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León Trotsky

HISTORIA DE LA REVOLUCION RUSA

tomo I

 

 

Historia de la revolución rusa (Istoria ruscoi revolutsii) fue escrita en ruso en el destierro de Trotsky en la isla de Prinkipo, mar de Mármara, Turquía. Iniciada por él en 1929 y acabada el 29 de junio de 1932, la obra se publica por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution t. I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. El formato del documento fue ajustado al del MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

 

Prólogo

 

En los dos primeros meses del año 1917 reinaba todavía en Rusia la dinastía de los Romanov. Ocho meses después estaban ya en el timón los bolcheviques, un partido ignorado por casi todo el mundo a principios de año y cuyos jefes, en el momento mismo de subir al poder, se hallaban aún acusados de alta traición. La historia no registra otro cambio de frente tan radical, sobre todo si se tiene en cuenta que estamos ante una nación de ciento cincuenta millones de habitantes. Es evidente que los acontecimientos de 1917, sea cual fuere el juicio que merezcan, son dignos de ser investigados.

La historia de la revolución, como toda historia, debe, ante todo, relatar los hechos y su desarrollo. Mas esto no basta. Es menester que del relato se desprenda con claridad por qué las cosas sucedieron de ese modo y no de otro. Los sucesos históricos no pueden considerarse como una cadena de aventuras ocurridas al azar ni engarzarse en el hilo de una moral preconcebida, sino que deben someterse al criterio de las leyes que los gobiernan. El autor del presente libro entiende que su misión consiste precisamente en sacar a la luz esas leyes.

El rasgo característico más indiscutible de las revoluciones es la intervención directa de las masas en los acontecimientos históricos. En tiempos normales, el Estado, sea monárquico o democrático, está por encima de la nación; la historia corre a cargo de los especialistas de este oficio: los monarcas, los ministros, los burócratas, los parlamentarios, los periodistas. Pero en los momentos decisivos, cuando el orden establecido se hace insoportable para las masas, éstas rompen las barreras que las separan de la palestra política, derriban a sus representantes tradicionales y, con su intervención, crean un punto de partida para el nuevo régimen. Dejemos a los moralistas juzgar si esto está bien o mal. A nosotros nos basta con tomar los hechos tal como nos los brinda su desarrollo objetivo. La historia de las revoluciones es para nosotros, por encima de todo, la historia de la irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos.

Cuando en una sociedad estalla la revolución, luchan unas clases contra otras, y, sin embargo, es de una innegable evidencia que las modificaciones por las bases económicas de la sociedad y el sustrato social de las clases desde que comienza hasta que acaba no bastan, ni mucho menos, para explicar el curso de una revolución que en unos pocos meses derriba instituciones seculares y crea otras nuevas, para volver en seguida a derrumbarlas. La dinámica de los acontecimientos revolucionarios se halla directamente informada por los rápidos tensos y violentos cambios que sufre la sicología de las clases formadas antes de la revolución.

La sociedad no cambia nunca sus instituciones a medida que lo necesita, como un operario cambia sus herramientas. Por el contrario, acepta prácticamente como algo definitivo las instituciones a que se encuentra sometida. Pasan largos años durante los cuales la obra de crítica de la oposición no es más que una válvula de seguridad para dar salida al descontento de las masas y una condición que garantiza la estabilidad del régimen social dominante; es, por ejemplo, la significación que tiene hoy la oposición socialdemócrata en ciertos países. Han de sobrevenir condiciones completamente excepcionales, independientes de la voluntad de los hombres o de los partidos, para arrancar al descontento las cadenas del conservadurismo y llevar a las masas a la insurrección.

Por tanto, esos cambios rápidos que experimentan las ideas y el estado de espíritu de las masas en las épocas revolucionarias no son producto de la elasticidad y movilidad de la psiquis humana, sino al revés, de su profundo conservadurismo. El rezagamiento crónico en que se hallan las ideas y relaciones humanas con respecto a las nuevas condiciones objetivas, hasta el momento mismo en que éstas se desploman catastróficamente, por decirlo así, sobre los hombres, es lo que en los períodos revolucionarios engendra ese movimiento exaltado de las ideas y las pasiones que a las mentalidades policiacas se les antoja fruto puro y simple de la actuación de los «demagogos». Las masas no van a la revolución con un plan preconcebido de la sociedad nueva, sino con un sentimiento claro de la imposibilidad de seguir soportando la sociedad vieja. Sólo el sector dirigente de cada clase tiene un programa político, programa que, sin embargo, necesita todavía ser sometido a la prueba de los acontecimientos y a la aprobación de las masas. El proceso político fundamental de una revolución consiste precisamente en que esa clase perciba los objetivos que se desprenden de la crisis social en que las masas se orientan de un modo activo por el método de las aproximaciones sucesivas. Las distintas etapas del proceso revolucionario, consolidadas pro el desplazamiento de unos partidos por otros cada vez más extremos, señalan la presión creciente de las masas hacia la izquierda, hasta que el impulso adquirido por el movimiento tropieza con obstáculos objetivos. Entonces comienza la reacción: decepción de ciertos sectores de la clase revolucionaria, difusión del indeferentismo y consiguiente consolidación de las posiciones adquiridas por las fuerzas contrarrevolucionarias. Tal es, al menos, el esquema de las revoluciones tradicionales.

Sólo estudiando los procesos políticos sobre las propias masas se alcanza a comprender el papel de los partidos y los caudillos que en modo alguno queremos negar. Son un elemento, si no independiente, sí muy importante, de este proceso. Sin una organización dirigente, la energía de las masas se disiparía, como se disipa el vapor no contenido en una caldera. Pero sea como fuere, lo que impulsa el movimiento no es la caldera ni el pistón, sino el vapor.

Son evidentes las dificultades con que tropieza quien quiere estudiar los cambios experimentados por la conciencia de las masas en épocas de revolución. Las clase oprimidas crean la historia en las fábricas, en los cuarteles, en los campos, en las calles de la ciudad. Mas no acostumbran a ponerla por escrito. Los períodos de tensión máxima de las pasiones sociales dejan, en general, poco margen par ala contemplación y el relato. Mientras dura la revolución, todas las musas, incluso esa musa plebeya del periodismo, tan robusta, lo pasan mal. A pesar de esto, la situación del historiador no es desesperada, ni mucho menos. Los apuntes escritos son incompletos, andan sueltos y desperdigados. Pero, puestos a la luz de los acontecimientos, estos testimonios fragmentarios permiten muchas veces adivinar la dirección y el ritmo del proceso histórico. Mal o bien, los partidos revolucionarios fundan su técnica en la observación de los cambios experimentados por la conciencia de las masas. La senda histórica del bolchevismo demuestra que esta observación, al menos en sus rasgos más salientes, es perfectamente factible. ¿Por qué lo accesible al político revolucionario en el torbellino de la lucha no ha de serlo también retrospectivamente al historiador?

Sin embargo, los procesos que se desarrollan en la conciencia de las masas no son nunca autóctonos ni independientes. Pese a los idealistas y a los eclécticos, la conciencia se halla determinada por la existencia. Los supuestos sobre los que surgen la Revolución de Febrero y su suplantación por la de Octubre tienen necesariamente que estar informados por las condiciones históricas en que se formó Rusia, por su economía, sus clases, su Estado, por las influencias ejercidas sobre ella por otros países. Y cuanto más enigmático nos parezca el hecho de que un país atrasado fuera el primero en exaltar al poder al proletariado, más tenemos que buscar la explicación de este hecho en las características de ese país, o sea en lo que le diferencia de los demás.

En los primeros capítulos del presente libro esbozamos rápidamente la evolución de la sociedad rusa y de sus fuerzas intrínsecas, acusando de este modo las peculiaridades históricas de Rusia y su peso específico. Confiamos en que el esquematismo de esas páginas no asustará al lector. Más adelante, conforme siga leyendo, verá a esas mismas fuerzas sociales vivir y actuar.

Este trabajo no está basado precisamente en los recuerdos personales de su autor. El hecho de que éste participara en los acontecimientos no le exime del deber de basar su estudio en documentos rigurosamente comprobados. El autor habla de sí mismo allí donde la marcha de los acontecimientos le obliga a hacerlo, pero siempre en tercera persona. Y no por razones de estilo simplemente, sino porque el tono subjetivo que en las autobiografías y en las memorias es inevitable sería inadmisible en un trabajo de índole histórica.

Sin embargo, la circunstancia de haber intervenido personalmente en la lucha permite al autor, naturalmente, penetrar mejor, no sólo en la sicología de las fuerzas actuantes, las individuales y las colectivas, sino también en la concatenación interna de los acontecimientos. Mas para que esta ventaja dé resultados positivos, precisa observar una condición, a saber: no fiarse a los datos de la propia memoria, y esto no sólo en los detalles, sino también en lo que respecta a los motivos y a los estados de espíritu. El autor cree haber guardado este requisito en cuanto de él dependía.

Todavía hemos de decir dos palabras acerca de la posición política del autor, que en función de historiador, sigue adoptando el mismo punto de vista que adoptaba en función de militante ante los acontecimientos que relata. El lector no está obligado, naturalmente, a compartir las opiniones políticas del autor, que éste, por su parte, no tiene tampoco por qué ocultar. Pero sí tiene derecho a exigir de un trabajo histórico que no sea precisamente la apología de una posición política determinada, sino una exposición, internamente razonada, del proceso real y verdadero de la revolución. Un trabajo histórico sólo cumple del todo con su misión cuando en sus páginas los acontecimientos se desarrollan con toda su forzosa naturalidad.

¿Mas tiene esto algo que ver con la que llaman «imparcialidad» histórica? Nadie nos ha explicado todavía claramente en qué consiste esa imparcialidad. El tan citado dicho de Clemenceau de que las revoluciones hay que tomarlas o desecharlas en bloc es, en el mejor de los casos, un ingenioso subterfugio: ¿cómo es posible abrazar o repudiar como un todo orgánico aquello que tiene su esencia en la escisión? Ese aforismo se lo dicta a Clemenceau, por una parte, la perplejidad producida en éste por el excesivo arrojo de sus antepasados, y, por otra, la confusión en que se halla el descendiente ante sus sombras.

Uno de los historiadores reaccionarios, y, por tanto, más de moda en la Francia contemporánea, L. Madelein, que ha calumniado con palabras tan elegantes a la Gran Revolución, que vale tanto como decir a la progenitora de la nación francesa, afirma que «el historiador debe colocarse en lo alto de las murallas de la ciudad sitiada, abrazando con su mirada a sitiados y sitiadores»; es, según él, la única manera de conseguir una «justicia conmutativa». Sin embargo, los trabajos de este historiador demuestran que si él se subió a lo alto de las murallas que separan a los dos bandos, fue, pura y simplemente, para servir de espía a la reacción. Y menos mal que en este caso se trata de batallas pasadas, pues en épocas de revolución es un poco peligroso asomar la cabeza sobre las murallas. Claro está que, en los momentos peligrosos, estos sacerdotes de la «justicia conmutativa» suelen quedarse sentados en casa esperando a ver de qué parte se inclina la victoria.

El lector serio y dotado de espíritu crítico no necesita de esa solapada imparcialidad que le brinda la copa de la conciliación llena de posos de veneno reaccionario, sino de la metódica escrupulosidad que va a buscar en los hechos honradamente investigados, apoyo manifiesto para sus simpatías o antipatías disfrazadas, a la contrastación de sus nexos reales, al descubrimiento de las leyes por que se rigen. Ésta es la única objetividad histórica que cabe, y con ella basta, pues se halla contrastada y confirmada, no por las buenas intenciones del historiador de que él mismo responde, sino por las leyes que rigen el proceso histórico y que él se limita a revelar.

Para escribir este libro nos han servido de fuentes numerosas publicaciones periódicas, diarios y revistas, memorias, actas y otros materiales, en parte manuscritos y, principalmente, los trabajos editados por el Instituto para la Historia de la Revolución en Moscú y Leningrado. Nos ha parecido superfluo indicar en el texto las diversas fuentes, ya que con ello no haríamos más que estorbar la lectura. Entre las antologías de trabajos históricos hemos manejado my en particular los dos tomos de los Apuntes para la Historia de la Revolución de Octubre (Moscú-Leningrado, 1927). Escritos por distintos autores, los trabajos monográficos que forman estos dos tomos no tienen todos el mismo valor, pero contienen, desde luego, abundante material de hechos.

Cronológicamente nos guiamos en todas las fechas por el viejo calendario, rezagado en trece fechas, como se sabe, respecto al que regía en el resto del mundo y hoy rige también en los Soviets. El autor no tenía más remedio que atenerse al calendario que estaba en vigor durante la revolución. Ningún trabajo le hubiera costado, naturalmente, trasponer las fechas según el cómputo moderno. Pero esta operación, eliminando unas dificultades, habría creado otras de más monta. El derrumbamiento de la monarquía pasó a la historia con el nombre de Revolución de Febrero. Sin embargo, computando la fecha por el calendario occidental, ocurrió en marzo. La manifestación armada que se organizó contra la política imperialista del gobierno provisional figura en la historia con el nombre de «jornadas de abril», siendo así que, según el cómputo europeo, tuvo lugar en mayo. Sin detenernos en otros acontecimientos y fechas intermedios, haremos notar, finalmente, que la Revolución de Octubre se produjo, según el calendario europeo, en noviembre. Como vemos, ni el propio calendario se puede librar del sello que estampan en él los acontecimientos de la Historia, y al historiador no le es dado corregir las fechas históricas con ayuda de simples operaciones aritméticas. Tenga en cuenta el lector que antes de derrocar el calendario bizantino, la revolución hubo de derrocar las instituciones que a él se aferraban.

L. TROTSKI

Prinkipo


CAPITULO I


Capitulo I


 

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

 

El rasgo fundamental y más constante de la historia de Rusia es el carácter rezagado de su desarrollo, con el atraso económico, el primitivismo de las formas sociales y el bajo nivel de cultura que son su obligada consecuencia.

La población de aquellas estepas gigantescas, abiertas a los vientos inclementes del Oriente y a los invasores asiáticos, nació condenada por la naturaleza misma a un gran rezagamiento. La lucha con los pueblos nómadas se prolonga hasta fines del siglo XVII. La lucha con los vientos que arrastran en invierno los hielos y en verano la sequía aún se sigue librando hoy en día. La agricultura -base de todo el desarrollo del país- progresaba de un modo extensivo: en el norte eran talados y quemados los bosques, en el sur se roturaban las estepas vírgenes; Rusia fue tomando posesión de la naturaleza no en profundidad, sino en extensión.

Mientras que los pueblos bárbaros de Occidente se instalaban sobre las ruinas de la cultura romana, muchas de cuyas viejas piedras pudieron utilizar como material de construcción, los eslavos de Oriente se encontraron en aquellas inhóspitas latitudes de la estepa huérfanos de toda herencia: su antecesores vivían en un nivel todavía más bajo que el suyo. Los pueblos de la Europa occidental, encerrados en seguida dentro de sus fronteras naturales, crearon los núcleos económicos y de cultura de las sociedades industriales. La población de la llanura oriental, tan pronto vio asomar los primeros signos de penuria, penetró en los bosques o se fue a las estepas. En Occidente, los elementos más emprendedores y de mayor iniciativa de la población campesina vinieron a la ciudad, se convirtieron en artesanos, en comerciantes. Algunos de los elementos activos y audaces de Oriente se dedicaron también al comercio, pero la mayoría se convirtieron en cosacos, en colonizadores.

El proceso de diferenciación social tan intensivo en Occidente, en Oriente veíase contenido y esfumado por el proceso de expansión. «El zar de los moscovitas, aunque cristiano, reina sobre gente de inteligencia perezosa», escribía Vico, contemporáneo de Pedro I. Aquella «inteligencia perezosa» de los moscovitas reflejaba la lentitud del ritmo económico, la vaguedad informe de las relaciones de clase, la indigencia de la historia interior.

Las antiguas civilizaciones de Egipto, India y la China tenían características propias que se bastaban a sí mismas y disponían de tiempo suficiente para llevar sus relaciones sociales, a pesar del bajo nivel de sus fuerzas productivas, casi hasta esa misma minuciosa perfección que daban a sus productos los artesanos de dichos países. Rusia hallábase enclavada entre Europa y Asia, no sólo geográficamente, sino también desde un punto de vista social e histórico. Se diferenciaba en la Europa occidental, sin confundirse tampoco con el Oriente asiático, aunque se acercase a uno u otro continente en los distintos momentos de su historia, en uno u otro respecto. El Oriente aportó el yugo tártaro, elemento importantísimo en la formación y estructura del Estado ruso. El Occidente era un enemigo mucho más temible; pero al mismo tiempo un maestro. Rusia no podía asimilarse a las formas de Oriente, compelida como se hallaba a plegarse constantemente a la presión económica y militar de Occidente.

La existencia en Rusia de un régimen feudal, negada por los historiadores tradicionales, puede considerarse hoy indiscutiblemente demostrada por las modernas investigaciones. Es más: los elementos fundamentales del feudalismo ruso eran los mismos que los de Occidente. Pero el solo hecho de que la existencia en Rusia de una época feudal haya tenido que demostrarse mediante largas polémicas científicas, es ya claro indicio del carácter imperfecto del feudalismo ruso, de sus formas indefinidas, de la pobreza de sus monumentos culturales.

Los países atrasados se asimilan las conquistas materiales e ideológicas de las naciones avanzadas. Pero esto no significa que sigan a estas últimas servilmente, reproduciendo todas las etapas de su pasado. La teoría de la reiteración de los ciclos históricos -procedente de Vico y sus secuaces- se apoya en la observación de los ciclos de las viejas culturas precapitalistas y, en parte también, en las primeras experiencias del capitalismo. El carácter provincial y episódico de todo el proceso hacia que, efectivamente, se repitiesen hasta cierto punto las distintas fases de cultura en los nuevos núcleos humanos. Sin embargo, el capitalismo implica la superación de estas condiciones. El capitalismo prepara y, hasta cierto punto, realiza la universalidad y permanencia en la evolución de la humanidad. Con esto se excluye ya la posibilidad de que se repitan las formas evolutivas en las distintas naciones. Obligado a seguir a los países avanzados, el país atrasado no se ajusta en su desarrollo a la concatenación de las etapas sucesivas. El privilegio de los países históricamente rezagados -que lo es realmente- está en poder asimilarse las cosas o, mejor dicho, en obligarse a asimilárselas antes del plazo previsto, saltando por alto toda una serie de etapas intermedias. Los salvajes pasan de la flecha al fusil de golpe, sin recorrer la senda que separa en el pasado esas dos armas. Los colonizadores europeos de América no tuvieron necesidad de volver a empezar la historia por el principio. Si Alemania o los Estados Unidos pudieron dejar atrás económicamente a Inglaterra fue, precisamente, porque ambos países venían rezagados en la marcha del capitalismo. Y la anarquía conservadora que hoy reina en la industria hullera británica y en la mentalidad de MacDonald y de sus amigos es la venganza por ese pasado en que Inglaterra se demoró más tiempo del debido empuñando el cetro de la hegemonía capitalista. El desarrollo de una nación históricamente atrasada hace, forzosamente, que se confundan en ella, de una manera característica, las distintas fases del proceso histórico. Aquí el ciclo presenta, enfocado en su totalidad, un carácter confuso, embrollado, mixto.

Claro está que la posibilidad de pasar por alto las fases intermedias no es nunca absoluta; hállase siempre condicionada en última instancia por la capacidad de asimilación económica y cultural del país. Además, los países atrasados rebajan siempre el valor de las conquistas tomadas del extranjero al asimilarlas a su cultura más primitiva. De este modo, el proceso de asimilación cobra un carácter contradictorio. Así por ejemplo, la introducción de los elementos de la técnica occidental, sobre todo la militar y manufacturera, bajo Pedro I se tradujo en la agravación del régimen servil como forma fundamental de la organización del trabajo. El armamento y los empréstitos a la europea -productos, indudablemente, de una cultura más elevada- determinaron el robustecimiento del zarismo, que, a su vez, se interpuso como un obstáculo ante el desarrollo del país.

Las leyes de la historia no tienen nada de común con el esquematismo pedantesco. El desarrollo desigual, que es la ley más general del proceso histórico, no se nos revela, en parte alguna, con la evidencia y la complejidad con que la patentiza el destino de los países atrasados. Azotados por el látigo de las necesidades materiales, los países atrasados vense obligados a avanzar a saltos. De esta ley universal del desarrollo desigual de la cultura se deriva otra que, a falta de nombre más adecuado, calificaremos de ley del desarrollo combinado, aludiendo a la aproximación de las distinta etapas del camino y a la confusión de distintas fases, a la amalgama de formas arcaicas y modernas. Sin acudir a esta ley, enfocada, naturalmente, en la integridad de su contenido material, sería imposible comprender la historia de Rusia ni la de ningún otro país de avance cultural rezagado, cualquiera que sea su grado.

Bajo la presión de Europa, más rica, el Estado ruso absorbía una parte proporcional mucho mayor de la riqueza nacional que los Estados occidentales, con lo cual no sólo condenaba a las masas del pueblo a una doble miseria, sino que atentaba también contra las bases de las clases pudientes. Pero, al propio tiempo, necesitado del apoyo de estas últimas, forzaba y reglamentaba su formación. Resultado de esto era que las clases privilegiadas, que se habían ido burocratizando, no pudiesen llegar a desarrollarse nunca en toda su pujanza, razón por la cual el Estado iba acercándose cada vez más al despotismo asiático.

La autocracia bizantina, adoptada oficialmente por los zares moscovitas desde principios del siglo XVI, domeñó a los boyardos feudales con ayuda de la nobleza y sometió a ésta a su voluntad, entregándole los campesinos como siervos para erigirse sobre estas bases en el absolutismo imperial petersburgués. Para comprender el retraso con que se desarrolla este proceso histórico, baste decir que la servidumbre de la gleba, que surge en el transcurso del siglo XVI, se perfecciona en el XVII y florece en el XVIII, para no abolirse jurídicamente hasta 1861.

El clero desempeña, después de la nobleza, un papel bastante importante, pero completamente mediatizado, en el proceso de formación de la autocracia zarista. La Iglesia no se remonta nunca en Rusia a las alturas del poder que llega a ocupar en el Occidente católico, y se contenta con llenar las funciones de servidora espiritual cerca de la autocracia, apuntándose esto como un mérito de su datarios del brazo secular. Los patriarcas cambiaban al cambiar los zares. En el período petersburgués, la sujeción de la Iglesia al Estado hízose todavía más servil. Los doscientos mil curas y frailes integraban en el fondo la burocracia del país, eran una especie de cuerpo policiaco de la fe: en justa reciprocidad, la policía secular amparaba el monopolio del clero ortodoxo en materia de fe y protegía sus tierras y sus rentas.

La eslavofilia, este mesianismo del atraso, razonaba su filosofía diciendo que el pueblo ruso y su Iglesia eran fundamentalmente democráticos, en tanto que la Rusia oficial no era otra cosa que la burocracia alemana implantada por Pedro el Grande. Marx observaba, a este propósito: «Exactamente lo mismo que los asnos teutónicos desplazaron el despotismo de Federico II, etc., a los franceses, como si los esclavos atrasados no necesitaran siempre de esclavos civilizados para amaestrarlos». Esta breve observación refleja perfectamente no sólo la vieja filosofía de los eslavófilos, sino también el evangelio moderno de los «racistas».

La incidencia del feudalismo ruso y de toda la historia rusa antigua cobraba su más triste expresión en la ausencia de auténticas ciudades medievales como centros de artesanía, de comercio. En Rusia el artesanado no tuvo tiempo de desglosarse por entero de la agricultura y conservó siempre el carácter del trabajo a domicilio. Las viejas ciudades rusas eran centros comerciales, administrativos, militares y de la nobleza; centros, por consiguiente, consumidores y no productores. La misma ciudad de Novgorod, tan cercana a la Hansa y que no llegó a conocer el yugo tártaro, era una ciudad comercial sin industria. Cierto es que la dispersión de los oficios campesinos, repartidos por las distintas comarcas, creaba la necesidad de una red comercial extensa. Pero los mercaderes nómadas no podían ocupar, en modo alguno, el puesto que en Occidente ocupaba la pequeña y media burguesía de los gremios de artesanos en el comercio y la industria, indisolublemente unida a su periferia campesina. Además, las principales vías de comunicación del comercio ruso conducían al extranjero, asegurando así al capital extranjero, desde los tiempos más remotos, el puesto directivo y dando un carácter semicolonial a todas las operaciones, en que el comerciante ruso quedaba reducido al papel de intermediario entre las ciudades occidentales y la aldea rusa. Este género de relaciones económicas experimentó un cierto avance en la época del capitalismo ruso y tuvo su apogeo y suprema expresión en la guerra imperialista.

La insignificancia de las ciudades rusas, que es lo que más contribuyó a formar en Rusia el tipo de Estado asiático, excluía, en particular, la posibilidad de un movimiento de Reforma encaminada a sustituir la Iglesia ortodoxa burocrático-feudal por una variante cualquiera moderna del cristianismo adaptada a las necesidades de la sociedad burguesa. La lucha contra la Iglesia del Estado no trascendía de los estrechos límites de las sectas campesinas, sin excluir la más poderosa de todas, el cisma de los «creyentes viejos».

Quince años antes de que estallase la gran Revolución francesa se desencadenó en Rusia el movimiento de los cosacos, labriegos y obreros serviles de los montes Urales, acaudillado por Pugachev. ¿Qué le faltó a aquella furiosa insurrección popular para convertirse en verdadera revolución? Le faltó el tercer estado. Sin la democracia industrial de las ciudades, era imposible que la guerra campesina se transformase en revolución, del mismo modo que las sectas aldeanas no podían llevar a cabo una Reforma. Lejos de provocar una revolución, el alzamiento de Pugachev sirvió para consolidar el absolutismo burocrático como servidor fiel de los intereses de la nobleza, y volvió a demostrar su eficacia en una hora difícil.

La europeización del país, que comenzó formalmente bajo Pedro el Grande, fue convirtiéndose cada vez más, en el transcurso del siglo siguiente, en una necesidad de la propia clase gobernante, es decir, de la nobleza. En 1825, la intelectualidad aristocrática, dando expresión política a esta necesidad, se lanzó a una conspiración militar, con el fin de poner freno a la autocracia. Presionada por el desarrollo de la burguesía europea, la nobleza avanzada intentaba, de este modo, suplir la ausencia del tercer estado. Pero no se resignaba, a pesar de todo, a renunciar a sus privilegios de casta; aspiraba a combinarlos con el régimen liberal por el que luchaba; por eso, lo que más temía era que se levantaran los campesinos. No tiene nada de extraño que aquella conspiración no pasara de ser la hazaña de unos cuantos oficiales brillantes, pero aislados, que sucumbieron casi sin lucha. Ese sentido tuvo la sublevación de los «decembristas».(1)

Los terratenientes que poseían fábricas fueron los primeros de su estamento que se iniciaron hacia la sustitución del trabajo servil por el trabajo libre. Otro de los factores que impulsaban esta medida era la exportación, cada día mayor, de cereales rusos al extranjero. En 1861, la burocracia noble, apoyándose en los terratenientes liberales, implanta la reforma campesina. El impotente liberalismo burgués, reducido a su papel de comparsa, no tuvo más remedio que contemplar el cambio pasivamente. No hace falta decir que el zarismo resolvió el problema fundamental de Rusia, esto es, la cuestión agraria, de un modo todavía más mezquino y rapaz de como la monarquía prusiana había de resolver, a la vuelta de pocos años, el problema capital de Alemania: su unidad nacional. La solución de los problemas que incumben a una clase por obra de otra es una de las combinaciones a que aludíamos, propias de los países atrasados.

Pero donde se revela de un modo más indiscutible la ley del desarrollo combinado es en la historia y el carácter de la industria rusa. Nacida tarde, no repite la evolución de los países avanzados, sino que se incorpora a éstos, adaptando a su atraso propio las conquistas más modernas. Si la evolución económica general de Rusia saltó sobre los períodos del artesanado gremial y de la manufactura, algunas ramas de su industria pasaron por alto toda una serie de etapas técnico-industriales que en Occidente llenaron varias décadas. Gracias a esto, la industria rusa pudo desarrollarse en algunos momentos con una rapidez extraordinaria. Entre la revolución de 1905 y la guerra, Rusia dobló, aproximadamente, su producción industrial. A algunos historiadores rusos esto les parece una razón bastante concluyente para deducir que «hay que abandonar la leyenda del atraso y del progreso lento». En rigor la posibilidad de un tan rápido progreso hallábase condicionada precisamente por el atraso del país, que no sólo persiste hasta el momento de la liquidación de la vieja Rusia, sino que aún perdura como herencia de ese pasado hasta el día de hoy.

El termómetro fundamental para medir el nivel económico de una nación es el rendimiento del trabajo, que, a su vez, depende del peso específico de la industria en la economía general del país. En vísperas de la guerra, cuando la Rusia zarista había alcanzado el punto culminante de su bienestar, la parte alícuota de riqueza nacional que correspondía a cada habitante era ocho o diez veces inferior a la de los Estados Unidos, lo cual no tiene nada de sorprendente si se tiene en cuenta que las cuatro quintas partes de la población obrera de Rusia se concentraban en la agricultura, mientras que en los Estados Unidos, por cada persona ocupada en las labores agrícolas había 2,5 obreros industriales. Añádase a esto que en vísperas de la guerra Rusia tenía 0,4 kilómetros de líneas férreas por cada 100 kilómetros cuadrados, mientras que en Alemania la proporción era de 1,7 y de 7 en Autria-Hungría, y por el estilo, todos los demás coeficientes comparativos que pudiéramos mencionar.

Como ya hemos dicho, es precisamente en el campo de la economía donde se manifiesta con su máximo relieve la ley del desarrollo combinado. Y así, mientras que hasta el momento mismo de estallar la revolución, la agricultura se mantenía, con pequeñas excepciones, casi en el mismo nivel del siglo XVII, l la industria, en lo que a su técnica y a su estructura capitalista se refería, estaba al nivel de los países más avanzados, y, en algunos respectos, los sobrepasaba. En el año 1914 las pequeñas industrias con menos de cien obreros representaban en los Estados Unidos un 35 por 100 del censo total de obreros industriales, mientras que en Rusia este porcentaje era tan sólo de 17,8. La mediana y la gran industria, con una nómina de 100 a 1.000 obreros, representaban un peso específico aproximadamente igual; los centros fabriles gigantescos que daban empleo a más de mil obreros cada uno y que en los Estados Unidos sumaban el 17,8 por 100 del censo total de la población obrera, en Rusia representaban el 41,4 por 100. En las regiones industriales más importantes este porcentaje era todavía más elevado: en la zona de Petrogrado era de 44,4 por 100; en la de Moscú, de 57,3 por 100. A idénticos resultados llegamos comparando la industria rusa con la inglesa o alemana. Este hecho, que nosotros fuimos los primeros en registrar en el año 1908, se aviene mal con la idea que vulgarmente se tiene del atraso económico de Rusia. Y, sin embargo, no excluye este atraso, sino que lo complementa dialécticamente.

También la fusión del capital industrial con el bancario se efectuó en Rusia en proporciones que tal vez no haya conocido ningún otro país. Pero la mediatización de la industria por los Bancos equivalía a su mediatización por el mercado financiero de la Europa occidental. La industria pesada (metal, carbón, petróleo) se hallaba sometida casi por entero al control del capital financiero internacional , que se había creado una red auxiliar y mediadora de Bancos en Rusia. La industria ligera siguió las mismas huellas. En términos generales, cerca del 40 por 100 del capital acciones invertido en Rusia pertenecía a extranjeros, y la proporción era considerablemente mayor en las ramas principales de la industria. Sin exageración, puede decirse que los paquetes de acciones que controlaban los principales bancos, empresas y fábricas de Rusia estaban en manos de extranjeros, debiendo advertirse que la participación de los capitales de Inglaterra, Francia y Bélgica representaba casi el doble de la de Alemania.

Las condiciones originarias de la industria rusa y de su estructura informan el carácter social de la burguesía de Rusia y su fisonomía política. La intensa concentración industrial suponía, ya de suyo, que entre las altas esferas capitalistas y las masas del pueblo no hubiese sito para una jerarquía de capas intermedias. Añádase a esto que los propietarios de las más importantes empresas industriales, bancarias y de transportes eran extranjeros que cotizaban los beneficios obtenidos en Rusia y su influencia política en los parlamentos extranjeros, razón por la cual no sólo no les interesaba fomentar la lucha por el parlamentarismo ruso, sino que muchas veces le hacían frente: bate recordar el vergonzoso papel que desempeñaba en Rusia la Francia oficial. Tales eran las causas elementales e insuperables del aislamiento político y del odio al pueblo de la burguesía rusa. Y si ésta, en los albores de su historia, no había alcanzado el grado necesario de madurez para acometer la reforma del Estado, cuando las circunstancias le depararon la ocasión de ponerse al frente de la revolución demostró que llegaba ya tarde.

En consonancia con el desarrollo general del país, la base sobre la que se formó la clase obrera rusa no fue el artesanado gremial, sino la agricultura; no fue la ciudad, sino el campo. Además, el proletariado de Rusia no fue formándose paulatinamente a lo largo de los siglos, arrastrando tras sí el peso del pasado, como en Inglaterra, sino a saltos, por una transformación súbita de las condiciones de vida, de las relaciones sociales, rompiendo bruscamente con el ayer. Esto fue, precisamente, lo que, unido al yugo concentrado el zarismo, hizo que los obreros rusos se asimilaran las conclusiones más avanzadas del pensamiento revolucionario, del mismo modo que la industria rusa, llegada al mundo con retraso, se asimiló las últimas conquistas de la organización capitalista.

El proletariado ruso tornaba a producir, una y otra vez, la breve historia de sus orígenes. Al tiempo que en la industria metalúrgica, sobre todo en Petersburgo, cristalizaba y surgía una categoría de proletarios depurados que habían roto completamente con la aldea, en los Urales seguía predominando el tipo obrero de semiproletario, semicampesino. La afluencia de nuevas hornadas de mano de obra del campo a las regiones industriales renovaba todos los años los lazos que unían al proletariado con su cantera social.

La incapacidad de acción política de la burguesía se hallaba directamente informado por el carácter de sus relaciones con el proletariado y la clase campesina. La burguesía no podía arrastrar consigo a los obreros a quienes la vida de todos los días enfrentaba con ella y que, además, aprendieron en seguida a generalizar sus problemas. Y la misma incapacidad demostraba para atraerse a los campesinos, atada como estaba a los terratenientes por una red de intereses comunes y temerosa de que el régimen de propiedad, en cualquiera de sus formas, se viniese a tierra. El retraso de la revolución rusa no era tan sólo, como se ve, un problema de cronología, sino que afectaba también a la estructura social del país.

Inglaterra hizo su revolución puritana en una época en que su población total no pasaba de los cinco millones y medio de habitantes, de los cuales medio millón correspondía a Londres. En la época de la Revolución francesa París no contaba tampoco con más de medio millón de almas de los veinticinco que formaban el censo total del país. A principios del siglo XX Rusia tenía cerca de ciento cincuenta millones de habitantes, más de tres millones de los cuales se concentraban en Petrogrado y Moscú. Detrás de estas cifras comparativas laten grandes diferencias sociales. La Inglaterra del siglo XVII, como la Francia del siglo XVIII, no conocían aún el proletariado moderno. En cambio, en Rusia la clase obrera contaba, en 1905, incluyendo la ciudad y el campo, no menos de diez millones de almas, que, con sus familias, venían a representar más de veinticinco millones de almas, cifra que superaba la de la población total de Francia en la época de la Gran Revolución. Desde los artesanos acomodados y los campesinos independientes que formaban en el ejército de Cromwell hasta los proletarios industriales de Petersburgo, pasando por los sansculottes de París, la revolución hubo de modificar profundamente su mecánica social, sus métodos, y con éstos también, naturalmente, sus fines.

Los acontecimientos de 1905 fueron el prologo de las dos revoluciones de 1917: la de Febrero y la de Octubre. El prólogo contenía ya todos los elementos del drama, aunque éstos no se desarrollasen hasta el fin. La guerra ruso-japonesa hizo tambalearse al zarismo. La burguesía liberal se valió del movimiento de las masas para infundir un poco de miedo desde la oposición a la monarquía. Pero los obreros se emanciparon de la burguesía, organizándose aparte de ella y frente a ella en los soviets, creados entonces por vez primera. Los campesinos s levantaron, al grito de «¡tierra!», en toda la gigantesca extensión del país. Los elementos revolucionarios del ejército sentíanse atraídos, tanto como los campesinos, por los soviets, que, en el momento álgido de la revolución, disputaron abiertamente el poder a la monarquía. Fue entonces cuando actuaron pro primera vez en la historia de Rusia todas las fuerzas revolucionarias: carecían de experiencia y les faltaba la confianza en sí mismas. Los liberales retrocedieron ostentosamente ante la revolución en el preciso momento en que se demostraba que no bastaba con hostilizar al zarismo, sino que era preciso derribarlo. La brusca ruptura de la burguesía con el pueblo, que hizo que ya entonces se desprendiese de aquélla una parte considerable de la intelectualidad democrática, facilitó a la monarquía la obra de selección dentro del ejército, le permitió seleccionar las fuerzas fieles al régimen y organizar una sangrienta represión contra los obreros y campesinos. Y, aunque con algunas costillas rotas, el zarismo salió vivo y relativamente fuerte de la prueba de 1905.

¿Qué alteraciones introdujo en el panorama de las fuerzas sociales el desarrollo histórico que llena los once años que median entre el prólogo y el drama? Durante este período se acentúa todavía más la contradicción entre el zarismo y las exigencias de la historia. La burguesía se fortificó económicamente, pero ya hemos visto que su fuerza se basaba en la intensa concentración de la industria y en la importancia creciente del capital extranjero. Adoctrinada por las enseñanzas de 1905, la burguesía se hizo aún más conservadora y suspicaz. El peso específico dentro del país de la pequeña burguesía y de la clase media, que ya antes era insignificante, disminuyó más aún. La intelectualidad democrática no disponía del menor punto consistente de apoyo social. Podía gozar de una influencia política transitoria, pero nunca desempeñar un papel propio: hallábase cada vez más mediatizada por el liberalismo burgués. En estas condiciones no había más que un partido que pudiera brindar un programa, una bandera y una dirección a los campesinos: el proletariado. La misión grandiosa que le estaba reservada engendró la necesidad inaplazable de crear una organización revolucionaria propia, capaz de reclutar a las masas del pueblo y ponerlas al servicio de la revolución, bajo la iniciativa de los obreros. Así fue como los soviets de 1905 tomaron en 1917 un gigantesco desarrollo. Que los soviets -dicho sea de paso- no son, sencillamente, producto del atraso histórico de Rusia, sino fruto de la ley del desarrollo social combinado, lo demuestra por sí solo el hecho de que el proletariado del país más industrial del mundo, Alemania, no hallase durante la marejada revolucionaria de 1918-1919 más forma de organización que los soviets.

La Revolución de 1917 perseguía como fin inmediato el derrumbamiento de la monarquía burocrática. Pero, a diferencia de las revoluciones burguesas tradicionales, daba entrada en la acción, en calidad de fuerza decisiva, a una nueva clase, hija de los grandes centros industriales y equipada con una nueva organización y nuevos métodos de lucha. La ley del desarrollo social combinado se nos presenta aquí en su expresión última: la revolución, que comienza derrumbando toda la podredumbre medieval, a la vuelta de pocos meses lleva al poder al proletariado acaudillado por el partido comunista.

El punto de partida de la revolución rusa fue la revolución democrática. Pero planteó en términos nuevos el problema de la democracia política. Mientras los obreros llenaban el país de soviets, dando entrada en ellos a los soldados y, en algunos sitios, a los campesinos, la burguesía seguía entreteniéndose en discutir si debía o no convocarse la Asamblea constituyente. Conforme vayamos exponiendo los acontecimientos, veremos dibujarse esta cuestión de un modo perfectamente concreto. Por ahora queremos limitarnos a señalar el puesto que corresponde a los soviets en la concatenación histórica de las ideas y las formas revolucionarias.

La revolución burguesa de Inglaterra, planteada a mediados del siglo XVIII, se desarrolló bajo el manto de la Reforma religiosa. El súbdito inglés, luchando por su derecho a rezar con el devocionario que mejor le pareciese, luchaba contra el rey, contra la aristocracia, contra los príncipes de la Iglesia y contra Roma. Los presbiterianos y los puritanos de Inglaterra estaban profundamente convencidos de que colocaban sus intereses terrenales bajo la suprema protección de la providencia divina. Las aspiraciones por que luchaban las nuevas clases confundíanse inseparablemente en sus conciencias con los textos de la Biblia y los ritos del culto religioso. Los emigrantes del Mayflower llevaron consigo al otro lado del océano esta tradición mezclada con su sangre. A esto se debe la fuerza excepcional de resistencia de la interpretación anglosajona del cristianismo. Y todavía es hoy el día en que los ministros «socialistas» de la Gran Bretaña encubren su cobardía con aquellos mismos textos mágicos en que los hombres del siglo XVII buscaban una justificación para su bravura.

En Francia, donde no prendió la Reforma, la Iglesia católica perduró como Iglesia del Estado hasta la revolución, que había de ir a buscar no a los textos de la Biblia, sino a las abstracciones de la democracia, la expresión y justificación para los fines de la sociedad burguesa. Y por grande que sea el odio que los actuales directores de Francia sientan hacia el jacobinismo, el hecho es que, gracias a la mano dura de Robespierre, pueden permitirse ellos hoy el lujo de seguir disfrazando su régimen conservador bajo fórmulas por medio de las cuales se hizo saltar en otro tiempo a la vieja sociedad.

Todas las grandes revoluciones han marcado a la sociedad burguesa una nueva etapa y nuevas formas de conciencia de sus clases. Del mismo modo que en Francia no prendió la Reforma, en Rusia no prendió tampoco la democracia formal. El partido revolucionario ruso a quien incumbió la misión de dejar estampado su sello en toda una época, no acudió a buscar la expresión de los problemas de la revolución a la Biblia, ni a esa democracia «pura» que no es más que el cristianismo secularizado, sino a las condiciones materiales de las clases que integran la sociedad. El sistema soviético dio a estas condiciones su expresión más sencilla, más diáfana y más franca. El régimen de e los trabajadores se realiza por vez primera en la historia bajo los soviets que, cualesquiera que sean las vicisitudes históricas que les estén reservadas, ha echado raíces tan profundas e indestructibles en la conciencia de las masas como, en su tiempo, la Reforma o la democracia pura.

 


(1)«Decembristas» o «dekabristas» por el mes de diciembre, en que tuvo lugar la sublevación. [NDT.]


CAPITULO II


 

Capitulo II


 

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

 

 

La intervención de Rusia en la guerra era contradictoria por los motivos y los fines que perseguía. En el fondo, la sangrienta lucha entablada giraba en torno a la supremacía mundial. En este sentido, excedía de las fuerzas de Rusia. Los «objetivos de guerra» de ésta (los estrechos turcos, Galicia, Armenia) tenían un carácter provincial y sólo podían ser alcanzados de pasada en la medida en que se armonizasen con los intereses de las potencias beligerantes decisivas.

Pero, al mismo tiempo, Rusia, como gran potencia que era, no podía permanecer al margen en aquellas disputas de los países capitalistas más avanzados, del mismo modo que, en la época anterior, no había podido abstenerse de introducir en su país fábricas, ferrocarriles, fusiles de tiro rápido y aeroplanos. Los frecuentes debates entablados entre los historiadores rusos de la moderna escuela acerca de si la Rusia zarista estaba o no madura para tomar parte en la política imperialista contemporánea, degeneran constantemente en escolasticismo, pues enfocan a Rusia aisladamente, como factor suelto en la palestra internacional, cuando, en realidad, no era más que el eslabón de un sistema.

La India tomó parte en la guerra formalmente y de hecho como colonia de Inglaterra. La intervención de China, aparentemente «voluntaria», fue, en realidad, la intervención del esclavo en las reyertas de los señores. La beligerancia de Rusia venía a ocupar un lugar intermedio entre la de Francia y la de China. Rusia pagaba en esta moneda el derecho a estar aliada con los países progresivos, importar sus capitales y abonar intereses por los mismos; es decir, pagaba, en el fondo, el derecho a ser una colonia privilegiada de sus aliados, al propio tiempo que a ejercer su presión sobre Turquía, Persia, Galicia, países más débiles y atrasados que ella, y a saquearlos. En el fondo, el imperialismo de la burguesía rusa, con su doble faz, no era más que un agente mediador de otras potencias mundiales más poderosas.

Los «compradores» chinos (1) son el tipo clásico de una burguesía nacional creada sobre el papel de agente intermedio entre el capital financiero extranjero y la economía interior del país. En la jerarquía de los Estados del mundo, Rusia ocupaba antes de la guerra un lugar considerablemente más alto que China. Problema aparte es ya saber el lugar que hubiera ocupado después de la guerra, suponiendo que no hubiese estallado la revolución. Sin embargo, la autocracia rusa, de una parte, y de otra la burguesía, presentaban los rasgos característicos marcados del tipo de los «compradores»: tanto una como otra vivían y se nutrían de los vínculos que les unían al imperialismo extranjero, a cuyo servicio estaban, y de no apoyarse en él, no hubiera podido tenerse en pie. Y ya se vio que, a última hora, ni con este apoyo pudieron salir adelante. La burguesía rusa «semicompradora» tenía intereses mundiales imperialistas, a la manera como el agente que trabaja en comisión comparte los intereses de la empresa a quien sirve.

El instrumento de las guerras son los ejércitos. Y como en las mitologías nacionales, el propio Ejército se considera siempre invencible, las clases gobernantes en Rusia no se veían obligadas a hacer una excepción para el ejército zarista. En realidad, éste no representaba una fuerza sería más que contra los pueblos semibárbaros, los pequeños países limítrofes y los Estados en descomposición; en la palestra europea, este ejército podía luchar coaligado con los demás. En el aspecto defensivo, su eficacia estaba en relación directa con la inmensa extensión del país, la densidad escasa de población y las malas comunicaciones. El ejército de los campesinos siervos de la gleba tuvo un virtuoso: Suvórov. La Revolución Francesa, abriendo de par en par las puertas de una nueva sociedad y a una nueva estrategia, firmó la sentencia de muerte de los ejércitos surovianos.

La semiabolición del régimen servil y la implantación del servicio militar obligatorio modernizaron el ejército dentro de los mismos límites que el país: es decir, llevaron a él todas las contradicciones de una nación que aún no había hecho su revolución burguesa. Cierto es que el ejército zarista fue organizado y equipado a tono con el ejemplo de los países occidentales pero esto afectaba más a la forma que al fondo. Había una gran desproporción entre el nivel cultural del campesino-soldado y el de la técnica militar. En el mando cobraban expresión la ignorancia, la pereza y la venalidad de las clases gobernantes rusas. La industria y los transportes fallaban constantemente ante las exigencias concentradas de los tiempos de guerra. Los soldados, que en los primeros días de la guerra daban la impresión de estar bien equipados, carecieron en seguida no sólo de armas, sino de botas. En la guerra ruso-japonesa, el ejército zarista demostró su nulidad. En la época de la contrarrevolución, la monarquía, con la ayuda de la Duma, abasteció los depósitos de material de guerra y remendó como pudo el ejército, echando también una pieza a su reputación de invencible. Hasta que en el año 1914 sobrevino una prueba harto más dura.

En cuanto al armamento y las finanzas, Rusia se nos revela, durante la guerra, entregada servilmente a sus aliados. En realidad, esto no hacía más que reproducir, en el aspecto militar, la subordinación general en que se encontraba respecto a los países capitalistas avanzados. Pero ni con la ayuda de los aliados salvó Rusia su situación. La escasez de municiones, la falta de medios para fabricarlas, la ausencia de una buena red ferroviaria, con su consiguiente incapacidad para el transporte, tradujeron el atraso de Rusia al lenguaje de las derrotas, accesible para todo el mundo, y esas derrotas recordaron a los elementos liberales de la nación que sus antecesores no se habían cuidado de hacer la revolución burguesa y que, por tanto, los descendientes estaban en deuda con la Historia.

Los primeros días de la guerra fueron también los primeros días de la ignonimia. Después de una serie de catástrofes parciales, en la primavera de 1915 sobrevino la desbandada general. Los generales descargaban los furores de su ineptitud criminal sobre la población pacífica. Los inmensos territorios del país eran devastados brutalmente. Verdaderas nubes de langosta humana veíanse empujadas a latigazos hacia el interior del país. El desastre de dentro venía a completar el derrumbamiento de fuera.

Contestando a las preguntas de sus colegas, en que hablaba la inquietud respecto a la situación en el frente, el ministro de la Guerra, general Polivanov, contestó textualmente: « Confío en la dilatada extensión intransitable de nuestro territorio, en los pantanos inacabables y en la misericordia de san Nicolás de Mirlik, protector de la santa Rusia.» (Sesión del 4 de agosto de 1915.) Unas semanas más tarde, el general Ruski confesaba a aquellos mismos ministros: «Las modernas exigencias de la técnica militar exceden de nuestras posibilidades. Desde luego, no podemos entendérnolas con los alemanes.» Y en estas palabras no se reflejaba una impresión pasajera. El oficial Stankievich reproduce estas palabras de un ingeniero militar: «Es inútil que queramos guerrear contra los alemanes, pues no nos hallamos en condición de hacer nada. Hasta los nuevos métodos de guerra se truecan para nosotros en otras tantas causas de fracaso.» Y aún podríamos citar multitud de opiniones por el estilo.

De lo único que los generales podían disponer en abundancia era de carne humana. Con la carne de vaca y de cerdo se guardaba mucha más economía. Aquellas nulidades grises del Estado Mayor, aquel Yanuskievich de la escolta de Nikolai Nikolaievich o aquel Alexeiev de la escolta del zar, no sabían más que tapar las brechas con nuevas movilizaciones, consolando a los aliados y consolándose a sí mismos con grandes columnas de cifras, cuando lo que hacía falta eran columnas de combatientes. Fueron movilizados cerca de quince millones de hombres que llenaban las zonas de combate, los cuarteles, los centros de etapa, se estrujaban y se pisoteaban unos a otros furiosos y con la maldición en los labios. Y estas masas humanas, que eran un valor nulo en el frente, eran, en cambio, un valor muy efectivo de disgregación en el interior del país. Se calcula que el número de muertos, heridos y prisioneros rusos fue aproximadamente de cinco millones y medio de hombres. La cifra de desertores aumentaba incesantemente. Ya en julio de 1915, los ministros se lamentaban: «¡Pobre Rusia! Hasta su ejército, que en otros tiempos llenó el mundo con el clamor de sus victorias..., ha venido a quedar reducido a un tropel de cobardes y desertores.»

Los propios ministros que hacían chistes macabros hablando de la «valentía evacuadora» de los generales, perdían horas y horas en discutir problemas como éste: ¿Debían sacarse de Kiev las reliquias de los santos o dejarlas estar? El zar entendía que podían dejarse allí, pues «los alemanes no se atreverán a tocarlas, y si se atreven, peor para ellos». Sin embargo, el Sínodo había empezado ya a trasladarlas a otro sitio: «Cuando nos marchemos, nos llevaremos con nosotros lo más preciado.» Estos hechos no ocurrían en la época de las Cruzadas, sino en pleno siglo XX, mientras la radio transmitía las noticias de las derrotas rusas.

Los triunfos alcanzados por Rusia sobre Austria-Hungría no se debían tanto al país vencedor como al vencido. La putrefacta monarquía de los Habsburgo estaba pidiendo a voces desde hacía largo tiempo un sepulturero, el primero que llegase. No era la primera vez que Rusia triunfaba de los Estados en descomposición, tales como Turquía, Polonia y Persia. El frente suroccidental del ejército ruso, vuelto hacia Austria-Hungría, alcanzó, a diferencias de los otros, grandes victorias. en él se destacaron algunos generales que, si a decir verdad no revelaron en nada grandes aptitudes militares, por lo menos no estaban contagiados hasta el tuétano de ese fatalismo propio de los caudillos vencidos invariablemente. De este medio habrían de salir, andando el tiempo, algunos de los «héroes» blancos de las guerras civiles.

Todo el mundo buscaba en quién descargar sus culpas. No había judío a quien no se acusara de espionaje. Todo el que llevaba un apellido alemán veía su casa saqueada. El Estado Mayor del gran duque Nikolai Nikolaievich mandó fusilar como espía alemán al coronel de gendarmes Miasoiedov, sin prueba alguna fehaciente de lo que fuese. Sujomlinov, ministro de la Guerra, hombre vacuo y poco escrupuloso, fue detenido y acusado, acaso no sin motivos, de traición. El ministro de Negocios Extranjeros de la Gran Bretaña, Grey, dijo al presidente de la delegación parlamentaria rusa, comentando el hecho: «Vuestro gobierno da pruebas de una gran audacia al atreverse a procesar por traidor en plena guerra al ministro del ramo.» Los estados mayores y la Duma acusaban de germanofilia a la Corte. Y tanto unos como otros sentían envidia y odio contra los aliados. El alto mando francés economizaba sus tropas, echando mano de soldados rusos. Inglaterra se desplazaba lentamente. En los salones de Petrogrado y en los estados mayores del frente decíanse chanceando: «Inglaterra ha jurado que guerrearía hasta dar la última gota de sangre... del soldado ruso.» Estas bromas acabaron por llegar a oídos de los soldados del frente. «¡¡Todo para la guerra!», exclamaban los ministros, los diputados, los generales y los periodistas. «Sí -gruñían los soldados en las trincheras, empezando a abrir los ojos-; todos están dispuestos a combatir hasta la última gota... de mi sangre.»

El ejército ruso experimentó en la guerra un número de muertos superior al de ninguna de las demás naciones que tomaron parte en la matanza; sus víctimas ascendieron a dos millones y medio de muertos, o sea el 40 por 100 de las pérdidas sufridas por todos los ejércitos aliados juntos. En los primeros meses, los soldados caían bajo los obuses sin reflexionar o reflexionando poco. Pero cada día que pasaba iba dejando en ellos un nuevo poso de experiencia, esa experiencia amarga de los «soldados rasos», que no tienen quién les sepa conducir. Los soldados tocaban las consecuencias de aquel caos de marchas sin rumbo ni objetivo que ordenaban sus generales en sus zapatos rotos y en un estómago vacío.

Y de aquella papilla sangrienta de hombres y cosas se alzó una palabra que fue tomando cuerpo y extendiéndose por todas partes: la palabra locura. El rudo lenguaje de los soldados empleaba, naturalmente, otra un poco más fuerte.

El cuerpo que primero se desmoralizó fue la Infantería, formada por campesinos. La Artillería, en cuyas filas suele haber un tanto por ciento bastante grande de obreros industriales, denota, por lo general, una capacidad mucho mayor de asimilación de las ideas revolucionarias, como hubo de demostrarse bien claramente en 1905. El hecho de que en 1917 la Artillería revelara, por el contrario, tendencias más conservadoras que la Infantería, se explica teniendo en cuenta que por los regimientos de Infantería pasaba como por un cedazo una sucesión constante de masas humanas cada vez menos preparadas. La Artillería, que había sufrido muchas menos pérdidas, seguía conversando los antiguos cuadros. Lo mismo ocurría en otras armas especiales. Pero, a última hora, tampoco la Artillería se mantuvo fiel.

Durante la retirada de Galicia, el generalísimo transmitió la siguiente orden secreta: «Azotar a los soldados que deserten o cometan cualesquiera otros delitos.» Pireiko, un soldado, cuenta: «Comenzaron a azotar a los soldados por la más insignificante falta, como era, por ejemplo, el alejarse del regimiento por algunas horas sin permiso; otras veces se veía que azotaban sencillamente para levantar la moral bélica a fuerza de latigazos.» Ya el 17 de septiembre de 1915, apuntaba Kuropatkin invocando el testimonio de Guchkov: «Los soldados partieron a la guerra lleno de entusiasmo; ahora están cansados y las constantes retiradas les han hecho perder la fe en la victoria.» Era, sobre poco más o menos, por los mismos días en que el ministro del Interior, hablando de los treinta revoltosos que no conocen la disciplina, escandalizan, se pelean con los guardias (no hace mucho que un guardia fue muerto por ellos), libertan por la fuerza a los detenidos, etcétera. Es evidente que si surgen desórdenes, estas hordas se sumarán a la multitud.» El soldado Pireiko, a quien citábamos más arriba, escribe en sus Recuerdos: « Todo el mundo, sin excepción, concentraba su interés en la paz: lo que menos le interesaba al ejército era saber quién saldría vencedor y qué clase de paz se sellaría. El ejército necesitaba, quería la paz a toda costa, pues estaba cansado ya de la guerra.»

Una mujer que poseía espíritu observador, S. Fedorchenko, tuvo ocasión de escuchar, siendo enfermera, las conversaciones, casi diríamos los pensamientos, de los soldados, y los puso por escrito con gran arte en su carnet de notas. Fruto de este trabajo fue un librito titulado El pueblo en la guerra, que nos permite lanzar una ojeada a ese laboratorio en que las bombas, las alambradas, los gases asfixiantes y la vileza de los jefes fueron trabajando durante largos meses la conciencia de unos cuantos millones de campesinos rusos y donde con los huesos humanos crujían los prejuicios de varios siglos de tradición. En muchos de aquellos aforismos primitivos, grabados por la soldadesca, latían ya en potencia las consignas de la guerra civil que se avecinaba.

El general Ruski lamentábase, en diciembre de 1916, de Riga, a la que llamaba la desgracia del frente septentrional. Era lo mismo que Pvinsk -decía el general-, «un nido de propaganda revolucionaria». El general Brusílov confirmaba que las tropas procedentes de esa región llegaban desmoralizadas que los soldados se negaban a lanzarse al ataque, que el capitán de una compañía había sido muerto a bayonetazos por sus hombres, que no había habido más remedio que fusilar a unos cuantos y por ahí adelante. «Los gérmenes que había de producir la descomposición definitiva del ejército existían ya mucho antes de la revolución», confiesa Rodzianko, que mantenía relaciones con la oficialidad y había visitado repetidas veces el frente.

Los elementos revolucionarios, al principio dispersos, habíanse hundido en la masa del ejército casi sin dejar huella. Pero a medida que cundía el descontento iban saliendo de nuevo a la superficie. Los obreros huelguistas, enviados al frente como castigo, reforzaban las filas de los agitadores, y las retiradas les brindaban auditorios propicios. «En el interior, y sobre todo en el frente -denuncia la Ocrana-, el ejército está plagado de elementos subversivos, de los cuales unos pueden convertirse, llegado el momento de una sublevación, en una fuerza activa, y otros negarse a ejecutar medidas represivas...» Las autoridades superiores de la gendarmería de la provincia de Petrogrado denuncian en octubre de 1916, basándose en un informe del delegado de la «Unión de Zemstvos», que el estado de espíritu que reina en el ejército es inquietante, que las relaciones entre los oficiales y soldados denotan una gran tirantez; por doquier pululan a millares los desertores. «Todo el que haya visto de cerca el ejército saca la impresión y el convencimiento de que entre los soldados reina indiscutible descomposición moral.» Por medida de prudencia, el informe añade que si bien mucho de lo que se cuenta en las citas informaciones parece poco verosímil, no hay más remedio que darle crédito, pues muchos de los médicos que regresan del frente de operaciones se expresan en idéntico sentido.

