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León Trotsky
Escritos sobre España

Carta a la redacción de
Contra la Corriente

13 de junio de 1930 -
[Edición de Juan Andrade y José Martínez. Ruedo Ibérico, 1971. Digitalización: Germinal]


Saludo calurosamente la aparición del primer número de vuestro periódico. La Oposición Comunista española sale a la arena en un momento particularmente propicio y no menos decisivo.

Ahora, la crisis que atraviesa España se desarrolla con una regularidad notable, que permite a la vanguardia proletaria prepararse durante un cierto tiempo. Pero es muy dudoso que este tiempo sea de larga duración.

La dictadura de Primo de Rivera ha caído sin revolución, por agotamiento interior. Esto quiere decir, en otros términos, que en su primera etapa la cuestión fue resuelta por las enfermedades de la vieja sociedad y no por las fuerzas revolucioarias de una sociedad nueva. No es un simple azar. El régimen de la dictadura, que, para las clases burguesas, no encuentra a su justificación en la necesidad del aplastamiento inmediato de las masas revolucionarias, se encuentra simultáneamente en contradicción con las necesidades de la burguesía en los terrenos económico, financiero, político y cultural. Pero la burguesía eludió la lucha con todas sus fuerzas hasta el último momento; dejó a la dictadura el tiempo de pudrirse y de caer como una fruta agusanada.

La burguesía y la ditadura

Después de este acontecimiento, las clases dirigentes, en la persona de sus grupos políticos, se encuentran obligadas a adoptar una posición neta ante las masas populares. Y así observamos un fenómeno paradójico. Los mismos partidos burgueses que, gracias a su conservadurismo, renunciaban a llevar a cabo alguna lucha seria contra la dictadura militar, rechazan actualmente toda la responsabilidad de esta dictadura sobre la monarquía y se declaran republicanos. En efecto, se podría creer que la dictadura ha estado durante todo el tiempo suspendida de un fino hilo del balcón del Palacio real, y que sólo se apoyaba sobre el sostén, en parte pasivo, de las capas más sólidas de la burguesía, que paralizaban con todas sus fuerzas la actividad de la pequeña burguesía y pisoteaban a los trabajadores de las ciudades y de los campos.

¿Y cuál es el resultado? Mientras que no solamente los trabajadores, el pequeño pueblo urbano, los jóvenes intelectuales y casi toda la gran burguesía son republicanos o se declaran como tales, la monarquía sigue existiendo y actúa. Si bien Primo sólo mantenía de un hilo a la monarquía, ¿de qué hilo se mantendrá la monarquía, incluso en un país tan "republicano"? A primera vista esto parece un enigma insoluble. Pero el secreto no es en manera alguna tan complicado. La misma burguesía que "sufría" a Primo de Rivera, lo sostenía, en efecto, como sostiene actualmente a la monarquía mediante los únicos medios que le quedan, es decir, declarándose republicana y adaptándose así a la psicología de la pequeña burguesía, para engañarla y paralizarla lo mejor posible.

Para quien la observa de lado, esta escena, a pesar de su aspecto dramático profundo, no está desprovista de un aspecto cómico. La monarquía está sentada sobre la espalda de la burguesía republicana, que no tiene mucha prisa por alzar esa espalda. La burguesía se desliza, con su preciosa carga, entre las masas populares que se agitan, grita como respuesta a las protestas, a las reclamaciones y a las maldiciones, con una voz de bufón: "Como veis, esta criatura sobre mi espalda es mi enemigo maldito, voy a enumerar sus crímenes, prestad atención atentamente", etc., y cuando la multitud, divertida por esta presentación, se pone a bromear, la burguesía aprovecha el momento para llevar un poco más lejos su carga. ¿Si esto significa una lucha contra la monarquía, que sería, pues, una lucha por la monarquía?

Las manifestaciones activas de los estudiantes sólo son una tentativa de la joven generación de la burguesía, sobre todo de la pequeña burguesía, para dar una salida al equilibrio inestable en que el país se ha encontrado después de la pretendida liberación de la de la dictadura de Primo de Rivera, de la que se ha conservado íntegramente la herencia en sus elemenos fundamentales. Cuando la burguesía renuncia consciente y obstinadamente a resolver los problemas que se derivan de la crisis de la sociedad burguesa, cuando el proletariado no está aún presto para asumir esta tarea, son los estudiantes los que ocupan el proscenio. En el desarrollo de la primera revolución rusa, hemos observado este fenómeno más de una vez; este fenómeno siempre ha tenido para nosotros una significación enorme y sistomática. Esta actividad revolucionaria o semirrevolucionaria, significa que la sociedad buruesa atraviesa una crisis profunda. La juventud pequeñoburguesa, sintiendo que una fuerza explosiva se acumula en las masas, tiende a encontrar a su manera la salida de ese atolladero y a impulsar más adelante el desarrollo político.

La burguesía considera el movimiento de los estudiantes, mitad con aprobación, mitad con prevención; si la juventud da algunos empujones a la burocracia monárquica, no está mal del todo, con tal de que esos "chicos" no vayan demasiado lejos y que no arrastren a las masas laboriosas.

Al apoyar el movimiento estudiantil, los obreros españoles han mostrado un positivo instinto revolucionario. Aunque claro está, deben actuar bajo su propia bandera y bajo la dirección de su propia organización proletaria. El comunismo español es el que debe asegurar esto, y para ello es indispensable una política justa. Por lo cual, la aparición de vuetro periódico, como dije antes, coincide con un momento extrordinariamente importante y crítico en el desarrollo de toda la crisis, más precisamente aún, con un momento en que la crisis revolucionaria está en camino de transformarse en una revolución.

El movimiento huelguista de los obreros, la lucha contra la racionalización y el paro forzoso, adquieren una importancia muy diferente, incomparablemente más profunda en medio de un descontento extraordinario de las masas pequeño-burguesas y de una crisis aguda de todo el sistema. Esta lucha obrera debe estar estrechamente ligada a todas las cuestiones que se derivan de la crisis nacional. Este hecho de que los obreros se hayan manifestado con los estudiantes es el primer paso, claro está, todavía insuficiente y mal asegurado, en el camino de la lucha de la vanguardia proletaria por la hegemonía revolucionaria.

Las consignas democráticas

Este camino supone, por parte de los comunistas, un lucha resuelta, audaz y enérgica, por las consignas democráticas. No comprenderlo sería cometer la mayor falta sectaria. En la etapa actual de la revolución, en el terreno de las consignas políticas, el proletariado se distingue de todos los otros grupos "izquierdistas" de la pequeña burguesía, no por el hecho de que niega la democracia, como lo hacen los anarquistas y sindicalistas, sino por el hecho de lucha resuelta y abierta por esta consigna, al mismo tiempo que denuncia implacablemente las vacilaciones de la pequeña burguesía.

Poniendo por delante las consignas democráticas, el proletariado no quiere con ello decir que españa va hacia la revolución burguesa. Sólo podrían plantear así la cuestión fríos pedantes atiborrados de fórmulas rutinarias. España ha dejado muy lejos tras de sí el estadio de una revolución burguesa.

Si la crisis revolucionaria se transforma en revolución, superará fatalmente los límites burgueses y, en caso de victoria, deberá entregar el poder al proletariado; pero el proletariado no puede dirigir la revolución en dicha época, es decir reunir alrededor suyo las más amplias masas de trabajadores y de oprimidos y convertirse en su guía, más que a condición de desarrollar actualmente, con sus reivindicaciones de clase y en relación con ellas, todas las reivindicaciones democráticas, íntegramente y hasta el fin.

Esto tendría ante todo una importancia decisiva en lo que concierne al campesinado. Este no puede conceder al proletariado su confianza a priori, aceptando como prenda verbal la dictadura del proletariado. El campesinado, como clase numerosa y oprimida, ve inevitablemente en una cierta etapa, en la consigna de democracia, la posibilidad de dar la preponderancia a los oprimidos sobre los opresores. El campesinado relacionará, inevitablemente, la consigna de la democracia política con reparto radical de las tierras. El proletariado asume abiertamente el apoyo de estas dos reivindicaciones. En el momento oportuno, los comunistas explicarán a la vanguardia proletaria por qué camino estas reivindicaciones pueden ser realizadas, sembrando de esta manera la semilla del sistema soviético futuro.

Incluso en las cuestiones nacionales, el proletariado defiende hasta el fin la consigna democrática, declarando que está dispuesto a apoyar, por un camino revolucionario, el derecho de los diferentes grupos nacionales a la libre disposición de ellos mismos, incluso llegando a la separación.

La cuestión nacional

Sin embargo, ¿la vanguardia proletaria hace suya la consigna de la separación de Cataluña? Si es la expresión de la mayoría de la población, sí. No obstante, ¿cómo puede expresarse esta voluntad? Claro está, por medio de un plebiscito libre, por una asamblea de representantes de cataluña, por los partidos influyentes a los que siguen las masas catalanas, o finalmente por una rebelión nacional catalana. Esto nos demuestra de nuevo, y hay que hacerlo notar de paso, todo el pedantismo reaccionario que significaría por parte del proletariado el renunciar a las consignas democráticas. Sin embargo, hasta el momento en que la voluntad de la minoría nacional no se haya expresado, el proletariado no debe hacer suya la consigna de separación, pero garantizará por anticipado, abiertamente, su apoyo íntegro y sincero a esta consigna, en la medida en que exprese la voluntad de Cataluña.

Inútil es decir que los obreros catalanes no tienen en esta cuestión la última palabra. Si llegan a la conclusión de que sería inoportuno desperdigar sus fuerzas, en las condiciones de la crisis actual que abre al proletariado español los caminos más amplios y más audaces, los obreros catalanes deben llevar a cabo la propaganda para el mantenimiento de Cataluña, sobre bases determinadas, en el seno de España, y en cuanto a mí creo que el sentido político sugiere tal solución. Semejante solución sería momentáneamente aceptable, incluso para los separatistas más fervientes, puesto que es muy claro que, en caso de victoria de la revolución, sería inmensamente más fácil que hoy llegar a la libre disposición de Cataluña, como también de otras regiones.

Apoyando todo movimiento verdaderamente democrático y revolucionario de las masas populares, la vanguardia comunista lleva a cabo una lucha sin compromiso contra la llamada burguesía republicana, desenmascarando su perfidia, su traición y su reaccionarismo, y resistiendo s su tentativa de someter a su influencia a las clases laboriosas.

Los comunistas no renuncian jamás, en ninguna condición, a la libertad de su política. No hay que olvidar que, durante una revolución, las tentaciones de este género son muy grandes; la historia trágica de la revolución china es un testigo irrefutable. Al mismo tiempo que salvaguardan la completa independencia de su organización y de su propaganda, los comunistas aplican, sin embargo, de la manera más amplia, la política del frente único, a la que la revolución abre un amplio campo.

El papel de la Oposición de Izquierda

La Oposición de Izquierda comienza la aplicación de la política de frente único con el Partido Comunista oficial. No hay que permitir a los burócratas el crear la impresión de que la Oposición de Izquierda tiene relaciones hostiles con los obreros que siguen la bandera del Partido Comunista oficial. Inversamente, la Oposición está dispuesta a tomar parte en toda acción revolucionaria del proletariado y a luchar juntamente a su lado.

Si los burócratas renuncian a llevar a cabo la acción con la Oposición, la responsabilidad debe recaer sobre ellos para la clase obrera.

La continuación del desarrollo de la crisis española significa el despertar revolucionario de millones de hombres en las masas laboriosas. Nada permite creer que se alistarán de un solo golpe bajo la bandera del comunismo. Por el contrario, es muy probable que reforzarán ante todo al partido del radicalismo pequeño burgués, es decir, en primer lugar el Partido Socialista, sobre todo su ala izquierda, en el espíritu, por ejemplo, de los Independientes alemanes durante la revolución de 118-1919.

En esto, la radicalización efectiva y amplia de las masas encontrará su expresión y en manera alguna en un crecimiento del "socialfascismo". El fascismo no podrá de nuevo triunfar -y esta vez en una forma más "social" que "militar", es decir principalmente el socialfascismo a la manera de Mussolini- mas que como consecuencia de la derrota de la revolución y de la decepción de las masas engañadas que creían en ella. Pero ante el desarrollo regular de los acontecimientos actuales, una derrota sólo puede tener lugar a consecuencia de errores extraordinarios de la dirección comunista.

Es preciso desacreditar políticamente a la socialdemocracia ante las masas, pero no es por medio de insultos como se puede llegar a ello. Las masas sólo tienen fe en su propia experiencia colectiva. Hay que dar la posibilidad a las masas, durante el período preparatorio de la revolución, de comparar en los hechos la política del comunismo con la de la socialdemocracia.

Siento muchísimo hasta qué punto las consideraciones anteriores son poco concretas. Es muy probable, e incluso verosímil, que haya omitido una serie de circunstancias de una importancia extraordinaria. Ya lo veréis vosotros mismos. Armados de la teoría de Marx y el método revolucionario de Lenin, encontraréis vuestro camino. Sabréis captar los los pensamientos y los sentimientos de la clase obrera y darles una clara expresión política. El objeto de estas líneas es solamente recordar en sus grandes rasgos generales los principios de estrategia revolucionaria, verificados mediante la experiencia de las tres revoluciones rusas.



La revolución española
y la táctica de los comunistas

Prinkipo, 24 de enero de 1931

[Versión castellana de Andreu Nin. Ruedo Ibérico, 1971. Digitalización: Germinal]


I. La vieja España

La cadena del capitalismo se ve de nuevo amenazada con romperse en el eslabón más débil: ha llegado el turno a España. El movimiento revolucionario se desarrolla en este país con una fuerza tal que priva de antemano a la reacción de todo el mundo de la posibilidad de creer en el rápido restablecimiento del orden en la península ibérica.

Indiscutiblemente, España pertenece al grupo de los países más atrasados de Europa. Pero su atraso tiene un carácter peculiar, determinado por el gran pasado histórico del país. Mientras que la Rusia de los zares siempre quedaba muy atrás con respecto a sus vecinos de Occidente y avanzaba lentamente bajo su presión, España conoció periodos de gran florecimiento, de superioridad sobre el resto de Europa y de dominio sobre la América del Sur. El poderoso desarrollo del comercio interior y mundial iba venciendo el aislamiento feudal de las provincias y el particularismo de las regiones nacionales del país. El aumento de la fuerza y de la importancia de la monarquía española se hallaba indisolublemente ligado en aquellos siglos con el papel centralizador del capital comercial y la formación gradual de la nación española.

El descubrimiento de América, que en un principio fortaleció y enriqueció a España, se volvió contra ella. Las grandes vías comerciales se desviaron de la península ibérica. La Holanda enriquecida se desgajó de España. Después de Holanda fue Inglaterra la que se elevó por encima de Europa a una gran altura y por largo tiempo. Y a partir de la segunda mitad del siglo XVI la decadencia de España es evidente. Después de la destrucción de la Armada Invencible (1588) esta decadencia toma, por decirlo así, un carácter oficial. Es el advenimiento de este estado de la España feudal-burguesa que Marx calificó de "putrefacción lenta e ingloriosa".

Las viejas y las nuevas clases dominantes - la nobleza latifundista, el clero católico con su monarquía, las clases burguesas con sus intelectuales- intentan tenazmente conservar sus viejas pretensiones, pero sin los antiguos recursos. En 1820 se separaron definitivamente las colonias sudamericanas. Con la pérdida de Cuba en 1898, España quedó casi completamente privada de dominios coloniales. Las aventuras en Marruecos no han hecho mas que arruinar al país y alimentar el descontento ya asaz profundo del pueblo.

