas industriales no sólo sobre los grandes terratenientes, sino también sobre los sectores capitalistas -bolsistas, banqueros, rentistas, etc.-, cuyos intereses eran más o menos idénticos o estaban más o menos ligados a los intereses de los terratenientes. El libre cambio significaba la reorganización, en el interior y en el exterior, de toda la política financiera y comercial de Inglaterra de acuerdo con los intereses de los capitalistas industriales, que constituían desde ese momento la clase representativa de la nación. Y esta clase puso manos a la obra con toda energía. Cualquier obstáculo que se opusiese a la producción industrial era barrido implacablemente. Las tarifas aduaneras y todo el sistema fiscal fueron transformados radicalmente. Todo quedó supeditado a un objetivo único, pero a un objetivo que tenía la máxima importancia para los capitalistas industriales: abaratar todas las materias primas, y principalmente, todos los medios de subsistencia de la clase obrera, reducir el precio de coste de las materias primas y mantener los salarios a un bajo nivel, cuando no reducirlos aún más. Inglaterra tenía que convertirse en «el taller industrial del mundo»; todos los demás países tenían que ser para Inglaterra lo que ya era Irlanda: mercados para su producción industrial y fuentes de materias primas y de artículos alimenticios. ¡Inglaterra, gran centro manufacturero de un mundo agrícola, con un número siempre creciente de satélites productores de trigo y algodón girando en torno al sol industrial! ¡Qué magnífica perspectiva!
"Los capitalistas industriales se lanzaron a la conquista de este gran objetivo con aquel poderoso sentido común y aquel desprecio por los principios tradicionales que siempre los han
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distinguido de sus competidores continentales más contaminados por el filisteísmo. El cartismo agonizaba. La nueva prosperidad industrial, lógica y casi natural después de la terminación de la crisis de 1847, fue atribuida exclusivamente al influjo del libre cambio. En virtud de estos dos hechos, la clase obrera inglesa se convirtió políticamente en la cola del 'gran' Partido Liberal, que dirigían los fabricantes. Una vez conseguida esta posición ventajosa, había que perpetuarla. La violenta oposición de los cartistas, no contra el libre cambio, sino contra el que se le convirtiese en la única cuestión vital del país, hizo comprender a los fabricantes -y cada día que pasaba se lo hacía comprender mejor- que sin la ayuda de la clase obrera la burguesía no logrará jamás establecer plenamente su dominio social y político sobre la nación. De esta manera, fueron cambiando poco a poco las relaciones entre las dos clases. Las leyes fabriles que en tiempos habían sido un espantajo para todos los fabricantes, ahora no sólo eran observadas voluntariamente por ellos, sino que se extendían más o menos a todas las ramas de la industria. Los sindicatos, considerados hasta hacía poco obra del diablo, eran mimados y protegidos por los industriales como instituciones perfectamente legítimas y como medio eficaz para difundir entre los obreros sanas doctrinas económicas. Incluso se llegó a la conclusión de que las huelgas, reprimidas hasta 1848, podían ser en ciertas ocasiones muy útiles, sobre todo cuando eran provocadas por los señores fabricantes en el momento que ellos consideraban oportuno. Aunque no desaparecieron todas las leyes que colocaban al obrero en una situación de inferioridad con respecto a su patrono, al menos las más escandalosas fueron abolidas. Y la Carta del Pueblo, antes tan execrable, se convirtió en el principal programa político de esos mismos fabricantes que hasta hacía poco la habían combatido. Fueron convertidos en ley la abolición del requisito de propiedad y el voto secreto. Las reformas parlamentarias de 1867(15) y 1884(16) se acercan ya considerablemente al sufragio universal, por lo menos tal como existe hoy día en Alemania; el nuevo proyecto de ley sobre las circunscripciones electorales que se está discutiendo ahora en el parlamento crea
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circunscripciones iguales, que en conjunto no son menos iguales que las existentes hoy día en Francia o en Alemania. Ya se perfilan como indudables conquistas de un futuro próximo las dietas parlamentarias y la reducción del período de vigencia de las actas, aunque no se llegue todavía a los parlamentos elegidos cada año. Y después de todo esto aún hay gente que se atreve a decir que el cartismo ha muerto.
"La revolución de 1848, al igual que otras muchas anteriores a ella, ha tenido un destino bien extraño. Los mismos que las habían aplastado se convirtieron, como solía decir Marx, en sus albaceas testamentarios*. Luis Napoleón se vio obligado a crear la Italia una e independiente. Bismarck tuvo que revolucionar Alemania a su manera y devolver a Hungría cierta independencia; y a los fabricantes ingleses no les quedaba por hacer nada mejor que dar fuerza de ley a la Carta del Pueblo.
"Las consecuencias que tuvo en Inglaterra este predominio de los capitalistas industriales fueron en un principio asombrosas. Los negocios, que habían resucitado, se extendieron en proporciones sorprendentes hasta para Inglaterra, cuna de la industria moderna. Los éxitos logrados anteriormente, gracias a la aplicación del vapor y de la maquinaria, palidecían en comparación con el poderoso auge alcanzado por la producción en los veinte años comprendidos entre 1850 y 1870, con sus abrumadoras cifras de exportación e importación, con las riquezas fantásticas que acumulan los capitalistas y con la enorme masa de mano de obra que se concentra en ciudades gigantescas. Ciertamente, este progreso seguía interrumpiéndose como antes por crisis que se repetían cada diez años y que hicieron su aparición en 1857 y en 1866. Pero estas recaídas eran consideradas ahora como fenómenos naturales e inevitables, a los que había que someterse y tras los cuales todo volvía de nuevo a su cauce normal.
"¿Cuál era la situación de la clase obrera durante este
* Véase C. Marx, "El espíritu de Erfurt en 1859".
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período? A veces se producía un mejoramiento temporal, que se extendía incluso a las grandes masas. Pero este mejoramiento era reducido cada vez a su antiguo nivel por el aflujo de una gran masa de obreros procedentes de la reserva de desocupados, por la introducción de nuevas máquinas, que desalojaban a un número cada vez mayor de obreros, y por la inmigración de obreros agrícolas, desalojados ahora también en proporciones crecientes por las máquinas.
"Sólo en dos sectores 'protegidos' de la clase obrera hallamos un mejoramiento permanente. El primer sector lo integran los obreros fabriles. La legislación que establece límites relativamente razonables para la jornada de trabajo les ha permitido restaurar hasta cierto punto sus fuerzas físicas y les ha proporcionado una superioridad moral, acrecentada por su concentración local. La situación de estos obreros es indudablemente mejor que antes de 1848. La mejor prueba de ello nos la ofrece el hecho de que de cada diez huelgas, nueve son provocadas por los mismos fabricantes, en su propio interés y como único medio de reducir la producción. Jamás lograréis persuadir a los fabricantes de que acepten la reducción de la jornada de trabajo, ni siquiera en el caso de que no encuentren ninguna salida para sus mercancías; pero si hacéis que los obreros se declaren en huelga, los capitalistas cerrarán sus fábricas como un solo hombre.
"El segundo sector de obreros 'protegidos' lo integran las grandes tradeuniones. Son éstas organizaciones de ramas de la producción en las que trabajan única o predominantemente hombres adultos. Ni la competencia del trabajo de las mujeres y de los niños ni la de las máquinas han podido debilitar hasta ahora su fuerza organizada. Los metalúrgicos, los carpinteros y los ebanistas y los albañiles constituyen otras tantas organizaciones, cada una de las cuales es tan fuerte que puede, como ha ocurrido con los obreros de la construcción, oponerse con éxito a la introducción de la maquinaria. No cabe duda de que la situación de estos obreros ha mejorado considerablemente desde 1848; la mejor prueba de ello nos la
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ofrece el que desde hace más de 15 años no sólo los patronos están muy satisfechos de ellos, sino también ellos de sus patronos. Constituyen la aristocracia de la clase obrera, han logrado una posición relativamente desahogada y la consideran definitiva. Son los obreros modelo de los señores Leone Levi y Giffen (y también del honorable Lujo Brentano). Se trata, en efecto, de personas muy agradables y complacientes, tanto, en particular, para cualquier capitalista sensato, como, en general, para toda la clase capitalista.
"En cuanto a las grandes masas obreras, el estado de miseria e inseguridad en que viven ahora es tan malo como siempre o incluso peor. El East End de Londres es un pantano cada vez más extenso de miseria y desesperación irremediables, de hambre en las épocas de paro y de degradación física y moral en las épocas de trabajo. Y si exceptuamos a la minoría de obreros privilegiados, la situación es la misma en las demás grandes ciudades, así como en las pequeñas y en los distritos rurales. La ley que reduce el valor de la fuerza de trabajo al precio de los medios de subsistencia necesarios, y la otra ley que, por regla general, reduce su precio medio a la cantidad mínima de esos medios de subsistencia, actúan con el rigor inexorable de una máquina automática cuyos engranajes van aplastando a los obreros.
"Tal era, pues, la situación creada por la política de libre cambio establecida en 1847 y por los veinte años de dominación de los capitalistas industriales. Pero luego se produjo un viraje. La crisis de 1866 fue seguida de una débil reanimación que tuvo lugar por 1873 y fue de poca duración. Bien es verdad que no se produjo la crisis total que, según era de esperar, debía haberse producido en 1877 o en 1878; pero, a partir de 1876, todas las ramas principales de la industria se suman en un estancamiento crónico. No llega la crisis total ni sobreviene el tan esperado período de florecimiento que debía haberse producido antes o después de ella. Un estancamiento letárgico, una saturación crónica en todos los mercados de todas las ramas industriales: tal es la situación en que vivimos
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desde hace casi diez años. ¿Cuál es la causa?
"La teoría del libre cambio tenía por única base el supuesto de que Inglaterra habría de ser el único gran centro industrial de un mundo agrícola. Pero los hechos han dado un mentís a dicha suposición. Las condiciones precisas para la industria moderna -la fuerza del vapor y la maquinaria- pueden ser creadas en cualquier lugar donde haya combustible, y sobre todo carbón. Pero Inglaterra no es el único país que posee carbón, también lo tienen Francia, Bélgica, Alemania, Norteamérica e incluso Rusia. Y los habitantes de esos países no encontraban ninguna ventaja en verse reducidos a la condición de hambrientos colonos irlandeses, para mayor gloria y riqueza de los capitalistas ingleses. Por eso construyeron fábricas y empezaron a producir no sólo para su propio consumo, sino también para todo el mundo. Y la consecuencia ha sido que el monopolio industrial, detentado por Inglaterra durante casi un siglo, quedó definitivamente roto.
"Pero el monopolio industrial es la piedra angular del presente régimen social de Inglaterra. Incluso en la época en que subsistía dicho monopolio, los mercados no alcanzaban a seguir la creciente productividad de la industria inglesa. El resultado eran las crisis que se producían cada diez años. Y ahora los mercados nuevos son cada vez más escasos, hasta el punto de que incluso a los negros del Congo se les impone la civilización bajo la forma de géneros de Manchester, vasijas de barro del condado de Stafford y quincalla de Birmingham. ¿Qué ocurrirá cuando las mercancías continentales, y, sobre todo, las norteamericanas afluyan en proporciones cada vez mayores y vaya reduciéndose de año en año la parte del león que aún corresponde a los industriales ingleses en el aprovisionamiento de los mercados mundiales? ¡Responda a esto el libre cambio, panacea universal!
"No soy el primero en señalar este hecho. En 1883, en la asamblea celebrada en Southport por la Asociación Británica(17), el señor Inglis Palgrave, presidente de la Sección
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Económica, indicó ya que
para Inglaterra habían pasado los días de las grandes ganancias y que el desarrollo de varias importantes ramas de la industria se había detenido. Casi se podía afirmar que Inglaterra pasaba a un estado en el que ya no había progreso.
"Pero, ¿cómo va a terminar todo esto? La producción capitalista no puede detenerse en un punto; tiene que crecer y extenderse o morir. Ya ahora, la mera reducción de la parte del león que corresponde a Inglaterra en el aprovisionamiento de los mercados mundiales significa estancamiento, miseria, exceso de capital por una parte y exceso de obreros desocupados por otra. ¿Qué va a ocurrir cuando el aumento anual de la producción cese por completo? Este es el punto vulnerable, el talón de Aquiles de la producción capitalista. La extensión continua es la condición de su vida; pero ahora esta extensión continua es imposible. La producción capitalista se encuentra en un callejón sin salida. Cada año es más aguda la forma en que se le plantea a Inglaterra esta cuestión: ¿quién ha de sucumbir, la nación o la producción capitalista? ¿Cuál de las dos es la condenada a desaparecer?
"¿Y la clase obrera? Si incluso durante el auge sin precedentes alcanzado por el comercio y la industria entre 1848 y 1868 tuvo que vivir en la situación de miseria que hemos señalado, si incluso entonces la inmensa mayoría de los obreros experimentó, en el mejor de los casos, un alivio pasajero, mientras que sólo una pequeña minoría, privilegiada y protegida, obtuvo beneficios duraderos, ¿qué no ocurrirá cuando este deslumbrante período termine definitivamente, cuando no sólo se agrave el actual estado depresivo, sino cuando esta agravada situación de estancamiento letárgico se convierta en crónica y adquiera el carácter de estado normal de la industria inglesa?
"He aquí la verdad: mientras duró el monopolio industrial de
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Inglaterra, la clase obrera inglesa participó hasta cierto punto en los beneficios de dicho monopolio. Estos beneficios se distribuían dentro de la misma clase obrera de una manera muy desigual: la mayor parte correspondía a su minoría privilegiada, aunque también a la gran masa le tocaba algo de vez en cuando. Por eso, desde la muerte del owenismo no ha habido socialismo en Inglaterra. Cuando se derrumbe el monopolio, la clase obrera inglesa perderá su situación privilegiada. Y llegará un día en que toda ella, sin exceptuar la minoría privilegiada y dirigente, se encuentre en el mismo nivel que los obreros de los demás países. Por eso, volverá a haber socialismo en Inglaterra".
Así termina el artículo de 1885. El prólogo escrito el 11 de enero de 1892, para la edición inglesa, continuaba así:
"Poco me queda que añadir a esta descripción del estado de cosas, tal como lo veía yo en 1885. No creo que sea necesario decir que hoy 'vuelve a haber socialismo en Inglaterra'. Lo hay en masa y de todos los matices: socialismo consciente e inconsciente, socialismo en prosa y en verso, socialismo de la clase obrera y socialismo de la burguesía. En efecto, el socialismo, horror de los horrores, no sólo se ha vuelto muy respetable, sino que incluso viste frac y se deja caer negligentemente en los divanes de los salones mundanos. Esto demuestra de nuevo la incorregible veleidad de la opinión pública burguesa, ese terrible déspota de la 'buena sociedad'; con lo que queda justificado una vez más el desprecio con que nosotros, los socialistas de la pasada generación, la hemos tratado siempre. Por lo demás, no tenemos ningún motivo para quejarnos de este nuevo síntoma.
"Pero lo que a mi entender importa mucho más que esta moda pasajera de hacer alarde de un socialismo acuoso en los círculos burgueses, e incluso más que los éxitos logrados en general por el socialismo en Inglaterra, es el despertar del East End londinense. Este valle de infinita miseria ha dejado de ser la pocilga de agua estancada que era hace seis años. El East
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End se ha sacudido la apatía de la desesperación; ha vuelto a la vida y se ha convertido en la patria del 'nuevo tradeunionismo' es decir, la organización de la gran masa de obreros 'no calificados'. Aunque esta organización ha revestido en muchos aspectos la forma de los viejos sindicatos de obreros 'calificados', tiene sin embargo, un carácter esencialmente distinto. Los viejos sindicatos guardan las tradiciones correspondientes a la época de su surgimiento; para ellos el sistema del salariado es algo definitivo y establecido de una vez para siempre, algo que, en el mejor de los casos, sólo pueden suavizar en interés de sus afiliados. Los nuevos sindicatos, por el contrario, fueron organizados cuando ya la fe en la eternidad del salariado se había debilitado considerablemente. Sus fundadores y sus dirigentes eran hombres de conciencia socialista o de sentimientos socialistas; las masas que afluyeron a ellos y que constituyen su fuerza estaban integradas por hombres toscos e ignorantes, a los que la aristocracia de la clase obrera miraba por encima del hombro. Pero tienen la enorme ventaja de que su mentalidad es todavía un terreno virgen, absolutamente libre de los 'respetables' prejuicios burgueses heredados que trastornan las cabezas de los 'viejos tradeunionistas', mejor situados que ellos. Y ahora vemos cómo esos nuevos sindicatos asumen la dirección general del movimiento obrero y cómo las 'viejas' tradeuniones, ricas y orgullosas, marchan cada vez más a remolque suyo.
"Los hombres del East End han cometido -de ello no cabe duda- errores colosales. Pero también los cometieron sus predecesores y también siguen cometiéndolos los socialistas doctrinarios, que los miran por encima del hombro. Para una gran clase, lo mismo que para una gran nación, no hay nada que enseñe mejor y más de prisa que las consecuencias de sus propios errores. Y a pesar de todos los errores del pasado, del presente o del futuro, el despertar del East End londinense sigue siendo uno de los acontecimientos más grandes y más fecundos de este fin de siècle*. Me alegro y me enorgullezco
* Fin de siglo.
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de haber podido asistir a él".
Las líneas precedentes fueron escritas hace seis meses. En este tiempo el movimiento obrero inglés ha dado otro gran paso. Las elecciones parlamentarias, celebradas hace pocos días, fueron un aviso en forma a los dos partidos oficiales, a los conservadores y a los liberales, de que desde ahora tendrán que contar con un tercer partido, con el partido obrero. Este se halla aún en período de formación. Sus elementos aún tienen que sacudirse toda clase de prejuicios tradicionales -burgueses, del viejo tradeunionismo, y ya incluso del socialismo doctrinario- antes de poder unirse, por fin, en el terreno que les es común a todos ellos. Sin embargo, el instinto que los une ahora es ya tan fuerte que les ha permitido obtener en las elecciones parlamentarias unos resultados que no tienen precedente en Inglaterra. En Londres se presentaron como candidatos dos obreros *, que además declararon abiertamente su condición de socialistas. Los liberales no se atrevieron a oponerles ningún candidato, y los dos socialistas fueron elegidos por una mayoría tan aplastante como inesperada. En Middlesbrough se presentó un candidato obrero ** contra uno liberal y otro conservador y derrotó a los dos. Por otra parte, los nuevos candidatos obreros que se aliaron a los liberales fueron, a excepción de uno, irremisiblemente derrotados. De los llamados representantes obreros de viejo cuño, hombres a quienes se perdona su origen porque ellos mismos están dispuestos a diluir su calidad de obreros en el océano de su liberalismo, Henry Broadhurst, el más destacado representante del viejo tradeunionismo, sufrió una aplastante derrota por oponerse a la jornada de ocho horas. En dos distritos electorales de Glasgow, en uno de Salford y en otros muchos, a los candidatos de los dos viejos partidos se enfrentaron candidatos obreros independientes. Y aunque fueron derrotados, también lo fueron los candidatos liberales. En una palabra: en varios distritos electorales de las grandes ciudades y de los centros industriales los obreros renunciaron
* J. K. Hardie y J. Burns.
** J. H. Wilson.
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resueltamente a todo pacto con los dos viejos partidos, obteniendo así, directa o indirectamente, éxitos jamás vistos en ninguna de las elecciones anteriores. La alegría que esto ha producido entre los obreros es indescriptible. Por vez primera han visto y sentido lo que pueden conseguir haciendo uso del sufragio en interés de su clase. Ha quedado destruida la fe supersticiosa que durante cerca de cuarenta años han tenido los obreros ingleses en el "gran Partido Liberal". Los obreros han visto a través de elocuentes ejemplos que ellos constituyen en Inglaterra la fuerza decisiva, siempre y cuando quieran y sepan lo que quieren; las elecciones de 1892 señalan el comienzo de ese querer y de ese saber. El resto corre a cuenta del movimiento obrero del continente; los alemanes y los franceses, que ya tienen una representación muy importante en los parlamentos y en los consejos municipales, mantendrán vivo con sus nuevos éxitos el espíritu de emulación de los ingleses. Y cuando se descubra, en un futuro no muy lejano, que el nuevo parlamento no puede hacer nada con el señor Gladstone, ni tampoco el señor Gladstone con este parlamento, el partido obrero inglés estará ya lo suficientemente organizado para acabar de una vez con el columpio de los dos viejos partidos, que se van turnando en el poder a fin de perpetuar el dominio de la burguesía.
Londres, 21 de julio de 1892 F. Engels
Publicado en el libro: "Die Lage der Arbeitenden Klasse in England" Zweite Auflage, Stuttgart, 1892.
Se publica de acuerdo con el texto del libro.
Traducido del alemán.
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INTRODUCClÓN
La historia de la clase obrera en Inglaterra comienza en la segunda mitad del siglo pasado, con la invención de la máquina de vapor y las máquinas destinadas a trabajar el algodón. Es sabido que estas invenciones desencadenaron una revolución industrial que, simultáneamente, transformó la sociedad burguesa en su conjunto y cuya importancia en la historia del mundo apenas ahora comienza a comprenderse.
Inglaterra es el terreno clásico de esta revolución que fue tanto más poderosa cuanto que se hizo más silenciosamente. Por eso Inglaterra es también, el clásico país donde se desarrolla su resultado esencialísimo, el proletariado. Solamente en Inglaterra es que puede estudiarse el proletariado en todas sus relaciones y desde todos los ángulos.
Por el momento pasaremos por alto la historia de esta revolución, de su inmensa importancia para el presente y el futuro. Este estudio hay que reservarlo para un trabajo posterior más amplio. Provisionalmente, debemos limitarnos a los varios datos necesarios para comprender los hechos que expondremos, para comprender la situación actual de los proletarios ingleses.
Antes de la introducción del maquinismo, el hilado y el tejido de las materias primas se efectuaban en la propia casa del obrero. Mujeres y niñas hilaban el hilo, que el hombre tejía o que ellas vendían, cuando el padre de familia no lo trabajaba él mismo. Estas familias de tejedores vivían mayormente en el campo, cerca de las ciudades, y lo que ellas ganaban aseguraba
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perfectamente su existencia, ya que el mercado interior constituía todavía el factor decisivo de la demanda de telas -incluso era el único mercado-, y que la fuerza aplastante de la competencia que habría de aparecer más tarde con la conquista de mercados extranjeros y con la expansión del comercio, no pesaba aún sensiblemente sobre el salario. A esto se añadía un incremento constante de la demanda en el mercado interno, paralelamente al lento crecimiento de la población, que permitía ocupar la totalidad de los obreros; hay que mencionar además la imposibilidad de una competencia feroz entre las obreros, debido a la dispersión de la vivienda rural: En términos generales, el tejedor hasta podía tener ahorros y arrendar una parcela de tierra que cultivaba en sus horas de ocio. Él las determinaba a su antojo porque podía tejer cuando y por el tiempo que lo deseara. Desde luego, no se trataba de un verdadero campesino porque se dedicaba a la agricultura con cierta negligencia y sin sacar de ella un beneficio real; pero al menos no era un proletario, y -como dicen los ingleses- había plantado una estaca en el suelo de su patria, tenía un techo y en la escala social se hallaba en un peldaño por encima del obrero inglés de hoy día.
Así los obreros vivían una existencia enteramente soportable y llevaban una vida honesta y tranquila en toda piedad y honorabilidad; su situación material era mucho mejor que aquella de sus sucesores; ellos no tenían necesidad alguna de matarse en el trabajo, no hacían más de lo que deseaban, y sin embargo ganaban lo suficiente para cubrir sus necesidades, tenían tiempo para un trabajo sano en su jardín o su parcela, trabajo que era para ellos una distracción, y podían además participar en las diversiones y juegos de sus vecinos; y todos estos juegos: bolos, balón, etc., contribuían al mantenimiento de su salud y a su desarrollo físico.
Se trataba en su mayor parte de gente vigorosa y bien dispuesta cuya constitución física apenas se diferenciaba o no se diferenciaba del todo de aquella de los campesinos, sus vecinos. Los niños crecían respirando el aire puro del campo, y
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si llegaban a ayudar a sus padres en el trabajo, era sólo de vez en cuando, y no era cuestión de una jornada de trabajo de 8 ó 12 horas. El carácter moral e intelectual de esta clase se adivina fácilmente. Estos trabajadores nunca visitaban las ciudades porque el hilo y el tejido eran recogidos en sus domicilios por viajantes contra pago del salario, y así vivían aislados en el campo hasta el momento en que el maquinismo los despojó de su sostén y fueron obligados a buscar trabajo en la ciudad. Su nivel de vida intelectual y moral era de la gente del campo, con la cual frecuentemente se hallaban ligados por los cultivos en pequeña escala. Ellos consideraban a su Squire -el terrateniente más importante de la región- como su superior natural; le pedían consejo, sometían a su arbitraje sus pequeñas querellas y le rendían todos los honores que comprendían estas relaciones patriarcales. Eran personas "respetables" y buenos padres de familia; vivían de acuerdo con la moral, porque no tenían ocasión alguna de vivir en la inmoralidad, ningún cabaret ni casa de mala fama se hallaban en su vecindad, y el mesonero en cuyo establecimiento ellos apagaban de vez en cuando su sed, era igualmente un hombre respetable, las más de las veces, un gran arrendatario que tenía en mucho la buena cerveza, el buen orden y no le gustaba trasnochar. Ellos retenían a sus hijos todo el día en la casa y les inculcaban la obediencia y el temor de Dios; estas relaciones patriarcales subsistían mientras los hijos permanecían solteros; los jóvenes crecían con sus compañeros de juego en una intimidad y una simplicidad idílicas hasta su matrimonio, e incluso si bien las relaciones sexuales antes del matrimonio eran cosa casi corriente, ellas sólo se establecían cuando la obligación moral del matrimonio era reconocida de ambas partes, y las nupcias que sobrevenían pronto ponían todo en orden. En suma, los obreros industriales ingleses de esta época vivían y pensaban lo mismo que se hace todavía en ciertos lugares de Alemania, replegados sobre sí mismos, separadamente, sin actividad intelectual y llevando una existencia tranquila. Raramente sabían leer y todavía menos escribir, iban regularmente a la iglesia, no participaban en la política, no conspiraban, no pensaban, les gustaban los
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ejercicios físicos, escuchaban la lectura de la Biblia con un recogimiento tradicional, y convivían muy bien, humildes y sin necesidades, con las clases sociales en posición más elevada. Pero, en cambio, estaban intelectualmente muertos; sólo vivían para sus intereses privados, mezquinos, para su telar y su jardín e ignoraban todo lo del movimiento poderoso que, en el exterior, sacudía a la humanidad. Ellos se sentían cómodos en su apacible existencia vegetativa y, sin la revolución industrial, jamás hubieran abandonado esta existencia de un romanticismo patriarcal, pero, a pesar de todo, indigna de un ser humano.
Lo cierto es que no eran hombres sino simples máquinas, trabajando para algunos aristócratas que hasta entonces habían dirigido la historia; la revolución industrial no ha hecho otra cosa que sacar la consecuencia de esta situación reduciendo enteramente a los obreros al papel de simples máquinas y arrebatándoles los últimos vestigios de actividad independiente, pero, precisamente por esta razón, incitándolos a pensar y a exigir el desempeño de su papel de hombres. Si, en Francia, ello se debió a la política, en Inglaterra fue la industria -y de una manera general la evolución de la sociedad burguesa- lo que arrastró en el torbellino de la historia las últimas clases sumidas en la apatía con respecto a los problemas humanos de interés general.
La primera invención que transformó profundamente la situación de los obreros ingleses de entonces, fue la Jenny(3) del tejedor James Hargreaves, de Standhill, cerca de Blackburn en el Lancashire del Norte (1764). Esta máquina era la antecesora rudimentaria de la Mule que habría de sucederla más tarde; funcionaba a mano, pero en lugar de un huso -como en el torno ordinario para hilar a mano- poseía 16 ó 18, movidos por un solo obrero. De este modo fue posible proveer mucho más hilo que antes; mientras que anteriormente un tejedor, que empleaba constantemente tres hiladores, nunca tenía suficiente hilo y con frecuencia tenía que esperar, ahora había allí más hilo del que podían tejer los obreros existentes. La demanda de productos textiles que, por otra parte, estaba
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en aumento, se incrementó de nuevo debido a los precios más bajos de estos productos, como consecuencia de la reducción de gastos de producción por el empleo de la nueva máquina. Como resultado, hubo necesidad de emplear a más tejedores y el salario de éstos se elevó. Y, como desde entonces el tejedor podía ganar más consagrándose a su oficio, abandonó lentamente sus ocupaciones agrícolas y se dedicó enteramente a la industria textil. En esa época una familia estaba compuesta de cuatro adultos y dos niños, que estaban limitados al trabajo de encanillado, llegaba a ganar, por 10 horas de trabajo diario, 4 libras esterlinas por semana -28 táleros al cambio prusiano actual- y a menudo más cuando los negocios marchaban bien y el trabajo urgía. No era raro que un solo tejedor ganara en su oficio 2 libras esterlinas por semana. Así es cómo la clase de los tejedores agrícolas desapareció poco a poco completamente, fundiéndose en la nueva clase de aquellos que eran exclusivamente tejedores, que vivían únicamente de su salario, no poseían propiedad, ni siquiera la ilusión de la propiedad que confiere el arriendo de tierras. Se convirtieron por tanto en proletarios (working men). A esto se añade asimismo la supresión de las relaciones entre hilador y tejedor. Hasta entonces, en la medida de lo posible, el hilo era torcido y tejido bajo un mismo techo. Como ahora la Jenny, al igual que el telar, exigía una mano vigorosa, los hombres también se dedicaron al hilado y familias enteras vivían de ello; en tanto que otras, forzadas a abandonar el torno para hilar, arcaico y obsoleto, cuando carecían de los medios para comprar una Jenny, tenían que vivir únicamente del oficio de tejedor del padre de familia. Así es cómo comenzó la división del trabajo entre tejido e hilado, que por consecuencia habría de ser llevada tan lejos en la industria.
Mientras que el proletariado industrial se desarrollaba así con esta primera máquina, por cierto muy imperfecta, ésta dio igualmente nacimiento a un proletariado agrícola. Hasta entonces, había existido un gran número de pequeños campesinos propietarios, llamados yeomen, que habían vegetado en la misma tranquilidad y la misma nada intelectual
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que sus vecinos, los tejedores-agricultores. Ellos cultivaban su pequeña parcela de tierra con exactamente la misma negligencia que lo habían hecho sus padres, y se oponían a toda innovación con la obstinación particular de estos seres, esclavos de la costumbre, que no cambian en absoluto durante generaciones. Entre ellos había también muchos pequeños arrendatarios, no en el sentido actual del término, sino personas que habían recibido de sus padres y abuelos su pequeña parcela de tierra, ya sea a título de un arrendamiento hereditario, ya sea en virtud de una antigua costumbre, y que se habían establecido tan sólidamente como si la tierra les perteneciera en propiedad. Ahora bien, como los trabajadores industriales abandonaban la agricultura, un gran número de terrenos se hallaban vacantes, y allí se instaló la nueva clase de los hacendados (grossen Pächter), arrendando de un sólo golpe 50, 100, 200 arapendes y hasta más. Eran tenants-at-will, es decir, arrendatarios cuyo contrato podía ser rescindido cada año, y supieron aumentar el producto de las tierras por mejores métodos agrícolas y una explotación en escala más grande. Ellos podían vender sus productos más baratos que el pequeño yeomen, y éste no tenía otra solución porque su parcela ya no lo sustentaba sino vender su tierra y hacerse de una Jenny o un telar, o emplearse como jornalero, proletario agrícola, con un gran arrendatario. Su indolencia hereditaria y la manera negligente de explotar la tierra, defectos que había heredado de sus antepasados y que no había podido superar, no le dejaban otra solución, cuando fue obligado a entrar en competencia con personas que cultivaban su finca de acuerdo con principios más racionales y con todas las ventajas que confieren el cultivo en grande y la inversión de capitales con vistas a la mejora del suelo.
Sin embargo, la evolución de la industria no quedó ahí. Algunos capitalistas comenzaron a instalar Jennys en grandes edificaciones movidas por medio de la fuerza hidráulica, lo que les permitió reducir el número de los obreros y vender su hilo más barato que el de los hilanderos aislados que movían su máquina simplemente a mano. La Jenny fue mejorada constantemente, con el resultado de que a cada instante una
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máquina se hallaba superada y debía ser transformada, incluso desechada; y si bien el capitalista podía subsistir gracias a la utilización de la fuerza hidráulica, incluso con máquinas bastante viejas, a la larga el hilandero aislado no podía hacerlo.
Estos hechos marcaban ya el advenimiento del sistema de manufacturas; conoció una nueva extensión gracias al Spinning Throstle (telar continuo), inventado por Richard Arkwhigt, un barbero de Preston, en el Lancashire septentrional, en 1767. Esta máquina que se llama comúnmente en alemán Kettenstuhl (telar de cadena) es, con la máquina de vapor, la invención mecánica más importante del siglo XVIII. Ella es concebida a priori para ser accionada mecánicamente y fundada en principios enteramente nuevos. Al asociar las particularidades de la Jenny y del telar continuo, Samuel Crompton, de Firwood (Lancashire)1785, creó la mule, y como Arkwright inventó por la misma época las máquinas de cardar y de atar, la manufactura devino el único sistema existente para el hilado del algodón. Poco se logró que estas máquinas fuesen utilizables para el hilado de la lana y más tarde del lino (en la primera década de ese siglo), luego de varias modificaciones poco importantes, y por esta razón se pudo reducir el trabajo manual también en estos sectores. Pero ahí no paró la cosa. En los últimos años del siglo pasado, el Dr. Cartwright, pastor protestante, había inventado el telar mecánico, y hacia 1804 lo había perfeccionado a tal punto que el mismo podía competir exitosamente con los tejedores manuales; y la importancia de todas estas máquinas se duplicó gracias a la máquina de vapor de James Watt, inventada en 1764 y empleada para mover máquinas de hilar a partir de 1785.
Estos inventos, que después fueron mejorados todos los años, decidieron la victoria del trabajo mecánico sobre el trabajo manual en los principales sectores de la industria inglesa, y toda la historia reciente de ésta nos muestra cómo los trabajadores manuales han sido desplazados de sus posiciones por las máquinas. Las consecuencias de ello fueron, de una parte, una rápida caída de los precios de todos los productos
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manufacturados, el desarrollo del comercio y de la industria, la conquista de casi todos los mercados extranjeros no protegidos, el crecimiento acelerado de los capitales y de la riqueza nacional; y, de otra parte, el incremento aún más rápido del proletariado, destrucción de toda propiedad, de toda seguridad de sostén para la clase obrera, desmoralización, agitación política, y todos esos hechos que repugnan tanto a los ingleses acomodados y que vamos a examinar en las páginas que siguen. Hemos vistos anteriormente qué trastorno provocó en las relaciones sociales de las clases inferiores una sola máquina tan torpe como la Jenny: desde entonces ya no es para asombrarse de lo que ha podido hacer un sistema de maquinaria automática complejo y perfeccionado que recibe de nosotros la materia prima y la transforma en tejidos perfectos.
Sin embargo, examinemos más detenidamente el desarrollo6 de la industria inglesa*(18), y comencemos por una rama principal: la industria del algodón. De 1771 a 1775, se importaba por término medio menos de 5 millones de libras de algodón por año; en 1841, 528 millones, y la importación de 1844 llegó por lo menos a 600 millones. En 1834, Inglaterra exportó 556 millones de yardas de tejidos de algodón, 761/2 millones de libras de hilo de algodón, y artículos de géneros de punto de algodón por un valor de 1200000 libras esterlinas.
Ese mismo año la industria textil contaba con más de 8 millones de husos, 110000 telares mecánicos y 250000 manuales, sin incluir los husos de los telares continuos, y, según
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En el original alemán (1845): Verwicklung (imbricación); en la edición de 1892; Entwicklung (desarrollo).* Según Porter: The Progress of the Nation, Londres, 1836, vol. I, 1838, vol. II, 1843, vol. III. (De acuerdo con indicaciones oficiales) y otras fuentes, en su mayoría igualmente oficiales (1892). El anterior esbozo histórico de la revolución industrial es inexacto en algunos detalles, pero en 1843-1844, no había mejores fuentes que las que he utilizado (F.E.).(77)
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los cálculos de MacCulloch; este sector industrial directa o indirectamente constituía el sustento de cerca de un millón y medio de seres humanos en los tres reinos, de los cuales solamente 220000 trabajaban en las fábricas. La fuerza utilizada por estas fábricas se calculaba en 33000 caballos de fuerza motriz, producida por el vapor, y 11000 caballos de fuerza hidráulica. Actualmente estas cifras son muy superiores, pudiendo darse por seguro que en 1845 la potencia y el número de las máquinas, así como el número de obreros, es superior en 50% a aquellas de 1834. El centro principal de esta industria es el Lancashire, región donde nació; la misma ha revolucionado completamente a este condado, transformando las tierras sombrías y mal cultivadas en una comarca animada y laboriosa, ha decuplicado su población en 80 años y ha hecho brotar del suelo como por encantamiento ciudades gigantescas como Liverpool y Manchester que cuentan juntas 700000 habitantes, y sus vecinas Bolton (60000 h.), Rochdale (75000 h.), Oldham (50000 h.), Preston (60000 h.), Ashton y Stalybridge (40000 h.), así como toda una multitud de ciudades industriales.
La historia del Lancashire meridional conoció los más grandes milagros de los tiempos modernos, pero nadie ha hablado de ello, y todos estos milagros los realizó la industria textil. Por otra parte, Glasgow constituye un segundo centro para el distrito textil de Escocia, el Lanarkshire y el Refrewshire, y allí también la población de la ciudad central ha pasado de 30000 a 300000 habitantes desde la instalación de esta industria. En Nottingham y Derby, la calcetería recibió igualmente un nuevo impulso debido a la baja del precio del hilo y un segundo impulso debido a la mejora de la máquina de hacer medias, que permitía fabricar al mismo tiempo dos de ellas con un solo telar. Desde 1777, fecha de la invención de la máquina de hacer el punto enlazado, la fabricación de encajes ha devenido una rama industrial importante; poco después; Lindley inventó la máquina de point-net y, en 1809, Heathcote la máquina bobbin-net, que simplificaron infinitamente la fabricación de encajes y aumentaron paralelamente el consumo en igual proporción como consecuencia del nivel moderado de
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los de los precios. Actualmente, por lo menos 200000 personas viven de esta actividad, la cual se desarrolla principalmente en Nottingham, Leicester y en el oeste de Inglaterra (Wiltshire, Devonshire, etc.).
Las ramas que dependen de la industria algodonera han conocido una expansión análoga: el blanqueo, el teñido y el estampado. El blanqueo por la utilización del cloro en lugar del oxígeno en el blanqueo químico, la tintorería debido al rápido desarrollo de la química, y el estampado gracias a una serie de invenciones mecánicas sumamente brillantes, conocieron un desarrollo que -además de la expansión de estas ramas debido al crecimiento de la industria del algodón- les aseguró una prosperidad desconocida hasta entonces.
La misma actividad se manifestó en el beneficio de la lana. Ésta era ya la rama principal de la industria inglesa, pero las cantidades producidas durante esos años no son nada en comparación con las que se producen actualmente. En 1782, toda la cosecha lanera de los tres años precedentes permanecía en estado bruto por falta de obreros, y así hubiera permanecido necesariamente de no haber sido por las nuevas invenciones mecánicas para el hilado de la lana. La adaptación de estas máquinas al hilado de la lana se logró con el mayor éxito. El desarrollo rápido que hemos visto en los distritos algodoneros afectó en lo adelante a los distritos laneros. En 1738, en el West-Riding, Yorkshire, se fabricaban 75000 piezas de paño; en 1817: 490000, y la expansión de la industria lanera fue tal que, en 1834, se exportaban 450000 piezas de paño más que en 1825. En 1801, se procesaba 101 millones de libras de lana (de las cuales 7 millones eran importadas); en 1835, 180 millones de libras (de las cuales 42 millones eran importadas). El distrito principal de esta industria es el West-Riding, Yorkshire; la lana inglesa de fibra larga se transforma en estambre en Bradford, y en las ciudades de Leeds, Halifax, Huddersfield, etc., la lana de fibra corta se transforma en hilos torcidos y es utilizada para el tejido; en tanto que en la región de Rochdale, Lancashire, además de manufacturas de algodón
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se fabrica mucha franela, y en el oeste de Inglaterra se fabrican las telas más finas. También en ese distrito el crecimiento de la población es notable, y, desde 1831, debe haber crecido aún más, en 20-25% por lo menos.
Cifras de población
1801 1831
Bradford 29000 77000
Halifax 63000 110000
Huddersfield 15000 34000
Leeds 53000 123000
Conjunto del West-Riding 564000 980000
En 1835, en los tres reinos, el hilado de la lana se hacía en 1313 fábricas con 71300 obreros, los cuales representaban una pequeña parte de la masa que vive directa o indirectamente de la industria lanera, con la exclusión de la casi totalidad de los tejedores.
Los progresos de la industria lanera fueron más tardíos, ya que la naturaleza de la materia prima hacía muy difícil la utilización de la máquina de hilar. Es cierto que hacia el final del siglo anterior ya se habían hecho ensayos en este sentido en Escocia, pero no fue sino en 1810 que el francés Girard ideó un método práctico de hilada del lino, si bien a estas máquinas no se le dio la importancia que tenían hasta que les fueron introducidas mejoras en Inglaterra y se emplearon7 allí en gran escala en Leeds, Dundee y Belfast. Entonces la industria lanera inglesa experimentó un rápido desarrollo. En 1814, Dundee recibió 3000 toneladas* de lino, en 1835 unas 19000 toneladas de lino y 3400 toneladas de cáñamo. La exportación de tela irlandesa
* La ton, o tonelada inglesa corresponde a 2 240 libras inglesas (1892). Es decir, cerca de 1000 kilos. (F. E.).