El estado de espíritu reinante en el interior del país correspondía a la moral del frente. En la reunión celebrada por el partido «kadete» (2) en octubre de 1916, la mayoría de los delegados hacía notar la apatía y la desconfianza en el final victorioso de la guerra que dominaban «en todos los sectores de la población, sobre todo en el campo y entre los elementos pobres de las ciudades». El 30 de octubre de 1916, el director del Departamento de Policía hablaba en sus informes de la «fatiga de la guerra» y del «anhelo de una paz pronta, sea cual sea, que se observan por todas partes en todos los sectores de la población».

Meses más tarde, todos estos señores, diputados y policías, generales, médicos y ex-gendarmes, afirmaban unánimemente que la revolución había matado el patriotismo en el ejército y que los bolcheviques les habían quitado de entre las manos una victoria segura.

En este caos de patriotismo belicoso, los que llevaban la batuta eran, sin duda, los demócratas constitucionales (los kadetes). El liberalismo, que ya a fines de 1905 había roto el contacto muy problemático que le unía a la revolución, levantó desde los primeros momentos de la contrarrevolución la bandera del imperialismo. Y la cosa era lógica: puesto que no había manera de limpiar al país de la basura feudal para garantizar a la burguesía una situación preeminente, no le quedaba más recurso que pactar una alianza con la monarquía y la nobleza, con el fin de asegurar al capital un puesto más relevante en la palestra mundial. Y si bien es cierto que la catástrofe mundial se fue preparando desde distintos puntos, lo cual hizo que hasta cierto punto sorprendiese incluso a sus organizadores más responsables, no es menos indudable que los liberales rusos, en su calidad de inspiradores de la política exterior de la monarquía, ocupan un lugar bastante destacado en la preparación de la guerra. Los caudillos de la burguesía rusa hacían justicia a la verdad al saludar como cosa suya la guerra de 1914. En la sesión solemne celebrada por la Duma nacional el 16 de julio de 1914, el representante de la fracción de los kadetes declara: «No poseemos condiciones ni formulamos exigencias; nos limitamos a arrojar en la balanza la firme decisión de rechazar al enemigo.» La «unión sagrada» fue sellada también en Rusia como doctrina oficial. Durante las manifestaciones patrióticas de Moscú, el marqués de Benkerndorf, maestro mayor de ceremonias, declaró a los diplomáticos: «¡Ahí tienen ustedes la revolución que nos pronosticaban en Berlín!» «Esta idea -comenta el embajador francés Paleologue está manifiestamente en todas las cabezas.» Aquella gente consideraba como su deber abrigar y sembrar ilusiones en una situación que paree que debía ser incompatible con ellas.

No habían de hacerse esperar las frías enseñanzas de la realidad. Poco después de estallar la guerra, uno de los kadetes más expansivos, el abogado y terrateniente Rodichev exclamaba en una sesión del comité central de su partido.: «¿Pero es posible que creáis que con imbéciles como éstos puede nadie vencer?» Los acontecimientos demostraron que no, que con imbéciles como aquéllos no había manera de vencer. Cuando ya tenía perdida una buena parte de su fe en el triunfo, el liberalismo intentó aprovecharse de la inercia de la guerra para introducir un poco de limpieza en la camarilla palaciega y obligar a la monarquía a pactar. El arma principal de que se sirvió para estos fines fue la acusación de germanofilia y de preparación de una paz por separado lanzada contra el partido de los palatinos.

En la primavera de 1915, cuando las tropas desarmadas se batían en retirada en todo el frente, las esferas gubernamentales decidieron, no sin la presión de los aliados, atraer hacia los trabajos de guerra la iniciativa de la industria privada. A una reunión convocada especialmente para este fin acudieron, además de los burócratas, los industriales más influyentes. Las «uniones de zemstvos» y municipios que habían surgido al estallar la conflagración, y los comités industriales de guerra creados en la primavera de 1915 se convirtieron en otros tantos puntos de apoyo de la burguesía en su lucha por la victoria y el poder. Apoyada en dichas organizaciones, la Duma nacional podía obrar con mayor seguridad como mediadora entre la clase burguesa y la monarquía.

Sin embargo, las vastas perspectiva políticas no distraían la atención de los interese cotidianos. De la comisión asesora especial, formada con aquellos fines, fluían, como de un manantial, cientos de millones de rublos, que, ramificados por diversos canales, regaban copiosamente la industria, saciando a su paso los apetitos de muchos. En la Duma nacional y en la prensa se dieron a conocer algunos de los beneficios de guerra obtenidos durante los años 1915 y 1916: la empresa textil de Riabuschinski, un fabricante liberal de Moscú, figuraba con un 75 por 100 de beneficios netos; la manufactura de Tver ¡con un 111 por 100!; la fábrica de laminación de cobres de Kolichuguin, fundada con un capital de diez millones, aparecía reportando más de doce de utilidades. Como se ve aquí, la virtud patriótica quedaba recompensada espléndidamente, y, además, bastante aprisa.

La especulación en todas sus formas y las jugadas de Bolsa llegaron al paroxismo. De la espuma sangrienta surgían inmensas fortunas. El que en la capital no hubiese pan ni combustible no impedía a Faberget, el joyero de la corte, vanagloriarse de que nunca había hecho tan magníficos negocios. La Wirubova, camarera de palacio, cuenta que jamás se habían encargado trajes tan caros ni se habían comprado tantos brillantes como durante el invierno de 1915-1916. Los locales nocturnos de diversiones estaban abarrotados de héroes emboscados, de desertores legales y demás caballeros respetables, demasiados viejos para guerrear en el frente pero lo suficientemente jóvenes todavía para gozar de la vida en la retaguardia. Los grandes duques no eran los que menos participaban en aquellas orgías, mientras hacia estragos la peste. Y no había que preocuparse de lo que se derrochaba, pues no cesaba de caer de lo alto una lluvia benéfica de oro. La «buena sociedad» no tenía más que alargar la mano y abrir los bolsillos; las damas aristocráticas alzaban las faldas; los banqueros e intendentes, industriales, bailarinas del zar y de los grandes duques, jerarcas ortodoxos, damas de la corte, diputados radicales, generales del frente y de la retaguardia, abogados radicales, tartufos augustos de ambos sexos, el tropel de sobrinos, y, sobre todo, de sobrinas, todos chapoteaban en aquel cieno amasado con sangre. Todos se daban prisa a robar y a comer a dos carrillos, temerosos de que la benéfica lluvia se acabara, y todos rechazaban con indignación la idea ignominiosa de una paz prematura.

La comunidad en las ganancias, las derrotas en el frente y los peligros del interior fueron acercando más y más a los partidos de las clases poseedoras. En la Duma, desunida todavía en vísperas de la guerra, formóse en 1915 una mayoría patriótica de oposición, que adoptó el nombre de «bloque progresivo». Proclamó, naturalmente, como su finalidad oficial, la «satisfacción de las necesidades creadas por la guerra». En la izquierda quedaron fuera del bloque los socialdemócratas y los trudoviki (3); en la derecha, los grupos francamente oscurantistas, los tres grupos de octubristas (4), el centro y una parte de los nacionalistas, entraron en el bloque o se adhirieron a él, al igual que los grupos nacionalistas, entraron en el bloque o se adhirieron a él, al igual que los grupos nacionales: los polacos, los lituanos, los musulmanes, los judíos, etc. Para no asustar al zar lanzando la fórmula de un ministerio responsable, el bloque exigió «un gobierno de coalición, formado por personas que gozasen de la confianza del país». El ministro del Interior, príncipe Cherbarov, definía ya en aquel entonces el bloque progresivo como una «unión pasajera provocada por el peligros de la revolución social». Para comprender esto no era necesaria, naturalmente, una gran penetración. Miliukov, que capitaneaba a los kadetes, y desde ese puesto al bloque, decía en una reunión de su partido: «Estamos sobre un volcán... La tensión ha llegado a su límite extremo... Basta con que cualquier imprudente arroje una cerilla al suelo para que estalle el voraz incendio... Urge más que nunca un poder fuerte, sea el que fuese, bueno o malo.»

Tan grande era la esperanza de que el zar, intimidado por las derrotas, se avendría a hacer concesiones, que, en agosto, la prensa liberal publicó la lista de un proyectado «Gabinete de confianza» con el presidente de la Duma, Rodzianko, de primer ministro (otra versión indicaba para este cargo al presidente de la «Unión de Zemstvos», príncipe Lvov); Guchkov de ministro del Interior; Miliukov, en Negocios Extranjeros, etc. Año y medio después, la mayoría de estas personas, que se habían nombrado a sí mismas para aliarse con el zar contra la revolución, obtenían carteras en el gobierno «revolucionario» provisional. No era el primer caso en que la Historia se permitía bromas de éstas. Menos mal que, por esta vez, la chanza resultó de corta duración.

La mayoría de los ministros del gabinete presidido por Goremikin estaban tan aterrorizados como los kadetes ante la marcha de los acontecimientos, razón por la cual se inclinaban a pactar con el bloque progresivo. «Un gobierno que no cuente con la confianza del titular del poder supremo, ni del ejército, ni de los municipios, ni de los «zemstvos», ni de la nobleza, ni de los comerciantes, ni de los obreros, no sólo no puede actuar, sino que ni siquiera puede existir. Es un absurdo manifiesto.» Éste era el juicio que le merecía, en agosto de 1915, al príncipe Cherbatov el gobierno en que él mismo desempeñaba la cartera del Interior. «Si las cosas se organizan de una manera decorosa y se deja una salida -decía el ministro de Negocios Extranjeros, Sazonov-, los kadetes serán los primeros en aceptar el pacto; Miliukov es un gran burgués, y a nada teme tanto como a la revolución social. Además, la mayoría de los kadetes tiemblan ante la perspectiva de perder sus capitales.» Por su parte, el propio Miliukov entendía que el «bloque» tendría que hacer «ciertas concesiones». Como se ve, ambas partes estaban dispuestas a entenderse, y parecía asunto concluido. Pero el 29 de agoto, Goremikin, el presidente del Consejo, un burócrata cargado de años y de honores, viejo cínico que se dedicaba a hacer política entre partida y partida de tresillo y se negaba a atender ninguna queja, diciendo que la guerra no era cosa suya, se presentó al zar en el cuartel general y volvió con la noticia de que todo el mundo debía permanecer en su sitio y las cosas como estaban, excepto la rebelde Duma, que sería disuelta el 3 de septiembre. La lectura del ukase del zar disolviendo la Duma fue acogida sin una sola palabra de protesta; los diputados dieron un viva al zar y se fueron cada cual por su lado.

¿Cómo este gobierno, que, según su propia confesión, no se apoyaba en nadie, pudo sostenerse en el poder más de año y medio? Los triunfos pasajeros de las tropas rusas surtieron, indudablemente, su efecto, reforzando la benéfica lluvia de oro. Cierto es que los triunfos en el frente se acabaron pronto, pero en el interior del país los beneficios seguían viento en popa. Sin embargo, la causa principal de que se consolidase la monarquía por una temporada, doce meses antes de sobrevenir su derrumbamiento, residía en la aguda diferenciación del descontento popular. El jefe de la Ocrana de Moscú daba cuenta de cómo la burguesía evolucionaba hacia la derecha empujada por «el miedo ante la posibilidad de que después de la guerra se produjesen revueltas revolucionarias». Como vemos, la posibilidad de una revolución en plena guerra se daba por descartada. Los industriales andaban, además, inquietos por los «coqueteos» de algunos de los directores de los comités industriales de guerra con el proletariado. El coronel de gendarmes Martínov, que, por lo visto, no había perdido el tiempo leyendo por deber profesional las obras marxistas, llegaba a la conclusión de que la mejora relativa experimentada por la situación política del país se debía a «la diferenciación cada vez más acentuada de las clases sociales, en la que se ponen al descubierto de un modo vivo y cada vez más insensible, en los tiempos que corren, los conflictos planteados entre sus intereses».

La disolución de la Duma en septiembre de 1915 fue un reto lanzado a la burguesía y no a los obreros. Y sin embargo, mientras los liberales se volvían a sus casas vitoreando al zar, aunque, a decir verdad, sin gran entusiasmo, los obreros de Petrogrado y Moscú contestaban al reto con huelgas de protesta. Esto acabó de desalentar a los liberales, que a los más que temían era a que un tercero en discordia se entrometiera en su pleito familiar con la monarquía. ¿Qué posición debían adoptar? Los liberales, con unos cuantos gruñidos tímidos del ala izquierda, optaron por la solución acreditada: no salirse de la legalidad y revelar la inutilidad de la burocracia cumpliendo estrictamente con sus deberes patrióticos. Desde luego, no había más remedio que dejar a un lado, por el momento, la lista de un ministerio liberal.

Entretanto, la situación iba empeorando automáticamente. En mayo de 1916 fue convocada a otra vez la Duma, aunque, a decir verdad, nadie sabía para qué. No entraba en sus intenciones, ni por asomo, hacer un llamamiento a la revolución. Y no siendo así, no pintaba ningún papel. «Durante este período -recuerda Rodzianko- las sesiones se desarrollaban perezosamente, los diputados asistían a ellas con irregularidad... La eterna lucha parecía no tener ningún sentido, el gobierno no quería oír nada, el desorden crecía y el país caminaba hacia el precipicio.» En el transcurso de 1916 la monarquía halló un poco de apoyo social en el miedo de la burguesía a la revolución, unido a la impotencia de la burguesía sin revolución.

En otoño, la situación se agravó más aún. Ahora todo el mundo estaba convencido de que era inútil proseguir la guerra, y la indignación de las masas populares amenazaba con desbordarse a cada momento. Los liberales, al mismo tiempo que atacaban al partido palatino por su «germanofilia», creían necesario tantear las posibilidades de paz, preparando así su porvenir. Sólo de este modo se explican las negociaciones celebradas en Estocolmo, en el otoño de 1916, por uno de los jefes del «bloque progresivo», el diputado Protopopov, con el diplomático alemán Warburg. La delegación de la Duma, que hizo sendas visitas de amistad a los franceses y a los ingleses, pudo convencerse sin esfuerzo, lo mismo en París que en Londres, de que los queridos aliados estaban dispuestos a sacar a Rusia, mientras durase la guerra, el mayor jugo vital posible, para después de la victoria convertir a este país atrasado en terreno propicio para su explotación económica. La vieja Rusia, deshecha y a remolque de los aliados victoriosos, hubiera vivido una existencia colonial. A las clases poseedoras rusas no les quedaba más recurso que pugnar por desprenderse de aquellos abrazos excesivamente apretados de la «Entente» y buscar por su cuenta un camino que les llevase a la paz, aprovechándose del antagonismo que reinaba entre los dos bandos más poderosos. La entrevista del presidente de la delegación de la Duma con el diplomático alemán, primer paso dado en este sentido, quería ser, además, una amenaza para los aliados, con el fin de coaccionarlos a hacer concesiones, y un tanteo de la posibilidad de establecer una inteligencia con Alemania. Protopopov no sólo obraba de acuerdo con la diplomacia zarista -la entrevista se celebró en presencia del embajador ruso en Suiza-, sino que su gestión iba avalada por toda la delegación de la Duma nacional. De paso, los liberales perseguían un objetivo interior no menos importante: «Confía en nosotros -daban a entender al zar- y le conseguiremos una paz por separado, mejor y más firme que Sturmer.» Según los planes de Protopopov, es decir, de sus mandantes, el gobierno ruso debería notificar a los aliados, «con algunos meses de anticipación», que se veía obligado a poner fin a la guerra, y que si ellos se negaban a entablar negociaciones de paz, Rusia tendría que firmar un armisticio por separado con Alemania. En una confesión escrita ya después de la revolución, Protopopov dice, como si hablase de una cosa muy natural: «Toda la gente razonable del país, incluyendo a casi todos los líderes del partido de la «libertad del pueblo» (5), estaban persuadidos de que Rusia no se hallaba en condiciones de continuar la guerra.»

El zar, a quien Protopopov, a su regreso, dio cuenta del viaje y del resultado de sus negociaciones, mostróse en absoluto conforme con la idea de una paz por separado. Lo que no veía era que hubiese ningún motivo para asociar a los liberales a la empresa. El que Protopopov, rompiendo -dicho sea de paso- con el bloque progresivo, entrase de pronto a formar parte de la camarilla palaciega, tenía su explicación en el carácter personal de ese necio vanidoso, enamorado, según propia declaración, del zar, de la zarina, y, al mismo tiempo, de la cartera de ministro de Hacienda, que se le caía del cielo cuando menos la esperaba. Pero este episodio de la traición cometida por Protopopov contra el liberalismo no hizo variar en un ápice el sentido general que informaba la política exterior de los liberales, mezcla de codicia, cobardía y felonía.

El 1 de noviembre volvió a reunirse la Duma. La tensión reinante en el país era ya insoportable; todo el mundo esperaba que la Duma tomase alguna resolución decisiva. Era preciso hacer o, por lo menos, decir algo. El «bloque progresivo» viose obligado a recurrir nuevamente a los ritos parlamentarios. Miliukov, enumerando desde la tribuna los principales actos del gobierno, los glosaba una y otra vez con esta pregunta: «¿Es imbecilidad o es traición?» Hubo también otros diputados que dieron la nota alta. El gobierno no encontró apenas defensores, pero contestó a su modo: prohibiendo que los discursos pronunciados en la Duma fueran publicados por la prensa. Por esta razón hubieron de imprimirse en tiradas aparte, distribuyéndose por millones de ejemplares. Apenas había oficina pública, lo mismo en el interior del país que en el frente, donde no se copiasen estos discursos, muchas veces con interpolaciones y añadidos, a tono con el temperamento del copista. La resonancia de los debates del 1 de noviembre en todo el país fue tal que asustó a los propios acusadores.

Un grupo de elementos de la extrema derecha, burócratas de raza, inspirados por Durnovo, el pacificador de Moscú en la revolución de 1905, dio al zar una nota que era en aquellos momentos todo un programa. El ojo avezado de aquellos funcionarios expertos que habían cursado en una escuela policiaca seria, no dejó de percibir el peligro, y si su receta no dio resultado, fue únicamente porque para la dolencia que sufría el viejo régimen no había cura. Los autores de la nota se pronunciaban en contra de toda concesión a la oposición burguesa, no porque los liberales quisieran ir demasiado lejos, como pensaban las vulgares «centenas negras», a los que miraban por encima del hombro los reaccionarios de las altas esferas gubernamentales; no, sino porque los liberales «son tan débiles, se hallan tan divididos y, digámoslo francamente, son tan ineptos, que su triunfo sería tan efímero como inconsistente». La debilidad del partido principal de la oposición, el «demócrata constitucional» (kadetes) -seguía diciendo la nota-, se revelaba ya en su mismo nombre: se titulaba demócrata, siendo como era burgués por esencia; hallándose como se hallaba en buena parte integrado por terratenientes liberales, inscribía en su programa el rescate obligatorio de las tierras. «Si se les quitan esas cartas tomadas de las barajas de otro -escribían los consejeros secretos del zar, usando las imágenes que les eran habituales-, los kadetes quedan reducidos a una asociación numerosa de abogados, profesores y funcionarios liberales de los distintos departamentos del Estado.» Los revolucionarios eran ya otra cosa. La nota reconoce, aunque rechinando los dientes, la importancia de los partidos revolucionarios : «El peligro y la fuerza de estos partidos consiste en que tienen una idea, dinero[!], y masas bien dispuestas y organizadas.» Los partidos revolucionarios «pueden contar con las simpatías de una mayoría aplastante de campesinos, que seguirán al proletariado tan pronto como los caudillos revolucionarios apunten a las tierras de los señores». ¿Qué se conseguiría, en estas condiciones, con instaurar un ministerio responsable? «La desaparición completa y definitiva del partido de las derechas, la absorción paulatina de los partidos intermedios: centro, conservadores, liberales, octubristas y progresistas, por el partido de los kadetes, que, de este modo, adquiriría, por fin, una importancia decisiva dentro del plan. Pero pronto los kadetes se verían amenazados por la misma suerte... ¿Y luego, qué? Pues luego entrarían en acción las masas revolucionarias, sería llegado el momento de la Comuna, caería la dinastía, se derrumbarían las clases poseedoras y, por fin, entraría en escena el bandido campesino.» No se puede negar que, en estas líneas, el récord reaccionario policiaco se remonta hasta alturas de singular sagacidad.

En cuanto a las medias propuestas, el programa de la nota no es nuevo pero sí consecuente: un gobierno integrado de partidarios implacables de la autocracia; supresión de la Duma; declaración del estado de sitio en las dos capitales; aprontamiento de fuerzas para sofocar la rebelión. En el fondo, no fue otro el programa que sirvió de base a la política del gobierno durante los últimos meses que precedieron a la revolución. Mas la eficacia de este programa presuponía una fuerza que Durnovo había tenido en sus manos en el invierno de 1905 pero que ya no existía en el otoño de 1917. Por eso, la monarquía no tenía más remedio que hacer todo lo posible por estrangular al país por debajo de cuerda y hacerlo pedazos. El ministerio fue renovado, dándose entrada a hombres de confianza incondicionalmente adictos al zar y a la zarina. Pero estos hombres «de confianza», y el primero de todos el tránsfuga Protopopov, era nulidades lamentables. La Duma no fue disuelta, sino que volvieron a suspenderse sus sesiones. Las declaraciones del estado de sitio en Petrogrado se aplazó hasta el instante en que ya la revolución se vieron arrastradas automáticamente al campo rebelde. Todo esto se puso de manifiesto ya a los dos o tres meses.

Entretanto, el liberalismo hacía los últimos esfuerzos desesperados por salvar la situación. Todas las organizaciones de la gran burguesía apoyaron los discursos pronunciados en noviembre por la oposición desde la tribuna de la Duma con una serie de declaraciones. La más insolente fue la resolución votada el 9 de diciembre por la «Unión de Municipios Urbanos»: «Unos cuantos criminales irresponsables, unos cuantos fanáticos, quieren llevar a Rusia al desastre, a la ignonimia y a la esclavitud.» En este mensaje se invitaba a la Duma nacional a «que no se disolviese sin antes conseguir la formación de un gobierno responsable». Hasta el propio Consejo de Estado, órgano de la alta burocracia y de la gran propiedad, se mostró partidario de que fueran llamados al poder hombres que gozaran de la confianza del país. En el mismo sentido se pronunció el Congreso de la nobleza: las piedras venerables cubiertas de musgo rompieron a hablar. Pero todo siguió igual. La monarquía se resistía a soltar los restos del poder que aún tenía en las manos.

La última legislatura de la última Duma fue convocada, tras muchas vacilaciones y aplazamientos, para el 14 de febrero de 1917. Faltaban menos de dos meses para estallar la revolución. Todo el mundo esperaba manifestaciones en las calles. En el Reich, órgano de los kadetes, aparecía junto al bando del gobernador militar de la región de Petrogrado, general Jabalov, declarando prohibido todo género de manifestaciones, una carta de Miliukov en que se ponía en guardia a los obreros contra los «consejos malévolos y peligrosos», de «origen turbio». A pesar de las huelgas, las sesiones de la Duma se abrieron con relativa tranquilidad. Simulando que la cuestión del poder había dejado de interesarle, la Duma se consagró a un problema muy grave en verdad, pero puramente práctico: las subsistencias. El estado de espíritu de los diputados era de abatimiento, había de decidir más tarde Rodzianko: «se notaba la impotencia de la Duma, el cansancio producido por aquella lucha estéril». Y Miliukov repetía que el bloque progresivo «actuaría con la palabra y sólo con la palabra». En estas condiciones fue como la Duma se vio arrastrada por el torbellino de la Revolución de Febrero.


(1) Llámase «comprador» al comerciante indígena que sirve de intermediario entre el capital extranjero y el mercado chino. [NDT.]

(2) Partido de los «demócratas constitucionales».K.D. son las iniciales rusas de donde viene el nombre de kadetes. [NDT.]

(3) Literalmente, «laboristas», bloque formado por los diputados campesinos socialrevolucionarios e intelectuales radicales. [NDT.]

(4) Partido de la gran burguesía de derecha, formado a fines de 1905. [NDT.]

(5) Partido de los demócratas constitucionales o kadetes. [NDT.]


CAPITULO III


Capitulo III


 

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

 

El proletariado ruso había de dar sus primeros pasos bajo las condiciones políticas de un Estado despótico. Las huelgas ilegales, las organizaciones subterráneas, las proclamas clandestinas, las manifestaciones en las calles, los choques con la policía y las tropas del ejército: tal fue su escuela, fruto del cruce de las condiciones del capitalismo que se desarrollaban rápidamente y el absolutismo que iba evacuando poco a poco sus posiciones. El apelotonamiento de los obreros en fábricas gigantescas, el carácter concentrado del yugo del Estado y, finalmente, el ardor combativo de un proletariado joven y lozano, hicieron que las huelgas políticas, tan raras en Occidente, se convirtiesen allí en un método fundamental de lucha. Las cifras relativas a las huelgas planteadas en Rusia desde primeros de siglo actual son el índice más elocuente que acusa la historia política de aquel país. Y aun siendo nuestro propósito no recargar el texto de este libro con cifras, no podemos renunciar a reproducir las que se refieren a las huelgas políticas desatadas en el período que va de 1903 a 1917. Nuestros datos, reducidos a su más simple expresión, se contraen a las empresas sometidas a la inspección de fábricas. Dejamos a un lado los ferrocarriles, la industria minera, el artesano y las pequeñas empresas en general, y, mucho más naturalmente, la agricultura, por diversas razones en que no hay para qué entrar. Con esto no pierden el menor relieve los cambios que acusa la curva de huelgas durante ese período.

Huelgas políticas

 

   Años Número de huelguistas
   1903 87.000 (1)
   1904 25.000 (1)
   1905 1.843.000
   1906 651.000
   1907 540.000
   1908 93.000
   1909 8.000
   1910 4.000
   1911 8.000
   1912 550.000
   1913 502.000
   1914 (primera mitad) 1.059.000
   1915 156.000
   1916 310.000
   1917 (enero-febrero) 575.000

Nos hallamos ante la curva, única en su género, de la temperatura política de un país que albergue en sus entrañas una gran revolución. En un país rezagado y con un proletariado reducido -el censo de obreros de las empresas sometidas a la inspección fabril pasa de millón y medio de obreros en 1905, y unos dos millones en 1917- nos encontramos con un movimiento huelguístico que alcanza proporciones desconocidas hasta entonces en ningún otro país del mundo. Frente a la debilidad de la democracia pequeñoburguesa y a la atomización y ceguera política del movimiento campesino, la huelga obrera revolucionaria es el ariete que la nación, en el momento de su despertar, descarga contra las murallas del absolutismo. Nos bastaría fijarnos en la cifra de 1.843.000 huelguistas políticos de 1905 -claro está que los obreros que tomaron parte en más de una huelga figuran en esta estadística por diferentes conceptos- para poner el dedo a ciegas en el año de la revolución, aunque no tuviéramos más dato que éste sobre el calendario político de Rusia.

En 1904, primer año de la guerra ruso-japonesa, la inspección de fábricas no señalaba más que 25.000 huelguistas en todo el país. En 1905, el número de obreros que toman parte en las huelgas políticas y económicas en conjunto asciende a 2.863.000, ciento quince veces más que en el año anterior. Este salto sorprendente induce por sí mismo a pensar que el proletariado, a quien la marcha de los acontecimientos obligó a improvisar una actividad revolucionaria tan inaudita, tenía que sacar a toda costa de su seno una organización que respondiera a las proporciones de la lucha y a la grandiosidad de los fines perseguidos: esta organización fueron los soviets, creados por la primera revolución y que no tardaron en convertirse en órganos de la huelga general y de la lucha por el poder, tardaron en convertirse en órganos de la huelga general y de la lucha por el poder.

Derrotado en el alzamiento de diciembre de 1905, el proletariado pasa dos años -años que, si bien viven todavía el impulso revolucionario como la estadística de huelgas revela, son ya, a pesar de todo, años de reflujo- haciendo esfuerzos heroicos por mantener una parte, al menos, de las posiciones conquistadas. Los cuatro años que siguen (1908-1911) se reflejan en el espejo de la estadística e huelgas como años de contrarrevolución triunfante. Coincidiendo con ésta, la crisis industrial viene a desgastar todavía más el proletariado, exangüe ya de suyo. La hondura de la caída es proporcional a la altura que había alcanzado el movimiento ascensional. Las convulsiones de la nación tienen su reflejo en estas cifras.

El período de prosperidad industrial que se inicia en el año 1910 pone otra vez en pie a los obreros e imprime nuevo impulso a sus energías. Las cifras de 1913-1914 repiten casi los datos de 1905-1907, sólo que en un orden inverso: ahora, el movimiento no tiende a remitir, sino que va en ascenso. Comienza la nueva ofensiva revolucionaria sobre bases históricas más altas: esta vez, el número de obreros es mayor, y mayor también su experiencia. Los seis primeros meses de 1914 pueden equipararse casi, por el número de huelguistas políticos, al año de apogeo de la primera revolución. Pero se desencadena la guerra y trunca bruscamente este proceso. Los primeros meses de la guerra se caracterizan por la inactividad política de la clase obrera. Pero el estancamiento empieza ya a ceder en la primavera de 1915, y se abre un nuevo ciclo de huelgas políticas que, en febrero de 1917, produce la explosión del alzamiento de los obreros y los soldados.

Estos flujos y reflujos bruscos de la lucha de masas hacen que el proletariado ruso parezca cambiar de filosofía en el transcurso de unos cuantos años. Fábricas que dos o tres años antes se lanzaban unánimemente a la huelga con motivo de cualquier acto de arbitrariedad policíaca pierden de pronto su empuje revolucionario y dejan sin respuesta los crímenes más monstruosos del poder. Las grandes derrotas producen un abatimiento prolongado. Los militantes revolucionarios pierden autoridad sobre las masas. En la conciencia de éstas vuelven a aflorar los viejos prejuicios y las supersticiones aún no esfumadas. Al mismo tiempo, la penetración de los elementos grises procedentes del campo en las filas obreras hacen que se destiña -por decirlo así- el carácter de clase de ésta. Los escépticos menean irónicamente la cabeza. Tal fue lo que aconteció en los años 1907 a 1911. Pero los procesos moleculares se encargan de curar en las masas las lesiones síquicas. Un nuevo giro de los acontecimientos o un impulso económico subterráneo abre un nuevo ciclo político. Los elementos revolucionarios vuelven a encontrar quien les preste oídos, y la lucha se enciende de nuevo y con mayores bríos.

Para comprender las dos tendencias principales en que se escinde la clase obrera rusa, conviene no olvidar que el menchevismo cobra su forma definida durante los años de reacción y reflujo, apoyado principalmente en el reducido sector de obreros que habían roto con la revolución, mientras que el bolchevismo, sañudamente perseguido durante el período de la reacción, resurge enseguida sobre la espuma de la nueva oleada revolucionaria en los años que preceden inmediatamente a la guerra. «Los elementos, las organizaciones y los hombres que rodean a Lenin son los más enérgicos, los más audaces y los más capacitados para la lucha sin desmayo, la resistencia y la organización permanentes»; así juzgaba el Departamento de policía la labor de los bolcheviques durante los años que preceden a la guerra.

En julio de 1914, cuando los diplomáticos clavaban los últimos clavos en la cruz destinada a la crucifixión de Europa, Petrogrado hervía como una caldera revolucionaria. El presidente de la República francesa, Poincaré, depositó su corona sobre la tumba de Alejandro III en el mismo momento en que resonaban en las calles los últimos ecos de la lucha y los primeros gritos de las manifestaciones patrióticas.

¿Cabe pensar que, al no haberse declarado la guerra, el movimiento ofensivo de las masas que venía creciendo desde 1912 a 1914 hubiera determinado directamente el derrocamiento del zarismo? No podemos contestar de un modo categórico a esta pregunta. No hay duda que el proceso conducía inexorablemente a la revolución. Pero ¿por qué etapas hubiera tenido ésta que pasar? ¿No le estaría reservada una nueva derrota? ¿Qué tiempo hubieran necesitado los obreros para poner en pie a los campesinos y adueñarse del ejército? No puede decirse. En estas cosas, no cabe más que la hipótesis. Lo cierto es que la guerra marcó en un principio un paso atrás, para luego, en la fase siguiente, acelerar el proceso y asegurarle una victoria aplastante.

El movimiento revolucionario se paralizó al primer redoble de los tambores guerreros. Los elementos obreros más activos fueron movilizados. Los militantes revolucionarios fueron trasladados de las fábricas al frente. Toda declaración de huelga era severamente castigada. La prensa obrera fue suprimida; los sindicatos estrangulados. En las fábricas entraron cientos de miles de mujeres, de jóvenes, de campesinos. Políticamente, la guerra, unida a la bancarrota de la Internacional, desorientó extraordinariamente a las masas y permitió a la dirección de las fábricas, que había levantado cabeza, hablar patrióticamente en nombre de la industria, arrastrando consigo a una parte considerable de los obreros y obligando a los más audaces y decididos a adoptar una actitud expectante. La idea revolucionaria había ido a refugiarse en grupos pequeños y silenciosos. En las fábricas, nadie se atrevía a llamarse bolchevique, sí no quería verse al punto detenido e incluso apaleado por los obreros más retrógrados.

En el momento de estallar la guerra, la fracción bolchevique de la Duma, foja por las personas que la componían, no estuvo a la altura de las circunstancias. Se juntó a los diputados mencheviques para formular una declaración en la que se comprometía a «defender los bienes culturales del pueblo contra todo atentado, viniera de donde viniese». La Duma subrayó con aplausos aquella capitulación. No hubo entre todas las organizaciones y grupos del partido que actuaban en Rusia ni uno solo que abrazase la posición claramente derrotista que Lenin mantenía desde el extranjero. Sin embargo, entre los bolcheviques, el número de patriotas era insignificante: muy al contrario de lo que hicieron los narodniki y mencheviques, los bolcheviques empezaron ya en el año 1914 a agitar entre las masas de palabra y por escrito contra la guerra. Los diputados de la Duma se rehicieron pronto de su desconcierto y reanudaron la labor revolucionaria, de la cual se hallaba perfectamente informado el gobierno, gracias a su red extensísima de confidentes. Baste con decir que, de los siete miembros que componían el Comité petersburgués del partido en vísperas de la guerra, tres estaban al servicio de la policía. El zarismo gustaba, como se ve, e jugar al escondite con la evolución. En noviembre fueron detenidos los diputados bolcheviques y empezó la represión contra el partido por todo el país. En febrero de 1915, la fracción parlamentaria compareció ante los tribunales. Los diputados mantuvieron una actitud prudente. Kámenev, el inspirador teórico de la fracción, se desentendió, al igual que Petrovski, actual presidente del Comité Central Ejecutivo de Ucrania, de la posición derrotista de Lenin. Y el Departamento de policía pudo comprobar con satisfacción que la rigurosa sentencia dictada contra los diputados bolcheviques no provocaba el menor movimiento de protesta entre los obreros.

Parecía como si la guerra hubiera cambiado a la clase trabajadora. Hasta cierto punto, así era: en Petrogrado, la composición de la masa obrera se renovó casi en un 40 por 100. La continuidad revolucionaria se vio bruscamente interrumpida. Todo lo anterior a la guerra, incluyendo la fracción bolchevique de la Duma, pasó de golpe a segundo término y cayó casi en el olvido. Pero, bajo esta capa aparente y precaria de tranquilidad, patriotismo y hasta en parte de monarquismo, en el seno de las masas se incubaba una nueva explosión.

En agosto de 1915, los ministros zaristas se comunican unos a otros que los obreros «acechan por todas partes,, venteando traiciones y sabotajes en favor de los alemanes, y se entregan celosamente a la busca y captura de los culpables de nuestros fracasos en el frente». En efecto, durante este período, la crítica de las masas que empieza a resurgir se apoya, en parte sinceramente y en parte adoptando ese tinte protector, en la «defensa de la patria». Pero esta idea no era más que el punto de partida. El descontento obrero va echando raíces cada vez más profunda, sella los labios de los capataces, de los obreros reaccionarios y de los adulones de los patronos, y permite volver a levantar cabeza a los bolcheviques.

Las masas pasan de la crítica a la acción. Su indignación se traduce principalmente en los desórdenes producidos por la escasez de subsistencias, desórdenes que, en algunos sitios, toman la forma de verdaderos motines. Las mujeres, los viejos y los jóvenes se sienten más libres y más audaces en el mercado o en la plaza pública que los obreros movilizados en las fábricas. En mayo, el movimiento deriva, en Moscú, hacia el saqueo de casas de alemanes. Y aunque sus autores obren bajo el amparo de la policía y procedan de los bajos fondos de la ciudad, la sola habilidad del saqueo en una urbe industrial como Moscú atestigua que los obreros no están aún lo bastante despiertos para poder infiltrar sus consignas y su disciplina en la parte de la población urbana sacada de sus casillas. Al correrse por todo el país estos desórdenes, destruyen el hipnotismo de la guerra y preparan el terreno a las huelgas. La afluencia de mano de obra inepta a las fábricas y el afán de obtener grandes beneficios de guerra se traducen en todas partes en un empeoramiento de las condiciones de trabajo y resucitan los más burdos métodos de explotación. La carestía de la vida va reduciendo automáticamente los salarios. Las huelgas económicas se tornan en un reflejo inevitable de las masas, tanto más tumultuoso cuanto más se le ha querido contener. Las huelgas van acompañadas de mítines, de votación de acuerdos políticos, de encuentros con la policía y, no pocas veces, de tiroteos y de víctimas.

La lucha se corre, en primer término, por la región textil central. El 5 de junio, la policía dispara sobre los obreros tejedores de Kostroma: cuatro muertos y nueve heridos. El 10 de agosto, las tropas hacen fuego sobre los obreros de Ivanovo-Vosnesenk (2): dieciséis muertos, treinta heridos. En el movimiento de los obreros textiles aparecen complicados soldados del batallón destacado en aquella plaza. Como respuesta a los asesinos de Ivanovo-Vosnesenk, estallan huelgas de protesta en distintos puntos del país. Paralelamente a este movimiento, se va extendiendo la lucha económica. Los obreros de la industria textil marchan, en muchos sitios, en primera fila.

Comparado con la primera mitad de 1914, este movimiento representa, así en lo que se refiere a la intensidad del ataque como en lo que afecta a la claridad de las consignas, un gran paso atrás. No tiene nada de particular: es una huelga en la que toman parte principal las masas grises; además, en el sector obrero dirigente reina el desconcierto más completo. Sin embargo, ya en las primeras huelgas que estallan durante la guerra se pulsa la proximidad de los grandes combates. El 16 de agosto declara el ministro de Justicia, Ivostov: «Si actualmente no estallan acciones armadas es, sencillamente, porque los obreros no disponen de organización.» Pero todavía se expresaba más claramente Goremikin: «El único problema con que tropiezan los caudillos obreros es la falta de organización, pues la detención de los cinco diputados de la Duma se la ha destruido». Y el ministro del Interior añadía: «No es posible amnistiar a los diputados de la Duma (los bolcheviques), pues son el centro de la organización del movimiento obrero en sus manifestaciones más peligrosas.» Por lo menos, aquellos señores sabían muy bien dónde estaban sus verdaderos enemigos: en esto, no se equivocaban.

Al tiempo que el gobierno, aun en los momentos de mayor desconocimiento, en que se mostraba propicio a hacer concesiones a los liberales, creía imprescindible dirigir los tiros a la cabeza de la revolución obrera, es decir, a los bolcheviques, la gran burguesía pugnaba por llegar a una inteligencia con los mencheviques. Alarmados por las proporciones que iban tomando en las huelgas, los industriales liberales hicieron una tentativa para imponer una disciplina patriótica a los obreros, metiendo a los representantes elegidos por éstos en los comités industriales de guerra. El ministro del Interior se lamentaba de lo difícil que era luchar contra la iniciativa de Guchkov: «Todo esto se lleva a cabo bajo la bandera del patriotismo y en nombre de los intereses de la defensa nacional.» Conviene tener en cuenta, sin embargo, que la policía se guardaba muy mucho de detener a los socialpatriotas, en quienes veía unos aliados indirectos en la lucha contra las huelgas y los «excesos» revolucionarios. Todo el convencimiento de la policía de que, mientras durase la guerra, no estallarían insurrecciones, se basaba en la confianza excesiva que había puesto en la fuerza del socialismo patriótico.

En las elecciones celebradas para proveer los puestos del Comité industrial de guerra fueron minoría los partidarios de la defensa, acaudillados por Govosdiev, un enérgico obrero metalúrgico, con el que volveremos a encontrarnos más adelante de ministro del Trabajo en el gobierno revolucionario de coalición. Sin embargo, contaba no sólo con el apoyo de la burguesía liberal, sino también con el de la burocracia, para derrotar a los boicotistas, dirigidos por los bolcheviques, e imponer al proletariado de Petrogrado una representación en los organismos del patriotismo industrial. La posición de los mencheviques aparece expuesta con toda claridad en el discurso pronunciado poco después por uno de sus representantes ante los industriales del comité: «Debéis exigir que el gobierno burocrático que está en el poder se retire, cediéndoos el sitio a vosotros como representantes legítimos del régimen actual.» La reciente amistad política entre estos elementos, que había de dar sus frutos más sazonados después de la revolución, iba estrechándose no ya por días, sino por horas.

La guerra causó terribles estragos en las organizaciones clandestinas. Después del encarcelamiento de su fracción en la Duma, los bolcheviques viéronse privados de toda organización central. Los comités locales llevaban una existencia episódica y no siempre se mantenían en contacto con los distritos. Sólo actuaban grupos dispersos, elementos sueltos. Sin embargo, el auge de la campaña huelguística les infundía fuerza y ánimos en las fábricas, y poco a poco fue estableciéndose el contacto entre ellos y se anudaron las necesarias relaciones. Resurgió la actuación clandestina. El Departamento de policía había de escribir más tarde: «Los leninistas, a los que sigue en Rusia la gran mayoría de las organizaciones socialdemócratas, han lanzado desde el principio de la guerra, en los centros más importantes (tales como Petrogrado, Moscú, Jarkov, Kiev, Tula, Kostroma, provincia de Vladimir y Samara) una cantidad considerable de proclamas revolucionarias exigiendo el término de la guerra, el derrocamiento del régimen y la instauración de la República. Los frutos más palpables de esta labor son la organización de huelgas y desórdenes obreros.»

El 9 de enero, aniversario tradicionalmente conmemorado de la manifestación obrera ante el palacio de Invierno, que el año anterior había pasado casi inadvertido, hace estallar, en el año 1916, una huelga de extensas proporciones. En estos años, el movimiento de huelgas se duplica. No hay huelga importante en que no se produzcan choques con la policía. Los obreros hacen gala de su simpatía por los soldados, y la Ocrana apunta más de una vez este hecho inquietante.

La industria de guerra se desarrolla desmesuradamente, devorando todos los recursos a su alcance y minando sus propios fundamentos. Las ramas de la producción de paz languidecían y caminaban hacia su muerte. A pesar de todos los planes elaborados, no se consiguió reglamentar la economía. La burocracia era incapaz ya para tomar el asunto por su cuenta: chocaba con la resistencia de los poderosos comités industriales de guerra: no accedía, sin embargo, a entregar un papel regulador a la burguesía. No tardaron en perderse las minas de carbón y las fábricas de Polonia. Durante el primer año de guerra, Rusia perdió cerca de la quinta parte de sus fuerzas industriales. Un 50 por 100 de la producción total y cera del 75 por 100 de la textil hubieron de destinarse a cubrir las necesidades del ejército y de la guerra. Los transportes, agobiados de trabajo, no daban abasto a la necesidad de combustible y materias primas de las fábricas. La guerra, después de devorar toda la renta nacional líquida, amenazaba con disipar también el capital básico del país.

Los industriales mostrábanse cada vez menos propicios a hacer concesiones a los obreros, y el gobierno seguía contestando a las huelgas, fuesen las que fuesen, con duras represiones. Todo esto empujaba el pensamiento de los obreros y lo hacía remontarse de lo concreto a lo general, de las mejoras económicas a las reivindicaciones políticas: «tenemos que lazarnos a la huelga todos de una vez». Así resurge la idea de la huelga general. La estadística de huelgas acusa de modo insuperable el proceso de radicalización de las masas. En el año 1915, toman parte en las huelgas políticas dos veces y media menos obreros que las puramente económicas. Basta apuntar una sola cifra para poner de relieve el papel desempeñado por Petrogrado en este movimiento: durante los años de la guerra, corresponden a la capital el 72 por 100 de los huelguistas políticos.

En el fuego de la lucha se volatilizan muchas viejas supersticiones. La Ocrana comunica «con harto dolor» que, si se procediera como la ley ordena contra «todos los delitos de injurias insolentes y abiertas a su majestad el zar, el número de procesos seguidos por el artículo 103 alcanzaría cifras inauditas». Sin embargo, la conciencia de las masas no avanza en la misma medida que su propio movimiento. El agobio terrible de la guerra y del desmoronamiento económico del país acelera hasta tal punto el proceso de la lucha, que hasta el momento mismo de la revolución, una gran parte de las masas obreras no ha conseguido emanciparse, por falta material de tiempo, de ciertas ideas y de ciertos prejuicios que les imbuyeran el campo o las familias pequeño burguesas de la ciudad de donde proceden. Este hecho imprime su huella a los primeros meses de la Revolución de Febrero.

A fines de 1916, los precios empiezan a subir vertiginosamente a saltos. A la inflación y a la desorganización de los transportes viene a unirse la gran escasez de mercancías. El consumo de la población se reduce durante este período a más de la mitad. La curva del movimiento obrero sigue ascendiendo bruscamente. Con el mes de octubre, la lucha entra en su fase decisiva. Todas las manifestaciones de descontento se mancomunan: Petrogrado toma carrerilla para lanzarse al salto de Febrero. En todas las fábricas se celebran mítines. Temas: La cuestión de las subsistencias, la carestía de la vida, la guerra, el gobierno. Circulan hojas bolcheviques. Se plantean huelgas políticas. Se improvisan manifestaciones a la salida de las fábricas y talleres. Aquí y allá obsérvanse casos de fraternización de los obreros de las fábricas con los soldados. Estalla una tumultuosa huelga de protesta contra el Consejo de guerra formado a los marinos revolucionarios de la escuadra del Báltico. El embajador francés llama la atención del primer ministro, Sturmer, sobre el hecho de que unos soldados dispararan contra la policía. Sturmer tranquiliza a Paleologue con estas palabras: «La represión será implacable.» En noviembre envían al frente a un grupo numeroso de obreros movilizados en las fábricas de Petrogrado. El año acaba bajo un cielo de tormenta.

Comparando la situación actual con la de 1905, el director del Departamento de policía, Vasiliev, llega a esta conclusión, harto poco tranquilizadora: «Las corrientes de oposición han tomado proporciones excepcionales que no habían alcanzado, ni mucho menos, en aquel turbulento período a que aludimos.» Vasiliev no confía en la lealtad de la guarnición. Ni la misma policía le parece incondicionalmente adicta. La Ocrana denuncia la reaparición de la consigna de huelga general y el peligro de que vuelva a resurgir el terror. Los soldados y oficiales que retornan del frente dicen, refiriéndose a la situación: «¿A qué esperáis? Lo que hay que hacer es acabar de un bayonetazo con esa canalla. Si de nosotros dependiera, no nos pararíamos a pensarlo», y por ahí, adelante.

Schliapnikov miembro del Comité central de los bolcheviques, antiguo obrero metalúrgico, había del estado de nerviosismo en que se encontraban los obreros por aquellos días: «Bastaba con un simple silbido, con un ruido cualquiera, para que los obreros lo interpretasen como señal de parar la fábrica.» Este detalle es interesante como síntoma político y como rasgo sicológico: antes de echarse a la calle, la revolución vibra ya en los nervios.

Las provincias recorren las mismas etapas, sólo que más lentamente. El acentuado carácter de masa del movimiento y su espíritu combativo hacen que el centro de gravedad se desplace de los obreros textiles a los metalúrgicos, de las huelgas económicas a las políticas, de las provincias a Petrogrado. Los dos primeros eses de 1917 arrojan un total de 575.000 huelguistas políticos, la mayor parte de los cuales corresponden a la capital. Pese a la nueva represión descargada por la policía en vísperas del 9 de enero, el aniversario del domingo sangriento, se lanzaron a la huelga en la capital. 150.000 trabajadores. La atmósfera está cargada, los metalúrgicos van en la cabeza, los obreros tienen cada vez más arraigada la sensación de que ya no hay modo de volverse atrás. En cada fábrica se forma un núcleo activo que tiene casi siempre por eje a los bolcheviques. Durante las dos primeras semanas de febrero, las huelgas y los mítines se suceden sin interrupción. La policía, al aparecer el día 8 en la fábrica de Putilov, es recibida con una lluvia de pedazos de hierro y escoria. El 14, día de apertura de las sesiones de la Duma, se ponen en huelga en Petersburgo cerca de noventa mil obreros. También en Moscú paran algunas fábricas. El 16, las autoridades deciden implantar en Petrogrado los bonos de pan. Esta innovación aumentó el nerviosismo de la gente. El 19 se agolpa delante de las tiendas de comestibles una gran muchedumbre, formada principalmente por mujeres, pidiendo a gritos pan. Al día siguiente fueron saqueadas las panaderías en distintos puntos de la ciudad. Eran ya los albores de la insurrección que había de desencadenarse algunos días después.

La intrepidez revolucionaria del proletariado ruso no tenía su raíz exclusivamente en su seno. Ya su misma situación de minoría dentro del país indica que no hubiera podido dar a su movimiento tales proporciones, ni mucho menos ponerse al frente del Estado, si no hubiese encontrado un poderoso punto de apoyo en lo hondo del pueblo. Este punto de apoyo se lo daba la cuestión agraria.

Cuando en 1861 se procedió con gran retraso a emancipar a medias a los campesinos, el nivel de la agricultura rusa era casi el mismo que dos siglos antes. La conservación del viejo fondo de tierras comunales escamoteado a los campesinos en beneficio de la nobleza al implantarse la reforma, agudizaba automáticamente con los métodos arcaicos de cultivo imperantes la crisis de la superpoblación en los centros rurales, que era a la par del cultivo alterno de tres hojas. Los campesinos se sintieron cogidos en una celada, tanto más cuanto que esto no ocurría precisamente en el siglo XVI, sino en el siglo XIX, es decir, bajo un régimen muy avanzado de economía pecuniaria que exigía del viejo arado de madera lo que sólo podía dar de sí el tractor. También aquí volvemos a tropezar con la coincidencia de varias ases distintas del proceso histórico, que dan como resultado una exacerbación extraordinaria de las contradicciones reinantes.

Los eruditos, agrónomos y economistas sostenían que había tierra bastante con tal que se cultive de un modo racional, lo cual equivalía a proponer al campesino que se colocara de un salto en una fase más alta de técnica y de cultivo, pero sin tocar demasiado al terrateniente, al uriadnik (3) ni al zar. Sin embargo, no hay ningún régimen económico, y mucho menos el agrario, que se encuentre entre los más inertes, que se retire de la escena histórica antes de haberse agotado todas sus posibilidades. Antes de verse obligado a pasar a un cultivo más intensivo, el campesino tenía que someter a una última experiencia, para ver lo que daba de sí, su sistema de cultivo alterno en tres hojas. Esta experiencia sólo podía hacerse, evidentemente, a expensas de las tierras de los grandes propietarios. El campesino que se asfixiaba en su pequeña parcela de tierra y que vivía azotado por el doble látigo del mercado y del fisco no tenía más remedio que buscar el modo de deshacerse para siempre del terrateniente.

El total de tierra laborable enclavada dentro de los confines de la Rusia europea se calculaba, en vísperas de la primera revolución, en 280 millones de deciatinas. Las tierrascomunales de los pueblos ascendían a unos 140 millones, los dominios de la Corona a cinco millones, aproximadamente; los de la Iglesia sumaban, sobre poco más o menos, dos millones y medio de deciatinas. De las tierras de propiedad privada, unos 70 millones de deciatinas se distribuían entre 30.000 grandes hacendados, a los que correspondían más de 500 deciatinas por cabeza, es decir, la misma cantidad aproximadamente con que tenían que vivir unos 10 millones de familias campesinas. Esta estadística agraria constituía, ya de por sí, todo un programa de guerra campesina.

La primera revolución no había conseguido acabar con los grandes terratenientes. La masa campesina no se había levantado en bloque ni el movimiento desatado en el campo había coincidido con el de la ciudad; el ejército campesino había vacilado hasta que, por último, suministró las fuerzas necesarias para sofocar el alzamiento de los obreros. Apenas el regimiento de Semionov hubo sofocado la insurrección de Moscú, la monarquía se olvidó de poner la menor cortapisa a las propiedades de los grandes terratenientes ni a sus propios derechos autocráticos.

Sin embargo, la revolución vencida dejó profundas huellas en el campo. El gobierno abolió los antiguos cánones que venían pesando sobre las tierras en concepto de redención y abrió las puertas de Siberia a la colonización. Los terratenientes, alarmados, no sólo hicieron concesiones de monta en lo referente a los arriendos, sino que empezaron a vender una buena parte de sus latifundios. De estos frutos de la revolución se aprovecharon los campesinos más acomodados, los que estaban en condiciones de arrendar y comprar las tierras de los señores.

Fue, sin embargo, la ley de 9 de noviembre de 1906 la reforma más importante implantada por la contrarrevolución triunfante la que abrió más ancho cauce a la formación de una nueva clase de hacendados capitalistas en el seno de la masa campesina. Esta ley, que concedía incluso a pequeñas minorías dentro de los pueblos el derecho a desglosar, contra la voluntad de la mayoría, parcelas pertenecientes a los terrenos de comunas, fue como un obús capitalista disparado contra el régimen comunal. El presidente del Consejo de ministros, Stolipin, definía el carácter de la nueva política campesina emprendida por el gobierno como un «anticipo a los fuertes». Dicho más claramente se trataba de impulsar a los campesinos acomodados a apoderarse de las tierras comunales rescatando mediante compra las parcelas «libres» para convertir a estos nuevos hacendados capitalistas en otras tantas columnas del orden. Pero este objetivo era más fácil de plantear que de conseguir. Aquí, en esta tentativa para suplantar el problema campesino por el problema del kulak (4) fue precisamente donde se estrelló la contrarrevolución.

El 1 de enero de 1916 había dos millones y medio de labradores que tenían adquiridas e inscritas como de su propiedad 17 millones de deciatinas. Otros dos millones pedían que se les adjudicasen 14 millones de deciatinas en el mismo concepto. En apariencia, la reforma había alcanzado un triunfo colosal. Lo malo era que estas propiedades carecían en su mayoría de toda viabilidad y no eran más que materiales para una selección natural. En tanto que los terratenientes más atrasados y los labradores modestos vendían aprisa; unos, sus latifundios, y otros, sus parcelas de tierra, entraba en escena como comprador una nueva burguesía rural. La agricultura pasaba, indudablemente, a una fase de progreso capitalista. En cinco años (1908-1912), la exportación de productos agrícolas subió de 1.000 millones a 1.500 millones de rublos. Esto quería decir que las grandes masas de campesinos se proletarizaban y que los labradores acomodados lanzaban al mercado cantidades de trigo cada vez mayores.

Para suplir el régimen comunal obligatorio desplazado organizóse la cooperación voluntaria que, en el transcurso de pocos años, logró adentrarse bastante en las masas campesinas, y que no tardó en convertirse en un tema de idealismo liberal y democrático. Pero el hecho era que la cooperación no favorecía verdaderamente más que a los campesinos ricos, que era a los que, a fin de cuentas, querían servir. Los intelectuales populistas, al concentrar en la cooperación campesina sus principales esfuerzos, lo que hacían era encarrilar su amor al pueblo por los sólidos raíles de la burguesía. De este modo, se contribuyó muy eficazmente a preparar el bloque el partido «anticapitalista» de los socialrevolucionarios con el partido de los kadetes, capitalista por excelencia.

El liberalismo, guardando una actitud de oposición aparente frente a la política agraria de la reacción, no dejaba de contemplar, esperanzadamente, la destrucción capitalista del régimen comunal. «En los pueblos -escribía el príncipe liberal Trubetskoi- surge una pequeña burguesía potente, tan ajena por su formación y por su espíritu a los ideales de la nobleza como a las quimeras socialistas.»

Pero esta magnífica medalla tenía también su reverso. Del régimen comunal no sólo salió una «potente pequeña burguesía», sin que salieron también sus antípodas. El número de campesinos que habían tenido que vender sus parcela insuficientes llegaba, al comienzo de la guerra, a un millón, y este millón representaba, por lo menos, cinco millones de almas proletarizadas. También formaban un material explosivo bastante considerable los millones de labriegos pauperizados condenados a llevar la vida de hambre que les proporcionaban sus parcelas. Es decir, que se habían trasplantado al campo las mismas contradicciones que tan pronto torcieron en Rusia el desarrollo de la sociedad burguesa en su conjunto. La nueva burguesía agraria destinada a apuntalar las propiedades de los terratenientes más antiguos y poderosos demostró la misma enemiga irreconciliable contra las masas campesinas, que eran la médula del régimen agrario que los viejos terratenientes sentían contra la masa del pueblo. Lejos de brindar un punto de apoyo al orden, la propia burguesía campesina se hallaba necesitada de un orden firme para poder mantener las posiciones conquistadas. En estas condiciones, no tenía nada de sorprendente que la cuestión agraria siguiese siendo el caballo de batalla de todas las Dumas. Todo el mundo tenía la sensación de que la pelota estaba todavía en el tejado. El diputado campesino Petrichenko declaraba en cierta ocasión desde la tribuna de la duma: «Por mucho que discutáis, no seréis capaces de crear otro planeta. Por tanto, no tendréis más remedio que darnos éste.» Y no se crea que este campesino era un bolchevique o un socialrevolucionario; nada de eso, era un diputado monárquico y derechista.

El movimiento agrario remite, igual que el movimiento obrero de huelgas, a fines de 1907, para resurgir parcialmente a partir de 1908 e intensificarse en el transcurso de los años siguientes. Cierto es que ahora la lucha se entabla primordialmente alentada con su cuenta y razón por los reaccionarios en el seno de los propios organismos comunales. Al hacerse el reparto de las tierras comunales fueron frecuentes los choques armados entre los campesinos. Mas no por ello amaina la campaña contra los terratenientes. Los campesinos pegan fuego a las residencias señoriales, a las cosechas, a los pajares, apoderándose de paso de las parcelas desglosadas contra la voluntad de los labriegos del concejo.

