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León Trotsky

De un arañazo al peligro de gangrena


Escrito: El 24 de enero de 1940.
Primera Edición: 1942 por el Socialist Workers Party de los EEUU, en el libro In Defense of Marxism.
Edición Digital: Izquierda Revolucionaria, España.
Fuente: Izquierda Revolucionaria, España.
Esta edición: Marxists Internet Archive, enero de 2001.



La discusión se está desarrollando de acuerdo a su propia lógica interna, Cada campo, de acuerdo con su carácter social y su fisonomía política, intenta atacar los puntos en que su oponente es más débil y vulnerable. Esto es precisamente lo que determina el curso de la discusión, y no los planes preconcebidos de los líderes de la oposición. Es estéril lamentarse ahora del curso que ha tomado la discusión. Pero no hay que perder de vista a los provocadores stalinistas, que los hay en el partido, y que tiene órdenes de enrarecer la atmósfera de la discusión y llevar el debate ideológico hacia la escisión. No resulta difícil reconocer a estos caballeros: su celo es excesivo y, naturalmente, artificial: sustituyen ideas y argumentos por chismes y calumnias. Deben ser denunciados y expulsados mediante el esfuerzo conjunto de las dos fracciones. Pero debemos llevar hasta el final la lucha de principios, es decir, hasta la total clarificación de las cuestiones más importantes que se han planteado. Para ello, es necesario llevar la discusión al nivel teórico en el que se basa el partido.

Una proporción considerable de los militantes de la sección americana, y de nuestra joven Internacional, procede del Comintern, en su período de decadencia, o de la Segunda Internacional. Han tenido malos maestros. La discusión ha revelado que amplios círculos del partido carecen de educación teórica de base. Basta con recordar, por ejemplo, que el Comité Local de Nueva York no respondió con una vigorosa defensa a los intentos iluminados de revisar la doctrina marxista y nuestro programa, sino que apoyó mayoritariamente a los revisionistas. Es una lástima, pero se puede remediar, porque la sección americana, y toda la Internacional, está compuesta por individuos honrados que buscan sinceramente el camino de la revolución. Tienen el deseo y la voluntad de aprender. Pero no hay tiempo que perder. Precisamente, la penetración del partido en los sindicatos, y en el medio obrero en general, requiere la preparación teórica de nuestros cuadros. Y no quiero decir con "cuadros" el "aparato", sino el conjunto del partido. Cada militante debe considerarse y actuar como un oficial del ejército proletario. 

"¿Desde cuándo sois especialistas en filosofía?", preguntaron irónicamente miembros de la oposición a representantes de la mayoría. La ironía está totalmente fuera de lugar en este caso. El socialismo científico es la expresión consciente del proceso histórico inconsciente; es decir, el sentido instintivo y elemental del proletariado para reconstruir la sociedad sobre bases comunistas. Estas tendencias orgánicas de la psicología de los trabajadores se abren a la vida con mayor rapidez en esta época de crisis y guerras. La discusión ha revelado, por encima de cualquier otro asunto, una división en el partido entre una tendencia pequeñoburguesa y una tendencia proletaria. La tendencia pequeñoburguesa revela su confusión en su intento de reducir el programa del partido a la pequeña esfera de las cuestiones "concretas". Por el contrario, la tendencia proletaria sitúa todas las cuestiones parciales dentro de una unidad teórica. No está en juego en el momento actual la extensión con que los miembros de la mayoría, en tanto que individuos, aplican el método dialéctico. Pero es importante que la mayoría en su conjunto se plantea las cuestiones en forma proletaria, y tiende a asimilar la dialéctica, que es "el álgebra de la revolución". Los miembros de la oposición, por lo que me han contado, se retuercen de risa cada vez que se menciona la palabra "dialéctica". Este método indigno no les será de mucha ayuda. La dialéctica del proceso histórico ha castigado más de una vez cruelmente a los que se han burlado de ella.

El último artículo del camarada Schatman, "Carta abierta a Leon Trotsky", es un síntoma alarmante. Revela que Schatman se niega a aprender de la discusión y persiste en sus errores, explotando para ello no sólo el bajo nivel teórico del partido, sino incluso los prejuicios pequeñoburgueses de su fracción. Todo el mundo conoce la facilidad de Schatman para hacer girar varios acontecimientos históricos en torno a uno u otro eje. Esta habilidad le ha convertido en un gran periodista. Pero, por desgracia, no es suficiente. Es preciso saber elegir el eje adecuado. Schatman está absorto en el reflejo de la política en la literatura y en la prensa. No siente ningún interés por los actuales procesos, de lucha de clases, por la vida de las masas, las relaciones entre las distintas capas de la clase trabajadora, etc. He leído algunos artículos muy buenos de Schatman, alguno hasta brillante, pero no he encontrado en ellos el menor comentario sobre la vida actual de la clase trabajadora americana o su vanguardia.

Debo hacer un comentario en este sentido: este es el caso no sólo de Schatman, sino de toda una generación revolucionaría que, debido a una especial coyuntura histórica, se ha desarrollado fuera del movimiento obrero. He escrito más de una vez, en ocasiones anteriores, del peligro de degeneraci6n al que están sometidos estos valiosos elementos, a pesar de su devoción a la causa revolucionaria. Lo que fue en su tiempo una característica inevitable de la adolescencia se ha convertido en hábito. El hábito ha llegado a ser enfermedad. Si la enfermedad no se cuida, puede ser fatal. Para evitar este peligro, es preciso abrir, conscientemente, un nuevo capítulo en la vida del partido. Los periodistas y propagandistas de la IV Internacional deben abrir un nuevo capítulo en su propia conciencia. Es necesario rearmarse. Es necesario enfrentarse con el eje adecuado; dar la espalda a los intelectuales pequeñoburgueses y ponerse al lado de los trabajadores.

No puedo concebir nada más peligroso para el partido que creer que la causa de la crisis actual es el conservadurismo de su sección obrera, y que la solución sería el triunfo de la sección pequeñoburguesa. De hecho, el nudo de la crisis actual es el conservadurismo de los elementos pequeñoburgueses que no poseen más que una formación puramente propagandística, y todavía no han encontrado su sitio en el camino de la lucha de clases. La crisis actual es la batalla final de esos elementos por su autoconservación. Cada miembro de la oposición, como individuo, puede, si quiere, encontrar un sitio adecuado para él en el movimiento revolucionario. Como fracción, están sentenciados. En la lucha que se está desarrollando, Schatman no está en el bando en que debería estar. Como ocurre tantas veces, su lado débil ha triunfado sobre sus rasgos más válidos. Por decirlo así, su "Carta abierta" es una representación de ese lado débil.

Schatman ha olvidado una nadería; su posición de clase. De ahí sus extraordinarios zigzags, sus vacilaciones e improvisaciones. Sustituye el análisis de clase por una serie de anécdotas inconexas con el único propósito de cubrir su propio fallo, de camuflar la contradicción entre su ayer y su hoy. Schatman procede así con la historia del marxismo, la historia de su propio partido y la historia de la Oposición Rusa. Y va acumulando error sobre error. Todas las analogías históricas a las que ha recurrido hablan, como veremos, contra él.

Es mucho más difícil corregir errores que cometerlos. Debo pedir paciencia al lector a la hora de seguirme a lo largo de todos los zigzags de las operaciones mentales de Schatman. Por mi parte, me comprometo a no limitarme a denunciar errores y contradicciones, sino a contraponer, del principio al fin, la posición proletaria a la pequeñoburguesa, la posición marxista a la ecléctica. De este modo, quizá podamos aprender algo de la discusión.

"Precedentes"

Schatman pregunta indignado: "¿Cómo hemos podido nosotros, irreconciliables revolucionarios, convertirnos de pronto en una tendencia pequeñoburguesa? ¿Dónde están las pruebas? ¿Cuándo se ha mostrado esta tendencia entre los líderes de la oposición, en los dos últimos años?" (Boletín Interno, núm. 7, vol. 2, enero de 1940, pág. 11). ¿Por qué no cedimos en el pasado a la influencia de la democracia pequeñoburguesa? Por qué durante la guerra civil española... y suma y sigue. Este es el argumento base de Schatman en su polémica contra mí, y lo tocará repetidamente, con variaciones de todas clases, concediéndole, aparentemente, una importancia excepcional. No se le había ocurrido que podría volverse contra él.

El documento de la oposición "La guerra y el conservadurismo burocrático" concede que Trotsky acierta nueve veces de cada diez, quizá 99 de cada 100. El carácter de esta concesión es extremadamente magnánimo. La proporción de mis errores es mucho mayor. ¿Cómo explicar, sin embargo, que dos o tres semanas después de escribir este documento, Schatman decidiese de pronto que Trotsky:
 

a) es incapaz de adoptar una actitud crítica hacia la información que se le suministra, aunque uno de sus informadores, durante diez años, ha sido el propio Schatman;

b) es incapaz de distinguir una tendencia proletaria de una pequeñoburguesa, una tendencia bolchevique de una menchevique;

c) es el paladín de la absurda concepción de la "revolución burocrática", en lugar de la de la revolución de masas;

d) es incapaz de dar una respuesta concreta a las cuestiones de Polonia, Finlandia, etc.;

e) está manifestando una tendencia a capitular ante el stalinismo;

f) es incapaz de comprender el significado del centralismo democrático; y así ad infinitum.

En una palabra, en dos o tres semanas, Schatman ha descubierto que Trotsky se equivoca el 99 por 100 de las veces, especialmente cuando el propio Schatman anda por medio. Este segundo porcentaje también me parece muy exagerado, aunque esta vez sea en el sentido opuesto. En cualquier caso, Schatman descubre mi "tendencia a suplantar la revolución de las masas por la revolución burocrática" muchos más abruptamente de lo que yo descubrí su desviación pequeñoburguesa.

El camarada Schatman me invita a presentar pruebas de la existencia de una tendencia pequeñoburguesa en el partido e n el último año, o en los dos o tres anteriores. Es completamente comprensible que no quiera saber nada del pasado más lejano. Así es que, de acuerdo con su invitación, me ciño a los tres últimos años. Por favor, presten atención. Voy a responder a los argumentos puramente retóricos de mi implacable crítico con documentos exactos.


      I

El 25 de mayo de 1937 escribí a Nueva York sobre la política de la fracción leninista del Partido Socialista:

"... Debo citar dos recientes documentos: a) la carta privada de "Marx" sobre el congreso, y b) el artículo de Schatman "Hacia un partido socialista revolucionario". El mismo título de este artículo demuestra que se ha adoptado una perspectiva falsa. Creo que los hechos, incluido el último congreso, están demostrando que el partido está evolucionando hacia una especie de ILP, es decir, un miserable aborto político centrista, sin ninguna perspectiva y no hacia un partido "revolucionario".
La afirmación de que "el Partido Socialista Americano está hoy más cerca de las posiciones del marxismo revolucionario que cualquier otro partido de la II o III Internacionales" es un cumplido totalmente inmerecido; el PSA está más atrasado que formaciones europeas análogas, como el POUM, ILP, SAP, etc. Nuestro deber es no ocultar esta ventaja negativa de Thomas y compañía y no hablar de "la superioridad de esta resolución (la resolución sobre la guerra) sobre cualquier otra adoptada antes por el partido". Esta es una apreciación puramente literaria, puesto que cada resoluci6n debe tomarse de acuerdo con las necesidades imperativas de los acontecimientos históricos y la situación política...
En los documentos citados en esta carta, Schatman revelaba una adaptabilidad excesiva al ala izquierda de los demócratas pequeñoburgueses -mimetismo político-; ¡un síntoma muy peligroso en un político revolucionario! Es muy importante tomar nota de su alta estima hacia la postura tan radical de Norman Thomas respecto a la guerra... en Europa. Los oportunistas, como es sabido, son más radicales cuanto más lejos están de los hechos, cuanto menos les afectan los hechos en cuestión. Teniendo presente esta ley, no es difícil estimar en su justo valor la acusación de "tendencia a capitular ante el stalinismo" que nos hacen Schatman y sus aliados. Porque, desde el Bronx, es mucho más fácil ser enemigo irreconciliable del Kremlin que de los pequeñoburgueses americanos.


      

II

De creer al camarada Schatman, he traído por los palos a la discusión el asunto de la composición de clase de las dos fracciones. Pero también ahora nos podemos referir al pasado reciente.
El 3 de octubre de 1937, escribía a Nueva York:
"He señalado cientos de veces que un trabajador que pasa inadvertido en la vida "normal" del partido suele revelar cualidades muy interesantes en los cambios de situación, cuando no son ya suficientes las fórmulas generales ni los cauces normales, cuando son necesarias cualidades prácticas y conocimiento de la vida diaria de los trabajadores. En estas condiciones, un trabajador inteligente revela su seguridad en sí mismo y su capacidad política, en general.
En el primer período de desarrollo de la organización, es inevitable la preponderancia de los intelectuales. Pero es, al mismo tiempo, un grave obstáculo para la educación de los trabajadores mejor dotados... En el próximo congreso, es preciso introducir en los comités locales y en el central todos los trabajadores que sean posibles. Para un trabajador, la actividad directiva es una magnífica escuela...
La dificultad principal es que en toda organización hay miembros tradicionales de cada comité, y que consideraciones secundarias, personales y de fracción juegan un gran papel en la elaboración de las listas de candidatos".
Nunca he visto que el camarada Schatman prestase atención o demostrase interés por este tipo de cosas.


