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C. MARX

LA GUERRA CIVIL EN FRANCIA [1]

INTRODUCCION DE FEDERICO ENGELS DE 1891 [2]

El requerimiento para reeditar el manifiesto del Consejo General de la Internacional sobre "La guerra civil en Francia" y para escribir una introducción para él, me cogió desprevenido. Por eso sólo puedo tocar brevemente aquí los puntos más importantes.

Hago preceder al extenso trabajo arriba citado los dos manifiestos más cortos del Consejo General sobre la guerra franco-prusiana [*] . En primer lugar, porque en "La guerra civil" se hace referencia al segundo de estos dos manifiestos, que, a su vez, no puede ser completamente comprendido si no se conoce el primero. Pero además, porque estos dos manifiestos, escritos también por Marx, son, al igual que "La guerra civil", ejemplos elocuentes de las dotes extraordinarias del autor —manifestadas por vez primera en "El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte" [*] — para ver claramente el carácter, el alcance y las consecuencias inevitables de los grandes acontecimientos históricos, cuando éstos se desarrollan todavía ante nuestros ojos o acaban apenas de producirse. Y, finalmente, porque en Alemania estamos aún padeciendo las consecuencias de aquellos acontecimientos, tal como Marx los había pronosticado.

[189]

En el primer manifiesto se declaraba que si la guerra defensiva de Alemania contra Luis Bonaparte degeneraba en una guerra de conquista contra el pueblo francés revivirían con redoblada intensidad todas las desventuras que Alemania había experímentado después de la llamada guerra de liberación [3]. ¿Acaso no ha sucedido así? ¿No hemos padecido otros veinte años de dominación bismarquiana, con su Ley de Excepción [4] y su batida antisocialista en lugar de las persecuciones de demagogos [5] con las mismas arbitrariedades policíacas y la misma, literalmente la misma, interpretación indignante de las leyes?

¿Y acaso no se ha cumplido al pie de la letra el pronóstico de que la anexión de Alsacia y Lorena «echaría a Francia en brazos de Rusia» y de que Alemania con esta anexión se convertiría abiertamente en un vasallo de Rusia o tendría, que prepararse, después de una breve tregua, para una nueva guerra, para «una guerra de razas, una guerra contra las razas eslava y latina coligadas»? [*] ¿Acaso la anexión de las provincias francesas no ha echado a Francia en brazos de Rusia? ¿Acaso Bismarck no ha implorado en vano durante veinte años los favores del zar, y con servicios aún más bajos que aquellos con que la pequeña Prusia, cuando todavía no era la «primera potencia de Europa», solía postrarse a los pies de la santa Rusia? ¿Y acaso no pende constantemente sobre nuestras cabezas la espada de Damocles de otra guerra, que, al empezar, convertirá en humo de pajas todas las alianzas de los soberanos selladas por los protocolos, una guerra en la que lo única cierto es la absoluta incertidumbre de sus consecuencias; una guerra de razas que entregará a toda Europa a la obra devastadora de quince o veinte millones de hombres armados, y que si no ha comenzado ya a hacer estragos es simplemente porque hasta la más fuerte entre las grandes potencias militares tiembla ante la completa imposibilidad de prever su resultado final?

De aquí que estemos aún más obligados a poner al alcance de los obreros alemanes esta brillante prueba, hoy medio olvidada, de la profunda visión de la política internacional de la clase obrera en 1870.

Y lo que decimos de estos dos manifiestos también es aplicable a "La guerra civil en Francia". El 28 de mayo, los últimos luchadores de la Comuna sucumbían ante la superioridad de fuerzas del enemigo en las faldas de Belleville. Dos días después, el 30, Marx leía ya al Consejo General el texto del trabajo en que se esboza la significación histórica de la Comuna de París, en trazos breves y enérgicos, pero tan precisos y sobre todo tan exactos que no han [190] sido nunca igualados en toda la enorme masa de escritos publicados sobre este tema.

Gracias al desarrollo económico y político de Francia desde 1789, la situación en París desde hace cincuenta años ha sido tal que no podía estallar en esta ciudad ninguna revolución que no asumiese en seguida un carácter proletario, es decir, sin que el proletariado, que había comprado la victoria con su sangre, presentase sus propias reivindicaciones después del triunfo conseguido. Estas reivindicaciones eran más o menos oscuras y hasta confusas, a tono en cada período con el grado de desarrollo de los obreros de París, pero se reducían siempre a la exigencia de abolir los antagonismos de clase entre capitalistas y obreros. A decir verdad, nadie sabía cómo se podía conseguir esto. Pero la reivindicación misma, por vaga que fuese la manera de formularla, encerraba ya una amenaza contra el orden social existente; los obreros que la mantenían estaban aún armados; por eso, el desarme de los obreros era el primer mandamiento de los burgueses que se hallaban al frente del Estado. De aquí que después de cada revolución ganada por los obreros se llevara a cabo una nueva lucha que acababa con la derrota de éstos.

Así sucedió por primera vez en 1848. Los burgueses liberales de la oposición parlamentaria celebraban banquetes abogando por una reforma electoral que había de garantizar la dominación de su partido. Viéndose cada vez más obligados a apelar al pueblo en la lucha que sostenían contra el Gobierno, no tenían más remedio que tolerar que los sectores radicales y republicanos de la burguesía y de la pequeña burguesía tomasen poco a poco la delantera. Pero detrás de estos sectores estaban los obreros revolucionarios, que desde 1830 [6] habían adquirido mucha más independencia política de lo que los burgueses e incluso los republicanos se imaginaban. Al producirse la crisis entre el Gobierno y la oposición, los obreros comenzaron la lucha en las calles. Luis Felipe desapareció, y con él la reforma electoral, viniendo a ocupar su puesto la república, y una república que los mismos obreros victoriosos calificaban de república «social». Nadie sabía a ciencia cierta, ni los mismos obreros, qué había que entender por república social. Pero los obreros tenían ahora armas y eran una fuerza dentro del Estado. Por eso, tan pronto como los republicanos burgueses, que empuñaban el timón del Gobierno, sintieron que pisaban terreno un poco más firme, su primera aspiración fue desarmar a los obreros. Para lograrlo se les empujó a la insurrección de Junio de 1848 [7], por medio de una violación manifiesta de la palabra dada, lanzándoles un desafío descarado e intentando desterrar a los parados a una provincia lejana. El Gobierno había cuidado de asegurarse una aplastante superioridad de fuerzas. Después de cinco [191] días de lucha heroica, los obreros sucumbieron. Y se produjo un baño en sangre con prisioneros indefensos como jamás se había visto en los días de las guerras civiles con que se inició la caída de la República Romana [8]. Era la primera vez que la burguesía ponía de manifiesto a qué insensatas crueldades de venganza es capaz de acudir tan pronto como el proletariado se atreve a enfrentarse con ella, como clase aparte con intereses propios y propias reivindicaciones. Y, sin embargo, lo de 1848 no fue más que un juego de chicos, comparado con la furia de la burguesía en 1871.

El castigo no se hizo esperar. Si el proletariado no estaba todavía en condiciones de gobernar a Francia, la burguesía ya no podía seguir gobernándola. Por lo menos en aquel momento, en que su mayoría era todavía de tendencia monárquica y se hallaba dividida en tres partidos dinásticos [9] y el cuarto republicano. Sus discordias intestinas permitieron al aventurero Luis Bonaparte apoderarse de todos los puestos de mando —ejército, policía, aparato administrativo— y hacer saltar, el 2 de diciembre de 1851 [10], el último baluarte de la burguesía: la Asamblea Nacional. Así comenzó el Segundo Imperio, la explotación de Francia por una cuadrilla de aventureros políticos y financieros, pero también, al mismo tiempo, un desarrollo industrial como jamás hubiera podido concebirse bajo el sistema mezquino y asustadizo de Luis Felipe, en que la dominación exclusiva se hallaba en manos de un pequeño sector de la gran burguesía. Luis Bonaparte quitó a los capitalistas el poder político con el pretexto de defenderles, de defender a los burgueses contra los obreros, y, por otra parte, a éstos contra la burguesía; pero, a cambio de ello, su régimen estimuló la especulación y las actividades industriales; en una palabra, el auge y el enriquecimiento de toda la burguesía en proporciones hasta entonces desconocidas. Cierto es que fueron todavía mayores las proporciones en que se desarrollaron la corrupción y el robo en masa, que pululaban en torno a la Corte imperial y se llevaban buenos dividendos de este enriquecimiento.

Pero el Segundo Imperio era la apelación al chovinismo francés, la reivindicación de las fronteras del Primer Imperio, perdidas en 1814, o al menos las de la Primera República [11]. Era imposible que subsistiese a la larga un Imperio francés dentro de las fronteras de la antigua monarquía, más aún, dentro de las fronteras todavía más amputadas de 1815. Esto implicaba la necesidad de guerras accidentales y de ensanchar las fronteras. Pero no había zona de expansión que tanto deslumbrase la fantasía de los chovinistas franceses como las tierras alemanas de la orilla izquierda del Rin. Para ellos, una milla cuadrada en el Rin valía más que diez en los Alpes o en cualquier otro sitio. Proclamado el Segundo [192] Imperio, la reivindicación de la orilla izquierda del Rin fuese de una vez o por partes, era simplemente una cuestión de tiempo. Y el tiempo llegó con la guerra austro-prusiana de 1866. Defraudado en sus esperanzas de «compensaciones territoriales» por el engaño de Bismarck y por su propia política demasiado astuta y vacilante, a Napoleón no le quedaba ahora más salida que la guerra, que estalló en 1870 y le empujó primero a Sedán y después a Wilhelmshöhe [12].

La consecuencia inevitable fue la revolución de París del 4 de septiembre de 1870. El Imperio se derrumbó como un castillo de naipes y nuevamente fue proclamada la república. Pero el enemigo estaba a las puertas. Los ejércitos del Imperio estaban sitiados en Metz sin esperanza de salvación o prisioneros en Alemania. En esta situación angustiosa, el pueblo permitió a los diputados parisinos del antiguo Cuerpo Legislativo constituirse en un «Gobierno de la Defensa Nacional». Estuvo tanto más dispuesto a acceder a esto, cuanto que, para los fines de la defensa, todos los parisinos capaces de empuñar las armas se habían enrolado en la Guardia Nacional y estaban armados, con lo cual los obreros representaban dentro de ella una gran mayoría. Pero el antagonismo entre el Gobierno, formado casi exclusivamente por burgueses, y el proletariado en armas no tardó en estallar. El 31 de octubre los batallones obreros tomaron por asalto el Hôtel de Ville y capturaron a algunos miembros del Gobierno. Mediante una traición, la violación descarada por el Gobierno de su palabra y la intervención de algunos batallones pequeñoburgueses, se consiguió ponerlos nuevamente en libertad y, para no provocar el estallido de la guerra civil dentro de una ciudad sitiada por un ejército extranjero, se permitió seguir en funciones al Gobierno constituido.

Por fin, el 28 de enero de 1871, la ciudad de París, vencida por el hambre, capituló. Pero con honores sin precedente en la historia de las guerras. Los fuertes fueron rendidos, las murallas desarmadas, las armas de las tropas de línea y de la Guardia Móvil entregadas, y sus hombres fueron considerados prisioneros de guerra. Pero la Guardia Nacional conservó sus armas y sus cañones y se limitó a sellar un armisticio con los vencedores. Y éstos no se atrevieron a entrar en París en son de triunfo. Sólo osaron ocupar un pequeño rincón de la ciudad, una parte en que no había, en realidad, más que parques públicos, y, por anadidura, ¡sólo lo tuvieron ocupado unos cuantos días! Y durante este tiempo, ellos, que habían tenido cercado a París por espacio de 131 días, estuvieron cercados por los obreros armados de la capital, que montaban la guardia celosamente para evitar que ningún «prusiano» traspasase los estrechos límites del rincón [193] cedido a los conquistadores extranjeros. Tal era el respeto que los obreros de París infundían a un ejército ante el cual habían rendido sus armas todas las tropas del Imperio. Y los junkers prusianos, que habían venido a tomarse la venganza en el hogar de la revolución, ¡no tuvieron más remedio que pararse respetuosamente a saludar a esta misma revolución armada!

Durante la guerra, los obreros de París habíanse limitado a exigir la enérgica continuación de la lucha. Pero ahora, sellada ya la paz [13] después de la capitulación de París, Thiers, nuevo jefe del Gobierno, tenía que darse cuenta de que la dominación de las clases poseedoras —grandes terratenientes y capitalistas— estaba en constante peligro mientras los obreros de París tuviesen en sus manos las armas. Lo primero que hizo fue intentar desarmarlos. El 18 de marzo envió tropas de línea con orden de robar a la Guardia Nacional la artillería que era de su pertenencia, pues había sido construida durante el asedio de París y pagada por suscripción pública. El intento no prosperó; París se movilizó como un solo hombre para la resistencia y se declaró la guerra entre París y el Gobierno francés, instalado en Versalles. El 26 de marzo fue elegida, y el 28 proclamada la Comuna de París. El Comité Central de la Guardia Nacional, que hasta entonces había desempeñado las funciones de gobierno, dimitió en favor de la Comuna, después de haber decretado la abolición de la escandalosa «policía de moralidad» de París. El 30, la Comuna abolió la conscripción y el ejército permanente y declaró única fuerza armada a la Guardia Nacional, en la que debían enrolarse todos los ciudadanos capaces de empuñar las armas. Condonó los pagos de alquiler de viviendas desde octubre de 1870 hasta abril de 1871, incluyendo en cuenta para futuros pagos de alquileres las cantidades ya abonadas, y suspendió la venta de objetos empeñados en el monte de piedad de la ciudad. El mismo día 30 fueron confirmados en sus cargos los extranjeros elegidos para la Comuna, pues «la bandera de la Comuna es la bandera de la República mundial». El 1 de abril se acordó que el sueldo máximo que podría percibir un funcionario de la Comuna, y por tanto los mismos miembros de ésta, no podría exceder de 6.000 francos (4.800 marcos). Al día siguiente, la Comuna decretó la separación de la Iglesia del Estado y la supresión de todas las partidas consignadas en el presupuesto del Estado para fines religiosos, declarando propiedad nacional todos los bienes de la Iglesia; como consecuencia de esto, el 8 de abril se ordenó que se eliminase de las escuelas todos los símbolos religiosos, imágenes, dogmas, oraciones, en una palabra, «todo lo que cae dentro de la órbita de la conciencia individual», orden que fue aplicándose gradualmente. El día 5, en vista de que las tropas de Versalles fusilaban diariamente a los combatientes [194] de la Comuna capturados por ellas, se dictó un decreto ordenando la detención de rehenes, pero esta disposición nunca se llevó a la práctica. El día 6, el 137 Batallón de la Guardia Nacional sacó a la calle la guillotina y la quemó públicamente, entre el entusiasmo popular. El 12, la Comuna acordó que la Columna Triunfal de la plaza Vendôme, fundida con el bronce de los cañones tomados por Napoleón después de la guerra de 1809, se demoliese, como símbolo de chovinismo e incitación a los odios entre naciones. Esta disposición fue cumplida el 16 de mayo. El 16 de abril, la Comuna ordenó que se abriese un registro estadístico de todas las fábricas clausuradas por los patronos y se preparasen los planes para reanudar su explotación con los obreros que antes trabajaban en ellas, organizándoles en sociedades cooperativas, y que se planease también la agrupación de todas estas cooperativas en una gran Unión. El 20, la Comuna declaró abolido el trabajo nocturno de los panaderos y suprimió también las oficinas de colocación, que durante el Segundo Imperio eran un monopolio de ciertos sujetos designados por la policía, explotadores de primera fila de los obreros. Las oficinas fueron transferidas a las alcaldías de los veinte distritos de París. El 30 de abril, la Comuna ordenó la clausura de las casas de empeño, basándose en que eran una forma de explotación privada de los obreros, en pugna con el derecho de éstos a disponer de sus instrumentos de trabajo y de crédito. El 5 de mayo, dispuso la demolición de la Capilla Expiatoria, que se había erigido para expiar la ejecución de Luis XVI.

Como se ve, el carácter de clase del movimiento de París, que antes se había relegado a segundo plano por la lucha contra los invasores extranjeros, resalta con trazos netos y enérgicos desde el 18 de marzo en adelante. Como los miembros de la Comuna eran todos, casi sin excepción, obreros o representantes reconocidos de los obreros, sus acuerdos se distinguían por un carácter marcadamente proletario. Una parte de sus decretos eran reformas que la burguesía republicana no se había atrevido a implantar sólo por vil cobardía y que echaban los cimientos indispensables para la libre acción de la clase obrera, como, por ejemplo, la implantación del principio de que, con respecto al Estado, la religión es un asunto de incumbencia puramente privada; otros iban encaminados a salvaguardar directamente los intereses de la clase obrera, y, en parte, abrían profundas brechas en el viejo orden social. Sin embargo, en una ciudad sitiada lo más que se podía alcanzar era un comienzo de desarrollo de todas estas medidas. Desde los primeros días de mayo, la lucha contra los ejércitos levantados por el Gobierno de Versalles, cada vez más nutridos, absorbió todas las energías.

[195]

El 7 de abril, los versalleses tomaron el puente sobre el Sena en Neuilly, en el frente occidental de París; en cambio, el 11 fueron rechazados con grandes pérdidas por el general Eudes, en el frente sur. París estaba sometido a constante bombardeo, dirigido además por los mismos que habían estigmatizado como un sacrilegio el bombardeo de la capital por los prusianos. Ahora, estos mismos individuos imploraban al Gobierno prusiano que acelerase la devolución de los soldados franceses hechos prisioneros en Sedán y en Metz, para que les reconquistasen París. Desde comienzos de mayo, la llegada gradual de estas tropas dio una superioridad decisiva a las fuerzas de Versalles. Esto se puso ya de manifiesto cuando, el 23 de abril, Thiers rompió las negociaciones, abiertas a propuesta de la Comuna, para canjear al arzobispo de París [*] y a toda una serie de clérigos, presos en la capital como rehenes, por un solo hombre, Blanqui, elegido por dos veces a la Comuna, pero preso en Clairvaux. Y se hizo más patente todavía en el nuevo lenguaje de Thiers, que, de reservado y ambiguo, se convirtió de pronto en insolente, amenazador, brutal. En el frente sur, los versalleses tomaron el 3 de mayo el reducto de Moulin Saquet; el día 9 se apoderaron del fuerte de Issy, reducido por completo a escombros por el cañoneo; el 14 tomaron el fuerte de Vanves. En el frente occidental avanzaban paulatinamente, apoderándose de numerosos edificios y aldeas que se extendían hasta el cinturón fortificado de la ciudad y llegando, por último, hasta la muralla misma; el 21, gracias a una traición y por culpa del descuido de los guardias nacionales destacados en este sector, consiguieron abrirse paso hacia el interior de la ciudad. Los prusianos, que seguían ocupando los fuertes del Norte y del Este, permitieron a los versalleses cruzar por la parte norte de la ciudad, que era terreno vedado para ellos según los términos del armisticio, y, de este modo, avanzar atacando sobre un largo frente, que los parisinos no podían por menos que creer amparado por dicho convenio y que, por esta razón, tenían guarnecido con escasas fuerzas. Resultado de esto fue que en la mitad occidental de París, en los barrios ricos, sólo se opuso una débil resistencia, que se hacía más fuerte y más tenaz a medida que las fuerzas atacantes se acercaban al sector del Este, a los barrios propiamente obreros. Hasta después de ocho días de lucha no cayeron en las alturas de Belleville y Ménilmontant los últimos defensores de la Comuna; y entonces llegó a su apogeo aquella matanza de hombres desarmados, mujeres y niños, que había hecho estragos durante toda la semana con furia creciente. Ya los fusiles de retrocarga no mataban bastante de prisa, y entraron en juego las [196] ametralladoras para abatir por centenares a los vencidos. El Muro de los Federados del cementerio de Père Luchaise, donde se consumó el último asesinato en masa, queda todavía en pie, testimonio mudo pero elocuente del frenesí a que es capaz de llegar la clase dominante cuando el proletariado se atreve a reclamar sus derechos. Luego, cuando se vio que era imposible matarlos a todos, vinieron las detenciones en masa, comenzaron los fusilamientos de víctimas caprichosamente seleccionadas entre las cuerdas de presos y el traslado de los demás a grandes campos de concentración, donde esperaban la vista de los Consejos de Guerra. Las tropas prusianas que tenían cercado el sector nordeste de París recibieron la orden de no dejar pasar a ningún fugitivo, pero los oficiales con frecuencia cerraban los ojos cuando los soldados prestaban más obediencia a los dictados de humanidad que a las órdenes de superioridad; mención especial merece, por su humano comportamiento, el cuerpo de ejército de Sajonia, que dejó paso libre a muchas personas, cuya calidad de luchadores de la Comuna saltaba a la vista.

* * *

 

Si hoy, al cabo de veinte años, volvemos los ojos a las actividades y a la significación histórica de la Comuna de París de 1871, advertimos la necesidad de completar un poco la exposición que se hace en "La guerra civil en Francia".

Los miembros de la Comuna estaban divididos en una mayoría integrada por los blanquistas, que habían predominado también en el Comité Central de la Guardia Nacional, y una minoría compuesta por afiliados a la Asociación Internacional de los Trabajadores, entre los que prevalecían los adeptos de la escuela socialista de Proudhon. En aquel tiempo, la gran mayoría de los blanquistas sólo eran socialistas por instinto revolucionario y proletario; sólo unos pocos habían alcanzado una mayor claridad de principios; gracias a Vaillant, que conocía el socialismo científico alemán. Así se explica que la Comuna dejase de hacer, en el terreno económico, muchas cosas que, desde nuestro punto de vista actúal, debió realizar. Lo más difícil de comprender es indudablemente el santo temor con que aquellos hombres se detuvieron respetuosamente en los umbrales del Banco de Francia. Fue éste además un error político muy grave. El Banco de Francia en manos de la Comuna hubiera valido más que diez mil rehenes. Hubiera significado la presión de toda la burguesía francesa sobre el Gobierno de Versalles para que negociase la paz con la Comuna. Pero aún es más asombroso el acierto de muchas de las cosas que se hicieron, a pesar de estar compuesta la Comuna de [197] proudhonianos y blanquistas. Por supuesto, cabe a los proudhonianos la principal responsabilidad por los decretos económicos de la Comuna, lo mismo en lo que atañe a sus méritos como a sus defectos; a los blanquistas les incumbe la responsabilidad principal por los actos y las omisiones políticos. Y, en ambos casos, la ironía de la historia quiso —como acontece generalmente cuando el poder cae en manos de doctrinarios— que tanto unos como otros hiciesen lo contrario de lo que la doctrina de su escuela respectiva prescribía.

Proudhon, el socialista de los pequeños campesinos y maestros artesanos, odiaba positivamente la asociación. Decía de ella que tenía más de malo que de bueno; que era por naturaleza estéril y aun perniciosa, como un grillete puesto a la libertad del obrero; que era un puro dogma, improductivo y gravoso, contrario por igual a la libertad del obrero y al ahorro de trabajo; que sus inconvenientes crecían más de prisa que sus ventajas; que, por el contrario, la libre concurrencia, la división del trabajo y la propiedad privada eran otras tantas fuerzas económicas. Sólo en los casos excepcionales —así calificaba Proudhon la gran industria y las grandes empresas como, por ejemplo, los ferrocarriles— estaba indicada la asociación de los obreros. (Véase "Idée générale de la révolution", 3er estudio.)

Pero hacia 1871, incluso en París, centro del artesanado artístico, la gran industria había dejado ya hasta tal punto de ser un caso excepcional, que el decreto más importante de cuantos dictó la Comuna dispuso una organización para la gran industria e incluso para la manufactura, que no se basaba sólo en la asociación de obreros dentro de cada fábrica, sino que debía también unificar a todas estas asociaciones en una gran Unión; en resumen, en una organización que, como Marx dice muy bien en "La guerra civil", forzosamente habría conducido en última instancia al comunismo, o sea, a lo más antitético de la doctrina proudhoniana. Por eso, la Comuna fue la tumba de la escuela proudhoniana del socialismo. Esta escuela ha desaparecido hoy de los medios obreros franceses; en ellos, actualmente, la teoría de Marx predomina sin discusión, y no menos entre los «posibilistas» [14] que entre los «marxistas». Sólo quedan proudhonianos en el campo de la burguesía «radical».

No fue mejor la suerte que corrieron los blanquistas. Educados en la escuela de la conspiración y mantenidos en cohesión por la rígida disciplina que esta escuela supone, los blanquistas partían de la idea de que un grupo relativamente pequeño de hombres decididos y bien organizados estaría en condiciones, no sólo de adueñarse en un momento favorable del timón del Estado, sino que, desplegando una acción enérgica e incansable, sería capaz de sostenerse hasta lograr arrastrar a la revolución a las masas del [198] pueblo y congregarlas en torno al puñado de caudillos. Esto llevaba consigo, sobre todo, la más rígida y dictatorial centralización de todos los poderes en manos del nuevo Gobierno revolucionario. ¿Y qué hizo la Comuna, compuesta en su mayoría precisamente por blanquistas? En todas las proclamas dirigidas a los franceses de las provincias, la Comuna les invita a crear una Federación libre de todas las Comunas de Francia con París, una organización nacional que, por vez primera, iba a ser creada realmente por la misma nación. Precisamente el poder opresor del antiguo Gobierno centralizado —el ejército, la policía política y la burocracia—, creado por Napoleón en 1798 y que desde entonces hahía sido heredado por todos los nuevos gobiernos como un instrumento grato, empleándolo contra sus enemigos, precisamente éste debía ser derrumbado en toda Francia, como había sido derrumbado ya en París.

La Comuna tuvo que reconocer desde el primer momento que la clase obrera, al llegar al poder, no podía seguir gobernando con la vieja máquina del Estado; que, para no perder de nuevo su dominación recién conquistada, la clase obrera tenía, de una parte, que barrer toda la vieja máquina represiva utilizada hasta entonces contra ella, y, de otra parte, precaverse contra sus propios diputados y funcionarios, declarándolos a todos, sin excepción, revocables en cualquier momento. ¿Cuáles eran las características del Estado hasta entonces? En un principio, por medio de la simple división del trabajo, la sociedad se creó los órganos especiales destinados a velar por sus intereses comunes. Pero, a la larga, estos órganos, a la cabeza de los cuales figuraba el poder estatal, persiguiendo sus propios intereses específicos, se convirtieron de servidores de la sociedad en señores de ella. Esto puede verse, por ejemplo, no sólo en las monarquías hereditarias, sino también en las repúblicas democráticas. No hay ningún país en que los «políticos» formen un sector más poderoso y más separado de la nación que en Norteamérica. Allí cada uno de los dos grandes partidos que alternan en el Gobierno está a su vez gobernado por gentes que hacen de la política un negocio, que especulan con las actas de diputado de las asambleas legistativas de la Unión y de los distintos Estados federados, o que viven de la agitación en favor de su partido y son retribuidos con cargos cuando éste triunfa. Es sabido que los norteamericanos llevan treinta años esforzándose por sacudir este yugo, que ha llegado a ser insoportable, y que, a pesar de todo, se hunden cada vez más en este pantano de corrupción. Y es precisamente en Norteamérica donde podemos ver mejor cómo progresa esta independización del Estado frente a la sociedad, de la que originariamente debía ser un simple instrumento. Allí no hay dinastía, ni nobleza, ni ejército permanente [199] —fuera del puñado de hombres que montan la guardia contra los indios—, ni burocracia con cargos permanentes o derechos pasivos. Y, sin embargo, en Norteamérica nos encontramos con dos grandes cuadrillas de especuladores políticos que alternativamente se posesionan del poder estatal y lo explotan por los medios y para los fines más corrompidos; y la nación es impotente frente a estos dos grandes cártels de políticos, pretendidos servidores suyos, pero que, en realidad, la dominan y la saquean.