En este estado se encontraban las cosas cuando la guerra sorprendió a los campesinos. El gobierno reclutó en las aldeas cerca de 10 millones de hombres y unos dos millones de caballos. Con esto, las haciendas débiles se debilitaron más todavía. Aumentó el número de los labriegos que no sembraban. A los dos años de guerra empezó la crisis del labriego modesto. La hostilidad de los campesinos contra la guerra iba en aumento de mes en mes. En octubre de 1916, las autoridades de la gendarmería de Petrogrado comunicaban que la población del campo no creía ya en el triunfo: según los informes de los agentes de seguros, maestros, comerciantes, etc., «todo el mundo espera con gran impaciencia que esta maldita guerra se acabe de una vez»... Es más: «por todas partes se oye discutir de cuestiones políticas, se votan acuerdos dirigidos contra los terratenientes y los comerciantes, se crean células de diferentes organizaciones... No existe todavía un organismo central unificador; pero hay que suponer que los campesinos acabarán por unirse por medio de las cooperativas, que se extienden por minutos a lo largo de toda Rusia». En estos informes hay cierta exageración; en ciertos respectos, los buenos gendarmes se adelantan a los acontecimientos, pero es evidente que los puntos fundamentales están bien reflejados.

Las clases poseedoras no podían hacerse ilusiones creyendo que los pueblos del campo dejarían de ajustarles las cuentas; pero esperaban salir del paso como fuera, y ahuyentaban las ideas sombrías. Por los días de la guerra, el embajador francés Paleologue, que quería saberlo todo, conversó sobre el particular con el ex ministro de Agricultura Krivoschein; con el presidente de la Duma, Rodzianko, con el gran industrial Putilov y con otros personajes notables. Y he aquí lo que descubrió: para llevar a la práctica una reforma agraria radical se necesitaría un ejército permanente de 300.000 agrimensores que trabajasen incansablemente durante quince años por lo menos: pero como en este plazo de tiempo el número de haciendas crecería a 30 millones, todos los cálculos previos que pudieran hacerse resultarían fallidos. Es decir, que, a juicio de los terratenientes, los altos funcionarios y los banqueros, la reforma agraria venía a ser algo así como la cuadratura del círculo. Excusado es decir que estos escrúpulos matemáticos no rezaban con el campesino, para el cual lo primero y principal era acabar con los señores, y después ya se vería lo que había que hacer.

Si, a pesar de esto, los pueblos se mantuvieron relativamente pacíficos durante la guerra, ello fue debido a que sus fuerzas activas se encontraban en el frente. En las trincheras, los soldados no se olvidaban de la tierra en los momentos que les dejaba libres el pensamiento de la muerte, y sus ideas acerca del porvenir se impregnaban del olor de la pólvora. Pero, así y todo y por muy adiestrados que estuviesen en el manejo de las armas, los campesinos no hubieran hecho nunca por su exclusivo esfuerzo la revolución agrario-democrática, es decir, su propia revolución. Necesitaban una dirección. Por primera vez en la historia del mundo, el campesino iba a encontrar su director y guía en el obrero. En esto es en lo que la revolución rusa se distingue fundamentalmente de cuantas la precedieron.

En Inglaterra, la servidumbre de la gleba desaparición de hecho a fines del siglo XIV; es decir, dos siglos antes de que apareciera y cuatro y medio antes de que fuera abolida en Rusia. La expropiación de las tierras de los campesinos llega, en Inglaterra, a través de la Reforma y de dos revoluciones, hasta el siglo XIX. El desarrollo capitalista, que no se veía forzado desde fuera, dispuso, por tanto, de tiempo suficiente para acabar con la clase campesina independiente mucho antes de que el proletariado naciera a la vida política.

En Francia, la lucha contra el absolutismo de la Corona y la aristocracia y los principios de la Iglesia obligó a la burguesía, representada por sus diferentes capas, a hacer, a finales del siglo XVIII, una revolución agraria radical. La clase campesina independiente salida de esta revolución fue durante mucho tiempo el sostén del orden burgués, y en 1871 ayudó a la burguesía a aplastar a la Comuna de París.

En Alemania, la burguesía reveló su incapacidad para resolver de un modo revolucionario la cuestión agraria, y en 1848 traicionó a los campesinos para pasarse a los terratenientes, del mismo modo que, más de tres siglos antes, Lutero, al estallar la guerra campesina, los había vendido a los príncipes. Por su parte, el proletariado alemán, a mediados del siglo XIX, era demasiado débil para tomar en sus manos la dirección de las masas campesinas. Gracias a esto, el desarrollo capitalista dispuso en Alemania, si no de tanto tiempo como en Inglaterra, del plazo necesario para sostener a su régimen, a la agricultura tal y como había salido de la revolución burguesa parcial.

La reforma campesina realizada en Rusia, en 1861, fue obra de la monarquía burocrática y aristocrática, acuciada por las necesidades de la sociedad burguesa, pero ante la impotencia política más completa de la burguesía. La emancipación campesina tuvo un carácter tal, que la forzada transformación capitalista del país convirtió inexorablemente el problema agrario en problema que sólo podía resolver la revolución. Los burgueses rusos soñaban con un desarrollo agrario de tipo francés, danés o norteamericano, del tipo que se quisiera, con tal de que, naturalmente, no fuera ruso. Sin embargo, no se les ocurría asimilarse la historia francesa o la estructura social norteamericana. En la hora decisiva, los intelectuales demócratas, olvidando su pasado revolucionario, se pusieron al lado de la burguesía liberal y de los terratenientes, volviendo la espalda a la aldea revolucionaria. En estas condiciones, no podía ponerse al frente de la revolución campesina más que la clase obrera.

La ley del desarrollo combinado, propia de los países atrasados -aludiendo, naturalmente, a una peculiar combinación de los elementos retrógrados con los factores más modernos- se nos presenta aquí en su forma más caracterizada, dándonos la clave para resolver el enigma más importante de la revolución rusa. Si la cuestión agraria, herencia de barbarie de la vieja historia rusa, hubiera sido o hubiera podido ser resuelta por la burguesía, el proletariado ruso no habría podido subir al poder, en modo alguno, en el año 1917. Para que naciera el Estado soviético, fue necesario que coincidiesen, se coordinasen y compenetrasen recíprocamente dos factores de naturaleza histórica completamente distinta: la guerra campesina, movimiento característico de los albores del desarrollo burgués, y el alzamiento proletario, el movimiento que señala el ocaso de la sociedad burguesa. Fruto de esta unión fue el año 1917.

 

 


(1) Los datos referentes a los años 1903 y 1904 abarcan todas las huelgas en general, aunque entre ellas predominen, indudablemente, las de carácter económico.

(2) El centro más importante de la producción textil al que, por esta razón, se ha llamado «Manchester ruso». [NDT.]

(3) Agente de la policía rural. [NDT.]

(4) Campesino rico. [NDT.]


CAPITULO IV


Capitulo IV


 

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

 

Nada más lejos de nuestros propósitos que hacer finalidad primordial de este libro estas investigaciones sicológicas que ahora tanto privan y con las que no pocas veces se pretende suplir las grandes fuerzas motrices de la Historia que tienen un carácter superpersonal. Una de ellas es la monarquía. Pero no hay que olvidar que estas fuerzas actúan a través de individuos. Además, la monarquía hállase consustanciada por esencia con el principio personal. Esto justifica, ya de suyo, el interés que despierta la personalidad de un monarca a quien el curso de los acontecimientos lleva a enfrentarse con la revolución. Confiamos -además- que nuestro estudio pondrá de relieve, en parte al menos, dónde termina en la personalidad lo personal -por lo general, mucho antes de lo que a primera vista parece- y cómo muchas veces las «características singulares» de una persona no son más que el rasguño que dejan en ella las leyes objetivas.

A Nicolás II le dejaron los antepasado, no sólo un poderoso imperio, sino también la revolución. No le adornaron con una sola cualidad que le capacitase para gobernar no ya un imperio, sino ni siquiera una provincia ni un mal municipio. A aquella marejada histórica que empujaba sus olas poco a poco hasta las puertas de su palacio, oponía el último Romano una sorda impasibilidad: tal parecía como si su conciencia y la época en que vivía se alzara un velo transparente y, sin embargo, absolutamente impenetrable.

Las personas que tenían ocasión de tratar de cerca al monarca recordaron más de una vez, después de la revolución, que en los momentos más trágicos de su reinado, al sobrevenir la rendición de Puerto Arturo y la pérdida de la escuadra en Zusima, como diez años después, durante la retirada de las tropas rusas en Galicia, y dos años más tarde, en los días que precedieron a la abdicación, cuando todos los que rodeaban al zar estaban abatidos, abrumados y estremecidos, sólo él daba muestras de sangre fría. Se informaba, como de costumbre, del número de verstas recorridas en sus viajes a lo largo de Rusia; recordaba episodios de sus cacerías y anécdotas sacadas de las entrevistas oficiales y, mientras retumbaba el trueno y ya centelleaba el rayo sobre su cabeza, aquel hombre seguía interesándose por las barreduras de su vida cotidiana. «¿Qué es esto? -se preguntaba uno de los generales de su intimidad- ¿Una entereza inmensa, casi inverosímil, conseguida a fuerza de disciplina? ¿Fe en la determinación divina de los acontecimientos? ¿O, simplemente, falta de discernimiento?» Ya el solo hecho de preguntarlo, lleva implícita, a medias, la respuesta. Aquella proverbial «buena educación» del zar, la fuerza con que sabía mostrarse dueño de sí mismo aun bajo las circunstancias más difíciles, no puede explicarse, en modo alguno, por obra exclusivamente de un amaestramiento en el modo de conducirse, sino que tenía que radicar en su carácter indiferente, en la indigencia de sus fuerzas anímicas, en la pobreza de sus impulsos volitivos. Esa máscara de indiferencia que en ciertos medios llaman «educación» se fundía en Nicolás II con su rostro natural.

El diario del zar vale por todos los testimonios; día tras día, año tras año, van registrándose en estas páginas notas más anonadadoras de su vacuidad espiritual. «He paseado un largo trecho y matado dos cuervos. He tomado té al oscurecer.» Paseo a pie, paseo en lancha. Más cuervos y más té. Todo lindando con la pura fisiología. Y cuando habla de ceremonias religiosas, lo hace en el mismo tono que cuando registra un festín.

Por los días que preceden a la apertura de la Duma nacional, cuando todo el país se siente estremecido por convulsiones, Nicolás II escribe: «14 de abril. Me he paseado con camisa-blusa ligera y he reanudado los paseos en lancha. He tomado el té en la terraza. Siana ha comido y paseado con nosotros. He leído.» Ni una palabra acerca de lo que leyó: lo mismo podía ser una novela inglesa que un informe del Departamento de policía. «15 de abril. Le he aceptado la dimisión a Witte. Han comido con nosotros Mary y Dimitri. Los hemos (1) acompañado al palacio.»

El día en que se decretó la disolución de la Duma cuando lo mismo los altos dignatarios oficiales que los liberales estaban pasando por un paroxismo de pánico, el zar escribía en su diario: «7 de julio, viernes. He estado muy ocupado toda la mañana. Llegamos con media hora de retraso al almuerzo con los oficiales... Había tormenta y el aire era sofocante. Paseamos juntos. He recibido a Goremikin y, ¡y firmado el ukase disolviendo la Duma! Hemos comido con Olga y Petia. Por la tarde, lectura.» Toda su emoción ante la disolución inminente de la Duma queda expresada, y gracias, con un signo de admiración.

Los diputados de la Duma disuelta hicieron un llamamiento al pueblo para que no pagase los impuestos y se negara a hacer el servicio militar. Estallaron una serie de sublevaciones militares: en Sveaborg, en Kronstadt, en varios buques de guerra, en diferentes regimientos; reanudóse en proporciones jamás conocidas el terrorismo revolucionario contra las altas autoridades. El zar escribe en su diario: «9 de julio, domingo. ¡Ya está hecho! Hoy ha quedado disuelta la Duma. Durante el almuerzo, después de la misa, veíanse muchas caras largas... El tiempo era magnífico. durante el paseo nos encontramos al viejo Micha, que llegó ayer de Gachina. Antes de comer, y durante toda la tarde, me dediqué a leer tranquilamente. Un paseo en canoa...» Nos dice que se paseó y precisamente en canoa; en cambio, no siente la necesidad de concretar lo que leyó. Y así, una vez y otra, y otra.

Seguimos copiando de las hojas de aquellos días preñados de incertidumbre: «14 de julio. Después de vestirme, me fui en bicicleta al balneario y me bañé con deleite en el mar.» «15 de julio. Me he bañado dos veces. Hacía mucho calor. He comido sólo con mi mujer. La tormenta ha pasado.» «19 de julio. Me he bañado por la mañana. He recibido visitas en la granja. El tío Vladimir y Chagin almorzó con nosotros.» Las sublevaciones, los atentados terroristas sólo le sugieren una ligerísima consideración: «¡bonitas cosas!», que asombra por su baja impasibilidad, y rayana en el cinismo si fuese inconsciente.

«A las nueve y media de la mañana nos trasladamos al regimiento del Caspio... He paseado durante largo rato. El tiempo era espléndido. Me he bañado en el mar. Después del té, recibí a Lvov y Gruchkov.» Y no dice ni una palabra de que aquella entrevista tan desusada de los dos liberales se relacionaba con los planes de Stolipin para atraer a su gabinete a los políticos de la oposición. El príncipe Lvov, futuro presidente del gobierno provisional, dijo refiriéndose a esta visita: «Cuando esperaba ver al monarca abatido por el infortunio, ¡cuál no sería mi sorpresa al encontrarme con que salía a mi encuentro un hombrecillo alegre y desahogado con una blusa de color frambuesa!»

El horizonte mental del zar no llegaba más allá que el de un modesto funcionario de policía, con la diferencia de que éste, pese a todo, conocía mejor la realidad y no vivía atosigado por la superstición. El único periódico que durante muchos años leyó Nicolás II y del que nutría sus ideas era un semanario editado con fondos oficiales por el príncipe Mecherski, hombre ruin y venal a quien despreciaban hasta en la misma pandilla de burócratas reaccionarios a que pertenecía. Por delante del zar cruzaron dos guerras y dos revoluciones, sin que estos acontecimientos dejasen la menor huella en su horizonte mental: entre su conciencia y los acontecimientos se alzaba constantemente el velo impenetrable de la indiferencia.

De Nicolás II se decía, no sin razón, que era un fatalista. Conviene, sin embargo, advertir que este fatalismo era todo lo contrario a la fe activa en su «estrella»; Nicolás II se tenía por un hombre de mala suerte. Su fatalismo no era más que una manera de defenderse pasivamente del proceso histórico y se daba la mano con un despotismo mezquino en sus motivos sicológicos, pero monstruos en sus consecuencias.

«Lo quiero yo, y así tiene que ser.» «Esta divisa -escribe el conde Witte- se manifestaba en todos los actos de aquel gobernante débil de voluntad, a quien su debilidad llevó a todo lo que caracteriza su reinado: un derramamiento constante y, en la mayor parte de los casos, absolutamente innecesario de sangre, más o menos inocente...»

Alguna vez se ha comparado a Nicolás II con el zar Pablo, aquel antepasado suyo medio loco, estrangulado por la camarilla, de acuerdo con su propio hijo, Alejandro «el bendito». Y no deja de haber, en efecto, entre estos dos Romanov cierta afinidad: la de su desconfianza hacia todo el mundo, nacida de la falta de confianza en sí propios; la suspicacia de la nulidad omnipotente; el sentimiento del que se cree despreciado por todos, casi podría uno decir que su conciencia de parias coronados. Pero el zar Pablo era incomparablemente más pintoresco. En su locura había un elemento de imaginación, aunque fuera irresponsable. En su descendiente todo es gris, sin un solo destello.

Nicolás II no sólo inconstante, sino que también era perjuro. Sus aduladores le llamaban charmeur, un hombre encantador, por la dulzura con que trataba a los palaciegos. Pero es el caso que el zar se mostraba especialmente amable con aquellos dignatarios a quienes había decidido despachar: cuando el ministro, encantado y fuera de sí por la amabilidad con que el zar le había recibido volvía a casa, se encontraba muchas veces con una carta notificándole la destitución. Era una especie de jugada con que el monarca quería vengarse, sin duda, de su insignificancia.

Nicolás II no podía ver a ningún hombre de talento. No se sentía a gusto más que entre las nulidades y los deficientes mentales, junto a los santurrones y personas endebles a quienes él pudiese mirar de arriba abajo. Tenía su orgullo, pero no era un orgullo activo y refinado, sino indolente, sin un átomo de iniciativa propia, y cuyo móvil era un sentimiento de envidia puesto siempre en guardia. Elegía a sus ministros ateniéndose al principio de dejarse resbalar cada vez más bajo. A los hombres de talento y de carácter sólo acudía en los caso extremos, cuando no tenía más remedio, como se hace con el cirujano, que sólo se le llama cuando se trata de salvar la vida. Así sucedía primero con Witte y luego con Stolipin. El zar los trataba a ambos con hostilidad mal disimulada. Y, apenas vencía el foco agudo de la situación, se apresuraba a desembarazarse de unos consejeros que estaban demasiado por encima de él. Y tan sistemática y radical era esta selección al revés, que el presidente de la última Duma, Rodzianko, se atrevió a decir al zar, el y de enero de 1917, cuando la revolución llamaba ya a las puertas: «Señor, a vuestro alrededor no ha quedado un solo hombre honrado ni digno de confianza: los mejores han sido alejados o se han ido, quedándose tan sólo los que gozan de dudosa reputación.»

Todos los esfuerzos de la burguesía liberal para entenderse con Palacio eran fallidos. El incansable y camorrista Rodzianko intentaba sacudir la modorra del zar con sus informes. Pero ¡todo inútil! El zar pasaba por alto los argumentos, incluso las insolencias, preparando en silencio la disolución de la Duma. El gran duque Dimitri, antiguo favorito del zar y futuro copartícipe en el asesinato de Rasputin, se lamentaba, con su cómplice el príncipe Yusupov, de que el zar demostraba cada día más indiferencia ante cuanto le rodeaba. Dimitri se inclinaba a creer que le habían dado al monarca algún brebaje para adormecerle. Por su parte, el historiador liberal Miliukov escribe: «Corrían rumores de que este estado de apatía mental y moral del zar provenía del abuso del alcohol.» Invenciones todo o exageraciones. El zar no tenía necesidad de recurrir a narcóticos, pues llevaba en la sangre el «bebedizo» fatal. Lo que ocurre es que sus efectos tenían que suscitar por fuerza asombro en instante como aquellos en que la crisis interna del país iba fraguando la revolución. Rasputin, que era un buen sicólogo, solía decir lacónicamente cuando hablaba del zar: «Le falta un tornillo.»

Aquel hombre apagado, impasible, «bien educado», era un hombre cruel. Pero n con esa crueldad activa, proyectada sobre fines históricos, de un Iván el Terrible o de un Pedro el Grande -hombres con los que no tenía la menor afinidad Nicolás II-, sino con la crueldad cobarde del último vástago aterrorizado ante la tragedia fatídica de su propio destino. Ya en los albores de su reinado, Nicolás II tributó un elogio a los «bravos soldados» por haber ametrallado a los obreros. Solía leer «con placer» los informes en que la Dirección de policía daba cuenta de haberse azotado a latigazos a las estudiantes de «pelo corto» (2), o relataba los progromos judíos en que se machacaba el cráneo a hombres indefensos. Aquel monstruoso coronado sentíase atraído con toda el alma por la hez de la sociedad, por aquellos matones de las «centurias negras», y no sólo les pagaba espléndidamente sus servicios de las arcas del Estado, sino que gustaba de conversar afectuosamente con ellos, oyéndole relatar sus hazañas y perdonándoles piadosamente cuando remataban a algún diputado de la oposición. Witte, que subió al poder en pleno período represivo de la primera revolución, escribe en sus Memorias: «Cuando las noticias de las hazañas insensatamente crueles perpetradas por los cabecillas de esas bandas llegaban a oídos del zar, merecían indefectiblemente su aprobación y encontraban en él defensa.» Despachando una reclamación del general-gobernador de los países bálticos pidiendo que se llamase la atención de cierto capitán Richter, que «ha ejecutado por iniciativa propia, sin previa formación de causa, a personas que no habían opuesto resistencia alguna», el zar estampó al margen del informe: «¡bravo muchacho!» Estímulos de éstos nos los encontramos a montones. Aquel hombre «encantador», abúlico, sin aspiraciones, sin imaginación, era más terrible que todos los tiranos de la historia antigua y moderna.

El zar hallábase enormemente influido por la zarina, influencia que fue creciendo con los años y las dificultades del gobierno. Los dos juntos formaban una especie de todo orgánica. Esta unión es una de tantas pruebas que patentizan hasta qué punto, bajo la presión de las circunstancias, lo personal encuentra complemento en lo colectivo. Pero digamos algo acerca de la zarina.

Maurice Paleologue, embajador francés en Petrogrado durante la guerra, un sicólogo muy agudo, sin duda, para los académicos franceses y las porteras de su país, hace un retrato pulcro y lamido de la última zarina: «La desazón moral, la tristeza crónica, una melancolía ilimitada, un tránsito constante de la exaltación al abatimiento, sus ideas atormentadoras acerca del mundo invisible y ultraterrenal, en superstición, ¿acaso todos estos rasgos, que de un modo tan acusado se manifiestan en la personalidad de la zarina, no son también los rasgos genuinos del pueblo ruso?» Por muy extraño que parezca, en el fondo de esta dulzona adulación se encierra un granito de verdad. No en vano el satírico ruso Saltikov llamaba a los ministros y gobernadores de la serie de los barones bálticos «alemanes con alma rusa»; no cabe duda que precisamente estos extranjeros, que no tenían la menor afinidad con el pueblo ruso, fueron los que engendraron el tipo más depurado de administrador ruso de «pura raza».

Pero, ¿por qué el pueblo sentía un odio tan franco contra esta zarina, que, según Paleologue, encarnaba de un modo tan completo su propia alma? La contestación es harto sencilla: para justificar la nueva situación en que se encontraba colocada, aquella alemana se asimilaba con fría pasión todas las tradiciones e inspiraciones de la Edad Media rusa, la más inteligente y la más ruda del mundo, en una época en que el pueblo se debatía desesperadamente por emanciparse de la propia barbarie medieval. Aquella princesa de Hesse estaba literalmente poseída por el demonio de la autocracia: exaltada desde su rincón provinciano a las alturas del despotismo bizantino, no quería descender por nada del mundo de su trono de autócrata. La Iglesia ortodoxa le brindó la mística y la magia de que necesitaba su nueva estrella. Y cuanto más al desnudo aparecía la indignidad del viejo régimen, más firmemente creía la zarina en su misión. Dotada de un carácter fuerte y de capacidad para la exaltación seca y dura, la zarina completaba al abúlico zar, dominándolo.

El 17 de marzo de 1916, un año antes de que estallara la revolución, cuando el país mártir se revolcaba ya atenazado por la derrota y la ruina, la zarina escribía a su marido, al Cuartel general: «... No debes dar pruebas de blandura, nombrar un gobierno responsable, etc.., hacer todo lo que ellos quieren. Son tu guerra y tu paz, tu honor y el de nuestra patria y no los de la Duma, los que se ventilan. Ellos no tienen derecho a pronunciar ni una palabra respecto a estas cuestiones.» Por lo menos, era un programa rotundo y escueto, y por serlo, acababa siempre por imponerse a las vacilaciones constantes del zar.

Cuando Nicolás II salió a ponerse al frente del ejército como generalísimo ficticio, la zarina tomó en sus manos, de hecho, las riendas del gobierno interior del país: los ministros despachaban con ella, ni más ni menos que si se tratara de una reina gobernadora. La zarina, con su camarilla, conspiraba contra la Duma, contra los ministros, contra los generales del estado mayor, contra todo el mundo, hasta contra el propio zar. El 6 de diciembre de 1916, escribíale al monarca: «... Puesto que ya has dicho que querías retener a Protopopov, no dejes que se atreva (se refiere a Trépov, el primer ministro) a pronunciarse contra ti, de un puñetazo sobre la mesa, no hagas concesiones, demuestra que eres el amo, cree a tu dura mujercita y cita a nuestro amigo, ten fe en nosotros.» Tres días después vuelve a insistir: «Sabes que la razón está de tu parte, mantén la cabeza alta, ordena a Trépov que trabaje de acuerdo con él..., da un puñetazo sobre la mesa.» Estas frases parecen cosa de invención; pero no, no inventamos nada, están tomadas al pie de la letra de cartas auténticas de la zarina. Además, aunque se quisiera, la invención no podría llegar a tanto.

El 13 de diciembre, la zarina escribe nuevamente al zar, volviendo sobre sus sugestiones: «Todo menos el gobierno responsable con el que sueña insensatamente todo el mundo. Esto está todo más tranquilo y mejor; pero la gente quiere que sientes el puño. ¡Qué sé yo cuánto tiempo hace que oigo por todas partes lo mismo!; a Rusia le gusta sentir el escozor del látigo, lo pide su cuerpo.» Aquella princesa de Hesse convertida a la religión ortodoxa, educada en Windsor y coronada con la tiara bizantina, no sólo «encarna» el alma rusa, sino que la desprecia orgánicamente, su cuerpo pide el látigo, escribía la zarina rusa al zar ruso del pueblo de Rusia, dos meses y medio antes de que la monarquía se sepultara para siempre en el abismo.

La zarina, superior a su marido en carácter, no lo era en inteligencia, sino acaso inferior y más inclinada todavía que él a buscar la sociedad de los simples de espíritu. La íntima y jamás desmentida amistad que les unía a ambos con la Wirubova, una dama de palacio, nos da la medida del calibre espiritual de la pareja autocrática. La propia Wirubova se calificaba a sí misma de tonta, sin que en ello hubiese, por cierto, asomo de modestia. Witte, a quien no se le puede negar el ojo certero, decía de ella que era como «una señorita petersburguesa vulgar y necia, y además fea, con una cara que parecía una burbuja de manteca al derretirse». El zar y la zarina se pasaban horas enteras charlando, consultando los negocios públicos y manteniendo correspondencia con esta mujer, a la que cortejaban servilmente, deshaciéndose en reverencias, los viejos dignatarios, los embajadores y los financieros, y que, aunque tonta, tenía el talento suficiente para no olvidarse de llenar el bolsillo y tener más influencia en la vida política que la Duma imperial y todos los ministros juntos.

Pero la Wirubova no era más que el «medium» del «Amigo», aquel «Amigo» cuya autoridad campeaba sobre los tres. «... Ésta es mi opinión personal -escribe la zarina al zar-, ya veremos lo que piensa nuestro «Amigo».» La opinión del «Amigo» no era ya personal, sino decisiva. «Me ratifico en lo dicho -repite la zarina unas cuantas semanas después-. Óyeme a mí, es decir, a nuestro «Amigo» y confía en nosotros para todo... Sufro por ti como si fueras un niño pequeñito y débil, que necesita que le guíen, pero que presta oído a malos consejeros, mientras el hombre enviado por Dios le dice lo que hay que hacer.»

«...Con las oraciones y la ayuda de nuestro «Amigo», todo se arreglará.»

«Si no le tuviéramos a él, ya haría tiempo que todo habría terminado, estoy completamente persuadida de ello.»

El, el Amigo, el enviado por Dios, era Grigori Rasputin.

Durante todo el reinado de Nicolás II y de Alejandra no cesaron de desfilar por Palacio adivinos y epilépticos traídos de todos los ámbitos de Rusia y hasta de otros países. Había proveedores de la real casa encargados especialmente de suministrar esa mercancía, y que se congregaban en torno al oráculo de turno, rodeando al monarca de una especie de Cámara alta todopoderosa. Había de todo: viejas beatas con título de marquesas, dignatarios que ambicionaban algún empleo y financieros que tomaban en arriendo a gabinetes enteros. Los jerarcas de la Iglesia ortodoxa, celosos de esta competencia intrusa ejercida por hipnotizadores y adivinos sin patente oficial, se apresuraban a abrirse caminos propios en aquel santuario central de la intriga. Witte llamaba a esta pandilla gobernante, contra la que se estrelló por dos veces, «la camarilla palaciega de los leprosos».

Cuanto más se aislaba la dinastía y más abandonado se sentía el monarca, mayor era la necesidad que sentía del auxilio del cielo. Hay tribus salvajes que para llamar al buen tiempo hacen girar en el aire una tablilla atada al extremo de un hilo. El zar y la zarina usaban estas tablillas para los fines más diversos. El vagón del zar estaba literalmente cubierto de imágenes y cuadritos de santos y de toda clase de objetos de culto, con los que quiso hacerse frente, primero, a la artillería japonesa y, luego, a la alemana.

El nivel de los medios palatinos no había variado gran cosa, en realidad, de una en otra generación. Bajo Alejandro II, llamado «el Emancipador», los grandes duques creían sinceramente en los duendes y en las brujas. Bajo Alejandro III seguía todo igual, aunque más en calma. La «camarilla de leprosos» existió siempre. Lo único que variaba era su composición y sus procedimientos. Nicolás I no creó aquella atmósfera de medievalismo salvaje, sino que la heredó de sus antepasados. Lo que ocurre es que durante aquellos años el país se fue modificando, los problemas se complicaron, se elevó el nivel de cultura y la camarilla palaciega quedó rezagada. Si la monarquía, bajo la presión del exterior, se veía obligada a hacer concesiones a las nuevas fuerzas, interiormente no había conseguido, ni mucho menos, modernizarse; al contrario, se encerraba en sí misma, y el espíritu medieval se fue coagulando bajo la acción de la hostilidad y del miedo, hasta convertirse en una pesadilla repugnante que se cernía sobre el país.

El 1 de noviembre de 1905, en el momento más crítico de la primera revolución, el zar escribe en su diario: «He conocido a un santo llamado Grigori, de la provincia de Tobolsk.» Era Rasputin, campesino siberiano, con un rasguño rebelde a cerrarse en la cabeza, recuerdo de los golpes recibidos en sus tiempos de cuatrero. Presentado en Palacio en el momento propicio, el «santo» no tardó en encontrar auxiliares de alto copete, o, por mejor decir, fueron ellos los que le encontraron a él, y así se fue formando una nueva pandilla gobernante, que se adueño enérgicamente de la voluntad de la zarina y, por medio de ella, de la del zar.

En las altas esferas de la sociedad peterburguesa hablábase ya sin recato, desde el invierno de 1913-1914, de que todos los altos nombramientos, los contratos de suministros y concesiones pasaban por la camarilla de Rasputin. El staretz iba convirtiéndose poco a poco en una institución pública. La policía le guardaba las espaldas celosamente, y los ministerios rivales tenían las miradas fijas en él. Los agentes del Departamento de policía llevaban un diario de su vida, en que no faltaba un solo detalle; por ejemplo, que al visitar Pokrovski, su pueblo natal, Rasputin, en estado de embriaguez, se había liado a golpes con su padre en medio de la calle, dejándolo ensangrentado. Aquel mismo día, 9 de septiembre de 1915, Rasputin enviaba dos afectuosos telegramas, uno a Tsarskoie-Selo a la zarina; otro al Cuartel general, para el zar.

Los agentes registraban día tras día, en un lenguaje épico, las andanzas del «Amigo». «Hoy ha vuelto a casa a las cinco de la mañana, completamente ebrio.» «La noche del 25 al 26 la pasó en casa de Rasputin la artista V.» Ha llegado con la princesa D (esposa de un gentilhombre de cámara del palacio del zar) al hotel Astoria...» Y a poco: «Ha vuelto a casa, procedente de Tsarskoie-Selo, cerca de las once de la noche.» «Rasputin ha llegado a casa con la princesa Ch, muy embriagado, y en seguida volvieron a salir juntos.» Y al día siguiente, por la mañana o por la tarde, el viaje a Tsarskoie-Selo. A la pregunta afectuosa del policía de por qué el staretz está hoy tan pensativo, contesta: «No sé qué hacer: si convocar la Duma o no convocarla.» Otro asiento: «Llegó a casa a las cinco de la mañana bastante embriagado.» Siempre la misma melodía, durante meses y años, una melodía en que no había más que tres notas: «Bastante embriagado», «Muy embriagado» y «Completamente embriagado». El general de la gendarmería, Klobachev, reunía y refrendaba con su firma estas noticias, tan trascendentes para la vida del Estado.

La influencia de Rasputin se mantuvo en su apogeo durante seis años, los últimos de la monarquía. «Su vida en Petersburgo -cuenta el príncipe Yusupov, copartícipe hasta cierto punto de ella y, más tarde, asesino de Rasputin- se había convertido en una fiesta continua, en la borrachera inacabable de un presidiario a quien de pronto, inesperadamente, se le viene la dicha a las manos.» «Tenía en mi poder -escribe el presidente de la Duma, Rodzianko- una gran cantidad de cartas escritas por madres cuyas hijas habían sido deshonradas por aquel desvergonzado libertino.» El metropolita de Petrogrado, Pitirim, y el arzobispo Varnava, casi analfabeto, debían sus puestos a Rasputin. El procurador del Santo Sínodo, Sabler, permaneció en el cargo durante largo tiempo por voluntad del staretz, y él fue también el que impulsó la destitución del primer ministro Kokovtsvev, que no había querido recibirle. Rasputin nombró a Sturmer presidente del Consejo de ministros; a Protopopov, ministro de la Gobernación; a Raiev, nuevo procurador del Sínodo, y así a muchos más. El embajador de la República francesa, Paleologue, solicitó una entrevista con Rasputin. Cuando estuvo delante de él le besó, exclamando: Voilà un véritable illuminé!, todo por ganar el corazón de la zarina para la causa de Francia. El judío Simanovich, agente financiero del staretz, fichado por la policía como jugador y usurero, hizo nombrar ministro de Justicia, por mediación de Rasputin, a un sujeto llamado Dobrolovski, que era, sencillamente, un ladrón. «No dejes de ver la pequeña lista que te acompaño -escribe la zarina al zar, hablándole de los nuevos nombramientos-. Nuestro «Amigo» me pide que hables de todo esto con Protopopov.» Dos días después: «Nuestro «Amigo» dice que Sturmer puede seguir siendo presidente del Consejo de Ministros durante algún tiempo.» Y a poco: «Protopopov siente una verdadera veneración por nuestro «Amigo», y el cielo le bendecirá.»

En uno de aquellos días en que los agentes de la policía registraban cuidadosamente el número de botellas y de mujeres, la zarina escribía, toda afligida, al zar: «Acusan a Rasputin de besar a las mujeres y de otras cosas por el estilo. Lee los Apóstoles y verás cómo besaban a todo el mundo como saludo.» Seguramente que el argumento de los Apóstoles no hubiera convencido a los agentes encargados de vigilar al staretz. En otra carta, la zarina va todavía más allá: «Durante la lectura del Evangelio -escribe- he pensado mucho en nuestro «Amigo» al ver cómo los escribas y fariseos perseguían a Cristo, fingiendo ser unos hombres perfectos... ¡Qué verdad es aquello de que nadie es profeta en su tierra!»

El comparar a Rasputin con Jesucristo era cosa corriente en aquellas altas esferas, y no tenía nada de particular. El miedo a las poderosas fuerzas de la historia, que amenazaban desencadenarse, era demasiado grande para que los zares pudieran contentarse con un Dios impersonal y con la sombra incorpórea del Cristo de los Evangelios. Necesitaban un nuevo advenimiento del «hijo del hombre». La monarquía, empujada al abismo, agonizante, encontró un Cristo a su imagen y semejanza.

«Si Rasputin no hubiera existido -dijo un hombre del antiguo régimen, el senador Tgantsev- no habría habido más remedio que inventarlo.» En estas palabras hay mucha más substancia de lo que e imaginaba su autor. Si por «golfería» entendemos lo que hay de más antisocial y parasitario en los senos de la sociedad, podremos decir, sin temor a equivocarnos, que la «rasputinada» fue la golfería coronada, en el apogeo de su esplendor.

 

 


(1) Alude siempre, en el plural, a él y a la zarina. [NDT]
(2) Las militantes revolucionarias. [NDT.]


CAPITULO V


Capitulo V


 

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

 

¿Por qué las clases dirigentes, que buscaban el modo de evitar la revolución, no hicieron nada por librarse del zar y de los que le rodeaban? No dejarían de pensar en ello, pero no se atrevían. Les faltaba la fe en su causa, y la decisión. La idea de la revolución palaciega flotaba en la atmósfera hasta que la devoró la verdadera revolución. Detengámonos un momento aquí, pues ello nos dará una idea más clara de las relaciones reinantes en vísperas de la explosión entre la monarquía, las altas esferas de la nobleza y la burocracia y la burguesía.

Las clases ricas eran de arraigadas convicciones monárquicas. Así se lo dictaban sus intereses, sus tradiciones y su cobardía. Pero una monarquía sin Rasputines. La monarquía le contestaba: «Tenéis que tomarme tal y como soy.» La zarina salía al paso de las instancias en que les suplicaban que constituyesen un ministerio presentable enviando al zar al Cuartel General una manzana que le había dado Rasputin y pidiéndole que la comiese para reforzar su voluntad. «Acuérdate -le conjuraba- de que hasta monsieur Philippe (un charlatán e hipnotizador francés) decía que no podías dar una Constitución, pues sería tu ruina y la de Rusia...» «¡Sé Pedro el Grande, Iván el Terrible, el emperador Pablo; aplasta cuanto caiga a tus pies!»

¡Qué mezcla repugnante de miedo, de superstición y de rencorosa incomprensión del país! Creeríase que, en las alturas por lo menos, la familia zarista no estaba ya tan sola viendo a Rasputin rodeado siempre de una constelación de damas aristocráticas y al «chamanismo» adueñado de los favores de la nobleza. Pero no. Este misticismo del miedo, lejos de unir, separa. Cada cual quiere salvarse a su manera. Muchas casas aristocráticas tienen sus santos propios, entre los que se establece una rivalidad. Hasta en las altas esferas petersburguesas se ve a la familia del zar como apestada, ceñida por un cordón sanitario de desconfianza y hostilidad. La dama de la corte Wirubova dice en sus Memorias: «Tenía el profundo y doloroso presentimiento de una gran hostilidad en cuantos rodeaban a aquellos a quienes ya adoraba, y sentía que esta hostilidad iba tomando proporciones aterradoras...»

Sobre aquel sangriento fondo de la guerra, bajo el ruido sordo y perceptible de las sacudidas subterráneas, los privilegiados no renunciaban ni una sola hora a los goces de la vida; muy al contrario se entregaban a ellos con frenesí. Pero en sus orgías aparecía con mayor frecuencia un esqueleto y los amenazaba con las falanges de sus dedos descarnados. Entonces se les antojaba que todas las desgracias provenían del detestable carácter de Alicia, la zarina; de la felonía abúlica del zar, de aquella imbécil y ávida Wiburova y del Cristo siberiano con la frente señalada. Ofrendas de horribles presentimientos anegaban a las clases gobernantes y sacudidas como de calambres se transmitían desde la periferia al centro: la odiada camarilla de Tsarskoie-Selo iba quedando cada vez más aislada. La Wirubova ha dado expresión con bastante elocuencia, en sus Memorias, llenas en general de mentiras, al estado de espíritu de las alturas por aquel entonces: «Centenares de veces me pregunté: ¿Qué le pasa a la sociedad petersburguesa? ¿Están todos enfermos del espíritu o se han contagiado de una de esas epidemias que hacen estragos en tiempos de guerra? Difícil es saberlo, pero lo cierto es que todo el mundo se hallaba en un estado anormal de excitación.»

Entre los que habían perdido la cabeza se contaba también la extensa familia de los Romanov, toda aquella traílla ávida, insolente y por todos odiada de los grandes duques y las grandes duquesas; poseídos todos de un terror mortal, se hacían la ilusión de huir del círculo que los atenazaba, coqueteaban con la aristocracia rebelde, murmuraban del zar y la zarina, se mordían unos a otros y a quienes les rodeaban. Los «augustos tíos» dirigían al zar cartas de exhortación en las que, pro debajo del respeto, se adivinaba el rechinar de dientes.

Ya después de la revolución de Octubre, Protopopov describía, sin gran fineza, pero de un modo bastante pintoresco, el estado de espíritu que reinaba en la esferas dirigentes. Hasta las clases más elevadas conspiraban ante la revolución. En los salones y en los clubes criticábase dura y desfavorablemente la política del gobierno, analizábanse y dictaminábanse las relaciones creadas en el seno de la familia real; contábanse anécdotas acerca del jefe del Estado; escribíanse versos satíricos; muchos grandes duques frecuentaban abiertamente estas reuniones, y su presencia daba a aquellas invenciones caricaturescas y a aquellas malévolas exageraciones, a los ojos de la gente, un marcado aire de verdad. Hasta el último momento, nadie tuvo conciencia de lo peligroso que era aquel juego.

Una de las cosas que más contribuían a dar pábulo a los rumores que corrían acerca de la camarilla palaciega era la acusación de germanofilia e incluso la inteligencia directa con el enemigo que contra ella se lanzaba. El aturdido y atropellado Rodzianko declara sin ambages: «La articulación y analogía de las aspiraciones era tan lógica y evidente que a mí, al menos, no me cabe la menor duda de que entre el Estado Mayor alemán y la camarilla de Rasputin había alguna relación.» La simple invocación de la «evidencia» y la «lógica» quita fuerza al tono categórico de su testimonio. Aun después de la revolución, no puede descubrirse la menor prueba de que existiese una inteligencia entre los rasputinianos y el Estado Mayor alemán. Lo de la llamada «germanofilia» es ya ora cosa. No se trataba, naturalmente, de las simpatías y antipatías nacionalistas de la zarina, de estirpe alemana, del primer ministro Sturmer, de la condesa de Kleinmichel, del mayordomo de palacio, conde Frederichs, ni de otros caballeros de apellido alemán. Las cínicas Memorias de la vieja intrigante Kleinmichel nos revelan con desnuda evidencia hasta qué punto estaba por encima de nacionalismos la alta aristocracia de todos los países de Europa, vinculada en todas partes por lazos de parentesco y de herencia, por el desprecio hacia los demás simples mortales y, last but not least, por sus libertinajes cosmopolitas entre los muros de los viejos castillos, de los balnearios de moda y las cortes europeas. Tenían bastante más de real las antipatías orgánicas de la pandilla palaciega contra aquellos plebeyos abogados de la República francesa y las simpatías de los reaccionarios -lo mismo los de apellido teutónico que los de nombre eslavo- contra el espíritu auténticamente prusiano del gobierno berlinés, que durante tanto tiempo les había tenido fascinados con sus bigotes tiesos, sus modales de sargento mayor y su estulticia llena de suficiencia.

Mas tampoco era esto lo decisivo. El peligro se desprendía de la lógica misma de la situación, pues la corte no tenía más salida que buscar su salvación en una paz por separado, tanto más apremiante cuanto más peligrosa se tornaba aquella situación. Como veremos más adelante, el liberalismo aspiraba en la persona de sus jefes a reservarse para sí la carta de la paz por separado, enfocándola en la perspectiva de su subida al poder. Esto impulsábales precisamente a desarrollar una furiosa agitación chovinista, engañando al pueblo y aterrorizando a la corte. La camarilla no se atrevía, en una cuestión tan espinosa, a quitarse prematuramente la careta, y veíase incluso obligada a asociarse al tono patriótico del país, al paso que tanteaba por debajo de cuerda el terreno para una paz separada.

El general Kurlov, jefe de la policía y miembro de la camarilla de Rasputin, niega, en sus Memorias, naturalmente, las simpatías alemanas de sus protectores; pero, a renglón seguido, añade: «No hay razón para acusar a Sturmer porque sostuviese que la guerra con Alemania era la mayor desgracia que podía ocurrirle a Rusia y carecía de toda base política seria.» Conviene no olvidar, sin embargo, que el tal Sturmer, que sostenía una opinión tan interesante, era el jefe de gobierno de un país que estaba en guerra con Alemania. El último ministro del Interior, Protopopov, sostuvo, en vísperas de posesionarse de la cartera en Estocolmo, una conversación con un diplomático alemán, de la cual dio cuenta al zar y al propio Rasputin; siempre, según Kurlov, «había considerado como una inmensa calamidad para Rusia la guerra con Alemania». Finalmente, la emperatriz escribía al zar, el 5 de abril de 1916: «No osarán, pues no pueden, decir que él tenga nada que ver con los alemanes, porque sea bueno y generoso para todos como Cristo, sin preguntar a nadie por la religión que profesa, como debe ser todo verdadero cristiano.»

Claro está que este «verdadero cristiano», que casi nunca posaba la borrachera, podía haber estado perfectamente, como lo estaba, en relación con espías profesionales, con croupiers, con usureros y proxenetas aristocráticas, agentes directos del espionaje. No nos extrañaría que mantuviese «amistades» de éstas. Pero los patriotas de la oposición iban más allá y formulaban la cosa de un modo más directo, pues acusaban personalmente a la zarina de traidora. El general Denikin en sus Memorias, escritas a la vuelta de mucho tiempo, dice: «En el frente nadie se recataba para decir que la zarina exigía a toda costa una paz separada, que había traicionado al mariscal Kitchener delatando, según se decía, su viaje a los alemanes, etc. Esto contribuyó increíblemente a desmoralizar las tropas, influyendo en su actitud ante la dinastía y la revolución.» El propio Denikin cuenta que, y después de la revolución, al preguntarle el general Alexéiev abiertamente qué pensaba de la supuesta traición de la zarina, había contestado «de un modo vago y de mala gana» que al examinar sus papeles se había encontrado con un mapa en el que estaba señalada con todo detalle la situación de las tropas en todo el frente, y esto le había producido a él, Alexéiev, una impresión abrumadora... «Y sin decir ni una palabra más -añade Denikin elocuentemente- cambió de conversación.» Si la zarina tenía entre sus papeles ese mapa misterioso, es cosa que ignoramos; pero es evidente, desde luego, que los fracasados generales no veían con malos ojos que se descargara sobre la emperatriz una parte de la responsabilidad que les incumbía por sus derrotas. Los rumores acerca de la traición de la corte partieron segurísimamente de arriba, de los ineptos Estados Mayores.

Si era verdad que la zarina, a cuyos mandatos se plegaba ciegamente el zar, ponía en manos del káiser los secretos de guerra y hasta las cabezas de los mariscales aliados, ¿qué mejor que quitar de en medio a la real pareja? El gran duque Nicolás Nicolaievich, jefe del ejército y a quien se consideraba como la cabeza visible del partido antigermánico, estaba predestinado oficialmente casi a asumir el papel supremo de amparador de la revolución palaciega. No fue otra la causa de que el zar, a instancias de Rasputin y de la zarina, destituyera al gran duque y tomara en sus manos el mando supremo de las tropas. Pero la zarina le temía incluso a la entrevista que habían de celebrar tío y sobrino en la ceremonia de traspaso de poderes: «Procura, tesoro, ser prudente -le escribe la zarina al zar al Cuartel General-, y no dejes que Nikolaska (1) te engañe con alguna promesa ni con nada; acuérdate de que Grigori te ha salvado de él y de sus malvados amigos... Acuérdate, en nombre de Rusia, de lo que maquinaban: deshacerse de ti (no, no es ningún rumor vano; Orlov tenía ya todos los papeles preparados) y recluirme a mí en un convento...»

Miguel, hermano del zar, decíale a Rodzianko: «Toda la familia sabe bien lo perniciosa que es Alejandra Teodorovna. Mi hermano y ella están rodeados por todas partes de traidores. Todas las personas decentes se les han alejado. Pero, ¿qué hacer en esta situación?» La gran duquesa María Pulovna insistía, en presencia de sus hijos, en que Rodzianko tomara sobre sí la iniciativa de «suprimir» a la zarina. Rodzianko propuso que se diese aquella conversación por no celebrada; en otro caso, si no quería faltar a su juramento, tendría que poner en conocimiento del zar que la gran duquesa había invitado al presidente de la Duma a quitar de en medio a la emperatriz. He aquí cómo aquel ingenioso gentilhombre de cámara convertía el tema del atentado contra la zarina en un gracioso chiste de salón.

El propio gobierno se hallaba, en ciertos momentos, en marcada oposición con el zar. Ya en 1915, año y medio antes de estallar la revolución, pronunciábanse abiertamente en las reuniones ministeriales discursos que aun hoy nos parecen inverosímiles. Así, el ministro de la Guerra, Polivanov, decía: «Sólo una política conciliadora para con la sociedad puede salvar la situación. Los inseguros diques actuales no pueden contener la catástrofe.» Y el ministro de Marina, Grigorovich: «Nadie ignora que el ejército no confía en nosotros y espera cambios.» El ministro de Negocios extranjeros, Sazanov: «La popularidad del zar y su prestigio han disminuido considerablemente a los ojos de las masas populares.» El ministro del Interior, príncipe Cherbatov: «No servimos para gobernar a Rusia en la situación que se ha creado... Es necesaria una dictadura o una política de conciliación.» (Consejo de Ministros del 21 de agosto de 1915.) Ni una ni otra solución servían; ninguna de las dos era ya factible. El zar no se decidía a la dictadura, rechazaba la política conciliadora y se negaba a aceptar la dimisión a los ministros que se consideraban ineptos. Un elevado funcionario hace la siguiente acotación a los discursos de los ministros: «Por lo visto, no habrá más remedio que dejarse colgar de un farol.»

Con semejante estado de espíritu, no tiene nada de sorprendente que aun en las altas esferas burocráticas se hablara de la necesidad de una revolución palaciega como único medio de evitar la revolución inminente. «Cerrando los ojos -recuerda uno de los que tomaron parte en estas conversaciones- hubiera podido uno figurarse que se encontraba entre revolucionarios de toda la vida.»

Un coronel de gendarmes, a quien se dio la comisión de inspeccionar las tropas del sur de Rusia, trazaba en su informe un cuadro sombrío: «Como resultado de la labor de propaganda, sobre todo en lo tocante a la germanofilia de la emperatriz y del zar, el ejército se ha hecho a la idea de una revolución palatina.» «En los clubes de oficiales se habla abiertamente en este sentido, y sus murmuraciones no encuentran réplica merecida en el alto mando.» Por su parte, Protopopov atestigua que «un número considerable de elementos pertenecientes al alto mando simpatiza con el golpe de Estado; algunos de ellos se hallaban en relación con los elementos del llamado bloque progresivo y bajo su influencia».

El almirante Kolchak, que más tarde habría de adquirir tan gran celebridad, dijo, después de la derrota de sus tropas por el ejército rojo, declarando ante la Comisión fiscalizadora de los soviets, que había mantenido relaciones con muchos miembros de la oposición de la Duma, cuyos discursos escuchaba con placer, ya que «veía con antipatía el régimen existente en vísperas de la revolución». Sin embargo, Kolchak no fue puesto al corriente de los planes de la revolución palaciega. Después del asesinato de Rasputin y del subsiguiente destierro de los grandes duques, los aristócratas hablaron en voz bastante alta de la necesidad de proceder a la revolución de camarilla. El príncipe Yusupov cuenta que el gran duque Dimitri, detenido en Palacio, fue visitado por oficiales de varios regimientos que le propusieron distintos planes de acción decisiva, «con los cuales, naturalmente, no podía mostrarse conforme».

Se sospecha que los diplomáticos aliados, al menos el embajador británico, estaban complicados en el complot. El dicho embajador, respondiendo indudablemente a la iniciativa de los liberales rusos, hizo en enero de 1917, no sin antes solicitar la venia de su gobierno, una tentativa para influir sobre Nicolás. El zar escuchó atenta y amablemente al embajador, le dio las gracias y pasó a hablar de otras cosas. Protopopov dio cuenta a Nicolás II de las relaciones de sir Buchanan con los jefes del bloque progresista y propuso que se vigilase la Embajada británica. El zar hizo como si no aprobara esta proposición, por entender que el vigilar a los embajadores no se avenía con las tradiciones internacionales. Kurlov dice, sin embargo, sin vacilar, que «los agentes de investigación informaban diariamente de las relaciones del líder del partido kadete, Miliukov, con la Embajada británica». Como se ve, las «tradiciones internacionales» no fueron obstáculo mayor; pero su infracción tampoco sirvió de mucho. La conspiración palatina no fue descubierta.

¿Existía, en realidad, tal conspiración? Nada hay que lo pruebe. Para ser un complot era demasiado vasto, abarcaba elementos demasiado heterogéneos y numerosos. Flotaba en el aire como expresión del espíritu de la alta sociedad petersburguesa, como una vaga idea de salvación o como una salida desesperada, pero sin llegar a concretarse en ningún plan práctico.

La nobleza del siglo XVIII introdujo más de una vez enmiendas de carácter práctico en el orden de sucesión al trono, encerrando o estrangulando a los emperadores que no le eran gratos; fue lo que se hizo con Pablo en 1801. No puede decirse, pues, que la revolución palaciega no tuviese precedentes en las tradiciones de la monarquía rusa; al contrario, constituía un elemento típico y constante del zarismo. Pero ya hacía tiempo que la aristocracia no se sentía firme en su puesto. Cedía a la burguesía liberal el honor de estrangular al zar y a la zarina, y el caso es que tampoco los caudillos de este otro poder demostraban más decisión que ella.

Después de la revolución fueron reiteradamente señalados como jefes de las conspiraciones los capitalistas liberales Guchkov y Terechenko y el general Krimov, que simpatizaba con ellos. Los propios Guchkov y Terechenko confirmaron, aunque de un modo vago, la conjetura. Era natural que el duelista Guchkov, ese voluntario en la guerra de los boers contra Inglaterra, un liberal con espuelas, se destacase a los ojos de la «opinión pública» como la figura más adecuada para aquel complot. El no era, por cierto, un retórico, como el profesor Miliukov. Guchkov pensaría, indudablemente, más de una vez en dar uno de esos golpes certeros y rápidos por medio de los cuales un regimiento de la Guardia se basta para suplantar y evitar la revolución. Ya Witte, en sus Memorias, denunciaba a este personaje, a quien odiaba, como un devoto de los métodos empleados por los jóvenes turcos para deshacerse de los sultanes molestos; pero Guchkov, que en sus años de juventud no había tenido tiempo de demostrar su arrojo de joven turco, era ya un hombre cargado de años. Y, sobre todo, al colega de Stolipin no podía pasársele desapercibida la diferencia que mediaba entre las condiciones de Rusia y la vieja Turquía, ni podía dejar de preguntarse si aquel golpe de Estado palaciego no resultaría a la postre, en vez de un medio de evitar la revolución, el último empujón que desencadenase la tormenta; es decir, si el remedio no sería peor que la enfermedad. En la literatura consagrada a la revolución de Febrero se habla de la conjura palaciega como de un hecho firmemente comprobado. Miliukov se expresa así: «El golpe estaba señalado para febrero.» Denikin amplió el plazo a marzo. Ambos recuerdan el «plan» de detener el tren del zar en el camino, exigirle la abdicación y, en el caso, que se consideraba inevitable, de que se negase, «suprimirle físicamente». Miliukov añade que, en previsión del posible golpe de Estado, los jefes del bloque progresista, que no participaban en el complot y que no estaban «detalladamente» informados de los preparativos del mismo, estudiaban sigilosamente cuál sería el mejor medio de aprovecharse de aquel golpe, caso de que diera resultado. Algunos estudios marxistas de estos últimos años aceptan la versión de que el golpe de Estado llegó a prepararse. Este ejemplo -dicho sea de paso- demuestra cuán pronto y con qué fuerza se abren paso de las leyendas a través de la ciencia histórica.

La prueba más importante del complot palatino que frecuentemente se alega es el pintoresco relato de Rodzianko, que atestigua precisamente que no hubo tal complot. En enero de 1917 llegó del frente a la capital el general Krimov, quien declaró ante los miembros de la Duma que las cosas no podían seguir de aquel modo: «Si os decidís a esa medida extrema (la sustitución del zar) os apoyaremos.» ¡Si os decidís! El octubrista Chidlviski exclamó, colérico: «No hay por qué compadecerle, cuando está arrastrando a Rusia a la ruina.» En el transcurso de la acalorada discusión que se entabló alguien citó las palabras pronunciadas pro Brusílov o que, por lo menos, se le atribuían. «Puesto en el trance de optar entre el zar y Rusia, mi puesto estará al lado de Rusia.» ¡Puesto en el trance! El joven millonario Terechenko se mostraba partidario inexorable del regicidio. El cadete Chingarev interviene, para decir: «El general tiene razón: hay que dar el golpe de Estado... Pero, ¿quién se decide a darlo?» Todo el quid estaba en esto: ¿quién se decide? Tales son, en puridad, los datos que da Rodzianko, que, por su parte, votó contra el golpe de Estado de que se hablaba. Por lo visto, en el transcurso de las pocas semanas siguientes el plan no avanzó ni un paso. Hablábase de detener el tren real; pero no se decía quién había de encargarse de esta operación.

En su juventud, el liberalismo ruso apoyaba con su dinero y sus simpatías a los terroristas revolucionarios, en la esperanza de que las bombas de los anarquistas echarían en sus brazos a la monarquía. Ninguno de aquellos respetables caballeros sabía lo que era jugarse la cabeza. Pero lo verdaderamente importante no era el miedo personal: era el miedo de clase. Las cosas ahora -pensaban los liberales- no andan nada bien, pero aún podían andar peor. De todas maneras, si Guchkov, Terechenko y Krimov se disponían seriamente a dar el golpe de Estado, si realmente lo hubieran llegado a planear movilizando fuerzas y recursos, se hubiera sabido de un modo indubitable después de la revolución, pues ni los organizadores ni, sobre todo, los ejecutores jóvenes, que hubieran sido legión, tenían razón alguna para guardar silencio acerca de aquella hazaña «casi» cumplida. Derrocada la monarquía, esto no hubiera hecho más que dar pábulo a su carrera. Pero en vano buscaremos semejantes revoluciones. Por lo que a Guchkov y Krimov se refiere, podemos asegurar sin temor a equivocarnos que sus afanes no pasaron de unos cuantos suspiros patrióticos entre sorbo y sorbo de vino y chupada y chupada de habano. Los conspiradores casquivanos de la aristocracia, lo mismo que los sesudos varones oposicionistas de la plutocracia, no tuvieran valor suficiente para corregir por medio de la acción los funestos derroteros trazados por la providencia.

Uno de los liberales más fatuos y palabreros, Maklakov, exclamaba en mayo de 1917, en una sesión privada de la Duma, arrollada con la monarquía por la revolución: «Si nuestros descendientes maldicen a esta revolución nos maldecirán también a nosotros mismos, que no supimos evitarla a tiempo, implantándola desde arriba.» Más tarde, ya desde la emigración, Kerenski, siguiendo el ejemplo de Maklakov, dice, afligido: «Sí, la Rusia privilegiada no dio a tiempo desde arriba un golpe de Estado -del que tanto se hablaba y para el que tantos(?) preparativos se habían hecho-, que hubiera evitado la catastrófica explosión del régimen.»

