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Capitulo XVII

Las "Jornadas de abril"

 

 

 

 

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

 

 

 

El 23 de marzo entraban en la guerra los Estados Unidos. Era el mismo día en que Petrogrado enterraba a las víctimas de la revolución de Febrero. Aquella manifestación luctuosa, pero solemne y luminosa, en el fondo, fue el grandioso acorde final de la sinfonía de los cinco días. Todo el mundo acudió al entierro: los que habían combatido al lado de los caídos, como los que querían evitar la lucha; probablemente, también los que les habían matado y, sobre todo, los que habían quedado al margen de la contienda. Obreros, soldados, gente humilde de la ciudad, estudiantes, ministros, embajadores, respetables burgueses, periodistas, oradores, los jefes de todos los partidos... Desde los suburbios, iban llegando al campo de Marte soldados y obreros, llevando a hombros los ataúdes rojos. Cuando empezaron a depositar los féretros en la tumba, en la fortaleza de Pedro y Pablo sonó el estampido de la primera salva, estremeciendo a las inmensas masas populares. Los cañones sonaban de una manera nueva para el pueblo: ¡son nuestros cañones, nuestras salvas! La barriada de Viborg acudió con cincuenta y un ataúdes rojos. No era más que una parte de las víctimas, de que se enorgullecía aquel barrio de trabajadores. En el desfile de los obreros de Viborg, que era el grupo más compacto, se destacaban numerosas banderas bolcheviques. Pero ondeaban pacíficamente al lado de las otras. Sólo quedaron en el campo de Marte los miembros del gobierno, del Soviet y de la Duma nacional, difunta ya, pero que no se resignaba a ser enterrada. Durante el día desfilaron por delante de las tumbas, con banderas y músicas, sus buenas ochocientas mil personas. Y aunque los más altos prestigios militares habían dado por sentada que una masa humana como aquélla no podría desfilar en el tiempo señalado sin que se produjeran el mayor de los caos y los tumultos más funestos, la manifestación discurrió en un orden completo, característico de las manifestaciones revolucionarias en que domina la satisfacción de la gran obra iniciada, unida a la esperanza de un cambio más favorable para el futuro. Este estado de espíritu, y sólo exclusivamente él, era el que se encargaba de mantener el orden, pues, por entonces, la organización era aún débil, inexperta y tenía poca seguridad en sí misma.

Podría pensarlo que ya el solo hecho de aquel entierro refutaba cumplidamente la leyenda relativa a la revolución incruenta. Sin embargo, el ambiente que reinaba en la ceremonia reproducía, en parte, la atmósfera de los primeros días de la revolución, en que aquella leyenda se había engendrado.

Veinticinco días después -durante ese plazo, el Soviet había adquirido mucha más experiencia y seguridad en sí mismo-, tuvo lugar la fiesta del Primero de Mayo, en la fecha marcada por el calendario occidental (18 de abril, según el viejo cómputo). En todas las ciudades del país se celebraron mítines y manifestaciones. No sólo se holgó en los establecimientos industriales, sino también en las oficinas públicas del Estado, municipales y provinciales. En Mohilev, donde se hallaba el Cuartel general, desfilaron, al frente de la manifestación, los Caballeros de San Jorge. La columna del Cuartel general, en la que formaban los generales zaristas no destituidos, iba también en la manifestación, con un cartel alusivo al Primero de Mayo. La fiesta antimilitarista y proletaria se fundía con una manifestación patriótica, teñida un poco de revolucionarismo. Cada sector de población ponía en la fiesta su nota peculiar, y todas ellas se fundían, formando un conjunto harto difuso y bastante falso, aunque, en general, grandioso.

En la fiesta de las dos capitales y en los centros industriales, dominaban los obreros, y en la masa de éstos se destacaban ya claramente -con sus banderas, sus cartelones, sus discursos y sus ritos- los fuertes núcleos bolcheviques. En la inmensa fachada del palacio de Marinski, albergue del gobierno provisional, se extendía una insolente faja roja, con esta inscripción: «¡Viva la III Internacional!» Las autoridades, que no se habían curado aún del pudor administrativo que todo el mundo estaba de fiesta. El ejército de operaciones celebró el Primero de Mayo como pudo, y del frente se recibían noticias dando cuenta de asambleas, discursos, banderas y canciones revolucionarias en las trincheras. También en las fronteras alemanas encontraba eco la fiesta obrera.

La guerra no tocaba a su fin; lejos de ello, ensanchaba su círculo. Pocos días antes, el mismo precisamente en que se enterraban las víctimas de la revolución, se lanzaba a ella todo un continente, para imprimirle nuevo impulso. Entre tanto, en todos los ámbitos de Rusia los prisioneros de guerra tomaban parte en las manifestaciones al lado de los soldados, bajo banderas comunes, y a veces entonando el mismo himno en varios idiomas. En aquella inmensa fiesta, semejante a una inundación que sumergía los rasgos distintos de las diferentes clases, partidos e ideas, el desfile en común de los soldados rusos y los prisioneros austroalemanes era un hecho bastante esperanzador y elocuente, que permitía pensar que la revolución, a pesar de todo, despertaba un mundo mejor.

La fiesta del Primero de Mayo, lo mismo que el entierro de las víctimas, transcurrió en medio del mayor orden, sin choques ni víctimas, como una solemnidad de carácter nacional. Sin embargo, un oído atento hubiera podido ya percibir, sin dificultad, en las filas de los obreros y de los soldados, notas de impaciencia y hasta de amenaza. La vida se hacía cada vez más difícil. En efecto, los p recios subían de un modo aterrador, los obreros exigían un salario mínimo, los patronos se resistían, el número de conflictos en las fábricas aumentaba sin interrupción. Empeoraba la situación, desde el punto de vista de las subsistencias se reducía la ración de pan, todo se racionaba, hasta el arroz. Crecía también el descontento de la guarnición; el mando de la región sacaba de Petrogrado a los regimientos más revolucionarios. En la Asamblea general de la guarnición, celebrada el 17 de abril, los soldados, que adivinaban los propósitos hostiles del mando, plantearon la necesidad de oponerse a la salida de los regimientos. En adelante, esta reivindicación surgirá en términos cada vez más decididos a cada nueva crisis de la revolución. Pero la raíz de todas las calamidades era la guerra, cuyo fin no se veía. ¿Cuándo traerá la paz la revolución? ¿Qué piensan de esto Kerenski y Tsereteli? Las masas prestaban un oído cada vez más atento a lo que decían los bolcheviques, les miraban de reojo, en actitud expectante, unos en tesitura medio hostil, otros con confianza ya. Bajo la solemne disciplina de aquel día de fiesta, el estado de espíritu se hallaba en tensión y las masas fermentaban. Sin embargo, nadie, ni aun los autores del cartelón del palacio de Marinski, suponían que los dos o tres días siguientes desgarrarían ya de un modo implacable el ropaje de la unidad nacional de la revolución. Los magnos acontecimientos, que muchos sabían inevitables, pero que nadie esperaba para tan pronto, produjéronse inesperadamente. El impulso partió de la política exterior del gobierno provisional, es decir, del problema de la guerra. Fue Miliukov quien acercó la cerilla a la mecha.

La historia de la cerilla y de la mecha es la siguiente. El día en que entraron los Estados Unidos en la guerra, el ministro de Negocios Extranjeros del gobierno provisional, animado por este hecho, desarrolló ante los periodistas su programa: ocupación de Constantinopla y de Armenia, reparto de Austria y Turquía, ocupación de la Persia septentrional y, luego, naturalmente, derecho de los pueblos a decidir soberanamente de sus destinos. «En todas sus manifestaciones -así presenta el Miliukov historiador al Miliukov ministro- subrayaba decididamente los fines pacifistas de la guerra emancipadora, pero estableciendo siempre una estrecha conexión entre ellos y los objetivos nacionales y los intereses de Rusia.» La interviú tranquilizó a los conciliadores. «¿Cuándo se emancipará de toda falsía la política exterior del gobierno provisional? -se preguntaba, indignado, el diario de los mencheviques-. ¿Por qué el gobierno provisional no exige aliados que renuncien abierta y decididamente a las anexiones?» Esta gente consideraba como una nota falsa el lenguaje sincero de las aves de rapiña, y estaba dispuesta a ver en el disfraz pacifista de sus apetitos la ausencia de toda falsía. Asustado ante la excitación nerviosa de la democracia, Kerenski se apresuró a declarar, por medio de la Oficina de Prensa, que el programa de Miliukov no hacía más que expresar la opinión personal de éste. Por lo visto, se consideraba como un detalle casual que el autor de la «opinión personal» fuese, precisamente, el ministro de Negocios Extranjeros.

Tsereteli, que poseía el talento de saber reducir todos los problemas a lugares comunes, insistió en la necesidad de que el gobierno declarara que la guerra tenía para Rusia un carácter exclusivamente defensivo. La resistencia de Miliukov y, en parte, de Guchkov, fue vencida, y el 27 de marzo el gobierno hizo pública una declaración, en que se decía que «el fin perseguido por la Rusia libre no es la dominación sobre los demás pueblos, ni se aspira a despojarles de sus bienes nacionales, ni a apoderarse de territorios ajenos»; pero «que se respetarían todos los compromisos contraídos con nuestros aliados». De este modo, los reyes y los profetas del doble poder anunciaban su propósito de instaurar el paraíso, aliados a los criminales y malhechores. Entre otras cosas, aquellos caballeros carecían del sentido del ridículo.

La declaración del 27 de marzo fue muy bien acogida por toda la prensa conciliadora, entre la cual se contaba la Pravda, de Kámenev-Stalin, que cuatro días antes de llegar Lenin a Petrogrado decía en su artículo de fondo: «El gobierno provisional ha declarado, ante todo el mundo, de un modo claro y concreto, que el fin perseguido por la Rusia libre no es la dominación sobre otros pueblos», etc. La prensa inglesa interpretó inmediatamente, y con gran satisfacción, la renuncia de Rusia a las anexiones, como una renuncia a Constantinopla, pero sin disponerse, por su parte, naturalmente, ni en lo más mínimo, a hacer extensiva la fórmula de Gran Bretaña. El embajador ruso en Londres dio la voz de alarma y exigió que Moscú hiciera una aclaración, en el sentido de que Rusia no adoptaba el principio «la paz sin anexiones de un modo incondicional, sino sólo en la medida en que no se hallase en contradicción con nuestros intereses vitales». No era otra, en efecto, la fórmula de Miliukov: prometer que no se robaría aquello que no necesitáramos. A la inversa de Londres, París no sólo sostuvo a Miliukov, sino que le alentó, inspirándole, por medio de Paléologue, su embajador, la necesidad de abrazar, una política más decidida respecto al Soviet.

Ribot, a la sazón primer ministro francés, fuera de sí por aquellas deplorables letanías que llegaban de Petrogrado, preguntó a Londres y Roma «si consideraban o no necesario invitar al gobierno provisional a poner fin a todo equívoco». Londres contestó que sería prudente «conceder a los socialistas franceses e ingleses, enviados a Rusia, el tiempo necesario para influir sobre sus correligionarios rusos».

El envío de los socialistas aliados a Rusia se hizo por iniciativa del Cuartel general ruso, o, lo que es lo mismo, del viejo generalato zarista. «Confiábamos en él -escribía Ribot, refiriéndose a Albert Thomas- para dar alguna firmeza a las resoluciones del gobierno provisional.» Por su parte, Miliukov se lamentaba de que Thomas mantuviera un contacto excesivamente estrecho con los jefes del Soviet. Ribot contestó que Thomas «se esforzaba sinceramente» en mantener el punto de vista de Miliukov, pero prometía excitar a su embajador a prestar un apoyo todavía más activo.

La declaración del 27 de marzo, completamente vacua, intranquilizó a todos los aliados, que vieron en ella una concesión al Soviet. Desde Londres amenazaron con perder la fe «en la potencia guerrera de Rusia». Paléologue se lamentó de la «timidez y el carácter indefinido» de la declaración. No necesitaba más Miliukov. Confiando en la ayuda de los Aliados, entregóse a un juego arriesgado, que excedía en mucho en sus recursos. Su idea fundamental era dirigir la guerra contra la revolución, y el objetivo inmediato que para ello se proponía, la desmoralización de la democracia. Pero, precisamente por el mes de abril, empezaron los conciliadores a manifestar una nerviosidad y una agitación cada vez mayores en las cuestiones relativas a política exterior, pues las masas ejercían una presión cada vez más fuerte sobre ellos. El gobierno tenía necesidad de un empréstito de paz, pero no un empréstito de guerra. Había que entreabrir ante ellas aunque no fuera más que la apariencia de una perspectiva de paz.

Tsereteli, aplicando su salvadora política de lugares comunes, propuso que se exigiera del gobierno provisional la entrega a los Aliados de una nota análoga a la declaración de política interior del 27 de marzo. En pago de esto, el Comité ejecutivo se comprometía a hacer que el Soviet votase a favor del «Empréstito de la Libertad». Miliukov accedió al trato -dame el empréstito y te daré la nota-; pero decidiendo explotarlo en su interés y con usura. La nota, bajo apariencia de interpretar aquella declaración, lo que hacía, en realidad, era desautorizada, haciendo hincapié en que las frases pacifistas del nuevo régimen no daban «ni el menor pretexto para creer que la revolución haya podido quebrantar en lo más mínimo el papel de Rusia en la lucha común junto a los aliados. Muy al contrario, la aspiración popular a llevar la guerra mundial hasta el triunfo decisivo no ha hecho otra cosa que robustecerse»... Más adelante, la nota expresaba el convencimiento de que los vencedores «encontrarán los medios de obtener las garantías y sanciones necesarias para evitar, en el porvenir, nuevos choques sangrientos». Aquello de las «garantías» y las «sanciones», interpolado en la nota a instancias de Albert Thomas, no significaba, en el lenguaje de la diplomacia, sobre todo de la francesa, otra cosa que «anexiones» e «indemnizaciones». El día Primero de Mayo, Miliukov transmitió telegráficamente su nota, dictada por los diplomáticos aliados, a los gobiernos de la Entente, hecho lo cual se envió al Comité ejecutivo, al mismo tiempo que a los periódicos rusos. El gobierno prescindió de la Comisión de enlace, y los líderes del Comité ejecutivo se vieron reducidos a la situación de ciudadanos rusos. Y aunque los conciliadores no leyesen en la nota nada que no hubieran oído antes de labios de Miliukov, no podían dejar de ver en ella un acto premeditado de hostilidad. Aquella nota los desarmaba ante las masas y los colocaba ante el trance de optar, sin mas devaneos, entre el bolchevismo y el imperialismo. ¿Era éste, realmente, el fin que perseguía Miliukov? Todo hace suponer que no se reducía a eso, que su designio iba más allá.

Ya desde el mes de marzo, Miliukov intentaba, con todas sus fuerzas, resucitar el desdichado proyecto de ocupación de los Dardanelos, mediante un desarrollo de tropas rusas, y sostuvo frecuentes negociaciones con el general Alexéiev, a fin de persuadirle de que realizara enérgicamente la operación, que, a su juicio, colocaría ante un hecho consumado a la democracia, que protestaba contra las anexiones. La nota del 18 de abril implicaba un desembarco análogo de las fuerzas de Miliukov en las orillas mal defendidas de la democracia. Las dos acciones, la militar y la política, se contemplaban y, en caso de éxito, se justificaban mutuamente. Generalmente, a los vencedores no se les juzga. Pero Miliukov no estaba llamado a ser vencedor. Para el desembarco hacían falta doscientos o trescientos mil soldados. La empresa fracasó por una menudencia: la negativa de los soldados, dispuestos a defender la revolución, pero no a atacar. Fracasado el proyecto de Miliukov respecto a los Dardanelos, esto echó por tierra todos sus propósitos ulteriores, que, hay que reconocerlo, no estaban mal calculados..., a condición de vencer.

El 17 de abril tuvo lugar, en Petersburgo, una macabra manifestación patriótica de inválidos: una muchedumbre inmensa de heridos de los hospitales de la capital, amputados, sin piernas, sin brazos, vendados, avanzó hacia el palacio de Táurida. Los que no podían andar eran llevados en camiones. En las banderas se leía: «Guerra hasta el fin.» Era una manifestación desesperada de los desperdicios humanos de la guerra imperialista, que querían que la revolución reconociera como inútiles los sacrificios realizados por ellos. Pero detrás de los manifestantes acechaba el partido kadete o, más exactamente, Miliukov, que estaba preparando para el día siguiente su gran golpe.

En la sesión extraordinaria del 19 por la noche, el Comité ejecutivo examinó la nota enviada el día anterior a los gobiernos aliados. «Después de su primera lectura -cuenta Stankievich-, todo el mundo reconoció unánimemente y sin discusión que no era aquello, ni mucho menos, lo que el Comité esperaba.» Pero como de la nota respondía el gobierno en conjunto, sin excluir a Kerenski, era necesario, ante todo, salvar al gobierno. Tsereteli se puso a «descifrar» la nota, no cifrada, y a descubrir en la misma aspectos insospechados. Skobelev demostró, con gran profundidad de espíritu, que no se podía exigir siempre una «conciencia absoluta» entre las aspiraciones de la democracia y las del gobierno. Aquellos prudentes varones se estuvieron exprimiendo los sesos hasta de madrugada, pero no encontraron ninguna solución. Al amanecer, se volvieron a sus casas, citados para unirse nuevamente horas después. Por lo visto confiaban en la virtud del tiempo para curar todas sus heridas.

Por la mañana la nota apareció en todos los periódicos. El Riech la comentó en términos de provocación muy bien meditados. La prensa socialista Rabochaya Gazeta, en el que aún no se habían disipado, después de las intervenciones de Tsereteli y Skobelev, los vapores de la excitación nocturna, decía que el gobierno provisional había publicado un «documento que representaba un escarnio para las aspiraciones de la democracia» y exigía del Soviet la adopción de medidas decididas «a fin de evitar sus terribles consecuencias». En estas frases dejábase sentir, de un modo muy claro, la presión creciente de los bolcheviques.

El Comité ejecutivo reanudó la sesión, pero sólo para persuadirse, una vez más, de que era incapaz de llegar a ninguna decisión. Se acordó convocar un pleno extraordinario del Soviet «para información»: en realidad, para pulsar el grado de descontento de las masas y dar tiempo a las propias vacilaciones. En el intervalo, proyectábanse toda suerte de reuniones de enlace destinadas a liquidar la cuestión.

Pero en aquel ajetreo habitual del doble poder vino a terciar inesperadamente una tercera fuerza. Las masas se echaron a la calle con las armas en la mano. Entre las bayonetas de los soldados brillaban las letras de los cartelones: «¡Abajo Miliukov!» En otros cartelones aparecía también el nombre de Guchkov. Parecía mentira que aquellos hombres soliviantados fueran los pacíficos manifestantes del Primero de Mayo.

Los historiadores califican de «espontáneo» este movimiento, en el sentido de que ninguno de los partidos asumió su iniciativa. La invitación material a salir a la calle partió de un tal Linde, que con sólo esto estampó su nombre en la historia de la revolución. «Linde, que era un sabio, un matemático, un filósofo», se hallaba al margen de todo partido, había abrazado con toda su alma la revolución y ansiaba ardientemente que ésta cumpliera sus promesas. La nota de Miliukov y los comentarios del Riech le indignaron.» «Sin consultar con nadie... -cuenta su biógrafo puso inmediatamente manos a la obra..., se fue al regimiento de Finlandia, reunió al Comité y propuso que el regimiento se dirigiera inmediatamente al palacio de Marinski... La proposición de Linde fue aceptada, y a las tres de la tarde, desfilaba ya por las calles de Petrogrado una manifestación imponente de soldados del regimiento de Finlandia llevando carteles provocativos.» Siguiendo el ejemplo del regimiento de Finlandia, echándose a la calle los soldados del regimiento de reserva 180, del de Moscú, del de Pavl, del de Keksgalin, los marineros de la segunda tripulación de la escuela del Báltico, hasta veinticinco a treinta mil hombres en total, todos armados. En los barrios obreros se produjo una gran agitación: cesó el trabajo, y las fábricas, siguiendo el ejemplo de los regimientos, se lanzaron a la calle.

«La mayoría de los soldados no sabían a qué había venido», afirma Miliukov, como si realmente hubiera tenido tiempo para interrogarlos. «Además de los soldados, tomaban parte en la manifestación jovenzuelos obreros, que declaraban en voz alta [¡!] que les habían dado a razón de diez y quince rublos por ir allí.» La fuente del dinero no podía ser más clara: «Alemania había exigido derechamente la separación de los dos ministros (Miliukov y Guchkov).» Miliukov no dio esta profunda explicación en el momento en que la lucha de abril se hallaba en su apogeo, sino tres años después de la revolución de Octubre, la cual se encargó de demostrar con suficiente claridad que no hacía falta que nadie pagara a precio muy alto el odio de las masas populares contra él.

El carácter agudo que tomó tan de súbito la manifestación de abril se explica por la reacción inmediata de las masas ante el engaño de las alturas. «Mientras el gobierno no consiga la paz, hay que defenderse.» Esto se decía sin entusiasmo, pero con convicción. Dábase por supuesto que en las alturas hacían todo lo posible por obtener la paz. Los bolcheviques afirmaban, cierto es, que el gobierno mantenía la continuación de la guerra con fines de rapiña. Pero no, esto no era posible. ¿Y Kerenski? A los jefes del Soviet les conocemos desde febrero. Fueron los primeros en acudir a los cuarteles; de sobra sabemos que defienden la paz. Además, Lenin llegó de Berlín, mientras que Tsereteli estaba en presidio. Hay que tener paciencia... Al mismo tiempo, en las fábricas y en los regimientos más avanzados iban imponiéndose, cada vez más firmemente, las consignas bolcheviques de la política de paz: publicación de los tratados secretos y ruptura con los planes de conquista de la Entente, proposición abierta de paz inmediata a todos los países beligerantes. La nota del 18 de abril cayó en este terreno moral, complejo y vacilante. ¿Cómo, qué es esto? ¡Ah, de modo que esos señores no apoyan la paz, sino los fines que la guerra perseguía antes! ¡Entonces será inútil que esperemos! ¡Abajo!... Pero ¿abajo quién? ¿Es posible que tengan razón los bolcheviques? No, no puede ser. Pero ¿y la nota? Aquí hay alguien que quiere vender nuestra pelleja a los aliados del zar. Sin más que comparar la prensa de los kadetes y la de los conciliadores, se deducía que Miliukov, defraudando la confianza del país, se aprestaba a practicar una política de conquistas del brazo de Lloyd George y Ribot. El propio Kerenski ha declarado que el atentado contra Constantinopla era «una opinión personal» de Miliukov. Así estalló el movimiento.

Pero éste no era homogéneo. Algunos elementos exaltados del campo revolucionario exageraban las proporciones y la madurez política del movimiento cuanto más larga e inesperadamente se manifiesta al exterior. Los bolcheviques desarrollaron una labor enérgica en el seno de los regimientos y en las calles. El grito «¡Abajo Miliukov!», que era algo así como el programa mínimo del movimiento, fue completado por ellos con cartelones contra el gobierno provisional en conjunto, con la particularidad de que los distintos elementos interpretaban aquello de un modo distinto también: unos, como consigna de propaganda; otros, como finalidad inmediata. El grito: «¡Abajo el gobierno provisional!», lanzado a la calle por los soldados y marineros armados, deslizó inmediatamente en la manifestación un elemento de insurrección armada. Había grupos considerables de obreros y soldados que se mostraban dispuestos a atacar inmediatamente al gobierno provisional. Fue de ellos de quienes partió la idea de apoderarse del palacio de Marinski, ocupar todas las salidas y detener a los ministros. Para salvarlos fue destacado Skobelev, quien cumplió eficacísimamente con su misión, cosa no difícil, pues resultó que en el palacio de Marinski no había nadie. Debido a la enfermedad de Guchkov, el gobierno estaba reunido en su domicilio particular. Pero no fue este azar el que salvó a los ministros de la detención, peligro que, por otra parte, no les amenazaba seriamente. Aquel ejército de veinticinco o treinta mil soldados, que se echó a la calle dispuesto a luchar contra la continuación de la guerra, era más que suficiente para derribar a un gobierno más sólido que el presidido por el príncipe Lvov. Pero no era éste el fin que se proponían los manifestantes. En el fondo, no querían más que esgrimir el puño amenazador y asomarlo por la ventana para que aquellos encopetados caballeros no siguieran afilando los dientes, con la vista puesta Constantinopla, y se dedicaran a preparar la paz, como era su obligación. Con esto, los candorosos soldados creían ayudar a Kerenski y Tsereteli contra Miliukov.

Mientras el gobierno estaba reunido, llegó el general Kornílov, quien dio cuenta de las manifestaciones armadas que se estaban desarrollando y declaró que, en calidad de jefe de las tropas de la región militar de Petrogrado, disponía de fuerza suficiente para sofocar el movimiento a mano armada; y que si no hacía nada era esperando órdenes concretas. Kolchak, que asistía casualmente a la reunión del gobierno, contó más tarde, en el proceso que precedió a su fusilamiento, que el príncipe Lvov y Kerenski se habían mostrado contrarios a las tentativas de represión armada contra los manifestantes. Miliukov no se pronunció de un modo directo, pero resumió la situación diciendo que los señores ministros podían, naturalmente, razonar como les pluguiera, aunque esto no impedía que les metieran en la cárcel. No podía caber la menor duda de que Kornílov obraba en connivencia con los dirigentes del partido kadete.

A los líderes conciliadores no les fue difícil conseguir que los soldados manifestantes se retirasen de la plaza situada frente al palacio de Marinski y aun que se reintegrasen a sus cuarteles. Sin embargo, la agitación que se había promovido en la ciudad no cedía. Por todas partes se congregaban grandes muchedumbres y se celebraban mítines, se discutía en todas las esquinas, en los tranvías los viajeros se dividían en partidarios y en adversarios de Miliukov. En los suburbios, en los barrios obreros, los bolcheviques esforzábanse en hacer extensiva al gobierno en pleno la indignación suscitada por la nota y por su autor.

A las siete de la tarde, se reunió el pleno del Soviet. Los oradores no sabían qué decir al auditorio, que se hallaba en un estado de gran exaltación. Cheidse habló exactamente para decir que después de la reunión se celebraría una entrevista con el gobierno provisional. Chernov intimidaba con la perspectiva de la guerra civil. Federov, obrero metalúrgico, miembro del Comité central de los bolcheviques, replicó que la guerra civil era ya un hecho y que lo único que tenían que hacer los soviets era apoyarse en ella y adueñarse del poder. «En aquel entonces, éstas eran todavía palabras inauditas y terribles -dice Sujánov-, y los bolcheviques no habían encontrado antes ni habían de volver a encontrar mucho tiempo después en el Soviet.»

Sin embargo, la nota saliente de la reunión fue, inesperada para todos, el discurso del liberal-socialista Stankievich, uno de los hombres de confianza de Kerenski: «¿Qué necesidad tenemos, compañeros, de «atacar»? -preguntó-. ¿Contra quién habíamos de emplear la fuerza? ¿Habéis olvidado, acaso, que la fuerza sois vosotros y las masas que os siguen?... Mirad, ahora son las siete menos cinco (Stankievich apunta con la mano al reloj que hay en la pared, y toda la sala se vuelve hacia él). Tomad el acuerdo de que el gobierno provisional dimita, comunicaremos nuestra decisión por teléfono y, a las siete, estad seguros de que habrá depuesto sus poderes. ¿Qué necesidad hay de acudir a la violencia, al ataque, a la guerra civil?» En la sala suena una salva de aplausos clamorosos con gritos de entusiasmo. El orador quiso, indudablemente, asustar al Soviet sacando una consecuencia extrema de la situación creada; pero con su discurso no consiguió más que asustarse a sí mismo. La verdad, tan inconscientemente lanzada, acerca de la fuerza de los soviets puso a la asamblea por encima del lastimosos nivel de la actuación de los dirigentes, a quienes lo único que les preocupaba era que el Soviet no tomara ninguna resolución. «¿Y quién va a reemplazar al gobierno? -objetó uno de los oradores contestando a los aplausos-. ¿Nosotros? ¡Pero si nos tiemblan las manos!...» No podía trazarse mejor característica de aquellos conciliadores, jefes grandilocuentes con manos temblorosas.

El primer ministro, Lvov, como completando las palabras de Stankievich desde el otro lado, hacía al día siguiente esta declaración: «Hasta ahora, el gobierno provisional se ha visto invariablemente apoyado por el órgano directivo del Soviet. En estas últimas dos semanas... recaen sobre el gobierno ciertas sospechas. En estas condiciones... lo mejor que puede hacer el gobierno provisional es marcharse.» Estas palabras confirman, una vez más, cuál era la constitución efectiva de la Rusia de Febrero.

En el palacio de Marinski celebróse una reunión mixta del Comité ejecutivo y el gobierno provisional. En su discurso de apertura, el príncipe Lvov se lamentó de la campaña desatada por los sectores socialistas contra el gobierno y habló en un tono medio resentido y medio de amenaza de dimitir. Los ministros fueron describiendo las dificultades, cuya acumulación se encargaban ellos de fomentar con todas sus fuerzas. Miliukov, volviéndose de espaldas a la madriguera de charlatanes que era la Comisión de enlace, habló desde el balcón a los manifestantes kadetes: «Al ver aquellos cartelones con el letrero «¡Abajo Miliukov!», no temía por Miliukov, sino por Rusia.» Así nos transmite el Miliukov historiador las modestas palabras que el Miliukov ministro pronunció ante la muchedumbre reunida en la plaza. Tsereteli exigió que el gobierno diese una nueva nota. Chernov halló una salida genial, proponiendo a Miliukov para desempeñar la cartera de Instrucción Pública: por lo menos, Constantinopla, como tema de geografía, era harto menos peligrosa que como tema de diplomacia. Sin embargo, Miliukov se negó en redondo a las dos soluciones: ni se recluía en la ciencia ni daría una nueva nota. Los caudillos del Soviet no se hicieron rogar mucho y accedieron a que se «aclarara» la nota anterior. Sólo faltaba encontrar unas cuantas frases cuya falsía apareciera disimulada de un modo suficientemente democrático, y la situación podía darse por salvada. Y, con la situación, la cartera de Miliukov.

Pero el tercero en discordia, tan inquieto de suyo, no acababa de tranquilizarse. El 21 de abril el movimiento fue más potente que el día anterior. Esta manifestación había sido convocada ya por el Comité local del partido bolchevique. A pesar de la contraagitación desplegada por los mencheviques y los socialrevolucionarios, masas inmensas de obreros avanzaron hacia el centro, partiendo primero e la barriada de Viborg y luego de otros puntos. El Comité ejecutivo destacó a apaciguadores prestigiosos para que saliesen al encuentro de los manifestantes, acaudillados por Cheidse. Pero los obreros querían que se les oyese y no les faltaba qué decir. Un conocido periodista liberal describía, en el Riech, la manifestación de los obreros en la Nevski: «Delante, cerca de un centenar de hombres armados; detrás, las filas compactas de hombres y mujeres no armados -un millar de personas-. Cadenas vivas a ambos lados. Cánticos. Lo que más impresión me produjo fueron sus caras. Aquellas mil personas no tenían más que una sola cara llena de ira: el rostro monacal de los primeros siglos del cristianismo, irreconciliable, decidido, inflexiblemente decidido a llegar al asesinato, a la inquisición y a la muerte.» Este periodista liberal miró la revolución obrera cara a cara y pudo percibir, en un instante, su concentrada decisión. ¡Qué poco se parecían aquellos obreros a los mozalbetes de Miliukov, comprados por Ludendorff a razón de quince rublos diarios!

En este día, lo mismo que en el anterior, los manifestantes no se echaron a la calle decididos a derribar al gobierno, aunque bien se puede suponer que la mayoría había pensado ya seriamente en ello; hoy, una parte de los manifestantes estaba dispuesta ya a llevar las cosas más allá de los límites del estado de espíritu de la mayoría. Cheidse propuso a la manifestación que se volviese atrás, hacia sus barriadas. Pero los directores contestaron rudamente que los obreros sabían perfectamente, sin que nadie se lo dijese, lo que tenían que hacer. Es un nuevo tono al que Cheidse no está acostumbrado y al que no va a tener más remedio que acostumbrarse durante las semanas siguientes.

Mientras que los conciliadores acudían a la persuasión y trataban de extinguir la hoguera, los kadetes la avivaban y adoptaban actitudes provocadoras. Kornílov, aunque ayer no obtuviese autorización para emplear las armas, no sólo no ha abandonado su plan, sino que, lejos de ello, ha tomado, desde bien temprano, medidas para lanzar la Artillería y la Caballería sobre los manifestantes. Contando firmemente con el carácter fogoso del general, los kadetes publicaron una hoja incitando a sus partidos a salir a la calle con el propósito evidente de llevar las cosas hasta el conflicto decisivo. Fracasado el desembarco a orillas de los Dardanelos, Miliukov seguía desarrollando su ofensiva, con Kornílov por vanguardia y la Entente como reserva. La nota enviada a espaldas de los soviets y el artículo de fondo del Riech desempeñarían el cometido de telegrama de Ems del canciller liberal de la revolución de Febrero. «Todos los que están al lado de Rusia y de la Libertad, deben agruparse en torno al gobierno provisional y sostenerlo.» Así decía el manifiesto del Comité central de los kadetes, en que se invitaba a todos los buenos ciudadanos a salir a la calle para luchar contra los partidarios de la paz inmediata.

Aquel día, la Nevski, arteria principal de la burguesía, se convirtió toda ella en un mitin kadete. Una manifestación considerable, presidida por los miembros del Comité central kadete, se dirigió al palacio de Marinski. Por todas partes se veían cartelones con letreros que acababan de salir del taller: «Confianza absoluta en el gobierno provisional.» «¡Viva Miliukov!» Los ministros estaban radiantes: el «pueblo» estaba con ellos, cosa tanto más evidente cuanto que los emisarios del Soviet hacían esfuerzos sobrehumanos por disolver los mítines revolucionarios, por conseguir que las manifestaciones de obreros y de soldados evacuaran el centro y se dirigieran a los suburbios y por evitar toda acción por parte de los cuarteles y de las fábricas.

Bajo la bandera de la defensa del gobierno llevábase a cabo, por vez primera, una movilización franca y en todo el frente de las fuerzas contrarrevolucionarias. En el centro de la ciudad aparecieron camiones de las fuerzas contrarrevolucionarias. En el centro de la ciudad aparecieron camiones con oficiales, kadetes y estudiantes armados. Entraron en acción los Caballeros de San Jorge, y la juventud dorada organizó en la Nevski un tribunal que detenía en la calle a los partidarios de Lenin y a los «agentes alemanes». Hubo ya reyertas y víctimas. Decíase que el origen de la primera colisión sangrienta había sido ya la tentativa de unos oficiales de arrebatar a los obreros una bandera con un letrero contra el gobierno provisional. Las reyertas fueron tomando un carácter cada vez más encarnizado, y se inició un tiroteo, que, a partir de mediodía, fue ya constante. Nadie sabía exactamente quién disparaba ni por qué se disparaba. Pero el hecho ea que aquel confuso tiroteo, en parte pérfido y en parte producido por el pánico, había causado ya víctimas. Los ánimos se iban caldeando.

No; la jornada no era precisamente un testimonio de la «unidad nacional». Eran dos mundos los que se enfrentaban. Las columnas patrióticas, echadas a la calle por el partido kadete contra los obreros y soldados, estaban compuestas exclusivamente por los elementos burgueses de la población, por oficiales, intelectuales, funcionarios públicos. Dos torrentes humanos, uno al grito de «¡Queremos Constantinopla!» y otro al grito «¡Viva la paz!», se derramaban sobre las calles partiendo de distintas partes de la ciudad, distintas por su composición social y por su aspecto exterior, con inscripciones hostiles en los cartelones y que, al chocar, recurrían a los puños, a los bastones y hasta a las armas de fuego.

En el Comité ejecutivo se recibió la noticia inesperada de que Kornílov había mandado montar los cañones en la plaza de palacio. ¿Era una iniciativa tomada, por su cuenta y riesgo, por el jefe militar de la región? No; el carácter y la futura carrera de Kornílov indican que el bizarro general tenía siempre detrás alguien que le empujase; en esta ocasión, ese alguien eran los caudillos kadetes. Ellos no hubieran echado a su gente a la calle sin contar con la intervención de Kornílov y para provocarla. Uno de los jóvenes historiadores de la revolución observa, acertadamente, que la tentativa del general para llevar sus fuerzas a la plaza de palacio no coincidió precisamente con el momento en que se planteaba la necesidad, fuese real o imaginaria, de defender el palacio de Marinski contra la muchedumbre excitada, sino con el momento en que la manifestación de los kadetes llegaba a su punto culminante.