El retraso del desarrollo económico de España ha debilitado inevitablemente las tendencias centralistas inherentes al capitalismo. La decadencia de la vida comercial e industrial de las ciudades y de las relaciones económicas entre las mismas determinó inevitablemente la atenuación de la dependencia recíproca de las provincias. Tal es la causa que no ha permitido hasta ahora a la España burguesa vencer las tendencias centrífugas de sus provincias históricas. La pobreza de recursos de la economía nacional y el sentimiento de malestar en todas las partes del país no podían hacer otra cosa que alimentar las tendencias separatistas. El particularismo se manifiesta en España con una fuerza particular, sobre todo en comparación con la vecina Francia, donde la Gran Revolución afirmó definitivamente la nación burguesa, una e indivisible, sobre las viejas provincias feudales.

El estancamiento económico, al mismo tiempo que no permitía que se formara la nueva sociedad burguesa, descomponía asimismo las viejas clases dominantes. Los altivos nobles cubrían a menudo su orgullo con capas raídas. La Iglesia despojaba a los campesinos, pero de tiempo en tiempo se veía obligada a sufrir el pillaje por parte de la monarquía. Esta última, según la observación de Marx, tenía más rasgos comunes con el despotismo asiático que con el absolutismo europeo. ¿Cómo interpretar este pensamiento? La comparación, establecida más de una vez, del zarismo con el despotismo asiático, parece mucho más natural, tanto desde el punto de vista geográfico, como del histórico. Pero por lo que respecta a España esta comparación conserva también toda su fuerza. La diferencia consiste únicamente en que el zarismo surgió sobre la base del desarrollo extraordinariamente lento, tanto de la nobleza como de los centros urbanos primitivos. La monarquía española se formó en las condiciones creadas por la decadencia del país y la putrefacción de las clases dominantes. Si el absolutismo europeo pudo desarrollarse gracias a la lucha de las ciudades consolidadas contra las viejas castas privilegiadas, la monarquía española, lo mismo que el zarismo ruso, hallaba su fuerza relativa en la impotencia de las viejas castas y de las ciudades. En esto consiste su analogía indudable con el despotismo asiático.

La preponderancia de las tendencias centrífugas sobre las centrípetas, tanto en la economía como en la política, ha privado de base al parlamentarismo español. La presión del gobierno sobre los electores ha tenido un carácter decisivo: durante todo el siglo pasado, las elecciones daban invariablemente la mayoría al gobierno. Como las Cortes dependían del ministerio de turno, el ministerio mismo caía de un modo natural bajo la dependencia de la monarquía. Madrid hacía las elecciones y el poder caía en manos del rey. La monarquía era doblemente indispensable a las clases dominantes desunidas y descentralizadas, incapaces de dirigir el país en su propio nombre. Y esa monarquía, que reflejaba la debilidad de todo el Estado, era -entre dos sublevaciones- suficientemente fuerte para imponer su voluntad al país. En suma, el sistema estatal de España puede ser calificado de absolutismo degenerativo limitado por pronunciamientos periódicos.

Al lado de la monarquía y en alianza con ella, el clero representaba otra fuerza centralizada. El catolicismo sigue siendo hasta nuestros días la religión del Estado, el clero desempeña un gran papel en la vida del país y es el eje más firme de la reacción. El Estado gasta anualmente muchos millones de pesetas para la Iglesia. Las ordenes religiosas, extraordinariamente numerosas, poseen bienes inmensos y una influencia todavía mayor. El número de frailes y monjas es de 70000, número igual al de los alumnos de las escuelas secundarias, y superior en dos veces y media al de los estudiantes. En estas condiciones, no tiene nada de sorprendente que el 45% de la población no sepa leer ni escribir. La masa principal de los analfabetos está concentrada, ni que decir tiene, en el campo.

Si los campesinos de la época de Carlos V (Carlos I) obtuvieron escaso provecho del poderío del imperio español, ulteriormente fueron ellos los que soportaron las consecuencias más graves de la decadencia de dicho imperio. Durante siglos arrastraron una existencia miserable, que en muchas provincias fue una existencia de hambre. Los campesinos, que forman el 70% de la población, soportan sobre sus espaldas el peso principal del edificio del Estado. Falta de tierras, insuficiencia de agua, arriendos elevados, utillaje agrícola primitivo, métodos de cultivo rudimentarios, impuestos crecidos, precios elevados de los artículos industriales, exceso de población agraria, gran número de vagabundos, de mendigos, de frailes; he aquí el cuadro que ofrece el campo español.

La situación de los campesinos ha empujado a los mismos, desde hace mucho tiempo, a participar en numerosos levantamientos. Pero esas explosiones sangrientas han tenido un carácter no nacional, sino local, y los matices más variados; en la mayor parte de los casos, un matiz reaccionario. De la misma manera que las revoluciones españolas han sido pequeñas revoluciones, los levantamientos campesinos han tomado forma de pequeñas guerras. España es el país clásico de las guerrillas.

II. El ejército español y la política

Después de la guerra contra Napoleón, surgió en España una nueva fuerza: la oficialidad metida en política, la joven generación de las clases dominantes, heredera de la ruina del que fue en otro tiempo gran imperio y déclassée en un grado considerable.

En el país del particularismo y del separatismo, el ejército ha adquirido, por la fuerza de las cosas, una importancia enorme como fuerza de centralización y se ha convertido, no sólo en el punto de apoyo de la monarquía, sino también en el conductor del descontento de todas las fracciones de las clases dominantes y, ante todo, de su propia clase: lo mismo que la burocracia, la oficialidad se recluta entre los elementos, extremadamente numerosos en España, que exigen ante todo del Estado medios de existencia. Pero como los apetitos de los diferentes grupos de la sociedad "ilustrada" sobrepasan en mucho la totalidad de los cargos gubernamentales, parlamentarios y otros, el descontento de los eliminado alimenta al partido republicano, el cual, por otra parte, es tan inestable como todos los demás grupos de España. Pero como bajo esta inestabilidad se oculta a menudo una indignación auténtica y aguda, se forman de vez en cuando en el movimiento republicano grupos revolucionarios decididos y valerosos para los cuales la república es una divisa mística de salvación.

El ejército español está formado por cerca de 170 000 hombres, de los cuales más de 13 000 son oficiales; a esto hay que añadir unos 15000 marinos de guerra. Los oficiales, que son los instrumentos de las clases dominantes del país, arrastran a sus conspiraciones a la masa del ejército. Ya en el pasado, los suboficiales intervinieron en la política sin los oficiales y contra ellos. En 1836 los suboficiales de la guarnición de Madrid se insurreccionaron y obligaron a la reina a proclamar la constitución. En 1866 los sargentos de artillería, descontentos de las reglas aristocráticas en el ejército, promovieron también una rebelión. Sin embargo, en el pasado, el papel directivo quedó siempre en manos de los oficiales. Los soldados marchaban tras sus jefes descontentos, aunque el descontento de aquéllos, políticamente impotente, se alimentaba en otras fuentes sociales más profundas.

Las contradicciones en el ejército corresponden ordinariamente a las distintas armas. Cuanto más calificada es el arma, esto es, cuanta más inteligencia exige por parte de los soldados y oficiales, más aptos son éstos para asimilarse las ideas revolucionarias. Mientras que la caballería se inclina habitualmente por la monarquía, los artilleros suministran un tanto por ciento considerable de republicanos. No tiene nada de sorprendente que la aviación, esta nueva arma, se haya puesto al lado de la revolución y aportando a la misma los elementos de aventurismo individualista propios de esta profesión. La última palabra debe decirla la infantería.

La historia de España es la historia de convulsiones revolucionarias ininterrumpidas. Los pronunciamientos y las revoluciones de palacio se han sucedido unos tras otros. En el transcurso del siglo XIX y del primer tercio del siglo XX se produce un cambio continuo de regímenes políticos y en el interior de cada uno de ellos un cambio caleidoscópico de ministerios. La monarquía española, no hallando un apoyo suficientemente sólido en ninguna de las clases poseyentes - aunque todas tenían necesidad de ella- ha caído más de una vez bajo la dependencia del propio ejército. Pero la disgregación provincial de España imprimía su sello al carácter de los complots militares. La rivalidad mezquina de las juntas no era más que la expresión exterior de que las revoluciones españolas carecían de una clase dirigente. Precisamente por esto la monarquía salía invariablemente triunfante de cada nueva revolución. Sin embargo, poco después de la victoria del orden, la crisis crónica se manifestaba nuevamente en una explosión aguda de indignación. Ninguno de esos regímenes que se derribaban mutuamente removía el terreno profundamente. Cada uno de ellos se gastaba rápidamente en la lucha con las dificultades, engendradas por la pobreza de la renta nacional, insuficiente para satisfacer los apetitos y las pretensiones de las clases dominantes. Hemos visto particularmente el modo ignominioso como terminó sus días la última dictadura militar. El terrible Primo de Rivera cayó incluso sin un nuevo pronunciamiento: sencillamente se deshinchó, como un neumático que tropieza con un clavo.

Todos los golpes de Estado anteriores fueron movimientos de una minoría contra otra: las clases dirigentes y semidirigentes se arrebataban impacientemente de las manos el pastel del Estado.

Si se entiende por revolución permanente la sucesión de levantamientos sociales que transmiten el poder a las manos de la clase más decidida, la cual se sirve luego de dicho poder para la supresión de todas las clases y, por consiguiente, de la posibilidad misma de nuevas revoluciones, hay que constatar que a pesar del carácter "ininterrumpido" de los levantamientos españoles, no hay en ellos nada parecido a la revolución permanente; se trata más bien de convulsiones crónicas en las cuales halla su expresión la enfermedad inveterada de una nación que se ha quedado atrás.

Ciertamente, el ala izquierda de la burguesía, sobre todo la representada por la juventud intelectual, se ha asignado como fin hace ya tiempo la transformación de España en república. Los estudiantes españoles, que, por los mismos motivos que los oficiales, han sido reclutados principalmente entre la juventud descontenta, están acostumbrados a desempeñar en el país un papel completamente desproporcionado a su importancia numérica. La dominación de la reacción católica ha encendido la oposición de las universidades, dando a la misma un carácter anticlerical. Sin embargo, no son los estudiantes los que crean un régimen.

En sus sectores dirigentes, los republicanos españoles se distinguen por un programa social extremadamente conservador: su ideal lo ven en la Francia reaccionaria de hoy, creyendo que con la república vendrá la riqueza, y no están dispuestos, ni son capaces de ello, a seguir el camino de los jacobinos franceses: su miedo ante las masas es más fuerte que su odio a la monarquía.

Si las grietas y los poros de la sociedad burguesa se llenan en España con los elementos déclassés de las clases dominantes, con los innumerables buscadores de empleos y de provechos, abajo, en las grietas de los cimientos, el mismo sitio es ocupado por numerosos "lumpenproletarios" , por los elementos déclassés de las clases trabajadoras. Los lazaroni con corbata, lo mismo que los lazaroni en andrajos, forman las arenas movedizas de la sociedad y son tanto más peligrosos para la revolución cuanto menos esta última encuentra un verdadero punto de apoyo motor y una dirección política.

Los seis años de dictadura de Primo de Rivera ahogaron y comprimieron todas las formas de descontento e indignación. Pero la dictadura llevaba en sí el vicio incurable de la monarquía española: fuerte frente a cada una de las clases por separado, era impotente con respecto a las necesidades históricas del país. Esta fue la causa de que la dictadura se quebrara contra los escollos submarinos de las dificultades financieras y de otro género antes de que fuera alcanzada por la primera oleada revolucionaria. La caída de Primo de Rivera despertó todos los descontentos y todas las esperanzas. Fue así como el general Berenguer se convirtió en el portero de la revolución.

III. El proletariado español y la nueva revolución

En esta nueva revolución observamos, a la primera ojeada, los mismos elementos que en la serie de revoluciones precedentes: una monarquía pérfida; las fracciones escindidas de los conservadores y de los liberales que odian al rey y se arrastran ante él; republicanos de derecha siempre dispuestos a traicionar, y republicanos de izquierda siempre dispuestos a la aventura; oficiales conspiradores, de los cuales unos quieren la república y otros, ascensos; estudiantes descontentos a los cuales sus padres observan con inquietud y, en fin, los obreros huelguistas, dispersos en distintas organizaciones, y campesinos que tienden la mano hacia las horquillas y aun el fusil.

Sería, sin embargo, un grave error creer que la crisis actual se desarrollará de un modo parecido a todas las precedentes. Las últimas décadas, y sobre todo los años de la guerra mundial, han aportado modificaciones considerables a la economía del país y a la estructura social de la nación. Naturalmente, España sigue marchando a la cola de Europa. No obstante, en el país se ha ido desarrollando una industria nacional, extractiva de una parte, y ligera de otra. Durante la guerra se desarrolló considerablemente la producción hullera, la textil, la construcción de centrales hidroeléctricas, etc. Han surgido en el país centros y regiones industriales. Esto crea una nueva correlación de fuerzas y abre nuevas perspectivas.

Los éxitos de la industrialización no han atenuado en lo más mínimo las contradicciones internas. Al contrario, el hecho de que la industria de España, a consecuencia de la neutralidad de este país, progresara bajo la lluvia de oro de la guerra, se convirtió, al terminar esta última, cuando desapareció la demanda acentuada del extranjero, en fuente de nuevas dificultades. No solamente han desaparecido los mercados exteriores -la parte de España en el comercio mundial es actualmente aún inferior a la de antes de la guerra (1,1%, contra 1,2%), sino que la dictadura se vió obligada, con ayuda de la barrera aduanera más elevada de Europa, a defender el mercado interior contra la afluencia de las mercancías extranjeras. Los derechos arancelarios elevados han provocado el aumento de los precios, lo cual ha disminuido la capacidad adquisitiva, ya muy reducida, del pueblo. Por esto, después de la guerra, la industria no sale del estado de marasmo, que se traduce por el paro forzoso crónico, de una parte, y por explosiones agudas de la lucha de clases, de otra.

La burguesía española, en la actualidad aun menos que en el siglo XIX, puede tener la pretensión de desempeñar el papel histórico que desempeñó en otro tiempo la burguesía británica o francesa. La gran burguesía industrial de España, que ha llegado demasiado tarde, que depende del capital extranjero, que está adherida como un vampiro al cuerpo del pueblo, es incapaz de desempeñar, aunque sea por un breve plazo, el papel del caudillo de la "nación" contra las viejas castas. Los magnates de la industria española forman un grupo hostil al pueblo, constituyendo uno de los grupos más reaccionarios en el bloque, corroído por las rivalidades internas, de los banqueros, los industriales, los latifundistas, la monarquía, sus generales y funcionarios. Bastará indicar el hecho de que el punto de apoyo más importante de la dictadura de Primo de Rivera fueran los fabricantes de Cataluña.

Pero el desenvolvimiento industrial ha reforzado al proletariado. Sobre una población de 23.000.000 (ésta sería mucho mayor a no ser por la emigración), hay que contar cerca de un millón y medio de obreros de la industria, del comercio y del transporte. A éstos hay que añadir una cifra aproximadamente igual de obreros del campo.

La vida social de España se ha visto condenada a moverse en un círculo vicioso mientras no ha habido una clase capaz de tomar en sus manos la solución de los problemas revolucionarios. La entrada del proletariado español en la arena histórica cambia radicalmente la situación y abre nuevas perspectivas. Para darse cuenta de ello hay que comprender ante todo que el afianzamiento de la dominación económica de la gran burguesía y el aumento de la importancia política del proletariado han privado definitivamente a la pequeña burguesía de la posibilidad de ocupar un puesto dirigente en la vida política del país. La cuestión de saber, si las sacudidas revolucionarias actuales pueden conducir a una verdadera revolución capaz de transformar las bases mismas de la existencia nacional, se reduce, por consiguiente, a saber si el proletariado español es capaz de tomar en sus manos la dirección de la vida nacional. En la nación española no hay otro pretendiente a este papel. La experiencia histórica de Rusia nos ha mostrado en estos tiempos de un modo evidente el peso específico del proletariado, unido por la gran industria, en un país con una agricultura atrasada, presa en las redes de unas relaciones semifeudales.

