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Capitulo XI

La dualidad de poderes.

 

 

 

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

 

 

 

¿Dónde radica la verdadera esencia de la dualidad de poderes? No podemos dejar de detenernos en esta cuestión, que hasta hoy no ha sido dilucidada en la literatura histórica, a pesar de tratarse de un fenómeno peculiar a toda crisis social y no propio y exclusivo de la revolución rusa de 1917, aunque en ésta se presente con rasgos más acentuados.

En toda sociedad existen clases antagónicas, y la clase privada de poder aspira inevitablemente a hacer variar en su favor, en mayor o menor grado, los derroteros del Estado. Sin embargo, esto no significa que en la sociedad coexistan necesariamente dos o más poderes. El carácter del régimen político se halla informado directamente por la actitud de las clases oprimidas frente a la clase dominante. El poder único, condición necesaria para la estabilidad de todo el régimen, subsiste mientras la clase dominante consigue imponer a toda la sociedad, como únicas posibles, sus formas económicas y políticas.

La coexistencia del poder de los junkers y de la burguesía -lo mismo bajo el régimen de los Hohenzollern que bajo la República- no implica dualidad de poderes, por fuertes que sean, a veces, los conflictos entre las dos clases que comparten el poder; su base social es común y sus desavenencias no amenazan con dar al traste con el aparato del Estado. El régimen de la dualidad de poderes sólo surge allí donde chocan de modo irreconocible las dos clases; sólo puede darse, por tanto, en épocas revolucionarias, y constituye, además, uno de sus rasgos fundamentales.

La mecánica política de la revolución consiste en el paso del poder de una a otra clase. La transformación violenta se efectúa generalmente en un lapso de tiempo muy corto. Pero no hay ninguna clase histórica que pase de la situación de subordinada a la de dominadora súbitamente, de la noche a la mañana, aunque esta noche sea la de la revolución. Es necesario que ya en la víspera ocupe una situación de extraordinaria independencia con respecto a la clase oficialmente dominante; más aún, es preciso que en ella se concentren las esperanzas de las clases y de las capas intermedias, descontentas con lo existente, pero incapaces de desempeñar un papel propio. La preparación histórica de la revolución conduce, en el período prerrevolucionario, a una situación en la cual la clase llamada a implantar el nuevo sistema social, si bien no es aún dueña del país, reúne de hecho en sus manos una parte considerable del poder del Estado, mientras que el aparato oficial de este último sigue aún en manos de sus antiguos detentadores. De aquí arranca la dualidad de poderes de toda revolución.

Pero no es éste su único aspecto. Si la nueva clase exaltada al poder por la revolución que no quiso es, en el fondo, una clase ya vieja, que ha llegado históricamente con retraso; si antes de tomar oficialmente el poder está ya gastada; si al empuñar el timón se encuentra con que su adversaria está ya suficientemente madura para el poder y alarga la mano para adueñarse del Estado, entonces la transformación política determina la sustitución del equilibrio inestable del poder dual por otro a veces más inconsistente. La misión de la revolución o de la contrarrevolución consiste precisamente en triunfar, en cada nueva etapa, sobre esta "anarquía" de la dualidad de poderes.

La dualidad de poderes no sólo presupone, sino que, en general, excluye la división del poder en dos segmentos y todo equilibrio formal de poderes. No es un hecho constitucional, sino revolucionario, que atestigua que la ruptura del equilibrio social ha roto ya la superestructura del Estado. La dualidad de poderes surge allí donde las clases adversas se apoyan ya en organizaciones estables substancialmente incompatibles entre sí y que a cada paso se eliminan mutuamente en la dirección del país. La parte del poder correspondiente a cada una de las dos clases combatientes responde a la proporción de fuerzas sociales y al curso de la lucha.

Por su esencia misma, este estado de cosas no puede ser estable. La sociedad reclama la concentración del poder, y aspira inexorablemente a esta concentración en la clase dominante o, en el caso que nos ocupa, en las dos clases que comparten el dominio político de la nación. La escisión del poder sólo puede conducir a la guerra civil. Sin embargo, antes de que las clases rivales se decidan a entablarla, sobre todo en el caso de que teman la intromisión de una tercera fuerza, pueden verse obligadas a soportar durante bastante tiempo y aun a sancionar, por decirlo así, el sistema de la dualidad de poderes. Con todo, este estado de cosas no puede durar. La guerra civil da a la dualidad de poderes la expresión más visible, la geográfica: cada poder se atrinchera y hace fuerte en su territorio y lucha por conquistar el de su adversario; a veces, la dualidad de poderes adopta la forma de invasión por turno de los dos poderes beligerantes, hasta que uno de ellos se consolida definitivamente.

La revolución inglesa del siglo XVII, precisamente porque fue una gran revolución que removió al país hasta su entraña, representa una sucesión evidente de regímenes de poder dual con tránsitos bruscos de uno a otro en forma de guerras civiles.

En un principio, el poder real, apoyado en las clases privilegiadas o en las capas superiores de las mismas, los aristócratas y los obispos, se halla en contraposición con la burguesía y los sectores de la nobleza territorial que le son afines. El gobierno de la burguesía es el parlamento presbiteriano, apoyado en la City de Londres. La lucha persistente de estos dos regímenes se resuelve en una franca guerra civil. Surgen dos centros gubernamentales, Londres y Oxford, cada cual con su ejército propio, y la dualidad de poderes asume formas geográficas, aunque, como sucede siempre en la guerra civil, las limitaciones territoriales son en extremo inconsistentes. Vence el parlamento. El rey cae prisionero y espera su suerte.

Parece que surgen las condiciones para establecer el poder unitario de la burguesía presbiteriana. Pero ya antes de que se quebrantado el poder real, el ejército parlamentario se convierte en una fuerza política autónoma, que concentra en sus filas a los independientes, pequeños burgueses piadosos y decididos, los artesanos, los agricultores. El ejército se inmiscuye autoritariamente en la vida pública, no como una fuerza armada, sencillamente, ni como una guardia pretoriana, sino como la representación política de una nueva clase que se levanta contra la burguesía acomodada y rica. Y fiel a esta misión, el ejército crea un nuevo órgano de Estado que se eleva por encima del mando militar: el consejo de diputados, soldados y oficiales (los "agitadores"). Se inicia así un nuevo período de dualidad de poderes; por un lado, el parlamento presbiteriano; por otro, el ejército independiente. La dualidad de poderes conduce a una pugna abierta. La burguesía se revela impotente para oponer su ejército al "ejército modelo" de Cromwell, es decir, a la plebe armada. El conflicto termina con el baldeo, barriendo el sable independiente el parlamento presbiteriano. Reducido el parlamento a la nada, se instaura la dictadura de Cromwell. Las capas inferiores del ejército, bajo la dirección de los "niveladores", ala de extrema izquierda de la revolución, intenta oponer el régimen del alto mando militar, de los grandes del ejército, su propio régimen plebeyo. Pero el nuevo poder dual no llega a desarrollarse: los "niveladores" la pequeña burguesía no tienen ni pueden tener aún una senda histórica propia. Cromwell vence rápidamente a sus adversarios. Y se establece un nuevo equilibrio político, no estable ni mucho menos, pero que durará una serie de años.

En la gran Revolución francesa, la Asamblea constituyente, cuya espina dorsal eran los elementos del "tercer estado", concentra en sus manos el poder, aunque sin despojar al rey de todas sus prerrogativas. El período de la Asamblea constituyente es un período característico de dualidad de poderes, que termina con al fuga del rey a Varennes y no se liquida formalmente hasta la instauración de la República.

La primera Constitución francesa (1791), basada en la ficción de la independencia completa entre los poderes legislativo y ejecutivo, ocultaba en realidad o se esforzaba en ocultar al pueblo, la dualidad de poderes reinantes: de un lado, la burguesía, atrincherada definitivamente en la Asamblea nacional, después de la toma de la Bastilla por el pueblo; de otro, la vieja monarquía, se apoyaba aún en la aristocracia, el clero, la burocracia y la milicia, sin hablar ya de la esperanza en la intervención extranjera. Este régimen contradictorio albergaba la simiente de su inevitable derrumbamiento. En este atolladero no había más salida que destruir la representación burguesa poniendo a contribución las fuerzas de la reacción europea o llevar a la guillotina al rey y a la monarquía. París y Coblenza tenían que medir sus fuerzas en este pleito.

Pero antes de que las cosas culminen en este dilema: o la guerra o la guillotina, entra en escena la Commune de París, que se apoya en las capas inferiores del "tercer estado" y que disputa, cada vez con mayor audacia, el poder a los representantes oficiales de la nación burguesa. Surge así una nueva dualidad de poderes, cuyas primeras manifestaciones observamos ya en 1790, cuando todavía la grande y la mediana burguesía se hallan instaladas a sus anchas en la administración del Estado y en los municipios. ¡Qué espectáculo más maravilloso -y al mismo tiempo más bajamente calumniado- el de los esfuerzos de los sectores plebeyos para alzarse del subsuelo y de las catacumbas sociales y entrar en la palestra, vedada para ellas, en que aquellos hombres de peluca y calzón corto decidían de los destinos de la nación! Parecía que los mismos cimientos, pisoteados por la burguesía ilustrada, se arrimaban y se movía, que surgían cabezas humanas de aquella masa informe, que se tendían hacia arriba manos encallecidas y se percibían voces roncas, pero valientes. Los barrios de París, bastardos de la revolución, se conquistaban su propia vida y eran reconocidos -¡qué remedio!- y transformados en secciones. Pero invariablemente rompían las barreras de la legalidad y recibían una avalancha de sangre fresca desde abajo, abriendo el paso en sus filas, contra la ley, a los pobres, a los privados de todo derecho, a los sans-culottes. Al mismo tiempo, los municipios rurales se convierten en manto del levantamiento campesino contra la legalidad burguesa protectora de la propiedad feudal. Y así, bajo los pies de la segunda nación, se levanta la tercera.

En un principio, las secciones de París mantenían una actitud de oposición frente a la Commune, que se hallaba aún en manos de la honorable burguesía. Pero con el gesto audaz del 10 de agosto de 1792, la secciones se apoderan de ella. En lo sucesivo, la Commune revolucionaria se levanta primero frente a la Asamblea legislativa y luego frente a la Convención; rezagadas ambas con respecto a la marcha y los fines de la revolución, registraban los acontecimientos, pero no los promovían, pues no disponían de la energía, la audacia y la unanimidad de aquella nueva clase que se había alzado del fondo de los suburbios de París y que hallaba su asidero en las aldeas más atrasadas. Y las secciones, del mismo modo que se apoderaron de la Commune, se adueñaron, mediante un nuevo alzamiento, de la Convención. Cada una de dichas etapas se caracteriza por un régimen de dualidad de poderes muy marcado, cuyas dos alas aspiraban a instaurar un poder único y fuerte, el ala derecha, defendiéndose el ala izquierda tomando la ofensiva. La necesidad de la dictadura, tan característica lo mismo de la revolución que de la contrarrevolución, se desprende de las contradicciones insoportables de la dualidad de poderes. El tránsito de una forma a otra se efectúa por medio de la guerra civil. Además, las grandes etapas de la revolución, es decir, el paso del poder a nuevas clases o sectores, no coinciden de un modo absoluto con los cielos de las instituciones representativas, las cuales siguen, como la sombra al cuerpo, a la dinámica de la revolución. Cierto es que, en fin de cuentas, la dictadura revolucionaria de los sans-culottes se funde con la dictadura de la Convención; pero ¿qué Convención? Una Convención de la cual han sido eliminados por el terror los girondinos, que todavía ayer dominaban en sus bancos; una Convención cercenada, adaptada al régimen de la nueva fuerza social. Así, por los peldaños de la dualidad de poderes, la Revolución francesa asciende en el transcurso de cuatro años hasta su culminación. Y desde el 9 Thermidor, la revolución empieza a descender otra vez por los peldaños de la dualidad de poderes. Y otra vez la guerra civil precede a cada descenso, del mismo modo que antes había acompañado cada nueva ascensión. La nueva sociedad busca de este modo un nuevo equilibrio de fuerzas.

La burguesía rusa, que luchaba con la burocracia rasputiniana a la par que colaboraba con ella, reforzó extraordinariamente durante la guerra sus posiciones políticas. Explotando la derrota del zarismo, fue reuniendo en sus manos, a través de las asociaciones de zemstvos, las Dumas municipales y los comités industriales de guerra, un gran poder; disponía por su cuenta de inmensos recursos del Estado y representaba de suyo, en esencia, un gobierno autónomo y paralelo al oficial. Durante la guerra, los ministros zaristas se lamentaban de que el príncipe Lvov aprovisionara al ejército, alimentara y curara a los soldados e incluso de que organizara barberías para la tropa. "Hay que acabar con esto, o poner todo el poder en sus manos", decía ya en 1915 el ministro Krivoschein. Mal podía éste suponer que, año y medio, después, Lvov obtendría "todo el poder " pero no de manos del zar precisamente, sino de manos de Kerenski, Cheidse y Sujánov. Mas al día siguiente de acontecer esto se instauraba un nuevo poder doble: paralelamente con el semigobierno liberal de ayer, hoy formalmente legitimado, surgía y se desarrollaba un gobierno de las masas obreras, representado por los soviets, no de un modo oficial, pero por ello mismo más efectivo. A partir de este momento, la revolución rusa empieza a convertirse en un acontecimiento histórico de importancia universal.

Veamos ahora en qué consiste la característica de la dualidad de poderes de la revolución de Febrero. En los acontecimientos de los siglos XVII y XVIII, la dualidad de poderes representa siempre una etapa natural en el curso de la lucha, impuesta a los combatientes por la correlación temporal de fuerzas, con la particularidad de que cada una de las dos partes aspira a suplantar la dualidad de poderes por el poder único concentrado en sus manos. En la revolución de 1917 vemos cómo la democracia oficial crea, consciente y deliberadamente, la dualidad de poderes, haciendo todos los esfuerzos imaginables para evitar que el poder caiga en sus manos. A primera vista, la dualidad de poderes se forma, no como fruto de la lucha de clases en torno al poder, sino como resultado de la cesión voluntaria que de dicho poder hace una clase a otra. La "democracia" rusa, que aspiraba a salir del atolladero de la dualidad de poderes, no creía encontrar la salida que buscaba más que apartándose del poder. Esto era precisamente lo que calificábamos de paradoja de la revolución de Febrero.

Acaso se pueda encontrar una cierta analogía con esto en la conducta seguida por la burguesía alemana en 1848 con respecto a la monarquía. Pero la analogía no es completa. Es cierto que la burguesía alemana aspiraba a toda costa a compartir el poder con la monarquía sobre la base de un pacto. Pero la burguesía no tenía la integridad del poder en sus manos y no lo cedía enteramente, ni mucho menos, a la monarquía. "La burguesía prusiana era nominalmente dueña del poder, y no dudaba ni un momento que las fuerzas del viejo Estado se pondrían incondicionalmente a su disposición y se convertirían en prosélitos abnegados del poder de aquélla." (Marx y Engels.) La democracia rusa de 1917, que al estallar la revolución tenía todo el poder en sus manos, no aspiraba a compartirlo con la burguesía, sino sencillamente a cedérselo entero. Acaso esto signifique que en el primer cuarto del siglo XX la democracia oficial rusa había llegado a un grado de descomposición más acentuado que la burguesía liberal alemana de mediados del siglo XIX. Y este estado de cosas obedece a una ley lógica, pues representa el reverso de la progresión ascensional realizada en el curso de esas décadas por el proletariado, que venía a ocupar el puesto de los artesanos de Cromwell, y de los sans-culottes de Robespierre.

Si se examina la cuestión más a fondo se ve que el poder del gobierno provisional y del Comité ejecutivo tenía un carácter puramente reflejo. El candidato al nuevo poder no podía ser otro que el proletariado. Los colaboracionistas, que se apoyaban de un modo inseguro en los obreros y en los soldados, veíanse obligados a llevar una contabilidad por partida doble con los zares y los "profetas". El poder dual de los liberales y demócratas no hacía más que reflejar el poder dual, que aún no había salido a la superficie, de la burguesía y el proletariado. Cuando -al cabo de pocos meses- los bolcheviques eliminan a los colaboracionistas de los puestos directivos de los soviets, el poder dual sale a la superficie, lo cual indica que la revolución de Octubre se acerca. Hasta este momento, la revolución vivirá en el mundo de los reflejos políticos. Abriéndose paso a través de los razonamientos vacuos de la intelectualidad socialista, el poder dual, que era una etapa de la lucha de clases, se convierte en idea normativa. Gracias a esto precisamente se convirtió en el problema central de la discusión teórica. En este mundo nada se pierde ni sucede en balde. El carácter reflejo de la dualidad de poderes de la revolución de Febrero nos ha permitido comprender mejor las etapas de la historia en que dicho poder aparece como un episodio característico de la lucha entre dos regímenes. Así, la luz refleja y tenue de la luna nos permite deducir importantes enseñanzas acerca de la luz solar.

La característica fundamental semifantástica de la revolución rusa, que condujo en un principio a la paradoja de la dualidad de poderes y al poder dual efectivo que le impidió luego resolverse en provecho de la burguesía, consiste en la madurez inmensamente mayor del proletariado ruso si se le compara con las masas urbanas de las antiguas revoluciones. Pues la cuestión estaba planteada así: o la burguesía se apoderaba realmente del viejo aparato del Estado, poniéndolo al servicio de sus fines, en cuyo caso los soviets tendrían que retirarse por el foro, o éstos se convierten en la base del nuevo Estado, liquidando no sólo con el viejo aparato político, sino con el régimen de predominio de las clases a cuyo servicio se hallaba éste.

Los mencheviques y los socialrevolucionarios se inclinaban a la primera solución. Los bolcheviques, a la segunda. Las clases oprimidas, que, según las palabras de Marat, no habían tenido en el pasado conocimientos, tacto ni dirección para llevar hasta el fin la obra comenzada, aparecen en la revolución rusa del siglo XX equipadas con todo eso. Y triunfaron los bolcheviques.

Al año de triunfar los bolcheviques en Rusia, se repetía el mismo pleito en Alemania, con distinto balance de fuerzas. La socialdemocracia se inclinaba a la instauración del poder democrático de la burguesía y a la liquidación de los soviets. Y triunfaron los socialdemócratas. Hilferding y Kautsky en Alemania como Max Adler en Austria, proponían una "combinación" de la democracia con el sistema soviético, dando acogida a los soviets obreros en la Constitución. Esto hubiera significado convertir en parte integrante del régimen del Estado la guerra civil latente o declarada. Sin embargo, esta pretensión podía tener, en Alemania, su razón de ser, fundada acaso en la vieja tradición: en el año 48, los demócratas wurtemburgueses pedían una república presidida por un duque.

El fenómeno de la dualidad de poderes, no estudiado hasta ahora suficientemente, ¿se halla en contradicción con la teoría marxista del Estado, que se ve en el gobierno el Comité ejecutivo de la clase dominante? Es lo mismo que si preguntáramos: ¿es que la oscilación de los precios bajo la ley de la oferta y la demanda se halla en contradicción con la teoría marxista del valor? ¿Acaso la abnegación del macho que defiende a sus cachorros contradice la ley de la lucha por la existencia? No, en esos fenómenos no reside más que una combinación más compleja de las mismas leyes que parecen contradecir. Si el Estado es la organización del régimen de clase y la revolución la sustitución de la clase dominante, el tránsito del poder de manos de una clase a otra, es natural que haga brotar una situación contradictoria de Estado, encarnada, sobre todo, en la dualidad de poderes. La correlación de fuerzas de clase no es ninguna magnitud matemática susceptible de cálculo apriorístico. Cuando el equilibrio del viejo régimen se rompe, la nueva correlación de fuerzas sólo puede establecerse como resultado de la prueba recíproca a que éstas se ven sometidas en la lucha. La revolución no es otra cosa.

Podría pensarse que esta disgresión teórica nos ha apartado de los acontecimientos de 1917. En realidad, nos conduce al corazón de los mismos. En torno al problema de la dualidad de poderes fue, precisamente, donde se libró la lucha dramática de los partidos y de las clases. Sólo desde la atalaya teórica podríamos observar esta lucha y comprenderla.


CAPITULO XII


Capitulo XII

El comité ejecutivo.

 

 

 

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

 

 

 

El organismo creado en el palacio de Táurida el 27 de febrero con el nombre de «Comité ejecutivo del Soviet de Diputados obreros» tenía, en el fondo, muy poco que ver con esta denominación que se asignaba. El Soviet de Diputados obreros de 1905, con el cual se inició el sistema, surgió de la huelga general como representante directo de las masas en lucha. Los caudillos de la huelga se convirtieron en diputados del Soviet. La selección de las personas que lo componían se hizo bajo el fuego. El órgano directivo fue elegido por el Soviet para la dirección ulterior de la lucha. Y fue el Comité ejecutivo de 1905 el que acaudilló y puso a la orden del día la insurrección.

La revolución de Febrero triunfó gracias a la sublevación de los regimientos, antes de que los obreros crearan los soviets. El Comité ejecutivo se constituyó por sí mismo, antes del Soviet, sin la intervención de las fábricas y de los regimientos, después del triunfo de la revolución. Nos hallamos en presencia de la iniciativa clásica de los radicales, que se quedan al margen de la lucha revolucionaria, pero se disponen a aprovecharse de sus frutos. Los caudillos efectivos de los obreros estaban aún en la calle, desarmando a los unos, armando a los otros, consolidando la victoria. Los mas perspicaces se inquietaron al recibir la noticia de que en el palacio de Táurida había surgido un Soviet de diputados obreros. De la misma manera que la burguesía liberal, en espera de la revolución palaciega que «se» iba a realizar, preparaba en otoño de 1916 un gobierno de reserva con el fin de imponérselo al nuevo zar en caso de éxito, los intelectuales radicales formaban un subgobierno de reserva propio al triunfar el movimiento de febrero. Y como todos ellos, por lo menos en el pasado, habían participado en el movimiento obrero y tendían a cubrirse con sus tradiciones, dieron a su engendro el nombre de «Comité ejecutivo del Soviet.» Era una de aquellas falsificaciones semideliberadas, semiinconscientes, de que está llena la historia, la de los alzamientos populares inclusive. Cuando los acontecimientos toman un giro revolucionario y se rompe la continuidad jurídica, las clases «cultas» que quieren llegar al poder se agarran de buena gana a los nombres y símbolos ligados con los recuerdos heroicos de las masas. Gustan de cubrir con el manto de la palabra la verdadera realidad de las cosas, sobre todo cuando esto responde a los intereses de las clases influyentes. La enorme autoridad conquistada por el Comité ejecutivo ya en el mismo día de constituirse se basa en la ficción de que venía a recoger la herencia del Soviet de 1905. El Comité, sancionado por la primera Asamblea caótica del Soviet, ejerció luego una influencia decisiva tanto en la composición de este último como en su política. Esta influencia era tanto más conservadora cuanto que ya no podía realizarse la selección natural de los representantes revolucionarios garantizada por la atmósfera candente de la lucha. La insurrección había pasado, todo el mundo estaba embriagado por el triunfo, la gente se disponía a organizar las cosas de un modo nuevo. Fueron necesarios meses enteros de nuevos conflictos y de lucha y de nuevas circunstancias, con las modificaciones personales resultantes de ello, para que los Soviets, que en un principio no era más que unos órganos que venían a coronar el triunfo después de la insurrección, se convirtiesen en órganos auténticos de lucha y de preparación de un nuevo alzamiento. Creemos necesario insistir en este aspecto de la cuestión con tanta mayor razón cuanto que hasta ahora se ha dejado en la sombra.

Pero no fueron sólo las condiciones en que aparecieron el Comité ejecutivo y el Soviet las que determinaron su carácter moderado y conciliador: había causas más profundas y permanentes que obraban en el mismo sentido.

En Petrogrado estaban concentrados más de ciento cincuenta mil soldados y por lo menos cuatro veces más obreros y obreras de todas las categorías. No obstante por cada dos delegados obreros había en el Soviet cinco soldados. Las normas de representación tenían un carácter extraordinariamente elástico. Todo se hacía para complacer a los soldados. Mientras que los obreros elegían un representante por cada mil electores, los pequeños destacamentos enviaban a menudo dos. El uniforme gris de los soldados se convirtió en el color dominante en el Soviet.

Pero aun entre los delegados civiles no todos eran elegidos por los obreros. Al Soviet fueron a parar no pocas personas por invitación individual, por protección o, sencillamente, gracias a sus intrigas; muchos abogados y médicos radicales, estudiantes, periodistas, que representaban a distintos grupos problemáticos, y que no pocas veces no tenían más mandante que sus propias ambiciones. Esta falsificación evidente del carácter del Soviet era tolerada de buen grado por los dirigentes, los cuales no veían inconveniente alguno en rebajar la esencia excesivamente fuerte de las fábricas y cuarteles con el jarabe tibio de la pequeña burguesía ilustrada. Muchos de estos elementos de aluvión, buscadores de aventuras, impostores y charlatanes habituados a la tribuna, apartaron durante mucho tiempo con sus codos a los obreros silenciosos y a los soldados indecisos.

Y si así ocurría en Petrogrado, no es difícil imaginarse lo que sería en provincias, donde el triunfo se obtuvo sin ningún género de lucha. Todo el país estaba lleno de soldados. Las guarniciones de Kiev, Helsingfors y Tiflis no eran numéricamente inferiores a la de Petrogrado; en Saratov, Samara, Tambov, Omsk se concentraban de sesenta a ochenta mil soldados; en Yaroslav, Yekaterinoslav, Yekaterinburg, unos sesenta mil y en otra serie de ciudades, cincuenta, cuarenta y treinta mil. En las distintas localidades la representación soviética no estaba organizada de un modo uniforme, pero los soldados gozaban en todas partes de una situación de privilegio. Políticamente, esto era fruto de la tendencia de los propios obreros a complacer en lo posible a los soldados. Los dirigentes hacían lo mismo con respecto a los oficiales. Además del número considerable de tenientes y sargentos, elegidos por los soldados, solía otorgarse, sobre todo en provincias, una representación especial a la oficialidad. Resultado de esto era que los elementos del ejército tuviesen en muchos soviets una mayoría aplastante. Las masas de soldados que no habían adquirido aún la fisonomía política propia marcaban, a través de sus representantes, la fisonomía de los soviets.

Toda representación entraña un germen de desproporción. Esta desproporción se acentúa de un modo muy especial a raíz de una revolución. En los primeros momentos, los diputados de los soldados, políticamente confusos, eran muchas veces elementos completamente ajenos a sus intereses y a los de la revolución, intelectuales y semiintelectuales de toda laya que se refugiaban en las guarniciones del interior y que, por este motivo, se manifestaban como patriotas extremos. Así se creó una divergencia entre el estado de espíritu de los cuarteles y el de los soviets. El oficial Stankievich, acogido por los soldados de su batallón sombría y recelosamente, habló con éxito en la sección de los soldados sobre el tema agudo de la disciplina. «¿Por qué en el Soviet -se preguntaba- el estado de espíritu es más suave y agradable que en el batallón?» Esta ingenua perplejidad atestigua una vez más lo difícil que resulta para los sentimientos auténticos de abajo abrirse paso hacia las alturas.

Sin embargo, ya a partir del 3 de marzo los mítines de soldados y obreros empiezan a exigir del Soviet que destituya inmediatamente al gobierno provisional de la burguesía liberal y se haga cargo del poder. Esta iniciativa parte, como tantas otras, de la barriada de Viborg. ¿Acaso podía haber una demanda más comprensible para las masas? Pero esta agitación no tardó en ser interrumpida, no sólo porque los defensores de la patria le opusieron una resistencia encarnizada, sino porque, y esto era lo peor, la dirección bolchevique ya en la primera mitad de marzo se inclinaba de hecho ante el régimen de la dualidad de poderes. Y, fuera de los bolcheviques, nadie podía plantear en toda su crudeza el problema de la toma del poder. Los militantes de Viborg tuvieron que batirse en retirada. Sin embargo, los obreros petersburgueses no tuvieron confianza ni un instante en el nuevo gobierno, ni lo consideraban como propio. Pero tenían la atención fija en el estado de espíritu de los soldados y se esforzaban en no oponerse de un modo excesivamente acentuado a estos últimos. Los soldados, que no hacían más que deletrear las primeras fases de la política, aunque, como buenos campesinos, no daban crédito a los señores, escuchaban atentamente a sus representantes, los cuales, a su vez, se inclinaban respetuosamente ante los prestigiosos prohombres del Comité ejecutivo. Por lo que a estos últimos se refiere, no hacían otra cosa que observar inquietos el pulso de la burguesía liberal. Y esta pulsación de abajo arriba era la que daba el tono... hasta nueva orden.

Sin embargo, el estado de espíritu de la masa brotaba a la superficie, y la cuestión del poder, retirada artificialmente, se reproducía una y otra vez, aunque en forma disimulada. «Los soldados no saben a quién escuchar», se lamentan las barriadas y las provincias, haciendo llegar de este modo hasta el Comité ejecutivo el descontento producido por la dualidad de poderes. Las delegaciones de las escuadras del Báltico y del mar negro declaran el 16 de marzo que sólo tomarán en cuenta al gobierno provisional en tanto que éste marche de acuerdo con el Comité ejecutivo. En otros términos, que no están dispuestos a tomarle en cuenta para nada. Esta nota va acentuándose de un modo cada vez más insistente. «El ejército y la población sólo deben someterse a las disposiciones del Soviet», decide el regimiento de reserva 172, e inmediatamente formula el teorema inverso: «No hay que someterse a las disposiciones del Soviet, que se hallen en contradicción con las del gobierno provisional.» El Comité ejecutivo sancionaba este estado de cosas, a la par con un sentimiento de satisfacción y de inquietud. El gobierno lo soportaba rechinando los dientes. Tanto al uno como al otro, no les quedaba más recurso que aguantarse.

Ya a principios de marzo, surgen soviets en todas las ciudades y centros industriales importantes, desde donde, en el transcurso de las semanas próximas, se extienden por todo el país. Las aldeas no empiezan a seguir este camino hasta abril y mayo. En un principio, es casi siempre el ejército quien habla en nombre de los campesinos.

El Comité ejecutivo del Soviet de Petrogrado adquirió, naturalmente, una significación nacional. Los demás soviets imitaron a la capital, y, uno tras otro, fueron tomando acuerdos sobre el apoyo condicional que había de prestarse al gobierno provisional. Si bien en los primeros meses las relaciones entre el Soviet de Petrogrado y los de provincias se desarrollaban sin conflictos ni desavenencias de monta, la situación dictaba la necesidad de una organización nacional. Un mes después del derrumbamiento de la autocracia, fue convocada la primera asamblea de soviets, a la cual acudió una representación incompleta y unilateral. Y aunque de las ciento ochenta y cinco organizaciones representadas, los dos tercios estaban compuestos de soviets locales, se trataba principalmente de soviets de soldados; con los representantes de las organizaciones del frente, los delegados militares, principalmente los oficiales, tenían una aplastante mayoría. Se pronunciaron discursos sobre la guerra hasta el triunfo final, y resonaron gritos contra los bolcheviques, a pesar de la conducta más que moderada seguida por estos últimos. La Asamblea completó con dieciséis representantes conservadores de provincias el Comité ejecutivo, legitimando así su carácter nacional.

El ala derecha se reforzó aún más. En lo sucesivo, se asustará con frecuencia a los descontentos con las provincias. Las normas acordadas ya el 14 de marzo sobre la composición del Soviet de Petrogrado, casi no se llevaron a la práctica. Al fin y al cabo, no era el Soviet local el que decidía, sino el Comité ejecutivo nacional. Los jefes oficiales ocupaban una posición casi inviolable. Las resoluciones más importantes se tomaban en el Comité ejecutivo, o, por mejor decir, en su núcleo dirigente, después de un acuerdo previo con el núcleo del gobierno. El Soviet quedaba al margen. Era considerado como una especie de mitin: «No es ahí, no es en las Asambleas generales donde se hace la política, y todos esos plenos no tienen decididamente ningún valor práctico.» (Sujánov). Estos árbitros de los destinos históricos hinchados de suficiencia, entendían, por lo visto, que los soviets, una vez que les habían confiado la dirección de la política, y todos esos plenos no tienen decididamente ningún valor práctico.» (Sujánov.) Estos árbitros de los destinos históricos hinchados de suficiencia, entendían, por lo visto, que los soviets, una vez que les habían confiado la dirección de la política, habían cumplido con su misión. El próximo porvenir se encargará de demostrar que no era así. La masa es muy paciente; pero, así y todo, no es una arcilla con la cual se pueda hacer lo que se quiera. Además, en las épocas revolucionarias aprende principalmente. En esto consiste precisamente la principal virtud de la revolución.

Para comprender mejor el desarrollo sucesivo de los acontecimientos hay que detenerse un momento a trazar la característica de los dos partidos que desde el principio de la revolución formaron estrecho bloque, dominando en los soviets, en los municipios democráticos, en los Congresos de la llamada democracia revolucionaria y llevando incluso una mayoría, que, por lo demás, se iba derritiendo a cada paso, a la Asamblea constituyente, último resplandor de su fuerza agonizante, como el resplandor de ocaso en la cima de una montaña iluminada por el sol poniente.

La burguesía rusa había venido al mundo demasiado tarde para ser democrática. La democracia rusa, impulsada por este mismo motivo, considerábase socialista. La ideología democrática se había agotado irremediablemente en el transcurso del siglo XIX. En los albores del siglo XX, los intelectuales radicales, si querían tener acceso a la masa, necesitaban presentarse a ella con un barniz socialista. Tal fue la causa histórica general que determinó la creación de dos partidos intermedios: los mencheviques y los socialistas revolucionarios, cada uno de los cuales tenía, sin embargo, su genealogía y su ideología propias.

Las ideas de los mencheviques se formaron sobre la base del sistema marxista. Como consecuencia del atraso histórico de Rusia, el marxismo no fue aquí, en un principio, tanto una crítica de la sociedad capitalista como una justificación fundamentada de la inevitabilidad del desarrollo burgués del país. La historia utilizó astutamente, cuando tuvo necesidad de ello, una teoría castrada de la revolución proletaria, valiéndose de ella para europeizar, con espíritu burgués, a vastos sectores de la intelectualidad, narodniki. A los mencheviques, que constituían el ala izquierda de la intelectualidad burguesa les fue reservado un papel importante en este proceso. Su misión consistió en atar a aquella intelectualidad los sectores más moderados de la clase obrera, atraídos por la actuación legal en la Duma y en los sindicatos.