Estas dos exclamaciones completan el cuadro y demuestran que cuando ya la revolución había desencadenado sus fuerzas indomables, los necios ilustrados seguían creyendo que hubiera podido evitarse fácilmente con un cambio «oportuno» en las cumbres dinásticas del régimen.

Faltó decisión para llevar a cabo la «gran» revolución palaciega. Pero de ella brotó el plan de un pequeño golpe de Estado. Los conspiradores liberales no se atrevieron a suprimir al primer actor del drama monárquico; pero los grandes duques decidieron suprimir al apuntador, viendo en el asesinato de Rasputin el último recurso para salvar a la dinastía.

El príncipe Yusupov casado con una Romanov, asocia a la empresa al gran duque Dimitri Pavlovich y al diputado monárquico Purichkievich. También intentaron atraerse al liberal Maklakov, sin duda para dar a aquel asesinato un carácter «nacional». El famoso abogado escurrió lindamente el bulto y se limitó, prudentemente, a suministrar a los conjurados el veneno. ¡Detalle éste de gran estilo! Los conjurados confiaban, y no sin razón, que el automóvil con las armas de Romanov facilitaría la desaparición del cadáver después de perpetrado el crimen. ¡Magnífica ocasión para demostrar la utilidad del blasón de los grandes duques! Lo demás se desarrolló como en un argumento de película de mal gusto. En la noche del 16 al 17 de diciembre, Rasputin, invitado a una juerga fue asesinado en el palacio de Yusupov.

Las clases gobernantes, si se exceptúa a la reducida camarilla y a las místicas adoradoras del «santo», vieron en el asesinato de Rasputin un acto salvador. El gran duque, arrestado en su domicilio con las manos manchadas, según la expresión del zar, pro sangre de mujik -aunque fuera un «santo», no por eso dejaba de ser un campesino-, fue visitado en señal de simpatía por todos los miembros de la casa imperial que se hallaban en Petersburgo. La hermana de la zarina, viuda del gran duque Sergio, comunicó por telégrafo que rezaba por los asesinos y bendecía su patriótica acción. Los periódicos, mientras no se dictó la prohibición de tocar el tema de Rasputin, publicaron artículos entusiastas; en los teatros intentaron organizarse manifestaciones en honor de los asesinos, y los transeúntes se felicitaban por las calles. «En las casas particulares, en los clubes de oficiales, en los restaurantes -recuerda el príncipe Yusupov- se brindaba por nuestra salud; en las fábricas, los obreros lanzaban hurras en nuestro honor.» Es perfectamente explicable que los obreros no diesen muestras de pena al enterarse del asesinato de Rasputin. Pero sus gritos de júbilo no tenían nada que ver con la esperanza de que se corrigiese la dinastía.

La camarilla de Rasputin adoptaba una actitud expectante. Rasputin fue enterrado sigilosamente sin más cortejo que el zar la zarina, sus hijas y la Wirubova. Junto al cadáver del «santo Amigo», antiguo cuatrero, asesinado por los grandes duques, la familia real tuvo que sentirse sola y como apestada. Pero Rasputin no encontró sosiego ni debajo de tierra. Cuando a Nicolás II y Alejandra se les consideraba ya como arrestados, los soldados de Tsarskoie-Selo abrieron la tumba y exhumaron el féretro. Junto a la cabeza del muerto había un icono con esta dedicatoria: «Alejandra, Olga, Tatiana, María, Anastasia, Ana.» El gobierno provisional envió un emisario con órdenes de que el cadáver fuese trasladado, no se sabe para qué a Petrogrado. La multitud se opuso a ello y el emisario tuvo que quemar el cadáver en presencia suya.

Después del asesinato del «Amigo», la monarquía no vivió más de diez semanas. Aunque pequeño, todavía le quedaba un plazo por suyo. Ya no vivía Rasputin, pero seguía reinando su sombra. Contra lo que habían esperado los conspiradores después del asesinato, la pareja real siguió sosteniendo con especial obstinación a los miembros más despreciables de la camarilla de Rasputin. Para vengar a éste, fue nombrado ministro de Justicia un canalla famoso. Varios grandes duques fueron desterrados de la capital. Se decía que Protopopov se dedicaba al espiritismo para conjurar el espíritu del muerto. El dogal va ciñéndose cada vez más a la garganta de la monarquía.

El asesinato de Rasputin tuvo grandes consecuencias, aunque no precisamente las que habían imaginado sus autores e instigadores. Lejos de atenuar la crisis, lo que hizo fue exacerbarla. Por todas partes se hablaba del hecho: en los palacio y en los estados mayores, en los talleres y en las chozas de los campesinos. La conclusión no era difícil de sacar: hasta los grandes duques tenían que acudir al veneno y al revólver contra la corrompida camarilla. El poeta Block escribía, comentando el asesinato de Rasputin: «La bala que acabó con él se ha clavado en el mismo corazón de la dinastía reinante.»

Robespierre recordaba a la Asamblea legislativa que la oposición de la nobleza, al debilitar a la monarquía, había puesto en pie a la burguesía, y detrás de ella a las masas populares. Al propio tiempo, Robespierre advertía que en el resto de Europa la revolución no podría desarrollarse con la misma rapidez que en Francia, porque las clases privilegiadas de los otros países, aprendiendo el ejemplo de la aristocracia francesa, se cuidarían de no tomar en sus manos la iniciativa de la revolución. Pero, al hacer este notable análisis, Robespierre se equivocaba, suponiendo que con su oposición irreflexible los nobles franceses habían dado una lección perdurable a la aristocracia de los demás países. El ejemplo de Rusia había de demostrar de nuevo en 1905, y sobre todo en 1917, que la revolución, al enfrentarse con el régimen autocrático y semifeudal, es decir, contra la nobleza, encuentra en sus primeros pasos el aliento incoherente, no sólo de la nobleza de filas, sino incluso de sus sectores más privilegiados, de los miembros de la dinastía inclusive. Este notable fenómeno histórico podría parecer paradójico y contrario a la teoría de la sociedad de clases; en realidad sólo contradice a la idea vulgar que muchos tienen de ella.

La revolución surge cuando todos los antagonismos de la sociedad llegan a su máxima tensión. La situación, en estas condiciones, hácese insoportable incluso para las clases de la vieja sociedad, es decir, aquellas que están condenadas a desaparecer. Sin dar a las analogías biológicas más importancia de la que merecen, no será inoportuno recordar que llega un momento en que el parto es algo tan inevitable y fatal para el organismo materno como para el nuevo ser. La rebeldía de las clases privilegiadas no hace más que dar expresión a la incompatibilidad de su posición social tradicional con las necesidades vitales de la sociedad en el futuro. La aristocracia, sintiendo converger sobre sí la enemiga general... hace recaer la culpa sobre la burocracia. Ésta acusa a su vez a la nobleza, hasta que ambas juntas, o cada cual por su parte, enderezan su descontento contra el símbolo monárquico del poder.

El príncipe Cherbatov, sacado de las instituciones de la nobleza para servir durante algún tiempo como ministro de la Corona, decía: «Tanto Samarin como yo somos antiguos mariscales de la nobleza provinciana. Hasta ahora, nadie nos ha considerado como de la izquierda, ni nosotros mismos nos asignamos este carácter. Pero ni él ni yo podemos comprender que impere en el Estado una situación en la que el monarca y su gobierno se hallen radicalmente divorciados de todo lo que hay de razonable en el país -de las intrigas revolucionarias no hay para qué hablar-: de los nobles, de los comerciantes, de las ciudades, de los zemvstos e incluso del ejército. Si en las alturas no se quiere escuchar nuestra opinión, sabremos cuál es nuestro deber: marcharnos.»

Para la nobleza, la causa de todos los males está en que la monarquía se ha vuelto ciega o ha perdido el juicio. La clase privilegiada no ha perdido las esperanzas en una política capaz de conciliar la sociedad vieja con la nueva. O, dicho en otros términos: la nobleza no se aviene a la idea de que está condenada a desaparecer, y convierte lo que no es más que la angustia del agonizante en rebeldía contra la fuerza más sagrada del viejo régimen, es decir, contra la monarquía. La acritud y la irresponsabilidad de la rebeldía aristocrática se explican por la misma molicie histórica a que están acostumbrados sus más altos representantes, por su miedo insuperable a la revolución. Las incoherencias y contradicciones de la rebeldía aristocrática tienen su razón de ser en el hecho de que se trata de una clase que tiene cerradas todas las salidas, y del mismo modo que una lámpara, antes de extinguirse, brilla por un momento con resplandor más vivo, aunque sea humoso, la nobleza, en los estertores de la agonía, tiene un resplandor súbito de protesta que presta un gran servicio a sus enemigos mortales. Es la dialéctica de este proceso, que no sólo se aviene a la teoría de la sociedad de clases, sino que sólo en ésta encuentra su explicación.

 

 


 

(1) Diminutivo de Nicolás [NDT.]

CAPITULO VI


Capitulo VI

Agonía de la monarquía


 

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

 

La dinastía cayó apena sacudirla, como fruto podrido, antes de que la revolución tuviera tiempo siquiera a afrontar sus miras más inmediatas. La imagen que trazamos de la vieja clase dirigente no sería completa si no intentáramos exponer cómo se enfrentó la monarquía con la hora de su hundimiento.

El zar se encontraba en el Cuartel general, en Mohilev, adonde se había trasladado, no porque fuese necesaria su presencia allí, sino huyendo de las molestias petersburguesas. El cronista palaciego, general Dubenski, que se hallaba cerca del zar en el Cuartel general, registra en su diario: «Ha empezado aquí una vida tranquila. Todo seguirá como antes. El zar no cambiará nada. Sólo causas exteriores y fortuitas pueden imponer algún cambio...» El 24 de febrero, la zarina escribía al Cuartel general, en inglés, como siempre: «Confío en que el Kedrinski ese de la Duma (se trata de Kerenski) será ahorcado por sus detestables discursos; hay que hacerlo a toda costa (ley de tiempo de guerra). Y servirá de ejemplo. Todo el mundo anhela e implora de ti energía.» El 25 se recibe en el Cuartel general un telegrama del ministro de la Guerra comunicando que en la capital han estallado huelgas y disturbios, pero que se han tomado las oportunas medidas y que la cosa no tiene importancia. ¡Como se ve, no ha cambiado nada!

La zarina, que enseñaba siempre al zar a no retroceder, sigue haciendo todo lo posible por mantenerse firme. El 26, con el visible propósito de robustecer el ánimo vacilante de «Nicolás», le telegrafía que «en la ciudad todo está tranquilo». Pero en el telegrama de por la noche se ve obligada ya a confesar que «las cosas toman en la capital muy mal cariz.» Por carta le dice: «Hay que decirles, sin ambages, a los obreros que se dejen de huelgas, y si siguen organizándolas, mandarles al frente como castigo. No hay para qué disparar; lo único que hace falta es orden y no dejarles que atraviesen los puentes.» No era mucho pedir, en verdad: ¡orden solamente! Y, sobre todo, no permitir que los obreros lleguen al centro de la ciudad. Que se ahoguen de rabia e impotencia en sus suburbios.

Por la mañana del día 27 es enviado desde el frente a la capital el general Ivanov con un batallón de georgianos y plenos poderes dictatoriales, aunque con instrucciones para que no los proclame hasta después de ocupado Tsarskoie-Selo. «Difícilmente podía haberse pensado en un hombre menos adecuado para aquella misión -recuerda el general Denikin, que también más tarde había de hacer sus pinitos de dictadura militar-; era un hombre senil, incapaz d orientarse en una situación política, sin fuerzas, ni energía, ni voluntad, ni rigor.» La elección recayó en él en gracia a sus méritos durante la primera revolución: once años antes, este general había hecho entrar en razón a Kronstadt. Pero esos once años no habían pasado en balde. Durante ellos, los represores habían envejecido y los reprimidos se habían hecho adultos. Se dio a los frentes septentrional y occidental orden de que preparasen tropas para enviarlas a la capital. Por lo visto, creían disponer de tiempo sobrado. El propio Ivanov daba por supuesto que la cosa acabaría pronto y bien. Hasta tuvo la gentileza de acordarse de encargar a su ayudante en Mohilev que comprara provisiones para los amigos de Petrogrado.

El 27 de febrero, Rodzianko envió al zar un nuevo telegrama, que terminaba con estas palabras: «Ha llegado la hora suprema en que van a decidirse los destinos de la patria y de la dinastía.» El zar dijo a Frederichs, mayordomo de palacio, comentando el despacho: «Ese gordo de Rodzianko vuelve a escribirme cuatro tonterías, a las que ni siquiera pienso molestarme en contestar.» No; aquello no era ninguna tontería, y pronto había de convencerse de que no tenía más remedio que contestar.

El 27, cerca del mediodía, se recibe en el Cuartel general un comunicado e Jabalov hablando de motines en los regimientos de Pavlovski, de Volinski, de Litvoski y de Preobrajenski, y apuntando la necesidad de que se enviasen del frente tropas de confianza. Una hora después llega un telegrama completamente tranquilizador del ministro de la Guerra: «Los disturbios que estallaron por la mañana en algunos regimientos son sofocados firme y enérgicamente por las compañías y los batallones, fieles a su deber... Estoy firmemente persuadido de que se restablecerá pronto la tranquilidad...» Sin embargo, después de las siete de la tarde del mismo día, el propio ministro comunica que «las escasas tropas que siguen fieles a su deber no consiguen sofocar la sublevación». Y pide el urgente envío de fuerza realmente leales y en cantidad suficiente «para proceder simultáneamente en los distintos sectores de la capital».

El Consejo de Ministros reunido aquel día creyó llegado el momento oportuno para eliminar de su seno, por sí y ante sí, a la supuesta causa de todas aquellas calamidades: al ministro del Interior, Protopopov, hombre medio loco. Al mismo tiempo, el general Jabalov ponía en vigor el decreto firmado a espaldas del gobierno declarando por orden de su majestad el estado de guerra en Petrogrado. De este modo intentábase mezclar una vez más una paletada de cal con otra de arena, pretensión vana, aunque tal vez no fuese ése el designio. No se llegó siquiera a fijar los bandos declarando el estado de guerra; resultó que el general-gobernador Balk no tenía engrudo ni pinceles. La autoridad constituida no servía ya ni para pegar un bando: pertenecía ya al reino de las sombras.

La sombra principal de este último gabinete del zar era el príncipe Golitsin, un viejo de setenta años, que se había pasado varios regentando las instituciones benéficas de la zarina y a quien ésta había puesto al frente del gobierno en los días álgidos de la guerra y la revolución. Cuando los amigos le preguntaban a este «bonachón aristócrata ruso, a este viejo senil» -como le definía el liberal barón de Nolde-, por qué había aceptado un cargo de tanta responsabilidad, Golitsin contestaba: «Para tener un recuerdo agradable más que conservar.» Mas no lo consiguió, por cierto. Hay un relato de Rodzianko que atestigua cuál era el estado de ánimo del último gobierno del zar en aquellos momentos. Al recibirse las primeras noticias de que las masas avanzaban sobre el palacio de Marinski, donde el gobierno celebraba sus reuniones, fueron apagadas inmediatamente todas las luces del edificio. Aquellos hombres puestos al frente del Estado sólo aspiraban a una cosa: a que la revolución no se fijara en ellos. Mas el rumor no se confirmó, y cuando, viendo que el temidos asalto no ocurría, volvieron a encenderse las luces, más de un ministro zarista apareció, «con gran sorpresa propia» acurrucando debajo de la mesa. No ha podido averiguarse qué clase de recuerdos guardaría en aquel lugar.

Mas tampoco el propio Rodzianko debía de sentirse muy animoso. Después de varias tentativas trabajosas y estériles para establecer comunicación telefónica con el gobierno, consigue al fin que le pongan al habla con el príncipe Golitsin, el cual le previene: «Tenga la bondad de no dirigirse ya a mí para nada, pues estoy dimitido.» Al oír esto, Rodzianko, según nos cuenta su fiel secretario, se dejó caer pesadamente sobre un sillón, se cubrió la cara con ambas manos y balbuciendo: «¡Qué horror!... ¡Dios míos! ¡Sin autoridad!... ¡La anarquía!... ¡Sangre!», rompió a llorar silenciosamente. Al derrumbarse el espectro caduco del zarismo no había consuelo para Rodzianko: sentíase desamparado, huérfano. ¡Qué lejos se hallaba en aquellos momentos de pensar que al día siguiente había de ponerse a la cabeza de la revolución!

La contestación telefónica de Golitsin se explica teniendo en cuenta que el día 27 por la tarde el Consejo de Ministros se había reconocido incapaz para dominar la situación y había aconsejado al zar que pusiese al frente del gobierno a una persona que gozara de la confianza general del país. El zar contestó a Golitsin en estos términos: «Respecto a las modificaciones propuestas en el ministerio, las considero inadmisibles en las circunstancias actuales. Nicolás.» ¿A qué otras circunstancias esperaba? Al propio tiempo, el zar exigía que se adoptasen «las medidas más enérgicas» para sofocar la sublevación. Pero esto era más fácil de decir que de hacer.

Al día siguiente, 28, hasta la indomable zarina se siente abatida. «Es necesario hacer concesiones -le telegrafía a Nicolás-. Las huelgas continúan y muchas tropas se han pasado a la revolución. Alicia.» Fue necesario que se sublevase toda la Guardia, toda la guarnición, para que la celosa guardadora de la autocracia comprendiese la necesidad de hacer concesiones. Ahora que el zar empieza también a darse cuenta de lo que le había telegrafiado «aquel gordo de Rodzianko» no eran ninguna «tontería». Nicolás decide trasladarse al lado de su familia. Es posible que los caudillos del Cuartel general, que no se sentían tampoco muy seguros, hiciesen todo lo posible por quitárselo de encima.

En un principio, el tren real hizo su recorrido normalmente; como de costumbre, fue recibido en todas las estaciones por los agentes de policía y los gobernadores. Lejos del torbellino revolucionario, recluido en su vagón, entre su séquito habitual, el zar volvió a perder, visiblemente, la sensación del desenlace fatal que se avecinaba. El día 28, a las tres de la tarde, cuando el curso de los acontecimientos había decidido ya su suerte, el zar envía desde Viasma a la zarina este telegrama: «Tiempo magnífico. Confió en que os encontraréis buenos y tranquilos. Han sido enviados fuertes destacamentos de tropas desde el frente. Tiernamente tuyo, Nika.» En vez de las concesiones a las que la propia zarina le impulsa, el tierno amante envía tropas del frente. Pero, a pesar del «tiempo magnífico», horas después, el zar ya no tiene más remedio que afrontar cara a cara el vendaval revolucionario. El tren llegó hasta la estación de Vischera, donde los ferroviarios no dejaron seguir viaje: «El puente está destruido», le dijeron. Lo más probable es que este pretexto lo inventaran los del propio séquito imperial para disimular la verdadera realidad. Nicolás intentó pasar -o intentaron hacerle pasar- por Bologoye, línea de Nikolaievoski; pero tampoco aquí dejaron paso al tren real. Aquello era mucho más elocuente que todos los telegramas de Petrogrado. El zar había abandonado el Cuartel general y encontraba cerrado el paso a su capital. ¡Con los «peones» ferroviarios nada más, la revolución daba jaque mate al rey!

El general Dubenski, que acompañaba al zar en su viaje, escribe en el diario: «Todo el mundo se da cuenta de que este viraje nocturno de Vischera es una noche histórica... Para mí es evidente que el problema de la Constitución está ya decidido; no hay más remedio que implantarla... Ya no se habla más de la necesidad de ponerse de acuerdo con ellos, con los miembros del gobierno provisional.» Ante el semáforo cerrado, detrás del cual acecha acaso la muerte, todos, el conde Frederichs, el príncipe Dolgoruki, el duque de Leuhtenberg, todos estos caballeros aristócratas se sienten partidarios de la Constitución. No piensan siquiera en luchar y resistir un poco. Negociar nada más; es decir, volver a engañar al pueblo o intentarlo, por lo menos, como en 1905.

Mientras el tren real erraba de un lado para otro, sin encontrar salida, la zarina enviaba telegrama tras telegrama al zar incitándole a regresar a la capital lo más pronto posible. Pero los telegramas llegaban todos devueltos con esta inscripción en lápiz azul: «Se ignora el paradero del destinatario». Los funcionarios de Telégrafos no podían dar con el zar de todas las Rusias.

Regimientos con bandera y música dirigíanse en manifestación al palacio de Táurida. La guardia de palacio formó bajo el mando del gran duque Cirilo Vladimorovich, en quien se reveló de súbito, como atestigua la condesa Kleinmichel, una gran prestancia revolucionaria. Los centinelas se retiraron. Los palatinos abandonaron el palacio. «Allí todo el mundo atendía a salvase a sí mismo» -dice la Wirubova-. Por el interior de palacio erraban grupos de soldados revolucionarios, que lo miraban todo con ávida curiosidad. Antes de que los dirigentes resolvieran lo que había que hacer, ya la gente de abajo había convertido en un museo el palacio de los zares.

El zar, cuyo paradero se ignora, vira con su tren hacia Pskov, donde está el Estado Mayor del frente septentrional que manda el viejo general Ruski. En el séquito del zar se suceden unas proposiciones a otras. El zar da tiempo al tiempo y sigue contando por días y por semanas, cuando la revolución cuenta ya por minutos.

El poeta Block pinta al monarca en los últimos meses de su reinado: «Terco, pero abúlico; nervioso, pero insensible a todo; receloso de todo el mundo, desquiciado, pero cauto en las palabras, no era ya dueño de sí mismo. Había dejado de comprender la situación y no daba ni un solo paso, echándose completamente en brazos de aquellos a los que él mismo había puesto en el poder.» ¡Piénsese hasta qué punto se acentuarían en este hombre esos rasgos de abulia y de desquiciamiento, de miedo y de desconfianza, al sobrevenir los últimos días de febrero y los primeros días de marzo!

Por fin, Nicolás, haciendo un último esfuerzo, se dispuso a enviar un telegrama al odiado Rodzianko -telegrama que no debió de llegar tampoco a cursarse- diciéndole que, en aras de la patria y de su salvación, le encargaba de la formación de un nuevo Ministerio, reservándose únicamente la provisión de las carteras de Negocios Extranjeros, Guerra y Marina. El zar quiere todavía regatear con «ellos»: no hay que olvidar que avanzan «numerosas tropas» sobre Petrogrado.

El general Ivanov pudo llegar, efectivamente, sin novedad a Tsarskoie-Selo. Por lo visto, los ferroviarios no se decidieron a hacer frente al batallón de los georgianos. El general había de confesar algún tiempo después que, durante el trayecto, se había visto obligado a usar por tres o cuarto veces de la «presión paternal» contra los soldados rebeldes, obligándoles a arrodillarse. Inmediatamente de llegar el «dictador» a Tsarskoie-Selo, las autoridades locales le comunicaron que un choque de los georgianos con las tropas podría poner en grave peligro la vida de la familia real. Pero por quien temían era por sí mismos, y esto les llevaba a aconsejar al «pacificador» que se volviese.

El general Ivanov formuló a Jabalov, el otro «dictador», diez preguntas, a todas las cuales recibió una contestación precisa y categórica. Reproducimos aquí las preguntas y las respuestas, pues en verdad que lo merecen:

 

PREGUNTAS DE IVANOV RESPUESTAS DE JABALOV
¿Qué tropas se ajustan al orden y cuáles faltan a él? En el edificio del Almirantazgo tengo bajo mis órdenes cuatro compañías de la Guardia, cinco escuadrones y sotnias de cosacos, y dos baterías; el resto de las tropas se han pasado a los revolucionarios o permanecen neutrales en connivencia con ellos. Los soldados recurren la ciudad, sueltos o en grupos, y desarman a los oficiales.
¿Qué estaciones están guardadas? Todas las estaciones están en manos de los revolucionarios, que las guardan celosamente.
¿En qué partes de la ciudad se mantiene el orden? Toda la ciudad está en poder de los revolucionarios el teléfono no funciona y están cortadas las comunicaciones con los distintos barrios de la capital.
¿Qué autoridades ejercen el poder en esos barrios de la capital? No puedo contestar a esta pregunta.
¿Funcionan normalmente todos los ministerios? Los ministros han sido detenidos por los revolucionarios.
¿De qué autoridades policiacas dispone usted en este momento? De ninguna.
¿Qué organismos técnicos y económicos del ramo de Guerra se hallan actualmente bajo sus órdenes? Ninguno.
¿Qué cantidad de víveres tiene usted a su disposición? No dispongo de víveres. El 25 de febrero había en la ciudad 5.600.000 puds de harina.
¿Han caído muchas armas, artillería y municiones, en manos de los rebeldes? Toda la artillería está en poder de los rebeldes.
10ª ¿Qué autoridades militares y Estados Mayores están a las órdenes de usted? 10ª Bajo mis órdenes personales se halla el jefe del Estado Mayor del distrito; con los demás organismos regionales no tenemos comunicación.

Después de obtener estos datos, que le imponían, de un modo bien inequívoco, de la realidad, el general «accedió» a retornar con sus fuerzas, que ni siquiera habían descendido del tren, a la estación de Dno. «He aquí -concluye una de las primeras figuras del Cuartel general, el general Lukomski- cómo el envío del general Ivanov, con plenos poderes dictatoriales, vino a parar en un fiasco escandaloso.»

La verdad es -dicho sea de paso- que el escándalo pasó desapercibido, ahogado por la marejada de los acontecimientos. Suponemos que el dictador enviaría las provisiones con que quería obsequiar a sus amistades de Petrogrado y sostendría una prolongada conversación con la zarina, en la que ésta le hablaría de su abnegación en los hospitales de campaña y se lamentaría de la ingratitud del ejército y del pueblo.

Entretanto llegaban a Pskov, pasando por Mohilev, noticia tras noticia, cada vez más sombría que la anterior. La Guardia personal de su majestad, que se había quedado en la capital y en la que la familia real conocía a cada soldado por su nombre, rodeándolos a todos de mimos y cuidados, se presenta a la Duma nacional pidiendo autorización para arrestar a los oficiales que se niegan a solidarizarse con la insurrección. El vicealmirante Kurosch comunica que no ve posibilidad de sofocar la insurrección de Kronstadt, pues no responde ni de un solo batallón. El almirante Nepenin telegrafía que la escuadra del Báltico no reconoce más gobierno que el Comité provisional de la Duma. El jefe de las tropas de Moscú, Mrosovski, dice: «La mayoría de las tropas, con la artillería, se han pasado a los revolucionarios, en cuyo poder se halla, por tanto, toda la ciudad: el general-gobernador y su ayudante han abandonado sus puestos.» Dicho más claramente: han huido.

Todo esto le fue comunicado al zar el día 1 de marzo, por la tarde. Hasta una hora avanzada de la noche se discutió el pro y el contra de un Ministerio responsable. Por fin, a las dos de la madrugada, el zar dio su conformidad. Los altos dignatarios que le rodeaban respiraron tranquilos. Creyéndose como la cosa más natural del mundo que con esto se cortaba de raíz el problema de la revolución, dieron al mismo tiempo órdenes para que volvieran al frente las tropas que habían sido destacadas a Petrogrado, al apuntar el día, la buena nueva. Pero el reloj del zar iba enormemente atrasado. Rodzianko, acosado ya en el palacio de Táurida por los demócratas, los socialistas, los soldados, los diputados obreros, contestó a Ruski: «Lo que usted propone no basta; lo que ahora se debate es la cuestión dinástica... Las tropas se ponen en todas partes al lado de la Duma y del pueblo y exigen la abdicación del zar en favor de su hijo, bajo la regencia de Miguel Alexandrovich.» La verdad era que a las tropas no se les había pasado siquiera por las mentes semejante cosa. Lo que ocurría era que Rodzianko achacaba bonitamente al ejército y al pueblo la fórmula con que la Duma confiaba todavía en contener la revolución. De todos modos, la concesión del zar llegaba demasiado tarde: «La anarquía ha tomado tales proporciones, que me he visto obligado a nombrar esta noche un gobierno provisional. Desgraciadamente, el manifiesto ha llegado tarde»... Estas palabras mayestáticas demuestran que el buen presidente de la duma se había enjuagado ya las lágrimas que derramara días antes justo al teléfono. El zar, leyendo las palabras cambiadas entre Rodzianko y Ruski, vacilaba, releía, esperaba. Pero los caudillos militares salieron de su mutismo para tomar cartas en el asunto: la cosa urgía y también a ellos les afectaba.

Aquella noche, el general Alexéiev pulsó, en una especie de plebiscito, la opinión de los jefes de los frentes. Es magnífico que las revoluciones modernas se realicen con ayuda del telégrafo, pues así las primeras reacciones y el eco que despiertan en los que ejercen el poder van quedando registradas para la historia en las cintas telegráficas. Las negociaciones entabladas entre los mariscales de campo del zar la noche del 1 al 2 de marzo, nos suministran un documento humano incomparable. ¿Debe abandonar el zar el trono, o no? El generalísimo del frente occidental, general Evert, se reserva su opinión hasta que hayan expuesto la suya los generales Ruski y Brusílov. El generalísimo del frente rumano, general Sazarov, exigía que e le comunicasen previamente los dictámenes de los demás generalísimos. Tras muchas vacilaciones, este bravo guerrero declaró que su ardiente amor por el monarca le impide avenirse a tan «vil proposición»; sin embargo, recomienda, «llorando», al zar que abdique «para enviar imposiciones aún más viles». El general-ayudante Evert expone minuciosamente las razones que aconsejan capitular: «Adopto todas las medidas para evitar que las noticias referentes a la situación actual reinante en las capitales penetren en el ejército, con el fin de preservarlo de desórdenes, de otro modo inevitables. Pero no hay modo de poner fin a la revolución en las capitales.» El gran duque Nicolás Nikolaievich exhorta al zar desde el frente caucásico a que tome una «resolución heroica y abdique la corona»; el mismo ruego formulan los generales Alexéiev y Brusílov y el almirante Nepenin. Por su parte, Ruski expone verbalmente al zar su opinión, que coincide con la de esos caudillos. Los generales encañonaban respetuosamente con los cañones de sus siete revólveres al adorado monarca. Temerosos de dejar escapar el momento propicio para ponerse a bien con el nuevo poder, no menos temerosos de sus propias tropas, estos guerreros, maestros en capitulaciones, dan a su zar y jefe supremo, unánimemente, un consejo prudentísimo: retirarse por el foro sin lucha. Ya no se trataba de aquel lejano Petrogrado, contra el que, por lo visto, se podían destacar tropas; se trataba del frente, de donde las tropas tenían que salir.

Oídos estos pareceres, el zar decide renunciar a un trono que ya no posee. Se redacta un telegrama a Rodzianko adecuado a las circunstancias: «No hay sacrificio que yo no sea capaz de hacer en aras del verdadero bien y de la salvación de nuestra querida madre Rusia. Estoy, pues, dispuesto a abdicar la corona en mi hijo, que seguirá a mi lado hasta llegar a la mayoría de edad, nombrando regente del reino a mi hermano el gran duque Miguel Alexandrovich. Nicolás.» Mas tampoco este telegrama se llegó a cursar, pues se recibieron noticias de que los diputados Guchkov y Chulguin salían de Petrogrado para Pskov. Aquello daba nuevo pie para aplazar la decisión. El zar ordenó que le devolviesen el telegrama. Temía, evidentemente, haberse precipitado y seguía esperando noticias tranquilizadoras; realmente, lo que esperaba era un milagro. Recibió a los diputados a las doce de la noche del día 2 de marzo. El milagro no ocurrió, y ya no podía diferirse más tiempo la resolución. Inesperadamente, el zar declaró que no podía separarse de su hijo -¿qué vagas esperanzas abrigaría en aquellos momentos?- y firmó un manifiesto renunciando a la corona en favor de su hermano. Firmó también unos ukases dirigidos al Senado nombrando al príncipe Lvov presidente del Consejo de Ministros, y generalísimo a Nicolás Nikolaievich. Los temores familiares de la zarina parecían confirmarse: el odiado «Nikolaska» subía al poder del brazo de los conspiradores. Por lo visto, Guchkov creía seriamente que la revolución se avendría con el augusto generalísimo. Éste tomó también en serio el nombramiento y hasta intentó durante algunos días gobernar apelando al cumplimiento de los deberes patrióticos. Pero la revolución le empujó a un lado insensiblemente.

Con el fin de guardar las apariencias de una decisión espontánea y libre, al manifiesto de renuncia a la corona se le puso como hora las tres de la tarde, fundándose en que la resolución primera del zar había sido tomada a esa hora. En realidad, lo que se hacía era revocar aquella «decisión» de por el día, que trasmitía la corona al hijo y no al hermano, en la esperanza de que los acontecimientos tomarían un giro favorable. Pero todo el mundo fingió no darse cuenta de esto. El zar hacía una última tentativa por salvar su dignidad ante los odiados representantes del parlamento, los cuales correspondieron a ello tolerando aquella falsificación de un acto histórico, es decir, un fraude contra el pueblo. La monarquía se retiraba de la escena con el mismo estilo con que había vivido. También sus sucesores se mantuvieron fieles a sí mismos. Es posible que viesen en su tolerancia una condescendencia generosa del vencedor para el vencido.

Apartándose un poco del estilo impersonal de su diario, Nicolás escribe en el asiento del día 2 de marzo: «Por la mañana vino Ruski y me leyó una larguísima conversación sostenida con Rodzianko por teléfono. A juzgar por sus informes, la situación en Petrogrado es tal, que un ministerio compuesto por miembros de la Duma no serviría de nada, pues tendría enfrente al partido socialdemócrata representado por el Comité obrero. Le indicó que era necesario que renunciase a la corona. Ruski comunicó esta conversación al Cuartel general, a Alexéiev y a todos los generalísimos. A las doce y media de la noche llegaron las respuestas. Para salvar a Rusia y retener las tropas en el frente he decidido dar este paso. Manifesté mi conformidad y desde el Cuartel general se envió un proyecto de manifiesto. Por la tarde llegaron de Petrogrado Guchkov y Chulguin, y, después de entrevistarme con ellos, les entregué el manifiesto, corregido y firmado. A la una de la noche me marché de Pskov con el corazón dolorido. Por todas partes traición, cobardía y engaño.»

Hay que reconocer que la amargura de Nicolás no carecía de fundamento. el 28 de febrero, el general Alexéiev vuelve a telegrafiar a todos los generalísimos de los frentes: «Pesa sobre todos nosotros, ante el monarca y la patria el deber sagrado de conservar en las tropas de los ejércitos en operaciones la fidelidad al deber y al juramento prestado.» Dos días después, Alexéiev excitaba a estos mismos generalísimos a violar la fidelidad «al deber y al juramento prestado». En el alto mando no hubo ni una sola persona que defendiera a su zar. Todos se apresuraron a ponerse a salvo, pasándose a la nave de la revolución, en la firme creencia de que en ella encontrarían cómodo aposentamiento. Generales y almirantes se despojaban tranquilamente de las insignias zaristas para colocarse cintas rojas. Sólo se habló de un pobrecillo comandante de un cuerpo de ejército que murió de un ataque cardíaco al prestar juramento al nuevo poder. Lo que no sabemos es si el corazón le estalló al ver derrumbarse la amada monarquía o por otras causas. Los dignatarios civiles no tenían por qué demostrar profesionalmente más valor que los militares. Cada cual se salvaba como mejor podía.

Pero, decididamente, el reloj de la monarquía no marchaba acorde con el de la revolución. El 3 de marzo, de madrugada, Ruski fue llamado nuevamente al aparato desde la capital por el hilo directo. Rodzianko y el príncipe Lvov exigían que no se hiciera público el manifiesto del zar, que llegaba otra vez tarde. Acaso se tranquilizasen -¿quiénes?- con la subida al trono de Alexei, comunicaban evasivamente los nuevos amos del poder; pero la renuncia a favor del príncipe Miguel era absolutamente inadmisible. Ruski exteriorizó, no sin cierta perversidad, su pesar ante el hecho de que los diputados de la Duma destacado el día anterior no estuviesen lo bastante informados acerca de los verdaderos fines de su viaje. Pero también para esto encontraron los diputados una salida. «Ha estallado, inesperadamente para todo el mundo, una sublevación militar como nunca se había visto -le explicó el gran chambelán a Ruski, como si realmente se hubiera pasado la vida estudiando sublevaciones militares-. La proclamación del gran duque Miguel como emperador no haría más que echar leña al fuego y sobrevendría una verdadera hecatombe.» Están todos asustados, todos han perdido la cabeza.

Y los generales vuelven a tragarse silenciosamente esta nueva «imposición vil» de la revolución. Sólo Alexéiev se desahoga un poco en este comunicado telegráfico dirigido a los generalísimos del frente: «Los partido de izquierda y los diputados obreros ejercen una violenta presión sobre el presidente de la Duma, y en los comunicados de Rodzianko no hay franqueza ni sinceridad.» ¡Sinceridad era todo lo que echaban de menos los buenos generales en aquellos momentos!

El zar volvió a reflexionar mejor. Al llegar a Mohilev, procedente de Pskov, entregó a su exjefe de Estado Mayor, Alexéiev, para que la cursara a Petrogrado, una hoja dando su consentimiento a la abdicación en su hijo. Esta fórmula debía de parecerle, después de todo, la más aceptable. Según cuenta Denikin, Alexéiev se hizo cargo del telegrama y no lo cursó, entendiendo, sin duda, que bastaban los otros dos manifiestos dados a conocer ya al Ejército y al país. Aquella discordancia nacía sencillamente de que el cerebro, no sólo del zar y de sus consejeros, sino también el de los liberales de la Duma, trabajaba más lentamente que la revolución.

Antes de salir definitivamente de Mohilev, el 8 de marzo, el zar, ya formalmente arrestado, dirigió un llamamiento a las tropas, que terminaba con estas palabras: «El que en estos momentos piense en la paz, el que desee la paz, s un traidor a la patria.» Era una tentativa que alguien debió de sugerirle de ahogar en boca de los liberales la acusación de germanofilia. La tentativa no tuvo consecuencias, pues ya no se atrevieron a hacer pública la alocución.

Así terminaba un reinado que había sido todo él una cadena ininterrumpida de fracasos, catástrofes, calamidades y crímenes, empezando por la hecatombe de Chodinka durante las fiestas de la coronación, pasando por los fusilamientos en masa de huelguistas y campesinos sublevados, por la guerra rusojaponesa, por las terribles represiones que siguieron a la revolución de 1905, por las innumerables ejecuciones, razzias punitivas y los programas nacionalistas, y acabando por la participación insensata e infame de Rusia en la infame e insensata guerra mundial.

Al llegar a Tsarkoie-Selo, donde le recluyeron en el palacio real con su familia, el zar dijo en voz baja, según cuenta la Wirubova: «No hay justicia en este mundo.» Y, sin embargo, aquellas palabras eran precisamente una prueba irrefutable de que hay una justicia histórica, aunque a veces llegue con retraso.

La semejanza entre la última pareja de los Romanov y la pareja real de los tiempos de la gran Revolución Francesa salta a la vista. Esta semejanza ha sido señalada ya en la literatura, pero de un modo superficial y sin sacar de ella ninguna consecuencia. Sin embargo, esta analogía no es casual, como a primera vista pudiera parecer, y brinda un material precioso para deducir conclusiones.

Separados unos de otros por una distancia de cinco cuartos de siglo, hay momentos en que Nicolás II y Luis XVI se dirían dos actores que representasen el mismo papel. En ambos es la felonía pasiva, acechante, pero vengativa, le rasgo más destacado de carácter, con la diferencia de que el rey francés se oculta tras una dudosa bondad mientras que en el zar ruso es una forma de trato. Uno y otro producen la impresión de hombres a quienes les pesa el oficio que les cupo en suerte y que, sin embargo, no están dispuestos a ceder ni un ápice de los derechos que les rodean y que no saben cómo emplear. Sus diarios, semejantes hasta en el estilo o en la ausencia de estilo, revelan la misma agobiadora vacuidad espiritual.

La austríaca y la alemana de Hesse guardan, a su vez, una evidente simetría. Las dos reinas descuellan sobre sus maridos no sólo en estatura física, sino en talla moral. María Antonieta es menos beata que Alejandra Feodorovna y más ardientemente dada a los placeres. Pero ambas desprecian por igual a sus pueblos, ambas desechan indignadas toda idea de concesiones y ambas desconfían del valor de sus maridos y los miran de arriba abajo: Antonieta, con una sombra de desprecio; Alejandra, con lástima.

Cuando autores allegados de la corte petersburguesa nos aseguran en sus Memorias que Nicolás II, de no haber sido zar, habría dejado en el mundo un buen recuerdo, no hacen más que reproducir el viejo cliché benevolente que los de su tiempo acuñaron de Luis XVI, sin que con ello contribuyan gran cosa a enriquecer nuestros conocimientos, ni en punto a la historia ni en lo tocante a la naturaleza humana.

Ya hemos oído cómo se indignaba el príncipe Lvov cuando, en los momentos en que los sucesos trágicos de la primera revolución se hallaban en su apogeo, en donde creía encontrarse con un zar abatido, se encontró con «un hombrecillo alegre y animoso, ataviado con una camisa morada». Sin saberlo, el príncipe no hacía más que repetir lo que el gobernador Morris había escrito, en 1790, en Washington, hablando de Luis XVI: «¿Qué se puede esperar de un hombre que, en la situación en que se halla, come, bebe, duerme y ríe; de este hombre simpático, más alegre que cuantos le rodean?»

Cuando Alejandra Feodorovna, dos meses antes de caer la monarquía, predice: «Las cosas toman un buen giro, los sueños de nuestro «Amigo» tienen un gran significado», no hace más que repetir lo que María Antonieta decía un mes antes de derrumbarse en Francia el poder real: «Me siento muy animosa, y algo me dice que pronto seremos felices y estaremos salvados.» Están ahogándose, y ambas ven sueños de color de rosa.

Ciertos elementos en esta analogía tienen, naturalmente, un carácter puramente casual y no ofrecen más que un interés histórico anecdótico. Incomparablemente más importancia tienen aquellos rasgos destacados o directamente impuestos por la fuerza de las circunstancias y que proyectan una cruda luz sobre las relaciones que guardan entre sí la personalidad y los factores objetivos de la historia.

«No sabía querer: he aquí el rasgo más valiente de su carácter», dice un historiador reaccionario francés hablando de Luis XVI. Estas palabras parecen el retrato de Nicolás II. Ninguno de los dos sabía querer; en cambio, sabían no querer. Y, en realidad, ¿qué iban a «querer», suponiendo que pudiesen, los últimos representantes de una causa histórica definitivamente perdida?

«Generalmente, escuchaba, sonreía; pero rara vez se decidía a nada. Lo primero que se le ocurría decir instintivamente era no.» ¿A quién se refieren estas palabras? También a Luis Capeto. En todo era la conducta de Nicolás II un plagio del rey francés. Uno y otro caminaban al abismo «con la corona sobre los ojos». Pero, ¿es que se puede caminar con los ojos abiertos a un abismo al que no hay manera de escapar? ¿Hubieran remediado algo con echarse la corona atrás para ver mejor?

Sería cosa de recomendar a los sicólogos profesionales la redacción de una antología de lugares paralelos en las vidas de Nicolás II y Luis XVI, de Alejandra y de Antonieta y sus afines y allegados. No les faltarían, desde luego, materiales, y el fruto de su trabajo sería un documento histórico sumamente interesante en abono de la sicología materialista: a rozamientos semejantes -no iguales, naturalmente- corresponden, en condiciones parecidas, reflejos también semejantes. Cuanto más generoso es el agente que provoca el rozamiento, antes supera las peculiaridades individuales. Tratándose de cosquillas, cada cual reacciona a su modo; pero si nos tocan con un hierro candente, todo el mundo reacciona igual. Y del mismo modo que el martillo pilón convierte en una plancha una bola o un cubo, bajo el peso de los acontecimientos magnos inexorables, las individualidades, por mucho que resistan, se aplanan y pierden sus contornos genuinos.

Luis XVI y Nicolás II eran los últimos vástagos de unas dinastías que habían vivido turbulentamente. La imperturbabilidad relativa de ambos, su serenidad y «su semblante risueño» en los momentos difíciles eran otras tantas expresiones, adquiridas por hábito de educación, de la pobreza de energías interiores, de la baja tensión de sus descargas nerviosas, de la indigencia de sus recursos espirituales. Eran ambos individuos moralmente castrados, que carecían en absoluto de imaginación y de capacidad creadora, que tenían la inteligencia estrictamente necesaria para darse cuenta de su propia trivialidad y sentían una envidia hostil contra cuanto significase talento y valor. A ambos les tocó en suerte gobernar a sus países en momentos de honda crisis interior y de despertar revolucionario del pueblo. Ambos se defendían contra la difusión de las nuevas ideas y la avalancha de las potencias enemigas, y su indecisión, su hipocresía y su falsedad no eran, en ambos, signos de debilidad moral personal precisamente, sino expresión de la absoluta imposibilidad de sostenerse en el puesto heredado.

¿Y sus esposas? Alejandra, en más alto grado todavía que Antonieta, viose exaltada por su matrimonio con el autócrata de un poderoso país a las más elevadas cumbres con que puede soñar una princesa, sobre todo la princesa de un rincón provinciano como Hesse. Ambas estaban poseídas hasta el último límite por la conciencia de su elevada misión: Antonieta, de un modo más frívolo; Alejandra, con el espíritu de la hipocresía protestante traducido al lenguaje de la Iglesia eslava. Los fracasos de su reinado y el descontento creciente de sus pueblos hicieron estremecerse despiadadamente el mundo fantástico que se habían construidos aquellos cerebros fantásticos, pero diminutos como de gallinas. Así se explica el furor creciente, la hostilidad sorda, su odio hacia aquellos ministros que tomaban en consideración, por poco que fuese, este mundo hostil, es decir, el país en que vivían, su aislamiento incluso dentro de la propia corte, y aquel eterno sentimiento de descontento hacia el marido en quien no se habían cumplido las esperanzas concebidas durante la época de noviazgo.

Los historiadores y los biógrafos de tendencia sicológica buscan, y muchas veces encuentran, rasgos puramente personales y fortuitos allí donde sólo hay una refracción de las grandes fuerzas históricas en una personalidad. Es el mismo error de visión en que incurren los palaciegos al no ver en el último zar de Rusia más que a un hombre de «mala suerte». Y así lo creía él también. En realidad, sus fracasos provenían de la contradicción entre los viejos objetivos que había heredado de sus antecesores y las nuevas condiciones históricas en que se encontraba colocado. Cuando los antiguos decían que Júpiter privaba del juicio a aquel a quien quería perder, expresaban bajo la forma de una superstición el fruto de profundas observaciones históricas. La frase de Goëthe: «La razón se torna en absurdo» -Vernunft wird Unsinn- encierra la misma idea del Júpiter impersonal de la dialéctica histórica que priva de razón a las instituciones históricas caducas y condena al fracaso a sus defensores. Nicolás Romanov y Luis Capeto se encontraron con sus papeles históricos trazados de antemano por el curso del drama histórico. Lo más que ellos podían poner de su cosecha eran los matices de la interpretación. La «mala estrella» de Nicolás II, lo mismo que la de Luis XVI, no hay que buscarla en su horóscopo personal, sino en el horóscopo histórico de la monarquía burocrático-feudal. Eran ambos los últimos vástagos del absolutismo. Su nulidad moral, derivada del carácter agonizante de su dinastía, imprimió a ésta un sello doblemente siniestro.

Podría objetarse que si Alejandro III hubiera bebido menos, habría vivido acaso mucho más y la revolución se habría encontrado con otro zar completamente distinto, sin la menor afinidad con Luis XVI. Pero esta objeción deja completamente incólume lo dicho más arriba. No es nuestro propósito, ni mucho menos, negar la importancia que lo personal tiene en la mecánica del proceso histórico ni la influencia del factor fortuito en lo personal. Lo que sostenemos es que la personalidad histórica, con todas sus peculiaridades, no debe enfocarse precisamente como una síntesis escueta de rasgos sicológicos, sino como una realidad viva, reflejo de determinadas condiciones sociales, sobre las cuales reacciona. Del mismo modo que la rosa no pierde su fragancia por el hecho de que el naturalista indique los elementos del suelo y de la atmósfera de que se nutre, la personalidad no pierde su aroma, o su hedor, por poner al descubierto sus raíces sociales.

Precisamente esa objeción que se apunta -la referente a la longevidad de Alejandro III- puede contribuir a esclarecer el problema en otro aspecto. Supongamos, por un momento, que Alejandro III no hubiese emprendido la guerra con el Japón en 1904. Esto habría demorado la primera revolución. ¿Hasta cuándo? Es posible que la revolución de 1905, es decir, el primer choque en el que se probaron las fuerzas, la primera brecha abierta en el muro de la autocracia, no hubiera sido entones más que una simple introducción a la segunda, a la republicana, y a la tercera, la proletaria. Mas todo lo que se diga sobre este particular serán siempre conjeturas más o menos interesantes. Lo indiscutible es que la revolución no fue un fruto de las condiciones de carácter de Nicolás II, y que Alejandro II no hubiera resuelto tampoco los problemas por ella planteados. Baste recordar que, nunca ni en parte alguna, el tránsito del régimen feudal al burgués se realizó sin conmociones violentas. Ayer mismo lo veíamos todavía en China, como hoy lo podemos observar bien claro en la India. Lo más que se puede aventurar es que la política seguida por la monarquía y la conducta personal del monarca aceleran o retrasan, en ciertos casos, la revolución e imprimen un determinado sello a su proceso externo.

¿¡Con qué rencorosa e impotente tenacidad pugnaba por defenderse el zarismo en los últimos meses, semanas y días, cuando ya tenía irremediablemente perdida la partida! Si Nicolás II no tenía suficiente voluntad, la zarina se encargaba de suplir este defecto. Rasputin era el elemento de que se valía para gobernar la camarilla, luchando encarnizadamente por su propia conservación. Aun desde este punto de vista limitado, la personalidad del zar aparece absorbida por una pandilla que no es más que un coágulo del pasado y de sus últimas convulsiones. La «política» de la camarilla de Tsarskoie-Selo ante la revolución no era más que una resultante de los reflejos de una fiera acosada y desangrada. Si perseguimos por la estepa, leguas y leguas, a un lobo en un rápido automóvil, la fiera acaba, tarde o temprano, por perder el aliento y tenderse en el suelo, agotada. Pero en cuanto probemos a ponerle un collar, la veremos revolverse intentado destrozarnos. Y es natural, pues ¿qué otro recurso le queda en semejantes condiciones?

Los liberales no lo entendían así. Toda el acta de acusación del liberalismo contra el último zar era que Nicolás II, en vez de pactar a tiempo con la gran burguesía, evitando con ello la revolución, se negaba tozudamente a hacer concesiones, y hasta en los últimos momentos, bajo la cuchilla del destino ya, cuando cada minuto contaba, seguía dando largas y más largas, regateando con el destino y dejando perderse las últimas posibilidades. Y todo esto está muy bien. ¡Lástima que el liberalismo, que conocía remedios tan infalibles para salvar a la monarquía, no los hubiera encontrado para salvase a sí mismo!

Sería absurdo afirmar que el zarismo, nunca ni bajo ningún género de condiciones, se mostró dispuesto a ceder. Hizo concesiones en la medida en que se las imponía la necesidad de la propia conservación. Después del desastre de Crimea, Alejandro II decretó la semiemancipación de los campesinos y una serie de reformas liberales en los dominios de los zemstvos, la justicia, la prensa, las instituciones de enseñanza, etc. El mismo zar se encargó de dar expresión a la idea que informaba aquellas reformas: emancipar a los campesinos desde arriba, con el fin de que no se emancipasen ellos desde abajo. Acuciado por la primera revolución, Nicolás II llegó a conceder una semiconstitución. Stolipin se entregó a la obra de destruir la «comuna» rural, con el designio de abrir más ancho cauce a las fuerzas capitalistas. Pero todas estas reformas no tenían para el zarismo más sentido que mantener en pie, a costa de concesiones parciales, el sistema total: los fundamentos de la sociedad de castas y la monarquía misma. En cuanto vio que los frutos de la reforma iban más allá de los límites propuestos, la monarquía retrocedió inmediatamente. Alejandro II se paso la segunda mitad de su reinado escamoteando las reformas implantadas por él durante la primera mitad de su reinado. Alejandro III fue todavía más allá por la senda de la contrarreforma. En octubre de 1905, Nicolás II cedió ante la revolución; luego disolvió las Dumas creadas por él, y, tan pronto como la revolución se debilitó, dio un golpe de Estado. En el transcurso de tres cuarto de siglo -si se cuenta a partir de las reformas de Alejandro II- se desarrolla una pugna, unas veces latente y otras manifiesta, de las fuerzas históricas, que se remonta muy por encima de las cualidades personales de los zares y que encuentra su apogeo y remate en el derrocamiento de la monarquía. Dentro del marco de este proceso histórico es donde hay que situar a los distintos zares, para estudiar su carácter respectivo y trazar su «biografía».

Aun el más autocrático de los déspotas queda muy lejos del individuo que, «libre» y arbitrariamente, imprime su sello propio a los acontecimientos. El monarca no es nunca más que un agente coronado de las clases privilegiadas, que forman una sociedad hecha a su imagen y semejanza. Cuando estas clases tienen todavía una misión que cumplir, la monarquía es fuerte y abriga confianza en sí misma, empuña un aparato firme de poder y puede elegir sin tasa sus gobernantes, pues los hombres de talento no se han pasado todavía al campo enemigo. El monarca, ya sea personalmente o por medio de un favorito, puede, si quiere, convertirse en depositario de una misión histórica, elevada y progresiva. Otra cosa acontece cuando el sol de la vieja sociedad camina irremediablemente a su ocaso: las clases privilegiadas, que eran antes las árbitras de la vida nacional, se convierten ahora en un tumor parasitario y, al perder sus funciones directivas, pierden la conciencia de su misión y la confianza en sus propias fuerzas; esta desconfianza en sí misma les hace perder, al propio tiempo, la confianza en la corona; la dinastía se aísla; el sector de los hombres que le son incondicionalmente adictos se va reduciendo; desciende su nivel; entretanto, van creciendo los peligros: las nuevas fuerzas presionan; la monarquía pierde la capacidad para toda iniciativa creadora, se defiende, se debate, cede, sus actos cobran el automatismo de simples reflejos. El despotismo semiasiático de los Romanov no podía escapar tampoco a este destino.

Si se analiza el zarismo agonizante en un corte vertical, por decirlo así. Nicolás II aparece como el eje de una camarilla que tiene sus raíces en un pasado condenado inexorablemente a desaparecer. Analizado en un corte horizontal, cronológico, el reinado de Nicolás II es el último eslabón de una cadena dinástica. Sus antecesores, miembros también, en su tiempo, de colectividades familiares, burocráticas y de casta, aunque fuesen más extensas, ensayaron distintos métodos de gobierno para salvaguardar el viejo régimen social contra el destino irreductible que le amenazaba y, sin embargo, sólo consiguieron legar a Nicolás II un imperio caótico que llevaba ya en sus entrañas la revolución. Toda la libertad de opción que a éste le quedaba era entre los distintos caminos que podían llevarle a la ruina.

El liberalismo soñaba con una monarquía de tipo británico. Pero ¿acaso el parlamentarismo surgió en las orillas del Támesis como fruto de una evolución pacífica o por obra y gracia de la «libre» previsión de un monarca? No, fue el resultado de una lucha que duró un siglo y que costó la cabeza a un rey.

En parangón histórico-sicológico que esbozábamos más arriba entre los Romanov y los Capeto podría hacerse extensivo perfectamente a la pareja que ocupaba el trono de Inglaterra al estallar la primera revolución. Carlos I acusaba sustancialmente los mismos rasgos que los analistas e historiadores atribuyen, con más o menos fundamento, a Luis XVI y Nicolás II. «Carlos -escribe Monteague- adoptaba una actitud pasiva, cedía, aunque de mala gana, allí donde no le era posible resistirse, pero recurriendo al engaño y sin ganar con ello popularidad y confianza.» «No era un hombre necio -dice otro historiador, hablando de Carlos Estuardo- pero no tenía la suficiente firmeza de carácter... El papel de estrella fatal corría a cargo de su mujer, de Enriqueta de Francia, hermana de Luis XIII, todavía más impregnada que él de las ideas del absolutismo...» No hay para qué detenerse a reseñar las características de esta tercera pareja de reyes, la primera en orden cronológico que pereció aplastada por la revolución nacional. Diremos únicamente que también en Inglaterra los odios se concentraban principalmente en la reina, por ser francesa y papista, acusándosele de manejos con Roma, de mantener relaciones secretas con los rebeldes irlandeses y de intrigar con la corte de Francia.

Pero Inglaterra tenía, al menos, un siglo a su disposición. Inglaterra era el heraldo de la civilización burguesa: no se hallaba bajo el yugo de otras naciones, sino que, por el contrario, mantenía a éstas cada vez más bajo el suyo propio, toda vez que explotaba al mundo entero. Esto suavizaba las contradicciones internas, fomentaba el conservadurismo, daba alas a la prosperidad y a la consistencia de un sector parasitario de grandes propietarios rurales, de la monarquía, de la Cámara de los Lores y de la Iglesia del Estado. Gracias al carácter privilegiado, históricamente excepcional del desarrollo de la Inglaterra burguesa, el conservadurismo pasó, combinado con la ductilidad de las instituciones a las costumbres, y aun hoy es el día en que los numerosos filisteos continentales, por ejemplo, el profesor ruso Miliukov o el austro-marxista Otto Bauer, siguen entusiasmándose con el ejemplo inglés. Pero hoy en que Inglaterra, cohibida ya en el mundo entero, está gastando todo lo que le quedaba de su situación de privilegio de ayer, su conservadurismo pierde ductilidad y hasta se convierte, en manos de los laboristas, en una desenfrenada reacción. Colocado ante la reacción india, el socialista MacDonald echa mano de los mismos métodos que Nicolás II oponía a la revolución rusa. Sólo un ciego puede dejar de ver que Inglaterra se halla abocada a gigantescas conmociones revolucionarias, entre las cuales se sepultarán los últimos restos de su conservadurismo, de su hegemonía mundial y de su actual maquinaria política. MacDonald prepara esas conmociones con la misma habilidad y con no menos ceguera que Nicolás II en su tiempo las suyas. Es, como veremos, otra demostración bastante elocuente del papel que la «libre» personalidad desempeña en la historia.