Contra esta transformación del Estado y de los órganos del Estado de servidores de la sociedad en señores de ella, transformación inevitable en todos los Estados anteriores, empleó la Comuna dos remedios infalibles. En primer lugar, cubrió todos los cargos administrativos, judiciales y de enseñanza por elección, mediante sufragio universal, concediendo a los electores el derecho a revocar en todo momento a sus elegidos. En segundo lugar, todos los funcionarios, altos y bajos, estaban retribuidos como los demás trabajadores. El sueldo máximo abonado por la Comuna era de 6.000 francos. Con este sistema se ponía una barrera eficaz al arribismo y la caza de cargos, y esto sin contar con los mandatos imperativos que, por añadidura, introdujo la Comuna para los diputados a los cuerpos representativos.

En el capítulo tercero de "La guerra civil" se describe con todo detalle esta labor encaminada a hacer saltar el viejo poder estatal y sustituirlo por otro nuevo y realmente democrático. Sin embargo, era necesario detenerse a examinar aquí brevemente algunos de los rasgos de esta sustitución por ser precisamente en Alemania donde la fe supersticiosa en el Estado se ha trasplantado del campo filosófico a la conciencia general de la burguesía e incluso a la de muchos obreros. Según la concepción filosófica, el Estado es la «realización de la idea», o sea, traducido al lenguaje filosófico, el reino de Dios en la tierra, el campo en que se hacen o deben hacerse realidad la eterna verdad y la eterna justicia. De aquí nace una veneración supersticiosa del Estado y de todo lo que con él se relaciona, veneración supersticiosa que va arraigando en las conciencias con tanta mayor facilidad cuanto que la gente se acostumbra ya desde la infancia a pensar que los asuntos e intereses comunes a toda la sociedad no pueden gestionarse ni salvaguardarse de otro modo que como se ha venido haciendo hasta aquí, es decir, por medio del Estado y de sus funcionarios bien retribuidos. Y se cree haber dado un paso enormemente audaz con librarse de la fe en la monarquía hereditaria y entusiasmarse por la república democrática. En realidad, el Estado no es más que una máquina para la opresión de una clase por otra, lo mismo en la república democrática que bajo la monarquía; y en el mejor de los casos, es un mal que se transmite hereditariamente [200] al proletariado triunfante en su lucha por la dominación de clase. El proletariado victorioso, lo mismo que hizo la Comuna, no podrá por menos de amputar inmediatamente los lados peores de este mal, entretanto que una generación futura, educada en condiciones sociales nuevas y libres, pueda deshacerse de todo este trasto viejo del Estado.

Ultimamente, las palabras «dictadura del proletariado» han vuelto a sumir en santo horror al filisteo socialdemócrata. Pues bien, caballeros, ¿queréis saber qué faz presenta esta dictadura? Mirad a la Comuna de París: ¡he ahí la dictadura del proletariado!

Londres, en el vigésimo aniversario de la F. Engels

Comuna de París, 18 de marzo de 1891

Publicado en la revista "Die Se publica de acuerdo con el texto

Neue Zeit", Bd. 2, Nº 28, 1890-1891 del libro

y en el libro: Karl Marx. "Der

Bürgerkrieg in Frankreich", Berlin, Traducido del alemán.

1891.


NOTAS

[1] 118. La guerra civil en Francia es una de las más importantes obras del marxismo, en la que, sobre la base de la experiencia de la Comuna de París, se desarrollan las principales tesis de la doctrina marxista sobre el Estado y la revolución. Fue escrita como Manifiesto del Consejo General de la Internacional a todos los miembros de la Asociación Internacional de los Trabajadores en Europa y los Estados Unidos.

En este trabajo se confirma y se desarrolla la tesis expuesta por Marx en "El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte" (véase la presente edición, t. 1, págs. 408-498) acerca de la necesidad de que el proletariado destruya la máquina estatal burguesa. Marx saca la conclusión de que «la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal y como está y servirse de ella para sus propios fines» (véase el presente tomo, pág. 230). El proletariado debe destruirla y sustituirla con un Estado del tipo de la Comuna de París. Esta conclusión de Marx acerca del Estado de nuevo tipo —del tipo de la Comuna de París— como forma estatal de la dictadura del proletariado constituye el contenido principal de su nueva aportación a la teoría revolucionaria.

La obra de Marx "La guerra civil en Francia" tuvo gran propagación. En los años de 1871-1872 fue traducida a varias lenguas y publicada en diversos países de Europa y en los EE.UU.— 188, 214

[2] 119. Engels escribió esta introducción para la tercera edición alemana del trabajo de Marx "La guerra civil en Francia" publicada en 1891 en conmemoración del 20 aniversario de la Comuna de París. En dicha edición, Engels incluye el primer y el segundo manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de Trabajadores, escritos por Marx, acerca de la guerra franco-prusiana, manifiestos que en las ediciones posteriores en diferentes lenguas se publican también junto con "La guerra civil en Francia".- 188

[**] Véase el presente tomo, págs. 200-205, 206-213. (N. de la Edit.)

[**] Véase la presente edición, t. 1, págs. 408-498. (N. de la Edit.)

[3] 120. Se alude a la guerra de liberación nacional del pueblo alemán contra la dominación napoleónica en 1813-1814.- 189

[4] 122. La Ley de Excepción contra los socialistas fue promulgada en Alemania el 21 de octubre de 1878. En virtud de la misma quedaron prohibidas todas las organizaciones del Partido Socialdemócrata, las organizaciones obreras de masas y la prensa obrera. Fueron confiscadas las publicaciones socialistas y se sometió a represiones a los socialdemócratas. Bajo la presión del movimiento obrero de masas, la ley fue derogada el 1º de octubre de 1890.- 189, 318

[5] 121. Se denominaban demogagos en Alemania en los años 20 del siglo XIX a los participantes en el movimiento oposicionista de los intelectuales alemanes que se pronunciaban contra el régimen reaccionario en los Estados alemanes y reivindicaban la unificación de Alemania. Los «demagogos» eran víctimas de crueles persecuciones por parte de las autoridades alemanas.- 189

[**] Véase el presente tomo, pág. 210. (N. de la Edit.)

[6] 123. Trátase de la revolución burguesa de julio de 1830 en Francia.- 190

[7] 19. La insurrección de Junio, heroica insurrección de los obreros de París el 23-26 de junio de 1848, reprimida con inaudita crueldad por la burguesía francesa, fue la primera gran guerra civil entre el proletariado y la burguesía.- 25, 172, 190, 212, 219, 331

[8] 124. Se alude a las guerras civiles de los años 44 a 27 a. de n. e., que desembocaron en la instauración del Imperio Romano.- 191

[9] 125. Trátase de los legitimistas, los orleanistas y los bonapartistas.

Legitimistas, partidarios de la dinastía de los Borbones, derrocada en Francia en 1792; representaban los intereses de la gran aristocracia propietaria de tierras y del alto clero; constituyeron partido en 1830, después del segundo derrocamiento de la dinastía. En 1871, los legitimistas se incorporaron a la cruzada común de las fuerzas contrarrevolucionarias para combatir a la Comuna de París.

Orleanistas, partidarios de los duques de Orleáns, rama menor de la dinastía de los Borbones, que se mantuvo en el poder desde la revolución de julio de 1830 hasta la de 1848; representaban los intereses de la aristocracia financiera y la gran burguesía.- 191, 211, 221

[10] 126. Alusión al golpe de Estado de Luis Bonaparte efectuado el 2 de diciembre de 1851, con el que comienza el régimen bonapartista del Segundo Imperio.- 191, 202, 229.

[11] 127. La Primera República fue proclamada en 1792, durante la Gran Revolución burguesa de Francia. Le siguieron en 1799 el Consulado y, luego, el Primer Imperio de Napoleón I Bonaparte (1804-1814). En ese período, Francia sostuvo numerosas guerras, ampliando considerablemente los límites del Estado.- 191

[12] 106. El 2 de setiembre de 1870, el ejército francés fue derrotado en Sedán, quedando prisioneras las tropas, con el mismo emperador. Del 5 de setiembre de 1870 al 19 de marzo de 1871, Napoleón III y el mando se hallaban en Wilhelmshöle (cerca de Kassel), castillo de los reyes de Prusia. La catástrofe de Sedán precipitó la caída del Segundo Imperio y desembocó el 4 de setiembre de 1870 en la proclamación de la república en Francia. Se formó un Gobierno nuevo, el llamado «Gobierno de la Defensa Nacional».- 175, 192, 206, 216, 273

[13] 128. Se alude al tratado preliminar de paz entre Francia y Alemania firmado en Versalles el 26 de febrero de 1871 por Thiers y J. Favre, de una parte, y Bismarck, de otra. Según las condiciones del tratado, Francia cedía a Alemania el territorio de Alsacia y la parte oriental de Lorena y le pagaba una contribución de guerra de 5 mil millones de francos. El tratado definitivo de paz fue firmado en Francfort del Meno el 10 de mayo de 1871.- 193, 222, 314, 371

[*] Darboy (N. de la Edit.)

[14] 129. Los posibilistas formaban una corriente oportunista en el movimiento socialista de Francia. Sus dirigentes, entre otros, Brousse y Malon, provocaron en 1882 la escisión del Partido Obrero Francés. Los líderes de esta corriente proclamaron el principio reformista de procurar nada más que lo «posible».-



PRIMER MANIFlESTO DEL CONSEJO GENERAL

DE LA ASOCIACION INTERNACIONAL

DE LOS TRABAJADORES SOBRE LA GUERRA

FRANCO-PRUSIANA [15]

A LOS MIEMBROS DE LA ASOCIACION INTERNACIONAL

DE LOS TRABAJADORES EN EUROPA

Y LOS ESTADOS UNIDOS

En el Manifiesto Inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores, fechado en noviembre de 1864, decíamos: «Si la emancipación de la clase obrera exige su fraternal unión y colaboración, ¿cómo van a poder cumplir esta gran misión con una política exterior que persigue designios criminales, que pone en juego prejuicios nacionales y dilapida en guerras de piratería la sangre y las riquezas del pueblo?» Y definíamos la política exterior a que aspira la Internacional con estas palabras: «Reivindicar que las sencillas leyes de la moral y de la justicia, que deben presidir las relaciones entre los individuos, sean las leyes supremas de las relaciones entre las naciones» [*].

No puede asombrarnos que Luis Bonaparte, que usurpó su poder explotando la lucha de clases en Francia y lo perpetuó mediante guerras periódicas en el exterior, tratase desde el primer momento a la Internacional como a un enemigo peligroso. En vísperas del plebiscito [16], ordenó que se diese una batida contra los miembros de los Comités administrativos de la Asociación Internacional de los Trabajadores de un extremo a otro de Francia: en París, en Lyón, en Ruán, en Marsella, en Brest, etc., con el pretexto de que la Internacional era una sociedad secreta y de que estaba complicada en un complot para asesinarle. Lo absurdo de [202] este pretexto fue puesto de manifiesto poco después en toda su plenitud, por sus propios jueces. ¿Que delito habían cometido, en realidad, las secciones francesas de la Internacional? El de decir al pueblo francés, pública y enérgicamente, que votar por el plebiscito era votar por el despotismo en el interior y por la guerra en el exterior. Y fue obra suya, en realidad, el que en todas las grandes ciudades, en todos los centros industriales de Francia, la clase ohrera se levantase como un solo hombre para rechazar el plebiscito. Desgraciadamente, la profunda ignorancia de los distritos rurales hizo inclinarse del lado contrario el platillo de la balanza. Las Bolsas, los gobiernos, las clases dominantes y la prensa de toda Europa celebraron el plebiscito como un triunfo memorable del emperador francés sobre la clase obrera de Francia; en realidad, el plebiscito fue la señal para el asesinato, no ya de un individuo, sino de naciones enteras.

El complot de guerra de julio de 1870 [17] no es más que una edición corregida y aumentada del coup d'état de diciembre de 1851 [18]. A primera vista la cosa parecía tan absurda que Francia no quería creer que aquello fuese realmente en serio. Se inclinaba más bien a dar oídos al diputado [*] que denunciaba los discursos belicosos de los ministros como una simple maniobra bursátil. Cuando. por fin, el 15 de julio, la guerra fue oficialmente comunicada al Cuerpo legislativo, toda la oposición se negó a votar los créditos preliminares; hasta el propio Thiers estigmatizó la guerra como «detestable»; todos los periódicos independientes de París la condenaron y, cosa extraña, la prensa de provincias se unió a ellos casi unánimemente.

Mientras tanto, los miembros parisinos de la Internacional habían puesto de nuevo manos a la obra. En "Réveil" [19] del 12 de julio publicaron su manifiesto "A los obreros de todas la naciones" del que tomamos las líneas siguientes:

«Una vez más» —decían—, «bajo el pretexto del equilibrio europeo y del honor nacional, la paz del mundo se ve amenazada por las ambiciones políticas. ¡Obreros de Francia, de Alemania, de España! ¡Unamos nuestras voces en un grito unánime de reprobación contra la guerra!... ¡Guerrear por una cuestión de preponderancia o por una dinastía tiene que ser forzosamente considerado por los obreros como un absurdo criminal! ¡Contestando a las proclamas guerreras de quienes se eximen a sí mismos de la contribución de sangre y hallan en las desventuras públicas una fuente de nuevas especulaciones, nosotros, los que queremos paz, trabajo y libertad alzamos nuestra voz de protesta!... ¡Hermanos de Alemania! ¡Nuestras disensiones no harían más que asegurar el triunfo completo del despotismo en ambas orillas del Rin!... ¡Obreros de todos los países! Cualquiera que sea por el momento el resultado de nuestros esfuerzos comunes, nosotros, [203] miembros de la Asociación Internacional de los Trabajadores, que no conoce fronteras, os enviamos, como prenda de una solidaridad indestructible, los buenos deseos y los saludos de los trabajadores de Francia».

Este manifiesto de nuestras secciones parisinas fue seguido por numerosos llamamientos parecidos de otras partes de Francia, entre los cuales sólo podremos citar aquí la declaración de la sección de Neuilly-syr-Seine, publicada en la "Marseillaise" [20] del 22 de julio:

«¿Es justa esta guerra? ¡No! ¿Es nacional esta guerra? ¡No! Es una guerra puramente dinástica. En nombre de la justicia, de la democracia, de los verdaderos intereses de Francia, nos adherimos por entero y con toda energía a la protesta de la Internacional contra la guerra».

Estas protestas expresaban, como pronto había de probarlo un curioso incidente, los verdaderos sentimientos de los obreros franceses. Como se lanzara a la calle la banda del 10 de diciembre [21] —organizada primeramente bajo el mandato presidencial de Luis Bonaparte—, disfrazada con blusas de obreros, para representar las contorsiones de la fiebre bélica, los obreros auténticos de los suburbios se echaron también a la calle en manifestaciones públicas de paz, tan arrolladoras, que Pietri, el prefecto de policía, creyó prudente poner término inmediatamente a toda política callejera, alegando que el leal pueblo de París había manifestado ya suficientemente su patriotismo retenido durante tanto tiempo y su exuberante entusiasmo por la guerra.

Cualquiera que sea el desarrollo de la guerra de Luis Bonaparte con Prusia, en París ya han doblado las campanas por el Segundo Imperio. Acabará como empezó, con una parodia. Pero no olvidemos que fueron los gobiernos y las clases dominantes de Europa quienes permitieron a Luis Bonaparte representar durante diez y ocho años la cruel farsa del Imperio restaurado.

Por parte de Alemania, la guerra es defensiva, pero ¿quién colocó a Alemania en el trance de tener que defenderse? ¿Quién permitió a Luis Bonaparte guerrear contra ella? ¡Prusia! Fue Bismarck quien conspiró con el mismísimo Luis Bonaparte, con el propósito de aplastar la oposicion popular dentro de su país y anexionar Alemania a la dinastía de los Hohenzollern. Si la batalla de Sadowa [22] se hubiese perdido en vez de ganarse, los batallones franceses habrían invadido Alemania como aliados de Prusia. Después de su triunfo, ¿pensó Prusia un solo momento en oponer una Alemania libre a la Francia esclavizada? Todo lo contrario. Sin dejar de conservar celosamente todos los encantos nativos de su antiguo sistema, les añadía todas las mañas del Segundo Imperio: su despotismo efectivo y su democratismo fingido, sus supercherías políticas y sus trapicheos financieros, [204] sus frases grandilocuentes y sus artes vulgares de ratero. Al régimen bonapartista, que hasta ahora sólo había florecido en una orilla del Rin, le salió un émulo al otro lado. Así las cosas, ¿qué podía salir de aquí más que la guerra?

Si la clase obrera alemana permite que la guerra actual pierda su carácter estrictamente defensivo y degenere en una guerra contra el pueblo francés, el triunfo o la derrota serán igualmente desastrosos. Todas las miserias que cayeron sobre Alemania después de su guerra llamada de liberación, renacerán con redoblada intensidad.

Pero los principios de la Internacional se hallan demasiado difundidos y demasiado firmemente arraigados entre la clase obrera alemana para que temamos tan lamentable desenlace. Las voces de los obreros franceses han encontrado eco en Alemania. Una asamblea obrera de masas celebrada en Brunswick el 16 de julio expresó su absoluta solidaridad con el manifiesto de París, rechazó con desprecio toda idea de antagonismo nacional respecto a Francia y cerró sus resoluciones con estas palabras:

«Somos enemigos de todas las guerras, pero sobre todo de las guerras dinásticas... Con profunda pena y gran dolor, nos vemos obligados a soportar una guerra defensiva como un mal inevitable; pero, al mismo tiempo, apelamos a toda la clase obrera alemana para que haga imposible la repetición de una desgracia social tan inmensa, reivindicando para los pueblos mismos la potestad de decidir sobre la paz y la guerra y haciéndoles dueños de sus propios destinos».

En Chemnitz, una asamblea de delegados, que representaban a 50.000 obreros de Sajonia, adoptó por unanimidad la siguiente resolución:

«En nombre de la democracia alemana y especialmente de los obreros que forman el Partido Socialdemócrata, declaramos que la guerra actual es una guerra exclusivamente dinástica... Nos congratulamos en estrechar la mano fraternal que nos tienden los obreros de Francia... Fieles a la consigna de la Asociación Internacional de los Trabajadores: «¡Proletarios de todos los países, uníos!», jamás olvidaremos que los obreros de todos los países son nuestros amigos y los déspotas de todos los países, nuestros enemigos».

La sección berlinesa de la Internacional contestó también al manifiesto de París:

«Nos adherimos en cuerpo y alma a vuestra protesta... Solemnemente prometemos que ni el toque del clarín ni el retumbar del cañón, ni la victoria ni la derrota, nos desviarán de nuestra causa común, que es laborar por la unión de los obreros de todos los países».

¡Así sea!

Al fondo de esta lucha suicida se alza la figura siniestra de Rusia. Es un mal presagio que la señal para el desencadenamiento de esta guerra se haya dado cuando el Gobierno ruso [205] acababa de terminar sus líneas estratégicas de ferrocarril y estaba ya concentrando tropas en la dirección del Prut. Por muchas que sean las simpatías que los alemanes puedan justamente reclamar en una guerra defensiva contra la agresión bonapartista, las perderán de golpe si permiten que el Gobierno prusiano pida o acepte la ayuda de los cosacos. Recuerden que, después de su guerra de independencia contra Napoleón I, Alemania yació durante varias generaciones postrada a los pies del zar.

La clase obrera inglesa tiende su mano fraternal a los obreros de Francia y de Alemania. Está firmemente convencida de que, cualquiera que sea el giro que tome la horrenda guerra inminente, la alianza de los obreros de todos los países acabará por liquidar las guerras. El simple hecho de que, mientras la Francia y la Alemania oficiales se lanzan a una lucha fratricida, entre los obreros de estos países se cruzan mensajes de paz y de amistad; ya tan sólo este hecho grandioso, sin precedentes en la historia, abre la perspectiva de un porvenir más luminoso. Demuestra que, frente a la vieja sociedad, con sus miserias económicas y sus demencias políticas, está surgiendo una sociedad nueva, cuyo principio de política internacional será la paz, porque el gobernante nacional será el mismo en todos los países: el trabajo.

La precursora de esta sociedad nueva es la Asociación Internacional de los Trabajadores.

256, High Holborn,

London. W. C..

23 de julio de 1870

Escrito por C. Marx entre el 19 Se publica de acuerdo con el texto

y el 23 de julio de 1870. de la octavilla.

Publicado en forma de octavilla Traducido del inglés.

en inglés en julio de 1870, como

también en octavillas y en la prensa

periódica en alemán, francés y ruso

en agosto-septiembre de 1870.


NOTAS

[15] 130. El Primer Manifiesto sobre la actitud de la Internacional respecto de la guerra franco-prusiana, escrito por Marx por encargo del Consejo General nada más comenzar la contienda, así como el Segundo Manifiesto, escrito por Marx en setiembre de 1870, reflejan la actitud de la clase obrera respecto del militarismo y la guerra y muestran la lucha que sostenían Marx y Engels contra las guerras anexionistas y por la aplicación práctica de los principios del internacionalismo proletario. Marx muestra que con dichas conflagraciones se persigue igualmente el fin de aplastar el movimiento revolucionario del proletariado. Marx subraya con mayor fuerza la unidad de intereses de los obreros, alemanes y franceses y los llama a la lucha conjunta contra la política anexionista de las clases gobernantes de ambos países.- 201, 206

[*] Véase el presente tomo, págs. 12, 13 (N. de la Edit.)

[16] 131. El plebiscito fue organizado por Napoleón III en mayo de 1870 para ver, según se decía, la actitud de las masas populares hacia el Imperio. Las cuestiones sometidas a plebiscito estaban planteadas de tal forma que era imposible desaprobar la política del Segundo Imperio sin pronunciarse, al mismo tiempo, contra toda reforma democrática. Las secciones de la I Internacional en Francia denunciaron esta maniobra demagógica y recomendaron a todos sus miembros que se abstuviesen de votar. La víspera del plebiscito, los miembros de la Federación de París fueron detenidos y acusados de participar en una conspiración que se planteaba el asesinato de Napoleón III; el Gobierno se aprovechó de dicha acusación para organizar una amplia campaña de persecuciones contra los miembros de la Internacional en las diversas ciudades de Francia. En el proceso judicial contra los miembros de la Federación de París, celebrado del 22 de junio al 5 de julio de 1870, se puso al descubierto toda la falsedad de las acusaciones; sin embargo, varios miembros de la Internacional fueron condenados a reclusión tan sólo por pertenecer a la Asociación Internacional de Trabajadores. Las persecuciones contra la Internacional en Francia suscitaron protestas masivas de la clase obrera.- 201, 277

[17] 132. El 19 de julio de 1870 comenzó la guerra franco-prusiana.- 202

[18] 126. Alusión al golpe de Estado de Luis Bonaparte efectuado el 2 de diciembre de 1851, con el que comienza el régimen bonapartista del Segundo Imperio.- 191, 202, 229.

[*] Julio Favre. (N. de la Edit.)

[19] 133. "Le Réveil" («El Despertar»), periódico francés, órgano de los republicanos de izquierda, se publicó bajo la redacción de C. Delécluse, en París, de julio de 1868 a enero de 1871. Insertaba documentos de la Internacional y del movimiento obrero.- 202, 277

[20] 134. "La Marseillaise" («La Marsellesa»), diario francés, órgano de los republicanos de izquierda, se publicó en París de diciembre de 1869 a setiembre de 1870. Insertaba documentos acerca de la actividad de la Internacional y del movimiento obrero.- 203, 277

[21] 135. Se alude a la Sociedad del 10 de diciembre, sociedad bonapartista secreta, formada principalmente por elementos desclasados, aventureros políticos, representantes de la camarilla militar, etc.; sus componentes contribuyeron a la elección de Luis Bonaparte para la Presidencia de la República Francesa el 10 de diciembre de 1848.- 203

[22] 104. La batalla de Sadowa tuvo lugar el 3 de julio de 1866 en Bohemia y decidió el desenlace de la guerra austro-prusiana de 1866, en favor de Prusia.- 172, 175, 203



SEGUNDO MANIFIESTO DEL CONSEJO GENERAL

DE LA ASOCIACION INTERNACIONAL

DE LOS TRABAJADORES SOBRE LA GUERRA

FRANCO-PRUSIANA

A LOS MIEMBROS DE LA ASOCIACION INTERNACIONAL DE LOS

TRABAJADORES EN EUROPA Y LOS ESTADOS UNIDOS

En nuestro primer manifiesto, del 23 de julio, decíamos:

«En París ya han doblado las campanas por el Segundo Imperio. Acabará como empezó, con una parodia. Pero no olvidemos que fueron los gobiernos y las clases dominantes de Europa quienes permitieron a Luis Bonaparte representar durante diez y ocho años la cruel farsa del Imperio restaurado» [*].

Como se ve, ya antes de que comenzasen las hostilidades, nosotros dábamos por estallada la pompa de jabón bonapartista.

Y si no nos equivocábamos en cuanto a la vitalidad del Segundo Imperio, tampoco nos faltaba razón al temer que la guerra alemana «perdiese su carácter estrictamente defensivo y degenerase en una guerra contra el pueblo francés» [*]*. En realidad, la guerra defensiva terminó con la rendición de Luis Bonaparte, la capitulación de Sedán [23] y la proclamación de la república en París. Pero ya mucho antes de que se produjesen estos acontecimientos, en el mismo momento en que se puso de manifiesto la total podredumbre de las armas bonapartistas, la camarilla militar prusiana optó por la guerra de conquista. Cierto es que en su camino se alzaba un obstáculo desagradable: las propias declaraciones hechas por el rey Guillermo al comenzar la guerra. En su discurso de la corona ante el Reichstag de la Alemania del Notre, el rey había [207] declarado solemnemente que la guerra iba contra el emperador de Francia y no contra el pueblo francés. Y el 11 de agosto dirigió a la nación francesa un manifiesto en el que figuraban estas palabras:

«Debido a que el emperador Napoleón ha atacado por tierra y por mar a la nación alemana, que deseaba y sigue deseando vivir en paz con el pueblo francés; yo he tomado el mando de los ejércitos alemanes para repeler su agresión y me he visto obligado, por los acontecimientos militares, a cruzar las fronteras de Francia».