Por el contrario, los socialrevolucionarios combatían teóricamente al marxismo, aunque en parte se dejaran influir por él. Se consideraban como el partido llamado a realizar la alianza entre los intelectuales, los obreros y los campesinos, bajo los auspicios, evidentemente, de la razón crítica. En el terreno económico, sus ideas representaban una mezcla indigesta de formaciones históricas diversas, que reflejaban las condiciones contradictorias de la existencia de los campesinos en un país que evolucionaba rápidamente hacia el capitalismo. Los socialrevolucionarios se imaginaban que la futura revolución no sería ni burguesa ni socialista, sino «democrática»: ellos reemplazaban el contenido social por una fórmula política. Por consiguiente, este partido se trazaba una senda, que pasaba entre la burguesía y el proletariado, y se asignaba el papel de árbitro entre las dos clases. Después de febrero, parecía a primera vista que los socialrevolucionarios se habían acercado mucho a la posición a que aspiraban.

Ya desde la época de la primera revolución tenía este partido raíces entre la clase campesina. En los primeros meses de 1917, toda la intelectualidad rural se asimiló la fórmula tradicional de los narodniki: «Tierra y libertad.» A diferencia de los mencheviques, que habían sido siempre un partido puramente urbano, los socialrevolucionarios habían hallado, al parecer, un punto de apoyo de una potencia extraordinaria en el campo. Es más, dominaban incluso en las ciudades: en los soviets, a través de las secciones de soldados, y en los primeros municipios democráticos, en los cuales tenían mayoría absoluta de votos. La fuerza del partido parecía ilimitada. En realidad, no era más que una aberración política. El partido por el cual vota todo el mundo, excepto la minoría que sabe por quién vota, no es un partido, del mismo modo que el lenguaje en que hablan los niños en todos los países no es el idioma nacional. El partido de los socialrevolucionarios aparecía como la solemne denominación de todo lo que había de incipiente, de informe y de confuso en la revolución de febrero. Todo aquel que no hubiese heredado de su pasado prerrevolucionario motivos suficientes para votar por los kadetes o los bolcheviques, votaba por los socialrevolucionarios. Los kadetes se movían en el círculo cerrado de los grandes industriales y terratenientes. Los bolcheviques eran aún poco numerosos, incomprensibles, suscitaban incluso miedo. Votar por los socialrevolucionarios era votar por la revolución en general, y no obligaba a nada. En las ciudades, la adhesión a este partido significaba la tendencia de los soldados a acercarse a un partido que defendía a los campesinos, la tendencia de la parte atrasada de los obreros a estar al lado de los soldados, la aspiración de las gentes humildes de la ciudad a no separarse de los soldados y campesinos. En este período, el carnet de socialrevolucionario era un certificado provisional que daba derecho a entrar en las instituciones de la revolución y que conservó su fuerza hasta que fue sustituido por otro carnet un poco más serio. No en vano se decía, hablando de este gran partido, que lo englobaba todo, que no era más que un inmenso cero.

Ya desde la primera revolución los mencheviques sostenían la necesidad de aliarse con los liberales, como consecuencia del carácter burgués de la revolución, y colocaban esta alianza por encima de la colaboración con los campesinos, a los cuales consideraban como a aliados poco seguros. Los bolcheviques, por el contrario, basaban toda la perspectiva de la revolución en la alianza del proletariado con los campesinos contra la burguesía liberal. Como quiera que los socialrevolucionarios se consideraban, ante todo y sobre todo, como el partido de los campesinos, parece a primera vista que había esperanzas que de la revolución saliese la alianza de los bolcheviques con los narodniki por contraposición al bloque de los mencheviques con la burguesía liberal. En realidad, la revolución de Febrero estructura las fuerzas a la inversa. Los mencheviques y los socialistas revolucionarios actúan estrechamente unidos, y completan esta alianza mediante el bloque pactado con la burguesía liberal. Los bolcheviques se encuentran completamente aislados, en el campo oficial de la política.

Este hecho, inexplicable a primera vista, es completamente lógico. Los socialistas revolucionarios no eran un partido campesino, a pesar de la simpatía que en el campo despertaban sus consignas. El núcleo del partido, el que determinaba su política efectiva y daba al gobierno ministros y funcionarios, se hallaba mucho más ligado a los círculos liberales y radicales de la ciudad, que a las masas de campesinos insurreccionados. Este núcleo dirigente, que se había dilatado enormemente, gracias a la afluencia de arribistas, estaba mortalmente asustado ante las proporciones tomadas por el movimiento campesino, que avanzaba tremolando las consignas de los socialrevolucionarios. Los narodniki de nuevo cuño sentían, naturalmente, gran simpatía por los campesinos; lo que no veían con buenos ojos eran el «gallo rojo»1. El terror de los socialrevolucionarios ante el campo en armas, era paralelo al terror de los mencheviques ante el avance revolucionario del proletariado; en su conjunto, el miedo de los «demócratas» era el reflejo del peligro completamente fundado que representaba el movimiento de los oprimidos para las clases poseedoras, englobadas en el campo único de la reacción burguesa y terrateniente. El bloque de los socialrevolucionarios con el gobierno del terrateniente Lvov señaló la ruptura con la revolución agraria, del mismo modo que el bloque de los mencheviques con los industriales y banqueros tipo Guchkov, Terecheko y Konovalov, equivalía a su ruptura con el movimiento proletario. En estas condiciones, la alianza de los mencheviques y socialrevolucionarios no significaba la colaboración en el gobierno del proletariado y los campesinos, sino, por el contrario, la coalición gubernamental de unos partidos que habían roto con el proletariado y los campesinos en aras del bloque con las clases poseedoras.

De lo dicho se deduce con toda claridad hasta qué punto era ficticio el socialismo de esos dos partidos democráticos; lo cual no quiere decir, ni mucho menos, que su democratismo fuese real y efectivo. Todo lo contrario, precisamente, porque era el suyo un democratismo caquéxico, necesitaba cubrirse con la máscara socialista. El proletariado ruso luchaba por la democracia, en un antagonismo irreconciliable con la burguesía liberal. Los partidos democráticos, coaligados con la burguesía liberal, tenían que entrar inevitablemente en pugna con el proletariado. He aquí la raíz social de la encarnizada lucha que más tarde había de librarse entre los colaboracionistas y los bolcheviques.

Reduciendo los procesos que dejamos esbozados a su mecánica externa de clase, de la cual, naturalmente, no se daban perfecta cuenta los afiliados ni aun los dirigentes de los dos partidos colaboracionistas, obtenemos sobre poco más o menos, el siguiente deslinde de funciones históricas. La burguesía liberal no era necesaria para el desarrollo burgués. De la gran burguesía se separan dos destacamentos, formados por sus hermanos menores y sus hijos. Uno de estos destacamentos fue enderazado hacia los obreros, el otro hacia los campesinos, a quienes intentaban atraerse, respectivamente, pugnando por demostrarles de un modo sincero y caluroso que eran socialistas enemigos de la burguesía. De este modo adquirieron un ascendiente efectivo sobre el pueblo. Pero pronto los efectos de sus ideas llegaron más allá de donde a ellos les convenía. La burguesía vio que se acercaba un peligro mortal y dio la señal de alarma. Las dos filiales que se habían separado de ella, los mencheviques y los socialrevolucionarios, respondieron unánimemente al llamamiento de sus mayores. Saltando por encima de las viejas desavenencias, se pusieron en estrecho contacto y, volviéndose de espaldas a las masas, corrieron en auxilio de la sociedad burguesa amenazada.

La inconsistencia y la mezquindad de los socialrevolucionarios, causa asombro, aun comparada con los mencheviques. Los bolcheviques los consideraron en todos los momentos álgidos, sencillamente, como kadetes de tercera categoría. Por su parte, los kadetes de tercera categoría. Por su parte, los kadetes los trataban como a bolcheviques de tercera clase. La segunda categoría les correspondía, en uno y otro caso, a los mencheviques. La inconsistencia de la base y el carácter indefinido de la ideología determinaron la selección personal congruente: todos los jefes socialrevolucionarios se distinguían por su superficialidad, su falta de concreción y su sentimentalismo estéril. Sin exageración puede decirse que cualquier bolchevique de filas daba pruebas de más perspicacia política, es decir, de mayor percepción para las relaciones entre las clases, que los jefes socialrevolucionarios de mayor reputación.

Faltos de criterios sólidos, los socialrevolucionarios propendían a los imperativos éticos. Huelga decir que estas pretensiones morales no eran obstáculo para que en la gran política manifestasen todas esas pequeñas astucias y bribonerías tan características, en general de los partidos intermedios sin base consistente, sin doctrina clara y sin un auténtico eje moral.

En el bloque de los mencheviques y socialrevolucionarios, el puesto dirigente correspondía a los mencheviques, a pesar de que los socialrevolucionarios tenían una superioridad numérica indiscutible. En este reparto de papeles se manifestaba, a su manera, la hegemonía de la ciudad sobre el campo, el predominio de la pequeña burguesía urbana sobre la rural, y, finalmente, la superioridad ideológica de la intelectualidad «marxista» sobre la que no profesaba la sociología puramente rusa y ostentaba orgullosa la pobreza de la vieja historia del país.

En las primeras semanas que siguieron a la revolución, ninguno de los partidos de izquierda, como ya sabemos, tenía en la capital un auténtico cuadro dirigente. Los jefes universalmente reconocidos de los partidos socialista se hallaban todos en la emigración. Los jefes de segunda fila estaban en camino, desde el Extremo Oriente a la capital. Esto obligaba a los dirigentes interinos de todos los grupos a mantener un estado de espíritu circunspecto y expectante que les acercaba. Durante esas semanas, ninguno de los grupos dirigentes desarrolló sus pensamientos hasta sus últimas consecuencias. La lucha de los partidos en el Soviet tenía un carácter extremadamente pacífico: diríase que se trataba de matices en el interior de una misma «democracia revolucionaria». Es cierto que al volver Tsereteli de la deportación (19 de marzo), el rumbo soviético dio un recio viraje a derecha, proa a la responsabilidad directa por el poder y por la guerra. También los bolcheviques, a mediados de marzo, bajo el influjo de Kámenev y de Stalin, que acababan de llegar de la deportación, se orientaron marcadamente hacia la derecha de modo que la distancia entre la mayoría soviética y la oposición de izquierda era acaso menor a principios de abril que a principios de marzo. La verdadera diferenciación empezó un poco más tarde: incluso se puede precisar la fecha: fue el 4 de abril, al día siguiente de llegar Lenin a Petrogrado.

El partido de los mencheviques tenía al frente de sus distintas tendencias a una serie de figuras preeminentes, pero no disponía ni de un solo jefe revolucionario. La extrema derecha, acaudillada por los viejos maestros de la socialdemocracia rusa, Pléjanov, Vera Zasulich y Deutch, ya había adoptado una actitud patriótica bajo la autocracia. En vísperas a la revolución de febrero, Plejánov, que había degenerado lamentablemente, escribía en un periódico americano que las huelgas y otras formas de lucha de los obreros en Rusia eran, en aquellos instantes, un crimen. Los sectores más extensos de los viejos mencheviques, entre los que figuraban hombres como Mártov, Dan y Tsereteli, se consideraban adscritos a las tendencias de Zimmerwald y declinaban toda responsabilidad por la guerra. Pero el internacionalismo de los mencheviques de izquierda, lo mismo que el de los socialrevolucionarios izquierdistas, encubría en la mayor parte de los casos, un oposicionismo democrático. La revolución de Febrero reconcilió a la mayoría de esos «zimmerwaldianos» con la guerra, en la cual veían ahora la defensa de la revolución. El que de un modo más decidido abrazó este camino fue Tsereteli, que arrastró consigo a Dan. Martov, que al estallar la guerra se hallaba en Francia y que no llegó del extranjero hasta el 9 de mayo, no podía dejar de ver que sus correligionarios de ayer retornaban después de la revolución de Febrero a la misma posición de que habían partido Guesde, Sembat y otros, en 1914, cuando tomaron sobre sus hombros la defensa de la república burguesa contra el absolutismo germánico. Mártov, que se hallaba al frente del ala izquierda de los mencheviques y que no había conseguido representar ningún papel importante en la revolución, mantenía una actitud de oposición frente a la política de Tsereteli y Dan, impidiendo, al mismo tiempo, que los menchevique de izquierda se acercasen a los bolcheviques. El portavoz del menchevismo oficial era Tsereteli, al que seguía indudablemente la mayoría del partido. Los partidos prerrevolucionarios se aliaron sin dificultad con los patriotas de Febrero. Sin embargo, Plejánov tenía su grupo propio, un grupo completamente chauvinista, que se hallaba fuera del partido y aun del Soviet. La fracción de Mártov, que no llegó a salirse del partido, no tenía periódico propio, como tampoco tenía política propia. Como siempre, durante los grandes acontecimientos históricos, Mártov se desconcertaba y se perdía en el vacío. Lo mismo en 1917 que en 1905, la revolución apenas se apercibió de que existía este hombre preeminente.

Casi automáticamente, fue nombrado presidente del soviet de Petrogrado y luego del Comité Central Ejecutivo, el que lo era de la fracción menchevique de la Duma, Cheidse, quien en el cumplimiento de su deberes se esforzaba en poner a contribución todas las reservas de su inteligencia, cubriendo su constante falta de confianza en sí mismo con chanzas superficiales. La Georgia montañosa, país del sol, de los viñedos, de los campesinos y de los pequeños aristócratas, con un reducido tanto por ciento de obreros, había ido formando un amplio sector de intelectuales de izquierda, ágiles, con temperamento, pero que en su aplastante mayoría no se habían remontado sobre el horizonte pequeño burgués. Georgia envió diputados mencheviques a las cuatro Dumas, y en las cuatro fracciones sus diputados desempeñaron el papel de prohombres. Georgia se convirtió en la Gironda de la revolución rusa. A los girondinos del siglo XVIII se les acusaba de federalismo; los girondinos de Georgia, empezando por la defensa de la Rusia una e indivisible, acabaron en el separatismo.

La figura más preeminente de la Gironda georgiana era, indudablemente, el ex diputado de la segunda Duma, Tsereteli, que, inmediatamente de regresar de la deportación, se puso al frente no sólo de los mencheviques, sino de toda la mayoría soviética de aquel entonces. Tsereteli, que no era un teórico, ni siquiera un periodista, pero sí un orador eminente, era un radical de tipo meridional francés, que hubiera vivido como el pez en el agua en un régimen de rutina parlamentaria. Pero había nacido en una época revolucionaria y en su juventud se había intoxicado con una dosis de marxismo. Desde luego, de todos los mencheviques era el que manifestaba un mayor empuje frente a la marcha de la revolución y una tendencia mayor a atar los cabos. Precisamente por eso contribuyó más que otros al fracaso del régimen de Febrero. Cheidse se sometía por entero a Tsereteli, aunque había momentos en que le asustaba su rectilínea lógica doctrinaria, que tanto acercaba al presidiario revolucionario de ayer a los representantes conservadores de la burguesía.

El menchevique Skobelev, que debía su popularidad a su condición de diputado de la última Duma, producía, y no sólo por su aspecto juvenil exterior, la impresión de un estudiante que desempeñara el papel de hombre de Estado en una representación familiar. Skobelev se especializó en la represión de los «excesos», en la liquidación de los conflictos locales y, en general, en la labor de ir tapando los agujeros del poder dual, hasta que fue incluido en el gobierno de coalición de mayo con el desventurado papel de ministro del Trabajo.

La figura más influyente entre los mencheviques era Dan, viejo militante del partido, considerado siempre como la segunda figura después de Mártov. Si el menchevismo estaba impregnado de las costumbres y el espíritu de la socialdemocracia alemana de la época de la decadencia, Dan parecía sencillamente un miembro del Comité del partido alemán, algo así como un Ebert de menos categoría. Un año después, el Dan alemán practicaba con éxito, en su país, la política que pretendiera practicar, con poca fortuna, el Ebert ruso. Pero las causas del éxito de aquél y del fracaso de éste, no deben buscarse en las personas, sino en las circunstancias.

Si en la orquesta de la mayoría del soviet Tsereteli llevaba la batuta, Liber tocaba el clarinete con toda la fuerza de sus pulmones y los ojos inyectados de sangre. Liber era un menchevique de la Unión Obrera judía (Bund), con un pasado revolucionario, hombre sincero, de gran temperamento, muy elocuente, muy limitado y que se desvivía por aparecer como un patriota inflexible y un hombre de Estado férreo. Profesaba un odio mortal a los bolcheviques.

La falange de los líderes mencheviques puede cerrarse con el ex bolchevique de la extrema izquierda Voitinski, figura prestigiosa de la primera revolución, condenado a trabajos forzados y que en marzo rompió con el partido, con motivo de su actitud patriótica. Al afiliarse a los mencheviques, Voitinski se convirtió, como era de rigor, en un tragabolcheviques profesional. No le faltaba más que el temperamento para igualar a Liber en su furor contra sus ex correligionarios.

El Estado Mayor de los narodniki era tan poco homogéneo como el de los mencheviques, pero mucho menos valioso y relevante. Los llamados socialistas populares, que constituían la extrema derecha, estaban capitaneados por el viejo emigrante Chaikovski, que igualaba a Plejánov por su chauvinismo, pero sin tener ni su talento ni su pasado. A su lado se hallaba la anciana Brechskovskay, a quien los socialrevolucionarios llamaba «la abuela de la revolución rusa», y que aspiraba celosamente a convertirse en la madrina de la contrarrevolución. El anarquista Kropotkin, anciano ya y que en su juventud había tenido una cierta debilidad por los narodniki, se aprovechó de la guerra para desautorizar lo que había enseñado en el transcurso de casi medio siglo: el negador del Estado se convirtió en un entusiasta abogado de la Entente, y si combatía el poder dual ruso no era precisamente en nombre de la anarquía, sino reclamando todos los poderes para la burguesía. Pero estos ancianos representaban un papel más bien decorativo, si bien corriendo el tiempo, durante la guerra contra los bolcheviques, Chaikovski había de acaudillar uno de los gobiernos blancos sostenidos por Churchill.

Ocupaba el primer lugar entre los socialrevolucionarios Kerenski, hombre que carecía totalmente de pasado como militante del partido. En nuestra exposición tropezaremos más de una vez con esta figura providencial, cuya fuerza e el período de la dualidad de poderes consistía en personificar las debilidades del liberalismo aliadas con las de la democracia. Su incorporación formal al partido de los socialrevolucionarios no hizo variar la actitud despectiva de Kerenski con respecto a todos los partidos: Kerenski se consideraba el elegido directo de la nación. No olvidamos que también el partido había dejado de ser, en aquellas horas, un partido, para convertirse en un grandioso cero nacional, que encontró su jefe adecuado en Kerenski.

Chernov, futuro ministro de Agricultura y luego presidente de la Asamblea constituyente, era, indudablemente, la figura más representativa del viejo partido socialrevolucionario y no en balde se le consideraba como su inspirador, teórico y jefe. Hombre de conocimientos considerables, pero no articulados en unidad, leído más que ilustrado, Chernov tenía siempre a mano una serie inacabable de extractos, adaptables a cada caso, que tuvieran impresionada durante mucho tiempo la imaginación rusa, sin enseñarle gran cosa. Sólo había una cuestión para la que este jefe elocuente no tenía respuesta: a quién conducía y a dónde. Las fórmulas eclécticas de Chernov, sazonadas con moralejas y poesías, congregaron durante algún tiempo a un público heterogéneo, que en los momentos críticos vacilaba siempre entre los distintos derroteros. Se explica que Chernov opusiera sus métodos de formación de un partido al «sectarismo» de un Lenin.

Chernov llegó del extranjero cinco días después de Lenin: Inglaterra, después de muchas vacilaciones, le dejó atravesar por sus dominios. A los numerosos saludos con que fue recibido el Soviet, el jefe del mayor partido contestó con un extenso discurso, a propósito del cual Sujánov, que era socialrevolucionario a medias, se expresa así: «No sólo yo, sino muchos otros patriotas del partido socialrevolucionario, arrugaban el ceño y meneaban la cabeza, viendo el modo cómo hablaba, su extraña afectación declamando sin fin, con los ojos en blanco y sin decir nada concreto.» Toda la actuación de Chernov durante la revolución había de desenvolverse a tono con su primer discurso. Después de algunas tentativas para oponerse desde la izquierda a Kerenski y Tsereteli, Chernov, cohibido por todas partes, se rindió a discreción, se curó de su zimmerwaldismo de emigrado y entró en la Comisión de enlace, y más tarde en el gobierno de coalición. Nada de lo que hacía caía bien. En vista de esto, decidió adoptar una actitud inhibitoria. La abstención a la hora de votar se convirtió para él en la fórmula de su existencia política. Su prestigio, durante el período que va de abril a octubre, fue derritiéndose aún más rápidamente que las filas de su partido. A pesar de las diferencias que mediaban entre Chernov y Kerenski, que se odiaban mutuamente, ambos tenían sus raíces en el pasado prerrevolucioario, en la fragilidad de la vieja sociedad rusa, en aquella intelectualidad insulsa y pretenciosa que ardía en deseos de ilustrar, tutelar y proteger a las masas populares, pero que era absolutamente incapaz de percibir sus sentimientos, de comprenderlos y de aprender de ellos, y sin la cual no cabe verdadera política revolucionaria.

Avksentiev, exaltado por el partido a los puestos más elevados de la revolución -presidente del Comité ejecutivo de los diputados campesinos, ministro del Interior, presidente del Preparlamento-, representaba ya una verdadera caricatura de político: todo lo que se puede decir de él es que era un seductor maestro de gramática en el Instituto femenino de Orel. Verdad es que su actuación política era mucho peor intencionada que su persona.

Gotz desempeñó, aunque entre bastidores, un gran papel en la fracción de los socialrevolucionarios y en el núcleo dirigente del Soviet. Terrorista, perteneciente a una conocida familia revolucionaria, Gotz era menos pretencioso y más práctico que sus amigos políticos más cercanos, pero en su calidad de «práctico» se limitaba a las cuestiones de cocina, cediendo a los demás los grandes problemas. Hay que añadir, además, que no era ni orador ni escritor, y que su principal recurso era su prestigio personal, adquirido a costa de varios años de trabajos forzados.

Y con esto, quedan nombrados ya, en sustancia, todos los elementos dignos de ser mencionados entre los dirigentes narodniki. Les siguen figuras ya completamente fortuitas, como Filipovski, de quien nadie podía explicarse por qué se había elevado hasta las cimas mismas del Olimpo de Febrero; suponemos que desempeñaría un papel decisivo en esta carrera su uniforme de oficial de Marina.

Al lado de los jefes oficiales de los dos partidos dominantes en el Comité ejecutivo, había no pocos elementos aislados, que habían participado en los orígenes del movimiento en sus distintas etapas, hombres que mucho ante de la revolución se habían apartado de la lucha y que ahora después de volver precipitadamente a ella bajo las banderas de la revolución triunfante, no se apresuraban a someterse al yugo de ningún partido. En todas las cuestiones fundamentales, estos elementos seguían a la mayoría del Soviet. En los primeros tiempos desempeñaban incluso el papel directivo. Pero a medida que iban llegando del destierro y de la emigración los jefes oficiales, los sin partido quedaban relegados a segundo término; la política tomaba formas más definidas y los partidos iban recobrando sus derechos.

Los adversarios reaccionarios del Comité ejecutivo hicieron resaltar más de una vez, andando el tiempo, el hecho de que formaran parte de él muchos elementos racialmente alógenos: judíos, georgianos, letones, polacos, etc. Si bien en proporción con el total de los miembros del Comité ejecutivo estos elementos ocupaban un lugar preeminente en la Mesa, en las comisiones políticas, entre los ponentes, etc. Y como quiera que los intelectuales de las nacionalidades oprimidas, concentrados principalmente en las ciudades, llenaban abundantemente las filas revolucionarias, no tiene nada de sorprendente que la cifra de estos elementos fuera bastante considerable entre la vieja generación de red de revolucionarios. Su experiencia, aunque no siempre fuera de elevada calidad, les hacía insustituibles en el momento de elaborar nuevas formas sociales. Sin embargo, es completamente absurdo querer presentar la política de los soviets y la marcha de la revolución como un resultado de la invasión de estos elementos. Aquí, el nacionalismo pone de manifiesto una vez más su desprecio por la verdadera nación, es decir, por el pueblo, presentándole, en el período de su gran despertar nacional, como un simple instrumento en manos extrañas y advenedizas. ¿Por qué y cómo estos elementos extraños a la raza obtuvieron una fuerza tan milagrosa sobre millones de hombres? En realidad, lo que ocurre es que, en momentos de gran transformación histórica, la gran masa de la nación pone, a veces, a su servicio a los elementos que ayer eran todavía oprimidos, y que por esta razón se muestran más dispuestos a dar expresión a los nuevos fines. No es que los pueblos racialmente extraños conduzcan la revolución; lo que ocurre es que la revolución nacional se aprovecha de ellos. Así sucedió incluso durante las grandes reformas implantadas desde arriba. La política de Pedro I no dejó de ser nacional cuando, desviándose de su antiguo camino, puso a su servicio a los elementos alógenos y a los extranjeros. Los artífices del barrio alemán y los constructores holandeses de buques expresaban mejor, en aquel período, las necesidades del desarrollo nacional de Rusia que los popes rusos, descendientes no pocas veces de Grecia, o los boyardos moscovitas que se lamentaban tanto de la invasión de extranjeros, aunque ellos mismos descendiesen de los extranjeros que formaran el Estado ruso. En todo caso, la intelectualidad alógena de 1917 se enrolaba en los mismos partidos que la rusa, adolecía de los mismos defectos y cometía los mismos errores, con la particularidad de que los elementos racialmente extraños de los medios mencheviques y socialrevolucionarios, se distinguían por un celo especial, en lo que se refería a la defensa y a la unidad de Rusia.

Ésta era la faz que presentaba el Comité ejecutivo, órgano supremo de la democracia. Dos partidos que habían perdido las ilusiones, pero que conservaban los prejuicios, con un estado mayor de jefes incapaces de pasar de las palabras a los hechos. Veíanse colocados al frente de una revolución llamada a romper cadenas centenarias y a echar los cimientos de una nueva sociedad. Toda la actuación de los colaboracionistas fue una serie de contradicciones dolorosas, que dejaron exhaustas a las masas populares y prepararon las convulsiones de la guerra civil.

Los obreros, los soldados y los campesinos tomaban las cosas en serio y entendían que los soviets creados por ellos debían emprender inmediatamente la extirpación de las calamidades que habían engendrado la revolución. Todos acudían a los soviets. ¿Y quién no tenía algo de qué lamentarse? Todo el mundo exigía decisiones rápidas, confiaba en la ayuda, confiaba en la justicia, insistía en la revancha. Los oprimidos daban por sentado que el poder enemigo había sido reemplazado, al fin, por el suyo propio. El pueblo tiene confianza en el Soviet, está armado; por lo tanto, el Soviet es el poder. Así lo creían, y ¿acaso no tenían razón para creerlo? Una avalancha constante de soldados, de obreros, de mujeres de soldados, de pequeños vendedores, de empleados, de madres, de padres, abría y cerraba las puertas, buscaba, preguntaba, lloraba, exigía, obligaba a tomar medidas, a veces indicaba con precisión qué medidas debían tomarse y erigía, efectivamente, al Soviet en un poder revolucionario. «Esto no redundaba en provecho del Soviet, y no entraba, desde luego, en los planes del mismo», se lamentaba nuestro conocido Sujánov, que, como es natural, luchaba contra todo esto en la medida de sus fuerzas. ¿Con qué resultado? Sujánov se ve obligado a reconocer que «el aparato soviético fue desplazando automáticamente, contra la voluntad del soviet, a la máquina oficial del Estado, la cual funcionaba cada vez más en el vacío». ¿Qué hacían para evitarlo los doctrinarios de la capitulación, los conductores de esa máquina que funcionaba en el vacío? «No había más remedio que conformarse y hacerse cargo de toda una serie de funciones administrativas -reconoce melancólicamente Sujánov-, sosteniendo al mismo tiempo la ficción de que era el palacio de Marinski el que gobernaba.» He aquí a lo que se dedicaba aquella gente, en un país arruinado, sobre el que ardían las llamaradas de la guerra y de la revolución: salvaguardar con medias carnavalescas el prestigio de un gobierno que el pueblo rechazaba orgánicamente. ¡Que se hunda la revolución, pero que se salve la ficción! Al mismo tiempo, el poder que aquella gente expulsaba por la puerta volvía a entrar por la ventana, cogiéndolos cada vez más desprevenidos y colocándolos en una situación ridícula e indecorosa.

Ya en la noche del 28 de febrero, el Comité ejecutivo suprimió la prensa monárquica y no dejó publicarse más periódicos que los autorizados. Se levantaron numerosas protestas. Los que más alzaban la voz eran los que estaban acostumbrados a cerrar la boca a todo el mundo. Unos días después, el Comité ejecutivo hubo de plantear nuevamente la cuestión de la libertad de prensa: ¿Autorizaba o no la salida de los periódicos reaccionarios? Surgieron discrepancias de criterio. Los doctrinarios tipo Sujánov sostenían el de la absoluta libertad de prensa. Cheidse, en un principio, no se mostró de acuerdo con esto: ¿Cómo se iban a dejar las armas en manos de los enemigos mortales sin ninguna traba? Digamos de paso qu a nadie se le ocurrió someter la cuestión al gobierno. Y se comprende, pues hubiera sido inútil: los tipógrafos no acataban más disposiciones que las del Soviet. El 5 de marzo, el Comité ejecutivo confirmó el acuerdo: clausurar las publicaciones de derecha y someter al Soviet la salida de nuevos periódicos. Pero ya el día 10 esta decisión fue anulada bajo la presión de los elementos burgueses. «Bastaron tres días para que la gente entrara en razón», decía Sujánov, triunfante. ¡Entusiasmo infundado! La prensa no está por encima de la sociedad. Las condiciones de su existencia durante la revolución reflejan la marcha misma de ésta. Cuando la revolución toma o puede tomar el carácter de guerra civil, ninguno de los campos beligerantes admite la existencia de prensa enemiga en la órbita de su influencia, de la misma manera que no se desprende voluntariamente del control sobre los arsenales, los ferrocarriles o las imprentas. En la lucha revolucionaria, la prensa no es más que una de tantas armas. Por lo menos, el derecho a la palabra no es más respetable que el derecho a la vida, que la revolución se arroga también. Puede afirmarse como ley que un gobierno revolucionario es tanto más liberal, tolerante y «generoso» con la reacción, cuanto más mezquino es su programa, cuanto más enlazado se halla con el pasado y más conservador es su papel. Y a la inversa: cuanto más grandiosos son los fines y mayor la suma de derechos conquistados e intereses lesionados, más intenso es el poder revolucionario y más dictatorial. Podrá ser esto un mal o un bien; el hecho es que si hasta ahora la humanidad ha conseguido avanzar, ha sido siguiendo este camino. El Soviet tenía razón cuando quería mantener en sus manos el control sobre la prensa. ¿Por qué renunció tan fácilmente a ejercerlo? Porque había renunciado a toda lucha seria. El Soviet no aludía para nada a la paz, ni a la tierra, ni siquiera a la república. Cuando entregó el poder a la burguesía conservadora no tenía motivos para temer nada de la prensa de derechas ni para pensar que se vería en el trance de luchar contra ella. En cambio, pocos meses después, el gobierno, apoyado por el Soviet, adoptaba una actitud de implacable represión contra la prensa de izquierdas. Los periódicos de los bolcheviques veíanse suspendidos, sin empacho, uno tras otro.

El 7 de marzo declama en Moscú Kerenski: «Nicolás II está en mis manos... Yo no seré nunca el Marat de la revolución rusa... Nicolás II se dirige a Inglaterra bajo mi vigilancia personal»... Las damas arrojaban flores, los estudiantes aplaudían. Pero las masas se agitaban. No se había visto nunca una revolución sería, e decir, que tuviera algo que perder, que mandara al extranjero al monarca destronado. De los obreros y soldados llegaban reclamaciones constantes pidiendo que se detuviese a los Romanov. El Comité ejecutivo tuvo la sensación de que en este asunto no se podía andar con bromas. Se decidió que el Soviet tomara en sus manos la suerte de la familia real: con ello, se reconocía abiertamente que el gobierno no era digno de confianza. El Comité ejecutivo dio a todas las líneas férreas orden de que no se dejase pasar a Romanov: he aquí por qué el tren del zar andaba errante de un lado para otro. Fue designado para proceder a la detención de Nicolás uno de los miembros del Comité ejecutivo, el obrero Gvozdiov, menchevique de derecha. De este modo quedaba desautorizado Kerensky, y con él todo el gobierno. Pero éste no dimitió, sino que se sometió calladamente. Y el 9 de marzo, Cheidse informaba al Comité ejecutivo que el gobierno había «renunciado» a la idea de trasladar a Nicolás II a Inglaterra. La familia del zar fue arrestada en el Palacio de Invierno. Con esto, el Comité ejecutivo se robaba a sí mismo el poder de debajo de la almohada. Y del frente no cesaban de llegar peticiones cada vez más insistentes para que se recluyese al ex zar en la fortaleza de Pedro y Pablo.

Las revoluciones han señalado siempre transformaciones profundas en el régimen de la propiedad, no sólo por la vía legislativa, sino también por la de la acción espontánea de las masas. La revoluciones agrarias no se han producido nunca de otro modo en la historia, las reformas legales han venido siempre, invariablemente, después del «gallo rojo». En las ciudades, el margen de expropiaciones espontáneas ha sido siempre menor, las revoluciones burguesas no se proponían conmover las bases de la propiedad burguesa. Pero no ha habido aún, que sepamos, ninguna verdadera revolución en la cual las masas no se apoderaran de los edificios pertenecientes antes a los enemigos del pueblo, para ponerlos al servicio de las necesidades sociales. Inmediatamente después de la revolución de Febrero, salieron de la clandestinidad los partidos, surgieron los sindicatos, por todas partes se celebraban mítines, todas las barriadas tenían sus soviets; todo el mundo tenía necesidad de locales. Las organizaciones se apoderaban de las villas deshabitadas de los ministros o de los palacios vacíos de las bailarinas del zar. Los perjudicados se quejaban a las autoridades, cuando no intervenían éstas espontáneamente. Pero como los expropiadores eran, en rigor, los dueños del poder, y el poder oficial era un fantasma, los fiscales se veían, en fin de cuentas, obligados a dirigirse al mismo Comité ejecutivo, con la demanda de que se restablecieran los derechos atropellados de las bailarinas, cuyas funciones, poco complicadas, eran pagadas con el dinero del pueblo por los miembros de la dinastía. Como era de rigor, se ponía en movimiento a la Comisión de enlace, los ministros trataban el asunto en sus sesiones, la mesa del Comité ejecutivo deliberaba asimismo acerca de él, se enviaban delegaciones a parlamentar con los expropiadores y la tramitación duraba meses enteros.