Pero el plan Miliukov-Kornílov fracasó de modo ignominioso. Por simples que fueran los jefes del Comité ejecutivo, no podían dejar de comprender que se estaban jugando la cabeza. Antes ya de que llegaran las primeras noticias de las sangrientas refriegas en la Nevski, el Comité circuló una orden telegráfica a todas las fuerzas militares de Petrogrado y sus alrededores para que no se mandara ni un solo soldado a las calles de la capital sin el consentimiento del Soviet. Ahora, cuando los propósitos de Kornílov son del dominio público, el Comité ejecutivo, a pesar de todas sus declaraciones solemnes, toma el timón con ambas manos, por la cuenta que le tiene, y no sólo exige de Kornílov que retire inmediatamente las tropas de las calles, sino que destaca a Skobelev y a Filipovski para que hagan volver a las tropas a los cuarteles en nombre del Soviet. «En estos días agitados, no salgáis a la calle con las armas en la mano sin que el Comité ejecutivo os requiera a ello. El derecho a disponer de vosotros pertenece exclusivamente al Comité ejecutivo.» En lo sucesivo, toda orden relativa a la salida de tropas deberá constar en un documento oficial del Soviet e ir avalada, por lo menos, con la firma de dos personas autorizadas para ello. Diríase, pues, que el Soviet interpretaba de un modo inequívoco los manejos de Kornílov como una tentativa de la contrarrevolución para provocar la guerra civil. Pero lo curioso es que, a la par que con este decreto reducía a la nada el mando de la región, no se le pasaba siquiera por las mentes reemplazar a Kornílov, sin duda por no atentar contra las prerrogativas del poder. He aquí «las manos temblorosas». El nuevo régimen vivía rodeado de ficciones, lo mismo que un enfermo vive rodeado de almohadas y compresas. Pero lo más instructivo, desde elpunto de vista del verdadero balance de fuerzas, era el hecho de que no sólo las tropas, sino las escuelas militares se negasen, ya antes de recibir la comunicación de Cheidse, a entrar en acción sin órdenes del Soviet. Aquellas desagradables sorpresas que los kadetes no habían previsto y que se sucedían unas a otras, eran consecuencia inevitable del hecho de que, en el momento de la revolución nacional, la burguesía rusa resultaba ser una clase antinacional. Este hecho podía disimularse durante algún tiempo a la sombra del doble poder, pero no era posible borrarlo.

Aparentemente, la crisis de abril iba a cancelarse sin que recayera una decisión. El Comité ejecutivo consiguió mantener todavía a las masas en los umbrales de la dualidad de poderes. Por su parte, el gobierno, agradecido, explicó que por «garantías» y «sanciones» habían de entenderse los tribunales internacionales, la limitación de los armamentos y otras cosas magníficas. El Comité ejecutivo se apresuró a aferrarse a estas concesiones terminológicas, y por 34 votos contra 19 declaró liquidado el incidente. Para tranquilizar a sus filas alarmadas, la mayoría adoptó, además, las siguientes resoluciones: intensificar la vigilancia de la actuación del gobierno provisional; que no se realizase ningún acto político sin informar previamente de ello al Comité ejecutivo; radical transformación de la representación diplomática. La dualidad de poderes traducíase al lenguaje jurídico constitucional; pero con esto no se modificaba en lo más mínimo la naturaleza de las cosas. El ala izquierda no consiguió arrancar a la mayoría conciliadora ni la dimisión de Miliukov. Todo seguiría como antes. El gobierno provisional estaba sometido a la fiscalización mucho más efectiva de la Entente, contra la cual el Comité ejecutivo ni siquiera pensaba en atentar.

El día 21 por la tarde, el Soviet de Petrogrado hizo, por decirlo así, el balance de la situación. Tsereteli dio cuenta del nuevo triunfo de aquellos modelos de prudencia que eran los directores, triunfo que ponía fin a toda equívoca interpretación de la nota del 27 de marzo. Kámenev, en nombre de los bolcheviques, propuso la formación de un gobierno puramente soviético. La Kolontay, revolucionaria popular, que durante la guerra se había pasado del campo menchevique a los bolcheviques, propuso que se organizase un plebiscito popular por las barriadas de Petrogrado y sus alrededores acerca del gobierno provisional que apetecían; pero estas proposiciones no fueron comprendidas por el Soviet. La cuestión parecía ya resuelta. Por una inmensa mayoría, contra 13 votos, se adoptó la tranquilizadora resolución del Comité ejecutivo. Cierto es que la mayoría de los diputados bolcheviques se hallaban todavía actuando en las fábricas, en las calles, en las manifestaciones. Pero, así y todo, es indudable que la masa principal del Soviet no se inclinaba en lo más mínimo hacia las consignas bolcheviques.

El Soviet propuso que cesasen durante dos días todas las manifestaciones en las calles. La resolución fue votada por unanimidad. Nadie dudaba, ni por asomo, de que todo el mundo se sometería a la decisión. Y, en efecto, ni los obreros, ni los soldados, ni la juventud burguesa, ni el barrio de Viborg, ni la perspectiva Nevski, nadie se atrevió a desobedecer la orden del Soviet. La pacificación se obtuvo sin que fuera preciso aplicar ninguna medida coercitiva. Hubiera bastado con que el Soviet se sintiera dueño de la situación para que lo fuera en realidad.

Entre tanto, iban llegando a las redacciones de los periódicos de izquierda docenas de acuerdos votados por las fábricas y los regimientos pidiendo la dimisión inmediata de Miliukov y, algunas, la de todo el gobierno provisional. La agitación no quedó limitada a Petrogrado. En Moscú, los obreros abandonaron el trabajo; los soldados salieron de los cuarteles, invadieron las calles con protestas tumultuosas. En los días siguientes, afluyeron al Comité ejecutivo telegramas de docenas de soviets locales protestando contra la política de Miliukov y prometiendo apoyar en todo al Soviet. Del frente llegaban también voces en e mismo sentido. Pero todo había de seguir como hasta allí.

«El 21 de abril -afirmaba, andando el tiempo, Miliukov- reinaba en las calles un estado de espíritu favorable al gobierno.» Se refiere, sin duda, a las calles que él pudo observar desde su balcón después que los soldados y los obreros se volvieron, respectivamente, a sus cuarteles y a sus casas. En realidad, el gobierno estaba completamente solo. Ninguna fuerza seria lo seguía, como pudimos oír de labios de Stankievich y del propio príncipe Lvov. ¿Qué significaban aquellas palabras de Kornílov de que disponía de fuerzas suficientes para dominar a los rebeldes? Nada más que una ligereza inaudita de aquel honorable general, ligereza que llega a su punto álgido en agosto, cuando el conspirador Kornílov hace avanzar sobre Petrogrado a tropas que sólo existían en su imaginación. Y se explica en un hombre como Kornílov, que identificaba el estado de espíritu del mando con el de las tropas. En su mayoría, la oficialidad estaba, indudablemente, con él; esto es, dispuesta bajo la apariencia de defender al gobierno provisional, a romperle las costillas al Soviet. Los soldados, que, por su disposición de ánimo, se hallaban situados indeciblemente más a la izquierda que el Soviet, estaban al lado de éste; pero como el Soviet, a su vez, estaba al lado del gobierno provisional, resultaba que Kornílov podía utilizar en defensa del gobierno provisional a soldados soviéticos capitaneados por oficiales reaccionarios. Amparados tras el régimen del doble poder, jugaban todos al escondite. Sin embargo, en cuanto los jefes del Soviet dieron a las tropas orden de no abandonar los cuarteles, Kornílov se encontró flotando en el vacío con todo el gobierno provisional.

Y, a pesar de todo, el gobierno no cayó. Las masas que emprendieron el ataque carecían absolutamente de preparación para llevarlo hasta sus últimas consecuencias. Esto les permitió a los jefes conciliadores intentar retrotraer nuevamente el régimen de Febrero a su punto de partida. Olvidando, o deseando hacer olvidar a los demás que el Comité ejecutivo se había visto obligado a poner mano en el ejército de un modo franco y en contra el poder «legal», el 22 de abril las Izvestia (Noticias) del Soviet se lamentaban en estos términos: «El Soviet no aspira a tomar el poder en sus manos. Sin embargo, en muchas banderas de sus partidarios leíanse inscripciones que exigían el derrocamiento del gobierno y la entrega de todo el poder al Soviet...» En efecto, ¿acaso no era indignante que los obreros y los soldados quisieran seducir a los conciliadores a hacerse cargo del poder, es decir, que consideraran seriamente a aquellos caballeros capaces de poner el poder al servicio de la revolución?

No, los socialrevolucionarios y los mencheviques no querían el poder. Como hemos visto, la proposición bolchevique sobre la entrega del poder a los soviets sólo consiguió un número insignificante de votos en el Soviet de Petrogrado. En Moscú, la proposición de desconfianza contra el gobierno provisional, presentada por los bolcheviques el 22 de abril, no reunió más que setenta y cuatro votos entre los muchos centenares de diputados. En cambio, el Soviet de Helsignfors, a pesar de dominar en él los socialdemócratas y los mencheviques, votó aquel día una proposición excepcionalmente audaz para los tiempos que corrían, en la cual brindaba al Soviet de Petrogrado su ayuda armada para derribar al «gobierno provisional imperialista». Pero este acuerdo, votado por la presión directa de los marinos de guerra, representaba una excepción. En su aplastante mayoría, la representación soviética de las masas, que todavía ayer se hallaban al borde de la insurrección contra el gobierno provisional, se mantenía por entero en el terreno de la dualidad de poderes. ¿Qué significaba esto?

La contradicción que saltaba a la vista del ataque de las masas y la política de medias tintas de su reflejo político no tenía nada de casual. En las épocas revolucionarias, las masas oprimidas se ven arrastradas a la acción directa con mayor facilidad y mucho antes de que aprendan a dar a sus deseos y reivindicaciones una expresión política por medio de sus propias y genuinas representaciones. Cuanto más abstracto es el sistema representativo, más a la zaga va del ritmo de los acontecimientos, obediente a la acción de las masas. La representación soviética, la menos abstracta de todas, tiene ventajas incalculables en situaciones revolucionarias; baste recordar que las Dumas democráticas elegidas a base de las normas acordadas el 17 de abril, no cohibidas por nada ni por nadie, se revelaron completamente impotentes para competir con los soviets. Pero, a pesar de todas las ventajas que tenía su contacto orgánico con las fábricas y los regimientos, es decir, con las masas activas, los soviets son siempre una representación, que, como tal, no se halla libre en absoluto de los convencionalismos y deformaciones del parlamentarismo. La contradicción inherente a toda representación, incluso la soviética, consiste en que, de una parte, es necesaria para la acción de las masas, y, de otra, se alza fácilmente ante ellas como obstáculo conservador. Eta contradicción puede ser superada en la práctica, cuando la necesidad se plantea, renovando la representación. Pero esto, que no es tan sencillo como a primera vista parece, es siempre, sobre todo en plena revolución, un resultado deducido de la acción directa; por esto no puede mantenerse nunca al paso con ésta. Lo cierto es que, al día siguiente de producirse la semiinsurrección -o, hablando más exactamente, el cuarto de insurrección de abril, pues la verdadera semiinsurrección tuvo lugar en julio-, seguían sentándose en el Soviet los mismos diputados que la víspera, y, tan pronto como volvieron a encontrarse en su ambiente habitual, votaron también, como era lógico, con los dirigentes habituales.

Pero esto no significa, ni mucho menos, que la tormenta de abril pasar sin dejar huella alguna en el Soviet, en el régimen de Febrero y, sobre todo, en las propias masas. La grandiosa intervención de los obreros y soldados en los acontecimientos políticos, aunque no se llevase hasta sus últimas consecuencias, modifica la situación política, imprime un nuevo impulso al movimiento general de la revolución, acelera los inevitables reajustes de los grupos y obliga a los políticos de gabinete y de pasillo a olvidar sus planes de ayer y a plegar su actuación más atentamente a las nuevas circunstancias.

Tan pronto como los conciliadores hubieron liquidado aquella explosión de guerra civil y se imaginaron que las aguas volverían a su antiguo cauce, se planteó la crisis del gobierno. Los liberales no querían seguir gobernando sin la participación directa de los socialistas en el ministerio. Por su parte, los socialistas, obligados por la lógica del doble poder, al aceptar esta condición exigían que se renunciase demostrativamente al programa de los Dardanelos. Esto determinaba inexorablemente la separación de Miliukov, el cual se vio obligado a abandonar la cartera el día 2 de mayo. Como se ve, el objetivo de la manifestación del 20 de abril se alcanzaba con un retraso de doce días y en contra de la voluntad de los caudillos del Soviet.

Pero estos aplazamientos no hicieron más que poner de manifiesto de un modo más elocuente la impotencia de los directores. Miliukov, que, con ayuda de un general, se disponía a introducir una modificación radical en la correlación de las fuerzas, saltó estrepitosamente del gobierno como un tapón, y aquel generalote feroz viose obligado a presentar la dimisión. Los ministros no aparecían ya tan radiantes como antes, ni mucho menos. El gobierno imploraba del Soviet que accediera a la formación del gobierno de coalición. Y todo porque las masas habían apretado en el otro extremo de la palanca.

Esto no quiere decir, sin embargo, que los partidos conciliadores se hubieran acercado más a los obreros y a los soldados. Al contrario, los acontecimientos de abril, demostrando cuántas sorpresas se encerraban en las masas, empujaron a los jefes democráticos aún más hacía la derecha, los acercaron más a la burguesía. A partir de este momento, prevalece ya definitivamente el rumbo patriótico. La mayoría del Comité ejecutivo se hace más compacta. Los radicales indefinidos, tipo Sujánov, Stieklov y otros, que últimamente inspiraban todavía la política del Soviet e intentaban sostener hasta cierto punto una parte de las tradiciones del socialismo, queda al margen. Tsereteli abraza una firme orientación conservadora y patriótica que representa una especie de transacción entre la política de Miliukov y la representación de las masas trabajadoras.

La conducta del partido bolchevique en las jornadas de abril no fue homogénea. Los acontecimientos le cogieron desprevenido. Acababa apenas de superar la crisis anterior y estaba preparando activamente el Congreso del partido. Bajo la impresión de la agitación aguda reinante en los barios obreros, algunos bolcheviques se pronunciaron por el derrocamiento del gobierno provisional. El Comité de Petrogrado, que todavía el 5 de marzo daba un voto de confianza condicional al gobierno, vacilaba. Se decidió organizar para el día 21 una manifestación, pero sin definir con suficiente claridad el fin de la misma. Una parte del Comité petersburgués lanzó a la calle a los obreros y soldados, con el propósito, a decir verdad no muy definido, de intentar de paso el derrocamiento del gobierno provisional. En el mismo sentido actuaban algunos elementos aislados de izquierda que se hallaban fuera del partido. Al parecer, intervinieron también los anarquistas, que, aunque eran pocos, metían mucho ruido. Algunos elementos se presentaron en los cuarteles exigiendo automóviles blindados y todo género de refuerzos para proceder a la detención del gobierno o para luchar en las calles contra los enemigos. Pero la división de automóviles blindados, que simpatizaba con los bolcheviques, manifestó que no pondría los automóviles a disposición de nadie si no recibía órdenes del Comité ejecutivo.

Los kadetes se esforzaron por todos los medios en acusar a los bolcheviques de los sangrientos sucesos de aquellos días. Pero la Comisión especial nombrada por el Soviet dejó sentado de una manera irrefutable que los primeros disparos no habían sido hechos desde la calle, sino desde los portales y los balcones. En los periódicos apareció una nota del fiscal concebida en estos términos: «El tiroteo ha sido obra de elementos procedentes de los bajos fondos sociales, con el fin de provocar desórdenes y confusión, siempre ventajosos para la chusma.»

La hostilidad existente contra los bolcheviques por parte de los partidos dirigentes del Soviet no habían llegado aún, ni mucho menos, al extremo que alcanzó dos meses después, en julio, cuando eclipsó definitivamente la razón y la conciencia. Los jueces, si bien conservaban su antigua composición, se sentían aún cohibidos ante la revolución en abril, y no se permitían aplicar ya contara la extrema izquierda los métodos de la policía zarista. En este sentido, pudo realizarse también sin gran dificultad la agresión de Miliukov.

El Comité central dio un rapapolvo al ala izquierda de los bolcheviques, y declaró, el 21 de abril, que consideraba completamente acertada la orden de prohibición de las manifestaciones, dada por el Soviet, y que era preciso someterse incondicionalmente a ella. «Además, la consigna de «¡Abajo el gobierno provisional!» no es acertada en las presentes circunstancias -decía la resolución del Comité central-, pues sin una mayoría consistente (es decir, consciente y organizada) del pueblo al lado del proletariado revolucionario, esta consigna, o es una mera frase o se reduce a una tentativa de carácter aventurista.» La resolución define como finalidad del momento y premisa de la toma del poder la crítica, la propaganda y la conquista de la mayoría en los soviets. Los enemigos vieron en aquella declaración la batida en retirada de unos dirigentes asustados o una astuta maniobra. Pero hoy conocemos ya la fundamental posición de Lenin, en lo que se refiere al problema de la toma del poder, y cómo enseñó al partido a poner en práctica las «tesis de abril» basándose en la experiencia de los hechos.

Tres semanas antes, Kámenev había declarado que se consideraba «feliz» al poder votar con los mencheviques y los socialrevolucionarios por una proposición única sobre el gobierno provisional, y Stalin desarrollaba la teoría de la división del trabajo entre los kadetes y los bolcheviques. ¡Cuán lejanas parecía ahora aquellas votaciones y aquellas teorías! Después de la lección de las jornadas de abril, Stalin se pronunció, al fin, por primera vez, contra la teoría de la «fiscalización» benévola del gobierno provisional, evacuando prudentemente sus propias posiciones de ayer. Pero nadie se dio cuenta de la maniobra.

¿En qué consistía el aventurismo de la política propugnada por algunos elementos del partido?, preguntaba Lenin en el Congreso, que comenzó sus tareas después de aquellas graves jornadas. En la tentativa de actuar por la violencia cuando aún no había base para emplear la violencia revolucionaria. «Se puede derribar a aquellos a quienes el pueblo conoce como detentadores de la fuerza. Pero ahora no los hay, los cañones y los fusiles están en manos de los soldados, y no de los capitalistas. Hoy los capitalistas no conducen a la gente por la violencia, sino por el engaño, y sería necio gritar contra la violencia, sería absurdo. Hemos lanzado la consigna de manifestaciones pacíficas. Deseábamos únicamente hacer un recuento pacífico de las fuerzas del adversario, pero no dar la batalla. El Comité de Petrogrado se ha desviado un poco hacia la izquierda... Con el grito acertado de «¡Vivan los soviets!» se ha lanzado otro que no lo era: «¡Abajo el gobierno provisional!» En el momento de la acción, el desviarse «un poco hacia la izquierda» podía ser peligroso. Nosotros lo refutamos como el mayor de los crímenes, como un gran desorganización.»

¿En qué se basan los dramáticos acontecimientos de la revolución? En los cambios producidos en la correlación de fuerzas, ¿qué es lo que los provoca? Son, principalmente, las vacilaciones de las clases intermedias, de los campesinos, de la pequeña burguesía, del ejército. Un margen gigantesco de vacilaciones que va desde el imperialismo kadete hasta el bolchevismo. Estas vacilaciones se desarrollan simultáneamente en dos sentidos antagónicos. La representación política de la pequeña burguesía, los jefes conciliadores, propenden cada vez más marcadamente hacia la derecha, hacia la burguesía. Por el contrario, las masas oprimidas se van manifestando de una manera cada vez más acentuada y audaz hacia la izquierda. Al pronunciarse contra el aventurismo de que habían dado pruebas los dirigentes de la organización petersburguesa, Lenin hace una salvedad: si las clases intermedias se inclinaran hacia nosotros de un modo serio, profundo, consistente, no vacilaríamos ni un instante en desahuciar al gobierno del palacio de Marinski. Pero aún no hay tal. La crisis de abril manifestada en la calle no es la primera ni será tampoco la última vacilación de la masa pequeñoburguesa y semiproletaria». Nuestra misión, por ahora, sigue siendo la de «explicar pacientemente», prepara el terreno para que en su próxima vacilación, más profunda, más consciente, las masas vengan a nosotros.

Por lo que al proletariado se refiere, su cambio de frente y su viraje hacia los bolcheviques tomó en el transcurso de abril un carácter muy acentuado. Los obreros acudían a los comités del partido y preguntaban lo que tenían que hacer para pasar del partido menchevique al bolchevique. En las fábricas interrogábase con insistencia a los diputados soviéticos acerca de la política exterior, de la guerra, de la dualidad de poderes, de las subsistencias, y, como resultado de estos sondeos, lo más frecuente era que los diputados socialrevolucionarios o mencheviques fueran sustituidos por los bolcheviques. Fue en los soviets de barriada, los que más cerca se hallaban de las fábricas, donde se inició con más rapidez el viraje. A finales de abril, en los soviets de los barrios de Viborg, de Narva y de la Isla de Vasíliev, los bolcheviques se encontraban súbita e inesperadamente con que tenían mayoría. Era éste un hecho de gran importancia, pero los jefes del Comité ejecutivo, absorbidos por la política de altura, miraban de arriba abajo lo que pudieran hacer los bolcheviques de los barrios obreros. Sin embargo, éstos empezaron a ejercer una presión cada vez más sensible sobre el centro. Sin que interviniese para nada el Comité de Petrogrado, se inició en las fábricas una campaña enérgica y fructífera en torno a la reelección de representantes en el Soviet general de diputados obreros. Sujánov opina que, a principios de mayo, la tercera parte del proletariado petersburgués seguía a los bolcheviques. La tercera parte, por lo menos, entre la que se contaban, por añadidura, los elementos más activos. La incoherencia del mes de marzo iba desapareciendo, y la orientación política del partido tomaba formas más definidas; las «fantásticas» tesis de Lenin iban tomando cuerpo y echando raíces en las barriadas de Petrogrado.

Cada paso que la revolución daba al frente tiene su origen en las masas o es impuesto por la intervención directa de las mismas, completamente inesperada, en la mayoría de los casos, para los partidos del Soviet. Después de la revolución de Febrero, cuando los obreros y los soldados derribaron la monarquía sin consultar a nadie, los jefes del Comité ejecutivo entendían que la misión de las masas habían terminado. Pero se equivocaban de medio a medio. Las masas no estaban dispuestas, ni mucho menos, a retirarse por el foro. Ya a principios de marzo, durante la campaña por la jornada de ocho horas, los obreros arrebataron esta concesión al capital a pesar de que los mencheviques y los socialrevolucionarios embarazaban sus movimientos. El Soviet no tuvo más remedio que registrar aquel triunfo, arrancado sin él y en contra suya. La manifestación de abril fue una segunda enmienda del mismo tipo. No hay una sola acción de masa, independientemente de su fin concreto, que no sea un aviso para la dirección. En un principio, el aviso tiene un carácter suave, pero después se torna cada vez más decidido. En julio, de mero aviso se convierte ya en amenaza. En octubre se produce el desenlace.

En los momentos críticos, las masas intervienen siempre de un modo «espontáneo». En otros términos, obran bajo el influjo de las consecuencias que ellas mismas, ayudadas por sus jefes aún no sancionados oficialmente, sacan de la experiencia política. Al asimilar estos o aquellos elementos de agitación, las masas traducen por propia iniciativa sus conclusiones al lenguaje de la acción. Los bolcheviques no habían dirigido todavía, como partido, la campaña por la jornada de ocho horas. Tampoco fueron ellos quienes lanzaron a las masas a la manifestación de abril. No fueron tampoco los bolcheviques los que impulsaron a las masas a echarse a la calle a principios de julio. Hasta octubre, el partido no conseguirá acompasar definitivamente su paso al de las masas, pero ya no es para ponerse a la cabeza de ellas en una manifestación, sino para acaudillarlas en la revolución y llevarlas al poder.


CAPITULO XVIII


Capitulo XVIII

La primera coalición

 

 

 

 

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

 

 

 

A pesar de todas las teorías, declaraciones y rótulos oficiales, la realidad era que el poder del gobierno provisional sólo existía ya sobre el papel. La revolución, haciendo caso omiso de los obstáculos que le oponía la llamada democracia, seguía avanzando, ponía en movimiento a nuevas masas, robustecía los soviets, armaba, aunque de un modo muy incompleto, a los obreros. Los comisarios locales del gobierno y los «comités sociales» que funcionaban en torno suyo, y en los cuales predominaban casi siempre los representantes de las organizaciones burguesas, veíanse desplazados por los soviets, como la cosa más natural del mundo y sin el menor esfuerzo. Y si por acaso los agentes del poder central se obstinaban, surgían conflictos agudos, y los comisarios acusaban a los soviets locales de no reconocer al poder central. La prensa burguesa ponía el grito en el cielo, clamando que Kronstadt, Schulselburg o Tsaritin se habían separado de Rusia para convertirse en repúblicas independientes. Los soviets locales protestaban contra este absurdo. Los ministros se inquietaban. Los socialistas gubernamentales visitaban los pueblos persuadiendo, amenazando, dando excusas a la burguesía. Pero todo esto no modificaba el verdadero balance de las fuerzas. El carácter ineluctable de los procesos que minaban el régimen de la dualidad de poderes se patentizaba en el hecho de que, aunque en distintas proporciones, se desarrollasen en todo el país. De órganos de vigilancia y fiscalización, los soviets convertíanse en órganos de gobierno, no se avenían a teoría alguna de división de poderes y se inmiscuían en la dirección del ejército, en los conflictos económicos, en los conflictos de subsistencias, en las cuestiones de transporte y hasta en los asuntos judiciales. Presionados por los obreros, los soviets decretaban la jornada de ocho horas, destituían a los funcionarios que se distinguían por su reaccionarismo, hacían dimitir a los comisarios menos gratos del gobierno provisional, llevaban a cabo detenciones y registros, suspendían las publicaciones enemigas. Obligados por las dificultades, cada día más agudas, de abastecimiento y por la gran penuria de mercancías, los soviets principales abrazaban la senda de las tasas, decretaban la prohibición de exportar fuera de los límites de cada provincia, ordenaban la requisa de todos los víveres almacenados. Pero al frente de los organismos soviéticos se hallaban, casi en todas partes, elementos socialrevolucionarios y mencheviques, que rechazaban indignados la consigna de los bolcheviques: «¡Todo el poder, a los soviets!»

En este sentido, ofrece gran interés la actuación del Soviet de Tiflis, situado en el corazón mismo de la Gironda menchevista, que dio a la revolución de Febrero jefes como Tsereteli y Cheidse, brindándoles luego un refugio, cuando se hubieron gastado sin remisión en Petrogrado. El Soviet de Tiflis, dirigido por Jordania, futuro jefe de la Georgia independiente, veíase precisado a pisotear a cada paso los principios que imperaban en el partido de los mencheviques, obrando por su cuenta como poder. El Soviet confiscó para sus necesidades una imprenta particular, llevó a cabo detenciones, concentró en sus manos los sumarios y la tramitación de los procesos políticos, racionó el pan, tasó los productos alimenticios y los artículos de primera necesidad. El abismo entre la doctrina oficial y la realidad viva, patente ya desde los primeros días, fue acentuándose más y más en el transcurso del mes de marzo.

En Petrogrado, por lo menos, observaban el decoro de las formas, aunque no siempre, como hemos visto. Pero las jornadas de abril se encargaron de levantar de un modo bastante inequívoco el telón detrás del que se escondía el gobierno provisional, poniendo de manifiesto que ni en la capital contaba éste con un punto de apoyo serio. En los últimos días de abril, el gobierno se hallaba en evidente decadencia. «Kerenski decía apesadumbrado que el gobierno ya no existía, que no funcionaba, que se limitaba a examinar la situación.» (Stankievich.) En general, puede decirse que este gobierno, hasta las jornadas de Octubre, no sabía más que ponerse en crisis en cuanto se planteaba cualquier conflicto grave, y en los intervalos... vegetar. Se pasaba la vida «examinando su situación», y no le quedaba tiempo para ocuparse de ningún asunto.

Para salir de esta crisis, provocada por el ensayo hecho en abril de los combates que se avecinaban, se concebían teóricamente tres salidas. Cabía que el poder pasase íntegramente a manos de la burguesía, lo cual no podría conseguirse más que mediante una guerra civil; Miliukov lo intentó, pero fracasó. Otra solución era entregar todo el poder a los soviets: para conseguir esto, no hacía falta ninguna guerra civil, basta con alargar la mano, con quererlo. Pero los conciliadores no querían querer, y las masas no habían perdido todavía la fe en ellos, aunque esta fe estuviese ya un poco quebrantada. Es decir, que las dos salidas principales, la burguesa y la proletaria, estaban cerradas. Quedaba una tercera posibilidad, una solución a medias, confusa, proindiviso, tímida, cobarde: un gobierno de coalición.

Durante las jornadas de abril los socialistas no pensaban siquiera en una coalición: esta gente era incapaz de prever nada. Con su resolución del 21 de abril, el Comité ejecutivo elevó oficialmente el hecho efectivo de la dualidad de poderes a principio constitucional. Pero también esta vez llegaba con retraso: la consagración jurídica de la forma del doble poder instaurado en marzo -el régimen de los zares y los profetas- sobrevenía en el instante en que esta forma era arrollada por la acción de las masas. Los socialistas intentaron cerrar los ojos ante este hecho. Miliukov cuenta que cuando el gobierno planteó la necesidad de la coalición, Tsereteli declaró: «¿Qué ganamos nosotros con entrar a formar parte del gobierno? No olvidéis que, en caso de que os encerréis en la intransigencia, nos veremos obligados a abandonar estrepitosamente el ministerio.» Tsereteli intentaba asustar a los liberales con el «estrépito» que armaría el día de mañana. Para dar un fundamento a su política, los mencheviques apelaban, como siempre, a los intereses de la burguesía. Pero el agua les llegaba ya al cuello. Kerenski alarmó al Comité ejecutivo: «El gobierno atraviesa por una situación extraordinariamente grave: los rumores que circulan acerca de su dimisión no son ninguna intriga política.» Por su parte, los elementos burgueses apretaban también. La Duma municipal de Moscú votó un acuerdo en favor de la coalición. El 26 de abril, cuando el terreno estaba ya lo bastante preparado, el gobierno provisional proclamó en un manifiesto la necesidad de incorporar a las tareas del Estado a las «fuerzas creadoras activas del país que no participaban en ellas». La cuestión se planteaba sin ambages.

Había todavía, sin embargo, una gran opinión contraria a la coalición. A fines de abril se pronunciaron contra la entrada de los socialistas en el gobierno los soviets de Moscú, de Tiflis, de Odesa, de Yekaterinburg, de Nijni-Novgorod, de Tver y otros. Los motivos de esta actitud fueron expuestos de un modo harto claro por uno de los caudillos mencheviques de Moscú: si los socialistas entran en el gobierno, no habrá nadie que pueda encauzar el movimiento de las masas. pero no era fácil que aceptaran esta razón los obreros y los soldados, contra los cuales precisamente se enderezaba. Las masas que aún no seguían a los bolcheviques se inclinaban a favor de la entrada de los socialistas en el gobierno. Parecíales muy bien que Kerenski fuese ministro, pero todavía mejor que hubiese en el gobierno seis Kerenskis. Las masas no sabían que aquello se llamaba coalición con la burguesía, a la que sólo interesaba tomar a los socialistas de tapadera contra el pueblo. Vista desde los cuarteles, la coalición presentaba un cariz distinto, al que presentaba vista desde el palacio de Marinski. Las masas aspiraban a desplazar a la burguesía del gobierno por medio de los socialistas. Y así, estas dos presiones, la de la burguesía y la del pueblo, partiendo de dos polos distintos, convergían, por un momento, en un punto único.

En Petrogrado, una buena parte de las fuerzas militares, entre las que se contaba la división de automóviles blindados, que simpatizaba con los bolcheviques, se pronunciaron por el gobierno de coalición. En el mismo sentido se inclinaba también la mayoría aplastante de las provincias. Entre los socialrevolucionarios predominaba asimismo el criterio favorable a la coalición. Lo único que ellos no querían era entrar en el gobierno sin los mencheviques. Finalmente, era también partidario de la coalición el ejército. Uno de sus delegados expresó claramente en el Congreso de los soviets, celebrado en junio, la actitud del frente con respecto al problema del poder: «Creíamos que habría llegado hasta la capital el gemido que exhaló el ejército al enterarse de que los socialistas se negaban a entrar en el ministerio, a colaborar con hombres en quienes no creían, mientras todo el ejército se veía obligado a seguir muriendo al lado de hombres en los cuales tampoco cree.»

En éste como en tantos otros problemas, tuvo una importancia decisiva la guerra. En un principio, los socialistas se disponían a adoptar una actitud expectante ante ella, como la habían adoptado en lo referente al poder. Pero la guerra no esperaba. Tampoco los aliados. El frente no quería tampoco seguir esperando. En plena crisis gubernamental, se presentaron al Comité ejecutivo los delegados del frente, formulando ante sus jefes la siguiente pregunta: «¿Estamos en guerra o no lo estamos?» El sentido de la pregunta era éste: «¿Tomáis sobre vosotros la responsabilidad de la guerra o no?» No era posible dar la callada pro respuesta. Inglaterra formulaba idéntica pregunta en un lenguaje velado de amenaza.

La ofensiva de abril en el frente occidental les costó muy cara a los aliados, y no dio resultado alguno. Bajo la influencia de la revolución rusa y el fracaso de la ofensiva, en la cual se habían cifrado tantas esperanzas, produjéronse algunas vacilaciones en el ejército francés. Éste amenazaba, según la expresión del mariscal Pétain, con «escaparse de las manos». Para contener este proceso amenazador, el gobierno francés necesitaba de una ofensiva en Rusia, o, al menos, la promesa firme de que sería realizada. Además del alivio material que con ello se obtendría, urgía arrancar a la revolución rusa la aureola de paz que la ceñía, arrancar la esperanza de los corazones de los soldados franceses, comprometer a la revolución con su complicidad en los crímenes de la Entente, hundir la bandera de la insurrección de los obreros y soldados rusos en la sangre y el cieno de la matanza imperialista.

Para alcanzar este elevado objetivo, pusiéronse en juego todas las palancas, una de las cuales, y no la menos importante por cierto, eran los socialistas patrióticos de la Entente. Escogiéronse los más probados y se enviaron a la Rusia revolucionaria, donde se presentaron trayendo por toda arma su conciencia acomodaticia y su desenfrenado verbalismo. «En el palacio de Marinski -dice Sujánov-, los socialpatriotas extranjeros... fueron recibidos con los brazos abiertos. Branting, Cachin, Grady, Debrouckère y otros se sentían allí a sus anchas, como en su propia casa, y formaron con nuestros ministros un frente único contra el Soviet.» Hay que reconocer que hasta al Soviet conciliador le repugnaban un poco aquellos caballeros.

Los socialistas aliados recorrieron los frentes. «El general Alexéiev -escribía Vandervelde- hizo todo lo posible por asociar nuestros esfuerzos a los que habían desplegado pocos días antes las delegaciones de los marinos del mar Negro, Kerenski y Albert Thomas, para sacar adelante lo que calificaba de preparación moral de la ofensiva.» Es decir, que el presidente de la Segunda Internacional y el ex-generalísimo del zar Nicolás II se entendían de maravilla, asociados en la lucha por los sagrados ideales de la democracia. Renaudel, uno de los jefes del socialismo francés, podía exclamar con todo desahogo: «Ahora podemos hablar ya de la guerra del derecho sin sonrojarnos.» Con un retraso de tres años, la Humanidad se enteró de que a aquellos caballeros no les faltaban motivos para sonrojarse.

El 1 de mayo, el Comité ejecutivo, pasando por todos los grados de vacilación existentes en la escala de la naturaleza, decidió, por fin, por una mayoría de cuarenta y un votos contra dieciocho y tres abstenciones, entrar en un gobierno de coalición. Sólo los bolcheviques y el pequeño grupo de mencheviques internacionalistas votaron en contra de este acuerdo.

No deja de ser interesante el hecho de que el jefe legítimo de la burguesía, Miliukov, sucumbiese como víctima del nuevo lazo que se estrechaba entre la burguesía y la democracia. «No salí; me echaron», dijo Miliukov, años más tarde. Guchkov se había separado ya del gobierno el 30 de abril al negarse a firmar la «Declaración de los derechos del soldado». Puede juzgarse del sombrío estado de ánimo que reinaba ya por aquellos días en el campo liberal por el hecho de que el Comité central del partido kadete, para salvar la coalición, no insistiera cerca de Miliukov para que continuase en el gobierno. «El partido traicionó a su jefe», dice el kadete de derecha Izgoiev. La verdad es -dicho sea de paso- que no tenía grandes posibilidades de elegir. El mismo Izgoiev dice fundadamente: «A finales de abril, el partido kadete estaba deshecho. Moralmente, había recibido un golpe del cual no había manera de volver a rehacerse.»