       III

De creer al camarada Schatman, también he introducido en la discusión el problema de la fracción del camarada Abern, como concentración de individuos pequeño burgueses, artificialmente y sin ninguna base real. Ya el 10 de octubre de 1937, en una época en que Schatman marchaba codo con codo con Cannon, y se consideraba que Abern no capitaneaba ninguna fracción, escribí a Cannon:
"El partido sólo tiene una minoría de auténticos trabajadores industriales... Los elementos no proletarios son una levadura muy necesaria, y creo que debemos estar orgullosos de su calidad... pero... nuestro partido puede inundarse de elementos no proletarios y llegar a perder su carácter revolucionario. Por supuesto, no se trata de impedir la entrada de intelectuales por métodos artificiales... sino orientar, en la práctica, toda la organización hacia las fábricas, las huelgas, los sindicatos...
Un ejemplo concreto; no podemos dedicar fuerzas iguales ni suficientes a todas las fábricas. Nuestra organización local puede elegir, para su actividad en el próximo período, dos o tres fábricas de su área y concentrar allí todas sus fuerzas. Si tenemos dos o tres trabajadores en una de ellas, podemos crear un comité de ayuda de cinco no trabajadores para aumentar nuestra influencia en esa fábrica.
Se puede hacer lo mismo en los sindicatos. No podemos introducir no trabajadores en ellos, pero podemos hacer comisiones que ayuden a los camaradas que están dentro con propaganda oral o escrita. Es condición indispensable no mandar a los trabajadores, sino ayudarles; hacerles sugerencias, proveerles de argumentos, ideas, panfletos, etc.
Las acciones de este tipo pueden tener una enorme importancia educativa tanto para los camaradas trabajadores como para los no trabajadores, que necesitan una sólida reeducación.
Tenemos, por ejemplo, un número importante de judíos no obreros en nuestras filas. Pueden ser una levadura muy valiosa si el partido es capaz de salir de su círculo cerrado y conectar cada vez más con los trabajadores industriales en la actividad diaria; creo que esto aseguraría también una atmósfera más sana dentro del partido...
Podemos establecer inmediatamente una norma general: un militante que no es capaz de ganar cada tres o seis meses un obrero para el partido no es un buen militante.
Si establecemos seriamente esta orientación y verificamos los resultados cada semana habremos evitado un gran peligro: que los intelectuales y trabajadores de cuello blanco acaben por suprimir a la minoría obrera, la condenen al silencio, conviertan el partido en un club de discusión muy inteligente, pero absolutamente inhóspito para los obreros.
Hay que elaborar normas paralelas para el trabajo y el reclutamiento de la organización juvenil, pues de lo contrario corremos el riesgo de producir dilettantes revolucionarios en lugar de luchadores."
Como es obvio, no menciono en esta carta el peligro de una desviación pequeñoburguesa al día siguiente del pacto entre Hitler y Stalin, o del desmembramiento de Polonia, pero sí queda claro que vengo previéndola persistentemente desde hace dos años y más. Más aún: señalaba -porque tenla presente precisamente la "inexistente" fracción de Abern- la necesidad de que los elementos pequeñoburgueses judíos del Comité de Nueva York se desvinculasen de su medio conservador y se desparramasen por el movimiento obrero, para clarificar la atmósfera del partido. Precisamente por eso, esta carta, escrita dos años antes de que empezara esta discusión, tiene mucho más valor que todos los escritos de los líderes de la oposición sobre los motivos que me han impulsado a salir en defensa de la "banda de Cannon".


IV

Nunca ha sido para mí un secreto la inclinación de Schatman a sucumbir a la influencia pequeñoburguesa, especialmente a la académica y literaria. En época de la Comisión Dewey, el 14 de octubre de 1937, escribí a Cannon, Schatman y Warde (*).

"... Insisto en la necesidad de introducir en el Comité representantes de grupos obreros, para crear canales de comunicación entre él y las masas... Los camaradas Warde, Schatman y otros se han mostrado de acuerdo conmigo en este punto. Analicemos juntos las posibilidades prácticas de realizar este plan..., pero después, a pesar que he planteado el tema repetidas veces, no he vuelto a tener información y sólo he oído accidentalmente, que el camarada Schatman se oponía. ¿Por qué? Lo ignoro."
Schatman nunca me ha comunicado sus motivos. En mi carta, me expresé con la mayor diplomacia, pero no me cabe la menor duda de que Schatman temía herir la excesiva sensibilidad política de nuestros aliados temporales liberales, aunque de labios afuera expresara su acuerdo conmigo; en este sentido, Schatman demostró especial "delicadeza".


       V

El 15 de abril de 1938 escribí a Nueva York:
"Estoy un tanto asombrado de la publicidad que se ha dado a la carta de Eastman publicada en el New International. Estoy de acuerdo con que se publique la carta, pero la prominencia que se le da en portada y su combinada con el hecho de silenciar el artículo de Eastman en Harper's, es un tanto comprometedora para el New International. Mucha gente puede interpretar este hecho como una debilidad nuestra; cerramos los ojos a los principios cuando anda por medio la amistad."


       VI

El 1 de junio de 1938 escribí al camarada Schatman:
"Me resulta difícil comprender por qué te muestras tan tolerante e incluso amistoso, con Mr. Eugene Lyons. Por lo visto, habla en tus banquetes, a la vez que habla en los banquetes de los Guardias Blancos."
Esta carta proseguía la lucha por una mayor independencia de política de los denominados "liberales", quienes, mientras luchaban contra la revolución, desean mantener buenas relaciones con el proletariado, porque esto dobla su valor a los ojos de la opinión pública burguesa.


       VII

El 6 de octubre de 1938, casi un año antes de que empezara la discusión, escribí sobre la necesidad de que la prensa del partido se volviera decididamente de cara a los trabajadores:
"Es muy importante a este respecto la actitud del Socialist Appeal. Es, sin duda alguna, un periódico marxista muy bueno, pero no un auténtico instrumento de acción política... He intentado interesar en este sentido al equipo de redacción del Socialist Appeal, pero sin éxito."
En estas notas es evidente un tono de disgusto. Y no es accidental. El camarada Schatman está más interesado en episodios literarios aislados de luchas acabadas hace mucho tiempo que en la composición de clase de su propio partido o de los lectores de su periódico.


      VIII

El 20 de enero de 1939, en una carta que ya he citado en relación con el materialismo dialéctico, toqué otra vez el tema de la inclinación del camarada Schatman hacia la fraternidad con el medio literario pequeñoburgués:
"No puedo entender por qué el Socialist Appeal está descuidando tanto la información sobre el Partido Stalinista. Dicho partido es actualmente una masa de contradicciones y las escisiones deben ser inevitables. Nuestras próximas adquisiciones importantes provendrán del Partido Stalinista. Deberíamos concentrar en él nuestra atención política. Debemos seguir el desarrollo de sus contradicciones día a día y hora a hora. Alguien de la redacción debería dedicar la mayor parte de su tiempo a seguir las ideas y acciones de los stalinistas. Podemos provocar una discusión y, si es posible, publicar cartas de stalinistas vacilantes.
Esto sería mil veces más importante que invitar a Eastman, Lyons y demás a presentar sus paridas individuales. Estaba un poco enfadado porque habías publicado el último artículo de Eastman, tan insignificante y arrogante... Pero lo que me ha dejado completamente perplejo es que hayas invitado personalmente a esa gentuza a manchar las escasas páginas del New International. La perpetuación de esta polémica puede interesar a algunos intelectuales pequeñoburgueses, pero no a los elementos revolucionarios.
Estoy firmemente convencido de que es necesaria una cierta reorganización del Socialist Appeal y del New International; alejarlos de Eastman, Lyons y demás y acercarlos a los trabajadores y, en este sentido, al Partido Stalinista."
Los últimos acontecimientos han demostrado, aunque sea triste reconocerlo, que Schatman no se alejó de Eastman y compañía, sino que, por el contrario, se acercó más a ellos.


       IX

El 27 de mayo de 1939 volví a escribir sobre el carácter del Socialist Appeal, en relación con la composición de clase del partido:
"Me he dado cuenta en seguida de que estáis teniendo dificultades con el Socialist Appeal. El periódico está muy bien hecho, desde el punto de vista periodístico; pero es un periódico par a los trabajadores, y no de los trabajadores...
Tal como es, el periódico está dividido entre varios escritores, muy buenos individualmente, pero que, colectivamente, no permiten al trabajador "entrar" en las páginas del Appeal. Todos hablan para los trabajadores (y lo hacen muy bien), pero nadie los escucha. A pesar de su brillantez literaria, el periódico es, en cierto modo, víctima de la rutina periodística. No se habla en absoluto de cómo el trabajador vive, lucha, se enfrenta a la policía o toma una copa. Y todo esto es muy importante para un periódico que es un instrumento revolucionario del partido. No se trata de hacer un periódico sumando las fuerzas de un hábil equipo de redacción, sino de conseguir que los trabajadores hablen por sí mismos.
Para lograr el éxito es necesario un cambio valiente y radical...
Por supuesto, no es sólo un problema del periódico, sino de toda la política del partido. Sigo siendo de la opinión de que tenéis demasiados chicos y chicas pequeñoburgueses, todos muy buenos y dedicados al partido, pero que no son del todo conscientes de que su deber no es sólo discutir entre ellos, sino lanzarse al fresco ambiente de los trabajadores. Repito mi propuesta: todo militante que en un cierto tiempo, pongamos de tres a seis meses, no sea capaz de ganarse un trabajador para el partido deberá pasar el status de simpatizante y, tras otros tres meses, ser expulsado del partido. En algunos casos puede ser injusto, pero el partido, en su conjunto, recibiría un choque que, en estos momentos, necesita mucho. Es necesario un cambio muy radical."
Al proponer medidas tan draconianas, como la expulsión de los militantes pequeñoburgueses que se mostrasen incapaces de establecer vínculos personales con los trabajadores, no estaba pensando en "defender" la fracción de Cannon, sino en salvar al partido de la degeneración.


       X

Escribí al camarada Cannon respecto a ciertos comentarios escépticos sobre el SWP que habían llegado a mis oídos, el 16 de junio de 1939:
"La situación de pre-guerra, el incremento del nacionalismo y demás son obstáculos naturales a nuestro desarrollo y la causa profunda del desánimo que se observa en nuestras filas. Debemos subrayar una vez más que, cuanto más pequeñoburguesa sea la composición del partido, más vulnerable será a los cambios de la opinión pública oficial. Este es un argumento más de la necesidad de una valiente y activa reorientaci6n hacia las masas. 
Los razonamientos pesimistas que mencionas en tu artículo son, naturalmente, reflejo de la presión patriótica y nacionalista de la opinión pública oficial: "Si el fascismo vence en Francia... Si el fascismo vence en Inglaterra... Etc." Las victorias del fascismo son importantes, pero más lo es la agonía de muerte del capitalismo."
Planteé este problema de la dependencia del ala pequeñoburguesa del partido de la opinión pública oficial varios meses antes de que empezara esta discusión, y no la traje por los pelos para desacreditar a la oposición.




El camarada Schatman pedía que estableciese "precedentes" de tendencia pequeñoburguesas entre los líderes de la oposición en el pasado. Acabo de hacerlo, singularizando además al mismo camarada Schatman. Todavía tengo muchos más materiales para ello. Dos cartas -una del camarada Schatman y otra mía-, que son unos "precedentes" muy notables, y que citaré concretamente en relación con otro tema. Schatman puede objetar que en las faltas y errores denunciadas en la correspondencia han incurrido también otros camaradas, algunos miembros de la mayoría actual. Puede ser. Pero no se repite en vano el nombre de Schatman. Mientras que otros han cometido errores circunstanciales, él ha evidenciado una tendencia.
En cualquier caso, puedo demostrar, documentos en mano -y espero haberlo hecho-, en contra de la afirmación de Schatman de que mis juicios han sido "repentinos" e "inesperados", que mi artículo "La oposición pequeñoburguesa..." no es más que un resumen de mi correspondencia con Nueva York durante los tres últimos años (en realidad, durante los diez últimos). Schatman quería "precedentes" ahí los tiene. Y hablan completamente contra él. El bloque filosófico contra el marxismo

Los círculos de la oposición creen que yo introduje el tema del materialismo dialéctico porque no tenía una respuesta "concreta" para la cuestión de Finlandia, Latvia, India, Afganistán, Baluchistán, etc. Este argumento, vacuo de por sí, es interesante porque revela el nivel al que se mueven algunos elementos de la oposición, su actitud hacia la teoría y hacia la lealtad ideológica más elemental. No olvidaré mencionar, sin embargo, que mi primera conversación seria con los camaradas Schatman y Warde, en enero de 1937, nada más llegar a México, fue sobre la necesidad de propagar insistentemente el materialismo dialéctico. Tras la escisión de nuestra Sección americana del Partido Socialista, insistí en la posible publicación, lo antes posible, de un órgano teórico, con la idea de educar al partido, sobre todo a sus nuevos miembros, en el espíritu del materialismo dialéctico. Por aquella época escribí que era precisamente EE.UU., donde la burguesía inyecta constantemente a los trabajadores empirismo vulgar, el lugar donde era más necesario impulsar la elevación del movimiento a un nivel teórico adecuado. El 20 de enero de 1939 escribí al camarada Schatman, respecto a su artículo "Intelectuales en retirada":
"El apartado sobre dialéctica es el peor golpe que usted personalmente, como editor del New International, podría haberle dado al marxismo... ¡Bien! Hablaremos de ello públicamente."
Así es que avisé a Schatman con más de un año de antelación de que pensaba iniciar una lucha abierta contra sus tendencias eclécticas. Por esa época, todavía no se había empezado a hablar de la oposición; pero yo sabía ya que el bloque filosófico contra el marxismo podría preparar el terreno para un bloque político contra el programa de la IV Internacional.
El carácter de las diferencias que han surgido no hace sino confirmar mis temores, basados tanto en la composición social del partido, como en la mala educación teórica de sus cuadros. No me ha hecho falta cambiar mis ideas ni introducir temas "artificialmente". No he hecho sino plantear las cosas tal y como están actualmente. Dejadme añadir que me siento avergonzado por tener que justificarme de haber tenido que salir en defensa del marxismo en una de las secciones de la IV Internacional.