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(1892) und durch ihre (1845) und ihre51
hacia la Gran Bretaña pasó de 32 millones de yardas en 1800 a 53 millones en 1825, gran parte de la cual fue reexportada; la exportación de tela inglesa y escocesa pasó de 24 millones de yardas en 1820 a 51 millones en 1833. En 1835, el número de hilanderías de lino era de 347, con 33000 obreros, de las cuales la mitad se hallaba en Escocia meridional, más de 60 en el West-Riding, Yorkshire (Leeds y sus alrededores), 25 en Belfast, Irlanda, y el resto en Dorsetshire y Lancashire. La tejedura se hace en Escocia meridional, en diversos puntos de Inglaterra, y sobre todo en Irlanda. Los ingleses emprendieron con el mismo éxito el beneficio de la seda. Ellos recibían de Europa meridional y de Asia la materia prima ya hilada, y el trabajo esencial consistía en torcer la seda cruda (tramaje).
Hasta 1824, los derechos de aduana que, gravaban pesadamente la importación de seda en bruto (4 chelines por libra) afectaban seriamente a la industria inglesa de la seda y ella disponía solamente, debido a los derechos protectores, del mercado inglés y el de sus colonias. En ese año los derechos de importación fueron reducidos a un penique e inmediatamente el número de fábricas se incrementó notablemente; en un año el número de máquinas de reunir pasó de780000 a 1180000; y si bien la crisis económica de 1825 paralizó momentáneamente esta rama industrial, en 1827 ya se fabricaba más que nunca, pues los talentos mecánicos y la experiencia de los ingleses aseguraban a sus máquinas de urdir la ventaja sobre las instalaciones inferiores de sus competidores. En 1835, el imperio británico poseía 263 fábricas de urdir con 30000 obreros, ubicadas en su mayoría en Cheshire (Macclesfield, Coglenton y los alrededores), en Manchester y Somerstshire. Por otra parte, todavía existen muchas fábricas para el tratamiento de los desperdicios de los capullos de seda, que sirve para hacer un artículo particular (spunsilk -hilados de seda) que los ingleses suministran a hilanderías de París y de Lyon. El tejido de seda así urdida e hilada se efectúa sobre todo en Escocia (Paisley, etc.) y en Londres (Spitalfields), pero igualmente en Manchester y otras partes.
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Sin embargo, el desarrollo gigantesco alcanzado por la industria inglesa desde 1760 no se limita a la fabricación de telas de vestido. El impulso, una vez iniciado, se comunicó a todas las ramas de la actividad industrial y una multitud de invenciones, que no tenían relación alguna con aquellas que hemos citado, duplicaron su importancia debido a que surgieron en medio del movimiento general. Pero al mismo tiempo, luego que se demostró la importancia incalculable del empleo de la fuerza mecánica en la industria, se hicieron todos los esfuerzos para extender la utilización de esta fuerza a todos los campos y para explotarla8 a beneficio de los diversos inventores e industriales; además, la demanda de máquinas, combustibles, material de transformación redobló la actividad de una multitud de obreros y de oficios. Sólo con el empleo de la máquina de vapor es que se empezó a dar importancia a los inmensos yacimientos carboníferos de Inglaterra. La fabricación de máquinas data solamente de ese momento, así como el nuevo interés que se dio a las minas de hierro, que suministraban la materia prima para las máquinas. El incremento del consumo de lana desarrolló la cría de ovejas, y el aumento de la importación de lana, de lino y de seda tuvo por efecto un crecimiento de la marina mercante inglesa. Fue sobre todo la producción de hierro la que se incrementó. Las montañas inglesas, ricas en hierro, habían sido poco explotadas hasta entonces; siempre se había fundido el mineral de hierro con carbón de madera, el cual -debido a la mejora de los cultivos y al desmonte de tierras- resultaba cada vez más caro y escaso. Sólo en el siglo anterior es que se comenzó a utilizar para este propósito la hulla sulfurada (coke) y, a partir de 1780, se descubrió un nuevo método para transformar el hierro fundido con coke, hasta entonces utilizable solamente bajo la forma de arrabio, en hierro utilizable igualmente para la forja. A este método, que consiste en extraer el carbono mezclado con el hierro en el proceso de fusión, los ingleses dan el nombre de puddling, y gracias al mismo se abrió un nuevo campo para la producción siderúrgica inglesa. Se construyeron altos hornos cincuenta
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(1892) zu benutzen: "utilizarla" (1845) auszubeuten53
veces mayores que antes, se simplificó la fusión del mineral con la ayuda de insufladores de aire caliente y se pudo así producir acero a un precio tan ventajoso que en lo adelante se fabricó una multitud de objetos que antes se hacían de madera o de piedra. En 1788, Thomas Payne, el célebre demócrata, construyó en el condado Yorkshire el primer puente de acero que fue seguido de un gran número de otros puentes, aunque actualmente casi todas los puentes, en particular sobre las vías férreas, son de hierro fundido e incluso en Londres existe uno sobre el Támesis, el puente Southwalk, fabricado de este material. Asimismo, son de uso corriente las columnas de acero y las armazones para máquinas de igual material; y, desde la puesta en servicio del alumbrado de gas y los ferrocarriles, se abren nuevos campos para la producción siderúrgica en Inglaterra. Los clavos y los tornillos fueron poco a poco igualmente fabricados por máquinas. Huntsman, de Sheffield, descubrió en 1760 un modo para fundir el acero que hizo superflua una buena cantidad de trabajo y facilitó la fabricación de artículos baratos; y es entonces solamente gracias a la mayor pureza de los materiales disponibles, gracias asimismo al perfeccionamiento de las herramientas, a las nuevas máquinas, y a una división más minuciosa del trabajo, que la fabricación de productos metalúrgicos devino importante en Inglaterra. La población de Birmingham creció de 73000 h. en 1801 a 200000 en 1844, la de Sheffield de 46000 en 1801 a 110000 en 1844,y el consumo de carbón de solamente esta última ciudad alcanzó la cifra de 515000 toneladas en 1836. En 1805, se exportó 4300 toneladas de productos siderúrgicos y 4600 toneladas de hierro en lingotes; en 1834, 16200 toneladas de productos metalúrgicos y 107000 toneladas de hierro en lingotes; y la extracción de mineral de hierro que en 1740 fue de sólo 17000 toneladas llegó a casi 700000 toneladas en 1834. Solamente la fusión del hierro en lingotes consume más de 3 millones de toneladas de carbón por año, y no se podría imaginar la importancia que han adquirido en términos generales las minas de carbón en los últimos sesenta años. Todos los yacimientos carboníferos de Inglaterra y de Escocia son actualmente explotados, y las minas de Northumberland
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y de Durham producen ellas solas más de 5 millones de toneladas anualmente para la exportación, y dan ocupación a 40 ó 50 mil obreros. Según el Durham Chronicle,(19) había en actividad en esos dos condados 14 minas de carbón en 1753, 40 en 1800, 76 en 1836, y 130 en 1843. Por lo demás, todas las minas son actualmente explotadas mucho más activamente que antes. Asimismo, se explotan más activamente las minas de estaño, de cobre y de plomo, y paralelamente a la expansión de la fabricación de vidrio se creó una nueva rama industrial con la fabricación de objetos de barro que hacia 1763 adquirió importancia gracias a Josiah Wedgwood. Este redujo toda la fabricación de la vajilla de barro vidriado a principios científicos, mejoró el gusto del público y fundó las alfarerías del Staffordshire del norte, región de ocho leguas cuadradas inglesas, que antes era un desierto estéril, y ahora se halla sembrada de fábricas y viviendas, y más de 60000 personas viven de esta industria.
Todo fue arrastrado por este movimiento, este torbellino universal. La agricultura fue igualmente transformada. Y, como hemos visto, no sólo las tierras pasaron a manos de otros poseedores y cultivadores, sino que además fueron afectadas de otra manera. Los grandes cultivadores emplearon su capital en la mejora del suelo, derribaron las inútiles cercas de separación, utilizaron mejores instrumentos e introdujeron una alternación sistemática en los cultivos (cropping by rotation). Ellos también se beneficiaron del progreso de las ciencias. Sir Humphrey Davy aplicó con éxito la química a la agricultura, y el desarrollo de la mecánica le produjo gran número de ventajas. Por otra parte, el crecimiento de la población provocó tal alza en la demanda de productos agrícolas que, de 1760 a 1834, se desmontaron 6840540 arpendes ingleses de tierras estériles, y, a pesar de todo, Inglaterra, de país exportador de trigo se convirtió en importador.
Igual actividad en el establecimiento de vías de comunicación9. De 1818 a 1929, se construyó en Inglaterra y
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(1892) Kommuikationen (1845) Kommunikation55
en el país de Gales mil leguas inglesas de carreteras, de un ancho legal de 60 pies, y casi todas las carreteras antiguas fueron renovadas según el principio de Mac Adam. En Escocia, los servicios de obras públicas construyeron, a partir de 1803 poco más o menos, 900 leguas de carreteras y más de 1000 puentes, lo cual permitió a las poblaciones de las montañas ponerse súbitamente en contacto con la civilización. Hasta entonces la mayoría de los montañeses habían sido cazadores furtivos y contrabandistas; en lo adelante se convirtieron en agricultores y artesanos laboriosas y, aunque se han creado escuelas galesas a fin de conservar la lengua, las costumbres y la lengua galo-célticas están en vías de una rápida desaparición ante el progreso de la civilización inglesa. Lo mismo ocurre en Irlanda. Entre los condados de Cork, Limerick y Kerry se extendía antes una región desértica, sin caminos transitables, que debido a su inaccesibilidad era el refugio de todos los criminales y el principal bastión de la nacionalidad celta-irlandesa en el sur de la isla: Se la surcó de carreteras y se permite así a la civilización penetrar incluso en este país salvaje.
El conjunto del imperio británico, pero sobre todo Inglaterra, que hace sesenta años poseía tan malos caminos como los de Francia y Alemania en esa época, está cubierto hoy de una red de magníficas carreteras; y éstas se deben, como casi todo en Inglaterra, a la industria privada, porque el estado ha hecho muy poco o nada en este campo.
Antes de 1755, Inglaterra poseía muy pocos canales. En 1755, en Lancashire, se construyó el canal de Sankey Brook en St. Helens; y en 1759 James Brindley construyó el primer canal importante, el de duque de Bridgewater que va de Manchester y las minas de esta región a la desembocadura del Mersey y que, en Barton, pasa mediante un encañado por encima del río Irwell. Desde entonces es que data la red de canales ingleses a la cual Brindley fue el primero en darle importancia; se trazaron canales en todas direcciones, y se hicieron navegables los ríos. En Inglaterra solamente hay 2200 leguas de canales y 1800
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leguas de ríos navegables; en Escocia se construyó el canal caledonio que atraviesa el país de parte a parte, y en Irlanda también diferentes canales. Estas instalaciones, como los ferrocarriles y las carreteras, se deben casi todas a la iniciativa particular y a las compañías privadas.
La construcción de ferrocarriles es de fecha reciente. La primera vía importante fue la de Liverpool a Manchester (inaugurada en 1830); desde entonces, todas las grandes ciudades han sido unidas por vías férreas. Por ejemplo, el ferrocarril de Londres a Southampton, Brighton, Dover, Colchester, Cambridge, Exeter (vía Bristol) y Birmingham; de Birmingham a Gloucester, Liverpool, Lancaster (vía Newton y Wigan y vía Manchester y Bolton), además a Leeds (vía Manchester y Halifax y vía Leicester, Dervy y Sheffield); de Leeds a Hull y Newcastle (vía York...). Añadamos a ello las numerosas vías menos importantes, en construcción o en proyecto, que pronto permitirán ir de Edimburgo a Londres en un solo día.
Del mismo modo que el vapor había revolucionado las comunicaciones en tierra, dio también a la navegación un nuevo prestigio. El primer barco de vapor navegó en 1807 por el Hudson en la América del Norte; en el imperio británico el primero fue lanzado al agua en el Clyde. Desde esa fecha, se han construido más de 600 en Inglaterra y en 1836 más de 500 se hallaban activos en los puertos británicos.
Tal es, en suma, la historia de la industria inglesa en los últimos sesenta años, una historia que no tiene igual en los anales de la humanidad. Hace sesenta u ochenta años, Inglaterra era un país como todos las demás, con pequeñas ciudades, una industria poco importante y elemental, una población esparcida, pero relativamente importante; y ahora es un país sin par, con una capital de 2 millones y medio de habitantes, ciudades industriales colosales, una industria que abastece al mundo entero, y que fabrica casi todo con la ayuda de las máquinas más complejas, una población densa, laboriosa
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e inteligente, cuyas dos terceras partes son empleadas por la industria10, y que se compone de clases muy diferentes de aquellas de antaño, que incluso constituye enteramente otra nación, con otras costumbres y otras necesidades distintas a las de antes. La revolución industrial tiene para Inglaterra ya significación que tuvo para Francia la revolución política y la revolución filosófica para Alemania, y la diferencia existente entre Inglaterra de 1760 y aquella de 1844 es por la menos tan grande como aquella que diferencia la Francia del antiguo régimen11 de aquella de la revolución de julio. Sin embargo, el fruto más importante de esta revolución industrial es el proletariado inglés.
Ya hemos visto que el proletariado nació de la introducción del maquinismo. La rápida expansión de la industria exigía brazos; el salario aumentó por consecuencia, y grupos compactos de trabajadores procedentes de las regiones agrícolas emigraron hacia las ciudades. La población creció a un ritmo acelerado, y casi todo el incremento se debió a la clase de los proletarios.
Por otra parte, no fue sino hasta el comienzo del siglo XVIII que reinó cierto orden en Irlanda; allí también la población, más que diezmada por la barbarie inglesa durante las perturbaciones anteriores, se incrementó rápidamente, sobre todo después que el desarrollo industrial comenzó a atraer hacia Inglaterra una ola de irlandeses. Así es cómo nacieron las grandes ciudades industriales y comerciantes y de contactos artesanos. Del mismo modo tres cuartas partes de la población forma parte de la clase obrera, y donde la pequeña burguesía se compone de comerciantes y de contactos artesanos. Del mismo modo que la nueva industria no adquirió importancia sino desde el día en
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En las ediciones inglesas de 1887 y 1892... trade and commerce (industria y comercio).11
En francés en el texto alemán. "Ancien régime" (antes de la revolución francesa 1789-1794)58
que transformó las herramientas en máquinas, los talleres en fábricas, y por ende la clase trabajadora mediana en proletariado obrero, los negociantes de antes en industriales; del mismo modo, en efecto, la pequeña clase media fue aplastada y la población reducida a la simple oposición entre capitalistas y obreros; es lo mismo que ha ocurrido fuera del sector industrial en el sentido estricto de la palabra entre los artesanos e incluso en el comercio. Así, a los maestros y oficiales de antes han sucedido los grandes capitalistas y los obreros que jamás tenían la perspectiva de elevarse por encima de su clase; el artesanado se industrializó, la división del trabajo se efectúo con rigor, y los pequeños artesanos que no ahora que los maestros son despojados por los industriales, que la puesta en marcha de un negocio autónomo requiere grandes capitales, podían competir con los grandes establecimientos fueron lanzados a las filas de la clase proletaria. Pero, al mismo tiempo, la eliminación de ese artesanado, el exterminio de la pequeña burguesía, quitaron al obrero toda posibilidad de convertirse él mismo en burgués. Hasta entonces siempre había tenido la perspectiva de poder establecerse como maestro en alguna parte, y tal vez contratar a oficiales más tarde; pero es cuando el proletariado ha devenido realmente una clase estable de la población, en tanto que antes se hallaba con frecuencia en un estado de transición para el acceso a la burguesía. En lo adelante, quien naciera obrero no tenía otra perspectiva que la de ser un proletario toda su vida. Por tanto en lo adelante -por primera vez- el proletariado era capaz de emprender acciones autónomas.
De esta manera es cómo se reunió la inmensa masa de obreros que ocupa actualmente todo el imperio británico, y cuya situación social llama cada día más la atención del mundo civilizado.
La situación de la clase obrera, es decir, la situación de la inmensa mayoría del pueblo, o también la cuestión siguiente: ¿cuál debe ser la suerte de esos millones de seres que no poseen nada, que consumen hoy lo que ganaron ayer, cuyos
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descubrimientos y el trabajo han labrado la grandeza de Inglaterra, que diariamente se hacen más conscientes de su fuerza, y exigen cada día más imperiosamente su parte de las ventajas que procuran las instituciones sociales? -desde la "ley de reforma"(20), ésta se ha convertido en la cuestión nacional. Ella es el común denominador de todos los debates parlamentarios de alguna importancia, y aunque la clase media inglesa no quiera admitirlo todavía, aunque trate de eludir esta importante cuestión y haga pasar sus intereses particulares por los verdaderos intereses de la nación, esos expedientes no le servirán de nada. Cada período de sesiones del Parlamento ve la clase obrera ganar terreno y los intereses de la clase media perder importancia, y aunque la clase media sea la principal e incluso la única fuerza en el Parlamento, la última sesión de Cámara de los Comunes, ha sido el héroe de esta sesión, en tanto 1844 no ha sido más que un largo debate sobre las condiciones de vida de los obreros (ley de los pobres, ley de fábricas, ley sobre las relaciones entre poderosos y subordinados)(21), y Thomas Duncombe, representante de la clase obrera en la que la clase media liberal con su moción sobre la supresión de las leyes sobre granos, y la clase media radical con su proposición de rehusar los impuestos han jugado un papel lamentable. Incluso las discusiones sobre Irlanda no fueron en realidad más que debates sobre la situación del proletariado irlandés y sobre los medios de mejorarla. Pero ya es hora que la clase media inglesa haga concesiones a los obreros, que ya no suplican, sino que amenazan y exigen, porque antes de mucho podría ser demasiado tarde.
Pero la clase media inglesa y, en particular, la clase industrial que se enriquece directamente de la miseria de los trabajadores, no quiere saber nada de esta miseria. Ella que se siente fuerte, representativa de la nación, se avergüenza de mostrar a los ojos del mundo esta llaga en el flanco de Inglaterra; ella no quiere admitir que los obreros se hallan en la miseria, porque es ella, la clase industrial poseedora, quien tendría que asumir la responsabilidad moral de esta miseria. De ahí que la actitud burlona que adoptan los ingleses cultos -y ellos son los únicos,
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es decir la clase media, a quien se conoce en el continente- cuando se ponen a hablar de la situación de los obreros; de ahí la ignorancia total, de toda la clase media, respecto a todo lo que afecta a los obreros; de ahí las torpezas ridículas que esta clase comete en el Parlamento y fuera del mismo cuando se discuten las condiciones de vida del proletariado; de ahí la indiferencia risueña, a la cual ella se abandona, en un suelo que se hallaba minado bajo sus pies y puede hundirse de un día para otro, y cuyo hundimiento cercano tiene la ineluctabilidad de una ley matemática o mecánica; de ahí este milagro: los ingleses todavía no poseen información completa sobre la situación de sus obreros; mientras se hacen investigaciones y se abusa de los rodeos en torno a este problema desde hace quien sabe cuántos años. Pero es esto asimismo lo que explica la profunda cólera de toda la clase obrera, desde Glasgow hasta Londres, contra los ricos que los explotan sistemáticamente y los abandonan después sin piedad a su suerte, cólera que en muy poco tiempo -casi se puede calcularlo- estallará en una revolución, comparada con la cual la primera revolución francesa y el año 1794 serán un juego de niños.
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EL PROLETARIADO INDUSTRIAL
El orden en el cual examinaremos las diferentes categorías del proletariado emana directamente de la historia de su génesis, que acabamos de esbozar. Los primeros proletarios pertenecían a la industria y fueron directamente engendrados por ella; los obreros industriales, aquellos que se ocupan de trabajar las materias primas, serán objeto en primer lugar de nuestra atención.
La producción del material, de las materias primas y de los combustibles no devino verdaderamente importante sino después de la revolución industrial y pudo así dar nacimiento a un nuevo proletariado industrial: los obreros de las minas de carbón y de las minas metalíferas. En tercer lugar, la industria ejerció una influencia sobre la agricultura, y en cuarto lugar sobre Irlanda, y de acuerdo con este orden hay que asignar su lugar respectivo a las diversas fracciones del proletariado. Descubriremos igualmente que, con la excepción tal vez de los irlandeses, el nivel de cultura de los diferentes trabajadores está en relación directa con su conexión con la industria y que, por consecuencia, los obreros industriales son los más conscientes de sus propios intereses, aquellos de las minas lo son ya menos y los de la agricultura apenas lo están. Incluso entre los obreros industriales, hallaremos este orden y veremos cómo los obreros de las fábricas, estos hijos mayores de la revolución industrial, han sido desde el principio hasta nuestros días el alma del movimiento obrero y cómo los demás se han incorporado al mismo en la medida en que su oficio ha sido arrastrado en el torbellino de la industria. Así por el ejemplo de Inglaterra,
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viendo cómo el movimiento obrero ha marcado el paso con el movimiento industrial, comprenderemos la importancia histórica de la industria. Mas como actualmente poco más o menos todo el proletariado industrial participa en este movimiento y como la situación de las diversas categorías de obreros presenta muchos puntos comunes -precisamente porque todos ellos dependen de la industria- tendremos primero que estudiar estos puntos, a fin de poder examinar con tanto más rigor cada ramificación en su particularidad.
Ya hemos indicado anteriormente cómo la industria centraliza la propiedad en muy pocas manos. Ella exige grandes capitales con los cuales construye establecimientos gigantescos -arruinando así a la pequeña burguesía artesanal- y con cuya ayuda ella pone a su servicio las fuerzas de la naturaleza, a fin de expulsar del mercado al trabajador manual individual. La división del trabajo, la utilización de la fuerza hidráulica y sobre todo de la fuerza del vapor, el maquinismo: he aquí las tres grandes palancas por las cuales la industria desde mediados del siglo pasado se emplea para levantar al mundo de sus cimientos. La pequeña industria da nacimiento a la clase media, la gran industria a la clase obrera, y ella lleva al trono a unos cuantos elegidos de la clase media, pero únicamente para derribarlos un día más seguramente. Mientras tanto, es un hecho innegable y fácilmente explicable que la numerosa pequeña burguesía de los "buenos viejos tiempos" ha sido destruida por la industria y descompuesta en ricos capitalistas de una parte, y pobres obreros de la otra.*
Mas la tendencia centralizada de la industria no termina ahí. La población es igualmente tan centralizada como el capital; nada más natural, pues en la industria el hombre, el trabajador, es considerado sólo como una fracción del capital, al cual el
* Cf. al respecto mi "Esbozo de una crítica de la economía política" en los Anales francoalemanes.(22) En ese trabajo el punto de partida es "la libre competencia"; pero la industria no es sino la práctica de la libre competencia y esta solamente el principio de la industria. (F.E.)
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industrial paga un interés -que se llama salario- a cambio del hecho de que éste se entrega a él para ser utilizado. El gran establecimiento industrial exige numerosos obreros que trabajan en común en un edificio; ellos deben vivir en común: para una fábrica mediana ellos constituyen ya una aldea. Ellos tienen necesidades y, para la satisfacción de las mismas, dependen de otras personas; los artesanos: sastres, zapateros, panaderos, albañiles y carpinteros acuden en gran número. Los habitantes de la aldea, sobre todo los jóvenes, se habitúan al trabajo de fábrica, se familiarizan con él, y cuando la primera fábrica, como se la concibe, no puede emplearlos a todos, el salario baja y la consecuencia es que nuevos industriales se establecen allí. Mientras tanto la aldea se convierte en una pequeña ciudad y ésta en una ciudad grande. Mientras más grande es la ciudad, mayores son las ventajas de la aglomeración. Se construyen vías férreas, canales y carreteras; la selección entre obreros experimentados resulta cada vez mayor; debido a la competencia que se hacen entre sí los constructores de edificios y también los fabricantes de máquinas, que se hallan inmediatamente disponibles, se pueden crear nuevos establecimientos más económicamente que en una región alejada, a donde habría que transportar primeramente la madera de construcción, las máquinas, los obreros que levantan el edificio y los obreros industriales. Además, existe un mercado, una Bolsa donde se apiñan los compradores, hay relaciones directas con los mercados que suministran la materia prima o reciben los productos acabados. De ahí el desarrollo sorprendentemente rápido de las grandes ciudades industriales. Desde luego, el campo tiene en cambio la ventaja de que allí generalmente el salario es más bajo; las regiones rurales y la ciudad industrial permanecen así en competencia continua, y si hoy la ventaja se halla del lado de la ciudad, mañana el salario bajará a tal punto en la región que la circunda que la creación de nuevos establecimientos en el campo será ventajosa. Pero, a pesar de todo, la tendencia centralizadora sigue siendo sumamente fuerte y cada nueva industria creada en el campo lleva en sí el germen de una ciudad industrial. Si fuese posible que esta loca actividad de la industria durara un siglo todavía
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cada distrito industrial de Inglaterra no sería más que una sola ciudad industrial, y Manchester y Liverpool se encontrarían en Warrington o Newton. Esta centralización de la población ejerce su efecto igualmente sobre el comercio, enteramente de la misma manera, y por eso es que algunos grandes puertos -Liverpool, Bristol, Hull y Londres- monopolizan casi todo el comercio marítimo del imperio británico.
Es en las grandes ciudades donde la industria y el comercio se desarrollan más perfectamente, por tanto es allí igualmente donde aparecen más claramente y más manifiestamente las consecuencias que ellos tienen para el proletariado. Allí es donde la centralización de bienes ha alcanzado su grado más elevado, allí es donde las condiciones de vida de los buenos viejos tiempos son destruidas más radicalmente; allí es donde se ha llegado a un punto en que la expresión Old merry England12 ya no tiene ningún sentido, porque esta vieja Inglaterra sólo se conoce por el recuerdo y los relatos de los abuelos. Por eso es que no existe allí más que una clase rica y una clase pobre; pues la pequeña burguesía desaparece cada día más: Ella, que antaño era la clase más estable, se ha convertido ahora en la más inestable; ya sólo se compone de algunos vestigios de una época concluida y de cierto número de personas, que muy bien quisieran hacer fortuna, caballeros de industria y especuladores perfectos, de los cuales uno de cada cien se enriquece, mientras que los noventa y nueve restantes fracasan, y de éstos más de la mitad sólo viven de las quiebras.
Pero la inmensa mayoría de estas ciudades está compuesta de proletarios, y ahora el objeto de nuestro estudio va a ser el de saber cómo ellos viven, y qué influencia ejerce sobre ellos la gran ciudad.
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La vieja y placentera Inglaterra.65
LAS GRANDES CIUDADES
Una ciudad como Londres, donde se puede caminar durante horas sin siquiera entrever el comienzo del fin, sin descubrir el menor indicio que señale la proximidad del campo, es algo verdaderamente muy particular.
Esta enorme centralización, este amontonamiento de 3,5 millones de seres humanos en un solo lugar ha centuplicado el poderío de estos 3,5 millones de hombres. La misma ha elevada a Londres al rango de capital comercial del mundo, creado los muelles gigantescos y reunido los millares de naves que cubren continuamente el Támesis. No conozco nada que sea más importante que el espectáculo que ofrece el Támesis, cuando se remonta el río desde el mar hasta el London Bridge. La masa de edificios, los astilleros de cada lado, sobre todo en la vecindad de Woolwich, los innumerables barcos alineados a lo largo de ambas riberas, que se aprietan cada vez más estrechamente los unos contra los otros y no dejan finalmente en medio del río más que un canal estrecho, por el cual se cruzan a plena velocidad un centenar de barcos de vapor -todo esto es tan grandioso, tan enorme, que uno se aturde y se queda estupefacto de la grandeza de Inglaterra aún antes de poner el pie en su suelo.13
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(1892). Eso era hace cerca de 50 años, en la época de los pintorescos veleros Éstos -ocurre todavía en Londres- se hallan actualmente atracados a los muelles, el Támesis está lleno de horribles vapores, ennegrecidos de hollín. (F.E.)66
Por lo que toca a los sacrificios que todo ello ha costado, no se les descubre sino más tarde. Cuando uno ha andado durante algunos días por las calles principales, cuando se ha abierto paso penosamente a través de la muchedumbre, las filas interminables de vehículos, cuando se ha visitado los "barrios malos" de esta metrópoli, es entonces solamente cuando se empieza a notar que estos londinenses han debido sacrificar la mejor parte de su cualidad de hombres para lograr todos los milagros de la civilización de los cuales rebosa la ciudad, que cien fuerzas, que dormitaban en ellos, han permanecido inactivas y han sido ahogadas a fin de que sólo algunas puedan desarrollarse más ampliamente y ser multiplicadas uniéndose con aquellas de las demás. La muchedumbre de las calles tiene ya, por sí misma, algo de repugnante, que subleva la naturaleza humana. Estos centenares de millares de personas, de todas las condiciones y clases, que se comprimen y se atropellan, ¿no son todos hombres que poseen las mismas cualidades y capacidades y el mismo interés en la búsqueda de la felicidad? ¿Y no deben esas personas finalmente buscar la felicidad por los mismos medios y procedimientos? Y, sin embargo, esas personas se cruzan corriendo, como si no tuviesen nada en común, nada que hacer juntas; la única relación entre ellas es el acuerdo tácito de mantener cada quien su derecha cuando va por la acera, a fin de que las dos corrientes de la multitud que se cruzan no se obstaculicen mutuamente; a nadie se le ocurre siquiera fijarse en otra persona. Esta indiferencia brutal, este aislamiento insensible de cada individuo en el seno de sus intereses particulares, son tanto más repugnantes e hirientes cuanto que el número de los individuos confinados en este espacio reducido es mayor. Y aún cuando sabemos que este aislamiento del individuo, este egoísmo cerrado son por todas partes el principio fundamental de la sociedad actual, en ninguna parte se manifiestan con una impudencia, una seguridad tan totales como aquí, precisamente, en la muchedumbre de la gran ciudad. La disgregación de la humanidad en mónadas, cada una de las cuales tiene un principio de vida particular, y un fin particular, esta atomización del mundo es llevada aquí al extremo.
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De ello resulta asimismo que la guerra social, la guerra de todos contra todos, aquí es abiertamente declarada. Como el amigo Stirner, las personas no se consideran recíprocamente sino como sujetos utilizables; cada quien explota al prójimo, y el resultado es que el fuerte pisotea al débil y que el pequeño número de fuertes, es decir los capitalistas, se apropian todo, mientras que sólo queda al gran número de débiles, a los pobres, su vida apenas.
Y lo que es cierto en cuanto a Londres, lo es igualmente respecto de Manchester, Birmingham, Leeds y todas las grandes ciudades. Indiferencia bárbara por todas partes, dureza egoísta de un lado y miseria indecible del otro lado, la guerra social por todas partes, el hogar de cada uno en estado de sitio, por todas partes pillaje recíproco bajo el manto de la ley, y todo con un cinismo, una franqueza tales que uno se horroriza de: las consecuencias de nuestro estado social. tales como aparecen aquí en su desnudez y ya no se asombra uno de nada, si no que todo este mundo loco no se haya desmembrado todavía.
En esta guerra social, el capital, la propiedad directa o indirecta de las subsistencias y de los medios de producción es el arma con la cual se lucha; asimismo está claro como el día, que el pobre sufre todas las desventajas de semejante estado: Nadie se preocupa de él; lanzado en este torbellino caótico, tiene que defenderse como pueda. Si tiene la suerte de encontrar trabajo, es decir; si la burguesía le concede la gracia de enriquecerse a su costa; obtiene un salario que apenas es suficiente para sobrevivir; si no encuentra trabajo, puede robar, si no teme a la policía, o bien morir de hambre y aquí también la policía cuidará que muera de hambre de manera tranquila, sin causar daño alguno a la burguesía.
Durante mi estancia en Inglaterra, la causa directa del fallecimiento de 20 ó 30 personas fue el hambre, en las condiciones más indignantes, y en el momento de la investigación correspondiente, raramente se halló un jurado que tuviera el valor de hacerlo saber claramente. Las declaraciones
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de los testigos tenían que ser muy sencillas y claras, desprovistas de todo equívoco, y la burguesía -entre la cual se había seleccionado el jurado- siempre hallaba una salida que le permitía escapar a este terrible veredicto; muerte por hambre. La burguesía, en este caso, no tiene el derecho de decir la verdad, pues sería en efecto condenarse a sí misma. Pero, indirectamente también, muchas personas mueren de hambre -aun mucho más que directamente- porque la falta continua de productos alimenticios ha provocado enfermedades mortales que causan víctimas. Esas personas se han hallado tan débiles que ciertos casos; que en otras circunstancias hubieran evolucionado favorablemente, implican necesariamente graves enfermedades y la muerte. Los obreros ingleses llaman a esto el crimen social, y acusan a toda la sociedad de cometerlo continuamente. ¿Tienen razón?
Desde luego, sólo mueren de hambre individuos aislados, pero, ¿en qué garantías el trabajador puede fundarse para esperar que no le sucederá lo mismo mañana? ¿Quién le asegura su empleo? ¿Quién le garantiza que, si mañana es despedido por su patrón por cualquier buena o mala razón, podrá salir bien del apuro, él y su familia, hasta que encuentre otro empleo que le "asegure el pan"? ¿Quién certifica al trabajador que la voluntad de trabajar es suficiente para obtener empleo, que la probidad, el celo, el ahorro y las numerosas virtudes que le recomienda la sabia burguesía son para él realmente el camino de la felicidad? Nadie. Él sabe que hoy tiene una cosa y que no depende de él el tenerla mañana todavía; él sabe que el menor soplo, el menor capricho del patrón, la menor coyuntura económica desfavorable, lo lanzará en el torbellino desencadenado al cual ha escapado temporalmente, y donde es difícil, con frecuencia imposible, el mantenerse en la superficie. Él sabe que si bien puede vivir hoy, no está seguro que pueda hacerlo mañana.
Sin embargo, pasemos ahora a un examen más detallado del estado en que la guerra social sume a la clase que no posee nada. Veamos qué salario la sociedad paga al trabajador a
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cambio de su trabajo, bajo forma de vivienda, de vestido y de alimentación, qué existencia asegura a aquellos que contribuyen más a la existencia de la sociedad. Consideremos primeramente la vivienda.
Toda gran ciudad tiene uno o varios "barrios malos", donde se concentra la clase obrera. Desde luego, es frecuente que la pobreza resida en callejuelas recónditas muy cerca de los palacios de los ricos; pero, en general, se le ha asignado un campo aparte donde, escondida de la mirada de las clases más afortunadas, tiene que arreglárselas sola como pueda. En Inglaterra, estos "barrios malos" están organizados por todas partes más o menos de la misma manera, hallándose ubicadas las peores viviendas en la parte más fea de la ciudad. Casi siempre se trata de edificios de dos o una planta, de ladrillos, alineados en largas filas, si es posible con sótanos habitados y por lo general construidos irregularmente. Estas pequeñas casas de tres o cuatro piezas y una cocina se llaman cottages y constituyen comúnmente en toda Inglaterra, salvo en algunos barrios de Londres, la vivienda de la clase obrera. Las calles mismas no son habitualmente ni planas ni pavimentadas; son sucias, llenas de detritos vegetales y animales, sin cloacas ni cunetas, pero en cambio sembradas de charcas estancadas y fétidas. Además, la ventilación se hace difícil por la mala y confusa construcción de todo el barrio, y como muchas personas viven en un pequeño espacio, es fácil imaginar qué aire se respira en esos barrios obreros. Por otra parte, las calles sirven de secaderos, cuando hace buen tiempo; se amarran cuerdas de una casa a la de enfrente, y se cuelga la ropa mojada a secar.
Examinemos algunos de estos barrios malos. Tenemos primeramente Londres*, y en Londres el célebre "nido de
* Desde que redacté esta descripción, he leído un artículo sobre los barrios obreros de Londres, en el Illuminated Magazine (octubre 1844) que concuerda en muchos pasajes, casi literalmente, con la que escribí: Se titula "The Dwellings of the Poor, from a notebook of a M, D." (La vivienda de los pobres, según observaciones de un médico). (F.E.)
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cuervos" (rookery), St. Giles, a donde se va meramente a dar salida a algunas anchas calles y que debe así ser destruido. St. Giles se halla situado en la parte más poblada de la ciudad, rodeado de calles anchas y luminosas, donde bulle el mundo elegante londinense, muy cerca de Oxford Street, de Regent Street, de Trafalgar Square y del Strand. Es una masa de casas de tres o cuatro plantas, construidas sin plan, con calles estrechas, tortuosas y sucias donde reina una animación tan intensa como en las calles principales que atraviesan la ciudad, excepto que en St. Giles sólo se ve gente de la clase obrera. Las calles sirven de mercado: cestas de legumbres y de frutas, naturalmente todas de mala calidad y apenas comestibles, dificultan mucho más el tránsito, y de ellas emana, como de las carnicerías, un olor nauseabundo. Las casas están habitadas desde el sótano hasta el techo, tan sucias en el exterior como en interior, y tienen un aspecto tal que nadie tendría deseos de vivir en ellas. Pero eso no es nada comparado con los alojamientos en los patios y las callejuelas transversales a donde; se llega por pasajes cubiertos, y donde la inmundicia y el deterioro por vejez exceden la imaginación. No se ve, por decirlo así, un solo vidrio intacto, los muros están destrozados, las guarniciones de las puertas y los marcos de las ventanas están rotos o desempotrados, las puertas -si hay- hechas de viejas planchas clavadas juntas; aquí, incluso en este barrio de ladrones las puertas son inútiles porque no hay nada que robar. Por todas partes los montones de detritos y de cenizas y las aguas usadas vertidas delante de las puertas terminan por formar charcas nauseabundas. Aquí es donde viven los más pobres de los pobres, los trabajadores peor pagados, con los ladrones, los estafadores y las víctimas de la prostitución, todos mezclados: La mayoría son irlandeses o descendientes de irlandeses, y aquellos que aún no han naufragado en el torbellino de esta degradación moral que los circunda, se hunden cada día más, pierden cada día un poco más la fuerza de resistir a las influencias desmoralizadoras de la miseria, de la suciedad y del medio ambiente.
Pero St. Giles no es el único "barrio malo" de Londres. En
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este gigantesco laberinto de calles hay centenares y millares de vías estrechas y de callejuelas, cuyas casas son demasiado miserables para quienquiera que todavía pueda dedicar cierta suma a una habitación humana, y con frecuencia es muy cerca de las lujosas casas de los ricos que se hallan estos refugios de la miseria más atroz. Así es cómo recientemente, en el curso de una comprobación mortuoria, se calificó a un barrio muy cercano a Portman Square, plaza pública muy idónea, de vecindario "de una muchedumbre de irlandeses desmoralizados por la suciedad y la pobreza". Así como se descubre en calles como Long Acre, etc., que, sin ser "chic" son a pesar de todo convenientes, un gran número de alojamientos en los sótanos, de donde surgen las siluetas de niños enfermizos y de mujeres en harapos medio muertos de hambre. En las inmediaciones del teatro Drury Lane -el segundo de Londres- se hallan algunas de las peores calles de toda la ciudad (las calles Charles, King y Parker) cuyas casas también son habitadas desde el sótano hasta el techo sólo por familias pobres. En las parroquias14 de St. John y de St. Margaret. En Westminster, vivían en 1840, según el órgano de la Sociedad de Estadísticas, 5366 familias de obreros en 5294 "viviendas" -si se les puede dar este nombre-, hombres, mujeres y niños, mezclados sin atención a la edad o el sexo, en total 26830 personas, y las tres cuartas partes del número de familias citadas sólo disponían de una pieza. En la parroquia aristocrática de St. George, Hanover Square, vivían; según la misma fuente, 1465 familias obreras; en total unas 6000 personas, en las mismas condiciones; y allí también más de dos tercios de las familias apiñadas cada una en una sola pieza. ¡Y de qué manera las clases poseedoras explotan legalmente la miseria de estos infelices, en cuyas casas los propios ladrones no esperan hallar nada! Por las horribles viviendas cerca de Drury Lane, que acabamos de mencionar, se paga los alquileres siguientes: dos alojamientos en el sótano; 3 chelines (1 tálero); un cuarto en la planta baja, 4 chelines; en el primer piso, 4.5 chelines; en el segundo piso, 4 chelines; buhardillas, 3 chelines por semana. De modo que los
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(1892) Pfarreien (1845) Pfarren72
vecinos famélicos de Charles Street pagan a los propietarios de inmuebles un tributo anual de 2000 libras esterlinas (14000 táleros), y las 5366 familias de Westminster ya citadas un alquiler total de 40000 libras esterlinas por año (o sea 270000 táleros).
El barrio obrero más grande, sin embargo, se halla al este de la Torre de Londres, en Whitechapel y Bethnal Green, donde está concentrada la gran masa de obreros de la ciudad. Veamos lo que dice M.G. Alston, predicador de St. Philip, en Bethnal Green, del estado de su parroquia:
"La misma cuenta con 1400 casas habitadas por 2795 familias, o sea unas 12000 personas. El espacio donde habita esta importante población no llega a 400 yardas cuadradas (1200 pies), y en tal apiñamiento no es raro hallar un hombre, su mujer, 4 ó 5 niños y a veces también el abuelo y la abuela en una sola habitación de 10 a 12 pies cuadrados, donde trabajan, comen y duermen. Yo creo que antes de que el obispo de Londres llamara la atención del público sobre esta parroquia tan miserable, la misma era tan poco conocida en el extremo oeste de la ciudad como los salvajes de Australia o las islas de los mares del sur. Y si quisiéramos conocer personalmente los sufrimientos de estos desventurados, si los observamos cuando se disponen a comer sus escasos alimentos y los vemos encorvados por la enfermedad y el desempleo, descubriremos entonces tanta penuria y miseria que una nación coma la nuestra debiera avergonzarse de que esto pueda ocurrir. Yo he sido pastor cerca de Huddersfield durante los tres años de crisis, en el peor momento de marasmo de las fábricas, pero desde entonces jamás he visto a los pobres en una aflicción tan profunda como en Bethnal Green. Ni un solo padre de familia de cada diez en todo el vecindario tiene otra ropa que la de trabajo, y ésta de lo más andrajosa; asimismo, muchos no tienen más que estos harapos para cubrirse por la noche, y su cama es un saco lleno de paja y viruta."(23)
Esta descripción nos muestra ya a qué se parecen de ordinario
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esas viviendas. Citaremos, además, informes de las autoridades inglesas sobre viviendas proletarias que a veces tienen ocasión de visitar.