Pero es que en el asunto Miliukov la última palabra tenía que decirla también la Entente. Inglaterra estaba completamente de acuerdo en que se relevase al patriota de los Dardanelos por un «demócrata» más firme. Henderson, que llegó a Petrogrado con atribuciones para reemplazar, en caso de necesidad, a sir Buchanan en el cargo de embajador, después de enterarse de la situación, reconoció que el cambio era necesario. En efecto, sir Buchanan estaba donde debía estar, pues era un adversario decidido de las anexiones, cuando éstas no coincidían con los apetitos de la Gran Bretaña: «Si Rusia no tiene necesidad de Constantinopla -susurraba tiernamente al oído de Terechenko-, cuanto antes lo diga, mejor.» En un principio, Francia apoyó a Miliukov. Pero también aquí desempeñó su papel Thomas, quien, siguiendo las huellas de sir Buchanan y de los caudillos del Soviet, se pronunció contra el prohombre kadete. Así caía el político odiado por las masas, abandonado por los aliados, por los demócratas y hasta por el propio partido.

La verdad era que Miliukov no merecía este cruel fin, al menos de las manos que se lo infligían. Pero la coalición exigía una víctima expiatoria. Y Miliukov fue sacrificado ante las masas como el enemigo malo que ensombrecía la marcha triunfal hacia la paz democrática. Al quitar de en medio a Miliukov, la coalición se purgaba de golpe de los pecados del imperialismo.

El 5 de mayo fueron aprobados por el Soviet de Petrogrado la lista del gobierno de coalición y su programa. Los bolcheviques no lograron reunir contra la coalición más que cien votos. «La Asamblea saludó calurosamente a los oradores ministros», relata irónicamente Miliukov, hablando de aquella sesión. Pero con ovaciones no menos estrepitosas fue recibido también Trotski, que había llegado de Norteamérica el día antes. Trotski, antiguo caudillo de la primera revolución, condenó la entrada de los socialistas en el gobierno, afirmando que la coalición no acababa con el «doble poder»; que lo que hacía era «trasladarlo al ministerio', y que el único poder verdadero que «salvaría» a Rusia no se instauraría hasta que se diese un nuevo paso hacia adelante: la entrega del poder a los diputados, obreros y soldados. Entonces comenzaría «una nueva era, era de la clase que sufre, de la clase oprimida alzándose contra las clases dominantes». Hasta aquí, Miliukov. Y sigue. Al terminar su discurso, Trotski formuló las tres normas que habían de presidir la política de masas: «Tres preceptos revolucionarios: desconfiar de la burguesía, vigilar a los jefes, no confiar más que en las propias fuerzas.» Sujánov observa, hablando de esta intervención: «Es evidente que no podía contar con que su discurso fuera bien acogido.» Y, en efecto, la despedida fue bastante más fría que el recibimiento. Sujánov, extraordinariamente sensible para cuantas murmuraciones venían de los pasillos intelectuales, añade: «Corrían rumores de que Trotski, que no se había afiliado todavía al partido bolchevique, era «aún peor que Lenin».»

De quince carteras, los socialistas se quedaron con seis, para ser minoría. Todavía después de participar abiertamente en el poder seguían jugando al escondite. El príncipe Lvov fue mantenido en la presidencia del Consejo. Kerenski pasó al ministerio de Guerra y Marina, y Chernov obtuvo la cartera de Agricultura. Para sustituir a Miliukov al frente del ministerio de Negocios extranjeros fue designado el gran conocedor del ballet, Terechenko, que era hombre de confianza de Kerenski y de sir Buchanan. Los tres estaban de acuerdo en que Rusia podía prescindir, sin quebranto alguno, de Constantinopla. Del departamento de Justicia, se encargó Pereverzev, abogado insignificante, que pronto había de adquirir una fugaz reputación con motivo del proceso abierto en julio contra los bolcheviques. Tsereteli se contentó con la carrera de Correos y Telégrafos, al objeto de poder dedicar su tiempo al Comité ejecutivo. Skobelev, ministro de Trabajo, en el calor de la improvisación, prometió poner coto a los beneficios de los capitalistas en un ciento por ciento; la frase no tardó en hacerse famosa. Sin duda, como contrapeso, nombróse ministro del Comercio y de la Industria al gran patrono moscovita Konovalov, que acudió rodeado de unas cuantas figuras de la Bolsa de Moscú, para todas las cuales hubo algún cargo importante en el gobierno. Conviene advertir que dos semanas después Konovalov presentaba la dimisión como protesta contra la «anarquía» reinante en la economía del país; por su parte, Skobelev había renunciado ya mucho antes de atentar contra los beneficios capitalistas y concentraba todas sus energías en luchar contra la «anarquía», sofocando las huelgas e invitando a los obreros a que se abstuviesen en lo posible, de pedir mejoras.

La declaración del gobierno estaba formada, como es de rigor en las coaliciones, por una serie de lugares comunes. En ella aludíase a la activa política exterior que habría de mantenerse a favor de la paz, a la solución del problema de las subsistencias y al planteamiento y futura solución del problema agrario. No todo se reducía a unas cuantas frases huecas. Había un punto serio, al menos por los propósitos; era aquel en que se hablaba de preparar al ejército «para las acciones defensivas y ofensivas, con el fin de evitar una posible derrota de Rusia y de sus aliados». En esto consistía, en esencia, y a esto se reducía el verdadero sentido de la coalición, la última carta que la Entente se jugaba en Rusia.

«El gobierno de coalición -decía Buchanan- representa, para nosotros, la última y casi la única esperanza de salvación para la situación militar en este frente.» Véase, pues, cómo detrás de las plataformas, detrás de los discursos, los acuerdos y las votaciones de los caudillos liberales y demócratas de la revolución de Febrero, se hallaba tirando de los hilos el régisseur imperialista, personificado por la Entente. Los socialistas, que se habían visto obligados a entrar de un modo tan precipitado en el gobierno, sacrificándose a las conveniencias bélicas de los aliados, contrarias a la revolución, se echaron a la espalda una tercera parte del poder y todo lo referente a la guerra.

El nuevo ministro de Negocios extranjeros hubo de mantener secretas, por espacio de dos semanas, las contestaciones dadas por los gobiernos aliados a la declaración del 27 de marzo, con objeto de conseguir ciertas modificaciones de estilo que disimularan el tono polémico contra la declaración de gobierno de la coalición. La «activa política exterior en favor de la paz» se reducía, por ahora, a que Terechenko redactase celosamente el texto de los telegramas diplomáticos que le preparaban los viejos burócratas y borrase la palabra «pretensiones», para poner «demandas justas», y allí donde decía «garantía de los intereses», «el bien de los pueblos», etc. Miliukov apunta, con un poco de despecho, hablando de su sucesor en el ministerio: «Los diplomáticos aliados sabían que la terminología «democrática» de esos telegramas era una concesión involuntaria a las exigencias del momento, y la trataban con condescendencia.»

Thomas y Vandervelde, que habían llegado hacía poco, no se estaban con las manos cruzadas, sino que procuraban interpretar celosamente «el bien de los pueblos», a tono con las conveniencias de la Entente, y hacerse, sin que les costase gran trabajo, con los bobalicones del Comité ejecutivo. «Skobelev y Chernov -comunicaba Vandervelde- protestan enérgicamente contra toda idea de paz prematura.» No tiene nada de extraño que Ribot, apoyándose en tan eficaces auxiliares, pudiera ya proclamar el 9 de mayo, ante el parlamento francés, que se disponía a dar una respuesta satisfactoria a Terechenko «sin renunciar a nada».

Sí, así era; los verdaderos amos de la situación no se disponían, ni mucho menos, a renunciar a nada de todo aquello de que pudieran aprovecharse. Precisamente por aquellos días, Italia proclamaba la independencia de Albania y la tomaba bajo su «protectorado». No estaba mal, como lección de cosas. El gobierno provisional disponíase a protestar, no tanto en nombre de la democracia, cuanto en nombre del «equilibrio» violado en los Balcanes, pero su impotencia le obligó a morderse la lengua.

Lo único nuevo que el gobierno coaligado aportó a la política exterior fue la aproximación precipitada a América. Esta nueva amistad ofrecía tres ventajas no poco importantes: los Estados Unidos no estaban tan comprometidos en las villanías de la guerra como Francia e Inglaterra; la república transatlántica abría ante Rusia grandes perspectivas en punto a los empréstitos y a los aprovisionamientos militares; finalmente, la diplomacia de Wilson -mezcla de hipocresía democrática y de picardía- no podía armonizarse mejor con las necesidades de estilo del gobierno provisional. Al enviar a Rusia la misión del senador Root, Wilson se dirigió al gobierno provisional con una de aquellas misivas pastorales suyas, en la cual declaraba: «Ningún pueblo debe ser sometido por la fuerza a una soberanía bajo la cual no desee vivir.» El presidente americano definía de un modo no muy claro precisamente, pero bastante atractivo, los objetivos de la guerra: «Garantizar la futura paz del mundo y el bienestar y la felicidad de los pueblos en el porvenir.» ¿Podía haber nada mejor? Esto era, precisamente, lo que Terechenko y Tsereteli necesitaban: sólidos créditos y bellos lugares comunes pacifistas. Con ayuda de los primeros, y amparándose detrás de los segundos, los gobernantes rusos podían dedicarse a preparar la ofensiva que reclamaba el Shylock del Sena, blandiendo furiosamente sus letras vencidas.

Kerenski salió para el frente el 11 de mayo con el fin de inaugurar la campaña de propaganda en favor de la ofensiva... «En el ejército, la ola de entusiasmo sube y crece», comunicaba al gobierno provisional el nuevo ministro de la Guerra, embriagado por el entusiasmo de sus propios discursos. El 14 de mayo, Kerenski lanza al ejército esta orden: «Iréis adonde los jefes os conduzcan.» Y para disimular esta perspectiva, harto conocida y muy poco atrayente para los soldados, añade: «Llevaréis la paz en la punta de vuestras bayonetas.» El 22 de mayo fue destituido el prudente general Alexéiev, hombre por lo demás perfectamente inepto, y reemplazado en sus funciones de generalísimo por el general Brusílov, más dúctil y expeditivo. Los demócratas preparaban con todo ahínco la ofensiva, y con ella la gran catástrofe de la revolución de Febrero.

El Soviet era el órgano de gobierno de los obreros y de los soldados, es decir, de los campesinos. El gobierno provisional era el órgano de la burguesía. La Comisión de enlace, un organismo de arbitraje y conciliación. La coalición simplificaba esta mecánica, convirtiendo al propio gobierno provisional en una Comisión de enlace. Pero, con ello, el régimen de dualidad de poderes no desaparecía, ni se menoscababa en lo más mínimo. Lo que resolvía el problema no era, precisamente, que Tsereteli fuera vocal de la Comisión de enlace o fuese ministro de Correos; en el país coexistían dos organizaciones estatales incompatibles: una jerarquía de funcionarios viejos y nuevos designados desde arriba y que culminaba con el gobierno provisional, y una red de soviets formados por elección, que se extendía hasta los más alejados regimientos del frente. Estos dos sistemas de gobierno se apoyaban en dos clases distintas, que se disponían a arreglar las cuentas históricas que tenían pendientes. Los conciliadores entraron en la coalición confiando en que podrían suprimir pacífica y progresivamente el sistema soviético. Se imaginaban que la fuerza del Soviet estaba concentrada en sus personas, y que, por tanto, se refundiría con el gobierno oficial al entrar ellos en éste. Kerenski dábale a sir Buchanan todo género de seguridades de que los soviets «morirían de muerte natural». Esta esperanza no tardó en convertirse en artículo de fe de todos los jefes conciliadores. Estaban convencidos de que el centro de gravitación de la vida política se desplazaría de los soviets a los nuevos órganos democráticos de gobierno. La Asamblea constituyente vendría a ocupar el puesto del Comité ejecutivo central. El gobierno provisional se disponía a convertirse de este modo, en el puente que había de conducir al régimen de república parlamentaria.

Lo malo era que la revolución no quería ni podía seguir estos sabios derroteros. Lo ocurrido con las nuevas Dumas municipales era un presagio inequívoco en este sentido. Las Dumas habían sido elegidas a base de un amplísimo sistema de sufragio universal, en que votaban hombres y mujeres, y los soldados gozaban de los mismos derechos que la población civil. Tomaron parte en la lucha cuatro partidos. La Novoie Vremia, antiguo órgano oficioso del gobierno zarista y uno de los periódicos menos honrados del mundo -¡que ya es decir!-, invitaba a los derechistas, a los nacionalistas, a los octubristas, a votar por los kadetes. Pero cuando la impotencia política de las clases poseedoras se hubo puesto completamente en evidencia, la mayoría de los periódicos burgueses lanzó esta elocuente consigna: «¡Votad por quien queráis, con tal que no sea por los bolcheviques!» Los kadetes formaban, en todas las Dumas y en todos los zemstvos, el ala derecha los bolcheviques, la minoría de izquierda cada vez más robusta. La mayoría, generalmente aplastante, correspondía a los mencheviques y socialrevolucionarios.

Parecía que las nuevas Dumas, que se distinguían de los soviets por una mayor integridad de representación, iban a gozar de gran autoridad. Además, como organismos de derecho público que eran tenían la ventaja inmensa de gozar del apoyo oficial del Estado. La milicia, las subsistencias, los transportes locales, la instrucción pública, dependían directamente de las Dumas. Los soviets, en su calidad de organismos «privados», no tenían ni presupuesto ni derechos, y así y todo, el poder residía en sus manos. En realidad, las Dumas eran una especie de comisiones municipales adjuntas a los soviets. Aquel pugilato entre el sistema soviético y la democracia formal, tenía que ser tanto más sorprendente cuanto que se realizaba bajo la dirección de los mismos partidos, socialrevolucionarios y mencheviques, que, aunque tuviesen mayoría lo mismo en las Dumas que en los soviets, estaban profundamente convencidos de que éstos tendrían que ceder el sitio a la Duma, y hacían o, por lo menos, intentaban hacer en este sentido cuanto podían.

La solución de este enigma, acerca del cual se reflexionaba relativamente poco en el torbellino de los acontecimientos, es muy sencilla: los municipios, lo mismo que todas las instituciones democráticas en general, sólo pueden funcionar a base de relaciones sociales estables, es decir, de un determinado régimen de propiedad. Pero la esencia de toda revolución está, precisamente, en poner esa base social en tela de juicio, en tanto que se contrasta revolucionariamente la correlación de las fuerzas de clases y éstas dan la contestación. Los soviets, pese a la política de sus dirigentes, eran una organización combativa de las clases oprimidas, que se agrupaban consciente o semiconscientemente para modificar las bases del régimen social. Los municipios daban igual representación a todas las clases sociales reducidas a la abstracción de ciudadanos; en medio de aquellas condiciones revolucionarias, tenían gran parecido con esas conferencias diplomáticas en que los representantes se entretienen en un lenguaje convencional e hipócrita, mientras los pueblos representados se preparan febrilmente para la guerra. En las jornadas revolucionarias por las que estaban atravesando, los municipios arrastraban una vida semificticia. En los momentos decisivos, cuando la intervención de las masas marcaba la orientación principal de los acontecimientos, los municipios saltaban hechos añicos y sus elementos componentes iban a parar uno y otro lado de la barricada. Bastaba con detenerse un momento a compara el papel que hacían los soviets y el que hacían los municipios, durante los meses de mayo a octubre, para prever la suerte que a la Asamblea constituyente le estaba reservada.

El gobierno de coalición no se daba ninguna prisa en convocar la Asamblea. Los liberales que, faltando a las reglas de la aritmética democrática, tenían la mayoría en el gobierno, no se apresuraban tampoco a acudir a la Asamblea constituyente para representar en ella, como lo representaban en las nuevas Dumas, el papel de impotente ala derecha. La Comisión especial encargada de preparar la convocatoria de la Asamblea constituyente no empezó a funcionar hasta fines de mayo, tres meses después de la revolución. Los jurisconsultos liberales dividían cada pelo en dieciséis partes, agitaban en la retorta todos los componentes democráticos, disputaban sin fin acerca de los derechos electorales del ejército y de si debía o no concederse el voto a los desertores, que se contaban por millones, y a los individuos de la familia real, que se contaban por docenas. En lo posible, se rehuía hablar de la fecha de reunión de la Asamblea. El tocar este punto en la Comisión estimábase, por lo general, como una falta de tacto, de la cual sólo eran capaces los bolcheviques.

Transcurrían las semanas, y a pesar de las esperanzas concebidas y las profecías formuladas por los conciliadores, los soviets no desaparecían. Es cierto que, desorientados por sus propios jefes, caían, en algunos momentos, en un estado de semipostración, pero a la primera señal de peligro se ponían de pie, evidentemente de un modo indiscutible para todo el mundo que los soviets eran los verdaderos amos de la situación. A la par que los saboteaban, los socialrevolucionarios y los mencheviques veíanse obligados a reconocer su supremacía en todos los casos de importancia. Esta supremacía se patentizaba, asimismo, en el hecho de que las mejores fuerzas de ambos partidos estuviesen concentradas en los soviets. A los municipios y a los zemstvos se destinaban hombres de segunda fila, técnicos, capacidades administrativas; y lo mismo ocurría en el partido bolchevique. Sólo los kadetes, que no tenían acceso a los soviets, concentraban sus mejores elementos en los órganos de la administración municipal; pero la minoría burguesa, impotente, no pudo llegar a convertirlos en su punto de apoyo.

Consecuencia de esto era que nadie viese en los municipios órganos suyos. El exacerbado antagonismo de obreros y fabricantes, soldados y oficiales, campesinos y terratenientes, no se podía exteriorizar abiertamente en los municipios o en los zemstvos, como se hacía en las organizaciones propias, en los soviets de una parte, y de otra, en las sesiones «privadas» de la Duma y demás entrevistas y reuniones de los políticos de la burguesía. Cabe poner de acuerdo con el adversario acerca de pequeñeces, pero nunca sobre cuestiones de vida o muerte.

Tomando la fórmula de Marx, que dice que el gobierno es el Comité de la clase dominante, fuerza es decir que los verdaderos «comités» de las clases que luchaban por el poder se hallaban al margen del gobierno de coalición. Esto era, por lo que se refiere al Soviet, representado en el gobierno como minoría de una evidencia absoluta. Pero no era menos evidente con respecto a la mayoría burguesa. Los liberales no tenían posibilidad alguna de ponerse de acuerdo, en presencia de los socialistas, sobre las cuestiones que a la burguesía más interesaban. La separación de Miliukov, jefe reconocido e indiscutible de la burguesía, en torno al cual se agrupaban todos los que tenían algo que perder, poseía un carácter simbólico y ponía al descubierto que el gobierno se hallaba descentrado en todos los sentidos. La vida política giraba alrededor de dos focos, uno de los cuales estaba a la izquierda y el otro a la derecha del palacio de Marinski.

Los ministros, que no se atrevían a decir en voz alta lo que pensaban del gobierno, vivían en una atmósfera de convencionalismo que ellos mismos se creaban. La dualidad de poderes, disfrazada por la coalición, acabó por convertirse en una escuela de doble sentido, de doble moral y de toda clase de dobleces y equívocos. A lo largo de los seis meses siguientes, el gobierno de coalición pasó por una serie de crisis y modificaciones, pero conservó siempre, hasta el día de su muerte, sus dos rasgos característicos fundamentales: impotencia y falsedad.

 


CAPITULO XIX


Capitulo XIX

La ofensiva

 

 

 

 

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

 

 

 

En el ejército, lo mismo que en el país, se estaba operando un constante desplazamiento político de fuerzas: la base evolucionaba hacia la izquierda, la cúspide hacia la derecha. A la par que el Comité ejecutivo se convertía en un instrumento de la Entente para dominar la revolución, los comités del ejército, que habían surgido como una representación de los soldados contra el mando, convertíanse en auxiliares de éste contra los soldados.

La composición de los comités era muy heterogénea. Había en ellos no pocos elementos patrióticos de buena fe que identificaban la guerra con la revolución y que se lanzaron valerosamente a la ofensiva ordenada desde arriba, jugándose la cabeza por una causa que no era la suya. Junto a ellos estaban los héroes de la frase, los Kerenski de división y de regimiento. Finalmente, los comités albergaban a no pocos pequeños aventureros y bribones que se instalaban en ellos para esquivar las trincheras y al acecho de privilegios y prerrogativas. Todo movimiento de masas, sobre todo en su primera fase, saca inevitablemente a flote a todas esas variedades de la fauna humana. Lo que hay es que el período conciliador fue fecundísimo en toda suerte de charlatanes y camaleones. Los hombres hacen los programas, pero también los programas hacen a los hombres. En las revoluciones, las escuelas de contacto se convierten siempre en escuelas de intrigas y de maniobras.

El régimen de la dualidad de poderes imposibilitaba la creación de un instrumento militar eficiente. Los kadetes eran blanco del odio de las masas populares, y dentro del ejército veíanse obligados a adoptar el nombre de socialrevolucionarios. La democracia no podía poner en pie al ejército, por la misma razón por la cual no podía tomar en sus manos el poder; lo uno era inseparable de lo otro. Como detalle curioso y que, sin embargo, da una idea bastante clara de la situación. Sujánov observa que el gobierno provisional no organizó en Petrogrado ni un solo desfile militar; ni los liberales ni los generales querían participar en un desfile organizado por el Soviet, pero comprendían perfectamente que sin él el desfile era irrealizable.

La alta oficialidad iba acercándose más y más a los kadetes en espera de que levantaran la cabeza partidos más reaccionarios. Los intelectuales pequeño burgueses podían dar al ejército, como lo habían dado bajo el zarismo, un contingente considerable de pequeña oficialidad; pero eran incapaces de crear un cuerpo de mando a su imagen y semejanza, por la sencilla razón de que carecían de imagen propia. Como había de demostrar el curso ulterior de la revolución el cuerpo de mando había que sacarlo, tal y como era, de la nobleza y la burguesía, como hacían los blancos, o formarlo y educarlo a base de una selección proletaria, como hacían los bolcheviques. No había otro camino. Los demócratas pequeño burgueses no podían hacer ni lo uno ni lo otro. Tenían que persuadir, rogar, engañar a todo el mundo, y cuando veían que no conseguían nada, llevados por la desesperación, entregaban el poder a la oficialidad reaccionaria para que ésta se encargase de infundir las sanas ideas revolucionarias al pueblo.

Una tras otra iban abriéndose las llagas de la vieja sociedad, destruyendo el organismo del ejército. El problema de las nacionalidades, en todos sus aspectos -y en Rusia abundaban-, iba penetrando, cada vez más, en las raíces de las masas militares, integradas en grandísima parte, en más de la mitad, por elementos no rusos. Los antagonismos nacionales se entretejían y cruzaban en distinto sentidos con los de clase. La política del gobierno en este terreno, como en todos los demás, era vacilante y confusa, lo cual la hacía parecer doblemente pérfida. Había generales que se entretenían creando formaciones nacionales, por ejemplo, el «cuerpo musulmán con disciplina francesa» en el frente rumano. En general, estas nuevas formaciones nacionales resultaron ser más eficientes que las del viejo ejército, pues habían sido creadas en torno a una nueva idea y bajo una nueva bandera. Pero esta cohesión nacional no duró mucho tiempo; el rumbo que había de tomar la lucha de clases no tardó en quebrantarla. El mismo proceso de las formaciones nacionales, que amenazaba con extenderse a la mitad del ejército, colocaba ya a éste en un estado de fluctuación, descomponiendo las viejas unidades antes de que tuvieran tiempo de formarse las nuevas. Pro todas partes surgían calamidades.

Miliukov escribe en su historia que lo que perdió al ejército fue el «conflicto planteado entre las ideas de la disciplina revolucionaria y la de la disciplina militar de tiempos normales», entre la «democratización» del ejército y la conservación de su «capacidad combativa»; bien entendido que al decir «disciplina de los tiempos normales» se alude a la que regía bajo el zarismo. Parece que un historiador no debía ignorar que toda gran revolución determina la desaparición del viejo ejército, arrollado no precisamente por el choque entre principios abstractos de disciplina, sino entre clases de carne y hueso. La revolución no sólo permite imponer una severa disciplina en el ejército, sino que la crea. Lo que ocurre es que esta disciplina no la pueden imponer precisamente los representantes de la clase derrocada por la revolución.

«Es un hecho evidente -escribía, el 26 de septiembre de 1851, un alemán inteligente a otro- que la desorganización del ejército y la completa descomposición de la disciplina han sido siempre la condición, a la par que el fruto, de toda revolución triunfante.» Toda la historia de la humanidad confirma esta ley tan sencilla y tan indiscutible. Pero no eran sólo los liberales, sino también los socialistas rusos que habían pasado por la experiencia de 1905, los que no comprendían esto, a pesar de haber proclamado, más de una vez, como sus maestros, a estos dos alemanes a que nos referimos, uno de los cuales era Federico Engels y el otro Carlos Marx. Los mencheviques creían seriamente que el ejército que había hecho la revolución iba a continuar la guerra bajo el viejo mando. ¡Y esos hombres acusaban de utopistas a los bolcheviques!

A principios de mayo, el general Brusilov caracterizaba, de un modo bastante preciso, en la conferencia celebrada en el Cuartel general, el estado del mando; un 15 a un 20 por 100 de jefes y oficiales se habían sometido al nuevo orden de cosas por convicción; una parte de los oficiales empezaba a coquetear con los soldados y a hostigarlos contra el mando; la mayoría, cerca del 75 por 100, no se resignaba a adaptarse, sentíase ofendida, se encerraba en su concha y no sabía lo que se hacía. Además, desde el punto de visa puramente militar, la aplastante mayoría de la oficialidad no servía para nada.

En la conferencia celebrada con los generales, Kerenski y Skobelev se disculparon con todas sus fuerzas por la revolución, que, desgraciadamente, «continuaba» y con la cual había que contar. El general de las «centurias negras», Gurchkov, objetó a los ministros en tono de mentor: «Decís que la revolución continúa. Dadnos oídos a nosotros... contened la revolución y facilitadnos a nosotros los militares, los medios para cumplir hasta el fin con nuestro deber.» Kerenski se esforzó en complacer en todo a aquellos simpáticos generales... hasta que uno de ellos, el valeroso Kornílov, casi lo ahoga en sus brazos de puro cariño.

La política conciliadora en plena revolución es una política de oscilaciones febriles entre las clases. Kerenski era la encarnación viva de estas oscilaciones. Puesto al frente del ejército, inconcebible sin un régimen claro y decidido, convirtióse en el instrumento inmediato de su descomposición. Denikin cita una curiosa lista de personas destituidas de sus puestos del alto mando, lista hecha al azar, pues nadie sabía, y Kerenski menos que nadie, en qué sentido había que proceder. Alexéiev destituyó al jefe del frente, Ruski, y al comandante del ejército, Radko-Dimitriev, por su debilidad y su tolerancia para con los comités, impulsado por los mismos motivos, destituyó Brusílov a Yudenich, que se había acobardado. Kerenski destituyó al propio Alexéiev y a los generalísimos Gurko y Dragomitov por la resistencia que oponían a la democratización del ejército. La misma razón hizo que Brusílov destituyese al general Kaledin, hasta que a él mismo le destituyeron también por su indulgencia excesiva hacia los comités; Kornílov hubo de abandonar el mando de la región militar de Petrogrado por su incapacidad para convivir con la democracia, lo cual no impidió que se le confiara después el mando del frente y que luego pasara al mando supremo. Denikin fue destituido de su cargo de jefe del Estado Mayor de Alexéiev, por su postura claramente reaccionaria; sin embargo, no tardó en ser designado general en jefe del frente occidental. Esta confusión, que atestiguaba que en las alturas no sabían lo que hacían, ni lo que querían, llegaba desde los generales hasta los sargentos, acelerando la descomposición del ejército.

Los comisarios, al mismo tiempo que exigían que los soldados obedecieran a los oficiales, desconfiaban de éstos. En el momento en que la ofensiva se hallaba en su apogeo, en la reunión del soviet de Mohilev, celebrada en la residencia del Cuartel general en presencia de Kerenski y Brusílov, uno de los miembros del soviet declaró: «El 88 por 100 de la oficialidad del Cuartel general crea con su conducta un peligro contrarrevolucionario.» Para los soldados, esto no era ningún secreto, pues habían tenido tiempo suficiente de conocer a sus oficiales antes de la revolución.

En el transcurso de todo el mes de mayo, en los comunicados del mando vibra siempre, con diversas variantes, la misma idea: «La actitud con respecto a la ofensiva es, en general, desfavorable, sobre todo por parte de la Infantería. A veces, añadían: «La situación es un poco mejor en la Caballería y bastante mejor en la Artillería.»

A fines de mayo, cuando ya se estaban movilizando las tropas para la ofensiva el comisario del séptimo ejército telegrafiaba a Kerenski: «En la división 12ª, el regimiento 48º ha entrado en acción en su totalidad; del 45º y del 46º, la mitad solamente; el 47º se niega a atacar. De los regimientos de la 13ª división ha entrado en acción el 50º regimiento casi en su integridad. Promete hacerlo mañana el regimiento 51º; el 49º no ha obrado de acuerdo con las órdenes transmitidas, y el 52º se ha negado a moverse, deteniendo a todos sus oficiales.» Este espectáculo se observaba casi por todas partes. El gobierno contestó en los siguientes términos a la comunicación del comisario: «Disolver los regimientos 45º, 46º, 47º y 52º y entregar a los oficiales y soldados que hayan excitado a la desobediencia.» Esto tenía un aire amenazador, pero no asustaba a nadie. Los soldados que no apetecían combatir no tenían que temer ni a la disolución ni a los tribunales. Para poner en movimiento a las tropas fue preciso movilizar a unos regimientos contra otros. De instrumento de represión servían casi siempre los cosacos, ni más ni menos que bajo el zar, con la diferencia de que ahora eran los socialistas los que los mandaban, pues no hay que olvidar que se trataba de defender la revolución.

El 4 de junio, menos de dos semanas antes de que se iniciara la ofensiva, el jefe de Estado Mayor del Cuartel general comunicaba: «El frente norte continúa en estado de efervescencia; los soldados siguen confraternizando y en la Infantería la actitud ante la ofensiva es desfavorable... En el frente occidental la situación es incierta. En el suroccidental se nota una cierta mejoría en la moral de las tropas... En el frente rumano no se observa ninguna mejoría sensible: la Infantería no quiere atacar...»

El 11 de junio de 1917, el jefe del regimiento 61º escribe: «Lo único que los oficiales y yo podemos ya hacer es ponernos en salvo, pues ha llegado de Petrogrado un soldado leninista de la 5ª compañía... Muchos de los mejores soldados y oficiales han desaparecido ya.» Por lo visto, bastaba con que un adepto de Lenin se presentase en el regimiento para que la oficialidad se diera a la fuga. Aquí, el soldado que acababa de llegar era, indudablemente, la varilla que se introduce en una disolución saturada para producir la cristalización. Sin embargo, no bata lo que aquel buen coronel diga para suponer que se trataba efectivamente de un bolchevique. Por aquellos días, el mando aplicaba el calificativo de leninista a todo soldado que levantara un poco audazmente la voz contra la ofensiva. Muchos de estos «leninistas» seguían creyendo todavía de buena fe que Lenin había venido a Rusia con una comisión del káiser. El jefe del 71º regimiento intentaba intimidar a sus soldados amenazándolos con sanciones por parte del gobierno. Uno de los soldados le replicó: «Derribamos al gobierno anterior y podemos hacer otro tanto con el de Kerenski.» Los soldados, influidos por la agitación de los bolcheviques y aun rebasándola en mucho, sabían ya expresarse de otro modo.

Ya a fines de abril, la escuadra del Mar Negro, que se hallaba bajo la dirección de los socialrevolucionarios, y que, a diferencia de la de Kronstadt, era considerada como un reducto del patriotismo, envió por el país a una delegación especial de trescientos hombres, a la cabeza de la cual iba el bravo estudiante Batkin disfrazado de marinero. En esa delegación había no poco de carnavalesco, pero había también mucho de sincero entusiasmo. La delegación difundió por el país la idea de llevar adelante la guerra hasta el triunfo final; pero a cada semana que pasaba, el auditorio se le volvía más hostil. Y al mismo tiempo que los marineros del Mar Negro iban bajando cada vez más el tono de su prédica en favor de la ofensiva, presentábase en Sebastopol una delegación del Báltico a hacer campaña en favor de la paz. Los marineros del norte tuvieron más éxito en el sur que los meridionales en el norte. Bajo la influencia de los marineros de Kronstadt, los de Sebastopol emprendieron el 8 de junio el desarme del mando y procedieron a detener a los oficiales más odiados.

En la sesión celebrada el 8 de junio por el Congreso de los soviets, Trotski preguntó cómo se explicaba que en «aquella escuadra, modelo del mar negro, que había enviado delegaciones patrióticas por todo el país, en aquel hogar del patriotismo organizado hubiera podido producirse, en un momento tan crítico, una explosión de este género. ¿Qué significa esto?» La pregunta se quedó sin contestar. La ausencia del mando y de dirección traía de cabeza a todo el mundo: a los soldados, a los jefes y a los vocales de los comités. No había más remedio que buscar una salida a aquella situación, fuera la que fuese. A los de arriba se les antojaba que la ofensiva pondría fin al desconcierto y daría un carácter definido a las cosas. Y esto era verdad hasta un cierto punto. Si Tsereteli y Chernov en Petrogrado predicaban la ofensiva, dando a su voz todas las inflexiones de la retórica democrática, era natural que en el frente los miembros de los comités, mano a mano con la oficialidad, emprendiesen dentro del ejército la lucha contra el nuevo régimen, sin el cual no era concebible la revolución, pero que era incompatible con la guerra. Pronto este cambio dio sus frutos. «Los miembros del comité iban evolucionando, día a día, hacia la derecha de un modo cada vez más acentuado -cuenta uno de los oficiales de la Marina-; pero, al mismo tiempo, veíase cómo disminuía por momentos su prestigio entre los marineros y los soldados.» Y daba la casualidad de que para guerrear lo que hacia falta eran, precisamente, soldados y marineros.

Brusílov inclinóse, con la venia de Kerenski, hacia la formación de batallones de choque de voluntarios, con lo cual venía a reconocer abiertamente la ausencia de capacidad combativa en el ejército. A esta empresa asociáronse inmediatamente los elementos heterogéneos, aventureros muchos de ellos, tales como el capitán Muraviov, quien, después de la revolución de Octubre, se fue con los socialrevolucionarios de izquierda para luego, después de unas cuantas acciones turbulentas y brillantes a su manera, traicionar al poder de los soviets y caer atravesado por una bala, no se sabe bien si bolchevique o propia. Huelga decir que la oficialidad contrarrevolucionaria se aferró ávidamente a esta idea de los batallones de choque, que les venían al dedillo como forma legal para encuadrar sus fuerzas. Pero la iniciativa no encontró apenas eco entre las masas de los soldados. Los hambrientos de aventuras formaron los batallones femeninos de «Húsares negros de la Muerte». Uno de estos batallones fue, en octubre, la última fuerza armada de que dispuso Kerenski para la defensa del Palacio de Invierno.

El militarismo alemán no tenía gran cosa que temer de todas estas invenciones, aunque el fin perseguido no fuese otro que contribuir a derrocarlo.

La ofensiva que el Cuartel general había garantizado a los aliados para principios de primavera iba aplazándose semana tras semana. Pero ahora la Entente no toleraba ya más aplazamientos. Para conseguir, a fuerza de presiones, que no toleraba ya más aplazamientos. Para conseguir, a fuerza de presiones, que se emprendiese una ofensiva inmediata, los aliados no reparaban en procedimientos. Al mismo tiempo que Vandervelde lanzaba sus patéticas soflamas, sus poderdantes amenazaban con suspender el suministro de material de guerra. El cónsul general de Italia en Moscú declaró en la prensa, no en la italiana, sino en la rusa, que caso de que Rusia negociase una paz separada, los aliados dejarían al Japón en completa libertad de movimientos en Siberia. Y los periódicos liberales, no los de Roma, sino los de Moscú, publicaban con patriótico entusiasmo estas conminaciones insolentes, aplicándolas no precisamente a la eventualidad de una paz separada, sino a la demora de la ofensiva. Los aliados no se andaba tampoco con cumplidos en otros respectos, por ejemplo, en el de la Artillería de pacotilla enviada a Rusia: el 35 por 100 de los cañones hubieron de ser retirados por inservibles al cabo de dos semanas de funcionar muy moderadamente. Inglaterra restringía los créditos. En cambio, los Estados Unidos, nuevo protector, concedía al gobierno provisional, sin consultarlo con Inglaterra, un crédito de setenta y cinco millones de dólares para la ofensiva que se avecinaba...