Sujánov dice que, en su calidad de hombre de «izquierdas», no tenía nada que oponer a las intromisiones legales de carácter radical en el derecho de propiedad pero que, en cambio, era «enemigo» declarado de toda «expropiación espontánea». He aquí los subterfugios con que estos seudo izquierdistas acostumbraban a cubrir su bancarrota. Un gobierno verdaderamente revolucionario hubiera podido, indudablemente, reducir al mínimo las expropiaciones caóticas mediante la publicación oportuna de un decreto sobre la requisa de los locales. Pero los colaboracionistas de izquierda habían cedido el poder a los fanáticos de la propiedad para después predicar vanamente a las masas el respeto a la legalidad revolucionaria... al aire libre. El clima de Petrogrado es poco favorable al peripatetismo.

Las colas, estacionadas a las puertas de las panaderías, dieron el último impulso a la revolución y fueron la primera amenaza para el nuevo régimen. Ya en la asamblea de constitución del Soviet se decidió crear una Comisión de subsistencias. El gobierno se preocupaba poco del abastecimiento de la población de la capital y no hubiera tenido inconveniente alguno en rendirla por el hambre. Era, pues, misión del Soviet ocuparse de ello. El Soviet disponía de economistas y estadistas con cierta práctica, que habían servido antes en los órganos económicos y administrativos de la burguesía. Tratábase, en la mayoría de los casos, de mencheviques de derecha, como Groman y Cherevanin, o de los ex bolcheviques que habían evolucionado muy a la derecha, como Bazarov y Avilov. Pero, tan pronto como se vieron frente a frente con el problema de abastecer la capital, la situación les obligó a proponer medidas extremadamente radicales para poner coto a la especulación y organizar el mercado. Después de una serie de sesiones, el soviet adoptó todo un sistema de medida de «socialismo de guerra», que comprendían la requisa de todas las reservas de trigo, proporcionados a los que se establecían para los productos de la industria, el control del Estado sobre la producción, el intercambio regular de mercancías con el campo, etc. Los jefes del Comité ejecutivo se miraban unos a otros inquietos; pero como no sabían que proponer, no tuvieron más remedio que adherirse a aquellos acuerdos radicales. Los miembros de la Comisión de enlace los transmitieron luego tímidamente al gobierno. Este prometió estudiarlos. pero ni el príncipe Lvov, ni Guchkov, ni Konovalov, tenían muchas ganas de fiscalizarse y requisarse a sí mismos y a sus amigos. Todos los acuerdos económicos del Soviet amenazaban estrellarse contra la resistencia pasiva del aparato burocrático si no se llevaban a la práctica por los propios soviets locales. La única medida eficiente que impuso el Soviet de Petrogrado, en lo que a subsistencias se refiere, fue el establecimiento de una ración de tasa para el pan: libra y media para las personas dedicadas al trabajo físico y una libra para las demás. Cierto es que este racionamiento no determina todavía modificaciones en el presupuesto real de alimentos de la capital: con libra o libra y media de pan se puede vivir. La insuficiencia diaria en la alimentación vendrá más tarde. La revolución tendrá que apretarse cada vez más el cinturón sobre el vientre, no por meses, sino por años enteros, y la revolución soportará también esa prueba. Ahora, lo que la atormenta no es aún el hambre, sino lo desconocido, la incertidumbre del giro tomado, la desconfianza en el mañana. Las dificultades económicas, agudizadas por treinta y dos meses de guerra, llaman a las puertas y a las ventanas del nuevo régimen. La desorganización de los transportes, la escasez de materias primas, el desgaste de una parte considerable del instrumental, la inflación inminente, la desorganización del comercio: todo esto exige medidas audaces e inaplazables. Los colaboracionistas, que comprendían su necesidad desde el punto de vista económico, las hacían imposibles en el terreno político. Cada problema económico con que tropezaban se convertía en la condenación de la dualidad de poderes, y cada decisión que se veían obligados a tomar, les quemaba los dedos de un modo insoportable.

La jornada de ocho horas fue una gran piedra de toque, el gran problema que sirvió para poner las fuerzas a prueba. La insurrección ha triunfado, pero la huelga general continúa. Los obreros están seriamente convencidos de que el cambio de régimen debe traducirse en alguna modificación favorable de su modo de vida. Esto inquieta inmediatamente a los nuevos gobernantes, tanto liberales como socialistas. Los partidos y periódicos patrióticos lanzan su llamamiento: «¡Los soldados, a los cuarteles; los obreros, a las fábricas!» Es decir, «¿que todo sigue como antes?», se preguntaban los obreros. Por el momento, sí; contestan, confusos, los mencheviques. Pero los obreros comprenden que si no arrancan modificaciones inmediatas, en lo sucesivo será todavía peor. La burguesía confía a los socialistas la misión de arreglar las cosas con los obreros. Fundándose en que el triunfo obtenido «ha garantizado en grado suficiente la posición de la clase obrera en su lucha revolucionaria» -en efecto, ¿acaso no están en el poder los terratenientes liberales?-, el 5 de marzo el Comité ejecutivo decide reanudar el trabajo en la región de Petrogrado. Los obreros, a las fábricas: tal es la fuerza del egoísmo blindado de las clases ilustradas, lo mismo los liberales que sus socialistas. Por lo visto, esta gente se imaginaba que aquellos millones de obreros y soldados arrastrados a la insurrección por la presión irresistible del descontento y de la esperanza, se reconciliarían sumisamente al día siguiente del triunfo con las mismas condiciones de vida de antes. Los caudillos habían sacado de los libros históricos la convicción de que así había acontecido en las revoluciones pasadas. Pero no; tampoco en el pasado aconteció nunca así. Para tratar a las masas como a un rebaño, también en tiempos pasados había que recurrir a caminos sinuosos, a toda una red de derrotas y astucias. Marat sentía muy agudamente el cruel reverso social de las revoluciones políticas. Por esto lo calumnian tanto los historiadores oficiales. «La revolución sólo se realiza y es apoyada por las clases inferiores de la sociedad, por todos esos desheredados a quienes la riqueza insolente trata como a canallas, y a los cuales los romanos, con su cinismo proverbial, llamaron proletarios», escribe un mes antes del golpe de 10 de agosto de 1792. Y se pregunta: «¿Qué da la revolución a los desheredados? Después de haber alcanzado, en un principio, ciertos éxitos, el movimiento resulta, a la postre, vencido; le faltan siempre conocimientos, habilidad, medios, armas, jefes, un plan de acción fijo, y cae, indefenso, ante los conspiradores, que disponen de experiencia, habilidad y astucia.» Se explica perfectamente que Kerenski no quisiera ser el Marat de la revolución rusa.

Uno de los antiguos capitanes de la industria rusa, V. Auerbach, cuenta, indignado, que «el pueblo creía que la revolución era algo así como una fiesta: a la sirvienta, por ejemplo, no se la veía durante días enteros; se paseaba por las calles, adornada con cintas rojas, recorría la ciudad en automóvil y sólo volvía a casa por la mañana, para lavarse y echarse otra vez a la calle». Es curioso que, en su afán por presentar la acción desmoralizadora de la revolución, el acusador de ésta se vea obligado a pintar la conducta de la sirvienta exactamente con los mismos rasgos que, si se exceptúa la cinta roja, reproducen al pie de la letra la vida habitual de las patricias burguesas. Sí, es verdad; la revolución es celebrada por los oprimidos como una fiesta, o como la vigilia de una fiesta, y el primer movimiento de las esclavas domésticas, despertadas por la revolución, consiste en aflojar el yugo de la esclavitud humillante y desesperanza de cada día. La clase obrera, en su conjunto no podía ni quería contentarse con las cintitas rojas como símbolo del triunfo... para otros. En las fábricas de Petrogrado reinaba la agitación. Muchas se negaron abiertamente a someterse a la orden dada por el Soviet. Los obreros estaban siempre dispuestos, naturalmente, a volver a la fábrica, pues, ¡qué otro remedio tenían! Pero ¿en qué condiciones? Los trabajadores exigían la jornada de ocho horas. Los mencheviques recordaban el ejemplo de 1905, durante los cuales los obreros intentaron implantar la jornada de ocho horas por iniciativa propia y fueron derrotados. «La lucha en dos frente -contra la reacción y contra los capitalistas- rebasa las fuerzas del proletariado.» Ésta era su idea central. Los mencheviques inclinábanse a aceptar, en general, la ruptura fatal con la burguesía en un futuro próximo. Pero esta persuasión, puramente teórica, no obligaba a nada. Los mencheviques entendían que no había que forzar la ruptura. Y como quiera que la burguesía no se pasa, precisamente, al campo de la reacción obligada por las frase inflamadas de los oradores y periodistas, sino presionada por el movimiento espontáneo de las clases trabajadoras, los mencheviques se oponían con todas sus fuerzas a la lucha económica de los obreros y campesinos. «Las cuestiones sociales -decían- no son, actualmente, las primordiales. Ahora, por lo que hay que luchar es por la libertad política.» Pero los obreros no acertaban a comprender en qué consistía esa mítica libertad. Ellos querían, ante todo, un poco de libertad para sus músculos, y sus nervios y ejercían presión sobre los patronos. ¡Qué ironía! Precisamente el 10 de marzo, cuando el órgano menchevique decía que la jornada de ocho horas no estaba a la orden del día, la Asociación de Fabricantes, que la víspera se había visto obligada a entablar relaciones oficiales con el Soviet, manifestaba su conformidad con la implantación de la jornada de ocho horas y la organización de Comités de fábrica. Los industriales demostraban mucha más perspicacia que los estrategas democráticos del Soviet. La cosa no tiene nada de sorprendente: en las fábricas, los patronos se veían frente a frente con los obreros, que en la mitad, por lo menos, de los establecimientos petersburgueses, entre los que figuraban la mayoría de los más importantes, habían abandonado unánimemente las fábricas después de las ocho horas de trabajo, tomándose así ellos mismos lo que les negaba el gobierno y el Soviet.

Cuando la prensa liberal, enternecida, comparaba el gesto de los industriales rusos del 10 de marzo de 1917 con el de la nobleza francesa, el 4 de agosto de 1789, se hallaba mucho más cerca de la verdad histórica de lo que ella misma se imaginaba: al igual que los señores feudales de fines de siglo XVIII, los capitalistas rusos obraban impulsados por la necesidad y confiando en asegurarse para lo futuro, con esta concesión temporal, la restitución de lo perdido. Uno de los publicistas kadetes, saltando por encima de la mentira oficial, reconocía abiertamente: «Desgraciadamente para los mencheviques, los bolchevique han obligado ya por el terror a la Asociación de Fabricantes a acceder a la implantación inmediata de la jornada de ocho horas.» Ya sabemos en qué consistía tal «terror». Indudablemente, los obreros bolcheviques llevaban en este movimiento una parte preeminente, y otra vez, como en los días decisivos de febrero, arrastraban consigo a la aplastante mayoría de los trabajadores.

El Soviet, dirigido por los mencheviques, registró con mezclados sentimientos la grandiosa victoria obtenida en rigor contra él. Sin embargo, los caudillos, cubiertos de oprobio, se vieron obligados a dar otro paso al frente y proponer al gobierno provisional que publicara, antes de la Asamblea constituyente, un decreto implantando en toda Rusia la jornada de ocho horas. Pero el gobierno, de acuerdo con los patronos, se opuso a ello, y, esperando días mejores, se negó a dar satisfacción a este deseo, que le había sido formulado sin insistencia alguna.

En la región de Moscú se entabló la misma lucha, aunque tomó un carácter más prolongado. El Soviet, a pesar de la resistencia de los obreros, exigió también en Moscú la reanudación del trabajo. En una de las fábricas más importantes, la propuesta de continuación de la huelga obtuvo siete mil votos contra seis mil. De modo parecido reaccionaron también las demás fábricas. El 10 de marzo, el Soviet confirmó nuevamente la obligación de volver inmediatamente al trabajo. Éste se reanudó en la mayoría que las fábricas, pero casi en todas ellas se luchó por la reducción de la jornada. Los obreros les enmendaban la plana a sus directores con la acción. El Soviet de Moscú, que había resistido tenazmente, no tuvo más remedio al fin que implantar formalmente, el día 21 de marzo, la jornada de ocho horas. Los industriales se sometieron inmediatamente. En provincias, la lucha continuó durante el mes de abril. En un principio, los soviets contenían, casi en todas partes el movimiento y resistían contra él; luego, bajo la presión de los obreros, entablaban negociaciones con los patronos, y allí donde éstos se mostraban reacios, se veían obligados a decretar la jornada de ocho horas por su propia cuenta. ¡Qué brecha en el sistema!

El gobierno se mantenía deliberadamente al margen de estas luchas. Entre tanto, se libraba una furiosa campaña contra los obreros bajo la dirección de los líderes liberales. Para quebrantar la resistencia de los trabajadores, se decidió colocar enfrente de ellos a los soldados. La reducción de la jornada de trabajo, se decía, implica el debilitamiento del rente. ¿Es que durante la guerra puede nadie pensar exclusivamente en sí mismo? ¿Es que en las trincheras cuentan los soldados el número de horas? Cuando las clases poseedoras abrazan el camino de la demagogia, no se detienen ante nada. La agitación tomó un carácter furioso y fue transplantada a las trincheras. En sus Memorias del frente, el soldado Pireiko reconoce que la campaña de propaganda, que corría principalmente a cargo de los socialistas de nuevo cuño procedentes de la oficialidad, no dejaba de tener cierto éxito. «Pero lo que perdía a los oficiales que intentaban enfrentar a los soldados con los obreros era precisamente eso: el ser oficiales. El soldado se acordaba demasiado bien de lo que el oficial era para él no hacía mucho.» Sin embargo, donde la campaña contra los obreros tomó un carácter más agudo fue en la capital. Los industriales, acaudillados por el estado mayor kadete, supieron encontrar recursos y fuerzas ilimitadas para hacer propaganda entre la guarnición. «Allá por el 20 -cuenta Sujánov-, en todas las encrucijadas,en los tranvías, en todas partes, se podía ver a los soldados y obreros entregados a una furiosa lucha verbal.» Había incluso casos de colisiones físicas. Los obreros comprendieron el peligro y le cerraron el paso hábilmente. Para ello le bastaba contar la verdad, citar las cifras de los beneficios de guerra, mostrar a los soldados las fábricas y los talleres con el estruendo de las máquinas, las llamas infernales de los hornos, aquel frente permanente obrero que les costaba víctimas incontables. Por iniciativa de los obreros, se organizaron visitas regulares de los soldados a las fábricas, sobre todo, a las que trabajaban para la defensa. El soldado miraba y escuchaba; el obrero enseñaba y explicaba. Las visitas terminaban con una fraternización solemne. Los periódicos socialistas publicaban numerosos acuerdos de los regimientos solidarizándose inquebrantablemente con los obreros. A mediados de abril, el tema que había dado origen al conflicto desapareció de las columnas de la prensa. Los periódicos burgueses enmudecieron. Y los obreros coronaban su victoria económica con un gran triunfo político y moral.

Los acontecimientos relacionados con la lucha por la jornada de ocho horas tuvieron gran importancia para el desarrollo ulterior de la revolución. Los obreros conquistaron unas cuantas horas libres semanales para la lectura, las asambleas y, asimismo, para los ejercicios de fusil, que tomaron un carácter organizado desde la creación de las milicias obreras. Después de tan elocuente lección, los obreros empezaban a vigilar más de cerca a los dirigentes soviéticos. El prestigio de los mencheviques disminuyó seriamente. Los bolcheviques se reforzaron en las fábricas y en algunos cuarteles. El soldado se hizo más atento, más reflexivo, más prudente, comprendiendo que alguien vigilaba por él. El designio pérfido de la demagogia se volvió contra sus instigadores. En vez del divorcio y la hostilidad que buscaba consiguió sellar una inteligencia mucho más estrecha y fraternal entre los obreros y los soldados.

El gobierno, a pesar del idilio del «enlace», odiaba al Soviet, a sus jefes y a su tutela, como lo puso de manifiesto en la primera ocasión que se le presentó. Como quiera que el Soviet realizaba funciones puramente gubernamentales y, además, se encargaba, a instancia del propio gobierno, de apaciguar a las masas cuando era necesario, el Comité ejecutivo solicitó que se le concediera una modesta subvención para sus gastos. El gobierno se negó a ello y, a pesar de las insistencias del Soviet, mantuvo su punto de vista: no se podía sostener con recursos del Estado una «organización puramente particular». El Soviet se calló y las cargas de su presupuesto fueron a pesar sobre los hombros de los obreros, los cuales no se cansaban de hacer colectas destinadas a atender las necesidades de la revolución.

Al propio tiempo, las dos partes, los liberales y los socialistas, mantenían la apariencia de un afecto recíproco sin tacha. En la conferencia panrusa de los Soviets se declaró que la existencia de la dualidad de poderes era una invención. Kerenski aseguró a los delegados del ejército que en lo que se refería a los fines perseguidos existía una completa unidad entre el gobierno y el Soviet. Tsereteli, Dan y otras firmes columnas del Soviet, negaron, con no menos tenacidad, la existencia del doble poder. Por lo visto, aspiraban a reforzar un régimen fundado en la mentira, valiéndose de ésta.

Sin embargo, el régimen se tambaleó desde las primeras semanas. Los líderes se dedicaban incansablemente a hacer todas las combinaciones imaginables en el terreno de la organización, esforzábanse en apoyarse en representantes ocasionales contra las masas: en los soldados contra los obreros; en las Dumas, los zemstvos y las cooperativas nuevas contra los soviets, en la provincia contra la capital, y, por último, en la oficialidad contra el pueblo.

La forma soviética o entraña ninguna fuerza mística; no está libre, ni mucho menos, de los vicios de toda representación, inevitables mientras ésta sea inevitable. Pero su fuerza consiste en reducir todos estos vicios a su mínima expresión. Categóricamente puede afirmarse -la experiencia lo ha de confirmar pronto- que cualquier otro sistema de representación que hubiera atomizado a las masas habría expresado su voluntad efectiva en el movimiento revolucionario de un modo incomparablemente peor y con mucho más retraso. El Soviet es la forma de representación revolucionaria más elástica, directa y clara. Pero esto se refiere exclusivamente a la forma, y la forma no puede dar de sí más de lo que sean capaces de infundirle las masas en cada momento determinado. En cambio, puede facilitar a éstas la comprensión de los errores cometidos y su rectificación. En esto consistía precisamente una de las principales garantías que aseguraban el desarrollo de la revolución.

¿Cuáles eran las perspectivas políticas del Comité ejecutivo? Es dudoso que ninguno de los dos jefes tuviera perspectivas meditadas hasta sus últimas consecuencias. Sujánov afirmaba más tarde que, de acuerdo con su plan, se cedía el poder a la burguesía solamente por un breve plazo, a fin de que la democracia, robusteciéndose, pudiera tomar este poder de un modo más seguro. Sin embargo, este plan, ingenuo en sí mismo, tiene un carácter retrospectivo evidente. Por lo menos, nadie lo formuló a su debido tiempo. Bajo la dirección de Tsereteli, las vacilaciones del Comité ejecutivo, si no cesaron, fueron, por lo menos, incorporadas al sistema. Tsereteli proclamaba abiertamente que sin un poder burgués fuerte sería inevitable la ruina de la revolución. La democracia debía, según él, limitarse a ejercer presión sobre la burguesía liberal, teniendo buen cuidado de no empujarla hacia el campo de la reacción con sus decisiones imprudentes, y apoyándola, por el contrario, en la medida en que se consolidase las conquistas de la revolución. Como resultado de todo ello, este régimen intermedio debía hallar su expresión en una república burguesa con una oposición socialista parlamentaria.

Para aquellos prohombres, la piedra de toque no era tanto la perspectiva como el programa de acción al día. Los colaboracionistas prometían a las masas obtener de la burguesía, mediante su «presión», una política exterior e interior democrática. Es indiscutible que en el curso de la historia las clases dominantes, obligadas por la presión de las masas populares, han hecho, más de una vez, concesiones. Pero en último término, la presión implica siempre, para ser eficaz, la amenaza de eliminar del poder a la clase dominante y ocupar su puesto. Mas la democracia rusa, teniendo en sus manos esta arma, no tuvo inconveniente en ceder voluntariamente el poder a la burguesía. Y en los momentos críticos, no era la democracia precisamente la que amenazaba con quitarle el poder a la burguesía, sino, por el contrario, ésta la que intimidaba a la democracia con la amenaza de abandonarlo. Es decir, que la palanca principal que regía la mecánica de la presión estaba en mano de la burguesía. Así se explica que el gobierno, a pesar de su impotencia, pudiera resistir con éxito a toda pretensión más o menos seria de los elementos directivos de los soviets.

A mediados de abril, hasta el Comité ejecutivo resultó ser un órgano demasiado amplio para los misterios políticos del núcleo dirigente, el cual se había vuelto definitivamente de cara a los liberales. Se eligió una Mesa formada exclusivamente por elementos de la derecha patriótica. En lo sucesivo, la gran política del Soviet se desarrolla entre bastidores. Al parecer, la situación se normaliza y consolida. Tsereteli ejerce sobre los soviets un predominio ilimitado. Kerenski sube cada vez más. Pero precisamente en este momento es cuando abajo, en las masas, empiezan a manifestarse de un modo evidente los primeros síntomas alarmantes. «Es sorprendente -dice Stankievich, uno de los elementos más allegados a Kerenski-, que precisamente en el momento en que el Comité se organizaba, en que la Mesa, compuesta exclusivamente por representantes de los partidos de la defensa nacional, asumía la responsabilidad de todas las tareas, dejara escapársele de las manos la dirección de la masa, que empezaba a apartarse de él.» ¿Sorprendente? No, sencillamente lógico.

 

 


 1.Se daba el nombre de «gallo rojo» a los incendios de las casas señoriales por los campesinos.
[NDT.]

CAPITULO XIII


Capitulo XIII

El ejército y la guerra.

 

 

 

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

 

 

 

La disciplina dentro del ejército se quebrantó ya considerablemente en los meses que precedieron a la revolución. Las quejas de los oficiales con ya cosa frecuente en estos meses: los soldados no guardan el debido respeto a sus jefes; se observa en ellos una gran desidia en el cuidado de los caballos, los bagajes e incluso las armas; se registran desórdenes en los trenes militares. No en todas partes marchaban las cosas tan mal. Pero por dondequiera que se tendiese la vista, la impresión era la misma: desmoronamiento.

A esto venía a añadirse ahora la sacudida de la revolución. La guarnición de Petrogrado no sólo se sublevó sin el concurso de la oficialidad, sino incluso contra ella. En los momentos críticos, los jefes no sabían cosa mejor que esconderse. El 27 de febrero, el diputado octubrista Schidlovski se puso al habla con los oficiales del regimiento de Preobrajenski con el fin, por lo visto, de pulsar su actitud frente a la Duma, pero halló entre los aristócratas de la Guardia una completa incomprensión de lo que ocurría -tal vez, dicho sea de paso, más fingida que real, pues no hay que olvidar que se trataba de monárquicos asustados-. «¡Cuál sería mi asombro -cuenta Schidlovski- cuando, al día siguiente por la mañana, vi en la calle formado a todo el regimiento de Preobrajenski marchando en un orden perfecto, con la música al frente y sin un solo oficial!» Hubo algunos regimientos que se presentaron en el palacio de Táurida con sus jefes, aunque más exacto sería decir que los arrastraron consigo. Los oficiales se sentían como prisioneros en aquellas manifestaciones de entusiasmo. La condesa de Kleinmichel, que observaba estas escenas en calidad de detenida, se expresaba de un modo más concreto: «Los oficiales parecían ovejas conducidas al matadero.»

La revolución de Febrero no creó el divorcio entre los soldados y los oficiales: no hizo más que exteriorizarlo. En la conciencia de los soldados, la sublevación contra la monarquía era, ante todo y sobre todo, la sublevación contra el mando. «Desde la mañana del 28 de febrero -recuerda el kadete Nabokov, que vestía aquellos días el uniforme de oficial- era peligroso salir a la calle, pues ya empezaban a arrancar las charreteras a los oficiales.» He aquí la faz que presentaba el primer día del nuevo régimen en la guarnición.

De lo primero que se preocupó el Comité ejecutivo fue de reconciliar a los soldados con los oficiales. O dicho en otros términos, de someter los regimientos a sus jefes anteriores. El retorno de los oficiales a los regimientos tendía, según Sujánov, a preservar al ejército de «la anarquía general, a la dictadura de la soldadesca ignorante». Los que infundían pánico a estos revolucionarios, lo mismo que a los liberales, no eran, como se ve, los oficiales, sino los soldados. Sin embargo, donde los obreros y la «soldadesca ignorante» veían el peligro era, precisamente, en la brillante oficialidad. La reconciliación no podía ser, pues, duradera.

Stankievich describe del modo siguiente la actitud de los soldados ante los oficiales que volvían a los cuarteles, después de la revolución: «Los soldados, al violar la disciplina y al salir de los cuarteles, no sólo sin los oficiales, sino... en muchos casos contra los mismos, llegando incluso a matarlos por cumplir con su deber, creían realizar un gran acto de emancipación. Si era así, como la misma oficialidad sostiene, ¿por qué no sacó a los soldados a la calle, puesto que esto era lo más fácil y menos peligroso? Ahora, después de la victoria, la oficialidad se ha adherido a la hazaña. Pero, ¿lo ha hecho sinceramente y con carácter estable?» Estas palabras son tanto más elocuentes cuanto que su propio autor se contaba entre esos oficiales de «izquierda» a los que ni siquiera se les pasó por las mientes echar a la calle a sus soldados.

El día 28, por la mañana, el comandante de un regimiento de Ingenieros decía a sus soldados, en la avenida de Sampsonievski, que «el gobierno odiado por todos había sido derribado», que se había formado otro presidido por el príncipe Lvov y que era preciso que los soldados siguieran obedeciendo a los oficiales. «Y ahora, ¡todo el mundo a los cuarteles!» Algunos soldados gritaron: «Así lo haremos.» La mayoría estaba desconcertada: «¿Y esto era todo?» Kajurov, que observaba casualmente esta escena, se indignó. «Permítame usted una palabra, señor comandante...», y, sin esperar la venia, dijo: «¿Es que acaso ha corrido en las calles de Petrogrado la sangre de los obreros durante todos estos días para reemplazar a un terrateniente por otro?» También aquí Kajurov daba en el blanco. En torno a esta cuestión planteada por él había de girar la lucha en los meses siguientes. La enemiga entre soldados y oficiales no era más que el reflejo de la hostilidad entre el campesino y el terrateniente.

En provincias, los comandantes, que por lo visto habían tenido ya tiempo de recibir instrucciones, describían los sucesos con sujeción a un esquema único: «El monarca, agotado por sus esfuerzos en favor del país, se ha visto obligado a transmitir la carga del poder a su hermano(!).» En los rostros de los soldados -se lamenta uno de los oficiales desde un rincón de Crimea- se veía que pensaban: «Nicolai o Mijail, ¿qué más da?» Pero cuando este mismo oficial se vio obligado a comunicar a su batallón, al día siguiente por la mañana, el triunfo de la revolución, los soldados, según sus propias palabras, se transfiguraron. Sus preguntas, sus gestos, sus miradas, atestiguaban «una labor prolongada y tenaz que alguien realizaba en aquellos cerebros ignorantes, grises, no acostumbrados que alguien realizaba en aquellos cerebros ignorantes, grises, no acostumbrados a pensar.» ¡Qué abismo entre el oficial, cuyo cerebro se adapta sin esfuerzo al último telegrama recibido de Petrogrado y aquellos soldados que, trabajosa, pero honradamente, definen su actitud ante los acontecimientos, sopesándolos por cuenta propia en sus toscas manos!

El alto mando, al mismo tiempo que aceptaba formalmente la revolución, decidía no dejarla llegar al frente. El jefe del Cuartel general dio orden a los generalísimos de los frentes para que, en caso de que se presentaran en sus territorios delegaciones revolucionarias, delegaciones que el general Alexéiev, en gracia sin duda a la brevedad, calificaba de pandillas, fueran inmediatamente detenidas y juzgadas en Consejo de guerra sumarísimo. Al día siguiente, este mismo general, en nombre de «Su Alteza» el gran duque Nikolai Nikolaievich, exigía del gobierno que «pusiese fin a todo lo que ocurre actualmente en las regiones del interior»; dicho en otros términos, que pusiese fin a la revolución.

El mano no se apresuraba a dar al ejército cuenta de la revolución, no tanto por fidelidad a la monarquía como por miedo de aquélla. En algunos frentes se estableció un verdadero sistema de cuarentena: no se dejaban pasar las cartas de Petrogrado, se retenía a los recién llegados; con estos ardides, el viejo régimen robaba algunos días a la eternidad. La noticia de la revolución no llegó a la línea de combate hasta el 5 o 6 de marzo. Y ¿en qué forma? Poco más o menos, lo sabemos ya: el gran duque ha sido nombrado generalísimo, el zar ha abdicado en aras de la patria, y lo demás sigue como antes. En muchas trincheras, acaso la mayoría, las noticias de la revolución las transmitían los alemanes antes de que llegaran de Petrogrado. ¿Podían dudar los soldados de que los jefe se habían puesto de acuerdo para ocultar la verdad? ¿Y podían dar el menor crédito a aquellos oficiales que, dos o tres días después, aparecían ante ellos adornados con cintas rojas?

El jefe del estado mayor de la escuadra del Mar Negro, cuenta que la noticia de los acontecimientos de Petrogrado no ejerció, en un principio, una influencia visible sobre los marineros. Pero tan pronto como llegaron de la capital los periódicos socialistas, «el estado del espíritu de la tripulación se transformó en un instante, empezaron los mítines y no se sabe por qué resquicios aparecieron un tropel de agitadores criminales». El almirante no se daba cuenta, sencillamente, de lo que estaba ocurriendo ante sus ojos. No es que los periódicos determinaran el cambio de estado de espíritu; lo que ocurría era que disipaban las dudas de los marineros respecto al alcance de la revolución, y les permitían manifestar abiertamente sus verdaderos sentimientos sin miedo a ser víctimas de represalias por parte de sus jefes. Este mismo autor a que nos referimos, caracteriza con una frase la fisonomía política de la oficialidad del mar Negro, y, por consiguiente, la suya propia: «La mayoría de los oficiales de la escuadra estaba persuadida de que, sin zar, la patria se hundiría.» Por su parte, los demócratas estaban firmemente convencidos de que la patria estaba perdida, si esta magnífica oficialidad no retornaba al lado de los «ignorantes marineros».

El mando del ejército y de la armada no tardó en dividirse en dos alas: unos, intentaban mantenerse en sus puestos plegándose a la revolución y afiliándose al partido de los socialrevolucionarios; posteriormente, parte de ellos, intentó incluso deslizarse en las filas del partido bolchevique. Otros, por el contrario, adoptaban una actitud de soberbia, intentaban oponer resistencia al nuevo orden de cosas; pero pronto se veían metidos en algún conflicto agudo y eran arrastrados por la avalancha de los soldados. Estas estratificaciones son tan naturales, que en todas las revoluciones se dan. Los oficiales intransigentes de la monarquía francesa, aquellos que, según las palabras de uno de ellos, «lucharon mientras pudieron», sufrían menos viendo la insubordinación de los soldados que contemplando el servilismo de sus colegas ante el nuevo poder. En fin de cuentas, la mayoría del viejo mando quedó eliminada, aplastada, y sólo una pequeña parte se reajustó y asimiló al nuevo estado de cosas. La oficialidad compartía, en una forma más dramática, la suerte de las clases de que se reclutaba.

El ejército es, en general, una copia de la sociedad a la cual sirve, con la diferencia de que da un carácter concentrado a las relaciones sociales, llevando sus rasgos positivos y negativos hasta su límite máximo de expresión. Se explica perfectamente que en Rusia, la guerra no diera ni un solo prestigio militar. El alto mando ha sido caracterizado con suficiente elocuencia por uno de los de su casta: «Muchas aventuras, mucha ignorancia, mucho egoísmo, intrigas, arribismo, codicia, ineptitud y estrechez de horizontes -dice el general Zaleski- y muy pocos conocimientos y talentos, ningún deseo de correr riesgos o de poner en peligro la comodidad y la salud.» Nikolai Nikolaievich, primer generalísimo, se distinguía únicamente por su elevada estatura y su grosería augustísima. El general Alexéiev, antiguo escribiente del ejército, era una mediocridad gris, que si sabía algo era a fuerza de aplicación; a Kornílov, que era un jefe militar, valiente, incluso sus devotos le consideraban como a un hombre de cortos alcances; Verjovksi, ministro de la Guerra de Kerenski, hablando más tarde de Kornílov, decía que era un hombre con corazón de león y cabeza de carnero. Brusílov y el almirante Kolchak eran sólo un poco más inteligentes que los otros, un poquito nada más. Denikin no carecía de carácter, pero, en lo demás, era un general completamente ordinario que habría leído cinco o seis libros en toda su vida. Y después venían ya los Yudenich, los Dragomirov, o los Lukomski, que no se distinguían unos de otros más que por saber francés o no saberlo, por beber poco o beber mucho, pues en lo demás eran todos unas perfectas nulidades.

Hay que decir que en el cuerpo de oficiales hallaba cumplida representación, no sólo la Rusia aristocrática, sino también la burguesa y la democrática. La guerra derramó en las filas del ejército a docenas de miles de pequeños burgueses bajo la forma de oficiales, funcionarios militares, médicos e ingenieros. Estos elementos, que casi todos sin excepción sostenían la necesidad de proseguir la guerra hasta el triunfo final, sentían la necesidad de ciertas medidas amplias, pero acababan siempre sometiéndose a los elementos reaccionarios de arriba, bajo el zarismo, por miedo, y, después de la revolución, por convicción, del mismo modo que en el interior la democracia se sometía a la burguesía. Los elementos colaboracionistas de la oficialidad compartieron luego la suerte infortunada de los partidos conciliadores, con la diferencia de que en el frente la situación revestía formas incomparablemente más agudas. En el Comité ejecutivo cabía mantenerse en una actitud equívoca durante mucho tiempo; ante los soldados, era más difícil.