¿Y de dónde iba a sacar Rusia, con su desarrollo rezagado, que le ponía a la cola de todas las naciones europeas, con una base económica mezquina sobre que sustentarse, ese «conservadurismo dúctil» de las formas sociales, cortado a la medida del liberalismo académico y de su sombra de izquierda, el socialismo reformista? Rusia se hallaba demasiado atrasada para eso, y cuando el imperialismo mundial la cogió en sus garras, viose obligada a cursar rapidísimamente sus estudios de historia política. Si Nicolás II hubiera dado acogida al liberalismo sustituyendo a Sturmer por Miliukov, el desarrollo de los acontecimientos habría variado tal vez en cuanto a la forma, pero no en el fondo. No se olvide que éste fue el camino seguido por Luis XVI en la segunda fase de la Revolución Francesa, al llamar al poder a los girondinos sin que con ello consiguiesen librarse de la guillotina ni él, primero, ni más tarde los de la Gironda. Las contradicciones sociales acumuladas tenían que brotar al exterior y, al hacerlo, llevar a término su labor depuradora. Ante la presión de las masas populares, que sacaban por fin a combate franco sus infortunios, sus ofensas, sus pasiones, sus esperanzas, sus ilusiones y sus objetivos, las combinaciones tramadas en las alturas entre la monarquía y el liberalismo tenían un valor meramente episódico y podían ejercer a lo sumo una influencia sobre el orden cronológico de los hechos y acaso sobre su número, pero nunca sobre el desarrollo general del drama, ni mucho menos sobre su inevitable desenlace.



CAPITULO VII


Capitulo VII

Cinco días
(23-27 de frebrero de 1917)

 

 

 

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

 

 

El 23 de febrero era el Día Internacional de la Mujer. Los elementos socialdemócratas se proponían festejarlo en la forma tradicional: con asambleas, discursos, manifiestos, etc. A nadie se le pasó por las mentes que el Día de la Mujer pudiera convertirse en el primer día de la revolución. Ninguna organización hizo un llamamiento a la huelga para ese día. La organización bolchevique más combativa de todas, el Comité de la barriada obrera de Viborg, aconsejó que no se fuese a la huelga. Las masas -como atestigua Kajurov, uno de los militantes obreros de la barriada- estaban excitadísimas: cada movimiento de huelga amenazaba convertirse en choque abierto. Y como el Comité entendiese que no había llegado todavía el momento de la acción, toda vez que el partido no era aún suficientemente fuerte ni estaba asegurado tampoco en las proporciones debidas el contacto de los obreros con los soldados, decidió no aconsejar la huelga, sino prepararse para la acción revolucionaria en un vago futuro. Tal era la posición del Comité, al parecer unánimemente aceptada, en vísperas del 23 de febrero. Al día siguiente, haciendo caso omiso de sus instrucciones, se declararon en huelga las obreras de algunas fábricas textiles y enviaron delegadas a los metalúrgicos pidiéndoles que secundaran el movimiento. Los bolcheviques -dice Kajurov- fueron a la huelga a regañadientes, secundados por los obreros mencheviques y socialrevolucionarios. Ante una huelga de masas no había más remedio que echar a la gente a la calle y ponerse al frente del movimiento. Tal fue la decisión de Kajurov, que el Comité de Viborg hubo de aceptar. "La idea de la acción había madurado ya en las mentes obreras desde hacía tiempo, aunque en aquel momento nadie suponía el giro que había de tomar." Retengamos esta declaración de uno de los actores de los acontecimientos, muy importante para comprender la mecánica de su desarrollo.

Dábase por sentado, desde luego, que, en caso de manifestaciones obreras, los soldados serían sacados de los cuarteles contra los trabajadores. ¿A dónde se hubiera ido a parar con esto? Estábamos en tiempo de guerra y las autoridades no se mostraban propicias a gastar bromas. Pero, por otra parte, el "reservista" de los tiempos de guerra no era precisamente el soldado sumiso del ejército regular. ¿Era más o menos peligroso? Entre los elementos revolucionarios se discutía muchísimo ese tema, pero más bien de un modo abstracto, pues nadie, absolutamente nadie -como podemos afirmar categóricamente, basándonos en todos los datos que poseemos- pensaba en aquel entonces que el día 23 de febrero señalaría el principio de la ofensiva declarada contra el absolutismo. Tratábase -en la mente de los organizadores- de simples manifestaciones con perspectivas vagas, pero en todo caso sin gran trascendencia.

Es evidente, pues, que la Revolución de Febrero empezó desde abajo, venciendo la resistencia de las propias organizaciones revolucionarias; con la particularidad de que esta espontánea iniciativa corrió a cargo de la parte más oprimida y cohibida del proletariado: las obreras del ramo textil, entre las cuales hay que suponer que habría no pocas mujeres casadas con soldados. Las colas estacionadas a la puerta de las panaderías, cada vez mayores, se encargaron de dar el último empujón. El día 23 se declararon en huelga cerca de 90.000 obreras y obreros. Su espíritu combativo se exteriorizaba en manifestaciones, mítines y encuentros con la policía. El movimiento se inició en la barriada fabril de Viborg, desde donde se propagó a los barrios de Petersburgo. Según los informes de la policía, en las demás partes de la ciudad no hubo huelgas ni manifestaciones. Este día fueron llamados ya en ayuda de la policía destacamentos de tropa poco numerosos al parecer, pero sin que se produjesen choques entre ellos y los huelguistas. Manifestaciones de mujeres en que figuraban solamente obreras se dirigían en masa a la Duma municipal pidiendo pan. Era como pedir peras al olmo. Salieron a relucir en distintas partes de la ciudad banderas rojas, cuyas leyendas testimoniaban que los trabajadores quería pan, pero no querían, en cambio la autocracia ni la guerra. El Día de la Mujer transcurrió con éxito, con entusiasmo y sin víctimas. Pero ya había anochecido y nadie barruntaba aún lo que este día fenecido llevaba en su entraña.

Al día siguiente, el movimiento huelguístico, lejos de decaer, cobra mayor incremento: el 24 de febrero huelgan cerca de la mitad de los obreros industriales de Petrogrado. Los trabajadores se presentan por la mañana en las fábricas, pero se niegan a entrar al trabajo, organizan mítines y a la salida se dirigen en manifestación al centro de la ciudad. Nuevas barriadas y nuevos grupos de la población se adhieren al movimiento. El grito de "¡Pan!" desaparece o es arrollado por los de "¡Abajo la autocracia!" y "¡Abajo la guerra!" La perspectiva Nevski contempla un continuo desfilar de manifestaciones: son masas compactas de obreros cantando himnos revolucionarios; luego, una muchedumbre urbana abigarrada, entre la que se destacan las gorras azules de los estudiantes. "El público nos acogía con simpatía, y desde algunos lazaretos los soldados no saludaban agitando lo que tenían a mano." ¿Eran muchos los que se daban cuenta de lo que significaban aquellas pruebas de simpatía de los soldados enfermos por los manifestantes obreros? Cierto es que los cosacos no cesaban de cargar constantemente, aunque sin gran dureza, contra la multitud; sus caballos estaban jadeantes. Los manifestantes se dispersaban y tornaban a reunirse. La multitud no sentía miedo. "Los cosacos prometen no disparar." La frase corría de boca en boca. Por lo visto, los obreros habían parlamentado con algunos cosacos. Poco después aparecieron, medio borrachos, los dragones y se lanzaron sobre la multitud golpeando las cabezas con las lanzas. Pero los manifestantes no se disolvieron. "No dispararán." En efecto, no dispararon.

Un senador liberal cuenta que vio en la calle tranvías parados -¿no sería acaso al día siguiente, confudiéndolo en la memoria?-, algunos con los cristales rotos, otros volcados sobre los raíles, y recordó las jornadas de julio de 1914, en vísperas de la guerra. "Parecía como si se repitiese la vieja tentativa." La vista no le engañaba. La continuidad era evidente: la historia cogía los cabos del hilo revolucionario roto por la guerra y los volvía a empalmar.

Durante todo el día la muchedumbre se volcaba de unos barriosen otros. Veíase dispersada por la policía, contenida y rechazada por las fuerzas de Caballería y algunos destacamentos de Infantería. Con el grito de "¡Abajo la policía!" alternaban cada vez con más frecuencia los hurras a los cosacos. Era un detalle significativo. La multitud exteriorizaba un odio furioso contra la policía. La policía montada era acogida con silbidos, piedras, pedazos de hierro. Muy distinta era la actitud de los obreros respecto de los soldados. En los alrededores de los cuarteles, cerca de los centinelas y las patrullas, veíanse grupos de obreros y obreras que charlaban amistosamente con ellos. Era una nueva etapa que tomaban las huelgas en su desarrollo y un fruto del hecho de poner frente a frente al ejército y a las masas obreras. Esta etapa, inevitable en toda revolución, parece siempre nueva, y la verdad es que cada vez se plantea de un modo distinto. Los que han leído y escrito sobre ella no la reconocen.

En la Duma nacional se contaba el día 24 que una masa enorme de gente había invadido toda la plaza Snamenskaia, toda la perspectiva Nevski y las calles adyacentes, observándose un fenómeno nunca visto: una multitud revolucionaria y no patriótica que acompañaba con vítores a los cosacos y regimientos que avanzaban a los sones de músicas. Preguntando qué significaba aquello, un transeúnte contestó al diputado que le interrogaba: "Un policía ha dado un latigazo a una mujer; los cosacos se han puesto al lado de esta última y han ahuyentando a la policía." Nadie se había tomado el trabajo de comprobar la verdad de aquello. A la multitud le bastaba con creerlo, con creer en su verosimilitud, y esta confianza no se había caído del cielo, sino que era el fruto de la experiencia, por eso tenía que convertirse necesariamente en garantía de triunfo.

Después de la reunión mañanera, los obreros de la fábrica de Erickson, una de las más avanzadas de la barriada de Viborg, se dirigieron en masa, con un contingente de unos 2.500 hombres, a la avenida de Sampsonievski, y en una calle estrecha tropezaron con los cosacos. Los primeros que hendieron en la multitud, abriéndose paso con el pecho de los caballos, fueron los oficiales. Tras ellos venían los cosacos galopando a toda la anchura de la avenida. ¡Momento decisivo! Pero los jinetes se deslizaron cautamente como una larga cinta por la brecha abierta por los oficiales. "Algunos -recuerda Kajurov- se sonreían, y uno de ellos guiñó el ojo maliciosamente a los obreros." Aquella guiñada del cosaco tenía su porqué. Los obreros recibieron valientemente, aunque sin hostilidad, a los cosacos, y les contagiaron un poco de su valentía. Pese a las nuevas tentativas de los oficiales, los cosacos, sin infringir abiertamente la disciplina, no disolvieron por la fuerza a la multitud y, renunciando a dispersar a los obreros, apostaron a los jinetes a lo ancho de la calle para impedir que los manifestantes pasaran al centro. Pero tampoco esto sirvió de nada. Los cosacos montaban la guardia en sus puestos con todas las de la ley, pero no impedían que los obreros se deslizaran por entre los caballos. la revolución no escoge arbitrariamente sus caminos. Daba sus primeros pasos hacia la victoria bajo los vientres de los caballos de los cosacos. ¡Interesante episodio! ¡Y notable ojo el del narrador, a quien todas las incidencias de ese proceso se le quedaron grabadas en la memoria! Y, sin embargo, no tiene nada de sorprendente. El narrador era un caudillo al que seguían más de dos mil hombres: el ojo del comandante, atento a las balas o al látigo del enemigo, es siempre avizor.

El cambio esperado en el ejército puede observarse, sobre todo, en los cosacos, instrumento inveterado de represión. No quiere ello decir que los cosacos fueran más revolucionarios que los demás. Todo lo contrario: en estos terratenientes acomodados, celosos de sus privilegios de cosacos, que despreciaban a los sencillos campesinos y recelaban de los obreros, anidaban muchos elementos de conservadurismo. Precisamente por esto los cambios provocados por la guerra cobraban en ellos más relieve. Además, el zarismo echaba mano de ellos para todo, los mandaba a todas partes, los colocaba frente al pueblo, ponía sus nervios a prueba. Estaban ya hartos de todo esto; no pensaban ya más que en volver a sus casas, y guiñaban el ojo a los huelguistas como diciendo: "¡Andad, haced lo que queráis; allá vosotros; nosotros no nos meteremos en nada!" Sin embargo, todo esto no pasaba de ser síntomas; significativos, pero síntomas nada más. El ejército seguía siendo ejército, una masa de hombres atados por la disciplina y cuyos hilos principales estaban en manos de la monarquía. Las masas obreras no tenían armas. Sus dirigentes no pensaban siquiera en el desenlace decisivo.

En el orden del día del Consejo de Ministros celebrado el 24 figuraba entre otros puntos la cuestión de los desórdenes en la capital. ¿Huelgas? ¿Manifestaciones? ¡Bah! No era la primera vez. Todo estaba previsto. Se habían cursado instrucciones oportunas ¡A otra cosa!

¿En qué consistían concretamente las instrucciones circuladas? A pesar de que en el transcurso de los días 23 y 24 fueron agredidos veintidós policías, el jefe de las tropas de la región, general Jabalov, casi dictador, no creyó necesario recurrir al empleo de las armas de fuego, y no por bondad precisamente. Todo estaba previsto y señalado de antemano, y fijado el momento preciso para abrir fuego.

La revolución no sobrevino por torpeza más que en cuanto al momento. En términos generales puede decirse que ambos polos, el revolucionario y el gubernamental, venían preparándose concienzudamente para ella desde hacía muchos años. Por lo que a los bolcheviques se refiere, toda su actuación después de 1905 se redujo en puridad a preparar la segunda revolución. También la actuación del gobierno era en gran parte una serie de preparativos encaminados a aplastar la nueva revolución que se avecinaba. Este aspecto de la actividad gubernamental cobró en el otoño de 1916 un carácter bastante sistemático. Una comisión presidida por Jabalov terminó, a mediados de enero de 1917, un plan concienzudamente estudiado de represión de un nuevo alzamiento. La ciudad fue dividida en seis zonas, cada una de las cuales se dividía a su vez en varios distritos. Al frente de todas las fuerzas armadas se ponía al comandante de las fuerzas de la reserva de la Guardia, general Tebenikin. Los regimientos eran distribuidos por distritos. En cada una de las seis zonas la policía, la gendarmería y las tropas se colocaban bajo el mando de jefes y oficiales del Estado Mayor. La Caballería cosaca quedaba a las órdenes directas del propio Tebenikin para las operaciones de más monta. El desarrollo de la represión en orden al tiempo había de ajustarse a las siguientes normas: primero entraría en acción solamente la policía; luego saldrían a escena los cosacos con sus látigos, y sólo en caso de efectiva necesidad se echaría mano de las tropas, armadas con fusiles y ametralladoras. Y este plan, en el que se ponían a contribución, desarrollándolas, las experiencias de 1905, fue en efecto el que de hecho se ejecutó en las jornadas de febrero. La falla no estaba precisamente en la imprevisión ni en los defectos del plan trazado, sino en el material humano que había de ponerlo en acción. Aquí radicaba el gran peligro de que fallara el golpe.

Formalmente, el plan se apoyaba en toda la guarnición, que contaba con 150.000 soldados; pero en realidad sólo podía contar con unos 10.000. Aparte de la fuerza de policía, cuyo contingente era de 3.500 hombres, el gobierno confiaba firmemente en los alumnos de las escuelas militares. Esto se explica por el carácter de la guarnición petersburguesa de aquel entonces, compuesta casi exclusivamente por tropas de reserva, principalmente por los catorce batallones de reserva de los regimientos de la Guardia que se hallaban en el frente. Formaban parte, además, de la guarnición un regimiento de Infantería, un batallón de motociclistas y una división de la reserva y de automóviles blindados, fuerzas poco considerables de zapadores y de artilleros y dos batallones de cosacos del Don. Esto era mucho, demasiado acaso. Las tropas de reserva estaban integradas por una masa humana a la que no se había podido modelar apenas por la propaganda patriótica o que se había emancipado de ella. En realidad, era éste el estado en que se encontraba casi todo el ejército.

Jabalov se atuvo estrictamente a su plan. El primer día, el 23, sólo entró en acción la policía. el 24 salió a la calle principalmente la Caballería, pero sin emplear más que el látigo y la lanza. La Infantería y las armas de fuego se reservaron hasta ver el giro que tomaban las cosas. Éstas no se hicieron esperar.

El 25 la huelga cobró aún más incremento. Según los datos del gobierno, este día tomaron parte en ella 240.000 obreros. Los elementos más atrasados forman detrás de la vanguardia; ya secundan la huelga un número considerable de pequeñas empresas; se paran los tranvías, cierran los establecimientos comerciales. En el transcurso de este día se adhieren a la huelga los estudiantes universitarios. A mediodía afluyen a la catedral de Kazán y a las calles adyacentes millares de personas. Intentan organizarse mítines en las calles, se producen choques armados con la policía. Desde el monumento a Alejandro III dirigen la palabra al público los oradores. La policía montada abre el fuego. Un orador es herido. como consecuencia de los disparos que parten de la multitud, resulta muerto un comisario de la policía y heridos el jefe superior y algunos agentes. De la muchedumbre se arrojan a los gendarmes botellas, petardos y granadas de mano. La guerra había enseñado el arte de construirlas. Los soldados adoptan una actitud pasiva y a veces hostil a la policía; por entre la multitud corre con emoción la noticia de que cuando los policías empezaban a disparar cerca de la estatua de Alejandro III, los cosacos dispararon contra los "faraones montados" -así llamaba el pueblo a los guardias-, viéndose éstos obligados a retirarse. Por lo visto, no se trataba de una leyenda echada a rodar para infundir ánimos, porque la noticia se confirma, aunque en versiones diversas, por diferentes conductos.

El obrero bolchevique Kajurov, uno de los auténticos caudillos de estas jornadas, cuenta que en uno de los puntos de la ciudad, cuando los manifestantes, corridos a latigazos por la policía montada, se dispersaban pasando por junto a un destacamento de cosacos, Kajurov, seguido de algunos obreros que no habían imitado a los fugitivos, se acercaron a los cosacos y, quitándose las gorras, les dijeron: "Hermanos cosacos: Ayudad a los obreros en la lucha por sus demandas pacíficas: ya veis cómo nos tratan los "faraones" a nosotros, los obreros hambrientos. ¡Ayudadnos!" Aquel tono conscientemente humilde, aquellas gorras en las manos, ¡qué cálculo sicológico más sutil, qué inimitable gesto! Toda la historia de las luchas en las calles y de las victorias revolucionarias está llena de semejantes improvisaciones. Pero estos episodios desaparecen sin dejar huella en el torbellino de los grandes acontecimientos, y a los historiadores no les quedan más que las cáscaras de los lugares comunes. "Los cosacos -prosigue Kujarov- se miraron unos a otros de un modo extraño, y apenas habíamos tenido tiempo de retirarnos cuando se lanzaron a la pelea." Minutos después, la multitud jubilosa alzaba en hombros, cerca de la estación, al cosaco que delante de sus ojos había derribado de un sablazo a un agente de policía. La policía no tardó en desaparecer completamente del mapa; es decir, se ocultó y empezó a maniobrar por debajo de cuerda. Vienen los soldados a ocupar su puesto; fusil al brazo. Los obreros les interrogan, inquietos: "¿Es posible, compañeros, que vengáis en ayuda de los gendarmes?" Como contestación, un grosero" ¡Sigue tu camino!" Una nueva tentativa de aproximación termina del mismo modo. Los soldados están sombríos; un gusano les roe por dentro y se irritan cuando la pregunta da en el clavo de sus propias inquietudes.

Entretanto, el desarme de los "faraones" se convierte en la divisa general. los gendarmes son el enemigo cruel, irreconciliable, odiado. No hay ni que pensar en ganarlos para la causa. No hay más remedio que azotarlos o matarlos. El ejército ya es otra cosa. La multitud rehuye con todas sus fuerzas los choques hostiles con ellos, busca el modo de ganarlo, de persuadirlo, de fundirlo con el pueblo. A pesar de los rumores favorables, acaso un poco exagerados, relativos a la conducta de los cosacos, la multitud sigue guardando una actitud circunspecta ante la Caballería. El soldado de Caballería se eleva por encima de la multitud, y su espíritu se halla separado del huelguista por las cuatro patas de la bestia. Una figura a la que hay que mirar de abajo arriba se representa siempre más amenazadora y terrible. La infantería está allí mismo, al lado, en el arroyo, más cercana y accesible. La masa se esfuerza en aproximarse a ella, en mirarle a los ojos, en envolverla con su aliento inflamado. La mujer obrera representa un gran papel en el acercamiento entre los obreros y los soldados. Más audazmente que el hombre, penetra en las filas de los soldados, coge con sus manos los fusiles, implora, casi ordena: "Desviad las bayonetas y venid con nosotros." Los soldados se conmueven, se avergüenzan, se miran inquietos, vacilan; uno de ellos se decide: las bayonetas desaparecen, las filas se abren, estremece el aire un hurra entusiasta y agradecido; los soldados se ven rodeados de gente que discute, increpa e incita: la revolución ha dado otro paso hacia adelante.

Desde el Cuartel general, Nicolás II da a Jabalov la orden telegráfica de que acabe con los disturbios "mañana sin falta". La orden del zar coincide con la fase siguiente del "plan" del general; el telegrama imperial no sirvió más que de impulso complementario. Maña tendrán la palabra las tropas. ¿No será ya tarde? Por ahora, no se podía decir. La cuestión estaba planteada, pero no resuelta, ni mucho menos. La benignidad de los cosacos, las vacilaciones que se percibían en algunas de las tropas de Infantería no eran más que episodios más o menos significativos, repetidos por mil ecos en la calle. Episodios que bastaban para enardecer a la multitud revolucionaria, pero que eran insuficientes para decidir el triunfo, tanto más cuanto que los había también de carácter hostil. Por la tarde de aquel mismo día, en el Gostini Dvor, un pelotón de dragones, como respuesta, según la versión oficial, a unos disparos de revólver que salieron de la multitud, abrió por primera vez el fuego contra los manifestantes; según el informe enviado por Jabalov al Cuartel general, resultaron tres muertos y diez heridos. ¡Seria advertencia! Al mismo tiempo, Jabalov amenazaba con mandar al frente a todos los obreros reclamados como reclutas si el 28 no reanudaban el trabajo. El general presentaba a las masas obreras un ultimátum de tres días; es decir, daba a la revolución un plazo mayor del que ésta necesitaba para derribar a Jabalov, y a la monarquía con él. Pero estas cosas sólo se saben después del triunfo. El 25 por la tarde nadie sabía aún lo que traería dentro el día siguiente.

Intentemos representarnos con más claridad la lógica interna del movimiento. El 23 de febrero se inicia, bajo la bandera del "Día de la Mujer", la insurrección de las masas obreras de Petrogrado, latente desde hacía mucho tiempo y desde hacía mucho tiempo también contenida. El primer peldaño de la insurrección es la huelga. A lo largo de tres días, ésta va ganando terreno y se convierte de hecho en general. No hacía falta más para infundir confianza a las masas e impulsarlas a seguir. La huelga, que va tomando cada vez más decididamente carácter ofensivo, se combina con manifestaciones callejeras, que ponen en contacto a la masa revolucionaria con las tropas. Esto impulsa al objetivo del movimiento, en su conjunto, hacia un plano más elevado, donde el pleito se dirime por la fuerza de las armas. Los primeros días se señalan por una serie de éxitos parciales, aunque de carácter más sintomático que efectivo.

Un alzamiento revolucionario que dure varios días sólo se puede imponer y triunfar con tal de elevarse progresivamente de peldaño en peldaño, registrando todos los días nuevos éxitos. Una tregua en el desarrollo de los éxitos es peligrosa. Si el movimiento se detiene y patina, puede ser el fracaso. Pero tampoco los éxitos de por sí bastan; es menester que la masa se entere de ellos a su debido tiempo y aprecie antes de que sea tarde su importancia para no dejar pasar de largo el triunfo en momentos en que le bastaría alargar la mano para cogerle. En la historia se han dado casos de éstos.

Durante los tres primeros días, la lucha fue exacerbándose constantemente. Pero esto hizo precisamente que las cosas alcanzasen un nivel en que los éxitos sintomáticos ya no bastaban. Toda la masa activa se había echado a la calle. Con la policía liquidó eficazmente y sin grandes dificultades. En los últimos dos días hubieron de intervenir ya las tropas: en el segundo fue sólo la Caballería; al tercero, la Infantería también. Las tropas dispersaban a la gente o la contenían, manifestando a veces una condescendencia evidente y sin recurrir casi nunca a las armas de fuego. En las alturas no se apresuraban a modificar el plan represivo, en parte porque no daban a los acontecimientos toda la importancia que tenían -el error de visión de la reacción completaba simétricamente el de los caudillos revolucionarios-, y en parte porque no estaban seguros de las tropas. Al tercer día, constreñido por la fuerza de las cosas y por la de la orden telegráfica del zar, el gobierno no tiene más remedio, quiéralo o no, que echar mano de las tropas ya de una manera decidida. Los obreros lo comprendieron así, sobre todo los elementos más avanzados, tanto más cuanto que la víspera los dragones habían disparado sobre las masas. Ahora la cuestión se planteaba en toda su magnitud ante ambas partes.

En la noche del 26 de febrero fueron detenidas, en distintas partes de la ciudad, cerca de cien personas pertenecientes a las organizaciones revolucionarias, entre ellas cinco miembros del Comité bolchevique de Petrogrado. Esto daba a entender que el gobierno pasaba a la ofensiva. ¿Qué sucederá hoy? ¿Con qué temple se despertarán los obreros después de las descargas de ayer? Y, sobre todo, ¿cuál será la actitud de las tropas? El 26 de febrero amanece entre nieblas de incertidumbre y de inquietud.

Detenido el comité local, la dirección de todo el trabajo en la capital pasa a manos de la barriada de Viborg. Tal vez sea mejor así. La alta dirección del partido se retrasa desesperadamente. Hasta el día 25 por la mañana, la oficina del Comité central de los bolcheviques no se decidió a lanzar una hoja llamando a la huelga general en todo el país. En el momento de salir a la calle este manifiesto, si es que efectivamente salió, la huelga general de Petrogrado se apoyaba ya totalmente en el alzamiento armado. Los dirigentes observan desde lo alto, vacilan y se quedan atrás, es decir, no dirigen, sino que van a rastras del movimiento.

Cuanto más nos acercamos a las fábricas, mayor es la decisión. Sin embargo, hoy, día 26, también en los barrios obreros reina la inquietud. Hambrientos, cansados, ateridos de frío, con una inmensa responsabilidad histórica sobre sus hombros, los militantes del barrio de Viborg se reúnen en las afueras para cambiar impresiones acerca de la jornada y señalar de común acuerdo la ruta que se ha de seguir. Pero, ¿qué hacer? ¿Organizar una nueva manifestación? ¿Qué resultado puede dar una manifestación sin armas, si el gobierno ha decidido jugarse el todo por el todo? Esta pregunta tortura las conciencias. "Todo parecía indicar como la única conclusión posible que la insurrección se estaba liquidando." Es la conocida voz de Kajurov la que nos habla, y a lo primero nos resistimos a creer que esta voz sea la suya. Tan bajo descendía el barómetro momentos antes de la tormenta.

En las horas en que la vacilación se adueñaba hasta de los revolucionarios que estaban más cerca de las masas, el movimiento había ido ya bastante más lejos en rigor de lo que se imaginaban los propios combatientes. Ya la víspera, al atardecer del 25 de febrero, el barrio de Viborg se hallaba por entero en manos de los rebeldes. Los comisarios de policía fueron saqueados, destruidos y algunos de los jefes de policía, muertos, aunque la mayoría había desaparecido. El general-gobernador había perdido el contacto con una parte enorme de la capital. El 26 por la mañana se puso de manifiesto que, además de la barriada de Viborg, se hallaban en poder de los revolucionarios el barrio de Peski, hasta muy cerca de la avenida de Liteini. Por lo menos, así pintaban la situación los informes de la policía. Y en cierto sentido era verdad, si bien es dudoso que los revolucionarios se dieran perfecta cuenta de ello. Indudablemente, en muchos casos los gendarmes abandonaban sus guaridas antes de verse amenazados por los obreros. Aparte de esto, el hecho de que los gendarmes evacuaran los barrios fabriles, no podía tener una importancia decisiva a los ojos de los obreros, y se comprende, pues las tropas no habían dicho aún su última palabra. La insurrección "se está liquidando", pensaban los más decididos, cuando, en realidad, no hacía más que desarrollarse.

El 26 de febrero era domingo y las fábricas no trabajaban, lo cual impedía medir desde por la mañana la intensidad de presión de las masas por la intensidad de la huelga. Además, los obreros veíanse privados de la posibilidad de reunirse en las fábricas, como lo habían hecho en los días anteriores, y esto dificultaba la organización de manifestaciones. En la Nevski reinaba por la mañana la tranquilidad. "En la ciudad todo está tranquilo", telegrafiaba la zarina al zar. Pero la tranquilidad no había de durar mucho. Los obreros van concentrándose poco a poco y se dirigen al centro desde todos los suburbios. No les dejan pasar por los puentes, pero atraviesan sobre el hielo; no hay que olvidar que estamos todavía en febrero, época en que el Neva está completamente helado. Los disparos hechos sobre la multitud que atraviesa el río no bastan para contenerla. La ciudad se ha transformado. Por todas partes circulan patrullas, piquetes de Caballería, por dondequiera se ven barreras de soldados. Las tropas vigilan sobre todos los caminos que conducen a la avenida Nevski. Suenan disparos que no se sabe de dónde salen. Aumenta el número de muertos y heridos. Corren en distintas direcciones los coches de las ambulancias sanitarias. No siempre se puede precisar quién dispara ni de dónde parten los tiros. Es indudable que los gendarmes, a quienes se ha dado una severa lección, han decidido no ofrecer más blanco y disparan desde las ventanas, a través de los postigos de los balcones, ocultándose detrás de las columnas, desde las azoteas. Se lanzan conjeturas que se convierten fácilmente en leyendas. Se corre que, para intimidar a los manifestantes, muchos soldados se han puesto capotes de gendarmes. Se dice que Protopopov ha mandado colocar numerosos puestos de ametralladoras en las azoteas de las casas. La comisión nombrada después de la revolución no pudo probar la existencia de estos puestos. Pero esto no quiere decir que no los hubiera. El hecho es que en esta jornada los gendarmes quedan relegados a segundo término. Ahora intervienen decisivamente las tropas, a quienes se da la orden de disparar, y los soldados, sobre todo los regimientos de las escuelas de suboficiales, disparan. Según los datos oficiales, en esta jornada los muertos llegaron a 40, contándose otros tantos heridos, sin incluir los que fueron retirados por la multitud. La lucha entra en su fase decisiva. ¿Se replegarán las masas ametralladas sobre sus suburbios? No; no se replegarán, pues quieren conseguir lo que les pertenece.

El Petersburgo burgués, burocrático, liberal, está asustado. El presidente de la Duma imperial, Rodzianko, exige que se envíen del frente tropas de confianza; luego "lo pensó mejor" y recomendó al ministro de la Guerra, Beliaiev, que dispersara a la multitud no con descargas, sino con mangas de riego, poniendo en acción al Cuerpo de bomberos. Beliaiev, después de consultar la cosa con el general Jabatov, contestó que el agua produciría resultados contraproducentes, "pues el agua lo que hace es excitar". Véase cómo los elementos dirigentes liberalburocráticos policiacos se entretenían en debates acerca de la ducha fría y caliente para el pueblo insurreccionado. Los informes policiacos de este día demuestran que el agua no bastaba: "Durante los disturbios se observaba como fenómeno general la actitud extremadamente provocativa de los revoltosos frente a la fuerza pública, contra la cual la multitud arrojaba piedras y pedazos de hielo. Cuando las tropas hacían disparos al aire, la multitud no sólo no se dispersaba, sino que acogía las descargas con risas. Fue necesario disparar de veras para disolver los grupos, pero los revoltosos, en su mayoría, se escondían en los patios de las casas vecinas, y cuando cesaban las descargas salían otra vez a la calle." Este informe policiaco atestigua la temperatura extraordinariamente alta de las masas en aquellos días. Es poco verosímil, sin embargo, que la multitud empezase por propia iniciativa a bombardear a las tropas con piedras y pedazos de hielo; esto contradice demasiado la sicología de los rebeldes y su táctica de prudencia con respecto a las tropas. El informe, atento a justificar las matanzas en masa, no describe las cosas tal y como sucedieron en la realidad. Pero el hecho fundamental está expresado con bastante exactitud y perfecta claridad: la masa no quiere ya retroceder, resiste con furor optimista, no abandona el campo ni aun después de las descargas y se agarra no a la vida, sino a las piedras, al hielo. La multitud exasperada demuestra una intrepidez loca. Esto se explica por el hecho de que, a pesar de las descargas, no pierde la confianza en las tropas. Tiene fe en el triunfo y quiere obtenerlo a toda costa.

La presión de los obreros sobre las tropas se intensifica conforme aumenta la presión sobre ella por las autoridades. La guarnición de Petrogrado se ve decididamente arrastrada por los acontecimientos. La fase de expectativa, que se mantuvo casi tres días y durante la cual el principal contingente de la guarnición puedo conservar una actitud de amistosa neutralidad ante los revolucionarios, tocaba a su fin: "¡Dispara sobre el enemigo!", ordena la monarquía. "¡No dispares contra tus hermanos y hermanas!", gritan los obreros y las obreras. Y no sólo esto, sino: "¡Únete a nosotros!" En las calles y en las plazas, en los puentes y en las puertas de los cuarteles, se desarrollaba una pugna ininterrumpida, a veces dramática y a veces imperceptible, pero siempre desesperada, en torno al alma del soldado. En esta pugna, en estos agudos contactos entre los obreros y obreras y los soldados, bajo el crepitar ininterrumpido de los fusiles y de las ametralladoras, se decidía el destino del poder, de la guerra y del país.

El ametrallamiento de los manifestantes acentúa la sensación de inseguridad en las filas de los dirigentes. Las proporciones que toma el movimiento empiezan a parecer peligrosas. En la reunión celebrada por el Comité de Viborg el día 26 por la tarde, es decir, doce horas antes de decidirse el triunfo, llegó a hablarse de sí no era venido el momento de aconsejar que se pusiese fin a la huelga. Esto podrá parecer sorprendente, pero no tiene nada de particular, pues en estos casos es mucho más fácil reconocer la victoria al día siguiente que la víspera. Además, el estado de ánimo sufre constantes alteraciones bajo la presión de los acontecimientos y de las noticias. Al decaimiento sucede rápidamente una exaltación de espíritu. De la valentía de un Kajurov o de un Chugurin no puede dudarse, pero en algunos momentos se sienten cohibidos por el sentimiento de responsabilidad para con las masas. Entre los obreros de filas hay menos vacilaciones. El agente de la Ocrana, Churkanov, que estaba bien informado, y que desempeñó un gran papel en la organización bolchevique, se expresa en los términos siguientes, en los informes que cursa a sus jefes, hablando del estado de ánimo de los obreros: "Comoquiera que las tropas no oponían obstáculo alguno a la multitud y en algunos casos se han convencido de su impunidad, y ahora, cuando, después de haber circulado sin obstáculos por las calles, los elementos revolucionarios han lanzado los gritos de "¡Abajo la guerra!" y "¡Abajo la autocracia!", el pueblo tiene la certeza de que ha empezado la revolución, de que el triunfo de las masas está asegurado, de que la autoridad es impotente para aplastar el movimiento, puesto que las tropas están a su lado; de que el triunfo decisivo está próximo, ya que aquéllas se pondrán abiertamente, de un momento a otro, al lado de las fuerzas revolucionarias: de que el movimiento iniciado no irá a menos, sino que, lejos de eso, crecerá ininterrumpidamente, hasta lograr el triunfo completo e imponer el cambio de régimen." Este resumen es notable por su concisión y elocuencia. El informe representa de por sí un documento histórico de gran valor, lo cual no obsta, naturalmente, para que los obreros triunfantes fusilen a su autor en cuanto lo cogen.

Los confidentes, cuyo número era enorme, sobre todo en Petrogrado, eran los que más temían el triunfo de la revolución. Estos elementos mantienen su política propia: en las reuniones bolcheviques, Churkanov sostiene la necesidad de emprender las acciones más radicales; en sus informes a la Ocrana, aconseja el empleo decidido de las armas. Es posible que Churkanov, persiguiendo este objetivo, tendiera incluso a exagerar la confianza de los obreros en el triunfo. Pero en lo esencial sus informes reflejaban la verdad, y pronto los acontecimientos vinieron a confirmar su apreciación.

Los dirigentes de ambos campos vacilaban y conjeturaban, pues nadie podía medir a priori la proporción de fuerzas. Los signos exteriores perdieron definitivamente su valor de criterios de medida: no hay que olvidar que uno de los rasgos principales de toda crisis revolucionaria consiste precisamente en la aguda contradicción entre la nueva conciencia y los viejos moldes de las relaciones sociales. La nueva correlación de fuerzas anidaba misteriosamente en la conciencia de los obreros y soldados. Pero precisamente el tránsito del gobierno a la ofensiva de las masas revolucionarias hizo que la nueva correlación de fuerzas pasara de su estado potencial a un estado real. El obrero miraba ávida e imperiosamente a los ojos del soldado, y éste rehuía, intranquilo e inseguro, su mirada: esto significaba que el soldado no respondía ya de sí. El obrero se acercaba a él valerosamente. El soldado, sombría, pero no hostilmente, más bien sintiéndose culpable, guardaba silencio, y, a veces, contestaba con una serenidad forzada para ocultar los latidos inquietos de su corazón. Está operándose en él una gran transformación. El soldado se libraba a todas luces del espíritu cuartelero sin que él mismo se diera cuenta de ello. Los jefes decían que el soldado estaba embriagado por la revolución; al soldado le parecía, por el contrario, que iba volviendo en sí de los efectos del opio del cuartel. Y así se iba preparando el día decisivo, el 27 de febrero.

Sin embargo, ya la víspera tuvo lugar un hecho que, a pesar de su carácter episódico, proyecta vivísima luz sobre los acontecimientos del 26 de febrero: al atardecer se sublevó la cuarta compañía del regimiento imperial de Pavlovski. En el informe dado por el inspector de policía se indica de un modo categórico la causa de la sublevación: "La indignación producida por el hecho de que un destacamento de alumnos del mismo regimiento, apostado en la Nevski, disparara contra la multitud." ¿Quién informó de esto a la cuarta compañía? Por una verdadera casualidad, se han conservado datos acerca de esto. Cerca de las dos de la tarde acudió a los cuarteles del citado regimiento un grupo de obreros, que dieron cuenta atropelladamente a los soldados de las descargas de la Nevski. "Decid a los compañeros que los soldados del Pavlovski disparan también contra nosotros. Los hemos visto en la Nevski con vuestro uniforme." Era un reproche cruel y un llamamiento inflamado. "Todos estaban desconcertados y pálidos." La semilla cayó en tierra fértil. Hacia las seis de la tarde, la cuarta compañía abandonó, por iniciativa propia, el cuartel bajo el mando de un suboficial -¿quién era? Su nombre ha desaparecido, sin dejar huella, entre tantos otros cientos y miles de nombre heroicos- y se dirigió a la Nevski para retirar a los soldados que habían disparado. No estamos ante una sublevación de soldados provocada por el rancho, sino ante un acto de alta iniciativa revolucionaria. Durante el trayecto. la compañía tuvo una escaramuza con un escuadrón de gendarmes, contra el cual disparó, matando a un agente e hiriendo a otro. Desde aquí, ya no es posible seguir el rastro de la intervención de los soldados insurrectos en el torbellino de las calles. La compañía regresó al cuartel y puso en pie a todo el regimiento. Pero las armas habían sido escondidas; sin embargo, según algunos informes, los soldados lograron apoderarse de treinta fusiles. No tardaron en verse cercados por tropas del regimiento de Preobrajenski; diecinueve soldados fueron detenidos y encerrados en la fortaleza, los restantes se rindieron. Según otros informes, esa noche faltaron del cuartel veintiún soldados con fusiles. ¡Peligrosa escapada! Esos veintiún soldados buscarán durante toda la noche aliados y defensores. Sólo el triunfo de la revolución puede salvarlos. Seguramente que los obreros se enterarían por ellos de lo sucedido. Buen presagio para los combates del día siguiente. Nabokov, uno de los jefes liberales más destacados, cuyas verídicas Memorias parecen algunos pasajes el diario de su partido y de su clase, regresó a su casa a la una de la noche, a pie, por las calles oscuras e intranquilas, "alarmado y lleno de sombríos presentimientos". Es posible que, en una de las encrucijadas, tropezara con un soldado fugitivo, y que, tanto el uno como el otro, se apresuraran a irse cada cual por su lado, puesto que nada tenían que decirse. En los barrios obreros y en los cuarteles, unos vigilaban o discutían la situación, otros dormían con el sueño ligero del vivac y presentían, en un delirio febril, el día de mañana, y allí entre los obreros, el soldado fugitivo halló refugio.

¡Qué pobreza la de las crónicas de las acciones de Febrero, aun comparada con los escasos documentos que poseemos de las jornadas de Octubre! En octubre, los revolucionarios actuaban capitaneados día tras día por el partido; en los artículos, manifiestos y actas del mismo aparece consignado, aunque no sea más que el curso externo de la lucha. No así en febrero. Las masas no están sometidas casi a ninguna dirección organizada. Los periódicos, con su personal en huelga, permanecieron mudos. Las masas hacían su historia, sin poder pararse a escribirla. Es casi imposible restablecer el cuadro vivo de los acontecimientos que se desarrollaron por aquellos días en las calles. Gracias que podamos reconstituir las líneas generales de su desarrollo exterior y esbozar sus leyes internas.

El gobierno, que aún no se había dejado arrebatar el aparato del poder, seguía los acontecimientos peor incluso que los partidos de izquierda, que, como sabemos, distaban mucho de estar a la altura de las circunstancias. Después de las "eficaces" descargas del 26, los ministros por un momento se tranquilizaron. En la madrugada del 27, Protopopov anunció que, según los informes recibidos, "una parte de los obreros se proponen reanudar el trabajo". Los obreros no pensaban, ni por asomo, en reintegrarse a las fábricas. Las descargas y los fracasos de la víspera no han descorazonado a las masas. ¿Cómo se explica esto? Evidentemente, los factores negativos se han convertido en positivos. Las masas invaden las calles, establecen contacto con el enemigo, ponen amistosamente la mano en la espalda de los soldados, se deslizan por entre las patas de los caballos, atacan, se dispersan, dejan cadáveres tendidos en las bocacalles; de vez en cuando, se apoderan de armas, transmiten noticias, recogen rumores y se convierten en un ser colectivo dotado de innumerables ojos, oídos y tentáculos. Cuando por la noche, después de la lucha, vuelven a sus casas, a los barrios obreros, las masas hacen el resumen de las impresiones del día, y, dejando a un lado lo secundario y accidental, sacan de ellas las conclusiones correspondientes. En la noche del 26 al 27 estas conclusiones fueron, sobre poco más o menos, las notificadas a sus superiores por el confidente Churkanov.

Por la mañana del día siguiente los obreros afluyen nuevamente a las fábricas y, en asambleas generales, deciden proseguir la lucha. Se siguen destacando por su decisión, como siempre, los trabajadores de Viborg. También en los demás barrios transcurren en medio del mayor entusiasmo los mítines matinales. ¡Proseguir la lucha! Pero, ¿qué significa esto, hoy? La huelga general ha derivado en manifestaciones revolucionarias de masas inmensas, y las manifestaciones se han traducido en choques con las tropas. Seguir la lucha hoy equivale a proclamar el alzamiento armado. Pero este llamamiento no lo ha lanzado nadie, no ha sido puesto a la orden del día por el partido revolucionario: es una consecuencia inexorable de los propios acontecimientos.

El arte de conducir revolucionariamente a las masas en los momentos críticos consiste, en nueve décimas partes, en saber pulsar el estado de ánimo de las propias masas, y así como Kajurov observaba las guiñadas de los cosacos, la gran fuerza de Lenin consistía en su inseparable capacidad para tomar el pulso a la masa y saber cómo sentía. Pero Lenin no estaba aún en Petrogrado. Los estados mayores "socialistas" públicos y semipúblicos, los Kerenski, los Cheidse, los Skobelev y cuantos los rodeaban, preferían hacer amonestaciones de toda índole y resistir al movimiento. El estado mayor central bolchevista, compuesto por Schliapnikov, Zalutski y Mólotov, reveló en aquellos días una impotencia y una falta de iniciativa asombrosas. De hecho, las barriadas obreras y los cuarteles estaban abandonados a sí mismos. Hasta el día 26 no apareció el primer manifiesto a los soldados, lanzado por una de las organizaciones socialdemócratas, afín a los bolcheviques. Este manifiesto, que tenía un carácter muy indeciso y ni siquiera hacía un llamamiento a los soldados para que se pusieran al lado del pueblo, empezó a repartirse por todos los barrios el día 27 por la mañana. "Sin embargo -atestigua Fureniev, uno de los directivos de la organización-, los acontecimientos revolucionarios se desarrollaban con tal rapidez, que nuestras consignas llegaban ya con retraso. En el momento en que las hojas llegaban a manos de los soldados, éstos entraban ya en acción."

Por lo que al centro bolchevique se refiere, conviene advertir que, hasta el día 27 por la mañana, Schliapnikov no se decidió a escribir, a instancias de Chugurin, uno de los mejores caudillos obreros de las jornadas de febrero, un manifiesto dirigido a los soldados. ¿Fue impreso ese manifiesto? En todo caso, vería la luz cuando su eficacia era ya nula. En modo alguno pudo tener influencia sobre los sucesos del día 27. No hay más remedio que dejar sentado que, por regla general, en aquellos días los dirigentes, cuanto más altos estaban, más a la zaga de las cosas iban.

Y, sin embargo, el alzamiento, a quien nadie llamaba por su nombre, estaba a la orden del día. Los obreros tenían concentrados todos sus pensamientos en las tropas. ¿Será posible que no logremos moverlas? Hoy, la agitación dispersa ya no basta. Los obreros de Viborg organizan un mitin en el cuartel del regimiento de Moscú. La empresa fracasa. A un oficial o a un sargento no le es difícil manejar una ametralladora. Un fuego graneado pone en fuga a los obreros. La misma tentativa se efectúa también sin éxito en el cuartel del regimiento de reserva. Entre los obreros y los soldados se interponen los oficiales apuntando con la ametralladora. Los caudillos obreros y los soldados, exasperados, buscan armas, se las piden al partido; éste les contesta: las armas las tienen los soldados, id a buscarlas allí. Esto ya lo saben ellos. Pero, ¿cómo conseguirlas? ¿No se echará todo a perder? Así, la lucha iba llegando a su punto crítico. O la ametralladora barre la insurrección, o la insurrección se apodera de la ametralladora. En sus Memorias, Schliapnikov, figura central en la organización bolchevique petersburguesa de aquel entonces, cuenta que cuando los obreros reclamaban armas, aunque no fuera más que revólveres, les contestaban con una negativa, mandándolos a los cuarteles. De este modo querían evitar choques sangrientos entre los obreros y los soldados, cifrando todas las esperanzas en la agitación, es decir, en la conquista de los soldados por la palabra y el ejemplo. No conocemos testimonios que confirmen o refuten esta declaración de uno de los caudillos preeminentes de aquellos días, y que más bien acredita miopía que clarividencia. Mucho más sencillo hubiera sido reconocer que los dirigentes no disponían de armas.

Es indudable que, al llegar a una determinada fase, el destino de toda revolución se resuelve por el cambio operado en la moral del ejército. Las masas populares inermes, o poco menos, no podrían arrancar el triunfo si hubiesen de luchar contra una fuerza militar numerosa, disciplinada, bien armada y diestramente dirigida. Pero toda profunda crisis nacional repercute, por fuerza, en grado mayor o menor, en el ejército; de este modo, a la par con las condiciones de una revolución realmente popular, se prepara asimismo la posibilidad -no la garantía, naturalmente- de su triunfo. Sin embargo, el ejército no se pasa nunca al lado de los revolucionarios por propio impulso, ni por obra de la agitación exclusivamente. El ejército es un conglomerado, y sus elementos antagónicos están atados por el terror de la disciplina. Aun en vísperas de la hora decisiva, los soldados revolucionarios ignoran la fuerza que representan y su posible influencia en la lucha. También son un conglomerado, naturalmente, las masas populares. Pero éstas tienen posibilidades incomparablemente mayores de someter a prueba la homogeneidad de sus filas en el proceso de preparación de la batalla decisiva. Las huelgas, los mítines, las manifestaciones, tienen tanto de actos de lucha como de medios para medir la intensidad de la misma. No toda la masa participa en el movimiento de huelga. No todos los huelguistas están dispuestos a dar la batalla. En los momentos más agudos, se echan a la calle los más decididos. Los vacilantes, los cansados, los conservadores, se quedan en casa. Aquí, la selección revolucionaria se efectúa orgánicamente, haciendo pasar a los hombres por el tamiz de los acontecimientos. En el ejército, las cosas no ocurren del mismo modo. Los soldados revolucionarios, los simpatizantes, los vacilantes, los hostiles, permanecen ligados por una disciplina impuesta, cuyos hilos se hallan concentrados, hasta el último momento, en manos de la oficialidad. En los cuarteles sigue pasándose revista diariamente a los soldados y se les cuenta, como siempre, por orden de las filas "primera y segunda"; pero no, pues sería imposible, por orden de filas "revoltosas" y "adictas".

El momento psicológico en que los soldados se pasan a la revolución se halla preparado por un largo proceso molecular, el cual tiene, como los procesos naturales, su punto crítico. Pero, ¿cómo determinarlo? Cabe muy bien que las tropas estén perfectamente preparadas para unirse al pueblo, pero que no reciban el necesario impulso del exterior: los dirigentes revolucionarios no creen aún en la posibilidad de traer a su lado al ejército, y dejan pasar el momento del triunfo. Después de esta insurrección, que ha llegado a la madurez, pero que se ha malogrado, puede producirse en las tropas una reacción; los soldados pierden la esperanza que había alimentado su espíritu. Tienden nuevamente el cuello al yugo y a la disciplina y, al verse otra vez frente a los obreros, se manifiestan ya contra los sublevados, sobre todo a distancia. En este proceso entran muchos factores difícilmente ponderables, muchos puntos convergentes, numerosos elementos de sugestión colectiva y de autosugestión; pero de toda esa compleja trama de fuerzas materiales y psíquicas se deduce, con claridad inexorable, una conclusión: los soldados, en su gran mayoría, se siente tanto más capaces de desenvainar sus bayonetas y de ponerse con ellas al lado del pueblo, cuanto más persuadidos están de que los sublevados lo son efectivamente, de que no se trata de un simple simulacro, después del cual habrán de volver al cuartel y responder de los hechos, de que es efectivamente la lucha en que se juega el todo por el todo, de que el pueblo puede triunfar si se unen a él y de que su triunfo no sólo garantizará la impunidad, sino que mejorará la situación de todos. En otros términos, los revolucionarios sólo pueden provocar el cambio de moral de los soldados en el caso de que estén realmente dispuestos a conseguir el triunfo a cualquier precio, e incluso al precio de su sangre. Pero esta decisión suprema no puede ni quiere nunca aparecer inerme.

La hora crítica del contacto entre la masa que ataca y los soldados que le salen al paso tiene su minuto crítico: es cuando la masa gris no se ha dispersado aún, se mantiene firme y el oficial, jugándose la última carta, da la orden de fuego. Los gritos de la multitud, las exclamaciones de horror y las amenazas ahogan la voz de mando, pero sólo a medias. los fusiles se mueve. La multitud avanza. El oficial encañona con su revólver al soldado más sospechoso. Ha sonado el segundo decisivo del minuto decisivo. El soldado más valeroso, en quien tiene fijas sus miradas todos los demás, cae exánime; un suboficial dispara sobre la multitud con el fusil arrebatado al soldado muerto, se cierra la barrera de las tropas; los fusiles se disparan solos, barriendo la multitud hacia los callejones y los patios de las casas. Pero, ¡cuántas veces, desde 1905, las cosas pasaban de otro modo! En el instante crítico, cuando el oficial se dispone a apretar el gatillo, surge el disparo hecho desde la multitud, que tiene sus Kajurovs y sus Chugurins, y esto basta para decidir no sólo la suerte de aquel momento, sino tal vez el de toda la jornada y aun el de toda la insurrección.

El fin que se proponía Schliapnikov: evitar los choques de los obreros con las tropas no dando armas a los revoltosos, era irrealizable. Antes de que se llegara a los choques con las tropas tuvieron lugar innumerables encuentros con los gendarmes. La lucha en las calles se inició con el desarme de los odiados "faraones", cuyos revólveres pasaban a las manos de los revolucionarios. En sí mismo, el revólver es un arma débil, casi de juguete, contra los fusiles, las ametralladoras y los cañones del enemigo. Pero, ¿estaban éstos realmente en sus manos? Para comprobarlo, los obreros exigían armas. Es ésta una cuestión que se resuelve en el terreno psicológico. Pero tampoco en las insurrecciones los procesos psicológicos son fácilmente separables de los materiales. El camino que conduce al fusil del soldado pasa por el revólver arrebatado al "faraón".

La crisis psicológica por que atravesaban los soldados era, en aquellos momentos, menos activa, pero no menos profunda que la de los obreros. Recordemos nuevamente que la guarnición estaba formada principalmente por batallones compuestos de muchos miles de reservistas destinados a cubrir las bajas de los regimientos que se hallaban en el frente. Estos hombres, padres de familia en su mayoría, veíanse ante el trance de ir a las trincheras cuando la guerra estaba ya perdida y el país arruinado. Estos hombres no querían la guerra, anhelaban volver a sus casas, restituirse a sus quehaceres; sabían muy bien lo que pasaba en palacio y no sentían el menor afecto por la monarquía; no querían combatir contra los alemanes, y menos aún contra los obreros petersburgueses; odiaban a la clase dirigente de la capital, que se entregaba a los placeres durante la guerra; además, entre ellos había obreros con un pasado revolucionario que sabían dar una expresión concreta a este estado de espíritu.

La misión consistía en encauzar este descontento profundo, pero latente aún, de los soldados, hacia la acción revolucionaria, franca y abierta o, por lo menos, en un principio, hacia la neutralidad. El tercer día de lucha, los soldados perdieron definitivamente la posibilidad de mantenerse en una posición de benévola neutralidad ante la insurrección. Hasta nosotros llegaron únicamente reminiscencias secundarias de lo sucedido en aquellas dos horas, por lo que al contacto entre los obreros y los soldados se refiere. Hemos visto cómo la víspera los obreros fueron a quejarse amargamente ante los soldados del regimiento de Pavlovski, y la conducta de un destacamento de alumnos. Escenas, conversaciones, reproches y llamamientos análogos ocurrían en todos los ámbitos de la ciudad. Los soldados no podían seguir vacilantes. Ayer les habían obligado a disparar. Hoy volverían a obligarles a lo mismo. Los obreros no se rinden, no retroceden, quieren conseguir lo que les pertenece, aunque sea bajo una lluvia de plomo, y con ellos están las obreras, las esposas, las madres, las hermanas, las novias. ¿No es ésta, acaso, la hora aquella de que tan a menudo se hablaba, cuchicheando, en los rincones?: "Y si nos uniéramos todos?" Y en el momento de las torturas supremas, del miedo insuperable ante el día que se avecina, henchidos de odio contra aquellos que les imponen el papel de verdugos, resuenan en el cuartel las primeras voces de indignación manifiesta, y en estas voces anónimas todo el cuartel se ve retratado, aliviado y exaltado a sí mismo. Así amaneció sobre Rusia el día del derrumbamiento de la monarquía de los Romanov.

En la reunión celebrada por la mañana en casa del incansable Kajurov, a la cual acudieron hasta cuarenta representantes de las fábricas, la mayoría se pronunció por llevar adelante el movimiento. La mayoría, pero no todos. Es lástima que no se conserve testimonio de la proporción de votos. Pero no eran aquéllos momentos de actas. Por lo demás, el acuerdo llegó con retraso: la Asamblea se vio interrumpida por la noticia fascinadora de la sublevación de los soldados y de que habían sido abiertas las puertas de las cárceles. "Churkanov besó a todos los presentes." Fue el beso de Judas, pero éste no precedía, por ventura, a una crucifixión.

Desde la mañana se fueron sublevando, uno tras otro, al ser sacados de los cuarteles, los batallones de reserva de la Guardia, continuando el movimiento que en la víspera había iniciado la cuarta compañía del regimiento de Pavlovski. Este grandioso acontecimiento de la historia humana sólo ha dejado una huella pálida y tenue en los documentos, crónicas y Memorias. Las masas oprimidas, aun cuando se leven hasta las cimas mismas de la creación histórica, cuentan poco de sí mismas y aún se acuerdan menos de consignar sus recuerdos por escrito. Y la exaltación del triunfo esfuma luego el trabajo de la memoria. Conformémonos con lo que hay.

Los primeros que se sublevaron fueron los soldados del regimiento de Volinski. Ya a las siete de la mañana, el comandante del batallón llamó a Jabalov por teléfono, para comunicarle la terrible noticia, el destacamento de alumnos, esto es, las fuerzas que se creían más adictas y se destinaban a sofocar el movimiento, se habían negado a salir; el jefe había sido muerto o se había suicidado antes los soldados: sin embargo, esta segunda versión fue abandonada en seguida. Quemando los puentes tras de sí, los soldados de Volinski se esforzaron en ampliar la base de la sublevación, que era lo único que podía salvarles. Con este fin se dirigieron a los cuarteles de los regimientos de Lituania y Preobrajenski, situados en las inmediaciones, "llevándose" a los soldados, del mismo modo que los huelguistas sacan a los obreros de las fábricas. Poco después, Jabalov recibía la noticia de que los soldados del regimiento de Volinski no sólo no entregaban los fusiles, como había ordenado el general, sino que, unidos a los soldados de los regimientos de Preobrajenski y de Lituania, y lo que era aún más terrible, "unidos a los obreros", habían destruido el cuartel de la división de gendarmes. Esto atestigua que la experiencia por que habían pasado el día antes los soldados del regimiento de Pavlovski no había sido estéril: los sublevados habían encontrado caudillos y, al mismo tiempo, un plan de acción.

En las primeras horas de la mañana del día 27, los obreros se imaginaban la consecución de los fines de la insurrección mucho más lejana de lo que estaba en realidad. Para decirlo más exactamente, sólo veían la consecución de estos fines como una remota perspectiva, cuando en sus nueve décimas partes se hallaban ya alcanzados. La presión revolucionaria de los obreros sobre los cuarteles coincidió con el movimiento revolucionario de los soldados en las calles. En el transcurso del día, estas dos poderosas avalanchas se unen formando un todo, para arrastrar, primero el tejado, después los muros y luego los cimientos del viejo edificio. Chugurin fue uno de los primeros que se presentó en el local de los bolcheviques con un fusil en la mano y la espalda cruzada por una cartuchera, "sucio, pero radiante y triunfal". ¡La cosa no era para menos! ¡Los soldados se pasan a nuestro lado con las armas en la mano! En algunos sitios, los obreros han conseguido unirse a los soldados, penetrar en los cuarteles, obtener fusiles y cartuchos. Los obreros de Viborg, y con ellos la parte más decidida de los soldados, han esbozado el plan de acción: apoderarse de las comisarías de policía, en las cuales se han concentrado los gendarmes armados, desarmar a todos los jefes de policía; liberar a los obreros detenidos y a los presos políticos encerrados en las cárceles; destruir los destacamentos gubernamentales de la ciudad, unirse a los soldados que no se han sublevado aún y a los obreros de las demás barriadas.