La burguesía rusa, sin perjuicio de apoyar las pretensiones de los aliados y desplegar una furiosa campaña en favor de la ofensiva, no abrigaba confianza alguna en ésta, razón por la cual se abstenía de suscribirse al «Empréstito de la Libertad». Por su parte, la monarquía derribada aprovechábase de la ocasión que se le brindaba para recordar que existía: en una declaración enviada al gobierno provisional, los Romanov expresaban su deseo de suscribirse al empréstito; pero añadían que «la cantidad suscrita dependería del hecho de que el Tesoro contribuyese o no a sostener a los miembros de la familia real». Y todo esto lo leía el ejército, que no ignoraba que la mayoría del gobierno provisional, al igual que la alta oficialidad, seguía confiando vivamente en la restauración de la monarquía.

Justo es consignar que en los países aliados no todo el mundo estaba de acuerdo con Vandervelde, Thomas y Cachin en su prisa por empujar al abismo al ejército ruso. Alzábanse también voces advirtiendo del peligro. «El ejército ruso no es más que una fachada -decía el general Pétain-, que se derrumbará en cuanto se menee un poco.» En el mismo sentido se expresaba, por ejemplo, la misión americana. Pero triunfaron otras consideraciones. Era preciso robar a la revolución el alma. «La campaña de confraternización germano-rusa -explicaba posteriormente Painlevé- producía tales estragos (faisait de tels ravages), que al dejar inactivo al ejército ruso podía correrse el riesgo de una rápida descomposición.»

La preparación de la ofensiva, desde el punto de vista político, corría a cargo de Kerenski y Tsereteli, quienes, en un principio, actuaban secretamente, guardando el secreto hasta con sus más íntimos correligionarios. Y mientras, por su parte, los líderes poco avisados o mal informados seguían perorando acerca de la defensa de la revolución. Tsereteli insistía con energía redoblada en la necesidad de que el ejército estuviese preparado para una intervención activa. El que más se resistió o, mejor dicho, más coqueteó, fue Chernov. En la sesión celebrada por el gobierno provisional el 17 de mayo, alguien preguntó apasionadamente al «ministro de las aldeas», como se llamaba él mismo, si era cierto que en un mitin no había hablado con el entusiasmo necesario de la ofensiva. Resultaba que Chernov habíase expresado así: «La ofensiva no es cosa mía, pues yo soy un político, sino de los estrategas del frente.» Estos hombres jugaban al escondite con la guerra lo mismo que con la revolución. Pero este juego no podía durar mucho.

Huelga decir que la preparación de la ofensiva hacía que se redoblasen las persecuciones contra los bolchevique, a quienes se acusaba, cada vez con mayor insistencia, de ser partidarios de la paz por separado. La conciencia de que esta paz era la única salida, deducíase directamente de la situación misma del país, esto es, de la debilidad y del agotamiento de Rusia comparada con los demás países beligerantes; pero nadie se había preocupado aún de medir las fuerzas del nuevo factor: la revolución. Los bolcheviques entendían que la perspectiva de la paz por separado sólo podía evitarse en el supuesto de que se alzaran audazmente y hasta donde fuese necesario la fuerza y el prestigio de la revolución frente a la guerra. Mas para esto era ineludible, ante todo, romper la alianza con la burguesía. El 9 de junio Lenin declaraba en el Congreso de los soviets: «Los que dicen que nosotros aspiramos a la paz separada faltan a la verdad. Lo que nosotros mantenemos es: nada de paz separada con ningún capitalista, y con los capitalistas rusos menos que con nadie. ¡Abajo esta paz separada!» «Aplausos», acota el acta de la sesión. Era una pequeña minoría del Congreso la que aplaudía; por esos los aplausos eran doblemente entusiastas.

En el Comité ejecutivo, los unos carecían de la decisión suficiente; los otros querían que el organismo que gozaba de más prestigio les sirviese de tapadera. A última hora se tomó la resolución de comunicar a Kerenski que no era aconsejable circular las órdenes para la ofensiva antes de que decidiera la cuestión el Congreso de los soviets. La declaración, presentada por la fracción bolchevique y que estaba sobre la mesa desde la primera sesión del Congreso, decía que «con la ofensiva no se conseguiría más que desorganizar definitivamente el ejército, enfrentando una parte de él con la otra» y que «el Congreso debía oponerse inmediatamente a la presión contrarrevolucionaria, o asumir íntegra y abiertamente la responsabilidad de esta política.»

La resolución votada por el Congreso a favor de la ofensiva no pasó de ser una formalidad democrática. Todo estaba preparado de antemano. Hacía ya tiempo que los artilleros tenían enfiladas las baterías sobre las posiciones enemigas. El 16 de junio, en una orden circulada al ejército y a la flota, Kerenski, después de invocar el nombre del generalísimo, «este caudillo aureolado por las victorias», demostraba la necesidad de asestar «un golpe rápido y decisivo», y terminaba con estas palabras: «¡Adelante: ésta es la orden que os doy!»

En un artículo escrito en vísperas de la ofensiva y dedicado a comentar la declaración presentada por la fracción bolchevique al Congreso de los soviets, decía Trotski: «La política del gobierno imposibilita toda acción militar eficaz... Las premisas materiales de que parte la ofensiva no pueden ser más desfavorables. La organización del avituallamiento del ejército refleja el desastre económico general del país, contra el cual el presente gobierno no puede tomar ninguna medida radical. Y aún son más desfavorables las premisas morales. El gobierno ha puesto al desnudo ante el ejército... su incapacidad para regentar la política de Rusia sin contar con la voluntad de sus aliados imperialistas. El resultado de esto tenía que ser inevitablemente la progresiva descomposición del ejército. Las deserciones en masa... no son ya, en las circunstancias actuales, un simple fruto de la voluntad individual: se han convertido en indicio de la completa incapacidad del gobierno para cohesionar al ejército revolucionario por la unidad interna de los fines perseguidos...» Después de indicar que el gobierno no se decidía «a la inmediata abolición de la propiedad de la tierra, única medida que persuadiría al campesino más atrasado de que esta revolución es su revolución», el artículo termina así: «En estas condiciones materiales y morales, la ofensiva tiene que degenerar, inevitablemente, en una aventura.»

El mando entendía que la ofensiva, condenada a un fracaso seguro desde el punto de vista militar, no tenía más justificación que los objetivos de orden político a que se aplicaba. Denikin, después de recorrer su frente, comunicaba a Brusílov: «No creo en el éxito de la ofensiva.» A este fracaso contribuía también la incapacidad del propio mando. Stankievich, oficial y patriota, atestigua que, ya de por sí, el estado en que se encontraba la organización técnica excluía la posibilidad de un triunfo, fuese cual fuese la moral de los soldados: «La organización de la ofensiva no resistía a la menor crítica.» Una delegación de oficiales, con el presidente de la Asociación de Oficiales, el kadete Nvosíltsiev a la cabeza, se presentó a los jefes del partido kadete para prevenirles de que la ofensiva estaba condenada a un fracaso irremediable, que sólo conduciría a la destrucción de las mejores fuerzas. Las autoridades superiores contestaban a estas prevenciones con frases vagas: «Abrigábase la esperanza -dice el jefe de estado mayor del Cuartel general, el general reaccionario Lukomski- de que acaso los primeros combates victoriosos harían cambiar la sicología de las masas y darían a los jefes la posibilidad de empuñar de nuevo las riendas que les habían sido arrebatadas.» No era otro, en efecto, el principal fin que se perseguía: volver a empuñar las riendas.

De acuerdo con un plan concebido hacía ya mucho tiempo, el golpe principal había de darse en la dirección de Lvov con las fuerzas del frente suroccidental; a los frentes del norte y occidental se les asignaban objetivos de carácter auxiliar. La ofensiva se iniciaría simultáneamente en todos los frentes. Pronto se vio que la realización de este plan excedía de las fuerzas disponibles. En vista de esto decidióse poner en juego a los frentes uno tras otro, empezando por los secundarios. Pero resultó que esto no era tampoco factible. «Entonces, el mando supremo -dice Denikin- decidió renunciar a todo sistema estratégico y se vio obligado a ceder a los propios frentes la iniciativa, autorizándoles para que empezasen las operaciones por su cuenta, a media que estuviesen preparados.» Todo se confiaba, como se ve, a los designios de la providencia. Lo único que faltaba eran los iconos de la zarina. Pero para sustituirlos estaban allí los iconos de la democracia. Kerenski recorría los frentes, imprecaba, imploraba, bendecía. La ofensiva se inició el 16 de junio en el frente suroccidental; el 8, en el septentrional; el 9, en el de Rumania. La entrada en batalla, ficticia en realidad, de los últimos tres frentes coincidió ya con el principio del derrumbamiento del frente principal, es decir, del suroccidental.

Kerenski comunicó al gobierno provisional: «Hoy es un día de gran júbilo para la revolución. El 18 de junio, el ejército revolucionario ruso ha pasado a la ofensiva con inmenso entusiasmo.» «Se ha producido el acontecimiento anhelado durante tanto tiempo -decía el periódico kadete Riech- y que ha hecho que la revolución rusa retornara a sus mejores días.» El 19 de julio, el viejo Plejánov declamaba ante una manifestación patriótica: «¡Ciudadanos! Si os pregunto qué día es hoy contestaréis que es lunes. Pero esto es un error» hoy es domingo, y domingo de resurrección para nuestro país y para la democracia del mundo entero. Rusia, después de haberse emancipado del yugo del zarismo, ha decidido emanciparse también del yugo del enemigo.» Tsereteli decía el mismo día ante el Congreso de los soviets: «Una nueva página se abre en la historia de la revolución rusa... No es sólo la democracia rusa la que debe saludar los triunfos de nuestro ejército revolucionario, sino con ella... todos los que aspiran real y verdaderamente a empeñarse en la lucha contra el imperialismo.» La democracia patriótica abría todos sus grifos.

Entretanto, los periódicos publicaban una noticia jubilosa: «La Bolsa de París saluda la ofensiva con el alza de todos los valores rusos.» Los socialistas pulsaban, por lo visto, la estabilidad de la revolución por los boletines de cotización: pero la historia nos enseña que cuando más a gusto se siente la Bolsa es cuando peor marchan las revoluciones.

Los obreros y la guarnición de la capital no se sintieron arrastrados ni un momento por aquella oleada artificial de patriotismo recalentado. Su palestra seguía siendo la avenida Nevski. «Hemos salido a la Nevski -cuenta en sus Memorias el soldado Chinenov- intentando hacer campaña contra la ofensiva. Los burgueses se han lanzado contra nosotros esgrimiendo sus paraguas... Nosotros hemos cogido a los burgueses, los hemos llevado a los cuarteles... y les hemos dicho que, al día siguiente, los expediríamos al frente.» Eran ya los síntomas de la explosión de la guerra civil que se avecinaba: las jornadas de julio estaban próximas.

El 21 de junio, el regimiento de ametralladoras tomaba en asamblea general el acuerdo siguiente: «En lo sucesivo, sólo mandaremos fuerzas al frente cuando la guerra tenga un carácter revolucionario...» En contestación a la amenaza de disolución, el regimiento declaró que él, por su parte, no se detendría ante la disolución «del gobierno provisional y demás organizaciones que lo apoyan». Otra vez volvemos a percibir las notas de una amenaza que va mucho más allá que las campañas de los bolcheviques.

El 23 de junio, la crónica de los acontecimientos señala: «Las unidades del 11º ejército se han apoderado de la primera y segunda líneas de trincheras del enemigo...» Junto a esta noticia, léese esta otra: «En la fábrica de Baranovski (seis mil obreros) se han celebrado las elecciones al Soviet de Petrogrado. Para sustituir a los tres diputados socialrevolucionarios han sido elegidos tres bolcheviques.»

A fines de mes, la fisonomía del Soviet de Petrogrado había cambiado ya considerablemente. Es cierto que el 20 de junio el Soviet tomaba el acuerdo de saludar al ejército que había emprendido la ofensiva. Pero, ¿por qué mayoría? Por 472 votos contra 271 y 39 abstenciones. Es un nuevo balance de fuerzas que nos salta a la vista. Los bolcheviques, con los grupos de mencheviques y socialrevolucionarios de izquierda, representan ya las dos quintas partes del Soviet. Ello significa que en las fábricas y en los cuarteles los adversarios de la ofensiva forman ya una mayoría indiscutible.

El Soviet de la barriada de Viborg vota el 24 de junio un acuerdo en el que cada palabra es como un martillazo: «Protestamos contra la aventura del gobierno provisional, que emprende la ofensiva al servicio de los viejos tratados expoliadores... y descargamos toda la responsabilidad por esa política de ofensiva sobre el gobierno provisional y los partidos de los mencheviques y socialrevolucionarios que le sostienen.» Relegada a segundo término después de la revolución de Febrero, la barriada de Viborg va avanzando con paso seguro hacia los primeros puestos. En el Soviet de Viborg predominaban ya completamente los bolcheviques.

Ahora todo dependía del resultado de la ofensiva, es decir, de los soldados de las trincheras. ¿Qué cambios determinó la ofensiva en la conciencia de los que tenían que llevarla a cabo? Los soldados anhelaban, de un modo irresistible, la paz. Sin embargo, los dirigentes consiguieron durante algún tiempo hasta cierto punto o, por lo menos, lo consiguieron de una parte de los soldados, convertir este anhelo en una buena disposición respecto a la ofensiva.

Después de la revolución, los soldados esperaban que el nuevo régimen firmase cuanto antes la paz, y hasta que ese día llegase estaban dispuestos a montar la guardia en el frente. Pero ese día no llegaba. Los soldados rusos empezaron a confraternizar con los alemanes y los austríacos, influidos en parte por las campañas de los bolcheviques, pero sobre todo buscando por propia iniciativa la senda de la paz. Estos escarceos de confraternización fueron ferozmente perseguidos. Además, se pudo observar que los soldados alemanes no habían sacudido todavía, ni mucho menos, la carga de la obediencia a sus oficiales. Y la confraternización, que no había traído la paz, disminuyó considerablemente.

De hecho, en el frente reinaba en aquel entonces un estado de armisticio, del cual se aprovechaban los alemanes para distraer enormes esfuerzos y mandarlos a los frentes occidentales. Los soldados rusos veían cómo quedaban vacías las trincheras enemigas, cómo se retiraban las ametralladoras, cómo se desmontaban los cañones. Se infundió sistemáticamente a los soldados la idea de que el enemigo estaba completamente debilitado, de que no tenía fuerzas, de que en Occidente se veía arrollado por los Estados Unidos y de que bastaba con que Rusia diese un empujón para que el frente alemán se desmoronase y obtuviéramos la paz. Los dirigentes no creían en esto ni por asomo, pero confiaban en que, una vez metida la mano en la máquina de la guerra, el ejército no podría sacarla tan fácilmente.

Viendo que no conseguían sus fines, ni por medio de la diplomacia del gobierno provisional ni a fuerza de confraternización, una parte de los soldados empezó a creer que convenía dar aquel empujón de que les hablaban y que acabaría de una vez con la guerra. Uno de los delegados enviados por el frente al Congreso de los soviets, expresaba en estos términos el estado de espíritu de los soldados: «Ahora nos encontramos ante un frente alemán desarmado, desartillado, y si tomamos la ofensiva y derrotamos al enemigo, nos acercaremos a la anhelada paz.»

Y, efectivamente, en un principio, el enemigo se reveló extraordinariamente débil y se retiraba sin dar batalla, que, por su parte, los atacantes no hubieran podido tampoco librar. Pero el enemigo no se dispersaba, sino que, por el contrario, se agrupaba y se concentraba. Cuando habían avanzado veinte o treinta kilómetros, los soldados rusos presenciaron un espectáculo que conocían harto bien por su experiencia de los años precedentes: el enemigo los esperaba atrincherado en nuevas posiciones reforzadas. Y entonces fue cuando se puso de manifiesto que, si bien los soldados estaban aún dispuestos a dar un empujón para conseguir la paz, no querían tener absolutamente nada ya que ver con la guerra. Arrastrados a ella por la fuerza, por la presión moral, y sobre todo por el engaño, viraron en redondo indignados.

«Después de una preparación de artillería nunca vista por su intensidad, por lo que a los rusos se refiere -dice el historiador ruso de la guerra mundial general Sajonchokovski-, las tropas ocuparon casi sin pérdidas las posiciones enemigas, y se negaron a ir más allá. Se inició una deserción en masa. Regimientos enteros abandonaban las posiciones.»

El político ucraniano Doroschenko, ex comisario del gobierno provisional en Galitzia, cuenta que, después de la toma de Galich y de Kalusch, «en Kalusch se desató un terrible pogromo contra la población ucraniana y judía. A los polacos nadie les tocó. El pogromo estaba dirigido por una mano experta, que señalaba muy especialmente las instituciones ucranianas de cultura.» En esta matanza tomaron parte las mejores unidades del ejército, las «menos corrompidas por la revolución», cuidadosamente seleccionadas para la ofensiva. Pero en estos excesos se desenmascararon todavía más como lo que real y verdaderamente eran los caudillos de la ofensiva, los viejos jefes y oficiales zaristas, expertos organizadores de matanzas de judíos.

El 9 de julio los comités y comisarios del undécimo ejército telegrafiaban al gobierno: «La ofensiva alemana iniciada el 6 de julio en el frente del undécimo ejército toma las proporciones de un desastre incalculable... En las unidades que hace poco avanzaban, gracias a los esfuerzos heroicos de una minoría, se exterioriza un estado de espíritu funesto. La acometividad que caracterizaba el comienzo de la ofensiva se ha apagado rápidamente. En la mayor parte del ejército se nota un creciente proceso ha perdido toda su fuerza y se la contesta con amenazas y a veces con disparos.»

El generalísimo del frente sudoccidental, habiéndose puesto de acuerdo con los comisarios y los comités, publicó un decreto ordenando que se abriera el fuego contra los desertores.

El 12 de julio, el generalísimo del frente occidental, Denikin, volvía al estado mayor «con la desesperación clavada en el alma y la conciencia neta del desmoronamiento completo de la última tenue esperanza en... el milagro».

Los soldados no querían batirse. Los soldados de la retaguardia, a quienes se pidió que reemplazaran a las fuerzas exhaustas después de la ocupación de las trincheras enemigas, contestaron: «¿Para qué habéis tomado la ofensiva? ¿Quién os ha dado permiso para ello? Lo que hay que hacer no es organizar ofensivas, sino poner término a la guerra.» El jefe del primer cuerpo siberiano, considerado como uno de los mejores, comunicaba que, al caer la noche, los soldados se retiraban en compañías enteras de la primera línea, no atacada. «Comprendí que nosotros, los jefes, éramos impotentes para cambiar la psicología de la masa de los soldados, y rompí a llorar larga y amargamente.»

Una de las compañías se negó incluso a lanzar al enemigo una hoja dando cuenta de la toma de Galich, hasta que se encontrara un soldado que pudiera traducir el texto alemán al ruso. En este hecho se acusa toda la desconfianza que abrigaban los soldados contra el mando, tanto el viejo como el nuevo. Los siglos de escarnios y violencias salían ahora volcánicamente a la superficie. Los soldados sintiéronse engañados nuevamente. La ofensiva no conducía precisamente a la paz, sino a la guerra. Y los soldados no querían la guerra. Y tenían razón para no quererla. Los patriotas, bien resguardados en el interior, cubrían de denuestos a los soldados. Pero éstos tenían razón. Les guiaba un certero instinto nacional, que había sido tamizado por la conciencia de unos hombres estafados, torturados, entusiasmados un día por la esperanza revolucionaria y arrojados de nuevo al cieno y a la sangre. Los soldados tenían razón. La continuación de la guerra no podía dar al pueblo ruso más que nuevas víctimas, nuevas humillaciones, nuevas calamidades y una nueva y mayor esclavitud.

La prensa patriótica de 1917, no sólo la de los kadetes, sino también la socialista, no se cansaba de invocar los heroicos batallones de la Revolución francesa, poniéndolos por modelo a los soldados rusos desertores y cobardes. Esto no sólo atestiguaba su incomprensión para la dialéctica del proceso revolucionario, sino que acusaba también una ignorancia histórica absoluta.

Aquellos magníficos caudillos de la Revolución francesa y del Imperio habían empezado casi todos siendo unos transgresores de la disciplina y unos desorganizadores. Miliukov diría que habían empezado siendo unos bolcheviques. El que más tarde fue mariscal Davout, cuando era teniente, se pasó muchos meses, desde el 89 al 90, relajando la disciplina «normal» que regía en la guarnición de Aisdenne, arrojando a puntapiés a sus jefes y oficiales. Hasta mediados de 1790, en toda Francia se desarrolló un proceso de completa disgregación del viejo ejército. Los soldados del regimiento de Vincennes obligaban a sus oficiales a comer a la misma mesa que ellos. La escuadra arrojaba de mala manera a sus oficiales. Veinte regimientos sometieron a sus jefes y oficiales a distintos actos de violencia. En Nancy, tres regimientos metieron a los oficiales en la cárcel. A partir de 1790, los caudillos de la Revolución francesa no se cansan de repetir, refiriéndose a los excesos militares: «La culpa es del poder ejecutivo, que no reemplaza a los oficiales enemigos del régimen.» Y es digno de notar que tanto Mirabeau como Robespierre se pronuncian por la disolución de los antiguos cuadros de oficiales. El primero se esforzaba en implantar con la mayor prontitud posible una firme disciplina. Al segundo lo que le preocupaba era desarmar a la contrarrevolución. Pero uno y otro comprendían que el antiguo ejército no podía subsistir.

Es verdad que la Revolución rusa, a diferencia de la francesa, estalló en plena guerra. Pero de esto no se deduce, ni mucho menos, que haya que hacer para Rusia una excepción a la ley histórica formulada por Engels. Al contrario, las condiciones propias de una guerra larga y desdichada no podían hacer otra cosa que acelerar e imprimir un carácter más agudo al proceso revolucionario de disgregación del ejército. La funesta y criminal ofensiva de la democracia se encargó del resto. Ahora, los soldados decían ya abiertamente y por todas partes, a quien quería oírlos: «¡Basta de verter sangre! ¿Para qué nos sirven la libertad y la tierra si tenemos que morir de un balazo?» Esos intelectuales pacifistas que intentan suprimir la guerra a fuerza de argumentos racionalistas son sencillamente ridículos. Pero cuando las masas armadas aducen los argumentos de su razón, no hay guerra que no se acabe.


CAPITULO XX


Capitulo XX

Los campesinos

 

 

 

 

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

 

 

 

El verdadero fundamento de la revolución era el problema agrario. En el arcaico régimen agrario ruso, procedente en línea directa de la era feudal, en el poder tradicional del terrateniente, en las íntimas relaciones existentes entre el terrateniente, la administración local y los organismos de casta de la tierra (los zemstvos), radicaban las manifestaciones más bárbaras de la vida rusa, que encontraban su apogeo y culminación en la monarquía rasputiniana. El campesino, punto de apoyo del asiatismo secular, era, al propio tiempo, su primera víctima.

En las primeras semanas que siguieron a la revolución de Febrero el campo apenas se movió ni dio señales de vida. Los elementos más activos se hallaban en el frente. Las viejas generaciones que se habían quedado en casa se acordaban demasiado bien de que la revolución solía acabar en expediciones represivas. El campo permanecía mudo, y la ciudad, en vista de esto, no se acordaba del campo. Pero el fantasma de la guerra campesina se cernía ya desde los días de marzo sobre las casas señoriales. De las provincias, donde ejercía un poder más considerable la nobleza, es decir, de las provincias más atrasadas y reaccionarias, se alzó el grito pidiendo auxilio antes de que se pusiera aún de manifiesto el peligro real. los liberales reflejaban el pánico de los terratenientes, y los conciliadores reflejaban el estado de ánimo de los liberales. «Forzar el problema agrario en las próximas semanas -razonaba después de la revolución el «izquierdista» Sujánov- sería perjudicial, y no hay la menor necesidad de ello.» Pero ya sabemos que Sujánov entendía también que era perjudicial forzar la cuestión de la paz y de la jornada de ocho horas. Era más sencillo agazaparse ante las dificultades. Además, los terratenientes atemorizaban a la gente diciendo que la alteración del régimen jurídico agrario tendría repercusiones nocivas en la siembra y en el abastecimiento de las ciudades. El Comité ejecutivo enviaba telegramas y en el abastecimiento recomendado «que no se dejasen llevar por los asuntos agrarios en perjuicio del abastecimiento de las ciudades.»

En muchos sitios, los terratenientes, asustados por la revolución, dejaban las tierras sin sembrar. En la difícil crisis de subsistencias por que estaba atravesando el país, las tierras sin sembrar reclamaban casi a gritos un nuevo dueño. Los terratenientes, desconfiando del nuevo poder, liquidaban rápidamente sus propiedades. Los kulaks o campesinos acomodados apresurábanse afanosamente a comprar las tierras de los grandes propietarios, confiando en que la expropiación forzosa no se haría extensiva a ellos, por su condición de «campesinos». Muchos de los tratos tenían un carácter deliberadamente ficticio. Suponíase que las propiedades privadas inferiores a una cierta medida no serían objeto de confiscación, y, para ponerse a salvo de ello, los terratenientes parcelaban ficticiamente sus haciendas en pequeños lotes, creando propietarios sobre el papel. No pocas veces, las tierras inscribíanse a nombre de extranjeros súbditos de los países aliados a neutrales. La especulación de los kulaks y las artimañas de los grandes hacendados amenazaban con no dejar en pie ni un puñado de tierra de los fondos agrarios del país para el momento en que se reuniese la Asamblea constituyente.

Los pueblos veían estas maniobras. Y pronto se alzaron voces pidiendo que se publicase un decreto prohibitivo de las transacciones sobre fincas. Los campesinos acudían a las ciudades a entrevistarse con los nuevos amos de la situación, en busca de tierra y de verdad. Más de una vez sucedía que los ministros, después de los elocuentes discursos y las ovaciones, tropezasen a la salida con las figuras grises de los delegados campesinos. Sujánov cuenta cómo uno de estos campesinos imploraba con lágrimas en los ojos los ciudadanos ministros que publicasen una ley protegiendo el fondo agrario contra la venta. Kerenski, impaciente, pálido y nervioso, le interrumpió: «He dicho que se haría, y, por lo tanto, se hará... No tiene usted por qué mirarme con esos ojos desconfiados.» Sujánov, que presenciaba la escena, añade: «Anoto textualmente lo que oí. Kerenski tenía razón: los mujiks miraban con ojos de confianza al famoso caudillo y ministro del pueblo.» En ese breve diálogo mantenido entre el mujik, que aún implora pero que ha perdido ya la confianza, y el ministro radical, que hace caso omiso de la desconfianza campesina, se encierra la clave inexorable del derrumbamiento del régimen de Febrero.

El decreto sobre los comités agrarios como órganos de preparación de la reforma de la tierra fue dado por el ministro de Agricultura, el kadete Chingarev. El Comité central, a cuyo frente se hallaba el profesor liberalburocrático Postnikov, estaba integrado principalmente por narodniki, que a lo que más temían era a que se les tuviera por hombres menos moderados que su presidente. Creáronse también comités provinciales, cantonales y de distrito. Si los soviets, que se extendían con gran lentitud por el campo, eran considerados como órganos privados, los comités agrarios tenían un carácter gubernamental. Pero cuanto más vagas eran las atribuciones que les asignaba el decreto, más difícil se les hacía resistir a la presión de los campesinos. Y cuanto más bajo estaba el comité en la escala jerárquica, cuanto más cerca se hallaba de la tierra, antes se convertía en un instrumento del movimiento campesino.

A fines de marzo, empiezan a llegar a la capital las primeras noticias inquietantes dando cuenta de que entraban en escena los campesinos. El comisario de Novgorod telegrafía informando de los desórdenes producidos por un cierto teniente Panasiuk, de las «detenciones arbitrarias de terratenientes», etc. En la provincia de Tambov una muchedumbre de campesinos, capitaneada por algunos soldados con licencia, saquea las casas señoriales. Las primeras noticias son, indudablemente exageradas: en sus quejas, los terratenientes abultan, sin duda alguna, los hechos, pensando más que en lo presente en lo venidero. Pero lo que no ofrece la menor duda es que los soldados, que traen del frente y de la ciudad el espíritu de iniciativa, intervienen en la dirección del movimiento campesino.

El 5 de abril uno de los comités cantonales de la provincia de Charkov acordó practicar registros en las casas de los terratenientes, con el fin de recogerles las armas. Nos hallamos ya ante el presentimiento claro de la guerra civil. El comisario explica los desórdenes ocurridos en el distrito de Skopinski, provincia de Riazán, por el acuerdo de que adopta el Comité ejecutivo del vecino distrito sobre el arrendamiento forzoso a los campesinos de las tierras de los grandes propietarios. «La campaña de propaganda de los estudiantes para que los campesinos se mantengan tranquilos hasta la reunión de la Asamblea constituyente no obtiene ningún éxito.» Aquí nos enteramos de que los «estudiantes», que en la primera revolución predicaban el terrorismo agrario -era entonces la táctica de los social-revolucionarios-, en 1917 exhortan, aunque sin gran éxito, al parecer, al respeto de la ley y a la calma.

El comisario de la provincia de Simbirsk traza un cuadro del movimiento campesino, que iba tomando proporciones arrolladoras: los Comités locales y cantonales -de los cuales volveremos a hablar más adelante- detienen a los terratenientes, los expulsan de la provincia, sacan a los braceros de las tierras de los grandes propietarios, se apoderan de las fincas y fijan la renta que les place. «Los delegados enviados por el Comité ejecutivo se ponen al lado de los campesinos.» Simultáneamente, empieza el movimiento de los vecinos de los pueblos contra los campesinos acomodados, que al amparo de la ley promulgada el 9 de noviembre de 1906 por Stolipin, se habían separado de los fondos comunales, llevando en propiedad sus parcelas. «La situación de la provincia constituye una amenaza para la siembra.» Ya en abril, el comisario de la provincia de Simbirsk no ve otra salida que la inmediata nacionalización de la tierra, reservando a la Asamblea constituyente la tarea de establecer las modalidades del régimen de explotación.

Del distrito de Kaschira, situado muy cerca de Moscú, llegan quejas de que el Comité ejecutivo excita a la población a ocupar sin indemnización las tierras de la Iglesia, de los conventos y de los grandes propietarios. En la provincia de Kursk los campesinos hacen que se retire de los trabajos del campo, en las fábricas de los señores, a los prisioneros de guerra, e incluso los meten en la cárcel. Después de los congresos de campesinos, los de la provincia de Penze, interpretando al pie de la letra los acuerdos de los socialrevolucionarios acerca de la tierra y la libertad, infringen el contrato cerrado poco antes con los terratenientes y, al mismo tiempo, emprenden la ofensiva contra los nuevos órganos del poder. En el mes de marzo, al constituirse los comités ejecutivos cantonales y de distrito, los que entraban a formar parte de ellos eran, en su mayoría, intelectuales. «Después -comunica el comisario- empezaron a alzarse voces contra la composición de dichos organismos, y, ya a mediados de abril, los comités estaban compuestos exclusivamente en todas partes por campesinos, cuyas aspiraciones respecto a la tierra eran las más de las veces descabelladas.»

Un grupo de terratenientes de la vecina provincia de Kazán se lamentaba al gobierno provisional de la imposibilidad de seguir cultivando las tierras, ya que los campesinos retiraban a los obreros, requisaban las semillas, en muchos sitios se llevaban todo lo que encontraban en las casas señoriales, no permitían al terrateniente talar los bosques de su propiedad y le amenazaban con maltratarle y matarle. «Aquí reina la más absoluta impunidad, todo el mundo hace lo que quiere y la gente razonable está aterrorizada.» Los terratenientes de Kazán saben ya quién es el culpable de la anarquía: «En el campo no se conocen las determinaciones del gobierno provisional. En cambio, las proclamas de los bolcheviques llegan a todas partes.»

Sin embargo, no se puede decir que el gobierno no dictara disposiciones. El 20 de marzo el príncipe Lvov proponía telegráficamente a los comisarios la creación de comités cantonales como órganos del poder local, recomendando al mismo tiempo «que a la labor de dichos comités se incorporasen los terratenientes y todas las fuerzas intelectuales del campo». Aspirábase a organizar todo el régimen del Estado por el sistema de las cámaras de conciliación y arbitraje. Pero los comisarios no tardaron en lamentarse de que se prescindía de las «fuerzas intelectuales»: el campesino no tenía ninguna confianza en los Kerenski de distrito y de cantón.

El 3 de abril el príncipe Urusov, subsecretario del Interior -como vemos, este ministerio estaba regido por títulos de gran alcurnia- da orden de que no se tolere ninguna intromisión arbitraria y, sobre todo, de que «se proteja la libertad del propietario a disponer de su tierra», esto es, la más dulce de las libertades. Diez días después el propio príncipe Lvov se toma personalmente la molestia de ordenar a los comisarios que «pongan fin con todo el rigor de la ley a cualquier manifestación de violencia y de despojo que se produzca». Dos días más tarde, el príncipe Urusov torna a ordenar al comisario provincial «que tome medidas para proteger los ganados de los terratenientes contra todo acto de violencia, explicando a los campesinos, etc.» El 18 de abril el príncipe subsecretario empieza a intranquilizarse ante el hecho de que los prisioneros de guerra que trabajan como braceros en las fincas de los terratenientes formulen pretensiones exageradas, y ordena a los comisarios que impongan sanciones severas, haciendo uso de las atribuciones de que gozaban en el antiguo régimen los gobernadores zaristas. Llueven circulares, disposiciones, órdenes telegráficas. El 12 de mayo, el príncipe Lvov enumera en un nuevo telegrama los desmanes que «se están cometiendo en todo el país»: detenciones arbitrarias, registros, destitución de cargos en la administración de haciendas y de fábricas, destrucción de fincas, saqueos, atropellos, violencias contra funcionarios públicos, imposición de tributos a la población, excitación de los ánimos de una parte de la población contra otra, etc. «Estos y otros actos semejantes deben ser considerados como contrarios a la ley y, en algunos casos, incluso como anárquicos»... El calificativo no es muy claro, pero la conclusión no puede serlo más: «Tomar enérgicas medidas.» Los comisarios de provincia mandaban inmediatamente las circulares a los distritos,, los distritos ejercían presión sobre los Comités cantonales y entre todos juntos ponían de manifiesto su impotencia para afrontar el problema campesino.

Las tropas de las inmediaciones tienen casi en todos sitios parte directa en los acontecimientos. Es más, en la mayor parte de los casos son ellas precisamente las que toman la iniciativa. El movimiento adopta formas variadísimas, según las condiciones locales y el grado de exacerbación de la lucha. En Siberia, donde no hay terratenientes, los campesinos se apoderan de las tierras de la Iglesia y de los conventos. Hay que advertir que el clero no lo pasa tampoco nada bien en otras partes. En la piadosa provincia de Smolensk, bajo la influencia de los soldados llegados del frente, se procede a la detención de curas y frailes. Con el fin de evitar que los campesinos tomaran medidas infinitamente más radicales, los órganos locales veíanse obligados con frecuencia a ir más allá de lo que querían. A principios de mayo el Comité ejecutivo de uno de los distritos de la provincia de Samara sometió a tutela pública las propiedades del Conde Orlov-Davidov, preservándolas así de la acción de los campesinos. Comoquiera que el decreto prohibiendo la compra y venta de tierras prometido por Kerenski no salía, los campesinos, valiéndose de sus recursos, empezaron a impedir la venta de las propiedades, oponiéndose por la fuerza a su medición. La incautación de las armas de los terratenientes, sin exceptuar las de caza, va tomando proporciones cada vez más extensas. Los campesinos de la provincia de Minsk -se lamenta el comisario- «acatan como ley los acuerdos del congreso campesino.» ¿Es que acaso podían ser interpretados de otro modo? No debe olvidarse que estos congresos eran el único poder real que existía en los pueblos. He aquí, puesto al desnudo, el abismo que se abre entre los intelectuales socialrevolucionarios, que charlan por los codos, y los campesinos, que reclaman hechos y no palabras.

A fines de mayo entra en acción la lejana estepa asiática. Los kirguises, a quienes los zares habían despojado de las mejores tierras en beneficio de sus servidores, se levantan ahora contra los terratenientes, invitándoles a abandonar con la mayor rapidez las haciendas robadas. «Este punto de vista va arraigando cada vez más en la estepa», comunica el comisario de Akmolinsk.

En la otra punta del país, en la provincia de Liolandia, un comité ejecutivo de distrito envía una comisión con el encargo de abrir una información acerca del saqueo de las propiedades del barón Stahl von Holstein. La comisión dictamina que los desórdenes no tienen importancia, reconoce que la permanencia del barón en el distrito es peligrosa para la tranquilidad pública y decide ponerle a disposición del gobierno provisional en compañía de la baronesa. Era uno de los innumerables conflictos que surgían por todas partes entre el poder local y el poder central, entre los socialrevolucionarios de abajo y los de arriba.