En su "Carta abierta" el camarada Schatman se refiere explícitamente al hecho de que el camarada Vincent Dunne comentara favorablemente el artículo sobre los intelectuales. Yo también dije de él: "Algunas partes son excelentes." Pero, como dice el proverbio ruso, una cucharada de alquitrán estropea un barril de miel. Estamos hablando precisamente de esa cucharada de alquitrán. El apartado dedicado al materialismo dialéctico incluye una serie de concepciones monstruosas desde el punto de vista marxista, cuya intención era, como hemos visto después claramente, preparar el terreno para una alianza política. En vista de la terquedad con que insiste Schatman en que he utilizado dicho artículo como pretexto, permitidme que cite de nuevo el pasaje central del apartado en cuestión:
"... nadie ha demostrado todavía que el acuerdo o desacuerdo con las abstractas doctrinas del materialismo dialéctico afecte (!) a los acontecimientos políticos de hoy o de mañana, y los partidos políticos, sus programas y sus luchas se basan en estos acontecimientos concretos". (The New International, enero de 1939, ver contenido de Carta a James P. Cannon.) ¿No es suficiente? Lo más sorprendente es esa fórmula, tan inútil a los revolucionarios: "... los partidos políticos, sus programas y sus luchas se basan en estos acontecimientos concretos". ¿Qué partidos? ¿Qué programas? ¿Qué luchas? Se mezclan aquí todos los partidos políticos. El partido del proletariado es diferentes a todos los demás. Y no se basa en absoluto en esos "acontecimientos concretos". Es diametralmente opuesto, desde sus mismas bases, a los partidos de chalanes burgueses y traperos pequeñoburgueses. Su misión es preparar la revolución social y regenerar la humanidad mediante el cambio de sus bases materiales y morales. Para no desviarse bajo la presión de la opinión pública ni de la represión policial, el proletario revolucionario, en especial si se trata de un líder, necesita una visión del mundo clara, precisa, completamente racional. Sólo sobre la base de una concepción marxista unificada es posible enfocar correctamente las cuestiones "concretas".
Precisamente ahora empieza la traición de Schatman, una auténtica traición teórica, no un mero error, como quise creer el año pasado. Siguiendo los pasos de Burnham, Schatman enseña al joven partido revolucionario "que nadie ha podido demostrar" que el materialismo dialéctico afecte a la actividad política del partido. "Nadie ha podido demostrar", es decir, el marxismo no sirve para nada en la lucha del proletariado. Por tanto, el partido no tiene la más mínima razón para apoyar y defender el materialismo dialéctico. Esto no es más que el rechazo del marxismo, del método científico en general, la capitulación más vergonzosa al empirismo. Precisamente esto es la alianza filosófica de Schatman con Burnham, y a través de él con los sacerdotes de la "Ciencia" burguesa. Era precisamente a esto, y sólo a esto, a lo que yo me refería en mi carta del 20 de enero del año pasado.
El 5 de marzo me contestó Schatman: "He releído el artículo de Burnham y Schatman al que se refiere usted, y aunque, a la luz da sus palabras, haría alguna que otra modificación (!) si tuviera que escribirlo de nuevo, no puedo estar de acuerdo con lo esencial de su crítica."
Esta respuesta, como pasa siempre con Schatman en situaciones serias, no quiere decir nada en sí misma; pero da la impresión de dejar abierta una vía para retirarse. Hoy, en el frenesí de la lucha fraccional, promete "hacerlo una y otra vez". ¿Hacer qué? ¿Capitular ante la "Ciencia" burguesa? ¿Rechazar el marxismo?
Schatman me explicó largo y tendido (ahora veo con qué propósitos) la utilidad de tal o cual alianza política. Pero yo estoy hablando de lo injustificable de su traición teórica. Una alianza puede justificarse según su contenido y sus circunstancias. Pero ninguna alianza puede justificar una traición teórica. Schatman arguye que su artículo tenía un carácter puramente político. Yo no hablo del artículo, sino del apartado en el que renuncia al marxismo. Si un libro de texto de física dedica sólo dos líneas a decir que Dios es la causa primera, se puede decir que el autor es un oscurantista sin miedo a equivocarse.
Schatman no contesta a la acusación, pero trata de distraer la atención, dirigiéndola a asuntos irrelevantes. "¿En qué difiere lo que usted llama "mi alianza filosófica con Burnham" de la de Lenin con Bogdanov? ¿Por qué aquélla se basaba en principios y ésta carece de ellos? Me gustaría mucho conocer su respuesta a estas preguntas." Pues bien, voy a mostrar la diferencia, o mejor dicho, la oposición política que existe entre ambas alianzas. Estamos tratando el tema del método marxista, ¿no es eso? Pues ahí reside precisamente la diferencia. Lenin nunca declaró, en beneficio de Bogdanov, que el materialismo dialéctico fuera superfluo para resolver "cuestiones políticas concretas". Lenin nunca confundió teóricamente el partido bolchevique con los partidos en general. Era orgánicamente incapaz de semejantes abominaciones. Y no sólo él, sino cualquiera de los bolcheviques serios. Esa es la diferencia. ¿La véis? Schatman me prometió sarcásticamente prestar todo su interés a una respuesta clara. Creo que he dado la respuesta. Y no exijo el "interés".

Lo abstracto y lo concreto; economía y política

El apartado más lamentable de la lamentable obra de Schatman es el capítulo "El estado y el carácter de la guerra". "¿Cuál es nuestra posición? -dice-. Sencillamente, ésta; es imposible deducir directamente nuestra política en una guerra determinada, de caracterizaciones abstractas del carácter de clase del estado implicado en dicha guerra, y particularmente de las formas de propiedad que prevalecen en dicho estado. Nuestra política debe surgir del análisis concreto del carácter de la guerra en relación con los intereses de la revolución socialista internacional." (Op. cit., pág. La guerra actual y el destino de la sociedad moderna. La cursiva es mía.) ¡Vaya lío! Si es imposible deducir nuestra política directamente del carácter de clase de un estado, ¿podemos hacerlo indirectamente? ¿Por qué es abstracto el análisis del carácter de un estado y concreto el de una guerra? Desde un punto de vista formal, podríamos decir con el mismo derecho (de hecho, con mucho más), que nuestra política respecto a la URSS no debe deducirse de una caracterización abstracta de la guerra como "imperialista", sino del análisis concreto del carácter del estado en unas circunstancias históricas dadas. El sofisma fundamental, sobre el que Schatman construye todos los demás, es bastante simple: dado que la base económica determina no inmediatamente la superestructura; dado que el carácter de clase de un estado no es suficiente para resolver los problemas políticos, por lo tanto... perdemos seguir adelante sin examinar la base económica ni el carácter de clase del estado; reemplazándolos, según la periodística frase de Schatman, por la "realidad de los acontecimientos vivos". (Op. cit., ver introducción pag. La teoría del "colectivismo burocrático".)
El mismo artificio que construyó Schatman para justificar su alianza filosófica con Burnham (el materialismo dialéctico no determina inmediatamente nuestra política... luego no afecta, en general, "a las tareas políticas concretas"), se repite ahora palabra por palabra en relación a la sociología marxista; ya que las formas de propiedad no determinan inmediatamente la política de un estado, es posible tirar por la borda la sociología marxista en general, a la hora de determinar "tareas políticas concretas".
Pero, ¿por qué detenerse aquí? Puesto que la ley del valor de trabajo no determina los precios "directa" ni "inmediatamente"; puesto que las leyes de la selección natural no determinan "directa" ni "inmediatamente" el nacimiento de un lechón; puesto que la ley de la gravedad no determina "directa" ni "inmediatamente" que un policía borracho se caiga rodando por las escaleras.... dejamos a Marx, Darwin, Newton y demás amantes de las "abstracciones" cubrirse de polvo en los estantes. Esto es nada menos que el entierro solemne de la ciencia, porque el desarrollo científico va, sobre todo, de las causas "directas" e "inmediatas" a las más profundas y remotas, de la variedad caleidosc6pica de los acontecimientos a la unidad de las fuerzas rectoras.
La ley del valor del trabajo no determina los precios "inmediatamente, pero, por lo menos, los determina. Un fen6meno concreto, como la bancarrota del New Deal, encuentra su explicación, en último análisis, en la "abstracta" ley del valor. Rooswelt no lo sabía, pero un marxista no podía ignorarlo. Las formas de propiedad determinan, no inmediatamente, sino a través de amplias series de factores intermedios y de su interacci6n recíproca, no sólo la política, sino incluso la moral. Un político proletario que ignora la naturaleza de clase del estado acabará igual que el policía que ignoraba la ley de la gravedad; es decir, rompiéndose las narices.
Obviamente, Schatman no tiene en cuenta la distinción entre lo abstracto y lo concreto. Al enfrentarse a lo concreto, nuestra mente opera con abstracciones. Incluso ese perro "concreto", "dado", es una abstracción, porque cambia constantemente, por ejemplo, moviendo la cola cuando le señalamos con el dedo. La concreción es un concepto relativo, no absoluto; lo que es concreto en un caso, es abstracto en otro; es decir, insuficientemente definido para determinado propósito. Para obtener un concepto lo bastante "concreto" para satisfacer una necesidad determinada, es necesario correlacionar varias abstracciones en una sola, lo mismo que para reproducir una secuencia viva en la pantalla es necesario combinar varios fotogramas.
Lo concreto es una combinación de abstracciones, pero no una combinación arbitraria o subjetiva, sino la que corresponde a las leyes del movimiento de un fenómeno determinado.
"El interés de la revolución socialista internacional", al que apela Schatman contra la naturaleza de clase del estado, significa, en ese momento dado, la más vaga de todas las abstracciones. Después de todo, el tema que nos ocupa es precisamente este: ¿de qué forma concreta podemos servir mejor los intereses de la revolución? Y no podemos evitar recordar que la misión de la revolución socialista es crear el estado obrero. Por lo tanto, antes de ponerse a hablar sobre la revolución socialista es preciso distinguir entre "abstracciones" como burguesía y proletariado, estado burgués y estado obrero, etc.
Schatman malgasta su tiempo, y el de los demás, en probar que la propiedad nacionalizada no determina "por si misma", "automáticamente", "directamente", "inmediatamente", la política del Kremlin. Existe una rica literatura marxista sobre la forma en que la estructura económica determina la superestructura política, jurídica, filosófica, artística etc. La opinión de que lo económico determina directa e inmediatamente la creatividad de un compositor o el veredicto de un juez es una burda caricatura del marxismo que han hecho circular los académicos de todos los países, para disimular su impotencia intelectual. **

Pero respecto al tema que nos ocupa, la interrelaci6n entre las bases económicas del Estado soviético y la política del Kremlin, permitidme recordar al desmemoriado Schatman que llevo diecisiete años hablando públicamente de la creciente contradicción entre las bases sentadas por la Revolución de Octubre y las tendencias de la "superestructura" del estado. He seguido paso a paso la creciente independencia de la burocracia respecto al proletariado soviético y el incremento de su dependencia respecto a clases y grupos de dentro y fuera del país. ¿Tiene Schatman algo que añadir a éste análisis?
Sin embargo, aunque lo económico no determine lo político directa ni inmediatamente, sino en último análisis, por lo menos, lo determina. Los marxistas hacemos esta afirmaci6n contra los teóricos burgueses y sus discípulos. A la vez que analizamos y denunciamos la creciente independencia de la burocracia respecto al proletariado, no perdemos de vista las fronteras sociales objetivas de tal "independencia"; es decir, la propiedad nacionalizada, suplementada por el monopolio del comercio exterior.
¡Sorprendente! Schatman sigue apoyando el slogan sobre la revolución política contra la burocracia soviética. ¿Ha pensado alguna vez seriamente en el significado de esa consigna? Si mantenemos que las bases sentadas por la Revolución de Octubre se reflejan "automáticamente" en la política del estado, ¿por qué íbamos a proponer una revolución política contra la burocracia? Si, por el contrario, la URSS ha dejado de ser un estado obrero, sería precisa una revoluci6n social, no política. Schatman, consecuentemente, defiende la siguiente consigna: l) por el carácter de la URSS como estado obrero; 2) por el antagonismo irreconciliable entre las bases sociales del estado y la burocracia. Pero, a la vez que la repite, trata de socavar sus bases teóricas. ¿Para demostrar una vez más la independencia de su política respecto a "abstracciones" científicas?
Con el pretexto de luchar contra la caricatura burguesa del materialismo dialéctico, Schatman abre de par en par las puertas al idealismo histórico. Para él, las formas de propiedad o la naturaleza de clase del estado son cuestiones indiferentes a la hora de analizar la política de un gobierno. El propio estado no es sino un animal de sexo indeterminado. Con los pies bien plantados en su lecho de plumas, Schatman nos explica pomposamente -hoy, en 1940- que además de la propiedad nacionalizada hay que tener en cuenta la basura bonapartista y su política reaccionaria. ¡Vaya novedad! ¿Qué se cree? ¿Qué está hablando en un jardín de infancia?