En la oportunidad de una descripción practicada por Mr. Carter, coraner de Surrey, sobre la causa de la muerte de Ann Galway, de 45 años de edad, el 16 de noviembre de 1843, los periódicos describieron la vivienda de la difunta en estos términos: ella vivía en el núm. 3 de White Lion Court, Bermondsey Street, Londres, con su marido y su hijo de 19 años, en una pequeña habitación donde no había ni cama, ni sábanas ni mueble alguno. Ella yacía muerta al lado de su hijo sobre un montón de plumas, esparcidas sobre su cuerpo casi desnudo, pues no había allí ni frazada ni sábanas. Las plumas se pegaban de tal modo a su cuerpo, que hubo que limpiar el cadáver para que el médico pudiera examinarlo; él lo halló totalmente descarnado y lleno de parásitos. En el piso de la pieza había un hoyo que servía de retrete a la familia.
El lunes 15 de enero de 1844, dos muchachos fueran presentados ante el tribunal de policía de Worship Street, en Londres, porque acicateados por el hambre habían hurtado en una tienda un trozo de carne medio cocida y lo habían devorado instantáneamente. El juez de policía ahondó en el asunto y pronto obtuvo de los policías las aclaraciones siguientes: la madre de estos muchachos era la viuda de un exsoldado que más tarde fue agente de la policía y ella había sufrido miserias con sus nueve hijos desde la muerte de su marido.
Ella vivía en la mayor miseria, en el número 2 de Pools' Place, Quaker Street, en Spitalfields. Cuando el agente de policía fue a su casa, la halló con seis de sus hijas, literalmente apiñados en una pequeña habitación al fondo de la casa, sin otros muebles que dos viejas sillas de mimbre desfondadas, una mesa pequeña con dos patas rotas, una taza rota, y un plato pequeño... El fogón medio apagado, y en un rincón tantos trapos como los que pudiera necesitar una mujer para un delantal, pero que servían de cama a toda la familia. Ellos no
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tenían otras cobijas que sus propias ropas raídas. La pobre mujer contó que había tenida que vender su cama el año anterior, para obtener alimentos; había empeñado las sábanas al tendero por algunos víveres, y había tenido que vender todo sencillamente para comprar pan. El juez de policía concedió a esta mujer una suma bastante importante con cargo al Fondo de Pobres.
En febrero de 1844, una viuda de 60 años, Theresa Bishop, fue confiada, con su hija enferma de 26 años de edad, a la benevolencia del juez de policía de Malborough Street. Ella vivía en el número 5 de Brown Street, Grosvenor Square, en una pequeña habitación que daba al patio, no más grande que un armario de pared, donde no había ni un solo mueble. En un rincón había unos trapos donde ambas dormían, una caja servía a la vez de mesa y de silla. La madre ganaba algunos centavos haciendo la limpieza de casas; el propietario dijo que ellas habían vivido en ese estado desde mayo de 1843, poco a poco habían vendido o empeñado todo lo que poseían, y sin embargo nunca habían pagado el alquiler. El juez de policía les concedió una libra esterlina con cargo al Fondo de Pobres.
Yo no pretendo en modo alguno que todos los trabajadores londinenses viven en la misma miseria que las tres familia citadas; yo sé bien que por un hombre que es aplastado sin compasión por la sociedad, diez viven mejor que él. Pero yo afirmo que millares de buenas y laboriosas familia mucho más buenas; mucho más honorables que todos los ricos de Londres se hallan en esta situación indigna, y que todo proletario, sin excepción alguna, sin que sea culpa suya y a pesar de todos sus esfuerzos, puede correr la misma suerte.
Más, después de todo, aquellos que poseen un techo, cualquiera que sea, son todavía afortunados en comparación con aquellos que no tienen ninguno. En Londres, 50000 personas se levantan cada mañana sin saber dónde reposarán la cabeza la noche siguiente. Los más afortunado son aquellos que logran disponer de un penique o dos cuando llega la noche
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y van a lo que se llama una "casa-dormitorio" (lodging house) que se hallan en gran número en las grandes ciudades y donde se les da asilo a cambio de su dinero. ¡Pero qué asilo! La casa está llena de camas de arriba a abajo; 4. 5, 6 camas en una pieza, tantos como puedan caber. En cada cama se apilan 4, 5, 6 personas, igualmente tantas como quepan, enfermos y sanos, viejos y jóvenes; hombres y mujeres, borrachos y no borrachos; como sea, todos mezclados. Hay discusiones, riñas, y lesionados, y cuando los compañeros de cama se soportan es todavía peor: planean robos o se entregan a prácticas cuya bestialidad nuestra lengua, que es civilizada, rehuye describir. ¿Y aquellos que no pueden pagar tal albergue? Pues bien, esos duermen donde pueden, en los pasillos, en los portales, en un rincón cualquiera, donde la policía o los propietarios los dejan dormir tranquilos; algunos de ellos la pasan mejor en los asilos construidos aquí y allá por instituciones privadas de beneficencia, otros duermen en los bancos de los parques, exactamente debajo de las ventanas de la reina Victoria. Veamos lo que dice el Times(24) de octubre de 1843.
"Resalta de nuestra información de policía de ayer, que por término medio cincuenta personas duermen todas las noches en los parques, sin otra protección contra la intemperie que los árboles y algunas excavaciones en los muros. La mayoría son muchachas jóvenes: que; seducidas por soldados, han sido llevadas a la capital y abandonadas en ese inmenso mundo, lanzadas a la soledad de la miseria en una ciudad extraña, víctimas inconscientes y precoces del vicio.
Esto es en verdad horroroso. Por otra parte, no dejará de haber gente pobre. La necesidad llegará a abrirse paso por todas partes y a instalarse con todos sus horrores en el corazón de una gran ciudad floreciente: En los millares de callejones y callejuelas de una metrópoli populosa, siempre habrá necesariamente -nos tememos- mucha miseria que hiere la vista, y mucha que permanece oculta.
Pero lo que sorprende es que en el círculo que han trazado
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la riqueza, el placer y el lujo, que muy cerca de la real grandeza de St. James, en los bordes del palacio reluciente de Bayswater, donde se encuentran el antiguo barrio aristocrático y el nuevo, en una parte de la ciudad donde el refinamiento de la arquitectura moderna se ha cuidado de construir la menor cabaña para la pobreza, en un barrio que parece estar consagrado exclusivamente a los disfrutes de la
riqueza, ¡qué allí precisamente vengan a instalarse la miseria y el hambre, la enfermedad y el vicio con todo su cortejo de horrores, consumiendo cuerpo tras cuerpo, alma tras alma!
Este es realmente un estado de cosas monstruoso. Las más grandes satisfacciones que pueden proporcionar la salud física; la euforia intelectual y los placeres relativamente inocentes de los sentidos, ¡flanqueando directamente a la más cruel miseria! ¡La riqueza, riendo desde lo alto de sus salones relucientes, riendo con una indiferencia brutal muy cerca de las heridas ignoradas de la indigencia! ¡El placer, escarneciendo inconsciente pero cruelmente el sufrimiento que gime allá abajo! La lucha de todos los contrastes, todas las oposiciones; salvo una: el vicio que lleva a la tentación se une a aquel que se deja tentar... Pero que todos los hombres reflexionen: en el barrio más brillante de la ciudad más rica del mundo, noche tras noche, invierno tras invierno, hay mujeres -jóvenes por la edad, viejas por los pecados y los sufrimientos- proscritas de la sociedad, encenegadas por el hambre, la indecencia y la enfermedad. Que ellos piensen y aprendan, no a formular teorías, sino a obrar. Dios sabe que aquí hay por hacer actualmente."
Me referí anteriormente a los asilos para los que carecen de hogar; dos ejemplos nos mostrarán cuán congestionados se hallan. Un Refuge of the Hauseless15 construido recientemente en la Upper Ogle Street, con capacidad para albergar 300 personas cada noche, desde su apertura el 27 de enero, hasta el 17 de marzo de 1844, acogió a 2740 personas por una o varias
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Obdachlosenssyl: Asilo para los sin vivienda(techo)77
noches; y aunque el invierno se hizo menos riguroso, el número de solicitudes se incrementó considerablemente tanto en éste como en los asilos de White Cross Street y de Wapping, y cada noche hubo que rechazar a una multitud por falta de espacio. En el asilo central de Playhouse Yard, que cuenta por término medio con 460 camas cada noche, se dio albergue a 6681 personas en total en los tres primeros meses de 1814, y se distribuyeron 96141 raciones de pan. Sin embargo, la junta directiva declara que este establecimiento no bastó para acomodar a todos los indigentes sino cuando abrió igualmente sus puertas el asilo del este para acoger a los desamparados.
Dejemos Londres para recorrer algunas de las otras grandes ciudades de los tres reinos. Tomemos primeramente Dublín, ciudad cuyo arribo por mar es tan encantador como imponente es el de Londres; la bahía de Dublín es la más bella de todas las de las islas británicas y los irlandeses tienen afición a compararla con la de Nápoles. La ciudad misma posee grandes bellezas16, y sus barrios aristocráticos han sido construidos mejor y con más gusto que aquellos de cualquier otra ciudad británica. Pero en cambio, los distritos más pobres de Dublín se cuentan entre los más repugnantes y más feos que se puedan ver. Desde luego, el carácter nacional de los irlandeses, que, en ciertas circunstancias, no se sienten cómodos sino en la suciedad, juega allí un papel, pero como hallamos también en todas las grandes ciudades de Inglaterra y de Escocia a millares de irlandeses y que toda población pobre termina necesariamente por naufragar en la misma suciedad, la miseria de Dublín no tiene absolutamente ya nada de específica, propia de la ciudad irlandesa, y es por el contrario un rasgo común de todas las grandes ciudades del mundo entero. Los distritos pobres de Dublín son extremadamente extensos y la suciedad, la inhabitabilidad de las casas, el abandono en que se hallan las calles, superan la imaginación. Puede tenerse una idea de la manera en que son apiñados los pobres, cuando se sabe que en
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(1892), Schönheit. (La ciudad es de una gran belleza). (1845) Schönheiten78
1817, según el informe de los inspectores de las casas de misericordia*, 1318 personas vivían en la Barrack Street en 52 casas con 390 habitaciones, y 1997 personas en la Church Street y los alrededores, repartidas en 71 casas con 393 habitaciones; que
"en este distrito y en el distrito contiguo, hay una multitud de callejuelas y de patios con un olor nauseabundo (foul), que muchos sótanos no reciben la luz del día sino por la puerta y que en varios de ellos la gente duerme en el suelo pelado, aunque la mayoría de ellos tengan al menos armaduras de camas, mientras que por ejemplo Nicholson's Court contiene 151 personas que viven en 28 pequeñas piezas miserables, en la mayor penuria, a tal punto que en todo el edificio sólo se pudo encontrar dos armaduras de cama y dos coberturas".
La pobreza es tan grande en Dublín que una sola organización de beneficencia, la Mendicity Association17 atiende a 2500 personas diariamente, o sea, el uno por ciento de la población total, les da alimentos por el día y las despide por la noche.
Es en términos análogos que el Dr. Alison habla de Edimburgo, después de todo una ciudad cuya situación espléndida le ha valido el nombre de Atenas moderna, y cuyo lujoso barrio aristocrático de la ciudad nueva contrasta brutalmente con la miseria crasa de los pobres de la ciudad antigua. Alison afirma que este inmenso barrio es tan sucio y
* Citado en Dr W P. Alison F. R. S. E., Fellow and late President of the Royal College of Physicians" etc.: Observations on the Management of the Poor in Scotland and its Effects no he Health of Great Towns. [Observaciones sobre la administración de los pobres en Escocia y sus efectos sobre la higiene de las grandes ciudades] Edimburgo, 1840. El autor es un piadoso tory y hermano del historiador Arch(ibald) Alison. (F.E.)
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Bettler (fürsorge)-Verainnigung: Asociación de ayuda a los mendigos.79
horrible como los peores distritos de Dublín y que la Mendicity Association tendría que socorrer a una proporción tan grande de menesterosos en Edimburgo como en la capital irlandesa; él dice incluso que los pobres en Escocia, sobre todo en Edimburgo y en Glasgow, llevan una vida más dura que en cualquier otra región del imperio británico y que los más miserables no son irlandeses sino escoceses. El predicador de la vieja iglesia de Edimburgo, el Dr. Lee, declaró en 1836 ante la Comission of Religious Instruction18 que
"jamás había visto en ninguna parte una miseria como la de su parroquia. La gente no tenía muebles, vivían sin nada; frecuentemente dos parejas vivían en una habitación. En un día había visitado siete casas diferentes, donde no había cama -en algunas de ellas ni siquiera paja- octogenarios dormían en el suelo, casi todos sin desvestirse. En un sótano había hallado dos familias del campo; poco después de su arribo a la ciudad, dos niños habían muerto, y el tercero estaba en la agonía en el momento de su visita. Para cada familia había un montón de paja sucia en un rincón, y además, el sótano era tan oscuro que apenas se podía distinguir un ser humano en pleno día, servía de establo a un asno. Por duro que fuese un corazón, sangraría a la vista de tal miseria en un país como Escocia.
El Dr. Hennen informa de hechos análogos en el Edinburg Medical and Surgical Journal. Un informe parlamentario*
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Kommission für religiöse Unterweisung: Comisión para la instrucción religiosa.* Report to the Home Secretary from the Poor Law Commissioners on an Inquiry into the Sanitary Condition of the Labouring Classes of Great Britam. With Appendices. Presented to both Houses of Parliament in July 1842. (Informe de los comisionados de la Ley de Pobres presentado al ministro del Interior, respecto a una investigación sobre la situación sanitaria de la clase obrera de Gran Bretaña. Con apéndices. Presentado a ambas cámaras del Parlamento en julio de 1842)
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muestra que desaseo -como es de esperarse en tales condiciones- reina en las casas de los pobres de Edimburgo. Las gallinas usan los largueros de las camas para dormir, los perros y hasta caballos duermen con los hombres en una sola y misma pieza, y la consecuencia natural es que una suciedad y un hedor espantosos colman esas viviendas, así como un ejército de parásitos de toda especie. La forma en que está construida Edimburgo favorece en el más alto grado este horroroso estado de cosas: La vieja ciudad está construida en las dos vertientes de una colina, sobre cuya cima se halla la Calle Alta (High Street). De ésta parten, de ambos lados, una multitud de callejuelas estrechas y tortuosas, llamadas wynds debido a sus numerosas sinuosidades, que descienden de la colina y constituyen el barrio proletario. Las casas de las ciudades escocesas tienen una altura de 5 ó 6 pisos como en París y -contrariamente a las de Inglaterra donde en la medida de lo posible cada quien posee su casa particular- son habitadas por un gran número de familias diferentes; la concentración de numerosas personas en una superficie reducida sigue acrecentándose allí.
"Estas calles", dice un diario inglés en un artículo sobre el estado sanitario de los obreros de las ciudades,*
"estas calles son por lo general tan estrechas que se puede pasar de la ventana de una casa a aquella de la de enfrente, y estos inmuebles presentan además tal acumulación de pisos que la luz apenas puede penetrar en el patio o en el callejón que los separa. En esa parte de la ciudad, no hay ni cloacas ni retretes o lugares de desahogo dentro de las casas, y. por eso todas las inmundicias, detritos o excrementos de por lo menos 50000 personas son lanzados cada noche en las cunetas y, pese al barrido de las calles, hay una masa de
* The Artizan, 1843, número de octubre. Revista mensual. (F.E.)
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3 vols. in folio reunido y clasificado según los informes médicos, por Edwin Chadwich, secretario de la Comisión de la ley de pobres. (F. E.)
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excrementos secos de emanaciones nauseabundas, que no solamente ofenden la vista y el olfato, sino que presenta además un gran peligro para la salud de la población. ¿Es sorprendente que en tales localidades se descuide prestar la menor atención a la salud, a las buenas costumbres e incluso a las reglas más elementales de la decencia? Al contrario, todos aquellos que conocen bien la situación de los habitantes, atestiguarán del alto grado que han alcanzado aquí las enfermedades, la miseria y la ausencia de moral. En estas regiones la sociedad ha caído a un nivel indescriptiblemente bajo y miserable. Las viviendas de la clase pobre son en general muy sucias y al parecer jamás se limpian en absoluto. En la mayoría de los casos tienen una sola pieza -donde, aunque la ventilación sea de lo peor, siempre hace frío a causa de las ventanas rotas o mal adaptadas- que a veces es húmeda y a veces está en el subsuelo, siempre mal amueblada, y enteramente inhabitable, hasta el punto que con frecuencia un montón de paja sirve de cama a una familia entera, cama donde duermen en una confusión repugnante, hombres y mujeres, jóvenes y viejos. El agua sólo puede obtenerse en las bombas públicas, y la dificultad de ir a buscarla favorece naturalmente todas las asquerosidades posibles."
Las otras grandes ciudades marítimas apenas son mejores. Liverpool, pese a su tráfico, su lujo y su riqueza, trata sin embargo a sus trabajadores con la misma barbarie. Una quinta parte de la población, o sea más de 45000 personas, viven en sótanos exiguos, oscuros, húmedos y mal ventilados, que suman 7882 en la ciudad. A ello hay que añadir también 2270 patios (courts), o sea pequeños lugares cerrados por los cuatro lados cuya entrada y salida se hace por un pasillo estrecho, las más de las veces abovedado, y por consiguiente no permite la menor ventilación, casi siempre muy sucios y habitados casi exclusivamente por proletarios. Nos referiremos de nuevo a esos patios cuando hablemos de Manchester. En Bristol, se han visitado 2800 familias de obreros de las cuales el 46% no tenía más que una sola habitación.
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Y hallamos exactamente la misma situación en las ciudades industriales. En Nottingham hay en total 11000 casas de las cuales 7 u 8 mil se hallan pegadas las unas a las otras, de suerte que no es posible ninguna ventilación completa; además, casi siempre hay un solo lugar de desahogo común para varias casas. Una inspección reciente reveló que varias hileras de casas estaban construidas sobre canales de desagüe poco profundos que estaban cubiertos sólo por traviesas de piso.
En Leicester, Derby, y Sheffield, ocurre lo mismo. En cuanto a Birmingham, el artículo del Artizan citado anteriormente informa lo siguiente:
"En los viejas barrios de la ciudad, hay lugares malos, sucios y faltos de reparación, llenos de charcas estancadas y de montones de inmundicias. En Birmingham, los patios son muy numerosos, hay más de 2000, y en ellos vive la mayoría de la clase obrera. Casi siempre son exiguos, mal terminados, mal ventilados, con desagües defectuosos, consisten de 8 a 20 inmuebles que en su mayoría no pueden recibir el aire sino de un lado porque el muro del fondo es medianero, y al fondo del patio hay casi siempre un hoyo para las cenizas o algo por el estilo, cuya inmundicia es indescriptible. Hay que observar sin embargo que los patios modernos han sido construidos más inteligentemente y son conservados más convenientemente. En estos últimos las viviendas son menos agrupadas que en Manchester y Liverpool, lo cual explica que, cuando han ocurrido epidemias, haya habido menos casos mortales en Birmingham que, por ejemplo, en Wolverhampton, Dudley y Bilston, que están a sólo unas leguas de allí. Asimismo, en Birmingham no hay viviendas bajo tierra, si bien algunos sótanos sirven impropiamente de talleres. Las casas -dormitorios para obreros son un poco más numerosas (más de 400), principalmente en los patios del centro de la ciudad; casi todas ellas son de una suciedad repugnante, mal ventiladas, verdaderos refugios para mendigos, vagabundos trampers (volveremos sobre la significación de esta palabra);
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ladrones y prostitutas, que sin ninguna consideración por las conveniencias o la comodidad comen, beben; fuman y duermen en una atmósfera que únicamente estos seres degradados pueden soportar."
Glasgow se parece a Edimburgo en muchos aspectos: los mismos wynds; las mismas altas casas. El Artizan observa a propósito de esta ciudad:
"Aquí la clase obrera constituye alrededor del 78% de la población total: (de unos 300000), y vive en barrios que superan en miseria y horror los antros más viles de St. Giles y Whitechapel, las Liberties de Dublín, los wynds de Edimburgo. Hay numerosos lugares parecidos en el corazón de la ciudad, al sur de Trongate, al oeste del mercado de sal, en el Calton; al lado de la Calle Alta, etc., laberintos interminables de callejuelas estrechas o wynds, y donde desembocan casi a cada paso patios o callejones sin salida; constituidos por viejas casas mal ventiladas, muy altas, sin agua y decrépitas: Esas casas rebosan literalmente de inquilinos; en cada piso hay tres o cuatro familias -tal vez 20 personas- y a veces cada piso es alquilado como dormitorio por la noche, de suerte que 15 ó 20 personas son apiñadas -no osamos decir albergadas- en una sola pieza. Esos barrios albergan los miembros más pobres, más depravados; menos valiosas de la población y hay que ver en ello el origen de terribles epidemias de fiebre que, partiendo de allí, asuelan a Glasgow todo entero."
Veamos la descripción que hace de estos barrios J. C. Symans, comisionado del gobierno para la investigación de la situación de los tejedores manuales*:
* Arts and Artisan at home and Abroad (Oficios y artesanos en nuestro país y en el extranjero), por J. C. Symons, Edimburgo, 1839. El autor, que parece ser escocés, es un liberal, y por tanto fanáticamente opuesto a todo movimiento obrero autónomo. Los (...) pasajes citados se hallan en pp. 116 y ss. (F.E.)
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"yo he visto la miseria en algunos de sus peores aspectos tanto aquí como en el continente; pero antes de visitar los wynds de Glasgow, no creía que pudieran existir tantos crímenes, miserias y enfermedades en un país civilizado. En los albergues de categoría inferior duermen en el suelo diez, doce, incluso a veces veinte personas de ambos sexos y de todas las edades en una desnudez más o menos total. Esos albergues están habitualmente (generally) tan sucios, tan húmedos y tan destartalados que nadie alojaría en ellas su caballo."
Y él escribe en otra parte:
"Los wynds de Glasgow albergan una población que fluctúa entre 15000 y 30000 personas. Este barrio se compone únicamente de callejuelas estrechas y de patios rectangulares, en medio de las cuales se levanta regularmente un montón de basura. No obstante lo repugnante del aspecto exterior de esos lugares, yo estaba sin embargo poco preparado para enfrentarme a la suciedad y la miseria que reinan en el interior. En algunos de esos dormitorios, que nosotros (el superintendente de policía, Miller y Symons) hemos visitado de noche, hallamos una capa ininterrumpida de seres humanos tendidos en el suelo, a menudo de 15 a 20, unos vestidos, otros desnudas, hombres y mujeres juntos. Su cama estaba hecha de paja mohosa mezclada con algunos trapos. Había pocos muebles o ninguno, y la única cosa que daba a esos cuchitriles un aspecto de habitación era un fuego en la chimenea. El robo y la prostitución representan la principal fuente de ingresos de esta población. Nadie parecía tomarse el trabajo de limpiar esos establos de Augías, esa olla de grillos, ese conglomerado de crímenes, de suciedad y de pestilencia en el corazón de la segunda ciudad del imperio. Una amplia inspección de los peores barrios de otras ciudades, jamás me hizo ver nada que por la intensidad de la infección moral y física ni la densidad relativa de la población llegara a la mitad de este horror. La mayoría de las casas de este barrio están clasificadas por el Court of Guild
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como ruinosas e inhabitables, pero son precisamente éstas las que son más habitadas, porque la ley prohibe que se cobre alquiler por ellas."
La gran región industrial en el centro de la isla británica, la zona populosa del Yorkshire occidental y del Lancashire meridional no le cede en nada, con sus numerosas ciudades industriales, a las otras grandes ciudades. La región lanera del Riding occidental, Yorkshire, es un país encantador, un bello país de colinas reverdecientes, cuyas alturas devienen cada vez más abruptas hacia el oeste hasta culminar en la cima escarpada de Blackston Edge -línea divisoria de las aguas entre el Mar de Irlanda y el Mar del Norte. Los valles del Aire, en el que está situada Leeds, y del Calder, que sigue la vía férrea Manchester-Leeds, se cuentan entre los más placenteros de Inglaterra y están sembrados por todas partes de fábricas, de aldeas y de ciudades. Las casas grises de sillería tienen un aspecto tan elegante y limpio en comparación con los edificios de ladrillo, negros de hollín, del Lancashire, que son un placer. Pero cuando se entra en las ciudades propiamente, se hallan pocas cosas regocijantes. La situación de Leeds es en efecto la que describe el Artizan (revista ya citada) y que he podido ver yo mismo,
"en una pendiente suave que desciende en el valle del Aire. Este río serpentea a través de la ciudad en una longitud de alrededor de milla y media* y está sujeto, durante el período de deshielo o luego de precipitaciones violentas, a fuertes crecidas. Los barrios del oeste, situados más alto, son limpios, para una ciudad tan grande, pero los barrios bajos junto al río y los arroyuelos (becks) que en él desembocan son sucios, angostos y suficientes ya, en suma, para abreviar la vida de los habitantes, en particular de los niños. A ello hay que añadir el estado repugnante en que se hallan los
* Por todas partes donde se hace mención de milla sin otra precisión, se trata de la medida inglesa; el grado del ecuador computa 691/2 de ella y, por consecuencia, la legua alemana alrededor de 5. (F.E.).
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barrios obreros alrededor de Kirkgate, March Lane, Cross Street y Richmond Road, que se destacan particularmente por las calles mal pavimentadas y sin cunetas, una arquitectura irregular, de numerosos patios y callejones sin salida y la ausencia total de los medios más ordinarios de limpieza. Todo ello tomado en conjunto nos proporciona muchas razones para explicar la mortalidad excesiva en esos desdichados feudos de la más sórdida miseria. Debido a las crecidas del Aire (que, hay que añadir, como todos los ríos utilizables por la industria, entra en la ciudad claro, transparente, para salir de ella pegajoso, negro y hediondo con todas las inmundicias imaginables), las viviendas y los sótanos se inundan frecuentemente de agua hasta el punto que hay que bombearla para la calle; en tales ocasiones el agua, incluso donde hay cloacas, se introduce en los sótanos*, provocando emanaciones miasmáticas, de muy fuerte proporción de hidrógeno sulfuroso y dejando un sedimento nauseabundo sumamente perjudicial para la salud. Cuando las inundaciones de la primavera del año 1839, los efectos de semejante tupición de las cloacas fueron tan nocivos que, según el informe del funcionario del registro civil de ese barrio, hubo en el trimestre tres decesos por cada dos nacimientos, en tanto que, en el mismo período, todos los demás barrios registraron tres nacimientos por cada dos decesos."
Otros barrios con una fuerte densidad de población, están desprovistos de toda alcantarilla, o son tan inadecuadas que resultan inútiles. En ciertas hileras de casas los sótanos raramente están secos; en otros barrios, varias calles están cubiertas de un fango blando donde se hunde uno hasta los tobillos. De cuando en cuando los vecinos han tratado de reparar esas calles, echando paletadas de cenizas; sin embargo, las aguas de albañal se estancan frente a las casas hasta que el viento y el sol las seca (cf. informe del Consejo Municipal en la
* Hay que tener presente que estos "sótanos" no son cuartos de desahogo sino viviendas donde viven seres humanos. (F.E.)
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Statistical Journal, vol. 2 p. 404). Una vivienda ordinaria en Leeds no ocupa una superficie superior a 5 yardas cuadradas y se compone generalmente de sótano, sala común y una habitación de dormir. Estas viviendas exiguas, llenas noche y día de seres humanos representan además un peligro tanto para las costumbres como para la salud de los habitantes. Y hasta qué punto la gente se apiña en ellas, nos lo dice el informe citado anteriormente sobre el estado sanitario de la clase obrera:
"En Leeds, hallamos hermanos y hermanas y huéspedes de ambos sexos, compartiendo la habitación de los padres; el sentimiento humano se estremece al considerar las consecuencias que resultan de ello."
Lo mismo ocurre en Bradford, que se halla a sólo 7 leguas de Leeds, en la confluencia de varios valles, junto a un pequeño río de aguas negras y nauseabundas. Desde lo alto de las colinas que la rodean, la ciudad ofrece en un domingo apacible -porque durante la semana se halla envuelta en una nube gris de humo de carbón- un magnífico panorama, pero en su interior existe la misma suciedad y la misma inconveniencia que en Leeds. Los viejos barrios, en las vertientes empinadas, son apretados y construidos irregularmente; en las callejuelas, callejones sin salida y patios, se amontonan basuras e inmundicias; las casas se hallan en estado ruinoso, sucias, incómodas y muy cerca del río al fondo mismo del valle, hallé varias con la planta baja medio hundida en el flanco de la colina y eran enteramente inhabitables. De modo general, los barrios del fondo del valle, donde las viviendas obreras se hallan comprimidas entre las grandes fábricas, son los peor construidos y los más sucios de toda la ciudad. En los barrios más nuevos de esta ciudad, como en aquellos de cualquiera otra ciudad industrial, las viviendas se hallan alineadas más regularmente, pero tienen los mismos inconvenientes que corren parejos con la manera tradicional de alojar a los obreros y de lo cual volveremos a hablar con más detalles a propósito de Manchester. Igual ocurre en las otras ciudades del West
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Riding, especialmente en cuanto a Barnsley, Halifax y Huddersfield. Esta última, por su ubicación admirable y su arquitectura moderna, con mucho la más bella de todas las ciudades industriales del Yorkshire y del Lancashire, tiene sin embargo sus malos barrios. Así, un comité designado por una reunión de ciudadanos para inspeccionar la ciudad, informó el 5 de agosto de 1844:
"Es notorio que en Huddersfield calles enteras y numerosas callejuelas y patios no están pavimentados, ni poseen alcantarillas u otros desagües; en esos lugares se amontonan los detritos, las inmundicias y las suciedades de todo género, que se fermentan y pudren y casi por todas partes el agua estancada se acumula en charcas; en consecuencia, las viviendas entretanto son necesariamente malsanas y sucias, de modo que surgen enfermedades que amenazan la salubridad de toda la ciudad."(25)
Si franqueamos la cima de Blackstone Edge a pie, o si tomamos el ferrocarril que la atraviesa, arribamos a la clásica tierra donde la industria inglesa ha lograda su obra maestra y de donde parten todos los movimientos obreros, en el Lancashire meridional con su gran centro, Manchester. Aquí también, encontramos un bonito país de colinas que descienden en pendiente muy suave hacia el oeste, desde la línea divisoria de las aguas hasta el Mar de Irlanda, con los encantadores valles reverdecieres del Ribble, del Irwell, y del Mersey y de sus afluentes: Esta región, que todavía hace un siglo en su mayor parte no era más que un pantano apenas habitada, ahora cubierta de ciudades y pueblos, es la zona más poblada de Inglaterra. En el Lancashire, y particularmente en Manchester, es donde la industria británica tiene su punto de partida y su centro. La Bolsa de Manchester es el termómetro de todas las fluctuaciones de la actividad industrial, y las técnicas modernas de fabricación han alcanzado en Manchester su perfección. En la industria textil del Lancashire meridional, la utilización de las fuerzas de la naturaleza, la sustitución del trabajo manual por las máquinas (en particular, con el telar mecánico y la Self-
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actor Mule) y la división del trabajo parecen estar en su apogeo; y si hemos reconocido en estos tres elementos las características de la industria moderna, tenemos que admitir que, también en este punto, la industria de transformación del algodón ha conservado sobre las demás ramas industriales la ventaja que había adquirido desde el comienzo. Pero es aquí también que, simultáneamente, las consecuencias de la industria moderna habrían de desarrollarse del modo más completo y bajo la forma más pura, y el proletariado industrial manifestarse de la manera más clásica. La humillación en que la utilización del vapor, las máquinas y la división del trabajo sumen al trabajador, y los esfuerzos del proletariado por escapar a esta situación degradante, habrían de ser necesariamente, aquí también, llevados al extremo y donde habría de tomarse conciencia más clara de ello. Es por estas razones, porque Manchester es el tipo clásico de la ciudad industrial moderna y también porqué yo la conozco como a mi ciudad natal -y mejor que la mayoría de sus habitantes- es que nos detendremos en ella un poco más extensamente.
Las ciudades que circundan a Manchester difieren poco de la ciudad central en lo que concierne a los barrios obreros19, a no ser que en esas ciudades los obreros representan, si ello es posible, una fracción más importante todavía de la población. Estas aglomeraciones son en efecto únicamente industriales y dejan a Manchester el cuidado de ocuparse de todas las cuestiones comerciales; ellas dependen totalmente de Manchester, y por consiguiente son habitadas sólo por trabajadores, industriales y comerciantes de segundo orden; mientras que Manchester posee una población comercial muy importante, sobre todo de firmas comerciales y de ventas al detalle de mucha reputación. Por eso Bolton, Preston, Wigan, Bury, Rochdale, Middleton, Heywood, Oldham, Ashton, Stalybridge, Stockport, etc., aunque todas sean ciudades de 30, 50, 70 y hasta de 90 mil habitantes, apenas no son más que
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(1845) Arbeitsbezirke (barrios donde se trabaja). (1892) Arbeiterbezirke (barrios obreros, donde viven los obreros).90
grandes barrios obreros, interrumpidos solamente por fábricas y grandes arterias flanqueadas de tiendas, y contando con algunas avenidas pavimentadas, a lo largo de las cuales se hallan los jardines y las casas de los fabricantes que parecen villas. Las ciudades en sí son mal e irregularmente construidas, con patios sucios, vías estrechas y callejuelas traseras llenas de humo de carbón. El empleo del ladrillo, primitivamente rojo vivo pero ennegrecido por el humo, que aquí es material habitual de construcción, les da un aspecto particular poco agradable. Las habitaciones bajo tierra son aquí la regla general; por todas partes donde es posible se instalan esos cubiles y en ellos vive una parte muy importante de la población.
Entre las más feas de estas ciudades, hay que incluir con Preston y Oldham, a Bolton, situada a once leguas al noroeste de Manchester. Esta ciudad posee, según he podido observar personalmente, sólo una calle principal, y para eso bastante sucia, Deansgate, que sirve al mismo tiempo de mercado, y que, incluso cuando hace buen tiempo, no es más que un pasadizo estrecho oscuro y miserable, si bien aparte de las fábricas sólo hay allí casas bajas de una o dos plantas. Como por todas partes, la parte antigua de la ciudad es particularmente vetusta e incómoda. Una corriente de agua negra -de la cual no puede definirse si es un riachuelo o larga serie de charcas pestilentes- la atraviesa y contribuye a corromper completamente un aire que no tiene nada de puro.
Más lejos se halla Stockport que, aunque situada junto al Mersey y perteneciente al condado de Cheshire, forma parte, sin embargo, del distrito industrial de Manchester. Ella se extiende en un valle paralelamente al Meres, de suerte que de un lado la calle desciende perpendicularmente para remontar del otro lado en pendiente igualmente pronunciada, y la vía férrea de Manchester a Birmingham atraviesa el valle más arriba de la ciudad por un gran viaducto. Stockport tiene fama en toda la región de ser una de las pequeñas localidades más sombrías y más ennegrecidas por el humo y ofrece efectivamente -sobre todo vista desde el viaducto- un aspecto
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sumamente poco atractivo. Pero el que ofrece las hileras de casitas y cubiles que habitan los proletarios en toda la ciudad, desde el fondo del valle hasta las cimas de las colinas, lo es todavía mucho menos. No recuerdo haber visto en ninguna ciudad de esa región semejante proporción de sótanos habitados.
A unas millas apenas al nordeste de Stockport se halla Ashton-under-Lyne, uno de los centros industriales más recientes de la región. Esta localidad, situada en la vertiente de una colina al pie de la cual: fluyen el canal y el río Tame, está construida, en general, según un plan moderno y más regular. Cinco o seis grandes calles paralelas atraviesan toda la colina y son cortadas en ángulo derecho por otras arterias que descienden hacia el valle. Gracias a esta disposición, las fábricas son relegadas: fuera de la ciudad propiamente dicha; y es de suponer que la proximidad del agua y de la vía fluvial las haya atraído al fondo del valle, donde se concentran y amontonan, echando por chimeneas un humo espeso. Esto hace que Ashton tenga un aspecto mucho más agradable que la mayoría de las demás ciudades industriales; las calles son anchas y limpias, los cottages de un rojo brillante parecen nuevos y muy habitables. Pero el nuevo sistema que consiste en construir cottages para los trabajadores, tiene asimismo su lado malo; cada calle posee una callejuela trasera, oculta, a donde lleva un estrecho pasaje lateral y que, en cambio, es tanto más sucio. E incluso en Ashton -aunque yo no haya visto edificios, sino algunos a la entrada de la ciudad que tengan más de cincuenta años hay calles donde los cottages son feos y vetustos y cuyos ladrillos se deterioran, donde los muros se agrietan, cuya capa de cal se desmorona y cae al interior; calles cuyo aspecto sórdido y de color sombrío no le cede en nada al de las otras ciudades de la región, a no ser que Ashton es la excepción y no la regla.
Una milla más al este, se halla Stalybridge; igualmente a orillas del Tame. Cuando viniendo de Ashton se atraviesa la montaña; se descubre en la cima, a la derecha y a la izquierda,
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bellos y grandes jardines que circundan magníficas casas, género de villas casi siempre en el estilo "isabelino", que es con respecto a lo gótico, lo que es la religión protestante anglicana con respecto a la religión católica apostólica y romana. Cien pasos más adelante, y Stalybridge es lo que aparece en el valle, pero ¡qué contraste sorprendente con estas magníficas propiedades, e incluso con los modestos cottages de Ashton! Stalybridge está situada en una garganta estrecha y tortuosa, mucho más estrecha todavía que el valle de Stockport, y cuyas dos vertientes están cubiertas de una extraordinaria maraña de cottages, casas y fábricas. Desde que se entra allí, las primeros cottages son exiguos, ennegrecidos por el hollín, vetustos y deteriorados, y así, por el estilo, en el resto de la ciudad. Hay pocas calles en el fondo estrecho del valle; la mayoría se cruzan y entrecruzan, suben y descienden. En casi todas las casas; la planta baja, debido a esta disposición en pendiente, se halla medio hundida en el suelo; esta construcción sin plan da lugar a una multitud de patios, de callejones escondidos y de recodos aislados; esto puede verse desde las montañas, desde donde se descubre la ciudad debajo de uno; como si la sobrevolara. Añádase a ello una suciedad increíble, y se comprende la impresión repugnante que hace Stalybridge pese a sus encantadores alrededores
Hasta aquí es suficiente sobre pequeñas ciudades: Todas ellas tienen su sello particular, pero a fin de cuentas allí los: trabajadores viven exactamente como en Manchester: Sólo me he fijado en: el aspecto particular de su construcción, y me limito a señalar que todas las observaciones generales sobre el estado de las viviendas obreras en Manchester; se aplican igualmente en su totalidad a las ciudades circundantes. Pasemos ahora a este mismo gran centro.
Manchester se extiende al pie de la vertiente de una cadena de colinas que, partiendo de Oldham, atraviesa los valles del Irwell y del Medlock y cuya última cima, el Kesall-Moor, es al mismo tiempo el hipódromo y el monssacer20(26) de
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heilige Berg: Monte Sagrado93
Manchester, La ciudad propiamente dicha está situada en la ribera izquierda del Irwell, entre esta corriente de agua y otras dos más pequeñas, el Irk y: el Medlock, que desembocan en este lugar en el Irwell: En la orilla derecha de éste, encerrada en una gran cueva del río, se extiende Salford, más al oeste Pendleton; al norte del Irwell se hallan Higher y Lower Borughton, al norte del Irk, Cheetham Hill; al sur del Medlock, se halla Hulme, más al este Chorlton-on-Medlock, más lejos aún, poco más o menos al este de Manchester, Ardwick. Todo este conjunto se llama corrientemente Manchester y cuenta por lo menos con 400000 habitantes, sino más. La ciudad misma está construida de una manera tan particular que se puede vivir allí durante años, entrar y salir de ella diariamente sin divisar jamás un barrio obrero, ni encontrarse con obreros, si uno se limita a dedicarse a sus asuntos o a pasear. Pero ello se debe principalmente a que los barrios obreros -por un acuerdo inconsciente y táctico, así como por intención consciente y declarada- son separados con el mayor rigor de las partes de la ciudad reservadas para la clase media, o bien, cuando esto es imposible, disfrazados con el manto de la caridad. En su centro, Manchester abriga un barrio comercial bastante extenso, alrededor de media milla de largo y ancho, compuesto casi únicamente de oficinas y almacenes de depósito (warehouses). Casi todo este barrio está inhabitado, y aparece desierto y vacío durante la noche; únicamente las patrullas de policía con sus linternas circulan por sus calles estrechas y sombrías.
Esta parte está surcada por grandes arterias de mucho tráfico y la planta baja de los edificios se hallan ocupadas por tiendas elegantes. En estas calles, aquí y allá se hallan pisos habitados, y hasta tarde en la noche reina una gran animación. Con la excepción de este barrio comercial, toda la ciudad de Manchester propiamente dicha, todo Salford y Hulme, una importante parte de Pendletan y Chorlton, dos tercios de Ardwick y algunos barrios de Cheetham Hill y Brougton, no son sino un distrito obrero que circunda el barrio comercial como un cinturón cuya anchura promedio es de una milla y media. Más allá de este cinturón, viven la burguesía mediana y
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la alta burguesía -la mediana burguesía en calles regulares, cercanas al barrio obrero, en particular en Chorlton y en las regiones de Cheetham Hill situadas más abajo, la alta burguesía en las casas con jardín, del tipo de villa, más alejadas, en Chorlton y Ardwick, o bien en las alturas de Cheetham Hill, Brougton y Pendleton- en el ambiente saludable de la campiña, en viviendas espléndidas y cómodas, servidas cada media hora o cada un cuarto de hora por ómnibus que conducen a la ciudad. Y lo más bonita es que los ricos aristócratas de las finanzas pueden, al atravesar todos los barrios obreros por el camino más corto, trasladarse a sus oficinas en el centro de la ciudad sin fijarse siquiera que flanquean la más sórdida miseria a derecha e izquierda.
En efecto, las grandes arterias que, partiendo de la Bolsa, conducen fuera de la ciudad en todas las direcciones, están flanqueadas a ambos lados de una fila casi interminable de tiendas y así se hallan a la mano de la pequeña y mediana burguesía que, aunque sólo sea por interés propio, tienen mucho cierto decoro y propiedad, y poseen los medios para ello. Desde luego, esas tiendas tienen sin embargo cierto parecido con los barrios que se hallan detrás de ellas, y son por consiguiente más elegantes en el distrito de negocios y cerca de los barrios burgueses que allí donde ocultan los cottages obreros desaseados.