Un comunicado del 27 de mayo, procedente del distrito de Pavlogard, provincia de Yekaterinoslav, traza un cuadro casi idílico: los miembros del comité agrario aclaran a los vecinos todas las malas interpretaciones, y de este modo «previenen cualesquiera excesos.» Sin embargo, este idilio no ha de durar más que unas cuantas semanas.

A fines de mayo, el prior de uno de los conventos de Kostroma se lamenta amargamente de que los campesinos hayan requisado la tercera parte del ganado del convento. Este buen fraile no hubiera perdido nada con ser más humilde y resignado: dentro de poco se verá obligado a despedirse también de los otros dos tercios.

En la provincia de Kursk empezaron las persecuciones contra los campesinos que se negaban a reintegrar sus parcelas a los fondos «comunales». Ante la gran transformación agraria, ante el reparto de tierras que se avecina, los campesinos quieren actuar como un bloque. Las barreras interiores pueden constituir un obstáculo. Es necesario que el mir 1 obre como un solo hombre. De aquí que la pugna por la tierra de los grandes propietarios vaya acompañada de violencias contra los agricultores individualistas.

El último día de mayo fue detenido en la provincia de Perm el soldado Samoilov, que excitaba a los campesinos a no pagar los impuestos. Dentro de poco será él quien detendrá a los demás. Durante una procesión celebrada en una aldea de la provincia de Charkov, el campesino Grizenko destrozó de un hachazo, ante los ojos atónitos de los vecinos, la venerada imagen de san Nicolás. Así surgen las más diversas formas de protesta y van transformándose en acción.

En unas Memorias anónimas tituladas Apuntes de un guardia blanco, de cuyo autor sólo se sabe que era oficial de Marina y terrateniente, se describe con rasgos interesantes la evolución operada en el campo en los primeros meses que siguen a la revolución. Para todos los cargos «se elegían casi en todas partes personas pertenecientes a la clase burguesa, para las cuales no había más que una finalidad: mantener el orden». Es verdad que los campesinos exigían que se les diese tierra, pero en los primeros dos o tres meses lo hacían sin violencias. Por el contrario, constantemente se oían frases como ésta: «Nosotros no queremos robar lo que no es nuestro, sino arreglar las cosas por las buenas», y otras semejantes. En estas palabras tranquilizadoras palpita ya, sin embargo, una «amenaza oculta». Y en efecto, si en los primeros momentos los campesinos no recurrían todavía a la violencia, desde el primer instante dieron pruebas de su falta de respeto por las llamadas «fuerzas intelectuales». Según el citado guardia blanco, este estado de espíritu semiexpectante se mantuvo hasta los meses de mayo y junio; «después se nota un cambio brusco, surge la tendencia a discutir las disposiciones de los organismos provinciales, a hacer las cosas por propia iniciativa»... O lo que es lo mismo, los campesinos concedieron a la revolución de Febrero, sobre poco más o menos, un plazo de tres meses para pagar las letras aceptadas por los socialrevolucionarios, y en vista de que no las recogían, empezaron a cobrarse por la mano.

El soldado Chinenov, afiliado al partido bolchevique, fue por dos veces de Moscú a su pueblo, situado en la provincia de Orlov, después de estallar la revolución. En mayo dominaban en el distrito los socialrevolucionarios. En muchos sitios los campesinos seguían pagando las rentas a los terratenientes. Chinenov organizó un grupo bolchevique integrado por soldados, braceros y campesinos pobres. Este grupo predicaba la suspensión del pago de las rentas y la entrega de tierras a los campesinos pobres y a los braceros. Inmediatamente, hicieron un censo de los prados señoriales, los repartieron entre los diversos pueblos y los segaron. «Los socialrevolucionarios del comité cantonal ponían el grito en el diciendo que nuestro modo de proceder era ilegal, pero no renunciaron a la parte que les correspondía.» Y como, por miedo a las responsabilidades, los representantes locales rehuyeran todo compromiso, los campesinos eligieron a nuevos elementos más decididos. No todos ellos eran bolcheviques, ni mucho menos. Mediante la presión que ejercían, los campesinos provocaron una escisión en el seno del partido socialrevolucionario: los elementos de espíritu revolucionario se separaron de los funcionarios y de los arribistas. El grupo bolchevique decidió inspeccionar los graneros de los terratenientes y enviar las reservas de granos al centro, donde pasaban hambre. Y esta determinación del grupo se llevó a la práctica porque coincidía con el estado de espíritu de los campesinos. Chinenov llevó consigo a su pueblo libros y folletos bolchevistas; allí no se tenía la menor idea acerca de esta literatura. «Los intelectuales y los socialrevolucionarios de la localidad propalaban el rumor de que llevaba encima mucho oro alemán para comprar a los campesinos.» Iguales procesos se desarrollaron por todas partes, en proporciones distintas. En todos los distritos había sus Miliukovs sus Kerenskis y sus Lenines.

En la provincia de Smolensk la influencia de los socialrevolucionarios se consolidó después del congreso provincial de delgados campesinos, que, como de costumbre, se pronunció en el sentido de que la tierra pasara a manos del pueblo. Los campesinos aceptaron íntegramente este acuerdo, con la diferencia respecto a los dirigentes de que ellos la tomaban en serio. De aquí en adelante, crece incesantemente en las aldeas el número de socialrevolucionarios. «Todo el que en un congreso cualquiera hacía acto de presencia en la fracción de los socialrevolucionarios -cuenta un militante de la época- quedaba clasificado como socialrevolucionario o cosa por el etilo.» En la capital del distrito había dos regimientos influidos también por los socialrevolucionarios. Los comités agrarios cantonales empezaron a trabajar las tierras de los grandes propietarios y a segar sus prados. El comisario provincial, Yefimov, que era socialrevolucionario, publicaba decretos amenazadores. El pueblo no comprendía nada. ¿Y como iba a comprenderlo si el mismísimo comisario había dicho en el congreso provincial que ahora el poder estaba en manos de los campesinos y que la tierra sólo debía ser para quien la trabajaba? Pero había que rendirse ante la evidencia de los hechos. Por orden del comisario socialrevolucionario Yefimov, solamente en el distrito de Elninsk de los diecisiete comités agrarios cantonales que funcionaban fueron entregados a los tribunales dieciséis durante los meses siguientes, por haberse apoderado de las tierras de los grandes propietarios. Véase bajo qué formas tan singulares iba acercándose a su desenlace el idilio de los intelectuales narodniki con el pueblo. En todo el distrito, no había más que tres o cuatro bolcheviques. Y sin embargo, su influencia creció rápidamente, arrollando a los socialrevolucionarios o sembrando entre ellos la discordia.

A principios de mayo, se reunió en Petrogrado el congreso de campesinos de toda Rusia. Los representantes habían sido nombrados desde el centro, y en muchos casos completamente al azar... Y si los congresos de obreros y de soldados iban invariablemente retrasados en relación con la marcha de los acontecimientos y la evolución política de las masas, imagínese hasta qué punto la representación de una clase tan disgregada como eran los campesinos tenía que ir a la zaga del verdadero estado de opinión reinante en la aldea rusa. A este congreso acudieron como delegados, por una parte, intelectuales narodniki de la extrema ala derecha, gente ligada principalmente con los campesinos, por medio de los organismos de cooperación comercial, o simplemente por los recuerdos de la lejana juventud. El verdadero «pueblo» estaba representado allí por los elementos más acomodados del campo, los kulaks, los tenderos y los cooperativistas de la aldea. El elemento que dominaba sin posibilidad de competencia en este congreso eran los socialrevolucionarios, representados por la extrema derecha. Sin embargo, alguna que otra vez se asustaban al advertir el hambre de tierra y el reaccionarismo político de que daban pruebas algunos diputados. Ante la gran propiedad agraria, este congreso adoptó una posición unánime, extremadamente radical: «Todas las tierras pasarán a ser de dominio público, sin indemnización, para ser explotadas y trabajadas de un modo igualitario.» Por supuesto, los kulaks interpretaban lo de «igualitario» en el sentido de su igualdad con los terratenientes, sin pasárseles por las mientes la de ellos mismos con los braceros. Sin embargo, este pequeño equívoco que se deslizaba entre el falso socialismo narodniki y el democratismo agrario de los campesinos había de ponerse al desnudo algún tiempo después.

Chernov, ministro de Agricultura, que ardía en deseos de ofrecer al congreso campesino un huevo de pascuas, se ocupaba, sin ningún resultado visible, en el proyecto de decreto prohibiendo las transacciones sobre tierras. Por su parte, Pereverzev, ministro de Justicia, a quien se tenía también por socialrevolucionarios o algo así, adoptaba, precisamente por los días del congreso, medidas para que no se opusiera obstáculo alguno a esas transacciones. Los diputados campesinos protestaron. Pero las cosas no se meneaban del sitio. El gobierno provisional del príncipe Lvov no se decidía a meter mano a las tierras de los grandes propietarios. Los socialistas no querían meter mano al gobierno provisional. Y el congreso, por su estructura, era incapaz de encontrar el modo de resolver la contradicción entre el hambre de tierra y el reaccionarismo que en él se albergaban.

El 20 de mayo se levantó a hablar Lenin en el congreso de los campesinos. «Parecía -dice Sujánov- como si hubiese caído entre una bandada de cocodrilos. Sin embargo, los campesinos le oyeron atentamente, y con seguridad, que no sin simpatía. Lo que ocurre es que no se atrevían a manifestar sus verdaderos sentimientos.» Lo mismo sucedió en la sección de soldados, extraordinariamente hostil a los bolcheviques. Sujánov intenta dar un matiz anarquista a la táctica de Lenin ante la cuestión agraria. Era bastante parecido a lo del príncipe Lvov, que sellaba de acto anárquico todo atentado contra el derecho de los terratenientes. Siguiendo esta lógica, habría que reconocer que revolución y anarquía son términos sinónimos. En realidad, el modo como Lenin planteaba la cuestión era harto más profundo de lo que su críticos se imaginaban. Los órganos de la revolución agraria, cuya misión era, en primer término, acabar con la gran propiedad, habían de ser los soviets de diputados campesinos, a los cuales estarían sometidos los comités agrarios. Lenin veía en los soviets los órganos del Estado del mañana, del poder más concentrado de todos, la dictadura revolucionaria. Como se ve, esto se hallaba bastante lejos del anarquismo, o sea, de la teoría y de la práctica de la negación del poder. «Votamos -decía Lenin el 28 de abril- por la entrega inmediata de la tierra a los campesinos, con un grado máximo de organización. Somos adversarios irreconciliables de las expropiaciones anárquicas.» ¿Por qué no estamos conformes con esperar hasta la Asamblea constituyente? «Para nosotros, lo importante es la iniciativa revolucionaria, de que la ley debe ser el resultado. Si esperáis a que se escriba la ley y os cruzáis de brazos, sin desplegar la menor energía revolucionaria, no tendréis ni ley ni tierra.» ¿Es que estas palabras tan sencillas no son la voz de todas las revoluciones?

Después de un mes de sesiones, el congreso eligió como organismo permanente un Comité ejecutivo compuesto de dos centenares de pequeños-burgueses rurales y de narodniki profesores o mercachifles, poniendo de pabellón sobre toda esta cuadrilla las figuras decorativas de la Breschkovskaya, Chaikobski, Vera Figner y Kerenski. Fue elegido presidente del Comité el socialrevolucionario Avksentiev, bueno para banquetes, pero poco adecuado para guerras campesinas.

A partir de este momento, las cuestiones importantes eran todas objeto de deliberación en las sesiones conjuntas de los dos Comités ejecutivos: el de los obreros y soldados y el de los campesinos. Esta combinación representaba un extraordinario robustecimiento del ala derecha, que estaba en contacto directo con los kadetes. En todos aquellos casos en que era necesario ejercer presión sobre los obreros, atacar a los bolcheviques, amenazar con truenos y relámpagos a la «república autónoma de Kronstadt», las doscientas manos, o, para decirlo más exactamente, los doscientos puños del Comité ejecutivo campesino se levantaban como una muralla. Todos ellos convenían con Miliukov en que era preciso «acabar» con los bolcheviques. Lo malo era que en lo tocante a las tierras de los grandes propietarios abrigaban opiniones campesinas, no liberales, que les ponían frente a la burguesía y al gobierno provisional.

Apenas había terminado sus sesiones el congreso campesino, empezaron a llover quejas de que en las aldeas tomaban en serio los acuerdos del congreso y de que los campesinos se apoderaban de la tierra y de los aperos de labor de los hacendados. Era absolutamente imposible hacer comprender a aquellos cráneos testarudos de campesinos la diferencia considerable que mediaba entre las palabras y los hechos.

Los socialrevolucionarios, alarmados, recularon. En el congreso celebrado en Moscú a principios de junio condenaron solemnemente toda ocupación de tierras realizada por iniciativa propia: era preciso esperar a la Asamblea constituyente. Pero este acuerdo resultó impotente, no ya para contener, sino ni siquiera para debilitar el movimiento agrario. Y la cosa venía a complicarse todavía más por el hecho de que el propio partido socialrevolucionario albergaba a no pocos elementos que estaban realmente dispuestos a luchar al lado de los campesinos contra los terratenientes, llevando las cosas hasta el fin, con la agravante de que estos socialrevolucionarios de izquierda, que no acababan de decidirse a romper abiertamente con el partido, ayudaban a los campesinos a burlar las leyes o a interpretarlas a su modo.

En la provincia de Kazán, donde el movimiento campesino tomaba un carácter especialmente turbulento, los socialrevolucionarios de izquierda definieron su actitud antes que en otros sitios. Al frente de ellos estaba Kalegayev, que había de ser comisario del pueblo de Agricultura en el gobierno soviético durante el período del bloque de los bolcheviques con los socialrevolucionarios de izquierda. A partir de mediados de mayo, en esta provincia se empiezan a poner sistemáticamente las tierras a disposición de los comités cantonales. En el distrito de Spaski, a la cabeza de cuyas organizaciones campesinas se encuentra un bolchevique, es donde estas medidas se llevan a la práctica con mayor audacia. Las autoridades provinciales se lamentan al poder central de la campaña de agitación agraria que están llevando a cabo los bolcheviques llegados de Kronstadt y añaden que la beata monja Tamara ha sido detenida por ellos, por haberse atrevidos a «contradecir».

El 2 de junio, el comisario de la provincia de Voronesch comunica: «Son cada día más frecuentes, sobre todo en la esfera agraria, los casos de infracción de la ley.» La ocupación de tierras en la provincia de Penze es cada vez más insistente. Uno de los comités agrarios de la provincia de Kaluga quitó al convento la mitad de la siega de un prado: cuando el prior del convento expuso sus quejas al comité agrario del distrito, éste tomó el acuerdo siguiente: apoderarse del prado entero. Sucede con frecuencia que las instancias superiores sean más radicales que las inferiores. La abadesa María, de la provincia de Penze, se lamenta de la ocupación de los bienes del convento: «Las autoridades locales son impotentes.» En la provincia de Viatka, los campesinos se incautaron de las fincas de los Skoropadski, familia del futuro atamán de Ucrania, y decidieron, «en tanto se resolviese el problema de la propiedad agraria», no tocar el bosque y entregar al Tesoro los ingreso de las fincas. En otros varios sitios los comités agrarios no sólo rebajaron las rentas hasta el 500 y el 600 por 100, sino que decidieron no pagarlas a los terratenientes, sino ponerlas a disposición de los comités hasta que la Asamblea constituyente resolviera la cuestión. Era un procedimiento no abogadesco, sino campesino, es decir, serio, de plantear el problema de la reforma agraria adelantándose a la Asamblea constituyente.

En la provincia de Saratov, donde todavía ayer los campesinos prohibían a los terratenientes talar los bosques, ahora los talaban ellos mismos. Lo más frecuente es que los campesinos se apoderen de las tierras de la Iglesia y de los conventos, sobre todo allí donde hay pocas fincas pertenecientes a grandes propietarios. En Lituania, los braceros letones, unidos a los soldados del batallón letón, proceden sistemáticamente a la ocupación de las haciendas de los barones.

De la provincia de Vitebsk llegan quejas desesperadas de los contratistas de maderas, quienes dicen que las medidas de los comités agrarios atentan contra su industria e impiden dar satisfacción a las necesidades del frente. Otros patriotas no menos desinteresados, como los terratenientes de la provincia de Poltava, se sienten afligidos por el hecho de que los desórdenes agrarios les impidan abastecer al ejército. Finalmente, el congreso de tratantes de caballos celebrado en Moscú advierte que las expropiaciones de tierras constituyen una terrible amenaza para la cría caballar. Al mismo tiempo, el procurador del Santo Sínodo, el mismo que calificaba a los miembros de esta sacratísima institución de «idiotas y canallas», lamentábase al gobierno de que en la provincia de Kazán los campesinos quitaran a los frailes no sólo el ganado y la tierra, sino también la harina necesaria para amasar el pan sagrado. En la provincia de Petrogrado, a dos pasos de la capital, los campesinos arrojaban de sus tierras a un arrendatario y se dedicaban a explotarlas ellos mismos. El 2 de junio, el infatigable príncipe Urusov volvía a telegrafiar en todas direcciones: «A pesar de todas mis órdenes..., etc. Ruego nuevamente que se tomen las medidas más enérgicas.» El príncipe se olvidaba de indicar cuáles.

Al tiempo que por todo el país se desarrollaba una labor gigantesca para descuajar las raíces más profundas de la Edad Media y de la servidumbre de la gleba, el ministro de Agricultura, Chernov, en sus oficinas, recogía materiales de estudio para la Asamblea constituyente. Chernov proponíase llevar a cabo la reforma basándose únicamente en los datos más precisos de la estadística agraria y de toda suerte de estadísticas, y trataba de persuadir con voz meliflua a los campesinos de que tuvieran un poco de paciencia, hasta que él terminara sus ejercicios. Lo cual -dicho sea de paso- no fue obstáculo para que los terratenientes arrojasen del ministerio al «ministro de las aldeas», sin darle tiempo, ni mucho menos, a tener terminadas sus tablas sacramentales.

Recientes investigadores, basándose en los archivos del gobierno provisional, han calculado que en marzo el movimiento agrario se manifestaba con mayor o menor intensidad, en 34 distritos, en abril en 174, en mayo en 236, en junio en 280, llegando en julio a 325. Sin embargo, estas cifras no dan una idea completa del avance del movimiento, ya que, dentro de cada distrito, la lucha cobra de mes en mes un carácter más vasto y tenaz.

Durante este primer período, que va de marzo a julio, la aplastante mayoría de los campesinos se abstiene todavía de emplear la violencia directa contra los terratenientes y de apoderarse descaradamente de la tierra. Yakovliev, que ha dirigido las aludidas investigaciones y que es actualmente comisario del pueblo en el departamento de Agricultura de la Unión Soviética, explica la táctica relativamente pacífica de los campesinos por la confianza que aún depositaban en la burguesía. Fuerza es reconocer la inconsistencia de esta explicación. El gobierno del príncipe Lvov no podía inspirar confianza alguna a los campesinos, para no hablar ya del recelo constante del campesino hacia la ciudad, hacia el poder y hacia la sociedad culta. El que durante este primer período los campesinos no recurran todavía, casi, a medidas de franca violencia y se esfuercen en dar a sus actos la forma de una presión legal o semilegal se explica precisamente por su desconfianza hacia el gobierno, en momentos en que no tenían tampoco confianza suficiente en sus propias fuerzas. Los campesinos empiezan a agitarse, tantean el terreno, miden la resistencia del enemigo y, apretando al terrateniente en toda la línea, dicen: «Nosotros no queremos robar nada, sino arreglarlo todo por las buenas.» No se apoderan del prado, pero siegan la alfalfa, arriendan por la fuerza la tierra, fijando ellos mismos la renta, o la «compran» por los mismos procedimientos coercitivos y en los precios que ellos mismos señalan. Todas estas apariencias legales, poco convincentes lo mismo para el propietario que para el jurisconsulto liberal, están dictadas en realidad por una desconfianza latente, pero profunda, contra el gobierno. Por las buenas -se dice el campesino- no lo cogerás; cogerlo por la fuerza es peligroso; intentemos obrar por la astucia. Para él, el ideal hubiera sido expropiar al terrateniente con su propio consentimiento.

«Durante todos estos meses -insiste Yakovliev- prevalecen procedimientos peculiares, nunca vistos en la historia, de lucha «pacífica» con los terratenientes, resultantes de la confianza que los campesinos tenían en la burguesía y en el gobierno de ésta.» Esos procedimientos, que se califican de nunca vistos en la historia, son, en realidad, los procedimientos típicos, inevitables, históricamente necesarios bajo todos los climas, en esta fase inicial de la guerra campesina. La tendencia a dar una apariencia, sea de legalidad religiosa o civil, a los primeros pasos en el camino de la revuelta ha caracterizado en todos los tiempos a la lucha de las clases revolucionarias antes de que éstas reúnan las fuerzas y la seguridad en sí mismas de que necesitan para cortar el cordón umbilical que las une a la vieja sociedad. Y esto rige con los campesinos en mayor medida que con ninguna otra clase, ya que ellos, aun en sus mejores tiempos, avanzan medio a oscuras y a tientas, mirando recelosamente a sus amigos de la ciudad. Y reconozcamos que no les faltan para ello motivos fundados. Los amigos del movimiento agrario, en los primeros pasos de éste, son siempre los agentes de la burguesía liberal y radical. Pero estos amigos, al tiempo que patrocinan una parte de las reivindicaciones campesinas, tiemblan por la suerte de la propiedad burguesa, razón por la cual se esfuerzan en llevar al movimiento campesino a los cauces de la legalidad establecida.

En este mismo sentido actúan también, mucho antes ya de la revolución, otros factores. Del seno mismo de la clase aristocrática se alzan apóstoles conciliadores. León Tolstoy leyó en el alma del campesino muchos más adentro que nadie. Su filosofía de la no resistencia al mal era expresión de las primeras etapas de la revolución campesina. Tolstoy soñaba con que todo ocurriera «sin expoliaciones, de mutuo acuerdo». A esta táctica le daba él un cimiento religioso, bajo la forma del cristianismo puro. Mahatma Gandhi cumple actualmente en la India la misma misión, sólo que en una forma más práctica. Si de la época contemporánea nos remontamos a otras más lejanas, encontraremos sin ninguna dificultad aquellos mismos fenómenos «nunca vistos en la historia», disfrazados bajo las formas religiosas, nacionales, filosóficas y políticas más diversas, empezando por los tiempos bíblicos y aun antes.

El carácter peculiar de la insurrección campesina de 1917 sólo se acusaba, tal vez, en el hecho de que, con el título de agentes de la legalidad burguesa, entrasen en ación unos hombres que se llamaban socialistas, y no sólo eso, sino revolucionarios. Pero no eran ellos los que trazaban el carácter del movimiento campesino y le marcaban el rumbo. Los campesinos seguían a los socialrevolucionarios, sencillamente porque éstos les facilitaban fórmulas concretas para deshacerse de los terratenientes.

Al mismo tiempo, los socialrevolucionarios les servían de tapaderas jurídica. No hay que olvidar que eran el partido de Kerenski, ministro de Justicia primero y de la Guerra después, y de Chernov, titular de la cartera de Agricultura. Los socialrevolucionarios rurales creían que la tardanza en publicar los ansiados decretos nacía de la resistencia de los terratenientes y los liberales, y aseguraban a los campesinos que en el gobierno los «suyos» hacían todo lo que podían. El campesino, naturalmente, no tenía nada que objetar contra esto. Pero sin incurrir, ni mucho menos, en una cándida credulidad, entendía que era necesario ayudar a los «suyos» desde abajo, y tan a conciencia lo hacía que los «suyos», encumbrados en las alturas, no tardaron en sentirse dominados por el vértigo.

La poca fuerza de los bolcheviques entre los campesinos era pasajera y se debía al hecho de no compartir la ilusiones de éstos. Los pueblos sólo podían llegar al bolchevismo de la mano de la experiencia y la decepción. La fuerza de los bolcheviques, en la cuestión agraria como en las demás, estribaba en que para ellos no había divorcio entre la palabra y la acción.

Razones generales de orden sociológico no permitían concluir a priori si los campesinos eran o no capaces de alzarse como un solo hombre contra los terratenientes. La acentuación de las tendencias capitalistas en la agricultura durante el período comprendido entre las dos revoluciones; la formación de un sector de campesinos acomodados, separados con sus fincas del primitivo régimen «comunal»; los extraordinarios progresos hechos por la cooperación agraria, acaudillada por los campesinos acomodados y ricos; todo esto no permitía saber con seguridad, de antemano, cuál de las dos tendencias prevalecería en la revolución, si el antagonismo agrario de casta entre los campesinos y la nobleza, o el antagonismo de clase entre unos y otros campesinos.

Lenin, al llegar a Rusia, adoptó una actitud muy prudente ante esta cuestión. «El movimiento agrario -decía el 14 de abril- no es más que un pronóstico, pero no un hecho. Hay que estar preparados para la eventualidad de que los campesinos se unan a la burguesía.» No era una idea lanzada irreflexivamente y al azar. Nada de eso. Lenin la repite insistentemente en varias ocasiones. El 24 de abril, en la reunión del partido, después de atacar a los «viejos bolcheviques» que le acusan de no conceder a los campesinos toda la importancia que merecen, dice: «El partido proletario no puede ahora cifrar sus esperanzas en la comunidad de intereses con los campesinos. Luchamos por que los campesinos se pasen a nuestro lado; pro el hecho es que éstos, y hasta cierto punto conscientemente, están al lado de los capitalistas.»

Esto -dicho sea de paso- demuestra cuán lejos estaba Lenin de la teoría, que más tarde habían de atribuirle los epígonos, de la eterna armonía entre los intereses del proletariado y los de los campesinos. Aun admitiendo la posibilidad del proletariado y los de los campesinos. Aun admitiendo la posibilidad de que los campesinos «como clase» pudieran llegar a desempeñar el papel de factor revolucionario. Lenin, en abril, creía necesario estar prevenido para la hipótesis peor, para la perspectiva de un sólido bloque entre los terratenientes, la burguesía y los vastos sectores campesinos. «Pretender atraerse ahora al mujik -dice- valdría tanto como entregarse a Miliukov.» De aquí la conclusión: «Desplazar el centro de gravedad a los soviets de jornaleros del campo.»

Pero, afortunadamente, se realizó la hipótesis mejor. El movimiento agrario, que antes no era más que un pronóstico, se convirtió en un hecho que puso de manifiesto por breves instantes, pero con una fuerza extraordinaria, el predominio de los lazos que unían a los campesinos «como clase» sobre los antagonismos capitalistas. Los soviets de braceros del campo sólo adquirieron importancia en algunos sitios, principalmente en las regiones del Báltico. En cambio, los comités agrarios convirtiéronse en órganos de todos los campesinos, que con su tenaz presión los convertían de cámaras de arbitraje en instrumentos de la revolución agraria.

El hecho de que los campesinos se encontraran una vez más, la última en su historia, con la posibilidad de actuar en bloque como factor revolucionario, prueba, a la vez, la falta de vigor del régimen capitalista en el campo y su fuerza. La economía burguesa no había liquidado todavía por completo con el régimen agrario medieval servil. Pero, al mismo tiempo, la evolución capitalista había hecho tales avances que estructuraba las viejas formas de la propiedad agraria de un modo igualmente insoportable para todos los sectores del campo. El entrelazamiento, muchas veces consciente, de la gran propiedad agraria y de la propiedad campesina, con que se tendía a convertir el derecho de los terratenientes en una trampa para toda la comunidad; y, finalmente, el antagonismo reinante entre el régimen comunal de los pueblos y los colonos individualistas; todo contribuía a crear, en conjunto, una confusión intolerable dentro de las relaciones agrarias, de la cual no había modo de salir por medio de disposiciones legales. Esto lo comprendían mejor los campesinos que todos los teóricos agrarios. La experiencia de la vida, desarrollada a lo largo de una misma conclusión: la de que había que extirpar los derechos heredados y adquiridos sobre la tierra, echar por tierra los mojones y entregar esta tierra, limpia de toda tara histórica, a quien la trabajase. No era otro el sentido de los aforismos campesinos: «la tierra no es de nadie», «la tierra es de Dios». Y con ese mismo espíritu interpretaban ellos la reivindicación programática socialrevolucionaria de la socialización de la tierra. Pese a las teorías de los narodniki, aquí no se deslizaba ni una pizca de socialismo. Todavía no ha habido una sola revolución agraria, por audaz que fuese, que haya rebasado por sí misma los linderos del régimen burgués. Se convendrá en que un régimen de socialización que había de garantizar a todo bracero el «derecho a la tierra» representaba ya de suyo, manteniéndose un régimen de mercado sin trabas, una utopía manifiesta. Los mencheviques criticaban esta utopía desde el punto de vista liberal-burgués. Los bolcheviques, por el contrario, señalaban la tendencia democrática progresiva que se encerraba, expresada utópicamente, en la teoría de los socialrevolucionarios. Uno de los más grandes servicios prestados por Lenin consistió precisamente en haber descubierto el verdadero sentido histórico del problema agrario ruso.

Miliukov escribía que, para él, como «sociólogo e investigador de la evolución histórica rusa», es decir, como hombre que contempla desde la cúspide lo que sucede, «Lenin y Trotski acaudillaban un movimiento que estaba mucho más cerca de Pugachev, de Stenda Razin, de Bolotnikov -de los siglos XVII y XVIII de nuestra historia- que de la última palabra del anarcosindicalismo europeo.» La parte de verdad que se contiene en esta afirmación del sociólogo liberal, dejando aparte lo del «anarcosindicalismo», que saca a relucir no se sabe por qué, no se dirige contra los bolcheviques, sino más bien contra la burguesía rusa, contra su atraso y su insignificancia política. Los bolcheviques no eran culpables de que los grandiosos movimientos campesinos de los siglos pasados no consiguieran instaurar en Rusia la democratización de las relaciones sociales -sin la dirección de las ciudades era imposible conseguirlo-, como tampoco de que la llamada emancipación de los campesinos, llevada a cabo en 1861, se organizase a base del robo de las tierras comunales, de la sujeción de los campesinos al Estado y de la integridad del régimen de castas. Por todo esto, los bolcheviques se vieron ante la necesidad de acabar, en el primer cuarto del siglo XX, lo que los siglos XVII, XVIII y XIX habían hecho a medias o no habían hecho. Antes de emprender la realización de su propios y gigantescos objetivos, los bolcheviques no tuvieron más remedio que pararse a barrer el estiércol histórico de las viejas clases gubernamentales y de los siglos anteriores, y justo es reconocer que realizaron a conciencia esta tarea apremiante y nueva. Seguramente que ni el propio Miliukov se atrevería a negarlo.

 

 

 


 1. «Mir» significa en ruso dos cosas: «Comunidad de tierras de un pueblo» y «mundo». [NDT.]

CAPITULO XXI


Capitulo XXI

Las masas evolucionan

 

 

 

 

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

 

 

 

A los cuatro meses de vida, el régimen se ahogaba ya en sus propias contradicciones. El mes de junio empezó con el Congreso general de los soviets, cuyo fin no era otro que brindar un pretexto político para la ofensiva. La iniciación de ésta coincidió con una grandiosa manifestación de obreros y soldados organizada en Petrogrado por los conciliadores contra los bolcheviques, y que acabó convirtiéndose en una manifestación bolchevista contra los conciliadores. La creciente indignación de las masas conducía , dos semanas después, a una nueva manifestación que se organizó espontáneamente y sin requerimientos de arriba. Esta manifestación dio lugar a encuentros sangrientos, y quedó en la Historia con el nombre de «jornadas de julio». El semialzamiento de julio, que surge precisamente en la mitad del período comprendido entre la revolución de Febrero y la de Octubre, cierra la primera etapa, y viene a ser una especie de ensayo general de la segunda. Ponemos fin a este libro en los umbrales de las «jornadas de julio», pero antes de entrar a exponer los acontecimientos que tuvieron por escena a Petrogrado en este mes conviene detenerse un momento a observar los procesos que se estaban operando en las masas.

A un liberal que afirmaba a principios de mayo que cuanto más hacia la izquierda se inclinaba el gobierno más hacia la derecha viraba el país -huelga decir que por «país» este liberal entendía las clases poseedoras exclusivamente-, Lenin hubo de replicarle: «Os aseguro, ciudadano, y podéis creerlo, que el país de los obreros y campesinos pobres es mil veces más izquierdista que los Chernov y los Tsereteli, y cien veces más que nosotros. Y si usted vive, ya lo verá.» Lenin entendía que los obreros y los campesinos estaban situados cien veces más a la izquierda que los propios bolcheviques. A primera vista, esto podía parecer, cuando menos, infundado, ya que los obreros y los soldados seguían apoyando a los conciliadores y desconfiaban, en su mayoría, de los bolcheviques. Pero Lenin iba más allá. Los intereses sociales de las masas, su odio y sus esperanzas, pugnaban aún por exteriorizarse. Para ellos, los conciliadores representaban sólo una primera etapa. Las masas estaban incomparablemente más a la izquierda que los Chernov y los Tsereteli, aunque aún no tuviesen conciencia de su radicalismo. Y Lenin tenía también razón cuando decía que las masas eran más izquierdistas que los bolcheviques, pues el partido, en su aplastante mayoría, no se daba aún cuenta de la magnitud de las pasiones revolucionarias que hervían en el seno de las masas y que empezaban a despertarse. Y a la ira de las masas daba pábulo la continuación de la guerra, el desmoronamiento económico del país y la funesta inactividad del gobierno.

La inmensa estepa asiático-europea había podido convertirse en país gracias a las líneas férreas. La guerra repercutió en este aspecto de un modo gravísimo. Los transportes estaban desorganizados. En algunas líneas, el número de locomotoras fuera de servicio llegaba al 50 por 100. En el Cuartel general había documentados ingenieros que demostraban en sus informes que a la vuelta de medio año, a más tardar, los transportes ferroviarios se paralizarían por completo. En estos cálculos entraba en buena parte, naturalmente, el designio consciente de sembrar el pánico. Pero no podía negarse que el desbarajuste de los transportes iba tomando, en efecto, proporciones amenazadoras, que se reflejaban funestamente en el tráfico de mercancías, contribuyendo considerablemente a la carestía de las subsistencias.

La situación de las ciudades, desde el punto de vista del abastecimiento, era cada día más grave. El movimiento agrario había prendido ya en cuarenta y tres provincias. El suministro de cereales a los centros urbanos y al ejército iba reduciéndose de un modo alarmante.

Cierto es que en las regiones más fértiles del país se almacenaban docenas y centenares de millones de puds de grano sobrante. Pero las transacciones realizadas a base de precios firmes daban resultados extraordinariamente exiguos, aparte de que con aquella desorganización de los transportes era dificilísimo hacer llegar el grano a los centros. A partir del otoño de 1916, al frente llegaban, por término medio, hacia la mitad de las mercancías que debían llegar. Petrogrado, Moscú y otros centros industriales no recibían arriba del 10 por 100 de lo que necesitaban. Reservas, apenas si las había. El nivel de vida de las masas urbanas oscilaba entre la penuria y el hambre. El advenimiento del gobierno de coalición fue señalado en este aspecto por la prohibición democrática de amasar pan blanco. Han de pasar varios años antes de que vuelva a aparecer en la capital el «pan francés». Había escasez de carne. En junio fue racionado en todo el país el consumo de azúcar.

La mecánica del mercado, rota por la guerra, no fue suplida por el régimen centralizado a que no tuvieran más remedio que recurrir los países capitalistas avanzados, y gracias al cual pudo sostenerse Alemania durante los cuatro años de guerra.