No contento con afirmar el «carácter puramente defensivo» de la guerra, declarando que solamente tomaba el mando de los ejércitos alemanes «para repeler la agresión», añadía que habían sido sólo los «acontecimientos militares» los que le habían «obligado» a cruzar las fronteras de Francia. Y es indudable que una guerra defensiva no excluye la posibilidad de emprender operaciones ofensivas, cuando los «acontecimientos militares» lo impongan.

Como se ve, el pío monarca se había comprometido, ante Francia y ante el mundo, a mantener una guerra estrictamente defensiva. ¿Cómo eximirle de este compromiso solemne? Los directores de escena tenían que presentarlo como accediendo de mala gana a los mandatos irresistibles de la nación alemana. Inmediatamente, apuntaron su papel a la clase media liberal alemana, con sus profesores, sus capitalistas, sus periodistas y sus concejales. Esta clase media, que, en sus luchas por la libertad civil, desde 1846 hasta 1870, había dado al mundo un espectáculo inigualado de indecisión, de incapacidad y de cobardía, se entusiasmó, naturalmente, ante la idea de pisar la escena de Europa como el león rugiente del patriotismo alemán. Se tomó el disfraz de independencia cívica, fingiendo obligar al Gobierno prusiano a aceptar los que eran, en realidad, designios secretos de este mismo Gobierno. Ahora, expiaba su larga y casi religiosa fe en la infalibilidad de Luis Bonaparte clamando por la desmembración de la República Francesa. Oigamos por un momento los argumentos plausibles de estos patriotas inconmovibles.

No se atreven a afirmar que ]a población de Alsacia y de Lorena suspire por el abrazo alemán. Todo lo contrario. Para castigar su patriotismo francés, una ciudad como Estrasburgo, a pesar de estar dominada por una ciudadela independiente, ha sido bombardeada de un modo bárbaro y sin necesidad, por espacio de seis días, con granadas explosivas «alemanas», que la han incendiado y han matado a un gran número de habitantes indefensos. Sí, el suelo de estas provincias perteneció en tiempos remotos al difunto hace muchísimo tiempo Imperio germánico [24]. De aquí que este suelo y los seres humanos que han crecido en él deban [208] ser confiscados, al parecer, como propiedad imprescriptible de Alemania. Ahora bien, si se trata de rehacer el viejo mapa de Europa según los caprichos de los amantes de la antigüedad, no olvidemos en modo alguno que el Elector de Brandeburgo era, en cuanto a sus dominios prusianos, vasallo de la República Polaca [25].

Pero los patriotas astutos reclaman Alsacia y la parte de Lorena que habla alemán, como una «garantía material» contra las agresiones francesas. Como este vil pretexto ha hecho perder la cabeza a mucha gente de poco seso, nos creemos obligados a examinarlo un poco más a fondo.

No cabe duda que la configuración general de Alsacia en comparación con la orilla opuesta del Rin, y la existencia de una gran ciudad fortificada como Estrasburgo casi a mitad de camino entre Basilea y Germersheim, favorece mucho una invasión de la Alemania del Sur por los franceses, oponiendo en cambio especiales dificultades a la invasión de Francia desde el Sur de Alemania. Tampoco es dudoso que la anexión de Alsacia y de Lorena de habla alemana daría a la Alemania del Sur una frontera mucho más fuerte, puesto que pondría en sus manos la cresta de las montañas de los Vosgos en toda su longitud y los fuertes que cubren sus pasos septentrionales. Y si la anexión se hiciese extensiva a Metz, Francia quedaría privada indudablemente, por el momento, de sus dos principales bases de operaciones contra Alemania; pero esto no le impediría construir otra nueva en Nancy o en Verdún. Teniendo a Coblenza, Maguncia, Germersheim, Rastatt y Ulm, bases todas de operaciones contra Francia, de las que ha hecho uso abundante en esta guerra, ¿con qué sombra de justicia puede Alemania envidiar a Francia Estrasburgo y Metz, las dos únicas fortalezas de cierta importancia que posee por este lado? Además, Estrasburgo sólo es un peligro para la Alemania del Sur mientras ésta es una potencia separada de la Alemania del Norte. De 1792 a 1795, el Sur de Alemania no se vio nunca invadido por este lado, porque Prusia participaba en la guerra contra la revolución francesa; pero tan pronto como, en 1795, Prusia firmó una paz separada [26] dejando que el Sur se las arreglase como pudiera, comenzaron, continuando hasta 1809, las invasiones del Sur de Alemania, con Estrasburgo como base. Es indudable que una Alemania unificada podrá siempre neutralizar a Estrasburgo y a cualquier ejército francés en Alsacia concentrando todas sus tropas —como se hizo en esta guerra— entre Saarlouis y Landau, y avanzando o aceptando la batalla en la línea del camino que va de Maguncia a Metz. Con el núcleo principal de las tropas alemanas estacionado allí, cualquier ejército francés que avanzase de Estrashurgo hacia el Sur de Alemania se vería atacado de flanco [209] y en peligro de encontrarse con las comunicaciones cortadas. Si la campaña actual ha demostrado algo, es precisamente la facilidad de atacar a Francia desde Alemania.

Pero, hablando honradamente, ¿no es un completo absurdo y anacronismo tomar las razones militares como el principio que debe presidir el trazado de las fronteras entre las naciones? Si esta norma prevaleciese, Austria tendría aún derecho a pedir Venecia y la línea de Mincio, y Francia podría reclamar la línea del Rin para proteger a París, que indudablemente está más expuesto a ser atacado desde el Nordeste que Berlín desde el Sudoeste. Si las fronteras van a trazarse en consonancia con los intereses militares, las reclamaciones no acabarán nunca, pues toda línea militar es por fuerza defectuosa y susceptible de mejorarse con la anexión de nuevos territorios vecinos; además, estas líneas nunca pueden trazarse de un modo inapelable y justo, pues son siempre una imposición del vencedor sobre el vencido, y por consiguiente, llevan en su seno siempre el germen de nuevas guerras.

Así nos lo enseña la historia toda. Ocurre con las naciones lo mismo que con los individuos. Para privarles del poder de atacar, hay que quitarles todos los medios de defenderse. No basta echar las manos al cuello; hay que asesinar. Si alguna vez hubo un conquistador que tomase «garantías materiales» para inutilizar a una nación, ése fue Napoleón I con el tratado de Tilsit [27] y con su modo de aplicarlo contra Prusia y el resto de Alemania. Y, sin embargo, pocos años después, su poder gigantesco se venía al suelo como una caña podrida ante el pueblo alemán. ¿Qué significan las «garantías materiales» que Prusia, en sus sueños más fantásticos, pueda o se atreva a imponer a Francia, comparadas con las que le arrancó a ella misma Napoleón I? El resultado no será menos desastroso. Y la historia no medirá su venganza por el número de millas cuadradas arrebatadas a Francia, sino por la magnitud del crimen que supone resucitar en la segunda mitad del siglo XIX la política de conquistas.

Pero es, dicen los portavoces del patriotismo teutónico, que no se debe confundir a los alemanes con los franceses. Lo que nosotros queremos no es gloria, sino seguridad. Los alemanes son un pueblo esencialmente pacífico. Bajo su prudente tutela, hasta las mismas conquistas dejan de ser un factor de guerras futuras para convertirse en una prenda de perpetua paz. Indudablemente, no fue Alemania la que invadió a Francia en 1792, con el sublime objetivo de acabar a bayonetazos con la revolución del siglo XVIII. No fue Alemania la que manchó sus manos con la esclavización de Italia, la opresión de Hungría y la desmembración de Polonia. Su actual sistema militar, que divide a toda la población [210] masculina sana en dos partes: un ejército permanente en activo y otro ejército permanente en reserva, ambos sujetos por igual a obediencia pasiva a sus gobernantes de derecho divino; semejante sistema militar es, evidentemente, una «garantía material» para la salvaguardia de la paz, y es, además, la cumbre suprema de la civilización... En Alemania, como en todas partes, los aduladores de los que están en el poder envenenan a la opinión pública con el incienso de alabanzas jactanciosas y mendaces.

Estos patriotas alemanes, que fingen indignarse a la vista de las fortificaciones francesas de Metz y Estrasburgo, no ven ningún mal en la vasta red de fortificaciones moscovitas de Varsovia, Modlin e Ivangórod. Tiemblan ante los horrores de una invasión bonapartista, pero cierran los ojos ante la ignominia de una tutela del zarismo.

Y así como en 1865 hubo un cambio de promesas entre Luis Bonaparte y Bismarck, en 1870 hubo otro cambio de promesas entre Bismarck y Gorchakov. Igual que Luis Bonaparte se ilusionaba pensando que la guerra de 1866, al producir el mutuo agotamiento de Austria y Prusia, le convertiría en el árbitro supremo de Alemania, Alejandro se ilusionaba también pensando que la guerra de 1870, al producir el agotamiento mutuo de Alemania y de Francia, lo erigiría en árbitro supremo del Occidente de Europa. Y así como el Segundo Imperio reputaba la Confederación de la Alemania del Norte [28] incompatible con su existencia, la Rusia autocrática tiene por fuerza que creerse amenazada por un Imperio alemán bajo la hegemonía de Prusia. Tal es la ley del viejo sistema político. Dentro de este sistema, lo que para un Estado es una ganancia representa para otro una pérdida. La influencia preponderante del zar en Europa tiene sus raíces en su tradicional dominación sobre Alemania. Y en un momento en que, dentro de la propia Rusia, fuerzas sociales volcánicas amenazan con estremecer los mismos fundamentos de la autocracia, ¿va el zar a permitir que se merme de ese modo su prestigio en el extranjero? Ya la prensa de Moscú se expresa en el mismo lenguaje que empleaban los periódicos bonapartistas después de la guerra de 1866. ¿Acaso los patriotas teutones creen realmente que el mejor modo de garantizar la libertad y la paz en Alemania es obligar a Francia a echarse en brazos de Rusia? Si la fortuna de las armns, la arrogancia de la victoria y las intrigas dinásticas llevan a Alemania a una expoliación del territorio francés, ante ella sólo se abrirán dos caminos: o convertirse a toda costa en un instrumento manifiesto del engrandecimiento de Rusia, o bien, tras una breve tregua, prepararse para otra guerra «defensiva», y no una de esas guerras «localizadas» de nuevo estilo, sino una [211] guerra de razas, una guerra contra las razas eslava y latina coligadas.

La clase obrera alemana ha apoyado enérgicamente la guerra, que no estaba en su mano impedir, como una guerra por la independencia de Alemania y por librar a Francia y a Europa del foco pestilente del Segundo Imperio. Fueron los obreros industriales alemanes los que, con los obreros agrícolas, dieron nervio y músculo a las heroicas huestes, dejando en la retaguardia a sus familias medio muertas de hambre. Diezmados por las batallas en el extranjero, volverán a verse diezmados por la miseria en sus hogares. Ellos a su vez reclaman ahora «garantías», garantías de que sus inmensos sacrificios no han sido hechos en vano, de que han conquistado la libertad, de que su victoria sobre los ejércitos imperiales no se convertirá, como en 1815, en derrota del pueblo alemán [29] y, como primera de estas garantías, reclaman una paz honrosa para Francia y el reconocimiento de la República Francesa.

El Comité Central del Partido Obrero Socialdemócrata de Alemania publicó el 5 de septiembre un manifiesto insistiendo enérgicamente en estas garantías.

«Protestamos contra la anexión de Alsacia y Lorena. Y tenemos la conciencia de hablar en nombre de la clase obrera de Alemania. En interés común de Francia y Alemania, en interés de la paz y de la libertad, en interés de la civilización occidental frente a la barbarie oriental, los obreros alemanes no tolerarán pacientemente la anexión de Alsacia y Lorena... ¡Apoyaremos fielmente a nuestros camaradas obreros de todos los países en la causa común internacional del proletariado!»

Desgraciadamente, no podemos confiar en que tengan un éxito inmediato. Si en tiempo de paz los obreros franceses no pudieron detener el brazo del agresor, ¿cómo van los obreros alemanes a detener el brazo del vencedor en medio del estrépito de las armas? El manifiesto de los obreros alemanes reclama la extradición de Luis Bonaparte como un delincuente común y su entrega a la República Francesa. Pero sus gobernantes están haciendo ya cuanto pueden para volverlo a colocar en las Tullerías [30], como el hombre más indicado para hundir a Francia. Pase lo que pase, la historia nos enseñará que la clase obrera alemana no está hecha de la misma pasta maleable que la burguesía de este país. Los obreros de Alemania cumplirán con su deber.

Como ellos, celebramos el advenimiento de la república en Francia, pero al mismo tiempo, nos atormentan dudas que confiamos serán infundadas. Esta república no ha derribado el trono, sino que ha venido simplemente a ocupar su vacante. Ha sido proclamada, no como una conquista social, sino como una medida de defensa nacional. Se halla en manos de un Gobierno provisional [212] compuesto en parte por notorios orleanistas [31] y en parte por republicanos burgueses, en algunos de los cuales dejó su estigma indeleble la insurrección de Junio de 1848 [32]. El reparto de funciones entre los miembros de este Gobierno no augura nada bueno. Los orleanistas se han adueñado de las posiciones más fuertes: el ejército y la policía, dejando a los que se proclaman republicanos los departamentos puramente retóricos. Algunos de sus primeros actos bastan para revelar que no han heredado del Imperio solamente un montón de ruinas, sino también su miedo a la clase obrera. Y si hoy, en nombre de la república y con fraseología desenfrenada se prometen cosas imposibles, ¿no será acaso para preparar el clamor que exija un gobierno «posible»? ¿No estará la república destinada, en la mente de los burgueses, que serían con gusto sus enterradores, a servir sólo de puente para una restauración orleanista?

Como vemos, la clase obrera de Francia tiene que hacer frente a condiciones dificilísimas. Cualquier intento de derribar al nuevo Gobierno en el trance actual, con el enemigo llamando casi a las puertas de París, sería una locura desesperada. Los obreros franceses deben cumplir con su deber de ciudadanos; pero, al mismo tiempo, no deben dejarse llevar por los recuerdos nacionales de 1792, como los campesinos franceses se dejaron engañar por los recuerdos nacionales del Primer Imperio. Su misión no es repetir el pasado, sino construir el futuro. Que aprovechen serena y resueltamente las oportunidades que les brinda la libertad republicana para trabajar más a fondo en la organización de su propia clase. Esto les infundirá nuevas fuerzas hercúleas para la regeneración de Francia y para nuestra obra común: la emancipación del trabajo. De su fuerza y de su prudencia depende la suerte de la república.

Los obreros ingleses han dado ya pasos encaminados a vencer, mediante una saludable presión desde fuera, la repugnancia de su Gobierno a reconocer a la República Francesa [33]. Con su actual táctica dilatoria, el Gobierno inglés pretende, probablemente, expiar el pecado de la guerra antijacobina de 1792 y la precipitación indecorosa con que sancionó el coup d'état [34]. Los obreros ingleses exigen, además, de su Gobierno que se oponga con todas sus fuerzas a la desmembración de Francia, que una parte de la prensa inglesa es lo suficientemente desvergonzada para pedir a gritos. Es la misma prensa que durante veinte años estuvo divinizando a Luis Bonaparte como la providencia de Europa y que jaleaba frenéticamente la rebelión de los esclavistas norteamericanos [35]. Ahora, como entonces, trabaja sin descanso para los esclavistas.

Que las secciones de la Asociación Internacional de los [213] Trabajadores de cada país exhorten a la clase obrera a la acción. Si los obreros olvidan su deber, si permanecen pasivos, la horrible guerra actual no será más que ]a precursora de nuevas luchas internacionales todavía más espantosas y conducirá en cada país a nuevas derrotas de los obreros por los señores de la espada, de la tierra y del capital.

Vive la République!

256, High Holborn,

London, W. C.

9 de septiembre de 1870

Escrito por C. Marx entre el Se publica de acuerdo con el texto

6 y el 9 de septiembre de 1870. de la octavilla.

Publicado en forma de octavilla Traducido del alemán

en inglés el 11-13 de septiembre

de 1870, como también en forma

de octavilla en alemán y en la

prensa periódica en alemán y

francés en septiembre-diciembre

de 1870.


NOTAS

[*] Véase el presente tomo, pág. 203. (N. de la Edit.)

[**] Véase el presente tomo, pág. 204. (N. de la Edit.)

[23] 106. El 2 de setiembre de 1870, el ejército francés fue derrotado en Sedán, quedando prisioneras las tropas, con el mismo emperador. Del 5 de setiembre de 1870 al 19 de marzo de 1871, Napoleón III y el mando se hallaban en Wilhelmshöle (cerca de Kassel), castillo de los reyes de Prusia. La catástrofe de Sedán precipitó la caída del Segundo Imperio y desembocó el 4 de setiembre de 1870 en la proclamación de la república en Francia. Se formó un Gobierno nuevo, el llamado «Gobierno de la Defensa Nacional».- 175, 192, 206, 216, 273

[24] 136. Hasta agosto de 1806, Alemania formaba parte del llamado Sacro Imperio Romano germánico fundado en el siglo X, al unirse varios principados feudales y ciudades libres que reconocían el poder supremo del emperador.- 207

[25] 137. En 1618, el electorado de Brandenburgo se unió al ducado de Prusia (Prusia Oriental) formado a principios del siglo XVI sobre la base de las posesiones de la Orden Teutónica y vasallo de Rzeczpospolita (Polonia). El elector de Brandenburgo, en calidad de duque de Prusia, fue vasallo de Polonia hasta 1657, cuando, aprovechando las dificultades de este país en la guerra contra Suecia, consiguió que se reconociera su soberanía sobre las posesiones prusianas.- 208

[26] 138. Alusión al Tratado de paz de Basilea, concertado separadamente por Prusia, participante en la primera coalición antifrancesa de Estados europeos, con la República Francesa el 5 de abril de 1795.- 208

[27] 139. El tratado de Tilsit fue concertado el 7-9 de julio de 1807 entre la Francia napoleónica, de una parte, y, de otra, los participantes en la cuarta coalición antifrancesa, Rusia y Prusia, derrotadas en la contienda. Las condiciones del tratado eran extremadamente duras para Prusia, la cual se privaba de una parte considerable de su territorio. Rusia no sufrió pérdidas territoriales, pero tuvo que reconocer el reforzamiento de las posiciones de Francia en Europa y adherirse al bloqueo de Inglaterra (el llamado bloqueo continental). Impuesta por Napoleón I, la bandidesca paz de Tilsit despertó el hondo descontento entre la población de Alemania, preparando de este modo el terreno para el movimiento de liberación nacional de 1813 contra la dominación napoleónica.- 209

[28] 108. La Confederación de Alemania del Norte, encabezada por Prusia, comprendía 19 Estados y 3 ciudades libres de Alemania del Norte y Central. Fue constituida en 1867 a propuesta de Bismarck. La formación de la Confederación significó una de las etapas decisivas de la reunificación de Alemania bajo la hegemonía de Prusia. En enero de 1871, la Confederación dejó de existir debido a la constitución del Imperio alemán.- 176, 210

[29] 140. Marx se refiere al triunfo de la reacción feudal de Alemania después del hundimiento de la dominación napoléonica; en Alemania se mantuvo el fraccionamiento feudal, en los Estados alemanes se consolidó el régimen feudal absolutista, se conservaron todos los privilegios de la nobleza y se reforzó la explotación de los campesinos.- 211

[30] 141. Trátase del Palacio de las Tullerías, de París, residencia de Napoleón III.- 211

[31] 125. Trátase de los legitimistas, los orleanistas y los bonapartistas.

Legitimistas, partidarios de la dinastía de los Borbones, derrocada en Francia en 1792; representaban los intereses de la gran aristocracia propietaria de tierras y del alto clero; constituyeron partido en 1830, después del segundo derrocamiento de la dinastía. En 1871, los legitimistas se incorporaron a la cruzada común de las fuerzas contrarrevolucionarias para combatir a la Comuna de París.

Orleanistas, partidarios de los duques de Orleáns, rama menor de la dinastía de los Borbones, que se mantuvo en el poder desde la revolución de julio de 1830 hasta la de 1848; representaban los intereses de la aristocracia financiera y la gran burguesía.- 191, 211, 221

[32] 19. La insurrección de Junio, heroica insurrección de los obreros de París el 23-26 de junio de 1848, reprimida con inaudita crueldad por la burguesía francesa, fue la primera gran guerra civil entre el proletariado y la burguesía.- 25, 172, 190, 212, 219, 331

[33] 142. Marx alude al movimiento de los obreros ingleses en pro del reconocimiento de la República Francesa instaurada el 4 de setiembre de 1870. A partir del 5 de setiembre, en Londres y otras grandes ciudades se celebraron mítines y manifestaciones que adoptaron resoluciones y peticiones reivindicando el reconocimiento inmediato de la República Francesa por el Gobierno británico. El Consejo General de la Internacional tomó parte directa en la organización de este movimiento.- 212

[34] 143. Marx se refiere a la participación activa de Inglaterra en la organización de la coalición de Estados feudales absolutistas que iniciaron en 1792 la guerra contra la Francia revolucionaria, como también a que la oligarquía gobernante inglesa fue la primera en Europa en reconocer el régimen bonapartista establecido en Francia con el golpe de Estado de Luis Bonaparte del 2 de diciembre de 1851.- 212

[35] 144. Durante la guerra civil en América (1861-1865) entre el Norte industrial y el Sur de los plantadores esclavistas, la prensa burguesa de Inglaterra defendió el Sur, es decir, el régimen esclavista.- 212


PARTE I


LA GUERRA CIVIL EN FRANCIA

MANIFIESTO DEL CONSEJO GENERAL DE LA

ASOCIACION INTERNACIONAL DE LOS TRABAJADORES

A TODOS LOS MIEMBROS DE LA ASOCIACION EN EUROPA

Y LOS ESTADOS UNIDOS

I

El 4 de septiembre de 1870, cuando los obreros de París proclamaron la república, casi instantáneamente aclamada de un extremo de otro de Francia sin una sola voz disidente, una cuadrilla de abogados arribistas, con Thiers como estadista y Trochu como general, se posesionaron del Hôtel de Ville. Por aquel entonces estaban imbuidos de una fe tan fanática en la misión de París para representar a Francia en todas las épocas de crisis históricas que, para legitimar sus títulos usurpados de gobernantes de Francia, consideraban suficiente exhibir sus actas ya caducas de diputados por París. En nuestro segundo manifiesto sobre la pasada guerra, cinco días después del encumbramiento de estos hombres, os decíamos ya quiénes eran [*]. Sin embargo, en la confusión provocada por la sorpresa, con los verdaderos jefes de la clase obrera encerrados todavía en las prisiones bonapartistas y los prusianos avanzando a toda marcha sobre París, la capital toleró que asumieran el poder bajo la expresa condición de que su solo objetivo sería la defensa nacional. Ahora bien, París no podía ser defendido sin armar a su clase obrera, organizándola como una fuerza efectiva y adiestrando a sus hombres en la guerra misma. Pero París en armas era la revolución en armas. El triunfo de París sobre el agresor prusiano hubiera [215] sido el triunfo del obrero francés sobre el capitalista francés y sus parásitos dentro del Estado. En este conflicto entre el deber nacional y el interés de clase, el gobierno de la defensa nacional no vaciló un instante en convertirse en un gobierno de la traición nacional.

Su primer paso consistió en enviar a Thiers a deambular por todas las Cortes de Europa para implorar su mediación, ofreciendo el trueque de la república por un rey. A los cuatro meses de comenzar el asedio de la capital, cuando se creyó llegado el momento oportuno para empezar a hablar de capitulación, Trochu, en presencia de Julio Favre y de otros colegas de ministerio, habló en los siguientes términos a los alcaldes de París reunidos:

«La primera cuestión que mis colegas me plantearon, la misma noche del 4 de septiembre, fue ésta: ¿Puede París resistir con alguna probabilidad de éxito un asedio de las tropas prusianas? No vacilé en contestar negativamente. Algunos de mis colegas, aquí presentes, certificarán la verdad de mis palabras y la persistencia de mi opinión. Les dije —en estos mismos términos— que, con el actual estado de cosas, el intento de París de afrontar un asedio del ejército prusiano, sería una locura. Una locura heroica —añadía—, sin duda alguna; pero nada más... Los hechos» (dirigidos por él mismo) «no han dado un mentís a mis previsiones».

Este precioso y breve discurso de Trochu fue publicado más tarde por el señor Corbon, uno de los alcaldes allí presentes.

Así, pues, en la misma noche del día en que fue proclamada la república, los colegas de Trochu sabían ya que su «plan» era la capitulación de París. Si la defensa nacional hubiera sido algo más que un pretexto para el gobierno personal de Thiers, Favre y Cía., los advenedizos del 4 de septiembre habrían abdicado el 5, habrían puesto al corriente al pueblo de París sobre el «plan» de Trochu y le habrían invitado a rendirse sin más o a tomar su destino en sus propias manos. En vez de hacerlo así, aquellos infames impostores optaron por curar la locura heroica de París con un tratamiento de hambre y de cabezas rotas, y engañarle mientras tanto con manifiestos grandilocuentes, en los que se decía, por ejemplo, que Trochu, «el gobernador de París, jamás capitularía» y que Julio Favre, ministro de Negocios Extranjeros, «no cedería ni una pulgada de nuestro territorio ni una piedra de nuestras fortalezas». En una carta a Gambetta, este mismo Julio Favre confiesa que contra lo que ellos se «defendían» no era contra los soldados prusianos, sino contra los obreros de París. Durante todo el sitio, los matones bonapartistas a quienes Trochu, muy previsoramente, había confiado el mando del ejército de París, no cesaban de hacer chistes desvergonzados, en sus cartas íntimas, sobre la bien conocida burla de la defensa (véase, por ejemplo, [216] la correspondencia de Alfonso Simón Guiod, comandante en jefe de la artillería del ejército de París y Gran Cruz de la Legión de Honor, con Susane, general de división de artillería, correspondencia publicada en el "Journal Officiel" [36] de la Comuna). Por fin, el 28 de enero de 1871 [37], los impostores se quitaron la careta. Con el verdadero heroísmo de la máxima abyección, el Gobierno de la Defensa Nacional, al capitular, se convirtió en el gobierno de Francia integrado por prisioneros de Bismarck, papel tan bajo, que el propio Luis Bonaparte, en Sedán [38], se arredró ante él. Después de los acontecimiento del 18 de marzo, en su precipitada huida a Versalles, los capitulards [39] dejaron en las manos de París las pruebas documentales de su traición, para destruir las cuales, como dice la Comuna en su proclama a las provincias,

«esos hombres no vacilarían en convertir a París en un montón de escombros bañado por un mar de sangre».