Pero en todo caso son suficientes para disimular a los ojos de los ricos, señores y señoras de estómago robusto y de nervios débiles, la miseria y la suciedad, complemento de su riqueza de su lujo. Así sucede, por ejemplo, con Deansgate que, de la vieja iglesia, conduce rectamente hacia el sur, bordeada al comienzo por almacenes y fábricas, luego por tiendas de segundo orden y algunos bares; más al sur, donde termina el distrito comercial, por tiendas menos relucientes que, a medida que se avanza, devienen más sucias y cada vez son más numerosos los cabarets y tabernas, hasta que en el extremo sur el aspecto de los establecimientos no deja lugar a dudas de la calidad de los clientes: son obreros únicamente. Lo mismo sucede con Market
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Street, que parte de la Bolsa en dirección del sudeste. Hay primeramente brillantes tiendas de primer orden, y en los pisos superiores oficinas y almacenes; más lejos, a medida que se avanza (Piccadilly), gigantescos hoteles y almacenes de depósito; más lejos aún (London Road) en la región del Medlock, fábricas, bares, tiendas para la pequeña burguesía y los obreros; después, cerca de Ardwick Green, viviendas reservadas para la alta y mediana burguesía, y a partir de allí, grandes jardines y grandes casas de campo para los más ricos industriales y comerciantes. De esa manera, si se conoce a Manchester, se puede deducir del aspecto de las calles principales, el aspecto de los barrios contiguos; pero, desde esas calles es difícil descubrir realmente los barrios obreros. Yo sé muy bien que esa disposición hipócrita de las construcciones es más o menos común de todas las grandes ciudades; yo sé igualmente que los comerciantes al por menor deben, a causa de la naturaleza misma de su comercio, monopolizar las grandes arterias; sé que por todas partes se ve, en las calles de ese género, más casas bellas que feas, y que el valor del terreno que las circunda es más elevado que en los barrios apartados. Pero en ninguna otra parte como en Manchester he comprobado el aislamiento tan sistemático de la clase obrera, mantenida apartada de las grandes vías, un arte además delicado de disfrazar todo lo que pudiera ofender la vista o los nervios de la burguesía. Y sin embargo, la construcción de Manchester, precisamente, responde menos que aquélla de toda otra ciudad a un plan preciso, o a reglamentos de policía; más que toda otra ciudad, su disposición se debe al azar; y cuando pienso entonces en la clase media, que declara con prontitud que los obreros se conducen lo mejor del mundo, me da la impresión de que los industriales liberales, los big whigs de Manchester, no son enteramente inocentes de esa púdica disposición de los barrios.
Mencionaré asimismo que casi todas las industrias se establecen junto a las tres corrientes de agua o de los diferentes canales que se ramifican a través de la ciudad, y describiré ahora los barrios obreros propiamente dichos. Tenemos en
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primer lugar la ciudad de Manchester, entre el límite norte del distrito comercial y el Irk. Allí las calles, incluso las mejores, son estrechas y tortuosas -Todd Street, Long Millgate, Withy Grove, y Shudehill por ejemplo- las casas son sucias, vetustas, deterioradas, y las calles adyacentes enteramente horribles. Cuando, viniendo de la vieja iglesia, se entra en Long Millgate, vemos inmediatamente a la derecha una hilera de casas de estilo antiguo, donde ni una sola fachada ha permanecido vertical; son los vestigios de la vieja Manchester de la época preindustrial, cuyos antiguos habitantes han emigrado con sus descendientes hacia barrios mejor construidos, abandonando las casas que hallaban demasiado inconvenientes para una raza de obreros fuertemente cruzada con sangre irlandesa. Nos hallamos aquí realmente en un barrio obrero apenas camuflado, pues ni las tiendas ni las tabernas de la calle se toman el trabajo de parecer limpias. Pero esto no es nada en comparación con las callejuelas y patios traseros, a donde se llega por pasadizos estrechos y cubiertos por los que apenas pueden cruzarse dos personas.
Es imposible de imaginar la aglomeración desordenada de las casas literalmente hacinadas las unas sobre las otras, verdadero desafío a toda arquitectura racional. Y, a este respecto, no se trata solamente de construcciones que datan de la antigua Manchester. Es en nuestra época cuando la confusión ha sido llevada al colmo, pues por todas partes donde el urbanismo de la época anterior dejaba todavía un pequeño espacio libre, se ha construido y reparado chapuceramente hasta que al fin ya no queda entre las casas ni una pulgada libre donde sea posible construir. Como prueba reproduzco aquí un pequeñito fragmento del plano de Manchester: por cierto que los hay peores, y el mismo no representa la décima parte de la antigua ciudad.
Este croquis bastará para caracterizar la arquitectura insensata de todo el barrio, en particular cerca del Irk. La orilla sur del Irk aquí es muy abrupta y de una altura de 15 a 30 pies; sobre esta pared inclinada, todavía se construyen casi siempre tres hileras de casas, de las cuales la más baja emerge directamente del río, en tanto que la fachada de la más alta se halla al nivel de la cima de las colinas de Long Millgate. En los espacios intermedios hay, además, fábricas junto a las corrientes de agua. En suma, la disposición de las casas es aquí tan apretada y desordenada como en la parte baja de Long Millgate. A la derecha y a la izquierda, una multitud de pasajes cubiertos conducen de la calle principal a los numerosos patios y, cuando se penetra allí, encontramos una suciedad y una insalubridad nauseabundas sin igual, en particular en los patios que descienden hacia el Irk y donde se hallan verdaderamente las más horribles viviendas que yo haya podido ver hasta el presente. En uno de esos patios hay justamente a la entrada, al extremo del corredor cubierto, retretes sucios y tan inmundos que los vecinos no pueden entrar o salir del patio sino atravesando un mar de orina pestilente y de excrementos que circundan los retretes; es el primer patio a la orilla del Irk río arriba de Ducie Bridge en caso de que alguien deseara ir allí para comprobarlo. Abajo, a orillas del río, hay varias tenerías que llenan toda la zona de la hediondez resultante de la descomposición de materias orgánicas.
En los patios río abajo de Ducie Bridge, hay que descender casi siempre por escaleras estrechas y sucias para llegar a las casas y atravesar los cúmulos de detritos e inmundicias. El primer patio río abajo de Ducie Bridge se llama Allen's Court; cuando la epidemia de cólera (1832), se hallaba en tal estado que las autoridades sanitarias lo hicieron evacuar, limpiar y desinfectar con cloro; el Dr. Kay da en un folleto* una descripción
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The Moral and Physical Condition of the Working Classes, employed in the Cotton Manufacture in Manchester, [Estado moral y físico de las clases trabajadoras empleadas en la industria del algodón en99
horrorosa del estado de este patio en esa época. Desde entonces, parece haber sido demolido por algunos lugares y reconstruido; en todo caso, desde lo alto del Ducie Bridge se perciben todavía varios pedazos de paredes en ruinas y grandes montones de escombros, junto a casas de construcción más reciente. El panorama que se observa desde este puente -delicadamente oculto a los mortales de pequeña estatura por un parapeto de piedra a la altura de un hombre- es por otra parte característico de todo el barrio. Abajo fluye, o más bien se estanca el Irk, riachuelo oscuro como la pez y de olor nauseabundo, lleno de inmundicias y detritos que deposita sobre la orilla derecha que es más baja. En tiempo de seca, subsiste en este río toda una serie de parches fangosos, fétidos, de un verde negruzco, desde el fondo de los cuales suben burbujas de gas mefítico que despide un tufo que, incluso desde lo alto del puente, a 40 ó 50 pies sobre el agua, todavía es insoportable. El propio río, además es retenido casi a cada paso por grandes obstáculos detrás de los cuales se depositan en masa el fango y los desperdicios que allí se descomponen. Río arriba desde el puente, se levantan grandes tenerías más allá tintorerías, fábricas de carbón de huesos y fábricas de gas, cuyas aguas usadas y desperdicios terminan todos en el Irk que recibe además el contenido de las cloacas y retretes que allí desaguan. Río abajo, desde el puente, se ve por encima de los montones de basura, las inmundicias, la suciedad y el deterioro de los patios, situados sobre la escarpada orilla izquierda: Las casas están apiñadas las unas contra las otras y la pendiente del río permite percibir sólo una fracción de ellas, todas ennegrecidas de hollín, decrépitas, vetustas, con sus ventanas de cristales rotos. Al fondo se hallan antiguas fábricas que parecen cuarteles. En la orilla derecha muy llana, se levanta una larga fila de casas y fábricas. La segunda casa está en ruinas, sin techo, llena de escombros, y la planta baja no tiene puertas ni ventanas y por tanto es inhabitable. Al fondo, de este lado, se hallan el cementerio de pobres, las estaciones del ferrocarril de
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Manchester) por James Ph. Kay D. M., 2da. ed. 1832. Confunde la clase obrera en general con la clase de los trabajadores industriales; por lo demás, excelente. (F.E.)
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Liverpool y de Leeds y detrás, el asilo de pobres, "la bastilla de la ley de pobres" de Manchester que, parecida a una ciudadela, mira desde lo alto de una colina, al abrigo de altas murallas y de almenas amenazadoras, el barrio obrero que se extiende enfrente.
Río arriba del Ducie Bridge, la orilla izquierda baja y la derecha en cambio se hace más abrupta; pero el estado de las casas a ambos lados del Irk tienden más bien a empeorar. Si uno abandona la calle principal -Long Millgate- y dobla a la derecha, se pierde; pasa de un patio a otro; todos son cantones, callejones estrechos sin salida y pasadizos asquerosos, y al cabo de unos minutos está completamente desorientado y no sabe ya del todo a dónde dirigir sus pasos. Por todas partes, edificios casi o completamente en ruinas -algunos de ellos están realmente inhabitados, y aquí esto quiere decir mucho-, casas sin piso, ventanas y puertas rotas, mal ajustadas, ¡y que suciedad! Hay montones de escombros, de detritos y de inmundicias por todas partes; charcas estancadas en vez de alcantarillas, y un hedor que por sí solo no permitiría a nadie, por poco civilizado que fuese, vivir en semejante barrio. La extensión, recientemente terminada, del ferrocarril de Leeds, que atraviesa el Irk aquí, ha hecho desaparecer una parte de esos patios y callejuelas, pero en cambio ha expuesto otros a la vista. Así, precisamente junto al puente del ferrocarril hay un patio que supera con mucho a todos los demás en suciedad y en horror, justamente porque hasta ahora había estado tan apartado, tan retirado que sólo se podía llegar a él con gran trabajo; yo mismo no lo hubiera descubierto sin la abertura hecha por el ferrocarril, aunque yo creía conocer muy bien ese rincón. Pasando por una orilla desigual, entre estacas y tendederas, es como se entra en ese caos de pequeñas casuchas de una planta y una pieza, casi siempre sin piso, y que sirve a la vez de cocina, sala común y habitación para dormir. En uno de esos cuchitriles que apenas miden seis pies de largo por cinco de ancho, yo he visto dos camas ¡y qué camas y qué ropa de cama! que, con una escalera y un fogón, llenaban toda la pieza. En varios otros, no vi absolutamente nada, aunque la puerta
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estaba abierta de par en par y los moradores recostados a ella. Delante de las puertas, por todas partes escombros y basuras; no se podía ver si el suelo estaba pavimentado, sólo se podía pisar en firme en algunos lugares. Toda esta multitud de establos, habitados por seres humanos, estaban limitados en dos lados por casas y una fábrica, en el tercero por el río y, aparte del pequeño sendero de la orilla, sólo se salía de allí por una angosta puerta cochera que daba a otro laberinto de casas, casi tan mal construidas y conservadas como éstas. Estos ejemplos son suficientes.
Así es como está construida toda la ribera del Irk, caos de casas plantadas confusamente, más o menos inhabitables y cuyo interior se haya en perfecta armonía con la suciedad de los alrededores. Por eso, ¡cómo quiere usted que las personas sean limpias! Ni siquiera hay facilidades para las necesidades más naturales y cotidianas. Aquí los retretes son tan raros que, o bien se llenan cada día, o bien se hallan demasiado lejos para la mayoría de la gente. ¿Cómo quiere usted que se lave la gente, si sólo dispone de las aguas sucias del Irk, y las canalizaciones y las bombas no existen sino en los barrios decentes? Verdaderamente no se puede hacer reproche a esos ilotas de la sociedad moderna, si sus viviendas no son más limpias que las pocilgas que se encuentran aquí y allá en medio de ellos. Los propietarios no se avergüenzan de alquilar viviendas como los seis o siete sótanos que dan a la calle situada a la orilla del río, inmediatamente río abajo del Scotland Bridge, y cuyo suelo está por lo menos dos pies por debajo del nivel de las aguas -cuando están bajas- del Irk que fluye a menos de seis pies de distancia; o bien como el piso superior de la casa de esquina, en la otra orilla, antes del puente, cuya planta baja es inhabitable, sin nada para tapar los huecos de las ventanas y de la puerta. Este es un caso que no es raro en esa zona; y esa planta baja abierta sirve comúnmente de lugar de desahogo para todo el vecindario por falta de locales apropiados.
Si dejamos el Irk para entrar del otro lado de Long Millgate, en el corazón de las viviendas obreras, arribamos a un barrio
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poco más reciente que se extiende desde la iglesia St. Michel hasta Withy Grove y Shudehill. Aquí por lo menos hay un poco más de orden. En lugar de una arquitectura anárquica, hallamos al menos anchas callejuelas y callejones rectilíneos sin salida, o bien patios rectangulares que no son debidos al azar; pero si, anteriormente, era cada casa en particular, aquí son las callejuelas y los patios las que son construidos arbitrariamente, sin ningún cuidado de la disposición de los demás. Ora una callejuela va en una dirección, ora va en otra, se desemboca a cada paso en un callejón sin salida o en una rinconera que lo conduce a uno al punto de partida -quien no haya vivida en ese laberinto cierto tiempo, se pierde allí fácilmente. La ventilación de las calles -si se me permite usar esta palabra a propósito de ese barrio- y de los patios es tan imperfecta como a orillas del Irk; y si, no obstante, se debiera reconocer a este barrio cierta superioridad sobre el valle del Irk -es cierto que las casas son más recientes, y las calles tienen alcantarillas por trechos- posee igualmente en cambio, en casi cada casa, una vivienda subterránea, la cual existe sólo raramente en el valle del Irk, precisamente debido a la vetustez y el modo de construcción menos cuidadoso. Por lo demás, los montones de escombros y de cenizas, los charcos en las calles existen en ambos barrios y, en el distrito de que hablamos en este momento, comprobamos además otro hecho muy desventajoso para el aseo de los vecinos: el gran número de cerdos sueltos por las callejuelas escarbando en la basura o encerrados en los patios en pequeñas cochiqueras. Los criadores de cerdos alquilan aquí los patios, como en la mayoría de los barrios obreros de Manchester, e instalan cochiqueras. En casi todos los patios hay uno o más rincones separados del resto, donde los vecinos del lugar arrojan toda la basura y los detritos. Los cerdos se engordan en ellos, y la atmósfera de esos patios, ya cerrados por todos lados, es infestada debido a la putrefacción de las materias animales y vegetales. Se ha abierto una calle ancha y bastante conveniente a través de ese barrio -Miller Street- y disimulado el fondo con bastante éxito, pero si se deja uno arrastrar por la curiosidad en uno de los numerosos pasajes que conducen a los patios, podrá comprobar cada veinte pasos esta cochinada,
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en el sentido exacto del término.
Tal es la antigua ciudad de Manchester: y al releer mi descripción, debo reconocer que lejos de ser exagerada me han faltado palabras adecuadas para exponer la realidad de la suciedad, la vetustez y la incomodidad que hay allí, ni hasta qué punto la construcción de ese barrio, donde viven entre 20 y 30 mil personas por lo menos, es un desafío a todas las reglas de la salubridad, la ventilación y la higiene. Y semejante barrio existe en el corazón de la segunda ciudad de Inglaterra, de la primera ciudad industrial del mundo. Si se quiere ver qué espacio reducido necesita el hombre para moverse; cuán poco aire -¡y qué aire! le es necesario en última instancia para respirar, a qué grado inferior de civilización puede subsistir, no hay más que visitar esos lugares. Desde luego, se trata de la antigua ciudad -es la excusa de la gente de aquí cuando se habla del estado espantoso de ese infierno sobre la tierra- pero, ¿qué decir? Todo lo que suscita aquí nuestro mayor horror y nuestra indignación es reciente y data de la época industrial. Los varios centenares de casas pertenecientes a la antigua Manchester han sido abandonadas desde hace tiempo por sus primeros moradores. No hay como la industria para haberlas atestado de las huestes de obreros que albergan actualmente, no hay como la industria para haber hecho construir sobre cada parcela que separaba esas viejas casas, a fin de tener alojamiento para las masas que hacían venir del campo y de Irlanda; no hay como la industria para permitir a los propietarios de esos establos el alquilarlos a precios de viviendas para seres humanos, explotar la miseria de los obreros, minar la salud de millares de personas únicamente en su provecho; no hay como la industria para haber hecho que el trabajador apenas liberado de la servidumbre, haya podido ser utilizado de nuevo como simple material, como una cosa, hasta el punto en que lo hiciera dejarse encerrar en una vivienda demasiado mala para cualquiera otro y que él tiene el derecho de dejar caer completamente en ruinas a cambio de su buen dinero. Sólo la industria ha hecho esto, ella no hubiera podido existir sin esos obreros, sin la miseria y el avasallamiento de
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esos obreros. Es cierto, la disposición inicial de ese barrio era mala, no se podía sacar gran utilidad de ella; pero, ¿han hecho algo los propietarios de casas y la administración para mejorarla cuando se han puesto a construir allí? Al contrario; donde todavía había una parcela libre se construyó una casa, donde quedaba una abertura superflua se la cercó; el aumento en el valor de los bienes raíces ha corrido parejo con el desarrollo industrial y, mientras más se elevaba, más frenéticamente se fabricaba, sin consideración alguna por la higiene o la comodidad de los inquilinos, según el principio: Por inconveniente que sea una casucha, siempre habrá un pobre que no pueda pagar una mejor, siendo la única preocupación la de obtener la mayor ganancia posible. Pero, ¿qué quiere usted? es la antigua ciudad, y can este argumento se tranquiliza la burguesía. Veamos, pues cuál es el aspecto de la ciudad nueva (the new town).
La ciudad nueva, llamada también la ciudad irlandesa (the Irish town), se extiende más allá de la antigua ciudad en la falda de una colina arcillosa entre el Irk y St. George's Road. Aquí desaparece todo aspecto urbano. Hileras aisladas de casas, o formando un conjunto de calles, se elevan por trechos como pequeñas aldeas, sobre el suelo de arcilla desnudo, donde ni el césped crece. Las casas, o más bien los cottages, se hallan en mal estado, jamás reparadas, sucias, con viviendas en el sótano, húmedas y desaseadas; las calles no están pavimentadas ni tienen alcantarilla; en cambio contienen numerosas manadas de cerdos, encerrados en pequeños patios o cochiqueras o bien deambulan con toda libertad por la pendiente. Aquí las calles son tan fangosas que es necesario que el tiempo esté sumamente seco para poder esperar salir sin hundirse a cada paso hasta los tobillos. Cerca de St. George's Road, los diferentes islotes se encuentran, hay una fila interminable de callejuelas, callejones sin salida, calles traseras y patios cuya densidad y desorden se incrementan según se acerca uno al centro de la ciudad. En cambio, es cierto que muchas de esas vías se hallan pavimentadas o, por lo menos, provistas de aceras para los peatones y de alcantarillas; pero la suciedad, el
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mal estado de las casas, y sobre todo los sótanos, siguen siendo los mismos.
Cabe hacer aquí algunas observaciones generales sobre la manera por la cual se construyen habitualmente los barrios obreros21 en Manchester. Hemos visto que en la antigua ciudad, casi siempre el azar era lo que presidía el agrupamiento de casas. Cada casa se construye sin tener en cuenta las demás, y los espacios de forma irregular entre las viviendas se llaman, por falta de otro término, patios (courts). En las partes un poco más recientes de ese mismo barrio, y en otros barrios obreros21 que datan de los primeros tiempos del desarrollo industrial, se nota un esbozo de plan. El espacio que separa dos calles es dividido en patios más regulares, casi siempre cuadrangulares, poco más o menos del modo siguiente:
Estos patios fueron dispuestos así desde el comienzo; las calles comunican con ellos por pasadizos cubiertos. Si ese modo de construcción desordenado era ya muy perjudicial para la salud de los vecinos, por cuanto impedía la ventilación, esta manera de encerrar a los obreros en patios enclaustrados, lo es todavía mucho más. Aquí, el aire no puede rigurosamente escaparse; las chimeneas de las casas -mientras no esté encendido el fuego- son las únicas salidas posibles para el aire
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(1845) "barrios donde se trabaja": Arbeitsviertel. (1892) "barrios obreros": Arbeitervierteln.106
aprisionado en la trampa del patio.*
A ello hay que añadir que las viviendas en derredor de esos patios casi siempre se construyen en pares, siendo la pared del fondo mediana, y esto es suficiente para impedir toda ventilación satisfactoria y completa. Y como el policía de posta no se preocupa del estado de los patios (o patios), como todo lo que en ellos se arroja permanece allí tranquilamente, no hay que asombrarse de la suciedad y de los montones de cenizas y basuras que se acumulan. Yo he visitado patios -cerca de Millers Street- que se hallaban por lo menos medio pie por debajo del nivel de la calle principal, y que no tenía el menor conducto de desagüe para el agua de lluvia que se acumula en ellos.
Más tarde, se comenzó a adoptar otro estilo de construcción que ahora es más corriente. No se construyen cottages obreros aisladamente, sino por docenas, incluso por gruesas: un solo empresario construye de un golpe en una o varias calles. Las construcciones se hacen del modo siguiente: una de las fachadas (cf. el croquis) comprende cottages de primer orden que tienen la suerte de poseer una puerta trasera y un pequeño patio, y producen el alquiler más alto. Detrás de los muros del patio de este cottage hay una calle angosta, la calle trasera (back street), cerrada en los extremos, y a donde se llega lateralmente ya sea por un sendero estrecho, ya sea por un pasadizo cubierto. Los cottages que dan a esta callejuela pagan el alquiler más bajo, y son además, los más descuidados. El muro trasero es mediano con la tercera fila de cottages que dan
* Y, sin embargo, un sabio liberal inglés afirma en el Childrens' Empl(oyment) Comm(ission) Report, ¡qué esos patios o patios son la obra maestra de la arquitectura urbana, porque ellos mejoran como un gran número de pequeños lugares públicos, la ventilación y la renovación del aire! ¡Ah, si cada patio tuviera dos o cuatro accesos unos frente a otros, anchos y descubiertos, por donde el aire pudiera circular! Pero jamás tienen dos de ellos, muy raramente uno solo descubierto, y casi todos no tienen más que dos entradas estrechas y cubiertas (F.E.).
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del lado opuesto a la calle, y producen un alquiler menos elevado que la primera fila, pero más elevado que la segunda. La disposición de las calles es por tanto poco más o menos ésta:
Este modo de construcción asegura una ventilación bastante buena a la primera fila de cottages y aquella de la tercera fila no es peor que aquella de la fila correspondiente en la disposición anterior; en cambio, la fila del medio es por lo menos tan mal ventilada como las viviendas de los patios, y las callejuelas traseras se hallan en el mismo estado de suciedad y de apariencia tan andrajosa como los patios. Los empresarios prefieren este tipo de construcción, porque aprovechan espacio y les da la ocasión de explotar más fácilmente a los trabajadores mejor pagados al exigirles alquileres más elevados por los cottages de la primera y tercera filas. Estos tres tipos de construcción de cottages se hallan en toda Manchester -e incluso en todo el Lancashire y el Yorkshire, a menudo confundidos, pero casi siempre suficientemente distintos para que pueda deducirse la edad relativa de los diferentes barrios de la ciudad. El tercer sistema, el de las "callejuelas traseras", predomina claramente en el gran barrio obrero, al este de St. George's Road, a ambos lados de Oldham y Great Ancoats St., también es muy frecuente en los demás distritos obreros de Manchester y en los suburbios.
En el gran barrio que acabamos de citar y que se designa con el nombre de Ancoats, es donde se hallan los canales, la
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mayoría de las fábricas y las más importantes -edificios gigantescos de seis o siete pisos, que con sus chimeneas esbeltas dominan de muy alto los bajos cottages obreros. La población del barrio se compone por tanto, principalmente, de obreros industriales y en las calles peores de tejedores manuales. Las calles situadas en la proximidad inmediata del centro de la ciudad son las más antiguas, por ende las más malas, si bien están pavimentadas y tienen alcantarillado. Incluso en ellas las calles paralelas más cercanas: Oldham Road y Great Ancoats Street. Más al norte, hay muchas calles de construcción reciente; en ellas los cottages son de aspecto agradable y limpios; las puertas y ventanas son nuevas y recientemente pintadas, los interiores blanqueados propiamente; las calles mismas san más ventiladas, los espacios no construidos entre ellas más grandes y más numerosos, pero esto sólo se aplica a la minoría de las viviendas. Además, existen viviendas en los sótanos de casi todos los cottages, muchas de las calles no están pavimentadas y no tienen alcantarillado y sobre todo el aspecto agradable que no es más que una apariencia que desaparece al cabo de diez años. En efecto, el modo de construcción de los diferentes cottages no es menos condenable que la disposición de las calles. Esos cottages parecen a primera vista bonitos y de buena calidad, las paredes de ladrillos cautivan al transeúnte, y cuando se recorre una calle obrera de construcción reciente, sin fijarse en las callejuelas traseras y en el modo en que son construidas las propias viviendas, se es de la misma opinión de los industriales liberales quienes afirman que en ninguna parte los obreros se hallan tan bien alojados como en Inglaterra. Pero cuando uno se fija más detenidamente, descubre que las paredes de los cottages no pueden ser más delgadas. Las paredes exteriores, que soportan el sótano, la planta baja y el techo tienen, a lo sumo, el espesor de un ladrillo, así en cada capa horizontal, los ladrillos son colocados unos al lado de otros, en el sentido de la longitud, pero yo he visto muchos cottages de la misma altura -algunos incluso en construcción- donde las paredes exteriores no tenían más que medio ladrillo de grueso y donde éstos, por consiguiente, no estaban colocados en el sentido de la longitud,
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sino en el de la anchura:
Ellos estaban colocados por el lado estrecho. Esto, en parte a fin de economizar materiales, y en parte porque los empresarios nunca son los propietarios del terreno: ellos no hacen más que arrendarlo, según la costumbre inglesa, por 20, 30, 40, 50 ó 90 años después de lo cual vuelve a la posesión, con todo lo que allí se halla, de su primer propietario, sin que éste tenga que entregar nada como indemnización de lo que se haya construido. El arrendatario del terreno calcula por tanto esas instalaciones de suerte que las mismas tengan el menor valor posible a la expiración del contrato; y como los cottages de ese género son construidos 20 ó 30 años antes de dicho término, es fácilmente concebible que los empresarios no deseen hacer gastos demasiado elevados en ellos. Hay que añadir que estos empresarios, casi siempre albañiles y carpinteros o industriales, sólo hacen pocas reparaciones o no hacen ninguna, en parte porque se acerca la expiración del arrendamiento del terreno construido, y que debido a las crisis económicas y a la penuria que sobreviene calles enteras, a menudo, permanecen desiertas; como consecuencia, los cottages se deterioran rápidamente y devienen inhabitables. En efecto, se calcula generalmente que las viviendas de los obreros sólo son habitables durante cuarenta años por término medio; ello puede parecer extraño, cuando se ven las bellas paredes macizas de cottages nuevos que al parecer deben durar algunos siglos, pero es así. La tacañería que preside la construcción, la falta sistemática de reparación, la inocupación frecuente de las viviendas, el constante y perpetuo cambio de inquilinos y, además, el vandalismo que ellos cometen (la mayoría son irlandeses) durante los últimos diez años en que el cottage es
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habitable: con frecuencia arrancan la madera de construcción para hacer fuego; todo lo cual hace que al cabo de cuarenta años, los cottages no son más que ruinas. Por esta razón es que el distrito de Ancoats, cuyas casas datan solamente del desarrollo industrial, e incluso en gran parte solamente de este siglo, posee a pesar de todo muchos cottages vetustos y deteriorados, y que la mayoría de ellos ya ha alcanzado la última etapa de la habitabilidad. No quiero hablar aquí de la cantidad de capitales que han sido derrochados de ese modo, ni de como una inversión inicial un poco más elevada y pequeñas reparaciones después hubieran bastado para que todo ese barrio pudiera ser mantenido durante largos años limpio, decoroso y habitable. Lo único que me interesa es la situación de las casas y sus moradores y hay que decir muy claro que, para alojar a los obreros, no existe sistema más nefasto y desmoralizador que ése. El obrero es obligado a vivir en esos cottages en mal estado porque no puede pagar el alquiler de los mejores cottages, o bien porque no hay mejores en la vecindad de la fábrica, o tal vez porque los mismos pertenecen al industrial, y éste solamente contrata a aquellos que acepten ocupar una de esas viviendas. Desde luego, no hay que tomar al pie de la letra la duración de cuarenta años, porque si las viviendas se hallan situadas en un barrio de gran densidad de inmuebles y si por consiguiente, pese al alquiler más elevado, siempre hay oportunidades de encontrar arrendatarios, los empresarios hacen algún esfuerzo para asegurar la habitabilidad relativa de las viviendas más allá de los cuarenta años; pero incluso en este caso, ellos no superan el mínimo estricto y las viviendas reparadas son entonces precisamente las peores. De vez en cuando, cuando existe el peligro de epidemias, la conciencia de las autoridades sanitarias, ordinariamente muy soñolienta, se alarma un poco; entonces emprenden expediciones a los barrios obreros, clausuran toda una serie de sótanos y cottages, como fue el caso en varias callejuelas en la vecindad de Oldham Road. Pero esto apenas dura, las viviendas condenadas pronto encuentran nuevos inquilinos y por eso los propietarios no tienen dificultad en hallar arrendatarios; además, !es sabido que los inspectores de sanidad no volverán pronto!
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La zona este y nordeste de Manchester es la única donde la burguesía no se ha instalado, por la buena razón de que el viento dominante que sopla diez u once meses del año del oeste y del sudoeste trae de ese lado el humo de todas las fábricas -y ya esta es bastante decir. Los obreros pueden muy bien respirar ese humo sin dificultad.
Al sur de Great Ancoats Street se extiende un gran barrio obrero semiconstruido, una zona de colinas, pelada, con hileras o manzanas de casas aisladas, dispuestas sin orden. Entre ellas, espacios vacíos, desiguales, arcillosos, sin césped y por tanto difícilmente transitables en tiempo de lluvias. Todos los cottages son sucios y vetustos, se hallan situados a menudo en hoyos profundos y recuerdan la ciudad nueva. El distrito que atraviesa la vía férrea de Birmingham es donde las casas son más numerosas, y por tanto el peor.
En ese lugar, innumerables meandros del Medlock recorren un valle que es por trechos enteramente análogo al del Irk. A ambos lados del río de aguas estancadas y nauseabundas, tan ennegrecidas como la pez se extiende -desde su entrada en la ciudad hasta su confluencia con el Irwell- un ancho cinturón de fábricas y de viviendas de obreros, estas últimas en estado muy deplorable. La orilla es casi toda escarpada y las construcciones descienden hasta el río, al igual que en el caso del Irk; y las casas son igualmente mal construidas, ya estén del lado de Manchester o de Ardwick, Chorlton o Hulme. El rincón más horrible -si yo quisiera hablar en detalle de todos los bloques de inmuebles separadamente no tendría para cuando acabar- se halla del lado de Manchester, directamente al sudoeste de Oxford Road y se llama la "pequeña Irlanda" (Little Ireland). En una hondonada bastante profunda, bordeada en semicírculo por el Medlock, y por los cuatro lados por grandes fábricas, altas orillas cubiertas de casas o de terraplenes, hay unos 200 cottages repartidos en dos grupos, siendo la pared del fondo casi siempre mediana; allí viven unas 4000 personas, casi todos irlandeses. Los cottages son viejos, sucios y del tipo más pequeño: las calles desiguales llenas de baches, en parte sin
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pavimentar y sin alcantarillado; por todas partes una cantidad considerable de inmundicias, de detritos y de fango nauseabundo entre las charcas estancadas; la atmósfera es irrespirable por las emanaciones, ensombrecida y pesada por el humo de una docena de chimeneas de fábricas; una multitud de niños y mujeres en harapos rondan por esos lugares, tan sucios coma los cerdos que se arrellanan en los montones de cenizas y en las charcas. En suma, todo este rincón ofrece un espectáculo tan repugnante como los peores patios de las orillas del Irk. La población que vive en esos cottages deteriorados, detrás de ventanas rotas sobre las que se ha pegado papel engrasado, y las puertas hendidas con marcos podridos, incluso en los sótanos húmedos y sombríos, en medio de semejante suciedad y hedor infinitos, en esa atmósfera que parece intencionalmente reducida, esta población debe realmente situarse en la escala más baja de la humanidad. Tal es la impresión y la conclusión que impone al visitante el aspecto de este barrio visto desde el exterior. Mas, ¿qué decir cuando se conoce* que, en cada una de ésas pequeñas casas, que tienen a lo sumo dos piezas y una buhardilla, a veces un sótano, viven veinte personas, que en todo ese barrio no hay más que un retrete -casi siempre inabordable desde luego- para unas 120 personas, y que pese a todos los sermones de los médicos, pese a la emoción que se apoderó de las autoridades sanitarias durante la epidemia de cólera, cuando descubrieron el estado de la "Pequeña Irlanda", todo está hoy, en el año de gracia de 1844, casi en el mismo estado que en 1831? El Dr. Kay relata que, no son solamente los sótanos, sino también la planta baja de las casas las que son húmedas; él explica que hace tiempo cierto número de sótanos fueron rellenados de tierra, pero poco a poco ésta se ha extraído y ahora son habitados por irlandeses. En un sótano con el piso por debajo del nivel del río -el agua brotaba continuamente de un hueco de desagüe tupido con arcilla, hasta el punto en que el inquilino, un tejedor manual, tenía que vaciar el sótano cada mañana y echar el agua a la calle.
* Dr. Kay: op. cit. (F.E.)
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Río abajo, se halla Hulme, en la orilla izquierda del Medlock, ciudad que, hablando con propiedad, no es más que un gran barrio obrero, y cuyo estado es parecido, casi en todo, al del barrio de Ancoats. Los barrios de población más densa se hallan casi siempre en estado lastimoso y casi en ruinas; los barrios de población menos densa y de construcción bastante reciente son más ventilados pero casi siempre enterrados en el fango. En general, los cottages son húmedos, tienen una callejuela trasera y viviendas en sótanos. En la otra orilla del Medlock, en Manchester propiamente dicha, existe un segundo gran distrito obrero, que se extiende a ambos lados de Deansgate hasta el barrio comercial y que por trechos no le cede en nada a la antigua ciudad. En particular, cerca del barrio comercial, entre Bridge Street y Quay Street, Princess Street y Peter Street, la aglomeración de inmuebles supera en algunos lugares a aquella de los más angostos patios de la ciudad antigua. Allí hay largos callejones estrechos, entre los cuales se hallan rincones y recodos, y pasadizos cuyas entradas y salidas están dispuestas con tan poco método que, en semejante laberinto, a cada paso se mete uno en un callejón sin salida o va a parar a donde no es, cuando no conoce a fondo cada pasadizo y cada patio. Según el Dr. Kay, en esos lugares exiguos, deteriorados y sucios es donde vive la clase más amoral de todo Manchester, cuya profesión es el robo o la prostitución, y según todas las apariencias todavía hoy tiene razón. Cuando los inspectores de sanidad descendieron allí en 1831, descubrieron una insalubridad tan gran de como en las orillas del Irk o en la "Pequeña Irlanda" -puedo atestiguar que actualmente la situación apenas ha cambiado- y entre otras cosas, un solo retrete para 380 personas en Parliament Street, y uno solo para 30 casas de gran densidad de población en Parliament Passage.
Si atravesando el Irwell vamos a Salford, encontramos, en una pequeña isla formada por este río, una ciudad de 80000 habitantes y, a decir verdad, no es más que un gran distrito obrero atravesado por una sola y ancha calle. Salford, antiguamente más importante que Manchester, era en esa época
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el centro principal del distrito circundante que todavía lleva su nombre: Salford Hundred. Por eso aquí hay también un barrio bastante viejo y por consiguiente muy malsano, sucio y deteriorado, frente a la vieja iglesia de Manchester y que se halla en tan mal estado como la ciudad antigua, en la otra orilla del Irwell. Un poco más allá del río se extiende un distrito más reciente, pero que data igualmente de más de cuarenta años y se halla, por esta razón, pasablemente decrépito. Toda Salford está construida de patios o de callejuelas tan estrechas, que me recuerdan los callejones más angostos que jamás haya visto como aquellos de Génova. A este respecto, la forma en que está construida Salford es aún significativamente peor que aquella de Manchester, y lo mismo ocurre en cuanto a la limpieza. Si en Manchester las autoridades sanitarias al menos de vez en cuando -una vez cada seis o diez años- han visitado los barrios obreros y han clausurado las viviendas en peor estado y limpiado los rincones más sucios de esos establos de Augías, no parecen haber hecho nada en Salford. Las estrechas callejuelas transversales y los patios de Chapel Street, Greengate y Gravel Lane, ciertamente jamás han sido limpiados desde su construcción; actualmente la vía férrea de Liverpool atraviesa esos barrios por un alto viaducto, y ha hecho desaparecer muchos rincones entre los más sucios, pero ¿qué se gana con ello? Al pasar por este viaducto se puede ver desde lo alto mucha suciedad y miseria todavía, y si se torna uno el trabajo de recorrer esas callejuelas, echar un vistazo por las puertas y ventanas abiertas, en los sótanos y las casas, puede convencerse a cada instante que los obreros de Salford ocupan viviendas donde toda limpieza y toda comodidad son imposibles. La misma situación existe en los distritos más distantes de Salford, en Islington, cerca de Regent Road y detrás del ferrocarril de Bolton. Las viviendas obreras entre Oldfield Road y Cross Lane, donde, de punta a cabo de Hope Street, se hallan una multitud de patios y de callejuelas en un estado sumamente deplorable, rivalizan en suciedad y en densidad de población con la antigua ciudad de Manchester. En esa región encontré un hombre que parecía tener unos 60 años de edad y vivía en un establo; había construido en un hueco
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cuadrado sin ventanas, ni piso pavimentado, una especie de chimenea, había instalado un camastro y allí vivía, y como el techo estaba deteriorado se mojaba cuando llovía. El hombre, demasiado viejo y débil para poder tener un empleo regular, se ganaba el sustento transportando estiércol y otras cosas en su carretilla; un lagunajo de agua de estiércol llegaba casi hasta su establo.
He ahí los diferentes barrios obreros de Manchester, tal como he tenido la ocasión de observarlos yo mismo durante veinte meses. Para resumir nuestros paseos a través de esas localidades, diremos que la casi totalidad de los 350000 obreros de Manchester y sus alrededores viven en cottages en mal estado de conservación, húmedos y sucios; que las calles que ellos transitan se hallan casi siempre en el más deplorable estado y sumamente sucias, y que han sido construidas sin la menor atención a la ventilación, con la única preocupación de la mayor ganancia posible para el constructor. En una palabra, que en las viviendas obreras de Manchester no hay limpieza, ni comodidad, y por tanto ni vida posible de familia; que sólo una raza deshumanizada, reducida a un nivel bestial, tanto desde el punto de vista intelectual como desde el punto de vista moral, físicamente mórbida, puede sentirse cómoda allí y como en su casa. Y yo no soy el único que lo afirma; hemos visto que el Dr. Kay ofrece una descripción enteramente análoga, y, lo que es más, voy a citar también las palabras de un liberal, de un hombre cuya autoridad es reconocida y apreciada por los industriales, adversario fanático de todo movimiento obrero independiente, Mr. Senior*:
"Cuando visité las viviendas de los obreros industriales en la ciudad irlandesa, en Ancoats y en la "Pequeña Irlanda", mi única sorpresa fue que sea posible el conservar un mínimo
* Nassau W. Senior: Letters on the Factory Act to the Rt. Hon. President of the Board of Trade [Cartas sobre la ley fabril dirigidas al muy honorable Presidente de la Junta de Comercio], Chas. Poulet Thomson, Esq., Londres, 1837, p. 24. (F.E.)
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de salud en tales alojamientos. Esas ciudades -pues son ciudades por su extensión y su población- han sido construidas en el desprecio más total de todos los principios, excepto la ganancia inmediata de los especuladores encargados de la construcción. Un carpintero y un albañil se asocian para comprar (es decir, arrendar por cierto número de años) una serie de terrenos para construir, y cubrirlos de supuestas casas. En un lugar hallamos toda una calle que seguía el curso de una zanja, para tener sótanos más profundos sin gastos de excavación, sótanos destinados, no a cuartos de desahogo o de depósito, sino a viviendas para seres humanos. Ni una sola de esas casas escapó al cólera. Y, en general, las calles de esos barrios no están pavimentadas, tienen una pila de estiércol o una pequeña laguna en su medio, las casas están pegadas las unas a las otras sin ventilación ni desagüe, y familias enteras se ven reducidas a vivir en el rincón de un sótano o de una buhardilla."