El regimiento de Moscú se adhirió a la insurrección, no sin luchas intestinas. Es sorprendente que estas luchas fueran tan poco considerables en otros regimientos. Los elementos monárquicos, impotentes, quedaban separados de la masa, se escondían por los rincones o se apresuraban a cambiar de casaca. "A las dos de la tarde -recuerda el obrero Koroliev-, al salir el regimiento de Moscú, nos armamos... Cogimos cada uno un revólver y un fusil, nos unimos a un grupo de soldados que se nos acercó (algunos de ellos rogaron que les mandáramos y les indicáramos que tenían que hacer), y nos dirigimos a la calle Tichvinskaya, para abrir el fuego contra la comisaría de policía." Véase, pues, cómo los obreros indicaban a los soldados lo que tenían que hacer, sin un instante de vacilación.

Una tras otra, llegaba jubilosas noticias de victoria. ¡Los revolucionarios estaban en posesión de automóviles blindados! Con las banderas rojas desplegadas, estos autos sembraban el pánico entre los que aún no se habían sometido. Ahora ya no era necesario deslizarse por entre las patas de los caballos de los cosacos. La revolución está en pie en toda su magnitud.

Hacia el mediodía, Petrogrado vuelve a convertirse en un campo de operaciones: por todas partes se oyen disparos de fusilería y ametralladoras. No siempre es posible concretar quién dispara contra quién. Lo único que puede afirmarse es que se tirotean el pasado y el futuro. Es frecuente también el tiroteo sin objetivo: se disparaba, sencillamente, con los revólveres adquiridos inesperadamente. Ha sido saqueado el arsenal. "Se dice que se han repartido algunas decenas de miles de Brownings." De la Audiencia y de las comisarías de policía incendiadas se elevan al cielo columnas de humo. En algunos puntos, las escaramuzas y los tiroteos se convierten en verdaderas batallas. En la perspectiva Sampsonovski, los obreros se acercan a las barracas ocupadas por los motociclistas, una parte de los cuales se agrupa en las puertas. "¿Qué hacéis aquí parados, compañeros?" Los soldados sonríen, "con una sonrisa que no promete nada bueno", atestigua uno de los beligerantes, y permanecen callados. Los oficiales ordenan groseramente a los obreros que sigan su camino. Los motociclistas, lo mismo que los soldados de Caballería, fueron durante las revoluciones de Febrero y de Octubre los cuerpos más conservadores de todo el ejército. Pronto se agrupan ante la verja un tropel de obreros y soldados revolucionarios. ¡Hay que sacar de ahí al batallón sospechoso! Alguien comunica que ha sido pedido un automóvil blindado; de otro modo, es poco probable que se pueda sacar de su guarida a los motociclistas, que se han artillado apostando ametralladoras. Pero la masa no sabe esperar: se muestra impaciente e intranquila, y en su impaciencia tiene razón. Suenan los primeros tiros disparados por ambas partes, pero la valla de tablas que separa a lo soldados de la revolución, estorba. Los atacantes deciden destruirla. Un trozo es derribado, al resto le pegan fuego, Aparecen las barracas, que son cerca de una veintena. Los motociclistas se concentran en dos o tres. Las otras son inmediatamente incendiadas. Seis años después Kajurov registra el recuerdo: "Las barracas ardiendo y la valla que las rodeaba derribada, el fuego de las ametralladoras y los fusiles, los rostros agitados de los sitiadores, el camión lleno de revolucionarios armados que se acerca a toda marcha, y finalmente, el automóvil blindado que llega, con sus bruñidos cañones, ofrecían un espectáculo magnífico e inolvidable." La vieja Rusia zarista, eclesiástico-policíaca, se consumía en el incendio de las barracas y las vallas, desaparecía entre el fuego y el humo, ahogándose en el tiroteo de las ametralladoras. ¿Cómo no habían de exaltarse los Kajurov, las decenas, los centenares, los miles de Kajurovs? El automóvil hizo algunos disparos de cañón contra la barraca en que se habían refugiado los oficiales y los motociclistas. El comandante de los sitiados resultó muerto; los oficiales, quitándose las charreteras y los emblemas, se fugaron por huertas adyacentes; los demás se rindieron. Fue probablemente la refriega más importante de la jornada.

Entretanto la sublevación militar tomaba un carácter epidémico. Las únicas que no la secundaban eran ya las fuerzas que no habían tenido tiempo de hacerlo. Al atardecer se sumaron al movimiento los soldados del regimiento de Semenov, famoso por la salvaje represión del alzamiento de Moscú, en 1905. ¡Los once años pasados desde entonces no habían pasado en vano! Los soldados del regimiento de Semenov, unidos a los cazadores, sacaron a la calle, ya entrada la noche, a los del regimiento de Ismail, a quienes los jefes mantenían encerrados en los cuarteles: este regimiento, que cercó y detuvo el 3 de diciembre de 1905 al primer soviet de Petrogrado, seguía siendo considerado como uno de los más reaccionarios. La guarnición del zar en la capital, que contaba con ciento cincuenta mil soldados, se iba fundiendo, derritiéndose, desaparecía por momentos. Por la noche, ya no existía.

Después de las noticias recibidas por la mañana acerca de la sublevación de los regimientos, Jabalov todavía intenta resistir, mandando contra los sublevados un destacamento formado por elementos diversos, de cerca de mil hombres, con las instrucciones más draconianas. Pero la suerte de este destacamento toma un giro misterioso. "En estos días sucede algo incomprensible -cuenta después de la revolución el incomparable Jabalov-, el destacamento avanza con oficiales valientes y decididos a la cabeza -alude al coronel Kutepov-; pero...¡sin resultado alguno!" Las compañías mandadas tras ese destacamento desaparecen también sin dejar huella. El general empieza a formar reservas en la plaza de Palacio, pero "faltaban cartuchos y no había de dónde sacarlos." Entresacamos todo esto de las declaraciones de Jabalov ante la Comisión investigadora del gobierno provisional. Pero ¿dónde fueron a parar, en fin de cuentas, los destacamentos destinados a sofocar la insurrección? No es difícil adivinarlo: se vieron inmediatamente absorbidos por esta última. Los obreros, las mujeres, los muchachos, los soldados sublevados, rodeaban a los destacamentos de Jabalov por todos lados, considerándolos como suyos o esforzándose por conquistarlos, y no les daban la posibilidad de moverse como no fuera uniéndose a la inmensa multitud. Luchar con esta masa que se había adherido a los soldados, que ya no temía nada, que era inagotable, que se metía en todas partes, era tan imposible como batirse en medio de una masa de levadura.

Simultáneamente con las continuas informaciones relativas a las sublevaciones de nuevos regimientos, llegaban demandas de tropas de confianza para reprimir la insurrección, para guardar la central telefónica, el palacio de Lituania, el palacio de Marinski y otros sitios aún más sagrados, Jabalov pidió por teléfono que se mandaran tropas de confianza de Kronstadt, pero el comandante contestó que el mismo temía por la seguridad de la fortaleza. Jabalov ignoraba todavía que la sublevación se había extendido a las guarniciones vecinas. El general intentó o simuló intentar convertir el Palacio de Invierno en reducto, pero el plan hubo de abandonarse en seguida por irrealizable, y el último puñado de tropas "adictas" pasó al Almirantazgo. Allí, el dictador se preocupó, finalmente, de realizar la cosa más importante e inaplazable: imprimir, para ser publicado, los dos últimos decretos del gobierno, sobre la dimisión de Protopopov por "motivos de salud" y sobre la declaración del estado de sitio en Petrogrado. Este último decreto corría, en efecto, mucha prisa, pues pocas horas después, el ejército de Jabalov levantaba "el sitio" de Petrogrado y huía del Almirantazgo para refugiarse en sus casas. Sólo por desconocimiento de la realidad la revolución no detuvo el día 27 por la noche a aquel general dotado de atribuciones terribles, pero que ya no tenía nada de terrible. Se hizo al día siguiente, sin ninguna dificultad.

¿Pero es posible que sea ésta toda la resistencia que ofrezca la terrible Rusia zarista ante el peligro mortal? Sí, casi todo, a pesar de la gran experiencia acumulada en lo que a las represiones contra el pueblo se refería, y a pesar de los planes de represión, tan concienzudamente elaborados. Más tarde, los monárquicos, al volver en sí, explicaron la facilidad de la victoria del pueblo en Febrero, por el carácter especial de la guarnición de Petrogrado. Pero todo el curso ulterior de la revolución desmiente este razonamiento. Es verdad que, ya a principios del año fatal, la camarilla sugería al zar la conveniencia de renovar la guarnición de la capital. El zar se dejó convencer sin trabajo de que la caballería de la Guardia, que era considerada como muy adicta, había "permanecido bastante tiempo en el fuego" y merecía que se le diese descanso en sus cuarteles de Petrogrado. Sin embargo, accediendo a respetuosas indicaciones del frente, el zar sustituyó a los cuatro regimientos de la caballería de la Guardia por tres dotaciones de Marina de la Guardia. Según la versión de Protopopov, la sustitución se llevó a cabo sin el consentimiento del zar, con una intención pérfida por parte del mando. "Los marineros son, en su mayoría, obreros, y representan el elemento más revolucionario del ejército." Pero esto es un absurdo evidente. Lo que ocurrió era, sencillamente, que la alta oficialidad de la Guardia, sobre todo la de caballería, hacía una carrera demasiado brillante en el frente para que tuviera ningún deseo de retornar al interior. Además, tenía que pensar, no sin miedo, en las funciones represivas que se les asignaba a la cabeza de regimientos que en el frente habían sufrido una completa transformación. Como no tardaron en demostrar los acontecimientos del frente, la Guardia montada no se distinguía ya, en aquel entonces, del resto de la Caballería, y los marinos de la Guardia trasladados a la capital no desempeñaron ningún papel activo en la revolución de Febrero. La verdadera causa estribaba en que la trama toda del régimen estaba podrida y no tenía ni un solo hilo sano...

En el transcurso del día 27 fueron puestos en libertad por la multitud, sin que hubiera ninguna víctima, los detenidos políticos de las numerosas cárceles de la capital, entre ellos el grupo patriótico del Comité industrial de guerra, detenido el 26 de enero, y los miembros del Comité petersburgués de los bolcheviques, encarcelados por Jabalov cuarenta horas antes. A las mismas puertas de la cárcel se dividen los caminos políticos: los patriotas mencheviques se dirigen hacia la Duma, donde se reparten los papeles y los cargos; los bolcheviques se van a las barriadas, al encuentro de los obreros y los soldados, a fin de dar cima con ellos a la conquista de la capital. No se puede dejar respiro al enemigo. Las revoluciones exigen, más que ninguna otra cosa, remate y coronación.

No se puede precisar quién sugirió la idea de conducir al palacio de Táurida a los regimientos sublevados. Esta ruta política era una consecuencia lógica de la situación. Todos los elementos radicales no incorporados a las masas sentíanse, naturalmente, atraídos hacia este palacio, en que se concentraban todos los informes de la oposición. Es muy verosímil que precisamente estos elementos, que sintieron súbitamente el día 27 la afluencia de fuerzas vitales, desempeñasen el papel de guías de la Guardia sublevada. Este papel era honroso y ya casi no ofrecía peligro alguno. El palacio de Potemkin, por su situación, era el más apropiado para servir de centro a la revolución. El jardín de Táurida sólo estaba separado por una calle de la población militar, en que se hallaban los cuarteles de la Guardia y una serie de instituciones militares. Durante muchos años, esta parte de la ciudad había sido considerada, tanto por el gobierno como por los revolucionarios, como el reducto militar de la monarquía. Y lo era efectivamente. Pero todo había cambiado. La sublevación militar surgió, precisamente, de este sector. Los sublevados no tenían más que atravesar la calle para llegar al jardín del palacio de Táurida, separado del Neva solamente por una manzana de casas. Del otro lado del Neva se extiende la barriada de Viborg, caldera de vapor de la revolución. Los obreros no tienen más que cruzar el puente de Alejandro, y , si éste ha sido levantado, por el río helado, para ir a parar a los cuarteles de la Guardia o al palacio de Táurida. He aquí cómo este triángulo heterogéneo y contradictorio por su origen, situado en el noroeste de Petersburgo: la Guardia, el palacio de Potemkin y las fábricas gigantescas, se convierte en la plaza de armas de la revolución.

En el edificio del palacio de Táurida surgen o empiezan a dibujarse ya los distintos centros, entre ellos el estado mayor de la insurrección. No se puede decir que éste tuviera un carácter muy serio. Los oficiales "revolucionarios", esto es, los oficiales relacionados por su pasado con la revolución, aunque no fuera más que por equívoco, pero que habían dejado pasar la insurrección, se apresuran después de la victoria a recordar su existencia, o, respondiendo al llamamiento directo de los demás, se ponen "al servicio de la revolución". Estos elementos examinan pedantescamente la situación y menean la cabeza con gesto pesimista. Claro está, dicen, que esa masa de soldados en fermentación, muchas veces desarmados, no tiene capacidad combativa alguna. No hay ni artillería, ni ametralladoras, ni jefes. El enemigo tendría bastante con un buen regimiento sólido. Ahora, es verdad que los regimientos revolucionarios impiden toda operación sistemática en las calles. Pero, por la noche, los obreros se irán a sus casas, el habitante neutral se acostará, la ciudad quedará desierta. Si Jabalov se presenta en los cuarteles con un regimiento de confianza, puede hacerse dueño de la situación. Con esta misma idea nos hemos de encontrar luego, con distintas variantes, a través de las varias etapas de la revolución. "Dadme un regimiento de confianza, dirán más de una vez los bravos coroneles, y en un cerrar y abrir de ojos barro yo toda esa porquería." Algunos, como veremos, lo intentarán, pero todos tendrán que repetir las palabras de Jabalov: "El destacamento ha salido con un bravo oficial a la cabeza, pero... ¡sin resultado alguno!"

No podía ser de otro modo. Los policías y los gendarmes, y con ellos los destacamentos de alumnos de algunos regimientos, constituían una fuerza suficientemente firme, pero resultaron de una insignificancia lamentable ante la presión de las masas: como resultarán impotentes, ocho meses después, los batallones de Georgui y, en octubre, los alumnos de las escuelas militares. ¿De dónde iba a sacar la monarquía ese regimiento salvador dispuesto a entablar una lucha incesante y desesperada con una ciudad de dos millones de habitantes? La revolución les parece indefensa a los coroneles, verbalmente decididos, porque es aún terriblemente caótica: por dondequiera, movimientos sin objetivo, torrentes confluentes, torbellinos humanos, figuras asombradas, capotes desabrochados, estudiantes que gesticulan, soldados sin fusiles, fusiles sin soldados, muchachos que disparan al aire, clamor de millares de voces, torbellino de rumores desenfrenados, falsas alarmas, alegrías infundadas; parece que bastaría entrar sable en mano en ese caos para destruirlo todo sin dejar rastro. Pero es un torpe error de visión. El caos no es más que aparente. Bajo este caos se está operando una irresistible cristalización de las masas en un nuevo sentido. Estas muchedumbres innumerables no han determinado aún para sí, con suficiente claridad, lo que quieren; pero están impregnadas de un odio ardiente por lo que ya no quieren. A sus espaldas se ha producido un derrumbamiento histórico irreparable ya. No hay modo de volver atrás. Aun en el caso de que hubiera quien pudiese dispersarlos, una hora después se agruparían de nuevo y el segundo ataque sería más feroz y sangriento. En las jornadas de Febrero, la atmósfera de Petrogrado se torna tan incandescente, que cada regimiento hostil que cae en esa poderosa hoguera o que sólo se acerca a ella y respira su ardiente aliento, se transforma, pierde la confianza en sí mismo, se siente paralizado y se entrega sin lucha a merced del vencedor. De esto se convencerá mañana el general Ivanov, mandado por el zar desde el frente con el batallón de los Caballeros de Giorgui. Cinco meses después correrá la misma suerte el general Kornílov, y, ocho meses más tarde, Kerenski.

Durante los días anteriores, los cosacos parecían, en las calles, los más influenciables; era así porque se les traía muy ajetreados. Pero cuando el movimiento tomó el carácter de insurrección franca, la Caballería justificó, una vez más, su reputación conservadora. El 27 conservaba aún la apariencia de neutralidad expectante. Jabalov no confiaba ya en ella, pero la revolución aún la temía.

Seguía siendo un enigma la fortaleza de Pedro y Pablo, situada en el islote bañado por el Neva, frente al palacio de Invierno y los de los grandes duques. La guarnición se hallaba, o parecía hallarse, más protegida detrás de sus muros de las influencias del mundo circundante. En la fortaleza no había artillería permanente, a no ser el viejo cañón que anunciaba a los petersburgueses el medio día. Pero hoy se han colocado en los muros cañones de campaña enfilados sobre el puente. ¿Qué se prepara allí? En el estado mayor del palacio de Táurida, por la noche, la gente se quiebra la cabeza pensando qué hacer con Pedro y Pablo, y en la fortaleza se hallan torturados por la cuestión de saber lo que la revolución hará con ellos. Por la mañana se descifra el enigma: la fortaleza se rinde al palacio de Táurida "a condición de que se respete la seguridad personal de la oficialidad." Orientándose en la situación, lo cual no era muy difícil, los oficiales de la fortaleza se apresuran a prevenir la marcha inevitable de los acontecimientos.

El 27, por la tarde, afluyen al palacio de Táurida soldados, obreros, estudiantes, simples ciudadanos, todos los cuales confían hallar aquí a los que lo saben todo y recibir informaciones e instrucciones. De distintos puntos de la ciudad llegan al palacio verdaderas gavillas de armas, que son amontonadas en una de las habitaciones, convertida en arsenal. Por la noche, el estado mayor revolucionario emprende el trabajo, manda fuerzas para vigilar las estaciones y patrullas a todos aquellos sitios de que se puede temer algún peligro. Los soldados cumplen las órdenes del nuevo poder de buena gana y sin rechistar, aunque de un modo extraordinariamente desordenado. Lo único que exigen cada vez es la orden escrita: probablemente, la iniciativa parte de lo que queda de mando en los regimientos o de los escribientes militares. Pero tienen razón: es preciso introducir inmediatamente un orden en aquel caos. El estado mayor revolucionario, lo mismo que el soviet que acaba de surgir, no disponen aún de ningún sello. La revolución tiene que preocuparse de establecer un orden burocrático. Andando el tiempo, ha de hacerlo, ¡ay!, con exceso.

La revolución empieza la búsqueda de enemigos; por toda la ciudad se efectúan detenciones; "detenciones arbitrarias" dirán en tono de censura los liberales. Pero toda revolución es arbitraria. En el palacio de Táurida hay un desfilar constante de detenidos: el presidente del Consejo de Estado, ministros, guardias de Seguridad, agentes de la Ocrana, una marquesa "germanófila". Verdaderas nidadas de oficiales de gendarmería. Algunos altos funcionarios, tales como Protopopov, se presentan ellos mismos y se constituyen prisioneros: con ello, piensan salir ganando. Las paredes de la sala, que conservaban todavía el eco del absolutismo, no escuchan ahora más que suspiros y sollozos -relatará, más tarde, una marquesa puesta en libertad-. Un general detenido se deja caer exhausto en una silla, a su lado. Algunos miembros de la Duma le ofrecen amablemente una taza de té. Conmovido hasta el fondo del alma, el general dice con agitación: "Marquesa, ¡asistimos a la ruina de un gran país!"

El gran país, que no se disponía a morir, pasaba por delante de aquellos ex-hombres sin hacer caso de ellos, golpeando el suelo con las botas y las culatas de los fusiles, haciendo vibrar el aire con sus gritos y dando pisotones a todo lo que encontraban a su paso. La revolución se ha distinguido siempre por su falta de urbanidad: seguramente, porque las clases dominantes no se han preocupado a su tiempo de enseñar buenas maneras al pueblo.

El palacio de Táurida se convierte en el cuartel general, en el centro gubernamental, en el arsenal, en la cárcel de una revolución que no se ha secado aún la sangre de las manos ni el sudor de la frente. En este torbellino penetran también los enemigos audaces. Se descubre casualmente a un coronel de gendarmes, disfrazado, que toma sus notas en un rincón, no para la historia, sino para los consejos sumarísimos. Los soldados y los obreros quieren matarlo en el acto. Pero los hombres del "estado mayor" intervienen y libran fácilmente al gendarme de las garras de la multitud. En aquel entonces, la revolución era aún bondadosa, generosa y crédula. Sólo será implacable después de una prolongada serie de traiciones, engaños y pruebas sangrientas.

La primera noche de la revolución victoriosa está llena de inquietudes. Los comisarios improvisados de las estaciones y de otros puntos, intelectuales en su mayoría, ligados con la revolución por sus relaciones personales -los suboficiales, sobre todo los de origen obrero, eran incomparablemente más útiles-, empiezan a ponerse nerviosos, acechan peligros por dondequiera, comunican su nerviosidad a los soldados y telefonean constantemente al palacio de Táurida exigiendo refuerzos. Allí también están agitados; telefonean, manda refuerzos que casi nunca llegan a su destino. "Los que reciben órdenes -cuenta uno de los miembros del estado mayor nocturno-, no las cumplen, los que obran, lo hacen sin haber recibido orden alguna..."

También obran sin órdenes las barriadas proletarias. Los caudillos revolucionarios que habían sacado a los obreros de las fábricas, que se habían apoderado de las comisarías, que habían echado a los regimientos a la calle y destruido los refugios de la contrarrevolución, no se apresuran a ir al palacio de Táurida, al estado mayor, a los centros dirigentes; al revés, apuntan hacia aquel sitio con ironía e incredulidad: "Esos valientes se apresuran a repartirse la piel del oso que no han matado y aún colea." Los obreros bolcheviques y los mejores elementos obreros de los demás partidos de izquierda se pasan el día en las calles y las noches en los estados mayores de barriada, mantienen el contacto con el cuartel, preparan el día de mañana. En la primera noche del triunfo prosiguen y desarrollan la labor realizada en el transcurso de las cinco jornadas. Son la columna vertebral de la revolución en sus comienzos.

El día 27, Nabokov, miembro, a quien ya conocemos, del centro de los kadetes, que era en ese momento un desertor legalizado en el Estado Mayor general, se fue, como de costumbre, a la oficina y permaneció en ella hasta las tres sin enterarse de nada. Al atardecer, sonaron disparos en la Morskaya -Nabokov los oyó desde su domicilio-; corrían los automóviles blindados; soldados y marinos, aislados, se arrimaban a las paredes-; el honorable liberal los observaba desde las ventanas. "El teléfono seguía funcionando, y me acuerdo de que mis amigos me comunicaron lo sucedido durante el día. Nos acostamos a la hora de costumbre." Este hombre será pronto uno de los inspiradores del gobierno revolucionario (!) provisional, y su gerente. Al día siguiente, por la mañana, se le acercará en la calle un anciano desconocido, un oficinista cualquiera o acaso un maestro de escuela y, quitándose el sombrero, le dirá: "Muchas gracias por todo lo que han hecho ustedes por el pueblo." El propio Nabokov nos lo cuenta con modesto orgullo.


CAPITULO VIII


Capitulo VIII

¿Quién dirigió la insurrección de febrero?

 

 

 

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

 

 

Los abogados y los periodistas, las clases perjudicadas por la revolución, han gastado grandes cantidades de tinta en demostrar que el movimiento de Febrero, que se quiere hacer pasar por una revolución, no fue en rigor más que un motín de mujeres, transformado después en motín militar. También Luis XVI se obstinaba en creer en su tiempo que la toma de la Bastilla no era más que un motín, hasta que las cosas se encargaron de demostrarle de un modo harto elocuente que se trataba de una revolución. Los que salen perdiendo con una revolución rara vez se inclinan a llamarla por su nombre, pues éste, a pesar de todos los esfuerzos de los reaccionarios enfurecidos, va asociado, en el recuerdo histórico de la Humanidad, a una aureola de emancipación de las viejas cadenas y prejuicios. Los privilegiados de todos los siglos y sus lacayos intentan, invariablemente, motejar de motín, sedición o revuelta de la chusma a la revolución que los derriba de sus puestos. Las clases caducas no se distinguen precisamente por su gran inventiva.

Poco después del 27 de febrero hiciéronse tentativas para equiparar la revolución de Febrero al golpe de Estado militar de los Jóvenes Turcos, con que, como sabemos, tanto había soñado la alta burguesía rusa. Tan infundada era, sin embargo, esta analogía, que hubo de ser seriamente combatida por uno de los periódicos burgueses. Tugan-Baranovski, economista que en su juventud había pasado por la escuela de Marx, una especie de variante rusa de Sombart, escribía el 20 de marzo, en Las Noticias de la Bolsa (Birchevie Wedomosti):

"La revolución turca consistió en una sublevación victoriosa del ejército, preparada y realizada por los jefes del mismo. Los soldados no eran más que unos ejecutores obedientes de los propósitos de sus oficiales. Los regimientos de la Guardia que el 27 de febrero derribaron el trono ruso prescindieron de sus oficiales... No fueron las tropas, sino los obreros quienes iniciaron la insurrección; no los generales, sino los soldados quienes se personaron ante la Duma. Los soldados apoyaban a los obreros no porque obedecieran dócilmente las órdenes de sus oficiales, sino porque... sentían el lazo que les unía a los obreros como una clase compuesta de trabajadores, como parte de ellos mismos. Los campesinos y los obreros: he ahí las dos clases sociales a cuyo cargo ha corrido la revolución rusa."

Estas palabras no necesitan de enmienda ni de comentario. El desarrollo ulterior de la revolución había de confirmarlas plenamente.

El último día de febrero fue para Petersburgo el primer día de la nueva era triunfante: día de entusiasmos, de abrazos, de lágrimas de gozo, de efusiones verbales; pero, al mismo tiempo, de golpes decisivos contra el enemigo. En las calles resonaban todavía los disparos. Se decía que los "faraones" de Protopopov, ignorantes todavía del triunfo del pueblo, seguían disparando desde lo alto de las casas. Desde abajo disparaban contra las azoteas y los campanarios, donde se suponía que se guarecían los fantasmas armados del zarismo. Cerca de las cuatro fue ocupado el Almirantazgo, donde se habían refugiado los últimos restos del poder zarista. Las organizaciones revolucionarias y grupos improvisados efectuaban detenciones en la ciudad. La fortaleza de Schluselburg fue tomada sin disparar un solo tiro. Tanto en la ciudad como en los alrededores iban sumándose constantemente a la revolución nuevos batallones.

El cambio de régimen en Moscú no fue más que un eco de la insurrección de Petrogrado. Entre los soldados y los obreros reinaba el mismo estado de espíritu, pero expresado de un modo menos vivo. En el seno de la burguesía, el estado de ánimo imperante era un poco más izquierdista; en las orillas del Neva, los intelectuales radicales de Moscú organizaron una reunión, que no condujo a nada, para tratar de lo que había de hacerse. Hasta el día 27 de febrero no empezaron las huelgas en las fábricas de Moscú; luego, vinieron las manifestaciones. En los cuarteles, los oficiales decían a los soldados que en las calles estaban promoviendo disturbios unos canallas a los cuales serían preciso poner coto. "Pero ahora -cuenta el soldado Chischilin- los soldados empezaban a entender la palabra "canalla" en sentido contrario". A las dos se presentaron en el edificio de la Duma municipal un gran número de soldados de diversos regimientos, que buscaban el modo de adherirse a la causa de la revolución. Al día siguiente se extendió el movimiento huelguístico. De todas partes acudía la muchedumbre a la Duma con banderas. El soldado de la compañía de automovilistas Muralov, viejo bolchevique, agrónomo, gigante generoso y valiente, condujo a la Duma el primer regimiento completo y disciplinado, que ocupó la estación radiotelegráfica y otros puntos estratégicos. Ocho meses después, este Muralov era nombrado jefe de las tropas de la región militar de Moscú.

Se abrieron las cárceles. El mismo Muralov llegó con un camión lleno de presos políticos liberados. El oficial, con la mano en la visera, preguntó al revolucionario si había que soltar también a los judíos. Dzerchinski, que acababa de ser libertado y no se había quitado aún el traje de presidiario, se presentó en la Duma, donde se estaba formando ya el Soviet de diputados obreros. El artillero Dorofeiev cuenta que el primero de marzo los obreros de la fábrica de caramelos Siou se presentaron con banderas en el cuartel de la brigada de Artillería para fraternizar con los soldados, y que muchos de ellos, desbordantes de gozo, lloraban. En la ciudad sonaron algunos disparos hechos desde las esquinas; pero, en general, no hubo choques armados ni víctimas: Petrogrado respondía por Moscú.

En varias ciudades de provincias el movimiento no empezó hasta el primero de marzo, después que la revolución había triunfado ya hasta en Moscú. En Tver, los obreros se dirigieron en manifestación desde las fábricas a los cuarteles, y, mezclados con los soldados, recorrieron las calles de la ciudad cantando, como en todas partes entonces, La Marsellesa, no La Internacional. En Nijni-Novgorod, millares de personas se reunieron en los alrededores del edificio de la Duma municipal, que desempeñó en la mayoría de las ciudades el papel que representaba en Petrogrado el palacio de Táurida. Después de escuchar un discurso del alcalde, los obreros se dirigieron con banderas rojas a sacar de la cárcel a los presos políticos. Al atardecer, dieciocho unidades, de las veintiuna que componían la guarnición, se habían puesto ya al lado de la revolución. En Samara y Saratov celebráronse mítines y se organizaron soviets de diputados obreros. En Charkov, el jefe superior de la gendarmería, al enterarse en la estación del triunfo de la insurrección, se puso en pie en un coche ante la multitud agitada y, tremolando la gorra, gritó con todas las fuerzas de sus pulmones: "¡Viva la revolución!" A Yekaterinoslav, la noticia llegó de Charkov. Al frente de la manifestación iba el ayudante del jefe superior de gendarmería, con un gran sable en la mano, como durante las paradas de grandes solemnidades. Cuando se vio claramente que la monarquía estaba definitivamente derrumbada, en las oficinas públicas empezaron aves revolucionarias, la decisión era menor que en Petrogrado. Cuando empezaban los liberales, que no habían perdido aún la afición a emplear el tono de chanza para hablar de la revolución, circulaban no pocas anécdotas, verídicas o imaginadas. Los obreros, lo mismo que los soldados de las guarniciones, vivían los acontecimientos de un modo muy distinto.

Por lo que se refiere a otra serie de ciudades provinciales (Pskov, Oril, Ribinsk, Penza, Kazán, Tsaritsin, etc.), la crónica señala, con fecha del 2 de marzo: "Ha llegado la noticia del cambio de régimen, y la población se ha adherido a la revolución." Estas líneas, a pesar de su carácter sumario, expresan de un modo sustancialmente verídico la realidad.

A los pueblos, las noticias relativas a la revolución llegaban de las capitales próximas, unas veces por conducto de las propias autoridades y otras veces a través de los mercados, de los obreros, de los soldados licenciados. Los pueblos acogían la revolución más lentamente y con menos entusiasmo que las ciudades, pero no menos profundamente. Los campesinos relacionaban el cambio con la guerra y con la tierra.

No pecaremos de exageración si decimos que la revolución de Febrero la hizo Petrogrado. El resto del país se adhirió. En ningún sitio, a excepción de la capital, hubo lucha. No hubo en todo el país un solo grupo de población, un solo partido, una sola institución, un solo regimiento, que se decidiera a defender el viejo régimen. Esto demuestra cuán fundados son los razonamientos que hacen con la caballería de la Guardia o si Ivanov no hubiera llegado del frente con una brigada de confianza, el destino de la monarquía hubiera sido otro. Ni en el interior ni en el frente hubo una sola brigada ni un solo regimiento dispuesto a luchar por Nicolás II.

La revolución se llevó a cabo por la iniciativa y el esfuerzo de una sola ciudad, que representaba aproximadamente 1/75 parte de la población del país. Dígase, si se quiere, que el magno acto democrático fue realizado del modo menos democrático imaginable. Todo el país se halló ante un hecho consumado. El hecho de que se anunciase en perspectiva la convocatoria de la Asamblea constituyente no significa nada, pues las fechas y los procedimientos de convocación de la representación nacional fueron decretados por los órganos del poder surgidos de la insurrección triunfante en Petrogrado. Esto proyecta un vivo resplandor sobre el problema referente a las funciones de las formas democráticas, en general, y las de períodos revolucionarios, en particular. Las revoluciones han inferido siempre grandes reveses al fetichismo jurídico de "la soberanía nacional", y tanto más implacablemente cuanto más profunda, audaz y democrática es la revolución.

Se ha dicho muchas veces, sobre todo con referencia a la gran revolución francesa, que el riguroso centralismo implantado por la monarquía permitió luego a la capital revolucionaria pensar y obrar por todo el país. Esta explicación es harto superficial. La revolución manifiesta tendencias centralistas, pero no es imitando a la monarquía derribada, sino por inexorable imposición de las necesidades de la nueva sociedad, que no se aviene con el particularismo. Si la capital desempeña en la revolución un papel tan preeminente, que en ella parece concentrarse, en ciertos momentos, la voluntad del país, es sencillamente por dar expresión más elocuente a las tendencias fundamentales de la nueva sociedad, llevándolas hasta sus últimas consecuencias. Las provincias aceptan lo hecho por la capital como el reflejo a sus propios propósitos, pero transformados ya en acción. La iniciativa de los centros urbanos no representa ninguna infracción del democratismo, sino su realización dinámica. Sin embargo, el ritmo de esta dinámica, en las grandes revoluciones, no coincide nunca con el de la democracia formal representativa. Las provincias se adhieren a los actos del centro, pero con retraso. Dado el rápido desarrollo de los acontecimientos que caracteriza a las revoluciones, esto conduce a una aguda crisis del parlamentarismo revolucionario, que no se puede resolver con los métodos de la democracia. La representación nacional se estrella invariablemente contra toda auténtica revolución al chocar con la dinámica revolucionaria, cuyo foco principal reside en las capitales. Así sucedió en Inglaterra, en el siglo XVII, en Francia, en el XVIII, y en el XX en Rusia. El papel de la capital se halla trazado, no por las tradiciones del centralismo burocrático, sino por la situación de la clase revolucionaria dirigente, cuya vanguardia, lo mismo la de la burguesía que la del proletariado, se halla naturalmente concentrada en la ciudad más importante.

Después de las jornadas de Febrero se contaron las víctimas. En Petrogrado hubo mil cuatrocientos cuarenta y tres muertos y heridos, de los cuales ochocientos sesenta y nueve pertenecían al ejército. De estos últimos, sesenta eran oficiales. En comparación con las víctimas de cualquier combate de la gran guerra, estas cifras, considerables de suyo, resulta insignificantes. La prensa liberal proclamó que la revolución de Febrero había sido incruenta. En los días de entusiasmo general y de amnistía recíproca de los partidos patrióticos, nadie se dedicó a restablecer el imperio de la verdad. Albert Thomas, como amigo de todo lo que triunfa, incluso de las insurrecciones victoriosas, hablaba entonces de la "revolución rusa, la más luminosa, la más jubilosa y la más incruenta". Claro que él tenía entonces la esperanza de que la revolución entregaría a Rusia a merced de la Bolsa francesa. Pero, al fin y al cabo, Thomas no es precisamente ingenioso. El 27 de junio de 1789, Mirabeau exclamaba: "¡Qué dicha que esta gran revolución salga adelante sin matanzas y sin lágrimas!... La historia ha hablado ya demasiado de actos de fiereza. Podemos tener la esperanza de que empezamos una historia de hombres." Cuando los tres estado se unieron en la Asamblea nacional, los antepasados de Albert Thomas escribían: "La revolución ha terminado sin que costase ni una gota de sangre." Hay que reconocer que en aquel periodo aún no había sangre. No se puede decir lo mismo de las jornadas de Febrero. Pero se mantuvo tenazmente la leyenda de la revolución incruenta para alimentar la necesidad que el buen burgués liberal tiene de representarse las cosas tal y como si el poder hubiese caído en sus manos por sí mismo.

Si la revolución de Febrero no fue incruenta, no puede dejar de producir asombro que hubiera tan pocas víctimas en el momento de la revolución y, sobre todo, durante los días que la siguieron. No hay que olvidar que se trataba de vengarse de la opresión, de las persecuciones, de los escarnios, de los insultos ignominiosos de que había sido víctima durante siglos el pueblo de Rusia. Es verdad que los marineros y los soldados hicieron en algunos casos justicia sumaria a los verdugos más auténticos, los oficiales. Pero en un principio el números de esos actos fue insignificante en comparación con el de las viejas y sangrientas ofensas sufridas. Las masas no se sobrepusieron a su primitiva benevolencia hasta mucho más tarde, después de persuadirse de que las clases dominantes querían dar marcha atrás y adueñarse de la revolución que no habían hecho, acostumbrados como están a adueñarse de los bienes y los frutos no producidos por ellos.

Tugan-Baranovski tiene razón cuando dice que la revolución de Febrero fue obra de los obreros y los campesinos, representados éstos por los soldados. Pero queda todavía una gran cuestión que resolver. ¿Quién dirigió la revolución? ¿Quién puso en pie a los obreros? ¿Quién echó a la calle a los soldados? Después del triunfo, estas cuestiones se convirtieron en la manzana de la discordia entre los partidos. El modo más sencillo de resolverlas consistía en la aceptación de una fórmula universal: la revolución no la dirigió nadie, se realizó por sí misma. La teoría de la "espontaneidad" daba entera satisfacción no sólo a todos los señores que todavía la víspera administraban, juzgaban, acusaban, defendían, comerciaban o mandaban pacíficamente en nombre del zar y que hoy se apresuraban a marchar al paso de la revolución, sino también a muchos políticos profesionales y ex-revolucionarios que, habiendo dejado pasar de largo la revolución, querían creer que en este respecto no se distinguían de los demás.

En su curiosa Historia de la sedición rusa, el general Denikin, ex-generalísimo del ejército blanco, dice, hablando del 27 de febrero: "En ese día decisivo no hubo jefes; actuó sólo la fuerza espontánea, en cuya terrible corriente no se veían entonces ni objetivos, ni plan, ni consignas." El historiador Miliukov no profundiza más que ese general aficionado a la literatura. Antes de la caída del zarismo, el jefe liberal veía en toda idea de revolución la mano del Estado Mayor alemán, pero la situación se complicó cuando el cambio de régimen llevó a los liberales al poder. Ahora, la misión de Miliukov no consistía ya en marcar a la revolución con el deshonor de atribuir iniciativa a los Hohenzollern, sino al contrario, en no asignar el honor de la iniciativa a los revolucionarios. El liberalismo abraza sin reservas la teoría de la espontaneidad y la impersonalidad de la revolución. Miliukov cita con simpatía la opinión de Stankievich, ese profesor semiliberal, semisocialista, convertido en comisario del gobierno cerca del Cuartel general. "La masa se puso en movimiento sola, obedeciendo a impulso interior inconsciente"... escribe Stankievich, hablando de las jornadas de Febrero. ¿Con qué consignas salieron los soldados a la calle? ¿Quién los conducía cuando conquistaron Petrogrado, cuando pegaron fuego a la Audiencia? No era una idea política ni una consigna revolucionaria, ni un complot, ni un motín, sino un movimiento espontáneo, que redujo súbitamente a cenizas todo el viejo régimen. Aquí, la espontaneidad adquiere un carácter casi místico.

El propio Stankievich hace una declaración extraordinariamente importante: "A finales de enero tuve ocasión de hablar con Kerenski en la intimidad... Todo el mundo se manifestaba escéptico de una revuelta popular, pues todos temían que el movimiento popular de las masas tomara una orientación de extrema izquierda, la cual crearía dificultadas extraordinarias para la prosecución de la guerra." Las opiniones de los círculos frecuentados por Kerenski no se distinguían sustancialmente en nada, como se ve, de los kadetes. No era de aquí, por tanto de donde podía partir la iniciativa.

"La revolución se desencadenó como el trueno en día sereno -dice Zenzinov, representante del partido de los social-revolucionarios-. Seamos francos: la revolución fue magna y gozosa sorpresa aun para nosotros, los revolucionarios, que habíamos trabajado por ella durante tantos años y que siempre la habíamos esperado."

Poco más o menos les ocurría a los mencheviques. Uno de los periodistas de la emigración burguesa habla del encuentro que tuvo el 24 de febrero, en un tranvía, con Skobelev, futuro ministro del gobierno revolucionario: "Este socialdemócrata, uno de los líderes del movimiento, me decía que los desórdenes tomaban un carácter de saqueo que era necesario sofocar. Esto no impidió que un mes después, Skobelev afirmara que él y sus amigos habían hecho la revolución." La nota, aquí, está probablemente exagerada, pero en lo fundamental la posición de los socialdemócratas mencheviques que actuaban dentro de la ley está expresada de un modo muy cercano a la realidad.

Finalmente, uno de los líderes del ala izquierda de los socialrevolucionarios, Mstislavski, que se pasó posteriormente a los bolcheviques, dice, hablando de la revolución de Febrero: "A los miembros del partido de aquel entonces la revolución nos sorprendió como a las vírgenes del Evangelio: durmiendo." No importa gran cosa saber hasta qué punto se les podía comparar en justicia con las vírgenes; pero que estaban durmiendo todos es indiscutible.

¿Cuál fue la actitud de los bolcheviques? En parte, ya lo sabemos. Los principales dirigentes de la organización bolchevista clandestina que actuaba a la sazón en Petrogrado eran tres: los ex-obreros Schliapnikov y Zalutski, y el ex-estudiante Mólotov. Schliapnikov, que había vivido durante bastante tiempo en el extranjero y que estaba en estrecha relación con Lenin, era, desde el punto de vista político, el más activo de los tres militantes que constituían la oficina del Comité central. Sin embargo, las Memorias del propio Schliapnikov confirman mejor que nada que el peso de los acontecimientos era desproporcionado con lo que podían soportar los hombros de este trío. Hasta el último momento, los dirigentes entendían que se trataba de una de tantas manifestaciones revolucionarias, pero en modo alguno de un alzamiento armado. Kajurov, uno de los directores de la barriada de Viborg, a quien ya conocemos, afirma categóricamente: "No había instrucción alguna de los organismos centrales del partido... El Comité de Petrogrado había sido detenido y el camarada Schliapnikov, representante del Comité Central, era impotente para dar instrucciones para el día siguiente."

La debilidad de las organizaciones clandestinas era un resultado directo de las represiones policíacas, las cuales habían dado al gobierno resultados verdaderamente excepcionales en la situación creada por el estado de espíritu patriótico reinante al empezar la guerra. Toda organización, sin excluir las revolucionarias, tiende al retraso con respecto a su base social. A principios de 1917, las organizaciones clandestinas no se habían rehecho aún del estado de abatimiento y de disgregación, mientras que en las masas el contagio patriótico había sido ya suplantado radicalmente por la indignación revolucionaria.

Para formarse una idea más clara de la verdadera situación, por lo que a la dirección revolucionaria se refiere, es necesario recordar que los revolucionarios más prestigiosos, jefes de los partidos de izquierda, se hallaban en la emigración, en las cárceles y en el destierro. Cuanto más peligroso era un partido para el viejo régimen, más cruelmente se hallaba decapitado al estallar la revolución. Los populistas tenían una fracción en la Duma, capitaneada por el radical sin partido Kerenski. El líder oficial de los socialistas revolucionarios, Chernov, se hallaba en la emigración. Los mencheviques disponían en la Duma de una fracción de partido capitaneado por Cheidse y Skobelev al frente. Mártov estaba emigrado, Dan y Tseretelli se hallaban en el destierro. Alrededor de las fracciones de izquierda populista y menchevista se agrupaba un número considerable de intelectuales socialistas con un pasado revolucionario. Esto creaba una apariencia de estado mayor político, pero de un carácter tal que sólo podía revelarse después del triunfo. Los bolcheviques no tenían en la Duma fracción alguna: los cinco diputados obreros, en los cuales el gobierno del zar había visto el centro organizador de la revolución, fueron detenidos en los primeros meses de la guerra. Lenin se hallaba en la emigración con Zinóviev, y Kámenev estaba en el destierro, lo mismo que otros dirigentes prácticos, poco conocidos en aquel entonces: Sverlov, Rikov, Stalin. El socialdemócrata polaco Dzerchinski, que no se había afiliado aún a los bolcheviques, estaba en presidio. Los dirigentes accidentales, precisamente porque estaban habituados a obrar como elementos subalternos bajo la autoridad inapelable de la dirección, no se consideraban a sí mismos ni consideraban a los demás capaces de desempeñar una misión directiva en los acontecimientos revolucionarios.

Si el partido bolchevique no podía garantizar a los revolucionarios una dirección prestigiosa, de las demás organizaciones políticas no había ni que hablar. Esto contribuía a reforzar la creencia tan extendida de que la revolución de Febrero había tenido un carácter espontáneo. Sin embargo, esta creencia es profundamente errónea o, en el mejor de los casos, inconsistente.

La lucha en la capital duró no una hora ni dos, sino cinco días. Los dirigentes intentaban contenerla. Las masas contestaban intensificando el ataque y siguieron adelante. Tenían enfrente al viejo Estado, detrás de cuya fachada tradicional se suponía que acechaba aún una fuerza poderosa; la burguesía liberal, con la Duma del Estado, con las asociaciones de zemstvos y las Dumas municipales, con las organizaciones industriales de guerra, las academias, las Universidades, la prensa; finalmente, dos partidos socialistas fuertes que oponían una resistencia patriótica a la presión de abajo. La insurrección tenía en el partido de los bolcheviques a la asociación más afín, pero decapitada, con cuadros dispersos y grupos débiles y fuera de la ley. Y a pesar de todo, la revolución, que nadie esperaba en aquellos días, salió adelante, y cuando en las esferas dirigentes se creía que el movimiento se estaba ya apagando, éste, con una poderosa convulsión, arrancó el triunfo.

¿De dónde procedía esta fuerza de resistencia y ataque sin ejemplo? El encarnizamiento de la lucha no basta para explicarla. Los obreros petersburgueses, por muy aplastados que se hubieran visto durante la guerra por la masa humana gris, tenían una gran experiencia revolucionaria. En su resistencia y en la fuerza de su ataque, cuando en las alturas faltaba la dirección y se oponía una resistencia, había un cálculo de fuerzas y un propósito estratégico no siempre manifestado, pero fundado en las necesidades vitales.

En vísperas de la guerra el sector obrero revolucionario siguió a los bolcheviques y arrastró consigo a las masas. Al empezar la guerra la situación cambió radicalmente; los sectores conservadores levantaron cabeza, llevando consigo a una parte considerable de la clase. Los elementos revolucionarios viéronse aislados y enmudecieron. En el curso de la guerra la situación empezó a modificarse, al principio lentamente, y después de la guerra de un modo cada vez más veloz y más radical. Un descontento activo iba apoderándose de toda la clase obrera. Es cierto que en una parte considerable de la masa trabajadora este descontento tomaba un matiz patriótico; pero este patriotismo no tenía que ver nada con el patriotismo interesado y cobarde de las clases poderosas, que aplazaban todas las cuestiones interiores hasta el triunfo. Fue precisamente la guerra, las víctimas que causó, sus errores y su ignorancia, lo que puso frente a frente no sólo a los viejos sectores obreros, sino también a los nuevos y al régimen zarista, provocando un choque agudo que llevó a la conclusión: ¡No se puede seguir soportando esto! La conclusión fue general, unió a las masas en un bloque único y les infundió una poderosa fuerza de ataque.

El ejército había visto aumentar sus efectivos enormemente, incorporando a sus filas a millones de obreros y campesinos. No había nadie que no tuviera a alguien de su familia en el ejército: a un hijo, al marido, al hermano, al cuñado. El ejército no se hallaba separado del pueblo, como antes de la guerra. La gente se veía con los soldados con una frecuencia incomparablemente mayor, los acompañaba al frente, vivía con ellos cuando llegaban con permiso, conversaba con ellos sobre el frente en las calles y en los tranvías, les visitaba en los hospitales. Los barrios obreros, el cuartel, el frente, y en un grado considerable la aldea, se convirtieron en una especie de vasos comunicantes. Los obreros sabían lo que sentía y pensaba el soldado. Entre ellos se entablan conversaciones interminables acerca de la guerra, de los que negociaban con ella, acerca de los generales y del gobierno, acerca del zar y la zarina. El soldado decía, hablando de la guerra: "¡Maldita sea!", y el obrero contestaba: "¡Malditos sean!", aludiendo al gobierno. El soldado decía: "¿Por qué os calláis, los de dentro?" El obrero contestaba: "Con las manos vacías no se puede hacer nada. En 1905 el ejército nos hizo ya fracasar..." El soldado reflexionaba: "¡Ah! ¡Si nos levantáramos todos de una vez!" El obrero: "Eso precisamente es lo que hay que hacer." Antes de la guerra las conversaciones de este género eran contadas y tenían siempre un carácter de conspiración. Ahora se sostenían por dondequiera, por cualquier motivo y casi abiertamente, por lo menos, en los barrios obreros.

La Ocrana zarista tendía a veces sus tentáculos con gran acierto. Dos semanas antes de la revolución, un policía de Petrogrado, que firmaba con el sobrenombre de Krestianinov, comunicaba la conversación que había oído en un tranvía que pasaba por un suburbio obrero. Un soldado cuenta que ocho hombres de su regimiento han sido mandados a presidio porque el otoño pasado se habían negado a disparar contra los obreros de la fábrica Nobel, volviendo sus fusiles contra los gendarmes. La conversación se sostiene sin recato alguno, pues en los barrios obreros los policías prefieren pasar inadvertidos. "Ya les ajustaremos las cuentas", concluye el soldado. El confidente sigue informando: Un obrero le dice: "Para eso hay que organizarse y conseguir que todo el mundo obre como un solo hombre." El soldado contesta: "No os preocupéis de eso; ya hace tiempo que estamos organizados... y va siendo hora de que no nos dejemos chupar más la sangre. Los soldados sufren en las trincheras mientras ellos aquí engordan..." No se ha producido ningún suceso digno de mención. diez de febrero de 1917, Krestianinov." ¡Documento incomparable! "No se ha producido ningún suceso digno de mención." Se producirán, y muy pronto; esta conversación sostenida en el tranvía señala su inevitable proximidad.

Mstislavski ilustra con un ejemplo curioso el carácter espontáneo de la insurrección. Cuando la "Asociación de oficiales del 27 de febrero", surgida inmediatamente después de la revolución, intentó dejar establecido por medio de una encuesta quién había sido el primero en sacar el regimiento de Volinski a la calle, se reunieron siete declaraciones relativas a siete incitadores de esta acción decisiva. Es muy probable, añadimos por nuestra cuenta, que parte de la iniciativa perteneciera efectivamente a algunos soldados; pudo además suceder que el iniciador principal cayera durante los combates en la calle, llevándose su nombre a lo desconocido. Pero esto no disminuye el valor histórico de su iniciativa anónima.

Más importante es todavía otro aspecto de la cuestión, que nos lleva ya fuera de los muros del cuartel. La sublevación de los batallones de la Guardia, que fue una sorpresa para los elementos liberales y socialistas que actuaban dentro de la ley, no fue inesperada, ni mucho menos, para los obreros. Y sin esta sublevación no habría salido a la calle el regimiento de Volinski. La colisión producida en la calle entre los obreros y los cosacos, que el abogado observaba desde su ventana y de la cual dio cuenta por teléfono a un diputado, se les antojaba a ambos un episodio de un proceso impersonal: la masa gris de la fábrica había chocado con la masa gris del cuartel. Pero no era así como veía las cosas el cosaco que se había atrevido a guiñar el ojo de un modo significativo. El proceso de intercambio molecular entre el ejército y el pueblo se efectuaba sin interrupción. Los obreros observaban la temperatura del ejército y se dieron cuenta inmediatamente de que se acercaba el momento crítico. Esto fue lo que dio una fuerza tan invencible a la ofensiva de las masas, seguras de su triunfo.

Apuntaremos aquí la certera observación de un elevado funcionario liberal, que ha intentado resumir sus noticias de las jornadas de febrero. "Se ha convertido en un tópico corriente decir que el movimiento se inició espontáneamente, que los soldados se echaron ellos mismos a la calle. No puedo estar conforme con esto de ningún modo. Al fin y al cabo, ¿qué significa la palabra "espontáneamente"?... Aún es más impropio hablar de generación espontánea en sociología que en los dominios de las ciencias naturales. El hecho de que ninguno de los jefes revolucionarios conocidos pudiera tremolar su bandera no significa que ésta fuera impersonal, sino anónima." Este modo de plantear la cuestión, incomparablemente más serio que las alusiones de Miliukov a los agentes alemanes y a la espontaneidad rusa, pertenece a un ex-fiscal, que en el momento de la revolución desempeña el cargo de senador zarista. Puede que fuera precisamente su experiencia judicial lo que permitió a Zavadski comprender que el levantamiento revolucionario no podía surgir obedeciendo a las órdenes de unos agentes extranjeros ni en forma de proceso impersonal, obra de la naturaleza.

Este mismo autor cita dos episodios que le permitieron observar, como a través del ojo de una cerradura, el laboratorio en que se operaba el proceso revolucionario. El viernes, 24 de febrero, cuando en las alturas nadie esperaba la revolución para los días que se avecinaba, el tranvía en que iba el senador, de un modo completamente inesperado, dio media vuelta desde la Liteina a una calle de la esquina y se paró de un modo tan rápido, que se estremecieron los cristales e incluso uno de ellos se rompió. El cobrador indicó a los pasajeros que salieran: "El tranvía no puede pasar de aquí." Los pasajeros protestaron, gritaron, pero salieron. "No he podido olvidar el rostro del silencioso cobrador: una expresión decidida y rencorosa, que tenía algo de lobo", debía poseer una elevada conciencia del deber para detener en plena guerra y en una calle del Petersburgo imperial un tranvía lleno de funcionarios. Otros obreros como éste fueron también los que detuvieron el vagón de la monarquía, empleando aproximadamente las mismas palabras: "El tren no pasa de aquí", e hicieron salir del vagón a la burocracia, sin distinguir, por la urgencia del momento, a los generales de la gendarmería de los senadores liberales. El conductor de Liteina era un factor consciente de la historia, a quien alguien tenía que haber educado.

Durante el incendio de la Audiencia, un jurisconsulto liberal,perteneciente a la misma esfera de este senador que relata el episodio, empezó a expresar en la calle su pesar por el hecho de que fueran destruidos el laboratorio de peritaje judicial y el archivo notarial. Un hombre de edad madura y expresión sombría, de aspecto como de obrero, le contestó, irritado: "¡Ya sabremos repartirnos las casas y la tierra sin necesidad de tu archivo!" Es posible que este episodio esté un poco adornado literalmente. Pero entre la multitud había no pocos obreros de ésos, de edad madura, capaces de contestar al jurista como era debido. Aunque no estuviesen complicados personalmente en el incendio de la Audiencia, no podía asustarles aquel género de "excesos". Estos obreros suministraban a las masas las ideas necesarias, no sólo contra los gendarmes zaristas, sino también contra los jurisconsultos liberales, que lo que más temían era que las actas notariales de propiedad fueran devoradas por el fuego de la revolución. Estos políticos anónimos, salidos de las fábricas y de la calle, no habían caído del cielo; alguien había tenido que educarlos.

La Ocrana, al registrar los acontecimientos en los últimos días de febrero, consignaba asimismo que el movimiento era "espontáneo", es decir, que no estaba dirigido sistemáticamente desde arriba. Pero añadía: "Sin embargo, los efectos de la propaganda se dejan sentir mucho entre el proletariado." Este juicio da en el blanco; los profesionales de la lucha contra la revolución,,, antes de ocupar los calabozos que dejaban libres los revolucionarios, comprendieron mejor que los jefes del liberalismo el carácter del proceso que se estaba operando.

La leyenda de la espontaneidad no explica nada. Para apreciar debidamente la situación y decidir el momento oportuno para emprender el ataque contra el enemigo, era necesario que las masas, su sector dirigente, tuvieran sus postulados ante los acontecimientos históricos y su criterio para la valoración de los mismos. En otros términos, era necesario contar, no con una masa como otra cualquiera, sino con la masa de los obreros petersburgueses y de los obreros rusos en general, que habían pasado por la experiencia de la revolución de 1905, por la insurrección de Moscú del mes de diciembre del mismo año, que se estrelló contra el regimiento de Semenov, y era necesario que en el seno de esa masa hubiera obreros que hubiesen reflexionado sobre la experiencia de 1905, que supieran adoptar una actitud crítica ante las ilusiones constitucionales de los liberales y de los mencheviques, que se asimilaran la perspectiva de la revolución, que hubieran meditado docenas de veces acerca de la cuestión del ejército, que observaran celosamente los cambios que se efectuaban en el mismo, que fueran capaces de sacar consecuencias revolucionarias de sus observaciones y de comunicarlas a los demás. Era necesario, en fin, que hubiera en la guarnición misma soldados avanzados ganados para la causa, o, al menos, interesados por la propaganda revolucionaria y trabajados por ella.

En cada fábrica, en cada taller, en cada compañía, en cada café, en el hospital militar, en el punto de etapa, incluso en la aldea desierta, el pensamiento revolucionario realizaba una labor callada y molecular. Por dondequiera surgían intérpretes de los acontecimientos, obreros precisamente, a los cuales podía preguntarse la verdad de lo sucedido y de quienes podían esperarse las consignas necesarias. Estos caudillos se hallaban muchas veces entregados a sus propias fuerzas, se orientaban mediante las generalizaciones revolucionarias que llegaban fragmentariamente hasta ellos por distintos conductos, sabían leer entre líneas en los periódicos liberales aquello que les hacía falta. Su instinto de clase se hallaba agudizado por el criterio político, y aunque no desarrollaran consecuentemente todas sus ideas, su pensamiento trabajaba invariablemente en una misma dirección. Estos elementos de experiencia, de crítica, de iniciativa, de abnegación, iban impregnando a las masas y constituían la mecánica interna, inaccesible a la mirada superficial, y sin embargo decisiva, del movimiento revolucionario como proceso consciente.