Ciertamente, los obreros españoles tomaron ya una participación combativa en las revoluciones del siglo XIX; pero siempre a la cola de la burguesía, siempre en segundo término, en calidad de fuerza auxiliar. En el transcurso del primer cuarto del siglo xx se robustece el papel revolucionario independiente de los obreros. La insurrección de Barcelona de 1909 mostró las fuerzas que encerraba el joven proletariado de Cataluña. Numerosas huelgas, transformadas en levantamientos, surgieron asimismo en otras regiones del país. En 1912 se desarrolló la huelga de los ferroviarios. Las regiones industriales se convirtieron en territorio de valerosos combates proletarios. Los obreros españoles se manifestaron libres de toda rutina, se mostraron capaces de reaccionar ante los acontecimientos y de movilizar sus filas con no menos rapidez y dieron pruebas de audacia en el ataque.

Los primeros años que siguieron a la guerra, más propiamente los primeros años que siguieron a la revolución rusa (1917-1920), fueron años de grandes combates para el proletariado español. 1917 fue testigo de una huelga general revolucionaria. Su derrota, así como la de una serie de movimientos que la siguieron, preparó las condiciones para la dictadura de Primo de Rivera. Cuando el derrumbamiento de esta última planteó nuevamente en toda su magnitud la cuestión del destino ulterior del pueblo español; cuando las taimadas intrigas de las viejas camarillas y los esfuerzos impotentes de los radicales pequeño-burgueses mostraron claramente que la salvación no podía venir de esta parte, los obreros, con una serie de acciones huelguísticas valerosas gritaron al pueblo: ¡presentes!

Los periodistas burgueses europeos de "izquierda" y, siguiendo su ejemplo, los socialdemócratas, gustan de filosofar, con una pretensión científica, sobre el tema de que España se apresta sencillamente a reproducir la Gran Revolución francesa con un retraso de cerca 150 años. Discutir sobre la revolución con estas gentes es lo mismo que discutir a propósito de colores con un ciego. A pesar de todo su retraso, España está mucho más adelantada que la Francia de fines del siglo XVIII. Grandes establecimientos industriales, 16.000 kilómetros de líneas férreas, 50.000 kilómetros de telégrafos, representan en sí para la revolución un factor más importante que los recuerdos históricos.

Intentando dar un paso adelante, el conocido semanario inglés Economist dice a propósito de los acontecimientos españoles: "Aquí obra más bien la influencia del París de 1848 y de 1871 que la influencia del Moscú de 1917". Pero el París de 1871 representa un paso del de 1848 hacia 1917. Por esto la contraposición de estas dos fechas carece absolutamente de contenido.

Incomparablemente más seria y más profunda era la conclusión que sacaba Andrés Nin en su artículo publicado el año pasado en La lutte des classes: "El proletariado (de España), apoyándose en las masas campesinas, es la única fuerza capaz de tomar el poder en sus manos". Esta perspectiva es trazada como sigue: "La revolución debe conducir a la dictadura del proletariado, la cual realizará la revolución burguesa y abrirá audazmente el camino a la transformación socialista". ¡Es así y sólo así como se puede plantear actualmente la cuestión!

IV. El programa de la revolución

Ahora, la divisa oficial de lucha es la república. Sin embargo, el desarrollo de la revolución empujará hacia la bandera de la monarquía, no sólo a las fracciones conservadoras y liberales de las clases dirigentes, sino también a las fracciones republicanas.

Durante los acontecimientos revolucionarios de 1854, Cánovas del Castillo escribía: "Aspiramos a mantener el trono, pero sin la camarilla que lo deshonra". Hoy, Romanones y otros desarrollan esta gran idea. ¡Como si la monarquía fuera, en general, posible sin camarilla y con tanto mayor motivo en España! No está excluida, es cierto, una situación tal en que las clases poseyentes se vean obligadas a sacrificar la monarquía para salvarse a sí mismas (ejemplo, ¡Alemania!). Sin embargo, es muy posible que la monarquía madrileña se mantenga, aunque sea con el rostro lleno de cardenales, hasta la dictadura del proletariado. La divisa de república es también, ni que decir tiene, la divisa del proletariado. Pero para él no se trata simplemente de reemplazar al rey por un presidente, sino de un baldeo radical de toda la sociedad, destinado a limpiar a ésta de las inmundicias del feudalismo. En este sentido ocupa un lugar preeminente la cuestión agraria.

Las relaciones existentes en el campo español ofrecen el aspecto de una explotación semifeudal. La miseria de los campesinos, sobre todo en Andalucía y Castilla, el yugo de los terratenientes, de las autoridades y de los caciques han impulsado ya más de una vez a los obreros agrícolas ya los campesinos pobres a manifestar abiertamente su indignación. ¿Significa esto que sea posible en España, aunque sea mediante una revolución, emancipar las relaciones burguesas de las feudales? No, esto significa únicamente que en las condiciones de España el capitalismo puede explotar a los campesinos únicamente bajo la forma semifeudal. Dirigir el arma de la revolución contra las supervivencias del medioevo español, significa dirigirla contra las raíces mismas de la dominación burguesa.

Para arrancar a los campesinos del localismo y de las influencias reaccionarias, el proletariado tiene necesidad de un programa revolucionario-democrático claro. La falta de tierras y de agua, la esclavitud del arriendo, plantean netamente la cuestión de la confiscación de las grandes propiedades agrarias en beneficio de los campesinos pobres. Las cargas fiscales, las deudas insoportables del Estado, la rapacidad burocrática y las aventuras africanas plantean la cuestión del gobierno barato, el cual podría ser establecido, no por los propietarios de los latifundios,los banqueros, los industriales o los liberales nobles, sino por los trabajadores mismos.

La dominación del clero y las riquezas de la Iglesia plantean un objetivo democrático: separar la Iglesia del Estado y desarmarla cediendo sus riquezas al pueblo. Estas medidas decisivas serán sostenidas incluso por los sectores más supersticiosos del campo cuando se convenzan de que las sumas del presupuesto destinadas hasta ahora a la Iglesia, lo mismo que las riquezas de esta última, no irán a parar, después de la secularización, a los bolsillos de los liberales librepensadores, sino que estarán destinadas a la fecundación de la economía campesina exhausta.

Las tendencias separatistas plantean a la revolución el objetivo democrático de la libre determinación nacional. Estas tendencias exteriormente se han acentuado durante el periodo de la dictadura. Pero mientras que el "separatismo" de la burguesía catalana no es para ella, en su juego con el gobierno de Madrid, más que un instrumento contra el pueblo catalán y español, el separatismo de los obreros y de los campesinos es la envoltura de su indignación social. Hay que establecer una distinción rigurosa entre estos dos géneros de separatismo. Ahora bien, precisamente para separar de su burguesía a los obreros y campesinos oprimidos nacionalmente, la vanguardia proletaria debe adoptar en la cuestión de la libre determinación nacional una actitud audaz y sincera. Los obreros defenderán hasta sus últimas consecuencias el derecho de los catalanes y de los vascos a organizar su vida en un Estado independiente en el caso de que la mayoría de la población de dichas naciones se pronuncie por la separación completa. Pero esto no significa, naturalmente, que los obreros avanzados empujen a los catalanes y a los vascos a la separación. Al contrario, la unidad económica del país, con una amplia autonomía de las nacionalidades, ofrecería grandes ventajas a los obreros y campesinos desde el punto de vista económico y cultural.

No está descontada una tentativa de la monarquía para contener el desarrollo ulterior de la revolución con ayuda de una nueva dictadura militar. Pero lo que está descontado es un éxito sólido y durable de una tentativa semejante. La lección de Primo de Rivera está demasiado fresca. Sería preciso aplicar las cadenas de la nueva dictadura a las llagas no cicatrizadas aún de la antigua. A juzgar por los telegramas, en las alturas no se tendría inconveniente alguno en intentar la experiencia, y, a este efecto, se busca nerviosamente a un candidato conveniente, pero no aparece, por ahora, ningún voluntario. Lo que aparece con claridad es que una nueva dictadura militar costaría cara a la monarquía, y daría un nuevo y poderoso impulso a la revolución. Faites vos jeux, pueden decir los obreros a las clases dirigentes.

¿Puede esperarse que la revolución española saltará por encima del periodo del parlamentarismo? Teóricamente, no está excluido. Se puede suponer que el movimiento revolucionario alcanzará, en un periodo relativamente breve, una fuerza tal que no dejará a las clases dominantes ni el tiempo ni el lugar para el parlamentarismo. Sin embargo, una perspectiva tal es poco probable. El proletariado español, a pesar de sus excelentes cualidades combativas, no cuenta aún con un partido revolucionario reconocido por él ni con la experiencia de la organización soviética. Además, en las filas comunistas, poco numerosas, no hay unidad, ni un programa de acción claro y admitido por todos. Sin embargo, la cuestión de las Cortes ha sido puesta ya a la orden del día. En estas condiciones, hay que suponer que la revolución tendrá que pasar por una etapa de parlamentarismo.

Esto no excluye en ningún modo la táctica del boicot con respecto a las Cortes ficticias de Berenguer, del mismo modo que los obreros rusos boicotearon con éxito la Duma de Buliguin en 1905 y consiguieron hacerla fracasar. La cuestión táctica relativa al boicot debe resolverse sobre la base de la correlación de fuerzas en una etapa dada de la revolución.

Pero aun boicoteando las Cortes de Berenguer, los obreros avanzados deberían oponer a las mismas la consigna de Cortes Constituyentes revolucionarias. Debemos desenmascarar implacablemente el charlatanismo de la consigna de las Cortes Constituyentes en los labios de la burguesía de "izquierda", la cual en realidad no quiere más que unas Cortes de conciliación por la gracia del rey y de Berenguer para hacer un trato con las viejas camarillas dirigentes y privilegiadas. Unas verdaderas Cortes Constituyentes pueden ser convocadas únicamente por un gobierno revolucionario, como resultado de la insurrección victoriosa de los obreros, de los soldados y de los campesinos. Podemos y debemos oponer las Cortes revolucionarias a las Cortes de Conciliación; pero, a nuestro juicio, sería erróneo renunciar, en la etapa actual, a la consigna de las Cortes revolucionarias.

Constituiría un doctrinarismo lamentable y estéril oponer escuetamente la consigna de la dictadura del proletariado a los objetivos y divisas de la democracia revolucionaria (república, revolución agraria, separación de la Iglesia del Estado, confiscación de los bienes eclesiásticos, libre determinación nacional, Cortes Constituyentes revolucionarias). Las masas populares, antes de que puedan conquistar el poder, deben agruparse alrededor de un partido proletario dirigente. La lucha por la representación democrática, así como la participación en las Cortes en una u otra etapa de la revolución, pueden facilitar incomparablemente la realización de este cometido.

La consigna del armamento de los obreros y de los campesinos (creación de la milicia obrera y campesina), debe adquirir inevitablemente en la lucha una importancia cada vez mayor. Pero en la etapa actual, esta consigna debe asimismo enlazarse estrechamente con las cuestiones de la defensa de las organizaciones obreras y campesinas, de la transformación agraria, de la libertad de las elecciones y de la protección del pueblo contra los pronunciamientos reaccionarios.

Un programa radical de legislación social, particularmente el seguro de los sin trabajo, la transferencia de las cargas fiscales a las clases poseyentes, la enseñanza general obligatoria, todas estas y otras medidas análogas, que no sobrepasan aún el marco de la sociedad burguesa, deben ser inscritas en la bandera del partido proletario.

Sin embargo, deben propugnarse ya paralelamente reivindicaciones de carácter transitorio: nacionalización de los ferrocarriles, los cuales son todos en España de propiedad privada; nacionalización de las riquezas del subsuelo; nacionalización de los bancos; control obrero de la industria; en fin, reglamentación de la economía por el Estado. Todas estas reivindicaciones, inherentes al paso del régimen burgués al régimen proletario, preparan esta transición para, después de la nacionalización de los bancos y de la industria, disolverse en el sistema de medidas de la economía organizada según un plan que sirve para preparar la sociedad socialista.

Sólo los pedantes pueden ver una contradicción en la combinación de consignas democráticas con otras transitorias y puramente socialistas. Un programa combinado así, que refleja la estructura contradictoria de la sociedad histórica, se desprende inevitablemente de la diversidad de problemas legados en herencia por el pasado. Reducir todas las contradicciones y todos los objetivos a un solo denominador: la dictadura del proletariado, es una operación necesaria, pero completamente insuficiente. Aun en el caso de dar un paso adelante, admitiendo que la vanguardia proletaria se haya dado cuenta claramente de que sólo la dictadura del proletariado puede salvar a España de la descomposición, sigue planteada en toda su amplitud la tarea preliminar de reunir y cohesionar alrededor de la vanguardia a los sectores heterogéneos de la clase obrera ya las masas trabajadoras del campo, todavía más heterogéneas. Oponer pura y simplemente la consigna de la dictadura del proletariado a los objetivos históricamente condicionados que impulsan actualmente a las masas hacia la senda de la insurrección, significaría reemplazar la comprensión marxista de la revolución social por la comprensión bakuninista. Sería el mejor medio de perder la revolución.

Ni que decir tiene que las consignas democráticas no persiguen en ningún caso como fin el acercamiento del proletariado a la burguesía republicana. Al contrario, crean el terreno para la lucha victoriosa contra la izquierda burguesa, permitiendo poner al descubierto a cada paso el carácter antidemocrático de la misma. Cuanto más valerosa, decidida e implacablemente luche la vanguardia proletaria por las consignas democráticas, más pronto se apoderará de las masas y privará de base a los republicanos burgueses y a los socialistas reformistas, de un modo más seguro los mejores elementos vendrán a nuestro lado y más rápidamente la república democrática se identificará en la conciencia de las masas con la república obrera.

Para que la fórmula teórica bien comprendida se convierta en hecho histórico vivo, hay que hacer pasar esta fórmula por la conciencia de las masas a base de la experiencia, de las necesidades y de las exigencias de las mismas. Para esto es preciso, sin perderse en detalles, sin distraer la atención de las masas, reducir el programa de la revolución a unas pocas consignas claras y simples y reemplazarlas según la dinámica de la lucha. En esto consiste la política revolucionaria.

V. Comunismo, anarcosindicalismo, socialdemocracia

Como es de rigor, los acontecimientos españoles han empezado por pasar inadvertidos para la dirección de la Internacional Comunista. Manuilski, "jefe" de los países latinos, declaraba aún recientemente que los acontecimientos de España no eran dignos de atención. No podía ser de otro modo. Esa gente proclamaba en 1928 que Francia se hallaba en vísperas de la revolución proletaria. Después que durante tanto tiempo habían, amenizado un entierro con su música nupcial, no podían acoger, una boda con una marcha fúnebre. Obrar de otro modo significaba para ellos traicionarse a sí mismos. Cuando resultó, sin embargo, que los acontecimientos de España, no previstos por el calendario del "tercer periodo", seguían desarrollándose, los jefes de la Internacional Comunista sencillamente decidieron callar; esto, en todo caso, era más prudente. Pero los acontecimientos de diciembre no hicieron posible la continuación del silencio. Y de nuevo, de acuerdo rigurosamente con la tradición, el jefe de los países latinos describió sobre su propia cabeza un círculo de 180°. Nos referimos al artículo de la Pravda del 17 de diciembre.