Ya he citado anteriormente la actividad desacostumbrada que desplegaron las autoridades sanitarias cuando la epidemia de cólera en Manchester. En efecto, cuando la epidemia amenazó, un pavor general se apoderó de la burguesía de la ciudad; de pronto se acordó de las viviendas insalubres de los pobres y tembló ante la certidumbre de que cada uno de esos malos barrios iba a constituir un foco de epidemia, desde los cuales extendería sus estragos en todo sentido a las residencias de la clase poseedora. Inmediatamente se designó una comisión sanitaria para investigar en esos barrios y rendir un informe completo de su situación al Consejo Municipal. El Dr. Kay, el mismo miembro de la comisión, que visitó especialmente cada distrito, con la excepción del onceno, ofrece algunos extractos de su informe. Fueron inspeccionadas 6951 casas en total -naturalmente en el propio Manchester, con la exclusión de Salford y otros suburbios- de las cuales 2565 tenían necesidad urgente de pintura interior, a 960 no se les habían hecho las reparaciones necesarias (were out of repair), 939 carecían de desagüe satisfactorio, 452 mal ventiladas, 2221 desprovistas de
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retrete. De las 687 calles inspeccionadas, 248 no estaban pavimentadas, 53 lo estaban sólo parcialmente, 112 mal ventiladas, 352 contenían charcas estancadas, montones de basuras, de detritos y otros desperdicios. Es evidente que limpiar esos establos de Augías antes de la llegada del cólera era prácticamente imposible; por eso se limitaron a limpiar unos cuantos de los peores rincones y se dejó el resto tal como estaba. Huelga decir que los lugares limpiados estaban unos pocos meses más tarde en el mismo estado de mugre, por ejemplo la "Pequeña Irlanda". En cuanto al interior de las viviendas, la misma comisión dijo poco más o menos lo que ya sabemos de Londres, Edimburgo y otras ciudades.
"Frecuentemente, todos los miembros de una familia irlandesa se amontonan en una sola cama; a menudo un montón de paja sucia y de cobertura hechas de sacos viejos los tapa a todos, en una aglomeración confusa de seres humanos, que la necesidad, el embrutecimiento y la licencia rebajan igualmente. Con frecuencia los inspectores han hallado dos familias en una casa de dos piezas; una de las piezas servía de habitación de dormir para todos, la otra era la cocina y comedor comunes; y a menudo más de una familia vivía en un sótano húmedo o de 12 a 16 personas estaban apiñadas en una atmósfera pestilente; a esta fuente de enfermedad y a otras, se añadía el hecho de que se criaban cerdos allí y que se encontraban otros motivos de aversión de la más repugnante especie."*
Debemos añadir que numerosas familias, que no tienen ellas mismas más que una pieza, alquilan espacio para dormir por la noche, que además, a menudo huéspedes de ambos sexos duermen en la misma cama con la pareja, y que por ejemplo, el caso del hombre, de su mujer y de una cuñada adulta durmiendo en la misma cama fue comprobado seis veces por lo menos en Manchester, según el Informe sobre el estado sanitario de la clase obrera. Las casas-dormitorio son muy
* Kay: op. cit., p. 32. (F.E.)
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numerosas aquí también; el Dr. Kay fija su número en 267 en Manchester, en 1831, y desde entonces ha debido incrementarse sensiblemente. Cada una alberga de 20 a 30 personas, o sea un total de 5 a 6 mil personas cada noche; el carácter de esas casas y de sus clientes es el mismo que en otras ciudades. En cada habitación, sin camas, se tienden 6 ó 7 colchones en el piso, y se acomodan tantas personas como haya, todas en confusión. No tengo necesidad de decir qué ambiente físico y moral reina en esas guaridas del vicio. Cada una de esas casas es un foco de crimen y el teatro de actos que repugnan al género humano y jamás pudieran perpetrarse sin esa centralización impuesta de inmoralidad. El número de personas que viven en sótanos es, según Gaskell*, de 20000 en cuanto a Manchester. El Weekly Dispatch indica '"según informes oficiales" la cifra del 12% de la clase obrera, que parece corresponder a esta cifra: siendo el número de trabajadores unos 175000, el 12% es 21000. Las viviendas en sótanos en los suburbios son por lo menos tan numerosas y así
* P. Gaskell: The Manufacturing Population of England, its Moral, Social and Physical Condition, and the Changes which have Arisen from the Use of Steam Machinery; with an Examination of Infant Labour "Fiat Justitia". (Los obreros fabriles de Inglaterra, su estado moral, social y físico, y los cambios ocasionados por la utilización de máquinas de vapor, con una investigación sobre el trabajo infantil. "Que se haga justicia") 1833. Describe principalmente la situación de los obreros en Lancashire. El autor es un liberal, pero escribía en una época en que el liberalismo no implicaba todavía hacer alarde de la "felicidad" de los obreros Por eso no está aún prevenido y tiene todavía el derecho de ver los males del régimen existente, en particular aquellos del sistema industrial. En cambio, escribe asimismo antes de la creación de la Factories inquiry Commission (Comisión investigadora de fábricas) y toma de fuentes dudosas muchas afirmaciones ulteriormente refutadas por la Comisión. La obra, aunque buena en su conjunto, debe en consecuencia -y también porque él confunde, como Kay, la clase obrera en general con la clase obrera de las fábricas- ser utilizada con precaución en los detalles. La historia de la evolución del proletariado que se halla en la introducción es, en gran parte, tomada de dicha obra. (F. E.)
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el número de personas que viven en la aglomeración de trabajadores unos 175000, el 12% es 21000. Las viviendas en sótanos en los suburbios son por lo menos tan numerosas y así el número de personas que viven en la aglomeración de Manchester en sótanos, se eleva por lo menos a 40000 ó 50000. Esto es lo que se puede decir de las viviendas obreras en las grandes ciudades. La manera por la cual se satisface la necesidad de alojamiento es un criterio para el modo por el cual se satisfacen todas las demás necesidades. Es fácil concluir que únicamente una población andrajosa, mal alimentada puede vivir en esos cubiles sucios. Y ello es realmente así. En la inmensa mayoría de los casos la ropa de los obreros se halla en muy mal estado. Los tejidos que se utilizan para su confección ya no son los más apropiados; el lienzo y la lana casi han desaparecido del ajuar de ambos sexos, y el algodón los ha sustituido. Las camisas son de calicó, blanco o de color; asimismo, las ropas de las mujeres son de indiana y raramente se ve ropa interior de lana en las tendedoras. Los hombres usan casi siempre pantalones de pana o de cualquier otro tejido grueso de algodón y chaqueta de la misma clase. Incluso la pana (fustian) ha devenido el vestido proverbial de los obreros; fustian-jackets es como se llaman a sí mismo los obreros, por oposición a los señores vestidos de paño (broad-cloth), expresión que se utiliza también para designar a la clase media. Cuando Feargus O'Connor, jefe de los Cartistas, visitó Manchester durante la insurrección de 1842(27), se presentó vestido de pana, y los obreros lo aplaudieron fuertemente. En Inglaterra se acostumbra usar sombrero, incluso por los obreros; son de formas muy diversas, redondas, cónicos, o cilíndricos, de alas anchas, estrechas o sin ala. Sólo los jóvenes usan gorra en las ciudades industriales. Quien no tiene sombrero, se hace con papel una gorra baja y cuadrada. Toda la ropa de los obreros -aún suponiendo que se halle en buen estado- es muy poco adaptada al clima. El aire húmedo de Inglaterra que, más que cualquier otro, debido a los cambios bruscos del tiempo provoca resfriados, obliga a casi toda la clase media a abrigarse el pecho con franela e incluso con piel: pañuelos de seda para el cuello, chaquetas y ceñidores de
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franela son de uso casi general. La clase obrera no sólo conoce estas precauciones, sino que casi nunca está en situación de poder adquirir el menor hilo de lana para vestirse.
Ahora bien, las pesadas telas de algodón, más espesas, más rígidas, y más gruesas que las telas de lana, protegen sin embarga mucho menos del frío y de la humedad. El espesor y la naturaleza del tejido hacen que conserven más tiempo la humedad y, en suma, no tienen la impermeabilidad de la lana enfurtida. Y, cuando un día el obrero puede adquirir un traje de paño para los domingos, tiene que hacerlo en "tiendas de gangas" donde le dan un tejido malo llamado devil's dust22, que "sólo se fabrica para ser vendido y no para ser portado", y que se desgarra o se rompe al cabo de quince días; o bien tiene que comprar al ropavejero un traje usado medio raído y que sólo puede darle servicio por unas semanas. Además del mal estado de la ropa de la mayoría de los obreros, de vez en cuando se ven en la necesidad de empeñar sus mejores efectos. Sin embargo, entre un número muy grande de ellos, especialmente aquellos de descendencia irlandesa, las ropas son verdaderos andrajos, que muy a menudo no se pueden remendar, y tanto se han zurcido que es imposible reconocer el color original: Los ingleses o los angloirlandeses, las remiendan, sin embargo todavía y son verdaderos maestros en ese arte; poco importa que sea tela de lana o tela de saco, pana o viceversa. Por lo que toca a los inmigrantes auténticos, ellos no zurcen casi nunca, salvo en el caso extremo cuando la ropa amenace caerse en jirones; es común ver los faldones de la camisa pasar a través de roturas de la ropa o del pantalón; ellos portan, como dice Thomas Carlyle*:
"Una indumentaria de harapos: ponérsela y quitársela representa una de las operaciones más delicadas a la cual no
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"polvo del diablo": paño a base de desechos de lana de mala calidad.* Thomas Carlyle: Chartism, Londres, 1840, p. 28. Sobre Thomas Carlyle, véase más adelante. (F. E.)
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se procede sino en los días de fiesta y en momentos particularmente favorables".
Los irlandeses han importado igualmente la costumbre, antes desconocida de los ingleses, de andar descalzos. Actualmente se ve en todas las ciudades industriales una multitud de personas, sobre todo de niños y de mujeres, que andan con los pies desnudos y poco a poco los ingleses pobres adoptan este hábito.
Lo que decimos del vestido, se aplica igualmente a la alimentación: A los trabajadores toca en suerte lo que la clase poseedora encuentra demasiado malo. En las grandes ciudades inglesas, se puede obtener de todo y de la mejor calidad, pero cuesta muy caro; el trabajador que debe hacer milagros con poco dinero, no puede gastar tanto. Además, en la mayoría de los casos sólo cobra el sábado en la tarde; se ha comenzado a pagar el miércoles, pero esta excelente iniciativa no se ha generalizado todavía, de modo que cuando va al mercado son las cuatro o las cinco o las seis de la tarde del sábado, mientras que la clase media va allí desde por la mañana y escoge lo mejor que hay. Por la mañana el mercado rebosa de las mejores cosas, pero cuando llegan los obreros lo mejor se ha acabado, pero si hubiera todavía realmente no podrían comprarlo. Las papas que los obreros compran son casi siempre de mala calidad, las legumbres marchitas, el queso viejo y mediocre, la manteca rancia, la carne mala, atrasada, correosa, proveniente con frecuencia de animales enfermos o destripados, a menudo medio podrida. Muy frecuentemente los vendedores son pequeños detallistas que compran mercancías de mala calidad a granel y la revenden tan barata precisamente a causa de la mala calidad. Los más pobres de los trabajadores deben arreglárselas de otro modo para poder bandearse con su poco dinero aun cuando los artículos que compran son de la peor calidad. En efecto, como todas las tiendas deben cerrar a la media noche del sábado, y no se puede vender nada el domingo, los artículos de primera necesidad que se dañarían si hubiera que esperar
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hasta el lunes por la mañana son liquidados a precios irrisorios entre las diez y la media noche. Pero el 90 por ciento de lo que no se ha vendido a las diez de la noche ya no es comible el domingo por la mañana, y esos son precisamente los artículos que constituyen el menú dominical de la clase más pobre. La carne que se vende a los obreros muy a menudo es incomible -pero como la han comprado, tienen que comerla.
El 6 de enero de 1844 (si no me equivoco), hubo una sesión del Tribunal de comercio en Manchester, en el curso de la cual once carniceros fueron condenados por haber vendido carne impropia para el consumo. Cada uno de ellos tenía todavía o una res entera o un cerdo entero o varios carneros o también 50 ó 60 libras de carne que fue decomisada, todo en ese estado. En una de las carnicerías se confiscaron 64 gansos de navidad rellenos que, no habiendo podido ser vendidos en Liverpool, habían sido transportados a Manchester a donde llegaron averiados al mercado y olían mal.
Esta noticia apareció en el Manchester Guardian(28) con los nombres y el monto de las multas. Durante las seis semanas entre primero de julio y el 14 de agosto, el mismo periódico reporta tres casos parecidos; según el número del 3 de julio, fue confiscado en Heywood un cerdo de 200 libras muerto y averiado que había sido descuartizado en una carnicería y puesto a la venta; según el del 31, de julio dos carniceros de Wigan, uno de los cuales ya con anterioridad había sido declarado culpable del mismo delito, fueron condenados a dos y cuatro libras esterlinas de multa, por haber puesto a la venta carne impropia para el consumo, y según el número del 10 de agosto, se confiscó en una tienda de Bolton 26 jamones no comestibles que fueron quemados públicamente, y el comerciante fue condenado a una multa de 20 chelines. Pero esto no da cuenta de todos los casos, ni siquiera un promedio por seis semanas según el cual se pudiera establecer el porcentaje anual. Ocurre frecuentemente que cada número del Guardian, que aparece dos veces por semana, relata un hecho análogo en Manchester o en un distrito industrial circundante.
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Cuando se piensa en el número de casos que deben producirse en los inmensos mercados que bordean las largas arterias y que deben escapar a las raras visitas de los inspectores de mercados, ¿cómo se podría explicar de otra manera la impudencia con la cual son puestos a la venta cuartos enteros de res? Cuando se piensa cuán grande debe ser la tentación, dado el monto incomprensiblemente bajo de las multas, cuando se piensa en qué estado debe hallarse un trozo de carne para ser declarado completamente impropio para el consumo y confiscado por los inspectores, entonces es imposible creer que los obreros puedan comprar en general una carne sana y alimenticia. Sin embargo, también son estafadores de otro modo por la codicia de la clase media. Los tenderos y los fabricantes adulteran todos los productos alimenticios de una manera verdaderamente insoportable, con desprecio total de la salud de aquéllos que los deben consumir. Anteriormente citamos informaciones del Manchester Guardian, veamos ahora lo que nos dice otro periódico de la clase media -me gusta tomar a mis adversarios por testigos- el Liverpool Mercury:
"Se vende mantequilla salada por mantequilla fresca, ya sea cubriéndola con una capa de esta última, ya sea colocando una libra de mantequilla fresca en el mostrador para que el cliente la pruebe y que se venda por esa muestra las libras de mantequilla salada, ya sea quitándole la sal por el lavado y vendiéndose después como fresca. Se mezcla arroz pulverizado con el azúcar u otros artículos baratos y se vende a mayor precio. Los residuos de jabonerías se mezclan igualmente con otras mercancías y se venden por azúcar. El café molido se mezcla con achicoria u otros productos baratos, hasta se llega a mezclar el café en grano, dándole a la mezcla la forma de granos de café. Muy frecuentemente, se mezcla el cacao con tierra parda fina rociada con grasa de cordero y se mezcla así más fácilmente con el cacao verdadero. El té es mezclado con hojas de endrino y otros residuos; o también se ponen a secar las hojas de té ya usadas sobre planchas candentes de cobre, para que
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recuperen el color y venderlas por té fresco. La pimienta se falsifica por medio de vainas en polvo, etc.; el vino de Oporto es literalmente fabricado (a base de colorantes, alcohol, etc.), porque es notorio que en Inglaterra se bebe más ese vino que el que se produce en todo Portugal; el tabaco se mezcla con materias nauseabundas de todo género, bajo cualquier forma que este producto se ponga a la venta."
(Puedo añadir que debido a la falsificación general del tabaco, varios estanquilleros de Manchester, entre ellos los de mejor reputación, declararon el verano último que ninguna tabaquería podría subsistir sin esas adulteraciones y que ningún cigarro cuyo precio sea inferior a tres peniques contiene tabaco puro.) Desde luego, los fraudes no se limitan a los productos alimenticios y yo podría citar una docena de ellos -entre otros, la práctica infame que consiste en mezclar yeso o tiza con la harina porque se cometen fraudes con todos los artículos: se estira la franela, las medias, etc., para hacerlas aparecer más largas y se encogen con la primera lavada; un retazo de tela estrecha se vende por un retazo de una pulgada y media o tres pulgadas más ancho, la vajilla de barro vidriado está cubierta de un esmalte tan delgado; que no está prácticamente esmaltada y se desconcha inmediatamente; y cientos de otras ignominias. Tout comme chez nous23 (Igualmente entre nosotros), pero aquellos que sufren más las consecuencias de esos engaños, son los trabajadores. El rico no es engañado porque puede pagar los precios elevados de las grandes tiendas que deben velar por su buen nombre y se harían daño a sí mismas si vendieran mercancías de mala calidad; el rico, aficionado a la buena mesa, nota más fácilmente el fraude gracias a la agudeza de su paladar. Pero el pobre, el obrero, para quien unos centavos representan una suma, que debe adquirir muchas mercancías por poco dinero, que no tiene el derecho ni la posibilidad de prestar mucha atención a la calidad, porque nunca tuvo oportunidad de refinar su gusto, todos los artículos de primera necesidad adulterados, incluso emponzoñados, son para él.
23
En francés en el texto alemán. Ganz wie bei uns125
Tiene que acudir a los pequeños tenderos, tal vez hasta comprar al crédito; y esos tenderos que no pueden vender con igual calidad ni tan barato como los detallistas más importantes, debido a su poco capital y gastos generales bastante grandes, se ven obligadas a ofrecer, conscientemente o no, artículos de primera necesidad adulterados, a causa de los precios bastante bajos que se les exige y de la competencia de los demás. Por otra parte, si para un comerciante al por mayor, que tiene invertidos grandes capitales en su negocio, el descubrimiento de un fraude significa la ruina porque le hace perder todo crédito, ¿qué importa que un mercachifle que aprovisiona una sola calle, sea convicto de fraudes? Si ya no se le tiene confianza en Ancoats, se muda para Chorlton o para Hulme, donde nadie lo conoce, y comienza de nuevo sus trapacerías; y las penas legales previstas sólo rigen para un número limitado de falsificaciones, a menos que vayan acompañadas de fraude al fisco. Pero no es solamente en cuanto a la calidad sino también en cuanto a la cantidad que el trabajador inglés es engañado; casi siempre los pequeños tenderos usan pesos y medidas falsos, y diariamente se puede leer sobre el número increíble de contravenciones por delitos de ese género en los informes de policía. Algunos extractos del Manchester Guardian van a mostrarnos hasta qué punto se ha generalizado este tipo de fraude en los distritos obreros; los mismos conciernen sólo a un corto período e incluso para el mismo no tengo todos los números a mano:
Guardian del 16 de junio de 1844. Sesiones del tribunal de Rochdale: 4 tenderos son multados de 5 a 10 chelines por robar en el peso.
Sesiones de Stockport: 2 tenderos condenados a una multa de 1 chelín por tener las pesas arregladas para estafar; ambos ya habían sido amonestados con anterioridad.
Guardian, 19 de junio. Sesiones de Rochdale: 1 tendero condenado a una multa de 5 chelines, y 2 campesinos a una multa de 10 chelines.
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Guardian, 22 de junio. Juez de Paz de Manchester: 19 tenderos son castigados con multas de 21/2 chelines a 2 libras.
Guardian, 26 de junio. Breve sesión del tribunal de Ashton: 14 tenderos y campesinos castigados con multas de 21/2 chelines a una libra esterlina.
Hyde, breve sesión: 9 campesinos y tenderos condenados a pagar los gastos y a 5 chelines de multa.
Guardian, 6 de julio. Manchester: 16 tenderos condenados a pagar las costas y las multas de hasta 10 chelines.
Guardian, 13 de julio. Manchester: 9 tenderos castigados a multas de 21/2 a 20 chelines.
Guardian, 24 de julio. Rochdale: 4 tenderos multados de 10 a 20 chelines.
Guardian, 27 de julio. Bolton: 12 tenderos y hoteleros condenados a pagar las costas.
Guardian, 3 de agosto. Bolton: 3 de la misma condición, condenados a multas de 21/2 a 5 chelines.
Guardian, 10 de agosto. Bolton: 1 de la misma condición, condenado a 5 chelines de multa.
Y las razones que hacían sufrir en primer lugar a los obreros el fraude sobre la calidad, son los mismos que los hacen sufrir el fraude sobre la cantidad.
La alimentación habitual del trabajador industrial difiere evidentemente según su salario. Los mejor pagados, en particular aquellos obreros fabriles con familiares que pueden emplearse y ganar algo, tienen mientras esto dure una buena alimentación; carne todos los días, y tocino y queso por la noche. Pero en las familias donde se gana menos, se come
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carne sólo los domingos o dos o tres veces por semana, y en cambio, más papas y pan; si descendemos la escala poco a poco, hallamos que la alimentación de origen animal se reduce a unos trozos de tocino cocido con papas; más bajo aún, este tocino desaparece no queda más que queso, pan, papilla de harina de avena (porridge) y papas; hasta el último grado, entre los irlandeses, donde las papas constituyen el único alimento. Se bebe en general, con esos manjares, un té ligero, mezclado a veces con un poco de azúcar, de leche, o de aguardiente. El té es en Inglaterra e incluso en Irlanda, una bebida tan necesaria e indispensable como el café entre nosotros, y en los hogares donde ya no se bebe té, reina la miseria más negra. Pero esto es cierto en el supuesto de que el trabajador tenga empleo; si no lo tiene, se ve totalmente reducido a la desgracia y come lo que se le da, lo que mendiga o lo que roba; si no tiene nada, muere sencillamente de hambre, como lo hemos visto anteriormente. Es fácil comprender que tanto la cantidad de alimentos como la calidad dependen del salario, y que la hambruna reina entre los trabajadores peor pagados -sobre todo si tienen además pesadas cargas de familia-, incluso en períodos de ocupación plena; ahora bien, el número de trabajadores mal pagados es muy grande. Especialmente en Londres, donde la competencia entre obreros crece en proporción directa con la población, esa clase es muy numerosa, pero la hallamos igualmente en todas las demás ciudades. Asimismo, se recurre a todos los expedientes: se consume, a falta de otro alimento, cáscaras de papas, desperdicios de legumbres, vegetales averiados*, y se recoge ávidamente todo lo que pueda contener aunque sea un átomo de producto comestible. Y, cuando el salario semanal ya se ha consumido antes del próximo pago, ocurre frecuentemente que la familia, durante los últimos días, ya no tiene nada o le queda justamente lo suficiente para comer y no morirse de hambre. Es evidente que tal modo de vida sólo puede engendrar una serie de enfermedades, y cuando éstas
* Weekly Dispatch, abril o mayo de 1844, según un informe del Dr. Southwood Smith acerca de la situación de los indigentes en Londres. (F.E.)
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sobrevienen, cuando el hombre, de cuyo trabajo vive esencialmente la familia y cuya actividad penosa exige más alimentación -y que por consecuencia es el primero, en sucumbir-, cuando ese hombre24 cae enteramente enfermo, sólo entonces comienza la gran miseria, es entonces que se manifiesta, de modo verdaderamente estallante, la brutalidad con la cual la sociedad abandona a sus miembros, precisamente en el momento en que tienen más necesidad de su ayuda.
Resumamos una vez más, para concluir, los hechos citados: las grandes ciudades son pobladas principalmente por obreros, ya que, en el mejor de los casos, hay un burgués por cada dos, a menudo tres y hasta cuatro obreros. Esos obreros no poseen ellos mismos nada, y viven del salario que casi siempre sólo permite vivir al día; la sociedad individualizada al extremo no se preocupa por ellos, y les deja la tarea de subvenir a sus necesidades y a las de su familia; sin embargo, no les proporciona los medios de hacerlo de modo eficaz y duradero. Todo obrero, incluso el mejor, se halla por tanto, constantemente expuesto a la miseria, o sea, a morir de hambre, y buen número de ellos sucumben. Las viviendas de los trabajadores son, por regla general, mal agrupadas, mal construidas, mal conservadas, mal ventiladas, húmedas e insalubres. En ellas, los ocupantes son confinados al espacio mínimo, y en la mayoría de los casos, duerme en una pieza por lo menos una familia; el moblaje de las viviendas es miserable, en diferentes escalas, hasta la ausencia total incluso de los muebles más indispensables. El vestido de los trabajadores es igualmente mediocre (mísero) por término medio, y un gran número de ellos viste andrajos. La alimentación es generalmente mala, con frecuencia casi impropia para el consumo, y en muchos casos, al menos en ciertos períodos, insuficiente, si bien en los casos extremos hay gente que muere de hambre. La clase obrera de las grandes ciudades nos presenta así una serie de modos de existencia diferentes; en el mejor de los casos, una existencia temporalmente soportable:
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(1892) wenn vollends dieser (1845) wenn dieser vollends.129
por un trabajo esforzado, buen salario, buen alojamiento y alimentación no precisamente mala -evidentemente, desde el punto de vista del obrero todo ello es bueno y soportable-; en el caso peor, una miseria cruel que puede ir hasta carecer de techo y morir de hambre. De ambos casos, el que prevalece por término medio es el peor. Y no vayamos a creer que esta gama de obreros comprende simplemente clases fijas que nos permitirían decir: esta fracción de la clase obrera vive bien, aquella mal, siempre es y ha sido así. Muy al contrario, si bien ese es el caso todavía, si ciertos sectores aislados aún disfrutan de alguna ventaja sobre los de más, la situación de los obreros en cada rama es tan inestable, que cualquier trabajador puede ser llevado a recorrer todos los grados de la escala, desde la comodidad relativa hasta la necesidad extrema, incluso hasta estar en peligro de morir de hambre; y, por otra parte, casi no hay proletario inglés que no tenga mucho que decir sobre sus numerosos reveses de fortuna. Ahora examinaremos más detenidamente las causas de esa situación.
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LA COMPETENCIA
Hemos visto, en la introducción, cómo desde los comienzos de la evolución industrial la competencia dio nacimiento al proletariado, al hacer subir el salario del tejedor, como consecuencia del crecimiento de la demanda de telas, lo que incitaba a los campesinos-tejedores a abandonar el cultivo de sus parcelas de tierra para ganar más en los telares. Hemos visto cómo la introducción del cultivo en grande suplantó a los pequeños agricultores, los redujo al estado de proletarios, y después hizo que emigraran en parte a las ciudades; cómo, además, arruinó a la mayoría de los pequeños burgueses y los hizo descender asimismo al rango de proletarios; cómo centralizó el capital en manos de un pequeño número de personas y reunió la población en las grandes ciudades. Esas son las diferentes vías y los diferentes medios por los cuales la competencia -luego de haberse manifestado plenamente en la industria moderna y luego de haberse desarrollado libremente con todas sus consecuencias-, dio nacimiento al proletariado y lo ha desarrollado. Ahora examinaremos su influencia sobre el proletariado ya existente; y en primer lugar tenemos que estudiar y explicar la competencia de los trabajadores entre sí y sus consecuencias.
La competencia es la expresión más perfecta de la guerra de todos contra todos, que hace estragos en la sociedad burguesa moderna. Esa guerra, guerra por la vida, por la existencia, por todo, y que llegado el caso puede ser una guerra a muerte, hace que anden a la greña no solamente las diferentes clases de la sociedad, sino también los diferentes miembros de esas clases; cada uno le cierra el camino al otro, y por eso es que cada uno
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trata de despojar a todos aquellos que se alzan en su camino para tomar su lugar. Los trabajadores se hacen la competencia lo mismo que los burgueses. El tejedor que trabaja en un telar entra en liza contra el tejedor manual, el tejedor manual, que está mal pagado o desempleado, contra aquel que tiene empleo y es mejor pagado, y trata de apartarlo de su camino. Ahora bien, esa competencia de los trabajadores entre sí es para el trabajador la peor parte de las relaciones actuales, el arma más acerada de la burguesía en su lucha contra el proletariado. De ahí los esfuerzos de los trabajadores por suprimir esa competencia al asociarse; de ahí la rabia de la burguesía contra esas asociaciones y sus gritos de triunfo por cada derrota que les ocasiona.
El proletario está desprovisto de todo; no puede vivir un solo día para sí. La burguesía se ha arrogado el monopolio de todos los medios de existencia en el sentido más amplio del término. Lo que el proletario necesita, sólo lo puede obtener de esa burguesía cuyo monopolio es protegido por el poder del estado. El proletario es, por tanto, de hecho como de derecho, el esclavo de la burguesía; ella puede disponer de su vida y de su muerte. Le ofrece los medios de vida pero solamente a cambio de un "equivalente", a cambio de su trabajo; llega hasta concederle la ilusión de que obra por voluntad propia, que establece contrato con ella libremente, sin coacción, como persona mayor. Linda libertad, que no deja al trabajador otra elección que la de someterse a las condiciones que le impone la burguesía, o morir de hambre, de frío, de acostarse enteramente desnudo para dormir como las bestias del bosque. ¡Lindo "equivalente", cuyo monto es dejado a la arbitrariedad de la burguesía! Y si el proletario es lo bastante loco para preferir morir de hambre, en vez de someterse a las "equitativas" proposiciones de los burgueses, sus "superiores naturales"*, ¡pues bien! muy pronto se hallará otro que acepte, ya que hay suficientes proletarios par el mundo, y todos no son tan insensatos como para preferir la muerte a la vida.
* Expresión favorita de los industriales ingleses. (F. E)
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He ahí cuál es la competencia entre los proletarios. Si todos los proletarios afirmaran su voluntad de morir de hambre más bien que trabajar para la burguesía, ésta se vería obligada a abandonar su monopolio. Pero ese no es el caso; se trata incluso de una eventualidad casi imposible, y por eso la burguesía sigue mostrándose contenta. No hay más que un solo límite a esa competencia entre los trabajadores: ninguno de ellos aceptará trabajar por un salario inferior al necesario para su propia existencia. Si un día debe morir de hambre, preferirá morir sin hacer nada que trabajando. Desde luego, ese límite es muy relativo: unos tienen más necesidades que otros; unos están habituadas a más comodidades que otros: el inglés que es todavía un poco civilizado, tiene más exigencias que el irlandés que anda en harapos, come papas y duerme en una cochiquera. Pero ello no impide que el irlandés entre en competencia con el inglés y reduzca poco a poco el salario -y por ende el grado de civilización- del obrero inglés a su propio nivel. Algunos trabajos requieren cierto grado de civilización, como es el caso de casi todos los empleos industriales; por eso es que el salario entonces debe ser, en el propio interés de la burguesía bastante elevado para permitir al obrero mantenerse en esa esfera. El irlandés recién llegado, que se aloja en el primer establo que encuentra, y que, incluso si halla una vivienda conveniente es lanzado a la calle cada semana porque gasta todo el dinero en beber y no paga el alquiler, haría verdaderamente un mal obrero de fábrica. Por eso hay que dar al obrero industrial un salario suficiente a fin de que pueda inculcar a sus hijos el hábito de un trabajo regular -pero no más de lo necesario para que pueda prescindir del salario de sus hijos- y hacer de ellos otra cosa que simples obreros. Y aquí también -el límite el salario mínimo- es relativo; en una familia donde todos trabajan, cada miembro necesita menos para mantenerse, y la burguesía ha aprovechado la ocasión que le ofrecía el trabajo mecánico, para emplear y explotar a las mujeres y los niños, con vistas a reducir el salario. Desde luego, puede ser que en una familia todos sus miembros no sean aptos para el trabajo, y a una familia de ese tipo le sería difícil mantenerse si quisiera trabajar según la tasa de salario mínimo calculado para una familia
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donde cada uno es apto para el trabajo. Por eso es que en este caso se establece un salario promedio, en virtud del cual una familia donde sus miembros trabajan vive bastante bien, mientras que aquella donde trabajan menos, vive bastante mal. Pero en el peor de los casos, todo trabajador preferirá sacrificar el poco de lujo y de civilización, a que se había habituado, para poder simplemente subsistir; preferirá vivir en una cochiquera que a la intemperie, vestir harapos más bien que no tener nada en absoluto que ponerse, comer papas únicamente antes que morir de hambre. Preferirá en espera de días mejores, conformarse con un salario a medias que sentarse en silencio en la calle y morir ante todo el mundo, como lo ha hecho más de un indigente. Ese poco, ese algo mejor que nada, es pues, el salario mínimo. Y cuando hay más trabajadores que los que la burguesía juzga oportuno emplear, cuando por consecuencia del término de la lucha de los que compiten entre sí queda todavía cierto número sin trabajo, éstos son precisamente los que deberán morir de hambre, porque el burgués probablemente no les dará trabajo si no puede vender con provecho los productos de su trabajo.
Estas indicaciones nos muestran lo que es el salario mínimo. El máximo es fijado por la competencia entre los burgueses, pues hemos visto que ellos también compiten entre sí. El burgués no puede incrementar su capital sino por el comercio o la industria, y para esas dos actividades necesita obreros. Incluso si coloca su capital a interés tiene necesidad de ellos indirectamente, porque sin comercio ni industria, nadie le pagaría intereses por su dinero, nadie podría utilizarlo. Así, pues, el burgués tiene verdadera necesidad del proletario, no para su existencia inmediata él podría vivir de su capital, sino como se tiene necesidad de un artículo de comercio o de una bestia de carga: para enriquecerse. El proletario fabrica, por cuenta del burgués, mercancías que éste vende con ganancia. Si por tanto se incrementa la demanda de esas mercancías hasta el punto en que los trabajadores que compiten por empleos se hallen todos ocupados y que por falta de trabajadores cese la competencia entre ellos, entonces son los burgueses quienes se
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hacen la competencia. El capitalista en busca de trabajadores sabe muy bien que el aumento de los precios debido al crecimiento de la demanda le produce un beneficio mayor y prefiere pagar un salario un poco más elevado que dejar escapar toda esa ganancia; él arriesga la jamonada por el jamón, y si obtiene el jamón, está presto a dejar la jamonada al proletario. Así es cómo los capitalistas le arrebatan a los proletarios y el salario se eleva. Pero no más alto de lo que lo permite el aumento de la demanda. Si el capitalista, que estaba presto a sacrificar una parte de su ganancia extra, tuviera igualmente que sacrificar una fracción de su beneficio normal, o sea de su beneficio promedio, se cuidaría mucho de pagar un salario: superior al salario promedio.
Gracias a estos datos es que podemos definir el salario promedio. En las condiciones de vida regulares, es decir, cuando ni capitalistas ni trabajadores tienen respectivamente motivos para competir entre sí, cuando el número de obreros es exactamente aquel que se puede emplear para fabricar las mercancías demandadas, el salario será un poco superior al mínimo. Las necesidades promedio y el grado de civilización de los trabajadores, determinará en qué medida será superado. Si los trabajadores están habituados a consumir carne varias veces a la semana, los capitalistas tendrán, en efecto; que adaptarse a pagar a los trabajadores un salario suficiente para que puedan procurarse tal alimento. Ellos no podrán pagar menos, porque los trabajadores no se hacen la competencia, y por ende no tienen motivos para conformarse con menos. No pagarán más, porque la falta de competencia entre capitalistas no los incita en modo alguno a atraer hacia ellos a trabajadores por ventajas excepcionales.
Esta determinación de las necesidades y de la civilización promedio de los trabajadores resulta, debido a la complejidad actual de la situación de la industria inglesa, una cosa muy difícil y que, además, varía mucho con las diferente categorías de obreros como ya hemos indicado anteriormente. Sin embargo, la mayoría de los trabajos industriales exigen cierta
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habilidad y cierta regularidad, y como éstas a su vez exigen cierto grado de civilización, el salario promedio debe ser bastante elevado para estimular a los obreros a que adquieran esa habilidad y plegarse a esa regularidad en el trabajo. Por eso el salario de los obreros industriales es por término medio más elevado que aquel de los simples descargadores, jornaleros, etc., más elevado en particular que aquél de los trabajadores agrícolas, lo que se debe naturalmente en buena parte a la carestía de los productos alimenticios en la ciudad.
Hablando en plata25: el trabajador es, de hecho y de derecho, el esclavo de la clase poseedora, de la burguesía; es su esclavo hasta el punto de ser vendido como una mercancía, y su precio sube y baja lo mismo que el de una mercancía. Si la demanda de trabajadores aumenta, su precio sube; si disminuye, su precio baja. Si disminuye hasta el punto en que cierto número de trabajadores no son ya vendibles y "quedan en reserva", y como ello no les produce nada, mueren de hambre. Porque, hablando la jerga de los economistas, las sumas gastadas para su mantenimiento no serían "reproducidas", se trataría de dinero lanzado por la ventana, y nadie derrocha su capital de ese modo. Y, hasta ese punto, la teoría de Malthus sobre la población26 es perfectamente correcta. Toda la diferencia con respecto a la esclavitud antigua practicada abiertamente, es que el trabajador actual parece ser libre, porque no es vendido en una sola pieza, sino poco a poco, por día, por semana, por año, y porque no es un propietario quien lo vende a otro, sino él mismo es quien se ve obligado a venderse así, pues no es el esclavo de un particular, sino de toda la clase poseedora. Para él, la cosa en realidad no ha cambiado nada. Y si bien esa apariencia de libertad le da necesariamente de una parte cierta libertad real, la misma tiene el inconveniente de que nadie le garantiza su subsistencia y puede ser despedido en cualquier momento por su amo, la burguesía, y ser condenado a morir de
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oder Deutsch gesprochen (o, hablando en alemán)26
Populationtheorie: Bevölkerungtheorie136
hambre desde que la burguesía ya no tenga interés en emplearlo, en hacerlo vivir.
Por el contrario, la burguesía se halla mucho más desahogada en ese sistema que en el caso de la esclavitud antigua; puede despedir a sus trabajadores cuando lo deseé, sin perder por eso un capital invertido, y además ella obtiene fuerza de trabajo con mucha más ventaja de la que se puede obtener de esclavos, como se lo demuestra Adam Smith* para consolarla.
Se sigue igualmente que Adam Smith tiene toda la razón al plantear el principio (Op. cit., p. 133):
"Al igual que cualquier otro artículo, la demanda de trabajadores, la cantidad de seres humanos traídos al mundo, acelerando esa producción cuando es demasiado lenta, moderándola cuando es demasiado rápida".
Exactamente como para cualquier otro artículo comercial, si la oferta de ellos es escasa, los precios suben, o sea en este caso el salario; los trabajadores viven mejor; se hacen más numerosos los matrimonios, se traen al mundo más seres humanos, crece un mayor número de niños hasta que se ha
* "Se ha dicho que el costo del desgaste de un esclavo lo financia su amo, mientras que el costo del desgaste de un trabajador libre va por cuenta de éste mismo. Pero el desgaste del trabajador libre también es financiado por su patrono. El salario pagado a los jornaleros, servidores, etc., de toda clase, debe en efecto ser lo suficientemente elevado para permitir a la casta de los jornaleros y servidores que se reproduzca según la demanda creciente, estacionaria o decreciente de personas de este género que formula la sociedad. Pero aunque el desgaste de un trabajador libre sea igualmente financiado por el patrono, el mismo le cuesta por regla general mucho menos que el de un esclavo. Los fondos destinados a reparar o remplazar el desgaste de un esclavo son habitualmente administrados por un amo negligente o por un jefe desatento, etc." A Smith: Wealth of Nations (La riqueza de las naciones), I, 8, p. 133 de la edición MacCulloch en 4 vols (F.E.)
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producido un número suficiente de trabajadores. Si la oferta es excesiva, los precios bajan, sobreviene el paro forzoso, con la miseria, la penuria y por consiguiente las epidemias que barren el "excedente de población". Y Malthus, quien desarrolla la fórmula de Smith citada anteriormente, tiene también razón a su manera cuando pretende que hay siempre una población excedente, siempre demasiadas individuos sobre la tierra. Se equivoca simplemente al afirmar que hay constantemente más personas sobre la tierra de los que pueden alimentar las subsistencias disponibles. La población excedente es por el contrario engendrada por la competencia que se hacen los trabajadores entre sí y que obliga a cada uno de ellos a trabajar tanto como se lo permitan sus fuerzas. Si un industrial puede emplear diez obreros nueve horas diarias, también puede si los obreros trabajan diez horas, emplear nueve y despedir al décimo. Y si, en un momento en que la demanda de obreros no es muy fuerte, el industrial puede obligar bajo amenaza de despido a los nueve obreros a trabajar una hora extra cada día por el mismo salario, entonces despedirá al décimo y economizará su salario. Lo que ocurre aquí en pequeña escala, ocurre en una nación en gran escala. El rendimiento de cada obrero llevado al máximo por la competencia entre los obreros, la división del trabajo, la introducción del maquinismo, la utilización de las fuerzas naturales, todo ello obliga a multitud de obreros al paro forzoso. Pero esos parados se pierden para el mercado; ya ellos no pueden comprar y, por consiguiente, la cantidad de mercancías que consumían ya no encuentran comprador, por tanto no hay necesidad de producirlas. Los obreros anteriormente ocupados en fabricarlas son, despedidos a su vez; ellos también desaparecen del mercado y así sucesivamente, siempre según el mismo ciclo; o, más bien, sería así si no intervinieran otros factores. La puesta en servicio de los medios industriales citados anteriormente y que permiten incrementar la producción, implica en efecto a la larga una disminución de los precios y por ende un mayor consumo, de suerte que un número importante de trabajadores desempleados halla al fin empleo en nuevas ramas laborales, si bien después de un largo período de sufrimientos. Si a ello se
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añade, como fue el caso de Inglaterra en los últimos sesenta años, la conquista de mercados extranjeros, que provoca un aumento continuo y rápido de la demanda de productos manufacturados; entonces la demanda de fuerza de trabajo -y con ella la población- crece en las mismas proporciones. Así, en vez de disminuir, la población del imperio británico se ha incrementado con una rapidez considerable, se incrementa todavía constantemente y aunque la industria no cesa de desarrollarse y, en suma, la demanda de trabajadores no cesa de crecer, Inglaterra experimenta sin embargo, según lo confiesan todos los partidos oficiales (o sea los tories, los whigs y los radicales), un exceso, un excedente de población. Y a pesar de todo, la competencia entre los trabajadores sigue siendo más importante que aquella de los patronos para procurarse fuerza de trabajo (ist dennoch fortwährend im ganzen die Konkurrenz unter den Arbeitern größer als die Konkurrenz um Arbeiter).