Todo lo que sucede en el seno de las masas se les antoja, por lo general, a los políticos fanfarrones del liberalismo y del socialismo domesticado como un proceso instintivo, algo así como si se tratara de un hormiguero o de una colmena. En realidad, el pensamiento que agitaba a la masa obrera era incomparablemente más audaz, penetrante y consciente que las indigentes ideas de que se nutrían las clases cultas. Es más, aquel pensamiento era más científico, no solamente porque en buena parte había sido engendrado por los métodos del marxismo, sino, ante todo, porque se nutría constantemente de la experiencia viva de las masas, que pronto habían de lanzarse a la palestra revolucionaria. El carácter científico del pensamiento consiste en su armonía con el proceso objetivo y en su capacidad para influir en él y dirigirlo. ¿Poseían acaso esta cualidad, aunque fuera en la más mínima proporción, los círculos gobernantes que se hallaban inspirados por el Apocalipsis y creían en los sueños de Rasputin? ¿Acaso tenían algún fundamento científico las ideas del liberalismo, confiado en que, participando en la contienda de los gigantes capitalistas, la atrasada Rusia podría obtener a un tiempo mismo la victoria sobre Alemania y el parlamentarismo? ¿O acaso era científica la vida ideológica de los círculos intelectuales, que tan servilmente se plegaban a un liberalismo ingénitamente caduco, preservando al mismo tiempo su pretendida independencia con discurso retirados de la circulación desde hacía mucho tiempo? En realidad, todas estas clases vivían en el reino de la inmovilidad espiritual, de los fantasmas, las supersticiones y las ficciones, o, si se quiere, en el reino de la "espontaneidad". Y si es así, ¿no tenemos derecho a rechazar de plano toda la filosofía liberal de la revolución de Febrero? Sí, tenemos derecho a hacerlo y a decir: Mientras la sociedad oficial, toda esa superestructura de las clases dirigentes, de los sectores, grupos, partidos y camarillas, vivía en la inercia y el automatismo, nutriéndose de las reminiscencias de las ideas caducas y permanecía sorda a las exigencias inexorables del progreso, dejándose seducir por fantasmas y no previendo nada, en las masas obreras se estaba operando un proceso autónomo y profundo, caracterizado no sólo por el incremento del odio hacia los dirigentes, sino por la apreciación crítica de su impotencia y la acumulación de experiencia y de conciencia creadora, proceso que tuvo su remate y apogeo en la insurrección revolucionaria y en su triunfo.

A la pregunta formulada más arriba: ¿Quién dirigió la insurrección de Febrero?, podemos, pues, contestar de un modo harto claro y definido: los obreros conscientes, templados y educados principalmente por el partido de Lenin. Y dicho esto, no tenemos más remedio que añadir: este caudillaje, que bastó para asegurar el triunfo de la insurrección, no bastó, en cambio, para poner inmediatamente la dirección del movimiento revolucionario en manos de la vanguardia proletaria.


CAPITULO IX


Capitulo IX

La paradoja de la revolución de Febrero

 

 

 

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

 

 

El alzamiento triunfó. Pero ¿a quién entregó el poder arrebatado a la monarquía? Llegamos al problema central de la revolución de Febrero: ¿Cómo y por qué fue el poder a parar a manos de la burguesía liberal?

En los sectores de la Duma y en la "sociedad" burguesa no se daba importancia a los sucesos iniciados el 23 de febrero. Los diputados liberales y los periodistas patriotas seguían reuniéndose en los salones, discutiendo acerca de Trieste y Flume y afirmando una vez y otra el derecho de Rusia a los Dardanelos. Había sido firmado ya el decreto de disolución de la Duma, y una comisión de ésta estaba aún deliberando urgentemente acerca de la administración municipal. Menos de doce horas antes de la sublevación de los batallones de la Guardia, la "Sociedad del apoyo eslavo" escuchaba tranquilamente el informe anual. "Cuando al salir de dicha reunión, regresaba a casa a pie -recuerda uno de los diputados- , me sorprendió el silencio tétrico y la soledad de las calles, habitualmente animadas." La tétrica soledad se cernía sobre las viejas clases gobernantes y oprimía ya el corazón de sus futuros sucesores.

El 26, la gravedad de la situación apareció evidente, tanto a los ojos del gobierno como de los liberales. En dicho día se entablan negociaciones entre los ministros y los miembros de la Duma sobre la posibilidad de establecer un acuerdo, negociaciones acerca de las cuales los liberales guardaron después silencio absoluto. En sus declaraciones, Protopopov manifestó que los dirigentes del bloque de la Duma habían exigido, como antes, la designación de ministros que merecieran la confianza general del país: "Es posible que esta medida calme al pueblo." Pero el día 26 se produjo, como sabemos, un momento de vacilación en el proceso revolucionario, y, por breves instantes, el gobierno se sintió más fuerte. Cuando Rodzianko se presentó en casa de Golitsin para persuadirle de que presentara la dimisión, el primer ministro, como respuesta, le señaló una cartera que estaba sobre la mesa y que contenía el decreto de disolución de la Duma, con la firma de Nicolás II al pie, pero sin fecha todavía. Ésta la estampó Golitsin. ¿Cómo pudo decidirse el gobierno a dar semejante paso, en un momento en que crecía la presión revolucionaria? La burocracia gobernante se había formado hacía ya tiempo un criterio acerca del particular. "Es indiferente, para el movimiento obrero, que formemos bloque o no. Este movimiento se puede combatir por otros medios, y hasta el Ministerio del Interior ha salido del paso." En agosto de 1915, Goremikin se expresaba ya del mismo modo. De otra parte, la burocracia confiaba en que la Duma, en trance de disolución, no se atrevería a dar ningún paso audaz. Por esa misma época, al tratarse de la disolución de la Duma descontenta, el príncipe Cherbatov, ministro del Interior decía: "Es poco probable que los elementos de la Duma se decidan a declararse abiertamente en rebeldía. Al fin y al cabo, la Duma está compuesta en su inmensa mayoría de cobardes que temen por su pelleja:" El príncipe no se expresaba de un modo muy definido, pero sus palabras respondía, substancialmente, a la realidad. Como se ve, en lucha contra la oposición liberal, la burocracia creía pisar terreno firme.

El 27 por la mañana, los diputados, alarmados por el cariz que tomaban los acontecimientos, se reunieron en sesión ordinaria. La mayoría de ellos se enteraron allí de que la Duma estaba disuelta. Esto parecíales tanto más inesperado cuanto que todavía la víspera se habían celebrado negociaciones amistosas. "Sin embargo -escribe con orgullo Rodzianko-, la Duma se sometió a la ley, confiando todavía en encontrar salida a la compleja situación creada, y no adoptó ninguna decisión en el sentido de no disolverse y de seguir reunida por la fuerza." Los diputados celebraron una reunión privada, en la cual se confesaron unos a otros su impotencia. El liberal moderado Schidlovski había de recordar, andando el tiempo, no sin cierta malignidad, la proposición presentada por el kadete de extrema izquierda Nekrasov, más tarde uno de los adláteres de Kerenski: "Instaurar una dictadura militar, otorgando plenos poderes a un general popular." Entretanto, los dirigentes del bloque progresivo, que no asistían a la reunión privada de la Duma, emprendían una tentativa práctica de salvación. Llamaron a Petrogrado al duque Mijail y le propusieron encargarse de la dictadura, "obligar" al Ministerio a presentar la dimisión y exigir del zar por hilo directo que "otorgara" un Ministerio responsable. Al tiempo que se sublevaban los primeros regimientos de la Guardia, los jefes de la burguesía liberal hacían la última tentativa para aplastar la insurrección con la ayuda de una dictadura dinástica, a la par que pactaban con la monarquía a costa de la revolución. "La indecisión del gran duque -se lamenta Rodzianko- contribuyó a que se dejara pasar el momento propicio."

El socialista sin partido Sujánov, que en dicho período empieza a desempeñar un cierto papel político en el palacio de Táurida, atestigua la facilidad con que los intelectuales radicales creían lo que deseaban: "Me comunican la noticia política más importante de la mañana de aquel día inolvidable -cuenta en sus extensas Memorias-: la promulgación del decreto disolviendo la Duma, la cual contestó negándose a disolverse y eligiendo un Comité provisional." ¡Esto escribe un hombre que apenas salía del palacio de Táurida, donde se entretenía en tirar de los faldones de la levita a los diputados conocidos! En su Historia de la Revolución, Miliukov, corroborando las manifestaciones de Rodzianko, declara categóricamente: "Después de una serie de discursos calurosos se tomó la decisión de no alejarse de Petrogrado y no la de que la Duma "no se disolvería", como cuenta la leyenda." "No disolverse" hubiera significado tomar sobre sí, aunque fuera con algún retraso, la iniciativa de los acontecimientos. "No alejarse de Petrogrado" significaba lavarse las manos y esperar hasta ver en qué paraban las cosas. Hay, sin embargo, una circunstancia atenuante para la credulidad de Sujánov. El rumor de que la Duma había tomado el acuerdo revolucionario de no someterse al ukase del zar, lo pusieron en circulación precipitadamente los periodistas de la Duma en su Boletín de información, única publicación que, suspendidos los diarios por la huelga general, veía la luz, y como quiera que la insurrección triunfó en el transcurso de aquel mismo día, los diputados no se apresuraron, ni mucho menos, a rectificar el error, manteniendo la ilusión de sus amigos de izquierdas; sólo en la emigración se decidieron a restablecer el imperio de la verdad. El episodio, aunque parece de poca monta, está lleno de significación. El papel revolucionario de la Duma el 27 de febrero fue un mito completo, engendrado por la credulidad política de los intelectuales radicales, jubilosos y asustados por la revolución, que no creían en la capacidad de las masas para llevar las cosas hasta el fin, y que aspiraban a enfeudarse con la mayor rapidez posible a la gran burguesía.

Por fortuna, en las Memorias de los diputados pertenecientes a la mayoría de la Duma se ha conservado el relato de cómo ésta acogió la revolución. Según el príncipe Mansirev, uno de los kadetes de derechas, entre los numerosos diputados reunidos el día 27 por la mañana, no figuraban ni los miembros de la mesa ni los jefes de la fracción ni los dirigentes del bloque progresivo, los cuales estaban ya enterados de la disolución y del levantamiento y preferían dejarse ver lo más tarde posible, con tanta mayor razón cuanto que precisamente en aquellas horas estaban, por lo visto, sosteniendo negociaciones con el gran duque Mijail acerca de la dictadura. "En la Duma reinaba una agitación y un desconcierto generales -dice Mansirev-. Incluso las conversaciones animadas se interrumpieron, y en su lugar no se oían más que suspiros y breves réplicas, tales como "¡Dónde hemos ido a parar!", o se manifestaba el miedo no disimulado por la propia persona." Así hablaba uno de los diputados más moderados y que suspiraba con más fuerza que los otros.

A las dos de la tarde, cuando los jefes se vieron obligados a comparecer en la Duma, el secretario de la mesa llegó con esta noticia gozosa, pero infundada: "Los desórdenes serán pronto sofocados, pues se han tomado medidas." Es posible que por "medidas" entendieran las negociaciones entabladas acerca de la dictadura. Pero la Duma estaba abatida y esperaba oír la palabra decisiva del jefe del bloque progresista. "No podemos adoptar inmediatamente ninguna medida -declara Miliukov- porque desconocemos las proporciones tomadas pro los desórdenes, así como de parte de quién está la mayoría de las tropas, de los obreros y de las distintas organizaciones. Lo conveniente es recoger informes precisos sobre todo esto, para luego examinar la situación, ahora es aún pronto."

¡A las dos de la tarde del 27 de febrero era todavía pronto, para los liberales! "Recoger informes" significaba lavarse las manos y esperar el resultado de la lucha. Pero el discurso de Miliukov, empezado, dicho sea de paso, con el propósito de no llegar a ninguna conclusión, es interrumpido por Kerenski, que, presa de grande agitación, irrumpe en la sala y anuncia que una inmensa multitud de pueblo y de soldados se dirigen al palacio de Táurida con la intención de exigir que la Duma se haga cargo del poder. El diputado radical sabe perfectamente, por lo visto, lo que viene a pedir la inmensa multitud. En realidad, es el propio Kerenski quien primero exige que la Duma tome en sus manos el poder, mientras que ella abriga aún la esperanza de ver sofocada la insurrección. La declaración de Kerenski provoca "un desconcierto general". Sin embargo, aún no ha terminado, cuando le interrumpe un ujier de la Duma que entra corriendo, azorado; los primeros soldados han llegado ya al palacio, los centinelas no les han dejado entrar; el jefe, al parecer, está gravemente herido. Un minuto después, los soldados han allanado ya el palacio de la Duma. Más tarde se dirá en artículos y discursos, que los soldados llegaron para saludar a la Duma y prestar juramento de fidelidad ante ella. Pero lo cierto es que los diputados están todos dominados por un pánico mortal. El agua les llega al cuello. Los jefes cuchichean entre sí. Hay que ganar tiempo. Rodzianko presenta precipitadamente la proposición, que le ha sido sugerida de crear un "Comité provisional". Gritos de aprobación. Pero todos quieren marcharse a casa lo antes posible, pues no están para votaciones. El presidente, no menos asustado que los demás, propone que se confíe la formación del Comité al Consejo de los decanos de la Cámara. Otra vez gritos de aprobación de los pocos diputados que quedan en la sala: la mayoría había tenido ya tiempo de desaparecer. Así reaccionaba, en los primeros momentos revolucionarios, la Duma que acababa de ser disuelta por el zar.

Entretanto, en aquel mismo edificio, pero en una dependencia menos solemne, la revolución se creaba otro órgano. Los caudillos revolucionarios no tuvieron que inventarlo. La experiencia de los soviets de 1905 se había infundido para siempre en la conciencia de los obreros. A cada impulso del movimiento, e incluso en plena guerra, resucitaba casi automáticamente la idea del soviet, y aunque las ideas forjadas respecto a la misión de los soviets diferían profundamente en los bolcheviques y en los mecheviques -los socialrevolucionarios no tenían, en general, ideas firmes acerca de nada-, diríase que la forma misma de organización se hallaba por encima de toda discusión. Los mencheviques, miembros del Comité industrial de guerra, sacados de la cárcel por la revolución, se encontraban en el palacio de Táurida con los militares del movimiento sindical y cooperativo, pertenecientes así mismo al ala derecha, y con los diputados mecnheviques de la Duma Cheidse y Skobelev, y crearon inmediatamente el "Comité ejecutivo provisional del Soviet de los diputados y obreros", que en el transcurso de aquel mismo día fue integrado principalmente con ex-revolucionarios que habían perdido el contacto con las masas, pero que conservaban el "nombre". El Comité ejecutivo, del cual formaban parte asimismo bolcheviques, incitó a los obreros a elegir inmediatamente diputados. La primera reunión fue convocada para aquella misma noche en el palacio de Táurida y se celebró, efectivamente, a las nueve. Esta reunión sancionó la composición del Comité ejecutivo, completándolo con representaciones oficiales de todos los partidos socialistas. Pero no consistía en esto, ni mucho menos, la importancia de la primera reunión de los representantes del proletariado triunfante de la capital. En la reunión pronunciaron palabras de salutación los delgados de los regimientos sublevados. Entre ellos había soldados completamente grises, contusionados, por decirlo así, por la insurrección y que se expresaban aún con dificultad. Pero eran precisamente ellos los que encontraban las palabras justas que ningún tribuno habría sabido encontrar. Fue una de las escenas más patéticas de la revolución, que empezaba a sentirse fuerte y a tener conciencia de la infinidad de las masas que había despertado a la vida, de la grandiosidad de su misión, el orgullo de los éxitos logrados, la emoción gozosa ante el día de mañana, que había de ser aún más radiante que el de hoy. La revolución no tiene aún su ritual, en las calles flota el humo de los disparos, las masas no han aprendido las nuevas canciones, la rebelión transcurre sin orden, sin causa, como un río desbordado; el soviet se ahoga en su propio entusiasmo. La revolución es ya poderosa, pero adolece todavía de una ingenuidad infantil.

En esta primera reunión decidióse unir a la guarnición con los obreros en un soviet común de diputados obreros y soldados. ¿Quién fue el primero que formuló esta proposición? Surgida, sin duda, de distintas partes, o más bien de todas, como un eco de la fraternización de los obreros y soldados, que en este día había decidido en la calle la suerte de la revolución. Sin embargo, no se puede dejar de señalar que, según Schliapnikov, en un principio los socialpatriotas se opusieron a la incorporación del ejército en la política. Desde el momento de su aparición, el Soviet, personificado por el Comité ejecutivo, empieza a obrar como poder. Elige una Comisión provisional de subsistencias, a la cual confía la misión de preocuparse de los insurrectos y de la guarnición en general, y organiza un estado mayor revolucionario provisional -en estos días, todo se llama provisional-, al cual nos hemos referido ya más arriba. Para evitar que sigan a disposición de los funcionarios del antiguo régimen los recursos financieros, el Soviet decide ocupar inmediatamente con destacamentos revolucionarios el Banco de Estado, la Tesorería, la fábrica de moneda y la emisión de papeles del Estado. Los fines y las funciones del Soviet crecen constantemente bajo la presión de las masas. La revolución tiene ya su centro indiscutible. En lo sucesivo, los obreros y los soldados, y no tardando, los campesinos, sólo se dirigirán al Soviet: a sus ojos, el Soviet se convierte en el punto de concentración de todas las esperanzas y de todos los poderes, en el eje de la revolución misma. Y hasta los representantes de las clases poseedoras buscarán en el Soviet, aunque sea rechinando los dientes, defensa, instrucciones y solución para sus conflictos.

Sin embargo, ya en esas primeras horas de la victoria, cuando con una rapidez fabulosa y una fuerza irresistible se estaba gestando el nuevo poder de la revolución, los socialistas que estaban al frente del Soviet buscaban, alarmados, a su alrededor al "amo" verdadero. Estos socialistas consideraban como cosa natural que el poder pasar a manos de la burguesía, y aquí se forma el principal nudo político del nuevo régimen: uno de sus hilos conduce al cuarto en que está instalado el Comité ejecutivo de los obreros y soldados; el otro, al local en que reside el centro de los partidos burgueses.

A las tres de la tarde, cuando la victoria en la capital no ofrecía ya la menor duda, el Consejo de los decanos de la Duma eligió un "Comité provisional de miembros de la Duma", compuesto por representantes de los partidos del bloque progresivo, a los que se suman Cheidse y Kerenski. El primero se negó a aceptar; el segundo vacilaba. El título indicaba prudentemente que no se trataba de un órgano oficial de la Duma del Estado, sino de un órgano particular de los miembros de la Duma. A los jefes del bloque progresista no les preocupaba más que una cosa: ponerse a salvo de toda responsabilidad, no atándose de pies y manos. El objetivo del Comité estaba definido con buscada ambigüedad: "Restablecimiento del orden y relaciones con las instituciones y las personas". Ni una palabra acerca del orden que estos caballeros pensaban restablecer ni acerca de las instituciones con las cuales se disponían a ponerse en relación. Ni se atreven a tender aún la mano hacia la piel del oso, porque ¿y si no está muerto, sino sólo gravemente herido? Hasta las once de la noche del 27 de febrero, cuando, según reconoce Miliukov, "se vieron claramente las proporciones tomadas por el movimiento revolucionario, el comité provisional no decidió dar otro paso al frente y hacerse cargo del poder, caído en el regazo del gobierno". Imperceptiblemente, el nuevo órgano, que era un Comité de miembros de la Duma, se convirtió en Comité de esta última; para conservar la continuidad del Estado y del orden jurídico nada mejor que la falsificación. Pero Milliukov guardaba silencio acerca del punto principal: Los jefes del Comité ejecutivo, creado durante aquel día, se habían presentado al Comité provisional con el fin de exigir de éste con insistencia que tomara en sus manos el poder. Esta presión amistosa produjo su efecto,. Posteriormente, Miliukov explica la decisión tomada por el Comité de la Duma, revocando el hecho de que, según él, el gobierno se disponía a mandar tropas adictas contra los revolucionarios "y se corría el peligro de que se entablaran verdaderos combates en las calles de la capital". En realidad, no disponían absolutamente de ningún cuerpo de tropa y la revolución era ya un hecho consumado. Rodzianko había de decir más tarde que, caso de que hubiera renunciado al poder, "la Duma habría sido detenida y sus miembros asesinados por los soldados sublevados y el poder habría caído en manos de los bolcheviques". Esto, naturalmente, es una absurda exageración muy propia del honorable chambelán, pero refleja de un modo inmejorable el estado de espíritu de la Duma, la cual consideraba como un acto de violación política el hecho de que se le entregara el poder.

En estas circunstancias no era fácil tomar una decisión. De un modo particularmente tumultuoso vacilaba Rodzianko, que no se cansaba de preguntar a los demás: "¿Será esto una rebeldía, o no lo será?" El diputado monárquico Chulguin le contestó, según él mismo nos cuenta: "No hay en ello ni sombra de rebeldía; acepte usted como súbdito fiel del zar... Si los ministros se han fugado, alguien tiene que reemplazarles. Caben dos soluciones: o todo se arregla, o no se arregla, y si nosotros no tomamos el poder, lo tomarán otros, lo mismo que esos canallas de las fábricas han elegido ya..." No hay por qué hacer mucho caso de las groseras calificaciones que este gentleman reaccionario aplica a los obreros: la revolución había dado un fuerte pisotón en los pies de estos caballeros. La moraleja es clara: si triunfa la monarquía, estaremos a su lado; si triunfa la revolución, procuraremos escamotearla.

La reunión duró largo rato. Los jefes democráticos esperaban anhelosos los acuerdos. Por fin, Miliukov salió del despacho de Rodzianko, y acercándose con solemne continente a la delegación soviética, declaró: "Hemos llegado a un acuerdo. Somos nosotros quienes tomamos el poder"... "No pregunté a quién se refería al decir nosotros -recuerda Sujánov con entusiasmo-; no quise preguntar nada más. Pero sentí con todo mi ser, por decirlo así, la nueva situación. Tuve la sensación de que la nave de la revolución, empujada en aquellas horas de tormenta a merced de los elementos, izaba la vela, y adquiría estabilidad y equilibrio sobre el agitado oleaje." ¡Qué forma más amanerada de expresarse, para acabar reconociendo prosaicamente la dependencia servil en que se hallaba la democracia pequeño burguesa respecto al liberalismo capitalista! ¡Y qué error tan fatal de perspectiva política! La entrega del poder a los liberales no sólo no prestará estabilidad a la "nave" del Estado, sino que, lejos de eso, se convertirá desde este mismo día en la raíz y fuente de la ausencia de poder de la revolución, en la causa mayor de los caos de la exasperación de las masas, del desmoronamiento del frente primero y, luego, de una guerra civil extrema y desesperada.

Si tendemos la vista por los siglos pasados, el tránsito del poder a manos de la burguesía se nos aparecerá como sujeto a determinadas leyes. En todas las revoluciones precedentes se habían batido en las barricadas los obreros, los artesanos, a veces los estudiantes y los soldados revolucionarios. Después de lo cual, se hacía cargo del poder la respetable burguesía que había estado prudentemente mirando la revolución por los cristales de su ventana, mientras los demás luchaban. Pero la revolución de Febrero de 1917 se distinguía de todas las que la habían precedido por el nivel político de la clase obrera y por el carácter social incomparablemente más elevado, por un recelo hostil de los revolucionarios hacia la burguesía liberal y como consecuencia de la creación de todo esto en el momento mismo del triunfo, de un nuevo órgano del poder revolucionario: el Soviet, apoyado en la fuerza armada de las masas. En estas condiciones, el paso del poder a manos de una burguesía políticamente aislada y desarmada exige una explicación.

Ante todo, conviene examinar más de cerca la correlación de fuerzas que se formó como resultado de la revolución. ¿Es que la democracia soviética se vio obligada por la situación? Ésta no lo creía así. Ya hemos visto que, lejos de esperar el poder de la revolución, veía en ella un peligro mortal para su situación social de clase. "Los partidos moderados no sólo no deseaban la revolución -dice Rodzianko-, sino que sencillamente la temían. Principalmente, el partido de la Libertad Popular (los kadetes), por el hecho de hallarse en el ala izquierda de los grupos moderados y de tener por ello más puntos de contacto con los partidos revolucionarios del país, estaba más preocupado que ningún otro por la catástrofe que se avecinaba." La experiencia de 1905 les decía con harta elocuencia a los liberales que el triunfo de los obreros y campesinos podía ser tan peligroso para la burguesía como para el zarismo. El desarrollo de la insurrección de febrero no hacía más que confirmar estas previsiones. Por vagas que fueran, en muchos sentidos, las ideas políticas de las masas revolucionarias por aquellos días, la línea fronteriza entre los trabajadores y la burguesía se delineaba, desde luego, de un modo enérgico que no admitía confusiones.

El profesor Stankievich, afín a los círculos liberales y amigo y no adversario del bloque progresista, caracteriza con los siguientes rasgos el estado de espíritu reinante en los medios liberales al día siguiente de la revolución, que no habían podido evitar: "Oficialmente se mostraban entusiasmados, ensalzaban la revolución, vitoreaban a los combatientes por la libertad, se adornaban con cintas coloradas y marchaban bajo las banderas rojas... Pero en el fondo de su alma, en las conversaciones articulares, se horrorizaban, se estremecían y se sentían prisioneros de aquella fuerza elemental hostil que seguía caminos ignorados. No olvidaré nunca la figura voluminosa y respetable de Rodzianko, cuando, con porte de dignidad majestuosa, pero con una expresión de una profunda desesperación y sufrimiento en su pálido rostro, pasaba entre la multitud de soldados que, en actitud desembarazada, invadía los corredores del palacio de Táurida. Oficialmente se proclamaba que "los soldados han venido a apoyar a la Duma en su lucha contra el gobierno"; pero, de hecho, la duma dejó de existir ya desde los primeros días. El mismo rictus podía observarse en el semblante de todos los miembros del Comité provisional de la Duma y de los círculos allegados a él. Se dice que los representantes del bloque progresista, al llegar a sus casas, lloraban histéricamente de impotente desesperación." Este testimonio vivo es de más valor que cuantas investigaciones sociológicas pudieran hacerse para establecer la proporción de fuerzas después de la revolución. Según él mismo nos cuenta, Rodzianko se hallaba estremecido de indignación impotente al ver cómo unos soldados cualesquiera, "obedeciendo órdenes no se sabe de quién", procedían a la detención de los funcionarios del viejo régimen en calidad de presos de la Duma. El buen chambelán se veía convertido en una especie de carcelero de unos hombres de quienes, naturalmente, le separaban ciertas diferencias, pero que, a pesar de todo, eran gentes de su categoría. Asombrado ante tamaña "arbitrariedad", Rodzianko invitó al detenido Scheglovitov a entrar en su despacho; pero los soldados se negaron en redondo a entregarle el odiado funcionario: "Cuando intenté poner de manifiesto mi autoridad -cuenta Rodzianko-, los soldados formaron un estrecho círculo alrededor de los prisioneros, y, con el aspecto más provocativo e insolente, me enseñaron sus fusiles, después de lo cual Scheglovitov, sin que fuera objeto de acusación alguna, fue conducido no sé adónde." ¿Cabe confirmación más elocuente de las palabras de Stankievich, según las cuales los regimientos que se decía que se habían prestado para apoyar a la duma, en realidad la habían suprimido?

El poder estuvo en manos del Soviet desde el primer momento. Los que menos podían hacerse ilusiones sobre el particular eran los miembros de la Duma. el diputado octubrista Schildlovski, uno de los directores del bloque progresista, recuerda: "El Soviet se apoderó de todas las oficinas de Correos y Telégrafos y de Radio, de todas las estaciones de ferrocarril, de todas las imprentas, de modo que, sin autorización, era imposible cursar un telegrama, salir de Petrogrado o escribir un manifiesto." A esta síntesis inequívoca del balance de fuerzas pos-revolucionarias conviene hacer, sin embargo, una aclaración: el hecho de que el Soviet se hubiera "apoderado" del telégrafo, de los ferrocarriles, de las imprentas debe entenderse en el sentido de que los obreros y empleados de esas empresas no querían someterse más que al Soviet.

No podíamos hallar mejor ilustración a las lamentaciones de Schidlovski que el episodio que se produjo en el momento en que las negociaciones entabladas acerca del poder entre jefes de la Duma y el Soviet se hallaban en su apogeo. La reunión viose interrumpida por el aviso urgente de que Pskov, donde se halla detenido el zar después de vagar por diversas líneas ferroviarias, llamaba a Rodzianko al hilo directo. El todopoderoso presidente de la Duma declaró que se negaba a ir solo al teléfono. "Que los señores diputados obreros y soldados me den escolta o vayan conmigo, pues de lo contrario en Telégrafos me detendrán. ¡Qué queréis -prosiguió todo agitado-, tenéis la fuerza y el poder! Naturalmente podéis detenerme... Acaso nos detengáis a todos. ¡Quién sabe...! Esto ocurría el primero de marzo, cuando no hacía dos días que el poder había sido "tomado" por el Comité provisional, a la cabeza del cual se hallaba Rodzianko.

¿Cómo, a pesar de esta situación, los liberales se vieron en el poder? ¿Quién les dio, y cómo, atribuciones para formar un gobierno fruto de una revolución que temían, contra la cual se resistían, que habían intentado sofocar, que había sido llevada a cabo por masas que les eran adversas, y, por añadidura, con una decisión y una audacia tales que el Soviet de los obreros y soldados, surgido de la insurrección, era, a los ojos de todo el mundo, el amo indiscutible de la situación?

Veamos lo que dice la otra parte, la que cedió el poder: "El pueblo no se sentía atraído por la Duma -dice Sujánov, hablando de las jornadas de Febrero-, no se interesaba por ella y no pensaba en convertirla, ni política ni técnicamente, en el eje del movimiento." Esta confesión es tanto más peregrina cuanto que su autor ha de consagrar todos los esfuerzos, en las horas que siguen, a la entrega del poder al Comité de la Duma del Estado: "Miliukov sabía perfectamente -dice más adelante Sujánov, hablando de las negociaciones del 1 de marzo- que dependía por entero del Comité ejecutivo el que se cediera o no el poder a un gobierno de la burguesía." ¿Cabe expresarse de un modo más categórico? ¿Puede ser más clara la situación política? Y sin embargo, Sujánov, en flagrante contradicción con los hechos y consigo mismo, dice a renglón seguido: "El poder que recoja la herencia del zarismo no puede ser más que burgués... Hay que orientarse en este sentido. De otro modo, no se conseguirá nada, y la revolución se verá perdida." ¡La revolución se verá perdida sin Rodzianko!

Aquí el problema de la correlación viva de las fuerzas sociales se ve suplantado ya por un esquema apriorístico y por una terminología escolástica: estamos ya de lleno dentro del campo del doctrinarismo intelectual. Pero, como veremos más adelante, este doctrinarismo no era platónico ni mucho menos, sino que cumplía una función política, completamente real, aunque caminase con los ojos vendados.

No se crea que citamos al azar a Sujánov. En este primer período, el inspirador del Comité ejecutivo no era su presidente, Cheidse, un provinciano honrado y de cortos alcances, sino precisamente Sujánov, la persona menos indicada del mundo, en general, para dirigir un movimiento revolucionario. Seminarodniki, semimarxista, más bien observador concienzudo que político, más periodista que revolucionario, más razonador que periodista, sólo era capaz de hacer frente a la concepción revolucionaria hasta el momento en que fuese preciso transformarla ya en acción. Internacionalista pasivo durante la guerra, decretó desde el primer día de la revolución que era necesario endosar el poder y la guerra a la burguesía lo antes posible. Teóricamente -es decir, en cuanto a talento, por lo menos para atar cabos- estaba por encima de todos los vocales del Comité ejecutivo de aquel entonces. Pero su fuerza principal consistía en traducir al lenguaje doctrinario los rasgos orgánicos de aquel grupo, a la par heterogéneo y homogéneo: desconfianza en las propias fuerzas, miedo ante la masa y actitud de altivo respeto frente a la burguesía. Lenin decía que Sujánov era uno de los mejores representantes de la pequeña burguesía. Es lo más lisonjero que se puede decir de él.

No hay que olvidar, además, que se trata, ante todo, de una pequeña burguesía de nuevo tipo, de tipo capitalista, de empleados industriales, comerciales y bancarios, de funcionarios del capital de una parte y de burocracia obrera por otra; es decir, de ese nuevo tercer Estado en aras del cual el socialdemócrata alemán Eduard Bernstein, sobradamente conocido, hubo de emprender, a fines del siglo pasado, la revisión del sistema revolucionario de Marx. Para poder dar una respuesta a la pregunta de cómo la revolución de los obreros y campesinos cedió el poder a la burguesía, hay que empalmar a la cadena política un eslabón intermedio: los demócratas y socialistas pequeño burgueses del tipo de Sujánov, los periodistas y políticos de la nueva clase media que enseñaron a las masas que la burguesía era el enemigo. La contradicción entre el carácter de la revolución y el del poder que surgió de ella se explica por las peculiaridades contradictorias del nuevo sector pequeño burgués, situado entre las masas revolucionarias y la burguesía capitalista. En el curso de los acontecimientos posteriores, el papel político de esta democracia pequeño burguesa de nuevo tipo se nos revelará de cuerpo entero. Por ahora, limitémonos a algunas palabras.

En la insurrección participa de un modo directo la minoría de la clase revolucionaria, con la particularidad de que la fuerza de dicha minoría consiste en el apoyo o, por lo menos, en la simpatía que la mayoría le presta. La minoría activa y combativa impulsa hacia adelante inevitablemente, bajo el fuego del enemigo, a los elementos más revolucionarios y abnegados con que cuenta. Es natural que en los combates de febrero ocuparan los primeros puestos los obreros bolcheviques. Pero la situación cambia desde el momento del triunfo, cuando empieza a consolidarse políticamente. A las elecciones para cubrir los órganos e instituciones de la revolución triunfante se llama a masas incomparablemente más extensas que las que han combatido con las armas en la mano. Esto acontece no sólo en las elecciones de los órganos democráticos generales, como las dumas y los zemstvos, y más tarde la Asamblea constituyente, sino también con los de clase, como los soviets de diputados obreros. La mayoría aplastante de los obreros mecheviques, socialrevolucionarios y sin partido apoya a los bolcheviques en su acción directa contra el zarismo. Pero sólo a una pequeña minoría de ellos se le alcanzaban en qué residía la diferencia que separaba a los bolcheviques de los demás partidos socialistas. Al propio tiempo, los obreros todos establecían una línea de demarcación bien definida entre ellos y la burguesía. Esto determinó la situación política creada después del triunfo. Los obreros elegían a los socialistas, esto es, a aquellos que estaban no sólo contra el zarismo, sino también contra la burguesía, y, al obrar así, no establecían distinción alguna entre los tres partidos socialistas. Y como quiera que los mencheviques y los socialrevolucionarios disponían de cuadros intelectuales incomparablemente más considerables, que afluían a ellos de todos los lados y les facilitaban un número enorme de agitadores, las elecciones, incluso en las fábricas, daban una superioridad inmensa a estos grupos.

El ejército ejercía su presión en el mismo sentido, pero con una fuerza incomparablemente mayor. Al quinto día de la insurrección, la guarnición de Petrogrado siguió a los obreros. Después del triunfo fue llamada a participar en las elecciones a los soviets. Los soldados elegían confiadamente al que estaba por la revolución, contra la oficialidad monárquica, y que sabía expresarlo bien: éstos resultaban ser los escribientes, los médicos, los jóvenes oficiales de la época de la guerra procedentes del campo intelectual, los pequeños funcionarios militares, es decir, el estrato inferior de la "nueva clase media". Casi todos ellos se inscribieron, a partir de marzo, en el partido de los socialistas revolucionarios, que por su ideología vaga era el que mejor respondía a la situación social intermedia y a la limitación política de estos elementos. Resultado de esto fue que la guarnición se revelase incomparablemente más moderada y burguesa que la masa de los soldados. Pero estos últimos no se daban cuenta de la diferencia, que pronto había de exteriorizarse en la experiencia de los meses próximos. Los obreros, por su parte, tendían a fundirse lo más estrechamente posible con los soldados, a fin de consolidar la alianza conquistada con la sangre y armar de un modo más sólido a la revolución. Y como en nombre del ejército hablaban principalmente los socialrevolucionarios de nuevo cuño, esto tenía que aumentar necesariamente a los ojos de los obreros el prestigio de dicho partido, a la par que el de sus aliados, los mencheviques. Así fue como surgió en los soviets el predominio de los partidos colaboracionistas. Baste decir que hasta en el soviet de la barriada de Viborg desempeñaron un papel preeminente en los primeros tiempos los obreros mencheviques. En aquel período, el bolchevismo latía aún sordamente en el subsuelo de la revolución. Los bolcheviques oficiales estaban representados aún en el soviet de Petrogrado por una minoría insignificante, que, además, no veía con absoluta claridad sus objetivos.

Y he aquí cómo nació la paradoja de la revolución de Febrero. El poder se halla en manos de los socialdemócratas, que no se han adueñado de él por un golpe blanquista, sino por cesión franca y generosa de las masas triunfantes. Estas masas, que no sólo niegan la confianza y el apoyo a la burguesía, sino que la colocan casi en el mismo plano que a la nobleza y a la burocracia y sólo ponen sus armas a disposición de los soviets. Y la única preocupación de los socialistas, a quienes tan poco esfuerzo ha costado ponerse al frente de los soviets, está en saber si la burguesía políticamente aislada, odiada de las masas y hostil hasta la médula a la revolución, accederá a hacerse cargo del poder.

Es necesario ganar su conformidad a toda costa, y como es evidente que la burguesía no puede renunciar al programa burgués, somos nosotros, los "socialistas", los que tenemos que abjurar de nuestro programa: correremos un velo de silencio sobre la monarquía, sobre la guerra, sobre la tierra, con tal de que la burguesía acepte el regalo del poder que le brindamos. Y al mismo tiempo que realizan esta operación, los "socialistas", como burlándose de sí mismos, siguen calificando a la burguesía de enemigo de clase. Guardando todas las formas rituales de los oficios religiosos, se comete un acto de sacrilegio provocativo. La lucha de clases llevada hasta su últimas consecuencias es la lucha por el poder. La característica de toda revolución consiste en llevar la lucha de clases hasta sus últimas consecuencias. La revolución no es más que la lucha directa por el poder. Sin embargo, lo que a nuestros "socialistas" les preocupa no es quitar el poder al llamado enemigo de clase, que no lo tiene en sus manos ni se puede adueñar de él con sus propias fuerzas, sino, al contrario, el entregárselo a toda costa. ¿Acaso no es esto una paradoja? Y esta paradoja tenía por fuerza que causar asombro; aún no se había dado la revolución alemana de 1918 y el mundo no era aún testigo de una grandiosa operación del mismo tipo, pero realizada con mucho más éxito por la "nueva clase media" acaudillada por la socialdemocracia germana.

¿Cómo explicaban su conducta los colaboracionistas? Uno de sus argumentos tenía un carácter doctrinario: puesto que la revolución es burguesa, los socialistas no deben comprometerse tomando el poder; que la misma burguesía responda por ella. Esto sonaba a incorruptibilidad. En realidad, era una máscara de intransigencia con que la pequeña burguesía quería encubrir su servilismo ante la fuerza de la riqueza y de la educación. Los pequeños burgueses consideraban que el derecho de la gran burguesía al poder era un derecho innato, independiente del balance de fuerzas sociales. El origen de esta actitud radicaba en ese movimiento casi instintivo que impulsa de la acera al arroyo para dejar pasar al barón de Rotschild. Los argumentos doctrinarios empleados no eran más que una especie de concesión con que se quería contrapesar la conciencia de la propia insignificancia. Dos meses después, cuando se vio que la burguesía no podía de ningún modo mantener con sus propias fuerzas el poder que le había sido regalado, los colaboracionistas arrojaron sin empacho por la borda sus prejuicios "socialistas" y entran en el Ministerio de coalición, no para sacar de él a la burguesía, sino, por el contrario, para salvarla; no contra su voluntad: en caso contrario, la burguesía amenazaba a los demócratas con arrojarles el poder a la cabeza.

El segundo argumento que se esgrimía para justificar la renuncia al poder, sin ser más serio en el fondo, tenía un aspecto más práctico. Nuestro conocido Sujánov subrayaba en primer término la "dispersión" de la Rusia democrática: "En aquel entonces, la democracia no tenía en sus manos organizaciones de partido, sindicales o municipales más o menos consistentes e influyentes:" ¡Esto parece una burla! ¡Un socialista que habla en nombre de los soviets de obreros y soldados y no dice una palabra de ellos! Gracias a la tradición de 1905, los soviets brotaron como escupidos por la tierra y se convirtieron inmediatamente en una fuerza incomparablemente más poderosa que todas las demás organizaciones que después intentaron rivalizar con ellos (los municipios, las cooperativas y, en parte, los sindicatos). Por lo que se refiere a los campesinos, clase dispersa por naturaleza, gracias a la guerra y a la revolución aparecieron organizados como no lo habían estado nunca: la guerra aglutinaba a los campesinos en el ejército y daba a éste un carácter político. Más de ocho millones de campesinos estaban organizados en compañías y en escuadrones, que inmediatamente se crearon su representación revolucionaria, por mediación de la cual podían ser puestos en pie en cualquier momento a la primera llamada telefónica. ¡Tal era la "dispersión" proclamada por Sujánov!

Podrá decirse que en el momento de resolver la cuestión del poder, la democracia no sabía aún cuál sería la actitud de las tropas del frente. No plantearemos la cuestión de saber si había el menor motivo fundado para temer o esperar que los soldados del frente, exhaustos por la guerra, apoyasen a la burguesía imperialista. Baste con decir que esta cuestión se resolvió plenamente en el transcurso de los dos o tres días próximos, que fueron precisamente empleados por los colaboracionistas para preparar entre bastidores un gobierno burgués. "El 3 de marzo, la revolución era un hecho consumado", dice Sujánov. A pesar de la adhesión del ejército en pleno a los soviets, los jefes de éstos rechazaban con todas sus fuerzas el poder, al que tenían tanto más miedo cuanto mayor era la intensidad con que se concentraba en sus manos.

Pero, ¿por qué? ¿Por qué unos demócratas, unos "socialistas", que se apoyaban directamente en unas masas como jamás las ha conocido ninguna democracia en la historia, masas que contaban por añadidura con una experiencia considerable, disciplinadas y armadas, organizadas en soviets, por qué, repetimos, esta poderosa democracia, al parecer invencible, podía tenerle miedo al poder? Este enigma, aparentemente indescifrable, se explica por el hecho de que la democracia no tenía confianza en su propia base, la masa les inspiraba miedo. No creía en la consistencia de la confianza en sí misma, y lo que más temía era la "anarquía", esto es, que al tomar el poder se convirtiera, con éste, en un juguete de las llamadas fuerzas elementales desatadas. Dicho en otros términos, la democracia no se sentía llamada a dirigir al pueblo en el momento de su impulso revolucionario, sino que se consideraba el ala izquierda del orden burgués, un tentáculo de este orden burgués tendido hacia las masas. Si se titulaba "socialista", y aún se consideraba como tal, era para ocultar no sólo a las masas, sino a sí misma, su verdadera misión, y sin esta autosugestión es lo cierto que no habría podido cumplirla. Así se resuelve la fundamental paradoja de la revolución de Febrero.

El primero de marzo por la tarde se presentaron en la reunión del Comité de la Duma los representantes del Comité ejecutivo Cheidse, Stieklov, Sujánov y otros, para examinar las condiciones en que los soviets podían apoyar al nuevo gobierno. Del programa de los demócratas quedaban totalmente excluidas las cuestiones relativas a la guerra, la república, la tierra, la jornada de ocho horas; todo se concretaba en una reivindicación: conceder libertad de propaganda a los partidos de izquierda. ¡Gran ejemplo de desinterés para los pueblos y los siglos el de estos socialistas, en cuyas manos se hallaba todo el poder de una nación y de los cuales dependía por entero el conceder o no la libertad de propaganda a los demás y que entregan el poder a sus "enemigos de clase" a condición de que estos últimos les garantice a ellos... la libertad de propaganda! Rodzianko no se atrevía a ir solo a Telégrafos, y decía a Cheidse y Sujánov: "El poder está en vuestras manos; nos podéis mandar detener a todos nosotros." Cheidse y Sujánov le contestan: "Tomad el poder, pero no nos detengáis porque hagamos propaganda." Cuando se estudian las negociaciones de los colaboracionistas con los liberales y, en general, todos los episodios de las relaciones mantenidas en aquellos días entre el ala derecha y el ala izquierda del palacio de Táurida, parece como si en la escena gigantesca en que se desarrolla el drama histórico del pueblo, una pesadilla de comediantes de la legua, aprovechándose de un rincón que queda libre, se dedicasen en un entreacto a representar un sainete vulgar en ropas menores.

Los jefes de la burguesía -hagámosles justicia- no contaban con esto. Seguramente no hubieran temido tanto a la revolución si hubieran contado con esta política por parte de sus jefes. Ciertamente que, de creerlo, también se habrían equivocado, pero acompañando ya a éstos en la equivocación. Temiendo, a pesar de todo, que la burguesía no accedería a tomar el poder ni aun con las condiciones propuestas, Sujánov plantea un ultimátum amenazador: "Nosotros somos los únicos que podemos contener las fuerzas elementales desencadenadas... No hay más salida que una aceptar: aceptar nuestras condiciones." En otros términos: aceptad un programa, que es el vuestro; en compensación, os prometemos domar a la fiera que nos ha dado el poder. ¡Pobres domadores!

Miliukov estaba asombrado. "No se molestaba en disimular -recuerda Sujánov- su satisfacción y su agradable sorpresa." Cuando los delegados del Soviet añadieron, para darse importancia, que sus condiciones era "definitivas", Miliukov incluso se enterneció y les alentó con la frase siguiente: "Sí; escuchándoos, he pensado en el gran paso de avance que ha dado el movimiento obrero desde 1905 para acá..." En este mismo tono de cocodrilo cariñoso habría de hablar en Brest-Litovsk la diplomacia de Hohenzolern con los delegados de la Rada ucraniana, rindiendo homenaje a sus dotes de hombres de Estado, antes de tragárselos. Si la burguesía no se tragó a la diplomacia soviética no fue precisamente gracias a Sujánov ni por culpa de Miliukov.

La burguesía tomó el poder a espaldas del pueblo. No tenía ningún punto de apoyo en las clases trabajadoras, pero con el poder consiguió algo así como un punto de apoyo de segunda mano: los mencheviques y los socialrevolucionarios, elevados a las alturas por la masa, otorgaron un voto de confianza a la burguesía. Si examinásemos esta operación desde el punto de vista de la democracia formal, nos encontraremos ante algo parecido a unas elecciones de segundo grado, en las cuales los mencheviques y socialrevolucionarios desempeñan el papel técnico de eslabón intermedio, esto es, de compromisarios electores de kadetes. Examinada desde el punto de vista político, no hay más remedio que reconocer que los colaboracionistas burlaron la confianza de las masas llamando al poder a aquellos contra los cuales habían sido elegidos. Finalmente, desde un punto de vista más profundo, desde el punto de vista social, la cuestión se plantea así: los partidos pequeñoburgueses, que en las condiciones normales se manifestaban con una jactancia y una suficiencia excepcionales, exaltados a las cimas del poder, se asustaron de su propia inconsistencia y se apresuraron a poner el timón en manos de los representantes del capital. En este acto de postración se puso inmediatamente de manifiesto la terrible inconsistencia de la nueva clase media y su dependencia humillante con respecto a la gran burguesía. Al darse cuenta, o solamente tener la sensación, de que no podrían conservar el poder en sus manos durante mucho tiempo, de que pronto tendrían que cederlo a derecha o izquierda, los demócratas decidieron que era mejor adelantarse a entregarlo hoy a los respetables liberales para no tener que entregárselo mañana a los representantes extremos del proletariado. Pero, aun así, el papel de los colaboracionistas en toda su motivación social no deja de encerrar una felonía para con las masas.

Al otorgar su confianza a los socialistas, los obreros y soldados lo que hacían, sin saberlo, era despojarse del poder político. Cuando se dieron cuenta de la realidad, se quedaron perplejos, se inquietaron, pero no veían aún el modo de salir de la situación creada. Sus propios representantes acudían con argumentos contra los cuales no tenían una respuesta preparada, pero que se hallaban en contradicción con sus sentimientos e intenciones. Ya en el momento de la revolución de Febrero las tendencias revolucionarias de las masas no coincidieron en lo más mínimo con las tendencias colaboracionistas de los partidos pequeñoburgueses. El proletariado y el campesino votaban al menchevique y al socialrevolucionario, no como a conciliadores, sino como a enemigos del zar, del terrateniente y del capitalista. Pero al votarlos levantaban una barrera entre ellos y los fines que perseguían. Ahora no podían ya avanzar sin chocar con la muralla que habían levantado y destruirla. Tal era el sorprendente quid pro quo que se encerraba en las relaciones de clase puestas de manifiesto por la revolución de Febrero.

A la paradoja fundamental de que hemos hablado vino a unirse en seguida una paradoja suplementaria. Los liberales sólo accedían a tomar el poder de manos de los socialistas, a condición de que la monarquía se aviniera a recogerlo de sus propias manos.

Al mismo tiempo, Guchkov y Chulguin, monárquico a quien ya conocemos, se trasladaban a Pskov, para salvar la dinastía, el problema de la monarquía constitucional se convertía en el eje de las negociaciones entabladas entre los dos Comités del palacio de Táurida. Miliukov trataba de persuadir a los demócratas que le llevaban el poder en una bandeja de plata de que los Romanov no podían ser ya peligrosos, de que, aunque había que suprimir, naturalmente, a Nicolás II, el zarevich Alexéiev, bajo la regencia de Mijail, podía muy bien asegurar el bienestar del país: "El uno es un niño enfermo y el otro es un hombre completamente estúpido." He aquí la silueta del candidato a zar, trazada por el monárquico liberal Schidlovski: "Mijail Alexandrovich rehuía toda intervención en los asuntos del Estado y vivía entregado de lleno a la equitación." Asombrosa recomendación, sobre todo, para luchar ante las masas. Después de la huida de Luis XVI a Varennes, Danton proclamó en el club de los jacobinos que un imbécil no podía ser rey. Los liberales rusos entendían, por el contrario, que la imbecilidad del monarca sería la mejor ofrenda para el régimen constitucional. Tratábase ciertamente de un argumento para impresionar la psicología de los bobos izquierdistas, pero tenía un carácter demasiado tosco aun para la gente a quien se destinaba. En los círculos liberales se decía que Mijail era un "anglófilo", sin precisar si su anglofilia se refería a las carreras de caballos o al parlamentarismo. Lo principal era conservar el símbolo tradicional de poder, pues, de lo contrario, el pueblo se imaginaría que no había poder alguno.

Los demócratas escuchaban, se sorprendían amablemente y trataban de persuadir... ¿de que se proclamara la República? No; de que no se resolviera la cuestión de antemano. El tercer punto de las condiciones del Comité ejecutivo estaba concebido así: "El gobierno provisional no debe dar ningún paso que resuelva de antemano la forma de gobierno." Miliukov planteó la cuestión de la monarquía en forma de ultimátum. Los demócratas estaban desesperados. Pero las masas acudieron en su auxilio. En los mítines del palacio de Táurida, absolutamente nadie, no sólo los obreros, sino ni siquiera los soldados, querían un zar, y no había modo de imponérselo. Pero Miliukov intentó nadar contra la corriente y salvar el trono y la dinastía por encima de la cabeza de sus aliados de izquierda. El mismo observa en su Historia de la Revolución que el 2 de marzo, por la noche, la agitación producida por la noticia de que se había dado la regencia a Mijail "se intensificó considerablemente". Rodzianko describe con mucho más relieve el efecto que las maniobras monárquicas de los liberales producían entre las masas. Tan pronto llegó de Pskov con el acta de abdicación de Nicolás II en favor de Mijail, Guchkov, a petición de los obreros, se dirigió desde la estación a los talleres ferroviarios, dio cuenta de lo ocurrido y, después de leer el acta de abdicación, grito: "¡Viva el emperador Mijail!" El resultado fue inesperado. Según cuenta Rodzianko, el orador fue inmediatamente detenido por los obreros, los cuales, al parecer, le amenazaron incluso con fusilarle. "Con gran trabajo, se consiguió libertarle con ayuda de la compañía de servicio del regimiento más próximo." Como siempre, Rodzianko incurre en exageración en los detalles, pero lo sustancial del caso está descrito de un modo fidedigno. El país había vomitado la monarquía de un modo tan radical, que no había modo de hacérsele tragar de nuevo. Las masas revolucionarias no admitían ni tan siquiera la idea de un nuevo zar.

Ante semejante situación, los miembros del Comité provisional fueron apartándose uno tras otro de Mijail, no de un modo definitivo, sino "hasta la Asamblea constituyente; entonces, ya veremos". Sólo Miliukov y Guchkov defendían la monarquía a sangre y fuego y seguían condicionando a este punto su entrada en el gobierno. ¿Qué hacer? Los demócratas entendían que sin Miliukov no era posible formar un gobierno burgués, y que sin gobierno burgués era imposible salvar la revolución. Los ruegos y los reproches fueron infinitos. En la sesión de la mañana del 3 de marzo parecía que había triunfado completamente en el Comité provisional el criterio de la necesidad de "persuadir al gran duque de que abdicara"; es decir, ¡que le consideraban ya como zar! El kadete de izquierda Nekrasov había llegado a redactar incluso un proyecto de abdicación, pero como Miliukov seguía firme en sus posiciones, después de nuevos y apasionados debates, se votó por fin el siguiente acuerdo: "Ambas partes motivarán ante el gran duque sus opiniones, y sin entrar en discusiones ulteriores le confiarán la solución a él mismo." De este modo, aquel "hombre completamente imbécil", a quien el hermano mayor destronado por la insurrección intentaba transmitir el trono, infringiendo incluso la ley de sucesión dinástica, veíase convertido inesperadamente en superárbrito de la forma de gobierno de un país revolucionario. Por inverosímil que parezca, esta reunión, en que debían decidirse los destinos del Estado, se celebró. Con el fin de persuadir al gran duque de que abandonara las cuadras para ocupar el trono, Miliukov le aseguró que había la posibilidad absoluta de reunir fuera de Petrogrado las fuerzas militares necesarias para la defensa de sus derechos. En otros términos, Miliukov, cuando apenas había tenido tiempo de recibir el poder de las manos de los socialistas, elaboraba el plan de un golpe de Estado monárquico. Después de oír los discursos en pro y en contra, que no fueron pocos, el gran duque pidió que se le diera el tiempo necesario para reflexionar. Después de invitar a Rodzianko a pasar a otra habitación, Mijail le preguntó a quemarropa: "¿Me garantizan los nuevos gobernantes sólo la corona, o también la cabeza?" El incomparable chambelán contestó que lo único que podía prometer era morir a su lado en caso de necesidad. Al pretendiente, esto no le convencía en lo más mínimo. Después de su idilio con Rodzianko, Mijail se presentó de nuevo ante los diputados y declaró con "firmeza" que renunciaba al cargo elevado, pero peligroso, para el que se le proponía. Entonces Kerenski, que encarnaba en estas negociaciones la conciencia de la democracia, se levantó solemnemente de la silla y dijo: "¡Sois un noble, alteza!" Y juró que así lo proclamaría por doquier. "El acto de Kerenski -comenta secamente Miliukov- armonizaba mal con la prosa de la decisión tomada." Hay que convenir en ello. La verdad es que el texto de ese interludio no era para exaltarse. A lo que decíamos más arriba acerca del sainete representado en el entreacto, agregamos que la escena aparecía dividida en dos partes por una mampara: en una, los revolucionarios rogaban a los liberales que salvaran al revolución; en la otra, los liberales imploraban a la monarquía que salvara al liberalismo.

Los representantes del Comité ejecutivo se sorprendían sinceramente de que un hombre tan ilustrado y perspicaz como Miliukov se obstinara tanto por una cosa como la monarquía y se declara incluso dispuesto a renunciar al poder si, como propina, no se le daba también a un Romanov. Pero el monarquismo de Miliukov no tenía nada de doctrinario ni de romántico; era, por el contrario, el fruto del cálculo de los propietarios atemorizados. En el carácter no disimulado de este miedo consistía su fatal debilidad. El historiador Miliukov podía apelar fundadamente al ejemplo de Mirabeau, jefe de la burguesía revolucionaria francesa, que tanto se había esforzado también, en su tiempo, por conciliar la revolución con el rey. Mirabeau obraba impulsado, como él, por el miedo de los propietarios por sus propiedades: era más prudente cubrirlas con el pabellón de la monarquía, del mismo modo que la monarquía se cubría en el pabellón de la Iglesia, que no dejarlas al descubierto. Pero en Francia, en 1789, la tradición de poder real estaba aún reconocida por el pueblo, sin hablar de que toda Europa era monárquica. Al apoyar al rey, la burguesía francesa no se divorciaba aún del pueblo; por lo menos, esgrimía contra él sus propios prejuicios. La situación, en la Rusia de 1917, era completamente distinta. Además de los naufragios y averías por que había pasado el régimen monárquico en los distintos países del mundo, la propia monarquía rusa había sufrido ya en 1905 desperfectos irreparables. Después del 9 de enero, el cura Gapón había lanzado su maldición contra el zar y su "raza de víboras". El Soviet de diputados obreros de 1905 se declaraba abiertamente republicano. Los sentimientos monárquicos de los campesinos, con los cuales la misma monarquía había contado durante mucho tiempo y con los cuales cubría la burguesía su monarquismo, no aparecía por ningún lado. La contrarrevolución armada que se levantó más tarde, empezando por Kornilov, repudiaba hipócritamente, pero por ello mismo de un modo más significativo, el poder del zar; ¡tan poco arraigado estaba el sentimiento monárquico en el pueblo! Sin embargo, la misma revolución de 1905, que hirió de muerte a la monarquía, privó para siempre de base a las inconsistentes tendencias republicanas de la burguesía "avanzada". Estos dos procesos se contradecían y se completaban al mismo tiempo. La burguesía, que ya desde las primeras horas de la revolución de Febrero tuvo la sensación de su naufragio, se agarraba a un clavo ardiendo. No necesitaba de la monarquía porque ésta fuera la fe que la unía con el pueblo; al contrario, la burguesía no podía ya oponer a las creencias del pueblo otra cosa que un fantasma coronado. Las clases "ilustradas" de Rusia entraron en la palestra de la revolución no como heraldos del Estado nacional, sino como mantenedores de las instituciones medievales. Como no tenían un punto de apoyo ni en el pueblo ni en sí mismos, lo buscaban fuera de ellas. Arquímedes se comprometía a levantar el mundo si le daban un punto de apoyo para su palanca, Miliukov, por el contrario, buscaba un punto de apoyo para evitar la transformación de la gran propiedad del suelo, y, al hacerlo, se sentía mucho más próximo a los generales zaristas más anquilosados y a los dignatarios de la Iglesia ortodoxa, que a aquellos demócratas caseros, cuya única preocupación era ganarse la confianza de los liberales. Impotente para quebrantar la revolución, Miliukov había decidido firmemente engañarla. Estaba dispuesto a tragarse muchas cosas: los derechos cívicos para los soldados, los municipios democráticos, la Asamblea constituyente, a condición de que se le diera el punto de apoyo de Arquímedes bajo la forma de la monarquía. Miliukov confiaba en convertir paso a paso la monarquía en un eje en torno al cual se reunieran los generales, la burocracia renovada, los príncipes de la Iglesia, los propietarios, todos los descontentos de la revolución , y crear poco a poco, empezando por el "símbolo", un verdadero freno monárquico real que fuese conteniendo a las masas, a medida que éstas se fueran cansando de la revolución. ¡Lo importante era ganar tiempo! Otro de los directores del partido kadete, Nabokov, explicaba posteriormente la ventaja capital que hubiera representado la aceptación de la corona por Mijail: "Habría quedado eliminada la cuestión fatal de la convocatoria de la Asamblea constituyente durante la guerra." Tengamos presente estas palabras: entre Febrero y Octubre, la lucha en torno a la fecha en que había de convocarse la Asamblea constituyente desempeña un papel considerable, con la particularidad de que los kadetes, al tiempo que negaban categóricamente su propósito de dar largas a la convocación de la representación popular, practicaban una política tenaz de aplazamientos. Desgraciadamente para ellos, sólo podían apoyarse para su política en sí mismos, no habiendo podido conseguir, al fin, el manto monárquico, que tanto anhelaban. Después de la deserción de Mijail, Miliukov no pudo ya agarrarse ni a un clavo ardiendo.