Schatman se alía... también con Lenin

Para camuflar su falta de entendimiento de la esencia del problema de la naturaleza del Estado soviético, Schatman se aferra a las palabras que Lenin pronunció contra mí, el 30 de diciembre de 1920, en la llamada Discusión Sindical: "El camarada Trotsky habla de estado obrero... Permitidme corregirle, eso es una abstracción... Nuestro estado es, en realidad, un estado de obreros y campesinos... Nuestro estado actual es el que debe defender el proletariado organizado en él, y debemos utilizar estas organizaciones obreras para defender a los trabajadores contra el estado, y para la defensa del estado por los trabajadores." Basándose en esta cita, Schatman se apresura a declarar que he repetido mi "error" de 1920. Pero en su precipitación, deja escapar un error aún mayor que hay en la propia cita. El 19 de enero de 1921, el propio Lenin escribió, respecto a su discurso del 30 de diciembre: "Afirmé que nuestro estado no es un estado obrero, sino un estado de obreros y campesinos..." Al leer el informe de la discusión, me doy cuenta de que estaba equivocado... Debería haber dicho: El estado obrero es una abstracción. El nuestro es un estado obrero con las características siguientes: l) la población campesina predomina sobre la obrera, y 2) es un estado obrero con deformaciones burocráticas." Podemos sacar dos conclusiones de este episodio: a Lenin le importaba tanto la definición sociológica precisa del estado que estimó necesario autocorregirse en plena polémica. Y a Schatman le importa tan poco la naturaleza del Estado soviético que, en veinte años, no se ha dado cuenta ni del error de Lenin ni de su corrección.
No voy a entrar ahora en detalles sobre lo adecuado de la crítica que me hizo Lenin. Creo que era incorrecta. En realidad, no había diferencia alguna entre nuestras definiciones del estado. Desde mi punto de vista, la formulación de Lenin de la cuestión del estado -unida a la corrección que hizo días después- es completamente exacta. Pero escuchemos el increíble uso que hace Schatman de la definición de Lenin: "igual que hace veinte años se podía decir que el "estado obrero" era una abstracción, hoy podemos decir que el "estado obrero degenerado" es otra abstracción". (Op. cit., pág. La teoría del "colectivismo burocrático".) Es evidente que Schatman no ha entendido a Lenin. Hace veinte años, el término "estado obrero" no podía considerarse, de ninguna manera, una abstracción; es decir, algo irreal o inexistente. La definición de "estado obrero", aunque correcta en sí misma, era inadecuada para tareas particulares, en concreto, para la defensa de los trabajadores a través de sus sindicatos, y sólo en este sentido era abstracta. Sin embargo, en relación con la defensa de la URSS frente al imperialismo, esta misma definicí6n era en 1920, y lo es hoy todavía, totalmente concreta, y por ello los trabajadores están obligados a defender dicho estado.
Schatman no está de acuerda. Escribe que: "Igual que fue preciso, en relación con el problema de los sindicatos, hablar de qué clase de estado obrero había en la URSS, es preciso establecer ahora, en relación con el tema de la guerra, el grado de degeneración del estado soviético... Y este grado de degeneración no puede establecerse sólo mediante referencias abstractas a la existencia de propiedad nacionalizada, sino observando la realidad de los acontecimientos vivos Desde este punto de vista es imposible explicar por qué en 1920 la cuestión del carácter de la URSS salió a colación en relación con los sindicatos, es decir, con un asunto interno, mientras que hoy lo es respecto a la defensa de la URSS, es decir, en relación con el destino global del estado. En el primer caso, el estado obrero atacaba a los trabajadores; en el segundo, a los imperialistas. La analogía es coja de ambas piernas; Schatman identifica lo que contraponía Lenin.
Por lo menos, si tomamos las palabras de Schatman al pie de la letra, podemos concluir que lo que le interesa es el grado de degeneración (¿de qué?, ¿de un estado obrero?); es decir, diferencias cuantitativas de evaluación. Supongamos que Schatman ha logrado establecer el grado (¿dónde?) más precisamente que yo. Pero, ¿cómo pueden afectar diferencias cuantitativas en la evaluación de la degeneración de un estado obrero a nuestra decisión de defensa de la URSS? Schatman, permaneciendo fiel al eclecticismo, es decir, a sí mismo, habla de la cuestión de grado en un esfuerzo por mantener el equilibrio entre Burnham y Abern. Pero lo que está actualmente sobre el tapete no es el grado determinado por la "realidad de los acontecimientos vivos" ( ¡qué terminología tan "científica, concreta y experimental"!), sino si esos cambios cuantitativos han llegado a ser cualitativos; es decir, si la URSS es todavía un estado obrero, dentro de su degeneración, o si se ha transformado en un nuevo tipo de estado explotador.
Para esta cuestión básica, Schatman no tiene respuesta. Ni la necesita. Sus argumentos son pura imitación de los de Lenin, que hablaba en relación a un tema diferente, con un contenido diferente y que contenían un error grave. Lenin, en la versión corregida, declaraba: "El estado actual no es sólo un estado obrero, sino un estado obrero con deformaciones burocráticas." Schatman declara: "El estado en cuestión no es sólo un estado obrero degenerado, sino ... ", sino ¿qué? Schatman no tiene nada más que decir. Público y orador se quedan mirándose, con la boca abierta.
¿Qué significa "estado obrero degenerado" en nuestro programa? El mismo programa responde con un grado de concreción ampliamente adecuado para resolver el problema de la defensa de la URSS: l) los rasgos que, en 1920, eran "deformaciones burocráticas" del sistema soviético, se han convertido en un régimen burocrático independiente que ha devorado los soviets; 2) la dictadura burocrática, incompatible con las tareas internas e internacionales del socialismo, ha introducido, y sigue introduciendo, profundas deformaciones en la vida económica del país; 3) sin embargo, el sistema de economía planificada, sobre la base de la propiedad estatal de los medios de producción, se ha conservado básicamente, y sigue siendo una conquista colosal de la humanidad. La derrota de la URSS por el imperialismo significaría no sólo la liquidación de la dictadura burocrática, sino de la economía planificada; el desmembramiento del país bajo esferas de influencia diferentes; una nueva estabilizaci6n del imperialismo, y un nuevo debilitamiento del proletariado mundial.
De la circunstancia de que las "deformaciones burocráticas" se han convertido en un régimen de autocracia burocrática deducimos que la defensa de los trabajadores a través de sus sindicatos (que han sufrido la misma degeneración que el estado) es hoy, en contraste con 1920, completamente idealista; es necesario destruir la burocracia; esta tarea se puede cumplir sólo mediante la creación de un partido bolchevique ilegal en la URSS.
De la circunstancia de que la degeneración del sistema político aún no ha destruido la economía estatal planificada, sacamos la consecuencia de que todavía el deber del proletariado del mundo es defender la URSS contra el imperialismo y ayudar al proletariado soviético en la lucha contra la burocracia.
¿Qué es exactamente lo que Schatman encuentra abstracto en nuestra definición de la URSS? ¿Qué enmiendas concretas propone? La dialéctica nos enseña que "la verdad es siempre concreta". Podemos, pues, aplicar esta regla a la crítica. No es suficiente con calificar de abstracta una definición. Es preciso señalar exactamente qué le falta. De otro modo, la crítica es estéril. En vez de concretar o cambiar la definición que tacha de abstracta, Schatman la reemplaza por el vacío. No es suficiente. El vacío, hasta el más pretencioso, es la peor de las abstracciones, si no se le puede dar ningún contenido. No es asombroso que el vacío teórico haya desplazado al análisis de clase en la política de impresionismo aventurero.
 

"Economía concentrada"

A continuación, Schatman cita las palabras de Lenin, "la política es economía concentrada" y, en ese sentido, "lo político no puede, pero de hecho alcanza primacía sobre lo económico". Basándose en estas palabras de Lenin, Schatman me recomienda que le haga el favor de interesarme sólo en lo económico (medios de producción nacionalizados), dejando a un lado lo político. Este segundo intento para sacar partido de Lenin no es superior al primero. ¡El error de Schatman es aquí muy grave! Lo que Lenin quería decir es: cuando las tareas, intereses y procesos económicos adquieren un carácter consciente y generalizado (es decir, "concentrado"), entran, en virtud de este mismo hecho, en la esfera de la política, y constituyen su esencia. En este sentido, la política como economía concentrada, surge de la actividad económica diaria, atomizada, inconsciente y no generalizada.
Desde el punto de vista marxista, una política es correcta en la medida en que "concentre" profunda y extensamente la economía; esto es, expresa las tendencias progresivas de su desarrollo. Por ello basamos nuestra política, por y sobre todo, en el análisis de las formas de propiedad y de las relaciones de clase. Sólo sobre estas bases teóricas podemos hacer un análisis concreto de factores de la "superestructura". Por ejemplo, cuando acusamos a la fracción opuesta de "conservadurismo burocrático", buscamos inmediatamente los orígenes sociales (es decir, de clase) del fenómeno. Si utilizásemos otros procedimientos, se nos podría tachar de "marxistas platónicos" o, más simplemente, de imitamonos.
"La política es economía concentrada". Podemos aplicar esta máxima al Kremlin, también. ¿O es que, como excepción de la regla general, la política del Gobierno de Moscú no es "economía concentrada", sino el puro reflejo de los deseos de la burocracia? Nuestro intento de reducir la política del Kremlin a economía nacionalizada, deformada por los intereses de la burocracia, provoca la frenética resistencia de Schatman. Con respecto a la URSS, no se guía por la generalización consciente de la economía, sino por la observación de la "realidad de los acontecimientos vivos", es decir, por el capricho, la improvisación, sus simpatías y antipatías. Contrapone su política impresionista a la nuestra, basada en el análisis sociológico y al mismo tiempo nos acusa de... no entender de política. ¡Increíble, pero cierto! Podemos estar seguros de que, en último análisis, la loca y caprichosa política de Schatman es también "economía concentrada", pero, ¡qué le vamos a hacer!, economía de la pequeña burguesía desclasada.
 

Comparación con guerras burguesas

Schatman nos recuerda que en su tiempo las guerras burguesas eran progresistas, y luego se volvieron reaccionarias, y que esto no es suficiente, sin embargo, para definir socialmente a un estado implicado en la guerra. Esta afirmaci6n no sólo no clarifica la cuestión, sino que la embrolla más. Las guerras burguesas pudieron ser progresistas sólo en la época en que todo el régimen burgués era progresista; ,en otras palabras, en la época en que la propiedad burguesa, en contradicción con la feudal, era un factor constructivo y de progreso. Las guerras burguesas se volvieron reaccionarias cuando la propiedad burguesa se convirtió en un obstáculo para el desarrollo, ¿Quiere decir Schatman, en relación a la URSS, que la propiedad estatal de los medios de producción se ha convertido en un obstáculo para el desarrollo, y que la extensión de esta forma de propiedad a otros países es una política económica reaccionaria? Obviamente, Schatman no quiere decir eso. Simplemente, no saca conclusiones lógicas de sus propios pensamientos.
El ejemplo de las guerras burguesas es muy instructivo, aunque Schatman lo pase por alto. Marx y Engels luchaban por una república alemana unificada. En la guerra de 1870-71, permanecieron al lado de los alemanes, a pesar de que la lucha por la unificación fue explotada y deformada por los parásitos dinásticos.
Schatman remarca el hecho de que Marx y Engels se volvieron contra Prusia tras la anexión de Alsacia-Lorena. Pero este giro no hace sino ilustrar más claramente nuestro punto de vista. No podemos olvidar que aquella era una guerra entre dos estados burgueses. Los dos campos tenían un denominador común de clase. Sólo se podía decidir cuál era "el mal menor" -en tanto que la historia deja siempre, en general, una puerta abierta a la opción- en base a factores suplementarios. Del lado alemán, el problema era crear un estado nacional burgués, como campo para el desarrollo económico y cultural. En esta fase, el estado nacional era un factor de progreso histórico. Por eso, Marx y Engels permanecieron del lado de Alemania, a pesar de Hohenzollern y sus junkers. La anexión de Alsacia-Lorena violó el principio del estado nacional y sentó las bases de una guerra de revancha. Marx y Engels, naturalmente, se volvieron contra Prusia. No corrieron el peligro de servir a un sistema económico inferior en contra de uno superior porque, repito, en los dos campos prevalecían las relaciones burguesas. Si Francia hubiera sido un estado obrero en 1870, Marx y Engels hubieran estado de su Fiarte desde el principio, porque -me da vergüenza tener que repetirlo tantas veces- se guiaban en su actividad por criterios de clase.

Hoy, en los viejos estados capitalistas, ya no hay que construir las nacionalidades. Por el contrario, la humanidad está sufriendo la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y el armazón del estado nacional. La misión del proletariado internacional es construir una economía planificada sobre las bases de la propiedad socializada y libre de fronteras nacionales, al menos en Europa. Es precisamente esta misión la que se expresa en nuestro slogan: "¡Por los Estados Unidos Socialistas de Europa!" La expropiación de los propietarios privados en Finlandia y Polonia es un factor de progreso en sí misma. Los métodos burocráticos del Kremlin cumplen en este proceso el mismo papel que los intereses dinásticos de los Hohenzollern en la unificación de Alemania. Siempre que debamos elegir entre la defensa de formas de propiedad reaccionarias por métodos reaccionarios y formas de propiedad progresivas por métodos burocráticos, no debemos situar los dos términos en el mismo plano -decir que ambos son igual de malos-, sino elegir el mal menor. No hay en esto más "capitulación" ante el stalinismo que lo que había de capitulación ante los Hohenzollern en la política de Marx y Engels. Es necesario añadir que el papel que jugaron los Hohenzollern en la guerra de 1870-71 no justifica ni la necesidad histórica general de la dinastía ni su propia existencia.