Los síntomas catastróficos del desastre de la economía poníanse al desnudo a cada paso. La baja en rendimiento de las fábricas obedecía, aparte del desbarajuste de los transportes, al desgaste de la maquinaria, a la penuria de materias primas y de material auxiliar, a la fluctuación de personal, a la anormal financiación y, finalmente, al estado de general inseguridad del país. Las fábricas más importantes seguían trabajando para las necesidades de la guerra. Se les habían dado encargos para dos y tres años. A pesar de todo, los obreros resistíanse a creer que la guerra continuaría. Los periódicos daban cifras fantásticas de beneficios de guerra. La carestía de la vida iba en aumento. Los obreros esperaban que se produjesen cambios. El personal técnico y administrativo de las fábricas se organizaba sindicalmente y presentaba sus pliegos de peticiones. En estos sindicatos predominaban los mencheviques y los socialrevolucionarios. El régimen de las fábricas se desmoronaba. Todos los resortes cedían. Las perspectivas de la guerra y de la economía del país tornábanse nebulosas, confusas; el derecho de propiedad veíase amenazado. Los beneficios decrecían y los riesgos aumentaban. En aquellas condiciones revolucionarias los patronos perdían el estímulo de producir. En conjunto, la burguesía abrazaba la senda del derrotismo económico. Las pérdidas pasajeras experimentadas a consecuencias de la parálisis económica del país eran, a sus ojos, una especie de gastos generales que les imponía la lucha contra la revolución y contra lo que ésta suponía de peligro para los cimientos de la «cultura». Al mismo tiempo, la prensa sensata no dejaba pasar día sin acusar a los obreros de sabotear deliberadamente la industria, de dilapidar los materiales y de malgastar irracionalmente el combustible para acelerar con ello la paralización. La falta de fundamento de estas acusaciones rebasaba todos los límites. Y comoquiera que esta prensa era la de un partido que, de hecho, acaudillaba la coalición ministerial, la indignación contagiábase, naturalmente, al gobierno.

Los industriales no habían olvidado la experiencia de la revolución de 1905, en la que un lockout, diestramente organizado con el apoyo activo del gobierno, no solamente hizo fracasar la campaña de los obreros por la jornada de ocho horas, sino que prestó un inapreciable servicio a la monarquía, coadyuvando al aplastamiento de la revolución. Esta vez, la idea del lockout sometióse al estudio del «Consejo de los Congresos de la Industria y del Comercio», denominación inocente por la que se conocía el órgano de lucha del capital de los trusts y los grandes consorcios. Uno de los capitanes de la industria, el ingeniero Auerbach, había de explicar años más tarde en sus Memorias por qué fue desechada la idea del lockout: «Hubiera parecido una puñalada por la espalda, asestada al ejército. La mayoría, teniendo en cuenta la falta de apoyo del gobierno, se mostraba muy pesimista acerca de las consecuencias de ese paso.» Todo el mal estaba en la ausencia de un «verdadero» poder. La acción del gobierno provisional estaba paralizada por los soviets; los prudentes jefes de los soviets veíanse maniatados por las masas; los obreros de las fábricas estaban armados; además, casi todas las fábricas tenían en sus inmediaciones a un regimiento o a un batallón amigo. En estas condiciones era natural que a los caballeros industriales les pareciera reprobable el lock-out, «desde el punto de vista del interés nacional». Pero esto no significaba que renunciasen a la ofensiva; lo único que hacían era adaptarla a las circunstancias, dándole un carácter transitorio. Para decirlo con las palabras diplomáticas de Auerbach, los industriales «llegaron, en fin de cuentas, a la conclusión de que la misma vida se encargaría de dar una lección elocuente de cosas, al imponer el cierre inevitable y paulatino de las fábricas, cosa que, en efecto, empezó a ocurrir muy pronto». Dicho en otros términos, el Consejo de la industria unificada, al mismo tiempo que rechazaba el reto del lockout, por entender que llevaba aparejada «una enorme responsabilidad», recomendaba a sus afiliados que fuesen cerrando las fábricas una tras otras buscando pretextos adecuados.

La idea de lockout se puso en práctica de un modo bastante sistemático. Los representantes del capital, tales como el kadete Kutler, que había sido ministro con Witte, explayaban imponentes informes acerca del desmoronamiento de la industria, bien entendido que la responsabilidad no se achacaba, precisamente, a los tres años de guerra, sino a los tres meses de revolución. «Pasarán dos o tres semanas -predecía el impaciente Riech- y las fábricas empezarán a cerrarse una tras de otra.» Velada en esta profecía hay una amenaza. Los ingenieros, los profesores, los periodistas, abrieron en la prensa una campaña especial, en la que se sostenía que la medida fundamental de salvación consistía en parar los pies a los obreros. El 17 de mayo, en vísperas de su separación ostentosa del gobierno, el ministro e industrial Konovalov declaraba: «Si en un próximo futuro la gente no entrara en razón..., asistiremos al cierre de cientos de fábricas.»

A mediados de junio, el Congreso de la Industria y del Comercio exige del gobierno provisional que "rompa abiertamente con el actual modo de llevar adelante la revolución". Esta demanda, "¡suspended la revolución!", la hemos oído ya de labios de los generales. Pero los industriales concretan más sus deseos. "El origen del mal no está solamente en los bolcheviques, sino que está también en los partidos socialistas. Sólo una mano firme, una mano férrea puede salvar a Rusia."

Después de preparar el terreno políticamente, los industriales pasaron de las palabras a las obras. Durante los meses de marzo y abril se cerraron ciento veintinueve pequeñas fábricas, que daban trabajo a nueve mil obreros; en el mes de mayo, ciento ocho, con igual número de trabajadores; en junio se clausuran ya ciento veinticinco con un contingente de treinta y ocho mil obreros; en julio, doscientas seis, que daban ocupación a cuarenta y ocho mil. El lockout avanza en progresión geométrica. Pero esto no era más que el principio. A Petrogrado siguió la industria textil de Moscú, y tras ésta vinieron las provincias. Los patronos justificaban el cierre por la falta de combustible, de materias primas, de materiales auxiliares, de créditos. Los comités de fábrica intervenían en el asunto y, en muchos casos, demostraban de un modo irrefutable que la producción se desorganizaba deliberadamente, con el designio de presionar a los obreros a conseguir una ayuda financiera del Estado. Se distinguía por su insolencia la conducta de los capitalistas extranjeros, atrincherados detrás de sus Embajadas. En algunos casos, el sabotaje era tan evidente que, forzados por las revelaciones de los comités de fábrica, los industriales no tenían más remedio que volver a abrir sus industrias. Así, poniendo al desnudo una contradicción social tras otra, la revolución no tardó en llegar a la más importante de todas: a la contradicción que mediaba entre el carácter social de la producción y la propiedad privada de sus instrumentos y recursos. Para imponerse a los obreros, el patrono no tiene inconveniente en cerrar la fábrica, ni más ni menos que si se tratara de su petaca y no de un organismo necesario para la vida de toda la nación. Los Bancos, que habían boicoteado harto eficazmente el "Empréstito de la Libertad", abrazaron una posición combativa ante los atentados del fisco contra el gran capital. En una carta dirigida al ministro de Hacienda, los banqueros "profetizaban" la emigración de capitales al extranjero y la reclusión de los valores en las cajas de caudales, caso de que se tomaran medidas financieras de carácter radical. Dicho en otros términos, los patriotas de los Bancos amenazaban con el lockout financiero como complemento del industrial. El gobierno se apresuró a ceder. No hay que olvidar que los organizadores del sabotaje eran gente honorables que habían tenido que arriesgar sus capitales amenazados por la guerra y la revolución, y no unos marineruchos de Kronstadt como otros cualesquiera, que no arriesgaban más que su cabeza, lo único que tenían que perder.

El Comité ejecutivo no podía por menos de comprender que la responsabilidad de los destinos económicos del país, sobre todo después del advenimiento franco de los socialistas al poder, pesaba, a los ojos de las masas, sobre la mayoría dirigente del Soviet. La sección financiera del Comité ejecutivo redactó un amplio programa de reglamentación de la vida económica por el Estado. Constreñidos por las circunstancias, cada día más amenazadoras, las proposiciones de aquellos economistas, muy moderadas todas, resultaron ser mucho más radicales que sus autores. "Ha llegado el momento -decía el programa- en muchas ramas de la industria (trigo, carne, sal, pieles) de que se implante el monopolio comercial del Estado; en otras (carbón, petróleo, metal, azúcar, papel) las condiciones aconsejan la constitución de trusts reglamentados por el Estado, y, finalmente, en casi todas las ramas de la industria las condiciones imperantes exigen que el Estado intervenga y reglamente la distribución de las materias primas y de los productos elaborados, así como la fijación de los precios... Al mismo tiempo, es imprescindible someter a un régimen de fiscalización todos los institutos de crédito."

El 16 de mayo, el Comité ejecutivo, cuyos jefes políticos estaban completamente desconcertados, adoptó casi sin discusión las propuestas de sus economistas y las corroboró con un aviso muy curioso que dirigía al gobierno, según el cual éste debía imponerse "la misión de organizar de un modo sistemático la economía nacional y el trabajo", recordando que había sido por no haber cumplido con esta misión por lo que "había caído el antiguo régimen y había sido necesario introducir modificaciones en el gobierno provisional". Queriendo hacerse los valientes, los conciliadores se asustaban a sí mismos.

"El programa es magnífico -escribía Lenin-, no falta nada en él: ni el control, ni la centralización en el Estado de los trusts, ni la campaña contra la especulación, ni el trabajo obligatorio... No hay más remedio que resignarse a aceptar el programa del "horrendo bolchevismo", por la sencilla razón de que no cabe otro, ni más salida a la horrible catástrofe que nos amenaza..." Sin embargo, todo el problema estaba en saber quién había de realizar este magnífico programa. ¿La coalición? La respuesta no tardó en surgir. Al día siguiente de aprobarse el programa económico por el Comité ejecutivo, el ministro del Comercio y de la Industria Konovalov, presentaba la dimisión y se iba, dando un portazo. Lo sustituyó temporalmente el ingeniero Palchinski, representante no menos fiel, aunque bastante más enérgico, del gran capital. Los ministros socialistas no sé atrevieron siquiera a presentar seriamente el programa del Comité ejecutivo a sus colegas liberales. No olvidemos que Chernov había intentado, sin conseguirlo, que el gobierno aprobase un decreto prohibiendo las transacciones sobre tierras.

Como respuesta a las dificultades, cada día mayores, el gobierno limitóse a forjar un plan para descargar a Petrogrado, es decir, para trasladar las fábricas y los talleres de la capital al interior del país. Este plan se basaba en consideraciones de orden militar -para esquivar el peligro de que los alemanes se apoderasen de la capital-, y en razones económicas, alegando que Petrogrado se hallaba demasiado lejos de las cuencas de combustible y las zonas de origen de las materias primas. Aquel desplazamiento hubiera equivalido a dar al traste con la industria de la capital por una serie de meses y de años. El fin político perseguido consistía en desparramar por todo el país a la vanguardia de la clase obrera. Por su parte, las autoridades militares formulaban petición tras petición para que se evacuase de Petrogrado a las tropas revolucionarias.

Palchinski ponía todos sus esfuerzos en procurar persuadir a la sección obrera del Soviet de las ventajas de aquella medida. En llevarla a la práctica contra la voluntad de los obreros no había que pensar, y los trabajadores no estaban de acuerdo con ella. Esta iniciativa avanzaba tan poco como la proyectada reglamentación de la industria. La crisis se agravaba, los precios subían, el lockout tácito extendía su frente y con él aumentaba el paro forzoso. El gobierno no se movía del sitio. Miliukov escribía, refiriéndose a aquellos tiempos: "El Ministerio no hacía más que seguir la corriente, y la corriente conducía a los cauces bolchevistas." Sí, así era: la corriente conducía a los cauces del bolchevismo.

El proletariado era la principal fuerza motriz de la revolución. Por su parte, la revolución se encargaba de formar al proletariado, cosa de que éste estaba muy necesitado.

Hemos visto el papel decisivo que los obreros pequeñoburgueses desempeñaron en febrero. Las posiciones más avanzadas las ocupaban los bolcheviques. pero después de la revolución quedan relegados a segundo término. Ahora ocupan la escena política los partidos conciliadores, que entregan el poder a la burguesía liberal. La bandera bajo la que navega el bloque es el patriotismo. Y su presión es tan fuerte, que la mitad, por lo menos, de los dirigentes del partido bolchevique capitulan ante él. Al llegar Lenin a Petrogrado, cambia radicalmente el rumbo del partido, a la par que crece rápidamente en su influencia. En la manifestación armada del mes de abril, los obreros y soldados avanzados intenta ya romper las cadenas del bloque. Pero, después de los primeros esfuerzos retroceden. Y los conciliadores siguen empuñando el timón.

Más tarde, después de la revolución de Octubre, se gastó no poca tinta en torno al tema de que los bolcheviques debían el triunfo al ejército campesino, cansado de la guerra. Pero esta explicación es harto superficial. Mucho más cercana de la verdad estaría la afirmación contraria, a saber: que el papel tan relevante que desempeñaron los conciliadores en la revolución de Febrero obedecía muy principalmente a la importancia excepcional del ejército campesino en la vida del país. Si la revolución se hubiera desarrollado en tiempo de paz, el papel dirigente del proletariado se habría impuesto mucho antes, desde el principio. Sin la guerra, el triunfo de la revolución no hubiera sido tan rápido y se hubiera pagado bastante más caro, prescindiendo de las víctimas de la guerra. Pero no habría dejado margen para que se desarrollase un estado de opinión patriótica y conciliadora. En todo caso, los marxistas rusos, al predecir, adelantándose en mucho a los acontecimientos, la conquista del poder por el proletariado en el transcurso de la revolución burguesa, no arrancaban precisamente de la moral transitoria de un ejército campesino, sino que se fijaban en la estructura de la sociedad rusa desde el punto de vista de clase. Este pronóstico se vio plenamente confirmado. pero la relación fundamental entre las clases se modificó a causa de la guerra y sufrió una alteración temporal bajo la presión del ejército como organización de los campesinos declassés y armados. Esta formación social artificial fue precisamente la que robusteció de un modo extraordinario las posiciones de los conciliadores pequeñoburgueses, concediéndoles un margen de ocho meses de experimentos, que no les sirvieron más que para desangrar al país y a la revolución.

Sin embargo, las raíces de esta política de conciliación no deben buscarse exclusivamente en este factor del ejército campesino. Hay que indagar en el propio proletariado, en su composición, en su nivel político, los motivos que contribuyen a explicar el predominio temporal de que gozaron los mencheviques y socialrevolucionarios. La guerra operó enormes variaciones en la composición y estado de espíritu de la clase obrera. Los años que precedieron a la guerra se caracterizaron por el progreso del movimiento revolucionario, pero este proceso viose interrumpido por aquélla. La movilización fue concebida y llevada a la práctica con un criterio que no era estrictamente militar, sino que tenía mucho de policíaco. El gobierno se apresuró a retirar de las cuencas industriales a los obreros más activos e inquietos. Puede sentarse como hecho indiscutible que en los primeros meses de la guerra la movilización arrancó de la industria hasta un 40 por 100 de los obreros, principalmente obreros calificados. Su alejamiento, que tan desastrosamente repercutía en la marcha de la producción, levantaba calurosas protestas por parte de los industriales, sobre todo cuando mayores eran los beneficios que la industria de guerra reportaba. Gracias a esto, se contuvo la destrucción total de los cuadros obreros. La industria retenía los trabajadores de que necesitaba, en calidad de movilizados. Las brechas abiertas por la movilización fueron tapadas con elementos procedentes del campo, gente pobre de las ciudades, obreros poco expertos, mujeres, jóvenes. El tanto por ciento de las mujeres empleadas en la industria era de un 32 a un 40 por 100.

El proceso de renovación y de enrarecimiento del proletariado tomaba en la capital proporciones muy considerables. Durante los años de la guerra, desde 1914 hasta 1917, el número de fábricas que daban trabajo a más de quinientos obreros aumentó en la provincia de Petrogrado en casi el doble. Por efecto del cierre de las fábricas de Polonia y sobre todo las de los países bálticos, y a causa también, muy principalmente, del auge de la industria de guerra, en 1917 concentrábanse en las fábricas de Petrogrado cerca de cuatrocientos mil obreros, de los cuales treinta y cinco mil se distribuían entre ciento cuarenta fábricas gigantescas. Los elementos más combativos del proletariado petersburgués desempeñaban en el frente un papel muy considerable, contribuyendo no poco a formar el estado de espíritu revolucionario del ejército. Pero los elementos procedentes del campo que los reemplazaban y que eran, con frecuencia, campesinos acomodados y tenderos, que buscaban en las fábricas un asidero para no ir al frente, y con ellos las mujeres y los jóvenes, eran mucho más sumisos que los obreros corrientes. Añádase a esto que los obreros expertos, que continuaban en sus puestos en concepto de movilizados -y eran cientos de miles los que estaban en esta situación-, observaban una prudencia extraordinaria por miedo a que les llevasen al frente. Tal era la base social del ambiente patriótico que, ya bajo el zarismo, reinaba en ciertos sectores obreros.

Pero este patriotismo no tenía ninguna firmeza. Las despiadadas represiones militar y policíaca, la redoblada explotación, las derrotas sufridas en el frente y el desbarajuste económico del país, empujaban a los obreros a la lucha. Sin embargo, durante la guerra las huelgas tenían casi todas un carácter económico y eran mucho más moderadas que antes. La postración del partido contribuía y eran mucho más moderadas que antes. La postración del partido contribuía a acentuar más todavía la de la clase. Después de la detención y el destierro de los diputados bolcheviques se desplegó, con ayuda de todo un cuerpo de provocadores preparados de antemano, una batida general contra las organizaciones bolchevistas, de la que el partido no pudo rehacerse hasta la revolución de Febrero. En el transcurso de los años 1915 y1916, la clase obrera diluida tuvo que pasar por la escuela elemental de la lucha antes de que, en febrero de 1917, las huelgas económicas parciales y las manifestaciones de las mujeres hambrientas pudieran fundirse en una huelga general y arrastrar al ejército a la insurrección.

Al estallar la revolución de Febrero, la estructura del proletariado de Petrogrado era en extremo heterogénea y, además, su nivel político, aun en los sectores más avanzados, bastante bajo. En provincias, las cosas estaban aún peor. Sin este retroceso determinado por la guerra en la formación de la conciencia política del proletariado, que la hizo caer otra vez en un estado de analfabetismo o semianalfabetismo político, no hubiera podido concebirse tampoco aquel predominio temporal de los partidos conciliadores.

Toda revolución enseña y, además, con gran rapidez. En eso está su fuerza. Cada semana revelaba a las masas algo nuevo. Dos meses equivalían a una época. A fines de febrero, la insurrección. A fines de abril, las manifestaciones armadas de los obreros y los soldados en Petrogrado. A principios de julio, nueva acción, con proporciones mucho más vastas y con consignas más atrevidas. A fines de agosto, la intentona contrarrevolucionaria de Kornílov, que las masas hicieron abortar. A fines de octubre, la conquista del poder por los bolcheviques. Bajo estos acontecimientos, que sorprenden por la regularidad de su ritmo, se operan profundos procesos moleculares, que funden a los elementos heterogéneos de la masa obrera en un todo político coherente. También en esto la huelga desempeñaba un papel decisivo.

Durante las primeras semanas, los industriales, atemorizados por los truenos de la revolución, que retumbaban entre la bacanal de los beneficios de guerra, hicieron concesiones a los obreros. Los fabricantes de Petrogrado accedieron incluso, con ciertas reservas y restricciones, a conceder la jornada de ocho horas., Pero esto a los obreros no les bastaba, ya que el nivel de vida descendía constantemente. En mayo, el Comité ejecutivo viose obligado a reconocer que, ante el aumento ininterrumpido de los precios de subsistencia, la situación de los trabajadores «lindaba, para muchos, con el hambre crónica». En los barrios obreros crecía el nerviosismo. Lo que más angustiaba a la gente era la falta de perspectivas, la incertidumbre. Las masas son capaces de soportar las más duras privaciones cuando saben en nombre de qué hacen el sacrificio. Pero el nuevo régimen se les revelaba, cada vez más marcadamente, como la máscara de la vieja realidad contra la cual se habían alzado en febrero. Y esto no tenían por qué soportarlo.

Las huelgas cobran un carácter especialmente turbulento en los sectores obreros más atrasados y explotados. A lo largo de todo el mes de junio abandonan el trabajo, unos detrás de otros, las lavanderas, los tintoreros, los toneleros, los dependientes de comercio, los obreros de la construcción, los pintores, los peones, lo zapateros, los obreros del cartón, los tocineros, los ebanistas. Por el contrario, los metalúrgicos tienden más bien a contener el movimiento. Los obreros avanzados empezaban a ver, cada vez más claramente, que en las condiciones económicas parciales no se conseguiría ninguna mejora sensible, que era necesario remover los cimientos mismos. El lockout no sólo hacía que a los obreros se les alcanzase mejor la necesidad de implantar el control de la industria, sino que les sugería la conveniencia de que el Estado tomase en sus manos las fábricas. La cosa parecía tanto más lógica cuanto que la mayoría de las fábricas particulares trabajaban para la guerra, colaborando con fábricas idénticas pertenecientes al Estado. ya en el verano de 1917 empiezan a hacer acto de presencia en la capital delegaciones de obreros y empleados, que acuden de las distintas partes de Rusia a solicitar que el Estado se haga cargo de las fábricas, ya que los accionistas se niegan a seguir dando dinero. Pero el gobierno no quería ni oír hablar de esto. La conclusión era clara: había que cambiar de gobierno. Y como los conciliadores se oponían a esto, los obreros les volvían la espalda.

En los primeros meses de la revolución, la fábrica de Putilov, con sus cuarenta mil obreros, parecía una fortaleza de los socialrevolucionarios. Pero su guarnición no resistió durante mucho tiempo los ataques de los bolcheviques. A la cabeza de los atacantes veíase casi siempre a Volodarski. Volodarski, un antiguo sastre judío, que había vivido en Norteamérica muchos años y conocía muy bien el inglés, era un excelente orador de masas, lógico, expeditivo y audaz. La entonación americana daba una gran fuerza de expresión a su voz potente, que resonaba con acento claro y preciso en aquellas asambleas, en que se congregaban miles de obreros. «Al aparecer Volodarski en el barrio de Narva -cuenta el obrero Minichev-, en la fábrica de Putilov, los obreros de esa fábrica empezaron a írseles de las manos a los señores socialrevolucionarios, y, a la vuelta de unos meses, se pasaron a los bolcheviques.»

El incremento que tomaban las huelgas y la lucha de clases en general robustecía casi automáticamente la autoridad de los bolcheviques. En todos aquellos casos en que se planteaban intereses vitales para los obreros, éstos convencíanse de que los bolcheviques no abrigaban segundas intenciones, de que no ocultaban nada y de que se podía confiar en ellos. Cuando estallaba algún conflicto, todos los obreros sin partido, los socialrevolucionarios y los mencheviques, se iban con ellos. Así se explica que los Comités de fábrica que batallaban contra el sabotaje ejercido por la administración y por los patronos, se pusieran al lado de los bolcheviques mucho antes que el Soviet. En la reunión celebrada a principios de junio por los Comités de fábrica de Petrogrado y sus alrededores, la proposición bolchevista obtuvo 335 votos por 421 votantes. Y, sin embargo, era un hecho revelador, pues demostraba que, en las cuestiones fundamentales de la vida económica, el proletariado de Petrogrado, que aún no había roto con los conciliadores, se había pasado de un modo efectivo al campo bolchevique.

En la asamblea sindical celebrada en junio pudo comprobarse que en Petrogrado había más de cincuenta sindicatos y que sus afiliados no bajaban de doscientos cincuenta mil. El sindicato metalúrgico contaba con cerca de cien mil obreros. En el transcurso del mes de mayo, el número de obreros sindicados se dobló. La influencia de los bolcheviques en los sindicatos crecía aún más rápidamente.

En todas la elecciones parciales a los soviets triunfaban los bolcheviques. El primero de junio había ya en el Soviet de Moscú doscientos seis bolcheviques por ciento setenta y dos mencheviques y ciento diez socialrevolucionarios. Idénticos cambios se producían en provincias, aunque con mayor lentitud. Los efectivos del parido crecían sin cesar. A finales de abril, la organización de Petrogrado contaba con cerca de quince mil miembros; a finales de junio, el número de afiliados era ya de treinta y dos mil.

En la sección obrera del Soviet de Petrogrado tenían ya, por aquel entonces, mayoría los bolcheviques. Pero en las asambleas mixtas de ambas secciones la mayoría aplastante correspondía a los delegados soldados. La Pravda no se cansaba de pedir elecciones generales. «Los quinientos mil obreros de Petrogrado tienen en el Soviet cuatro veces menos delegados que los ciento cincuenta mil soldados de la guarnición.»

En el Congreso de los Soviets celebrado en junio, Lenin reclamó medidas serias para combatir el lockout, las expoliaciones y el desbarajuste deliberado que en la vida económica introducían los industriales y los banqueros. «Hay que dar publicidad a los beneficios de los señores capitalistas, detener a cincuenta o cien millonarios. Bastará con tenerlos encerrados unas cuantas semanas, aunque sea con el régimen de favor que se dispensa a Nicolás Romanov, con el solo fin de obligarles a poner al descubierto los engaños, los manejos, los negocios sucios que bajo el nuevo gobierno siguen costando millones de rublos a nuestro país.» A los jefes del Soviet esta proposición de Lenin les parecía monstruosa. «¿Es que se puede variar el curso de las leyes que rigen la vida económica con medidas de violencia contra unos cuantos capitalistas?» Parecíales natural que los industriales dictasen a la economía sus leyes conspirando contra la nación. Un mes después, Kerenski, que dejó caer sobre Lenin todo el furor de su indignación, no reparaba en detener a miles de obreros, cuya opinión acerca de las «leyes que rigen la vida económica» difería de la de los industriales.

El nexo entre la economía y la política habíase puesto al desnudo. Ahora, el Estado, acostumbrado a obrar en calidad de principio místico, obraba, cada vez con más frecuencia, en su forma más primitiva, es decir, personificado por destacamentos armados. En distintas partes del país, los obreros hacían comparecer por la fuerza ante el Soviet o arrestaban en sus domicilios a los patronos que se negaban a hacer concesiones y algunos hasta a negociar. Se explica perfectamente que las clases poseedoras distinguiesen con sus odios a la milicia obrera.

El acuerdo primeramente tomado por el Comité ejecutivo de armar al10 por 100 de los obreros no se había puesto en práctica. Pero los obreros se las arreglaban para armarse más o menos bien, debiendo tenerse en cuenta que en estas milicias se encuadraban los elementos más activos. la dirección de la milicia obrera estaba en manos de los Consejos de fábrica, cuya jefatura iba concentrándose, poco a poco, en manos de los bolcheviques. Un obrero de la fábrica de Moscú, Postavchik, cuenta: «El primero de junio, inmediatamente de elegirse el nuevo Consejo de fábrica con una mayoría bolchevique..., se procedió a formar un destacamento de ochenta hombres, que, a falta de armas, aprendía la instrucción militar con bastones, al mando del camarada Lievakov, antiguo soldado.»

La prensa acusaba a la milicia de cometer violencias y llevar a cabo requisas y detenciones ilegales. Evidentemente, la milicia obrera ponía en práctica la coacción; no había sido creada para otra cosa. Pero lo imperdonable era que aplicase la violencia a los representantes de una clase que no estaba acostumbrada, ni quería acostumbrarse, a ser tratada así.

El 23 de junio se reunió en la fábrica de Putilov, fábrica que tuvo un papel dirigente en la lucha por la subida de salarios, una asamblea, en la que estaban representados el Consejo central de los comités de fábrica, el buró central de los sindicatos y setenta y tres fábricas. Bajo la influencia de los bolcheviques, la asamblea reconoció que, en aquellas condiciones, si se planteaba la huelga en la fábrica podían empeñar a los obreros petersburgueses en una «lucha política desorganizada», por lo cual proponía a los obreros de la fábrica de Putilov que «contuviesen su legítima protesta», preparándose para dar la batalla general.

En vísperas de esta importante asamblea, la fracción bolchevique prevenía al Comité ejecutivo: «Esa masa de cuarenta mil hombres... puede lanzarse a la huelga el día menos pensado y echarse a la calle. Lo hubiera hecho ya, de no haberla contenido nuestro partido; pero nada nos garantiza que se consiga seguir conteniéndola en adelante. Y si los obreros de la fábrica de Putilov se echan a la calle, es indudable que arrastrarán consigo a la mayoría de obreros y soldados.»

Los jefes del Comité ejecutivo consideraban estos avisos como gritos demagógicos o, cuando no, celosos de su tranquilidad, hacían caso omiso de ellos. Ellos, por su parte, vivían apartados casi en absoluto de las fábricas y los cuarteles, pues sus figuras atraían ya los odios de los obreros y soldados. Sólo los bolcheviques gozaban del prestigio necesario para evitar que los obreros y los soldados se lanzasen a acciones dispersas. Sin embargo, la impaciencia de las masas se volvía a veces incluso contra los propios bolcheviques.

En las fábricas y en la escuadra hicieron su aparición algunos anarquistas, quienes no tardaron en revelar su inconsistencia orgánica, como siempre, ante las grandes masas y los grandes acontecimientos. A los anarquistas les era muy fácil negar el poder político, no teniendo como no tenían la menor idea acerca de la importancia de los soviets como órganos del nuevo Estado. Justo es decir que, aturdidos por la revolución, lo más corriente era que guardaran silencio en lo tocante a la cuestión del Estado. Su independencia y originalidad manifestábanse principalmente en pequeños tiros de cohete. Las dificultades económicas y la exasperación, cada día mayor, de los obreros de Petrogrado brindaban a los anarquistas algunos puntos de apoyo. Incapaces de impulsar seriamente la correlación de fuerzas sociales con sujeción a la escala del Estado, propensos a entregarse como medida salvadora a cualquier impulso que viniese de abajo, acusaban, no pocas veces, a los bolcheviques de indecisión y hasta de pasteleo. Pero no solían pasar de la protesta. El eco que las intervenciones de los anarquistas despertaba en las masas servíales, a veces, a los bolcheviques para pulsar la presión del vapor en la caldera revolucionaria.

Bajo la avalancha patriótica que venía de todos lados, los marineros que habían acudido a recibir a Lenin a la estación de Finlandia declaraban, dos semanas después: «Si hubiéramos sabido..., por qué camino llegó a nuestro país, en vez de acogerle con vivas entusiastas le habríamos recibido con gritos indignados de: ¡Abajo Lenin! ¡Vuélvete al país por el cual has pasado para venir aquí!...» Los soviets de soldados de Crimea amenazaban, uno tras otro, con impedir por la fuerza de las armas la entrada de Lenin en la península patriótica, a la cual éste ni había pensado en ir. El regimiento de Volin, uno de los corifeos del 27 de febrero, llegó hasta acordar, en un momento de exaltación, detener a Lenin, y el Comité ejecutivo se vio obligado a tomar medidas para impedirlo. Este estado de opinión no se disipó por completo hasta la ofensiva de junio, para volver a manifestarse después en las jornadas de julio.

Al mismo tiempo, en las guarniciones situadas en los puntos más recónditos y en los sectores más alejados del frente, los soldados, la mayor parte de las veces sin apercibirse de ello, iban empleando cada día con mayor audacia el lenguaje del bolchevismo. En los regimientos, los bolcheviques se podían contar con los dedos, pero sus consignas iban adentrándose cada vez más en el ejército. Diríase que surgían espontáneamente en todos los ámbitos del país. Los liberales no veían en todo esto más que ignorancia y caos. El Riech decía: «Nuestro país se está convirtiendo ante nuestros ojos en una especie de manicomio en que mandan y campean una serie de posesos y la gente que aún no ha perdido del todo la razón se aparta asustada, arrimándose a las paredes.» Los «moderados» se han expresado en estos términos en todas las revoluciones. La prensa conciliadora se consolaba diciendo que los soldados, a pesar de todos los equívocos, no querían nada con los bolcheviques. Sin embargo, el bolchevismo inconsciente de las masas, en que se reflejaba la lógica del curso de los acontecimientos, era la verdadera fuerza, la fuerza indestructible del partido de Lenin.

El soldado Pireiko cuenta que en las elecciones el Congreso de los soviets, celebradas en el frente después de tres días de discusiones, todos los puestos fueron para socialrevolucionarios, pero que, a renglón seguido, sin hacer caso de las protestas de los jefes, los diputados soldados votaron un acuerdo sobre la necesidad de quitar la tierra a los grandes propietarios sin esperar a la Asamblea constituyente. «En las cuestiones asequibles a los soldados, el estado de opinión de éstos era más izquierdista que el de los bolcheviques más extremos.» A esto era a lo que se refería Lenin cuando decía que «las masas estaban cien veces más a la izquierda que nosotros.»

El escribiente de un taller de motocicletas de una población de la provincia de Táurida cuenta que, muchas veces, después de leer un periódico burgués, los soldados cubrían de insultos a los bolcheviques, e inmediatamente se ponían a razonar sobre la necesidad de acabar con la guerra, de quitar la tierra a los grandes propietarios, etc. Así era como pensaban aquellos «patriotas», que se juramentaban para no dejar entrar a Lenin en Crimea.

Los soldados de las gigantescas guarniciones del interior estaban inquietos, la aglomeración de aquellas masas inmensas de hombres ociosos que esperaban impacientemente que les sacasen de allí, creaba un estado de enervamiento, acusado luego por una desazón que los soldados trasplantaban a la calle, yendo y viniendo de acá para allá en tranvía y pasándose las horas muertas mascando semillas de girasol. Aquel soldado, con el capote terciado a la espalda y una cáscara de girasol en los labios, acabó por convertirse en la imagen más odiada de la prensa burguesa. Y el mismo soldado a quien durante la guerra habían adulado con los halagos más repugnantes, lo que, por otra parte, no era obstáculo para que en el frente se le azotara; a quien después de la revolución de Febrero se le ponía por las nubes como libertador, se le convertía de pronto en un egoísta, en un traidor y en un agente de los alemanes. No había vileza que la prensa patriótica no fuese capaz de achacar a los soldados y marineros rusos.

El Comité ejecutivo no sabía hacer más que justificarse, luchar contra la anarquía, sofocar los excesos, pedir tímidamente informaciones y cursar consejos. El presidente del Soviet de Tsaritsin -ciudad a la que se tenía por el nido del «anarcobolchevismo»-, preguntado por el centro acerca de la situación, contestó con una frase lapidaria. «Cuanto más evoluciona a izquierda la guarnición, más hacia la derecha se inclina el burgués.» La fórmula de Tsaritsin es perfectamente aplicable a todo el país. El soldado se radicalizaba, el burgués evolucionaba hacia la derecha.

Y con tanta tenacidad trataban del bolchevique los de arriba al soldado capaz de expresar con más audacia que los demás lo que sentían todos, que acabó por creerse que real y verdaderamente lo era. las cavilaciones de los soldados, partiendo de la paz y de la tierra, iban concentrándose en el tema del poder. El eco que hallaban las consignas dispersas de los bolcheviques convertíase en una simpatía consciente hacia este partido. El regimiento de Volin, que en abril se disponía a detener a Lenin, dos meses después se había convertido al bolchevismo. Otro tanto sucedió con los regimientos de Eguer y de Lituania. Los tiradores letones habían sido creados por la autocracia para explotar en provecho de la guerra el odio de los campesinos y de los obreros del campo contra los barones bálticos. Estos regimientos combatían de un modo magnífico. Pero el espíritu de rivalidad de clase, en el que pretendía apoyarse la monarquía, se trazó sus propios derroteros.. Los tiradores letones fueron unos de los primeros en romper, primero con la monarquía y luego con los conciliadores. Ya el 17 de mayo, los representantes de ocho regimientos se adhirieron casi por unanimidad al grito bolchevique: «¡Todos el poder a los soviet!» Estos regimientos desempeñaron un gran papel en el rumbo seguido por la revolución.

Un soldado anónimo escribe desde el frente: «Hoy, 13 de junio, se ha celebrado una pequeña reunión en el cuarto de banderas; en ella, se ha hablado de Lenin y Kerenski. La mayor parte de los soldados simpatizan con Lenin, pero los oficiales dicen que Lenin es un burgués.» Después del desastre de la ofensiva el nombre de Kerenski fue, en el ejército, blanco de todos los odios.

El 21 de junio, los alumnos de las academias militares recorrieron las calles de Peterhof, con banderas y cartelones, en que se leía: «¡Abajo los espías! ¡Vivan Kerenski y Brusílov!» Era natural que los kadetes aclamasen a Brusílov. los soldados del cuarto batallón se abalanzaron sobre ellos y los dispersaron. Lo que mayor indignación levantaba era el cartelón en honor de Kerenski.

La ofensiva de junio aceleró considerablemente la evolución política dentro del ejército. La popularidad de los bolcheviques, único partido que había levantado la voz contra la ofensiva, creció con una rapidez vertiginosa. Es cierto que los periódicos bolcheviques encontraban dificultad para llegar al ejército. Su tirada era extraordinariamente pequeña, comparada con la de la prensa liberal y patriótica. «...No hay modo de hacerse aquí con uno de vuestros periódicos -escribe a Moscú la tosca mano de un soldado-, y sólo nos enteramos de lo que dicen por referencias. Los periódicos burgueses los mandan en paquetes por todo el frente y nos los reparten gratis.» Esta prensa patriótica era precisamente la que se encargaba de crear a los bolcheviques una admirable popularidad. No había caso de protesta de los oprimidos, de confiscación de tierras, de venganza contra los odiados oficiales, que estos periódicos no atribuyesen inmediatamente a los bolcheviques. De esto, los soldados sacaban, naturalmente, la conclusión de que los tales bolcheviques eran gente que sabía lo que se traía entre manos.