Además, algunos de los dirigentes del gobierno de la defensa tenían razones personales especialísimas para buscar ardientemente este desenlace.

Poco tiempo después de sellado el armisticio, el señor Millière, uno de los diputados por París en la Asamblea Nacional, fusilado más tarde por orden expresa de Julio Favre, publicó una serie de documentos judiciales auténticos demostrando que Favre, que vivía en concubinato con la mujer de un borracho residente en Argel, había logrado, por medio de las más descaradas falsificaciones cometidas a lo largo de muchos años, atrapar en nombre de los hijos de su adulterio una cuantiosa herencia, con la que se hizo rico; y que en un pleito entablado por los legítimos herederos, sólo pudo conseguir salvarse del escándalo gracias a la connivencia de los tribunales bonapartistas. Como estos escuetos documentos judiciales no podían descartarse fácilmente, por mucha energía retórica que se desplegase, Julio Favre, por primera vez en su vida, dejó la lengua quieta, aguardando en silencio a que estallase la guerra civil, para denunciar frenéticamente al pueblo de París como a una banda de criminales evadidos de presidio y amotinados abiertamente contra la familia, la religión, el orden y la propiedad. Y este mismo falsario, inmediatamente después del 4 de septiembre, apenas llegado al Poder, puso en libertad, por simpatía, a Pic y Taillefer, condenados por estafa bajo el propio Imperio, en el escandaloso asunto del periódico "L'Étendard" [40]. Uno de estos caballeros, Taillefer, que tuvo la osadía de volver a París bajo la Comuna, fue reintegrado inmediatamente a la prisión. Y entonces Julio Favre, desde la tribuna de la Asamblea Nacional, exclamó que París estaba poniendo en libertad a todos los presidiarios.

[217]

Ernesto Picard, el Joe Miller [*] del gobierno de la defensa nacional, que se nombró a sí mismo ministro de Hacienda de la república después de haberse esforzado en vano por ser ministro del Interior del Imperio, es hermano de un tal Arturo Picard, individuo expulsado de la Bolsa de París por tramposo (véase el informe de la Prefectura de Policía del 13 de julio de 1867) y convicto y confeso de un robo de 300.000 francos, cometido siendo gerente de una de las sucursales de la "Société Générale" [41], rue Palestro, núm. 5 (véase el informe de la Prefectura de Policía del 11 de diciembre de 1868). Este Arturo Picard fue nombrado por Ernesto Picard redactor jefe de su periódico "L'Électeur Libre" [42]. Mientras los especuladores vulgares eran despistados por las mentiras oficiales de esta hoja financiera ministerial, Arturo Picard andaba en un constante ir y venir del Ministerio de Hacienda a la Bolsa, para negociar en ésta con los desastres del ejército francés. Toda la correspondencia financiera cruzada entre este par de dignísimos hermanitos cayó en manos de la Comuna.

Julio Ferry, que antes del 4 de septiembre era un abogado sin pleitos, consiguió, como alcalde de París durante el sitio, hacer una fortuna, amasada a costa del hambre de los demás. El día en que tenga que dar cuenta de sus malversaciones, será también el día de su sentencia.

Como se ve, estos hombres soló podían encontrar "tickets-of-leave"[*]* entre las ruinas de París. Hombres así eran precisamente los que Bismarck necesitaba. Hubo un barajar de naipes y Thiers, hasta entonces inspirador secreto del gobierno, apareció ahora como su presidente, teniendo por ministros a "ticket-of-leave-men".

Thiers, ese enano monstruoso, tuvo fascinada durante casi medio siglo a la burguesía francesa por ser la expresión intelectual más acabada de su propia corrupción como clase. Ya antes de hacerse estadista había revelado su talento para la mentira como historiador. La crónica de su vida pública es la historia de las desdichas de Francia. Unido a los republicanos antes de 1830, cazó una cartera bajo Luis Felipe, traicionando a Laffitte, su protector. Se congració con el rey a fuerza de atizar motines del populacho contra el clero —durante los cuales fueron saqueados la iglesia de Saint Germain L'Auxerrois y el palacio del arzobispo— [218] y actuando, como lo hizo contra la duquesa de Berry [43], a la par de espía ministerial y de partero carcelario. La matanza de republicanos en la rue Transnonain y las leyes infames de septiembre contra la prensa y el derecho de asociación que la siguieron, fueron obra suya [44]. Al reaparecer como jefe del gobierno en marzo de 1840, asombró a Francia con su plan de fortificar a París [45]. A los republicanos, que denunciaron este plan como un complot siniestro contra la libertad de París, les replicó desde la tribuna de la Cámara de Diputados:

«¡Cómo! ¿Suponéis que puede haber fortificaciones que sean una amenaza contra la libertad? En primer lugar, es calumniar a cualquier Gobierno, sea el que fuere, creyendo que puede tratar algún día de mantenerse en el Poder bombardeando la capital... Semejante Gobierno sería, después de su victoria, cien veces más imposible que antes».

En realidad, ningún gobierno se habría atrevido a bombardear París desde los fuertes más que el gobierno que antes había entregado estos mismos fuertes a los prusianos.

Cuando el rey Bomba[*], en enero de 1848 , probó sus fuerzas contra Palermo, Thiers, que entonces llevaba largo tiempo sin cartera, volvió a levantarse en la Cámara de los Diputados:

«Todos vosotros sabéis, señores diputados, lo que está pasando en Palermo. Todos vosotros os estremecéis de horror» (en el sentido parlamentario de la palabra) «al oír que una gran ciudad ha sido bombardeada durante cuarenta y ocho horas. ¿Y por quién? ¿Acaso por un enemigo exterior, que pone en práctica las leyes de la guerra? No, señores diputados, por su propio gobierno. ¿Y por qué? Porque esta ciudad infortunada exigía sus derechos. Y por exigir sus derechos, ha sufrido cuarenta y ocho horas de bombardeo.... Permitidme apelar a la opinión pública de Europa. Levantarse aquí y hacer resonar, desde la que tal vez es la tribuna más alta de Europa, algunas palabras» (sí, cierto, palabras) «de indignación contra actos tales, es prestar un servicio a la humanidad... Cuando el regente Espartero, que había prestado servicios a su país» (lo que nunca hizo Thiers), «intentó bombardear Barcelona para sofocar su insurrección, de todas partes del mundo se levantó un clamor general de indignación».

Diez y ocho meses más tarde, el señor Thiers se contaba entre los más furibundos defensores del bombardeo de Roma por un ejército francés [46]. La falta del rey Bomba debió consistir, por lo visto, en no haber hecho durar el bombardeo más que cuarenta y ocho horas.

Pocos días antes de la revolución de Febrero, irritado por el largo destierro de cargos y pitanza a que le había condenado Guizot, y venteando la inminencia de una conmoción popular, Thiers, en aquel estilo seudoheroico que le ha valido el apodo de «Mirabeau-mouche» [*]*, declaraba ante el parlamento:

[219]

«Pertenezco al partido de la revolución, no sólo en Francia, sino en Europa. Yo querría que el gobierno de la revolución no saliese de las manos de hombres moderados..., pero aunque el gobierno caiga en manos de espíritus exaltados, incluso en las de los radicales, no por ello abandonaré mi causa. Perteneceré siempre al partido de la revolución».

Vino la revolución de Febrero. Pero, en vez de desplazar al ministerio Guizot para poner en su lugar un ministerio Thiers, como este hombrecillo había soñado, la revolución sustituyó a Luis Felipe por la república. Durante los primeros días del triunfo popular se mantuvo cuidadosamente oculto, sin darse cuenta de que el desprecio de los obreros le resguardaba de su odio. Sin embargo, con su proverbial valor, permaneció alejado de la escena pública, hasta que las matanzas de Junio [47] le dejaron el camino expedito para su peculiar actuación. Entonces, Thiers se convirtió en la mente inspiradora del partido del orden [48] y de su república parlamentaria, ese interregno anónimo en que todas las fracciones rivales de la clase dominante conspiraban juntas para aplastar al pueblo y las unas contra las otras en el empeño de restaurar cada cual su propia monarquía. Entonces como ahora, Thiers denunció a los republicanos como el único obstáculo para la consolidación de la república; entonces, como ahora, habló a la república como el verdugo a Don Carlos: «Tengo que asesinarte, pero es por tu bien». Ahora, como entonces, tendrá que exclamar al día siguiente de su triunfo: L'Empire est fait, el Imperio está hecho. Pese a sus prédicas hipócritas sobre las libertades necesarias y a su rencor personal contra Luis Bonaparte, que se sirvió de él como instrumento, dando una patada al parlamento (fuera de cuya atmósfera artificial nuestro hombrecillo queda, como él sabe muy bien, reducido a la nada), encontramos su mano en todas las infamias del Segundo Imperio: desde la ocupación de Roma por las tropas francesas hasta la guerra con Prusia, que él atizó arremetiendo ferozmente contra la unidad alemana, no por considerarla como un disfraz del despotismo prusiano, sino como una usurpación contra el derecho conferido a Francia de mantener desunida a Alemania. Aficionado a blandir a la faz de Europa, con sus brazos enanos, la espada del primer Napoleón, cuyo limpiabotas histórico era, su política exterior culminó siempre en las mayores humillaciones de Francia, desde el tratado de Londres de 1840 [49] hasta la capitulación de París en 1871 y la actual guerra civil, en la que lanza contra París, con permiso especial de Bismarck, a los prisioneros de Sedán y Metz [50]. A pesar de la versatilidad de su talento y de la variabilidad de sus propósitos, este hombre ha estado toda su vida encadenado a la rutina más fósil. Se comprende que las corrientes subterráneas más profundas de la sociedad moderna [220] permanecieran siempre ignoradas para él; pero hasta los cambios más palpables operados en su superficie repugnaban a aquel cerebro, cuya energía había ido a concentrarse toda en la lengua. Por eso, no se cansó nunca de denunciar como un sacrilegio toda desviación del viejo sistema proteccionista francés. Siendo ministro de Luis Felipe, se mofaba de los ferrocarriles como de una loca quimera; y desde la oposición, bajo Luis Bonaparte estigmatizaba como una profanación todo intento de reformar el podrido sistema militar de Francia. Jamás en su larga carrera política, tuvo que acusarse de la más insignificante medida de carácter práctico. Thiers sólo era consecuente en su codicia de riqueza y en su odio contra los hombres que la producen. Cogió su primera cartera, bajo Luis Felipe, más pobre que una rata y la dejó siendo millonario. Su último ministerio, bajo el mismo rey (el de 1 de marzo de 1840), le acarreó en la Cámara de los Diputados una acusación pública de malversación a la que se limitó a replicar con lágrimas, mercancía que maneja con tanta prodigalidad como Julio Favre u otro cocodrilo cualquiera. En Burdeos, su primera medida para salvar a Francia de la catástrofe financiera que la amenazaba fue asignarse a sí mismo un sueldo de tres millones al año, primera y última palabra de aquella «república ahorrativa», cuyas perspectivas había pintado a sus electores de París en 1869. El señor Beslay, uno de sus antiguos colegas del Parlamento de 1830, que, a pesar de ser un capitalista, fue un miembro abnegado de la Comuna de París, se dirigió últimamente a Thiers en un cartel mural:

«La esclavización del trabajo por el capital ha sido siempre la piedra angular de su política y, desde el día en que vio la República del Trabajo instalada en el Hôtel de Ville, no ha cesado un momento de gritar a Francia: ¡Esos son unos criminales!».

Maestro en pequeñas granujadas gubernamentales, virtuoso del perjurio y de la traición, ducho en todas esas mezquinas estratagemas, maniobras arteras y bajas perfidias de la guerra parlamentaria de partidos; siempre sin escrúpulos para atizar una revolución cuando no está en el Poder y para ahogarla en sangre cuando empuña el timón del gobierno; lleno de prejuicios de clase en lugar de ideas y de vanidad en lugar de corazón; con una vida privada tan infame como odiosa en su vida pública, incluso hoy, en que representa el papel de un Sila francés, no puede por menos de subrayar lo abominable de sus actos con lo ridículo de su jactancia.

La capitulación de París, entregando a Prusia no sólo París, sino toda Francia, vino a cerrar la larga cadena de intrigas traidoras [221] con el enemigo que los usurpadores del 4 de septiembre habían empezado aquel mismo día, según dice el propio Trochu. De otra parte, esta capitulación inició la guerra civil, que ahora tenían que hacer con la ayuda de Prusia, contra la república y contra París. Ya en los mismos términos de la capitulación se contenía la encerrona. En aquel momento, más de una tercera parte del territorio estaba en manos del enemigo; la capital se hallaba aislada de las provincias y todas las comunicaciones desorganizadas. En estas circunstancias era imposible elegir una representación auténtica de Francia, a menos que se dispusiese de mucho tiempo para preparar las elecciones. He aquí por qué el pacto de capitulación estipulaba que habría de elegirse una Asamblea Nacional en el término de 8 días; así fue cómo la noticia de las elecciones que iban a celebrarse no llegó a muchos sitios de Francia hasta la víspera de éstas. Además, según una cláusula expresa del pacto de capitulación, esta Asamblea había de elegirse con el único objeto de votar por la paz o por la guerra, y para concluir en su caso un tratado de paz. La población no podía dejar de sentir que los términos del armisticio hacían imposible la continuación de la guerra y de que, para sancionar la paz impuesta por Bismarck, los peores hombres de Francia eran los mejores. Pero, no contento con estas precauciones, Thiers, ya antes de que el secreto del armisticio fuera comunicado a los parisinos, se puso en camino para una gira electoral por provincias, con objeto de galvanizar y resucitar el partido legitimista, que ahora, unido a los orleanistas, habría de ocupar la vacante de los bonapartistas, inaceptables por el momento. Thiers no tenía miedo a los legitimistas. Imposibilitados para gobernar a la moderna Francia y, por tanto, desdeñables como rivales, ¿qué partido podía servir mejor como instrumento de la contrarrevolución que aquel partido cuya actuación, para decirlo con palabras del mismo Thiers (Cámara de Diputados, 5 de enero de 1833),

«había estado siempre circunscrita a tres recursos: la invasión extranjera, la guerra civil y la anarquía»?

Ellos, por su parte, creían firmemente en el advenimiento de su reino milenario retrospectivo, tanto tiempo anhelado. Ahí estaban las botas de una invasión extranjera pisoteando a Francia; ahí estaban un Imperio caído y un Bonaparte prisionero; y ahí estaban ellos otra vez. Evidentemente, la rueda de la historia había marchado hacia atrás, hasta detenerse en la Chambre introuvable de 1816 [51]. En las asambleas de la república, de 1848 a 1851, estos elementos habían estado representados por sus cultos y entrenados campeones parlamentarios; ahora irrumpían [222] en escena los soldados de filas del partido, todos los Pourceaugnacs [*] de Francia.

En cuanto esta asamblea de «rurales» [52] se congregó en Burdeos, Thiers expuso con claridad a sus componentes, que había que aprobar inmediatamente los preliminares de paz, sin concederles siquiera los honores de un debate parlamentario, única condición bajo la cual Prusia les permitiría iniciar la guerra contra la república y contra París, su baluarte. En realidad, la contrarrevolución no tenía tiempo que perder. El Segundo Imperio había elevado a más del doble la deuda nacional y había sumido a todas las ciudades importantes en deudas municipales gravosísimas. La guerra había aumentado espantosamente las cargas de la nación y había devastado implacablemente sus recursos. Y para completar la ruina, allí estaba el Shylock [*] prusiano, con su factura por el sustento de medio millón de soldados suyos en suelo francés y con su indemnización de cinco mil millones [53], más el 5 por ciento de interés por los pagos aplazados. ¿Quién iba a pagar esta cuenta? Sólo derribando violentamente la república podían los monopolizadores de la riqueza confiar en echar sobre los hombros de los productores de ésta las costas de una guerra que ellos, los monopolizadores, habían desencadenado. Y así, la incalculable ruina de Francia estimulaba a estos patrióticos representantes de la tierra y del capital a empalmar, ante los mismos ojos del invasor y bajo su alta tutela, la guerra exterior con una guerra civil, con una rebelión de los esclavistas.

En el camino de esta conspiración se alzaba un gran obstáculo: París. El desarme de París era la primera condición para el éxito. Por eso, Thiers le conminó a que entregase las armas. París estaba, además, exasperado por las frenéticas manifestaciones antirrepublicanas de la Asamblea de los «rurales» y por las declaraciones equívocas del propio Thiers sobre el fundamento legal de la república; por la amenaza de decapitar y descapitalizar a París; por el nombramiento de embajadores orleanistas; por las leyes de Dufaure sobre las letras y los alquileres vencidos [54], que suponían la ruina para el comercio y la industria de París; por el impuesto de dos céntimos creado por Pouyer-Quertier sobre cada ejemplar de todas las publicaciones imaginables; por las sentencias de muerte contra Blanqui y Flourens; por la supresión de los periódicos republicanos; por el traslado de la Asamblea Nacional a Versalles; por la prórroga del estado de sitio proclamado por Palikao y al que puso fin el 4 de septiembre; por el nombramiento de Vinoy, el décembriseur [55], para gobernador de París, de Valentin, el gendarme bonapartista, para prefecto de policía y de d'Aurelle de Paladines, el general jesuita, para comandante en jefe de la Guardia Nacional parisina.

[223]

Y ahora vamos a hacer una pregunta al señor Thiers y a los caballeros de la defensa nacional, recaderos suyos. Es sabido que, por mediación de el señor Pouyer-Quertier, su ministro de Hacienda, Thiers contrató un empréstito de dos mil millones. Ahora bien, ¿es verdad o no:

1. que el negocio se estipuló asegurando una comisión de varios cientos de millones para los bolsillos particulares de Thiers, Julio Favre, Ernesto Picard, Pouyer-Quertier y Julio Simon y

2. que no habría que hacer ningún pago hasta después de la «pacificación» de París [56]?

En todo caso, debía haber algo muy urgente en el asunto, pues Thiers y Julio Favre pidieron sin el menor pudor, en nombre de la mayoría de la Asamblea de Burdeos, la inmediata ocupación de París por las tropas prusianas. Pero esto no encajaba en el juego de Bismarck, como, a su regreso a Alemania, lo declaró éste, irónicamente y sin tapujos, ante los asombrados filisteos de Francfort.


NOTAS

[*] Ver en "Obras Escogidas", Ed. Cartago, Bs. As., 1957, págs. 337-341. (N. de la Edit.)

[36] 145. El "Journal Officiel de la Repúblique Française" («Diario oficial de la República Francesa») se publicó en París desde el 20 de marzo hasta el 24 de mayo de 1871 y era el órgano oficial de la Comuna de París, manteniendo el nombre del diario oficial del Gobierno de la República Francesa, que se publicaba en París desde el 5 de septiembre de 1870 (durante la Comuna de París se publicó con el mismo nombre en Versalles el periódico del Gobierno de Thiers). El número del 30 de marzo salió con el título "Journal Officiel de la Commune de Paris". La carta de Simon Guiod apareció en el periódico el 25 de abril de 1871.- 216

[37] 146. El 28 de enero de 1871, Bismarck y Favre, representante del Gobierno de la Defensa Nacional, suscribieron la «Convención de armisticio y capitulación de París». La vergonzosa capitulación significaba la traición a los intereses nacionales de Francia. Al firmar la Convención, Favre aceptó las humillantes exigencias prusianas de pagar en dos semanas una contribución de 200 millones de francos y entregar la mayor parte de los fortines de París, la artillería de campaña y las municiones del ejército de París.- 216

[38] 106. El 2 de setiembre de 1870, el ejército francés fue derrotado en Sedán, quedando prisioneras las tropas, con el mismo emperador. Del 5 de setiembre de 1870 al 19 de marzo de 1871, Napoleón III y el mando se hallaban en Wilhelmshöle (cerca de Kassel), castillo de los reyes de Prusia. La catástrofe de Sedán precipitó la caída del Segundo Imperio y desembocó el 4 de setiembre de 1870 en la proclamación de la república en Francia. Se formó un Gobierno nuevo, el llamado «Gobierno de la Defensa Nacional».- 175, 192, 206, 216, 273

[39] 147. Capitulards (capituladores), apodo que se daba a los partidarios de la capitulación de París durante el asedio de 1870-1871. Posteriormente, la palabra entró en el idioma francés para designar a todos los capituladores.- 216

[40] 148. "L'Étendard" («El Estandarte»), periódico francés de tendencia bonapartista, que se publicó en París desde 1866 hasta 1868. Dejó de aparecer al descubrirse las estafas que le servían de fuentes de ingresos.- 216

[*] En lugar de Joe Miller, la edición alemana dice Karl Vogt, y la edición francesa, Falstaff. Joe Miller: conocido actor inglés del siglo XVIII. Karl Vogt: demócrata burgués alemán, que se convirtió en agente de Napoleón III. Falstaff: personaje fanfarrón y aventurero de las obras dramáticas de Shakespeare. (N. de la Edit.)

[41] 149. Trátase de la "Société Générale du Crédit Mobilier", gran banco francés (sociedad anónima), fundado en 1852. "Crédit Mobilier" estaba estrechamente ligado a los medios gubernamentales del Segundo Imperio. En 1867, la Sociedad quedró, liquidándose en 1871.- 217

[42] 150. "L'Électeur Libre" («El Elector Libre»), periódico francés, órgano de los republicanos de derecha, se publicó en París de 1868 a 1871; en 1870-1871 estuvo ligado al Ministerio de Finanzas del Gobierno de la Defensa Nacional.- 217

[**] En Inglaterra, suele darse a los delincuentes comunes, después de cumplir la mayor parte de la condena, unas licencias con las que se les pone en libertad y bajo la vigilancia de la policía. Estas licencias se llaman tickets-of-leave, y a sus portadores se les conoce con el nombre de ticket-of-leavemen. (Nota a la edición alemana de 1871.)

[43] 151. El 14 y el 15 de febrero de 1831, protestando contra una manifestación legitimista en la misa en memoria del duque de Berry, en París, una multitud destrozó la iglesia de Saint Germain l'Auxerrois y el palacio del arzobispo de Quelen. Thiers, que presenció el ataque a la iglesia y al palacio del arzobispo, les estuvo convenciendo a los soldados de la Guardia Nacional que dejaron a la multitud hacer lo que quería.

En 1832, por disposición de Thiers, a la sazón ministro del Interior, fue detenida la duquesa de Berry, madre del duque de Chambord, pretendiente al trono francés, y sometida a un humillante examen médico, con el fin de hacer público su matrimonio clandestino y comprometerla políticamente.- 218

[44] 152. Marx se refiere al bochornoso papel de Thiers (a la sazón ministro del Interior) en el aplastamiento de la insurrección de las masas populares de París contra el régimen de la monarquía de Julio el 13 y el 14 de abril de 1834. La estrangulación del movimiento fue acompañada de atrocidades por parte de los militares, los cuales dieron muerte, en particular, a todos los moradores de una casa de la calle Transnonain.

Las leyes de setiembre, leyes reaccionarias contra la prensa, fueron promulgadas por el Gobierno francés en setiembre de 1835. Con arreglo a las mismas se castigaban con reclusión en la cárcel o con grandes multas en metálico los actos contra la propiedad y el régimen político vigente.- 218

[45] 153. En enero de 1841, Thiers propuso en la Cámara de los diputados un proyecto de construcción de fortificaciones en torno a París. En los medios democráticos revolucionarios se acogió ese proyecto como una medida preparatoria para aplastar los movimientos populares. En el proyecto de Thiers se preveía la construcción de poderosos fortines en las cercanías de los barrios obreros.- 218

[*] Apodo de Fernando II, rey de las Dos Sicilias. (N. de la Edit.)

[46] 154. En abril de 1849, Francia aliada de Austria y Nápoles, organizó la intervención contra la República de Roma, con el fin de aplastarla y restaurar el poder seglar del papa. Las fuerzas francesas bombardearon cruelmente la ciudad de Roma. Pese a su heroica resistencia, la República fue derrocada, y Roma fue ocupada por las tropas francesas.- 218

[**] Mirabeau-mosca. (N. de la Edit.)

[47] 19. La insurrección de Junio, heroica insurrección de los obreros de París el 23-26 de junio de 1848, reprimida con inaudita crueldad por la burguesía francesa, fue la primera gran guerra civil entre el proletariado y la burguesía.- 25, 172, 190, 212, 219, 331

[48] 155. El partido del orden, partido de la gran burguesía conservadora, surgió en 1848 y era una coalición de dos minorías monárquicas de Francia: los legitimistas y los orleanistas (véase la nota 125); desde 1849 hasta el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851 tenía una situación dirigente en la Asamblea Legislativa de la Segunda República.- 219, 253

[49] 156. El 15 de julio de 1840, Inglaterra, Rusia, Prusia, Austria y Turquía suscribieron en Londres, sin la participación de Francia, una convención de ayuda al sultán turco contra el gobernante egipcio Mohamed Alí, al que apoyaba Francia. La firma de esta convención creó un peligro de guerra entre Francia y la coalición de las potencias europeas. Sin embargo, el rey Luis Felipe no se atrevió a emprenderla y renunció a la ayuda a Mohamed Alí.- 219

[50] 157. Movido por el deseo de reforzar el ejército versallés para aplastar el movimiento revolucionario de París, Thiers se dirigió a Bismarck pidiéndole permiso para aumentar el contingente de tropas a cuenta de los prisioneros de guerra, principalmente de los ejércitos que habían capitulado en Sedán y Metz.- 219

[51] 158. La «Chambre introuvable» («Cámara inefable»), Cámara de los Diputados de Francia en los años 1815-1816 (los primeros años de la Restauración), constaba de extremistas reaccionarios.- 221

[*] Personaje de una comedia de Moliére, que encarna al tipo del pequeño terrateniente obtuso y limitado. (Nota de la Ed.)

[52] 159. «Asamblea de los rurales» o «parlamento de terratenientes», apodo dado a la Asamblea Nacional de 1871, reunida en Burdeos y constituida en su mayor parte por reaccionarios monárquicos: terratenientes de provincia, funcionarios, rentistas y comerciantes elegidos en las circunscripciones rurales. Sobre un total de 630 diputados a la Asamblea, alrededor de 430 eran monárquicos.- 222, 264

[*] Shylock: tipo de usurero del drama de Shakespeare «El mercader de Venecia». (Nota de la Ed.)