Derrotismo coyuntural o el huevo de Colón

Veamos a continuación cómo resuelve Schatman, ayudado del vacío teórico, un problema especialmente vital. Escribe: "Nunca hemos apoyado la política internacional de la URSS, pero... ¿qué es la guerra? La guerra es la continuación de la política por otros medios. Entonces, ¿por qué tenemos que apoyar una guerra que es la continuación de una política que no apoyábamos ni apoyamos?" (Op. citado, pág. La teoría del "colectivismo burocrático".) No podemos negar la perfección del argumento; bajo la forma de un simple silogismo, se nos presenta una completa teoría del derrotismo. ¡Tan sencillo como el huevo de Colón! Puesto que nunca hemos apoyado la política internacional del Kremlin, nunca deberemos apoyar a la URSS. ¿Por qué no?
Pero Schatman no es capaz de decir eso. En un pasaje anterior, escribe: "Decimos -la minoría nunca ha dicho lo contrario- que si los imperialistas atacan la Unión Soviética con la intención de destruir hasta la última conquista de la Revolución de Octubre y reducir a Rusia a un conjunto de colonias, apoyaremos incondicionalmente a la URSS." (Op. cit., pág. 15.) ¡Permítame, permítame, permítame! La política internacional del Kremlin es reaccionaria; la guerra es la continuación de esta política reaccionaria; no podemos apoyar una guerra reaccionaria. ¿Por qué, inesperadamente, Schatman cambia de posición y afirma que si el pernicioso imperialismo "ataca" a la URSS, con la poco recomendable intención de convertirla en una colonia, bajo esas excepcionales "condiciones", deberemos defender la URSS... "incondicionalmente"? ¿Qué sentido tiene esto? ¿Qué lógica? ¿O es que Schatman, siguiendo el ejemplo de Burnham, ha relegado la lógica al terreno de la religión y otras piezas de museo?
La clave de todo este lío está en el hecho de que la afirmaci6n "nunca hemos apoyado la política internacional del Kremlin" es una abstracción. Debe ser analizada y concretada. Actualmente, la burocracia, tanto en política interior como exterior, pone por encima de todo sus intereses parasitarios. En este sentido, luchamos a muerte contra ella; pero, en último análisis, los intereses de la burocracia reflejan, aunque en forma muy distorsionada, los intereses del estado obrero. Defendemos esos intereses con nuestros propios métodos. Por lo tanto, no nos oponemos a que la burocracia (con sus propio métodos) salvaguarde la propiedad estatal, el monopolio del comercio exterior, o se niegue a pagar las deudas zaristas. En una guerra entre la URSS y el mundo capitalista -independientemente de las "circunstancias" de esa guerra y las "intenciones" de tal o cual gobierno- estaría implicado el destino de las conquistas históricas que defendemos incondicionalmente; es decir, a pesar de la política reaccionaria de la burocracia. Por lo tanto, la clave del problema es -en última y decisiva instancia- la naturaleza de clase de la URSS.
Lenin dedujo su política de derrotismo del carácter imperialista de la guerra; pero no se detuvo ahí. Dedujo el carácter imperialista de la guerra de un estado específico del desarrollo del régimen capitalista y de su clase dirigente. Puesto que el carácter de una guerra está determinado, precisamente, por el carácter de clase de la sociedad y el estado, Lenin nos recomendó que, al determinar nuestra política respecto a una guerra imperialista, hagamos abstracción de circunstancias "concretas" como democracia o monarquía, agresión o defensa nacional. Por el contrario, Schatman propone que deduzcamos el derrotismo de circunstancias coyunturales. Este derrotismo es indiferente al carácter de clase de la URSS o de Finlandia. Es suficiente con el carácter reaccionario de la burocracia o con la "agresión". El que Francia, Inglaterra o los EE.UU. envíen aviones y bombas a Finlandia no afecta la política de Schatman. Pero si las tropas inglesas llegasen a desembarcar en Finlandia, Schatman le pondría a Chamberlain un termómetro debajo de la lengua y determinaría sus intenciones: si iba a defender a Finlandia de la agresión imperialista de la burocracia del Kremlin o si, además, pensaba destruir "hasta la última conquista de la Revolución de Octubre". Estrictamente de acuerdo con la lectura del termómetro, Schatman, el derrotista, estaría dispuesto a convertirse en defensista. Esto es lo que implica el sustituir los principios por "la realidad de los acontecimientos vivos".
Como ya hemos visto, Schatman pide insistentemente precedentes: ¿cuándo y dónde han demostrado los líderes de la oposición oportunismo pequeñoburgués? Puedo suplementar la respuesta que ya le he dado con dos cartas que cruzamos sobre el tema de la defensa y métodos de defensa con motivo de la Revolución Española. El 18 de septiembre de 1937, Schatman me escribía:
"... dice usted que "si tuviéramos un militante en las Cortes votaría contra la política militar de Negrín". 0 es un error tipográfico, o nos parece una incongruencia. Si, como hemos entendido hasta ahora, en la guerra española no predomina el elemento de la guerra imperialista, y si el elemento predominante todavía es la lucha entre una democracia burguesa decadente, con todo lo que esto implica, y el fascismo, no entendemos cómo sería posible votar en las Cortes contra la política militar... Si en el frente de Huesca un socialista preguntase a un bolchevique por qué se opone a la propuesta de Negrín de dedicar un millón de pesetas a la compra de fusiles para el frente, ¿qué respondería? No creemos que pudiera tener una respuesta adecuada ... " (La cursiva es mía.)
La carta me sorprendió extraordinariamente. Schatman pretendía confiar en el pérfido gobierno de Negrín, basándose simplemente en una consideración negativa: el "elemento de la guerra imperialista" aun no era predominante en España.
El 20 de septiembre le contesté:
"Votar la política militar de Negrín implica un voto de confianza a su gobierno... Hacerlo sería un crimen. ¿Cómo explicaríamos nuestro voto a los trabajadores anarquistas? Muy sencillamente: no tenemos confianza en la capacidad de este gobierno para llevar la guerra a la victoria. Acusamos a este gobierno de proteger a los ricos y atacar a los pobres. Este gobierno debe caer. Mientras no seamos capaces de reempazarlo, estaremos luchando bajo su mando. Pero expresaremos nuestra desconfianza en él en cada oportunidad que tengamos; es nuestra única posibilidad de movilizar a las masas contra el gobierno y preparar su caída. Cualquier otra política sería una traición a la revolución."
El tono de esta respuesta no refleja sino débilmente la... impresión que me produjo la postura oportunista de Schatman. Los errores aislados son inevitables, pero hoy, dos años y medio después, podemos analizar esta correspondencia bajo una nueva luz. Puesto que defendemos a la burocracia burguesa contra el fascismo, no podemos negar nuestra confianza al gobierno. burgués. Al aplicar este mismo teorema al caso de la URSS, se convierte en su opuesto: puesto que no tenemos confianza en el gobierno del Kremlin, no debemos defender el estado obrero. El pseudo-radicalismo es sólo el anverso del oportunismo.

La renuncia al criterio de clase

Volvamos de nuevo al ABC. En sociología marxista, el punto de partida de todo análisis es la definición de clase de un fenómeno dado, sea estado, partido, filosofía, tendencia, escuela literaria, etc. En muchos casos, sin embargo, la mera definición de clase es inadecuada, puesto que una clase consta de diferentes estratos, pasa por distintos estados de desarrollo, bajo diferentes condiciones, o está sometida a la influencia de otra clase. Es preciso tener en cuenta, en ese caso, esos factores secundarios o terciarios para redondear el análisis y, según nuestra intención, los tendremos en cuenta total o parcialmente. Pero para un marxista, el análisis de un fenómeno es imposible sin una caracterización de clase de dicho fenómeno.
El esqueleto y el sistema muscular no agotan la anatomía de un animal; sin embargo, un tratado de anatomía que intentase "abstraerse" de los músculos y los huesos se quedaría flotando en el aire. La guerra no es un órgano, sino una función de la sociedad, es decir, de su clase dominante. Pero es imposible estudiar una función sin conocer el órgano que la produce, es decir, el estado, y es imposible comprender el órgano sin haber analizado la estructura general de organismo, es decir, la sociedad. Los músculos y los huesos de la sociedad son las fuerzas de producción y las relaciones de clase (propiedad). Schatman pretende que la funci6n (la guerra) puede ser estudiada "concretamente", independientemente del órgano que la produce (el estado). ¿No es monstruoso?
Este error fundamental va acompañado de otro aun más llamativo. Después de separar la función del órgano, se pone a analizarla en contra de todas sus premisas; no va de lo abstracto a lo concreto, sino que disuelve lo concreto en abstracciones. La guerra imperialista es una de las funciones del capital financiero, es decir, de la burguesía en una etapa determinada de su desarrollo, en la que descansa sobre un capitalismo con una estructura específica, el capital monopolista. Estas definiciones son lo bastante concretas para nuestras conclusiones políticas. Pero, al extender el concepto de guerra imperialista también al estado soviético, Schatman socava el terreno que tiene bajo los pies. Para justificar, aunque sea superficialmente, la aplicación de la misma designación a la expansión del capital financiero y del estado obrero, Schatman se ve obligado a prescindir de la estructura social de ambos, declarándolas... "abstracciones". De este modo, jugando al escondite con el marxismo, ¡define lo concreto como abstracto y desprecia lo abstracto por concreto!
Este extravagante juego con la teoría no es accidental. Todo pequeñoburgués estadounidense está dispuesto a llamar "imperialista" a cualquier ocupación de territorio, especialmente en este momento, en el que los EE.UU. no están ocupados en invadir nada. Pero si le dijéramos al mismo pequeñoburgués que toda la política exterior del capital financiero es imperialista, independientemente de que en un momento dado se esté anexionando Finlandia o "defendiéndola" de que se la anexione otro, nuestro pequeño burgués estallaría de pía indignación. Por supuesto, los líderes de la oposición son muy diferentes de un pequeñoburgués ordinario, tanto en sus intenciones como a nivel político. Pero tienen las mismas bases de pensamiento. Un pequeñoburgués siempre intenta separar los acontecimientos políticos de sus bases sociales, porque hay un conflicto orgánico entre el enfoque de clase de los hechos y la posición social y la educación de los pequeñoburgueses.