En dicho artículo la dictadura de Berenguer, como la dictadura de Primo de Rivera, es declarada "régimen fascista". Mussolini, Mateoti, Primo de Rivera, MacDonald, Chang Kai Chek, Berenguer, Dan, todo eso son variedades del fascismo. Puesto que existe una palabra a punto, ¿qué necesidad hay de pensar? Lo único que queda es añadir a esta lista, para completarla, el régimen "fascista" del Negus de Abisinia. Con respecto al proletariado español, la Pravda comunica que éste no solamente "va asimilándose cada día más rápidamente el programa y las consignas del partido comunista español", sino que "ha comprendido ya que en la revolución le corresponde la hegemonía". Al mismo tiempo, los telegramas oficiales de París dan cuenta de la constitución de soviets de campesinos en España. Como se sabe, bajo la dirección stalinista son, ante todo, los campesinos los que se asimilan y realizan el sistema de los soviets (¡China!). Si el proletariado "ha comprendido ya que en la revolución le corresponde la hegemonía", y los campesinos han empezado a organizar soviets, y todo esto bajo la dirección del partido comunista oficial, la victoria de la revolución española se puede considerar como asegurada, por lo menos hasta el momento en que el "Ejecutivo" de Madrid sea acusado por Stalin y Manuilski de haber aplicado erróneamente la línea general, la cual aparece nuevamente en las páginas de la Pravda como la ignorancia y la ligereza generales. Corrompidos hasta la médula por su propia política, estos "jefes" no son capaces de aprender nada.

En realidad, a pesar de las poderosas proporciones tomadas por la lucha, los factores subjetivos de la revolución -partido, organización de las masas, consignas- se hallan extraordinariamente retrasados con respecto a los objetivos del movimiento, y en este atraso consiste hoy el principal peligro. El desarrollo semiespontáneo de las huelgas, determinantes de sacrificios y derrotas, o que terminan en nada, constituye una etapa completamente inevitable de la revolución, un periodo de despertar de las masas, de su movilización y de su entrada en lucha. No hay que olvidar que en el movimiento toma parte no sólo de la "élite" de los obreros, sino toda su masa. Van a la huelga los obreros de las fábricas, pero asimismo los artesanos, los chóferes y panaderos, los obreros de la construcción y, finalmente, los jornaleros agrícolas. Los veteranos ejercitan sus músculos, los nuevos reclutas aprenden. A través de estas huelgas la clase empieza a sentirse clase.

Sin embargo, lo que en la etapa actual constituye la fuerza del movimiento -su carácter espontáneo- puede convertirse mañana en su debilidad. Admitir que el movimiento siga en lo sucesivo librado a sí mismo, sin un programa claro, sin una dirección propia, significaría admitir una perspectiva sin esperanzas. No hay que olvidar que se trata nada menos que de la conquista del poder. Aun las huelgas más turbulentas, y con tanto mayor motivo esporádicas, no pueden resolver este problema. Si en el proceso de la lucha el proletariado no tuviera la sensación en los meses próximos de la claridad de los objetivos y de los métodos, de que sus filas se cohesionan y robustecen, se iniciaría inevitablemente en él la desmoralización. Los anchos sectores, impulsados por primera vez por el movimiento actual, caerían en la pasividad. En la vanguardia, a medida que se sintiera vacilar el terreno bajo los pies, empezarían a resucitar las tendencias de acción de grupos y de aventurismo en general. En este caso, ni los campesinos ni los elementos pobres de las ciudades hallarían una dirección prestigiosa. Las esperanzas suscitadas se convertirían rápidamente en desengaño y exasperación. Se crearía en España una situación parecida hasta cierto punto ala de Italia después del otoño de 1920. Si la dictadura de Primo de Rivera fue no una dictadura fascista, sino una dictadura de camarillas militares típicamente española que se apoyaba en determinados sectores de las clases poseyentes, en caso de producirse las condiciones más arriba indicadas -pasividad y actitud espectativa del partido revolucionario y carácter espontáneo del movimiento de las masas-, en España podría aparecer un terreno propicio para un fascismo auténtico. La gran burguesía podría apoderarse de las masas pequeño burguesas, sacadas de su equilibrio, decepcionadas y desesperadas, y dirigir su indignación contra el proletariado. Hoy nos hallamos aún lejos de esto. Pero no hay tiempo que perder.

Aún admitiendo por un instante que el movimiento revolucionario, dirigido por el ala revolucionaria de la burguesía -oficiales, estudiantes, republicanos- pueda conducir a la victoria, la esterilidad de esta victoria resultaría, en fin de cuentas, igual a una derrota. Los republicanos españoles, como ya se ha dicho, permanecen enteramente en el terreno de las relaciones de propiedad actual. No se puede esperar de ellos ni la expropiación de la gran propiedad agraria, ni la liquidación de la situación privilegiada de la Iglesia católica, ni el baldeo radical la de los establos de Augias de la burocracia civil y militar. La camarilla monárquica sería reemplazada sencillamente por la camarilla republicana. Y tendríamos una nueva edición de la efímera e infructuosa república de 1873.

El hecho de que los jefes socialistas vayan a la cola de los republicanos es completamente normal. Ayer la socialdemocracia apoyaba con el hombro derecho a la dictadura de Primo de Rivera. Hoy apoya con el hombro izquierdo a los republicanos. La finalidad superior de los socialistas, los cuales no tienen ni pueden tener una política propia, consiste en la participación en un gobierno burgués sólido. Con esta condición, en fin de cuentas, no tendrían incluso ningún inconveniente en conciliarse con la monarquía.

Pero el ala derecha de los anarcosindicalistas no se halla garantizada contra la posibilidad de seguir este mismo camino: los acontecimientos de diciembre constituyen en este sentido una gran lección y una severa advertencia.

La Confederación Nacional del Trabajo agrupa indiscutiblemente a su alrededor a los elementos más combativos del proletariado. En dicha organización la selección se ha efectuado en el transcurso de una serie de años. Reforzar dicha confederación, convertirla en una verdadera organización de masas es el deber de todo obrero avanzado y ante todo del comunista. Se puede asimismo contribuir a ello actuando en el interior de los sindicatos reformistas, denunciando incansablemente la traición de sus jefes e incitando a los obreros a agruparse en el marco de una confederación sindical única. Las condiciones de la revolución favorecerán extraordinariamente esta labor.

Pero al mismo tiempo no debemos hacemos ninguna ilusión respecto a la suerte del anarcosindicalismo como doctrina y como método revolucionario. El anarcosindicalismo, con su carencia de programa revolucionario y su incomprensión del papel del partido, desarma al proletariado. Los anarquistas "niegan" la política hasta que ésta les coge por el pescuezo: entonces dejan el sitio libre para la política de la clase enemiga. ¡Así fue en diciembre!

Si el partido socialista adquiriera durante la revolución una situación dirigente en el proletariado, sería capaz sólo de una cosa: de transmitir el poder conquistado por la revolución a las manos agujereadas del ala republicana, de las cuales pasaría automáticamente luego a los que lo detentan actualmente. El gran parto terminaría en un aborto.

Por lo que se refiere a los anarcosindicalistas, podrían hallarse a la cabeza de la revolución sólo en el caso de que renunciaran a sus prejuicios anarquistas. Nuestro deber consiste en ayudarlos en este sentido. Hay que suponer que, en realidad, parte de los jefes sindicalistas se pasará a los socialistas o será dejada de lado por la revolución; los verdaderos revolucionarios estarán con nosotros; las masas irán con los comunistas, lo mismo que la mayoría de los obreros socialistas.

La ventaja de las situaciones revolucionarias consiste precisamente en que las masas aprenden con gran rapidez. La evolución de estas últimas provocará inevitablemente diferenciaciones y escisiones no sólo entre los socialistas, sino también entre los sindicalistas. En el transcurso de la revolución son inevitables los acuerdos prácticos con los sindicalistas revolucionarios. Nos mostraremos lealmente fieles a estos acuerdos. Pero sería verdaderamente funesto introducir en los mismos elementos de equívoco, de reticencia, de falsedad. Incluso en los días y las horas en que los obreros comunistas luchan al lado de los obreros sindicalistas, no se puede destruir la barrera de principios, disimular las divergencias o atenuar la crítica de la falsa posición del aliado. Sólo con esta condición quedará garantizado el desarrollo progresivo de la revolución.

VI. Junta revolucionaria y partido

Atestigua hasta qué punto el proletariado tiende a una acción mancomunada la jornada del 15 de diciembre, caracterizada por el hecho de que los obreros se levantaron simultáneamente no sólo en las grandes ciudades, sino también en las poblaciones secundarias aprovechándose de la señal de los republicanos porque ellos no disponen de un vocero propio suficientemente sonoro. Por lo visto, la derrota del movimiento no ha provocado ni una sombra de decepción. La masa considera las propias acciones como experimentos, como escuela, como preparación. Es este uno de los rasgos más elocuentes de los periodos de impulso revolucionario.

El proletariado, si quiere entrar en la senda de las grandes acciones, tiene necesidad, ya en el momento presente, de una organización que se levante por encima de las separaciones políticas, nacionales, provinciales y sindicales existentes en las filas del proletariado y que corresponda a la envergadura tomada por la lucha revolucionaria actual. Una organización tal, elegida democráticamente por los obreros de las fábricas, de los talleres, de las minas, de los establecimientos comerciales, del transporte ferroviario y marítimo, por los proletarios de las ciudades y del campo, no puede ser más que el soviet. Los epígonos han causado un daño incalculable al movimiento revolucionario en todo el mundo al afirmar en muchas mentes el prejuicio de que los soviets se crean únicamente para las necesidades del levantamiento armado y únicamente en vísperas del mismo.

En realidad los soviets se constituyen cuando el movimiento revolucionario de las masas obreras, aunque se halle lejos todavía de la insurrección, engendra la necesidad de una organización amplia y prestigiosa capaz de dirigir los combates políticos y económicos que abarcan simultáneamente establecimientos y profesiones diversas. Sólo a condición de que los soviets, durante el periodo preparatorio de la revolución, penetren en el seno de la clase obrera, resultarán capaces de desempeñar un papel directivo en el momento de la lucha inmediata por el poder. Ciertamente, la palabra soviet ha adquirido ahora, después de 13 años de existencia del régimen soviético, un sentido considerablemente distinto del que tenía en 1905 o a principios de 1917, cuando los soviets surgían no como órganos del poder, sino únicamente como organizaciones combativas de la clase obrera. La palabra Junta, íntimamente ligada con toda la historia de la revolución española, expresa de un modo insuperable esta idea. La creación de Juntas obreras está a la orden del día en España.

En la situación actual del proletariado, la organización de Juntas presupone la participación en las mismas de los caudillos de la lucha huelguística, comunistas, anarcosindicalistas, social-demócratas y sin-partido. ¿ Hasta qué punto se puede contar con la participación de los anarcosindicalistas y socialdemócratas en los soviets? Es imposible predecirlo desde lejos. El empuje del movimiento obligaría indudablemente a muchos sindicalistas y acaso aún a una parte de los socialistas a ir más allá de lo que quisieran si los comunistas saben plantear con la debida energía el problema de las Juntas obreras.

Con la presión de las masas, las cuestiones prácticas de la organización de los soviets, de las normas de representación, del momento y los procedimientos de elección, etc., etc., pueden y deben ser objeto de acuerdo no sólo de todas las fracciones comunistas entre sí, sino también con los sindicalistas y socialistas dispuestos a ir ala creación de dichos organismos. Los comunistas, ni que decir tiene, en todas las etapas de la lucha actuarán con sus banderas desplegadas.

Contrariamente a lo que supone la novísima teoría del estalinismo, es poco probable que las Juntas campesinas, como organizaciones electivas, surjan, al menos en un número considerable, antes de la toma del poder por el proletariado. En el periodo preparatorio, es más probable que se desenvuelvan en el campo otras formas de organización fundadas no en el principio electivo, sino en la selección individual : asociaciones campesinas, comités de campesinos pobres, células comunistas, sindicatos de obreros agrícolas, etc. Sin embargo, ya ahora se puede poner a la orden del día la propaganda en favor de las Juntas campesinas sobre la base del programa agrario revolucionario.

La insurrección republicana de diciembre de 1930 será indudablemente inscrita en la historia como un jalón entre dos épocas de la lucha revolucionaria. El ala izquierda de los republicanos estableció contacto con los jefes de las organizaciones obreras a fin de obtener la unidad de acción. Los obreros desarmados tuvieron que desempeñar el papel de coro cerca de los corifeos republicanos. Este objetivo fue realizado en la medida necesaria para poner de manifiesto de una vez para siempre la incompatibilidad del complot militar con la huelga revolucionaria. El gobierno halló en el interior del propio ejército suficientes fuerzas contra el complot militar, que oponía un arma a la otra. Y la huelga, privada de objetivo independiente y de dirección propia, quedó reducida a nada tan pronto la sublevación militar fue vencida.

El papel revolucionario del ejército, no como instrumento de los experimentos de la oficialidad, sino como parte armada del pueblo, se halla determinado en fin de cuentas por el papel de los obreros y de las masas campesinas en la marcha de la lucha. Para que la huelga revolucionaria pueda obtener la victoria, ha de enfrentar a los obreros y al ejército. Por importantes que sean los elementos puramente militares de este choque, la política predomina. La masa puede ser conquistada sólo planteando de un modo claro los fines sociales de la revolución.

Para llevar a cabo eficazmente todas estas tareas son necesarias tres condiciones: el partido, el partido y el partido.

Es díficil juzgar desde lejos cómo se formarán las relaciones entre las distintas organizaciones y grupos comunistas actualmente existentes y cuál será el destino en el futuro. La experiencia lo mostrará. Los grandes acontecimientos someten infaliblemente a prueba las ideas, las organizaciones y los hombres. Si la dirección de la Internacional Comunista se muestra incapaz de proponer a los obreros españoles algo más que una falsa política, el mando burocrático y la escisión, el verdadero partido comunista de España se formará y templará fuera del marco oficial de la Internacional Comunista. Sea como sea, el partido debe ser creado. Dicho partido debe ser único y centralizado.

La clase obrera no puede en ningún caso constituir su organización política de acuerdo con el principio federativo. El partido comunista, que no es el prototipo del régimen estatal futuro de España, sino la palanca de acero destinada a derrumbar el régimen existente, no puede ser organizado más que a base de los principios del centralismo democrático.

La Junta proletaria será la vasta arena en que cada partido y cada grupo serán sometidos a prueba a la vista de las grandes masas. Los comunistas opondrán la divisa del frente único de los obreros a la práctica de la coalición de los socialistas y parte de los sindicalistas con la burguesía. Sólo el frente único revolucionario hará que el proletariado inspire la confianza necesaria a las masas oprimidas de la ciudad y del campo. La realización del frente único es concebible sólo bajo la bandera del comunismo. La Junta tiene necesidad de un partido dirigente. Sin una firme dirección, se convertiría en una forma vacía de organización y caería indefectiblemente bajo la dependencia de la burguesía.

A los comunistas españoles les está asignada, por consiguiente, una gran misión histórica. Los obreros avanzados de todos los países seguirán con apasionada atención el desarrollo del gran drama revolucionario que tarde o temprano exigirá de ellos no sólo simpatía, sino ayuda efectiva. ¡Estaremos con el arma al brazo!




A la redacción de la revista "Comunismo"

Kadikei, 12 de abril de 1931

[Edición de Juan Andrade y José Martínez. Ruedo Ibérico, 1971. Digitalización: Germinal]


Queridos compañeros: He recibido, por fin, la noticia largo tiempo esperada de que la Oposición Comunista de Izquierda emprende la publicación de su órgano Comunismo. No dudo ni un momento de que esta publicación tendrá un gran éxito.

España pasa por un periodo revolucionario. En un periodo así, el pensamiento despierto de la vanguardia proletaria aspira ávidamente a abordar las cuestiones no de un modo aislado sino en su nexo interno. Las épocas revolucionarias han sido siempre tiempos de avance de los intereses históricos entre las clases históricamente progresivas.

Ninguna teoría, excepto el marxismo, puede dar una respuesta a los problemas gigantescos planteados actualmente a los obreros españoles. Pero podemos y debemos decir de un modo completamente categórico que ningún grupo, a excepción de la Oposición de Izquierda, es capaz actualmente de dar a los obreros españoles una interpretación auténticamente marxista de las condiciones de la revolución, de sus fuerzas motrices, de sus perspectivas, de sus fines. Mientras que la fracción centrista oficial de la Internacional Comunista subordina los problemas de la revolución proletaria a las consideraciones y necesidades del prestigio burocrático seriamente comprometido, y no permite el planteamiento crítico de una sola cuestión, la Oposición de Izquierda se propone como misión decir lo que hay. La claridad, la precisión teórica y por consiguiente la honradez política, he aquí los rasgos que hacen invencible a una tendencia revolucionaria. Que con esta bandera viva y se desarrolle "Comunismo".