¿De dónde viene esa contradicción? De la naturaleza misma de la industria y de la competencia, así como de las crisis económicas que de ellas resultan. Dada la anarquía de la producción actual y de la repartición de los bienes de consumo, que no tienen por finalidad la satisfacción inmediata de las necesidades sino por el contrario la ganancia; dado el sistema en que cada quien trabaja y se enriquece sin preocuparse de los demás, es inevitable que en cualquier momento la producción resulte excesiva. Inglaterra, por ejemplo, suministra todo género de mercancías a muchos países. Aun cuando el industrial sepa qué cantidad de artículos y de qué clase cada país consume anualmente, ignora, sin embargo la cantidad que poseen en reserva y, es más, ignora qué cantidad de artículos ellos compran a sus competidores. Todo lo que él puede hacer es calcular muy aproximadamente el estado de las existencias y las necesidades, y de los precios que varían constantemente; por tanto debe enviar sus mercancías necesariamente a lo que salga. Todo funciona a ciegas, en la mayor incertidumbre, y siempre más o menos bajo el signo del azar. A la menor noticia favorable, cada uno exporta todo lo que puede, y pronto un mercado de ese género se abarrota de mercancías, la venta
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se paraliza, los capitales no se recuperan, los precios caen, y la industria inglesa ya no tiene más trabajo para sus obreros. En los comienzos del desarrollo industrial, esos atascamientos se limitan a algunos sectores industriales y a algunos mercados; pero a causa del efecto centralizador de la competencia que empuja a los trabajadores de cierto sector, en paro forzoso, hacia los sectores donde el trabajo es más fácil de aprender, y que vierte sobre los otros mercados las mercancías que ya no es posible vender en un mercado determinado, aproximan así poco a poco las diferentes pequeñas crisis, fundiéndose éstas en una sola serie de crisis que sobrevienen periódicamente. Una crisis de ese género sobreviene ordinariamente cada cinco años, luego de un breve período de prosperidad y de bienestar general. El mercado interior, así como todos los mercados exteriores, rebosa de productos ingleses, que ellos pueden consumir sólo muy lentamente; el desarrollo industrial se paraliza en casi todos los sectores; los pequeños industriales y comerciantes que no pueden sobrevivir al retraso prolongado de la recuperación de sus capitales, quiebran; los más importantes dejan de hacer negocio mientras dura el período desfavorable, paralizan sus máquinas, o las ponen a trabajar sólo "Parte del tiempo", o sea, alrededor de media jornada diaria; el salario disminuye como consecuencia de la competencia entre obreros desempleados, la reducción del tiempo de trabajo y la falta de ventas lucrativas; reina la miseria genera27 entre los trabajadores; los pocos ahorros eventuales de los particulares se agotan rápidamente; las instituciones de beneficencia no dan abasto; el impuesto para beneficio de los pobres se duplica, triplica y sigue siendo no obstante insuficiente; el número de menesterosos se incrementa, y súbitamente toda la masa de población "excedente" aparece en cantidades horrorosas. Esto dura cierto tiempo; los "excedentes"28 se las arreglan como pueden o sucumben; la caridad y la ley de pobres ayudan a un gran número a vegetar penosamente; otros hallan aquí y allá, en
27
(1892) Rückflüsse (entradas). (1845) Kapitalien.28
(1892) Überchüssigen. (1845) Überflüssigen, (superfluos).140
las ramas menos afectadas por la competencia y tienen una relación más distante con la industria, la manera de subsistir precariamente; ¡y que el hombre necesite tan poca cosa para subsistir cierto tiempo! Poco a poco, la situación mejora; las existencias acumuladas son consumidas; el abatimiento general que reina entre los industriales y los comerciantes impide que los vacíos sean llenados demasiado rápidamente; hasta que, en fin, el alza de los precios y las noticias favorables que vienen de todos lados restablecen la actividad.
Casi siempre los mercados se hallan distantes. Antes que arriben a ellos las primeras importaciones, la demanda no cesa de crecer y los precios con ella. Se arrebatan las primeras mercancías que llegan, las primeras ventas animan aún más las transacciones, los pedidos esperados prometen precios todavía más elevados. En la espera de un aumento ulterior, se comienza a proceder a compras especulativas y a sustraer del consumo los artículos destinados al mismo en el momento en que son más necesarios; la especulación hace subir aún más los precios al alentar a otras personas a comprar, y anticipándose a futuras importaciones. Todas esas noticias son trasmitidas a Inglaterra, los industriales comienzan a trabajar de nuevo animosamente, se construyen nuevas fábricas y se recurre a todos los medios para explotar el momento favorable. Aquí también aparece la especulación con el mismo efecto que en los mercados extranjeros, haciendo subir los precios, sustrayendo los artículos al consumo, llevando así la producción industrial a una tensión. Luego sobrevienen los especuladores "insolventes" que trabajan con capitales ficticios, viven del crédito, fracasan si no pueden vender inmediatamente, se lanzan con ímpetu a esta carrera general y desordenada, a esta caza del beneficio, aumentando la confusión y la precipitación por su propio ardor desenfrenado que hace subir los precios y la producción hasta el delirio. Se trata de una carrera loca que arrastra a los hombres más serenos y experimentados; se forja, se hila, se teje como si hubiera que equipar de nuevo a la humanidad entera, como si se hubiera descubierto en la luna a unos millares de nuevos consumidores. Súbitamente, los especuladores
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"insolventes" de ultramar, a quienes falta absolutamente el dinero, comienzan a vender, a un precio inferior al del mercado, desde luego, porque la situación es apremiante. Las ventas se multiplican, los precios fluctúan; alarmados, los especuladores lanzan sus mercancías al mercado, el mercado es perturbado, el crédito se suspende, una firma tras otra detiene sus pagos, las quiebras se suceden, y se descubre que hay en el mercado tres veces más mercancías que las que exigiría el consumo. Esas noticias llegan a Inglaterra donde, mientras tanto, se continúa produciendo a plena capacidad, y allí también cunde el pánico; las quiebras de ultramar implican otras en Inglaterra, la paralización de las ventas arruina además a un gran número de firmas; allí también el temor hace lanzar inmediatamente al mercado todas las existencias, lo que exagera todavía más el pánico. Se trata del comienzo de la crisis, que sigue exactamente el mismo curso que la anterior y es seguida más tarde de un período de prosperidad. Y así sucesivamente, prosperidad, crisis, prosperidad, crisis, ese ciclo eterno en el cual se mueve la industria inglesa se cumple ordinariamente, como hemos dicho, cada cinco o seis años.
De ello resulta que en todas las épocas, salvo en los cortos períodos de mayor prosperidad, la industria inglesa tiene necesidad de una reserva de trabajadores desocupados, a fin de poder producir las masas de mercancías que el mercado reclama precisamente durante los meses en que es mayor su actividad. Esa reserva es más o menos importante según las condiciones del mercado, permitan o no dar ocupación a una parte de la misma. Y, si bien las regiones agrícolas -Irlanda y los sectores menos afectados por el desarrollo-, pueden, al menos por un tiempo, cuando la prosperidad del mercado se halla en su apogeo proveer cierto número de obreros, éstos constituyen, por un lado una minoría, y por otro lado forman igualmente parte de la reserva; con la única diferencia de que sólo cada período de auge económico es lo que prueba que ellos forman parte de la misma. Cuando ellos se van a trabajar en los sectores de mayor actividad, hay contracción en su región de origen para que se sienta menos el vacío que causa su
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partida; se trabaja más tiempo, se emplean las mujeres y la gente joven, y cuando al comienzo de la crisis son despedidos, y regresan, resulta que su puesto se halla ocupado y ellos son superfluos, por lo menos la mayoría. Esa reserva, de la cual forma parte una muchedumbre enorme de personas durante las crisis, e incluso durante períodos que se pueden definir como a medio camino entre prosperidad y crisis, un buen número de trabajadores, constituye la población "excedente" de Inglaterra que vegeta penosamente, mendigando y robando, barriendo las calles y recogiendo la basura, haciendo pequeños acarreos con carretillas o asnos, vendiendo en las esquinas de las calles, o realizando algunos pequeños trabajos ocasionales. En todas las grandes ciudades puede verse una multitud de esas personas que "mantienen el cuerpo y el alma juntos", como dicen los ingleses, gracias a lo que pueden conseguir ocasionalmente. Es asombroso ver a qué ocupaciones recurre esa "población superflua". Los barrenderos de calles de Londres (cross sweps29) son universalmente conocidos; pero hasta el presente no eran solamente esas plazas, sino, en otras grandes ciudades, igualmente las calles principales eran barridas por parados contratados para ese fin por el servicio de pobres, o los servicios de vialidad; ahora se utiliza una máquina que recorre con gran ruido las calles, y hace perder a los parados esa fuente de ingreso. En las grandes carreteras que conducen a las ciudades y donde reina un tráfico importante, se ve cantidad de personas con pequeñas carretillas, que recogen el estiércol recién depositado entre los coches y los ómnibus, con riesgo de ser aplastadas, a fin de venderlo, y para ello con frecuencia deben entregar algunos chelines a los servicios de vialidad. Ahora bien, en muchos lugares esa recogida está estrictamente prohibida, porque la administración de calles no podría vender como abono todo el estiércol de la ciudad, pues ya éste no contiene la proporción congruente de estiércol de caballo. Dichosos aquellos que, entre los "superfluos", pueden hacerse de una carretilla y pueden así efectuar algunos acarreos, y más dichosos aún aquellos que logran reunir suficiente dinero para
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(1892) Crossing sweeps. (1845) cross sweeps.143
comprar un asno con su carro; el asno debe buscar por sí mismo su alimento o bien recibir por pitanza algunas sobras rebuscadas aquí y allá, y a pesar de todo puede reportar algún dinero.
La gran mayoría de los "superfluos" se dedican a la buhonería. Sobre todo los sábados, cuando la población obrera anda en la calle, es que se ve cuanta gente vive por allí. Lazos de cuero, tirantes de pantalones, cintas para adornar, naranjas, pasteles, en suma, todos los artículos imaginables son ofrecidos por hombres, mujeres y niños, y los demás días también se ve en todo momento a esos vendedores ambulantes detenerse en las calles con esos artículos, así como Ginger beer o Nettle Beer* o circular un poco más lejos. Fósforos y otras cosas de ese género, lacre, aparatos patentados para encender fuego, etc., constituyen igualmente artículos de venta de todas esas personas. Aún otros -llamados jobbers- circulan por las calles tratando de hallar algún trabajo de ocasión; algunos de ellos logran realizar una jornada de trabajo; pero muchos no son tan dichosos.
"A la entrada de todos los muelles de Londres -informa W. Champneys, predicador en el distrito Este de Londres- se presentan cada mañana en invierno, antes del amanecer, centenares de pobres que esperan a que abran las puertas con la esperanza de obtener una jornada de trabajo, y cuando los más jóvenes y más fuertes así como los más conocidos han sido contratados, centenares regresan a sus miserables viviendas, desesperados por haber perdido sus ilusiones."(29)
¿Qué otro recurso le queda a esas personas cuando no hallan trabajo y no quieren rebelarse contra la sociedad, sino mendigar? No es para asombrarse el ver esa muchedumbre de
* Dos bebidas espumosas y refrescantes, preparada la una a base de agua, azúcar y un poco de jengibre la otra de agua, azúcar y ortigas, y muy gustadas por los trabajadores, sobre todo entre los abstemios. (F.E.)
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mendigos que la policía ordena circular constantemente y que en su mayoría son hombres aptos para el trabajo. Pero la mendicidad de esos hombres tiene un carácter particular. Ellos deambulan de ordinario en compañía de su familia, cantan en las calles algún romance popular, o bien apelan a la caridad de los transeúntes con un pequeño discurso. Y es notable cómo se encuentran esos mendigos únicamente en los barrios obreros y el hecho de que sólo viven gracias a las dádivas que reciben casi exclusivamente de los obreros. O también, toda la familia se instala silenciosamente al borde de una calle animada y deja -sin decir palabra- que el solo aspecto de su indigencia surta su efecto. En este caso también, ellos no cuentan sino con la benevolencia de los obreros que saben, por experiencia propia, lo que es el hambre y que en cualquier momento pueden hallarse en la misma situación. Tan es así que esa súplica silenciosa, y por consecuencia tan conmovedora, se manifiesta sólo en las calles frecuentadas por los obreros y en las horas en que ellos las transitan. Pero es sobre todo en la noche del sábado, cuando los distritos obreros revelan sus "misterios" en las calles principales, y la clase media se aparta lo más posible de esos barrios de apestados. Y si uno de esos hombres "sobrantes" tiene suficiente valor y pasión para entrar en conflicto abierto con la sociedad, para responder a la guerra solapada que le hace la burguesía, a través de una guerra abierta, entonces se dedica a robar, pillar y asesinar.
Según los informes de los comisionados de la Ley de Pobres, hay por término medio 1 millón y medio de esos miembros de la "población excedente" en Inglaterra y en el país de Gales; en Escocia su número no es conocido con exactitud, debido a que no rige allí la Ley de Pobres; en cuanto a Irlanda, hablaremos de ello especialmente. Por lo demás, en el millón y medio no se hallan comprendidos sino aquellos que solicitan realmente la ayuda de la asistencia oficial; esa cifra no incluye la gran masa de los que se las arreglan sin acudir a ese socorro de última instancia, del cual sienten gran temor. En cambio, una parte importante de ese millón y medio toca a las regiones agrícolas, y por ende no se tiene en cuenta aquí. Es evidente
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que esta30 cifra aumenta sensiblemente en tiempos de crisis, y entonces la miseria alcanza su máximo. Consideremos, por ejemplo, la crisis de 1842, que es la más reciente. Fue asimismo la más violenta, ya que la intensidad de las crisis aumenta a medida que se reproducen, y la próxima que probablemente tendrá lugar a más tardar en 1847*, será según todas las apariencias más violenta aún y más larga. Durante esa crisis, la imposición fiscal para constituir fondos de socorro para los pobres en todas las ciudades alcanzó un alto nivel hasta entonces desconocido. En Stockport, entre otras localidades, se estableció, para el fondo de pobres, una contribución de 8 chelines por cada libra esterlina de alquiler, de modo que este impuesto representaba, por sí solo, el 40% del producto total de los alquileres de la ciudad entera; y sin embargo, calles enteras estaban desiertas, de modo que por lo bajo había 20000 habitantes menos que de ordinario, y en las puertas de las casas vacías se encontraba escrito: Stockport tolet (se alquila Stockport). En Bolton, donde en años normales el monto de los alquileres sujetos al impuesto para socorrer a los pobres llegaba a 86000 libras esterlinas por termino medio, cayó a 36000; en cambio, el número de indigentes a socorrer se elevó a 14000, o sea más del 20% de la población total. En Leeds, la asistencia pública tenía un fondo de reserva de 10000 libras esterlinas; este fondo, más el producto de una colecta de 7000 libras esterlinas, fue agotado incluso antes de que la crisis alcanzara su apogeo. Lo mismo ocurrió por todas partes. Un informe del Comité de la Liga contra la Ley de Granos, de enero de 1843, sobre la situación de las regiones industriales en 1842, expone que el impuesto para los pobres era entonces, por término medio, dos veces más elevado que en 1839, y que el número de necesitados se había triplicado, incluso quintuplicado desde esa fecha; que un gran número de beneficiarios pertenecía a una clase que, hasta entonces, jamás había solicitado ayuda y que la cantidad de víveres de que podía disponer la clase obrera era
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(1892) die (la) en lugar de diese (esta).* Nota de la edición de 1887: And it came in 1847 (Y ocurrió en 1847).
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inferior en dos tercios por lo menos a aquella de la cual disponía en 1834-1836; que el consumo de carne había disminuido mucho: en ciertos lugares en 20 %, y en otros hasta el 60%; que incluso los artesanos trabajaban en oficios corrientes, tales como herreros, albañiles, etc.; que antaño, en períodos de depresión económica, trabajando completo, ellos también habían sufrido mucho por la falta de trabajo y la reducción de los salarios, y que incluso aún actualmente, en enero de 1843, los salarios continuaban bajando. ¡Y todo esto dicho por industriales!
Por las calles se encontraban bandas de obreros sin trabajo, pues las fábricas habían cerrado sus puertas, y sus dueños ya no podían ofrecerles empleo. En esa situación, se ponían a mendigar, solos o en grupo, y pedían limosna a los transeúntes; pero no humildemente, como lo hacen los mendigos ordinarios; por el contrario, con aire amenazante que subrayaba su número, sus gestos y sus palabras. Tal era el aspecto de todas las regiones industriales, de Leicester a Leeds y de Manchester a Birmingham. Hubo disturbios aislados; por ejemplo, en julio en las alfarerías del Nord-Staffordshire; reinaba entre los trabajadores la más terrible efervescencia, hasta que hizo explosión en la insurrección general de los distritos industriales. Cuando hacia el final de noviembre de 1842 llegué a Manchester, todavía podía ver multitud de hombres sin trabajo en las esquinas de las calles, y muchas fábricas todavía se hallaban cerradas. Durante los meses siguientes, hasta mediados de 1843, esos grupos fueron desapareciendo poco a poco y las fábricas reabrieron sus puertas.
Desde luego no tengo necesidad de relatar qué miseria y qué penuria acosan a los parados durante una crisis de ese género. El impuesto para socorrer a los pobres no es suficiente en absoluto, la caridad de los ricos es un golpe en el agua cuyo efecto desaparece al instante; la mendicidad es poco eficaz dado el número de mendigos. Si los pequeños comerciantes -en la medida en que pueden hacerlo- no extendieran crédito a los trabajadores durante esas crisis (naturalmente ellos se hacen
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resarcir ampliamente más tarde) y si los trabajadores no se ayudan mutuamente en la medida de sus fuerzas, cada crisis barrería sin duda a parte de la población "excedente" que moriría de hambre. Pero como el período más grande de la depresión económica es a pesar de todo muy breve -un año, a lo sumo 2 años ó 2 años y medio-, la mayoría de ellos salva el pellejo a costa de graves privaciones. Veremos que indirectamente cada crisis hace una multitud de víctimas, debido a enfermedades, etc. Mientras tanto, examinemos otra causa del abatimiento en que se hallan los trabajadores ingleses, una causa que contribuye a reducir todavía sin cesar el nivel de vida de esa clase social.
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LA INMlGRACIÓN IRLANDESA
En muchas ocasiones ya hemos tenido oportunidad de mencionar la existencia de los irlandeses que han venido a instalarse en Inglaterra; ahora examinaremos más detenidamente las causas y los efectos de esa inmigración.
El rápido desarrollo de la industria inglesa no hubiera sido posible si Inglaterra no hubiera dispuesto de una reserva: la población numerosa y miserable de Irlanda. Entre ellos, los irlandeses no tenían nada que perder, en tanto que en Inglaterra tenían mucho que ganar; y desde que se supo en Irlanda que en la orilla oriental del canal de St. George todo hombre robusto podía hallar trabajo asegurado y buenos salarias, bandas de irlandeses lo han atravesado cada año. Se estima que alrededor de un millón de irlandeses han emigrado así a Inglaterra, y que todavía actualmente hay unos 50000 inmigrantes por año. Casi todos invaden las regiones industriales y en particular las grandes ciudades, constituyendo en ellas la clase más inferior de la población. Hay 120000 irlandeses pobres en Londres, 40000 en Manchester, 34000 en Liverpool, 24000 en Bristol, 40000 en Glasgow y 29000 en Edimburgo*. Esas personas, que han crecido casi sin conocer las ventajas de la civilización, habituadas desde temprana edad a las privaciones de todo género, rudas, bebedoras, despreocupadas del porvenir, arriban
* Archibal Alison, High Sheriff of Lancashire: The Principles of Population and their Connection with Human Happiness (Las leyes fundamentales de la población y su relación con la felicidad humana), 2 vol., 1840. Este Alison es el historiador de la Revolución francesa y como su hermano, el Dr. W. P. Alison, es un tory religioso. (F.E.)
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así, aportando sus costumbres brutales en una clase de la población inglesa que, a decir verdad, tiene poca inclinación por la cultura y la moralidad. Demos la palabra a Thomas Carlyle*:
"Se puede ver en todas las calles principales y secundarias, los huraños rostros "milesianos"** que respiran la malicia hipócrita, la maldad, el desatino, la miseria y el escarnio. El cochero inglés que pasa en su vehículo lanza al milesiano un latigazo; éste lo maldice, tiende su sombrero y mendiga. Él representa el peor mal que este país tenga que combatir. Con sus harapos y su risa irónica de salvaje, siempre se halla presto a realizar cualquier trabajo que no requiera más que brazos vigorosas y lomos sólidos; y eso por un salario que le permita comprar papas. Por condimento, le basta la sal; él duerme muy feliz en la primera pocilga o madriguera que encuentra, y su ropa son harapos que el quitárselos y ponérselos constituye una de las operaciones más delicadas posibles y a la cual no se procede sino en los días de fiesta o en ocasiones particularmente favorables. El sajón que sea incapaz de trabajar en tales condiciones, está condenado al paro forzoso. El irlandés, ignorante de toda civilización, desplaza al sajón nativo, no por su fuerza, sino por lo contrario, y se apodera de su puesto. Así vive en su mugre y su despreocupación, en su falsedad y su brutalidad de borracho, verdadero fermento de degradación y desorden. Cualquiera que se esfuerce por subsistir, por mantenerse en la superficie, puede ver aquí el ejemplo de que el hombre puede existir, no nadando, sino viviendo en el fondo del agua... ¿Quién no ve que la situación de las capas inferiores de la masa de los trabajadores ingleses se asemeja cada vez más a aquella de los irlandeses que les hacen la competencia en todos los tratos, todo trabajo que sólo exige fuerza física y poca habilidad no es pagado según la tarifa inglesa sino a
* Chartism, pp. 28, 31 y ss. (F.E.)
** Miles es el nombre de los antiguos reyes celtas de Irlanda. (F.E.)
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un precio que se aproxima al salario irlandés, es decir, apenas 'lo necesario para no morir totalmente de hambre 30 semanas en el año comiendo papas de la peor calidad', apenas... pero esa diferencia disminuye con el arribo de cada nuevo vapor que viene de Irlanda?"
Aquí Carlyle tiene toda la razón, si se exceptúa la condenación exagerada y parcial del carácter nacional irlandés. Esos trabajadores irlandeses que, por 4 peniques (31/3 groschen de plata), hacen la travesía hacinados como ganado y se instalan por todas partes. Las peores viviendas son suficientemente buenas para ellos; la ropa es harapienta; ignoran el uso del calzado; su alimentación consiste únicamente de papas, lo que ganan extra se lo gastan en bebida. ¿Qué necesidad tienen tales seres de un buen salario? Los peores distritos de todas las grandes ciudades están poblados de irlandeses; por todas partes en que un distrito se señala particularmente por la suciedad y su deterioro, puede esperarse ver que los rostros célticos son mayoría, que al primer vistazo se distinguen de las fisonomías sajonas, y puede escucharse el acento irlandés cantante y aspirado que el irlandés auténtico no pierde jamás. He tenido ocasión de oír hablar el celtoirlandés en los barrios más populosos de Manchester. La mayoría de las familias que viven en sótanos son casi por todas partes de origen irlandés. En suma, como dice el doctor Kay, los irlandeses han descubierto en qué consiste el mínimo de las necesidades vitales y ahora se lo enseñan a los trabajadores ingleses. Ese desaseo que entre ellos, en el campo, donde la población no se aglomera, no tiene consecuencias demasiado graves, desaseo que resulta una segunda naturaleza para ellos, es verdaderamente una tara horrorosa y peligrosa en las grandes ciudades debido a la concentración urbana. Del mismo modo que acostumbraba hacerlo en su país, el milesiano arroja toda la basura e inmundicias frente a su casa, provocando así la formación de charcas y montones de cieno que enmugresen los barrios obreros y corrompen la atmósfera. Tal como lo hace en su país, construye su porqueriza junto a su vivienda; y si ello
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no es posible, el cerdo duerme en la propia habitación. Esta nueva y anormal especie de cría de animales practicada en las grandes ciudades es puramente de origen irlandés. El irlandés es apegado a su cochino como el árabe a su caballo, si es que no lo vende, cuando está cebado para ser matado; por lo demás, come con él, duerme con él, sus hijos juegan con él montan sobre su lomo y retozan con él en el fango, de todo lo cual se pueden ver mil ejemplos en todas las grandes ciudades de Inglaterra. Y en cuanto a la suciedad a la incomodidad de las casas, es imposible hacerse una idea. El irlandés no está acostumbrado a los muebles; un montón de paja, algunos trapos absolutamente inservibles como vestido, y esa es su cama. Un trozo de madera, una silla rota, una vieja caja a guisa de mesa, y no necesita nada más; una tetera, unas ollas y escudillas de barro eso le basta para su cocina que sirve a la vez de habitación para dormir y sala. Y cuando carece de combustible echa mano a todo lo que puede arder: sillas, marcos de puertas, molduras, tablas del piso, suponiendo que las tenga, todo va a parar a la chimenea. Y, además, ¿para qué necesita espacio? En su país, en su cabaña de argamasa y paja, una sola pieza era suficiente para todos los menesteres domésticos; en Inglaterra, la familia tampoco tiene necesidad de más de una pieza. Ese apiñamiento de varias personas en una sola habitación, actualmente tan extendido, ha sido introducido principalmente por la inmigración irlandesa. Y como es muy necesario que ese pobre diablo tenga al menos un placer, ya que la sociedad lo excluye de todos los demás, se va a la taberna a beber aguardiente. El aguardiente es para el irlandés la única cosa que le da sentido a su vida, el aguardiente y desde luego también su temperamento despreocupado y jovial: he ahí por qué se entrega al aguardiente hasta la embriaguez más brutal. El carácter meridional, frívolo, del irlandés, su rudeza que lo sitúa a un nivel apenas superior al del salvaje, su menosprecio de todos los placeres más humanos, que es incapaz de disfrutar debido precisamente a su rudeza, su desaseo y su pobreza, son otras tantas razones que favorecen el alcoholismo; la tentación es demasiado fuerte él no puede resistir, y todo el dinero que gana pasa por su gaznate. ¿Cómo podría ser de otro modo?
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¿Cómo puede la sociedad qué lo pone en una situación tal que se convertirá casi necesariamente en un bebedor, que lo deja embrutecerse y no se preocupa en absoluto de él, acusarlo cuando después se convierte efectivamente en un borracho? Contra un competidor de ese género es que debe luchar el trabajador ingles, contra un competidor que ocupa el peldaño más bajo de la escala que pueda existir en un país civilizado y que, precisamente por esa razón, se conforma con un salario inferior al de cualquier otro trabajador. Por eso es que el salario del trabajador inglés, en todos los sectores donde el irlandés puede hacerle la competencia, no hace más que bajar constantemente, y no podría ser de otro modo, como dice Carlyle. Ahora bien, esos sectores son muy numerosos. Todos aquellos empleos que requieren poca o ninguna habilidad se ofrecen a los irlandeses. Desde luego, para los trabajos que exige un larga aprendizaje o una actividad duradera y regular, el irlandés disoluto, versátil y bebedor no sirve. Para convertirse en obrero mecánico (en Inglaterra todo trabajador ocupado en la fabricación de máquinas es un mecánico), para convertirse en obrero de fábrica, tendría primero que adoptar la civilización y las costumbres inglesas, en una palabra, convertirse en primer lugar en objetivamente inglés.
Mas cuando se trata de un trabajo simple, menos preciso, que requiere más vigor que destreza, el irlandés es tan bueno como el inglés. Y por eso tales oficios son invadidos por los irlandeses; los tejedores a mano, los ayudantes de albañil, cargadores, "jobbers" (obrero que trabaja a destajo), etc., forman legión entre los irlandeses; y la invasión de esta nación ha contribuido, con mucho, en esas ocupaciones, a disminuir el salario y con él a la propia clase obrera. Y aun cuando los irlandeses que han invadido otros sectores laborales han debido civilizarse, todavía les quedan suficientes vestigios de su antiguo modo de vida como para ejercer una influencia degradante sobre sus compañeros de trabajo ingleses, para no hablar de la influencia del medio ambiente irlandés mismo. Porque si se considera que en cada gran ciudad, una cuarta o quinta parte de los obreros son irlandeses o descendientes de
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ellos, criados en la suciedad irlandesa, no es de asombrar que en la existencia de toda la clase obrera, en sus costumbres, su nivel intelectual y moral, sus caracteres generales, se halle una buena parte de lo que constituye el fondo de la naturaleza irlandesa, y se concebirá que la situación repugnante de los trabajadores ingleses, resultado de la industria moderna y sus consecuencias, haya podido ser después de todo envilecida31.
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(1845) ...indignierende Lage der englischen Arbeiter auf eine hohe Stufe der Entwürdigung gesteigert werden konnte. (...ser llevada a un grado tan alto de envilecimiento) (1892) ...indignierende Lage der englischen Arbeiter noch entwürdigender gemacht werden konnte (...haya podido ser después de todo envilecida).154
LOS RESULTADOS
Después de examinar con bastante detalle las condiciones en las cuales vive la clase obrera urbana, es oportuno sacar de esos hechos otras conclusiones, y compararlas a su vez con la realidad. Veamos, pues, en lo que se han convertido los trabajadores en esas condiciones, con qué género de hombres tenemos que habérnosla, y cuál es su situación física, intelectual y moral.
Cuando un individuo hace a otro individuo un perjuicio tal que le causa la muerte, decimos que es un homicidio; si el autor obra premeditadamente, consideramos su acto como un crimen. Pero cuando la sociedad* pone a centenares de proletarios en
* Cuando hablo de la sociedad, aquí y en otras partes, como colectividad responsable que tiene sus obligaciones y derechos, huelga decir que me refiero al poder de la sociedad, es decir, de la clase que posee actualmente el poder político y social, y por tanto es responsable también de la situación de aquellos que no participan en el poder. Esa clase dominante es, tanto en Inglaterra como en los demás países civilizados, la burguesía Pero que la sociedad y particularmente la burguesía tenga el deber de proteger a cada miembro de la sociedad por lo menos en su simple existencia, de velar por que nadie muera de hambre por ejemplo, no tengo necesidad de demostrarlo a mis lectores alemanes. Si yo escribiera para la burguesía inglesa, la cuestión sería muy distinta. (1887) And so it is now in Germany Our German Capitalists are fully up to the English level, in this at least, in the year of grace 1886. (Así es ahora en Alemania. Nuestros capitalistas alemanes se hallan enteramente al nivel de los ingleses, al menos en este respecto, en el año de gracia de 1886). (1892) ¡Cómo ha cambiado todo desde hace 50 años! Hoy hay
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una situación tal que son necesariamente expuestos a una muerte prematura y anormal, a una muerte tan violenta como la muerte por la espada o por la bala; cuando quita a millares de seres humanos los medios de existencia indispensables, imponiéndoles otras condiciones de vida, de modo que les resulta imposible subsistir; cuando ella los obliga por el brazo poderoso de la ley a permanecer en esa situación hasta que sobrevenga la muerte, que es la consecuencia inevitable de ello; cuando ella sabe, cuando ella sabe demasiado bien que esos millares de seres humanos serán víctimas de esas condiciones de existencia, y sin embargo permite que subsistan, entonces lo que se comete es un crimen, muy parecido al cometido por un individuo, salvo que en este caso es más disimulado, más pérfido, un crimen contra el cual nadie puede defenderse, que no parece un crimen porque no se ve al asesino, porque el asesino es todo el mundo y nadie a la vez, porque la muerte de la víctima parece natural, y que es pecar menos por comisión que por omisión. Pero no por ello es menos un crimen. Ahora pasaré a demostrar que la sociedad en Inglaterra comete cada día y a cada hora lo que los periódicos obreros ingleses tienen toda razón en llamar crimen social; que ella ha colocado a los trabajadores en una situación tal que no pueden conservar la salud ni vivir mucho tiempo; que ella mina poco a poco la existencia de esos obreros, y que los conduce así a la tumba antes de tiempo; demostraré, además, que la sociedad sabe hasta qué punto semejante situación daña la salud y la existencia de los trabajadores, y sin embargo no hace nada para mejorarla: En cuanto al hecho de que ella conoce las consecuencias de sus instituciones y que ella sabe que sus actuaciones no constituyen por tanto un simple homicidio, sino un asesinato, puedo demostrarlo citando documentos oficiales, informes parlamentarios o administrativos que establecen la materialidad del crimen.
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burgueses ingleses que admiten que la sociedad tiene deberes hacia cada miembro de la misma; pero, ¿hay alemanes que piensen de igual modo? (F.E.)
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En primer lugar, huelga decir que una clase social que vive en las condiciones descritas anteriormente y tan mal provista de todo lo que es adecuado para satisfacer las necesidades vitales más elementales, no podría tener buena salud ni alcanzar una edad avanzada. Sin embargo, examinemos una vez más esas diferentes condiciones bajo la relación más particular del estado sanitario en que viven los trabajadores.
La concentración de la población en las grandes ciudades ejerce ya de por sí una influencia muy desfavorable; la atmósfera de Londres no podría ser tan pura, tan rica en oxígeno como aquella de una región rural; dos millones y medio de pulmones y doscientos cincuenta mil hogares hacinados en una superficie de tres o cuatro millas cuadradas, consumen una cantidad considerable de oxígeno que no se renueva sino muy difícilmente, ya que la manera en que son construidas las ciudades hace difícil la ventilación. El gas carbónico producido por la respiración y la combustión permanece en las calles, debido a su densidad y a que la corriente principal de los vientos pasa por encima de los techos de las casas. Los pulmones de los habitantes no reciben su plena ración de oxígeno: la consecuencia de ello es un entumecimiento físico e intelectual y una disminución de la energía vital. Por eso es que los habitantes de las grandes ciudades se hallan, es cierto, menos expuestos a las enfermedades agudas, en particular de tipo inflamatorio, que los del campo que viven en una atmósfera libre y normal; en cambio, ellos sufren mucho más de enfermedades crónicas. Y si la vida en las grandes ciudades ya no es de por sí un factor de buena salud, es de suponer el efecto nocivo de esa atmósfera anormal en los distritos obreros, donde, como hemos visto, todo se reúne para emponzoñar la atmósfera. En el campo, puede que sea relativamente poco perjudicial que haya una charca de agua contaminada muy cerca de la casa, porque allí no hay problema de ventilación; pero en el centro de una gran ciudad, entre calles y callejones que impiden toda corriente de aire, la cosa es distinta. Toda materia animal y vegetal que se descompone produce gases indudablemente perjudiciales para la salud, y si esos gases no
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tienen salida libre contaminan necesariamente la atmósfera. Las basuras y las charcas que existen en los barrios obreros de las grandes ciudades representan por ende un grave peligro para la salud pública, porque ellas producen precisamente esos gases patógenos. Lo mismo ocurre en cuanto a las emanaciones de las corrientes de agua contaminadas. Pero eso no es todo. La sociedad actual trata a la gran masa de pobres de una manera verdaderamente repugnante. Se les trae a las grandes ciudades donde respiran una atmósfera mucho peor que en su campiña natal. Se les asigna barrios cuya construcción hace que la ventilación sea mucho más difícil que en cualquier otra parte. Se les quita todos los medios de mantenerse limpios, se les priva de agua al no instalárseles agua corriente sino mediante pago, y contaminando de tal modo las corrientes de agua, que no podrían lavarse en ellas; se les obliga a arrojar todos los detritos y basuras, todas las aguas sucias; a menudo incluso todas las inmundicias y excremento nauseabundos en la calle, al privárseles de todo medio de desembarazarse de ellos de otro modo; y se les obliga así a contaminar sus propios barrios. Pero eso no es todo. Se acumulan sobre ellos todos los males posibles e imaginables. Si la, población de la ciudad ya es demasiado densa en general, es a ellos sobre todo a quienes se fuerza a concentrarse en un pequeño espacio. No conformes de haber contaminado la atmósfera de la calle, se les encierra por docenas en una sola pieza, de modo que el aire que respiran por la noche es verdaderamente asfixiante. Se les dan viviendas húmedas, sótanos, cuyos pisos rezuman, o buhardillas con techos que dejan pasar el agua: Se les construye casas de donde no puede escaparse el aire viciado. Se les da ropa mala o casi harapienta, alimentos adulterados o indigestos. Se les expone a las emociones más vivas, a las más violentas alternativas de miedo y de esperanza; se les acosa como a animales, y nunca se les da reposo, ni se les deja disfrutar tranquilamente de la existencia. Se les priva de todo placer, a excepción del placer sexual y la bebida, pero en cambio se les hace trabajar cada día hasta el agotamiento total de sus fuerzas físicas y morales, empujándolos de ese modo a los peores excesos en los dos únicos placeres que les quedan. Y si ello no es suficiente, si
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resisten todo eso, son víctimas de una crisis que hace que pierdan el empleo, y le quitan lo poco que se les había dejado hasta entonces.
En esas condiciones, ¿cómo es posible que la clase pobre pueda disfrutar de buena salud y vivir mucho tiempo? ¿Qué otra cosa puede esperarse sino una enorme mortalidad, epidemias permanentes, y un debilitamiento progresivo e ineluctable de la generación de los trabajadores? Veamos un poco los hechos.
De todas partes afluyen los testimonios que demuestran que las viviendas de los trabajadores en los barrios malos de las ciudades y las condiciones de vida habituales de esa clase social son causa de numerosas enfermedades. El artículo del Artizan citado anteriormente, afirma con razón que las enfermedades pulmonares son la consecuencia inevitable de esas condiciones de alojamiento y son32 en efecto
Particularmente frecuentes entre los obreros. El aspecto demacrado de muchas personas que uno encuentra en la calle muestra claramente que esa nociva atmósfera de Londres, en particular en los distritos obreros, favorece en el más alto grado el desarrollo de la tisis. Cuando uno se pasea por la mañana temprano, en el momento en que todo el mundo va hacia su trabajo, se queda estupefacto por el número de personas que parecen casi o totalmente tísicas. Incluso en Manchester la gente no tiene esa cara; esos espectros lívidos, larguiruchos y flacos de pecho estrecho, y ojos cavernosos, con quienes uno se cruza a cada momento, esos rostros insulsos, desmedrados, incapaces de la menor energía, no es sino en Londres donde me ha sorprendido su gran número -si bien la tisis hace igualmente grandes estragos todos los años en las ciudades industriales del norte del país. La gran rival de la tisis, si se exceptúan otras enfermedades pulmonares y la escarlatina, es la enfermedad que provoca los más horrorosos estragos en las filas de los trabajadores: el tifus. De acuerdo con los informes oficiales
32
(1892): vorkommen (indicativo) (1845) vorkämen (subjuntivo)159
sobre la higiene de la clase obrera, la causa directa de ese azote universal es el estado de las viviendas: mala ventilación; humedad y desaseo. Ese informe que, tengamos presente, ha sido redactado por los principales médicos de Inglaterra según las indicaciones de otros médicos, ese informe afirma que un solo patio mal ventilado, un solo callejón sin albañal; sobre todo si hay mucha aglomeración de vecinos, y si en las cercanías se descomponen materias orgánicas, puede provocar la fiebre, y la provoca casi siempre. Casi por todas partes esa fiebre tiene el mismo carácter y evoluciona en casi todos los casos finalmente hacia un tifus evolucionado. Ella hace su aparición en los barrios obreros de todas las grandes ciudades e incluso en algunas calles mal construidas y mal conservadas de localidades menos importantes, y es en los peores barrios donde ella hace los estragos más grandes, aunque desde luego también hace algunas víctimas en barrios no tan malos. En Londres, ella hace estragos desde hace ya bastante tiempo. La violencia desacostumbrada con que se manifestó en 1837 es lo que dio lugar al informe oficial a que nos referimos aquí. Según el informe oficial del Dr. Southwood Smith acerca del hospital londinense donde se trataron los casos de tifus, su número llegó a 1462 en 1843, o sea 418 casos más que los registrados en los años anteriores. Esa enfermedad había hecho estragos particularmente en los barrios sucios y húmedos del este, del norte y del sur de Londres. Un gran número de enfermos eran trabajadores provenientes de la provincia que habían sufrido durante el viaje y después de su arribo las más duras privaciones, durmiendo medio desnudos y medio muertos de hambre en las calles, no hallando trabajo, y de ese modo se habían enfermado. Esas personas fueron transportadas al hospital en tal estado de debilidad, que fue necesario administrarles una cantidad considerable de vino, de coñac, de preparaciones amoniacales y de otros estimulantes. El 16 y medio por ciento del conjunto de enfermos murió. Esta fiebre maligna también hizo estragos en Manchester, en los barrios obreros más sórdidos de la antigua ciudad, Ancoats, Little Ireland, etc.; de allí no desaparecía casi nunca, sin llegar a alcanzar sin embargo, como en el resto de las ciudades
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inglesas, la extensión que era de esperar. En cambio, en Escocia y en Irlanda el tifus hizo estragos con una violencia difícil de imaginar; en Edimburgo y en Glasgow, hizo una aparición muy violenta en 1817, luego del alza de los precios, en 1826 y 1837 después de las crisis económicas y disminuyó durante cierto tiempo luego de cada uno de esas acometidas, cuya duración era de unos tres años.
En Edimburgo durante la epidemia de 1817, fueron afectadas unas 6000 personas; durante aquella de 1837, unas 10000, y no solamente el número de enfermos sino que además la violencia de la enfermedad y la proporción de los decesos aumentaron con cada retorno de la epidemia*. Mas la violencia de la enfermedad en la oportunidad de sus diferentes apariciones pareció un juego de niños comparada con aquella que siguió a la crisis de 1842. La sexta parte del número total de pobres en toda Escocia fue víctima de esa fiebre y el mal fue trasmitido con una rapidez vertiginosa de una localidad a otra por mendigos errantes el mismo alcanzó hasta a las capas media y superior de la sociedad. En dos meses, el tifus hizo más víctimas que durante los doce años anteriores. En Glasgow en 1843, el 12% de la población (o sea unas 32000 personas) contrajo esa enfermedad y el 32 % de los enfermos murió en tanto que la mortalidad en Manchester y Liverpool no pasó generalmente del 8%. La enfermedad provocaba crisis a los siete y a los quince días; ese día el paciente se ponía generalmente amarillo: nuestra autoridad cree poder concluir de ello que la causa del mal puede buscarse asimismo en una violenta emoción y un violento pavor**. Esas fiebres epidémicas hicieron estragos igualmente en Irlanda. Durante 21 meses de los años 1817-1818, se trataron 39000 casos en el hospital de Dublín, y en el curso de un año ulterior, según el
* Dr. Alison: Management of (the) Poor in Scotland (F.E.)
** El Dr (W.P.) Alison en un artículo, leído ante la British Association for the Advancement of Science (Sociedad británica para el progreso de las ciencias) en York en octubre de 1844 (F.E.)
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sheriff A. Alison (t. 2 de sus Principles of Population), su número se elevó hasta 60000. En Cork, el hospital para los atacados por la fiebre atendió, en 1817-1818, a la séptima parte de la población; y la cuarta de ésta en Limerick y el 95%% de los habitantes del barrio malo de Waterford fueron víctimas de esa fiebre*.