Los rozamientos y la enemistad entre los oficiales demócratas y aristocráticos, incapaces todos ellos de renovar el ejército, no hacían más que introducir en él un elemento más de descomposición. La fisonomía del ejército había sido trazada por la vieja Rusia, y era feudal hasta la médula. Los oficiales seguían teniendo por el mejor soldado al mucho campesino sumiso, que no razonaba, y en el cual no había despertado aún la conciencia de la personalidad humana. Era la tradición «nacional» imbuida por Suvórov al ejército ruso, y que tenía sus raíces en el primitivo régimen agrario, en la servidumbre de la gleba y en la comuna rural. En el siglo XVIII, Suvórov hizo milagros con este material. Tolstoy idealizó en su Platon Karataiev de La guerra y la paz, con un cariño de gran señor, el viejo tipo de soldado ruso que se sometía sin rechistar a la naturaleza, la arbitrariedad y la muerte. La Revolución Francesa, que abrió las puertas a aquella magnífica irrupción del individualismo en todas las esferas de la actividad humana, liquidó el arte militar de Suvórov. En el transcurso del siglo XIX, lo mismo que en el XX, n todo el espacio de tiempo comprendido entre la Revolución Francesa y la rusa, el ejército zarista fue invariablemente derrotado, gracias a sus características de ejército servil. El mando formado sobre aquélla «base nacional», se distinguía por su desprecio hacia la personalidad del soldado, por su espíritu de mandarinato pasivo, de ignorancia del oficio, de completa ausencia de heroísmo y de manifiesta rapacidad. El imperio de la oficialidad se mantenía en los signos exteriores de distinción, en el ritual de la graduación, en el sistema de represiones y hasta en un lenguaje convencional especial, lleno de expresiones de esclavitud: «A la orden de usía, mi capitán», y otras semejantes que el soldado tenía que emplear cuando hablaba, cuadrado, con sus oficiales.

Al aceptar la revolución de labios afuera y presta juramento de fidelidad al nuevo gobierno, los mariscales zaristas hicieron recaer, sencillamente, sobre la dinastía derrumbada, sus propios pecados, accediendo misericordiosamente a que Nicolás II fuera declarado responsable por todo el pasado. Pero ¡ni un paso más adelante! ¿Cómo iban ellos a comprender que la esencia moral de la revolución consistía en dar un alma a aquella masa humana, en cuya inmovilidad espiritual se basaba su bienestar? Denikin, nombrado comandante del frente, declaraba en Minsk: «Acepto entera incondicionalmente la revolución, pero entiendo que sería ruinoso para el país revolucionar al ejército e introducir en él la demagogia.» ¡Fórmula clásica de la estulticia generalesca! En cuanto a los generales de filas, según la expresión de Zaleski, no exigían más que una cosa: «¡Dejadnos tranquilos; lo demás nos tiene sin cuidado!» Pero no, la revolución no podía dejarles tranquilos. Procedentes de las clases privilegiadas, estos hombres no podían ganar nada y, en cambio, podían perder mucho. Se veían amenazados con perder no sólo los privilegios del mando, sino también la propiedad de sus tierras. Bajo el manto de lealtad hacia el gobierno provisional, la oficialidad reaccionaria sostuvo una lucha encarnizadísima contra los soviets. Cuando se persuadió de que la revolución penetraba irresistiblemente en las masas de soldados y en las aldeas, vio en ello una perfidia inaudita de Kerenski, Miliukov y aun Rodzianko, y no digamos de los bolcheviques.

Las condiciones de vida de la Marina llevaban aparejados, en mayor grado aún que las del ejército de tierra, gérmenes vivos de guerra civil. La vida de los marineros en aquellas cárceles de acero donde les encerraban por la fuerza durante varios años, no se distinguía gran cosa, incluso desde el punto de vista de la alimentación, de la vida de los presidiarios. A su lado, vivía la oficialidad, procedente en su mayoría de los sectores privilegiados, que escogía el servicio marítimo voluntariamente, por vocación, identificaba la patria con el zar y a éste con él, y entendía que el marinero era la parte más deleznable en un barco de guerra. Dos mundos extraños que convivían en estrecho contacto, sin perderse nunca de vista. Los buques de la escuadra tenían su base en las ciudades industriales de la costa, pues necesitaban de gran número de obreros para su construcción y reparación. Además, en los mismos buques, en la sección de máquinas y los servicios técnicos, navegaban no pocos obreros calificados. Tales eran las condiciones que convertían a la escuadra en una mina revolucionaria. En las revoluciones y sublevaciones militares de todos los países, los marineros han representado siempre la materia más explosiva; casi siempre, tan pronto se les brinda ocasión propicia, se apresuran a liquidar severamente sus cuentas con la oficialidad. Los marineros rusos no constituyeron una excepción.

En Kronstadt, la revolución encendió la mecha a una explosión de sangrienta venganza contra la oficialidad, la cual, horrorizada de su propio pasado, intentaba ocultar a los marineros la revolución. Una de las primeras víctimas que cayó fue el comandante de la escuadra, almirante Viren, blanco de un odio muy merecido. Parte del mando fue detenida por los marineros. A los oficiales dejados en libertad les fueron quitadas las armas.

En Helsingfors y Sveaborg, el almirante Nepenin no dejó llegar ninguna noticia del Petrogrado alzado en armas hasta la noche del 4 de marzo, intimidando a los marineros y soldados con represiones. Razón de más para que la sublevación tomase aquí un carácter más encarnizado, prolongándose un día y una noche. Muchos oficiales fueron detenidos. Los más odiados fueron arrojados bajo el hielo. «A juzgar por el relato de Skobelev sobre la conducta de las autoridades de Helsingfors y de la escuadra -dice Sujánov, que peca de todo menos de benevolencia hacia la soldadesca ignorante-, sólo hay que extrañarse de que estos excesos fueran tan poco considerables.»

Tampoco entre las fuerzas de tierra pudieron evitarse las represalias sangrientas. En un principio, eran una venganza por el pasado, por el constante abofeteamiento de los reclutas por los oficiales. No faltaban recuerdos dolorosos como llagas. Desde 1915, había sido oficialmente introducido en el ejército zarista el azote con vergas como castigo disciplinario. Los oficiales azotaban a discreción a los soldados, que eran no pocas veces padres de familia. Pero no siempre se trataba de vengarse del pasado. En la asamblea de los soviets, el ponente encargado de informar sobre el problema del ejército comunicó que aun en los días 16 y 17 de marzo se aplicaban en el ejército castigos corporales contra los soldados. Un diputado de la Duma contaba, a su regreso del frente, que los cosacos, en ausencia de los oficiales, le habían declarado: «Dice usted que hay un decreto (por lo visto se refiere al famoso «decreto número 1», del cual se hablará más adelante). Se recibió ayer; pero hoy el comandante me ha abofeteado.» Los bolcheviques iban al frente con tanta frecuencia como los colaboracionista, para evitar que los soldados cometiesen excesos. Pero las venganzas sangrientas eran tan inevitables como lo es el culatazo después del disparo. Desde luego, los liberales no tenían motivo alguno para calificar de incruenta la revolución de Febrero, como no fuera el de haberles regalado el poder.

Algunos oficiales provocaban conflictos agudos con motivo de las cintas rojas, que eran, a los ojos de los soldados, un símbolo de la ruptura con el pasado. Con motivo de uno de estos disturbios, fue muerto el comandante del regimiento de Sumski. Un comandante del cuerpo de ejército que exigió a las fuerzas de refresco que acababan de llegar que se quitaran las cintas rojas, fue detenido por los soldados. También se produjeron no pocos choques a causa de los retratos del zar, que seguían colgados en los cuartos de banderas. ¿Se trataba de rendir un homenaje de fidelidad a la monarquía? No; en la mayoría de los casos no era más que falta de confianza en la estabilidad de la revolución y una especie de seguro peatonal. Pero los soldados, no sin motivo, veían acechar detrás de aquellos retratos el espectro del antiguo régimen.

El nuevo régimen no fue implantado en el ejército por medio de medidas reflexivas aplicadas desde arriba, sino por movimientos impulsivos desde abajo. La autoridad disciplinaria de los oficiales no fue abolida, sino que se hundió sencillamente por sí misma en las primeras semanas de marzo. «Era evidente -dice el jefe del Estado Mayor del mar Negro- que si un oficial hubiera intentado imponer una sanción disciplinaria al marinero, no habría tenido fuerzas para llevar a la práctica el castigo.» En esto consiste uno de los signos de la revolución verdaderamente popular.

Al desaparecer la autoridad disciplinaria, se puso de manifiesto la incapacidad práctica de la oficialidad. Stankievich, al cual no se puede negar ni espíritu de observación ni interés por los asuntos militares, da una opinión aniquiladora sobre el mando, en este respecto: la instrucción seguía haciéndose con sujección a los viejos reglamentos, que no respondían en lo más mínimo a las necesidades de la guerra. «Estos ejercicios no servían más que para someter a prueba la paciencia y la sumisión de los soldados.» Huelga decir que la oficialidad se esforzaba en hacer recaer sobre la revolución las culpas de su propia incapacidad.

Los soldados, rápidos en la represalia cruel, propendían asimismo a la credulidad infantil y a la gratitud incondicional. Por un momento muy breve, los soldados del frente vieron en el cura Filonenko, diputado liberal, el depositario de las ideas de emancipación, algo así como el pastor de la revolución. Las viejas ceremonias religiosas se unían estrambóticamente con la nueva fe. Los soldados levantaban al cura en sus brazos, lo instalaban celosamente en el trineo, y el cura contaba después en la Duma con entusiasmo: «No acabábamos nunca de separarnos, y, al marcharme, me besaban las manos y los pies.» A aquel diputado de sotana le parecía que la Duma tenía un inmenso prestigio en el frente. En realidad, la que lo tenía era la revolución, que proyectaba su brillo deslumbrador sobre algunas figuras sin importancia.

La depuración simbólica realizada por Guchkov en el ejército -destitución de algunas docenas de generales- no dio la menor satisfacción a los soldados, y, en cambio, sembró un estado de inquietud en la alta oficialidad. Todo el mundo temía verse separado, la mayoría seguía la corriente, se adaptaba y apretaba el puño dentro del bolsillo. La situación era aún peor en lo tocante a la baja y mediana oficialidad, que se hallaba en contacto directo con los soldados. Aquí, el gobierno no hizo limpia alguna. Buscando caminos legales, los artilleros de una batería del frente escribían al Comité ejecutivo y a la Duma nacional, a propósito de su comandante: «Hermanos..., os pedimos humildemente que nos libréis de nuestro enemigo Vanchejaus.» Como no recibieran contestación, los soldados empezaban generalmente a obrar por su cuenta, valiéndose de sus propios medios: insubordinación, separación e incluso detención. Sólo entonces las autoridades se decidían a intervenir, separaban del ejército a los detenidos o apaleados, intentando a veces castigar a los soldados, pero dejándoles en la mayor parte de los casos impunes, para no complicar más las cosas. Esto creaba una situación insoportable para la oficialidad, sin aclarar por ello en nada la situación de los soldados.

Muchos oficiales combativos, que tomaban en serio la suerte del ejército, insistían en la necesidad de hacer una limpia general de mando: según ellos, sin esto no se podía ni siquiera pensar en restablecer la capacidad combativa del ejército. Los soldados presentaban a los diputados de la Duma argumentos no menos convincente. Antes, cuando se sentían ofendidos, tenían que dirigirse a unos superiores que, habitualmente, no hacían caso alguno de sus quejas. ¿Y ahora? Si los superiores siguen siendo los mismos de antes, la suerte que sigan sus reclamaciones serán la misma. «Era muy difícil contestar a esta pregunta» -reconoce un diputado-. Eta cuestión tan simple atañía a todo el destino del ejército y predeterminaba su porvenir.

No vayamos a creer que las relaciones dentro del ejército eran las mismas en toda la extensión del país, en todas las armas y en todos los regimientos. No, reinaba una heterogeneidad muy considerable. Si los marineros de la escuadra del Báltico acogieron las primeras noticias de la revolución tomando represalias contra los oficiales, allí, al lado mismo, en la guarnición de Helsingfors, los oficiales seguían ocupando todavía a principios de abril puestos dirigentes en el soviet de soldados, y, en las grandes solemnidades, hablaba en nombre de los socialistas revolucionarios un imponente general. Estos contrastes de odio y credulidad abundaban no poco. Pero así y todo, el ejército seguía siendo algo así como un sistema de vasos comunicantes, y el estado de espíritu político de los soldados y marineros tendía a alcanzar el mismo nivel.

La disciplina fue manteniéndose mal o bien mientras los soldados confiaban en la implantación de medidas prontas y decididas. «Pero cuando los soldados vieron -según cuenta un delgado del frente- que todo seguía como antes, que persistían el mismo yugo, la misma esclavitud, la misma ignorancia y el mismo escarnio, empezaron los desórdenes.» La naturaleza, a la cual no se le ha ocurrido armar de jorobas a una gran parte de la humanidad, tuvo, en cambio, la ocurrencia de dotar de sistema nervioso a los soldados. Las revoluciones vienen a recordar, de tarde en tarde, este doble descuido de la naturaleza.

Tanto en el interior como en el frente, cualquier bagatela desencadenaba fácilmente un conflicto. Se había concedido a los soldados derecho a frecuentar libremente «igual que todos los ciudadanos», los teatros, mítines, conciertos, etc. Muchos soldados interpretaban esta disposición como el derecho de asistencia gratuita a los teatros. El ministro les explicaba que había que interpretar la «libertad» en un sentido teórico. Pero las masas populares sublevadas no han manifestado nunca una gran inclinación hacia el platonismo ni hacia el kantianismo.

El tejido, ya muy desgastado, de la disciplina se fue rompiendo, a lo primero poco a poco, en diferentes puntos, en diferentes guarniciones y regimientos. Muchas veces, el comandante se imaginaba que, en su regimiento o división, todo había marchado bien, hasta la llegada de los periódicos o de un propagandista. En realidad, se estaba efectuando un proceso paciente de fuerzas subterráneas e inexorables.

El diputado liberal Januschkevich trajo del frente la impresión de que donde la desorganización alcanzaba un grado mayor era en los regimientos «verdes», aquellos en que abundaban los campesinos. «Los regimientos más revolucionarios conviven muy bien con los oficiales.» En realidad, donde se mantuvo más tiempo la disciplina fue en los dos polos: en la Caballería privilegiada, compuesta de campesinos acomodados, y en la Artillería y, en general, en las fuerzas técnicas, con un tanto por ciento elevado de obreros e intelectuales. Los que más resistieron fueron los cosacos-propietarios, que temían a la revolución agraria, en que la mayoría de ellos tenía que perder. Algunas fuerzas cosacas fueron, incluso después de la revolución, más de una vez, instrumentos de represión. Pero así y todo, la diferencia residía únicamente en la mayor o menor rapidez con que se efectuaba el proceso de descomposición.

En esta lucha sorda había sus flujos y reflujos. Los oficiales intentaban adaptarse a la nueva situación. Los soldados tornaban a confiar. Pero, a la vuelta de estas crisis y depresiones temporales, de los días y semanas de armisticio, el odio social, que descomponía el ejército del antiguo régimen, iba adquiriendo una tensión cada vez mayor, que estallaba muchas veces con fulgores trágicos. En Moscú se reunió en uno de los circos una asamblea de soldado y oficiales inválidos. Uno de los oradores habló desde la tribuna, en tonos duros, de la oficialidad. Se armó gran ruido de protestas; los reunidos empezaron a golpear el suelo con las piernas, los bastones, las muletas. «¿Acaso hace tiempo, señores oficiales, que azotabais a los soldados con las vergas y el puño?» Heridos, contusionados, mutilados, se levantaban unos frente a otros, soldados inválidos contra oficiales inválidos, mayoría contra minoría, muletas contra muletas. En esta feroz escena desarrollada en un circo se contenía ya en germen la ferocidad de la guerra civil que se avecinaba.

Sobre todas las relaciones y contradicciones imperantes en el ejército, lo mismo que en el país, se cernía un problema que se encerraba en una palabra bien corta: la guerra. Desde el mar Báltico al mar Negro, desde el mar negro hasta el Caspio y más allá, hacia el fondo de Persia, en un frente inmenso, había regados sesenta y ocho cuerpos de Infantería y nueve de Caballería. ¿Qué se hará con ellos? ¿Cómo se resolverá el pleito de la guerra?

En los comienzos de la revolución, el ejército se había reforzado considerablemente, desde el punto de vista del suministro de armas y municiones. La producción interior para las necesidades de la guerra se había elevado, y, al mismo tiempo, se intensificaba el transporte de material de guerra, sobre todo de Artillería, enviado por los aliados sobre los puertos de Murmansk y Arkángel. Había una cantidad de fusiles, cañones, obuses, incomparablemente mayor que en los primeros años de la guerra. Se ampliaban las divisiones de Infantería y las intentaron posteriormente demostrar que Rusia se hallaba en vísperas de la victoria y que sólo la revolución lo había impedido. Doce años antes, Kuropatkin y Linievich afirmaban, basándose en los mismos motivos, que Witte les había impedido derrotar a los japoneses.

En realidad, a principios de 1917, Rusia se hallaba más lejos de la victoria que nunca. Paralelamente con el incremento de armas y municiones, se notaba en el ejército, a fines de 1916, una crisis aguda de productos alimenticios; el tifus y el escorbuto provocaban más víctimas que las batallas. La desorganización del transporte iba entorpeciendo cada vez más los movimientos de las tropas, lo cual bastaba para reducir a cero las combinaciones estratégicas que implicaban la movilización de las grandes masas de soldados. Por añadidura, la aguda crisis de caballos condenaba a menudo a la Artillería a la inmovilidad. Pero, así y todo, lo pero era la moral del ejercito, que se puede resumir así: el ejército como tal ya no existía. Las derrotas, las retiradas, la indignidad de los dirigentes, acabaron por desmoralizar completamente a las tropas. Y esto no había modo de corregirlo con ayuda de medidas administrativas, del mismo modo que no puede modificarse por medio de decretos el sistema nervioso del país. Los soldados miraban ahora los montones de obuses con la misma repugnancia que si fueran montones de carne llena de gusanos. Todo les parecía inútil, inservible, engaño y robo. Y el oficial no podía decirles nada convincente, ni se atrevía tampoco ya a ponerles la mano en la mejilla. El mismo se consideraba engañado por el viejo mando, a la par que se sentía culpable ante el soldado. El ejército estaba incurablemente enfermo, y únicamente era útil para decidir de la suerte de la revolución; pero para la guerra era como si no existiese. Y nadie creía ya en el triunfo; los oficiales tampoco, como los soldados. Ni el pueblo ni el ejército querían seguir combatiendo.

Claro está que en las altas esferas administrativas, donde la vida llevaba un ritmo peculiar, seguía hablándose, por la fuerza de la inercia, de grandes operaciones, de la ofensiva de primavera, de la ocupación de los estrechos turcos, etc. En Crimea, se preparaban incluso grandes fuerzas para acometer esta última empresa. Se decía que, con este fin, habían sido designados los mejores elementos del ejército. De Petrogrado enviaban fuerzas de la Guardia. Sin embargo, según cuenta un oficial que había iniciado la preparación de dichas fuerzas, el 25 de febrero, es decir, dos días antes de la revolución, todos estos elementos resultaron pésimos. En la indiferencia de aquellos ojos azules, castaños y grises no se leía el menor deseo de combatir... «Todos sus pensamientos, todas sus aspiraciones estaban concentrados en la paz.»

Testimonios de éstos, o parecidos, se conservan no pocos. La revolución no hizo más que poner al descubierto lo que se venía gestando de atrás. Por esto, el grito de: «¡Abajo la guerra!» fue uno de los que más resonaron durante las jornadas de Febrero. Este grito se oía en las manifestaciones de mujeres, lo lanzaban los obreros de Viborg y los soldados de los cuarteles de la Guardia.

Cuando los diputados recorrieron el frente, a principios de marzo, los soldados, sobre todo los que llevaban más tiempo de servicio, preguntaban invariablemente: «¿Y qué hay de la tierra?» Los diputados contestaban evasivamente que la cuestión agraria sería resuelta por la Asamblea constituyente. Entonces, surge una voz que revela un pensamiento general oculto: «¿Y para qué me sirve la tierra, si cuando me la den ya no existo? ¿Para qué la quiero entonces?» Tal era el programa de la revolución que alzaban en un principio los soldados: primero, la paz; después, la tierra.

En la asamblea de los soviets de toda Rusia, celebrada a fines de marzo, en la que hubo no poca fanfarronería patriótica, uno de los delegados, que representaba directamente a los soldados de los trincheras, expresó de un modo muy justo la manera como el frente había acogido la noticia de la revolución: «Todos los soldados dijeron: ¡Gracias a Dios, a ver si ahora tenemos pronto paz!» Las trincheras encargaron a su delegado que dijera al Congreso lo siguiente: «Estamos dispuestos a dar la vida por la libertad; pero, pase lo que pase, camaradas, queremos que se acabe la guerra.» Era la voz viva de la realidad, sobre todo en la segunda parte del mensaje. Si es necesario sufrir, sufriremos; pero que los de arriba se apresuren a negociar la paz.

Las tropas zaristas que se hallaban destacadas en Francia, es decir, en un medio completamente artificial para ellas, estaban movidas por los mismos sentimientos y seguían exactamente las mismas etapas de descomposición del ejército de su país. «Cuando oímos decir que el zar había abdicado -explicaba en el extranjero a un oficial un viejo soldado campesino analfabeto-, pensamos que esto quería decir que la guerra iba a acabarse... Al fin y al cabo, el zar era el que nos había mandado a la guerra... ¿Qué necesidad tengo yo de la libertad, si he de seguir pudriéndome en las trincheras?» Tal era la filosofía auténticamente revolucionaria de los soldados, innata y no imbuida: no hay agitador capaz de encontrar palabras tan simples y convincentes.

Los liberales y los socialistas semiliberales intentaban presentar la revolución como un levantamiento de carácter patriótico. El 11 de marzo, Miliukov decía a los periodistas franceses: «La revolución rusa se ha hecho para suprimir los obstáculos que se interponían en el camino de Rusia hacia la victoria.» Aquí, la hipocresía va asociada a la ilusión, aunque hay que suponer que en estas palabras hay más hipocresía que otra cosa.

Los reaccionarios declarados veían las cosas con más claridad. Von Struve, paneslavista de estirpe alemana, ortodoxo de procedencia luterana y monárquico de extracción marxista, fue el que puso al desnudo de un modo más acertado, aunque fuera en el lenguaje del odio reaccionario, las verdaderas raíces de la revolución. «La revolución, en la que participaron las masas populares y principalmente los soldados -decía Struve-, no era una explosión patriótica; la desmovilización espontánea iba dirigida concretamente contra la continuación de la guerra, es decir, se hacía para poner fin a ésta.»

Aunque la idea sea exacta, en esta palabras se encierra, sin embargo, una calumnia. En realidad, la desmovilización espontánea surgió de la guerra. La revolución no la creó; lo que hizo fue, por el contrario, contenerla. El movimiento de deserción, extraordinariamente acentuado en vísperas de la revolución, se atenuó en las primeras semanas que siguieron a ésta. El ejército esperaba. Confiando en que la revolución traería la paz, el soldado no se negaba a sostener el frente sobre sus hombros: de otro modo, tal vez, el nuevo gobierno -pensaba él- no podría concertar la paz.

«Los soldados -informa el 23 de marzo el jefe de la división de Granaderos- expresan de un modo inequívoco el parecer de que no debemos atacar, sino mantenernos a la defensiva.» Los informes militares y políticos repiten esta idea en distintos tonos. El teniente Krilenko, viejo revolucionario y futuro generalísimo bajo los bolcheviques, atestiguaba que, para los soldados, la cuestión de la guerra se resolvía en aquel tiempo en esta fórmula: «Mantener el frente, pero no atacar.» En un lenguaje más solemne y completamente sincero, esto significaba: defender la libertad.

«¡No se puede enterrar la bayoneta en el suelo!» En aquellos días, los soldados, bajo la influencia de impresiones confusas y muchas veces contradictorias, se negaban incluso a escuchar a los bolcheviques. Es posible que se les antojara, bajo la impresión de algunos discursos poco felices, que los bolcheviques no se preocupaban de la defensa de la revolución ni podían impedir que el gobierno concertase la paz. Los periódicos y los agitadores socialpatriotas se esforzaban en convencer de esto a los soldados; pero, aunque a veces no permitieran que los bolcheviques hablasen, los soldados rechazaron, desde los primeros días de la revolución, toda idea de ofensiva. A los políticos de la capital, esto les parecía un equívoco que se podía vencer ejerciendo sobre los soldados la presión necesaria. La agitación en favor de la guerra aumentaba en un grado extremo. La prensa burguesa explicaba en millones de ejemplares, a la luz de la guerra hasta el triunfo final, los fines de la revolución. Los colaboracionistas estimulaban esta propaganda, en un principio a media voz, y luego ya más audazmente. La influencia de los bolcheviques, muy tenue en el momento de la revolución, disminuyó más aún cuando millares de obreros mandados al frente por haber participado en huelgas, abandonaron las filas del ejército. De este modo, las aspiraciones de paz no encontraban expresión franca y clara allí donde más intensas eran: en el frente. Esta situación daba a los comandantes y comisarios que buscaban ilusiones consoladoras, la posibilidad de engañarse respecto a la verdadera situación. En los artículos y discursos de la época, es frecuente la afirmación de que los soldados, repudiaban la ofensiva pura y exclusivamente por una interpretación errónea de la fórmula «sin anexiones ni indemnizaciones». Los colaboracionistas se esforzaban en explicar que también las guerras puramente defensivas eran compatibles en la ofensiva y, en ocasiones, incluso la exigían. ¡Como si la cuestión versara realmente en torno a esta escolástica estratégica! Los soldados sabían que la ofensiva implicaba la reanudación de la guerra. La actitud expectante del frente equivalía a un armisticio. La teoría y la práctica adoptadas por los soldados respecto a la guerra defensiva eran una fórmula establecida de acuerdo con los alemanes, acuerdo en un principio implícito y luego explícito: «Dejadnos tranquilos, y nosotros os dejaremos tranquilos a vosotros.» El ejército no podía dar más a la guerra.

Los soldados se mostraban tanto menos propicios a dejarse arrastrar por las exhortaciones guerras cuanto que, bajo pretexto de preparar la ofensiva, la oficialidad reaccionaria intentaba, evidentemente, tomar en sus manos las riendas del poder. Entre los soldados empezó a circular y se generalizó la frase siguiente: «La bayoneta contra los alemanes; la culata contra el enemigo interior.» La bayoneta tenía, desde luego, una misión puramente defensiva. Los soldados de las trincheras no pensaban en la anexión de los Estrechos. Las aspiraciones de paz constituían una profunda corriente subterránea que no había de tardar en salir a la superficie.

Sin negar que ya antes de la revolución, se «notaban» en el ejército síntomas negativos, Miliukov se atrevió a afirmar, mucho tiempo después de la revolución, que el ejército era capaz de realizar los objetivos que la Entente le había asignado. «La propaganda bolchevista -escribía este personaje en funciones de historiador- no penetró inmediatamente en el frente. Durante el primer mes o mes y medio que siguió a la revolución el estado del ejército era sano.» todo el problema se enfoca desde el punto de vista de la propaganda, como si esto bastara para explicar el proceso histórico. Aparentando luchar contra los bolcheviques, a los cuales atribuye una fuerza mítica, Miliukov lucha, en realidad, contra los hechos. Ya hemos visto cuál era la verdadera situación del ejército. Veamos ahora cómo apreciaban los propios jefes su capacidad combativa en las primeras semanas y aun en los primeros días que siguieron a la revolución.

El 6 de marzo, el generalísimo del frente septentrional, general Ruski, comunica al Comité ejecutivo que se está manifestando una insubordinación completa de los soldados con respecto a los superiores; es necesario que se manden al frente elementos para tranquilizar al ejército.

El jefe del Estado Mayor de la escuadra del mar Negro dice en sus Memorias: «Desde los primeros días de la revolución, comprendí claramente que no era posible continuar la guerra y que ésta estaba perdida.» Según él, Kolchak opinaba lo mismo y, si seguía en su puesto de jefe del frente, sólo era para proteger a la oficialidad contra las violencias.

El conde Ignatiev, que ocupaba un puesto elevado en la Guardia, escribía en marzo a Nabokov: «Hay que hacerse a la idea de que la guerra está terminada, de que no podemos seguir combatiendo, y no combatiremos. Los hombres inteligentes deben buscar el modo de liquidar la guerra del mejor modo posible, pues de lo contrario se producirá una catástrofe...» También Guchkov dijo en aquel entonces a Nabokov que había recibido numerosísimas cartas concebidas en los mismos términos.

Las rarísimas opiniones aparentemente más favorables quedan casi todas desvirtuadas por las aclaraciones suplementarias. «El deseo d vencer de la tropa persiste -informa el jefe del segundo ejército, Danilov-, y en algunos regimientos incluso se ha acentuado.» Pero inmediatamente observa: «La disciplina decae... Convendría aplazar las acciones ofensivas hasta que la situación se normalice (de uno a tres meses).» Y siguen unas líneas inesperadas: «De los refuerzos sólo llegan el cincuenta por ciento; si siguen derritiéndose así y continúan en los sucesivo siendo tan indisciplinados, no se podrá confiar en el éxito de la ofensiva.»

«La división es completamente capaz de librar acciones defensiva», informa el valeroso general de la 51ª división de Infantería, e inmediatamente añade: «Es necesario librar al ejército de la influencia de los diputados soldados y obreros.» Sin embargo, esto no era tan fácil como parecía.

El jefe de la 182ª división informa al comandante del cuerpo: «Cada vez se producen con más frecuencia equívocos por cuestiones insignificantes en esencia, pero amenazadores por su carácter; cada vez es mayor la excitación nerviosa de los soldados, y, con mayor razón, de los oficiales.»

Hasta aquí, sólo se trata de testimonios dispersos, aunque numerosos. Pero he aquí que el 18 de marzo se celebra en el Cuartel general una conferencia del mando para examinar la situación del frente. Las conclusiones a que llegan los organismos administrativos centrales son unánimes: «En los meses próximos es imposible completar las fuerzas del frente en las proporciones necesarias, pues reina una gran fermentación en todos los regimientos de reserva. El ejército está pasando por una enfermedad. Probablemente no se conseguirá antes de dos o tres meses normalizar las relaciones entre los soldados y la oficialidad. (Los generales no comprendían que la enfermedad, lejos de decrecer, seguía progresando.) Por el momento, se nota algún decaimiento entre los oficiales, efervescencia en las tropas y numerosas deserciones. La capacidad combativa del ejército ha disminuido y es muy difícil contar con que la guerra pueda seguir adelante en el momento actual.» Conclusión: «Es inadmisible que actualmente se puedan llevar a la práctica las operaciones activas señaladas para esta primavera.»

Durante las siguientes semanas, la situación sigue empeorando rápidamente y los testimonios que lo abonan se multiplican sin cesar.

A fines de marzo, el general del 5º ejército, Dragomirov, escribía al general Ruski: «El espíritu bélico ha decaído. No sólo los soldados no tienen ningún deseo de atacar, sino que aun la facultad de mantenerse sencillamente a la defensiva ha disminuido, hasta el punto de poner en peligro los objetivos de la guerra... La política, que se ha extendido de poner en peligro los objetivos de la guerra... La política, que se ha extendido enormemente por todos los sectores del ejército... ha arrastrado a toda la masa de los soldados a no desear más que una cosa: que acabe la guerra y volverse a casa.»

El general Lukomski, una de las más firmes columnas de la reacción en el Cuartel general, descontento del nuevo orden de cosas, pasó a principios de la guerra a mandar un cuerpo de ejército, y, según él mismo nos cuenta, comprobó que la disciplina sólo seguía manteniéndose en los regimientos de Artillería y de Ingenieros, en los cuales había muchos oficiales y soldados de oficio: «Por lo que se refiere a las tres divisiones de Infantería, se estaban desmoronando por completo.»

Las deserciones, que disminuyeron después de la revolución bajo el signo de la esperanza, volvieron a aumentar bajo la presión del desencanto. Según el general Alexéiev, en la semana comprendida entre el 1 y el 7 de abril desertaron del frente septentrional y occidental cerca de ocho mil soldados. «Leo con gran asombro -escribía a Guchkov- informes de gente irresponsable sobre la «magnífica» moral del ejército. ¿Qué fines persiguen con esto? A los alemanes no conseguiremos engañarles, y, en cambio, para nosotros el engaño sería fatal.»

Conviene señalar que hasta ahora casi en ninguna parte se habla de los bolcheviques: la mayoría de los oficiales no se habían hecho aún a este extraño nombre. Cuando los informes hablan de las causas de la descomposición del ejército, señalan como tales a los periódicos, a los propagandistas, a los soviets, a la «política»; en una palabra, a la revolución de Febrero.

Aún había algunos jefes optimistas que confiaban en que todo se arreglaría. Había muchos más que cerraban deliberadamente los ojos ante los hechos para no causar disgustos a las nuevas autoridades. Y, a la inversa, un número considerable de jefes que exageraban conscientemente los síntomas de dsmoralización para obtener de las autoridades medidas decisivas que ellos, sin embargo, no podían o no se atrevían a llamar por su nombre. Pero el estado general del ejército, tal como lo dejamos señalado, es indiscutible. Al sobrevenir la caída del antiguo régimen, el ejército estaba enfermo y la revolución imprimió al irresistible proceso de su desmoronamiento formas políticas que fueron tomando poco a poco un carácter más implacablemente definido. La revolución llevó hasta sus últimas consecuencias no sólo las ansias apasionadas de paz, sino también la hostilidad de la masa de los soldados hacia el mando y las clases gobernantes en general.

A mediados de abril, Alexéiev informó personalmente al gobierno -al cual, por lo visto, no disimulaba- sobre el estado de espíritu del ejército. «Me acuerdo -dice Nabokov- del sentimiento de miedo y de desesperación que, al escuchar aquello, se apoderó de mí.» Hay que suponer que cuando se expuso este informe, que sólo pudo ser en las primeras seis semanas que siguieron a la revolución, estaría también presente Miliukov; lo más probable es que fuera precisamente él el que trajera a Alexéiev del frente, con el fin de asustar a sus colegas y por medio de ellos a sus amigos los socialistas. Guchkov sostuvo, efectivamente, después de esto, una conversación con los representantes del Comité ejecutivo. «Han empezado -se lamenta- las funestas fraternizaciones y se registran numerosos casos de insubordinación directa. Las órdenes superiores pasan previamente por el tamiz de las organizaciones del ejército y de los mítines. En algunos regimientos no quieren ni oír hablar de las operaciones activas... Cuando la gente confía en que mañana habrá paz -dice, no sin fundamento, Guchkov-, es imposible obligarla hoy a arriesgar la cabeza. De aquí, el ministro de la Guerra sacaba esta conclusión: hay que dejar de hablar de paz en voz alta. Y como precisamente la revolución había enseñado a la gente a decir en voz alta lo que antes se guardaba para sus adentros, esto equivalía a decir: hay que acabar con la revolución.