[53] 128. Se alude al tratado preliminar de paz entre Francia y Alemania firmado en Versalles el 26 de febrero de 1871 por Thiers y J. Favre, de una parte, y Bismarck, de otra. Según las condiciones del tratado, Francia cedía a Alemania el territorio de Alsacia y la parte oriental de Lorena y le pagaba una contribución de guerra de 5 mil millones de francos. El tratado definitivo de paz fue firmado en Francfort del Meno el 10 de mayo de 1871.- 193, 222, 314, 371

[54] 160. El 10 de marzo de 1871, la Asamblea Nacional adoptó una ley prorrogando los pagos de las deudas contraídas entre el 13 de agosto y el 12 de noviembre de 1870. Dicha ley no se extendía a las deudas contraídas después del 12 de noviembre. Eso asestó un duro golpe a los obreros y las capas modestas de la población y suscitó la quiebra de muchos industriales y comerciantes pequeños.- 222

[55] 161. Se llamaba décembriseur (decembrista) a todo participante en el golpe de Estado emprendido por Luis Bonaparte el 2 de diciembre de 1851 y partidario de las acciones en el espíritu de dicho golpe.- 222

[56] 162. Según informaban los periódicos, del empréstito interior emitido por el Gobierno de Thiers, el propio Thiers y otros miembros de su Gobierno debían recibir más de 300 millones de francos en concepto de retribución de «corretaje». El 20 de junio de 1871, después de aplastada la Comuna de París, la ley del empréstito fue aprobada.- 223


PARTE II


II

París armado era el único obstáculo serio que se alzaba en el camino de la conspiración contrarrevolucionaria. Por eso había que desarmar a París. En este punto, la Asamblea de Burdeos era la sinceridad misma. Si los bramidos frenéticos de sus «rurales» no lo hubiesen gritado bastante, habría disipado la última sombra de duda la entrega de París por Thiers en las tiernas manos del triunvirato de Vinoy, el décembriseur, Valentin, el gendarme bonapartista y d´Aurelle de Paladines, el general jesuita. Pero, al mismo tiempo que exhibían de un modo insultante su verdadero propósito de desarmar a París, los conspiradores le pedían que entregase las armas con un pretexto que era la más evidente, la más descarada de las mentiras. Thiers alegaba que la artillería de la Guardia Nacional de París pertenecía al Estado y debía serle devuelta. La verdad era ésta: desde el día mismo de la capitulación, en que los prisioneros de Bismarck firmaron la entrega de Francia, pero reservándose una nutrida guardia de corps con la intención manifiesta de tener sujeto a París, éste se puso en guardia. La Guardia Nacional se reorganizó y confió su dirección suprema a un Comité Central elegido por todos sus efectivos, con la sola excepción de algunos remanentes de las viejas formaciones bonapartistas. La víspera del día en que entraron los prusianos en París, el Comité Central tomó medidas para trasladar a Montmartre, Belleville y la Villette los cañones y las ametralladoras traidoramente abandonados por los capituladores en los mismos barrios que los [224] prusianos habían de ocupar o en las inmediaciones de ellos. Estos cañones habían sido adquiridos por suscripción abierta entre la Guardia Nacional. Se habían reconocido oficialmente como propiedad privada suya en el pacto de capitulación del 28 de enero y, precisamente por esto, habían sido exceptuados de la entrega general de armas del gobierno a los conquistadores. ¡Tan carente se hallaba Thiers hasta del más tenue pretexto para abrir las hostilidades contra París, que tuvo que recurrir a la mentira descarada de que la artillería de la Guardia Nacional pertenecía al Estado!

La confiscación de sus cañones estaba destinada, evidentemente, a ser el preludio del desarme general de París y, por tanto, del desarme de la revolución del 4 de septiembre. Pero esta revolución era ahora la forma legal del Estado francés. La república, su obra, fue reconocida por los conquistadores en las cláusulas del pacto de capitulación. Después de la capitulación, fue reconocida también por todas las potencias extranjeras, y la Asamblea Nacional fue convocada en nombre suyo. La revolución obrera de París del 4 de septiembre era el único título legal de la Asamblea Nacional congregada en Burdeos y de su poder ejecutivo. Sin ella, la Asamblea Nacional hubiera tenido que dar paso inmediatamente al Cuerpo legislativo elegido en 1869 por sufragio universal bajo el gobierno de Francia y no de Prusia, y disuelto a la fuerza por la revolución. Thiers y sus hombres del "ticket-of-leave" hubieran tenido que rebajarse a pedir un salvoconducto firmado por Luis Bonaparte para librarse de un viaje a Cayena [57]. La Asamblea Nacional, con sus plenos poderes para fijar las condiciones de la paz con Prusia, no era más que un episodio de aquella revolución, cuya verdadera encarnación seguía siendo el París en armas que la había iniciado, que por ella había sufrido un asedio de cinco meses, con todos los horrores del hambre, y que con su resistencia sostenida a pesar del plan de Trochu había sentado las bases para una tenaz guerra de defensa en las provincias. Y París sólo tenía ahora dos caminos; o rendir las armas, siguiendo las órdenes humillantes de los esclavistas amotinados de Burdeos y reconociendo que su revolución del 4 de septiembre no significaba más que un simple traspaso de poderes de Luis Bonaparte a sus rivales monárquicos, o seguir luchando como el campeón abnegado de Francia, cuya salvación de la ruina y cuya regeneración eran imposibles si no se derribaban revolucionariamente las condiciones políticas y sociales que habían engendrado el Segundo Imperio y que, bajo la égida protectora de éste, maduraron hasta la total putrefacción. París, extenuado por cinco meses de hambre, no vaciló ni un instante. Heroicamente, decidió correr todos los riesgos de una resistencia [225] contra los conspiradores franceses, aun con los cañones prusianos amenazándole desde sus propios fuertes. Sin embargo, en su aversión a la guerra civil a la que París había de ser empujado, el Comité Central persistía aún en una actitud meramente defensiva, pese a las provocaciones de la Asamblea, a las usurpaciones del Poder ejecutivo y a la amenazadora concentración de tropas en París y sus alrededores.

Fue Thiers quien abrió la guerra civil al enviar a Vinoy, al frente de una multitud de guardias municipales y de algunos regimientos de línea, en expedición nocturna contra Montmartre para apoderarse por sorpresa de los cañones de la Guardia Nacional. Sabido es como este intento fracasó ante la resistencia de la Guardia Nacional y la confraternización de las tropas de línea con el pueblo. D'Aurelle de Paladines había mandado imprimir de antemano su boletín cantando la victoria, y Thiers tenía ya preparados los carteles anunciando sus medidas de coup d'état. Ahora todo esto hubo de ser sustituido por los llamamientos en que Thiers comunicaba su magnánima decisión de dejar a la Guardia Nacional en posesión de sus armas, con lo cual estaba seguro —decía— de que ésta se uniría al gobierno contra los rebeldes. De los 300.000 guardias nacionales solamente 300 respondieron a esta invitación a pasarse al lado del pequeño Thiers contra ellos mismos. La gloriosa revolución obrera del 18 de marzo se adueñó indiscutiblemente de París. El Comité Central era su gobierno provisional. Y su sensacional actuación política y militar pareció hacer dudar un momento a Europa si lo que veía era una realidad o sólo sueños de un pasado remoto.

Desde el 18 de marzo hasta la entrada de las tropas versallesas en París, la revolución proletaria estuvo tan exenta de esos actos de violencia en que tanto abundan las revoluciones y más todavía las contrarrevoluciones de las «clases superiores», que sus adversarios no pudieron denunciar más hechos que la ejecución de los generales Lecomte y Clément Thomas y lo ocurrido en la plaza Vendôme.

Uno de los militares bonapartistas que tomaron parte en la intentona nocturna contra Montmartre, el general Lecomte, ordenó por cuatro veces al 81º regimiento de línea que hiciese fuego sobre una muchedumbre inerme en la plaza Pigalle y, como las tropas se negasen, las insultó furiosamente. En vez de disparar sobre las mujeres y los niños, sus hombres dispararon sobre él. Naturalmente, las costumbres inveteradas adquiridas por los soldados bajo la educación militar que les imponen los enemigos de la clase obrera no cambian en el preciso momento en que estos soldados se pasan al campo de los trabajadores. Esta misma gente fue la que ejecutó a Clément Thomas.

[226]

El «general» Clément Thomas, un antiguo sargento de caballería descontento, se había enrolado, en los últimos tiempos del reinado de Luis Felipe, en la redacción del periódico republicano "Le National" [58], para prestar allí sus servicios con la doble personalidad de hombre de paja (gérant responsable) y de espadachín de tan belicoso periódico. Después de la revolución de Febrero, entronizados en el poder, los señores del "National" convirtieron a este ex-sargento de caballería en general, en vísperas de la matanza de Junio, de la que él, como Julio Favre, fue uno de los siniestros maquinadores, para convertirse después en uno de los más viles verdugos de los sublevados. Después, desaparecieron él y su generalato por largo tiempo, para salir de nuevo a la superficie el 1 de noviembre de 1870. El día antes, el gobierno de defensa, copado en el Hôtel de Ville, había prometido solemnemente a Blanqui, Flourens y otros representantes de la clase obrera, que dimitiría, poniendo el poder usurpado en manos de la Comuna [59] que había de elegir libremente París. En vez de hacer honor a su palabra, lanzaron sobre París a los bretones de Trochu, que venían a sustituir a los corsos de Bonaparte [60]. Unicamente el general Tamisier se negó a manchar su nombre con aquella violación de la palabra dada y dimitió su puesto de comandante en jefe de la Guardia Nacional. Clément Thomas le substituyó, volviendo otra vez a ser general. Durante todo el tiempo de su mando, no guerreó contra los prusianos, sino contra la Guardia Nacional de París. Impidió que ésta se armase de un modo completo, azuzó a los batallones burgueses contra los batallones obreros, eliminó a los oficiales contrarios al «plan» de Trochu y disolvió con el estigma de cobardía a aquellos mismos batallones proletarios cuyo heroísmo acaba de llenar de asombro a sus más encarnizados enemigos. Clément Thomas sentíase orgullosísimo de haber reconquistado su preeminencia de junio como enemigo personal de la clase obrera de París. Pocos días antes del 18 de marzo, había sometido a Le Flô, ministro de la Guerra, un plan de su invención, para «acabar con la fine fleur [*] de la canaille de París». Después de la derrota de Vinoy, no pudo menos de salir a la palestra como aficionado de espía. El Comité Central y los obreros de París son tan responsables de la muerte de Clément Thomas y de Lecomte como la princesa de Gales de la suerte que corrieron las personas que perecieron aplastadas entre la muchedumbre el día de su entrada en Londres.

La supuesta matanza de ciudadanos inermes en la plaza Vendôme es un mito que el señor Thiers y los «rurales» silenciaron obstinadamente en la Asamblea, confiando su difusión exclusivamente [227] a la turba de criados del periodismo europeo. Las «gentes de orden», los reaccionarios de París, temblaron ante el triunfo del 18 de marzo. Para ellos, era la señal de la venganza popular, que por fin llegaba. Ante sus ojos se alzaron los espectros de las víctimas asesinadas por ellos desde las jornadas de junio de 1848 hasta el 22 de enero de 1871 [61]. Pero su pánico fue su solo castigo. Hasta los guardias municipales, en vez de ser desarmados y encerrados, como procedía, tuvieron las puertas de París abiertas de par en par para huir a Versalles y ponerse a salvo. No sólo no se molestó a las gentes de orden, sino que incluso se les permitió reunirse y apoderarse tranquilamente de más de un reducto en el mismo centro de París. Esta indulgencia del Comité Central, esta magnanimidad de los obreros armados que contrastaba tan abiertamente con los hábitos del «partido del orden», fue falsamente interpretada por éste como la simple manifestación de un sentimiento de debilidad. De aquí su necio plan de intentar, bajo el manto de una manifestación pacífica, lo que Vinoy no había podido lograr con sus cañones y sus ametralladoras. El 22 de marzo, se puso en marcha desde los barrios de lujo un tropel exaltado de personas distinguidas, llevando en sus filas a todos los elegantes petimetres y a su cabeza a los contertulios más conocidos del Imperio: los Heeckeren, Coëtlogon, Henri de Pène, etc. Bajo la capa cobarde de una manifestación pacífica, estas bandas, pertrechadas secretamente con armas de matones, se pusieron en orden de marcha, maltrataron y desarmaron a las patrullas y a los puestos de la Guardia Nacional que encontraban a su paso y, al desembocar de la Rue de la Paix en la plaza Vendôme, a los gritos de "¡Abajo el Comité Central! ¡Abajo los asesinos! ¡Viva la Asamblea Nacional!", intentaron arrollar el cordón de puestos de guardia y tomar por sorpresa el cuartel general de la Guardia Nacional. Como contestación a sus tiros de pistola, fueron dadas las sommations (equivalente francés para el Acto de desórdenes inglés) [62] y, como resultasen inútiles, el general de la Guardia Nacional [*]* ordenó fuego. Bastó una descarga para poner en fuga precipitada a aquellos estúpidos mequetrefes que esperaban que la simple exhibición de su «porte distinguido» ejercería sobre la revolución de París el mismo efecto que los trompetazos de Josué sobre las murallas de Jericó [63]. Al huir, dejaron tras ellos dos guardias nacionales muertos, nueve gravemente heridos (entre ellos un miembro del Comité Central [*]**) y todo el escenario de su hazaña sembrado de revólveres, puñales [228] y bastones de estoque, como prueba de convicción del carácter «inerme» de su manifestación «pacífica». Cuando el 13 de junio de 1849, la Guardia Nacional de París organizó una manifestación realmente pacífica para protestar contra el traidor asalto de Roma por las tropas francesas, Changarnier, a la sazón general del partido del orden, fue aclamado por la Asamblea Nacional, y señaladamente por el señor Thiers, como salvador de la sociedad por haber lanzado a sus tropas desde los cuatro costados contra aquellos hombres inermes, por haberlos derribado a tiros y a sablazos y por haberlos pisoteado con sus caballos. Se decretó entonces en París el estado de sitio. Dufaure hizo que la Asamblea aprobase a toda prisa nuevas leyes de represión. Nuevas detenciones, nuevos destierros; comenzó una nueva era de terror. Pero las clases inferiores hacen esto de otro modo. El Comité Central de 1871 no se ocupó de los héroes de la «manifestación pacífica»; y así, dos días después, podían ya pasar revista ante el almirante Saisset para aquella otra manifestación, ya armada, que terminó con la famosa huida a Versalles. En su repugnancia a aceptar la guerra civil iniciada por el asalto con nocturnidad que Thiers realizó contra Montmartre, el Comité Central se hizo responsable esta vez de un error decisivo: no marchar inmediatamente sobre Versalles, entonces completamente indefenso, acabando así con los manejos conspirativos de Thiers y de sus «rurales». En vez de hacer esto, volvió a permitirse que el partido del orden probase sus fuerzas en las urnas el 26 de marzo, día en que se celebraron las elecciones a la Comuna. Aquel día, en las alcaldías de París, las «gentes del orden» cruzaron blandas palabras de conciliación con sus demasiado generosos vencedores, mientras en su interior hacían el voto solemne de exterminarlos en el momento oportuno.

Veamos ahora el reverso de la medalla. Thiers abrió su segunda campaña contra París a comienzos de abril. La primera remesa de prisioneros parisinos conducidos a Versalles hubo de sufrir indignantes crueldades, mientras Ernesto Picard, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, se paseaba por delante de ellos escarneciéndolos, y mesdames Thiers y Favre, en medio de sus damas de honor(?), aplaudían desde los balcones los ultrajes del populacho versallés. Los soldados de los regimientos de línea hechos prisioneros fueron asesinados a sangre fría; nuestro valiente amigo el general Duval, el fundidor, fue fusilado sin la menor apariencia de proceso; Galliffet, el chulo de su mujer, tan famosa por las desvergonzadas exhibiciones que hacía de su cuerpo en las orgías del Segundo Imperio, se jactaba en una proclama de haber mandado asesinar a un puñado de guardias nacionales con su capitán y su teniente, sorprendidos y desarmados [229] por sus cazadores. Vinoy, el fugitivo, fue premiado por Thiers con la Gran Cruz de la Legión de Honor por su orden de fusilar a todos los soldados de línea cogidos en las filas de los federales. Desmarets, el gendarme, fue condecorado por haber descuartizado traidoramente como un carnicero al magnánimo y caballeroso Flourens que el 31 de octubre de 1870 había salvado las cabezas de los miembros del Gobierno de la Defensa [64]. Thiers, con manifiesta satisfacción, se extendió sobre los «alentadores detalles» de este asesinato en la Asamblea Nacional. Con la inflada vanidad de un pulgarcito parlamentario a quien se permite representar el papel de un Tamerlán, negaba a los que se rebelaban contra Su Poquedad todo derecho de beligerantes civilizados, hasta el derecho de la neutralidad para sus hospitales de sangre. Nada más horrible que este mono, ya presentido por Voltaire [*], a quien le fue permitido durante algún tiempo dar rienda suelta a sus instintos de tigre (ver apéndices, pág. 35)[*]*

Después del decreto dado por la Comuna el 7 de abril, ordenando represalias y declarando que tal era su deber «para proteger a París contra las hazañas canibalescas de los bandidos de Versalles, exigiendo ojo por ojo y diente por diente» [65], Thiers siguió dando a los prisioneros el mismo trato salvaje, y encima insultándolos en sus boletines del modo siguiente: «Jamás la mirada angustiada de hombres honrados ha tenido que posarse sobre semblantes tan degradados de una degradada democracia». Los hombres honrados eran Thiers y sus licenciados de presidio como ministros. No obstante, los fusilamientos de prisioneros cesaron por algún tiempo. Pero, tan pronto como Thiers y sus generales decembristas [66] se convencieron de que aquel decreto de la Comuna sobre las represalias no era más que una amenaza inocua, de que se respetaba la vida hasta a sus gendarmes espías detenidos en París con el disfraz de guardias nacionales, hasta a guardias municipales cogidos con granadas incendiarias, entonces los fusilamientos en masa de prisioneros se reanudaron y se prosiguieron sin interrupción hasta el final. Las casas en que se habían refugiado guardias nacionales eran rodeadas por gendarmes, rociadas con petróleo (primera vez que se emplea en esta guerra) y luego incendiadas; los cuerpos carbonizados eran sacados luego por el hospital de sangre de la Prensa situado en Les Ternes. Cuatro guardias nacionales se rindieron a un destacamento de cazadores montados, el 25 de abril, en Belle Epine, fueron luego fusilados, uno tras otro, por un capitán, digno discípulo de Galliffet. Scheffer, una de estas cuatro víctimas, a quien [230] se había dejado por muerto, llegó arrastrándose hasta las avanzadillas de París y relató este hecho ante una comisión de la Comuna. Cuando Tolain interpeló al ministro de la Guerra acerca del informe de esta comisión, los «rurales» ahogaron su voz y no dejaron a Le Flô contestarle. Hubiera sido un insulto para su «glorioso» ejército el hablar de sus hazañas. El tono impertinente con que los boletines de Thiers anunciaron la matanza a bayonetazos de los guardias nacionales sorprendidos durmiendo en Moulin Saquet y los fusilamientos en masa en Clamart alteraron hasta los nervios del "Times" [67] de Londres, que no peca precisamente de exceso de sensibilidad. Pero sería ridículo, hoy, empeñarse en enumerar las simples atrocidades preliminares perpetradas por los que bombardearon a París y fomentaron una rebelión esclavista protegida por la invasión extranjera. En medio de todos estos horrores, Thiers, olvidándose de sus lamentaciones parlamentarias sobre la espantosa responsabilidad que pesa sobre sus hombros de enano, se jacta en sus boletines de que l´Assamblée siège paisiblement (de que la Asamblea delibera plácidamente), y con sus jolgorios inacabables, unas veces con los generales decembristas y otras veces con los príncipes alemanes, prueba que su digestión no se ha alterado en lo más mínimo, ni siqiera por los espectros de Lecomte y Clément Thomas.


NOTAS

[57] 163. Cayena, ciudad de la Guayana Francesa en América del Sur; presidio y lugar de deportación de presos políticos. 224

[58] 164. "Le National" («El Nacional»), diario francés, se publicó en París de 1830 a 1851; órgano de los republicanos burgueses moderados.- 226

[59] 165. El 31 de octubre de 1870, los obreros de París y la parte revolucionaria de la Guardia Nacional, al tener noticia del acuerdo adoptado por el Gobierno de la Defensa Nacional de empezar negociaciones con los prusianos, se sublevaron y, tras de apoderarse del ayuntamiento, crearon el Comité de Salud Pública, órgano de poder revolucionario, con Blanqui al frente. Bajo la presión de los obreros, el Gobierno de la Defensa Nacional tuvo que dar la promesa de dimisión y convocar para el 1º de noviembre las elecciones a la Comuna. Pero, el Gobierno se aprovechó de la deficiente organización de las fuerzas revolucionarias de París y las divergencias entre los dirigentes de la insurrección —los blanquistas y los demócratas jacobinos pequeñoburgueses— y recurrió a los batallones leales de la Guardia Nacional para volver a tomar el ayuntamiento y restablecer su propio poder.- 226

[60] 166. «Los bretones», guardia móvil bretona que Trochu utilizó como tropas de gendarmes para reprimir el movimiento revolucionario de París.

Los «corsos» constituían una parte considerable del cuerpo de gendarmes del Segundo Imperio.- 226

[*] La crema. (N. de la Ed.)

[61] 167. El 22 de enero de 1871, a iniciativa de los blanquistas se celebró una manifestación revolucionaria del proletariado parisino y de la Guardia Nacional reivindicando el derrocamiento del Gobierno y la creación de la Comuna. Por orden del Gobierno, la manifestación fue ametrallada por los «móviles» bretones, la guardia del ayuntamiento. Tras de aplastar por medio del terror el movimiento revolucionario, el Gobierno emprendió la preparación de la capitulación de París.- 227

[62] 168. Sommations (intimación previa de dispersarse), medida prevista por la ley de varios Estados burgueses de triple intimación a la multitud para que se disperse, después de lo cual se puede emplear la fuerza armada.

El Acto de desórdenes (Riot act) entró en vigor en Inglaterra en 1715, prohibiendo toda clase de «aglomeración sediciosa» de más de 12 personas: en caso de infracción de dicha ley, las autoridades tenían la obligación de dar lectura a una intimación especial y recurrir a la fuerza si los intimados no se dispersaban a lo largo de una hora.- 227

[**] Maljournal. (N. de la Edit.)

[63] 169. Las murallas de Jericó, antigua ciudad de Palestina, cayeron, según la Biblia, al son de las trompas sagradas de los hebreos. Alusión a una fortaleza que se desmorona en un instante.- 227

[***] Maljournal. (N. de la Edit.)

[64] 170. Durante los acontecimientos del 31 de octubre (véase la nota 165), Flourens no dejó que se fusilara a los miembros del Gobierno de la Defensa Nacional, a lo que exhortaba un participante de la insurrección.- 229.

[*] Ver Voltaire, "Cándido", capítulo 22. (N. de la Edit.)

[**] Véase el presente tomo, págs. 256-257 (N. de la Edit.)

[65] 171. El decreto de los rehenes, de que habla Marx, fue promulgado por la Comuna el 5 de abril de 1871 (Marx lo fecha con arreglo a su publicación en la prensa inglesa). Según el decreto, todos los acusados de tener relaciones con Versalles, en el caso de comprobarse la culpa, se declaraban rehenes. Al recurrir a esta medida, la Comuna quería impedir el fusilamiento de los federados por los versalleses.- 229

[66] 126. Alusión al golpe de Estado de Luis Bonaparte efectuado el 2 de diciembre de 1851, con el que comienza el régimen bonapartista del Segundo Imperio.- 191, 202, 229.

[67] 172. "The Times" («Los Tiempos»), importante diario inglés de orientación conservadora, se publica en Londres desde 1785.- 230, 265


PARTE III


III

Al alborear el 18 de marzo de 1871, París se despertó entre un clamor de gritos de «Vive la Commune!» ¿Qué es la Comuna, esa esfinge que tanto atormenta los espíritus burgueses?

«Los proletarios de París» —decía el Comité Central en su manifiesto del 18 de marzo—, «en medio de los fracasos y las traiciones de las clases dominantes, se han dado cuenta de que ha llegado la hora de salvar la situación tomando en sus manos la dirección de los asuntos públicos... Han comprendido que es su deber imperioso y su derecho indiscutible hacerse dueños de sus propios destinos, tomando el poder».

Pero la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal y como está y servirse de ella para sus propios fines.

El poder estatal centralizado, con sus órganos omnipotentes: el ejército permanente, la policía, la burocracia, el clero y la magistratura —órganos creados con arreglo a un plan de división sistemática y jerárquica del trabajo—, procede de los tiempos de la monarquía absoluta y sirvió a la naciente sociedad burguesa como un arma poderosa en sus luchas contra el feudalismo. Sin embargo, su desarrollo se veía entorpecido por toda la basura medieval: derechos señoriales, privilegios locales, monopolios [231] municipales y gremiales, códigos provinciales. La escoba gigantesca de la revolución francesa del siglo XVIII barrió todas estas reliquias de tiempos pasados, limpiando así, al mismo tiempo, el suelo de la sociedad de los últimos obstáculos que se alzaban ante la superestructura del edificio del Estado moderno, erigido bajo el Primer Imperio, que, a su vez, era el fruto de las guerras de coalición de la vieja Europa semifeudal contra la moderna Francia. Durante los regímenes siguientes, el gobierno, colocado bajo el control del parlamento —es decir, bajo el control directo de las clases poseedoras—, no sólo se convirtió en un vivero de enormes deudas nacionales y de impuestos agobiadores, sino que, con la seducción irresistible de sus cargos, momios y empleos, acabó siendo la manzana de la discordia entre las fracciones rivales y los aventureros de las clases dominantes; por otra parte, su carácter político cambiaba simultáneamente con los cambios económicos operados en la sociedad. Al paso que los progresos de la moderna industria desarrollaban, ensanchaban y profundizaban el antagonismo de clase entre el capital y el trabajo, el poder del Estado fue adquiriendo cada vez más el carácter de poder nacional del capital sobre el trabajo, de fuerza pública organizada para la esclavización social, de máquina del despotismo de clase. Después de cada revolución, que marca un paso adelante en la lucha de clases, se acusa con rasgos cada vez más destacados el carácter puramente represivo del poder del Estado. La revolución de 1830, al traducirse en el paso del gobierno de manos de los terratenientes a manos de los capitalistas, lo que hizo fue trasferirlo de los enemigos más remotos a los enemigos más directos de la clase obrera. Los republicanos burgueses, que se adueñaron del poder del Estado en nombre de la revolución de Febrero, lo usaron para las matanzas de Junio, para probar a la clase obrera que la república «social» es la república que asegura su sumisión social y para convencer a la masa monárquica de los burgueses y terratenientes de que pueden dejar sin peligro los cuidados y los gajes del gobierno a los «republicanos» burgueses. Sin embargo, después de su primera y heroica hazaña de Junio, los republicanos burgueses tuvieron que pasar de la cabeza a la cola del partido del orden, coalición formada por todas las fracciones y facciones rivales de la clase apropiadora, en su antagonismo, ahora franco y manifiesto, contra las clases productoras. La forma más adecuada para este gobierno conjunto era la república parlamentaria, con Luis Bonaparte por presidente. Fue éste un régimen de franco terrorismo de clase y de insulto deliberado contra la vile multitude [*]. [232] Si la república parlamentaria, como decía el señor Thiers, era «la que menos les dividía» (a las diversas fracciones de la clase dominante), en cambio abría un abismo entre esta clase y el conjunto de la sociedad situado fuera de sus escasas filas. Su unión venía a eliminar las restricciones que sus discordias imponían al poder del Estado bajo regímenes anteriores, y, ante la amenaza de un alzamiento del proletariado, se sirvieron del poder del Estado, sin piedad y con ostentación, como de una máquina nacional de guerra del capital contra el trabajo. Pero esta cruzada ininterrumpida contra las masas productoras les obligaba, no sólo a revestir al poder ejecutivo de facultades de represión cada vez mayores, sino, al mismo tiempo, a despojar a su propio baluarte parlamentario —la Asamblea Nacional—, uno por uno, de todos sus medios de defensa contra el poder ejecutivo. Hasta que éste, en la persona de Luis Bonaparte, les dio un puntapié. El fruto natural de la república del partido del orden fue el Segundo Imperio.