Otra vez Polonia

Mi afirmación de que el Kremlin, por métodos burocráticos, estaba impulsando la revolución en Polonia, ha sido transformada por Schatman en la afirmación de que, en mi opinión, es presumiblemente posible la "revolución burocrática" del proletariado. Ha limitado rígidamente mi expresión. No es sólo incorrecto, sino desleal. No se trata de la "revolución burocrática", sino sólo de un impulso por medios burocráticos. Negar ese impulso es negar la realidad. Las masas populares de Ucrania occidental y Bielorrusia, en cualquier caso, sintieron ese impulso, lo comprendieron y lo utilizaron para dar un cambio fundamental a las relaciones de propiedad. Un partido revolucionario que no sepa notar ese impulso en su momento ni utilizarlo, no valdrá para nada.
Este impulso en dirección a la revolución socialista fue posible sólo porque la burocracia de la URSS tiene sus raíces en la economía de un estado obrero. La utilización revolucionaria de este "impulso" fue posible sólo dado el carácter de clase de la lucha en los territorios ocupados, según el modelo de la Revolución de Octubre. Por último, la estrangulación o semiestrangulación de este movimiento de masa fue posible sólo por el aislamiento del' movimiento mismo y por el poder de la burocracia de Moscú. Quien no sepa explicar la interacción dialéctica de estos tres factores: el estado obrero, las masas oprimidas y la burocracia bonapartista, hará mejor callándose y no hablando inútilmente sobre los sucesos de Polonia.
En las elecciones para la Asamblea Nacional de Ucrania y Bielorrusia, el programa electoral, naturalmente dictado por la burocracia del Kremlin, contenía tres puntos muy importantes: inclusión de ambas provincias en la Federación de la URSS: confiscación de las fincas de los señores en favor de los campesinos: nacionalización de las grandes industrias y de la Banca. Los demócratas ucranianos, a juzgar por su conducta, estimaron como mal menor la unificación en un estado único. Y, desde el punto de vista de la lucha posterior por la independencia, estaban en lo cierto. Creemos que, entre nosotros, nadie negará lo progresivo de los otros dos puntos del programa. Tratando de negar que sean las bases sociales de la URSS las que imponen al Kremlin un programa social revolucionario, Schatman se refiere al caso de Estonia, Lituania y Latvia, donde las cosas quedaron igual que estaban. ¡Increíble argumento! Nadie ha dicho que la burocracia soviética, en todo momento y lugar, quiera o pueda expropiar a la burguesía. Lo único que hemos dicho es que ningún otro Gobierno podría haber llevado a cabo la revolución social que se vio obligada a llevar a cabo la burocracia del Kremlin en Polonia del Este a pesar de su alianza con Hitler. Si no lo hubiera hecho, no hubiera podido incluir el territorio en la Federación de la URSS.
Schatman está enterado de la revolución en sí. No puede negarla. Pero es incapaz de explicarla. Aunque, al menos, intenta salvar la cara. Escribe: "En la Ucrania polaca y la Rusia Blanca, donde, además de la explotación de clase se daba la opresión nacional.... los campesinos empezaron por tomar ellos mismos la tierra, expulsando a los señores que a empezaban a darse a la fuga", etc. (op. cit., pág. El proletariado y sus dirigentes). El Ejército Rojo no tuvo nada que ver con todo esto. Llegó a Polonia sólo como "fuerza contrarrevolucionaria", para suprimir el movimiento. Pero, ¿por qué no han hecho la revolución los obreros y campesinos de la Polonia ocupada por Hitler? ¿Por qué huyen de ella principalmente los revolucionarios, los "demócratas" y los judíos, mientras que de Polonia del Este huyen sobre todo los terratenientes y los capitalistas? Schatman no tiene tiempo para pensar en esto; tiene demasiada prisa en explicarme que la concepción de la "revolución burocrática" es absurda, ya que sólo los trabajadores pueden conseguir su propia emancipación. ¿No tengo otra vez razón para decir que parece que cree estar en un jardín de infancia?
En el órgano parisiense de los mencheviques -quienes, si es posible, tienen una actitud más irreconciliable hacia el Kremlin que el propio Schatman- se dice que: "en las aldeas -frecuentemente al acercarse las tropas soviéticas (es decir, antes de entrar, L. T.)- surgen comités de campesinos por todas partes, los órganos elementales de la revolución campesina se autorregulan... " Las autoridades militares se apresuraron a someter estos comités a los órganos burocráticos que han creado en las ciudades. Pero, al menos, se vieron obligados a apoyarse en ellos porque si no les era imposible llevar a cabo la revolución agraria.
Dan, el líder de los mencheviques, escribía el 19 de octubre: "De acuerdo con el testimonio unánime de todos los observadores, la aparición del Ejército y la burocracia soviéticas supone -no sólo en el territorio ocupado, sino también alrededor- un importante impulso para la revuelta y la transformación social." Por tanto, yo no me he inventado el "impulso"; ha sido el "testimonio unánime de los observadores", quienes tienen ojos y oídos. Dan va más allá y expresa la suposición de que: "las olas engendradas por este impulso no sólo herirán a Alemania en un período relativamente corto, sino también, en una u otra medida, a otros estados".
Otro autor menchevique escribe: "Aunque no quede en el Kremlin nada que pueda oler a revolución, la simple entrada de las tropas soviéticas en la Polonia oriental, que ha vivido tantos años sometida a relaciones agrarias semi-feudales, crea un movimiento agrario torrencial. Al acercarse las tropas soviéticas, los campesinos ocupan las fincas de los señores y forman comités campesinos." Observad: al acercarse las tropas soviéticas, y no al retirarse, como harían suponer las palabras de Schatman. Cito testimonios de los mencheviques porque están muy bien informados, sus fuentes de información son los emigrados polacos y judíos en Francia, y también porque, como han capitulado ante la burguesía francesa, estos caballeros no serán sospechosos de capitular ante el stalinismo.
Además, el testimonio de los mencheviques es confirmado por la prensa burguesa:
"La revolución agraria en la Polonia soviética ha tenido la fuerza de un movimiento espontáneo. Tan pronto como se enteraron de que el Ejército Rojo había atravesado el río Zhruez, los campesinos empezaron a repartiese las tierras de los señores. La tierra se ha dado a pequeños propietarios. Se ha expropiado de este modo alrededor del 30 por 100 de la tierra cultivable." (New York Times, 17 de enero de 1940.)
Bajo la apariencia de un nuevo argumento, Schatman me devuelve mis propias palabras de que el hecho de la expropiación en Polonia oriental no puede modificar nuestra apreciación general de la política del Kremlin. ¡Claro que no! Nadie se lo ha propuesto. Con la ayuda del Comintern, el Kremlin ha desorientado y desmoralizado a las masas hasta el punto de facilitar una nueva guerra imperialista haciendo, además, extremadamente difícil la utilización de esta guerra con propósitos revolucionarios. Comparada con estos dos crímenes, la ayuda a la revolución en dos provincias, pagada además con creces por el sometimiento de Polonia, es de importancia secundaria, y no modifica el carácter reaccionario general de la política del Kremlin. Pero, por iniciativa de la misma oposición, la cuestión que se plantea ahora no es de carácter general, sino el reflejo de esta política general bajo determinadas circunstancias de tiempo y lugar. Para los campesinos de Galizia y Bielorrusia, la revolución agraria era de fundamental importancia. La IV Internacional no podía boicotear esta revolución con el pretexto de que la iniciativa la había tomado la burocracia reaccionaria. Nuestro deber fundamental era participar en la revolución del lado de los obreros y campesinos y, en esa medida, del lado del Ejército Rojo. Al mismo tiempo, era necesario prevenir incansablemente a las masas del carácter reaccionario de la política del Kremlin en general, y de los peligros que éste podía acarrear a los territorios ocupados. La política bolchevique consiste precisamente en saber cómo combinar estas dos tareas, o mejor dicho, estas dos caras de la misma tarea.

Otra vez Finlandia

Tras demostrar tan gran perspicacia en la comprensión de los problemas de Polonia, Schatman se lanza sobre mí, con autoridad redoblada, en relación con los acontecimientos de Finlandia. En mi artículo "La oposición pequeñoburguesa ... " escribí que "la guerra entre Finlandia y la URSS parece que empieza a suplantarse con una guerra civil, en la que el Ejército Rojo se encontraría, en un determinado momento, en el mismo bando que los campesinos y trabajadores finlandeses ... " Esta fórmula tan cautelosa no ha agradado a mi duro juez. Mi evaluación de los sucesos de Polonia ya le había sacado de quicio. Schatman escribe en la página 16 de su carta: "Encuentro todavía menos justificadas sus -¿cómo decirlo?- asombrosas apreciaciones sobre Finlandia." Siento mucho que Schatman se asombre tanto, en vez de pensar un poco.
En los Estados Bálticos, el Kremlin se contentó con ganancias estratégicas, indudablemente con la idea de que, en el futuro, estas bases militares estratégicas le permitirían sovietización de estas áreas fronterizas del imperio de los zares. Estos éxitos en el Báltico, conseguidos mediante tratados diplomáticos, se tropezaron con la resistencia de Finlandia. Capitular ante esta oposición hubiera supuesto para el Kremlin poner en peligro su prestigio e incluso sus éxitos en Latvia, Estonia y Lituania. Por tanto, y en contra de sus planes iniciales, el Kremlin se vio obligado a recurrir a la fuerza de las armas. Ante este hecho, cualquier persona con dos dedos de frente se habría preguntado: ¿Qué es lo que pretende el Kremlin?; ¿asustar a la burguesía finlandesa y arrancarle algunas concesiones, o algo más? No hay una respuesta "automática" a esta pregunta. Es necesario -a la luz de las tendencias generales- orientarse sobre los síntomas concretos. Los líderes de la oposición son incapaces de ello.
Las operaciones militares comenzaron el 30 de noviembre. El mismo día, el Comité Central del Partido Comunista de Finlandia, situado indudablemente en Moscú o Leningrado, lanzaba un manifiesto por radio al pueblo trabajador finlandés. Proclamaba: "Por segunda vez en su historia, la clase trabajadora de Finlandia está iniciando una lucha contra el payaso de la plutocracia. El primer intento de obreros y campesinos de 1918 terminó con la victoria de los capitalistas y los terratenientes. Pero esta vez... ¡vencerá el pueblo trabajador! " Este manifiesto prueba claramente que no se trataba sólo de amedrentar al gobierno burgués de Finlandia, sino de provocar una insurrección en el país y suplementar la invasión del Ejército Rojo con una guerra civil.
La declaración del 2 de diciembre del llamado "Gobierno Popular" dice: "En distintas partes del país, el pueblo se ha levantado y proclama la creación de una república democrática." Esta afirmación es obviamente artificial, pues, de lo contrario, el manifiesto hubiera mencionado los lugares en que habían tenido lugar los intentos de insurrección. Sin embargo, es posible que hubiera habido algunos intentos que acabaron en fracaso, y por ello se estimó más conveniente no entrar en detalles. En cualquier caso, las "noticias" sobre insurrecciones, constituían una llamada a la insurrección. Más aún; la declaración incluía la información de la "formación del primer cuerpo de ejército finlandés, que en el curso de futuras batallas se verá incrementado por voluntarios de las filas de los trabajadores y campesinos revolucionarios". Aunque este "cuerpo" fuera de mil hombres, o de cien, su importancia respecto a la política del Kremlin es incuestionable. Al mismo tiempo, los cables repetían las noticias sobre expropiaciones de los terratenientes en las regiones fronterizas. No cabe la menor duda de que esto es lo que sucedió durante el primer avance del Ejército Rojo. Incluso si consideramos que estos despachos son una invención, no pierden su significado de llamada a la revolución agraria. Por tanto, tengo perfecto derecho para afirmar: "la guerra entre Finlandia y la URSS parece que empieza a ser suplementada por una guerra civil". Es cierto que a primeros de diciembre sólo disponía de parte de esta información. Pero conocía el trasfondo de la situación general, y, me atrevo a añadir, comprendía su lógica interna, por lo que los síntomas aislados me permitían establecer las direcciones generales de la lucha. Sin estas conclusiones semi-apriorísticas, uno puede ser un observador de los acontecimientos, pero nunca un participante activo. Pero, ¿por qué no encontró respuesta de las masas la llamada del "Gobierno Poular"? Por tres razones: primera, Finlandia está completamente dominada por un aparato militar reaccionario que se apoya no sólo en la burguesía, sino también en las capas superiores del campesinado y de la burocracia obrera; segunda, la política del Kremlin triunfó a la hora de convertir al Partido Comunista de Finlandia en un factor insignificante; tercera, el régimen de la URSS es incapaz de producir entusiasmo entre las masas trabajadoras finlandesas. Incluso en la Ucrania de 1918 a 1920 los campesinos respondieron con mucha lentitud a los llamamientos a ocupar las fincas de los señores porque el poder del soviet local era todavía débil, y cada victoria de los Blancos provocaba expediciones de castigo contra ellos. Con menos razón podemos sorprendernos ahora de que los campesinos finlandeses tarden en responder a la llamada a la revolución agraria. Serían necesarios serios triunfos del Ejército Rojo para que los campesinos se pusieran en movimiento. Pero durante este primer avance tan mal preparado sólo ha sufrido derrotas. En estas condiciones, no se puede hablar de levantamiento campesino: Era imposible esperar una guerra civil independiente en la Finlandia actual; mis cálculos hablaban bastante explícitamente de suplementar las operaciones militares con medidas de guerra civil. Y pienso -por lo menos mientras no haya sido aniquilado el ejército finlandés- sólo en los territorios ocupados y las regiones próximas a ellos. Hoy, 17 de enero, mientras escribo estas líneas, recibo un despacho desde Finlandia en el que se dice una provincia fronteriza ha sido invadida por finlandeses que emigrados y se están matando, literalmente, entre hermanos. ¿Qué es esto, si no es un episodio de guerra civil? En cualquier caso, cualquier avance del Ejército Rojo en Finlandia confirmaría nuestra visión general de la guerra. Schatman no tiene ni un análisis de la guerra ni la sombra de un pronóstico. Se autolimita a una noble indignación, y a cada paso se hunde más en el lodo.
La llamada del "Gobierno Popular" incita al control obrero. ¿Qué significa esto?, exclama Schatman. Si no hay control obrero en la URSS, ¿cómo puede haberlo en Finlandia? Aunque sienta decirlo, Schatman no comprende, en absoluto, la situación. En la URSS el control obrero es una etapa ya superada. Pasaron del control sobre la burguesía a la administración de la propiedad nacionalizada. De la administraci6n obrera, al dominio de la burocracia. El nuevo control obrero significaría control sobre la burocracia. No podría establecerse más que en el caso de un levantamiento con éxito contra la burocracia. En Finlandia, el control obrero sólo significa todavía la expulsión de la burguesía nativa, cuyo puesto piensa ocupar la burocracia. Sin embargo, no podemos pensar que el Kremlin sea tan estúpido como para pretender dominar Polonia oriental o Finlandia mediante comisarios importados. Por tanto, su necesidad primaria es la creación de un nuevo aparato administrativo entre la población trabajadora de las áreas ocupadas. Para llevar a cabo esta tarea son precisos varios pasos. El primero es la creación de comités campesinos y de "control obrero" (***).