Si se recuerdan las condiciones de vida de los trabajadores, si se piensa hasta qué punto sus viviendas se hallan amontonadas y cada rincón literalmente abarrotado de gente, si se tiene presente que los enfermos y los sanos duermen en una sola y misma pieza, en una sola y misma cama, resulta sorprendente que una enfermedad tan contagiosa como esa fiebre no se propague más aún. Y si se piensa en los pocos recursos médicos de que se dispone para atender a los enfermos, en el número de personas sin ninguna atención médica y que desconocen las reglas más elementales de la dietética33, la mortalidad puede todavía parecer relativamente baja. El Dr. Alison, que conoce bien esa enfermedad, atribuye directamente su causa a la miseria y a la penuria de los indigentes, lo mismo que el informe que he citado, él afirma que las privaciones y la no satisfacción relativa de las necesidades vitales hacen que el organismo sea receptivo al contagio y que, de manera general, ellas son responsables en primer lugar de la gravedad de la epidemia y de su rápida propagación. Él demuestra que cada aparición de la epidemia de tifus, tanto en Escocia como en Irlanda, tiene por causa un período de privaciones -crisis económica o mala cosecha- y que es casi exclusivamente la clase trabajadora quien soporta la violencia del azote. Es notable que, según sus manifestaciones, la mayoría de los individuos que sucumben al tifus sean padres de familia, es decir, precisamente aquellos más indispensables a los suyos; él cita a varios médicos irlandeses cuyas opiniones
* Dr. Alison: Manag(ement) of (the) Poor in Scotland, (F.E.)
33
(1892): diätetischen (1845) diätarischen.162
concuerdan con las suyas.
Hay otra serie de enfermedades cuya causa directa no es tanto la vivienda como la alimentación de los trabajadores. El alimento indigesto de los obreros es enteramente impropio para la sustentación de los niños; y, sin embargo, el trabajador no tiene ni el tiempo ni los medios de dar a sus hijos un sustento más adecuado. A ello hay que añadir la costumbre todavía muy extendida que consiste en dar a los niños aguardiente, y hasta opio. Todo esto ayuda -junto con el efecto nocivo de las condiciones de vida sobre el desarrollo físico- a engendrar las enfermedades más diversas de los órganos digestivos que dejan sus huellas para el resto de la existencia. Casi todos los trabajadores tienen el estómago más o menos deteriorado y se hallan sin embargo obligados a continuar con el régimen que es precisamente la causa de sus males. Además, ¿cómo podrían ellos saber las consecuencias de ese régimen? Y, aun cuando las conocieran, ¿cómo podrían observar un régimen más conveniente, mientras no se les dé otras condiciones de vida, mientras no se les dé otra educación?
Por otra parte, esa mala digestión engendra desde la infancia otros males. Las escrófulas son casi una regla general entre los trabajadores, y los padres escrofulosos tienen hijos escrofulosos son, sobre todo si la causa principal de la enfermedad obra a su vez sobre niños que la herencia predispone a ese mal. Una segunda consecuencia de esa insuficiencia alimenticia durante la formación es el raquitismo (enfermedad inglesa, excrecencias nudosas que aparecen en las articulaciones), muy extendido asimismo entre los niños de los trabajadores. La osificación es retardada, todo el desarrollo del esqueleto retrasado, y además de las afecciones raquíticas habituales, se comprueba con bastante frecuencia la deformación de las piernas y la escoliosis de la columna vertebral. Desde luego, no tengo necesidad de decir hasta qué punto todos esos males son agravados por las vicisitudes a las cuales las fluctuaciones del comercio, el paro forzoso, el escaso salario de los períodos de crisis exponen a los obreros. La
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ausencia temporal de una alimentación suficiente, que cada trabajador experimenta por lo menos una vez en su vida, no hace más que contribuir a agravar las consecuencias que entraña una mala nutrición desde luego, pero que al menos era suficiente. Los niños que en el momento preciso en que les es más necesaria la alimentación pueden matar el hambre solamente a medias (y sabe Dios cuántos de ellos hay en cada crisis, e incluso durante los períodos económicos más florecientes), llegarán a ser fatalmente en gran proporción, niños débiles, escrofulosos y raquíticas. Y es un hecho que eso es lo que les toca en suerte. El estado de abandono a que es condenada la gran mayoría de los hijos de trabajadores deja sus huellas indelebles, y tiene por consecuencia el debilitamiento de toda la generación de trabajadores. A lo cual se añade el vestido inapropiado34 de esa clase social, y la dificultad incluso la imposibilidad, de protegerse contra los resfriados además de la necesidad de trabajar, mientras lo permita la mala condición física, la agravación de la miseria en el seno de la familia afectada por la enfermedad, la ausencia demasiado común de toda asistencia35 médica; se podrá entonces tener una idea aproximada del estado de salud de los obreros ingleses. Y ni siquiera deseo mencionar aquí los efectos nocivos particulares de ciertas ramas de la industria, debido a las condiciones de trabajo actuales.
Hay también otras causas que debilitan la salud de un gran número de trabajadores. En primer lugar, la bebida. Todas las seducciones, todas las tentaciones posibles se unen para arrastrar a los trabajadores al alcoholismo. Para ellos, el aguardiente es casi la única fuente de alegría, y todo contribuye a ponérselo al alcance de la mano. El trabajador regresa a su casa fatigado y agotado por su labor; halla una vivienda sin la menor comodidad, húmeda, inhospitalaria y sucia; tiene
34
(1892) ...noch gerechnet die ungeeignete... (1845) ...noch die ungeeigenete...35
. (1892) ...Beistands-so... (1845) ...Beistandes gerechnet...164
necesidad urgente de distracción, necesita alguna cosa que haga que su trabajo valga la pena; que le haga soportable la perspectiva del amargo mañana; está abrumado, se siente mal, es llevado a la hipocondría: esta disposición de ánimo debido esencialmente a su mala salud, sobre todo a su mala digestión, es exacerbada hasta el punto de ser intolerable por la inseguridad de su existencia, su dependencia del menor azar, y su incapacidad para hacer lo que fuere a fin de tener una vida menos precaria; su cuerpo, debilitado por la atmósfera contaminada y la mala alimentación, exige imperiosamente un estímulo externo; su necesidad de compañía sólo puede ser satisfecha en la taberna, no hay otro lugar donde encontrar a sus amigos. ¿Cómo podrá el trabajador no ser tentado al extremo por la bebida? ¿Cómo podría resistir la atracción del alcohol? Muy al contrario, una necesidad física y moral hace que, en esas condiciones, una parte muy grande de los trabajadores deba necesariamente sucumbir al alcoholismo. Y sin hablar de las condiciones físicas que incitan al trabajador a beber, el ejemplo de la mayoría, la educación descuidada, la imposibilidad de proteger a la gente joven contra esa tentación, muy frecuentemente la influencia directa de padres alcohólicos, que dan ellos mismos aguardiente a sus hijos, la certidumbre de olvidar en la embriaguez, al menos por algunas horas, la miseria y la carga de la vida y cien factores más, tienen un efecto tan poderoso; es que no se podría verdaderamente reprochar a los trabajadores su predilección por el aguardiente. En ese caso, el alcoholismo deja de ser un vicio del cual puede hacerse responsable a quien a él se entrega; se convierte en un fenómeno natural, la consecuencia necesaria e ineluctable de condiciones dadas que obran sobre un objeto que -al menos en cuanto a dichas condiciones- no posee voluntad. Hay que endosar la responsabilidad de ello a los que han hecho del trabajador un simple objeto. Sin embargo; la misma necesidad que conduce a la mayoría de los trabajadores al alcoholismo, hace que la bebida haga a su vez sus estragos en el ánimo y el cuerpo de sus víctimas. La predisposición a las enfermedades resultante de las condiciones de vida de los trabajadores, es favorecida por la bebida, muy particularmente la evolución de
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las afecciones pulmonares e intestinales, sin olvidar el brote y la propagación del tifus.
Otra causa de los males físicos es la imposibilidad, para la clase obrera, de procurarse en caso de enfermedad la asistencia de médicos competentes. Es cierto que un gran número de establecimientos de asistencia tratan de mitigar esa carencia; por ejemplo, el hospital de Manchester atiende a unos 22000 enfermos cada año o les da consejo y medicamentos; pero, ¿qué representa eso en una ciudad donde, según los estimados de Gaskell*, tres de cada cuatro habitantes requieren de asistencia médica anualmente? Los médicos ingleses exigen honorarios elevados y los trabajadores no se hallan en situación de pagarlos. Por consecuencia, ellos no pueden hacer nada, o bien son obligados a recurrir a curanderos o a remedios caseros baratos, que a la larga les resultan nocivos. Un gran número de curanderos opera en todas las ciudades inglesas y se forma una clientela en las clases más pobres por medio de anuncios, afiches y otros trucos del mismo género. Pero además, se vende una multitud de medicamentos llamados patentes (patent medicines) contra todos los males posibles e imposibles, píldoras de Morrison, píldoras vitales Parr, píldoras del Dr. Mainwaring y mil otras píldoras, esencias y bálsamos que tienen todos la propiedad de curar todas las enfermedades del mundo. Es cierto que esos medicamentos raramente contienen productos verdaderamente tóxicos, pero en numerosos casos ejercen un efecto nocivo sobre el organismo cuando son tomados en dosis importantes y repetidas; no es para asombrarse que los trabajadores ignorantes consuman grandes cantidades de ellos para todo propósito y fuera de propósito. Es cosa muy corriente que el fabricante de las píldoras vitales Parr venda de 20 a 25 mil frascos por semana de esas píldoras curativas, alguno la toma como remedio contra el estreñimiento, otro contra la diarrea, contra la fiebre, la anemia y todos los males posibles. Del mismo modo que nuestros campesinos alemanes se hacían aplicar ventosas o hacer una sangría en
* (The) Manufacturing Population of England, cap. 8
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ciertas estaciones del año, los obreros ingleses toman ahora sus medicinas patentadas, perjudicándose ellos mismos mientras que los fabricantes se benefician con su dinero. Entre esos remedios, uno de los más peligrosos es un brebaje a base de opiados, en particular de láudano, vendido bajo el nombre de "Cordial de Godfrey". Algunas mujeres que trabajan a domicilio, que cuidan sus niños o los de otras personas, les administran ese brebaje para mantenerlos tranquilos y fortificados, al menos muchos así lo piensan. Desde el nacimiento de los niños, ellas comienzan a usar esos remedios, sin conocer los efectos de ese "fortificante" hasta que los niños mueren debido al mismo. Mientras más se acostumbra el organismo a los efectos del opio, más se aumenta las cantidades administradas. Cuando ya el "Cordial" no hace efecto, también se da algunas veces láudano puro, de 15 a 20 gotas de una vez. El coraner de Nottingham atestiguó ante una comisión gubernamental*, que un solo boticario había utilizado, según confesión propia, 13 quintales de jarabe36 para preparar "Cordial de Godfrey". Puede imaginarse fácilmente las consecuencias de semejantes tratamientos para los niños. Se vuelven pálidos, apagados, débiles y la mayoría mueren antes de cumplir dos años de edad. El uso de esa medicina se halla
* Report of Commission of Inquiry into the Employment of Children and Young Persons in Mines and Collieries and in Manufactures in which Numbers of them work together, not being included under the terms of the Factories' Regulation Act. First and Second Reports (Informe de la comisión investigadora sobre empleo de niños y jóvenes en las minas así como en talleres y manufacturas donde gran número de ellos trabajan juntos, pero que no están sujetos a las disposiciones de la Ley de Regulación que fábricas Informes primero y segundo). Grainger's Rept., second Rept. Citado habitualmente bajo la referencia de "Children's Employment Commission's Rept. "uno de los mejores informes oficiales, contienen una multitud de datos valiosos, pero horribles. El primer informe apareció en 1841, el segundo dos años después. (F.E.)
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En la edición norteamericana de 1887: thirteen hundredweight of laudanum ... (trece quintales de láudano.167
muy extendido en todas las grandes ciudades y regiones industriales del reino.
La consecuencia de todos esos factores es un debilitamiento general del organismo de los trabajadores. Entre ellos hay pocos hombres vigorosos, bien formados y saludables al menos entre los obreros industriales que trabajan la mayor parte del tiempo en locales cerrados y de los cuales se trata aquí exclusivamente. Casi todos son débiles, poseen una osamenta angulosa pero poco robusta, son flacos, pálidos y su cuerpo, excepto los músculos que requieren su trabajo, es enervado por la fiebre. Casi todos sufren de mala digestión y, por consiguiente, son más o menos hipocondríacos y de humor sombrío y desagradable. Su organismo debilitado no está en condiciones de resistir a la enfermedad y a la menor ocasión son víctimas de ella. Por eso envejecen prematuramente y mueren jóvenes. Las estadísticas de mortalidad al respecto ofrecen una prueba irrefutable.
Según el informe del registrador general G. Graham, la mortalidad anual en toda Inglaterra y el país de Gales es ligeramente inferior al 21/4 por ciento, es decir, que anualmente muere un hombre de cada 45*. Por lo menos, ese era el promedio de los años 1839-1840. El año siguiente la mortalidad bajó un poco y fue sólo de uno cada 46. Pero en cuanto a las grandes ciudades el informe es enteramente distinto. Tengo ante mí estadísticas oficiales (Manchester Guardian del 31 de julio de 1844) que indican para la mortalidad en algunas grandes ciudades las cifras siguientes: en Manchester, incluyendo Salford y Chorlton, 1 de cada 32,72; y excluyendo Salford y Chorlton, 1 de cada 30,75; en Liverpool, incluyendo West Derby (suburbio): 1 de cada 31,90 y sin West Derby, 29,90; mientras que para todos los distritos mencionados: Cheshire, Lancashire y Yorkshire que comprenden una multitud de distritos rurales o semirurales, además de numerosas
* Fifth Annual Report of the Registrar General of Births, Deaths and Marriages (V Informe anual del Registro Civil). (F.E.)
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localidades pequeñas, o sea una población de 2172506 personas -la cifra promedio de mortalidad es de 1 deceso por cada 39,80 habitantes. Hasta qué punto los trabajadores son desfavorecidos en las ciudades, nos lo muestra el porcentaje de mortalidad en Prescott, en Lancashire, distrito habitado por mineros del carbón y que, puesto que el trabajo de las minas está lejos de ser sano, se sitúa muy por debajo de las zonas rurales por lo que toca a la higiene. Pero los obreros residen en el campo y la mortalidad se cifra en 1 por 47,54 habitantes, o sea menos elevada que el promedio de toda Inglaterra (siendo la diferencia de casi 21/2 puntos: 1 deceso por 45 personas en Inglaterra).
Todas estas indicaciones se fundan en las cifras de mortalidad para 1843. La tasa de mortalidad es aún más elevada en las ciudades de Escocia; en Edimburgo, en 1839-1840 fue de 1 de cada 29, incluso en 1831 solamente en la ciudad antigua, 1 de cada 22; en Glasgow, según el Dr. Cowan (Vital Statistics of Glasgow)(30), 1 de cada 30 por término medio desde 1830; en ciertos años de 1 de cada 22 a 1 de cada 24. Por todas partes se comprueba que esa reducción considerable del promedio de duración de la vida afecta principalmente a la clase obrera, y de igual modo, que el promedio para todas las clases se eleva por la débil mortalidad de las clases superior y media. Uno de los testimonios más recientes es el del Dr. P.H. Holland, de Manchester, quien llevó a cabo una encuesta* oficialmente en el suburbio de Manchester, Chorlton-on-Medlock. Él clasificó los inmuebles y las calles en tres categorías y halló las diferencias de mortalidad siguientes:
* Cf. Report of Commission of Inquiry into the State of large Towns and Populous Districts, first Report, 1844. Appendix. (Informe de la comisión investigadora sobre el estado de las grandes ciudades y los distritos de gran población. Primer informe, 1844, Apéndice). (F.E.)
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Mortalidad
Calles de primera clase: inmuebles lra. Clase 1 por 51
2da. " 1 " 45
3ra. " 1 " 36
Calles de segunda clase: inmuebles lra. " 1 " 55
2da. " 1 " 38
3ra. " 1 " 35
Calles de tercera clase: inmuebles lra. (No hay datos)
2da. " 1 por 35
3ra. " 1 " 25
De muchos otros datos proporcionados por Holland resalta que la mortalidad en las calles de segunda clase es 18% más elevada; y en las de tercera categoría el 68% más elevada que en las calles de primera clase; que la mortalidad en los inmuebles de segunda clase es de 31%, y en los de tercera clase el 78 % mayor que en los de la primera categoría; que la mortalidad en las calles malas que han sido mejoradas ha disminuido en 25%. Concluye haciendo una observación muy franca para un burgués inglés:
"Cuando vemos que en algunas calles la mortalidad es cuatro veces más elevada que en otras, y qué en categorías de calles enteras es dos veces más elevada que en otras; cuando vemos además qué es poco más o menos baja en las calles bien cuidadas, no nos queda más remedio que llegar a la conclusión de que una muchedumbre de nuestros semejantes, que centenares de nuestros vecinos más cercanos son matados (destroyed) cada año por falta de las precauciones más elementales."
El informe sobre el estado de salud de la clase trabajadora contiene una indicación que confirma ese mismo hecho. En Liverpool, en 1840, el promedio de vida era de 35 años para las clases superiores (gentry, professional men, etc.), de 22 años
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para los hombres de negocios y los artesanos acomodados, y de 15 años solamente para los jornaleros y domésticos, en general. Los informes parlamentarios abundan en detalles análogos.
La espantosa mortalidad infantil en la clase obrera es lo que alarga las listas de mortalidad. El organismo frágil de un niño es el que ofrece la resistencia más débil a los efectos desfavorables de un modo de vida miserable. El estado de abandono al cual es con frecuencia expuesto cuando sus padres trabajan, o cuando uno de ellos falta, no tarda en hacerse sentir cruelmente. Por tanto no hay que asombrarse si en Manchester por ejemplo, según el informe que acabamos de citar, más del 57% de los hijos de obreros mueren antes de haber cumplido la edad de 5 años, mientras que entre los niños de las clases burguesas la proporción de los decesos no es más que del 20%, y que el promedio para todas las clases en las regiones rurales no llega al 32%*.
El artículo del Artizan, que hemos citado con frecuencia, nos proporciona al respecto datos más precisos, comparando los porcentajes de decesos de ciertas enfermedades infantiles entre los niños de las ciudades y los del campo. Demuestra de ese modo que, en general, las epidemias son tres veces más mortíferas en Manchester y Liverpool que en las regiones rurales; que las enfermedades del sistema nervioso son multiplicadas por 5 y los males del estómago por 2, mientras que los decesos debidos a enfermedades pulmonares son dos veces y media más numerosos en las ciudades que en el campo; los decesos infantiles debidos a la viruela, al sarampión, a la tos ferina y a la escarlatina son cuatro veces más numerosos en la ciudad; los decesos debidos a la hidrocefalia son tres veces más numerosos y los debidos a las convulsiones, diez veces más numerosos. Para citar otra autoridad reconocida, reproduzco
* Factories Inquiry Commission's Report, vol. 3, Report of Dr. Hawhins on Lancashire, donde el Dr. Roberton, "la más alta autoridad de Manchester en materia de estadística", es citado como garantía. (F.E.)
171
aquí un cuadro presentado por el Dr. Wade en su History of the Middle and Working Classes, Londres, 1833, 3a. ed., según el informe del comité parlamentario sobre fábricas, de 1832.
Además de esas diferentes enfermedades, consecuencia necesaria del estado de abandono y de opresión en que se halla actualmente la clase pobre, hay también factores que contribuyen al crecimiento de la mortalidad infantil. En muchas familias, tanto el hombre como la mujer trabaja fuera del hogar, de lo que se sigue que los niños se ven privados de toda atención, estando o encerrados o al cuidado de otras personas. Por tanto no es sorprendente que centenares de esos niños
De cada 10000 perso- Menores De 5
a De 20 a De 40 a De 60 a De 70 a De 80 a De 90 a 100 y +sonas, mueren en de 5
años 19 afios 39 años 59 años 69 años 79 años 89años 99años añosEl condado de Rutland:
distrito agrícola
saludable 2865 891 1275 1299 1189 1428 938 112 3
El condado de Essex:
distrito agrícola
pantanoso 3159 1110 1526 1413 963 1019 630 77* 3
La ciudad de Carlisle:
1779-1787 antes de la
aparición de las fábricas 4408 911** 1006 1201 940 826 533 153 22
La ciudad de Carlisle:
después de la instalación
de fábricas 4738 930 1261 1134 677 27 452 80 1
La ciudad de Preston:
ciudad industrial 4947 1136 1379 1114 553 532 298 38 3
La ciudad de Leeds:
ciudad industrial 5286 927 1228 1198 593 512 225 29 2
* (1845 y 1892): por error 177. ** (1845 y 1892):por error 921.
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pierdan la vida en los más diversos accidentes. En ninguna parte tantos niños son aplastados por vehículos o caballos, sufren caídas mortales, se ahogan o se queman, como en las grandes ciudades inglesas; son particularmente frecuentes los decesos por quemaduras graves o resultantes de la manipulación de un recipiente de agua hirviendo, casi uno por semana en Manchester durante los meses de invierno. En Londres también son frecuentes; sin embargo, es raro que los periódicos se hagan eco de ello. Actualmente sólo tengo una información a la mano, del Weekly Dispatch del 15 de diciembre de 1844, según la cual se produjeron seis casos de ese género en la semana del primero al siete de diciembre: Esos pobres niños, que pierden la vida de manera tan espantosa, son verdaderamente las víctimas de nuestro desorden social y de las clases que tienen interés en ese desorden. Y, sin embargo, cabe preguntarse si esa muerte dolorosa y horrible no es un beneficio para esos niños evitándoles una vida larga y cargada de penas y miserias, rica en sufrimientos y pobre en alegrías. Esa es la situación en Inglaterra y la burguesía, que puede leer esas noticias todos las días en los periódicos, no siente preocupación alguna por ello. Pero ella tampoco podrá quejarse si, fundándome en los testimonios oficiales y no oficiales que he citado -que ella debe sin duda alguna conocer-, yo la acuso resueltamente de asesinato social. Una de dos: que ella tome todas las medidas necesarias para remediar esa situación espantosa, o que dejé a la clase trabajadora la tarea de cuidar los intereses de todos: Pero esta última solución apenas la tienta, y por lo que toca a la primera, le falta el vigor necesario -en tanto sigue siendo burguesía y prisionera de prejuicios burgueses. Porque si bien ahora, mientras caen centenares de millares de víctimas, ella se decide al fin a tomar algunas nimias medidas de precaución para el futuro, a promulgar una Metropolitan Buildings Act,(31) que regulará la concentración escandalosa de viviendas; si se vanagloria de medidas que lejos de ir a la raíz del mal no responden siquiera á las prescripciones más elementales de los servicios municipales de higiene, a pesar de todo ello no podría escapar a mi acusación. La burguesía inglesa no tiene más que
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una alternativa, o bien continuar su reinado -cargando sobre sus hombros el peso de la acusación irrefutable de asesinar, mal que le pese esa acusación-, o bien abdicar en favor de la clase obrera. Hasta ahora ella ha preferido la primera solución.
Pasemos ahora de la situación material a la condición moral de los trabajadores. Si la burguesía sólo les deja de la vida lo estrictamente necesario, no hay que asombrarse al comprobar que ella les dispensa justamente tanta cultura como lo exige su propio interés. Y esto no es verdaderamente mucho. Comparados con las cifras de población, los medios de instrucción son increíblemente reducidos. Los pocos cursos que se dan semanalmente, a la disposición de la clase trabajadora, sólo pueden ser tomados por un número extremadamente mínimo de oyentes y por añadidura no valen nada; los maestros -obreros retirados, y otras personas no aptas para el trabajo que se hacen maestros solamente para poder vivir-, carecen mayormente de los conocimientos más rudimentarios, se hallan desprovistos de la formación moral tan necesaria al maestro y no existe control público de esos cursos. Aquí también impera la libre competencia y, como siempre, los ricos tienen la ventaja, mientras que los pobres, para quienes la competencia no es precisamente libre y que no poseen los conocimientos necesarios para poder hacer un juicio, no tienen más que los inconvenientes. En ninguna parte existe la asistencia escolar obligatoria; en las propias fábricas no significa nada, como lo veremos más adelante, y cuando en la sesión de 1843 el gobierno quiso poner en vigor esa apariencia de obligación escolar, la burguesía industrial se opuso a ello con todas sus fuerzas aunque los trabajadores se habían pronunciado categóricamente por esa medida. Por otra parte, un gran número de niños trabajan toda la semana en fábricas o a domicilio y no pueden por tanto asistir a la escuela. Y las escuelas nocturnas, a donde deben ir aquellos que trabajan por el día, apenas tienen alumnos y éstos no se benefician con ellas en absoluto. En realidad, sería demasiado exigir a jóvenes obreros, que son abrumados durante doce horas, que asistan a la escuela de 8 a 10 de la noche. Los que así lo hacen se
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duermen la mayor parte del tiempo, tal como lo confirman centenares de testimonios del Children's Employment Report. Desde luego, se han organizado cursos dominicales, pero faltan maestros y no pueden ser útiles sino a aquellos que ya han concurrido a la escuela diaria. El intervalo que separa un domingo del siguiente es demasiado largo para que un niño que comienza en la escuela no olvide a la segunda lección lo que había aprendido ocho días antes durante la primera. En el informe de la Children's Employment Commission millares de pruebas atestiguan -y la propia comisión abunda en ese sentido- que ni los cursos diarios ni los dominicales responden en absoluto a las necesidades de la nación. Ese informe ofrece pruebas de la ignorancia que reina entre la clase trabajadora inglesa y que no se esperaría ni en países como España o Italia. Pero ello no podría ser de otro modo; la burguesía tiene poco que esperar, pero mucho que temer de la formación intelectual del obrero. En su presupuesto colosal de 55 millones de libras esterlinas, el gobierno ha asignado la ínfima suma de 40000 libras esterlinas para la instrucción pública; y, de no ser por el fanatismo de las sectas religiosas, cuyas fechorías son tan importantes como las mejoras que aporta aquí y allá, los medios de instrucción serían todavía más miserables.
En efecto, la iglesia anglicana funda sus National Schools37, y cada secta sus escuelas, con la única intención de conservar en su seno a los niños de sus fieles, y si es posible raptar de vez en cuando una pobre alma infantil a otras sectas. La consecuencia de ello no es sino la religión, y precisamente el aspecto más estéril de la religión: la polémica es elevada a la dignidad de disciplina por excelencia, y la memoria de los niños es atiborrada con dogmas incomprensibles y con distinciones teológicas; lo antes posible se estimula en el niño el odio sectario y la santurronería fanática, mientras que toda formación racional, intelectual y moral es vergonzosamente descuidada. Repetidas veces los obreros han exigido del parlamento una instrucción pública puramente laica, dejando la
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Volksschulen: Escuelas populares.175
religión a los curas de las diferentes sectas, pero todavía ningún gobierno les ha concedido tal cosa. ¡Es normal! El ministro es el criado obediente de la burguesía, y ésta se divide en una infinidad de sectas; pero cada secta no consiente dar al trabajador esa educación, que de lo contrario resultaría, peligrosa, sino cuando es obligado a tomar, por añadidura, el antídoto que constituyen los dogmas particulares a esa secta. Y todavía actualmente esas sectas se disputan la supremacía, en tanto que la clase obrera sigue inculta. Desde luego, los industriales se jactan de haber enseñado a leer a la mayoría del pueblo, pero "leer" se dice rápido -como lo muestra el informe de la Children's Employment Commission. Cualquiera que conoce el alfabeto dice que sabe leer, y el industrial se satisface de esa piadosa afirmación. Y cuando se piensa en la complejidad de la ortografía inglesa, que hace de la lectura un verdadero arte que no puede ser practicado sino luego de un largo estudio, esa ignorancia resulta comprensible.
Muy pocos obreros saben escribir correctamente; y, por lo que toca a la ortografía, un número muy grande de personas "cultas" no la conocen. No se enseña la escritura en los cursos dominicales de la iglesia anglicana, ni de los cuáqueros, y yo creo que tampoco en las de varias otras sectas, "porque esa es una ocupación demasiado profana para un domingo". Varios ejemplos mostrarán qué género de instrucción se ofrece a los obreros. Los mismos son extraídos del informe de la Children's Employment Commission que, desafortunadamente, no engloba la industria propiamente dicha.
"En Birmingham, dice el comisionado Grainger, los niños que interrogué se hallan totalmente desprovistos de lo que muy remotamente podría merecer el nombre de instrucción provechosa. Aunque en casi todas las escuelas no se enseña sino la religión, ellos dieron muestras en general de la más crasa ignorancia igualmente en ese campo. En Wolverhampton, informa el comisionado Horne, hallé entre otros los ejemplos siguientes: una niña de once años de edad había asistido a la escuela diaria y a la escuela dominical, y
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nunca había oído hablar de otro mundo, del cielo, o de otra vida. Un muchachón de 17 años, no sabía cuántos son dos por dos, cuántos farthings (1/4 penique) hay en dos peniques, ni siquiera poniéndole las piezas en la mano. Algunos muchachos jamás habían oído hablar de Londres o incluso de Willenhall, aunque esta ciudad se halla a sólo una hora de sus domicilios y en comunicación constante con Wolverhampton. Otros muchachos jamás habían oído el nombre de la reina, o nombres como Nelson, Wellington, Bonaparte. Pero es notable que aquellos que nunca habían oído hablar de San Pablo, de Moisés o de Salomón, estaban muy al corriente de la vida, los hechos y el carácter de Dick Turpin el salteador de caminos, y singularmente de Jack Shepard, ese ladrón especialista de la evasión. Un joven de 16 años no sabía cuántos son dos por dos ni cuánto hacen cuatro farthings; otro declaró que diez farthings hacían diez medios peniques y un tercero, de 16 años, respondió brevemente a algunas preguntas muy sencillas: "No sé nada de nada" (he was ne judge o' nothin)." (Horne: Rept., App. Part. II, Q. 18, No. 216, 217, 226, 233, etc.).
Esos muchachos, a quienes durante cuatro o cinco años se aporrea con dogmas religiosos, al final saben tanto como antes:
Un muchacho "ha asistido regularmente durante cinco años a la escuela dominical; él ignora quién fue Jesucristo, pero ha oído ese nombre; jamás ha oído hablar de los doce apóstoles, de Sansón, de Moisés, de Aaron, etc." (ibid. Evid. p. 9. 39, I. 33). Otro "ha asistido regularmente seis años a los cursos dominicales. Él sabe quién fue Jesucristo que murió en la cruz para verter su sangre a fin de salvar a nuestro Salvador; jamás ha oído hablar de San Pedro ni de San Pablo" (ibid. p. 9. 36, I. 46). Un tercero "ha asistido a diferentes escuelas dominicales durante siete años, sólo puede leer en libros sencillos, palabras fáciles de una sola sílaba; ha oído hablar de los apóstoles, no sabe si San Pedro o San Juan era uno de ellos, si es cierto que se trata sin duda de San Juan Wesley (fundador de la secta Metodista) etc." (ibid. p. 9. 34, I. 58); a
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la pregunta: ¿quién fue Jesús?, Horne obtuvo también las respuestas siguientes: "Fue Adán"; "'Fue un Apóstol"; "Era hijo del señor del Salvador (he was the Saviour's Lord's Son), y de los labios de un joven de 16 años: "Fue un rey de Londres, hace mucho, mucho tiempo."
En Sheffield, el comisionado Symons hizo leer a alumnos de escuelas dominicales; no eran capaces de repetir lo que habían leído, ni decir quiénes eran los apóstoles de que hablaba el texto que ellos acababan de leer. Luego de preguntar a todos, uno tras otro, sobre los apóstoles, sin lograr una respuesta correcta, oyó a un muchacho que parecía astuto exclamar con seguridad:
"Yo sé, señor, eran los leprosos". (Symons: Rept, App. Part. I, pp. E22 spp.)
Datos por el estilo se encuentran en los informes acerca de las regiones de las alfarerías y de Lancashire.
Se ve lo que hace la burguesía y el estado por la educación y la instrucción de la clase trabajadora. Afortunadamente, las condiciones en que esa clase vive le dan una cultura práctica, que no solamente sustituye el fárrago escolar, sino que anula los efectos perniciosos de las ideas religiosas confusas de que está compuesto, y que incluso sitúa a los trabajadores a la cabeza del movimiento nacional en Inglaterra. La miseria enseña al hombre a defenderse, y lo que es más importante, a pensar y a obrar. El trabajador inglés que sabe apenas leer y todavía menos escribir, sabe muy bien sin embargo cuál es su propio interés y el de toda la nación; sabe asimismo cuál es el interés muy particular de la burguesía, y lo que tiene derecho a esperar de esa burguesía. Si no sabe escribir, sabe hablar, y hablar en público; si no sabe contar, sabe lo bastante sin embargo para hacer, sobre la base de nociones de economía política, los cálculos necesarios para atravesar de parte a parte y refutar a un burgués partidario de la abolición de la ley de granos; si a pesar del trabajo que se toman los curas, las
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cuestiones celestes siguen siendo para él muy oscuras, le resultan muy claras las cuestiones terrestres, políticas y sociales. Volveremos sobre ello; abordemos ahora el retrato moral de los trabajadores.
Está bastante claro que la instrucción moral que es por completo semejante en todas las escuelas inglesas con la instrucción religiosa, no podría ser más eficaz que ésta. Los principios elementales que para el ser humano regulan las relaciones de hombre a hombre ya están envueltos en la más terrible de las confusiones, aun cuando sólo fuese por el hecho de la situación social, de la guerra de todos contra todos; ellos deben necesariamente seguir siendo totalmente oscuros y extraños para el obrero inculto, cuando se les expone mezclados con dogmas religiosos incomprensiblesy bajo la forma religiosa de un mandamiento arbitrario y sin fundamento. Según confesión de todas las autoridades; en particular de la Children's Employment Commission, las escuelas no contribuyen casi nada a la moralidad de la clase trabajadora. La burguesía inglesa se halla tan desprovista de escrúpulos, es tan estúpida y limitada en su egoísmo, que no se toma el trabajo de inculcar a los trabajadores la moral actual, ¡una moral que la burguesía sin embargo se ha fabricado en su propio interés y para su propia defensa! Hasta ese cuidado de sí misma daría demasiado trabajo a esa burguesía perezosa y cada vez más floja; hasta eso le parece superfluo. Desde luego, llegará un momento en que le pesará -demasiado tarde-, su negligencia. Pero ella no tiene razón de quejarse si los trabajadores ignoran esa moral y no la observan.
Así es cómo los obreros son apartados y descuidados por la clase en el poder, tanto en el plano moral como física e intelectualmente. El único interés que se les permite todavía se manifiesta por la ley, que se aferra a ellos desde el momento en que se acercan demasiado a la burguesía; del mismo modo que hacia los animales desprovistos de razón, no se utiliza sino un solo medio de educación: se emplea el látigo, la fuerza bruta que no convence sino que se limita a intimidar. Por tanto no es
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de sorprender que los trabajadores que se trata como a bestias, se conviertan verdaderamente en bestias, o bien que sólo tengan, para salvaguardar su conciencia de hombres y el sentimiento de que son seres humanos, el odio más feroz, una rebelión interior permanente, contra la burguesía en el poder. No son hombres sino en la medida en que sienten la cólera contra la clase dominante; se convierten en bestias desde el momento en que se acomodan pacientemente a su yugo, no buscando sin hacer agradable su vida bajo el yugo, sin tratar de romperlo.
Eso es todo lo que la burguesía ha hecho por la educación de la clase trabajadora; y cuando hayamos apreciado las demás condiciones en las cuales esta última vive, no podremos culparla totalmente del rencor que siente hacia la clase dominante. La educación moral que no le es impartida al trabajador en la escuela, tampoco le es ofrecida en los otros momentos de su existencia, al menos, no esa educación moral que posee cierto valor a los ojos de la burguesía. En su posición social y su medio, el obrero encuentra las incitaciones más fuertes a la inmoralidad. Es pobre, la vida notiene atractivos para él, casi todos los placeres le son negados, los castigos previstos por la ley ya no tienen nada de temibles para él, ¿por qué entonces refrenar sus apetencias? ¿Por qué dejar que el rico disfrute de sus bienes en lugar de apropiarse de una parte de ellos? ¿ Qué motivos tiene, pues, el proletario para no robar? Está muy bien decir que "la propiedad es sagrada" y eso suena muy bien a los oídos de los burgueses, pero para quien no posee propiedades, ese carácter sagrado desaparece por sí mismo. El dinero es el dios de ese mundo. La burguesía toma el dinero del proletariado, y hace de él prácticamente un ateo. Por consiguiente, no hay que asombrarse si el proletario pone en práctica su ateísmo no respetando ya la santidad ni el poderío del dios terrenal. Y cuando la pobreza del proletario se incrementa hasta el punto de privarlo del estricto mínimo vital, desembocando en una miseria total, la tendencia al desprecio de todo el orden social crece más todavía. Eso lo sabe una buena parte de los propios burgueses. Symons* hace la
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observación de que la miseria tiene sobre el ánimo el mismo efecto devastador que el alcoholismo sobre el organismo, y el sheriff Alison** explica en detalle a los poseedores que estas son las consecuencias inevitables de la opresión social para los obreros. La miseria no deja al obrero otras alternativas que estas: morir de hambre poco a poco, darse la muerte rápidamente, o tomar lo que necesite allí donde lo encuentre, hablando en plata: robar. Y no tenemos por qué asombrarnos de que la mayoría prefìera el robo a la muerte por hambruna o al suicidio. Desde luego, hay igualmente entre los trabajadores cierto número de personas que son lo bastante morales para no robar, incluso cuando son reducidos al peor extremo, y esos mueren de hambre o se suicidan. El suicidio, antaño el privilegio más envidiado de las clases superiores, está en lo adelante de moda en Inglaterra, incluso entre los proletarios, y una multitud de pobres despreciadas se matan para escapar a la miseria, de la cual no saben cómo salir de otro modo.
Pero lo que ejerce sobre los trabajadores ingleses una influencia mucho más desmoralizadora todavía es la inseguridad de su posición social, la necesidad de vivir al día, en una palabra, lo que hace de ellos proletarios. Nuestros pequeños agricultores en Alemania son también es su mayoría pobres y necesitados, pero dependen menos del azar y poseen al menos algo sólido. Pero el proletario que no posee más que sus dos brazos, que come hoy lo que ganó ayer, que depende del menor azar, que no tiene la menor garantía de que poseerá la capacidad de adquirir los artículos más indispensables -cada crisis, el menor capricho de su patrón puede hacer de él un parado- es colocado en la situación más inhumana que nadie puede imaginarse. La existencia del esclavo es al menos asegurada por el interés de su amo, el siervo tiene por lo menos una parcela de tierra para procurarse el sustento, ambos tienen al menos la garantía de poder subsistir, pero el proletario es
* Arts and Artizans.* (F. E.)
** Principles of Population, voII, pp. 196-199. (F. E.)
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reducido a sí mismo e inutilizado para usar sus fuerzas de manera que pueda contar con ellas. Todo lo que puede intentar el proletario para mejorar su situación es una gota de agua en el mar comparado con las vicisitudes a las cuales es expuesto y contra las que no puede hacer absolutamente nada. Es el juguete pasivo de todas las combinaciones posibles de las circunstancias y puede estimarse dichoso de salvar el pellejo, aun cuando solo fuese por un tiempo. Y como se le concibe, su carácter y su género de vida llevan a su vez el sello de esas condiciones de existencia. O bien él trata -en ese torbellino- de mantenerse en la superficie, de salvar lo que hay de humano en él, y no puede hacerlo sino rebelándose* contra la clase que lo explota tan despiadadamente y lo abandona luego a su suerte, que intenta obligarlo a permanecer en esa situación indigna de un hombre, es decir, contra la burguesía; o bien renuncia a la lucha contra esa situación estéril, y trata de aprovecharse lo más posible de los momentos favorables. Economizar no le sirve de nada, porque a lo sumo sólo puede reunir suficiente dinero para sustentarse un par de semanas, y si se queda sin trabajo, entonces no es solamente cuestión de algunas semanas. Le es imposible adquirir de manera durable una propiedad, y si pudiera hacerlo, dejaría entonces de ser obrero y otro ocuparía su lugar. Por tanto, si recibe un buen salario, ¿qué mejor puede hacer que vivir bien del mismo? El burgués inglés se asombra y escandaliza sobremanera de la vida desahogada que llevan los trabajadores durante los períodos de altos salarios; y sin embargo, ello no es solamente natural, sino también enteramente razonable por parte de esas personas disfrutar de la existencia, cuando pueden hacerlo, en lugar de amasar tesoros que no les sirven de nada y que la polilla y la herrumbre, o sea los burgueses, terminarán de todos modos por roer. Pero semejante existencia es más desmoralizadora que toda otra. Lo que Carlyle dice de los hiladores de algodón, se aplica a todos los obreros de fábrica ingleses:
* Veremos más adelante cómo la rebelión del proletariado contra la burguesía recibió en Inglaterra, legitimación legal por el derecho de libre asociación. (F.E.)
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"Hoy, los negocios son florecientes entre ellos, mañana se desmoronan -es un perpetuo juego de azar y así viven ellos como jugadores; hoy en el lujo, mañana en la miseria. Un sombrío descontento de sublevados los consume: el sentimiento más miserable que pueda agitar el corazón de un hombre. El comercio inglés, con sus convulsiones y fluctuaciones, que sacuden el mundo entero, con su inmenso Proteo de vapor ha hecho inseguros todos los caminos que podrían seguir, como si un maleficio pesara sobre ellos; la sobriedad, la firmeza, la tranquilidad prolongada, beneficios supremos para el hombre, les son extraños ... Ese mundo no es para ellos una morada hospitalaria, sino una presión con aire malsano, donde todo no es más que tormento espantoso y estéril, rebelión, rencor y resentimiento tanto hacia sí mismo como hacia los demás. ¿Es un mundo reverdeciente y florido, creado y gobernado por un Dios, o es un sombrío e hirviente infierno lleno de vapores de vitriolo, de polvaderas de algodón, de batahola de borrachos, de cóleras y de horrores del trabajo, creado y gobernado por un demonio?"*
Y se lee más adelante, p. 40:
Si la injusticia, la infidelidad a la verdad, a la realidad y al ordenamiento de la naturaleza son el único mal bajo el sol, y si el sentimiento de la injusticia y de la iniquidad es la única pena intolerable, nuestra pregunta principal con respecto a la situación de los trabajadores sería: "¿Es justo?" y en primer lugar: ¿qué piensan ellos mismos de la equidad de ese estado de cosas? Las palabras que ellos profieren son ya una respuesta, sus actos, mucho más. . . Indignación, tendencia súbita a la venganza y arranques de rebelión contra las clases superiores, respeto decreciente de las órdenes de sus superiores temporales, disminución de su fe en las enseñanzas de sus superiores espirituales, tal es el estado de ánimo general que gana cada día más a las clases inferiores. Ese estado de ánimo puede deplorarse, o puede defenderse,
* Chartism, p. 34 ss. (F.E.)