El Imperio, con el coup d'état por fe de bautismo, el sufragio universal por sanción y la espada por cetro, declaraba apoyarse en los campesinos, amplia masa de productores no envuelta directamente en la lucha entre el capital y el trabajo. Decía que salvaba a la clase obrera destruyendo el parlamentarismo y, con él, la descarada sumisión del Gobierno a las clases poseedoras. Decía que salvaba a las clases poseedoras manteniendo en pie su supremacía económica sobre la clase obrera; y finalmente, pretendía unir a todas las clases, al resucitar para todos la quimera de la gloria nacional. En realidad, era la única forma de gobierno posible, en un momento en que la burguesía había perdido ya la facultad de gobernar el país y la clase obrera no la había adquirido aún. El Imperio fue aclamado de un extremo a otro del mundo como el salvador de la sociedad. Bajo su égida, la sociedad burguesa, libre de preocupaciones políticas, alcanzó un desarrollo que ni ella misma esperaba. Su industria y su comercio cobraron proporciones gigantescas; la especulación financiera celebró orgías cosmopolitas; la miseria de las masas se destacaba sobre la ostentación desvergonzada de un lujo suntuoso, falso y envilecido. El poder del Estado, que aparentemente flotaba por encima de la sociedad, era, en realidad, el mayor escándalo de ella y el auténtico vivero de todas sus corrupciones. Su podredumbre y la podredumbre de la sociedad a la que había sacado a flote, fueron puestas al desnudo por la bayoneta de Prusia, que ardía a su vez en deseos de trasladar la sede suprema de este régimen de París a Berlín. El imperialismo es la forma más prostituida y al mismo tiempo la forma última de aquel poder estatal que la sociedad burguesa naciente había [233] comenzado a crear como medio para emanciparse del feudalismo y que la sociedad burguesa adulta acabó transformando en un medio para la esclavización del trabajo por el capital.

La antítesis directa del Imperio era la Comuna. El grito de «república social», con que la revolución de Febrero fue anunciada por el proletariado de París, no expresaba más que el vago anhelo de una república que no acabase sólo con la forma monárquica de la dominación de clase, sino con la propia dominación de clase. La Comuna era la forma positiva de esta república.

París, sede central del viejo poder gubernamental y, al mismo tiempo, baluarte social de la clase obrera de Francia, se había levantado en armas contra el intento de Thiers y los «rurales» de restaurar y perpetuar aquel viejo poder que les había sido legado por el Imperio. Y si París pudo resistir fue únicamente porque, a consecuencia del asedio, se había deshecho del ejército, sustituyéndolo por una Guardia Nacional, cuyo principal contingente lo formaban los obreros. Ahora se trataba de convertir este hecho en una institución duradera. Por eso, el primer decreto de la Comuna fue para suprimir el ejército permanente y sustituirlo por el pueblo armado.

La Comuna estaba formada por los consejeros municipales elegidos por sufragio universal en los diversos distritos de la ciudad. Eran responsables y revocables en todo momento.

La mayoría de sus miembros eran, naturalmente, obreros o representantes reconocidos de la clase obrera. La Comuna no había de ser un organismo parlamentario, sino una corporación de trabajo, ejecutiva y legislativa al mismo tiempo. En vez de continuar siendo un instrumento del gobierno central, la policía fue despojada inmediatamente de sus atributos políticos y convertida en instrumento de la Comuna, responsable ante ella y revocable en todo momento. Lo mismo se hizo con los funcionarios de las demás ramas de la administración. Desde los miembros de la Comuna para abajo, todos los que desempeñaban cargos públicos debían desempeñarlos con salarios de obreros. Los intereses creados y los gastos de representación de los altos dignatarios del Estado desaparecieron con los altos dignatarios mismos. Los cargos públicos dejaron de ser propiedad derivada de los testaferros del gobierno central. En manos de la Comuna se pusieron no solamente la administración municipal, sino toda la iniciativa llevada hasta entonces por el Estado.

Una vez suprimidos el ejército permanente y la policía, que eran los elementos de la fuerza física del antiguo gobierno, la Comuna tomó medidas inmediatamente para destruir la fuerza espiritual de represión, el «poder de los curas», decretando la separación de la Iglesia del Estado y la expropiación de todas [234] las iglesias como corporaciones poseedoras. Los curas fueron devueltos al retiro de la vida privada, a vivir de las limosnas de los fieles, como sus antecesores, los apóstoles. Todas las instituciones de enseñanza fueron abiertas gratuitamente al pueblo y al mismo tiempo emancipadas de toda intromisión de la Iglesia y del Estado. Así, no sólo se ponía la enseñanza al alcance de todos, sino que la propia ciencia se redimía de las trabas a que la tenían sujeta los prejuicios de clase y el poder del gobierno.

Los funcionarios judiciales debían perder aquella fingida independencia que sólo había servido para disfrazar su abyecta sumisión a los sucesivos gobiernos, ante los cuales iban prestando y violando, sucesivamente, el juramento de fidelidad. Igual que los demás funcionarios públicos, los magistrados y los jueces habían de ser funcionarios electivos, responsables y revocables.

Como es lógico, la Comuna de París había de servir de modelo a todos los grandes centros industriales de Francia. Una vez establecido en París y en los centros secundarios el régimen de la Comuna, el antiguo Gobierno centralizado tendría que dejar paso también en provincias al gobierno de los productores por los productores. En el breve esbozo de organización nacional que la Comuna no tuvo tiempo de desarrollar, se dice claramente que la Comuna habría de ser la forma política que revistiese hasta la aldea más pequeña del país y que en los distritos rurales el ejército permanente habría de ser remplazado por una milicia popular, con un plazo de servicio extraordinariamente corto. Las comunas rurales de cada distrito administrarían sus asuntos colectivos por medio de una asamblea de delegados en la capital del distrito correspondiente y estas asambleas, a su vez, enviarían diputados a la Asamblea Nacional de delegados de París, entendiéndose que todos los delegados serían revocables en todo momento y se hallarían obligados por el mandato imperativo (instrucciones) de sus electores. Las pocas, pero importantes funciones que aún quedarían para un Gobierno central no se suprimirían, como se ha dicho, falseando de intento la verdad, sino que serían desempeñadas por agentes comunales y, por tanto, estrictamente responsables. No se trataba de destruir la unidad de la nación, sino por el contrario, de organizarla mediante un régimen comunal, convirtiéndola en una realidad al destruir el poder del Estado, que pretendía ser la encarnación de aquella unidad, independiente y situado por encima de la nación misma, en cuyo cuerpo no era más que una excrecencia parasitaria. Mientras que los órganos puramente represivos del viejo poder estatal habían de ser amputados, sus funciones legítimas habían de ser arrancadas a una autoridad que usurpaba una posición preeminente sobre la sociedad misma, para restituirla a los servidores responsables de esta [235] sociedad. En vez de decidir una vez cada tres o seis años qué miembros de la clase dominante han de representar y aplastar al pueblo en el parlmento, el sufragio universal habría de servir al pueblo organizado en comunas, como el sufragio individual sirve a los patronos que buscan obreros y administradores para sus negocios. Y es bien sabido que lo mismo las compañías que los particulares, cuando se trata de negocios saben generalmente colocar a cada hombre en el puesto que le corresponde y, si alguna vez se equivocan, reparan su error con presteza. Por otra parte, nada podía ser más ajeno al espíritu de la Comuna que sustituir el sufragio universal por una investidura jerárquica [68].

Generalmente, las creaciones históricas completamente nuevas están destinadas a que se las tome por una reproducción de formas viejas e incluso difuntas de la vida social, con las cuales pueden presentar cierta semejanza. Así, esta nueva Comuna, que viene a destruir el poder estatal moderno, se ha confundido con una reproducción de las comunas medievales, que primero precedieron a ese mismo Estado y luego le sirvieron de base. El régimen de la Comuna se ha tomado erróneamente por un intento de fraccionar en una federación de pequeños Estados, como la soñaban Montesquieu y los girondinos [69], esa unidad de las grandes naciones que, si bien en sus orígenes fue instaurada por la violencia, hoy se ha convertido en un factor poderoso de la producción social. El antagonismo entre la Comuna y el poder del Estado se ha presentado equivocadamente como una forma exagerada de la vieja lucha contra el excesivo centralismo. Circunstancias históricas peculiares pueden en otros países haber impedido el desarrollo clásico de la forma burguesa de gobierno al modo francés y haber permitido, como en Inglaterra, completar en la ciudad los grandes órganos centrales del Estado con asambleas parroquiales (vestries) corrompidas, concejales concusionarios y feroces administradores de la beneficencia, y, en el campo, con jueces virtualmente hereditarios. El régimen de la Comuna habría devuelto al organismo social todas las fuerzas que hasta entonces venía absorbiendo el Estado parásito, que se nutre a expensas de la sociedad y entorpece su libre movimiento. Con este sólo hecho habría iniciado la regeneración de Francia. La burguesía provinciana de Francia veía en la Comuna un intento para restaurar el predominio que ella había ejercido sobre el campo bajo Luis Felipe y que, bajo Luis Napoleón, había sido suplantado por el supuesto predominio del campo sobre la ciudad. En realidad, el régimen de la Comuna colocaba a los productores del campo bajo la dirección ideológica de las capitales de sus distritos, ofreciéndoles aquí, en los obreros de la ciudad, los representantes naturales de sus intereses. La sola existencia de la [236] Comuna implicaba, como algo evidente, un régimen de autonomía local, pero ya no como contrapeso a un poder estatal que ahora era superfluo. Sólo en la cabeza de un Bismarck, que, cuando no está metido en sus intrigas de sangre y hierro, gusta de volver a su antigua ocupación, que tan bien cuadra a su calibre mental, de colaborador del "Kladderadatsch" [70] (el "Punch" [71] de Berlín), sólo en una cabeza como ésa podía caber el achacar a la Comuna de París la aspiración de reproducir aquella caricatura de la organización municipal francesa de 1791 que es la organización municipal de Prusia, donde la administración de las ciudades queda rebajada al papel de simple engranaje secundario de la maquinaria policíaca del Estado prusiano. La Comuna convirtió en una realidad ese tópico de todas las revoluciones burguesas, que es «un Gobierno barato», al destruir las dos grandes fuentes de gastos: el ejército permanente y la burocracia del Estado. Su sola existencia presuponía la no existencia de la monarquía que, en Europa al menos, es el lastre normal y el disfraz indispensable de la dominación de clase. La Comuna dotó a la república de una base de instituciones realmente democráticas. Pero, ni el gobierno barato, ni la «verdadera república» constituían su meta final; no eran más que fenómenos concomitantes.

La variedad de interpretaciones a que ha sido sometida la Comuna y la variedad de intereses que la han interpretado a su favor, demuestran que era una forma política perfectamente flexible, a diferencia de las formas anteriores de gobierno, que habían sido todas fundamentalmente represivas. He aquí su verdadero secreto: la Comuna era, esencialmente, un gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo.

Sin esta última condición, el régimen de la Comuna habría sido una imposibilidad y una impostura. La dominación política de los productores es incompatible con la perpetuación de su esclavitud social. Por tanto, la Comuna había de servir de palanca para extirpar los cimientos económicos sobre los que descansa la existencia de las clases y, por consiguiente, la dominación de clase. Emancipado el trabajo, todo hombre se convierte en trabajador, y el trabajo productivo deja de ser un atributo de clase.

Es un hecho extraño. A pesar de todo lo que se ha hablado y se ha escrito con tanta profusión, durante los últimos sesenta años, acerca de la emancipación del trabajo, apenas en algún sitio los obreros toman resueltamente la cosa en sus manos, vuelve a resonar de pronto toda la fraseología apologética de los portavoces de la sociedad actual, con sus dos polos de capital y esclavitud [237] asalariada (hoy, el terrateniente no es más que el socio comanditario del capitalista), como si la sociedad capitalista se hallase todavía en su estado más puro de inocencia virginal, con sus antagonismos todavía en germen, con sus engaños todavía encubiertos, con sus prostituidas realidades todavía sin desnudar. ¡La Comuna, exclaman, pretende abolir la propiedad, base de toda civilización! Sí, caballeros, la Comuna pretendía abolir esa propiedad de clase que convierte el trabajo de muchos en la riqueza de unos pocos. La Comuna aspiraba a la expropiación de los expropiadores. Quería convertir la propiedad individual en una realidad, transformando los medios de producción, la tierra y el capital, que hoy son fundamentalmente medios de esclavización y de explotación del trabajo, en simples instrumentos de trabajo libre y asociado. ¡Pero eso es el comunismo, el «irrealizable» comunismo! Sin embargo, los individuos de las clases dominantes que son lo bastante inteligentes para darse cuenta de la imposibilidad de que el actual sistema continúe —y no son pocos— se han erigido en los apóstoles molestos y chillones de la producción cooperativa. Ahora bien, si la producción cooperativa ha de ser algo más que una impostura y un engaño; si ha de substituir al sistema capitalista; si las sociedades cooperativas unidas han de regular la producción nacional con arreglo a un plan común, tomándola bajo su control y poniendo fin a la constante anarquía y a las convulsiones periódicas, consecuencias inevitables de la producción capitalista, ¿qué será eso entonces, caballeros, más que comunismo, comunismo «realizable»?

La clase obrera no esperaba de la Comuna ningún milagro. Los obreros no tienen ninguna utopía lista para implantarla par décret du peuple [*]. Saben que para conseguir su propia emancipación, y con ella esa forma superior de vida hacia la que tiende irresistiblemente la sociedad actual por su propio desarrollo económico, tendrán que pasar por largas luchas, por toda una serie de procesos históricos, que transformarán las circunstancias y los hombres. Ellos no tienen que realizar ningunos ideales, sino simplemente dar suelta a los elementos de la nueva sociedad que la vieja sociedad burguesa agonizante lleva en su seno. Plenamente conciente de su misión histórica y heroicamente resuelta a obrar con arreglo a ella, la clase obrera puede mofarse de las burdas invectivas de los lacayos de la pluma y de la protección pedantesca de los doctrinarios burgueses bien intencionados, que vierten sus ignorantes vulgaridades y sus fantasías sectarias con un tono sibilino de infalibilidad científica.

[238]

Cuando la Comuna de París tomó en sus propias manos la dirección de la revolución; cuando, por primera vez en la historia, los simples obreros se atrevieron a violar el monopolio de gobierno de sus «superiores naturales», y, en circunstancias de una dificultad sin precedente, realizaron su labor de un modo modesto, concienzudo y eficaz, con sueldos el más alto de los cuales apenas representaba una quinta parte de la suma que según una alta autoridad científica [*]* es el sueldo mínimo del secretario de un consejo escolar de Londres, el viejo mundo se retorció en convulsiones de rabia ante el espectáculo de la Bandera Roja, símbolo de la República del Trabajo, ondeando sobre el Hôtel de Ville.

Y, sin embargo, era ésta la primera revolución en que la clase obrera fue abiertamente reconocida como la única clase capaz de iniciativa social incluso por la gran masa de la clase media parisina —tenderos, artesanos, comerciantes—, con la sola excepción de los capitalistas ricos. La Comuna los salvó, mediante una sagaz solución de la constante fuente de discordias dentro de la misma clase media: el conflicto entre acreedores y deudores [72]. Estos mismos elementos de la clase media, después de haber colaborado en el aplastamiento de la insurrección obrera de junio de 1848, habían sido sacrificados sin miramiento a sus acreedores por la Asamblea Constituyente de entonces [73]. Pero no fue éste el único motivo que les llevó a apretar sus filas en torno a la clase obrera. Sentían que había que escoger entre la Comuna y el Imperio, cualquiera que fuese el rótulo bajo el que éste resucitase. El Imperio los había arruinado económicamente con su dilapidación de la riqueza pública, con las grandes estafas financieras que fomentó y con el apoyo prestado a la centralización artificialmente acelerada del capital, que suponía la expropiación de muchos de sus componentes. Los había suprimido políticamente, y los había irritado moralmente con sus orgías; había herido su volterianismo al confiar la educación de sus hijos a los frères ignorantins [74], y había sublevado su sentimiento nacional de franceses al lanzarlos precipitadamente a una guerra que sólo ofreció una compensación para todos los desastres que había causado: la caída del Imperio. En efecto, tan pronto huyó de París la alta bohème bonapartista y capitalista, el auténtico partido del orden de la clase media surgió bajo la forma de Unión Republicana [75], se colocó bajo la bandera de la Comuna y se puso a defenderla contra las desfiguraciones malévolas de Thiers. El tiempo dirá si la gratitud de esta gran masa de la clase media va a resistir las duras pruebas de estos momentos.

La Comuna tenía toda la razón, cuando decía a los campesinos: «Nuestro triunfo es vuestra única esperanza». De todas las mentiras incubadas en Versalles y difundidas por los ilustres mercenarios de la prensa europea, una de las más tremendas era la de que los «rurales» representaban al campesinado francés. ¡Figuraos el amor que sentirían los campesinos de Francia por los hombres a quienes después de 1815 se les obligó a pagar mil millones de indemnización! [76] A los ojos del campesino francés, la sola existencia de grandes terratenientes es ya una usurpación de sus conquistas de 1789. En 1848, la burguesía gravó su parcela de tierra con el impuesto adicional de 45 céntimos por franco, pero entonces lo hizo en nombre de la revolución, en cambio, ahora, fomentaba una guerra civil en contra de la revolución, para echar sobre las espaldas de los campesinos la carga principal de los cinco mil millones de indemnización que había que pagar a los prusianos. En cambio, la Comuna declaraba en una de sus primeras proclamas que las costas de la guerra habían de ser pagadas por los verdaderos causantes de ella. La Comuna habría redimido al campesino de la contribución de sangre, le habría dado un Gobierno barato, habría convertido a los que hoy son sus vampiros —el notario, el abogado, el agente ejecutivo y otros dignatarios judiciales que le chupan la sangre— en empleados comunales asalariados, elegidos por él y responsables ante él mismo. Le habría librado de la tiranía del guarda jurado, del gendarme y del prefecto; la ilustración por el maestro de escuela hubiera ocupado el lugar del embrutecimiento por el cura. Y el campesino francés es, ante todo y sobre todo, un hombre calculador. Le habría parecido extremadamente razonable que la paga del cura, en vez de serle arrancada a él por el recaudador de contribuciones, dependiese exclusivamente de los sentimientos religiosos de los feligreses. Tales eran los grandes beneficios que el régimen de la Comuna —y sólo él— brindaba como cosa inmediata a los campesinos franceses. Huelga, por tanto, detenerse a examinar los problemas más complicados, pero vitales, que sólo la Comuna era capaz de resolver —y que al mismo tiempo estaba obligada a resolver—, en favor de los campesinos, a saber: la deuda hipotecaria, que pesaba como una maldición sobre su parcela; el proletariado del campo, que crecía constantemente, y el proceso de su expropiación de la parcela que cultivaba, proceso cada vez más acelerado en virtud del desarrollo de la agricultura moderna y la competencia de la producción agrícola capitalista.

El campesino francés eligió a Luis Bonaparte presidente de la república, pero fue el partido del orden el que creó el Imperio. Lo que el campesino francés quería realmente, comenzó [240] a demostrarlo él mismo en 1849 y 1850, al oponer su alcalde al prefecto del Gobierno, su maestro de escuela al cura del Gobierno y su propia persona al gendarme del Gobierno. Todas las leyes promulgadas por el partido del orden en enero y febrero de 1850 fueron medidas descaradas de represión contra el campesino. El campesino era bonapartista porque la gran revolución, con todos los beneficios que le había conquistado, se personificaba para él en Napoleón. Pero esta quimera, que se iba esfumando rápidamente bajo el Segundo Imperio (y que era, por naturaleza, contraria a los «rurales»), este prejuicio del pasado, ¿cómo hubiera podido hacer frente a la apelación de la Comuna a los intereses vitales y las necesidades más apremiantes de los campesinos?

Los «rurales» —tal era, en realidad, su principal preocupación— sabían que tres meses de libre contacto del París de la Comuna con las provincias bastarían para desencadenar una sublevación general de campesinos; de aquí su prisa por establecer el bloqueo policíaco de París para impedir que la epidemia se propagase.

La Comuna era, pues, la verdadera representación de todos los elementos sanos de la sociedad francesa, y, por consiguiente, el auténtico gobierno nacional. Pero, al mismo tiempo, como gobierno obrero y como campeón intrépido de la emancipación del trabajo, era un gobierno internacional en el pleno sentido de la palabra. Ante los ojos del ejército prusiano, que había anexionado a Alemania dos provincias francesas, la Comuna anexionó a Francia los obreros del mundo entero.

El Segundo Imperio había sido el jubileo de la estafa cosmopolita; los estafadores de todos los países habían acudido corriendo a su llamada para participar en sus orgías y en el saqueo del pueblo francés. Y todavía hoy la mano derecha de Thiers es Ganesco, el granuja valaco, y su mano izquierda Markovski, el espía ruso. La Comuna concedió a todos los extranjeros el honor de morir por una causa inmortal. Entre la guerra exterior, perdida por su traición, y la guerra civil, fomentada por su conspiración con el invasor extranjero, la burguesía encontraba tiempo para dar pruebas de patriotismo, organizando batidas policíacas contra los alemanes residentes en Francia. La Comuna nombró a un obrero alemán [*] su ministro del Trabajo. Thiers, la burguesía, el Segundo Imperio, habían engañado constantemente a Polonia con ostentosas manifestaciones de simpatía, mientras en realidad la traicionaban a los intereses de Rusia, a la que prestaban los más sucios servicios. La Comuna honró a los heroicos hijos de Polonia [*]*, colocándolos a la cabeza de los defensores de París. [241] Y, para marcar nítidamente la nueva era histórica que concientemente inauguraba, la Comuna, ante los ojos de los conquistadores prusianos de una parte, y del ejército bonapartista mandado por generales bonapartistas, de otra, echó abajo aquel símbolo gigantesco de la gloria guerrera que era la Columna de Vendôme. [77]

La gran medida social de la Comuna fue su propia existencia, su labor. Sus medidas concretas no podían menos de expresar la línea de conducta de un gobierno del pueblo por el pueblo. Entre ellas se cuentan la abolición del trabajo nocturno para los obreros panaderos, y la prohibición, bajo penas, de la práctica corriente entre los patronos de mermar los salarios imponiendo a sus obreros multas bajo los más diversos pretextos, proceso éste en el que el patrono se adjudica las funciones de legislador, juez y agente ejecutivo, y, además, se embolsa el dinero. Otra medida de este género fue la entrega a las asociaciones obreras, a reserva de indemnización, de todos los talleres y fábricas cerrados, lo mismo si sus respectivos patronos habían huido que si habían optado por parar el trabajo.

Las medidas financieras de la Comuna, notables por su sagacidad y moderación, hubieron de limitarse necesariamente a lo que era compatible con la situación de una ciudad sitiada. Teniendo en cuenta el latrocinio gigantesco desencadenado sobre la ciudad de París por las grandes empresas financieras y los contratistas de obras bajo la tutela de Haussmann [*], la Comuna habría tenido títulos incomparablemente mejores para confiscar sus bienes que Luis Napoleón para confiscar los de la familia de Orleáns. Los Hohenzollern y los oligarcas ingleses, una buena parte de cuyos bienes provenían del saqueo de la Iglesia, pusieron naturalmente el grito en el cielo cuando la Comuna sacó de la secularización nada más que 8.000 francos.

Mientras el Gobierno de Versalles, apenas recobró un poco de ánimo y de fuerzas, empleaba contra la Comuna las medidas más violentas; mientras ahogaba la libre expresión del pensamiento por toda Francia, hasta el punto de prohibir las asambleas de delegados de las grandes ciudades; mientras sometía a Versalles y al resto de Francia a un espionaje que dejaba en mantillas al del Segundo Imperio; mientras quemaba, por medio de sus inquisidores-gendarmes, todos los periódicos publicados en París y violaba toda la correspondencia que procedía de la capital o iba dirigida a ella; mientras en la Asamblea Nacional, los más [242] tímidos intentos de aventurar una palabra en favor de París eran ahogados con unos aullidos a los que no había llegado ni la chambre introuvable de 1816; con la guerra salvaje de los versalleses fuera de París y sus tentativas de corrupción y conspiración dentro, ¿podía la Comuna, sin traicionar ignominiosamente su causa, guardar todas las formas y las apariencias de liberalismo, como si gobernase en tiempos de serena paz? Si el Gobierno de la Comuna se hubiera parecido al de Thiers, no habría habido más base para suprimir en París los periódicos del partido del orden que para suprimir en Versalles los periódicos de la Comuna.

Era verdaderamente indignante para los «rurales» que, en el mismo momento en que ellos preconizaban como único medio de salvar a Francia la vuelta al seno de la Iglesia, la incrédula Comuna descubriera los misterios del convento de monjas de Picpus y de la iglesia de Saint-Laurent [78]. Y era una burla para el señor Thiers que, mientras él hacía llover grandes cruces sobre los generales bonapartistas, para premiar su maestría en el arte de perder batallas, firmar capitulaciones y liar cigarrillos en Wilhelmshöhe [79], la Comuna destituyera y arrestara a sus generales a la menor sospecha de negligencia en el cumplimiento del deber. La expulsión de su seno y la detención por la Comuna de uno de sus miembros [*]*, que se había deslizado en ella bajo nombre supuesto y que en Lyon había sufrido un arresto de seis días por simple quiebra, ¿no era un deliberado insulto para el falsificador Julio Favre, todavía a la sazón ministro de Negocios Extranjeros de Francia, y que seguía vendiendo su país a Bismarck y dictando órdenes a aquel incomparable Gobierno de Bélgica? La verdad es que la Comuna no pretendía tener el don de la infalibilidad, que se atribuían sin excepción todos los gobiernos a la vieja usanza. Publicaba sus hechos y sus dichos y daba a conocer al público todas sus faltas.