Os prometo el apoyo más resuelto, y ante todo la colaboración más asidua, e invito a hacer lo mismo a nuestros camaradas de todos los países. Os envío mi proyecto de plataforma, que he terminado estos días, sobre la URSS.

Espero que los comunistas españoles avanzados prestarán a las cuestiones internas del primer Estado obrero la misma atención que los comunistas de la URSS y de todos los demás países deben prestar a los problemas de la revolución española.

¡Viva "Comunismo"! ¡Vivan los bolcheviques-leninistas españoles! ¡Viva el proletariado revolucionario español!




Los diez mandamientos del comunista español

Kadikei, 12 de abril de 1931

[Edición de Juan Andrade y José Martínez. Ruedo Ibérico, 1971. Digitalización: Germinal]


1. La monarquía ha perdido el poder, pero espera reconquistarlo. Las clases poseedoras están todavía firmes en sus estribos. El bloque de republicanos y socialistas se ha colocado en el terreno del cambio republicano para evitar que las masas tomen el camino de la revolución socialista. ¡Desconfiad de las palabras! ¡Actuar es lo que hace falta! ¡Para comenzar: detención de los dirigentes más destacados y sostenedores del antiguo régimen, confiscación de los bienes de la dinastía y de sus lacayos más comprometidos! ¡Armamento para los obreros!

2. El gobierno, apoyándose en republicanos y socialistas, se esforzará por todos los medios por ampliar sus bases hacia la derecha, en dirección de la gran burguesía, e intentará capitular a fin de neutralizar a la Iglesia. El gobierno es un gobierno de explotadores creado para protegerles de los explotados. El proletariado está en oposición irreconciliable con el gobierno de los agentes republicanos "socialistas" de la burguesía.

3. La participación de los socialistas en el poder significa que irán acrecentándose los choques violentos entre obreros y jefes socialistas. Esto abre amplias posibilidades a la política revolucionaria del frente único. Cada huelga, cada manifestación, cada acercamiento de los obreros a los soldados, cada paso de la masa hacia la verdadera democratización del país, se va a enfrentar de ahora en adelante con la resistencia de los jefes socialistas como hombres "del orden". Por consiguiente, es tanto más importante para los obreros comunistas el participar en el frente único con los obreros socialistas, sindicalistas y sin partido, y arrastrarles más tarde detrás de ellos.

4. Los obreros comunistas constituyen hoy una pequeña minoría en el país. No pueden aspirar al poder de una manera inmediata. Actualmente no pueden proponerse como objetivo práctico la caída violenta del gobierno republicano-socialista. Toda tentativa en este sentido sería una aventura catastrófica. Es necesario que las masas de obreros, soldados y campesinos atraviesen la etapa de las ilusiones republicanas "socialistas" a fin de liberarse de ella más radical y definitivamente. No engañarse con frases, observar los hechos con los ojos muy abiertos, preparar tenazmente la segunda revolución, la revolución proletaria.

5. La tarea de los comunistas en el periodo actual, consiste en ganarse a la mayoría de los obreros, la mayoría de los soldados,la mayoría de los campesinos. ¿Qué hace falta para eso? Agitar, educar a los cuadros, "explicar con paciencia" (Lenin), organizar. Todo eso a base de la experiencia de las masas y de la participación activa de los comunistas en esta experiencia: la política amplia y audaz del frente único.

6. Con el bloque republicano-socialista o bien con partes de éste, los comunistas no deben hacer ninguna transacción que pueda limitar o debilitar de una forma directa o indirecta la libertad de crítica y de agitación comunista. Los comunistas explicarán, por todas partes y sin descanso, a las masas populares que en las luchas contra todas las variedades de la contrarrevolución monárquica estarán en primera fila, pero que para semejante lucha no es necesario ninguna alianza con los republicanos y los socialistas, cuya política estará inevitablemente basada en concesiones a la reacción e intentarán ocultar las intrigas de ésta.

7. Los comunistas emiten las más radicales consignas democráticas : libertad completa para las organizaciones proletarias, libertad de auto administración local, elegibilidad de todos los funcionarios por el pueblo, admisión al voto de hombres y mujeres a partir de 18 años, etc., creación de una milicia obrera y, más tarde, de una milicia campesina. Confiscación de todos los bienes de la dinastía y de los bienes de la Iglesia en favor del pueblo, en primer lugar en favor de los parados, de los campesinos pobres y para el mejoramiento de la situación de los soldados. Separación completa de la Iglesia y del Estado. Todos los derechos cívicos y libertades a los soldados. Elegibilidad de los oficiales en el ejército. El soldado no es un verdugo del pueblo, tampoco un mercenario armado de los ricos, ni un pretoriano, sino un ciudadano revolucionario, hermano de sangre del obrero y del campesino.

8. La consigna central del proletariado es la de soviet obrero. Esta consigna deberá anunciarse, popularizarse incansable y constantemente, y a la primera ocasión hay que proceder a su realización. El soviet obrero no significa la lucha inmediata por el poder. Es ésa sin duda la perspectiva, pero a la que la masa sólo puede llegar por el camino de su experiencia y con la ayuda del trabajo de clarificación de los comunistas. El soviet obrero significa hoy la reunión de las fuerzas diseminadas del proletariado, la lucha por la unidad de la clase obrera, por su autonomía. El soviet obrero se encarga de los fondos de huelga, de la alimentación de los parados, del contacto con los soldados a fin de evitar encuentros sangrientos entre ellos, de los contactos entre la ciudad y el pueblo, con objeto de asegurar la alianza de los obreros con los campesinos pobres. El soviet obrero incorpora representantes de los contingentes militares. Es así solamente, como el soviet llegará a ser el órgano de la insurrección proletaria y, más tarde, el órgano del poder.

9. Los comunistas deben elaborar inmediatamente un programa agrario revolucionario. La base de éste tiene que ser la confiscación de las tierras de las clases privilegiadas y ricas, de los explotadores, empezando por la dinastía y la Iglesia, a favor de los campesinos pobres y de los soldados. Este programa debe adaptarse concretamente a las diferentes zonas del país. Teniendo particularidades económicas e históricas singulares, es necesario crear inmediatamente en cada provincia una comisión para la elaboración concreta del programa agrario en estrecha relación con los campesinos revolucionarios de la región. Es necesario saber comprender la voz de los campesinos para formularla de una manera clara y precisa.

10. Los socialistas que se dicen de izquierda (entre los cuales hay honrados obreros) invitarán a los comunistas a hacer un bloque e incluso a unificar las organizaciones. A esto los comunistas responden: "Estamos dispuestos, en el interés de la clase obrera y para la solución de determinadas tareas concretas, a trabajar unidos con todo grupo y con toda organización proletaria. Con este fin proponemos correctamente la creación de soviets. Representantes obreros, pertenecientes a diferentes partidos, discutirán en esos soviets sobre todas las cuestiones actuales y todas las tareas inmediatas. El soviet obrero es la forma más natural, más abierta, más honesta y más sana de la alianza en vista del trabajo común. En el soviet obrero, nosotros los comunistas, propondremos nuestras consignas y nuestras soluciones y nos esforzaremos para convencer a los obreros de lo correcto de nuestro camino. Cada grupo debe gozar en el seno del soviet obrero de una entera libertad de crítica. En la lucha para los objetivos prácticos propuestos por el soviet, nosotros, los comunistas, estaremos siempre en primera fila". Esta es la forma de colaboración que los comunistas proponen fraternalmente a los obreros socialistas, sindicalistas y sin partido.

Asegurando la unidad en sus propias filas, los comunistas ganarán la confianza del proletariado y de la gran mayoría de campesinos pobres, con su brazo armado ellos tomarán el poder, y abrirán la era de la revolución socialista.




Carta al Buró político
del Partido Comunista de la URSS

Escrita el 24 de abril de 1931.
[Edición de Juan Andrade y José Martínez. Ruedo Ibérico, 1971. Digitalización: Germinal]


El destino de la revolución española depende completamente de saber si podrá crearse durante los próximos meses un partido combativo y con autoridad en España. Esto es irrealizable con el sistema de escisiones artificiales impuestas desde fuera al movimiento. En 1917, el partido bolchevique reunió en torno a él todas las corrientes que combatían a su lado. Respetando al detalle la unidad en sus filas y la disciplina en la acción, el partido dio al mismo tiempo la posibilidad de una larga y fructuosa discusión sobre los problemas esenciales de la revolución (Conferencia de marzo, Conferencia de abril, periodo anterior a Octubre). ¿Hay otros caminos y otros métodos que permitirán a la vanguardia proletaria de España la elaboración de sus puntos de vista y convencerse firmemente de la justeza de sus opiniones, lo cual le permitirá dirigir, sola, a las masas populares en el asalto definitivo?.

Ya el hecho –lo cito como ejemplo- de que el partido oficial en la situación actual, se vea obligado a tratar a Andrés Nin como contrarrevolucionario, sólo puede llevar a una confusión monstruosa, sobre todo en las propias filas comunistas. En la confusión ideológica el partido no podrá crecer. El fracaso de la revolución española, que será inevitable si la diseminación y la debilidad de los comunistas continuasen, desembocaría casi automáticamente en la instauración de un régimen verdaderamente fascista, al estilo de Mussolini. Es inútil decir cuáles serían las consecuencias para toda Europa y para la URSS. Por otra parte, el desarrollo favorable de la revolución española en las condiciones de la crisis mundial, que está lejos de solucionarse, abriría grandiosas posibilidades.

Las profundas divergencias en una serie de problemas que conciernen a la URSS y al movimiento obrero mundial no deben impedir que se haga una tentativa honesta de frente único en la arena de la revolución española. ¡No es demasiado tarde todavía! Hay que poner fin inmediatamente a la política de escisión artificial en España, aconsejando -precisamente aconsejando y no ordenando- a todas las organizaciones comunistas españolas que convoquen lo antes posible un congreso de unificación que garantizaría a todas las tendencias, bajo condición de una disciplina obligatoria en la acción, al menos la misma libertad de crítica que gozaban en 1917 las diferentes corrientes del bolchevismo ruso, que tenían una experiencia y un temple incomparablemente superiores a los de los comunistas españoles.

No cabe duda que si el partido español oficial comprendiera la desproporción entre su debilidad y la importancia de las tareas e hiciese una tentativa seria de unificar las filas comunistas, encontraría el apoyo completo por parte de los comunistas revolucionarios que actualmente están organizados de modo separado, por causas que os son conocidas y las cuales tienen como origen, en sus nueve décimas partes, condiciones exteriores a la revolución española.

Para no crear dificultades exteriores, hago esta proposición, no en la prensa, sino por carta [No tuvo respuesta. NDE]. La marcha de los acontecimientos en España confirmará cada día más la necesidad de la unidad de las filas comunistas. La responsabilidad de la separación será, en este sentido, una responsabilidad histórica formidable.




La revolución española y sus peligros

Kadikei, 28 de mayo de 1931
[Versión al castellano de Andreu Nin. Ruedo Ibérico, 1971. Digitalización: Germinal]


La revolución española avanza. En el proceso de lucha crecen también sus fuerzas internas. Pero al mismo tiempo crecen igualmente los peligros. Hablamos, no de los peligros que tienen su origen en las clases dominantes y en sus servidores políticos republicanos y socialistas. Estos son enemigos declarados; nuestra misión con respecto a ellos es perfectamente clara. Pero hay otros peligros interiores.

Los obreros españoles miran con confianza a la Unión Soviética, hija de la Revolución de octubre. Este estado de espíritu constituye un capital precioso del comunismo. La defensa de la Unión Soviética es el deber de todo obrero revolucionario. Pero no se puede permitir que se abuse de la confianza de los obreros en la revolución de octubre para imponer a los mismos una política que se halla en contradicción fundamental con todas las experiencias y las enseñanzas de octubre.

Hay que decirlo claramente; hay que decirlo de un modo tal que lo oiga la vanguardia del proletariado español e internacional: la revolución proletaria de España se halla amenazada de un peligro inmediato por parte de la dirección actual de la Internacional Comunista. Toda revolución, incluso la que nos inspire más esperanzas, puede ser aniquilada, como lo ha demostrado la experiencia de la revolución alemana de 1923, y, de un modo más elocuente, la experiencia de la revolución china de 1925-1927. Tanto en un caso como en otro, la causa inmediata del desastre fue la dirección errónea. Ahora le ha llegado el turno a España. Los dirigentes de la Internacional Comunista no han aprendido nada de sus propios errores o, lo que es peor, para cubrir los errores precedentes se ven precisados a justificarlos. En todo lo que depende de ellos, preparan a la revolución española la misma suerte de la revolución china.

En el transcurso de dos años se desorientó a los obreros avanzados con la desventurada teoría del "tercer período", que ha debilitado y desmoralizado a la IC. Finalmente los dirigentes se batieron en retirada. Pero, ¿cuándo? Precisamente en el momento en que la crisis mundial marcaba un cambio radical de la situación y daba a la luz las primeras posibilidades de una ofensiva revolucionaria. Los procesos interiores de España se desarrollaban, entre tanto, de un modo imperceptible para la IC. Manuilski declaraba -¡y Manuilski desempeña hoy las funciones de jefe de la IC!- que los acontecimientos de España no merecían ninguna atención.

En nuestro estudio La revolución española y la táctica de los comunistas, escrito antes de los acontecimientos de abril, e anticipábamos que la burguesía, adornándose con todos los matices del republicanismo, salvaguardaría con todas sus fuerzas, y hasta el último instante, su alianza con la monarquía. "Es verdad que no está excluida la circunstancia -decíamos- de que las clases poseyentes se vean obligadas a sacrificar a la monarquía para salvarse ellas mismas (ejemplos: ¡Alemania!)." Estas líneas sirvieron de pretexto a los estalinistas naturalmente después de los acontecimientos- para hablar de un pronóstico falso (1). Un agente que no ha previsto nunca nada, pide a los otros no pronósticos marxistas, sino previsiones teosóficas, para saber qué día y en qué forma se producirán los acontecimientos; es así como los enfermos ignorantes y supersticiosos exigen milagros de la medicina. La previsión marxista consiste en ayudar a orientarse en el sentido general del desarrollo de los acontecimientos ya interpretar sus "sorpresas". El hecho de que la burguesía española se haya decidido a separarse de la monarquía se explica por dos razones igualmente importantes. El desbordamiento impetuoso de la cólera popular impuso a la burguesía la tentativa de hacer servir de mingo a Alfonso, odiado por el pueblo. Pero esta maniobra, que traía aparejada consigo serios riesgos, le ha sido posible realizarla a la burguesía española únicamente gracias a la confianza de las masas en los republicanos y los socialistas ya que en el cambio de régimen no se tenía que contar con el peligro comunista. La variante histórica que se ha realizado en España es, por consiguiente, el resultado de la fuerza de la presión popular, de una parte, y de la debilidad de la IC, de otra. Hay que empezar con la comprobación de estos hechos. El principio fundamental de la táctica debe ser el siguiente: si quieres ser más fuerte no empieces por exagerar tus propias fuerzas. Pero este principio no tiene ningún valor para los epígonos-burócratas. Si en víspera de los acontecimientos, Manuilski (2) predecía que o ocurriría nada serio al día siguiente del cambio de régimen, el irreemplazable Péri, encargado de suministrar informaciones falsas sobre los países latinos, empezó a mandar telegrama tras telegrama, diciendo que el proletariado español apoyaba casi exclusivamente al partido comunista y que los campesinos españoles creaban soviets. La Pravda publicaba estas estupideces, completándolas con otras sobre los "trotsquistas", que van a remolque de Alcalá Zamora, cuando la verdad es que éste metía y mete en la cárcel a los comunistas de izquierda... En fin, el 14 de mayo, la Pravda publicaba un artículo de fondo titulado "España en llamas", que pretendía tener un carácter programático y que representa la condensación de los errores de los epígonos traducidos al lenguaje de la revolución española.