Schatman se aferra al hecho de que el programa del gobierno de Kuusinen es "formalmente el programa de una democracia burguesa". ¿Quiere decir con esto que el Kremlin está más interesado en establecer la democracia burguesa en Finlandia que en someterla a la URSS? Ni él mismo sabe lo que quiere decir. En España, en donde el Kremlin no preparaba la unión con la URSS, quedó demostrada la habilidad de Moscú para defender la democracia burguesa contra la revolución proletaria. En aquella situación internacional a la burocracia del Kremlin le interesaba cumplir esa misión. Ahora la situación es diferente. El Kremlin no está interesado en demostrar su inutilidad a Francia, Inglaterra y EE.UU. Como han probado los hechos, está decidido firmemente a socializar Finlandia, sea de una vez o por etapas. El programa del gobierno de Kuusinen, incluso desde el punto de vista formal, es idéntico al de los bolcheviques en 1917. A decir verdad, Schatman hace mucho hincapié en la significación que atribuyo al manifiesto del "idiota" de Kuusinen. Sin embargo, me tomo la libertad de considerar que el "idiota" de Kuusinen, actuando en la esfera del Kremlin y con el apoyo del Ejército Rojo, representa un factor político mucho más serio que montones de sabihondos superficiales, que se niegan a pensar a través de la lógica (dialéctica) interna de los acontecimientos.
Como resultado final de todo este notable análisis, Schatman propone una política derrotista respecto a la URSS, añadiendo (para uso de emergencia) que "no dejará de ser un patriota de su clase". Esta información nos satisface mucho. El problema es que Dan, el líder de los mencheviques, ya el 12 de noviembre escribía que si la URSS invadía Finlandia, el proletariado mundial "debería tomar decisivamente una postura derrotista respecto a esta violencia" (Sozialisticheski Vestnik, 19-20 de noviembre, ver final de pág. Carta a Sherman Stanley). Es preciso añadir que, bajo el régimen de Kerensky, Dan era un defensista rabioso. Sólo la invasión de Finlandia le ha convertido en derrotista. Naturalmente no ha dejado de ser "un patriota de su clase". ¿De qué clase? La pregunta no carece de interés. En el análisis de los hechos, Schatman difiere de Dan, que está más cerca de¡ teatro de los acontecimientos y no puede reemplazarlos por la ficción; pero, en compensación, a la hora de las "conclusiones políticas concretas", se convierte en un "patriota" de la misma clase que Dan. En sociología marxista, con el permiso de la oposición, esta clase se llama pequeña burguesía.

La teoría de las "alianzas"

Para justificar su alianza con Burnham y Abern -contra el ala proletaria del partido, contra el programa de la IV Internacional y contra el ámbito marxista- Schatman ha utilizado también la historia del movimiento revolucionario, que -de acuerdo con sus propias palabras- ha estudiado con el propósito de transmitir las grandes tradiciones a la generaci6n más joven. El fin en sí, es, por supuesto, excelente. Pero requiere un método científico. Sin embargo, Schatman ha empezado por sacrificar el método a una alianza. Sus ejemplos históricos son arbitrarios, traídos por los pelos y, por tanto, falsos.
No toda colaboración es una alianza, en el sentido más completo del término. Frecuentemente se producen acuerdos temporales que no se transforman, ni llegarán a transformarse, en alianzas prolongadas. Por otro lado, el militar en el mismo partido no puede decirse que sea precisamente una alianza. He pertenecido junto con el camarada Burnham (y espero seguir perteneciendo muchos años) al mismo partido internacional, pero no estamos aliados. Dos partidos pueden aliarse entre sí contra un enemigo común; ésta es, por ejemplo, la política del "Frente Popular". Dentro del mismo partido, tendencias cercanas, pero no coincidentes por completo, pueden aliarse contra una tercera.
Hay dos cuestiones de significación decisiva para evaluar las alianzas internas del partido: l) ¿Contra quién o contra qué se dirige la alianza?; 2) ¿Cuál es la correlación de fuerzas dentro del bloque? Por ejemplo, dentro de nuestro partido es muy permisible una alianza entre internacionalistas y centristas para luchar contra el chauvinismo. Los resultados de la alianza dependerían, en este caso, de la claridad del programa de los internacionalistas, su cohesión y disciplina, ya que estos rasgos no son menos importantes que el peso numérico a la hora de establecer una correlación de fuerzas.
Como he dicho antes, Schatman recurre a la alianza de Lenin y Bogdanov. Ya he afirmado que Lenin no hizo la más mínima concesión teórica. Vamos a examinar ahora el aspecto político de esa "alianza". Antes de nada, es preciso establecer que no se trató de una alianza, sino de colaboración en una organización común. La fracción bolchevique llevaba una vida independiente. Lenin no formó ningún "bloque" con Bogdanov contra otras tendencias de la organización. Por el contrario, lo formó con los "bolcheviques conciliadores" (Dubroninsky, Rykov y otros) contra las herejías teóricas de Bogdanov. En esencia, lo que intentaba Lenin era mantenerse mientras fuera posible en una y la misma organización política que Bogdanov, organización que, aunque se la denominaba "fracción", tenía todos los rasgos de un partido. Si Schatman no cree que la oposición es una organización independiente, a su referencia a la "alianza" Lenin-Bogdanov le faltan piezas.
Pero el error al establecer la analogía no se queda en esto. La fracción-partido bolchevique llevaba a cabo una lucha contra los mencheviques, que ya se habían revelado completamente como agentes pequeñoburgueses de la política de la burguesía liberal. Esto era mucho más serio que la acusación de "conservadurismo burocrático", cuyas raíces de clase aún no ha podido encontrar Schatman. La colaboración de Lenin con Bogdanov era la colaboración de una tendencia proletaria con una tendencia centrista y sectaria, contra el oportunismo pequeñoburgués. Las líneas de clase están definidas claramente. La "alianza" (si alguien quiere llamarla así en un momento dado) estaba plenamente justificada.
También es muy significativa la historia posterior del "bloque". En la carta a Gorki que cita Schatman, Lenin expresa su esperanza de que sea posible separar la política de lo puramente filosófico. Schatman olvida añadir que la esperanza de Lenin no llegó a realizarse. Las diferencias surgidas en el terreno filosófico invadieron todos los demás, hasta los problemas más corrientes. Si la "alianza" no desacreditó al bolchevismo fue porque Lenin tenía un programa completo, un método correcto y una fracción muy unida, en la que el grupo de Bogdanov era sólo una minoría inestable.

Schatman ha llevado a cabo una alianza con Burnham y Abern contra el ala proletaria de su propio partido. La correlación de fuerzas dentro del bloque está completamente en contra suya. Abern tiene su propio grupo. Burnham, con el apoyo de Schatman, puede crear una fracción de intelectuales desilusionados del bolchevismo. Pero no tiene ni un programa, ni un método, ni un grupo de adeptos independientes. El carácter ecléctico del "programa" de la oposición está determinado por las tendencias contradictorias que tiene en su interior. Cuando se produzca el colapso -que es inevitable- Schatman saldrá de la lucha sin nada, como no sea el daño que ha hecho al partido y a sí mismo.
Schatman añade que en 1917, Lenin y Trotsky se unieron tras una larga lucha, y que sería, por tanto, incorrecto recordar sus pasadas diferencias. Este ejemplo es muy peligroso, porque Schatman lo utilizó ya una vez, para explicar su alianza con Cannon.... contra Abern. Pero, dejando esto de lado, la analogía histórica es falsa. Al unirse al partido bolchevique, Trotsky reconoció amplia y totalmente la correcci6n de los métodos leninistas de construcción del partido. Si no salió a relucir en 1917 el problema de la "revolución permanente" fue porque, para ambas partes, la cuestión había sido zanjada ya por el desarrollo de los hechos. La revolución proletaria, y no combinaciones episódicas o subjetivas, fue la base de la unión. Y ésta si es una base sólida. Además, en este caso no se trataba de una alianza, sino de la unificación en un mismo partido, contra la burguesía y sus agentes pequeñoburgueses. Dentro del partido, la "alianza de octubre" entre Lenin y Trotsky se realizó contra las vacilaciones de los elementos pequeñoburgueses en torno al problema de la insurrección.
Igual de superficial es la referencia de Schatman a la alianza de Trotsky y Zinoviev en 1926. Entonces, la lucha no se dirigía contra el "conservadurismo burocrático" como rasgo psicológico de unos cuantos individuos poco simpáticos, sino contra la burocracia cada vez más poderosa en el mundo, sus privilegios, sus normas arbitrarias y su política reaccionaria. El espectro de diferencias permisible dentro de una bloque viene determinado por el carácter del adversario.
La relación de elementos dentro del bloque era, por otra parte, muy diferente. La oposición de 1923 tenía su propio programa y sus propios cuadros, compuestos básicamente por trabajadores, no intelectuales, como afirma Schatman, eco fiel de los stalinistas. La oposición Zinoviev-Kamenev reconoció, a petición nuestra, en un documento especial, que la oposición de 1923 estaba en lo correcto en todas las cuestiones fundamentales. Ya que teníamos tradiciones diferentes y no estábamos de acuerdo en todo, nunca llegó a producirse la fusión. los dos grupos siguieron siendo fracciones independientes. Sin embargo, la oposición de 1923 hizo a la de 1926 ciertas concesiones de principio en temas importantes -con mi voto en contra-, concesiones que consideré y sigo considerando impermisibles. Cometí un error al no protestar abiertamente por dichas concesiones. Pero no había mucho espacio para protestas abiertas, puesto que trabajábamos ilegalmente. En cualquier caso, informé de mi postura sobre los temas discutidos a ambos bandos. En la oposición de 1923, el 99 por 100, si no más, compartían mis puntos de vista, y no los de Zinoviev o Radek. Con semejante relación de fuerzas dentro de los dos grupos del bloque, se puede hablar de errores circunstanciales, pero no de aventurerismo.
Con Schatman el caso es diferente. ¿Quién estaba en lo cierto en el pasado, cómo y dónde? ¿Por qué estuvo primero con Abern, luego con Cannon y otra vez con Abern? La explicación que da a las duras luchas fraccionases del pasado es la de un nene de teta, no la de un político responsable: Jhonny estaba un poco equivocado, Marx otro poco, todos estábamos un poquito equivocados; ahora, todos estamos un poquito en lo cierto. Quién y en qué se equivocaba, ni palabra. No hay tradición. El ayer está fuera de su pensamiento y, ¿por qué? Porque en el organismo del partido el camarada Schatman es como un riñón flotante.
En su búsqueda de analogías históricas, Schatman cita un ejemplo que tiene cierto parecido con el bloque actual. Me refiero a la llamada alianza de agosto de 1912. Participé activamente en ella, creándola, en cierto sentido. Políticamente difería de los mencheviques en todas las cuestiones fundamentales. Difería también con los bolcheviques de extrema izquierda, los Vperyodists. En líneas generales, con, quien estaba más de acuerdo era con los bolcheviques, pero estaba contra el "régimen" de Lenin porque todavía no había comprendido que a la hora de llevar a cabo un fin revolucionario es indispensable un partido firmemente centralizado. Y de este modo formé una alianza de elementos heterogéneos, dirigida contra el ala proletaria del partido.
En ella, los "liquidators" tenían su propia fracción, los Vperyodists algo parecido, y yo estaba aislado. Redactaba yo mismo muchos de los documentos y, sobre diferencias de principio, trataba de dar la impresión de unanimidad en "cuestiones políticas concretas". ¡Ni una palabra del pasado! Lenin sometió a la alianza de agosto a una crítica sin piedad, y a mí me tocó la peor parte. Probó que, puesto que no estaba políticamente de acuerdo ni con los mencheviques ni con los Vperyodists, estaba llevando a cabo una política aventurera. Era duro, pero cierto.
Dejadme mencionar, como "atenuantes", el hecho de que consideraba mi deber, no la defensa de los intereses de los ultraizquierdistas, sino conseguir la unidad del partido. Los bolcheviques también fueron invitados a la conferencia de agosto. Pero como Lenin se negó en rotundo a unirse a los mencheviques (en lo que, ahora, le doy toda la razón), quedé enredado en esa alianza antinatural de mencheviques y vperyodists. La segunda circunstancia atenuante es que el fen6meno del bolchevismo, como representante auténtico del partido revolucionario, se estaba desarrollando por primera vez, no había antecedentes prácticamente en la II Internacional. Pero no quiero absolverme de la culpa. A pesar de que la concepción de la revolución permanente estaba en la perspectiva correcta, todavía no me había librado, en la esfera organizativa, de los rasgos propios de un revolucionario pequeñoburgués. Estaba enfermo de conciliadorismo hacia los mencheviques y de disgusto hacia el centralismo leninista. Nada más acabar la conferencia de agosto, el bloque empezó a desintegrarse en sus componentes iniciales. Al cabo de pocos meses, estaba fuera del bloque, no sólo en principio, sino organizativamente.
Hoy tengo que decirle a Schatman, con la misma acritud que me lo dijo a mí Lenin hace veintisiete años: "Tu bloque no tiene principios. Tu política es aventurera." Espero, de todo corazón, que saque de estas acusaciones las mismas conclusiones que saqué yo.