El soldado, naturalmente, no tenía deseo alguno, ya desde el primer día de la guerra, de morir ni de pelear. Pero se resistía a ello del mismo modo que el caballo de batería se resistía a arrastrar un cañón pesado por el barro. Lo mismo que el caballo, no creía que pudiera verse nunca libre de la carga que le habían echado encima. Entre su voluntad y los sucesos de la guerra no había ningún nexo. La revolución se lo descubrió. Para millones de soldados, ésta significaba el derecho a una vida mejor y, sobre todo, el derecho a la vida escueta, el derecho a proteger su existencia de las balas y los obuses y, a la par, a proteger su cara del puño del oficial. En este sentido, decíamos más arriba que el proceso sicológico sustancial que se estaba operando en el ejército consistía en el despertar de la personalidad. Las clases cultas creían ver una traición contra la nación en aquella irrupción volcánica de individualismo, que revestía muchas veces formas anárquicas. En realidad, en los actos turbulentos de los soldados, en sus protestas desmandadas, hasta en sus excesos sangrientos se estaba gestando sencillamente aquella nación que se creía traicionada, a base de unos materiales grises, impersonales y prehistóricos. El desbordamiento, tan odiado por la burguesía, del individualismo de la masas respondía precisamente al carácter de la revolución de Febrero, como revolución burguesa que era.

Pero no era éste su único contenido, pues en la revolución, además del campesino y de su hijo el soldado, participaba el obrero. Este hacía ya tiempo que sentía su personalidad, y había ido a la guerra no sólo odiándola, sino con la idea preconcebida de luchar contra ella, y la revolución no significaba para él, pura y simplemente, el hecho escueto de la victoria, sino también el triunfo parcial de sus ideas. El derrumbamiento de la monarquía era, para él, el primer peldaño, en el cual no se detenía, pues, una vez remontado, se apresuraba a lanzarse tras otros objetivos. Para él todo el problema estaba en saber hasta qué punto seguirían apoyándole en sus luchas el soldado y el campesino. «¿Para qué quiero yo la libertad -decía, repitiendo las palabras oídas al obrero a la puerta del teatro, al que no le daban acceso- si las llaves de la libertad las tienen en sus manos los señores?» A través del inmenso caos de la revolución de Febrero se veían resplandecer los rasgos acerados de la de Octubre.


CAPITULO XIV


Capitulo XIV

Los gobernantes y la guerra.

 

 

 

 

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

 

 

 

¿Qué se proponían hacer con esta guerra y con este ejército el gobierno provisional y el Comité ejecutivo?

Ante todo, hay que comprender la política de la burguesía liberal, ya que era ella la que desempeñaba el papel predominante. Exteriormente, la política guerra del liberalismo seguía siendo una política patriótica y agresiva, anexionista, intransigente. En realidad, era una política llena de contradicciones y desleal, que no tardó en convertirse en derrotista.

«Si no hubiera habido la revolución, la guerra se hubiera perdido de todos modos, aun sin la revolución, y es casi seguro que se hubiese concertado una paz separada», escribía más tarde Rodzianko, cuyos juicios no se distinguían por su originalidad, razón por la cual expresaban bastante bien la opinión más extendida entre los elementos liberales conservadores. La sublevación de los batallones de la Guardia no auguraba a las clases poseedoras un triunfo exterior, sino una derrota interior. Y los liberales eran quienes menos ilusiones podían hacerse en este punto, puesto que habían previsto el peligro y luchaban contra él como podían. El inesperado optimismo revolucionario de Miliukov, que declaraba que la revolución no era más que un paso dado hacia la victoria, era, en realidad, el último recurso del desesperado. El problema de la guerra y la paz dejaba de ser, en sus tres cuartas partes, para los liberales, un problema especial. Presentían que no iba a serles dado explotar la revolución a favor de la guerra, y por esto les planteaba de un modo tanto más imperioso otro objetivo: explotar la guerra contra la revolución.

Ante los caudillos de la burguesía rusa planteábanse también, evidentemente, en aquellos momentos, las cuestiones referentes a la situación internacional de Rusia después de la guerra: las deudas y los nuevos empréstitos, los mercados de capitales y de productos. Pero no eran estas cuestiones las que de un modo inmediato informaban su política. Se trataba, no de obtener las condiciones internacionales más ventajosas para la Rusia burguesa, sino de sacar a flote el propio régimen burgués aunque fuera a costa de dejar maltrecha a Rusia para lo futuro. «Ante todo, repongámonos -decía esta clase, herida de muerte-; después, ya veremos de poner las cosas en orden.» Y «reponerse» significaba liquidar la revolución.

Atizar el hipnotismo de la guerra y el estado de espíritu chauvinista era lo único que daba a la burguesía la posibilidad de aliarse políticamente con las masas, ante todo con el ejército, contra los que pretendían llevar adelante la revolución. La aspiración consistía en presentar al pueblo la guerra, herencia del zarismo, con sus aliados y objetivos zaristas, como una nueva guerra en defensa de las conquistas y las esperanzas revolucionarias. Caso de conseguirlo -¿cómo?-, el liberalismo contaba firmemente con poder volver contra la revolución la opinión pública patriótica que ayer le sirviera contra la pandilla rasputiniana. Y si no se podía salvar a la monarquía como suprema instancia contra el pueblo, urgía doblemente aferrase a los aliados: durante la guerra, la Entente representaba, desde luego, una instancia de apelación incomparablemente más poderosa que hubiera podido ser una monarquía propia.

La continuación de la guerra justificaría la conservación del aparato militar y burocrático del zarismo, el aplazamiento de la Asamblea constituyente, la subordinación del interior revolucionario al frente, o, lo que es lo mismo, a los generales que formaban un frente único con la burguesía liberal. Todos los problemas interiores, y muy principalmente el problema agrario, y toa la legislación social, se aplazaban hasta la terminación de la guerra, que, a su vez, se aplazaba hasta la consecución de una victoria en la que los liberales, por su parte, no creían. Y así, la guerra destinada a agotar al enemigo se convertía en una guerra destinada a agotar a la revolución. Es posible que no fuera éste un plan definido, meditado y deliberado cuidadosamente en las sesiones oficiales. Pero ¡para qué! Este plan se desprendía lógicamente de toda la política anterior del liberalismo y del estado de cosas creado por la revolución.

Obligado a abrazar el camino de la guerra, Miliukov no tenía, naturalmente, por qué renunciar de antemano a llevar su parte en el botín. No olvidemos que la esperanza de que triunfasen los aliados seguía siendo muy grande y había aumentado extraordinariamente al entrar los Estados Unidos en la guerra. Es verdad; la Entente era una cosa y Rusia otra. Los jefes de la burguesía rusa habían aprendido a comprender, en el transcurso de la guerra, que dada la debilidad económica y militar de Rusia, el triunfo de los aliados sobre los imperios centrales tenía que convertirse inevitablemente en su triunfo sobre Rusia, que, fueren cuales fueren las variantes posibles, saldría irremediablemente de la guerra quebrantada y debilitada. Pero los imperialistas liberales habían decidido cerrar conscientemente los ojos ante esta perspectiva. Cierto es que tampoco les quedaba ya otro recurso. Guchkov declaraba sin ambages a sus amigos que sólo un milagro podía salvar a Rusia, y que la esperanza en este milagro era todo su programa como ministro de la Guerra. Para su política interior, Miliukov necesitaba el mito de la victoria. No nos importa saber hasta qué punto creía él personalmente en el triunfo; desde luego, afirmaba tenazmente que Constantinopla sería nuestra. Además, obraba con el cinismo que le era peculiar. El 20 de marzo, el ministro de Negocios Extranjeros trató de persuadir a los embajadores aliados de que se traicionara a Servia, arrancando de este modo la traición de Bulgaria contra los imperios centrales. El embajador francés arrugó el ceño. Pero Miliukov insistió en la «necesidad de renunciar en aquella gestión a las consideraciones sentimentales» y, al mismo tiempo, al neoesclavismo que él mismo había predicado desde los tiempos de la derrota de la primera revolución. Ya Engels escribía a Bernstein en 1882: «¿A qué se reduce todo el charlatanismo paneslavista? A la toma de Constantinopla, y nada más.»

Aquella acusación de germanofilia, más aún de venalidad a los alemanes, que todavía ayer se esgrimía contra la camarilla palaciega, esgrimíase ahora contra la revolución. Conforme pasaban los días, más audaz, clara e insolentemente resonaba esta nota en los discursos y artículos del partido kadete. Antes de apoderarse de las aguas turcas, el liberalismo enturbiaba las fuentes y envenenaba los pozos de la revolución.

Pero no todos los líderes liberales, ni mucho menos, ni todos desde luego de un modo inmediato, adoptaron después de la revolución una actitud de intransigencia ante la guerra. Muchos de ellos se movían aún dentro de la atmósfera del estado de espíritu prerrevolucionario, y enfocaban la perspectiva de una paz separada. Posteriormente, algunos de los dirigentes kadetes hablaban de esto con completa franqueza. El mismo Nabokov ha confesado que ya el 7 de marzo habló de una paz separada con los miembros del gobierno. Algunos elementos del Centro directivo del partido kadete intentaron demostrar colectivamente a su jefe la imposibilidad de continuar la guerra. «Miliukov, con el cálculo frío que le era habitual, demostró -según cuenta el barón de Nolde- que no había más remedio que alcanzar los objetivos de la guerra. El general Alexéiev, que en aquel período se había acercado a los kadetes, apoyaba a Miliukov, afirmando que «el ejército puede ser levantado». Y por lo visto estaba llamado a levantarlo este gran organizador de todas las calamidades del Cuartel general.

Algunos liberales y demócratas, más cándidos, no comprendían la orientación de Miliukov y le consideraban como el hidalgo defensor de la lealtad y la nobleza para con los aliados, como una especie de Don Quijote de la Entente. ¡Disparatado! Después de la toma del poder por los bolcheviques, Miliukov no vaciló ni un instante en dirigirse a Kiev, ocupado entonces por los alemanes, y proponer sus servicios al gobierno de los Hohenzollern, que, a decir verdad, no se dio gran prisa en aceptarlos. El fin inmediato que perseguía Miliukov era precisamente obtener para luchar contra los bolcheviques aquel mismo «oro alemán» con cuyo fantasma había intentado antes mancillar la revolución. A muchos liberales, las apelaciones de Miliukov a Alemania en 1918 les parecieron tan incomprensibles como en los primeros meses de 1917 su programa de destrucción del imperio germano. Aquellas dos conductas no eran más que el anverso y el reverso de la misma medalla. Al disponerse a traicionar a los aliados, como antes a Servia, Miliukov no se traicionaba a sí mismo ni traicionaba a su clase, sino que practicaba consecuentemente la misma política; si su facha no era muy decorosa, no se le culpe a él. Al tantear, todavía bajo el zarismo, el camino de la paz separada, con el fin de evitar la inminente revolución; al exigir la guerra hasta el fin para liquidar la revolución de Febrero, como luego, al buscar la alianza con los Hohenzollern para derribar la revolución de Octubre, Miliukov permanecía siempre fiel a los intereses de los poseedores. Y si no pudo hacer nada en su favor, estrellándose a cada uno de estos intentos contra una nueva muralla, fue porque sus mandantes no tenían salvación.

Lo que Miliukov echaba amargamente de menos en los días que siguieron al alzamiento revolucionario fue una ofensiva enemiga, un buen garrotazo alemán asestado en la cabeza de la revolución. Por desgracia suya, los meses de marzo y abril eran poco propicios en el frente ruso, por las condiciones del clima, para operaciones de gran envergadura. Y sobre todo, los alemanes, cuya situación era cada día más grave, habían decidido después de grandes vacilaciones, entregar la revolución rusa a su suerte interior. Sólo el general Lisingen desplegó en Stojod, el 20 y 21 de marzo, una iniciativa personal. El éxito de su operación asustó al gobierno alemán, a la par que llenó de júbilo al ruso. Con el mismo impudor con que en tiempos del zar exageraba el éxito más insignificante, el Cuartel general hinchaba ahora la derrota de Stojod, secundado en sus esfuerzos por la prensa liberal. El pánico, las retiradas y las bajas experimentadas por las tropas rusas se describen ahora con el mismo deleite con que antes se abultaban los prisioneros y el botín. La burguesía y los generales abrazaban a todas luces la senda derrotista. Pero Lisingen fue contenido por sus superiores, y el frente viose nuevamente atascado y puesto a la expectativa por el lodo de la primavera.

El plan de apoyarse en la guerra contra la revolución, sólo podía tener probabilidades de éxito a condición de que los partidos intermedios, seguidos por las masas populares, accedieran a tomar sobre sus hombros el papel de mecanismo de transmisión de la política liberal. El liberalismo era impotente para asociar la idea e la guerra a la de la revolución: no hacía todavía veinticuatro horas, sostenía que la revolución sería funesta para la guerra. Había que imponer esta misión a la democracia. Pero ante ésta, naturalmente, no se podía descubrir el pastel, no se la podía poner al corriente del plan, sino hacerla morder el anzuelo, explotar sus prejuicios, la jactancia de sus líderes, que se tenían por grandes hombres de Estado, su miedo a la anarquía, su respeto supersticioso por la burguesía.

En los primeros días, los socialistas -nos vemos obligados a llamar así, en gracia a la brevedad, a los mencheviques y socialrevolucionarios- no sabían qué hacer con la guerra. Cheidse suspiraba: «Siempre hemos hablado contra la guerra; ¿cómo voy ahora yo a predicar su continuación?» El 20 de marzo, el Comité ejecutivo decidió enviar un mensaje de salutación a Franz Mehring. Con esta pequeña demostración, el ala izquierda intentaba tranquilizar un poco su conciencia socialista, no muy exigente, a la verdad. Con respecto a la guerra, el Soviet seguía mudo. Los jefes temían provocar un conflicto con el gobierno provisional en esta cuestión y ensombrecer la luna de miel del «enlace». Temían también las discrepancias que entre ellos pudiesen surgir. Había en su seno defensistas de la patria y zimmerwaldianos. Pero unos y otros exageraban sus discrepancias. La intelectualidad revolucionaria había sufrido, durante la guerra, en su mayoría, un proceso de aguda degeneración burguesa. El patriotismo, declarado o encubierto, aliaba a los intelectuales con las clases dirigentes y los divorciaba de las masas. La bandera de Zimmerwald con que se cubría el ala izquierda no obligaba a mucho y, al mismo tiempo, permitía no poner al descubierto la solidaridad patriótica con la pandilla rasputiniana. Pero ahora, el régimen de los Romanov había sido derrocado y Rusia veíase convertida en un país democrático, que, desplegando al viento su bandera, en la cual brillaban todos los colores de la libertad, se destacaba sobre el sombrío fondo policíaco de Europa, oprimida por las cadenas de la dictadura militar. ¿Cómo no hemos de defender nuestra revolución contra los Hohenzollern?, exclamaban los nuevos y los viejos patriotas que se hallaban al frente del Comité ejecutivo. Los zimmerwaldianos del corte de Sujánov y Stieklov argüían, sin gran convicción, que la guerra seguía siendo imperialista, puesto que los liberales declaraban que la revolución había de garantizar las anexiones que se habían acordado bajo el zar. «¿Cómo voy a predicar yo la continuación de la guerra?», se preguntaba, preocupado, Cheidse. Pero, como los propios zimmerwaldianos habían tomado la iniciativa de entregar el poder a los liberales, sus objeciones no tenían ninguna fuerza. Después de algunas semanas de vacilaciones y resistencias, llévase a la práctica, con ayuda de Tsereteli, de un modo bastante satisfactorio, la primera parte el plan de Miliukov, y aquellos malos demócratas que se titulaban socialistas, se engancharon al carro de la guerra, prestaron el lomo al látigo de los liberales, e hicieron esfuerzos indecibles por asegurar el triunfo... de la Entente sobre Rusia, y el de América sobre Europa.

La principal misión de los conciliadores consistía en injertar el patriotismo en la energía revolucionaria de las masas. De una parte, se esforzaban en resucitar la capacidad combativa del ejército, lo cual era difícil; de otra, intentaban conseguir del gobierno de la Entente que renunciase a las depredaciones, lo cual era ridículo. Tanto en un sentido como en otro, fueron de la ilusión al desencanto y del error a la humillación. Señalemos los primeros jalones de este recorrido.

En las horas de su breve grandeza, Rodzianko se apresuró a publicar u decreto sobre el retorno inmediato de los soldados a los cuarteles y su respeto a la oficialidad. La agitación promovida por este decreto en la guarnición obligó al Soviet a consagrar una de sus primeras sesiones a la cuestión de la suerte que le estaba reservada al soldado. En la atmósfera caldeada de aquellas horas, en el caos de una asamblea que tenía más de mitin que de sesión, bajo el dictado directo de los soldados, cuya acción no pudieron impedir los jefes ausentes, surgió el famoso «decreto número 1», único documento digno de la revolución de Febrero y que era la carta de la libertad otorgada al ejército revolucionario. Sus artículos audaces, que daban a los soldados la posibilidad de abrazar de un modo organizado la nueva senda, ordenaban: la creación de comités directivos en todos los regimientos; la elección de representantes de los soldados en Soviet; sumisión a éste y a sus comités en todas las acciones políticas; conservación de las armas bajo el control de los comités de compañía y de batallón y «no entregarlas a los oficiales bajo ningún concepto»; en el servicio, severa disciplina militar; fuera de él, plenitud de derechos civiles; abolición del saludo fuera de servicio; prohibición de tratar groseramente a los soldados, de tutearlos, etc.

Tales eran los frutos que los soldados de Petrogrado sacaban de haber tomado parte en la revolución. ¿Y podían ser otros? Nadie se hubiera atrevido a ofrecer resistencia. Mientras se preparaba el decreto, los jefes del Soviet estaban absorbidos por más altas preocupaciones; entablaban negociaciones con los liberales, lo cual les facilitaba una coartada de que poder servirse cuando tuvieran necesidad de justificarse ante la burguesía y el mando.

A la par con el decreto número 1, el Comité ejecutivo, al darse cuenta de lo que había hecho, mandó a la imprenta, a modo de contraveneno, un manifiesto dirigido a los soldados, que, so pretexto de condenar los actos en que los soldados hacían justicia a los oficiales por propia iniciativa, exigía la sumisión al viejo mando. Los cajistas se negaron en redondo a componer el documento. Sus democráticos autores no cabían en sí de indignación. ¿Adónde vamos a parar? Sin embargo, sería erróneo suponer que los cajistas desearan represalias sangrientas contra los oficiales. Pero parecíales que requerir a los soldados a someterse disciplinadamente al mando zarista, al día siguiente de la revolución, equivalía a abrir de par en par las puertas de la contrarrevolución. Es cierto que aquellos cajistas se excedieron en sus derechos, pero es que no se sentían tan sólo cajistas: a su juicio, se trataba de la existencia misma de la revolución.

En aquellos primeros días, cuando la suerte de los oficiales que retornaban a los regimientos interesaba extraordinariamente tanto a los soldados como a los obreros, la organización socialdemócrata «interdepartamental», que simpatizaba con los bolcheviques, planteaba la cuestión con audacia revolucionaria. «Para que no os engañen los aristócratas y los oficiales -decía el manifiesto lanzado a los soldados por dicha organización-, elegid vosotros mismos vuestros comandantes de pelotón, compañía y regimiento. No aceptéis más que a los oficiales en los que tenéis confianza». Pero ¿qué ocurrió? Aquella proclama, que respondía plenamente a la situación, fue inmediatamente secuestrada por el Comité ejecutivo, y Cheidse la calificó, en un discurso, de provocadora. Los demócratas, como vemos, no tenían el menor reparo en coartar la libertad de prensa cuando se trataba de asestar agolpes a las fuerzas revolucionarias. Por fortuna, su propia libertad andaba también bastante maltrecha. Los obreros y soldados que apoyaban al Comité ejecutivo como su órgano supremo enmendaban en los casos importantes la política de los directivos por medio de su intervención directa.

A los pocos días de esto, el Comité ejecutivo intentaba ya desvirtuar, mediante el «decreto número 2», el número 1, circunscribiendo su campo de acción a la región militar de Petrogrado. Fue inútil. El decreto número 1 era inderrogable, por la sencilla razón de que no creaba nada nuevo, sino que se limitaba a consignar l que era ya realidad visible en el interior del país y en el frente, y no había, quieras o no, más remedio que acatar. Cuando tenían enfrente a los soldados hasta los diputados liberales rehuían hablar del «decreto número 1». Sin embargo, en los dominios de la gran política, este decreto audaz se tornó en el argumento principal de la burguesía contra los soviets. A partir de este momento, los generales derrotados descubrieron en el «decreto número 1», el obstáculo principal que les había impedido vencer a los alemanes. A Alemania se achacaban los verdaderos orígenes del decreto. Los conciliadores no cesaban de justificarse, y excitaban los nervios de los soldados, intentado arrebatarles con la mano derecha lo que les habían dado con la izquierda.

Entre tanto, en el Soviet la mayoría de los diputados ya no exigían que los jefes y oficiales se nombrasen por elección. Los demócratas se inquietaron. Falto de mejores argumentos, Sujánov recurría al arma de la intimidación, diciendo que la burguesía a quien se había entregado el poder no accedería a reconocer en la milicia el principio electivo. Los demócratas se refugiaban a ojos vistas detrás de Guchkov. Los liberales ocupaban en su juego el mismo lugar que la monarquía había de ocupar, según ellos, en el juego del liberalismo. «Cuando abandoné la tribuna para volverme a mi sitio -cuenta Sujánov- tropecé con un soldado que me cerraba el paso, y, esgrimiendo el puño ante mis ojos, gritaba furiosamente y hablaba de los señores que no habían sido nunca soldados.» Después de aquel «exceso», nuestro demócrata, perdiendo definitivamente el equilibrio, corrió en busca de Kerenski, y gracias a esto «se echó tierra al asunto como se pudo». Era la único que esta gente sabía hacer.

Durante dos semanas había podido fingir que no se daban cuenta de la guerra. Pero la ficción no podía durar. El 14 de marzo, el Comité ejecutivo presentó al Soviet un proyecto de manifiesto: «A los pueblos de todo el mundo», redactado por Sujánov. La prensa liberal se apresuró a calificar el documento, que unía a los conciliadores de derecha y de izquierda, de «decreto número 1» de la política exterior. Pero este juicio era tan falso como el documento sobre el que recaía. El «decreto número 1» era la respuesta honrada de la masa a los problemas que planteaba al ejército la revolución. El manifiesto del 14 de marzo no era más que una respuesta pérfida de los de arriba a las objeciones que les habían formulado honradamente los soldados y obreros.

El manifiesto expresaba, naturalmente, el anhelo de una paz democrática sin anexiones ni indemnizaciones. Pero los imperialistas occidentales habían aprendido a servirse de esta fraseología mucho antes que la revolución de Febrero.

En nombre de una paz duradera, honrada, «democrática», se disponía Wilson, precisamente por aquellos días, a lanzarse a la guerra. El honorable míster Asquith hacía en el parlamento una clasificación científica de las anexiones, de la cual se deducía de un modo irrefutable que debían condenarse por inmorales todas aquellas que se hallaran en contradicción con los intereses de la Gran Bretaña. Por lo que a la diplomacia francesa se refiere, toda su aspiración consistía en dar la expresión liberal más perfecta a su codicia de tendero y usurero. El documento soviético, al cual no se puede negar una sinceridad un poco simplista, caía fatalmente en la órbita de la hipocresía francesa oficial. El manifiesto prometía «defender enérgicamente nuestra propia libertad» contra el militarismo extranjero. Precisamente éste era el tópico de que se venían sirviendo los socialpatriotas franceses desde el mes de agosto de 1914. «Ha llegado el momento de que los pueblos tomen en sus manos la resolución del problema de la guerra y de la paz», proclamaba el manifiesto, cuyos autores acababan de confiar, en nombre del pueblo ruso, la resolución de este magno problema a la gran burguesía. Dirigiéndose a los obreros de Alemania y Austria-Hungría, el manifiesto decía: «¡No sigáis sirviendo de instrumento de rapiña y de violencia en manos de los reyes, los terratenientes y los banqueros!» Estas palabras encerraban la quintaesencia de la falsedad, pues los jefes del Soviet no habían ni siquiera pensado en romper la alianza que los ataba a los reyes de la Gran Bretaña y de Bélgica, al emperador del Japón, y a los terratenientes y banqueros de su propio país y de los de la Entente. Al mismo tiempo que entregaban la dirección de la política exterior a Miliukov, que pocos días antes se disponía a convertir la Prusia oriental en una provincia rusa, los jefes del Soviet invitaban a los obreros alemanes y austrohúngaros a seguir el ejemplo de la revolución rusa. Aquella teatral abjuración de la matanza no cambiaba nada; eso, el propio papa lo hacía. Por medio de frases patéticas contra las sombras de los banqueros, los terratenientes y los reyes, los conciliadores, convertían la revolución de Febrero en un instrumento de los reyes, los terratenientes y los banqueros de carne y hueso. Ya en el mensaje de salutación al gobierno provisional. Lloyd George veía en la revolución rusa la prueba de que «la guerra actual, es substancialmente, la lucha por el gobierno popular y la libertad». El manifiesto del 14 de marzo s solidarizaba «substancialmente» con Lloyd George y prestaba una valiosa ayuda a la propaganda militarista de Norteamérica. El periódico de Miliukov estaba cargadísimo de razón cuando decía que el «manifiesto -que comenta con el típico tono pacifista- desarrolla, en el fondo, la ideología que nos une a todos nosotros con nuestros aliados». No importa que los liberales rusos atacasen furiosamente el manifiesto ni que la censura francesa no lo dejase pasar; ello se debía al miedo a la interpretación que daban a este documento las masas revolucionarias, crédulas aún.

Este manifiesto, escrito por un zimmerwaldiano, representaba un triunfo del ala patriótica. Los soviets locales recogieron la seña, y la consigna «¡Guerra a la guerra!» se decretó inadmisible. Hasta en los Urales y en Kostroma, donde los bolcheviques tenían fuerzas, fue por unanimidad aprobado el patriótico manifiesto. La cosa no tenía nada de sorprendente, puesto que ni el Soviet de Petrogrado había reaccionado contra el documento de los bolcheviques.

Pocas semanas después venció y fue puesta al cobro una parte de aquella letra de cambio aceptada. El gobierno provisional emitió un empréstito de guerra bautizado, naturalmente, de «empréstito de la libertad». Tsereteli esforzábase en demostrar que, puesto que el gobierno cumplía «en general» sus compromisos, la democracia tenía el deber de apoyar el empréstito. En el Comité ejecutivo, la oposición reunió más de la tercera parte de los votos. Pero en la reunión plenaria del Soviet (22 de abril), sólo votaron contra el empréstito 112 diputados, siendo el total casi de dos mil. De esto han sacado algunos la conclusión de que el ejecutivo estaba más a la izquierda que el Soviet. Pero esto no es cierto. Ocurría, simplemente, que el Soviet era más honrado que el Comité ejecutivo. Si la guerra era la defensa de la revolución, había que dar dinero para aquella, apoyar el empréstito. El Comité ejecutivo no era más revolucionario, sino más evasivo. Vivía de equívocos y reservas. Apoyaba, «en general», al gobierno, criatura suya, y sólo asumía sobre sí la responsabilidad de la guerra «en la medida en que...» Estas mezquinas astucias no llegaban a las masas. Los soldados no podían combatir «en la medida en que» ni morir simplemente «en general».

A fin de consolidar el triunfo de la razón de Estado sobre la arbitrariedad popular, el 1º de abril el gobierno puso oficialmente a la cabeza de las fuerzas armadas al general Alexéiev, el mismo que el 5 de marzo se disponía a fusilar las «bandas de propagandistas». Ya todo estaba en orden. El inspirador de la política exterior del zar, Miliukov, era ministro de Estado. El general en jefe de los ejércitos zaristas, Alexéiev, era generalísimo de la revolución. La continuidad quedaba perfectamente establecida.

Al mismo tiempo, los jefes soviéticos veíanse obligados, por la lógica de la situación, a deshacer ellos mismos los nudos de la red que habían tejido. La democracia oficial temía mortalmente a los jefes y oficiales, a quienes toleraba y apoyaba. No podía dejar de someterlos a vigilancia, aspirando, al mismo tiempo, a apoyar ésta en los soldados y a hacerla en lo posible independiente de ellos. En la sesión del 6 de marzo, el Comité ejecutivo reconoció la conveniencia de nombrar comisarios cerca de todas las armas y las instituciones militares. De este modo se creaba una triple relación: las tropas elegían sus delegados en el Soviet; el Comité ejecutivo destacaba sus comisarios cerca de las tropas; finalmente, al frente de cada unidad militar había un Comité electivo que venía a ser algo así como una célula de base del Soviet.

Una de las misiones más importantes de los comisarios consistía en vigilar el mando, a fin de percatarse de la confianza que pudiera merecer desde el punto de vista político. «El régimen democrático no tardó en superar en esto al autocrático», escribe Denikin, indignado, e inmediatamente se jacta de la habilidad con que su Estado Mayor interceptaba y le transmitía a él la correspondencia cifrada que sostenían los comisarios con Petrogrado. Aquello de que se vigilase a los monárquicos y a los esclavistas sublevaba, naturalmente, la conciencia. En cambio, el robar la correspondencia de los comisarios con el gobierno era muy plausible. Pero, cualquiera que sea el aspecto moral de la cuestión, lo cierto es que las relaciones internas del aparato dirigente del ejército aparecen con una meridiana claridad: los dos, por lo visto, se temen mutuamente y se vigilan, recelosos y hostiles. Lo único que les une es el miedo común a los soldados. Los propios generales y almirantes, fueran cuales fuesen sus planes y sus esperanzas para el futuro, veían claramente que no había modo de renunciar a la careta democrática. El reglamento de los comités de escuadra fue redactado por Kolchak; éste confiaba en poder estrangularlos el día de mañana, pero como no era posible dar un paso sin los comités, interesaba del Cuartel General que los sancionar. El general Markov, uno de los futuros caudillos blancos, enviaba también al ministerio, a principios de abril, un proyecto de nombramiento de comisarios destinados a vigilar la lealtad del mando. He aquí cómo las «leyes seculares del ejército», es decir, las tradiciones del burocratismo militar, se rompían como pajas al empuje de la revolución.

Los soldados enfocaban los comités desde el punto de vista opuesto, congregándose en torno a ellos contra el mando, y si bien los comités defendían a los jefes contra los soldados, era sólo hasta cierto límite. La situación del oficial a quien ponía el veto el Comité hacíase insostenible. Así, fue engendrándose, por práctica consuetudinaria, el derecho de los soldados a separar a sus jefes. Según Denikin, hacia el mes de julio habían sido eliminados en el frente occidental hasta sesenta jefes viejos, desde el jefe de cuerpo al de regimiento. Análogas destituciones llevábanse a cabo también dentro de los regimientos.

Entre tanto, el ministerio de Guerra, el Comité ejecutivo, los organismos de enlace que perseguían como fin establecer formas de relación «razonables» dentro del ejército, elevar la autoridad del mando y reducir los comités de tropa a un papel secundario, principalmente administrativo, estaban empeñados en una menuda labor burocrática. Pero mientras que los altos jefes intentaban en vano ahuyentar la sombra de la revolución, los comités iban formando una fuerte red centralizada, que se elevaba hasta el Comité ejecutivo de Petrogrado y que consolidaba de un modo orgánico su poder dentro del ejército. Sin embargo, el Comité ejecutivo sólo se servía de él para mantener uncido al ejército a la guerra por medio de los comisarios y los comités. Los soldados veíanse en el trance, cada vez más apremiante, de meditar cómo era posible que los comités elegidos por ellos dijeran tan a menudo no lo que ellos, los soldados, pensaban, sino lo que los jefes querían.

Las trincheras envían a la capital un número cada vez mayor de comisarios para orientarse y saber a qué atenerse. Desde principios de abril, el contacto de la capital con el frente no se interrumpe. No pasa día sin que en el palacio de Táurida se presente una Comisión de soldados del frente. Estos se devanan los sesos intentando descifrar los misterios de la política del Comité ejecutivo, que no sabe dar una sola respuesta clara a las preguntas que se le hacen. El ejército asume trabajosamente la posición soviética para convencerse de un modo muy claro de la inconsistencia que impera en la dirección de los soviets.

Los liberales, que no se atreven a oponerse abiertamente al Soviet, intentan luchar por la conquista del ejército. Es, naturalmente, el chauvinismo el que, según ellos, ha de servirles de lazo para atraérselo. El ministro kadete Chingarev, en una de las conversaciones sostenidas con los delegados de las trincheras, defendió el decreto de Guchkov contra la «excesiva indulgencia» hacia los prisioneros; basándose en las «ferocidades alemanas», las palabras del ministro no encontraron buena acogida; lejos de ello, la reunión se pronunció decididamente en favor de que se mejorara la situación de los prisioneros. Y estos hombres eran los mismos a quienes los liberales acusaban de salvajismo. Lo que ocurría era que aquellos hombres grises del frente tenían su criterio; reputaban perfectamente lícito tomar represalias contra el oficial que injuriaba a los soldados, pero les parecía indigno tomarlas contra un soldado alemán, indefenso por las crueldades reales o supuestas de un Ludendorff. Las normas eternas de la mortal no se habían hecho para aquellos campesinos, toscos y piojosos.

Las tentativas de la burguesía para apoderarse del ejército determinaron una especie de pugilato entre los liberales y los conciliadores en el Congreso de los delegados del frente occidental, que tuvo lugar de los días 7 a 10 de abril. Aquel primer Congreso de las tropas del frente había de servir para someter al ejército a una prueba política decisiva, y ambas partes enviaron a Minsk a sus mejores fuerzas. Del Soviet fueron Tsereteli, Cheidse, Skobelev, Govzdiov; de la burguesía el propio Rodzianko, el kadete Rodichev y otros. En el teatro de Minsk, abarrotado de gente, reinaba una tensión apasionada, que se derramaba sobre toda la ciudad. Las comunicaciones de los delegados del frente ponían la realidad al descubierto. La confraternización corre como reguero de pólvora, los soldados van tomando la iniciativa con una audacia cada vez mayor, el mando no puede ni pensar en medidas represivas. ¿Qué podían decir allí los liberales? Puestos ante aquel auditorio caldeado, renunciaron inmediatamente a la idea de oponer sus consignas a las del Soviet y se limitaron a dar la nota patriótica en los discursos de salutación, no tardando en esfumarse completamente. El combate fue ganado sin lucha por los demócratas, los cuales no necesitaron conducir a las masas contra la burguesía, sino, por el contrario, contenerlas. En el Congreso dominó el grito de la paz, equivocadamente entretejido con el de la defensa de la revolución, a tono con el espíritu del manifiesto del 14 de marzo. La proposición del Soviet acerca de la guerra fue aprobada por 610 votos contra 8 y 46 abstenciones. La última esperanza de los liberales de alzar al frente contra el interior del país, al ejército contra el Soviet, se desvanecía por completo. Por su parte, los jefes demócratas regresaban del Congreso más asustados que satisfechos de su triunfo, pues habían visto los espíritus inflamados por la revolución y comprendían que eran impotentes para dominarlos.

 


CAPITULO XV


Capitulo XV

Los bolcheviques y Lenin

 

 

 

 

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

 

 

 

El día 3 de abril llegó Lenin a Petrogrado de la emigración. Hasta este momento no empieza el partido bolchevique a hablar en voz alta y, lo que es más importante, a tener voz propia.