¿Cómo actuar ante las Cortes?

La Pravda intenta partir de la verdad indiscutible de que la propaganda abstracta es insuficiente: "El partido comunista debe decir a las masas lo que deben hacer hoy". ¿Qué propone la propia Pravda en este sentido? Agrupar a los obreros "para el desarme de la reacción, para el armamento del proletariado, para la constitución de los comités de fábrica, para la introducción por iniciativa propia de la jornada de siete horas, etcétera etc." Etc. etc., así se dice textualmente. Las consignas enumeradas son indiscutibles, aunque se dan sin ninguna conexión interior y sin la consecuencia que debe desprenderse de la lógica del desarrollo de las masas. Pero lo que es sorprendente es que el artículo de la Pravda no diga ni una sola palabra sobre las elecciones a las Constituyentes, como si este acontecimiento político en la vida de la nación española no existiera o como si no tuviera nada que ver con los obreros. ¿Qué significa este mutismo?

Aparentemente, la transformación republicana se produjo, como es sabido, por mediación de las elecciones municipales. Ni que decir tiene; son mucho más profundas las causas del cambio de régimen, de las cuales hemos hablado mucho antes de la caída del ministerio Berenguer. Pero la forma "parlamentaria" de la liquidación de la monarquía ha servido enteramente los intereses de los republicanos burgueses y de la democracia pequeño burguesa. Actualmente hay en España muchos obreros que se imaginan que pueden resolverse las cuestiones fundamentales de la vida social con ayuda de la papeleta electoral. Estas ilusiones no pueden ser destruidas mas que por la experiencia. Pero hay que saber facilitar ésta. ¿Cómo? ¿Volviendo la espalda a las Cortes o, al contrario, participando en las elecciones? Hay que dar una respuesta.

Además del artículo de fondo citado, el mismo periódico publica un artículo "teórico" (números del 7 y del 10 de mayo) que pretende dar un análisis marxista de las fuerzas internas de la revolución española y una definición bolchevique de su estrategia. En dicho artículo tampoco se dice una sola palabra a propósito de si se deben boicotear las elecciones o participar en las mismas. En general, la Pravda guarda silencio sobre las consignas y los fines de la democracia política, a pesar de que califique de democrática la revolución. ¿Que significa este mutismo? Se puede participar en las elecciones, se puede boicotearlas. Pero, ¿se puede ignorarlas?

Con respecto a las Cortes de Berenguer, la táctica del boicot era enteramente justa. Se veía de antemano con claridad, que, o bien Alfonso conseguiría adoptar nuevamente por un cierto periodo el camino de la dictadura militar, o bien que el movimiento desbordaría a Berenguer con sus Cortes. En estas condiciones, los comunistas debían tomar sobre sí la iniciativa de la lucha por el boicot de las Cortes. Es precisamente lo que tratamos de hacer comprender con ayuda de los débiles recursos que teníamos a nuestra disposición (3).

Si los comunistas españoles se hubieran pronunciado oportuna y decididamente por el boicot, difundiendo en el país incluso pequeñas hojas sobre el particular, su prestigio en el momento de la caída del ministerio Berenguer habría aumentado considerablemente. Los obreros avanzados se hubieran dicho: "Esa gente es capaz de comprender las cosas". Por desgracia, los comunistas españoles, desorientados por la dirección de la IC, no comprendieron la situación e iban a participar en las elecciones aunque sin convicción alguna. Los acontecimientos los desbordaron y la primera victoria de la revolución no aumentó la influencia de los comunistas.

Actualmente es el gobierno de Alcalá Zamora el que se encarga de la convocatoria de las Cortes Constituyentes. ¿Hay algún motivo para suponer que la convocatoria de estas Cortes será impedida por una segunda revolución? De ningún modo. Son perfectamente posibles poderosos movimientos de las masas, pero este movimiento, sin partido, sin dirección, no puede conducir a una segunda revolución. La consigna de ese boicot sería en la actualidad una consigna de autoaislamiento. Hay que tomar una participación activísima en las elecciones.

El cretinismo parlamentario de los reformistas
y el cretinismo antiparlamentario de los anarquistas

El cretinismo parlamentario es una enfermedad detestable, pero el cretinismo antiparlamentario no vale mucho más, como lo pone de manifiesto con claridad el destino de los anarcosindicalistas españoles. La revolución plantea en toda su magnitud los problemas políticos y, en su fase actual, les da la forma parlamentaria. La atención de la clase obrera no puede dejar de estar concentrada en las Cortes, y los anarcosindicalistas votarán "sigilosamente" por los republicanos e incluso por los socialistas. En España, menos que en ninguna otra parte, se puede luchar contra las ilusiones parlamentarias sin combatir al mismo tiempo la metafísica antiparlamentaria de los anarquistas.

En una serie de artículos y cartas hemos demostrado la enorme importancia de las consignas democráticas para el desarrollo ulterior de la revolución española. La ayuda a los parados, la jornada de siete horas, la revolución agraria, la autonomía nacional, todas estas cuestiones vitales y profundas están ligadas en la conciencia de la gran mayoría de los obreros españoles, sin excluir a los anarcosindicalistas, con las futuras Cortes. En el periodo de Berenguer era necesario boicotear las Cortes de Alfonso en nombre de las Cortes Constituyentes revolucionarias. En la agitación era necesario colocar desde el principio, en primer término, la cuestión de los derechos electorales. Sí; ¡la cuestión prosaica de los derechos electorales! Ni que decir tiene que la democracia soviética es incomparablemente superior a la burguesa. Pero los soviets no caen del cielo. Es preciso crecer para llegar a ellos.

Hay en el mundo gentes que se permiten llamarse marxistas y que manifiestan un espléndido desprecio por consignas tales como, por ejemplo, la del sufragio universal igual, directo y secreto para los hombres y las mujeres a Partir de los dieciocho años. Sin embargo, si los comunistas españoles hubieran lanzado a su tiempo esa consigna, defendiéndola en discursos, artículos y manifiestos, habrían adquirido una popularidad enorme. Precisamente porque las masas populares de España están inclinadas a exagerar la fuerza creadora de las Cortes, es por lo que todo obrero consciente, todo campesino revolucionario quieren participar en las elecciones. No nos solidarizamos ni un instante con las ilusiones de las masas; pero lo que tienen de progresivo dichas ilusiones debemos utilizarlo hasta el fin; de lo contrario, no somos revolucionarios, sino unos despreciables pedantes. Aunque no sea más que porque la reducción de la edad electoral interesa vivamente a muchos millares de obreros, de obreras, de campesinos y campesinas. Y ¿a cuáles? A los jóvenes, a los activos, a los que están llamados a realizar la segunda revolución. Oponer estas jóvenes generaciones a los socialistas que se esfuerzan en apoyarse en los obreros de más edad, constituye la misión elemental e indiscutible de la vanguardia comunista.

Es más. El gobierno de Alcalá Zamora quiere hacer aprobar una Constitución con dos cámaras. Las masas revolucionarias que acaban de derribar la monarquía y que están impregnadas de una aspiración apasionada, aunque muy confusa todavía, hacia la igualdad y la justicia, acogerán con ardor la agitación de los comunistas contra el plan de la burguesía, consistente en colocar sobre la espalda del pueblo una "cámara de señores". Esta cuestión particular podrá desempeñar un papel enorme en la agitación, crear grandes dificultades a los socialistas, sembrar la discordia entre los socialistas y republicanos, es decir, dividir, aunque no sea más que temporalmente, a los enemigos del proletariado y, lo que es mil veces más importante, establecer una línea divisoria entre las masas obreras y los socialistas.

La reivindicación de la jornada de siete horas, lanzada por la Pravda, es muy justa, extraordinariamente importante e inaplazable. Pero, ¿se puede plantear esta reivindicación de un modo abstracto, ignorando la situación política y los fines revolucionarios de la democracia? Al hablar únicamente de la jornada de siete horas, de los comités de fábrica y del armamento de los obreros, ignorando la política, sin mencionar ni una sola vez en sus artículos las elecciones a Cortes, Pravda hace el juego al anarcosindicalismo, lo alimenta, lo cubre. Sin embargo, el joven obrero, al cual los republicanos y los socialistas privan del derecho al voto, a pesar de que la legislación burguesa lo considera suficientemente maduro para la explotación capitalista, o al cual se quiere imponer la segunda cámara, en la lucha contra estas ignominias, querrá mañana volver la espalda al anarquismo y tender la mano hacia el fusil. Oponer la consigna del armamento de los obreros a los procesos políticos reales que arrastran vigorosamente a las masas, significa aislarse de estas últimas y aislar a éstas de las armas.

La consigna de la autodeterminación nacional reviste actualmente en España una importancia excepcional. Sin embargo, esta consigna se plantea también hoy en el terreno democrático. No se trata, evidentemente, para nosotros, de incitar a los catalanes ya los vascos a separarse de España, sino de luchar para que se les dé esa posibilidad si expresan ellos mismos esta voluntad. Pero, ¿cómo determinarla? Muy sencillamente: mediante el sufragio universal, igualitario, directo y secreto de las regiones interesadas. Hoy no existe otro medio. Más adelante, las cuestiones nacionales, lo mismo que todas las otras serán resueltas por los soviets, como órganos de la dictadura del proletariado. Pero no podemos imponer los soviets a los obreros en cualquier momento. Lo único que podemos hacer es conducirlos hacia ellos. Aún menos podemos imponer al pueblo los soviets que el proletariado creará únicamente en el porvenir. Pero hay que dar una respuesta a las cuestiones de hoy. En el mes de mayo los municipios de Cataluña fueron llamados a elegir sus diputados para la elaboración de la Constitución catalana, es decir, para decidir su actitud hacia España. ¿Es que los obreros catalanes pueden mostrarse indiferentes ante el hecho de que la democracia pequeño burguesa, que, como siempre, se somete al gran capital, intente resolver la suerte del pueblo catalán por medio de unas elecciones antidemocráticas? La consigna de la autodeterminación nacional, sin las consignas de la democracia política que la completan y la concretan, es una fórmula vacía, o, lo que es mucho peor, un modo de engañar a la gente.

Durante un cierto periodo, todas las cuestiones de la revolución española aparecerán, en una u otra forma, a través del prisma del parlamentarismo. Los campesinos esperarán, con una tensión extrema, lo que digan las Cortes a propósito de la cuestión agraria. ¿No es fácil comprender la importancia que podría tener en las condiciones actuales un programa agrario comunista sostenido desde la tribuna de las Cortes? Para esto son necesarias dos condiciones: hay que tener un programa agrario y conquistar un acceso ala tribuna parlamentaria. Ya sabemos que no son las Cortes las que resolverán el problema de la tierra. Es necesaria la iniciativa audaz de las propias masas campesinas. Pero para una iniciativa semejante las masas tienen necesidad de un programa y de una dirección. La tribuna de las Cortes es necesaria a los comunistas para mantener el contacto con las masas. y de este contacto nacerán los acontecimientos que desbordarán las Cortes. En esto consiste el sentido de la actitud revolucionaria - dialéctica hacia el parlamentarismo.

¿Cómo se explica, entonces, el hecho de que la dirección de la IC guarde silencio sobre esta cuestión? Unicamente porque es prisionera de su propio pasado.

Los estalinistas rechazaron demasiado ruidosamente la consigna de la Asamblea Constituyente para China. El VI Congreso estigmatizó oficialmente como "oportunismo" las consignas de la democracia política para los países coloniales. El ejemplo de España, país incomparablemente más avanzado que China e India, pone al descubierto toda la consistencia de las decisiones del VI Congreso. Pero los estalinistas están atados de pies y manos. Como no se atreven a incitar al boicot del parlamentarismo, sencillamente se callan. ¡Que perezca la revolución, pero que se salve la reputación de infalibilidad de los jefes! (4)

¿Cuál será el carácter de la revolución en España?

En el artículo teórico citado más arriba, que parece escrito expresamente para embrollar los cerebros, después de los intentos de definir el carácter de clase de la revolución española, se dice textualmente lo siguiente: "A pesar de todo esto (!), sería falso, sin embargo (!), caracterizar ya la revolución socialista". (Pravda, 10 de mayo.) Esta frase basta para apreciar todo el análisis. ¿Es que hay alguien en el mundo -debe preguntarse el lector- capaz de creer que la revolución española "en la etapa actual" puede ser considerada como socialista sin que corra el riesgo de ir a parar a un manicomio? ¿De dónde ha sacado en general la Pravda la idea de la necesidad de semejante "delimitación", y en una forma tan suave y condicional? "A pesar de todo esto sería falso, sin embargo..." Se explica esto por el hecho de que los epígonos han hallado, por desgracia suya, una frase de Lenin sobre la "transformación" de la revolución burguesodemocrática en socialista. Como no han comprendido a Lenin y han olvidado o deformado la experiencia de la revolución rusa, han puesto en la base de los errores oportunistas más groseros la noción de la "transformación". No se trata, ni mucho menos -digámoslo inmediatamente-, de sutilezas académicas, sino de una cuestión de vida o muerte para la revolución proletaria. No hace aún mucho tiempo, los epígonos esperaban que la dictadura de Kuomintang se "transformaría" en dictadura obrera y campesina, y esta última en dictadura socialista del proletariado. Se imaginaban, además -Stalin desarrollaba este tema con una profundidad particular -, que de una de las alas de la revolución se irían desprendiendo poco a poco los "elementos de derecha", mientras que en la otra ala se irían reforzando los "elementos de izquierda". Así se veía el progreso orgánico de la "transformación". Por desgracia, la magnífica teoría de Stalin-Martínov está enteramente basada en el desprecio más absoluto hacia la teoría de clases de Marx. El carácter del régimen social, y, por consiguiente, de toda revolución, está determinado por el carácter de la clase que detenta el poder. El poder no puede pasar de manos de una clase a las de otra mas que mediante un levantamiento revolucionario, y de ningún modo mediante una "transformación orgánica". Los epígonos pisotearon esta verdad fundamental, primero en China y ahora en España. Y vemos en la Pravda a los sabios científicos ponerse los manguitos y colocar el termómetro bajo el sobaco de Alcalá Zamora, mientras reflexionan: ¿se puede o no se puede reconocer que el proceso de "transformación" ha conducido ya la revolución española a la fase socialista? y los sabios -rindamos justicia a su sabiduría- llegan a la conclusión siguiente: No; por ahora aún no se puede reconocer.

Después de habernos dado una apreciación sociológica tan preciosa, la Pravda entra en el terreno de los pronósticos y de las directivas. "En España -dice- la revolución socialista no puede ser la finalidad inmediata. La finalidad inmediata (!) consiste en la revolución obrera y campesina contra los grandes terratenientes y la burguesía." (Pravda, 10 de mayo). Es indudable que la revolución socialista no es en España la "finalidad inmediata". Sin embargo, sería mejor y más preciso decir que la insurrecci6n armada con el objetivo de la toma del poder por el proletariado no es en España la "finalidad inmediata". ¿Por qué? Porque la vanguardia diseminada del proletariado no arrastra aún tras de sí a la clase, y ésta no arrastra tras de sí a las masas oprimidas del campo. En estas condiciones, la lucha por el poder sería aventurismo. Pero, ¿qué significa en este caso la frase complementaria: "la finalidad inmediata es la revolución obrera y campesina contra los grandes terratenientes y la burguesía"? ¿Es decir, que entre el régimen republicano burgués y la dictadura del proletariado actual habrá una revolución particular "obrera y campesina"? Además, ¿es que esta revolución intermedia, "obrera y campesina", particular en oposición a la revolución socialista, es en España una "finalidad inmediata"? ¿Está, pues, a la orden del día un cambio de régimen? ¿Por la insurrección armada o por otro medio? ¿En qué se distinguirá precisamente la revolución obrera y campesina "contra los terratenientes y la burguesía" de la revolución proletaria? ¿Qué combinación de fuerzas de clase le servirá de base? ¿Qué partido dirigirá la primera revolución en oposición a la segunda? ¿En qué consiste la diferencia de programas y métodos de esas dos revoluciones? Buscaremos en vano una respuesta a estas preguntas. La confusión y el barullo mental están cubiertos por la palabra "transformación". A pesar de todas las reservas contradictorias, esa gente sueña en un proceso de tránsito evolutivo de la revolución burguesa a la socialista, por una serie de etapas orgánicas que se presentan bajo distintos seudónimos: Kuomintang, "dictadura democrática", "revolución obrera y campesina", "revolución popular", y en este proceso el momento decisivo en que una clase arrebata el poder a otra, se disuelve imperceptiblemente.