En todas las revoluciones, al lado de los verdaderos revolucionarios, figuran hombres de otra naturaleza. Algunos de ellos, supervivientes de revoluciones pasadas, que conservan su devoción por ellas, sin visión del movimiento actual, pero dueños todavía de su influencia sobre el pueblo, por su reconocida honradez y valentía, o simplemente por la fuerza de la tradición; otros, simples charlatanes que, a fuerza de repetir año tras año las mismas declamaciones estereotipadas contra el gobierno del día, se han agenciado de contrabando una reputación de revolucionarios de pura cepa. Después del 18 de marzo salieron también a la superficie hombres de éstos, y en algunos casos lograron desempeñar papeles preeminentes. En la medida en que su poder [243] se lo permitía, entorpecieron la verdadera acción de la clase obrera, lo mismo que otros de su especie entorpecieron el desarrollo completo de todas las revoluciones anteriores. Constituyen un mal inevitable; con el tiempo se les quita de en medio; pero a la Comuna no le fue dado disponer de tiempo.

Maravilloso en verdad fue el cambio operado por la Comuna de París. De aquel París prostituido del Segundo Imperio no quedaba ni rastro. París ya no era el lugar de cita de terratenientes ingleses, absentistas irlandeses [80], ex esclavistas y rastacueros norteamericanos, ex propietarios rusos de siervos y boyardos de Valaquia. Ya no había cadáveres en el depósito, ni asaltos nocturnos, ni apenas hurtos; por primera vez desde los días de febrero de 1848, se podía transitar seguro por las calles de París, y eso que no había policía de ninguna clase.

«Ya no se oye hablar» —decía un miembro de la Comuna— «de asesinatos, robos y atracos; diríase que la policía se ha llevado consigo a Versalles a todos sus amigos conservadores».

Las cocotas habían encontrado el rastro de sus protectores, fugitivos hombres de la familia, de la religión y, sobre todo, de la propiedad. En su lugar, volvían a salir a la superficie las auténticas mujeres de París, heroicas, nobles y abnegadas como las mujeres de la antigüedad. París trabajaba y pensaba, luchaba y daba su sangre; radiante en el entusiasmo de su iniciativa histórica, dedicado a forjar una sociedad nueva, casi se olvidaba de los caníbales que tenía a las puertas.

Frente a este mundo nuevo de París, se alzaba el mundo viejo de Versalles; aquella asamblea de legitimistas y orleanistas, vampiros de todos los regímenes difuntos, ávidos de nutrirse de los despojos de la nación, con su cola de republicanos antediluvianos, que sancionaban con su presencia en la Asamblea el motín de los esclavistas, confiando el mantenimiento de su república parlamentaria a la vanidad del viejo saltimbanqui que la presidía y caricaturizando la revolución de 1789 con la celebración de sus reuniones de espectros en el Jeu de Paume [*] [81]. Así era esta Asamblea, representación de todo lo muerto de Francia, sólo mantenida en una apariencia de vida por los sables de los generales de Luis Bonaparte. París, todo verdad, y Versalles, todo mentira, una mentira que salía de los labios de Thiers.

"Les doy a ustedes mi palabra, a la que jamás he faltado",

dice Thiers a una comisión de alcaldes del departamento de Seine-et-Oise. A la Asamblea Nacional le dice que «es la Asamblea más [244] libremente elegida y más liberal que en Francia ha existido»; dice a su abigarrada soldadesca, que es «la admiración del mundo y el mejor ejército que jamás ha tenido Francia»; dice a las provincias que el bombardeo de París llevado a cabo por él es un mito:

«Si se han disparado algunos cañonazos, no ha sido por el ejército de Versalles, sino por algunos insurrectos empeñados en hacernos creer que luchan, cuando en realidad no se atreven a asomar la cara».

Poco después, dice a las provincias que

«la artillería de Versalles no bombardea a París, sino que simplemente lo cañonea».

Dice al arzobispo de París que las pretendidas ejecuciones y represalias (!) atribuidas a las tropas de Versalles son puras mentiras. Dice a París que sólo ansía «liberarlo de los horribles tiranos que le oprimen» y que el París de la Comuna no es, en realidad, «más que un puñado de criminales».

El París de el señor Thiers no era el verdadero París de la «vil muchedumbre», sino un París fantasma, el París de los franc-fileurs [82], el París masculino y femenino de los bulevares, el París rico, capitalista; el París dorado, el París ocioso, que ahora corría en tropel a Versalles, a Saint-Denis, a Rueil y a Saint-Germain, con sus lacayos, sus estafadores, su bohemia literaria y sus cocotas. El París para el que la guerra civil no era más que un agradable pasatiempo, el que veía las batallas por un anteojo de larga vista, el que contaba los estampidos de los cañonazos y juraba por su honor y el de sus prostitutas que aquella función era mucho mejor que las que representaban en Porte Saint Martin. Allí, los que caían eran muertos de verdad, los gritos de los heridos eran de verdad también, y además, ¡todo era tan intensamente histórico!

Este es el París del señor Thiers, como el mundo de los emigrados de Coblenza era la Francia del señor de Calonne [83].


NOTAS

[*] La vil muchedumbre. (N. de la Edit.)

[68] 173. Investidura, sistema de nombramiento de cargos, que se distingue por la completa dependencia de quienes se encuentran en un peldaño inferior de la escala jerárquica respecto de los superiores.- 235

[69] 174. Los girondinos formaban en el período de la revolución burguesa francesa de fines del siglo XVIII el partido de la gran burguesía (debían su nombre al departamento de la Gironda), que, so pretexto de defensa del derecho de los departamentos a la autonomía y la federación, se oponía al Gobierno jacobino y a las masas revolucionarias que lo apoyaban.- 235

[70] 175. "Kladderadatsch", revista satírica ilustrada semanal, se publicó en Berlín desde 1848.- 236, 345

[71] 176. "Punch, or the London Charivari" («El Títere o la cercenada de Londres»), revista semanal satírica inglesa de orientación liberal-burguesa, se publica en Londres desde 1841.- 236.

[*] Por decreto del pueblo. (N. de la Edit.)

[**] Se refiere al profesor Huxley. (Nota de la edición alemana de 1871).

[72] 177. Se alude al decreto de la Comuna de París del 16 de abril de 1871 prorrogando por tres años los pagos de las deudas y aboliendo el pago de interés por ellas.- 238

[73] 178. Marx se refiere al acuerdo del 22 de agosto de 1848 de la Asamblea Constituyente de rechazar el proyecto de ley de «acuerdos amistosos», en el que se preveía el aplazamiento de los pagos de las deudas. Como consecuencia de ello, una parte considerable de la pequeña burguesía se arruinó completamente y se vio en manos de los acreedores, es decir, de la gran burguesía.- 238

[74] 179. Los Frères ignorantins («Frailes ignorantes»), nombre despectivo de una orden religiosa surgida en 1680, en Reims, se comprometían a dedicarse a la enseñanza de los niños pobres. En las escuelas de la orden se daba, principalmente, una educación religiosa, siendo muy escasa la enseñanza de otras ramas del saber.- 238

[75] 180. La Unión Republicana de los Departamentos, organización política integrada por elementos de la pequeña burguesía oriundos de las distintas regiones de Francia y domiciliados en París, llamaba a la lucha contra el Gobierno de Versalles y la Asamblea Nacional monárquica y predicaba el apoyo a la Comuna de París en todos los departamentos.- 238

[76] 181. Marx se refiere a la ley del 27 de abril de 1825 acerca del pago de indemnización a los antiguos emigrados por las fincas que habían sido confiscadas durante la revolución burguesa francesa.- 239

[*] Leo Frankel. (N. de la Edit.)

[**] J. Drombrowski y W. Wróblewski. (N. de la Edit.)

[77] 182. La Columna de Vendôme fue levantada en París, en los años de 1806-1810, para conmemorar las victorias de la Francia napoleónica. Hecha del bronce de los cañones capturados al enemigo, estaba coronada por una estatua de Napoleón. El 16 de mayo de 1871, por decreto de la Comuna de París, la columna fue derribada.- 241

[*] El barón de Haussmann fue, durante el Segundo Imperio, prefecto del departamento del Sena, es decir, de la ciudad de París. Realizó una serie de obras para modificar el plano de París, con el fin de facilitar la lucha contra las insurrecciones de los obreros. (Nota para la traducción rusa de 1905 publicada bajo la redacción de V. Lenin).

[78] 183. En el convento de monjas de Picpus fueron descubiertos casos de reclusión de monjas en celdas durante largos años; se hallaron igualmente instrumentos de tortura; en la iglesia de Saint-Laurent se descubrió un cementerio clandestino, prueba de asesinatos perpetrados. La Comuna hizo públicos estos hechos en el periódico "Mot d'Ordre" («La Consigna») el 5 de mayo de 1871, así como en el folleto "Les Crimes des congrégations religieuses" («Los crímenes de las congregaciones religiosas»).- 242

[79] 184. La principal ocupación de los prisioneros franceses en Wilhelmshöhe (véase la nota 106) era hacer cigarrillos para consumo propio.- 242

[**] Blanchet. (N. de la Edit.)

[80] 185. Los absentistas (de la palabra absent, ausente), grandes propietarios de tierras que no solían vivir en sus fincas, empleaban administradores rurales para gobernarlas o las entregaban en arriendo a especuladores intermediarios, los cuales, a su vez, las entregaban en subarriendo en condiciones leoninas a pequeños arrendatarios.- 243

[*] Frontón donde la Asamblea Nacional de 1789 adoptó su célebre decisión (nota 186). (Nota de Engels a la edición alemana de 1871).

[81] 186. El 9 de julio de 1789, la Asamblea Nacional de Francia se proclamó Asamblea Constituyente y llevó a cabo las primeras transformaciones antiabsolutistas y antifeudales.- 243

[82] 187. Franc-fileurs (literalmente «libres fugitivos»), mote puesto a los burgueses parisinos que huían de la ciudad durante el asedio. Le daba un carácter irónico al mote su analogía a la palabra franc-tireur (libre tirador), nombre de los guerrilleros franceses, participantes activos en la lucha contra los prusianos.- 244

[83] 188. Coblenza, ciudad de Alemania. Durante la revolución burguesa de Francia de fines del siglo XVIII fue centro de la emigración de la nobleza monárquica y de preparación de la intervención contra la Francia revolucionaria. En Coblenza se hallaba el Gobierno emigrado encabezado por de Calonne, reaccionario furibundo, ex ministro de Luis XVI.- 244


PARTE IV


IV

La primera tentativa de la conspiración de los esclavistas para sojuzgar a París logrando su ocupación por los prusianos, fracasó ante la negativa de Bismarck. La segunda tentativa, la del 18 de marzo, acabó con la derrota del ejército y la huida a Versalles del gobierno, que ordenó a todo el aparato administrativo que abandonase sus puestos y le siguiese en la huida. Mediante la simulación de negociaciones de paz con París, Thiers ganó tiempo para preparar la guerra contra él. Pero, ¿de dónde sacar un ejército? Los restos de los regimientos de línea eran escasos en número [245] e inseguros en cuanto a moral. Su llamamiento apremiante a las provincias para que acudiesen en ayuda de Versalles con sus guardias nacionales y sus voluntarios, tropezó con una negativa en redondo. Sólo Bretaña mandó a luchar bajo una bandera blanca a un puñado de chuanes [84], con un corazón de Jesús en tela blanca sobre el pecho y gritando «Vive le Roi!» («¡Viva el rey!»). Thiers viose, por tanto, obligado a reunir a toda prisa una turba abigarrada, compuesta por marineros, soldados de infantería de marina, zuavos pontificios, gendarmes de Valentín y guardias municipales y mouchards [*] de Pietri. Pero este ejército habría sido ridículamente ineficaz sin la incorporación de los prisioneros de guerra imperiales que Bismarck fue entregando a plazos en cantidad suficiente para mantener viva la guerra civil y para tener al gobierno de Versalles en abyecta dependencia con respecto a Prusia. Durante la propia guerra, la policía versallesa tenía que vigilar al ejército de Versalles, mientras que los gendarmes tenían que arrastrarlo a la lucha, colocándose ellos siempre en los puestos de peligro. Los fuertes que cayeron no fueron conquistados, sino comprados. El heroísmo de los federales convenció a Thiers de que para vencer la resistencia de París no bastaban su genio estratégico ni las bayonetas de que disponía.

Entretanto, sus relaciones con las provincias hacíanse cada vez más difíciles. No llegaba un solo mensaje de adhesión para estimular a Thiers y a sus «rurales». Muy al contrario, llegaban de todas partes diputaciones y mensajes pidiendo, en un tono que tenía de todo menos de respetuoso, la reconciliación con París sobre la base del reconocimiento inequívoco de la república, el reconocimiento de las libertades comunales y la disolución de la Asamblea Nacional, cuyo mandato había expirado ya. Estos mensajes afluían en tal número, que en su circular dirigida el 23 de abril a los fiscales, Dufaure, ministro de Justicia de Thiers, les ordenaba considerar como un crimen «el llamamiento a la conciliación». No obstante, en vista de las perspectivas desesperadas que se abrían ante su campaña militar, Thiers se decidió a cambiar de táctica, ordenando que el 30 de abril se celebrasen elecciones municipales en todo el país, sobre la base de la nueva ley municipal dictada por él mismo a la Asamblea Nacional. Utilizando, según los casos, las intrigas de sus prefectos y la intimidación policíaca, estaba completamente seguro de que el resultado de la votación en provincias le permitiría ungir a la Asamblea Nacional con aquel poder moral que jamás había tenido, y obtener por fin de las provincias la fuerza material que necesitaba para la conquista de París.

[246]

Thiers se preocupó desde el primer momento en combinar su guerra de bandidaje contra París —glorificada en sus propios boletines— y las tentativas de sus ministros para instaurar de un extremo a otro de Francia el reinado del terror, con una pequeña comedia de conciliación, que había de servirle para más de un fin. Trataba con ello de engañar a las provincias, de seducir a la clase media de París y, sobre todo, de brindar a los pretendidos republicanos de la Asamblea Nacional la oportunidad de esconder su traición contra París detrás de su fe en Thiers. El 21 de marzo, cuando aun no disponía de un ejército, Thiers declaraba ante la Asamblea:

«Pase lo que pase, jamás enviaré tropas contra París».

El 27 de marzo, intervino de nuevo para decir:

"Me he encontrado con la república como un hecho consumado y estoy firmemente decidido a mantenerla".

En realidad, en Lyon y en Marsella [85] aplastó la revolución en nombre de la república, mientras en Versalles los bramidos de sus «rurales» ahogaban la simple mención de su nombre. Después de esta hazaña, rebajó el «hecho consumado» a la categoría de hecho hipotético. A los príncipes de Orleáns, que Thiers había alejado de Burdeos por precaución, se les permitía ahora intrigar en Dreux, lo cual era una violación flagrante de la ley. Las concesiones prometidas por Thiers, en sus interminables entrevistas con los delegados de París y provincias aunque variaban constantemente de tono y de color, según el tiempo y las circunstancias, se reducían siempre, en el fondo, a la promesa de que su venganza se limitaría al

«puñado de criminales complicados en los asesinatos de Lecomte y Clément Thomas».

Bien entendido que bajo la condición de que París y Francia aceptasen sin reservas al señor Thiers como la mejor de las repúblicas posibles, como él había hecho en 1830 con Luis Felipe. Pero hasta estas mismas concesiones, no sólo se cuidaba de ponerlas en tela de juicio mediante los comentarios oficiales que hacía a través de sus ministros en la Asamblea, sino que, además, tenía a su Dufaure para actuar. Dufaure, viejo abogado orleanista, había sido el poder judicial supremo de todos los estados de sitio, lo mismo ahora, en 1871, bajo Thiers, que en 1839, bajo Luis Felipe, y en 1849, bajo la presidencia de Luis Bonaparte. Durante su cesantía de ministro, había reunido una fortuna defendiendo los pleitos de los capitalistas de París y había acumulado un capital político pleiteando contra las leyes elaboradas por él [247] mismo. Ahora, no contento con hacer que la Asamblea Nacional votase a toda prisa una serie de leyes de represión que, después de la caída de París, habían de servir para extirpar los últimos vestigios de las libertades republicanas en Francia, trazó de antemano la suerte que había de correr París, al abreviar los trámites de los Tribunales de Guerra, que aun parecían demasiado lentos [86], y al presentar una nueva ley draconiana de deportación. La revolución de 1848, al abolir la pena de muerte para los delitos políticos, la había sustituido por la deportación. Luis Bonaparte no se atrevió, por lo menos en teoría, a restablecer el régimen de guillotina. Y la Asamblea de los «rurales», que aun no se atrevían ni a insinuar que los parisinos no eran rebeldes, sino asesinos, no tuvo más remedio que limitarse, en la venganza que preparaba contra París, a la nueva ley de deportaciones de Dufaure. Bajo estas circunstancias, Thiers no hubiera podido seguir representando su comedia de conciliación, si esta comedia no hubiese arrancado, como él precisamente quería, gritos de rabia entre los «rurales», cuyas cabezas rumiantes no podían comprender la farsa, ni todo lo que la farsa exigía en cuanto a hipocresía, tergiversación y dilaciones.

Ante la proximidad de las elecciones municipales del 30 de abril, el día 27 Thiers representó una de sus grandes escenas conciliatorias. En medio de un torrente de retórica sentimental, exclamó desde la tribuna de la Asamblea:

«La única conspiración que hay contra la república es la de París, que nos obliga a derramar sangre francesa. No me cansaré de repetirlo: ¡que aquellas manos suelten las armas infames que empuñan y el castigo se detendrá inmediatamente por un acto de paz del que sólo quedará excluido un puñado de criminales!»

Y como los «rurales» le interrumpieran violentamente, replicó:

«Decidme, señores, os lo suplico, si estoy equivocado. ¿De veras deploráis que yo haya podido declarar aquí que los criminales no son en verdad más que un puñado? ¿No es una suerte, en medio de nuestras desgracias, que quienes fueron capaces de derramar la sangre de Clément Thomas y del general Lecomte sólo representan raras excepciones?»

Sin embargo, Francia no dio oídos a aquellos discursos que Thiers creía cantos de sirena parlamentaria. De los 700.000 concejales elegidos en los 35.000 municipios que aún conservaba Francia, los legitimistas, orleanistas y bonapartistas coligados no obtuvieron siquiera 8.000. Las diferentes votaciones complementarias arrojaron resultados aún más hostiles. De este modo, en vez de sacar de las provincias la fuerza material que tanto necesitaba, la Asamblea perdía hasta su último título de fuerza moral: el de ser expresión del sufragio universal de la nación. [248] Para remachar la derrota, los ayuntamientos recién elegidos amenazaron a la asamblea usurpadora de Versalles con convocar una contraasamblea en Burdeos.

Por fin había llegado para Bismarck el tan esperado momento de lanzarse a la acción decisiva. Ordenó perentoriamente a Thiers que mandase a Francfort plenipotenciarios para sellar definitivamente la paz. Obedeciendo humildemente a la llamada de su señor, Thiers se apresuró a enviar a su fiel Julio Favre, asistido por Pouyer-Quertier. Pouyer-Quertier, «eminente» hilandero de algodón de Ruán, ferviente y hasta servil partidario del Segundo Imperio, jamás había descubierto en éste ninguna falta, fuera de su tratado comercial con Inglaterra [87], atentatorio para los intereses de su propio negocio. Apenas instalado en Burdeos como ministro de Hacienda de Thiers, denunció este «nefasto» tratado, sugirió su pronta derogación y tuvo incluso el descaro de intentar, aunque en vano (pues echó sus cuentas sin Bismarck), el inmediato restablecimiento de los antiguos aranceles protectores contra Alsacia, donde, según él, no existía el obstáculo de ningún tratado internacional anterior. Este hombre, que veía en la contrarrevolución un medio para rebajar los salarios en Ruán, y en la entrega a Prusia de las provincias francesas un medio para subir los precios de sus artículos en Francia, ¿no era éste el hombre predestinado para ser elegido por Thiers, en su última y culminante traición, como digno auxiliar de Julio Favre?

A la llegada a Francfort de esta magnífica pareja de plenipotenciarios, el brutal Bismarck los recibió con este dilema categórico: "¡O la restauración del Imperio, o la aceptación sin reservas de mis condiciones de paz!" Entre estas condiciones entraba la de acortar los plazos en que había que pagarse la indemnización de guerra y la prórroga de la ocupación de los fuertes de París por las tropas prusianas mientras Bismarck no estuviese satisfecho con el estado de cosas reinante en Francia. De este modo, Prusia era reconocida como supremo árbitro de la política interior francesa. A cambio de esto, ofrecía soltar, para que exterminase a París, al ejército bonapartista que tenía prisionero y prestarle el apoyo directo de las tropas del emperador Guillermo. Como prenda de su buena fe, se prestaba a que el pago del primer plazo de la indemnización se subordinase a la «pacificación» de París. Huelga decir que Thiers y sus plenipotenciarios se apresuraron a tragar esta sabrosa carnada. El tratado de paz fue firmado por ellos el 10 de mayo y ratificado por la Asamblea de Versalles el 18 del mismo mes.

En el intervalo entre la conclusión de la paz y la llegada de los prisioneros bonapartistas, Thiers se creyó tanto más obligado [249] a reanudar su comedia de reconciliación cuanto que los republicanos, sus instrumentos, estaban apremiantemente necesitados de un pretexto que les permitiese cerrar los ojos a los preparativos para la carnicería de París. Todavía el 8 de mayo constestaba a una comisión de conciliadores pequeñoburgueses:

«Tan pronto como los insurrectos se decidan a capitular, las puertas de París se abrirán de par en par durante una semana para todos, con la sola excepción de los asesinos de los generales Clément Thomas y Lecomte".

Pocos días después, interpelado violentamente por los «rurales» acerca de estas promesas, se negó a entrar en ningún género de explicaciones; pero no sin hacer esta alusión significativa:

«Os digo que entre vosotros hay hombres impacientes, hombres que tienen demasiada prisa. Que aguarden otros ocho días; al cabo de ellos, el peligro habrá pasado y la tarea será proporcional a su valentía y a su capacidad».

Tan pronto como Mac-Mahon pudo garantizarle que dentro de poco podría entrar en París, Thiers declaró ante la Asamblea que

«entraría en París con la ley en la mano y exigiendo una expiación cumplida a los miserables que habían sacrificado vidas de soldados y destruido monumentos públicos».

Al acercarse el momento decisivo, dijo ante la Asamblea Nacional: «¡Seré implacable!»; a París, que no había salvación para él; y a sus bandidos bonapartistas que se les daba carta blanca para vengarse de París a discreción. Por último, cuando el 21 de mayo la traición abrió las puertas de la ciudad al general Douay, Thiers pudo descubrir el día 22 a los «rurales» el «objetivo» de su comedia de reconciliación, que tanto se habían obstinado en no comprender:

«Os dije hace pocos días que nos estábamos acercando a nuestro objetivo; hoy vengo a deciros que el objetivo está alcanzado. ¡El triunfo del orden, de la justicia y de la civilización está conseguido por fin!».

Así era. La civilización y la justicia del orden burgués aparecen en todo su siniestro esplendor dondequiera que los esclavos y los parias de este orden osan rebelarse contra sus señores. En tales momentos, esa civilización y esa justicia se muestran como lo que son: salvajismo descarado y venganza sin ley. Cada nueva crisis que se produce en la lucha de clases entre los productores y los apropiadores hace resaltar este hecho con mayor claridad. Hasta las atrocidades cometidas por la burguesía en junio de 1848 palidecen ante la infamia indescriptible de 1871. El heroísmo abnegado con que la población de París —hombres, mujeres y niños— luchó por espacio de ocho días después de la entrada de los [250] versalleses en la ciudad, refleja la grandeza de su causa, como las hazañas infernales de la soldadesca reflejan el espíritu innato de esa civilización de la que es el brazo vengador y mercenario. ¡Gloriosa civilización ésta, cuyo gran problema estriba en saber cómo desprenderse de los montones de cadáveres hechos por ella después de haber cesado la batalla!.

Para encontrar un paralelo con la conducta de Thiers y de sus perros de presa hay que remontarse a los tiempos de Sila y de los dos triunviratos romanos [88]. Las mismas matanzas en masa a sangre fría; el mismo desdén, en la matanza, para la edad y el sexo; el mismo sistema de torturar a los prisioneros; las mismas proscripciones, pero ahora de toda una clase; la misma batida salvaje contra los jefes escondidos, para que ni uno solo se escape; las mismas delaciones de enemigos políticos y personales; la misma indiferencia ante la matanza de personas completamente ajenas a la contienda. No hay más que una diferencia, y es que los romanos no disponían de ametralladoras para despachar a los proscritos en masa y que no actuaban «con la ley en la mano» ni con el grito de «civilización» en los labios.

Y tras estos horrores, volvamos la vista a otro aspecto, todavía más repugnante, de esa civilización burguesa, tal como su propia prensa lo describe.

«Mientras a lo lejos» —escribe el corresponsal parisino de un periódico conservador de Londres— «se oyen todavía disparos sueltos y entre las tumbas del cementerio del Peré Lachaise agonizan infelices heridos abandonados; mientras 6.000 insurrectos aterrados vagan en una agonía de desesperación en el laberinto de las catacumbas y por las calles se ven todavía infelices llevados a rastras para ser segados en montón por las ametralladoras, resulta indignante ver los cafés llenos de bebedores de ajenjo y de jugadores de billar y de dominó; ver cómo las mujeres del vicio deambulan por los bulevares y oir cómo el estrépito de las orgías en los reservados de los restaurantes distinguidos turba el silencio de la noche».

El señor Edouard Hervé escribe en el "Journal de París" [89], periódico versallés suprimido por la Comuna:

«El modo cómo la población de París» (!) «manifestó ayer su satisfacción era más que frívolo, y tememos que esto se agrave con el tiempo. París presenta ahora un aire de día de fiesta lamentablemente poco apropiado. Si no queremos que nos llamen los «parisinos de la decadencia», debemos poner término a tal estado de cosas».