A principios de junio, el comisario del 12º Ejército decía a Kerenski, informándole del estado de espíritu de los soldados: «Todas las culpas se hacen recaer, en último término, sobre los ministros burgueses y el Soviet, del que se dice que está vendido a la burguesía. En general, en la masa domina una terrible ignorancia; por desgracia, hay que reconocer que, de algún tiempo a esta parte, ni siquiera se leen los periódicos. La palabra impresa inspira una desconfianza absoluta. Las frases más corrientes son: «Sí, sí; nos alimentan con buenas palabras», «Nos enredan»»... En los primeros meses, los informes de los comisarios patrióticos eran otros tantos himnos entonados al ejército revolucionario, a su conciencia y a su disciplina. Cuando después de cuatro meses de decepciones ininterrumpidas, el ejército perdió la confianza en los oradores y en los periodistas gubernamentales, aquellos mismos comisarios descubrieron toda la tosquedad y la ignorancia que en él se albergaban.

Y, al paso que la guarnición se radicalizaba, el burgués evolucionaba hacia la derecha. Alentadas por la ofensiva, las ligas contrarrevolucionarias brotaban en Petrogrado como los hongos después de la lluvia. Estas organizaciones escogían nombres a cual más sonoro: «Ligar del Honor de la Patria», «Liga del Deber Militar», «Batallón de la Libertad», «Organización del Espíritu» y por ahí adelante. Estas brillantes etiquetas encubrían los apetitos y los designios de la aristocracia, de la oficialidad, de la burocracia, de la burguesía. Algunas de estas organizaciones, tales como la «Liga Militar», la «Asociación de los Caballeros de San Jorge» o la «División voluntaria», eran otros tantos puntos de apoyo declarados para el complot militar. Estos caballeros del «honor» y del «espíritu», que se nos presentaban como inflamados patriotas, no tenían el menor reparo en ir a llamar, cuando les convenía, a las puertas de las misiones aliadas, y muchas veces obtenían del gobierno la ayuda financiera que no había sido posible conceder al Soviet, por ser una «organización de carácter privado».

Uno de los retoños de la familia del magnate periodístico Suvorin emprendió, por aquel entonces, la publicación de un periódico, titulado Pequeña Gaceta, que se hacía pasar por órgano del «socialismo independiente», predicando una dictadura férrea, para la cual proponía como candidato al almirante Kolchak. La prensa más sólida, sin atreverse todavía a soltar prenda del todo, se esforzaba por todos los medios en crear al almirante prestigio y popularidad. La suerte que más tarde había de correr Kolchak demuestra que ya a principios del verano de 1917 se tramaba un amplio complot a base de su nombre y que, detrás de Suvorin, había elementos influyentes.

La reacción, inspirándose en un cálculo táctico al alcance de cualquiera, aparentaba -basta fijarse en las virtudes sueltas- dirigir el golpe contra los partidarios de Lenin exclusivamente. La palabra «bolchevique» era sinónimo de todas las furias infernales. Y así como antes de la revolución, la oficialidad zarista hacía recaer sobre los espías alemanes, principalmente sobre los judíos, la responsabilidad de todas las calamidades, la de su propia estupidez inclusive, ahora, después del fracaso de la ofensiva de junio, la responsabilidad de todos los fracasos y derrotas se achacaba, naturalmente, a los bolcheviques. En este punto, los demócratas tipo Kerenski y Tsereteli se identificaban, hasta confundirse, no sólo con los liberales del corte de Miliukov, sino hasta con los oscurantistas declarados de la casta del general Denikin.

Como sucede siempre, cuando las contradicciones alcanzan una tensión extrema, pero aún no ha llegado el momento de la explosión, donde la distribución de las fuerzas políticas se manifestaba de un modo más claro y franco no era en las cuestiones fundamentales, sino en las secundarias. Durante aquellas semanas, Kronstadt fue uno de los pararrayos de las pasiones políticas. La vieja fortaleza, llamada a ser el fiel vigía puesto a las mismas puertas marítimas de la capital del imperio, había levantado más de una vez, en tiempos pasados, la bandera de la insurrección. En Kronstadt no se había extinguido nunca, a pesar de las implacables represiones, la llama de la rebeldía. Después de la revolución, esta llama volvió a brillar con destellos amenazadores. En las columnas de la prensa patriótica, el nombre de la fortaleza marítima no tardó en convertirse en símbolo de los aspectos más abominables de la revolución, cifrados, naturalmente, en el bolchevismo. En realidad, el Soviet de Kronstadt no era aún bolchevique: en el mes de mayo, formaban parte de él 107 bolcheviques, 112 socialrevolucionarios, 30 mencheviques y 97 personas sin partido. Se trataba, claro está, de socialrevolucionarios y gentes sin partido de Kronstadt, es decir, de hombres que vivían sometidos a una presión elevada: ante las cuestiones de importancia, la mayoría seguía a los bolcheviques.

En el mundo de la política, los marineros de Kronstadt no sentían gran afición por las intrigas ni por la diplomacia. Para ellos, no había más que una norma: dicho y hecho. No tiene nada de particular que, ante aquel gobierno espectral de Kerenski, se inclinaran por métodos de acción extraordinariamente sencillos. El 13 de mayo, el Soviet votó el acuerdo siguiente: En Kronstadt, el único poder es el Soviet de obreros y soldados.»

La eliminación del comisario de gobierno, el kadete Pepeliayev, por ser la quinta rueda del carro, pasó perfectamente inadvertida. Se implantó un orden perfecto. En la ciudad prohibióse el juego y fueron clausuradas las casa de prostitución. El Soviet amenazó al que se presentara en la calle en estado de embriaguez con la «confiscación de los bienes y el envío al frente». Y la amenaza se llevó a la práctica, no una, sino varias veces.

Los marineros, gente templada bajo el régimen espantoso de la escuadra zarista y de la frontera marítima, acostumbrados al trabajo rudo, a los sacrificios y también a toda clase de excesos, ahora, que se abría ante ellos la perspectiva de una vida nueva, de la cual se sentían llamados a ser los dueños, ponían en tensión todas sus fuerzas para mostrarse dignos de la revolución. En Petrogrado, acosaban a amigos y enemigos y se los llevaban, casi por la fuerza a Kronstadt para que viesen de cerca quiénes eran y cómo gobernaban los marineros revolucionarios. Naturalmente, este estado de tensión moral no podía durar eternamente; pero duró bastante tiempo. Los marineros de Kronstadt se convirtieron en algo así como la orden militante de la revolución. Pero ¿de cuál? Desde luego, no de la que personificaba el ministro Tsereteli, con su comisario Pepeliayev. Kronstadt era como el augur de la segunda revolución. Por esto le odiaban tanto aquellos que tenían ya bastante y aun de sobra con la primera.

La prensa del orden presentó la destitución de Pepeliayev, que se había llevado muy discretamente, casi como una sublevación en armas contra la unidad del Estado. El gobierno dio sus quejas al Soviet. Éste nombró inmediatamente una delegación para enviarla a Kronstadt. La máquina del doble poder se puso en movimiento chirriando. El 24 de mayo, el Soviet de Kronstadt, en sesión a la que asistieron Tsereteli y Skobelev, se avino a reconocer, a instancias de los bolcheviques que, sin abandonar la lucha empeñada por el triunfo del poder de los soviets, estaba prácticamente obligado a someterse al gobierno provisional, en tanto no se instaurara el poder soviético en todo el país. Sin embargo, al día siguiente, bajo la presión de los marineros, indignados por estas concesiones, el Soviet declaraba que no había hecho otra cosa que dar a los ministros una «aclaración» de su punto de vista, que seguía siendo el mismo. Era un error táctico evidente, detrás del cual no había, sin embargo, más que un gran amor propio revolucionario.

Las esferas dirigentes decidieron aprovechar aquella ocasión que se les brindaba para dar una lección a los marineros de Kronstadt, obligándoles al mismo tiempo a expiar los viejos pecados. Huelga decir que actuó de acusador en esta causa Tsereteli. Con alusiones patéticas a los encarcelamientos que él mismo había sufrido, atacó especialmente a los marineros de Kronstadt, que tenían encerrados en los calabozos de la fortaleza a ochenta oficiales. Toda la prensa razonable hizo coro a sus palabras. Sin embargo, hasta los periódicos conciliadores, es decir, ministeriales, se veían obligados a reconocer que se trataba de «verdaderos ladrones» y de «hombres que se habían distinguido por su violencia salvaje»... Según las Izvestia, órgano oficioso del propio Tsereteli, los marineros que habían declarado como testigos «hablan de aplastamiento (por los oficiales detenidos) de la insurrección de 1906, de los fusilamientos en masa, de las barcas llenas de cadáveres de fusilados echados al fondo del mar, y de otros horrores... Los marineros relatan todo esto con gran sencillez, como si se tratara de la cosa más corriente del mundo.

Los marineros de Kronstadt se negaban tozudamente a entregar los detenidos al gobierno, que sentía, por lo visto, mucha más piedad por los verdugos y ladrones de sangre azul que por los marineros de 1906 y de tantos otros años, torturados ignominiosamente. Se explica perfectamente que el ministro de Justicia, Pereverzev, de quien Sujánov dice que era «una de las figuras sospechosas del ministerio de coalición», pusiera sistemáticamente en libertad a los representantes más viles de la gendarmería zarista encerrados en la fortaleza de Pedro y Pablo. Lo que más les preocupaba a aquellos aventureros democráticos era que la burocracia reaccionaria reconociera su nobleza de conducta.

Los marineros de Kronstadt lanzaron un manifiesto, contestando en los siguientes términos a las acusaciones de Tsereteli: «Los oficiales, gendarmes y policías detenidos por nosotros durante los días de la revolución han declarado por sí mismos a los representantes del gobierno que no pueden quejarse del trato que se les da en la cárcel. Es verdad que las cárceles de Kronstadt son muy malas; pero son las que el zarismo construyó para nosotros. Son las únicas que hay. Y si mantenemos en ellas a los enemigos del pueblo, no es precisamente por espíritu de venganza, sino por instinto revolucionario de conservación.»

El 27 de marzo, el Soviet de Petrogrado se reunió para juzgar a los marineros de Kronstadt. Trotski, que tomó la palabra en su defensa, advirtió a Tsereteli el papel que aquellos marineros estaban llamados a desempeñar en caso de peligro; es decir, cuando un general contrarrevolucionario intente echar la soga al cuello de la revolución; entonces, los kadetes darán jabón a la soga, mientras que los marineros de Kronstadt se alzarán para luchar y morir a nuestro lado. Este aviso convertíase en realidad tres meses después, con una insólita exactitud. En efecto; cuando el general Kornílov se sublevó y envió sus tropas sobre la capital, Kerenski, Tsereteli y Skobelev hubieron de llamar a los marineros de Kronstadt para que protegiesen el Palacio de Invierno. Pero en junio, los señores demócratas defendían el orden contra la anarquía, y ningún argumento, ninguna profecía tenía fuerza para ellos. Por 580 votos contra 168 y 74 abstenciones, Tsereteli hizo que el Soviet de Petrogrado aprobase su proposición declarando que el Kronstadt «anárquico» quedaba eliminado de la democracia revolucionaria. Tan pronto como el palacio de Marinski, reunido con impaciencia, recibió la noticia de que el acuerdo había sido votado, el gobierno cortó inmediatamente las comunicaciones telefónicas entre la capital y la fortaleza para el público, con el fin de evitar que el centro bolchevique influyese sobre los marineros, dio orden de que se retirasen de Kronstadt todos los buques-escuela y exigió del Soviet de aquella plaza una «sumisión incondicional». El Congreso de los Diputados campesinos, reunido por aquellos días, amenazó con «privar a Kronstadt de subsistencia». La reacción que acechaba detrás de los conciliadores buscaba un desenlace decisivo y, a ser posible, sangriento.

«El paso irreflexivo dado por el Soviet de Kronstadt -escribe Ygov, uno de los historiadores nuevos- podría provocar consecuencias desagradables. Era preciso encontrar una salida a aquella situación.» Con este fin se trasladó Trotski a Kronstadt, donde habló en el Soviet y redactó una declaración que fue votada primero por éste y aclamada luego en el mitin celebrado en la plaza del Áncora. Los marineros de Kronstadt, sin dejar de mantener sus posiciones del principio, hicieron las concesiones necesarias en el terreno práctico.

La solución pacífica del conflicto puso frenética a la prensa burguesa: «En la fortaleza reina la anarquía». «Los de Kronstadt acuñan moneda propia» -los periódicos reproducían modelos fantásticos de tal moneda-. «Se dilapidan los bienes del Estado», «Las mujeres han sido socializadas», «Todo el mundo roba, y reina la más escandalosa de las orgías». Los marineros, que se sentían orgullosos del severo orden que habían implantado, apretaban los callosos puños al leer aquellos periódicos que difundían en millones de ejemplares aquellas especies calumniosas por toda Rusia.

Tan pronto como los oficiales de Kronstadt se pusieron a disposición de los tribunales, los órganos judiciales de Pereversev se apresuraron a ponerlos en libertad, uno detrás de otro. Sería muy instructivo saber cuántos y quiénes, entre los oficiales puestos en libertad, tomaron parte luego en la guerra civil, y cuántos marineros, soldados, obreros y campesinos fueron fusilados y ahorcados por ellos. Por desgracia, no disponemos de medios para levantar aquí este interesantísimo balance.

El prestigio del poder estaba a salvo. Mas tampoco los marineros tardaron en obtener satisfacción de las vejaciones de que les habían hecho objeto. De todos los ámbitos del país empezaron a llegar saludos al Kronstadt rojo: de los soviets más izquierdistas, de las fábricas, de los regimientos, de los mítines. El primer regimiento de ametralladoras manifestó en las calles de Petrogrado su respeto hacia los marineros de Kronstadt «por su firme actitud de desconfianza hacia el gobierno provisional».

Entre tanto, Kronstad se preparaba para tomar una revancha más importante. La campaña de la prensa burguesa había conseguido convertir a Kronstadt en un factor de importancia nacional. «El bolchevismo -escribe Miliukov-, después de haberse hecho fuerte en Kronstadt, tendió por todo el país una vasta red de propaganda, con ayuda de agitadores debidamente adiestrados. Los comisarios de Kronstadt iban también con su misión al frente, donde minaban la disciplina, y al campo. donde predicaban la devastación de las grandes propiedades. El Soviet de Kronstadt equipaba a sus emisarios con documentación especial: «N.N. va enviado a esa provincia para participar, con derecho de voto, en los Comités de distrito y en los cantones locales, como asimismo para tomar parte en los mítines y organizar los que considere conveniente y dónde y cuándo le parezca.» Viajaban con «derecho a llevar armas, y billete de libre circulación por todas las líneas férreas y marítimas». Además, «el Soviet de Kronstadt garantiza la inviolabilidad personal del mencionado agitador».

Al denunciar la labor de zapa de los marineros bálticos, Miliukov se olvida de explicar cómo y por qué, bajo la vigilancia de unas autoridades tan sabias y prudentes, y existiendo en Rusia instituciones y periódicos como aquéllos, unos marineros, armados con la extraña credencial del Soviet de Kronstadt, podían recorrer sin obstáculos todo el país, de punta a punta, encontrando en todas partes la casa abierta y la mesa puesta, siendo admitidos en todas las asambleas populares, escuchados atentamente dondequiera que hablasen, y estampando con sus puños de marinero una huella en los acontecimientos históricos. A este historiador puesto al servicio de la política liberal no se le ocurre siquiera hacerse esta sencilla pregunta. Todo el milagro de Kornstadt estaba, lisa y llanamente, en que aquellos marineros acertaban a dar una expresión mucho más profunda y fiel a las exigencias de la evolución histórica que los más sabios profesores. Aquellas credenciales mal escritas demostrábanse, para decirlo en el lenguaje de Hegel, reales porque eran racionales, mientras que planes subjetivamente inteligentísimos acreditaban una inconsistencia, porque la razón de la historia no quería nada con ellos.

Los soviets iban rezagados con respecto a los comités de fábrica, los comités de fábrica marchaban a la zaga de las masas, los soldados a la zaga de los obreros y, en proporciones aún mayores, las provincias a la zaga de la capital. Era la dinámica inevitable del proceso revolucionario, que engendraba miles de contradicciones para luego superarlas como el azar, sin esfuerzo, jugando casi, y engendrar inmediatamente otras nuevas. Asimismo iba a la zaga de la dinámica revolucionaria el partido, es decir, la organización que menos derecho tiene a rezagarse, sobre todo en momentos revolucionarios. En los centros obreros, en Yekaterinburg, Perm, Tula, Nijni-Novgorod, Sormov, Kolomna, Ysovka, los bolcheviques no se separaron de los mencheviques hasta fines de mayo. En Odessa, Nikolayev, Yelisavetgrad, Poltava y otros centros de Ucrania, estábamos a mediados de junio, y aún no contaban con organizaciones independientes. En Bakú, Ziatoust, Bejetsk, Kostroma, no se separaron definitivamente de los mencheviques hasta fines de junio. Estos hechos no pueden por menos de parecer sorprendentes, teniendo en cuenta que, a los cuatro meses de esto, los bolcheviques tomaban el poder. ¡Cuán alejado había estado el partido durante la guerra del proceso molecular que se estaba operando en la masa, y cuán al margen se hallaba, en el mes de marzo, la dirección Kámenev-Stalin de los grandes objetivos históricos! Los acontecimientos de la revolución cogieron desprevenido al partido más revolucionario conocido hasta hoy por la historia humana. Pero este partido se rehizo bajo el fuego y apretó sus filas bajo el empuje de los acontecimientos. En estos momentos decisivos, las masas se hallaban «cien veces más a la izquierda» que el partido de izquierda más extremo.

Examinando de cerca cómo crecía el ascendiente, el incremento de los bolcheviques con la fuerza de un proceso histórico natural, se ponen al descubierto sus contradicciones y zigzagueos, sus flujos y reflujos. Las masas son heterogéneas y, además, sólo aprenden a manejar el fuego de las revoluciones chamuscándose los dedos en él y dando marcha atrás. Los bolcheviques no podían hacer más que acelerar este proceso de adiestramiento de las masas. Para ello, su táctica era explicar, aclarar, paciente y sistemáticamente. cierto es que, en esta ocasión, no puede decirse que la historia no recompensase su paciencia.

Mientras que los bolcheviques se iban apoderando de las fábricas y de los regimientos, sin que nada pudiese contener su avance, las elecciones a las Dumas democráticas daban un predominio enorme y, al parecer, cada vez mayor a los conciliadores. Era ésta una de las contradicciones más agudas y enigmáticas de la revolución. Cierto es que la Duma de la barriada de Viborg, totalmente proletaria, se enorgullecía de su mayoría bolchevique. Pero esto era una excepción. En las elecciones municipales celebradas en Moscú en junio, los socialrevolucionarios obtuvieron más del sesenta por ciento de los votos. Esta cifra les asombró a ellos mismos, pues no podían por menos de tener la sensación de que su influencia decrecía rápidamente. Las elecciones de Moscú ofrecen un interés extraordinario para quien quiera estudiar las relaciones que median entre el desarrollo efectivo de la revolución y su reflejo en los espejos de la democracia. Los sectores avanzados de los obreros y campesinos sacudíanse apresuradamente las ilusiones conciliadoras. Entre tanto, las grandes capas de la pequeña burguesía urbana empezaban apenas a moverse. A estas masas dispersas, las elecciones democráticas les brindaban tal vez la primera, en todo caso, una de las raras posibilidades de manifestarse políticamente. Mientras que el obrero, todavía ayer menchevique o socialrevolucionario, votaba por el partido bolchevique, arrastrando consigo al soldado, el cochero, el portero, el tendero, el dependiente, el maestro de escuela, realizando un acto tan heroico como era votar por los socialrevolucionarios, salían por primera vez, políticamente de la nada. Los sectores pequeño-burgueses votaban fuera de tiempo ya por Kerenski, porque éste encarnaba a sus ojos la revolución de Febrero, que hasta hoy, hasta el momento de votar, no había llegado a ellos. Con su sesenta por ciento de mayoría socialrevolucionaria, la Duma de Moscú brillaba con el último resplandor de una vela que se iba apagando. Y lo mismo acontecía en los demás órganos de administración democrática. Apenas nacer, veíanse ya paralizados por la impotencia del retraso con que venían al mundo. Claro indicio de que la marcha de la revolución dependía de los obreros y de los soldados, y no de aquel polvo humano que el huracán de la revolución haría danzar en remolinos.

Tal es la dialéctica profunda, y a la par sencilla, del despertar revolucionario de las clases oprimidas. la más peligrosa de las aberraciones de la revolución consiste en que la mecánica aritmética de la democracia suma en el día de ayer el de hoy y el de mañana, con lo cual impulsa a los desorientados demócratas formales a buscarle la cabeza a la revolución en donde en realidad no tiene más que la cola. Lenin enseñó a su partido a distinguir la cola de la cabeza.


CAPITULO XXII


Capitulo XXII

El Congreso de los soviets y la manifestación de junio

 

 

 

 

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

 

 

 

El primer Congreso de los soviets, que sancionó los planes de ofensiva de Kerenski, se reunió el 3 de junio en Petrogrado, en el edificio de la Academia militar. Acudieron a él 820 delegados con voz y voto y 268 con voz, pero sin voto. Estos delegados representaban a 305 soviets locales y a 53 soviets cantonales y de distrito, a las organizaciones del frente, a los institutos armados del interior del país y a algunas organizaciones campesinas. Tenían voz y voto los soviets integrados por más de 25.000 miembros. Los formados por 10 a 25.000 sólo tenían voz. Basándose en estas normas, que, dicho sea de paso, es poco probable que se observaran al pie de la letra, puede calcularse que en el Congreso estaban representadas más de 20 millones de personas. De los 777 delegados que facilitaron datos sobre su filiación política, 285 resultaban ser socialrevolucionarios, 243 mencheviques y 105 bolcheviques; después venían otros grupos menos nutridos. El ala izquierda, formada por los bolcheviques y los internacionalistas, representaba menos de la quinta parte de los delegados. En su mayoría, el Congreso estaba compuesto por elementos que en marzo se habían hecho socialistas y en junio estaban ya cansados de la revolución. Petrogrado tenía que parecerles una ciudad de locos.

El Congreso empezó aprobando la expulsión de Grimm, un lamentable socialista suizo que había intentado salvar a la revolución rusa y a la socialdemocracia alemana negociando detrás de la cortina con la diplomacia de los Hohenzolern. La proposición presentada por el ala izquierda para que se discutiera inmediatamente la cuestión de la ofensiva que se estaba preparando fue rechazada por una mayoría abrumadora. Los bolcheviques no eran allí más que un puñado. Pero el mismo día y acaso a la misma hora, la conferencia de los Comités de fábrica de Petrogrado votaba, también por una aplastante mayoría, una resolución en la que se decía que sólo el poder de los soviets podía salvar al país.

Por miopes que fueran los conciliadores, no podían dejar de ver lo que estaba sucediendo diariamente a su alrededor. Influido seguramente por los delegados de provincias, Líber, este encarnizado enemigo de los bolcheviques, denunciaba en la sesión del 4 de junio a los ineptos comisarios del gobierno, a quienes en el campo no querían entregar el poder. «A consecuencia de esto, una serie de funciones de la competencia de los órganos del gobierno han pasado a manos de los soviets, incluso cuando éstos no lo deseaba.» Estos hombres se quejaban de sí mismos. Uno de los delegados, maestro de escuela, contaba en el Congreso que durante los cuatro meses de revolución no se había operado el cambio más insignificante en la esfera de la instrucción pública. Los antiguos maestros, inspectores, directores, etc., muchos de ellos antiguos afiliados a las «centurias negras», los viejos planes escolares, los viejos manuales reaccionarios, hasta los viejos subsecretarios del ministerio; todo seguía tranquilamente donde estaba. Sólo los retratos del zar habían sido descolgados para llevarlos al desván, de donde no era difícil, ciertamente, sacarlos para volverlos a sus sitios.

El Congreso no se decidió a levantar la mano contra la Duma ni contra el Consejo de Estado. El orador menchevique Bogdanov justificaba su timidez ante la reacción con el pretexto de que la Duma y el Consejo «no son más que instituciones muertas, inexistentes». Mártov, con su gracejo polémico habitual, replicóle: «Bogdanov propone que se declare la Duma inexistente, pero que no se atente contra su existencia.»

El Congreso, a pesar de la gran mayoría gubernamental, transcurrió en una atmósfera de inquietud e inseguridad. Aquel patriotismo remojado no daba ya más que llamaradas tímidas. Era claro que las masas estaban descontentas y que los bolcheviques eran incomparablemente más fuertes en el país, sobre todo en la capital, que en el Congreso. El debate mantenido entre los bolcheviques y los conciliadores, reducido a su raíz, giraban entorno a este tema: ¿A quién tiene que asociarse la democracia, a los imperialistas o a los obreros? Sobre el Congreso se cernía la sombra de la Entente. La cuestión de la ofensiva estaba resuelta de antemano, los demócratas no tenían más recurso que doblegarse. «En estos momentos críticos -decía Tsereteli, en tono de mentor- no debemos prescindir de ninguna fuerza social que pueda ser útil para la causa popular.» Era el argumento en que se fundaba la coalición de la burguesía. Y como el proletariado, el ejército y los campesinos estropeaban a cada paso los planes de los demócratas, había que declarar la guerra al pueblo bajo el manto de una guerra contra los bolcheviques. Ya hemos visto cómo Tsereteli no tenía inconveniente en «prescindir» de los marineros de Kronstadt para no arrojar de su regazo al kadete Pepliayev. La coalición se aprobó por una mayoría de 443 votos contra 126 y 52 abstenciones.

Las tareas de la inmensa e inconsistente asamblea congregada en la Academia militar de Petrogrado se distinguieron pro el tono pomposo de las declaraciones y la mezquindad conservadora de los cometidos prácticos. Esto imprimió a todas las resoluciones una huella de inutilidad y de hipocresía. El Congreso proclamó el derecho de todas las naciones de Rusia a gobernarse libre y soberanamente. Pero la clave de este problemático derecho se entregaba, no a las propias naciones oprimidas, sino a la futura Asamblea constituyente, en la que los conciliadores confiaban en tener mayoría, preparándose a capitular en ella ante los imperialistas, ni más ni menos que lo habían hecho en el gobierno.

El Congreso se negó a votar un decreto sobre la jornada de ocho horas. Tsereteli explicó las vacilaciones de la coalición en este terreno por las dificultades con que se tropezaba para coordinar los intereses de los distintos sectores de la población. ¡Cómo si en la historia se hubiera hecho nunca nada grande a fuerza de «coordinar intereses» y no imponiendo el triunfo de los intereses del progreso sobre los de la reacción!

Groman, economista del Soviet, presentó al final su inevitable proposición «sobre el desastre económico que se avecina y la necesidad de atajarlo mediante la reglamentación de la economía por el Estado». El Congreso votó esta resolución ritual, en la seguridad de que las cosas seguirían como estaban.

«Grimm ha sido expulsado -escribía Trotski el 7 de junio-, y el Congreso ha pasado al orden del día. Pero para Skobelev y sus colegas los beneficios capitalistas siguen siendo sagrados e inviolables. La crisis de las subsistencias se agudiza cada día más. En el terreno diplomático, el gobierno no cesa de recibir golpes. Finalmente, la ofensiva tan histéricamente proclamada, se echará muy pronto sobre los hombros del pueblo como una monstruosa aventura.» Tenemos paciencia y estaríamos dispuestos a seguir contemplando tranquilamente la clarividente actuación del ministerio Lvov-Terechneko-Tsereteli unos cuantos meses más. Necesitamos de tiempo para nuestra preparación. Pero el topo subterráneo mina aceleradamente, y con la ayuda de los ministros «socialistas» el problema del poder puede echárseles encima a los miembros de este Congreso mucho antes de lo que todos sospechamos.

Procurando atrincherarse ante las masas detrás de una autoridad superior a ellos, los caudillos hacían intervenir al Congreso en todos los conflictos pendientes, comprometiéndolo sin piedad a los ojos de los obreros y soldados de Petrogrado. El episodio más ruidoso de este género fue el sucedido con la casa de campo de Durnovo, antiguo dignatario zarista, que, siendo ministro del Interior, se cubrió de gloria con la represión de la revolución de 1905. La villa deshabitada de este odiado burócrata, cuyas manos, además, no estaban del todo limpias, fue ocupada por las organizaciones obreras de la barriada de Viborg, principalmente a causa de su inmenso jardín, que se convirtió en el lugar de juegos favorito de los niños. La prensa burguesa pintaba la villa confiscada como una cueva de bandidos, una especie de Kronstadt de la barriada de Viborg. Nadie se tomaba el trabajo de darse una vuelta por allí a comprobar la verdadera realidad. El gobierno, que sorteaba cuidadosamente todas las cuestiones de importancia, se entregó con verdadero ardor a la obra de salvar la villa de Durnovo. Se pidió la sanción del Comité ejecutivo para tomar medidas heroicas y, naturalmente, Tsereteli no la negó. El fiscal dio orden al grupo de «anarquistas» de que desahuciasen la casa en un plazo de veinticuatro horas. Los obreros, enterados de las acciones militares que se preparaban, lanzaron la voz de alarma. Los anarquistas, por su parte, amenazaron con resistirse por la fuerza de las armas. Veintiocho fábricas declararon una huelga de protesta. El Comité ejecutivo lanzó un manifiesto acusando a los obreros de Viborg de auxiliares de la contrarrevolución. Después de esta preparación, los representantes de la justicia y de la milicia penetraron en la madriguera del león. Pronto se comprobó que en la villa, en la que se habían instalado una serie de organizaciones obreras de cultura, reinaba el más completo orden. Y no hubo más remedio que retroceder de un modo ignominioso. Pero la cosa no paró ahí.

El 9 de junio cayó en el Congreso esta noticia como una bomba. La Pravda de aquella mañana publicaba un llamamiento a una manifestación organizada para el día siguiente. Cheidse, hombre asustadizo, razón por la cual propendía también harto fácilmente a asustar a los demás, declaró, con voz de ultratumba: "Si el Congreso no toma medidas, el día de mañana será fatal." Los delegados alzaron la cabeza, intranquilos. Para concebir la idea de enfrentar a los obreros y soldados de Petrogrado con el Congreso, no hacía falta ninguna cabeza genial: bastaba con fijarse en la situación. Las masas apretaban a los bolcheviques. Apretaba, sobre todo, la guarnición, temerosa de que, con motivo de la ofensiva, fueran a dispersarla y enviarla a distintos frentes. A esto se añadía el profundo descontento producido por la "Declaración de los derechos del soldado", que representaba un gran paso atrás, en comparación con el "decreto número 1", y el régimen que se había implantado de hecho en el ejército. La iniciativa de la manifestación partió de la organización militar de los bolcheviques. Los directores de la misma afirmaban fundadamente, como demostraron los acontecimientos, que si el partido no asumía la dirección, los soldados se echarían ellos mismos a la calle. Sin embargo, el cambio profundo operado en el estado de espíritu de las masas no era siempre fácilmente perceptible, y esto engendraba ciertas vacilaciones hasta entre los propios bolcheviques. Los directores de la misma afirmaban fundadamente, como demostraron los acontecimientos, que si el partido no asumía la dirección, los soldados se echarían ellos mismos a la calle. Sin embargo, el cambio profundo operado en el estado de espíritu de las masas no era siempre fácilmente perceptible, y esto engendraba ciertas vacilaciones hasta entre los propios bolcheviques. Volodarski no estaba seguro de que los obreros salieran a la calle. Había dudas asimismo acerca del giro que tomaría la manifestación. Los representantes de la organización militar afirmaban que los soldados, ante el miedo a que les atacasen, no saldrían a la calle desarmados. "¿En qué parará esta manifestación?", preguntaba el prudente Tomski, exigiendo que la cuestión volviera a examinarse con cuidado. Stalin afirmaba que "la efervescencia entre los soldados era indudable, pero que no podía decirse lo mismo, de un modo concluyente, con respecto a los obreros"; a pesar de todo, creía necesario resistir al gobierno. Kalinin, siempre más inclinado a rehuir la batalla que a aceptarla, se pronunciaba decididamente contra la manifestación, fundándose en la ausencia de un motivo claro, sobre todo en lo tocante a los obreros: "La manifestación será una cosa artificial". El 8 de junio, en la conferencia celebrada con los representantes de las barriadas, después de una serie de votaciones preliminares, 131 manos se levantaron en favor de la manifestación, seis votaron en contra y 22 se abstuvieron. La manifestación fue señalada para el domingo día 10 de junio.

Los trabajos preparatorios se llevaron en secreto hasta el último momento, con el fin de no dar a los socialrevolucionarios y mencheviques la posibilidad de emprender una campaña en contra. Esta legítima medida de previsión había de interpretarse más tarde como prueba de que existía un compló militar. El Consejo central de los Comités de fábrica se adhirió a la idea de organizar la manifestación. "Bajo la presión de Trotski, y contra el parecer de Lunacharski, que era contrario a la proposición -escribe Yugov-, el Comité de los meirayontsi, decidió adherirse a la manifestación." Los preparativos se llevaron a cabo con una energía febril.

La manifestación había de alzar bandera por el poder de los soviets. La divisa de combate era: "¡Abajo los diez ministros capitalistas!" Era el modo más sencillo de expresar la necesidad de romper el bloque con la burguesía. La manifestación se dirigía hacia la Academia militar, donde estaba reunido el Congreso. Con esto, se daba a entender que no se trataba de derribar al gobierno, sino de ejercer presión sobre los dirigentes de los soviets.

Huelga decir que en las reuniones preliminares celebradas por los bolcheviques no fueron éstas las únicas voces que sonaron. Por ejemplo, Smilga, que había sido elegido hacía poco miembro del Comité central, propuso "no renunciar a apoderarse de Correos, de Telégrafos y del Arsenal, si los acontecimientos toman el giro de un choque abierto". Otro de los reunidos, el miembro del Comité de Petrogrado, Latzis, escribía en su diario, refiriéndose a que había sido desechada la proposición de Smilga: "No puedo estar conforme con esto... Me pondré de acuerdo con los camaradas Semaschko y Rachjia, para estar preparados en caso de necesidad y apoderarnos de las estaciones, los arsenales, los Bancos y de Correos y Telégrafos, apoyándonos en el regimiento de ametralladoras." Semaschko era oficial de este regimiento y Rachjia un obrero bolchevique muy combativo.

"Este estado de espíritu era muy explicable. El partido navegaba derechamente rumbo a la toma del poder; lo problemático no era más que el modo de apreciar la situación. En Petrogrado se estaba operando un cambio evidente de opinión a favor de los bolcheviques; pero en provincias, este proceso se desarrollaba más lentamente; además, el frente necesitaba de la lección de la ofensiva para vencer su recelo contra los bolcheviques. Por eso Lenin se mantenía firme en su posición de abril: "Explicar pacientemente."

En sus Memorias, Sujánov expone el plan de la manifestación del 10 de junio como si se tratase de un designio deliberado de Lenin para adueñarse del poder, "caso de que las circunstancias fuesen propicias". En realidad, los que intentaron plantear la cuestión en estos términos fueron unos cuantos bolcheviques aislados que, según la expresión que les aplicaba, bromeando, Lenin, viraban "un poquitín más a la izquierda" de lo que era preciso. Sujánov no se molesta siquiera en contrastar sus arbitrarias conjeturas con la línea política mantenida por Lenin en numerosos discursos y artículos.

El buró del Comité ejecutivo exigió inmediatamente de los bolcheviques que suspendieran la manifestación. ¿Por qué razón? Era evidente que sólo el gobierno tenía atribuciones para prohibir formalmente la manifestación. Pero éste no se atrevía siquiera a pensar en tal cosa. ¿Cómo se explica que el Soviet, que era oficialmente una "organización privada" dirigida por el bloque de dos partidos políticos, pudiera prohibir una manifestación a un partido que nada tenía que ver con ellos? El Comité central del partido bolchevique se negó a acceder a la demanda, pero creyó oportuno subrayar aun más el carácter pacífico de la manifestación. El 9 de junio se fijó en los barrios obreros esta proclama de los bolcheviques: "Como ciudadanos libres, tenemos el derecho de protestar, y debemos aprovecharnos de este derecho antes de que sea demasiado tarde. El derecho a manifestarnos pacíficamente no puede discutírnoslo nadie."