El problema de la revolución permanente

La revolución proletaria, claro está, es al mismo tiempo una revolución campesina; pero en las condiciones contemporáneas es una revolución campesina fuera de la revolución proletaria. Podemos decir a los campesinos con pleno derecho que nuestro fin es la creación de una república obrera y campesina, de la misma manera que después del levantamiento de octubre hemos dado el nombre de "gobierno obrero y campesino" al gobierno de la de la dictadura proletaria. Pero no oponemos la revolución obrera y campesina a la proletaria, sino que, por el contrario, las identificamos. Es ésta la única manera justa de plantear la cuestión.

Aquí chocamos de nuevo con el centro mismo de la cuestión de la llamada "revolución permanente". En su lucha contra esta teoría los epígonos han llegado hasta la ruptura completa con el punto de vista de clase. Es verdad que después de la experiencia del "bloque de las cuatro clases" en China, se han vuelto más prudentes. Pero a consecuencia de esto se han embrollado aún más y procuran con todas sus fuerzas embrollar a los demás.

Por fortuna, gracias a los acontecimientos, la cuestión ha salido de la esfera de los sabios ejercicios de los profesores rojos sobre los viejos textos. No se trata de recuerdos históricos, ni de seleccionar extractos, sino de una nueva y grandiosa experiencia histórica que se desarrolla ante nuestros ojos. Aquí dos puntos de vista son confrontados en el campo de la lucha revolucionaria. No se puede escapar a su control. El comunista español que no se dé cuenta a tiempo de la esencia de las cuestiones relacionadas con la lucha contra el "trotsquismo", se verá teóricamente desarmado ante las cuestiones fundamentales de la revolución española.

¿Qué es la "transformación" de la revolución?

Sí, Lenin propugnó en 1905 la fórmula hipotética de la "dictadura democrática del proletariado y de los campesinos". De existir en general un país en el cual pudiera esperarse una revolución agraria democrática independiente anterior a la toma del poder por el proletariado, ese país era precisamente Rusia, donde el problema agrario dominaba toda la vida nacional, donde los movimientos campesinos revolucionarios se prolongaban durante décadas, donde existía un partido agrario revolucionario con una gran tradición y una amplia influencia entre las masas. Sin embargo, aun en Rusia, no hubo sitio para una revolución intermedia entre la burguesa y la proletaria. En abril de 1917 Lenin repetía sin cesar, refiriéndose a Stalin, Kamérev y otros que se aferraban a la vieja fórmula bolchevique de 1905: "No hay y no habrá otra "dictadura democrática" que la de Miliukov-Tseretelli-Chernov: la dictadura democrática es, por su esencia misma, una dictadura de la burguesía sobre el proletariado; sólo la dictadura del proletariado puede suceder a la "dictadura democrática". Quien invente fórmulas intermedias es un pobre visionario o un charlatán." He aquí la conclusión que sacaba Lenin de la experiencia viva de las revoluciones de febrero y de octubre. Nosotros seguimos colocados sobre la base de esa experiencia y de esas conclusiones.

¿Qué significa, pues, en este caso, para Lenin la "transformación de la revolución democrática en socialista"?. Desde luego nada de lo que ven en su imaginación los epígonos y razonadores hueros pertenecientes al grupo de profesores rojos. Hay que saber que la dictadura del proletariado no coincide, ni mucho menos de una manera mecánica, con la noción de revolución socialista. La conquista del poder por la clase obrera se produce en un medio nacional determinado, en un periodo determinado y para la solución de cuestiones determinadas. En las naciones atrasadas dichas cuestiones de solución inmediata tienen un carácter democrático: liberación nacional del yugo imperialista y revolución agraria, como en China; revolución agraria y de los pueblos oprimidos, como en Rusia. Lo mismo vemos actualmente en España, aunque en otra disposición. Lenin decía incluso que el proletariado ruso había llegado en octubre de 1917 al poder, ante todo, como agente de la revolución burgueso democrática. El proletariado victorioso empezó por la resolución de los problemas democráticos, y, poco a poco, mediante la lógica de su dominación, enfocó las cuestiones socialistas. Sólo doce años después de su poder ha empezado a emprender seriamente la colectivización de la economía agraria. Es esto lo que Lenin calificaba de "transformación" de la revolución democrática en socialista. No es el poder burgués el que se transforma en obrero-campesino y luego en proletario, no; el poder de una clase no se "transforma" en poder de otra, sino que se arrebata con las armas en la mano. Pero después que la clase obrera ha conquistado el poder, los fines democráticos del régimen proletario se transforman inevitablemente en socialistas. El tránsito orgánico y por evolución de la democracia al socialismo es concebible sólo bajo la dictadura del proletariado. He aquí la idea central de Lenin. Los epígonos han deformado todo esto, lo han embrollado, falsificado, y ahora envenenan con sus falsificaciones la conciencia del proletariado internacional.

Dos variantes: el oportunismo y el aventurismo

Se trata -repitámoslo nuevamente- no de sutilezas académicas, sino de cuestiones vitales de la estrategia revolucionaria del proletariado. No es cierto que en España esté a la orden del día la "revolución obrera y campesina". No es cierto que, en general, esté hoy a la orden del día en España una nueva revolución, es decir, una lucha inmediata por el poder. No; lo que está a la orden del día es la lucha por las masas, para libertarlas de las ilusiones republicanas y de su confianza en los socialistas, por su agrupamiento revolucionario. La segunda revolución vendrá; pero será la revolución del proletariado conduciendo tras de sí a los campesinos pobres. No habrá sitio para una "revolución obrera y campesina" especial entre el régimen burgués y la dictadura del proletariado. Contar con una revolución semejante y adaptar la política a la misma significa "kuomintanguizar" al proletariado, es decir, matar la revolución.

Las fórmulas confusionistas de Pravda abren dos caminos que fueron experimentados en China hasta sus últimas consecuencias: el camino oportunista y el camino de la aventura. Si hoy Pravda no se decide aún a "caracterizar" la revolución española como revolución obrera y campesina, quién sabe si no lo hará mañana, cuando Zamora Chang Kai-Check sea reemplazado por el "fiel Van-Tan-Vei": en este caso el izquierdista Lerroux. ¿No dirán entonces los sabios profesores -los Martínov, Kuusinen y Cía- que nos hallamos en presencia de una república obrera y campesina que hay que "sostener en tanto en que..." (fórmula de Stalin en marzo de 1917) o sostenerla enteramente? (Fórmula del mismo Stalin con respecto al Kuomintang en 1925-1927.)

Pero hay también una posibilidad aventurista, que acaso responda aún mejor al estado de espíritu centrista de hoy. El editorial de la Pravda dice que las masas españolas "empiezan asimismo a dirigir sus golpes, contra el gobierno." Sin embargo, ¿es que el partido comunista español puede lanzar la consigna del derrumbamiento del gobierno actual como una finalidad inmediata? En la sabia incursión de la Pravda se dice, como hemos visto, que la finalidad inmediata es la revolución obrera y campesina. Si se entiende esta "fase" no en el sentido de la transformación, sino en el derrocamiento del poder, aparece completamente ante nosotros la variante del aventurismo. El débil partido comunista puede decir en Madrid, como dijo (o como se le mandó que dijera) en diciembre de 1927 en Cantón: "Para una dictadura proletaria, naturalmente, no estamos todavía en sazón; pero como hoy se trata de un grado intermedio, de la dictadura obrera y campesina, intentemos la insurrección de aunque no sea más que con nuestras débiles fuerzas, y acaso salga alguna cosa de ello." En efecto no es difícil prever que cuando se ponga de manifiesto el retraso criminal con que se ha obrado en el primer año de la revolución española los culpables de esta pérdida de tiempo empezarán a azotar a los "ejecutores" y les empujarán, acaso, a una aventura trágica por el estilo de la de Cantón.

Las perspectivas de las "jornadas de julio"

¿Hasta qué punto es real este peligro? Es completamente real. Tiene sus raíces en las condiciones interiores de la revolución misma, que revisten un carácter particularmente amenazador a causa de los equívocos y de la confusión de los jefes. En la situación española de hoy se oculta una nueva explosión de las masas que corresponde más o menos a aquellos combates de 1917 en Petrogrado, que han entrado en la historia con el nombre de "Jornadas de julio" y que no condujeron al desastre de la revolución gracias a la justa política de los bolcheviques. Es necesario detenerse en esta cuestión candente para España.

Hallamos el prototipo de las "Jornadas de julio" en todas las antiguas revoluciones, empezando por la gran revolución francesa, con distintos resultados, pero, como regla general, desdichadas y a menudo catastróficas. La etapa de este orden es inherente al mecanismo de la revolución burguesa, en la medida en que la clase que se sacrifica más por el éxito de la revolución y que deposita más esperanza en la misma, es la que obtiene menos de ella. La lógica de este proceso es completamente clara. La clase poseyente, después de haber obtenido el poder por el golpe de Estado, se inclina a considerar que por ello mismo la revolución ha realizado ya íntegramente su misión, y de lo que más se preocupa es de demostrar su buena conducta a las fuerzas reaccionarias. La burguesía "revolucionaria" provoca la indignación de las masas populares por las mismas medidas con las cuales se esfuerza en conquistar la buena disposición de las clases derribadas. La desilusión de las masas se produce muy pronto, antes de que su vanguardia se haya enfriado de los combates revolucionarios. El sector avanzado se imagina que con un nuevo golpe puede dar cima a lo realizado antes de una manera insuficientemente decisiva o corregirlo. De aquí el afán de una nueva revolución sin preparación, sin programa, sin tener en cuenta las reservas, sin pensar en las consecuencias. De otra parte, la burguesía llegada al poder no hace más que vigilar el momento del empuje impetuoso de abajo para intentar arreglar definitivamente las cuentas al pueblo. Tal es la base social y psicológica de esa semirevolución complementaria que, más de una vez en la historia, se ha convertido en el punto de partida de la contrarrevolución victoriosa.

En 1848 las "Jornadas de julio" se desarrollaron en Francia en junio y tomaron un carácter incomparablemente más grandioso y más trágico que en Petrogrado en 1917. Las llamadas "Jornadas de junio" del proletariado de París habían nacido con una fuerza irresistible de la revolución de febrero. Los obreros de París, con los fusiles de febrero en la mano, no podían dejar de reaccionar ante las contradicciones existentes entre el programa pomposo y la realidad miserable, ante ese intolerable contraste que repercutía cada día en sus estómagos y en sus conciencias. Sin plan, sin programa, sin dirección, las Jornadas de junio de 1848 no eran más que un reflejo potente e inevitable del proletariado. Los obreros insurreccionados fueron aplastados despiadadamente. Fue así como los demócratas desbrozaron el camino al bonapartismo.

La explosión gigantesca de la Commune fue asimismo, con respecto al golpe de Estado de septiembre de 1870, lo que habían sido las Jornadas de junio con respecto a la revolución de febrero de 1848. La insurrección de marzo del proletariado parisién no tenía nada que ver con el cálculo estratégico, sino que nació de una trágica combinación de circunstancias, completada por una de esas provocaciones de que es tan capaz la burguesía francesa cuando el miedo excita su mala fe. En la Commune de París el proceso reflexivo del proletariado contra el engaño de la revolución burguesa se elevó por primera vez al nivel de revolución proletaria, pero para ser echada abajo inmediatamente.

Hoy la revolución incruenta, pacífica, gloriosa (la lista de estos adjetivos es siempre la misma), en España prepara ante nuestros ojos sus "Jornadas de junio", si se toma el calendario de Francia, o sus "Jornadas de julio", si se toma el calendario de Rusia. El gobierno de Madrid, bañándose en frases que parecen a menudo una traducción del ruso, promete medidas amplias contra el paro forzoso y los latifundios, pero no se atreve a tocar ninguna de las viejas llagas sociales. Los socialistas de la coalición ayudan a los republicanos a sabotear los fines de la revolución. El jefe de Cataluña, de la parte más industrial y más revolucionaria de España, predica un reinado milenario sin naciones ni clases oprimidas, pero al mismo tiempo no hace absolutamente nada para ayudar al pueblo a liberarse, por lo menos, de una parte de sus cadenas más odiadas. Maciá se esconde tras el Gobierno de Madrid, el cual, a su vez, se esconde tras las Cortes Constituyentes. ¡Como si la vida se detuviera esperando esas Cortes! ¡Y como si no fuera evidente que las Cortes futuras no serán más que una reproducción ampliada del bloque republicano-socialista, que no tiene otra preocupación más que la de que todo quede como antes! ¿Es difícil prever el incremento febril de la indignación de los obreros y de los campesinos? La desproporción entre la marcha de las masas en la revolución y en la política de las nuevas clases dirigentes es el origen de ese conflicto irreconciliable que, en su desarrollo ulterior, o dará lugar ala primera revolución, la de abril, o conducirá a la segunda revolución.

Si el partido bolchevique se hubiera obstinado en considerar el movimiento de junio como "inoportuno" y hubiese vuelto la espalda a las masas, la semi insurrección hubiera caído inevitablemente bajo la dirección esporádica e incoherente de los anarquistas, de los aventureros, de los elementos que hubieran expresado de un modo ocasional la indignación de las masas, y se habría visto ahogada en sangre por convulsiones estériles. Pero, por el contrario, si el partido, poniéndose al frente del movimiento, hubiera renunciado a su apreciación de la situación en su conjunto para deslizarse hacia las sendas de los combates decisivos, la insurrección habría tomado un impulso audaz; los obreros y los soldados, bajo la dirección de los bolcheviques, se habrían adueñado temporalmente del poder en Petrogrado en el mes de junio, pero únicamente para preparar luego el fracaso de la revolución. Sólo la dirección acertada del partido de los bolcheviques evitó las dos variantes de ese peligro fatal en el sentido de las jornadas de junio de 1848 y de la Commune de París de 1871. El golpe asestado en julio de 1917 a las masas y al partido fue muy considerable. Pero no fue un golpe decisivo. Las víctimas se contaron por decenas, pero no por decenas de miles. La clase obrera salió de esa prueba no decapitada ni exangüe; conservó completamente sus cuadros combativos, los cuales aprendieron mucho, y en octubre condujeron al proletariado a la victoria.

Precisamente desde el punto de vista de las "Jornadas de junio" constituye un terrible peligro la ficción de la revolución "intermedia" que, según se pretende, está a la orden del día en España.