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pero debe reconocerse que es una realidad, debe saberse que todo eso es muy triste, y que si no se cambia nada, producirá una catástrofe."
Carlyle tiene enteramente razón en cuanto a los hechos, sólo que comete el error de reprochar a los trabajadores la pasión feroz que los anima contra las clases superiores. Esa pasión, esa cólera, son por el contrario la prueba de que los trabajadores se resienten por el carácter inhumano de su situación, que ellos no quieren dejarse rebajar al nivel de la bestia, y que ellos se liberarán un día del yugo de la burguesía. Nosotros lo vemos bien en el ejemplo de aquellos que no participan de esa cólera: bien se someten humildemente a su suerte, viviendo como particulares honorables, medianamente, despreocupándose de la marcha del mundo, ayudando a la burguesía a forjar39 más sólidamente las cadenas de los obreros y se hallan intelectualmente en el punto muerto del período preindustrial; o bien se dejan llevar por el destino, juegan con él, pierden todo sostén interior, en tanto que ya han perdido todo sostén exterior, viven al día, beben cerveza y andan tras las faldas; en ambos casos, se trata de bestias. Esta categoría es la que más contribuye "al rápido progreso del vicio" del cual se escandaliza tanta la burguesía, mientras que ella misma ha desencadenado las causas del mismo.
Otra fuente de desmoralización entre los trabajadores es la condena al trabajo. Si la actividad productiva libre es el placer más grande que conocemos, el trabajo forzado es la tortura más cruel, más degradante. Nada es más terrible que tener que hacer de la mañana a la noche algo que nos repugna. Y mientras más sentimientos humanos tiene un obrero, más debe detestar su trabajo, porque siente la obligación que el mismo implica y la inutilidad que esa labor representa para sí mismo. ¿Para qué, pues, trabaja? ¿Por el placer de crear algo? ¿Por instinto natural? De ningún modo. Él trabaja por dinero, por una cosa que no tiene nada que ver con el trabajo en sí, trabaja porque es
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(1892)... fester schmieden (1845) ...fester zu schmieden184
forzado a ello; y, además, el trabajo dura tanto tiempo y es tan monótono que ya por esa simple razón su trabajo no puede ser para él, desde las primeras semanas, sino un verdadero suplicio, si tiene todavía algunos sentimientos humanos. La división del trabajo, por lo demás también ha multiplicado los efectos embrutecedores del trabajo obligatorio. En la mayor parte de las ramas la actividad del obrero se reduce a un gesto acortado, puramente mecánico, que se repite minuto tras minuto y sigue siendo, un año tras otro, eternamente el mismo.* Quienquiera que haya trabajado desde su más tierna juventud doce horas por día y más, fabricando cabezas de alfileres o limando ruedas dentadas, y ha vivido además en las condiciones de vida de un obrero inglés, ¿cuántas facultades y sentimientos humanos ha podido conservar en treinta años? Igual ocurre con la introducción del vapor y las máquinas. Ello facilita la actividad del obrero, le ahorra esfuerzo muscular, y el trabajo mismo resulta insignificante pero supremamente monótono. Este no le ofrece ninguna posibilidad de actividad intelectual, y sin embargo acapara su atención hasta el punto en que para cumplir bien su tarea, el obrero no debe pensar en ninguna otra cosa. Y el ser condenado a semejante trabajo, un trabajo que acapara todo el tiempo disponible del obrero, dejándole apenas tiempo para comer y dormir, no permitiéndole siquiera mover su cuerpo al aire libre, disfrutar de la naturaleza, para no hablar de la actividad intelectual, ¿no podría eso reducir al hombre al nivel del animal? Una vez más el trabajador sólo tiene esta alternativa: resignarse a su suerte, convertirse en un "`buen obrero", servir "fielmente" los intereses de la burguesía y en ese caso, cae con toda certeza al nivel de la bestia, o entonces resistir, luchar tanto como pueda por su dignidad de hombre, y eso no les es posible sino luchando contra la burguesía.
Y cuando todas esas causas han provocado una inmensa desmoralización en la clase trabajadora, otra más interviene
* Si yo dejara hablar a la burguesía en mi lugar, sólo escogería una obra que cada quien puede leer: Wealth of Nations de Adam Smith (ed. citada), vol. 3, lib. V, cap. 8, p. 297. (F.E.)
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para propagar dicha desmoralización y llevarla al extremo: la concentración de la población. Los escritores burgueses ingleses lanzan el anatema contra los efectos desmoralizadores de las grandes ciudades -esos Jeremías a contrapelo se lamentan y lloran, no por la destrucción de esas ciudades, sino por su florecimiento. El sheriff Alison hace a ese elemento responsable de casi todos los males, y el Dr. Vaughan; quien ha escrito The Age of Great Cities40 todavía mucho más. Es normal. Dentro de los otros factores que ejercen una acción funesta sobre el cuerpo y el espíritu de los obreros, el interés de la clase poseedora está demasiada directamente en juego. Si ellos dicen que la miseria, la inseguridad, los trastornos resultantes del exceso de trabajo, y el trabajo obligatorio son las causas esenciales, todo el mundo responde, y ellos mismos serían forzados a responder: ¡Pues bien!, demos a los pobres la propiedad, garanticemos su existencia, promulguemos leyes contra el exceso de trabajo; y eso es lo que la burguesía no puede aprobar. Pero las grandes ciudades se han desarrollado por sí mismas, la gente se ha instalado en ellas libremente; concluir que únicamente la industria y la clase media que se beneficia de ella han dado nacimiento a esas grandes ciudades, carece tanto de sentido, que ha debido ser fácil a la clase dominante llegar a atribuir todos las males a esa causa en apariencia inevitable -mientras que las grandes ciudades no pueden hacer otra cosa que desarrollar más rápidamente y más totalmente un mal que existe al menos ya en germen. Alison tiene por lo menos todavía suficiente humanidad para reconocerlo, no se trata de un burgués industrial y liberal enteramente evolucionado, sino un tory burgués semievolucionado y es por eso que él ve aquí y allá cosas delante de las cuales los verdaderos burgueses son completamente ciegos. Veamos lo que dice:
"En las grandes ciudades es donde el vicio despliega sus tentaciones, y la lujuria sus redes, el delito es alentado por la esperanza de la impunidad y la pereza se nutre de múltiples
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La era de las grandes ciudades.186
ejemplos. Es allí, en esos grandes centros de corrupción humana, donde los malos y los depravados escapan de la simplicidad de la vida rústica, es allí donde hallan víctimas para sus malos instintos, y obtienen ganancias como recompensa por los peligros que afrontan. La virtud es relegada a la sombra y oprimida, el vicio florece al calor de las dificultades que obstaculizan su descubrimiento, los desenfrenos son recompensados por un goce inmediato. Cualquiera que recorra St. Gilles por la noche, o las estrechas callejuelas de Dublín, los barrios pobres de Glasgow confirmará todo esto, y lo que le asombrará no es que haya tantos crímenes, sino por el contrario que se descubran tan pocos. La causa principal de la corrupción de las grandes ciudades es la naturaleza contagiosa del mal ejemplo, y la dificultad de escapar a la seducción del vicio cuando se hallan en contacto estrecho y cotidiano con la joven generación. Los ricos, eo ipso41 no son mejores; ellos tampoco podrían resistir si se hallaran en esa situación, expuestos a las mismas tentaciones; la desdicha particular de las pobres es que se ven obligados a rozar por todas partes las formas seductoras del vicio y las tentaciones de los placeres prohibidos . . . La causa de la desmoralización es la imposibilidad demostrada de disimular al sector joven de los pobres en las grandes ciudades los encantos del vicio.
Luego de una larga descripción de las costumbres, nuestro autor prosigue:
"Todo esto no proviene de una depravación extraordinaria del carácter, sino de la naturaleza casi irresistible de las tentaciones a las cuales los pobres se hallan expuestos. Los ricos que culpan la conducta de los pobres, cederían también muy rápidamente a la influencia de causas idénticas. Existe un grado de miseria, una manera que tiene el pecado de imponerse, a los cuales la virtud sólo puede resistir raramente, y la juventud casi nunca. En esas condiciones, el
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Evidentemente.187
progreso del vicio es casi igualmente seguro, y con frecuencia es tan rápido como el progreso del contagio físico."
Y en otra parte:
"Cuando las clases superiores, en interés propio, han concentrado a los pobres en grandes números en unespacio limitado, el contagio del vicio se propaga con una rapidez aterradora y llega a ser inevitable. A las clases inferiores, dada su situación desde el punto de vista de la enseñanza moral y religiosa, con frecuencia apenas se las puede culpar de ceder a las tentaciones que las asaltan como el hecho de sucumbir al tifo."*
¡Basta con eso! El semiburgués Alison nos releva, si bien en términos poco claros, las consecuencias funestas de las grandes ciudades sobre el desarrollo moral de los trabajadores. Otro burgués, pero que lo es totalmente, un hombre conforme a la voluntad de la Liga por la abolición de las leyes de granos, el Dr. Andrew Ure,** nos descubre el otro aspecto de la cuestión. Expone que la vida en las grandes ciudades facilita las coaliciones entre obreros, y hace al populacho poderoso. Si los trabajadores no estuviesen educados (es decir, educados en la obediencia a la burguesía), verían las cosas desde un punto de vista unilateral, desde un punto de vista siniestramente egoísta; ellos se dejarían seducir fácilmente por demagogos astutos -es más, serían muy capaces de mirar celosa y hostilmente a su mejor benefactor, el capitalista comedido y emprendedor. El único recurso en este caso es la buena educación, a falta de la cual sobrevendría una quiebra nacional y otros horrores, porque entonces sería ineluctable una revolución de los obreros. Y los
* (The) Princ(iples) of Population, vol. II, p.76, ss., p.135.(F.E.)
** Philosophy of Manufactures, Londres, 1835, pp. 406 ss. Nos referiremos de nuevo a esta magnífica obra; los pasajes citados aquí se hallan en la p. 406 y siguientes. (F.E.)
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temores de nuestros burgueses son bien fundados. Si bien la concentración de la población tiene un efecto estimulante y favorable sobre la clase poseedora, la misma hace progresar también mucho más rápidamente la evolución de la clase trabajadora. Los obreros comienzan a estimar que ellos constituyen una clase en su totalidad, toman conciencia de que, débiles aisladamente, representan todos juntos una fuerza. Se fomenta la separación con respecto a la burguesía, la elaboración de concepciones e ideas adecuadas a los trabajadores y a su situación la conciencia que tienen de ser oprimidos se impone a ellos, y los trabajadores adquieren una importancia social y política. Las grandes ciudades son las cunas del movimiento obrero; en ellas los obreros han comenzado a reflexionar sobre su situación y a luchar; en ellas es donde se manifiesta primeramente la oposición entre proletariado y burguesía; de ellas brotan las asociaciones obreras, el cartismo y el socialismo. Las grandes ciudades han transformado la enfermedad del organismo social que se manifiesta en el campo en forma crónica, en una afección aguda; así ellas han revelado claramente su verdadera naturaleza y simultáneamente el verdadero medio de curarla. Sin las grandes ciudades y su influencia favorable sobre el desarrollo de la inteligencia pública, los obreros no serían largo tiempo lo que son ahora. Además, ellas han destruido los últimos vestigios de las relaciones paternalistas entre obreros y patronos, y a ello ha contribuido la gran industria, al multiplicar el número de obreros que dependen de un solo burgués. Desde luego, la burguesía se lamenta de ello, y con razón, ya que mientras duraran las relaciones patriarcales, el burgués estaba poco más o menos al abrigo de una rebelión de los trabajadores. Podía explotarlos y dominarlos a su gusto, y ese pueblo de gentes sencillas le ofrecía por añadidura su obediencia, su gratitud y su afecto, cuando además del salario él lo gratificaba con algunas amabilidades que no le costaban nada y tal vez algunas pequeñas ventajas, dando la apariencia de que hacía todo eso sin ser obligado, por pura bondad de alma, por gusto al sacrificio, cuando en realidad no era ni la décima parte de lo que debiera hacer. Como burgués
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particular, colocado en condiciones que él mismo no había creado, ha hecho desde luego, en parte al menos, lo que debería hacer; pero como miembro de la clase dirigente, que por la simple razón de gobernar es responsable de la situación del país entero y a quien incumbe defender el interés general, no solamente no ha hecho nada de lo que hubiera debido asumir, sino que por añadidura ha explotado a toda la nación en beneficio personal. La relación patriarcal, que disimulaba hipócritamente la esclavitud de los obreros, hacía que el obrero debiera por necesidad permanecer intelectualmente muerto, ignorante de sus propios intereses, simple particular. Solamente cuando escapó a su patrón y le resultó un extraño, cuando se vio claramente que el único vínculo entre ellos era el interés particular, la ganancia; solamente cuando desapareció el afecto aparente, que no resistió la primera prueba, es que el obrero comenzó a comprender su posición y sus intereses y a desarrollarse de manera autónoma; solamente entonces es cuando dejó de ser en sus concepciones, sus sentimientos y su voluntad, el esclavo de la burguesía. Y es principalmente la industria y las grandes ciudades lo que ha contribuido de modo determinante a esta evolución.
Otro factor que ha ejercido una influencia importante sobre el carácter de los obreros ingleses, es la inmigración irlandesa, de la cual ya hemos tratado en igual sentido. Es cierto que la misma, como vemos42, de una parte ha degradado a los trabajadores ingleses, privándolos de los beneficios de la civilización y agravando su situación, pero por otra parte ha contribuido a ensanchar la brecha entre trabajadores y burguesía, y acelerar así el acercamiento de la crisis. Porque la evolución de la enfermedad social de la cual sufre Inglaterra es igual que la de una enfermedad física; evoluciona según ciertas leyes y tiene sus crisis, de las cuales la última y más violenta decide la suerte del paciente. Y como es imposible que la nación inglesa sucumba a esta última crisis, y como debe necesariamente salir de ella renovada y regenerada, hay
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(1892) sahen (como hemos visto) (1845) sehen (vemos).190
motivos para alegrarse de todo lo que conduce la enfermedad a su paroxismo. Y la inmigración irlandesa contribuye a ello además por ese carácter vivo apasionado, que ella aclimata en Inglaterra y que aporta a su clase obrera. Por muchos razones, las relaciones entre irlandeses e ingleses son las mismas que aquellas entre franceses y alemanes; la mezcla del temperamento irlandés, más informal, más emotivo, más caluroso, con el carácter inglés, calmado, perseverante, reflexivo, no puede ser a la larga sino beneficiosa para ambas partes. El egoísmo brutal de la burguesía inglesa hubiera permanecido mucho más arraigado en la clase trabajadora si el carácter irlandés, generoso hasta el derroche, esencialmente dominado por el sentimiento, no hubiera venido a unirse al mismo, de una parte, gracias al cruzamiento entre razas y, de otra parte, gracias a las relaciones habituales, para suavizar lo que el carácter inglés tenía de frío y demasiado racional. Por tanto, ya no nos asombraremos más de saber que la clase trabajadora se ha convertido poco a poco en un pueblo muy diferente a la burguesía inglesa. La burguesía tiene más afinidades con todas las naciones de la tierra que con los obreros que viven a su lado. Los obreros hablan un idioma diferente, tienen otras ideas y concepciones, otras costumbres y otros principios morales, una religión y una política diferente a aquellas de la burguesía. Se trata de dos pueblos distintos, tan distintos como si fuesen de otra raza, y hasta aquí, conocemos una sola de ellas en el continente, la burguesía. Y sin embargo, es precisamente el segundo, el pueblo de los proletarios, el que es con mucho el más importante para el futuro de Inglaterra.*
También tendremos que hablar del carácter público de los trabajadores ingleses tal como se manifiesta en las asociaciones o los principios políticos; aquí sólo queremos mencionar los
* (1892) Como es sabido, la idea de que la gran industria ha dividido a Inglaterra en dos naciones diferentes fue expresada más o menos por la misma época por Disraeli, en su novela Sybil, or the two Nations (Sybil, o las dos naciones). (F.E.)
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resultados de las causas que acabamos de enumerar en la medida en que ellas obran sobre el carácter privado de los obreros. En la vida cotidiana, el obrero es mucho más humano que el burgués. Ya he señalado anteriormente que los mendigos acostumbran apelar únicamente a los obreros, y que, de manera general, los trabajadores hacen más por los pobres que la burguesía. Este hecho -que por otra parte se puede verificar diariamente-, es confirmado por Mr. Parkinson, canónigo de Manchester, entre otros:
"Los pobres se dan mutuamente más de lo que los ricos dan a los pobres. Yo puedo apoyar mi afirmación por el testimonio de uno de nuestros médicos de más edad, más hábiles, más observadores y más humanos, el Dr. Bardsley. Él ha declarado públicamente que la suma total que los pobres se donan mutuamente cada año supera a aquella que los ricos proveen en el mismo lapso para fines de asistencia."*
Es una cosa regocijante ver la humanidad de los obreros manifestarse igualmente por todas partes en otros campos. Ellos mismos han soportado una vida penosa y son por tanto capaces de experimentar simpatía por los necesitados; para ellos, todo hombre es un ser humano, mientras que para el burgués, el obrero es menos que un hombre; por eso es que ellos son más fáciles al trato, más amables, y aunque sienten más la necesidad de dinero que los poseedores, están menos a la espera de dinero porque a su juicio éste sólo tiene valor en consideración a lo que les permite comprar, mientras que para los burgueses posee un valor particular, intrínseco, el valor de un dios, lo que hace del burgués un "hombre de dinero" vulgar y repugnante. El obrero, que ignora esa veneración del dinero, es por consecuencia menos codicioso que el burgués cuyo único fin es ganar dinero, y que ve en la acumulación de sacos de oro el
* On the present condition of the Labouring Poor in Manchester, etc. (De la situación actual de los trabajadores obreros en Manchester, etc.) . . . Por el Rev. Rd. Parkinson, Canon o Manchester. 3ra. edición, Londres y Manchester, 1841. Pamphlet. (F.E.)
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fin supremo de la vida. Por eso el obrero tiene igualmente muchas menos prevenciones; es mucho más abierto a la realidad y no ve todo a través del prisma del interés. La insuficiencia de su educación lo preserva de prejuicios religiosos; no comprende de ello ni pizca y no se atormenta en absoluto por eso, ignora el fanatismo de que es prisionera la burguesía y si por casualidad tiene alguna religión, ésta no es sino formal, ni siquiera teórica; prácticamente sólo vive para este mundo y busca tener ciudadanía en el mismo. Todos los escritores de la burguesía están de acuerdo en que los obreros no tienen religión y no van a la iglesia. A lo sumo hay que exceptuar a los irlandeses, algunas personas ancianas, y además los semiburgueses: supervisores, capataces y militantes. Pero en la masa, casi por todas partes se encuentra sólo indiferencia total con respecto a la religión, a lo sumo; un vago deísmo, demasiado poco elaborado43 para servir de otra cosa que hacer algunas frases o suscitar un poco más que un vago temor ante expresiones tales como infiel (incrédulo), atheist (ateo). Los eclesiásticos de todas las sectas son muy mal vistos por los obreros, aunque sólo recientemente es que han perdido su influencia sobre éstos; pero hoy día una simple interjección como he is a parson! (es un cura) con frecuencia es suficiente para excluir a un pastor de la tribuna en actos públicos. Y al igual que las condiciones de existencia, la falta de educación religiosa y de otro tipo contribuye a hacer que los trabajadores sean menos prevenidos, menos prisioneros que los burgueses de principios tradicionales y bien establecidos y de opiniones preconcebidas. El burgués está hundido hasta el cuello en sus prejuicios de clase, en los principios que le han machacado desde su juventud; nada puede esperarse, es -aun cuan do se presente bajo el aspecto liberal- profundamente conservador, su interés está ligado indisolublemente al estado de cosas existente, está radicalmente cerrado a todo movimiento. Abandona su puesto a la cabeza del desarrollo histórico, los obreros lo reemplazan en el mismo, primeramente
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(1892) ...Deismus, zu unentwickelt, um (1845) ...Deismus, das zu unentwickelt ist, um193
de derecho, después, un día, también de hecho.
Esos, así como la actividad pública de los obreros que de ello resulta y que estudiaremos más adelante, son los dos aspectos favorables del carácter de esa clase; los aspectos desfavorables pueden resumirse también brevemente y emanan además naturalmente de causas idénticas: embriaguez, desenfreno en las relaciones sexuales, grosería y falta de respeto por la propiedad, son los principales reproches que les dirige la burguesía. No hay que asombrarse porque los trabajadores beban mucho. El sheriff Alison afirma que cada sábado por la noche en Glasgow, unos 30000 obreros se emborrachan y seguramente ese cálculo no es inferior a la realidad; él afirma asimismo que en esa ciudad, en 1830, había una taberna por cada doce inmuebles y en 1840 una por cada diez casas; que en Escocia se pagaron derechos sobre el alcohol por 2300000 galones de aguardiente en 1823 y por 6620000 galones en 1837, y en Inglaterra en 1823 por 1976000 galones y por 7875000 galones en 1837.* Las leyes de 1830 sobre la cerveza, que facilitaron la apertura de bares que se llamaban los Jerry Shops y cuyos propietarios tenían el derecho de vender cerveza to be drunk on the premises (para consumir en el mismo lugar), esas leyes favorecieron igualmente la extensión del alcoholismo abriendo un bar, por decirlo así, a la puerta de cada quien. En casi todas las calles se encuentran establecimientos de ese género, y por todas partes, en el campo, donde hay una aglomeración de dos o tres casas, se puede estar seguro de hablar un Jerry Shop. Además, existen los Hush Shops es decir, bares clandestinos, sin licencia -en gran número, y otras tantas destilerías, en el corazón de las grandes ciudades; en los barrios retirados que la policía visita raramente, que producen grandes cantidades de aguardiente. Gaskell (obra citada) estima el número de estas últimas en más de 100 en Manchester solamente y su producción anual en 156000 galones por lo menos. En Manchester hay más de mil bares; por lo tanto, proporcionalmente al número de inmuebles,
* (The)Princ(iples) of Population, pássim. (F.E.)
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al menos tantos como en Glasgow. En todas las otras grandes ciudades ocurre lo mismo. Y cuando se piensa que además de las consecuencias habituales del alcoholismo, hombres y mujeres de todas las edades, incluso niños, a menudo madres con su criatura en brazos se reúnen en esas tabernas con las víctimas más depravadas del régimen burgués; ladrones, estafadores, prostitutas, cuando se piensa que más de una madre da alcohol al crío que lleva en sus brazos, se reconocerá ciertamente que la frecuentación de esos lugares contribuye a la desmoralización. Sobre todo el sábado por la noche, cuando se ha recibido la paga y terminado de trabajar más temprano que de ordinario, cuando toda la clase obrera sale de sus malos barrios y anda por las calles principales, es que se puede comprobar la embriaguez en toda su brutalidad. En tales noches, raramente he salido de Manchester sin encontrar una multitud de hombres borrachos, titubeantes o yaciendo en las cunetas. El domingo en la noche se renueva la misma escena, aunque un poco más moderada. Y cuando se acaba el dinero, los bebedores acuden a la primera casa de empeños que encuentran, de las cuales hay gran número en todas las ciudades importantes: más de 60 en Manchester y 10 ó 12 en una sala calle de Salford (Chapel Street), y empeñan todo lo que les queda. Muebles, ropas de domingo -cuando tienen- vajilla, son retirados en masa cada sábado de las casas de empeños para volver a ellas casi siempre antes del miércoles siguiente, hasta que un contratiempo hace imposible un nuevo retiro y uno a uno de esos objetos llega a ser la presa del usurero, a menos que éste último ya no quiera adelantar un centavo(ni medio) sobre mercancías gastadas y usadas. Cuando se ha visto con los propios ojos la extensión del alcoholismo entre los obreros en Inglaterra, se cree fácilmente a Lord Ashley* cuando afirma que esa clase gasta en bebidas espirituosas alrededor de 25 millones de libras esterlinas anualmente, y puede uno imaginarse qué agravación de la situación material, qué terrible peligro familiar pueden resultar de ello. Es cierto que las sociedades de temperancia han hecho
* Sesión de la Cámara de los Comunes del 28 de febrero de 1843. (F.E.)
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mucho, pero, ¿qué influencia pueden ejercer algunos millares de Teetotallers44 frente a millares de obreros? Cuando el padre Mathew, apóstol irlandés de la temperancia, recorre las ciudades inglesas, con frecuencia de 30 a 60 mil trabajadores hacen el pledge (el voto), pero cuatro semanas más tarde la mayoría ya lo ha olvidado. Por ejemplo, si hace la cuenta de las personas de Manchester que en los últimas tres o cuatro años han jurado no beber más, el resultado sería un número mayor de personas de las que hay en esa ciudad; lo cierto es que no hay disminución del alcoholismo.
Junto a ese consumo sin freno de bebidas alcohólicas; el desenfreno de las relaciones sexuales constituye uno de los vicios principales de numerosos obreros ingleses. Esta es igualmente una consecuencia inevitable, ineluctable de las condiciones de vida de una clase abandonada a sí misma; pero desprovista de los medios de hacer uso de esa libertad. La burguesía sólo le ha dejado esos dos placeres en tanto que la ha colmado de penas y sufrimientos; la consecuencia de ello es que los trabajadores, para disfrutar al menos un poco de la vida concentran toda su pasión en esos dos placeres, y se entregan a ellos con exceso y de la manera más desenfrenada. Cuando se encuentran personas en una situación que solamente pueden cuadrar al animal, sólo les queda sublevarse o naufragar en la bestialidad. Y cuando, por añadidura, la burguesía misma participa en buena parte en el desarrollo de la prostitución de las 40000 prostitutas que deambulan cada noche por las calles de Londres*, ¿a cuántas de ellas sustenta la virtuosa burguesía? ¿Cuántas de ellas deben a un burgués que las ha seducido la obligación en que se hallan de vender sus cuerpos a los visitantes para poder vivir? Ella tiene verdaderamente menos que cualquiera el derecho de reprochar a los trabajadores su brutalidad sexual.
44
Abstemios.* Sheriff Alison: (The)Princ(iples). of Population., vol II (F.E.)
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En suma, los defectos de los obreros se reducen al desenfreno en la búsqueda del placer, a la falta de previsión y a la negativa de someterse al orden social y, de una manera general, a la incapacidad de sacrificar el placer del momento por una ventaja más lejana. Pero, ¿qué tiene ella de sorprendente? Una clase que por su ardua labor sólo puede procurarse pocas cosas y los placeres más materiales, ¿no tiene que precipitarse ciegamente, sin reflexionar sobre esos placeres? Una clase que nadie se ocupa de formar sujeta a todos los azares, que ignora toda seguridad de la existencia, ¿qué motivos, qué interés tiene de ser previsora, de llevar una vida "sólida" y en lugar de aprovechar el favor del momento pensar en un placer distante que todavía es muy incierto, sobre todo para ella en su situación cuya estabilidad es siempre precaria y que puede cambiar totalmente? ¿Se exige de una clase que debe soportar todos los inconvenientes del orden social, sin poder beneficiarse de sus ventajas de una clase a quien ese orden social no puede aparecer sino hostil, se exige de ella que lo respete? Es, verdaderamente, exigir demasiado. Pero la clase obrera no podría escapar a ese orden social mientras existiera; y si el obrero individual se levanta contra el mismo, él es quien sufre el daño más grande. De ese modo el orden social hace al trabajador la vida de familia casi imposible. Una casa inhabitable, sucia, apenas suficiente para servir de abrigo nocturno, raramente con calefacción, mal amueblada, y donde con frecuencia la lluvia penetra, una atmósfera asfixiante en una pieza con muchas personas, no permiten la menor vida de familia. El marido trabaja todo el día, así como la mujer y tal vez los hijos mayores, todos en lugares diferentes, y sólo se ven por la mañana y por la noche y hay además la tentación continua del aguardiente; ¿dónde habría lugar para la vida de familia? Y sin embargo, el obrero no puede escapar a la familia, él debe vivir en familia; de ello resultan querellas y desacuerdos familiares perpetuos, cuyo efecto es extremadamente desmoralizador, tanto para los esposos como para los niños. La negligencia de todos los deberes familiares, los niños dejados al abandono, es sólo frecuente entre los trabajadores ingleses y las instituciones
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sociales actuales son en gran medida la causa de ello. ¿Y se quisiera que niños criados como salvajes en ese medio ambiente donde mayor es la inmoralidad y donde con frecuencia los padres participan en esa inmoralidad, se quisiera que estuviesen dotados sin embargo de delicadas conciencias morales?
Las exigencias que el burgués satisfecho formula al obrero son verdaderamente demasiado ingenuas.
El menosprecio del orden social se manifiesta más claramente en su extremo, la delincuencia. Si las causas que hacen al obrero inmoral operan de manera más poderosa, más intensa que habitualmente, éste se convierte en un delincuente, tan seguramente como el agua calentada a 80 grados Reaumur (100 grados centígrados) pasa del estado líquido al estado gaseoso. Bajo la acción brutal y embrutecedora de la burguesía, el obrero se convierte precisamente en una cosa tan desprovista de voluntad como el agua; está sujeto exactamente con la misma necesidad a las leyes de la naturaleza para él, hasta cierto punto, toda la libertad cesa. Por eso es que, paralelamente al desarrollo del proletariado, la criminalidad se ha incrementado en Inglaterra; y la nación británica se ha convertido en la más criminal del mundo. Resalta de los "Cuadros de Criminalidad" publicados anualmente por el Ministerio del Interior, que en Inglaterra el incremento de la criminalidad se ha efectuado con una rapidez inconcebible. El número de arrestos por hechos calificados como delitos ascendía en Inglaterra y el país de Gales solamente a:
En 1805 4605 En 1830 18107
En 1810 5140 En 1835 20731
En 1815 781845 En 1840 27187
En 1820 13710 En 1841 27760
En 1825 14437 En 1842 31309
45
(1845) y (1892) indican por error 7898.198
Por tanto, en 37 años el número de arrestos ha aumentado en seis veces. En 1842, 4497 de esos arrestos, o sea más del 14%, se efectuaron en Lancashire, y 4094, o sea más del 13%, en Middlesex (incluyendo Londres). Vemos, pues, que dos distritos, que comprenden grandes ciudades con numeroso proletariado, representan por sí solos 1/4 de la criminalidad aunque su población esté muy lejos de constituir 1/4 de aquella de todo el país. Las estadísticas sobre delincuencia proporcionan asimismo la prueba directa de que casi todos los delitos han sido cometidos por el proletariado; pues en 1842, el 32.35% de los delincuentes, por término medio, no sabían ni leer ni escribir, el 58.32% no sabía sino imperfectamente leer y escribir, el 6.77% sabía leer y escribir bien, el 0.22% había recibido una instrucción superior, y para el 2.34% había sido imposible indicar el grado de instrucción. En Escocia, la criminalidad ha aumentado también mucho más rápidamente. En 1819, se había procedido a 89 arrestos solamente por delitos, en 1837 su número era ya de 3126 y en 1842 de 4189. En el condado de Lancashire, donde el sheriff Alison mismo es quien redactó el informe oficial, la población se ha duplicado en 30 años, pero la criminalidad cada cinco años y medio, aumentando por tanto seis veces más rápidamente que la población. En cuanto a la naturaleza de los delitos, son como en todos los países civilizados, en su gran mayoría, delitos contra la propiedad, teniendo por tanto como causa la falta de una cosa o de otra, porque lo que se posee no se roba. La proporción de delitos cometidos contra la propiedad con relación a la población, que es en los Países Bajos de 1/7140, en Francia de 1/1804, era en Inglaterra, en la época en que Gaskell escribía, de 1/799; los delitos contra personas representaban can relación a la población en los Países Bajos, una proporción de 1/28904, en Francia de 1/17573, y en Inglaterra de 1/23395. De manera general, la relación del número de delitos, con la cifra de la población era en los distritos agrícolas de 1/1043, en los distritos industriales de 1/840*; en toda Inglaterra esa relación se establece ahora en
* (The) Manuf(acturing) Popul(ation). of Engl(and). cap. 10. (F.E.)
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1/660* apenas, !y hace justamente diez años que apareció el libro de Gaskell!
Estos hechos son más que suficientes para hacer meditar y reflexionar a cualquiera, incluso a un burgués, sobre las consecuencias de semejante situación. Si la inmoralidad y la criminalidad se incrementa de nuevo en esa proporción durante veinte años -y si la industria inglesa es menos próspera durante esos veinte años que anteriormente, la progresión de la criminalidad va a acelerarse de nuevo- ¿cuál será el resultado? Comprábamos ya que la sociedad está en plena descomposición, es imposible abrir un periódico sin leer, en los hechos más sorprendentes, la prueba del relajamiento de todos los vínculos sociales. Yo saco al azar entre el montón de periódicos ingleses amontonados delante de mí; ese es un Manchester Guardian (30 de octubre de 1844) que da las noticias de tres días; no se toma el trabajo de proporcionar noticias precisas sobre Manchester, y reporta simplemente los casos más interesantes: por ejemplo, en una fábrica, los trabajadores han cesado el trabajo para obtener un aumento de salario y han sido obligados por el juez de paz a proseguirlo; en Salford algunos muchachos han cometido robos y un negociante en quiebra ha intentado estafar a sus acreedores. Las noticias provenientes de los alrededores son más detalladas; en Ashton, dos robos, un desvalijamiento, un suicidio; en Bury, un robo; en Bolton, dos robos, un fraude al fisco; en Leigh, un robo; en Oldham, paralización del trabajo a causa de los salarios, un robo, una riña entre irlandeses, un sombrerero que no pertenece al gremio zurrado por los miembros del mismo, una madre golpeada por su hijo; en Rochdale, una serie de riñas, un atentado contra la policía, un robo en una iglesia; en Stockport, descontento de los obreros a causa de los salarios, un robo, una estafa, una riña, un hombre que maltrata a su mujer; en Warrington, un robo y una riña; en Wigan, un robo y un pillaje de iglesia. Las crónicas de los
* Se ha dividido la cifra de la población (unos 15 millones) por la de los individuos convictos de delitos (22733). (F.E.)
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periódicos londinenses son todavía mucho peores; estafa, robos, asaltos a mano armada, querellas familiares se acumulan allí; tengo precisamente ante mi un número del Times (12 de septiembre de 1844) que sólo reporta los acontecimientos de un día: se trata de un robo, un atentado contra la policía, una sentencia condenando al padre de un hijo ilegítimo a pagar pensión alimenticia; el abandono de un niño por sus padres y el envenenamiento de un hombre por su mujer. Se hallan otros tantos casos en los periódicos ingleses. En este país, la guerra social ha estallado; cada uno se defiende y lucha para sí mismo contra todos; en cuanto a saber si él hará daño o no a todos los demás, que son sus enemigos declarados, eso depende únicamente de un cálculo egoísta para determinar lo que es más beneficioso para él. A nadie se le ocurre entenderse amigablemente con su prójimo; todas las diferencias se zanjan por las amenazas, recurriendo a los tribunales, a menos que no se haga justicia por sí mismo. En suma cada quien ve en otro a un enemigo que es necesario apartar de su camino, o por lo menos un medio que es necesario explotar para sus propios fines. Y esa guerra, como lo demuestran las estadísticas de criminalidad, deviene de año en año más violenta, más apasionada, más implacable; los enemigos se dividen poco a poco en dos grandes campos, hostiles el uno al otro; aquí la burguesía y allí el proletariado. Esa guerra de todos contra todos y del proletariado contra la burguesía no debe sorprendernos, porque ella no es más que la aplicación consecuente del principio que encierra ya la libre competencia. Pero lo que sí es de asombrar es que la burguesía, encima de la cual se amontonan cada día las nuevas nubes de una tormenta amenazadora, sigue a pesar de todo tan calmada y tranquila con la lectura de todo lo que relatan cotidianamente los periódicos sin sentir, no digo indignación ante esa situación social, sino solamente temor ante sus consecuencias, ante una explosión general de lo que se manifiesta de una manera esporádica por la criminalidad. Pero después de todo es cierto que ella es la burguesía y, desde su punto de vista, no es siquiera capaz de darse cuenta de los hechos con mayor razón ella ignora sus consecuencias. Hay sólo una cosa sorprendente: y es que los
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prejuicios de clase, las opiniones preconcebidas y machacadas, puedan afectar a toda una clase de hombres con una obcecación tan cabal, yo debería decir tan insensata. El desarrollo de la nación sigue no obstante su camino, tengan o no los burgueses ojos para verlo, y una buena mañana esa evolución dará a la clase poseedora una sorpresa de cuya certeza no puede hacerse la menor idea, ni en sueños.
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LAS DIFERENTES RAMAS INDUSTRIALES
LOS OBREROS FABRILES PROPIAMIENTE DICHOS
Si ahora queremos examinar más detenidamente cada uno de los sectores más importantes del proletariado inglés, conforme al principio establecido anteriormente, tendremos que comenzar por los obreros fabriles, es decir, aquellos comprendidos en las disposiciones de la ley de fábricas. Esta ley reglamenta la duración del trabajo en las fábricas donde se hila o teje la lana, la seda, el algodón y el lino utilizando la fuerza hidráulica o la máquina de vapor y abarca por consiguiente las ramas más importantes de la industria inglesa. La categoría de obreros que vive de esos trabajos es la más numerosa, la más antigua, la más inteligente, y la más enérgica; pero por esa razón también, la más revoltosa y la más odiada de la burguesía; ella está en particular los obreros que trabajan el algodón a la cabeza del movimiento obrero, del mismo modo que sus patrones, los industriales, están, sobre todo en Lancashire, al frente de la agitación burguesa.
Ya hemos visto, en la introducción, que la población que trabaja en los sectores mencionados anteriormente había sido arrancada de sus condiciones de vida precedentes por la aparición de nuevas máquinas. Por tanto no debemos sorprendernos de que los progresos de los descubrimientos mecánicos la hayan afectado, más tarde también, de manera más sensible y duradera. La historia de la industria del algodón
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tal como se puede leer en las obras de Ure* y Baines** entre otros autores, está llena de ejemplos de nuevas mejoras; y la mayoría ha sido introducida también en las demás ramas industriales a que nos hemos referido. Casi por todas partes, el trabajo mecánico ha sustituido el trabajo manual, casi todas las operaciones se efectúan con ayuda de la energía hidráulica o de la fuerza del vapor, y cada año aporta nuevos perfeccionamientos.
Si reinara la armonía en la sociedad, uno no podría menos que regocijarse de tales mejoras; pero en la guerra de todos contra todos, algunos individuos se apoderan de las ventajas que de ello resultan, quitando de ese modo a la mayoría los medios de vida. Todo perfeccionamiento mecánico lanza obreros a la calle, y, mientras más importante es la mejora, más numerosa es la categoría reducida al paro forzoso; cada una tiene por tanto sobre cierto número de trabajadores el efecto de una crisis económica, engendrando miseria, penuria y delincuencia. Citemos algunos ejemplos. Dado que ya la primera máquina inventada, la Jenny (cf. más arriba), era manejada por un solo obrero, y producía en igual tiempo seis veces más que un torno para hilar, cada nueva Jenny desplazó a cinco obreros. La Throstle que, a su vez, producía mucho más que la Jenny y sólo exigía también únicamente un obrero, ocasionó aún más desplazamientos. La Mule, que con respecto a su producción reclamaba46 todavía menos obreros, tuvo el mismo efecto, y cada perfeccionamiento de la Mule, es decir, cada aumento del número de sus husos, redujo a su vez el número de obreros necesarios. Este aumento del número de husos es tan importante que, a causa del mismo, muchedumbres
* The Cotton Manufacture of Great Britain (La industria manufacturera del algodón en Gran Bretaña) by Dr. A. Ure, 1836. (2 vols.) (F.E.)
** History of the Cotton Manufacture of Great Britain (Historia de la industria del algodón en Gran Bretaña) by E. Baines, Esq., 1835 (F.E.)
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(1892) notig machte (1845) notig hatte.204
de obreros han quedado sin trabajo; porque si antes un "hilandero" ayudado de algunos niños (piecers) podía accionar 600 husos, en lo adelante pudo atender de 1400 a 2 000 de ellos en dos Mules, con el resultado de que dos hilanderos adultos, y cierto número de piecers que ellos empleaban, quedaron sin trabajo. Y desde que, en un número importante de hilanderías Mules, se han introducido las self-actors, el papel del hilandero ha desaparecido completamente y es la máquina quien trabaja. Tengo ante mí un libro* del cual es autor el jefe reconocido de los cartistas de Manchester, James Leach. Este hombre ha trabajado durante años en diversas ramas industriales y en minas de carbón, y yo lo conozco personalmente: es un hombre valiente, digno de confianza y capaz. Debido a su posición en el partido, él tenía a su disposición los datos más exactos sobre diferentes fábricas, recogidos por los propios trabajadores, y él publica en su libro cuadros de donde resalta que, en 1829, había en 35 fábricas .1083 hilanderos de la Mule más que en 1841, mientras que el número de husos en esas 35 fábricas había aumentado en 99429. Menciona 5 fábricas donde ya no hay ni un solo hilandero, ya que las mismas utilizan self-actors. Mientras que el número de husos aumentaba en l0%, el de hilanderos disminuía en 60%. Y, añade Leach, se han logrado tantos perfeccionamientos desde 1841 por la duplicación de filas de husos (double decking) y otros procedimientos, que en las fábricas de que hablamos la mitad de los hilanderos han sido a su vez despedidos; en una fábrica donde había recientemente todavía 80 hilanderos, no quedan más que 20, los demás han sido despedidos o bien h