El primer mes de la revolución fue para el bolchevismo un período de desconcierto y vacilaciones. En el manifiesto del Comité central de los bolcheviques, escrito inmediatamente después de triunfar el movimiento de Febrero, decíase: «Los obreros de las fábricas, así como los soldados sublevados, deben elegir inmediatamente sus representantes en el gobierno revolucionario provisional.» El manifiesto vio la luz en el órgano oficial del Soviet, sin comentario ni objeciones, como si se tratara de un documento académico. Y es que hasta los propios dirigentes bolcheviques a atribuían a su consigna un valor meramente demostrativo. No hablaban como representantes de un partido proletario que se dispone a afrontar una lucha imponente por la conquista del poder, sino como el ala izquierda de la democracia que, al proclamar sus principios, tiende a abrazar el cometido de oposición leal durante un período de tiempo indefinido.

Sujánov afirma que en la sesión celebrada por el Comité ejecutivo el 1º de marzo sólo se discutieron las condiciones de traspaso del poder. Contra el hecho mismo de la constitución de un gobierno burgués no se alzó ni una sola voz, a pesar de que, de los 39 miembros del Comité ejecutivo, 11 eran bolcheviques y simpatizantes: tres de ellos, Zalutski, Chliapnikov y Mólotov, pertenecían al centro.

Al día siguiente, según cuenta el propio Chliapnikov, de los 400 diputados presentes en la sesión del Soviet, sólo votaron en contra de la entrega del poder a la burguesía 19, cuando la fracción bolchevique contaba ya con 40. Esta votación se desarrolló en medio de la mayor tranquilidad, en medio de un orden parlamentario perfecto, sin que los bolcheviques formulasen proposición alguna clara en contra, y sin provocar lucha ni agitación de ninguna clase en la prensa bolchevique.

El 4 de marzo, el buró del Comité central votó una resolución acerca del carácter contrarrevolucionario del gobierno provisional y la necesidad de orientarse hacia la dictadura democrática del proletariado y de los campesinos. El Comité de Petrogrado, para quien esta resolución no tenía, como así era, más que un valor puramente académico, puesto que no indicaba qué era lo que había de hacerse, enfocó el problema desde el extremo opuesto. «Teniendo en cuenta la resolución acerca del gobierno provisional votada por el Soviet», declara que «no se opone al poder del gobierno provisional en la medida en que...» Era, en esencia, la posición de los mencheviques y socialrevolucionarios, sólo que replegada sobre la segunda línea. Esta posición abiertamente oportunista del Comité de Petrogrado no contradecía más que en la forma a la adoptada por el Comité central, cuyo carácter académico no significaba escuetamente más que la avenencia política con el hecho consumado.

Esta predisposición a allanarse silenciosamente o con reserva al gobierno burgués no halló, ni mucho menos, una acogida incondicional entre los elementos del partido. Los obreros bolcheviques se estrellaron inmediatamente contra el gobierno provisional como contra una fortaleza enemiga que se alzase inesperadamente en su camino. El Comité de Viborg celebraba mítines de miles de obreros y soldados, en los que se votaban, casi por unanimidad, resoluciones haciendo resaltar la necesidad de que el Soviet tomara en sus manos el poder. Digelstedt, que participó activamente en esta campaña de agitación, atestigua: «No hubo un solo mitin, una sola asamblea obrera que rechazara nuestras proposiciones, si había alguien que se las presentara.» En los primeros días, los mencheviques y los socialrevolucionarios no se atrevían a plantear abiertamente ante l auditorio de obreros y soldados la cuestión del poder tal como ellos la concebían. En vista del éxito que obtuvo la resolución de los obreros de Viborg, fue impresa y fijada por las esquinas como un pasquín. Pero el Comité de Petrogrado le puso el veto y los bolcheviques de Viborg no tuvieron más remedio que someterse.

En lo tocante al contenido social de la revolución y a las perspectivas de su desarrollo, la posición de los dirigentes bolcheviques no era menos confusa. Chliapnikov cuenta: «Coincidíamos con los mencheviques en que estábamos atravesando un momento revolucionario que se caracterizaba por la destrucción del régimen feudal, el cual debía ser sustituido por las «libertades» propias del régimen burgués.» En su primer número, la Pravda escribía: «La misión fundamental consiste... en la instauración del régimen democrático republicano.» En su mandato a los diputados obreros, el Comité de Moscú declaraba: «El proletariado aspira a conseguir las libertades necesarias para luchar por el socialismo, que es su objetivo final.» La tradicional alusión al «objetivo final» subraya suficientemente la distancia histórica que separaba esta posición del socialismo. Nadie iba más allá. El miedo a rebasar lo límites de la revolución democrática dictaba una política expectante, de adaptación y de retirada manifiesta ante las consignas de los conciliadores.

No es difícil comprender la grave repercusión que tenía en provincias esta alta de decisión política por parte del centro. Nos limitaremos a traer aquí el testimonio de uno de los dirigentes de la organización de Saratov: «Nuestro partido, que había tomado una participación activa en el movimiento revolucionario, había dejado escapar, evidentemente, la influencia que tenía sobre las masas, las cuales fueron a parar a manos de los mencheviques y los socialrevolucionarios. Nadie sabía cuáles eran las consignas de los bolcheviques... Un cuadro muy poco agradable.»

Los bolcheviques de izquierda, empezando por los obreros, hacían cuanto podían por romper el cerco. Pero tampoco ellos sabían cómo hacer frente a los argumentos acerca del carácter burgués de la revolución y de los peligros de aislamiento del proletariado, y se sometían a regañadientes a las orientaciones de la dirección. Las distintas tendencias que se dibujaban en el bolchevismo chocaron con bastante violencia, unas contra otras, desde el primer día, pero sin que ninguna de ellas llevase sus ideas hasta las últimas consecuencias. La Pravda reflejaba este estado confuso y vacilante de las ideas del partido, sin contribuir en lo más mínimo a armonizarlas. Hacia mediados de marzo se complicó aún más la situación, al llegar del destierro Kámenev y Stalin, que imprimieron un giro francamente derechista a la política oficial del partido.

Kámenev, bolchevique casi desde la fundación del partido, había militado siempre en el ala derecha. No carecía de preparación teórica ni de sentido político, y estaba dotado de una gran experiencia de la lucha entre las fracciones rusas del partido y de una reserva considerable de observaciones políticas adquiridas en los países occidentales, todo lo cual le permitía asimilar mejor que muchos otros bolcheviques las ideas de Lenin, pero siempre para darles en la práctica la interpretación más pacífica posible. De él no cabía esperar personalidad en la decisión ni iniciativa en la acción, Kámenev, magnífico propagandista, orador y periodista reflexivo, aunque no brillante, era un elemento de gran valor cuando había que entablar negociaciones con otros partidos o investigar lo que sucedía en otras esferas sociales, bien entendido que de estas excursiones volvía siempre trayendo adherido algo de los medios ajenos. Estos rasgos de Kámenev eran tan claros y tan patentes, que casi nadie se equivocaba cuando se trataba de juzgar su personalidad. Sujánov observa en él la ausencia de «ángulos agudos»: «Hay que llevarle siempre a rastras, y si alguna vez se hace el remolón, no es difícil reducirle.» En el mismo sentido se expresa, hablando de él, Stankievich: «La actitud de Kámenev respecto a los adversarios era tan suave, que parecía avergonzarse de la intransigencia de su posición; en el Comité era, indudablemente, mas que un adversario, un mero elemento de oposición.» A esto, poco hay que añadir.

Stalin era un tipo de bolchevique perfectamente distinto, tanto por su psicología como por la misión que desempeñaba dentro del partido; su actividad era la de un sólido organizador, teórica y políticamente primitivo. Kámenev, como publicista que era, había pasado una larga serie de años al lado de Lenin en la emigración, donde se concentraba la labor teórica del partido; a Stalin, que era lo que se llama un práctico, sin horizontes teóricos, sin gran interés por los problemas políticos y sin el menor conocimiento de idiomas extranjeros, no había quien le apartase del solar ruso. Los militantes de este tipo sólo hacían breves escapadas al extranjero, de tarde en tarde, para recibir instrucciones, ponerse de acuerdo sobre la labor que habían de desarrollar y retornar en seguida a Rusia. Stalin se distinguía entre los elementos prácticos por su energía, su tenacidad y su inventiva en las combinaciones de entre bastidores. Kámenev, hombre tímido, «se avergonzaba de las consecuencias prácticas a que llevaba el bolchevismo»; Stalin propendía, por el contrario, a sostener sin el menor miramiento ni atenuación las conclusiones prácticas adoptadas con una mezcla de tenacidad y grosería.

A pesar de esta divergencia tan grande de caracteres, Kámenev y Stalin abrazan, a principios de la revolución, una posición común, y no tenía nada de particular, pues se completaban mutuamente. Concepción revolucionaria sin voluntad revolucionaria es lo mismo que un reloj con el muelle roto: el minutero político de Kámenev iba siempre retrasado con relación a los objetivos revolucionarios. Pero, por otra parte, la ausencia de una amplia concepción política condena al político de más voluntad de la indecisión ante acontecimientos importantes y complejos. Un empírico como Stalin es terreno abonado para que en él florezcan todas las influencias extrañas, no por parte de la voluntad, sino del pensamiento. Y he aquí cómo un publicista sin voluntad y un organizador sin horizontes teóricos llevaron, en marzo, su bolchevismo hasta las puertas mismas del menchevismo. Stalin resultó ser todavía, incapaz que Kámenev para adoptar una posición personal dentro del Comité ejecutivo, del que entró a formar parte como representante del partido. En las actas ni en la prensa no ha quedado una sola proposición, declaración o protesta en la que veamos a Stalin expresar el punto de vista bolchevique frente a la sumisión de la «democracia» ante el liberalismo. Sujánov dice en sus Memorias: «En aquel entonces, los bolcheviques tenían en el Comité ejecutivo, además de Kámenev, a Stalin. Durante su modesta actuación dentro del Comité ejecutivo, producía -y no sólo a mí- la impresión de una mancha gris, que a veces brillaba fugazmente con una luz tenue que no dejaba rastro. Es todo lo que se puede decir de él.» Si Sujánov, en términos generales, no aprecia en toda su valor a Stalin, no puede negarse que caracteriza bastante acertadamente su falta de personalidad política en aquel Comité ejecutivo conciliador.

El 14 de marzo, aceptábase por unanimidad el manifiesto. «A los pueblos de todo el mundo», que interpretaba el triunfo de la revolución de Febrero a favor de la Entente y ponía al movimiento revolucionario ruso el cuño socialpatriótico francés. Era, a no dudar, un gran éxito de Kámenev y Stalin, obtenido, evidentemente, sin gran lucha. La Pravda hablaba de este documento como de «un compromiso consciente entre las distintas tendencias representadas en el Soviet.»

Hubiera debido añadir que el tal compromiso implicaba una franca ruptura con las ideas de Lenin, que en el Soviet nadie defendía.

Kámenev, miembro de la redacción del órgano central en el extranjero; Stalin, miembro del Comité central, y Muranov, diputado de la Duma, que volvía también de Siberia, destituyeron a la antigua redacción de la Pravda, por demasiado «izquierdista», y, amparándose en sus derechos, harto problemáticos, asumieron la dirección del periódico a partir del 15 de marzo. En el artículo en que la nueva redacción anunciaba sus propósitos se decía que los bolcheviques apoyarían decididamente al gobierno provisional «en cuanto luchase contra la reacción y la contrarrevolución». Respecto a la guerra, los nuevos dirigentes se pronunciaban de un modo igualmente categórico: mientras el ejército alemán obedezca al káiser, el soldado ruso «deberá permanecer firme en su puesto contestando a las balas con las balas y a los obuses con los obuses». «Nuestra consigna no debe ser un ¡Abajo la guerra! sin contenido. Nuestra consigna debe ser: ejercer presión sobre el gobierno provisional con el fin de obligarle... a tantear la disposición de los países beligerantes respecto a la posibilidad de entablar negociaciones inmediatamente... Entre tanto, todo el mundo debe permanecer en supuesto de combate.» Lo mismo las ideas que el modo de formularlas son defensistas hasta la médula. La fórmula de presionar a un gobierno imperialista, con el fin de «inclinarle» a una actitud pacifista, era el programa de Kaustky en Alemania, el de Jean Longuet en Francia, el de Mac Donald en Inglaterra; pero distaba mucho de ser el de Lenin, que predicaba el derrumbamiento del régimen imperialista. Defendiéndose de los ataques de la prensa patriótica, la Pravda iba todavía más lejos: «Todo derrotismo -afirmaba- o, por mejor decir, lo que la prensa mal informada estigmatizaba bajo la censura zarista con este nombre, desapareció en el momento de aparecer en las calles de Petrogrado el primer regimiento revolucionario.» Esto equivalía a romper de lleno con la posición mantenida por Lenin. El «derrotismo» no era, ni mucho menos, una invención de la prensa enemiga amparada por la censura, sino una fórmula de Lenin: «La derrota de Rusia es el mal menor.» Ni la aparición del primer regimiento revolucionario, ni aun el derrumbamiento de la monarquía, modificaba el carácter imperialista de la guerra. El día en que salió a la cale el primer número de la Pravda transformada fue -cuenta Chliapnikov- un día de júbilo general para los defensistas. Todo el palacio de Táurida, desde los hombres del Comité de la Duma hasta el corazón mismo de la democracia revolucionaria -el Comité ejecutivo- estaba absorbido por una noticia: el triunfo de los bolcheviques moderados y razonables sobre los extremistas. En el propio Comité ejecutivo nos acogieron con sonrisas burlones... Cuando este número de la Pravda se recibió en las fábricas, llevó una completa perplejidad al ánimo de los afiliados y simpatizantes de nuestro partido y una gran alegría a nuestros adversarios... En los suburbios la indignación era inmensa, y cuando los proletarios se enteraron de que se habían apoderado de la Pravda tres compañeros llegados de Siberia, antiguos redactores del periódico, se exigió su exclusión del partido.»

La Pravda no tuvo más remedio que publicar una enérgica protesta de los obreros de Viborg: «Si el periódico no quiere perder la confianza de los barrios obreros, debe sostener la antorcha de la conciencia revolucionaria, por mucho que moleste a la vista de las lechuzas burguesas.» Las protestas de abajo llevaron a la redacción a mostrarse más cauta en la expresión, pero no a modificar la política. Hasta el primer artículo publicado por Lenin, a su llegada del extranjero, pasó por las columnas del periódico sin dejar huella en la mente de sus redactores. La orientación derechista navegaba a velas desplegadas. «En nuestras campañas de propaganda -cuenta Digelstedt, representante del ala izquierda- teníamos que tomar en consideración el principio de la dualidad de poder... y demostrar su carácter inevitable a aquella masa de obreros y soldados que en el transcurso de medio mes de vida política intensa se había educado en una concepción completamente distinta de sus objetivos.»

La política del partido en el resto del país se acomodaba, naturalmente, a la de la Pravda. En muchos soviets, las propuestas presentadas acerca de los problemas fundamentales se votaban por unanimidad; los bolcheviques acataban sin rechistar la mayoría. En la conferencia de los soviets de la región de Moscú los bolcheviques se adhirieron a la resolución presentada por los socialpatriotas respecto a la guerra. Finalmente, en la conferencia de representantes de 82 soviets de toda Rusia, celebrada en Petrogrado a fines de marzo y principios de abril, los bolcheviques votaron por la resolución oficial acerca del poder, que defendió Dan. Esta notable aproximación política a los mencheviques respondía a las tendencias conciliadoras, que ya habían tomado mucho auge. En provincias, bolcheviques y mencheviques formaban parte de organizaciones mixtas. La fracción Kámenev-Stalin iba convirtiéndose cada vez más marcadamente en el ala izquierda de la «democracia revolucionaria» y se plegaba a la mecánica de la «presión» parlamentaria de entre bastidores sobre la burguesía, combinándola con un presión de entre bastidores sobre la democracia.

El centro espiritual del partido residía en el sector del Comité central emigrado y en la redacción del órgano central El Socialdemócrata. Lenin, ayudado por Zinóviev, llevaba toda la labor de dirección. Las funciones de secretaria, de gran responsabilidad, corrían a cargo de Krupskaya, la mujer de Lenin. Para las funciones prácticas, este pequeño centro se apoyaba en algunas docenas de bolcheviques emigrados. Durante la guerra, la falta de contacto con Rusia tomó caracteres graves, tanto más cuanto más la policía militar de la Entente iba apretando su círculo de hierro. La explosión revolucionaria, tan ansiosamente esperada durante largos años, cogió desprevenido al centro bolchevique. Inglaterra se negó categóricamente a dejar entrar en Rusia a los emigrados internacionalistas, cuya lista llevaba celosamente. Lenin, enjaulado en Zurich, se desesperaba buscando el modo de evadirse. Entre los cien planes que se forjaron había uno que consistía en hacer el viaje con el pasaporte de un sordomudo escandinavo. Lenin, torturado por esta idea, no desperdicia ocasión para hacer oír su voz desde Suiza. Ya el 6 de marzo telegrafía a Petrogrado, vía Estocolmo: «Nuestra táctica: desconfianza absoluta, negar todo apoyo al nuevo gobierno; recelamos especialmente de Kerenski; no hay más garantía que armar al proletariado; elecciones inmediatas a la Duma de Petrogrado; mantenerse bien separados de los demás partidos.» En estas primeras instrucciones sólo tenía carácter episódico lo de elecciones a la Duma y no al Soviet, y pronto había de quedar eliminado este punto; los demás extremos, concretados, en una forma telegráficamente escueta, señalan ya perfectamente la orientación general de la política leninista. Simultáneamente, Lenin empieza a enviar a la Pravda sus «Cartas desde lejos», que, apoyándose en la fragmentaria información de los periódicos extranjeros, hacen un análisis definitivo de la situación revolucionaria. Las noticias de los periódicos extranjeros le permiten llegar en seguida a la conclusión de que el gobierno provisional, directamente apoyado no sólo por Kerenski, sino por Cheidse, está engañando con bastante éxito a los obreros, haciendo pasar como defensiva la guerra imperialista. El 17 de marzo envía, por conducto de los amigos de Estocolmo, una carta llena de inquietud: «Nuestro partido se cubriría para siempre de oprobio, se suicidaría políticamente, si se dejara llevar por esta añagaza... Preferiría incluso romper inmediatamente con quien fuese, dentro de nuestro partido, a hacer concesiones de ningún género al socialpatriotismo...» Después de esta amenaza, aparentemente impersonal, pero dirigida en realidad contra determinadas personas. Lenin advierte: «Kámenev debe comprender que sobre él recae una verdadera responsabilidad histórica.» Alude directamente a Kámenev porque se trata de cuestiones políticas de principio. Si se hubiera tratado de problemas prácticos combativos, Lenin hubiera apuntado de seguro a Stalin. En aquellos momentos, cuando Lenin se esforzaba en hacer llegar a Petrogrado, a través de la Europa humeante, la voz de su firme voluntad, Kámenev, apoyado por Stalin, viraba resueltamente proa al socialpatriotismo.

Los planes de evasión a base de maquillaje, pelucas, pasaportes falsos o ajenos iban abandonándose uno tras otro, por irrealizables. De un modo cada vez más perfilado, iba tomando cuerpo la idea de atravesar por Alemania. Este plan asustaba a la mayoría de los emigrados, no sólo a los patriotas. Mártov y otros mencheviques no se decidían a asociarse a aquella descarada ocurrencia de Lenin y seguían llamando inútilmente a las puertas de la Entente. Fueron también mucho los bolcheviques que, después de realizado, pusieron reproches a aquel viaje, al encontrarse con que el famoso «vagón precintado» entorpecía un poco sus campañas de propaganda. A Lenin no se le escapaban aquellas posibles dificultades futuras. Poco antes de salir de Zurich, Krupskaya escribía: «Los patriotas de Rusia pondrán el grito en el cielo, naturalmente; hay que disponerse a oír lo que digan.» El dilema era éste: o quedarse en Suiza o pasar por Alemania. No había otra salida. ¿Y podía Lenin vacilar ni un solo minuto? Un mes después, ni un día más ni menos, Mártov, Axelrod y otros veíanse obligados a seguir su ejemplo.

En la organización de este insólito viaje atravesando un país enemigo en plena guerra se nos revelan los rasgos esenciales de Lenin como político: la intrepidez en el propósito y la previsión cuidadosa en la ejecución. Dentro de este gran revolucionario se albergaba un notario meticuloso que sabía lo que traía entre manos y se ponía a levantar acta de un paso que podía contribuir a echar por tierra todas las actas notariales. Aquella especie de tratado internacional de tránsito, concertado entre la redacción del periódico de los emigrados y el Imperio de los Hohenzollern, contenía las condiciones del paso de éstos por el territorio alemán, trazadas con exquisita escrupulosidad. Lenin exigió para el viaje de tránsito completa extraterritorialidad; los viajeros cruzarían por Alemania sin que nadie tuviese derecho a pedirles los pasaportes, registrarles los equipajes ni poner el pie en el vagón durante el viaje (de aquí nació la leyenda del «vagón precintado»). Por su parte, los emigrados se comprometían a gestionar, una vez en Rusia, la liberación de un número igual de prisioneros civiles alemanes y austrohúngaros.

Antes de partir, los rusos firmaron, con algunos revolucionarios extranjeros, una declaración en los términos siguientes: «Los internacionalistas rusos que se dirigen a Rusia con el fin de ponerse al servicio de la revolución nos ayudarán a levantar a los proletarios de los demás países, sobre todo a los de Alemania y Austria, contra sus gobiernos.» Así rezaba el acta, firmada por Loriot y Guilbeaux, de Francia; Paul Levy, de Alemania; Platten, de Suiza; los diputados izquierdistas suecos y algunos otros. Con estas condiciones y cautelas, salieron de Suiza a fines de marzo treinta emigrados rusos; aun en tiempos de guerra, en que abundaban las municiones potentes, aquellos viajeros eran carga de una fuerza explosiva poco común.

En su carta de despedida a los obreros suizos, Lenin les recordaba la declaración hecha en el otoño de 1915 por el órgano central de los bolcheviques: «Si la revolución rusa lleva al poder a un gobierno republicano que se obstine en proseguir la guerra imperialista, los bolcheviques estarán contra la defensa de la patria republicana. Esta situación se ha producido. Y nuestro lema es: no queremos nada con un gobierno Guchkov-Miliukov.» Con esta palabra, Lenin ponía la planta del pie en el territorio de la revolución.

Pero los miembros del gobierno provisional no veían en ello motivo alguno de intranquilidad. Nabokov cuenta: «En una de las sesiones celebrada en marzo por el gobierno provisional, como se hablase en una pausa de los vuelos que iban tomando las propagandas bolcheviques, Kerenski dijo, riéndose histéricamente, como de costumbre: «Aguardad, aguardad a que llegue Lenin, y ya veréis entonces lo que es bueno.» Y Kerenski tenía razón. Sin embargo, los ministros, según Nabokov, no creían que hubiera razón para inquietarse. «Ya el solo hecho de atravesar por Alemania quebrantará hasta tal punto el prestigio de Lenin, que no habrá por qué temerle.» Los ministros se mostraban en esto, como en todo, muy perspicaces.

Algunos amigos y discípulos acudieron a recibir a Lenin en Finlandia. «Tan pronto como entramos en el vagón y nos sentamos -cuenta Raskolnikov, joven oficial de la Marina y bolchevique-, Vladimir Ilich se lanzó sobre Kámenev: «¿Qué diablos estáis escribiendo en la Pravda? Hemos visto algunos números, ¡y os hemos puesto buenos!...»» Tal era el encuentro, después de varios años de separación. Lo cual no quiere decir que no fuese cordial.

El Comité de Petrogrado, con ayuda de la organización militar, movilizó a varios miles de obreros y soldados para recibir solemnemente a Lenin. Una división de autos blindados puso a disposición del Comité todos los disponibles. El Comité decidió acudir a la estación con los autos blindados: la revolución mostraba ya sus simpatías por aquellos monstruos de hierro con los cuales tan útil es poder contar en las calles de una ciudad.

El relato de la recepción oficial, que tuvo lugar en el llamado «salón del zar» de la estación de Finlandia, es una página muy animada en las voluminosas y casi siempre monótonas Memorias de Sujánov. «Lenin, tocado con un gorro redondo de piel, el rostro helado y empuñando un magnífico ramo de flores, entró en el salón del zar o, por mejor decir, se precipitó en él. Al llegar al centro del salón se detuvo ante Cheidse como si hubiera tropezado con un obstáculo completamente inesperado. Y entonces Cheidse, sin perder su aspecto sombrío pronunció el siguiente discurso de «salutación», que tenía más de prédica moral que de otra cosa, no sólo por el tono, sino también por el espíritu que lo animaba: «Camarada Lenin: Le saludamos al llegar a Rusia, en nombre del Soviet de Petersburgo y de toda la revolución... Pero entendemos que en la actualidad la principal misión de la democracia revolucionaria consiste en defender nuestra revolución contra todo ataque, tanto de dentro como de fuera... Confiamos en que usted abrazará con nosotros estos mismos fines.» Cheidse calló. Yo, sorprendido, estaba desconcertado... Pero Lenin sabía muy bien, por lo visto, qué actitud había de adoptar ante aquello. De pie en medio del salón, parecía como si todo lo que estaba ocurriendo allí no tuviera nada que ver con él. Miraba a derecha e izquierda, se fijaba en los que le rodeaban, clavaba los ojos en el techo, arreglaba su ramo de flores, «que armonizaba muy mal con su figura», y después, volviendo completamente la espalda a la delegación del Comité ejecutivo, «contestó» del modo siguiente: «Queridos camaradas, soldados, marineros y obreros: Me siento feliz al saludar en vosotros a la revolución rusa triunfante, al saludaros como a la vanguardia del ejército proletario internacional... No está lejos ya el día en que, respondiendo al llamamiento de nuestro camarada Carlos Liebknecht, los pueblos volverán las armas contra sus explotadores capitalistas... La revolución rusa, hecha por vosotros, ha iniciado una nueva era. ¡Viva la revolución socialista mundial!»»

Sujánov tenía harta razón: el ramo de flores armonizaba mal con la figura de Lenin, le estorbaba y cohibía, indudablemente, desentonando sobre el fondo de Lenin, le estorbaba y cohibía, indudablemente, desentonando sobre el fondo severo de los acontecimientos que se estaban desarrollando. A Lenin no le gustaban las flores en ramo. Pero todavía tenía que cohibirle mucho más aquella hipócrita recepción oficial, celebrada en el salón regio. Cheidse era algo mejor que su discurso de salutación. A Lenin le temía un poco. Pero le habían advertido, indudablemente, que era menester hacer entrar en razón, desde el principio, a aquel «sectario». Completando el discurso de Cheidse, que demuestra el lamentable nivel de los que dirigían la política, a un joven comandante de la escuadra que habló en nombre de los marineros se le ocurrió expresar el deseo de que Lenin entrase a formar parte del gobierno provisional. Así era como la revolución de Febrero, endeble, verbosa y un poco simple también, recibía a un hombre que llegaba con el firme propósito de ponerse al frente de ella con el pensamiento y la acción. Estas primeras impresiones, que decuplicaban el sentimiento de inquietud que ya traía consigo Lenin, provocaron en él una indignación difícil de contener. Había que poner manos a la obra inmediatamente. En la estación de Finlandia, al volver la espalda a Cheidse para volverse de cara a los marineros y los obreros, al abandonar la defensa de la patria para apelar a la revolución mundial y trocar el gobierno provisional por Liebknecht, Lenin anticipaba como un pequeño ensayo la que había de ser toda su política ulterior.

A pesar de todo, aquella revolución, un poco chapucera, recibió inmediatamente en sus brazos al guía con efusión. Los soldados exigieron que Lenin se subiera a uno de los autos blindados, y Lenin no tuvo más remedio que complacerles. Las sombras de la noche deben a aquel desfile un carácter imponente. Los autos blindados llevaban todas las luces apagadas, y el reflector del automóvil en que iba Lenin hendía las tinieblas. La luz recortaba sobre las sombras de la calle a la masa de obreros, soldados y marineros que habían hecho una magna revolución, pero dejándose luego arrebatar el poder de las manos. La música militar dejó de tocar varias veces durante el trayecto, para que Lenin pudiese repetir su discurso de la estación, en diversas variantes, ante la muchedumbre que salía a su paso. «Fue una recepción triunfal y brillante -dice Sujánov-, y hasta muy simbólica.»

En el palacio de la Kchesinskaya, donde se hallaba instalado el Estado Mayor bolchevista en el nido de sedas de una bailarina palaciega -mezcolanza fortuita que había de regocijar la ironía siempre despierta de Lenin-, empezaron de nuevo los discursos de salutación. Lenin soportaba aquella avalancha de discursos ditirámbicos con la impaciencia con que un transeúnte acuciado espera que pase la lluvia, refugiado en un portal. Le satisfacía el júbilo sincero que producía su llegada, pero se lamentaba de que este júbilo se exteriorizase con tal derroche de palabras. El tono de los saludos oficiales parecíale afectado, imitación del de la democracia pequeñoburguesa, declamatorio, falso y sentimental. Veía que la revolución, antes de asignarse sus fines y trazarse el camino que había de seguir, había creado ya una etiqueta propia y fatigosa. Lenin se sonreía con una sonrisa que tenía su parte de bondad y de reproche, miraba el reloj y, de vez en cuando, bostezaba seguramente. Apenas se habían disipado las palabras del último saludo cuando el insólito viajero lanzó sobre el auditorio el torrente de sus ideas apasionadas, que no pocas veces restallaban como latigazos. Por aquel entonces, los bolcheviques no se servían aún del arte de la taquigrafía. Por aquel entonces, los bolcheviques no se servían aún del arte de la taquigrafía. Nadie tomaba notas, todos estaban excesivamente pendientes de lo que sucedía. Aquel discurso de Lenin no se ha conservado; no quedó más huella de él que la impresión general que dejó en el recuerdo de los que le oyeron. Además, el tiempo se ha encargado de refundirlo, añadiendo entusiasmo y quitando miedo. Pues en realidad la impresión fundamental del discurso, aun en los más allegados, fue de eso, de miedo. Todas las fórmulas habituales que se creían arraigadas, a fuerza de repetirse una vez y otra durante un mes seguido, veíanse destruidas unas tras otra ante los ojos del auditorio. La breve réplica de Lenin en la estación, lanzada por encima de los hombros del estupefacto Cheidse, se desarrollaba ahora en un discurso de dos horas destinado directamente a los militantes bolcheviques petersburgueses.

Sujánov se hallaba allí por casualidad, en calidad de invitado, gracias a la condescendencia de Kámenev. Lenin no podía soportar aquellas amabilidades. Pero, gracias a esta circunstancia, contamos con un relato mitad hostil y mitad entusiasta del primer encuentro de Lenin con los bolcheviques de Petrogrado, hecho por un observador ajeno al partido.

«No olvidaré nunca aquel discurso, parecido a un trueno, que me conmovió y asombró, y no sólo a mí, hereje que había entrado allí sin derecho a entrar, sino a todos los correligionarios. Puedo afirmar que nadie esperaba nada parecido. Diríase que habían salido de sus madrigueras todas las fuerzas elementales y que el espíritu de la destrucción, arrollando sin miramientos las barreras, las dudas, las dificultades, los cálculos, se cernía sobre la sala de la Kchesinskaya, por encima de las cabezas de los discípulos hechizados.»

Para Sujánov, las dificultades y los cálculos consistían principalmente en las vacilaciones de los redactores de la Nóvaya Jizn, mientras tomaban el té en casa de Máximo Gorki. Los cálculos de Lenin iban más allá. Y no eran las fuerzas elementales precisamente las que se cernían sobre la sala, sino el pensamiento de un hombre que no se arredraba ante las fuerzas elementales y se esforzaban en conjurarlas con el fin de reducirlas. Pero es igual: la impresión está dada con bastante relieve.

«Cuando me puse en camino con los camaradas -dijo Lenin, según Sujánov- me figuré que desde la estación me llevarían directamente a la fortaleza de Pedro y Pablo. Como vemos, no hay nada de eso. Pero no perdamos la esperanza. ¡Ya llegará ese día!» Mientras que para los demás los derroteros de la revolución tendían a reforzar la democracia, para Lenin la perspectiva inmediata representaba la fortaleza de Pedro y Pablo. Aquello parecía una broma de mal augurio. Pero no, Lenin y con él la revolución no estaban para bromas.

«Lenin -se lamenta Sujánov- echó por la borda la reforma agraria en forma legislativa, así como la política del Soviet, y proclamó la expropiación organizada de la tierra por los campesinos, sin esperar a que se la concediese ningún poder del Estado.»

«¡No nos interesa nada la república parlamentaria, la democracia burguesa! ¡No nos interesa ningún gobierno que no sea el de los soviets de diputados obreros, soldados y campesinos!»

Al propio tiempo, Lenin trazaba una línea divisoria clara entre él y la mayoría del Soviet, arrojando a ésta al campo enemigo. «Bastaba esto, en los tiempos que corrían, para que el vértigo se apoderara de los oyentes.»

«Sólo la izquierda zimmerwaldiana defiende los intereses proletarios y los de la revolución mundial -dijo Lenin, según la transcripción irritada de Sujánov-. Los demás son oportunistas como los otros, de los que dicen buenas palabras y, en la práctica..., traicionan al socialismo y a las masas obreras.»

«Lenin atacó decididamente la táctica de los elementos dirigentes del partido y los diferentes camaradas antes de llegar él -dice Raskolnikov-, completando la referencia de Sujánov-. Estaban presentes los militares más responsables del partido. pero para ellos el discurso de Ilich fue un verdadero descubrimiento y tendió un Rubicón entre la táctica de ayer y la de hoy.» El Rubicón, como veremos, no se tendió tan pronto.

El discurso no suscitó discusión: todo el mundo estaba como apabullado y quería poner un poco de orden en sus ideas. «Salí a la calle -termina Sujánov- con la sensación de que me habían golpeado la cabeza con un hierro. Sólo veía una cosa clara: ¡No, yo no podría seguir jamás el camino trazado por Lenin!» ¡Claro que no! ¡Pues no faltaba más!