La lucha por las masas y las Juntas obreras

El deber de la Oposición de Izquierda consiste en poner de manifiesto, desenmascarar y condenar a la vergüenza eterna en la conciencia de la vanguardia proletaria, de un modo implacable, la fórmula de una "revolución obrera y campesina" particular, distinta de las revoluciones burguesa y proletaria. ¡No creáis esto, comunistas de España! No es más que una ilusión y un engaño. Es una trampa diabólica que puede convertirse mañana en una soga para vuestro cuello. Reflexionad bien en las lecciones de la revolución rusa y en las de los desastres de los epígonos. Ante vosotros se abre una perspectiva de lucha por la dictadura del proletariado. En nombre de esta misión debéis agrupar a vuestro alrededor a la clase obrera y levantar a los millones de campesinos pobres para que ayuden a los obreros. Es ésta una labor gigantesca. Sobre vosotros, comunistas de España, recae una responsabilidad revolucionaria enorme. No cerréis los ojos ante vuestra debilidad, no os dejéis engañar por las ilusiones. La revolución no cree en las palabras, sino que somete todo aprueba, a la prueba sangrienta. Sólo la dictadura del proletariado puede derrocar la dominación de la burguesía. No hay, no habrá, ni puede haber, ninguna revolución intermedia, más "simple", más "económica", más accesible a vuestras fuerzas. La historia no inventará para vosotros ninguna dictadura con descuento. El que os hable de ella os engaña. Preparaos seriamente, con tenacidad, de un modo incansable, para la dictadura del proletariado.

Sin embargo, el objetivo inmediato que se plantea a los comunistas españoles no es la lucha por el poder, sino la lucha por las masas, y esta lucha se desarrollará en el periodo próximo sobre la base de la república burguesa y, en proporciones enormes, bajo las consignas de la democracia. El objetivo inmediato es, indudablemente, la creación de Juntas obreras (soviets). Pero seria absurdo oponer las Juntas a las consignas de la democracia. La lucha contra los privilegios de la Iglesia y contra la dominación de las Ordenes religiosas y de los conventos -lucha puramente democrática- condujo en mayo a una explosión de las masas que creó condiciones favorables, desgraciadamente no utilizadas, para la elección de diputados obreros. En la fase actual, las Juntas son la forma organizada del frente único proletario, para las huelgas, para la expulsión de los jesuitas, para la participación en las elecciones a las Constituyentes, para el contacto con los soldados, para el apoyo al movimiento campesino. Es sólo a través de las Juntas, que engloban al núcleo fundamental del proletariado, como los comunistas podrán asegurar su hegemonía entre el proletariado y, por consiguiente, en la revolución. Sólo a medida que vaya aumentando la influencia de los comunistas sobre la clase obrera, las Juntas se convertirán en órganos de lucha por el poder. En una de las etapas ulteriores -no sabemos aún cuando- las Juntas, como órganos del poder del proletariado, se verán opuestas a las instituciones democráticas de la burguesía. Sólo entonces llegará la última hora de la democracia burguesa.

En todos los casos en que las masas se ven arrastradas a la lucha, sienten invariablemente - no pueden menos de sentirla - la necesidad aguda de una organización prestigiosa que se eleve por encima de los partidos, de las fracciones y de las sectas, y que sea capaz de unir a todos los obreros en una acción común. Son precisamente las Juntas obreras elegibles las que deben presentar esta forma de organización. Hay que saber sugerir a las masas esta consigna en el instante oportuno, y momentos semejantes aparecen actualmente a cada instante. Oponer la consigna de los soviets, como órganos de la dictadura del Proletariado, a la lucha real de hoy, significa convertir dicha consigna en un santuario ultrahistórico, en un icono ultrarrevolucionario, que pueden adorar algunos devotos, pero que no puede nunca arrastrar a las masas revolucionarias.

La cuestión de los ritmos de la revolución española

Pero ¿queda aún tiempo para la aplicación de una táctica acertada? ¿No es ya tarde? ¿No se han dejado pasar ya todos los plazos?

El determinar acertadamente los ritmos de desarrollo de la revolución tiene una enorme importancia, si no para definir la línea estratégica fundamental, al menos para la definición de la táctica. Ahora bien, sin una táctica justa, la mejor línea estratégica puede conducir a la ruina. Naturalmente, es imposible prever los ritmos por un largo periodo. El ritmo debe ser comprobado en el curso de la lucha, sirviéndose de los síntomas más variados. Además, en el curso de los acontecimientos, el ritmo puede cambiar bruscamente. Pero, a pesar de todo, hay que tener ante los ojos una perspectiva determinada, a fin de efectuar en la misma, en el proceso de la experiencia, correcciones necesarias.

La gran revolución francesa empleó más de tres años para llegar al punto culminante: la dictadura de los jacobinos. La revolución rusa condujo en ocho meses a la dictadura de los bolcheviques. Vemos aquí una diferencia enorme de los ritmos. Si en Francia los acontecimientos se hubieran desarrollado más rápidamente, los jacobinos no hubieran tenido tiempo para formarse, pues en vísperas de la revolución no existían como partido. De otra parte, si los jacobinos hubieran representado una fuerza ya en vísperas de la revolución, los acontecimientos indudablemente se habrían desarrollado con más rapidez. Tal es uno de los factores que determina el ritmo. Pero hay otros que son acaso más decisivos.

La revolución rusa de 1917 fue precedida de la revolución de 1905, calificada de ensayo general por Lenin. Todos los elementos de la segunda y de la tercera revolución fueron preparados de antemano, de manera que las fuerzas que participaron en la lucha avanzaban por un camino conocido. Esto aceleró extraordinariamente el periodo de ascensión de la revolución hacia su punto culminante.

Pero así y todo, hay que suponer que el factor decisivo en la cuestión del ritmo en 1917 fue la guerra. La cuestión de la tierra podía ser aún aplazada por algunos meses, incluso acaso por algunos años. Pero la cuestión de la muerte en las trincheras no permitía ningún aplazamiento. Los soldados decían: "¿Qué necesidad tengo de la tierra si yo no estaré allí?" La presión de una masa de doce millones de soldados fue un factor que contribuyó extraordinariamente a acelerar la revolución. Sin la guerra, a pesar del "ensayo general" de 1905 y de la existencia del partido bolchevique, el periodo preparatorio, prebolchevista de la revolución, hubiera podido durar no ocho meses, sino acaso un año, dos y más.

El partido comunista español ha entrado en los acontecimientos en un estado de debilidad extrema. España no está en guerra; los campesinos españoles no están concentrados por millones en los cuarteles y en las trincheras, ni se hallan bajo el peligro inmediato de exterminio. Todas estas circunstancias obligan a esperar un desarrollo más lento de los acontecimientos y permiten, por consiguiente, confiar en que se dispondrá de un plazo más largo para la preparación del partido y la conquista del poder.

Pero hay factores que obran en el sentido opuesto y que pueden provocar tentativas prematuras de un combate decisivo que equivaldría al desastre de la revolución: la ausencia de un partido fuerte aumenta la importancia de lo espontáneo en el movimiento; las tradiciones anarcosindicalistas obran en el mismo sentido; finalmente, la falsa orientación de la IC abre las puertas a las explosiones de aventurismo.

La conclusión de estas analogías históricas es clara: si la situación en España (ausencia de tradiciones revolucionarias recientes; ausencia de un partido fuerte; ausencia de la guerra) conduce a que el alumbramiento normal de la dictadura del proletariado se vea, según todas las apariencias, prolongado por un plazo considerablemente más largo que en Rusia, existen, por el contrario, circunstancias que refuerzan extraordinariamente el peligro de un aborto revolucionario.

La debilidad del comunismo español, que es el resultado de la falsa política oficial, hace, a su vez, a este último extremadamente susceptible de asimilarse las conclusiones más peligrosas de las directivas falsas. Al débil no le gusta ver su propia debilidad, teme hallarse retrasado, se enerva y corre demasiado. En particular, los comunistas españoles pueden temer las Cortes. En Rusia, la Asamblea Constituyente, aplazada por la burguesía, se reunió después ya del desenlace decisivo y fue liquidada sin esfuerzo. Las Cortes Constituyentes españolas se reúnen en una fase más próxima de la revolución. En las Cortes, los comunistas, si en general logran ir allí, serán una minoría insignificante. De esto puede nacer el pensamiento de intentar el derrocamiento de las Cortes lo más pronto posible, aprovechándose de cualquier ofensiva espontánea de las masas. Semejante aventura no sólo no resolvería el problema del poder, sino que, por el contrario, se rechazaría muy considerablemente la revolución, la cual quedaría seguramente con la columna vertebral rota. El proletariado podrá arrancar el poder de manos de la burguesía sólo a condición de que la mayoría de los obreros tiendan a ello apasionadamente y de que la mayoría explotada del pueblo tenga confianza en el proletariado. Es precisamente en la cuestión de las instituciones parlamentarias de la revolución en la que los camaradas españoles deben fijarse, no tanto en la experiencia rusa cuanto en la de la gran revolución francesa. La dictadura de los jacobinos fue precedida de tres parlamentos. Por estos tres peldaños las masas se elevaron hasta la dictadura jacobina. Sería estúpido creer -como los republicanos y socialistas madrileños- que las Cortes pondrán efectivamente un punto a la revolución. No; las Cortes no pueden hacer otra cosa que dar un nuevo empuje al desarrollo de la revolución, asegurando al mismo tiempo una mayor regularidad del mismo. Semejante perspectiva es muy importante para la orientación en el curso de los acontecimientos, para contrarrestar el enervamiento y el aventurismo.

Esto no significa, ni que decir tiene, que los comunistas deban desempeñar el papel de freno de la revolución, y, aún menos, que deban desolidarizarse de los movimientos y de las acciones de las masas de la ciudad y del campo. Semejante política sería funesta para el partido, el cual debe conquistar aún la confianza de las masas revolucionarias. Unicamente porque los bolcheviques dirigieron todos los combates de los obreros y de los soldados tuvieron en julio la posibilidad de evitar la catástrofe de las masas.

Si las condiciones objetivas y la mala fe de la burguesía hubieran impuesto al proletariado el combate decisivo en las condiciones desfavorables, los comunistas habrían, naturalmente, encontrado su puesto en las primeras filas de los combatientes. Un partido revolucionario preferirá siempre exponerse a la destrucción, junto con su clase, que permanecer al margen predicando la moral y dejando a los obreros sin dirección bajo las bayonetas de la burguesía. Un partido aplastado en la lucha penetrará profundamente en el corazón de las masas, y tarde o temprano tomará su desquite. Un partido que se retire en el momento de peligro no renacerá más. Pero los comunistas españoles no se hallan en general situados en esta alternativa trágica. Al contrario, hay todos los motivos para creer que la ignominiosa política del socialismo en el poder y la desorientaci6n lamentable del anarcosindicalismo impulsarán cada vez más a los obreros hacia el comunismo, y que el partido -a condición de que tenga una política justa- dispondrá de tiempo suficiente para prepararse y conducir al proletariado a la victoria.

¡Por la unidad de las filas comunistas!

Uno de los crímenes más vergonzosos de la burocracia estalinista es la escisión sistemática de las filas comunistas, poco numerosas en España, escisión que no se deriva de los acontecimientos de la revolución española, sino que les ha sido impuesta bajo la forma de directivas que se desprenden de la lucha de la burocracia estalinista por su propia conservación. La revolución crea siempre en el proletariado una fuerte corriente hacia el ala izquierda. En 1917 se fundieron con los bolcheviques todos los grupos y todas las corrientes que le eran espiritualmente afines, aunque en el pasado hubieran luchado contra el bolchevismo. El partido no sólo creció rápidamente, sino que vivió una vida interior de una extraordinaria turbulencia. Desde abril hasta octubre, y más tarde, durante los años de guerra civjl, la lucha de tendencias y de grupos en el partido bolchevique alcanza en algunos momentos una gravedad extraordinaria. Pero no se producen escisiones, ni tan siquiera exclusiones individuales. La presión poderosa de las masas cohesiona al partido. La lucha interna le educa, le aclara su propio camino. En esta lucha todos los miembros del partido adquieren una convicción profunda en el acierto de la política del partido y en la seguridad revolucionaria de la dirección. Es sólo esta convicción de los bolcheviques de fila, conquistada en la experiencia y en la lucha ideológica, lo que da la posibilidad a la dirección de lanzar a todo el partido al combate en el momento necesario. y sólo la convicción profunda del partido en el acierto de su política inspira a las masas obreras la confianza en el mismo. Grupos artificiales impuestos desde fuera; ausencia de lucha ideológica libre y honrada; aplicación del calificativo de enemigos a los amigos; creación de leyendas que sirven para la escisión de las filas comunistas. He aquí lo que paraliza actualmente al partido comunista español. Este debe librarse de las tenazas burocráticas que lo condenan a la impotencia. Hay que agrupar las filas comunistas sobre la base de una discusión abierta y honrada. Hay que preparar el congreso de unificación del partido comunista español.

La situación se complica por el hecho de que no sólo la burocracia estalinista oficial en España, poco numerosa y débil, sino también las organizaciones oposicionistas, que formalmente se hallan fuera de la Internacional Comunista -la Federación catalana y el grupo autónomo de Madrid-, carecen de un programa de acción claro y, lo que es todavía peor, están contaminados en una gran parte de los prejuicios que los epígonos del bolchevismo han sembrado con tanta abundancia durante estos últimos ocho años. Los oposicionistas catalanes no tienen la claridad necesaria en la cuestión de la "revolución obrera y campesina", de la "dictadura democrática" y aun del "partido obrero y campesino". Esto redobla el peligro. La lucha por la reconstitución de la unidad de las filas comunistas debe ser combinada con la lucha contra la podredumbre ideológica y la falsificación estalinista.

Es ésta la misión de la Oposición de Izquierda. Pero hayó que decir la verdad: ésta apenas ha iniciado aún su tarea. Sabemos las condiciones difíciles en que se hallan nuestros compañeros de ideas; persecuciones policiacas ininterrumpidas bajo Primo de Rivera, bajo Berenguer y bajo Alcalá Zamora. El compañero Lacroix, por ejemplo, sale de la cárcel para volver a entrar en ella. El aparato de la IC, impotente en el terreno de la dirección revolucionaria, desarrolla una gran actividad en el de las persecuciones y de las calumnias. Todo esto dificulta extremadamente el trabajo. Sin embargo, éste debe ser llevado a cabo. Hay que agrupar las fuerzas de la Oposición de Izquierda en todo el país, fundar una revista y un boletín, agrupar a la juventud obrera, formar círculos y luchar por la unidad de las filas comunistas sobre la base de una política marxista justa.

Notas

1. Los que más se distinguen en este sentido son los estalinistas norteamericanos. Es difícil imaginarse hasta donde llega la vulgaridad y la estupidez de los funcionarios retribuidos y sin control alguno. [L.Trotsky]

2. Lo dicho por Manuilski en febrero de 1930 fue exactamente lo siguiente: "Los procesos de este género [el proceso revolucionario español] desfilan sobre la pantalla histórica como un episodio que no deja rastros profundos en el espíritu de las masas trabajadoras, que no enriquecen en experiencia de lucha de clases. Una huelga parcial puede tener para la clase obrera internacional una importancia más sugestiva que cualquier "revolución de género español" que se efectúe sin que el Partido Comunista y el proletariado ejerzan un papel dirigente." [J.Andrade]

3. La Oposición de Izquierda no tiene prensa diaria. No hay más remedio que desarrollar en cartas privadas ideas que deberían constituir el contenido de los artículos cotidianos. [L.Trotsky]

4. El grupo italiano "Prometeo" (bordiguianos) niega en general las consigna democráticas revolucionarias para todos los países y todos los pueblos. Este doctrinarismo sectario, que coincide prácticamente con la posición de los estalinistas no tiene nada de común con la de los bolcheviques-leninistas. La oposición internacional de izquierda debe declinar todo asomo de responsabilidad por semejante infantilismo de extrema izquierda. Precisamente la experiencia actual de España atestigua que las consignas de la democracia política desempeñarán indudablemente un papel de una gran importancia en el proceso de derrumbamiento de la dictadura fascista. Entrar en la revolución española o italiana con el programa de "Prometeo", es lo mismo que ponerse a nadar con las manos atadas a la espalda; el nadador que tal haga corre un riesgo muy considerable de ahogarse. [L.Trotsky]






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