Y a continuación cita el pasaje de Tácito:

«Y sin embargo, a la mañana siguiente de aquella horrible batalla y aun antes de haberse terminado, Roma, degradada y corrompida, comenzó a revolcarse de nuevo en la charca de voluptuosidad que destruía su cuerpo y encenagaba su alma —alibi proelia et vulnera, alibi balneae popinaeque (aquí combates y heridas, allí baños y festines)».

[251]

El señor Hervé sólo se olvida de aclarar que la «población de París» de que él habla es, exclusivamente, la población del París del señor Thiers: los franc-fileurs que volvían en tropel de Versalles, de Saint Denis, de Rueil y de Saint Germain, el París de la «decadencia».

En cada uno de sus triunfos sangrientos sobre los abnegados paladines de una sociedad nueva y mejor, esta infame civilización, basada en la esclavización del trabajo, ahoga los gemidos de sus víctimas en un clamor salvaje de calumnias, que encuentran eco en todo el orbe. Los perros de presa del «orden» trasforman de pronto en un infierno el sereno París obrero de la Comuna. ¿Y qué es lo que demuestra este tremendo cambio a las mentes burguesas de todos los países? Demuestra sencillamente que la Comuna se ha amotinado contra la civilización. El pueblo de París, lleno de entusiasmo, muere por la Comuna en número no igualado por ninguna batalla de la historia. ¿Qué demuestra esto? Demuestra, sencillamente, que la Comuna no era el gobierno propio del pueblo, sino la usurpación del poder por un puñado de criminales. Las mujeres de París dan alegremente sus vidas en las barricadas y ante los pelotones de ejecución. ¿Qué demuestra esto? Demuestra sencillamente que el demonio de la Comuna las ha convertido en Megeras [90] y Hécates [91]. La moderación de la Comuna durante los dos meses de su dominación indisputada sólo es igualada por el heroísmo de su defensa. ¿Qué demuestra esto? Demuestra, sencillamente, que durante varios meses la Comuna ocultó cuidadosamente bajo una careta de moderación y de humanidad la sed de sangre de sus instintos satánicos, para darle rienda suelta en la hora de su agonía.

En el momento del heroico holocausto de sí mismo, el París obrero envolvió en llamas edificios y monumentos. Cuando los esclavizadores del proletariado descuartizan su cuerpo vivo, no deben seguir abrigando la esperanza de retornar en triunfo a los muros intactos de sus casas. El gobierno de Versalles grita: "¡Incendiarios!", y susurra esta consigna a todos sus agentes, hasta en la aldea más remota, para que acosen a sus enemigos por todas partes como incendiarios profesionales. La burguesía del mundo entero, que asiste con complacencia a la matanza en masa después de la lucha, se estremece de horror ante la profanación del ladrillo y la argamasa.

Cuando los gobiernos dan a sus flotas de guerra carta blanca para «matar, quemar y destruir», ¿dan o no carta blanca a incendiarios? Cuando las tropas británicas pegan fuego alegremente al capitolio de Washington o al palacio de verano del emperador de China [92] ¿son o no son incendiarias? Cuando los prusianos, no por razones militares, sino por mero espíritu de venganza, [252] hacen arder con ayuda de petróleo poblaciones enteras como Châteaudun e innumerables aldeas, ¿son o no son incendiarios? Cuando Thiers bombardea a París durante seis semanas, bajo el pretexto de que sólo quiere pegar fuego a las casas en que hay gente, ¿era o no era incendiario? En la guerra, el fuego es un arma tan legítima como cualquier otra. Los edificios ocupados por el enemigo se bombardean para pegarles fuego. Y si sus defensores se ven obligados a evacuarlos, ellos mismos los incendian, para evitar que los atacantes se apoyen en ellos. El ser pasto de las llamas ha sido siempre el destino ineludible de los edificios situados en el frente de combate de todos los ejércitos regulares del mundo. ¡Pero he aquí que en la guerra de los esclavizados contra los esclavizadores —la única guerra justificada de la historia— este argumento ya no es válido en absoluto! La Comuna se sirvió del fuego pura y exclusivamente como de un medio de defensa. Lo empleó para cortar el avance de las tropas de Versalles por aquellas avenidas largas y rectas que Haussman había abierto expresamente para el fuego de la artillería; lo empleó para cubrir la retirada, del mismo modo que los versalleses, al avanzar, emplearon sus granadas, que destruyeron, por lo menos, tantos edificios como el fuego de la Comuna. Todavía no se sabe a ciencia cierta qué edificios fueron incendiados por los defensores y cuáles por los atacantes. Y los defensores no recurrieron al fuego hasta que las tropas versallesas no habían comenzado su matanza en masa de prisioneros. Además, la Comuna había anunciado públicamente, desde hacía mucho tiempo, que, empujada al extremo, se enterraría entre las ruinas de París y haría de esta capital un segundo Moscú; cosa que el Gobierno de la Defensa Nacional había prometido también hacer, claro que sólo como disfraz, para encubrir su traición. Trochu había preparado el petróleo necesario para esta eventualidad. La Comuna sabía que a sus enemigos no les importaban las vidas del pueblo de París, pero que en cambio les importaban mucho los edificios parisinos de su propiedad. Por otra parte, Thiers había hecho ya saber que sería implacable en su venganza. Apenas vio de un lado a su ejército en orden de batalla y del otro a los prusianos cerrando la salida, exclamó: «¡Seré inexorable! ¡El castigo será completo y la justicia severa!» Si los actos de los obreros de París fueron de vandalismo, era el vandalismo de la defensa desesperada, no un vandalismo de triunfo, como aquel de que los cristianos dieron prueba al destruir los tesoros artísticos, realmente inestimables, de la antigüedad pagana. Pero incluso este vandalismo ha sido justificado por los historiadores como un accidente inevitable y relativamente insignificante, en comparación con aquella lucha titánica entre una sociedad nueva que surgía y otra vieja que se derrumbaba. Y aún menos se parecía al vandalismo [253] de un Haussman, que arrasó el París histórico, para dejar sitio al París de los ociosos.

Pero, ¿y la ejecución por la Comuna de los sesenta y cuatro rehenes, con el arzobispo de París a la cabeza? La burguesía y su ejército restablecieron en junio de 1848 una costumbre que había desaparecido desde hacía largo tiempo de las prácticas guerreras: la de fusilar a sus prisioneros indefensos. Desde entonces, esta costumbre brutal ha encontrado la adhesión más o menos estricta de todos los aplastadores de conmociones populares en Europa y en la India, demostrando con ello que constituye un verdadero «progreso de la civilización». Por otra parte, los prusianos restablecieron en Francia la práctica de tomar rehenes; personas inocentes a quienes se hacía responder con sus vidas de los actos de otros. Cuando Thiers, como hemos visto, puso en práctica desde el primer momento la humana costumbre de fusilar a los federales prisioneros, la Comuna, para proteger sus vidas, viose obligada a recurrir a la práctica prusiana de tomar rehenes. A estos rehenes los habían hecho ya reos de muerte repetidas veces los incesantes fusilamientos de prisioneros por las tropas versallesas. ¿Quién podía seguir guardando sus vidas después de la carnicería con que los pretorianos [93] de Mac-Mahon celebraron su entrada en París? ¿Había de convertirse también en una burla la última medida —la toma de rehenes— con que se aspiraba a contener el salvajismo desenfrenado de los gobiernos burgueses? El verdadero asesino del arzobispo Darboy es Thiers. La Comuna propuso repetidas veces el canje del arzobispo y de otro montón de clérigos por un solo prisionero, Blanqui, que Thiers tenía entonces en sus garras. Y Thiers se negó tenazmente. Sabía que con Blanqui daba a la Comuna una cabeza y que el arzobispo serviría mejor a sus fines como cadáver. Thiers seguía aquí las huellas de Cavaignac. ¿Acaso en junio de 1848 Cavaignac y sus hombres del orden no habían lanzado gritos de horror, estigmatizando a los insurrectos como asesinos del arzobispo Affre? Y ellos sabían perfectamente que el arzobispo había sido fusilado por las tropas del partido del orden [94]. El Sr. Jacquemet, vicario general del arzobispo que había asistido a la ejecución, se lo había certificado inmediatamente después de ocurrir ésta.

Todo este coro de calumnias, que el partido del orden, en sus orgías de sangre, no deja nunca de alzar contra sus víctimas, sólo demuestra que el burgués de nuestros días se considera el legítimo heredero del antiguo señor feudal, para quien todas las armas eran buenas contra los plebeyos, mientras que en manos de éstos toda arma constituía por sí sola un crimen.

La conspiración de la clase dominante para aplastar la revolución por medio de una guerra civil montada bajo el patronato del [254] invasor extranjero —conspiración que hemos ido siguiendo desde el mismo 4 de septiembre hasta la entrada de los pretorianos de Mac-Mahon por la puerta de Saint Cloud— culminó en la carnicería de París. Bismarck se deleita ante las ruinas de París, en las que ha visto tal vez el primer paso de aquella destrucción general de las grandes ciudades que había sido su sueño dorado cuando no era más que un simple «rural» en los escaños de la Chambre introuvable prusiana de 1849 [95]. Se deleita ante los cadáveres del proletariado de París. Para él, esto no es sólo el exterminio de la revolución; es además el aniquilamiento de Francia, que ahora queda decapitada de veras, y por obra del propio gobierno francés. Con la superficialidad que caracteriza a todos los estadistas afortunados, no ve más que el aspecto externo de este formidable acontecimiento histórico. ¿Cuándo había brindado la historia el espectáculo de un conquistador que coronaba su victoria convirtiéndose, no ya en el gendarme, sino en el sicario del Gobierno vencido? Entre Prusia y la Comuna de París no había guerra. Por el contrario, la Comuna había aceptado los preliminares de paz, y Prusia se había declarado neutral. Prusia no era, por tanto, beligerante. Desempeñó el papel de un matón; de un matón cobarde, puesto que no arrastraba ningún peligro; y de un matón a sueldo, porque se había estipulado de antemano que el pago de sus 500 millones teñidos de sangre no sería hecho hasta después de la caída de París. De este modo, se revelaba, por fin, el verdadero carácter de la guerra, de aquella guerra ordenada por la providencia como castigo de la impía y corrompida Francia por la muy moral y piadosa Alemania. Y esta violación sin precedente del derecho de las naciones, incluso en la interpretación de los juristas del viejo mundo, en vez de poner en pie a los gobiernos «civilizados» de Europa para declarar fuera de la ley internacional al felón gobierno prusiano, simple instrumento del gobierno de San Petersburgo, les incita únicamente a preguntarse ¡si las pocas víctimas que consiguen escapar por entre el doble cordón que rodea a París no deberán ser entregadas también al verdugo de Versalles!.

El hecho sin precedente de que en la guerra más tremenda de los tiempos modernos, el ejército vencedor y el vencido confraternicen en la matanza común del proletariado, no representa, como cree Bismarck, el aplastamiento definitivo de la nueva sociedad que avanza, sino el desmoronamiento completo de la sociedad burguesa. La empresa más heroica que aún puede acometer la vieja sociedad es la guerra nacional. Y ahora viene a demostrarse que esto no es más que una añagaza de los gobiernos destinada a aplazar la lucha de clases, y de la que se prescinde tan pronto como esta lucha estalla en forma de guerra civil. La dominación de clase ya no se puede disfrazar bajo el uniforme [255] nacional; todos los gobiernos nacionales son uno solo contra el proletariado.

Después del domingo de Pentecostés de 1871, ya no puede haber paz ni tregua posible entre los obreros de Francia y los que se apropian el producto de su trabajo. El puño de hierro de la soldadesca mercenaria podrá tener sujetas, durante cierto tiempo, a estas dos clases, pero la lucha volverá a estallar una y otra vez en proporciones crecientes. No puede caber duda sobre quién será a la postre el vencedor: si los pocos que viven del trabajo ajeno o la inmensa mayoría que trabaja. Y la clase obrera francesa no es más que la vanguardia del proletariado moderno.

Los gobiernos de Europa, mientras atestiguan así, ante París, el carácter internacional de su dominación de clase, braman contra la Asociación Internacional de los Trabajadores —la contraorganización internacional del trabajo frente a la conspiración cosmopolita del capital—, como la fuente principal de todos estos desastres. Thiers la denunció como déspota del trabajo que pretende ser su libertador. Picard ordenó que se cortasen todos los enlaces entre los internacionales franceses y los del extranjero. El conde de Jaubert, una momia que fue cómplice de Thiers en 1835, declara que el exterminio de la Internacional es el gran problema de todos los gobiernos civilizados. Los «rurales» braman contra ella, y la prensa europea se agrega unánimemente al coro. Un escritor francés [*] honrado, absolutamente ajeno a nuestra Asociación, se expresa en los siguientes términos:

«Los miembros del Comité Central de la Guardia Nacional, así como la mayor parte de los miembros de la Comuna, son las cabezas más activas, inteligentes y enérgicas de la Asociación Internacional de los Trabajadores... Hombres absolutamente honrados, sinceros, inteligentes, abnegados, puros y fanáticos en el buen sentido de la palabra».

Naturalmente, las cabezas burguesas, con su contextura policíaca, se representan a la Asociación Internacional de los Trabajadores como una especie de conspiración secreta con un organismo central que ordena de vez en cuando explosiones en diferentes países. En realidad, nuestra Asociación no es más que el lazo internacional que une a los obreros más avanzados de los diversos países del mundo civilizado. Dondequiera que la lucha de clases alcance cierta consistencia, sean cuales fueran la forma y las condiciones en que el hecho se produzca, es lógico que los miembros de nuestra Asociación aparezcan en la vanguardia. El terreno de donde brota nuestra Asociación es la propia sociedad moderna. No es posible exterminarla, por grande que sea la carnicería. [256] Para hacerlo, los gobiernos tendrían que exterminar el despotismo del capital sobre el trabajo, base de su propia existencia parasitaria.

El París de los obreros, con su Comuna, será eternamente ensalzado como heraldo glorioso de una nueva sociedad. Sus mártires tienen su santuario en el gran corazón de la clase obrera. Y a sus exterminadores la historia los ha clavado ya en una picota eterna, de la que no lograrán redimirlos todas las preces de su clerigalla.

256, High Holborn, London, W.C.

30 de mayo de 1871.


NOTAS

[84] 189. Chuanes, denominación que habían dado los comuneros a un destacamento monárquico del ejército de Versalles, reclutado en Bretaña, por analogía con los participantes de la rebelión contrarrevolucionaria en el Noroeste de Francia, en tiempo de la revolución burguesa francesa de fines del siglo XVIII.- 245

[*] Confidentes. (N. de la Edit.)

[85] 190. Poco después del 18 de marzo de 1871, estallaron en Lyon y Marsella movimientos revolucionarios cuyo fin era proclamar la Comuna. Ambos movimientos fueron aplastados cruelmente por el gobierno de Thiers.- 246

[86] 191. Con arreglo a la ley de procedimiento de los tribunales de guerra, sometida por Dufaure al examen de la Asamblea Nacional, los procesos judiciales y las sentencias debían cumplirse en 48 horas.- 247

[87] 192. Se alude al tratado comercial firmado por Inglaterra y Francia el 23 de enero de 1860, en el que ésta renunciaba a la política arancelaria prohibitiva y la sustituía con derechos aduaneros. El tratado tuvo como consecuencia el vertical incremento de la competencia en el mercado interior de Francia debido al aflujo de mercancías de Inglaterra, provocando el descontento de los industriales franceses.- 248

[88] 193. Trátase del ambiente de terror y de represiones sangrientas en la Antigua Roma en las distintas etapas de la crisis de la República esclavista de Roma en el siglo I a. de n. e. La dictadura de Sila (años 82-79 a. de n. e.). El primer y segundo triunviratos de Roma (años 60-53 y 43-36 a. de n. e.) fueron dictaduras de los caudillos romanos Pompeyo, César y Craso, en el primer caso, y Octavio, Marco Antonio y Lépido, en el segundo.- 250

[89] 194. "Journal de París" («Periódico de París»), diario de orientación monárquico-orleanista, se publicó en París desde 1867.- 250

[90] Megera: según la mitología de la Grecia antigua, una de las tres furias, personificación de la ira y la envidia; en el sentido figurado, mujer gruñona y mala.- 251

[91] Hécate: diosa de la luz lunar según la mitología de la Grecia antigua; tenía tres cabezas y tres cuerpos, señora de los demonios y fantasmas terribles del mundo subterráneo de los muertos, diosa del mal y de los hechiceros.- 251

[92] 195. En agosto de 1814, durante la guerra entre Inglaterra y los EE.UU., las tropas británicas, al apoderarse de Washington, incendiaron el Capitolio (el edificio del Congreso), la Casa Blanca y otros edificios públicos de la capital.

En octubre de 1860, durante la guerra de Inglaterra y Francia contra China, las tropas anglo-francesas saquearon e incendiaron el palacio de verano en las proximidades de Pekín, riquísimo conjunto de monumentos de arquitectura y arte chinos.- 251

[93] 196. En la Antigua Roma, los pretorianos constituían la guardia personal privilegiada del caudillo o del emperador; los pretorianos participaban constantemente en las rebeliones y solían poner en el trono a sus protegidos. La palabra «pretorianos» pasó luego a simbolizar la arbitrariedad de los militares mercenarios.- 253

[94] 155. El partido del orden, partido de la gran burguesía conservadora, surgió en 1848 y era una coalición de dos minorías monárquicas de Francia: los legitimistas y los orleanistas (véase la nota 125); desde 1849 hasta el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851 tenía una situación dirigente en la Asamblea Legislativa de la Segunda República.- 219, 253

[95] 197. Marx llama a la Cámara de los Diputados prusiana «Chambre introuvable» («Cámara inefable») por analogía con la Cámara francesa (véase la nota 158). La Asamblea elegida en enero-febrero de 1849 constaba de la privilegiada «Cámara de los Señores» aristócrata y la segunda Cámara, cuyos componentes eran elegidos en dos turnos únicamente por los llamados «prusianos independientes». Bismarck, elegido a la segunda Cámara, era en ella uno de los líderes del grupo junker de la extrema derecha.- 254

[*] Por lo visto Robinet. (N. de la Edit.)


APENDICE I


APENDICES

I

«La columna de prisioneros se detuvo en la avenida Uhrich y fue formada, de cuatro o cinco en fondo, en la acera, dando vista a la calle. El general marqués de Galliffet y su Estado Mayor bajaron de los caballos y empezaron a pasar revista de izquierda a derecha. El general andaba lentamente, observando las filas; de vez en cuando, se detenía y tocaba a un prisionero en el hombro o le llamaba con un movimiento de cabeza si estaba en las filas de atrás. En la mayoría de los casos, los seleccionados por este procedimiento, sin más trámites, eran colocados en medio de la calle, donde formaron en seguida una pequeña columna aparte... La posibilidad de error era, evidentemente, considerable. Un oficial montado señaló al general Galliffet un hombre y una mujer, como culpables de algún crimen. La mujer salió corriendo de la fila, se puso de rodillas, y, con los brazos abiertos, protestó de su inocencia en términos de gran emoción. El general aguardó unos instantes y luego con rostro impasible, y sin moverse, dijo: «Madame, conozco todos los teatros de París: no se moleste usted en hacer comedias (ce n'est pas la peine de jouer la comédie)»... Aquel día era poco conveniente para nadie ser ostensiblemente más alto, más sucio, más limpio, más viejo o más feo que sus vecinos. Un hombre con la nariz partida llamó mi atención, y en seguida comprendí que debía a este detalle el verse liberado aceleradamente de nuestro valle de lágrimas... De este modo fueron seleccionados más de cien; se destacó un pelotón de ejecución y la columna siguió su marcha dejándoles atrás. A los pocos minutos, comenzó a nuestra espalda un fuego intermitente, que duró más de un cuarto de hora. Estaban ejecutando a aquellos desgraciados, condenados tan sumarísimamente». (Corresponsal del "Daily News" [96] en París, 8 de junio).

A este Galliffet, «el chulo de su mujer, tan famosa por las desvergonzadas exhibiciones de su cuerpo en las orgías del Segundo Imperio», se le conocía durante la guerra con el nombre «Alférez Pistola» francés.

«"El Temps" [97], que es un periódico prudente y poco dado al sensacionalismo, relata la historia escalofriante de gentes a medio fusilar y enterradas todavía con vida. En la plaza de Saint Jacques-la-Bouchière fue enterrado [257] un gran número de personas; algunas de ellas muy superficialmente. Durante el día, el ruido de la calle no permitía oír nada, pero en el silencio de la noche los vecinos de las casas circundantes se despertaron al oír gemidos lejanos, y por la mañana se vio saliendo del suelo una mano crispada. A consecuencia de esto se ordenó que se desenterrasen los cadáveres... Que muchos heridos fueron enterrados con vida es cosa que no me ofrece la menor duda. Hay un caso del que puedo responder personalmente. El 24 de mayo fue fusilado Brunel con su amante en el patio de una casa de la plaza Vendôme, donde estuvieron tirados sus cuerpos hasta la tarde del 27. Cuando por fin vinieron a tirar los cadáveres, vieron que la mujer aún tenía vida y la llevaron a un hospitalillo. Aunque había recibido cuatro balazos, está ya fuera de peligro». (Corresponsal del "Evening Standard" [98] en París, 8 de junio).


NOTAS

[96] 198. "The Daily News" («Noticias diarias»), diario liberal inglés, órgano de la burguesía industrial, se publicó con este título en Londres de 1846 a 1930.- 256, 356

[97] 199. "Le Temps" («El Tiempo»), diario francés de tendencia conservadora, órgano de la gran burguesía, se publicó en París de 1861 a 1943.- 256

[98] 200. "The Evening Standard" («La Bandera de la Tarde»), publicación vespertina del periódico conservador inglés "Standard" (fundado en 1827), aparecía en Londres de 1857 a 1905. Luego se publicó como órgano de prensa aparte.- 257


APENDICE II


II

La siguiente carta [99] apareció en el "Times" de Londres el 13 de junio.

AL DIRECTOR DEL TIMES

 

Muy señor mío: El 6 de junio de 1871, el señor Julio Favre ha enviado una circular a todos los gobiernos de Europa, pidiendo la persecusión a muerte de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Unas pocas observaciones bastarán para dar a conocer el carácter de este documento.

En el preámbulo de nuestros Estatutos se declara que la Internacional fue fundada «el 28 de septiembre de 1864 en una Asamblea pública celebrada en Saint Martin's Hall, Long Acre, en Londres». Por razones que él conoce mejor que nadie, Julio Favre sitúa su origen más allá del año 1862.

Para ilustrar sobre nuestros principios, pretende citar «su (de la Internacional) impreso del 25 de marzo de 1869». ¿Y qué es lo que cita? Un impreso de una Asociación que no es la Internacional. El ya empleaba esta clase de maniobras cuando, siendo aún un abogado bastante joven, defendía al periódico parisino "National" contra la demanda por calumnia entablada por Cabet. Entonces simulaba leer citas de los folletos de Cabet, cuando en realidad lo que leía eran párrafos de su propia cosecha en el texto. Pero esta superchería fue desenmascarada ante el Tribunal en pleno y, si Cabet no hubiera sido tan indulgente, Favre hubiese sido expulsado del Colegio de Abogados de París. De todos los documentos que él cita como documentos de la Internacional, ni uno solo pertenece a la Internacional. Así, afirma:

«La Alianza se declara atea —dice el Consejo General constituido en Londres, en julio de 1869».

[258]

El Consejo General jamás ha publicado semejante documento. Por el contrario, publicó uno [*] que anulaba los estatutos originales de la Alianza —"L'Alliance de la Démocratie Socialiste" de Ginebra— citados por Julio Favre.

En toda su circular, que en parte pretende también estar dirigida contra el Imperio, Julio Favre, para atacar a la Internacional, no hace más que repetir las fábulas policíacas de los fiscales del Imperio. Fábulas tan pobres que hasta se venían abajo ante los propios tribunales bonapartistas.

Es sabido que el Consejo General de la Internacional en sus dos manifiestos (de julio y septiembre del año pasado) sobre la guerra de entonces [*]*, denunciaba los planes de conquista de Prusia contra Francia. Después de esto, el señor Reitlinger, secretario particular de Julio Favre, se dirigió (en vano, naturalmente) a algunos miembros del Consejo General para que el Consejo preparase una manifestación antibismarckiana y a favor del Gobierno de la Defensa Nacional. Se les rogaba encarecidamente no hacer la menor mención de la república. Los preparativos para una manifestación cuando se esperaba la llegada de Julio Favre a Londres, fueron hechos —seguramente con la mejor intención— contra la voluntad del Consejo General, que en su manifiesto del 9 de septiembre previno claramente a los trabajadores de París contra Favre y sus colegas.

¿Qué le parecería a Julio Favre si, por su parte, el Consejo General de la Internacional enviase una circular sobre Julio Favre a todos los gobiernos de Europa, llamando su atención sobre los documentos publicados en París por el difunto señor Millière?.

Suyo S.S.

John Hales

Secretario del Consejo General de la Asociación

Internacional de los Trabajadores.

256, High Holborn, London,

W. C., 12 de junio de 1871

En un artículo sobre "La Asociación Internacional y sus fines", el "Spectator" [100] londinense (del 24 de junio), en calidad de pío denunciante, tiene, entre otras habilidades de este género, la de citar, aún más ampliamente que Favre, el mencionado documento de la "Alianza" como si fuera de la Internacional. Y esto, once días después de la publicación en el "Times" de la anterior rectificación. La cosa no puede extrañarnos. Ya decía Federico el Grande que de todos los jesuitas los peores son los protestantes.

Escrito por C. Marx en Se publica de acuerdo con el texto

abril-mayo de 1871 de la edición de 1871.

y aprobado el 30 de mayo

en sesión del Consejo General

de la Asociación Internacional

de los Trabajadores.

Publicado en edición aparte en Traducido del alemán.

Londres a mediados de junio de

1871 y a lo largo de 1871-1872

en varios países de Europa y en

los EE.UU.


NOTAS

[99] 201. La carta fue escrita por C. Marx y F. Engels.- 257

[*] Véase C. Marx. "La Asociación Internacional de los Trabajadores y la Alianza de la Democracia Socialista". (N. de la Edit.)

[**] Véase el presente tomo, págs. 201-205, 206-213. (N. de la Edit.)

[100] 115. "The Pall Mall Gazzete" («La Gaceta Pall Mall») se publicó diariamente en Londres de 1865 a 1920; en los años 60-70 del siglo XIX, el periódico se atenía a la orientación de los conservadores; de julio de 1870 a julio de 1871, Marx y Engels colaboraron en la rotativa.

"The Saturday Review", véase la nota 55.

"The Spectator" («El Espectador»), hebdomadario inglés de tendencia liberal, se publicó en Londres desde 1828.

"The Fortnightly Review" («Revista bimensual»), revista histórica, filosófica y literaria de orientación liberal-burguesa; se publicó bajo ese título en Londres de 1865 a 1934.- 185, 258






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