Al día siguiente, Lenin sometió al partido una breve exposición por escrito de sus puntos de vista y que con el nombre de «tesis del 4 de abril» había de convertirse en uno de los documentos más importantes de la revolución. Las tesis expresaban ideas sencillas en palabras no menos sencillas, accesibles a todo el mundo. La república, fruto de la insurrección de Febrero, no es nuestra república, ni la guerra que mantiene es nuestra guerra. La misión de los bolcheviques consiste en derribar al gobierno imperialista. Éste se sostiene gracias al apoyo de los socialrevolucionarios y mencheviques, que a su vez se apoyan en la confianza que en ellos tienen depositada las masas populares. Nosotros representamos una minoría. En estas condiciones no se pude ni siquiera hablar del empleo de la violencia por nuestra parte. Hay que enseñar a la masa a desconfiar de los conciliadores y defensistas. «Hay que aclarar la situación pacientemente.» El éxito de esta política, impuesta por la situación, es seguro y nos conducirá a la dictadura del proletariado, y con ella a la superación del régimen burgués. Romperemos completamente con el capital, publicaremos sus tratados secretos y llamaremos a los obreros de todo el mundo a romper con la burguesía y a poner fin a la guerra. Iniciaremos la revolución internacional. Sólo el triunfo de ésta consolidará el nuestro y asegurará el tránsito al régimen socialista.»

Las tesis de Lenin fueron publicadas exclusivamente como obra suya. Los organismos centrales del partido las acogieron con una hostilidad sólo velada por la perplejidad. Nadie, ni una organización, ni un grupo, ni una persona, estampo su firma al pie de ese documento. Incluso Zinóviev, que había llegado con Lenin del extranjero, donde su pensamiento se había formado durante diez años bajo la influencia directa y cotidiana del maestro, se apartó silenciosamente a un lado. Y este apartamiento no tenía nada de inesperado para el maestro, que conocía muy bien a su discípulo. Kámenev era un propagandista y vulgarizador; Zinóviev, un agitador y nada más que un agitador, según frase de Lenin. Para ser jefe, le faltaba, sobre todo, el sentido de la responsabilidad. Y no sólo esto. Su pensamiento, carente de disciplina interna, es absolutamente incapaz de toda labor teórica y se disuelve en la intuición informe del agitador. Gracias a esta intuición excepcionalmente aguda, Zinóviev cogía siempre al vuelo las fórmulas de que necesitaba, es decir, las que le facilitaban un influjo más efectivo sobre las masas. Lo mismo como orador que como periodista, es siempre, invariablemente, un agitador, con la diferencia de que en los artículos se destacan más sus lados flojos, mientras que en los discursos predominan los fuertes. Zinóviev, mucho más intrépido e impetuoso para la agitación que ningún otro bolchevique, es aún más incapaz que Kámenev de toda iniciativa revolucionaria. Es indeciso, como todos los demagogos. Al pasar de la palestra de las querellas intestinas a los combates directos de masas, Zinóviev se apartaba casi automáticamente de su maestro.

Durante estos últimos años, no han faltado tentativas encaminadas a demostrar que la crisis sufrida por el partido en abril no fue más que una desorientación pasajera y casi casual. Al menor contacto con los hechos, estas tentativas se desvanecen. 1

Lo que ya sabemos respecto a la actuación del partido en el transcurso del mes de marzo nos revela la existencia de discrepancias profundísimas entre Lenin y los dirigentes petersburgueses. Precisamente en el momento de llegar Lenin a Petrogrado estas discrepancias cobraban su máxima tensión. A la par que la asamblea de representantes de los 82 soviets, en que Kámenev y Stalin votaron por la proposición acerca del poder presentada por los socialrevolucionarios y los mencheviques, celebrábase en Petrogrado una reunión de bolcheviques llegados de todos los puntos de Rusia. Esta reunión, a la que Lenin sólo asistió hacia el final, tiene excepcional interés, pues revela el estado de espíritu y las opiniones del partido, o, por mejor decir, de su sector dirigente tal y como había salido de la guerra. La lectura de las actas, que hasta hoy nos deja a menudo perplejos, sugiere esta pregunta: ¿es posible que un partido representado por aquellos delegados pudiera tomar el poder con mano férrea siete meses después?

Ha transcurrido ya un mes desde el derrumbamiento de la autocracia, plazo considerable tanto para la revolución como para la guerra. Sin embargo, en el partido no se han definido aún las posiciones acerca de los problemas más candentes de la revolución. Los patriotas extremos como Voitinski, Eliava y otros tomaban parte en la reunión al lado de los que se consideraban internacionalistas. El tanto por ciento de patriotas declarados, aunque incomparablemente inferior al de los mencheviques, era considerable. La conferencia dejó en pie la cuestión que se planteaba: ¿separarse los patriotas del partido, o unirse a los patriotas mencheviques? En los intervalos de las sesiones de la asamblea bolchevista celebrábanse otras en que tomaban parte conjuntamente los bolcheviques y los mencheviques delegados a la conferencia soviética, con el fin de deliberar acerca de la guerra. El más exaltado de los patriotas mencheviques, Líber, declaró en esta reunión: «Hay que dejar a un lado la antigua división en bolcheviques y mencheviques y tratar exclusivamente nuestra actitud ante la guerra.» El bolchevique Voitinski se apresuró a proclamar que estaba dispuesto a poner su firma debajo de todas y cada una de las palabras de Líber. Todos revueltos, bolcheviques y mencheviques, patriotas e internacionalistas, buscaban una fórmula común para expresar su actitud ante la guerra.

Donde las opiniones de la asamblea bolchevique hallaron, indudablemente, su expresión más adecuada fue en el informe de Stalin acerca de la actitud que habría de mantenerse frente al gobierno provisional. No hay más remedio que reproducir aquí la idea central de este informe, que, al igual que las citadas actas, no ha visto hasta ahora la luz. «El poder está compartido por dos órganos, ninguno de los cuales tiene su plenitud. Entre ellos hay, y necesariamente tiene que haber, rozamientos y luchas. Los papeles se han repartido. El Soviet ha asumido, de hecho, la iniciativa de las transformaciones revolucionarias; el Soviet es el guía revolucionario del pueblo insurreccionado, un órgano destinado a controlar al gobierno provisional. Este, por su parte, ha abrazado, en la práctica, la misión de consolidar las conquistas del pueblo revolucionario. El Soviet moviliza las fuerzas, controla. El gobierno provisional, resistiendo, tropezando, se asigna por cometido consolidar las conquistas del pueblo arrancadas ya de un modo efectivo por éste. Esta situación tiene aspectos negativos, pero también positivos: no nos convendría forzar por ahora los acontecimientos, acelerando el proceso de eliminación de los sectores burgueses, que más tarde deberán inevitablemente apartarse de nosotros.»

El ponente, pasando por alto el concepto de clase, enfoca las relaciones entre la burguesía y el proletariado como una simple división del trabajo. Los obreros y soldados hacen la revolución, Guchkov y Miliukov la «consolidan». Es exactamente la concepción tradicional del menchevismo, una mala copia de los acontecimientos de 1789. Esta actitud de mera observación expectativa ante el proceso histórico, la asignación de «misiones» a las distantes clases y la vigilancia crítica y tutelar de su cumplimiento, no puede ser más menchevique. La idea de que no es conveniente acelerar el desplazamiento de la burguesía por la revolución fue siempre el criterio supremo de toda la política del menchevismo. Esto, en la práctica, significaba frenar, poner sordina al movimiento de las masas para no asustar a los aliados liberales. Finalmente, las conclusiones de Stalin respecto al gobierno provisional entran de lleno en la fórmula equívoca de los conciliadores: «Hay que apoyar al gobierno provisional en la medida en que éste consolide los avances de la revolución; por el contrario, no se le deberá apoyar en aquello en que sea contrarrevolucionario.»

El informe de Stalin fue presentado el día 29 de marzo. Al día siguiente, el ponente oficial de la asamblea de los soviets, el socialdemócrata Stieklov, que se hallaba al margen de todo el partido, al defender aquel criterio de apoyo condicionado al gobierno provisional, trazaba, arrastrado por la elocuencia, un cuadro tal de la actuación de estos «consolidadores» de la revolución -resistencia a las reformas sociales, tendencias monárquicas, protección a las fuerzas contrarrevolucionarias, apetitos anexionistas- que la conferencia de los bolcheviques, inquieta, hubo de abandonar la fórmula de apoyo. El bolchevique de derecha Noguin, declaró: «El informe de Stieklov ha aportado nuevos elementos de juicio; claro está que ahora no se puede ya hablar de apoyo, sino, por el contrario, de resistencia.» Skripnik llegaba también a la conclusión de que, después del informe de Stieklov, «las cosas han cambiado mucho: ya no se puede hablar de apoyar al gobierno provisional; nos hallamos en presencia de un complot tramado por éste contra el pueblo y la revolución.» Un día antes de que trazarán aquel cuadro idílico de «división del trabajo» entre el gobierno provisional y el Soviet, Stalin viose obligado a suprimir el punto relativo al apoyo. Se promovieron unos cuantos debates breves y superficiales en torno a la cuestión de saber si debería apoyarse al gobierno provisional «en la medida en que...», o únicamente su acción revolucionaria. Vasiliev, delegado de Saratov, declaró, no sin fundamento. «Respecto al gobierno provisional, tenemos todos una misma actitud.» Krestinski formuló la situación de un modo todavía más claro: «Entre Stalin y Voitinski no hay discrepancias, por lo que a la actuación práctica se refiere.» Krestinski no estaba completamente falto de razón, a pesar de que Voitinski se pasó a los mencheviques inmediatamente después de la conferencia; Stalin suprimió la alusión al apoyo, pero el apoyo como tal quedó en pie. El único que intentó plantear la cuestión desde el punto d vista de los principios fue Krasikov, uno de aquellos viejos bolcheviques que habían estado apartados del partido durante una serie de años y que ahora intentaban retornar a sus filas cargados con el peso de la experiencia de la vida. Krasikov no se asustó de llamar a las cosas por su nombre: «¿Es que os disponéis, acaso, a instaurar la dictadura del proletariado?», preguntaba irónicamente. Pero la conferencia pasó por alto la ironía, y, con ello, la pregunta, como cosa poco digna de atención. La resolución votada por la conferencia invitaba a la democracia revolucionaria a impulsar al gobierno provisional «a luchar con todas sus fuerzas por liquidar de raíz el viejo régimen»; es decir, que reservaba al partido el papel de institutriz de la burguesía.

Al día siguiente se deliberó acerca de la proposición presentada por Tsereteli sobre la unión de bolcheviques y mencheviques. Stalin acogió la proposición con toda simpatía: «Debemos acceder a lo solicitado. Es necesario que definamos nuestro punto de vista acerca de la unificación. Ésta podrá realizarse sobre las bases de Zimmerwald-Kienthal.» Mólotov, separado por Kámenev y Stalin de la Pravda a causa de la orientación excesivamente radical que imprimía al periódico, objetó que Tsereteli pretendía unir a elementos heterogéneos, que él se calificaba también de zimmerwaldiano y que la unión así concebida sería falsa. Pero Stalin insistía en su punto de vista: «No hay por qué adelantarse a los acontecimientos -decía- y hablar de antemano de discrepancias. Sin discrepancias de criterio no cabe vida de partido; en el seno de éste, acabaremos con las pequeñas desavenencias.» Diríase que toda la lucha sostenida por Lenin contra el socialpatriotismo y su máscara pacifista durante los años de la guerra había sido completamente inútil. En septiembre de 1916, Lenin escribía a Petrogrado con gran insistencia, por medio de Chliapnikov: «El espíritu conciliador y las tendencias unificadoras es lo más nocivo que pueda existir para el partido obrero en Rusia; es, no sólo una idiotez, sino la ruina del partido... Sólo podemos fiarnos de los que han sabido comprender todo el engaño que se encierra en la idea de unidad y la necesidad de romper con toda esa cofradía (con Cheidse y compañía) en Rusia.» Pero esta advertencia pasó desapercibida. Stalin entendía que las discrepancias de criterio con Tsereteli, director del bloque del Soviet, eran pequeñas desavenencias con las que se podía acabar dentro del partido unificado. Este criterio es el que mejor refleja las ideas de Stalin en aquel entonces.

El 4 de abril, Lenin se presenta en la conferencia bolchevista. Su discurso, encaminado a comentar las «tesis», equivale, dentro de las tareas prácticas de la conferencia, a la esponja húmeda del maestro que borra todo lo escrito en el encerado por el alumno sin preparación. «¿Por qué no se ha tomado el poder?», pregunta Lenin. Poco antes, Stieklov había explicado confusamente, en la asamblea del Soviet, las causas de la abstención: el carácter burgués de la revolución, la «primera etapa», la guerra, etc. «Esto absurdo -declara Lenin-. La única razón es que el proletariado no es lo bastante consciente todavía ni está suficientemente organizado. Hay que reconocerlo. La fuerza material reside en manos del proletariado; pero la burguesía ha resultado ser más consciente y estar mejor preparada. Es un hecho monstruoso, pero hay que reconocerlo franca y abiertamente y decir al pueblo que si no ha tomado el poder, ha sido por su desorganización y la falta en él de una conciencia clara.»

Lenin sacó el problema de la madriguera de falso objetivismo en que se atrincheraban los elementos del partido que habían capitulado políticamente, para situarla en el terreno subjetivo. El proletariado no había tomado el poder en febrero, porque le partido de los bolcheviques no estuvo a la altura de su misión objetiva y no pudo impedir que los conciliadores expropiaran políticamente a las masas del pueblo en provecho de la burguesía.

Todavía el día anterior, el abogado Krasikov decía, en tono de reto: «Si entendemos que ha llegado el momento de implantar la dictadura del proletariado, hay que plantear la cuestión así. La fuerza física, en el sentido de la toma del poder, está indudablemente con nosotros.» Al llegar aquí, el presidente quitó la palabra a Krasikov, alegando que se estaban discutiendo objetivos prácticos y que el problema de la dictadura no figuraba en el orden del día. Pero Lenin estimaba que el único problema verdaderamente práctico que se planteaba era precisamente el de preparar la dictadura del proletariado. «La característica del momento actual en Rusia -decía en sus «tesis»- consiste en el tránsito de la primera etapa de la revolución, que ha dado el poder a la burguesía por carecer el proletariado de la organización y la claridad de conciencia necesarias a la segunda, que deberá entregar el poder al proletariado y a los campesinos pobres.»

La conferencia bolchevique, siguiendo las huellas de la Pravda, circunscribía los objetivos de la revolución a las transformaciones democráticas que habrían de realizarse por medio de la Asamblea constituyente. Lenin, por el contrario, declaraba: «La realidad viva y la revolución relegan la Asamblea constituyente a segundo término... La dictadura del proletariado existe, pero no se sabe qué hacer con ella.»

Los delegados se miraban unos a otros, se decían que Ilich había pasado demasiado tiempo en el extranjero, que no se había dado plena cuenta de la situación, que estaba orientada. Pero el informe de Stalin acerca de una prudente división del trabajo entre el gobierno provisional y el Soviet se hundió para siempre y sin remedio en el pasado que no vuelve. Stalin, después de aquello, sello los labios. Se estará largo tiempo callado. Sólo Kámenev se alzará para defenderse.

Ya desde Ginebra, Lenin advertía en sus cartas que estaba dispuesto a romper con todo el que hiciera la menor concesión en punto a la guerra y al chauvinismo o se inclinase a pactar con la burguesía. Ahora, puesto frente a frente con el sector dirigente del partido, se lanza al ataque en toda la línea. Por el momento, no cita todavía nombres de bolcheviques. Si tiene necesidad de aludir a algún ejemplo viviente de falsedad o de medias tintas, señala con el dedo a los elementos que se hallan fuera del partido, a Stieklov o a Cheidse. Es el procedimiento habitual de Lenin: no dejar a nadie abandonado en su posición prematuramente, con el fin de darle tiempo a volver al buen camino, debilitando con ello de antemano la posición de los futuros enemigos declarados. Kámenev y Stalin entendían que, después de Febrero, el soldado y el obrero que luchaban en las trincheras, defendían la revolución. Lenin opina que el soldado y el obrero siguen encadenados a la guerra como forzados de galeras del capital. «Hasta nuestros bolcheviques -dice, estrechado el cerco de los adversarios- manifiestan confianza en el gobierno. Esto sólo se puede explicar por la embriaguez de la revolución. Es la ruina del socialismo... Si es así, tendremos que tomar caminos distintos; aunque para ello tenga que quedarme en minoría.» No se trata de una simple amenaza oratoria: se ve que es una senda clara y meditada que sabe adonde conduce.

Lenin, que no quiere nombrar a Kámenev ni a Stalin, se ve obligado, sin embargo, a mentar el periódico: «La Pravda exige del gobierno que renuncie a las anexiones. Exigir que un gobierno de capitalistas renuncie a las anexiones es una estupidez, es una burla escandalosa...» La indignación contenida sale aquí a la superficie en una nota aguda. Pero el orador se domina inmediatamente; está dispuesto a decir todo lo que sea necesario, pero ni una sola palabra superflua. De paso, Lenin da normas incomparables de política revolucionaria: «Cuando las masas declaran que no quieren conquistas, hay que creerlas; pero cuando Guchkov y Lvov dicen lo mismo, son unos impostores. Cuando el obrero dice que lucha por la defensa del país, habla en él el instinto del hombre oprimido.» Este criterio, llamado por su nombre, parece simple como la vida misma, pero la dificultad consiste precisamente en eso, en llamarlo a tiempo por su nombre.

Refiriéndose al manifiesto del Soviet «A todos los pueblos del mundo», que había dado pie al periódico liberal Riech para declarar que el pacifismo se transformaba en Rusia en una ideología común a «nosotros y a nuestros aliados», Lenin se expresa todavía con más precisión y de un modo más contundente: «Lo que caracteriza a Rusia es el tránsito gigantescamente rápido de la violencia brutal a la añagaza más refinada.»

«Si este manifiesto -escribía Stalin, hablando de él- llega hasta las grandes masas de Occidente, hará indudablemente a miles de obreros volver los ojos al grito olvidado: ¡Proletarios de todos los países, uníos!»

«En el manifiesto del Soviet -objeta Lenin- no hay ni una palabra impregnada de conciencia de clase, frases todo y nada más que frases.» Este documento, del que tanto se enorgullecían los zimmerwaldianos domesticados, no era a los ojos de Lenin, más que un instrumento de aquella «refinada añagaza».

Antes de llegar Lenin, la Pravda no hablaba para nada de la izquierda zimmerwaldiana. Al referirse a la Internacional, no indicaba concretamente cuál. Esto era lo que Lenin calificaba de «kautskismo» de la Pravda. «En Zimmerwald y Kienthal -declaraba, en la conferencia del partido- prevaleció el centro... Nosotros declaramos que constituíamos la izquierda y rompimos con el centro. Las tendencias de la izquierda zimmerwaldiana existen en todos los países del mundo. Las masas deben comprender que el socialismo se ha escindido en todas partes....»

Tres días antes, Stalin proclamaba en aquella misma asamblea que estaba dispuesto a liquidar las discrepancias de criterio con Tsereteli sobre las bases de Zimmerwald-Kienthal, es decir, sobre las bases del «kautskismo». «He oído decir que en Rusia hay una tendencia unificadora -decía Lenin- de unificación con los defensistas, y declaro que sería una traición contra el socialismo. A mi juicio, vale más quedarse solo, como Liebknecht. ¡Uno contra ciento diez!» La acusación de traición contra el socialismo, que, por ahora, se lanza todavía contra alguien a quien no se nombra, es algo más que una «palabra fuerte», pues expresa perfectamente la actitud de Lenin frente a los bolcheviques que tendían un dedo a los socialpatriotas. Al contrario de Stalin, que juzgaba posible la unión con los mencheviques, Lenin considera inadmisible seguir compartiendo con ellos el nombre de socialdemócratas. «Personalmente propongo -dice- que modifiquemos el nombre del partido, llamándolo partido comunista.» «Personalmente» quería decir que ninguno de los que tomaban parte en la conferencia estaba de acuerdo con aquel gesto simbólico de ruptura definitiva con la II Internacional.

«¿Teméis traicionar los viejos recuerdos? -dice el orador a los delegados, confusos, perplejos, algunos indignados-. Ha llegado el momento de cambiar de ropa interior, el momento de quitarse la camisa sucia y ponerse otra limpia.» E insiste nuevamente: «No os aferréis a un viejo término podrido hasta la médula. Constituid un nuevo partido... y todos los oprimidos del mundo vendrán a vuestro lado.»

Ante la grandiosidad de la misión aún no iniciada, ante la confusión ideológica que reina en las propias filas, la idea fija del tiempo precioso, estúpidamente malgastado en recepciones, saludos, homenajes, acuerdos rituales, arranca un grito al orador: «¡Basta de saludos y de resoluciones; es hora ya de poner manos a la obra de entregarse a una labor práctica y sobria!»

Una hora después, Lenin, en la reunión mixta de bolcheviques y mencheviques, ya convocada, se veía obligado a repetir su discurso, que a la mayoría de los oyentes pareció algo así como una burla o un delirio. Los más condescendientes se alzaban de hombros. ¡Ese hombre ha caído de la Luna: apenas se ha apeado en la estación de Finlandia, después de una ausencia de diez años, y predica de sopetón la toma del poder por el proletariado! Los patriotas más malévolos recordaban lo del «vagón precintado». Stankievich atestigua que el discurso de Lenin llenó de alegría a sus adversarios: «Un hombre que dice tales tonterías no es peligros. Esta bien que haya venido, para ponerse en evidencia ante todo el mundo... El mismo se quitará de en medio.»

Sin embargo, a pesar de toda su audacia revolucionaria, a pesar de la decisión inflexible de romper incluso con los correligionarios y compañeros de armas de muchos años, que no fuesen capaces de marchar abrazados con la revolución, el discurso de Lenin, en que todas las partes guardan un equilibrio armónico, está impregnado de un profundo realismo y de un sentido inequívoco de las masas. Precisamente por esto tenía que parecerles fantástico a aquellos demócratas, que no sabían más que deslizarse por la superficie.

Los bolcheviques representan una pequeña minoría en los soviets, y Lenin piensa en tomar el poder. ¿Qué era esto más que aventurerismo? No; en el modo como Lenin planteaba la cuestión no había ni un ápice de aventurerismo. Lenin no cierra ni un momento los ojos ante el estado de espíritu «honradamente: defensista que reina en las masas. Sin fundirse con ellas, no se dispone a obrar a sus espaldas. «Nosotros no somos unos charlatanes -dice, saliendo al paso de los futuros reproches y objeciones, y sólo hemos de apoyarnos en la conciencia de las masas. No importa que nos veamos obligados a estar en minoría. Si es así, vale la pena renunciar por algún tiempo al papel de dirigentes; no, no temamos quedarnos en minoría.» No temamos quedarnos en minoría, aunque ésta sea sólo ¡de uno contra ciento diez!, como Liebknecht. He aquí el leit motiv de todo el discurso.

«El verdadero gobierno es el Soviet de diputados obreros... En el Soviet, nuestro partido representa una minoría... ¡Qué le vamos a hacer! No tenemos mas remedio que explicar pacientemente, con insistencia, de un modo sistemático lo erróneo de la táctica desplegada. Mientras seamos minoría, realizaremos una labor de crítica para librar a las masas del engaño. No queremos que éstas den crédito exclusivamente a nuestras palabras. Nosotros no somos unos charlatanes. Queremos que las masas se libren de sus errores de la mano de la experiencia.» No hay que temer quedarse en minoría. No para siempre, sino por algún tiempo. Ya llegará el tiempo del bolchevismo. «La experiencia demostrará que nuestra orientación es acertada... La guerra traerá a nuestro lado a todos los oprimidos. Es el único camino que les queda.»

«En la conferencia unificadora -cuenta Sujánov- Lenin fue la encarnación viva de la escisión... Recuerdo a Bogdanov (menchevique destacado), que estaba sentado a dos pasos de la tribuna de los oradores. ¡Esto es un delirio -decía, interrumpiendo a Lenin-, es el delirio de un loco!... ¡Es una vergüenza que se aplauda este galimatías -gritaba lívido de indignación y de desprecio dirigiéndose, al auditorio-; os estás llenando de oprobio! ¡Y aún os llamáis marxistas!»

El exmiembro del Comité central bolchevista, Goldenberg, que en aquel entonces se hallaba fuera del partido, enjuició el debate de las tesis de Lenin de este modo categórico: «El puesto de Bakunin en la revolución rusa, vacante durante tantos años, viene a ocuparlo ahora Lenin.»

«Su programa -escribe a la vuelta de algún tiempo, el socialrevolucionario Zenzinov- fue entonces acogido más con burla que con indignación. Tan absurdo le parecía a todo el mundo.»

Aquel mismo día por la noche, en una conversación que tuvieron dos socialistas con Miliukov, en la antesala de la Comisión de enlace, salió el tema de Lenin. Skobelev dijo que era «un hombre completamente gastado que se halla al margen del movimiento». Sujánov hizo suya la opinión de Skobelev, y añadió que Lenin era «tan indeseable para todo el mundo, que actualmente no supone absolutamente ningún peligro para mi interlocutor Miliukov». Y, sin embargo, en aquella conversación los papeles se repartían exactamente tal y como lo había pronosticado Lenin: los socialistas salvaguardan la tranquilidad del liberal contra los quebraderos de cabeza que pudiera causarle el bolchevismo.

Los rumores de que todo el mundo tenía a Lenin por un mal marxista llegaron hasta al embajador británico. «Entre los anarquistas que han llegado del extranjero -escribía Buchanan- está Lenin, que ha venido de Alemania en un vagón precintado. Lenin se ha presentado al público por primera vez en una asamblea del partido socialdemócrata, y ha sido mal acogido.»

El que más cauto se mostró en aquellos días con Lenin fue seguramente Kerenski, que, inesperadamente, hablando con los miembros del gobierno provisional, declaró que quería ir a ver a Lenin, y como la perplejidad de sus interlocutores le dictase algunas preguntas, las contestó del siguiente modo: «¿No veis que vive completamente aislado, que no sabe nada, que lo ve todo a través de los lentes de su fanatismo, que no tiene nadie a su lado que pueda orientarle acerca de la realidad?» Tales fueron sus palabras, según testimonio de Nabokov. De todos modos, Kerenski no dispuso de tiempo para ir a orientar a Lenin «acerca de la realidad».

Las tesis leninistas de abril no sólo provocaron el asombro y la indignación de los enemigos y adversarios sino que empujaron a una serie de viejos bolcheviques al campo del menchevismo o al de aquel grupo intermedio que se congregaba en torno al periódico de Gorki. Estas bajas no tuvieron una importancia política considerable.

Incomparablemente más importante fue la impresión que la actitud de Lenin produjo a todo el sector dirigente del partido. «En los primeros días de su llegada -dice Sujánov-, su completo aislamiento entre todos los compañeros conscientes del partido no ofrece la menor duda.» «Incluso sus correligionarios, los bolcheviques, confirma el socialrevolucionario Zenzinov, le volvieron, confusos, la espalda.» Los autores de estas referencias se veían a diario con los dirigentes bolcheviques en el Comité ejecutivo, y tenían noticias frescas. Mas tampoco faltan testimonios congruentes de las filas bolcheviques. «Cuando aparecieron las tesis de Lenin -recordaba más tarde Zichon, esfumando considerablemente las tintas, como la mayoría de los viejos bolcheviques desorientado en el momento de la revolución de Febrero-, en nuestro partido se notaron algunas vacilaciones. Muchos camaradas entendían que Lenin era víctima de una aberración sindicalista, que había perdido el contacto con la realidad rusa, que no tenía en cuenta la situación, el momento, etc.» Uno de los militantes provinciales de más relieve, Lebedev, escribe: «Al llegar Lenin a Rusia, su posición, incomprensible en un principio aun para los propios bolcheviques, a los cuales nos parecía utópica e informada por su prolongado apartamiento de la vida rusa, fue asimilada poco a poco por nosotros, hasta que acabamos, por decirlo así, por impregnarnos de ella.» Zalechski, miembro del Comité de Petrogrado y uno de los organizadores de la recepción, se expresa de un modo más concreto: «Las tesis de Lenin cayeron como una bomba.» Zalechski confirma completamente el aislamiento absoluto en que se dejó a Lenin después de la recepción calurosa e imponente que se le tributó. «En aquel día (4 de abril), el camarada Lenin no encontró un partidario resuelto ni aun dentro de nuestras filas.»

Sin embargo, todavía es más importante el testimonio de la Pravda. El 8 de abril cuatro días después de publicarse las tesis, cuando había ya la posibilidad de explicarse sin empacho y de comprenderse mutuamente, la redacción de la Pravda decía: «Por lo que se refiere al esquema general del camarada Lenin, lo juzgamos inaceptable, en cuanto arranca del principio de que la revolución democrático-burguesa ha terminado ya y se orienta en el sentido de transformarla inmediatamente en revolución socialista.» Como se ve, el órgano central del partido declaraba abiertamente ante la clase obrera y ante sus enemigos que discrepaba del jefe universalmente reconocido del partido en punto al problema fundamental de la revolución, para la cual habían estado preparándose durante tantos años los cuadros bolcheviques. Basta eso para apreciar en toda su hondura la crisis del partido en el mes de abril, crisis que se produjo como resultado del choque de dos tendencias irreductibles. De no haberse vencido esta crisis, la revolución no hubiera podido seguir adelante.

 

 


 1. En el gran trabajo colectivo publicado bajo la dirección del profesor Pokrovski Apuntes para la historia de la Revolución de Octubre (t. II. Moscú, 1927), se dedica a la «desorientación» de abril un escrito apologético de un tal Baievski, que por falta absoluta de escrúpulos con que maneja los hechos y los documentos habría que cualificar de cínico, si su pueril impotencia no apareciera tan al desnudo.

CAPITULO XVI


Capitulo XVI

Cambio de orientación del partido bolchevique

 

 

 

 

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

 

 

 

¿Cómo se explica el extraordinario aislamiento en que se encontraba Lenin a principios de abril? ¿Cómo pudo llegarse a semejante situación? Y ¿cómo se consiguió el cambio de orientación de los cuadros bolcheviques?

Desde 1905, el partido bolchevista había sostenido la lucha contra la autocracia bajo la bandera de «dictadura democrática del proletariado y de los campesinos». Esta bandera y su fundamentación teórica, procedían de Lenin. Por oposición a los mencheviques, cuyo teórico, Plejánov, lucha irreconciliablemente contra «la falsa idea» de hacer la revolución burguesa sin la burguesía, Lenin entendía que la burguesía rusa era ya incapaz de dirigir su propia revolución. Sólo el proletariado y los campesinos, estrechamente aliados, podían llevar hasta sus últimas consecuencias la revolución democrática contra la monarquía y los terratenientes. El triunfo de esta alianza debía dar como fruto, a juicio de Lenin, la dictadura democrática, la cual no sólo no se identificaba con la dictadura del proletariado, sino que, al contrario, se oponía a ella, pues sus objetivo no era la instauración del socialismo, ni siquiera la implantación de formas minoritarias hacia él, sino únicamente el implacable baldeo y desalojamiento de los establos de Augias de la sociedad medieval. El objetivo de la lucha revolucionaria se definía con perfecta precisión mediante tres divisas de combate: república democrática, confiscación de las tierras de los grandes propietarios y jornada de ocho horas, las tres consignas a las que se llamaba vulgarmente «las tres ballenas del bolchevismo», aludiendo a las tres ballenas en que, según la vieja leyenda popular, se apoya la Tierra.

El problema de la implantación de la dictadura democrática del proletariado y de los campesinos se resolvía en relación con el problema de la capacidad de éstos para hacer su propia revolución, esto es, para crear un nuevo poder capaz de liquidar la monarquía y el régimen agrario aristocrático. Es cierto que la consigna de la dictadura democrática presuponía asimismo la participación de representantes obreros en el gobierno revolucionario. Pero esta participación se limitaba de antemano a asignarle al proletariado la misión de aliado de izquierda para ir a los objetivos de la revolución campesina. La idea, popularmente extendida y aun oficialmente preconizada, de la hegemonía del proletariado en la revolución democrática, sólo podía, por consiguiente, significar que el partido obrero ayudaría a los campesinos con las armas políticas propias de su arsenal, les indicaría los mejores procedimientos y métodos para liquidar la sociedad feudal y les enseñaría a aplicarlos en la práctica. Desde luego, el papel dirigente que se asignaba al proletariado en la revolución burguesa no significaba, ni mucho menos, que éste hubiera de aprovecharse de la insurrección campesina para poner sobre el tapete, apoyándose en ella, sus fines históricos propios, o sea, el tránsito directo a la sociedad socialista. Establecíase una división marcada entre la hegemonía del proletariado en la revolución democrática y la dictadura del proletariado, contraponiéndose polémicamente la primera a la segunda. En estas ideas se educó el partido bolchevique desde la primavera de 1905.

El giro que en la práctica tomó la revolución de Febrero rompió el esquema tradicional de bolchevismo. La revolución se hizo gracias a la alianza de obreros y campesinos. El hecho de que éstos actuaran principalmente bajo el uniforme de soldados no hace cambiar las cosas. La conducta seguida por el ejército campesino del zarismo hubiera tenido siempre una importancia decisiva, aun dado el caso de que la revolución se hubiera desarrollado en tiempos de paz. En la situación creada por la guerra se comprende mejor todavía que los millones de hombres que componían el ejército eclipsaron en un principio, por decirlo así, a los campesinos.

Triunfante el movimiento, los obreros y los soldados resultaron ser los amos de la situación. Juzgando a primera vista, podría decirse que se instauró la dictadura democrática de los obreros y los campesinos. Sin embargo, la revolución de Febrero llevó al poder, en realidad, a un gobierno burgués, con la sola particularidad de que el nuevo poder de las clases poseedoras se veía circunscrito por el de los soviets de obreros y soldados, si bien éste no se llevaba hasta sus últimas consecuencias. La baraja se revolvió. En vez de una dictadura revolucionaria, es decir, de una concentración de poder, se instauró un régimen incoherente de poder dual, en el que las menguadas energías de los elementos dirigentes se malgastaban estérilmente en superar los conflictos internos. Nadie había previsto este régimen. Además, del pronóstico político no se puede exigir que indique más que las líneas generales del proceso histórico, y nunca sus combinaciones fortuitas y episódicas. «Nadie ha podido hacer nunca una gran revolución sabiendo de antemano cómo habría de desarrollarse hasta el fin -había de decir más tarde Lenin-. ¿De dónde iba a sacar esas previsiones? De los libros, no, porque esos libros no existen. Sólo la experiencia de las masas podía inspirar nuestras decisiones.»