Los conciliadores sometieron la cuestión al Congreso. Fue entonces cuando Cheidse pronunció aquellas palabras acerca de las consecuencias fatales que podría tener la manifestación, añadiendo que sería preciso constituirse toda la noche en sesión permanente. Guegtschkori, miembro de la presidencia, otro de los hombres de la Gironda, puso fin a su discurso con un denuesto grosero dirigido a los bolcheviques. "¡Apartad vuestras sucias manos de nuestra gran obra!" A pesar de sus requerimientos, a los bolcheviques no se les concedió el tiempo necesario para reunirse en fracción a deliberar sobre el asunto. El Congreso tomó el acuerdo de prohibir todo género de manifestaciones durante tres días. Ese acto de violencia contra los bolcheviques era, al propio tiempo, un acto de usurpación de funciones con respecto al gobierno; los Soviets seguían robándose neciamente el poder de debajo de la almohada.

A la misma hora, Miliukov hablaba en el Congreso cosaco y acusaba a los bolcheviques de ser los "principales enemigos de la revolución rusa". Según la lógica natural de las cosas, su mejor amigo era, indiscutiblemente, el propio Miliukov, que en vísperas de febrero se inclinaba más a aceptar la derrota infligida a Rusia por los alemanes que la revolución realizada por el pueblo ruso. Y como los cosacos preguntasen qué actitud había que adoptar con los adeptos de Lenin, Miliukov contestó: "Ya va siendo hora de acabar con esos señores." El jefe de la burguesía tenía demasiada prisa. Y, sin embargo, hay que reconocer que el tiempo apremiaba.

Entre tanto, en las fábricas y en los regimientos se celebraban mítines, en los cuales se acordaba echarse al día siguiente a la calle tremolando la divisa de «¡Todo el poder, a los soviets!» El ruido que arrancaban los Congresos soviético y cosaco hizo que pasara inadvertido el hecho de que en las elecciones a la Duma del barrio de Viborg obtuvieran 37 puestos los bolcheviques, 22 el bloque socialrevolucionario y menchevique y cuatro los kadetes.

Ante la categórica decisión del Congreso y la misteriosa alusión a la amenaza de un golpe de derecha, los bolcheviques decidieron revisar la cuestión. Lo que ellos querían era una manifestación pacífica y no una insurrección, y no tenían motivos para convertir en seminsurrección la manifestación prohibida. La presidencia del Congreso, por su parte, decidió tomar medidas. Unos cuantos centenares de delegados fueron organizados en grupos de diez y enviados a los barrios obreros y a los cuarteles con el fin de evitar la manifestación y volver después al palacio de Táurida para dar cuenta del cumplimiento de su cometido. El Comité ejecutivo de los diputados campesinos se asoció a esta expedición destinando a ella setenta hombres.

Aunque de un modo inesperado, los bolcheviques consiguieron lo que se proponían: los delegados del Congreso veíanse obligados a ponerse en contacto con los obreros y soldados de la capital. No se dejó que la montaña se acercara a los profetas, pero los profetas no tuvieron más remedio que acercarse a la montaña. Aquel encuentro resultó fecundo en alto grado. En las Izvestia del Soviet de Moscú, el corresponsal -un menchevique- traza el siguiente cuadro: «La mayoría del Congreso, más de quinientos miembros del mismo, se pasaron la noche en blanco, dividiéronse en grupos de a diez, que recorrieron las fábricas y los cuarteles de Petrogrado invitando a los obreros y a los soldados a no acudir a la manifestación... El Congreso no goza de prestigio en una parte considerable de las fábricas, como tampoco en algunos regimientos de la guarnición... Muy a menudo, los miembros del Congreso no eran acogidos con simpatía, ni mucho menos; a veces, se les recibía con hostilidad y hasta con rencor.» El órgano soviético oficial no exagera, ni mucho menos; al contrario, da una idea bastante atenuada de aquel encuentro nocturno entre los dos mundos.

Desde luego, después de ponerse al habla con las masas de Petrogrado, los delegados no podían abrigar ya ninguna duda respecto a quién podía, en lo sucesivo, acordar una manifestación o prohibirla. Los obreros de la fábrica de Putílov no accedieron a fijar el manifiesto del Congreso contra la manifestación hasta persuadirse, por la lectura de la Pravda, de que no contradecía al acuerdo de los bolcheviques. El primer regimiento de ametralladoras, que desempeñaba el papel de vanguardia en la guarnición, como lo desempeñaba la fábrica Putílov en los medios obreros, después de conocidos los informes de Cheidse y Avksentiev, presidentes de los dos Comités ejecutivos, votó la siguiente resolución: «De acuerdo con el Comité central de los bolcheviques y de la organización militar, el regimiento decide aplazar su acción...»

Las brigadas de pacificadores llegaban al palacio de Táurida, después de una noche entera sin dormir, en un estado de completa desmoralización. Ellos, que creían que la autoridad del Congreso era indiscutible, habían chocado contra un recio muro de desconfianza y hostilidad. «Las masas están al lado de los bolcheviques.» «Reina una actitud muy hostil contra los mencheviques y socialrevolucionarios.» «No creen más que a la Pravda.» En algunos sitios, nos gritaron: «No os consideramos como compañeros.» Uno tras otro, los delegados daban cuenta de cómo a pesar de haberse conseguido aplazar la batalla, habían sufrido una dura derrota.

Las masas se sometieron a la resolución de los bolcheviques, pero no sin protestas y manifestaciones de indignación. En algunas fábricas se votaron resoluciones censurando al Comité central. En los barrios obreros los miembros más fogosos del partido rompieron sus carnets. Era un aviso serio.

Los conciliadores razonaron la prohibición alegando que los monárquicos preparaban un complot, para el cual se hubieran aprovechado de la manifestación bolchevique; aludían a la participación de una parte del Congreso cosaco en este complot y a la marcha de tropas contrarrevolucionarias sobre Petrogrado. Era natural que, después de prohibida la manifestación, los bolcheviques exigieran explicaciones respecto al pretendido complot. Los jefes del Congreso, en vez de dar la contestación que se les pedía, acusaron de conspiradores a los propios bolcheviques. De este modo, salían bastante airosamente del apuro.

Hay que reconocer, sin embargo, que en la noche del 10 de junio los conciliadores descubrieron, en efecto, un complot que los conmovió profundamente. Era el complot tramado pro las masas con los bolcheviques contra los conciliadores. No obstante, el hecho de que los bolcheviques se hubiesen sometido a las órdenes del Congreso alentó a los conciliadores y permitió que su pánico se convirtiera en furor. Los mencheviques y socialrevolucionarios decidieron dar pruebas de una férrea energía. El 10 de junio, el periódico de los mencheviques decía: «Es hora ya de denunciar a los leninistas como traidores a la revolución.» El representante que habló en el Congreso de los cosacos en nombre del Comité ejecutivo, pidió que los cosacos apoyaran al Soviet contra los bolcheviques. El presidente, que era el atamán del Ural Dutov, le contestó: «Los cosacos estaremos siempre al lado del Soviet.» Los reaccionarios, para dar la batalla a los bolcheviques, estaban dispuestos a aliarse incluso con el Soviet, para luego poderlo estrangular de un modo más seguro.

El 11 de junio se reúne un tribunal imponente: el Comité ejecutivo, los miembros de la presidencia del Congreso, los dirigentes de las fracciones, unas cien personas en total. Como siempre, el papel del fiscal corre a cargo de Tsereteli, quien exige furiosamente que se tomen medidas severas, y trata con desdén a Dan, dispuesto siempre a atacar a los bolcheviques, pero que no acaba de decidirse a exterminarlos. «Lo que ahora hacen los bolcheviques se sale ya de los límites de la propaganda ideológica, para convertirse en un complot... Que nos dispensen, pero ha llegado la hora de adoptar otros métodos de lucha. Hay que desarmar a los bolcheviques. No se pueden dejar en sus manos los abundantes recursos técnicos de que hasta ahora han dispuesto. No podemos dejar en sus manos las ametralladoras y las armas. No toleraremos ningún complot.» Resonaba aquí una nueva nota: desarmar a los bolcheviques. Pero ¿qué significaba, en realidad, desarmar a los bolcheviques? Sujánov escribe, hablando de esto: «No hay que olvidar que los bolcheviques no tienen ningún depósito propio de armas. Estas se hallan en poder de los soldados y los obreros, que en su imponente mayoría siguen a los bolcheviques. Desarmar a los bolcheviques no puede significar más que desarmar al proletariado. Y no bastaría siquiera esto, pues habría que desarmar también a las tropas.»

Como se ve, se acerca el momento clásico de la revolución, ese momento en que la democracia burguesa, acosada por la reacción, pretende desarmar a los obreros que han asegurado el triunfo de una causa revolucionaria. Los señores demócratas, entre los cuales había gentes leídas, ponían invariablemente sus simpatías en los desarmados, nunca en los que desarmaban, cuando en los libros leían estas cosas, pero cuando el problema se planteaba ante ellos en la realidad tangible, las cosas cambiaban. El hecho de que fuera Tsereteli, un revolucionario que se había pasado varios años en presidio, que todavía ayer era un zimmerwaldiano, quien emprendiera el desarme de los obreros, no era cosa fácil de comprender. La sala, al oírlo, se quedó estupefacta. A pesar de todo, los delegados de provincias parecían darse cuenta de que les estaban empujando al abismo. Uno de los oficiales tuvo un ataque histérico.

No menos pálido que Tsereteli, Kámenev se puso en pie y exclamó, con un tono de dignidad cuya fuerza impresionó al auditorio: «Señor ministro, si no lanza usted sus palabras al viento, no tiene derecho a limitarse a amenazar. ¡Deténgame usted y sométame a proceso por conspirar contra la revolución!» Los bolcheviques abandonaron la sala en señal de protesta, negándose a tomar parte en el escarnio de que se hacía objeto a su partido. La tensión en la sala se hace insoportable.

Líber acude en auxilio de Tsereteli. Al furor contenido sucede en la tribuna el furor histérico. Líber exige que se adopten medidas implacables. «Si queréis que os siga la masa que está con los bolcheviques, romped con el bolchevismo.» Pero se le escucha sin ninguna simpatía, y basta con un cierto sentimiento de hostilidad.

Lunacharski, siempre impresionable, intenta encontrar inmediatamente palabras que no desentonen de los sentimientos de la mayoría: si bien los bolcheviques aseguraban que su intención no era otra que celebrar una manifestación pacífica, a él la propia experiencia le había enseñado que «era un error organizar la manifestación». Pero no había por qué agudizar el conflicto. Lunacharski irrita a los amigos sin conseguir calmar a los adversarios.

«No vamos contra las tendencias izquierdistas -dice jesuíticamente Dan, el jefe más experimentado, pero, al mismo tiempo, el más estéril de todo el pantano-; nuestro enemigo es la contrarrevolución. No tenemos la culpa de que detrás de vosotros acechen los agentes de Alemania.» Aquella alusión a los alemanes no tenía más objeto que suplir la carencia de argumentos. Huelga decir que entre todos ellos no podían aportar el nombre de un solo agente a sueldo de Alemania.

Tsereteli proponíase asestar el golpe. Dan no quería más que levantar la mano. Consciente de su impotencia, el Comité ejecutivo se asoció a la propuesta del segundo. La resolución que se sometió al Congreso al día siguiente tenía el carácter de una ley de excepción contra los bolcheviques, pero sin consecuencias prácticas inmediatas.

«Después de la visita girada a las fábricas y a los regimientos por vuestros delegados -rezaba la declaración escrita elevada al Congreso por los bolcheviques- no puede caber la menor duda de que si la manifestación no se ha celebrado no ha sido precisamente porque vosotros la hubieseis prohibido, sino porque nuestro partido la suspendió... La ficción del complot militar ha sido denunciada por un miembro del gobierno provisional para desarmar al proletariado de Petrogrado y disolver la guarnición de la capital... Aun dado el caso de que el poder del Estado pasara íntegramente a manos del Soviet -punto de vista que nosotros defendemos- y éste intentara poner trabas a nuestras campañas, esto nos obligaría, tal vez, no a someternos pasivamente, sino a aceptar la cárcel y cualesquiera otras sanciones en aras de la idea del socialismo internacional que nos separa de vosotros.»

La mayoría y la minoría del Soviet se enfrentaron durante aquellos días, como preparándose a librar la batalla decisiva. Pero, en el último momento, los dos bandos dieron un paso atrás. Los bolcheviques renunciaron a celebrar la manifestación: los conciliadores, a desarmar a los obreros.

A Tsereteli le dejaron en minoría sus huestes. Sin embargo, no puede negarse que, a su manera, tenía razón. La política de alianza con la burguesía había llegado a un punto en que era necesario reducir a la impotencia a las masas rebeldes. Únicamente desarmando a los obreros y a los soldados podía llevarse la política del bloque hasta el anhelado fin, o sea hasta la instauración del régimen parlamentario de la burguesía. Pero Tsereteli, aun teniendo razón, era impotente para imponerla. Ni los soldados ni los obreros hubieran entregado voluntariamente las armas. No hubiera habido más remedio que emplear contra ellos la fuerza. Tsereteli no tenía ya fuerza para tanto. Para obtenerla, si es que la había en algún lado, hubiera tenido que pactar con la reacción, quien, una vez aniquilado el partido bolchevique, se habría cuidado, sin pérdida de tiempo, de hacer lo mismo con los soviets conciliadores, y pronto le hubiera hecho saber a Tsereteli que él no era más que un simple ex presidiario. Pero el rumbo tomado más tarde por los acontecimientos demuestra que tampoco la reacción disponía de la fuerza necesaria.

Tsereteli basaba políticamente la necesidad de dar la batalla a los bolcheviques en el hecho de que, según él, éstos divorciaban al proletariado de los campesinos. Mártov le objetó: «No es del seno de la masa campesina precisamente de donde Tsereteli toma sus ideas. « El grupo de los kadetes de derecha, el grupo de los capitalistas, el grupo de los terratenientes, el grupo de los imperialistas, la burguesía de los países occidentales: ésos son los que exigen el desarme de los obreros y los soldados. Mártov tenía razón: en la historia, en las clases poseedoras se atrincheran no pocas veces, para hacer prosperar sus intereses, detrás de los campesinos.

Desde el día en que vieran la luz las tesis de abril mantenidas por Lenin, el peligro de que el proletariado se aislara de los campesinos fue el principal argumento de todos los que pugnaban por tirar para atrás la revolución. Se explica perfectamente que Lenin comparase a Tsereteli con los «viejos bolcheviques».

En uno de sus trabajos publicados en 1917, Trotski escribía, a este propósito: «El aislamiento en que se encuentra nuestro partido con respecto a los socialrevolucionarios y mencheviques, por radical que sea, llevado incluso hasta detrás de los muros carcelarios, no significa, ni mucho menos, el aislamiento del proletariado con respecto a las masas oprimidas de la ciudad y el campo. Al contrario, la recia oposición de la política del proletariado revolucionario contra la pérfida política de concesiones de los actuales dirigentes soviéticos es lo único que puede trazar una diferenciación política salvadora en los millones de campesinos, arrancar a los campesinos pobres a la dirección traicionera de los labriegos socialrevolucionarios acomodados y convertir al proletariado socialista en el verdadero caudillo de la revolución popular triunfante.»

Y, sin embargo, aquel argumento, falso hasta la médula, de Tsereteli resultó tener una gran fuerza vital. En vísperas de la revolución de Octubre, volvió a levantar cabeza con fuerza redoblada, como el argumento que esgrimían muchos «viejos bolcheviques» contra la toma del poder. Años después, al iniciarse la reacción ideológica contra las tradiciones de octubre, la fórmula de Tsereteli convirtióse en la principal arma teórica de la escuela de los epígonos.

En la misma sesión del Congreso de los soviets, que conoció, en rebeldía, del proceso contra los bolcheviques, el representante del menchevismo propuso, cuando menos se esperaba, que para el próximo domingo, 18 de junio, se organizase en Petrogrado y en las ciudades más importantes una manifestación de obreros y soldados, para patentizar a los enemigos la unidad y la fuerza de la democracia. La proposición, aunque dejó un poco perplejo al Congreso, fue aceptada. Un mes después, Miliukov explicaba de un modo bastante plausible este inesperado cambio de frente de los conciliadores: «Después de pronunciar en el Congreso de los soviets discursos de tono liberal, después de hacer fracasar la manifestación armada del 10 de junio..., los ministros socialistas tuvieron la sensación de que habían ido demasiado lejos en su acercamiento a nuestro campo, de que empezaba a faltarles el terreno en que pisaban. Entonces se asustaron y dieron un viraje hacia los bolcheviques.» Claro está que aquel acuerdo de organizar una manifestación para el 18 de junio no era precisamente un viraje hacia los bolcheviques, sino algo muy distinto: una tentativa de viraje hacia las masas contra el bolchevismo. El encuentro nocturno con los obreros y los soldados les había producido una impresión bastante fuerte a los elementos dirigentes de los soviets. Así se explica que, abandonando los propósitos imperantes al abrirse el Congreso, se publicase atropelladamente, en nombre del gobierno, un decreto disolviendo la Duma y convocando la Asamblea constituyente para el 30 de septiembre próximo. Las divisas de la manifestación habían sido concebidas de modo que no suscitaran la irritación de las masas:»Paz general», «Convocación inmediata de la Asamblea constituyente», «República democrática». Ni una palabra acerca de la ofensiva ni de la coalición. Lenin preguntaba en la Pravda: «¿Qué se ha hecho, señores, de aquella confianza absoluta en el gobierno provisional? ¿Por qué la lengua se os pega al paladar?» Estas ironías daban en el blanco: en efecto, los conciliadores no se atrevían a exigir de las masas que depositasen su confianza en el gobierno de que formaban parte.

Los delegados soviéticos, después de recorrer por segunda vez las barriadas obreras y los cuarteles, en vísperas de la manifestación, dieron informes muy alentadores al Comité ejecutivo. Tsereteli, a quien estos informes devolvieron la serenidad y la afición a desempeñar el papel de mentor, se dirigió en estos términos a los bolcheviques: «Ahora tenemos ocasión de pasar revista a nuestras fuerzas de un modo franco y honrado... Ha llegado la hora de que sepamos todos a quién sigue la mayoría: si a vosotros o a nosotros.» Los bolcheviques aceptaron el reto aun antes de que fuera formulado de un modo tan imprudente. «Acudiremos a la manifestación del 19 -decía la Pravda- para luchar por las mismas consignas por las que queríamos manifestarnos el día 10.»

Pensando seguramente en el entierro de marzo, que había sido, a lo menos exteriormente, una grandiosa manifestación de unidad de la democracia, la ruta trazada para ésta conducía también al Campo de Marte, a las tumbas de las víctimas de febrero. Pero la ruta era lo único que recordaba los ya lejanos días de marzo. Tomaron parte en la manifestación cerca de cuatrocientas mil personas: muchas menos, por tanto, que en el entierro: de esta manifestación soviética no sólo estaba ausente la burguesía, aliada de los soviets, sino que lo estaban también los intelectuales radicales, que en las otras paradas de la democracia habían ocupado un puesto tan preeminente. En sus filas formaban casi exclusivamente los cuarteles y las fábricas.

Los delegados del Congreso, congregados en el Campo de Marte, iban leyendo los cartelones que desfilaban ante ellos. Las primeras divisas bolcheviques fueron acogidas medio en broma. Era natural que así fuese; no en vano la víspera, Tsereteli había lanzado su reto con tanta firmeza. Lo malo era que estas consignas se repetían profusamente: «¡Abajo los diez ministros capitalistas!», «¡Abajo la ofensiva!», «¡Todo el poder a los Soviets!» La sonrisa irónica fue borrándose de los rostros. Las banderas bolchevistas iban desfilando, unas tras otras, en procesión inacabable. Los delegados no las tenían todas consigo. El triunfo de los bolcheviques era demasiado evidente para negarlo. «De vez en cuando -dice Sujánov- aparecían entre las banderas y las columnas bolcheviques las divisas específicamente socialrevolucionarias y soviéticas. Pero se perdían entre la masa.» Al día siguiente, el órgano oficioso del Soviet daba cuenta del furor con que en algunos sitios habían sido destrozadas las banderas con las consignas pidiendo un voto de confianza para el gobierno provisional. En estas palabras hay una evidente exageración. Por la sencilla razón de que sólo tres pequeños grupos portaban cartelones de homenaje al gobierno provisional: eran los amigos de Plejánov, el regimiento de cosacos y un grupo de intelectuales judíos afiliados al «Bund». Este trío combinado que, por los elementos que lo integraban, producía la impresión de un hecho político raro, parecía no tener más finalidad que poner al descubierto, para que todo el mundo lo viese, la impotencia del régimen. Ante los gritos de protesta de la multitud, los amigos de Plejánov y los del «Bund» se vieron obligados a retirar los cartelones. La bandera de los cosacos que mostraron más tozudez fue, en efecto, arrebatada y destrozada por el público.

«Lo que hasta ahora no era más que un arroyuelo -comentan las Izvestia- se ha convertido en un caudaloso río, cada vez más hinchado y que amenaza con desbordarse.» Se trataba de la barriada de Viborg, cubierta toda ella de banderas bolcheviques con la inscripción: «¡Abajo los diez ministros capitalistas!» Una de las fábricas tremolaba un cartelón que decía así: «El derecho a la vida está por encima del derecho de propiedad.» Esta divisa no obedecía a órdenes del partido.

Los delegados de provincias, aturdidos, buscaban a los jefes con los ojos. Éstos rehuían la mirada o se escabullían buenamente. Los bolcheviques asediaban a preguntas a los provincianos. ¿Se parece esto, acaso, a un puñado de conspiradores? Los delegados de provincias convenían en que no, en que no lo parecían. «No pude negarse que en Petrogrado sois una fuerza -reconocían en un tono bastante distinto del adoptado en la sesión oficial del Congreso-; pero no ocurre lo mismo en las provincias ni en el frente.» Esperad, les contestaban los bolcheviques, que pronto os llegará también a vosotros el turno y se alzarán en provincias los mismos cartelones.

«Durante el desfile -escribía el viejo Plejánov-, yo estaba en el Campo de Marte, al lado de Cheidse., Por su semblante, veía que no se engañaba en lo más mínimo respecto a la significación de aquella profusión asombrosa de carteles pidiendo el derrocamiento de los ministros capitalistas. Y aun parecían subrayar deliberadamente esa significación de las órdenes verdaderamente autoritarias con que se dirigían a él algunos de los representantes leninistas que desfilaban ante nosotros con aire triunfal.»

Desde luego, los bolcheviques tenían motivos para estar satisfechos. «Juzgando por los cartelones y las divisas de los manifestantes -decía el periódico de Gorki-, la manifestación del domingo ha puesto de relieve el triunfo completo alcanzado por el bolchevismo entre el proletariado petersburgués.» Era, en efecto, un gran triunfo, obtenido, además, en la palestra escogida por el propio adversario., El Congreso de los soviets, después de aprobar la ofensiva, aceptar la coalición y anatemizar a los bolcheviques, se aventuraba a llamar a la calle a las masas. Éstas acudían y le decían a la cara: votamos contra la ofensiva y contra la coalición; estamos al lado de los bolcheviques. Tal era el balance político de la manifestación de junio. Y se explica que el periódico de los mencheviques, iniciadores de la manifestación, preguntara melancólicamente al día siguiente: «¿A quién se le ocurrió esta desdichada idea?»

Naturalmente que no todos los obreros y soldados de la capital tomaron parte en la manifestación, como tampoco todos los manifestantes eran bolcheviques. Pero lo evidente era que nadie quería la coalición. Los obreros adversos aun al bolchevismo no sabían qué oponerle, razón por la cual su enemiga se tornaba en expectante neutralidad. No pocos mencheviques y socialrevolucionarios, que aún no habían roto con sus partidos pero que habían perdido ya la confianza en sus consignas, abrazaban las de los bolcheviques.

La manifestación del 18 de junio produjo una inmensa impresión a los propios manifestantes. Las masas vieron que el bolchevismo se convertía en una fuerza, y los vacilantes se sintieron atraídos hacia él. En Moscú, Kiev, Charkov, Yekaterinoslav y muchas ciudades provinciales, las manifestaciones pusieron de relieve los inmensos avances conseguidos por los bolcheviques sobre las masas. Por todas partes surgían los mismos lemas, clavados en el mismo corazón del régimen de Febrero. Había que sacar las consecuencias de todo esto. Parecía que ya los conciliadores no tenían salida del atolladero, cuando, a última hora, vino en su auxilio la ofensiva.

El 19 de junio, la avenida Nevski presenció varias manifestaciones patrióticas organizadas por los kadetes y con retratos de Kerenski por bandera. El propio Miliukov confiesa que estas manifestaciones se parecían tan poco a la que desfilara por aquellas mismas calles el día anterior, que al sentimiento de entusiasmo se unía involuntariamente la desconfianza. ¡Sentimiento muy legítimo! Pero los conciliadores respiraron tranquilos. Su pensamiento se remontó inmediatamente por encima de las dos manifestaciones, como la esencia de la síntesis democrática. Esta gente estaba condenada a apurar hasta las heces la copa de las decepciones y de la humillación.

En abril habían chocado en la calle dos manifestaciones: la revolucionaria y la patriótica, y el choque produjo víctimas. Las manifestaciones adversas del 18 y del 19 de junio se sucedieron la una a la otra. Esta vez no llegó a estallar la pugna violenta. Pero ya no se podía evitar que estallase., Lo que se hizo fue únicamente aplazarla hasta dos semanas después.

Los anarquistas, que no sabían cómo manifestar su fiera independencia, se aprovecharon de la manifestación del 19 de junio para asaltar la cárcel de Viborg. Los detenidos, presos comunes en su mayoría, fueron puestos en libertad, sin combate ni víctimas. El ataque no cogía desprevenida, manifiestamente, a la administración, que no ofreció la menor resistencia a la agresión de los anarquistas reales y supuestos. Este enigmático episodio no tenía nada que ver con la manifestación. Pero la prensa patriótica lo mezcló todo como le convino. Los bolcheviques propusieron en el Congreso de los soviets que se abriera una información rigurosa para averiguara como habían podido ponerse en libertad 460 presos de delitos comunes. Pero los conciliadores no podían permitirse este lujo, pues temían chocar con los representantes de la superioridad administrativa y con sus aliados del bloque. Además, no tenían el menor deseo de defender contra las calumnias malignas a la manifestación organizada por ellos.

El ministro de Justicia, Perevedzey, que unos días antes se había cubierto de oprobio en el asunto de la villa de Durnovo, decidió tomarse la revancha y, so pretexto de buscar a los reclusos evadidos, volvió a asaltar la dicha villa. Los anarquistas ofrecieron resistencia, y, durante el tiroteo que se abrió, resultó muerto uno de ellos, quedó la villa destrozada. Los obreros de la barriada de Viborg, que consideraban como suya esta casa, dieron la voz de alarma. En algunas fábricas abandonaron el trabajo. La alarma se extendió por otros barrios y hasta por los cuarteles.

Los últimos días de junio se caracterizan por un estado constante de efervescencia. El regimiento de Ametralladoras está dispuesto a lanzarse inmediatamente al ataque contra el gobierno provisional. Los huelguistas recorren los cuarteles invitando a los soldados a echarse a la calle. Una manifestación de protesta, formada por campesinos con uniforme de soldados, muchos ya canosos, recorre las calles: son hombres de cuarenta años, que exigen que les dejen marcharse a los trabajos del campo. Los bolcheviques se pronuncia contra la acción inmediata: la manifestación del 18 de junio ha dicho todo lo que tenía que decir: para obtener un cambio, no bastaba con manifestaciones, y la hora del golpe decisivo no había sonado aún. El 22 de junio, los bolcheviques dirigen un llamamiento a la guarnición: «No atendáis a las invitaciones que os hagan para que os echéis a la calle, en nombre de la organización militar.» Del frente llegan delegados que se lamentan de los actos violentos y de las sanciones de que son víctimas los soldados. La amenaza de disolver los regimientos insumisos no consigue más que echar leña al fuego. «En muchos regimientos, los soldados duermen con las armas al brazo», dice una declaración elevada por los bolcheviques al comité ejecutivo. Las manifestaciones patrióticas, no pocas veces armadas, provocan colisiones en las calles. Son pequeñas descargas de la electricidad acumulada. Ninguno de los bandos se decide a emprender la ofensiva: la reacción es demasiado débil y la revolución no tiene aún una confianza absoluta en sus fuerzas. Pero tal parece que las calles de la ciudad están regadas con materias explosivas. Flota en el ambiente la inminencia del choque. La prensa bolchevique explica y frena. La prensa patriótica exterioriza su inquietud lanzándose a una campaña desenfrenada contra los bolcheviques. El 25 de junio, Lenin escribe: «Los salvajes aullidos de furor y de rabia contra los bolcheviques son el gemido de los kadetes, los socialrevolucionarios y los mencheviques por su propia impotencia. Tienen la mayoría. Están en el poder. Forman un bloque. Y ven que, a pesar de todo, no pueden nada. ¿Cómo no han de ponerse furiosos contra los bolcheviques?


CAPITULO XXIII


Capitulo XXIII

Conclusión

 

 

 

 

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

 

 

 

En las primeras páginas de este trabajo hemos intentado poner de manifiesto cuán profundamente enraizada estaba la revolución de Octubre en las relaciones sociales de Rusia. Nuestro análisis no ha sido construido, ni mucho menos, retrospectivamente a la vista de los acontecimientos consumados, es anterior a la revolución. Y data incluso del año 1905, que le sirvió de prólogo.

Hemos aspirado en estas páginas a demostrar cómo actuaron las fuerzas sociales de Rusia sobre los acontecimientos de la revolución. Hemos seguido la actuación de los partidos políticos en sus relaciones con las clases. Las simpatías y las antipatías del autor pueden dejarse a un lado. Una exposición histórica tiene derecho a exigir que se reconozca su objetividad si, basándose en hechos contrastados con precisión, pone al desnudo el nexo intrínseco que los une en el plano del proceso real de las relaciones sociales. Las leyes internas que presiden este proceso y que salen a la luz en esa exposición son la mejor comprobación de su objetividad.

Por el momento, los acontecimientos de la revolución de Febrero que hemos hecho desfilar ante los ojos del lector han confirmado el pronóstico teórico, por lo menos a medias, por el método de las eliminaciones sucesivas: antes de que el proletariado subiera al poder, la vida se encargó de someter a prueba y desechar por inservibles todas las demás variantes del proceso político.

El gobierno de la burguesía liberal, con su rehén democrático, Kerenski, resultó ser un completo fracaso. Las «jornadas de abril» fueron el primer aviso franco que la revolución de Octubre daba a la de Febrero. Después de esto, el gobierno provisional burgués cede el puesto a un gobierno de coalición, cuya esterilidad no pasa día sin que se ponga de manifiesto. En la manifestación de junio, desencadenada por el propio Comité ejecutivo, aunque, la verdad sea dicha, no de un modo totalmente voluntario, la revolución de Febrero intenta medir sus fuerzas con la de Octubre y sufre una derrota cruel. Esta derrota era doblemente fatal por ocurrir en las calles de Petrogrado y haber sido inflingida por aquellos mismos obreros y soldados que habían hecho la revolución de Febrero, que luego les fue arrebatada de las manos por el resto del país. La manifestación de junio demostró que los obreros y soldados de Petrogrado navegaban hacia una segunda revolución, cuyas aspiraciones aparecían inscritas en sus banderas. Había signos inequívocos de que el resto del país seguía, aunque con el retraso inevitable, las huellas de Petrogrado. Al cuarto mes de existencia, la revolución de Febrero había dado ya políticamente todo lo que podía dar de sí. Los conciliadores habían perdido la confianza de los obreros y los soldados. El choque entre los partidos dirigentes de los soviets y las masas soviéticas era ya inevitable. Después de la manifestación del 28 de junio, que fue una contrastación pacífica de los efectivos de las dos revoluciones, la pugna irreductible entre una y otra tenía que tomar inexorablemente un carácter declarado y violento.

Así surgieron las «jornadas de julio». Dos semanas después de la manifestación organizada desde arriba, aquellos mismos obreros y soldados se echaron ya a la calle por propia iniciativa y exigieron del Comité ejecutivo central que tomara el poder. Los conciliadores se negaron a ello rotundamente. Las jornadas de julio acarrearon encuentros violentos en las calles, con víctimas, y terminaron con una represión despiadada contra los bolcheviques, a quienes se declaró responsables de la inconsistencia del régimen de Febrero. La proposición que había formulado Tsereteli el 11 de junio y que entonces fue rechazada -decretar a los bolcheviques fuera de la ley y desarmarlos- llevóse a la práctica en toda su integridad a principios de julio. Los periódicos bolcheviques fueron clausurados y se procedió a la disolución de los regimientos bolchevistas. Se les quitaron las armas a los obreros. Los jefes del partido fueron declarados agentes a sueldo del Estado Mayor alemán. Unos se escondieron, otros fueron a dar con sus huesos en la cárcel.

Pero en este «triunfo» obtenido en julio por los conciliadores sobre los bolcheviques, fue precisamente donde se puso de manifiesto, en toda su magnitud, la impotencia de la democracia. Los demócratas viéronse obligados a lanzar contra los obreros y los soldados a tropas abiertamente contrarrevolucionarias, enemigas no sólo de los bolcheviques, sino también de los soviets: el Comité ejecutivo no contaba ya con tropas propias.

Los liberales sacaron de esto una conclusión muy certera, que Miliukov se encargó de formular en forma de dilema: «¡O Kornílov o Lenin!» En efecto, en la revolución no había ya sitio para la áurea mediocridad. ¡O ahora o nunca! se dijo la contrarrevolución. Y el generalísimo Kornílov se alzó en armas contra la revolución so pretexto de dar la batalla a los bolcheviques. Del mismo modo que antes de la revolución no había forma de oposición legal que no se cubriese con el manto del patriotismo, es decir, de la necesidad de dar la batalla a los alemanes, después de la guerra, las diferentes formas y modalidades de contrarrevolución legal amparábanse todas en la necesidad de dar la batida a los bolcheviques. Kornílov contaba con el apoyo de las clases poseedoras y de su partido; es decir, de los kadetes. Pero esto no fue obstáculo; antes bien, coadyuvó a que las tropas enviadas por Kornílov sobre Petrogrado fuesen vencidas sin combate, a que capitularan sin luchas, evaporándose como una gota de agua al caer sobre una plancha al rojo. De este modo, realizábase y fracasaba también el experimento de un golpe de Estado derechista, dado, además, por un hombre que se hallaba al frente del ejército; el balance de fuerzas entre las clases poseedoras y el pueblo fue contrastado sobre la acción, y en el dilema «Kornílov o Lenin», el general cayó a tierra como un fruto podrido, aunque Lenin se viera obligado, por el momento, a permanecer en un apartado rincón.

¿Qué variante quedaba, después de esto, que no se hubiese intentado, sometido a prueba? Sólo quedaba la variante del bolchevismo. Efectivamente, después de la intentona de Kornílov y de su lamentable fracaso, las masas afluyen en tropel a los bolcheviques, y esta vez definitivamente. La revolución de Octubre va echándose encima por la fuerza de la necesidad física. A diferencia de la revolución de Febrero, calificada de incruenta, aunque en Petrogrado costó no pocas víctimas la revolución de Octubre triunfa en la capital real y verdaderamente, sin derramamiento de sangre. ¿Acaso, después de todo esto, no tenemos derecho a preguntar: qué más pruebas se quieren de que la revolución de Octubre respondía a las profundas leyes de la historia? ¿No es evidente que esta revolución sólo podía parecerles obra de la aventura o de la demagogia a aquellos a quienes atacaba en lo más sensible, en el bolsillo? La lucha sangrienta sólo surgió después de conquistado el poder por los soviets bolcheviques, cuando las clases derribadas con él, sostenidas materialmente por los gobiernos de la Entente, hacen esfuerzos desesperados por recobrar lo perdido. Es entonces cuando comienzan los años de la guerra civil. Se levanta el Ejército rojo. El país, hambriento, abraza el comunismo de guerra y se torna en un campamento espartano. La revolución de Octubre va abriéndose paso palmo a palmo, bate y rechaza a todos sus enemigos, emprende la solución de sus problemas económicos, se cura de las heridas más sensibles de la guerra imperialista y de la guerra civil y alcanza los más grandes triunfos en el terreno del desarrollo industrial. Ante ella se alzan, sin embargo, nuevas dificultades, dimanadas de su aislamiento y del bloqueo de los potentes países capitalistas que la rodean. El rezagamiento histórico que ha exaltado al proletariado ruso al poder, plantéale problemas que, por su misma esencia, no pueden tener solución íntegramente dentro de las fronteras de un país aislado. Por eso, los destinos de este Estado están íntimamente unidos al rumbo de la historia del mundo.

Este primer volumen, dedicado a la revolución de Febrero, demuestra como y por qué esta revolución tenía que fracasar. El segundo volumen demostrará cómo y por qué triunfó la revolución de Octubre.






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