CAPITULO X


Capitulo X

El nuevo Poder

 

 

 

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

 

 

Divorciada del pueblo, ligada mucho más estrechamente al capital financiero extranjero que a las masas trabajadoras del propio país, hostil a la revolución que triunfaba, la burguesía rusa, que había llegado con retraso, no podía invocar en su propio nombre ni un solo título en favor de sus pretensiones al poder. Sin embargo, era necesario fundamentarlas en un sentido u otro, pues la revolución somete a una revisión implacable no sólo los derechos heredados, sino también las nuevas alegaciones. Rodzianko, el presidente del Comité provisional, que durante los primeros días de la revolución se encontró al frente del país, era la persona menos indicada para ofrecer argumentos susceptibles de convencer a las masas. Ayuda de cámara bajo Alejandro II, oficial del regimiento de caballería de la Guardia, decano provincial de la nobleza, chambelán de Nicolás II, monárquico hasta la médula, terrateniente, miembro del partido de los octubristas, uno de los elementos activos de los zemstvos y diputado de duma nacional, Rodzianko fue luego elegido presidente de ésta. Esto ocurría después de la dimisión de Guchkov, a quien odiaban en palacio por su calidad de "Joven Turco". La Duma confiaba en tener más fácil acceso al corazón del monarca por mediación del chambelán. Rodzianko hizo todo lo que pudo: testimonió al zar, sin hipocresía alguna, su adhesión a la dinastía; imploró como un favor ser presentado al príncipe heredero y ganó las simpatías de éste como "el hombre más voluminosos de toda Rusia". A pesar de todo este histrionismo bizantino, el chambelán no logró conquistar el favor del zar para la Constitución, y, en sus cartas, la zarina calificábale, sin andarse con rodeos, de canalla. Durante la guerra, el presidente de la Duma hizo pasar, indudablemente, no pocos malos ratos al zar, agobiándole, durante las audiencias, con exhortaciones ampulosas, críticas patrióticas y augurios sombríos. Rasputin veía en Rodzianko un enemigo personal. Kurlov, uno de los elementos más afines a la banda palaciega, se refiere a la "insolencia -de Rodzianko- acompañada de una indudable limitación mental". Witte habla del presidente de la Duma con más indulgencia, pero no mucho mejor: "No es tonto, sino, al contrario, bastante listo: pero así y todo, la cualidad principal de Rodzianko no consiste en su inteligencia, sino en su voz: tiene una magnífica voz de bajo." En un principio, Rodzianko intentó vencer a la revolución con las mangueras de los bomberos; lloró cuando supo que el gobierno del príncipe Golitsin había abandonado su puesto; se negó, horrorizado, a tomar el poder que le ofrecían los socialistas; después, decidió tomarlo; pero, como súbdito fiel, abrigando el propósito de devolver la corona al monarca tan pronto como le fuera posible. No fue culpa de Rodzianko, que esta ocasión no se le deparase. En cambio, la revolución, con ayuda de aquellos mismos socialistas, brindó al chambelán magnífica ocasión de hacer resonar su voz de bajo ante los regimientos sublevados. Ya el 27 de febrero, el capitán retirado de la caballería de la Guardia Rodzianko decía al regimiento de la Guardia que se había presentado en el palacio de Táurida: "Fieles soldados, escuchad mis consejos. Soy un hombre viejo y no os engañaré; escuchad a los oficiales, que no os mandarán nada malo y obrarán de completo acuerdo con la Duma. ¡Viva la santa Rusia!" Seguramente, que no había en toda la Guardia ningún oficial que no estuvieses dispuesto a aceptar esa revolución. En cambio, los soldados no acababan de convencerse de su necesidad. Rodzianko temía a los soldados, temía a los obreros, veía en Cheidse y demás elementos de izquierda agentes a sueldo de Alemania, y, al tiempo que se ponía al frente de la revolución, miraba a cada instante en torno suyo, esperando el momento en que el Soviet viniese a detenerle.

La figura de Rodzianko es un poco cómica, pero no fortuita; este chambelán, con su magnífica voz de bajo, era la encarnación de las dos clases dirigentes de Rusia: los terratenientes y la burguesía, con el aditamento del clero progresivo. Rodzianko era muy devoto y muy versado en música litúrgica, y los burgueses liberales, independientemente de la actitud que pudieran adoptar respecto a la Iglesia ortodoxa, consideraban tan necesaria para el orden la alianza con esta última como con la monarquía.

En aquellos días, el honorable monárquico que debía el poder a los conspiradores, rebeldes y asesinos, estaba pálido y desencajado. Los demás miembros del Comité no se sentían mucho mejor. Alguno de ellos ni siquiera se dejaban ver en el palacio de Táurida, por entender, sin duda, que la situación no estaba todavía suficientemente despejada. Los más prudentes daban vueltas, de puntillas, alrededor del fuego de la revolución, cuyo humo les hacía toser, y se decían: "¡Dejémoslo que arda, y después veremos si se puede cocer algo en él!"

El Comité, si bien accedió a tomar el poder, no se decidió inmediatamente a formar un Ministerio. "En espera -según las palabras de Miliukov- de que llegara el momento de formar gobierno, el Comité se limitó a designar comisarios entre los miembros de la Duma, encargados de regentar los organismos gubernamentales, pues esto dejaba abierta una salida para en caso de retirada."

Al frente del Ministerio del Interior pusieron al diputado Karaulov, hombre insignificante, pero menos cobarde acaso que los demás, el cual dictó el primero de marzo la orden de detención de todos los jefes de la policía y del cuerpo de gendarmes. Este terrible gesto revolucionario tenía un carácter puramente platónico, puesto que los rebeldes se habían apresurado a detener por su cuenta a la policía, sin aguardar a que se publicara ningún decreto, y la cárcel era, además, para ella el único asilo contra la venganza popular. Mucho más tarde, la reacción vio en aquel acto demostrativo de Karaulov el principio de todas las calamidades posteriores.

Para la comandancia militar de Petrogrado se nombró al coronel Engelhardt, oficial del regimiento de la Guardia, propietario de cuadras de caballos de carreras y gran terrateniente. En vez de detener al "dictador" Ivanov, que había llegado del frente para apaciguar la capital, Engelhardt puso a su disposición a un oficial reaccionario en calidad de jefe de estado mayor: al fin y al cabo, todos era unos.

Al Ministerio de Justicia se envió a la lumbrera de la abogacía liberal de Moscú, al elocuente y huero Maklakov, el cual se apresuró a dar a entender, ante todo a los burócratas reaccionarios, que él no quería ser ministro por la gracia de la revolución, y, "posando la vista sobre un camarada que acababa de entrar y que desempeñaba las funciones de mozo", dijo en francés: Le danger est à gauche.

Los obreros y soldados no necesitaban entender francés para comprender que todos aquellos caballeros eran sus más acérrimos enemigos.

Por su parte, Rodzianko no dejó de oír su voz tonante mucho tiempo al frente del Comité. Su candidatura a la presidencia del gobierno revolucionario se hundió por sí misma: era evidente que el intermediario entre los propietarios y la monarquía no servía ya para intermediario entre los propietarios y la revolución. Pero no por eso desapareció de la escena política, sino que intentó tenazmente avivar la duma, contrarrestando con ella la influencia del Soviet, y se erigió invariablemente en el eje de todas las tentativas encaminadas a articular la contrarrevolución de los burgueses y los terratenientes. Ya volveremos a encontrarnos con él.

El primero de marzo, el Comité provisional emprendió la formación de un Ministerio, proponiendo para él a los hombres que la Duma, a partir de 1915, había recomendado repetidamente al zar como personas que gozaban de la confianza del país; se trataba de grandes agrarios e industriales, de los diputados de oposición de la Duma y jefes del bloque progresivo. Lo cierto es que la revolución hecha por los obreros y los soldados no se vio representada para nada en la composición del gobierno revolucionario, con una sola excepción. Esta excepción la constituía Kerenski. La onda Rodzianko-Kerenski era la onda oficial de la revolución de Febrero.

Kerenski entró en el gobierno en calidad, digámoslo así, de embajador de aquella revolución. Sin embargo, su actitud ante ésta era la de un abogado provinciano que había intervenido en varios procesos políticos. Kerenski no era un revolucionario, sino pura y simplemente un hombre que había revoloteado alrededor de la revolución. Elegido por primera vez como diputado de la cuarta Duma, gracias a que estaba dentro de la ley, Kerenski se convirtió en el presidente de la fracción gris e impersonal de los trudoviki o "laboristas", fracción que era un fruto anémico del cruce del liberalismo con los narodniki. No tenía preparación teórica, ni escuela política, ni aptitud para las tareas especulativs, ni nervio político. Todas estas cualidades veíanse sustituidas en él por una facilidad de adaptación superficial, por una fácil exaltación y esa clase de elocuencia que actúa, no sobre el pensamiento ni sobre la voluntad, sino sobre los nervios. Sus intervenciones en la Duma, inspiradas en un radicalismo declamatorio, para el cual no le faltaban ocasiones, crearon a Kerenski, si no una popularidad, al menos una cierta notoriedad. Durante la guerra, entendía, coincidiendo en esto con los liberales, como patriota que era, que la idea misma de la revolución era funesta para el país. La aceptó cuando vino, y la revolución, aferrándose a su "popularidad", lo sacó a flote. Para él, la revolución se identificaba de un modo natural con el nuevo poder. Pero el Comité ejecutivo decretó que el poder, conquistado por la revolución burguesa, debía pertenecer a la burguesía. A Kerenski, esta fórmula se le antojaba falsa, aunque no fuera más que por el hecho de que le cerraba las puertas del Ministerio. Kerenski estaba completamente persuadido de que su socialismo no constituía ningún obstáculo para la revolución burguesa, como tampoco ésta causaría detrimento alguno a su socialismo. El Comité provisional de la Duma decidió hacer una tentativa par arrancar del Soviet al diputado radical y no le fue difícil conseguirlo, ofreciéndole la cartera de Justicia, a la cual había renunciado ya Maklakov. Kerenski paraba por los pasillos a los amigos y les preguntaba: "¿Debo aceptar la cartera o no?" Los amigos no dudaban de que ya tenía decidido aceptarla. Sujánov, muy bien dispuesto hacia Kerenski en aquel entonces, observó en él -cierto es que en Recuerdos, publicados más tarde- "que tenía la seguridad de que estaba llamado a cumplir una misión muy importante... y se irritaba extraordinariamente contra los que no se daban cuenta de ello". Por fin, los amigos, Sujánov inclusive, le aconsejaron que aceptase la cartera, entendiendo que era lo mejor; pues de este modo, teniendo allí a uno de los suyos, podrían observar de cerca lo que hacían aquellos astutos liberales. Pero al mismo tiempo que tentaban sigilosamente a Kerenski a cometer un pecado para el cual no necesitaba, por cierto, orientación, los dirigentes del Comité ejecutivo le negaban toda sanción oficial. El Comité ejecutivo se ha manifestado ya -recordaba Sujánov a Kerenski-, y el volver a plantear el asunto ante el Soviet no deja de tener sus peligros, pues puede sencillamente contestar: "el poder debe pertenecer a la democracia soviética." Tal es el relato textual del propio Sujánov, que constituye una increíble mezcla de candidez y de cinismo. El inspirador de todos los misterios del poder reconoce abiertamente que, ya el 2 de marzo, el Soviet de Petrogrado se inclinaba por la toma formal del poder, el cual le pertenecía de hecho desde la tarde del 27 de febrero, y que los jefes socialistas sólo habían podido despojarle de él, en provecho de la burguesía, a espaldas de los obreros y los soldados, sin que éstos lo supieran y contra su verdadera voluntad. El trato de los demócratas con los liberales aparece rodeado, en el relato de Sujánov, de todas las características jurídicas de rigor en un crimen de lesa revolución, es decir, de complot secreto tramado contra el poder del pueblo y sus derechos.

Los dirigentes del Comité ejecutivo, comentando la impaciencia de Kerenski, cuchicheaban entre sí que no era conveniente para un socialista tomar oficialmente un fragmento de poder de manos de los hombres de la Duma, que acababan de recibirlo íntegramente de manos de los socialistas. Sería mejor que Kerenski asumiese toda la responsabilidad de aquel acto. Aquellos caballeros, por una especie de instinto infalible, se las arreglaban para encontrar siempre verdaderamente la salida más complicada y falsa a todas las situaciones. Pero Kerenski no quería entrar en el gobierno con la chaqueta de simple diputado radical; quería entrar, a todo trance, envuelto en el manto de representante de la revolución triunfante. Con el fin de no tropezar con ninguna resistencia, no solicitó la sanción ni del partido del cual se proclamaba miembro, ni del Comité ejecutivo, de que era vicepresidente. Sin advertir a los jefes, en una de las sesiones plenarias del Soviet, que en aquellos días no era aún más que mitin caótico, pidió la palabra para hacer una declaración, y en su discurso, que unos calificaron de confuso y otros de histérico -versiones entre las cuales, dicho sea de paso, no media contradicción-, exigió un voto de confianza y repitió en todos los tonos que estaba dispuesto a morir por la revolución y, aún más, a aceptar la cartera de ministro de Justicia. Le bastó aludir a la necesidad de una amnistía política completa y entregar a los Tribunales a los funcionarios zaristas, para provocar una tempestad de aplausos en aquella asamblea inexperta, sin rumbo ni dirección. "Aquella farsa -recuerda Schliapnikov- produjo en muchos una profunda indignación y un sentimiento de repugnancia contra Kerenski." Pero nadie le contradijo: los socialistas, al tiempo que entregaban el poder a la burguesía, evitaban, como sabemos, plantear esta cuestión ante las masas. No hubo votación. Kerenki decidió interpretar los aplausos como un voto de confianza. Desde su punto de vista, tenía razón. Indudablemente, el Soviet era partidario de la entrada de los socialistas en el Ministerio, pues veía con ello un paso en el sentido de la liquidación del gobierno burgués, con el cual, ni por un instante, estuvo conforme. De todos modos, haciendo caso omiso de la doctrina oficial, el 2 de marzo Kerenski accedió a aceptar el cargo de ministro de Justicia. "Kerenski estaba muy contento de su nombramiento -cuenta el octubrista Schidlovski-, y me acuerdo perfectamente de que, en el local del Comité provisional hablaba calurosamente, tumbado en una butaca, del pedestal que levantaría a la justicia en Rusia." En efecto, meses más tarde, había de demostrarlo elocuentemente en el proceso seguido a los bolcheviques.

El menchevique Cheidse, al cual los liberales, guiándose por un cálculo excesivamente simple y por la tradición internacional, querían confiar, en un momento difícil, el Ministerio de trabajo, se negó categóricamente a aceptar el cargo, y permaneció en su puesto de presidente del Soviet. Menos brillante que Kerenski, Cheidse estaba, sin embargo, construido con materiales más sólidos.

Miliukov, líder indiscutible del partido kadete, aunque no se hallara formalmente al frente del Ministerio, era el jefe del gobierno provisional. "Miliukov estaba incomparablemente por encima de sus compañeros de gabinete -decía el kadete Nabokov, después de haber roto ya con él-, como fuerza intelectual, por sus inmensos conocimientos, casi inagotables, y por su espíritu amplio". Sujánov, que acusaba a Miliukov personalmente del fracaso del liberalismo ruso, decía, sin embargo, hablando de él: "Miliukov era entonces la figura central, el alma y el cerebro de todos los círculos políticos burgueses... Sin él no habría habido política burguesa en el primer período de la revolución." A pesar de su exageración estas opciones señalan la superioridad indiscutible de Miliukov sobre los demás políticos de la burguesía rusa. Su fuerza radicaba en lo mismo en que radicaba su debilidad: de un modo más concreto y definitivo que los demás, expresaba, traducido al lenguaje de la política, el destino de la burguesía rusa, es decir, la situación sin salida en que la historia había colocado a ésta. Los mencheviques se lamentaban de que Miliukov había llevado al liberalismo a la ruina, pero con más fundamento podría afirmarse que fue el liberalismo el que llevó a la ruina a Miliukov.

A pesar del neoeslavismo, resucitado por él con fines imperialistas, Miliukov fue siempre un occidentalista burgués. Había asignado como fin a su partido la implantación en Rusia de la civilización europea. Pero temía cada día más las sendas revolucionarias que habían seguido los pueblos de Occidente. Por esto, todo su occidentalismo se reducía a una envidia impotente de los países occidentales.

La burguesía inglesa y francesa edificó una nueva sociedad a su imagen y semejanza. La alemana llegó más tarde y tuvo que permanecer durante mucho tiempo entregada a la papilla de avena de la filosofía. Los alemanes inventaron el término "contemplación del mundo" (Weltanschaung), con el que no cuentan en su haber los ingleses ni los franceses; mientras que las naciones occidentales creaban un mundo nuevo, los alemanes "contemplaban" el suyo. Pero la burguesía alemana, tan pobre desde el punto de vista de la acción política, creó la filosofía clásica, lo cual constituye una aportación de valor innegable. La burguesía rusa llegó todavía más tarde. Es verdad que tradujo al ruso, con algunas variantes, la palabra "contemplación del mundo", pero con ello no hizo más que poner de manifiesto, a la par que su impotencia política, su fatal pobreza filosófica. Importó ideas y técnica, estableciendo para la última tarifas arancelarias elevadas y para las primeras una cuarentena dictada por el miedo. Miliukov estaba llamado a dar expresión política a estos rasgos característicos de su clase.

Ex-profesor de Historia en Moscú, autor de importantes trabajos científicos, fundador luego del partido kadete, fruto de la fusión de los terratenientes liberales y de los intelectuales de izquierda, Miliukov se hallaba absolutamente libre del diletantismo político, propio de la mayoría de los políticos liberales rusos. Tenía un concepto muy serio de su profesión, y esto bastaba ya para hacerle resaltar sobre el medio.

Hasta 1905 los liberales rusos se avergonzaban casi siempre de serlo. La capa de populismo y más tarde de marxismo les sirvió, durante mucho tiempo, de coraza defensiva. En esta capitulación vergonzante, en esencia muy poco profunda, de círculos burgueses muy extensos, en que figuraban incluso toda una serie de jóvenes industriales, ante el socialismo cobraba toda su expresión la falta de confianza en sí misma de una clase que había venido en el momento oportuno para concentrar en sus manos fortunas de millones, pero demasiado tarde para ponerse al frente del país. Los padres, campesinos de luengas barbas y tenderos enriquecidos, habían acumulado sin pensar en su papel social. Los hijos habían terminado sus estudios universitarios en el período de fermentación de las ideas prerrevolucionarias, y cuando intentaron hallar cabida en la sociedad no tuvieron prisa por enrolarse bajo la bandera del liberalismo, ya maltrecha en los países avanzados, descolorida y toda remendada. Durante algún tiempo, cedieron a los revolucionarios parte de su espíritu y aun de sus ingresos. Esto que decimos podemos hacerlo extensivo, aún con mayor razón, a los representantes de las profesiones liberales, una parte considerable de los cuales pasaron en su juventud por la fase de las simpatías socialistas. El profesor Miliukov no pasó nunca el sarampión del socialismo. Era, orgánicamente, un burgués, y no se avergonzaba de serlo.

Cierto que en la época de la primera revolución, Miliukov no renunciaba aún a la esperanza de apoyarse en las masas revolucionarias por mediación de los partidos socialistas domesticados. Witte cuenta que cuando, en octubre de 1905, durante la formación de su gabinete constitucional, exigió a los kadetes "que se cortasen la cola revolucionaria", éstos le contestaron que del mismo modo que él, Witte, no podía renunciar al ejército, ellos no podían tampoco renunciar a las fuerzas armadas de la revolución. En el fondo, esto, en aquel entonces, no era ya más que un chantaje: para hacerse subir el precio, los kadetes asustaban a Witte con las masas, las mismas masas a quienes ellos tanto temían. Precisamente la experiencia de 1905 persuadió a Miliukov de que, por fuertes que fuesen las simpatías liberales de los grupos intelectuales socialistas, las fuerzas auténticas de la revolución, las masas, no cederían nunca sus armas a la burguesía, y que cuanto mejor armadas estuvieran, más peligrosas serían para ésta. Al proclamar abiertamente que la bandera roja no era más que un trapo, Miliukov liquidó, con un sentimiento evidente de desahogo, un idilio que en realidad no había empezado.

El divorcio entre la llamada "inteligentsia" y el pueblo constituía uno de los temas tradicionales de los publicistas rusos, con la particularidad de que los liberales, contrariamente a los socialistas, englobaban bajo el nombre de "inteligentsia" a todas las clases "cultas", es decir, a las clases poseedoras. Después que este divorcio se reveló catastróficamente, los liberales, durante la primera revolución ideólogos de las clases "cultas", vivían como en constante espera del juicio final. Un escritor liberal, filósofo, no atado por los convencionalismos de la política, expresó el miedo ante la masa con una fuerza furiosa, que recuerda el reaccionarismo epiléptico de Dostoievski. "Tal como somos, no sólo no podemos soñar en la fusión con el pueblo, sino que debemos temerle más que a todos los atropellos del poder y bendecir a este último, que con sus bayonetas y sus cárceles nos protege contra la furia popular..." ¿Podían los liberales, pensando de este modo, soñar con empuñar el "gobernalle" de la nación revolucionaria? Toda la política de Miliukov lleva el sello de la impotencia. En el momento de la crisis nacional, el partido acaudillado por él piensa en el modo de esquivar el golpe y no en el de asestarlo. Como escritor, Miliukov es pesado y difuso, y lo mismo puede decirse de él como orador. Lo decorativo no es su fuerte. Esto podría ser una cualidad positiva si la política mezquina de Miliukov no necesitara por modo tan apremiante de cubrirse con una máscara, o si, por lo menos, hubiera podido objetivamente cubrirse con una gran tradición; pero Miliukov no contaba ni aun con una pequeña tradición. La política oficial de Francia, quintaesencia del egoísmo burgués y de la perfidia, tiene dos poderosos auxiliares: la tradición y la retórica, que rodean de una coraza defensiva a todo político burgués, incluso a un abogado de los grandes propietarios tan prosaico como Poincaré. Pero no es culpa de Miliukov el no haber tenido antecesores patéticos ni el verse obligado a practicar una política de egoísmo burgués en la frontera que separa a Europa de Asia.

"Paralelamente con las simpatías hacia Kerenski -leemos en las Memorias del socialrevolucionario Sokolov, sobre la revolución de Febrero-, existía desde el principio una gran antipatía no disimulada y un poco extraña por Miliukov. Yo no comprendía y sigo sin comprender por qué este honorable hombre público era tan impopular." Si los filisteos comprendieran las causas de su entusiasmo por Kerenski y de sus antipatías por Miliukov, dejarían de ser filisteos. El buen burgués no sentía simpatías por Miliukov, porque éste expresaba de un modo excesivamente prosaico, desapasionado e incoloro, la esencia política de la burguesía rusa. Al mirarse en el espejo de Miliukov, el burgués veía que era gris, interesado, cobarde, y, como suele suceder, se indignaba contra el espejo.

Al ver, por su parte, las muecas de descontento del burgués liberal, Miliukov decía tranquilamente y con aplomo: "La gente es tonta." Y pronunciaba estas palabras sin irritación, casi de un modo cariñoso, con el deseo de decir: "Si hoy la gente no me comprende, no hay por qué desesperarse, ya me comprenderá más tarde." Miliukov confiaba fundadamente en que el burgués no le traicionaría y, sometiéndose a la lógica de la situación, le seguiría a él, a Miliukov, pues no tenía otro camino. Y en efecto, después de la revolución de Febrero, todos los partidos burgueses, incluso los de derecha, siguieron al jefe kadete, aunque le insultasen y aun le maldijesen.

No se podía decir lo mismo de un político demócrata con matiz socialista como Sujánov. Éste no era un hombre gris, sino, al contrario, un político profesional, bastante refinado en su pequeño oficio. Este político no podía parecer "inteligente", pues saltaba demasiado a la vista la contradicción constante entre lo que quería y los resultados a que llegaba. Pero se hacía el cuco, enredaba y cansaba a la gente. Para arrastrarle, era necesario engañarle, no sólo reconociendo su completa independencia, sino acusándole aun de excesivo espíritu de mando, de autoritarismo. Esto le halagaba y le conciliaba con el papel de instrumento servil. Fue precisamente en una conversación con esta ardilla socialista donde Miliukov lanzó su frase: "La gente es tonta." Esta frase no era más que una sutil adulación: "Los únicos inteligentes somos usted y yo." Y al decirlo, Miliukov, sin que ellos se dieran cuenta, echaba el anillo a la nariz de los demócratas. El anillo con el que más tarde habían de ser arrojados por la borda.

Su impopularidad personal no le permitió a Miliukov ponerse al frente del gobierno; hubo de contentarse con la cartera de Negocios extranjeros. Los asuntos de política exterior constituían ya su especialidad en la Duma.

El ministro de Guerra resultó ser el gran industrial moscovita Guchkov, a quien ya conocemos, liberal en su juventud, con una cierta tendencia aventurera y luego hombre de confianza de la gran burguesía cerca de Stolipin, en el período de la represión de la primera revolución. La disolución de las dos primeras Dumas, en las cuales dominaban los kadetes, condujo al golpe de Estado del 3 de junio de 1907, dado con el fin de modificar el estatuto electoral en beneficio del partido de Guchkov, que presidió después de las dos últimas Dumas hasta el momento de la revolución. En 1911, al inaugurarse en Kiev el monumento a Stolipin, muerto por un terrorista, Guchkov, depositando la corona, se inclinó hasta el suelo: en esta reverencia hablaba toda la clase. En la Duma se dedicó, principalmente, a las cuestiones militares, y en la preparación de la guerra obró en estrecho contacto con Miliukov. En su calidad de presidente del Comité central industrial de guerra, Guchkov agrupó a los industriales bajo la bandera de la oposición patriótica, sin impedir en lo más mínimo, al mismo tiempo, que los dirigentes del bloque progresista, Rodzianko inclusive, se llenaran los bolsillos con los suministros militares. La recomendación revolucionaria de Guchkov era que su nombre iba asociado por la semileyenda de la preparación de la consabida revolución palaciega. El ex-jefe de policía afirmaba, además, que Guchkov "se permitía en sus conversaciones sobre el monarca aplicar a este último un epíteto extremadamente ofensivo". Es muy verosímil, pero Guchko no constituía en este sentido una excepción. La devota zarina odiaba a Guchkov, le aplicaba en sus cartas los insultos más groseros y expresaba la esperanza de "verle colgado". Cierto es -dicho sea de paso- que la zarina deseaba esa suerte a muchos. Sea de ello lo que fuere, el hombre que se había inclinado hasta el suelo ante el verdugo de la primera revolución, apareció siendo ministro de la Guerra de la segunda.

Para la cartera de Agricultura se designó al kadete Chingarev, médico provinciano y diputado de la Duma. Sus correligionarios le consideraban como una mediocridad honrada o, para decirlo con Nabokov, como a "un intelectual de provincia, apto para un cargo, no en la capital, sino en provincias o en un distrito". Hacía ya tiempo que se había evaporado el radicalismo vago de su juventud y ahora la preocupación principal de Chingarev consistía en demostrar a las clases poseyentes su capacidad de hombre de Estado. Aunque el viejo programa de los kadetes hablaba de "la expropiación forzosa de las tierras de los grandes propietarios mediante una justa tasación", ninguno de ellos tomaba este programa en serio, sobre todo ahora, en los años de inflación de la guerra, y Chingarev consideró como su misión principal retrasar la solución del problema agrario, haciendo concebir esperanzas a los campesinos con el espejuelo de la Asamblea constituyente, que los kadetes hacían todo lo posible por no convocar. La revolución de Febrero estaba condenada a estrellarse contra el problema de la tierra y el de la guerra. Chingarev le ayudó con todas sus fuerzas a conseguirlo.

La cartera de Hacienda fue a parar a manos de un joven llamado Terechenko. "¿De dónde le sacaron?", se preguntaba la gente con extrañeza en el palacio de Táurida. Los iniciados decían que era propietario de fábricas de azúcar, haciendas agrícolas, bosques y otras riquezas valoradas en ochenta millones de rublos de oro, que ocupaba la presidencia del Comité industrial de guerra en Kiev, que poseía una buena pronunciación francesa y que, además, era un buen conocedor del ballet. Añadían, además, de un modo significativo, que Terechenko, en calidad de hombre de confianza de Guchkov, casi habría tomado parte en el gran complot que había de destronar a Nicolás II. La revolución, estorbando el complot, ayudó a Terechenko.

Durante aquellos cinco días de febrero, en que en las frías calles de la capital se desarrollaban los combates revolucionarios, cruzó algunas veces por delante de nosotros, como una sombra, la figura de liberal procedente de casa grande, hijo del ex-ministro zarista Nabokov, figura casi simbólica en su corrección fatua y en su dureza egoísta. Nabokov pasó los días decisivos de la insurrección entre los cuatro muros del despacho de su casa, "esperando, alarmado, el desarrollo de los acontecimientos". Helo aquí, ahora, convertido en el factotum del gobierno provisional, en una especie de ministro sin cartera. Emigrado a Berlín, donde fue muerto por una bala perdida de un guardia blanco, dejó unas notas, no exentas de interés, sobre el gobierno provisional. Anotemos en su haber este servicio.

Pero nos hemos olvidado de nombrar al primer ministro, sin duda por hacer lo que hacía todo el mundo en los momentos más serios de su breve reinado. El 2 de marzo, Miliukov, al presentar al nuevo ministro en la sesión del palacio de Táurida, dijo que el príncipe Lvov era "la encarnación de la opinión pública rusa, perseguida por el régimen zarista". Más tarde, en su Historia de la revolución, observa prudentemente que fue puesto al frente del gobierno el príncipe Lvov, "poco conocido personalmente de la mayoría de los diputados que formaban el Comité provisional". El historiador intenta eximir aquí al político de responsabilidad por elección. En realidad, el príncipe formaba parte, desde hacía tiempo, del partido kadete, figurando en su ala derecha. Después de la disolución de la primera Duma, en la famosa reunión de diputados celebrada en Viborg, que se dirigió a la población con el llamamiento ritual del liberalismo ofendido: "No pagar los impuestos", el príncipe Lvov, que estaba presente, no firmó el manifiesto. Nabokov recuerda que, al volver de Viborg, el príncipe cayó enfermo, con la particularidad que la enfermedad "se atribuía al estado de agitación en que se hallaba". Por lo visto, el príncipe no había nacido para las emociones revolucionarias. El príncipe Lvov, a pesar de ser extremadamente moderado, en todas las organizaciones dirigidas por él toleraba, por obra sin duda de una indiferencia política que parecía amplitud de espíritu, a un gran número de intelectuales de izquierda, de ex-revolucionarios, de socialistas patriotas que habían esquivado la guerra, elementos que no trabajaban peor que los funcionarios, no robaban y al mismo tiempo creaban al príncipe algo parecido a la popularidad. La existencia de un príncipe ricacho y liberal imponía al buen burgués. Por eso, ya bajo el zar, se había pensado en el príncipe Lvov como primer ministro. Si resumimos todo lo dicho, habrá que reconocer que el jefe del gobierno de la revolución de Febrero representaba un sitio, aunque brillante, completamente vacío. Rodzianko era, desde luego, más solemne.

La historia legendaria del Estado ruso empieza con un relato de la crónica según el cual los embajadores de las tribus eslavas se dirigieron a los príncipes escandinavos con este ruego: "Venid a poseernos y gobernarnos." Los desdichados representantes de la democracia socialista convirtieron la leyenda histórica en realidad, pero no en el siglo IX precisamente, sino en el XX, con la diferencia de que ellos se dirigieron, no a los príncipes ultramarinos, sino a los del interior del país. Y he aquí cómo, por obra y gracia de la insurrección victoriosa de los obreros y soldados, subían al poder unos cuantos vulgares terratenientes e industriales riquísimos y algunos diletantes políticos sin programa, con un príncipe poco amigo de emociones a la cabeza.

La composición del gobierno fue acogida con satisfacción en las Embajadas aliadas, en los salones burgueses y burocráticos y en los sectores más vastos de la burguesía media y, en parte, de la pequeña. El príncipe Lvov, el octubrista Guchkov, el kadete Miliukov, sólo los nombres tranquilizaban. Es posible que el nombre de Kerenski hiciera arrugar el ceño a los aliados, pero no asustaba. Los más perspicaces lo comprendían: no hay que olvidar que ha habido una revolución: enganchado a un caballo de tanta confianza como Miliukov, un potro vivaracho tiene que sernos útil, por fuerza, en el tiro. Así debía de razonar el embajador francés Paleologue, que tanto gustaba de las metáforas rusas.

Entre los obreros y los soldados, la composición del gobierno suscitó inmediatamente un sentimiento de recelo o , en el mejor de los casos, de sorda perplejidad. Los nombres de Miliukov y Guchkov no podían arrancar muestras de aprobación, precisamente, en la fábrica o en los cuarteles. Se conservan no pocos testimonios que lo acreditan. El oficial Mstislavski habla de la sombría inquietud de los soldados ante el hecho de que el poder hubiera pasado de manos del zar a manos de un príncipe. ¿Valía la pena haber hecho correr la sangre para esto? Stankievich, que se contaba entre los íntimos de Kerenski, recorrió, el 3 de marzo, su batallón de zapadores, compañía tras compañía, y recomendó al nuevo gobierno, al que él consideraba como el mejor de cuantos eran posibles y del cual hablaba con gran entusiasmo. "Pero en el auditorio se notaba frialdad." Sólo cuando el orador mentó a Kerenski, los soldados "manifestaron ruidosamente una verdadera satisfacción". La opinión de la pequeña burguesía de la capital había convertido ya a Kerenski en el héroe central de la revolución. Los soldados, en mucho mayor grado que los obreros, se obstinaban en ver en Kerenski el contrapeso del gobierno burgués; lo único que no comprendían era por qué figuraba solo en él. Pero no; Kerenski no era un contrapeso, sino un complemento, una cubierta, un adorno, y defendía los mismos intereses que Miliuko, sólo que a la luz del magnesio.

¿Cuál era la constitución real del país, una vez instaurado el nuevo Poder?

La reacción monárquica se escondió por los rincones. Cuando aparecieron las primeras aguas del diluvio, los propietarios de todas las clases y tendencias se agruparon bajo la bandera del partido kadete, el cual se lanzó inmediatamente a la palestra como el único partido no socialista, y al propio tiempo, de extrema derecha.

Las masas se fueron todas con los socialistas, a los que identificaban en su fuero interno con los soviets. No sólo los obreros y los soldados de las enormes guarniciones del interior, sino toda la masa heterogénea de pequeñas gentes de la ciudad, artesanos, vendedores ambulantes, pequeños funcionarios, cocheros, porteros, criados, eran hostiles al gobierno provisional y buscaban un poder más allegado a ellos y más accesible. Cada día era mayor el número de campesinos que acudía de las aldeas y se presentaba en el palacio de Táurida. Las masas se derramaban en los soviets como si entrasen por la puerta triunfal de la revolución. Todo lo que quedaba fuera de las fronteras del Soviet diríase que quedaba al margen de la revolución y que pertenecía a otro mundo. Y así era, en realidad: al margen de los soviets quedaba el mundo de los propietarios, revestido ahora de un color rosa grisáceo que le servía de contradefensiva.

No toda la masa trabajadora eligió sus soviets, pues no toda ella despertó simultáneamente, ni todos los sectores de los oprimidos se atrevieron a creer inmediatamente que la revolución tocaba también a sus intereses. En la conciencia de muchos flotaba tan sólo una vaga esperanza. Por los soviets sentíanse atraídos los elementos más activos que había en las masas, y sabido es que en los períodos revolucionarios la actividad es lo que triunfa; por eso, al crecer de día en día la actividad de las masas, el fundamento de sustentación de los soviets se ensanchaba constantemente. Era la única base real sobre la que se cimentaba la revolución.

En el palacio de Táurida convivían dos mundos: la Duma y el Soviet. En un principio, el Comité ejecutivo estaba instalado en unos despachos estrechos, por los cuales rodaba una avalancha humana ininterrumpida. Los diputados de la Duma intentaban sentirse amos en sus locales lujosos. Pero pronto sus mamparas se vieron arrastradas por el desbordamiento de la revolución. A pesar de toda la indecisión de sus directores, el Soviet se dilataba inexorablemente, mientras que la Duma iba quedando arrinconada en el zaguán del edificio. La nueva correlación de fuerzas iba abriéndose paso por todas partes.

Los diputados, en el palacio de Táurida; los oficiales en sus regimientos; los jefes, en sus Estados Mayores; los directores y los administradores, en las fábricas, en los ferrocarriles, en el telégrafo; los terratenientes o los administradores en las fincas; todos se sentían, en los primeros días de la revolución, cohibidos por la mirada escrutadora y recelosa de la masa. A los ojos de ésta el Soviet era la expresión organizada de su desconfianza hacia todos los que la oprimían. Los cajistas vigilaban celosamente el texto de los artículos que componían; los ferroviarios no perdían de vista los trenes militares que circulaban por sus redes; los telegrafistas interpretaban ahora de un modo nuevo el texto de los telegramas; los soldados se miraban unos a otros, a cada movimiento sospechoso del oficial; los obreros arrojaban de la fábrica al capataz reaccionario y vigilaban al director liberal. La Duma, desde las primeras horas, y el gobierno provisional, desde los primeros días de la revolución, se convirtieron en el centro adonde afluían las lamentaciones de las clases poseedoras, sus protestas contra los "excesos" de las "turbas", sus nostálgicas observaciones y sus presentimientos sombríos.

"Sin la burguesía no podremos dominar el aparato del Estado", razonaba el pequeño burgués socialista, echando una tímida ojeada a los edificios oficiales, desde donde atalayaba, con los ojos en blanco, el esqueleto del viejo Estado. Procuró hallarse salida al atolladero encajando como se pudo en el aparato burocrático, decapitado por la revolución, una cabeza liberal. Los nuevos ministros tomaron posesión de los ministerios zaristas; se hicieron cargo de las máquinas de escribir, de los teléfonos, de los ujieres, de las taquígrafas y de los funcionarios; pero cada día que pasaba les convencía de que aquella máquina trabajaba en el vacío.

Kerenski recordaba, andando el tiempo, que el gobierno provisional había tomado "en sus manos el poder al tercer día de la anarquía rusa, cuando en toda la superficie del país no sólo no existía ningún poder, sino que textualmente no quedaba ni un solo guardia". Para él no existían, por lo visto, los soviets de diputados, obreros y soldados, que acaudillaban a masas de muchos millones de hombres; al parecer, según él, no eran más que uno de tantos elementos de anarquía. Para caracterizar el desamparo del país, cita la desaparición de los gendarmes. En esta confesión del más izquierdista de los ministros se halla la clave de toda la política del gobierno provisional.

Por disposición del príncipe Lvov, los cargos de gobernador fueron ocupados por los presidentes de las administraciones de los zemstvos provinciales, que no se distinguían gran cosa de sus antecesores los gobernadores zaristas. muchas veces eran terratenientes semifeudales, que veían jacobinos hasta en los gobernadores. Al frente de los distritos fueron colocados los presidentes de los zemstvos correspondientes. Los pueblos podían reconocer a sus viejos enemigos enmascarados bajo los nombres flamantes de "comisarios". "Son los mismos curas de antaño, con la diferencia de que llevan unos nombres más sonoros", como dijo, en otros tiempos, Milton, aludiendo a la tímida reforma de los presbiterianos. Los comisarios provinciales y de distrito tomaron posesión de las máquinas de escribir, de los escribientes y funcionarios, de los gobernadores y jefes de policía, y pronto pudieron persuadirse de que no se les había legado ningún poder. En las provincias y distritos, la vida se concentraba en torno a los soviets. La dualidad de poderes hacíase extensiva, por tanto, a todo el país. Sólo que en los organismos inferiores los dirigentes soviéticos, socialrevolucionarios y mencheviques también, aunque más candorosos, no siempre se desentendían del poder que les ponía en las manos la situación. Resultado de esto era que la situación de los comisarios provinciales consistiese principalmente en lamentarse de la completa imposibilidad de poner por obra sus atribuciones.

Al día siguiente de constituirse el ministerio liberal, la burguesía tuvo la sensación, no de que había adquirido el poder, sino, por el contrario, de que lo había perdido. A pesar de la escandalosa arbitrariedad de la pandilla de Rasputin, el poder efectivo de ésta tenía un carácter limitado. La influencia de la burguesía en los asuntos del Estado era inmensa. La misma participación de Rusia en la guerra había sido mucho más obra de la burguesía que de la monarquía. Y, sobre todo, el régimen zarista garantizaba a los propietarios la posesión de sus fábricas, de sus tierras, bancos, casas, periódicos, etc., y, por tanto, en sustancia, virtualmente, eran ellos los que estaban en el poder. La revolución de Febrero modificó la situación en dos sentidos contradictorios: a la par que entregaba solemnemente a la burguesía los atributos exteriores del poder, le despojaba de aquella sustancia de poder real y efectivo de que gozaba antes de la revolución. Los que ayer eran funcionarios de la asociación de los zemstvos, en la cual mandaba el amo, el príncipe Lvov, y del Comité industrial de guerra, donde mandaba Guchkov, se convertían, bajo el nombre de socialrevolucionarios y mencheviques, en dueños de la situación en el país y en el frente, en la ciudad y en el campo; nombraban ministros a Lvov y Guchkov, pero poniéndoles condiciones, lo mismo que si los tomaran como empleados.

Por otra parte, el Comité ejecutivo, después de crear el gobierno burgués, no se decidía a declarar, como el dios bíblico, que su obra era buena. Por el contrario, se apresuró a ahondar el abismo que mediaba entre él y la obra de sus manos, declarando que sólo apoyaría al nuevo poder en tanto que éste sirviera fielmente a la revolución democrática, el gobierno provisional comprendía perfectamente que no podría sostenerse ni una hora sin el apoyo de la democracia oficial; pero este apoyo sólo se le prometió si se portaba bien, es decir, si daba satisfacción a fines que le eran extraños y cuya realización la propia democracia había rehuido. El gobierno no sabía nunca dentro de qué límites podía ejercer aquel poder, que había adquirido casi de contrabando. Los dirigentes del Comité ejecutivo no siempre se lo podían decir de antemano, por la sencilla razón de que a ellos mismos les era difícil adivinar en qué punto brotaría el descontento dentro de su propia órbita, como reflejo del descontento de las masas. La burguesía simulaba creer que los socialistas la habían engañado. Éstos, a su vez, temían que con sus pretensiones prematuras los liberales soliviantaran a las masas, complicando con ello una situación que ya de suyo no tenía nada de fácil. La frase "apoyar en tanto que" era una fórmula inequívoca que imprimió su sello a todo el período anterior a octubre, y se convirtió en la fórmula jurídica que daba expresión a la falsía interna que informaba aquel régimen híbrido de la revolución de Febrero.

Para ejercer presión sobre el gobierno, el Comité ejecutivo eligió una comisión especial, a la que dio el nombre cortés pero ridículo de Comisión "de enlace". Como se ve, la organización del poder revolucionario se basaba oficialmente en el principio de la recíproca persuasión. El escritor místico Merejkovski no pudo encontrar precedente para este régimen más que en el Antiguo Testamento, en los profetas que tenían junto a sí los reyes de Israel. Pero los profetas bíblicos, lo mismo que el profeta del último Romanov, recibían la inspiración directamente del cielo y no se atrevían a contradecir a los reyes, con lo cual quedaba garantizada la unidad del poder. No ocurría así, ni mucho menos, con respecto a los profetas del Soviet, que sólo hablaban inspirados por su propia limitación. Los ministros liberales consideraban que del Soviet no podía salir nada bueno. Cheidse, Skobelev, Sujánov y otros iban a ver al gobierno y le anegaban en su verborrea para persuadirle de que cediera; los ministros se oponían a ello. Los delegados volvían al Comité ejecutivo y ejercían presión sobre él, valiéndose de la autoridad del gobierno. Poníanse nuevamente en contacto con los ministros, y volvían a empezar por el principio. Y este complicado molino rodaba y rodaba, sin molienda.

En la Comisión de enlace todo el mundo era a lamentarse. Guchkov, sobre todo, lamentábase ante los demócratas de los desórdenes provocados en el ejército por la tolerancia del Soviet. A veces, el ministro de la Guerra de la revolución "vertía literalmente lágrimas, o, por lo menos, se limpiaba tenazmente los ojos con el pañuelo". Por lo visto, el ministro suponía, no sin fundamento, que la principal función de los profetas consiste en enjugar las lágrimas de los ungidos.

El 9 de marzo el general Alexéiev, que se hallaba al frente del cuartel general, telegrafió al ministro de la Guerra: "Pronto seremos esclavos de los alemanes, si seguimos mostrándonos indulgentes con el Soviet." Guchkov le contestó, en tono lacrimoso: "Por desgracia, el gobierno no dispone de poder efectivo; las tropas, los ferrocarriles, el telégrafo, todo está en manos del Soviet, y puede afirmarse que el gobierno provisional sólo existe en la medida en que el Soviet permite que exista."

Transcurrían las semanas, y la situación no mejoraba en lo más mínimo. Cuando a principios de abril, el gobierno provisional envió al frente una delegación de diputados de la Duma, les indicó, rechinando los dientes, la necesidad de que no exteriorizaran sus disparidades de criterio con los delegados del Soviet. Los diputados liberales tuvieron, durante todo el viaje, la sensación de que iban custodiados, no dándose cuenta de que, sin ello, a pesar de las elevadas atribuciones de que estaban revestidos, no sólo no hubieran podido presentarse delante de los soldados, sino que ni siquiera hubieran encontrado sitio en el tren. Este detalle prosaico, consignado en las Memorias del príncipe Mansiriev, completa magníficamente la correspondencia mantenida entre Guchkov y el cuartel general acerca de la esencia de la constitución de Febrero.

Uno de los ingenios reaccionarios caracterizaba, no sin su causa y razón, la situación del siguiente modo: "El viejo régimen está encerrado en la fortaleza de Pedro y Pablo; el nuevo, sometido a arresto domiciliario."

Pero ¿es que acaso el gobierno provisional no tenía más apoyo que el sostén, muy equívoco como se ha visto, de los dirigentes de los soviets? ¿Dónde se habían metido las clases poseedoras? La pregunta es fundada. Las clases poseedoras, ligadas por su pasado con la monarquía, se apresuraron, después de la revolución, a reajustarse en torno al nuevo eje. El Consejo de la Industria y el Comercio, que representaba al capital unificado de todo el país, se inclinaba ya el 12 de marzo ante el acto de la Duma, poniéndose "por entero a la disposición" de ésta. Las Dumas municipales y los zemstvos siguieron el mismo camino. El 10 de marzo, hasta el mismo Consejo de la Nobleza Unida, punto de apoyo del trono, invitaba a todos los rusos, en un lenguaje de patética cobardía, a "agruparse alrededor del gobierno provisional como único poder legítimo de Rusia". Casi simultáneamente con esto, las instituciones y los órganos de las clases poseedoras empezaron a condenar la dualidad de poderes, haciendo recaer, en un principio cautelosamente y después con más audacia, sobre los soviets la responsabilidad por los desórdenes. A los patronos siguieron los altos empleados, las profesiones liberales, los funcionarios del Estado. Del ejército llovían también telegramas, mensajes y resoluciones del mismo carácter fabricado por los estados mayores. La prensa liberal abrió una campaña en "favor del poder único", campaña que en los meses siguientes adquirió un carácter de fuego graneado contra los jefes de los soviets. En conjunto, la cosa iba tomando un aspecto bastante imponente. El gran número de instituciones, los nombres conocidos, los acuerdos, los artículos, la decisión del tono, todo contribuía a ejercer una influencia infalible en los impresionables directores del Comité ejecutivo. Sin embargo, detrás de este desfile amenazador de las clases poseedoras no había ninguna fuerza seria. ¿Y la fuerza de la propiedad?, objetaban a los bolcheviques los socialistas pequeño burgueses. La propiedad es una relación entre personas, representa una fuerza inmensa, reconocida generalmente desde tiempos remotos y que se halla sostenida por un sistema de coacción llamado Derecho y Estado. Pero precisamente la esencia de la situación consistía en que el viejo Estado se había derrumbado de golpe y las masas habían trazado sobre el viejo derecho en bloque un inmenso signo de interrogación. En las fábricas, los obreros se sentían cada día más los amos, y los patronos, unos huéspedes indeseables. Aún menos seguros se sentían los terratenientes en las aldeas, frente a frente con los campesinos ceñudos, que les odiaban a muerte; lejos del poder en cuya existencia, visto de lejos, habían crecido en un principio. Pero unos propietarios privados de la posibilidad de disponer de sus bienes y aun de vigilarlos, dejaban de ser verdaderos propietarios para convertirse en unos ciudadanos atemorizados que no podían prestar ningún apoyo a su gobierno, porque ellos mismos estaban harto necesitados de ayuda. No tardaron en maldecir al gobierno por su debilidad, pero al maldecir al gobierno no hacían más que maldecir su propio destino.

Entre tanto, la acción conjunta del Comité ejecutivo y del ministerio parecía asignarse como fin demostrar que el arte de gobernar durante la revolución consiste en dejar pasar el tiempo hablando sin tasa. En los liberales, era un cálculo consciente, pues estaban firmemente convencidos de que todas las cuestiones exigían un aplazamiento, con una sola excepción, la única que consideraban inaplazable: el juramento de fidelidad a la Entente.

Miliukov comunicó a sus colegas los tratados secretos. Kerenski se hizo el sordo. Al parecer, sólo el procurador del Santo Sínodo, Lvov, rico en sorpresas, de apellido igual al del primer ministro, pero que no era príncipe, manifestó ruidosamente su indignación, llegando hasta calificar los tratados de "obra de bandidos y ladrones", con lo cual provocaría, ineludiblemente, una sonrisa indulgente de Miliukov ("la gente es tonta") y la proposición de pasar sin más a la orden del día. La declaración oficial del gobierno prometía convocar elecciones para la Asamblea constituyente en un brevísimo plazo, que, sin embargo, y deliberadamente, no se señalaba. No se decía nada de la forma de Estado: el gobierno no tenía aún la esperanza de volver a la monarquía, al paraíso perdido. Pero la esencia real de la declaración consistía en el compromiso de continuar la guerra hasta el triunfo final y "cumplir, sin apartarse ellos en un punto, los compromisos contraídos con los aliados". Ante este problema, el más grave e inminente para el pueblo ruso, la revolución no se había hecho, por lo visto, más que para declarar: las cosas seguirán como hasta aquí. Y como los demócratas daban al reconocimiento del nuevo poder por parte de la Entente una significación mística -ya se sabe que el pequeño tendero no es nada mientras el banco no le abra crédito-, el Comité ejecutivo se tragó sin decir una palabra la declaración imperialista del 6 de marzo. "Ningún órgano oficial de la democracia -decía Sujánov un año depués- reaccionó públicamente ante aquel acto del gobierno provisional, que deshonraba ante la Europa democrática a nuestra revolución, en el momento de nacer."

Finalmente, el 8 salió del laboratorio ministerial el decreto de amnistía. En aquel momento, las puertas de las cárceles habían sido abiertas ya en todo el país por el pueblo, y los deportados políticos regresaban de la deportación entre una avalancha de mítines de entusiasmo, de músicas militares, de discursos y de flores. El decreto resonaba como un eco retrasado de la realidad en las covachuelas. El 12 fue proclamada la abolición de la pena de muerte. Cuatro meses después, era restablecida para los soldados. Kerenski había prometido colocar la justicia a una altura nunca vista. En un principio, bajo el primer impulso, hizo que se aprobase, efectivamente, la proposición hecha por el Comité ejecutivo de incorporar a los tribunales de justicia representantes de los obreros y soldados. Era la única medida en que se sentían los latidos de la revolución, y se explica, por tanto, que hiciese estremecerse de horror a todos los eunucos de la justicia. Pero las cosas no pasaron de aquí. El abogado Demiánov, que era también "socialista" y que, bajo Kerenski, ocupó un sitio preeminente en el ministerio, decidió, según sus propias palabras, respetar el principio de dejar en sus cargos a todos los funcionarios anteriores: "La política del gobierno revolucionario no debe lesionar a nadie sin necesidad." Era, en esencia la norma que seguía todo el gobierno provisional, que a nada temía tanto como a lesionar a los elementos de las clases dominantes, sin excluir, naturalmente, a la burocracia zarista. No sólo permanecieron en sus puestos los jueces, sino también los fiscales del zarismo. Claro está que las masas podían ofenderse, pero esto era ya de la competencia de los soviets: las masas no entraban en el campo visual del gobierno.

Sólo el procurador Lvov, a cuyo temperamento hemos aludido ya más arriba, hizo soplar algo parecido a una racha de aire fresco al hablar oficialmente de los "idiotas y bribones" que se albergaban en el Santo Sínodo. Los ministros escucharon, no sin cierta inquietud, aquellos jugosos epítetos, pero el Sínodo siguió siendo lo que era: una institución gubernamental, y la religión ortodoxa la religión del Estado. Se conservó incluso la composición del Sínodo: la revolución no debía disgustarse inútilmente con nadie.

Seguían reuniéndose, o por lo menos cobrando sus emolumentos, los miembros del Consejo de Estado, servidores fieles de dos o tres zares. Este hecho no tardó en adquirir una significación simbólica. En las fábricas y en los cuarteles surgieron ruidosas protestas. El Comité ejecutivo se emocionó. El gobierno dedicó dos sesiones a examinar la cuestión del destino y de los emolumentos de los miembros del Consejo de Estado, sin poder llegar a un acuerdo. No era cosa de molestar a unas personas tan simpáticas, entre las cuales figuraban, además, muchos buenos amigos.

Los ministros de Rasputin seguían recluidos en la fortaleza, pero el gobierno provisional había asignado ya una pensión a los ex-ministros. ¿Era una burla o una voz de ultratumba? No, nada de eso. Era que el gobierno no quería disgustarse con sus antecesores aunque estuvieran recluidos en la cárcel.

Los senadores seguían dormitando, embutidos en sus uniformes galoneados, y cuando el senador de izquierda Sokolov, a quien acababa de nombrar Kerenski, se atrevió a presentarse de levita negra, le hicieron sencillamente salir de la sala de sesiones: los senadores zaristas no temieron disgustarse con la revolución de Febrero cuando se persuadieron de que el gobierno salido de ella no tenía uñas ni dientes.

Marx consideraba que la causa del fracaso de la revolución de marzo en Alemania residía en el hecho de que "había reformado únicamente las altas esferas del poder, dejando intactos todos los sectores que se hallaban por debajo: la vieja burocracia, el viejo ejército, los viejos jueces, que habían nacido, se habían educado y encanecido al servicio del absolutismo. Los socialistas de tipo Kerenski buscaban la salvación en lo que Marx consideraba como la causa del fracaso. Los marxistas mencheviques comulgaban en Kerenski y no en Marx.

La única materia en que el gobierno manifestó iniciativa y rapidez revolucionaria fue la legislación sobre sociedades anónimas: el decreto de reforma se publicó ya el 17 de marzo. Las diferencias de raza y de religión no fueron abolidas hasta tres días después. Es posible que en el gobierno se sentaran algunos ministros a quienes el antiguo régimen no hiciera sufrir acaso más deficiencias que las de la legislación sobre las sociedades por acciones.

Los obreros exigían con impaciencia la jornada de ocho horas. El gobierno se hacía el sordo. Estábamos en tiempos de guerra, y todo el mundo tenía que sacrificarse en aras de la patria. El Soviet se encargaría de tranquilizar a los obreros.

En términos más amenazadores se planteaba la cuestión de la tierra. Aquí era necesario hacer algo, por poco que fuera. Estimulado por los profetas, el ministro de Agricultura, Chingarev, dio orden de que se creasen Comités agrarios locales, cuyos fines y funciones se guardaba cautamente de definir. Los campesinos se figuraban que estos Comités iban a darles la tierra. Los terratenientes entendían que su misión era proteger sus propiedades. Así fue arrollándose al cuello del régimen de febrero, desde un principio, el dogal campesino, más inexorable que ningún otro.

La fórmula oficial era que todas las dificultades engendradas por la revolución se aplazaban hasta la Asamblea constituyente. ¿Acaso podían sustraerse a los mandatos de la voluntad nacional estos demócratas constitucionales irreprochables, que, con gran pesar suyo, no habían logrado montar a horcajadas sobre esa voluntad nacional soberana al duque Mijail Romanov? Los preparativos para la futura representación nacional iban desarrollándose con una pesadez burocrática tan enorme y una lentitud tal -deliberada naturalmente-, que la Asamblea constituyente se convertía de proyecto en espejismo. Sólo el 25 de marzo, casi un mes después de la revolución -y un mes es un gran espacio de tiempo en períodos revolucionarios-, el gobierno decidió crear una Comisión especial encargada de redactar el texto de la ley electoral. Pero esta Comisión no llegó a funcionar. En su Historia de la revolución, falseada hasta la médula, Miliukov dice que, como resultado de distintos aplazamientos, "la Comisión especial nombrada bajo el primer gobierno no pudo inaugurar sus tareas". Los aplazamientos formaban parte de la misión de dicho organismo y de sus deberes. Su cometido no era otro que dilatar la Asamblea constituyente hasta tiempos mejores: hasta la victoria, la paz o las calendas de Kornilov.

La burguesía rusa, que vino al mundo demasiado tarde, odiaba mortalmente a la revolución. Pero este odio era un odio impotente. Veíase reducida a esperar y maniobrar. Imposibilitada como estaba de debilitar y estrangular la revolución, la burguesía confiaba vencerla por agotamiento.






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