Pero el pensamiento humano y, sobre todo, a veces, el de los revolucionarios, es por naturaleza conservador. Los cuadros bolcheviques de Rusia seguían aferrándose al viejo esquema enfocando la revolución de Febrero, sin ver que ésta encerraba dos regímenes incompatibles, ni más ni menos que como la primera etapa de la revolución burguesa. A fines de marzo, Ríkov enviaba a la Pravda, desde Siberia, en nombre de los socialdemócratas, un telegrama de salutación con motivo del triunfo de la «revolución nacional», cuyo objetivo consistía en la «conquista de las libertades políticas». Todos los dirigentes bolcheviques sin excepción -nosotros no conocemos ninguna- entendían que la dictadura democrática pertenecía todavía al porvenir. Cuando el gobierno provisional de la burguesía «haya dado todo lo que pueda dar de sí», se instaurará la dictadura democrática de los obreros y campesinos como antesala del régimen parlamentario burgués. Perspectiva completamente falsa. El régimen instaurado por la revolución de Febrero, no sólo no preparaba la dictadura democrática, sino que era la prueba viviente y definitiva de que esta dictadura era completamente imposible. Que la democracia conciliadora no había entregado el poder a los liberales porque sí, por culpa de la ligereza de un Kerenski y de la limitación de un Cheidse, lo demuestra el hecho de que durante los ocho meses siguientes luchara con todas sus fuerzas por la conservación del gobierno burgués, aplastando a los obreros, campesinos y soldados hasta que el 25 de octubre cayó combatiendo como aliada y defensora de la burguesía. Pero ya desde un principio era claro que si la democracia, que tenía ante sí objetivos gigantescos que realizar y contaba con el apoyo ilimitado de las masas, renunciaba voluntariamente al poder, esta actitud no obedecía precisamente a principios políticos ni a prejuicios, sino a la situación sin salida en que se encuentra la pequeña burguesía dentro de la sociedad capitalista, especialmente en los períodos de guerra y revolución, cuando se deciden los problemas fundamentales de la existencia de los países, los pueblos y las clases. Al entregar el cetro del gobierno a Miliukov, la pequeña burguesía decíase: «No; la obra que hay que acometer es superior a mis fuerzas.»

La clase campesina, en que se apoyaba la democracia conciliadora, encierra en forma embrionaria todas las clases de la sociedad burguesa. s, con la pequeña burguesía de las ciudades -que, dicho sea de paso, en Rusia no desempeñó nunca un papel serio- el protoplasma del cual sale la diferenciación de las nuevas clases en el pasado y en el presente. Los campesinos tienen siempre dos caras: una mira hacia la burguesía, otra hacia el proletariado. La posición intermedia, conciliadora, de todos los partidos «campesinos», tales como el socialrevolucionario, sólo puede mantenerse bajo las condiciones de un estancamiento político relativo; en épocas revolucionarias, llega inevitablemente un momento en que la pequeña burguesía tiene que elegir. Los socialrevolucionarios y los mencheviques eligieron desde el primer momento y mataron en embrión la «dictadura democrática» para evitar que ésta se convirtiese en un puente tendido hacia la dictadura del proletariado. No vieron que con ello abrían la puerta a ésta, aunque por el otro extremo. Por no servir de puente, prefirieron servir de blanco.

Evidentemente, el desarrollo del proceso revolucionario tenía que apoyarse en los nuevos hechos y no en los viejos esquemas. En la persona de sus representantes, las masas, en parte contra su voluntad y en parte sin que se dieran cuenta de ello, viéronse arrastradas por la mecánica de la dualidad de poderes. Desde este momento, no tenían más remedio que pasar por este régimen para convencerse prácticamente de que no podía darles ni paz ni tierra. En adelante, alejarse del régimen de la dualidad de poderes significará, para las masas, romper con los socialrevolucionarios y con los mencheviques. Pero era de una evidencia innegable que el cambio de frente operado por los obreros y soldados con rumbo a los bolcheviques y que acabó por derrumbar todo el edificio de doble poder, no podía ya conducir más que a la dictadura del proletariado, apoyada en la alianza de los obreros y los campesinos. En caso de derrota de las masas proletarias, sobre las ruinas del partido bolchevique no se hubiera podido implantar más régimen que la dictadura militar del capitalismo. Tanto en un caso como en otro, la «dictadura democrática» estaban de más. Al volver los ojos hacia ella, los bolcheviques se volvían en realidad hacia un fantasma del pasado. Así estaban las cosas cuando llegó a Petrogrado Lenin, animado por la resolución inquebrantable de conducir al partido por nuevos rumbos.

Es cierto que hasta el momento mismo de estallar la revolución de Febrero, el propio Lenin no había sustituido todavía por ninguna otra, ni siquiera condicional o hipotéticamente, la fórmula de la dictadura democrática. ¿Obró acertadamente? Nosotros creemos que no. Los derroteros del partido después de la revolución pusieron de manifiesto con caracteres harto peligroso, en aquellas condiciones, sólo un Lenin podía imponer. Y se disponía, en efecto, a hacerlo, poniendo al rojo y retemplando su acero en el fuego de la guerra. La perspectiva general del proceso histórico, tal como él la veía, cambió. Las conmociones de la guerra acentuaron extraordinariamente las posibilidades de la revolución socialista en Occidente. La revolución rusa que, para Lenin, seguía siendo democrática, imprimiría a su modo de ver, gran impulso a la transformación socialista de Europa, que luego arrastraría a su torbellino a la atrasada Rusia. Tal era, a grandes rasgos, la idea de Lenin cuando salió de Zurich hacia Petrogrado. En la carta de despedida a los obreros suizos, que citábamos anteriormente, se dice: «Rusia es un país campesino, uno de los países más atrasados de Europa. El socialismo no podrá triunfar allí de un modo inmediato. Pero el carácter rural del país, con el fondo inmenso de tierras señoriales que se ha conservado, puede infundir, a base de la experiencia de 1905, proporciones inmensas a la revolución democrático-burguesa en Rusia y hacer de nuestra revolución el prólogo de la revolución socialista mundial, un peldaño hacia ésta.» Inspirándose en ese sentido, Lenin dice por primera vez en esta carta que el proletariado ruso «comenzará» la revolución socialista.

He ahí el eslabón que unía la antigua posición del bolchevismo, en que la revolución se reducía a objetivos democráticos, a la nueva posición que Lenin definió por primera vez ante el partido en sus tesis del 4 de abril. A primera vista, la perspectiva de un tránsito inmediato a la dictadura del proletariado parecía completamente inesperada y en contradicción con las tradiciones del movimiento, inconcebible, en una palabra. Aquí es oportuno recordar que, hasta el momento mismo de la explosión revolucionaria de Febrero y en el período que inmediatamente la siguió, se calificaba de «trostquismo», no la idea de que fuera imposible edificar una sociedad socialista dentro de las fronteras de Rusia -por la sencilla razón de que la idea de tal «posibilidad» no fue expresada por nadie antes de 1924, y es poco probable que a nadie se le ocurriera-, sino la de que el proletariado de Rusia pudiera llegar al poder antes que el proletariado de los países occidentales, en cuyo caso no podría mantenerse dentro de los límites de la dictadura democrática, sino que tendría que afrontar inmediatamente la implantación de las primeras medidas socialistas. No tiene nada de extraño que las tesis leninistas de abril fueron tachadas de «trostquistas».

Las objeciones de los «viejos bolcheviques» se orientaban en distintos sentidos. La principal discusión giraba en torno al problema de si podía o no darse por terminada la revolución democrático-burguesa. Como la revolución agraria no se había hecho aún, los adversarios de Lenin afirmaban, con razón, que la revolución democrática no se había desarrollado hasta sus últimas consecuencias, y de aquí sacaban la conclusión de que no era factible la dictadura del proletariado, aun dado el caso de que las condiciones sociales de Rusia lo consintieran, en un plazo más o menos próximo. Así era, precisamente, como planteaba el problema la redacción de la Pravda, en el pasaje que hemos citado más arriba. Más tarde, en la conferencia de abril, Kámenev repetía: «Lenin no tiene razón cuando dice que la revolución democrático-burguesa ha terminado... La supervivencia clásica del feudalismo, la gran propiedad agraria, no ha sido liquidada aún... El Estado no se ha transformado todavía en sociedad democrática.... Aún no puede decirse que la democracia burguesa haya agotado todas las posibilidades.»

«La dictadura democrática -objeta Tosmki- es nuestra base... Debemos organizar el poder de proletariado y de los campesinos, no confundirlo con la Comuna, en que el poder pertenece exclusivamente al proletariado.»

Naturalmente, Lenin veía tan claramente como sus contrincantes, que la revolución democrática no había terminado aún, o más exactamente que, apenas iniciada, se volvía ya atrás. Pero, de aquí se deducía, precisamente, que sólo era posible llevarla hasta el fin bajo el régimen de una nueva clase, al cual no se podía llegar más que arrancando a las masas a la influencia de los mencheviques y socialrevolucionarios, o sea, a la influencia indirecta de la burguesía liberal. Lo que unía a estos partidos con los obreros, y sobre todo con los soldados, era la idea de la defensa -»defensa del país» o «defensa de la revolución»-. Por eso, Lenin exigía una política intransigente frente a todos los matices del socialpatriotismo. Separar al partido de las masas atrasadas, para después libertar a estas últimas de su atraso. «Hay que dejar el viejo bolchevismo -repetía-. Es necesario establecer una línea divisoria clara entre la pequeña burguesía y el proletariado asalariado.»

A quien observase superficialmente las cosas, podía parecerle que los adversarios inveterados habían trocado entre sí las armas, que los mencheviques y socialrevolucionarios representaban ahora a la mayoría de los obreros y soldados, dando realidad en la práctica a la alianza política del proletariado y la clase campesina, predicada siempre por los bolcheviques contra los mencheviques. Lenin exigía que la vanguardia proletaria rompiese esta alianza. En realidad, las dos partes permanecían fieles a sí mismas. Los mencheviques entendían, como siempre, que su misión era apoyar a la burguesía liberal. Su alianza con los socialrevolucionarios no era más que un recurso para reforzar e intensifica este apoyo. Y a su vez, la ruptura de la vanguardia proletaria con el bloque pequeño burgués, implicaba la preparación de al alianza de los obreros y los campesinos bajo el caudillaje del partido bolchevique, o sea, la dictadura del proletariado.

Objeciones de otro orden se basaban en el atraso histórico de Rusia. El poder ejercido por la clase obrera implicaba, inevitablemente, el tránsito al socialismo, y la economía y la cultura de Rusia no estaban maduras para esto. Había que llevar a cabo la revolución democrática hasta sus últimas consecuencias. Sólo el triunfo de la revolución socialista en Occidente podía justificar la dictadura del proletariado en Rusia. Tales fueron las objeciones de Ríkov en la conferencia de abril. Para Lenin, era elemental como el a b c que las condiciones culturales y económicas de Rusia no admitían la edificación de un Estado socialista. Pero sabía que, en términos generales, la sociedad no está construida de un modo tan racional, que el momento oportuno para implantar la dictadura del proletariado se presente precisamente en el momento en que las condiciones económicas y culturales del país están en sazón para el socialismo. Si la humanidad se desarrollara de un modo tan lógico, no habría necesidad de dictaduras ni de revoluciones. La sociedad histórica, viva, no tiene nada de lógica, y su armonía es tanto menor cuanto más atrasada se halla. El hecho de que en un país atrasado como Rusia la burguesía llegara a un estado de descomposición antes del triunfo completo del régimen burgués y de que sólo el proletariado pudiera reemplazarla al frente de los destinos de la nación, es la expresión de esta falta de lógica. El atraso económico de Rusia no exime a la clase obrera del deber histórico de cumplir la misión que le cupo en suerte, lo que hace es dificultar extraordinariamente el cumplimiento de esa misión. Lenin daba una contestación simple, pero cumplida, a Ríkov, cuando éste afirmaba por enésima vez que el socialismo tenía que venir de países con una industria más adelantada. «Nadie puede decir quién empezará ni quién acabará.»

En 1921, cuando el partido, lejos todavía del anquilosamiento burocrático, tenía la misma libertad de criterio para analizar su pasado y para preparar su futuro, uno de los más viejos bolcheviques. Olminski, que había tomado una participación muy activa en la prensa del partido en todas sus etapas, se preguntaba: «¿Cómo se explica el hecho de que en los días de la revolución de Febrero, el partido abrazara la senda oportunista? ¿Qué fue lo que le permitió dar luego un tan rápido viraje y poner proa a la senda de Octubre?» El autor, ve acertadamente, el origen e los errores de marzo, en el hecho de que el partido se hubiera estacionado en el rumbo hacia la dictadura democrática. «La próxima revolución tiene que ser, necesariamente, burguesa... Esta apreciación -dice Olminski- era obligada para todo miembro del partido, constituía el credo oficial de éste y fue su lema constante e invariable hasta la revolución de Febrero de 1917 y durante algún tiempo después.» Como ilustración, Olminski podía referirse a lo que la Pravda decía (7 de marzo) -antes de llegar todavía Stalin y Kámenev, es decir, cuando estaba aún en manos de la redacción «izquierdista», de la que formaba parte el propio Olminski-, como hablando de algo que, por evidente, no necesitaba ser demostrado: «Naturalmente, en nuestro país no se trata aún de derrocar el régimen del capital, sino tan sólo de derribar la autocracia y el feudalismo»... El hecho de que en marzo el partido se hallara cautivo de la democracia burguesa, deducíase de la falta de perspectiva. «¿De dónde salió la revolución de Octubre? -pregunta más adelante el mismo autor-. ¿Cómo fue que el partido, desde sus jefes hasta su más humilde militante, renunció tan «súbitamente» a lo que había tenido por verdad inconcusa en el transcurso de casi dos décadas?»

Sujánov, desde el campo adversario, formula la misma pregunta, en forma distinta: «¿Cómo y por qué medios se las ingenió Lenin para hacerse con los bolcheviques?» En efecto, el triunfo de Lenin, dentro del partido, fue, no solo completo, sino además muy rápido. Los adversarios se permitieron, a este propósito, no pocas ironías acerca del régimen personal imperante en el partido bolchevique. Sujánov da a la pregunta por él formulada una respuesta que armoniza en un tono con el espíritu del principio heroico: «El genial Lenin era un prestigio histórico; he aquí uno de los aspectos de la cuestión. Otro es que, excepción hecha de Lenin, no había en el partido nadie ni nada. Unos cuantos grandes generales sin Lenin, no hubieran sido nada, del mismo modo que unos cuantos planetas, por inmensos que fuesen, no serían nada sin el sol (dejo aparte a Trotski, que, en aquel entonces, se hallaba aún fuera de la orden).» Estas curiosas líneas intentan explicar la influencia de Lenin por su ascendiente personal, que es lo mismo que si se explicase la virtud del opio para provocar el sueño por su fuerza narcótica. Semejante explicación no nos permite ir muy lejos.

El ascendiente efectivo de Lenin dentro del partido era muy grande, indudablemente, pero no ilimitado, ni mucho menos. Este ascendiente no fue inapelable, ni siquiera mucho más tarde, aun después de Octubre, cuando su autoridad había aumentado extraordinariamente, pues el partido medía la fuerza de su personalidad con el metro de los acontecimientos mundiales. Por eso tiene que parecernos tanto más infundado que quieran explicarse, invocando la autoridad personal escueta de Lenin, los sucesos de abril de 1917, en un momento en que todo el sector dirigente del partido había adoptado ya una posición opuesta a la suya.

Olminski se acerca mucho más a la solución del problema, cuando demuestra que, a pesar de su fórmula de revolución democrático-burguesa, el partido, con toda su política respecto a la burguesía y a la democracia, se preparaba prácticamente desde hacía mucho tiempo para acaudillar al proletariado en la lucha directa por el poder. «Nosotros (o muchos de nosotros) -dice Olminski-, nos orientábamos inconscientemente hacia la revolución proletaria, imaginándonos que navegábamos pro a la revolución democrático-burguesa. En otros términos, preparábamos la revolución de Octubre, creyendo que preparábamos la de Febrero.» He aquí una conclusión de extraordinario valor, que es, el propio tiempo, un testimonio irrecusable.

En la formación teórica del partido revolucionario había un elemento contradictorio, que tenía su expresión en la fórmula equívoca de la «dictadura democrática» del proletariado y de los campesinos. Una delegada que intervino en el debate suscitado en la conferencia por el informe de Lenin, expresó el mismo pensamiento de Olminski, pero de un modo todavía más sencillo: «El pronóstico de los bolcheviques ha demostrado ser falso, pero la táctica era acertada.»

En las tesis de abril, que parecían tan paradójicas, Lenin se oponía a la vieja fórmula, apoyándose en la tradición viva del partido: su actitud intransigente frente a las clases dominantes y su hostilidad a toda política e medias tintas, mientras que los «viejos bolcheviques» oponían al desarrollo concreto de la lucha de clases recuerdos que, aunque recientes, pertenecían ya al pasado. Lenin contaba con un punto de apoyo muy sólido: el que le daba toda la historia de la lucha de los bolcheviques contra los mencheviques. No será inoportuno recordar aquí que, por aquel entonces, los bolcheviques y los mencheviques tenían un programa socialdemocrático común, y que, sobre el papel, los objetivos prácticos de la revolución democrática parecían ser idénticos en ambos partidos. Pero, en la realidad, en la práctica no lo eran. Inmediatamente después de la revolución, los obreros bolcheviques asumieron la iniciativa de luchar por la jornada de ocho horas; los mencheviques declararon inoportuna esta reivindicación. Los bolcheviques dirigían las detenciones de los funcionarios zaristas; los mencheviques oponíanse a aquellos «excesos». Los bolcheviques alentaban enérgicamente la creación de las milicias obreras; los mencheviques, por no disgustar a la burguesía, oponían toda clase de obstáculos al reparto de armas entre los obreros. Los bolcheviques, sin haber rebasado aún el límite de la democracia burguesa, obraban, o se esforzaban en obrar, como revolucionarios intransigentes, aunque se vieran desviados de esta senda por la dirección del partido. Los mencheviques sacrificaban a cada paso el programa democrático en interés de la alianza con los liberales. Faltos absolutamente de aliados democráticos, Kámenev y Stalin flotaban irremediablemente en el vacío.

El choque que tuvo Lenin en el mes de abril con el estado mayor del partido, no fue único. En toda la historia del bolchevismo, excepción hecha de episodios aislados que confirman la regla, en los momentos más decisivos, los líderes del partido se sitúan todos a la derecha de Lenin. ¿Acontecía así, por casualidad? No. Lenin pudo ser el jefe indiscutible del partido más revolucionario de la historia porque la magnitud de su pensamiento y de su voluntad encontraron al fin aplicación en las grandiosas posibilidades revolucionarias del país y de la época. A los otros, les faltaba un metro o dos para llegar, cuando no más.

Casi todo el sector dirigente del partido bolchevique se hallaba alejado de la labor activa, desde hacía meses y hasta años enteros, antes de estallar la revolución. Muchos se habían llevado consigo, a la cárcel y a la deportación, la impresión deprimente de los primeros meses de la guerra, y cuando se produjo el desmoronamiento de la Internacional, estaban aislados o formando pequeños grupos. Y si en las filas del partido mostraban una capacidad de asimilación suficiente para las ideas de la revolución, que era lo que les ataba al bolchevismo, al verse aislados se sintieron impotentes para oponerse a la presión del medio que les rodeaba y formarse un juicio marxista independiente de los acontecimientos. Las inmensas transformaciones operadas en las masas durante los dos primeros años de guerra, quedaron casi por completo fuera de su campo visual. Sin embargo, la revolución no sólo los arrancaba a su aislamiento, sino que por la fuerza del prestigio los exaltó a los cargos culminantes del partido. Por su estado de espíritu, estos elementos se hallaban, con frecuencia, mucho más cerca de la intelectualidad zimmerwaldiana que de los obreros revolucionarios de las fábricas. Los «viejos bolcheviques», que en abril de 1917 subrayaban enfáticamente este título, estaban condenados al desastre, pues defendían, precisamente, aquel elemento tradicionalista del partido que no había resistido la prueba histórica. «Me cuento -decía, por ejemplo, Kalinin, en la conferencia de Petrogrado, el 14 de abril- entre los viejos bolchevistas-leninistas, entiendo que el viejo leninismo no se ha demostrado incapaz para afrontar un momento como el actual, y me asombra la declaración del camarada Lenin, de que en las circunstancias presentes los viejos bolcheviques se han convertido en un obstáculo.» Lenin tuvo que oír, por aquellos días, muchas voces parecidas. Sin embargo, al romper con la fórmula tradicional del partido, Lenin no rebaja en lo más mínimos de ser «leninista»; lo que hacía era desprenderse de la cáscara, gastada ya, del bolchevismo, para infundir nueva vida a su núcleo vital.

Lenin halló un punto de apoyo contra los viejos bolcheviques en otro sector del partido, ya templado, pero más lozano y más ligado con las masas. Como sabemos, en la revolución de Febrero los obreros bolcheviques desempeñaron un papel decisivo. Estos consideraban cosa natural que tomase el poder la clase que había arrancado el triunfo. Estos mismos obreros protestaban ruidosamente con la expulsión de los «jefes» del partido. El mismo fenómeno podía observarse en provincias. Casi en todas partes había bolcheviques de izquierda acusados de maximalismo e incluso de anarquismo. Lo que les faltaba a los obreros revolucionarios para defender sus posiciones, eran recursos teóricos, pero estaban dispuestos a acudir al primer llamamiento claro que se les hiciese.

Fue hacia este sector de obreros, formado durante el auge del movimiento, en los años 1912 a 1914, hacia el que se orientó Lenin. Ya a comienzos de la guerra, cuando el gobierno asestó un duro golpe al partido al destruir la fracción bolchevique de la Duma, Lenin, hablando de la actuación revolucionaria futura, aludía a los «miles de obreros conscientes» educados por el partido, «de los cuales surgirá, a pesar de todas las dificultades, un nuevo núcleo de dirigentes». Separado de ellos por dos frentes, casi sin contacto alguno, Lenin no les perdió nunca de vista. «La guerra, la cárcel, la deportación, el presidio, pueden diezmarlos, pero ese sector obrero es indestructible, se mantiene vivo, alerta, y se halla impregnado de espíritu revolucionario y antichauvinista.» Lenin vivía mentalmente los acontecimientos al lado de estos obreros bolcheviques, marchaba unido con ellos, sacando de todo las conclusiones necesarias, sólo que de un modo más amplio y audaz. Para luchar contra la indecisión de la plana mayor y la oficialidad del partido. Lenin se apoyaba confiadamente en los suboficiales, que eran los que mejor expresaban el estado de espíritu del obrero bolchevique de filas.

La fuerza temporal de los socialpatriotas y del ala oportunista de los bolcheviques consistía en que los primeros se apoyaban en los prejuicios e ilusiones corrientes de las masas, mientras que los segundos se adaptaban a ellos. La fuerza principal de Lenin estaba en comprender la lógica interna del movimiento y en dirigir su política de acuerdo con ella. No imponía sus planes a las masas, sino que ayudaba a éstas a tener conciencia de sus propios planes y a realizarlos. Cuando Lenin reducía todos los problemas de la revolución a la fórmula: «Explicar pacientemente», quería decir que era preciso poner la conciencia de las masas en armonía con la situación en que el proceso histórico las había colocado. El obrero o el soldado decepcionado de la política de los conciliadores tenía que pasar a abrazar la posición de Lenin sin detenerse en la etapa intermedia Kámenev-Stalin.

Las fórmulas de Lenin, al ser enunciadas, esclarecieron con un nuevo haz de luz ante los bolcheviques la experiencia del mes transcurrido y la de cada nuevo día que pasaba. En la gran masa del partido se efectuó un rápido y decidido desplazamiento hacia la izquierda, hacia las tesis de Lenin. «Organización tras organización -dice Zalechski-, se adherían a sus puntos de vista, y en la conferencia de las organizaciones de todo el país, celebrada el 24 de abril, la organización de Petersburgo se pronunciaba sin reservas en favor de sus tesis.»

La pugna por el cambio de actitud de los cuadros bolcheviques, iniciada en la noche del 3 de abril, estaba ya terminada, en sustancia, a fines de mes1. La conferencia del partido, reunida en Petrogrado desde el 24 al 29 de abril, hizo el balance del mes de marzo, mes de vacilaciones oportunistas, y del de abril, mes de aguda crisis. En este momento, el partido había crecido considerablemente tanto en censo de afiliados como en el aspecto político. A aquella conferencia acudieron 140 delegados, que representaban a 79.000 miembros del partido, de los cuales 15.000 correspondían a Petrogrado. Para un partido todavía ayer clandestino y hoy antipatriótico era una cifra respetable, y Lenin lo hizo notar varias veces con satisfacción. La fisonomía política de la conferencia quedó definida ya al procederse a la elección de la Mesa presidencial de cinco miembros: en ella no figuraba Kámenev ni Stalin, principales responsables de los infortunados errores de marzo.

A pesar de que el partido, en su conjunto, había adoptado ya una actitud firme ante los problemas litigiosos, muchos de los dirigentes, atados por su pasado, siguieron manteniendo en dicha conferencia una actitud de oposición o semioposición frente a Lenin. Stalin guardaba silencio y esperaba. Dzerchinski, en nombre de los «muchos» que «no estaban de acuerdo, desde el punto de vista de los principios, con la tesis del ponente», reclamaba una coponencia de «los camaradas que con nosotros han vivido prácticamente la revolución». Era una alusión bastante clara al hecho de que las tesis de Lenin habían sido concebidas en la emigración. Y en efecto, Kámenev se encargó en aquella conferencia de redactar una ponencia abogando por la dictadura democrático-burguesa. Ríkov, Trotski, Kalinin, intentaron mantener más o menos consecuentemente sus posiciones de marzo. Kalinin seguía sosteniendo la unificación con los mencheviques en interés de la lucha contra el liberalismo. Smilovich, uno de los militantes más destacados de Moscú, se lamentaba fogosamente, en su discurso de que «cada vez que hablamos, nos echan encima, como si fueran un espantajo, las tesis del compañero Lenin». Naturalmente, antes, cuando los moscovitas votaban a favor de las proposiciones de los mencheviques, vivían mucho más tranquilos.

Como discípulo de Rosa Luxemburgo, Dzerchinski se pronunció contra el derecho de soberanía de las naciones oprimidas, acusando a Lenin de alentar las tendencias separatistas que debilitaban al proletariado de Rusia. A la acusación de que él, por su parte, apoyaba el chauvinismo ruso. Dzerchinski contestó: «Yo puedo echarle en cara (a Lenin) que abraza el punto de vista de los chauvinistas polacos, ucranianos, etc.» Este diálogo no deja de tener cierta gracia política: el ruso Lenin acusa al polaco Dzerchinski de chauvinismo ruso contra los polacos y oye de éste una acusación de chauvinismo polaco. En este debate, la razón política estaba por entero de parte de Lenin, cuya política de las nacionalidades fue uno de los factores de más importancia de la revolución de Octubre.

La oposición se iba extinguiendo, a todas luces. En el debate sobre las cuestiones discutidas no reunió más que siete votos. Hubo, sin embargo, una excepción uy curiosa, en lo tocante a las relaciones internacionales del partido. Cuando las tareas de la conferencia tocaban a su término, en la sesión nocturna del 20 de abril, Zinóviev presentó, en nombre de la Comisión, una proposición concebida así: «Se acuerda tomar parte en la conferencia internacional de los zimmerwaldianos, convocada en Estocolmo para el 18 de mayo.» El acta dice: «Aprobada con un solo voto en contra.» Este voto era el de Lenin, que sostenía la necesidad de romper con Zimmerwald, donde tenían definitivamente mayoría los independientes alemanes y los pacifistas neutrales del tipo del suizo Grimm. Pero para os militares ruso del partido, Zimmerwald durante la guerra era casi sinónimo del bolchevismo. Los delegados no se decidían aún a abandonar el nombre de socialdemocracia ni a romper con Zimmerwald, que era, a sus ojos, un medio de mantenerse en contacto con los elementos de la II Internacional. Lenin intentó, cuando menos, restringir la participación del partido en aquella conferencia, asignándole fines puramente informativos. Pero Zinóviev se pronunció en contra de él y la proposición de Lenin no fue aceptada. Entonces, éste votó contra la totalidad de la resolución. Nadie estuvo a su lado. Fueron las últimas salpicaduras del estado de espíritu de marzo; aquellos hombres se aferraban a las posiciones de ayer, le temían al «aislamiento». La conferencia no legó a celebrarse, a consecuencia de aquellas enfermedades internas zimmerwaldianas que habían movido a Lenin a romper con tales tendencias. Por lo tanto, la política boicotista, unánimemente rechazada, se llevó a la práctica de un modo efectivo.

A nadie se le ocultaba el viraje en redondo que había dado la política del partido. Schmidt, un obrero bolchevique, futuro comisario del pueblo en el departamento del Trabajo, decía en la conferencia de abril: «Lenin ha orientado en un sentido nuevo el carácter de nuestra actuación.» Según las palabras de Raskolnikov, pronunciadas, cierto es, algunos años después de los acontecimientos, «Lenin, en abril de 1917, llevó la revolución de Octubre a la conciencia de los dirigentes del partido... La táctica de éste no representa una línea recta; después de llegar Lenin, vira marcadamente a izquierda». La vieja bolchevique Ludmila Stal aprecia de un modo más directo, y al propio tiempo más preciso, el cambio: «Antes de llegar Lenin -decía el 14 de abril, en la conferencia de Petrogrado-, los camaradas erraban todos, ciegos, por las tinieblas. No había más fórmulas que las de 1905. Veíamos que el pueblo obraba por cuenta propia, pero no podíamos enseñarle nada. Nuestros camaradas se limitaban a preparar la Asamblea constituyente por el procedimiento parlamentario y no creían posible ir más allá. Si aceptamos las consignas de Lenin, no haremos más que lo que nos indica la vida misma. No hay que temer a la Comuna, viendo ya en ella un gobierno obrero. La Comuna de París o fue sólo obrera, fue también pequeñoburguesa.» Podemos convenir con Sujánov en que el cambio radical de orientación del partido «fue el triunfo principal y fundamental de Lenin, obtenido en los primeros días de mayo». Mas conviene advertir que, a juicio de Sujánov, Lenin, para conseguir esto, trocaba las armas marxistas por las anarquistas.

Queda todavía por preguntar -y no es pregunta de poca monta, aunque es más fácil formularla que contestarla-: ¿Cómo se habría desarrollado la revolución, suponiendo que Lenin no hubiera podido llegar a Rusia en abril de 1917? Si nuestra exposición enseña y demuestra algo, este algo es precisamente -al menos así lo esperamos- que Lenin no fue ningún demiurgo del proceso revolucionario, que su misión consistió pura y simplemente en empalmarse a la cadena de las fuerzas históricas objetivas. Pero en esta cadena él era un eslabón muy importante. La dictadura del proletariado se deducía de la lógica de la situación. Mas era necesario instaurarla, y esto no hubiera sido posible sin el partido. Y éste sólo podía cumplir su misión comprendiéndola. Precisamente para esto, para infundirle esta conciencia, hacía falta un Lenin. Antes de llegar él a Petrogrado, ninguno de los jefes bolcheviques había sido capaz de pronosticar el rumbo de la revolución. El curso de los acontecimientos empujaba al partido dirigido por Kámenev y Stalin hacia la derecha, hacia el campo socialpatriótico: la revolución no dejaba sitio para una posición intermedia entre Lenin y los mencheviques. La lucha intestina en el seno del partido bolchevique era de todo punto inevitable. La llegada de Lenin no hizo más que forzar el proceso. Su ascendiente personal redujo las proporciones de la crisis. Sin embargo, ¿puede afirmar nadie con seguridad que, sin él, el partido habría encontrado su senda? Nosotros no nos atreveríamos en modo alguno a afirmarlo. Lo decisivo, en estos casos, es el factor tiempo, y cuando la hora ha pasado es harto difícil echar una ojeada al reloj de la historia. De todos modos, el materialismo dialéctico no tiene nada de común con el fatalismo. La crisis que inevitablemente tenía que provocar aquella dirección oportunista hubiera cobrado sin Lenin un carácter excepcionalmente agudo y trabajoso. Desde luego, las condiciones de la guerra y la revolución no dejaban al partido mucho margen de tiempo para cumplir con su misión. Hubiera podido ocurrir muy bien, por tanto, que el partido, desorientado y dividido, perdiera para muchos años la ocasión revolucionaria. El papel de la personalidad cobra aquí ante nosotros proporciones verdaderamente gigantescas. Lo que ocurre es que hay que saber comprender ese papel, asignando a la personalidad el puesto que le corresponde como eslabón de la cadena histórica.

La llegada «súbita» de Lenin después de una larga ausencia en el extranjero, el ruido desaforado levantado por la prensa alrededor de su nombre, su choque con todos los dirigentes del propio partido y su rápido triunfo sobre ellos; en una palabra, el desarrollo exterior de los acontecimientos contribuyó considerablemente, en este caso, a destacar mecánicamente la persona, el héroe, el genio, sobre las condiciones objetivas, sobre la masa, sobre el partido. Pero este modo de ver es completamente superficial. Lenin no era ningún elemento accidental en la evolución histórica, sino el producto de todo el pasado de la historia rusa, a la que le unían raíces profundísimas. Había luchado al lado de los obreros avanzados durante todo el cuarto de siglo precedente. El «azar» no era precisamente su intervención en los acontecimientos, sino más bien la paja con que Lloyd George quería cerrarle el camino. Lenin no era un factor que se alzase frente al partido desde fuera, sino que era su más perfecta expresión. Al formar el partido, formaba en él a su persona. Sus discrepancias con el sector dirigente de los bolcheviques representaban la pugna del partido por la guerra y la emigración, la mecánica externa de aquella crisis no hubiera sido tan dramática ni habría velado a nuestros ojos hasta tal punto la continuidad interna del proceso. De la excepcional importancia que tuvo la llegada de Lenin a Petrogrado no se deduce más que una cosa: que los jefes no se crean por casualidad que se seleccionan y se forman a lo largo de décadas enteras, que no se les puede reemplazar arbitrariamente, y que su separación puramente mecánica de la lucha infiere heridas muy sensibles al partido y, en ocasiones, puede dejarle maltrecho para mucho tiempo.


 1. El mismo día en que Lenin llegaba a Petrogrado, en el otro lado del océano Atlántico, en Halifax, la policía marítima británica desembarcaba del vapor noruego Christianiafiord a seis emigrantes que regresaban a Rusia desde Nueva York: Trotski, Chudnovski, Meininchanski, Mujin, Fischeliev y Romanchenko, a quienes no se permitió arribar a Petrogrado hasta el 5 de mayo, cuando el cambio de orientación del partido bolchevique estaba terminado, al menos en sus líneas generales. Por esto no juzgamos pertinente introducir en el texto de nuestro relato la exposición de los puntos de vista mantenidos acerca de la revolución por Trotski en el diario ruso que se publicaba en Nueva York. Pero como, por otra parte, el conocimiento de estas opiniones facilitará al lector la comprensión de las corrientes y los grupos que habían de formarse más tarde en el seno del partido, y sobre todo la lucha ideológica planteada en vísperas del alzamiento de Octubre, nos parece oportuno desglosar de la exposición lo que se refiere a este punto e insertarlo al fin del libro en forma de apéndice. El lector a quien no interese el estudio detallado de la preparación teórica de la revolución de Octubre, puede prescindir tranquilamente de su lectura. [NDT.]





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