Las fracciones en lucha

Schatman parece sorprenderse de que "Trotsky, el líder de la oposición de 1923, pueda soportar el burocratismo de la fracción de Cannon". En esto, como en el asunto del control obrero, Schatman muestra su falta del sentido de la perspectiva histórica. Es verdad que, para justificar su dictadura, la burocracia soviética ha utilizado los principios del centralismo bolchevique, pero en este proceso los ha transformado en todo lo contrario de lo que eran. Pero esto no desacredita, en último término, los métodos del bolchevismo. Durante muchos años, Lenin educó al partido de la disciplina proletaria y del centralismo más severo. Al hacerlo, hubo de sufrir cientos de veces el ataque de las pandillas y fracciones pequeñoburguesas. El centralismo bolchevique era un factor progresivo, y aseguró el triunfo de la revolución. No es difícil comprender que la lucha de la actual oposición del SWP no tiene nada en común con la lucha de la oposición rusa de 1923 contra la casta privilegiada de los burócratas, pero, en cambio, tiene gran parecido con la lucha de los mencheviques contra el centralismo bolchevique.
De acuerdo con la oposición, Cannon y su grupo son "la expresión de un tipo de política cuya mejor definición es conservadurismo burocrático". ¿Qué significa esto? La dominaci6n de una aristocracia obrera conservadora, que comparte los beneficios de la burguesía nacional, no es posible sin el apoyo directo o indirecto del estado capitalista. La dominación de la burocracia stalinista no sería posible sin el GPU, el ejército, etc. La burocracia soviética apoya a Stalin porque es el burócrata que mejor defiende sus intereses. La burocracia sindical apoya a Lewis y Green porque ellos, como burócratas capaces y diestros, salvaguardan mejor que nadie los intereses de la aristocracia obrera. Pero, ¿sobre qué bases descansa el "conservadurismo burocrático" del SWP? Obviamente, no en intereses materiales, sino en la selección de una serie de tipos burocráticos que se han unido contra otra serie de tipos innovadores, con iniciativa y espíritu dinámico. La oposición no ha establecido las bases materiales del "conservadurismo burocrático". Todo se reduce a psicología pura. En esas condiciones, un trabajador con dos dedos de frente se dirá: "Es posible que el camarada Cannon tenga ahora tendencias burocráticas -me resulta difícil juzgar desde lejos-, pero si la mayoría del Comité Nacional y del partido, que no tiene ningún interés en los "privilegios" burocráticos, le apoya, no lo hará por sus tendencias burocráticas, sino a pesar de ellas. Esto significa que sus otras virtudes personales compensan este fallo." Esto es lo que diría cualquier miembro serio del partido. Y, en mi opinión, estaría en lo cierto.
Para dar entidad a sus acusaciones, los líderes de la oposici6n han reunido un montón de anécdotas y episodios aislados, que pueden contarse por cientos o miles en cualquier partido, y que en muchos casos es imposible comprobar objetivamente. Estoy dispuesto a ser indulgente con la sección de cuentos de la oposición, pero voy a recordar uno en el que soy testigo y parte. Los líderes de la oposición cuentan con arrogancia lo fácilmente, presumiblemente sin crítica ni discusión previas, que el grupo de Cannon aceptó el programa de medidas transitorias. He aquí lo que escribí al camarada Cannon, sobre ese programa, el 15 de abril de 1938:
"Te mando un esquema del programa transitorio y una nota sobre el trabajo del partido. Sin tu visita a México no hubiera sido capaz de escribir este esquema, pues he aprendido mucho en las discusiones, lo que me ha permitido ser más explícito y concreto..."
Schatman debería estar enterado de esa circunstancia, pues fue uno de los que tomaron parte en la discusión. 
Los rumores, las especulaciones personales y los chismes no son muy útiles, pero abundan en los círculos pequeñoburgueses, en los que la gente no está unida por los lazos del partido, sino por relaciones personales, y en donde falta el hábito de una visión de clase de las cosas. Ha ido de boca en, boca que me habían visitado exclusivamente representantes de la mayoría, y que me habían sacado del buen camino. ¡Queridos camaradas, no creáis esas tonterías! Recojo la información política por los mismos métodos que realizo el resto de mi trabajo. Una parte orgánica de la fisonomía política de todo político es su acritud crítica ante la información. Si fuera incapaz de distinguir entre la información falsa y la verdadera, ¿qué valor tendrían mis juicios?
Conozco personalmente por lo menos a veinte miembros de la fracción de Abern. Estoy agradecido a muchos de ellos por la amistosa ayuda que me han prestado en mi trabajo, y los considero a todos, o a casi todos, como valiosos militantes del partido. Pero he de decir también que lo que les distingue a todos, en mayor o menor grado, es un aire pequeñoburgués, falta de experiencia en la lucha de clases y, por tanto, falta de conexión con el movimiento proletario. Sus rasgos positivos les unen a la IV Internacional. Los negativos les convierten en la fracción más conservadora.
Se está metiendo en la cabeza a los militantes del partido una actitud contra lo intelectual y los intelectuales", dice el documento sobre "conservadurismo burocrático" (Boletín Interno, vol. 2, núm. 6, enero de 1940, pág. 12). Este argumento no viene a cuento. No se pone en cuestión a esos intelectuales que están completamente al lado de los proletarios, sino a los que intentan llevar el partido hacia el eclecticismo pequeñoburgués. El mismo documento declara: "Se está llevando a cabo una propaganda contra Nueva York que puede ser el origen de una serie de prejuicios muy poco saludables." ¿A qué prejuicios se refieren aquí? Aparentemente, al antisemitismo. Si existe en nuestro partido antisemitismo, o cualquier otro racismo, debemos luchar abiertamente contra ellos, y no mediante insinuaciones. Pero la cuestión de los judíos intelectuales o semiintelectuales de Nueva York es social, no nacional. En nueva York hay muchos judíos proletarios, pero Abern no ha construido con ellos su fracción. Los elementos pequeñoburgueses de la fracción han sido incapaces, hasta el momento, de llegar a los obreros judíos. Se han contentado con su propio medio.
Ha sucedido más de una vez en la historia -mejor dicho, no ha pasado otra cosa, a lo largo de toda la historia- que, en la transición del partido de un periodo al siguiente, elementos que jugaban un papel progresista en el pasado, pero que se han mostrado incapaces de adaptarse a las nuevas tareas.
Se han unido frente al peligro y han puesto de relieve sus peores rasgos. Este es el caso, hoy, de la fracción de Abern, cuyo cerebro teórico es Burnham y Schatman su periodista. "Cannon sabe -insiste Schatman- lo espúreo que es introducir el "tema Abern" en la discusión. Sabe, como todo líder informado del partido, que en los últimos años no ha habido nada parecido a un "grupo Abern"." Me tomo la libertad de afirmar que si alguien está deformando la realidad es el propio Schatman. He seguido el desarrollo de las relaciones internas de la sección americana durante diez años, Tengo muy clara la composición específica y el papel especial que ha jugado la organización de Nueva York. Schatman recordará tal vez que, cuando yo estaba todavía en Prinkipo, recomendé trasladar el Comité Central de Nueva York y su atmósfera pequeñoburguesa a un centro industrial de provincias. Cuando llegué a México tuve oportunidad de aprender mejor el inglés y, gracias a las visitas de muchos amigos del Norte, me fui haciendo una idea más clara de la composición social y de la psicología política de los distintos grupos. Sobre la base de mis propias observaciones personales durante los tres años pasados, puedo afirmar que la fracción de Abern ha existido siempre, si no "dinámica", al menos "estáticamente".
Los miembros de la fracción de Abern resultan fáciles de reconocer con un mínimo de experiencia política, no sólo por sus rasgos sociales, sino por su forma de enfocar todos los problemas políticos. Ellos han negado siempre que constituyeran formalmente una fracción. Hubo un período en que varios de ellos trataron de disolverse en el partido. Pero lo intentaron contra sus propios deseos, y en cuanto surgía un tema polémico, formaban un grupo. Estaban muy poco interesados en cuestiones de principio, en especial en el cambio de la composición de clase del partido, y mucho en conflictos personales, combinaciones por arriba y cosas que pasan en el "cuartel general". Es la escuela de Abern. He prevenido constantemente a muchos de estos camaradas de que esta vida artificial les llevaría, más pronto o más tarde, a una explosión fraccional.
Los líderes de la oposición hablan irónicamente de la composición proletaria de la fracción de Cannon; a sus ojos, este "detalle" no tiene mayor importancia ¿Qué es esto, si no es desdén pequeñoburgués mezclado con ignorancia? En 1903, en el Segundo Congreso de los Socialdemócratas Rusos, cuando tuvo lugar la escisión entre los bolcheviques y los mencheviques, había sólo tres trabajadores entre un montón de delegados. Los tres permanecieron con la mayoría. Los mencheviques se rieron de Lenin por conceder a este hecho una gran significación sintomática. Los mencheviques explicaron la postura de los tres trabajadores por su "inmadurez". Pero ahora sabemos que era Lenin el que estaba en lo cierto.
Si la sección proletaria de nuestro partido americano está "políticamente atrasada", la primera labor de los más "avanzados" debiera haber sido elevar el nivel de los trabajadores. Pero, ¿por qué no ha encontrado la oposición vía libre hacia los trabajadores? ¿Por qué dejan esa tarea a la "pandilla" de Cannon? ¿No son los trabajadores bastante buenos para la oposición? ¿O es que la oposición no les va a los trabajadores?

Estoy lejos de creer que la sección proletaria del partido sea perfecta. Los trabajadores sólo alcanzan gradualmente su conciencia de clase. Los sindicatos crean un medio cultural adecuado para las desviaciones oportunistas. Tendremos que enfrentarnos inevitablemente con este problema en un futuro próximo. Más de una vez el partido deberá recordar a sus propios sindicalistas que la adaptación pedagógica a las capas más atrasadas del proletariado no debe convertirse en adaptación política a la burocracia conservadora de los sindicatos. Cada nueva etapa de desarrollo, cada incremento en las filas del partido, en la complicación de sus métodos de trabajo, abre nuevas posibilidades, pero también nuevos peligros. Los trabajadores de los sindicatos, incluso los educados en la escuela más revolucionaria, muestran a menudo una tendencia a liberarse del control del partido. En el momento actual, sin embargo, éste no es el problema En el momento actual, la oposición no proletaria, que arrastra a la mayoría de la juventud no proletaria, está intentando revisar nuestra tradición, nuestra teoría, nuestro programa, y lo hace a la ligera, de paso, en aras de la lucha contra "la pandilla de Cannon". En el momento actual, no son los sindicalistas quienes muestran su desprecio hacia el partido, sino los oportunistas pequeñoburgueses. Precisamente para evitar que los sindicalistas se vuelvan un día de espaldas al partido, es preciso rechazar ahora enérgicamente a estos oportunistas pequeñoburgueses.
Además, no podemos olvidar que los errores, actuales o futuros, de los camaradas que trabajan en los sindicatos, no son, sino el reflejo de las presiones del proletariado americano, tal como es hoy día. Es nuestra clase. No vamos a ceder a la presión. Pero ella nos muestra nuestra principal vía histórica. Los errores de la oposición, sin embargo, reflejan la presión de otra clase, que nos es ajena. La ruptura ideológica con esa clase es una condición indispensable del triunfo futuro.
Los razonamientos de la oposición respecto a la juventud son completamente falsos. Sin conquistar a la juventud proletaria, el partido no podrá desarrollarse. Pero el problema es que tenemos una juventud casi totalmente pequeñoburguesa, muchos con un pasado socialdemócrata, es decir, oportunista. Los líderes de esta juventud tienen virtudes innegables y gran habilidad, pero, por desgracia, han sido educados en el espíritu del oportunismo pequeñoburgués y, si no se desarraigan de su medio, si no se instalan en distritos industriales para hacer el trabajo sucio diario entre el proletariado, se perderán para siempre para el movimiento revolucionario. Desgraciadamente, Schatman ha adoptado respecto a la juventud, como a tantas otras cuestiones, una postura totalmente falsa.

¡Hay que detenerse!

Podemos ver hasta qué punto el pensamiento de Schatman, surgido de un punto de partida falso, ha llegado a ser totalmente infundado, en el hecho de que desprecie mi postura, calificándola de defensa de la "pandilla de Cannon", e insista varias veces en que, en Francia, apoyé también erróneamente a la "pandilla de Molinier". Todo se reduce a mi apoyo personal a grupos aislados, sin referencia a su programa. El ejemplo de Molinier no sirve más que para oscurecer aún más el asunto. Intentaré aclararlo. Molinier fue acusado de indisciplina, arbitrariedad y de meterse en toda clase de aventuras financieras para apoyar el partido y su fracción, no de rechazar nuestro programa. Sin embargo, Molinier era un hombre muy enérgico y con indudable capacidad para la acción. Creí necesario -no sólo en interés de Molinier, sino de todo el partido- agotar todas las posibilidades de convertirle y reeducarle en el espíritu de la disciplina proletaria. Como muchos de sus adversarios tenían todos sus defectos y ninguna de sus virtudes, traté de convencerlos de que no provocaran una escisión, sino que probaran una y otra vez a Molinier. Y esta fue mi "defensa" de Molinier en la adolescencia de la vida de nuestra sección francesa.
Como considero que una actitud paciente hacia los camaradas débiles o indisciplinados y los intentos repetidos para reeducarlos en el espíritu revolucionario son completamente necesarios, he aplicado estos métodos no sólo con Molinier. He hecho intentos de acercar al partido a Kurt Landau, Field, Weisbord y muchos otros. En muchos casos, mis esfuerzos fueron infructuosos; en otros, conseguí rescatar a valiosos camaradas.
'En ningún caso hice la menor concesión de principios a Molinier. Cuando decidió fundar un periódico sobre la base de las, "cuatro consignas", en lugar de nuestro programa, y ejecutar independientemente el plan, estuve entre los que insistieron en su expulsión inmediata. Pero no oculto el hecho de que, en el Congreso Fundacional de la IV Internacional estuve a favor de probar de nuevo a Molinier y su grupo dentro de la estructura de la Internacional, para ver si se habían convencido de lo erróneo de su política. Tampoco esta vez sirvió para nada el intento. Pero no renuncio a repetirlo otra vez, si se dan las condiciones adecuadas. Es curioso que, entre los enemigos más encarnizados de Molinier hubiese gente, como Vereecken y Sneevliet, que al final han roto con la IV Internacional y se ha unido a él con todo éxito.

Algunos camaradas que conocen mis archivos me reprochan amistosamente que haya perdido y siga perdiendo tanto tiempo con "deshauciados". Les contesto que he tenido muchas veces la oportunidad de observar que la gente cambia con las circunstancias y que no estoy dispuesto a deshauciar a nadie sobre la base de unos cuantos errores, aunque sean muy serios. 
Cuando tuve claro que Schatman -y una sección del partido tras él- se estaban metiendo en un callejón sin salida, le escribí que, si podía, cogería un avión y me iría a discutir con él en Nueva York setenta y dos horas seguidas. Le pregunté si, en caso de que yo no pudiera ir, querría él venir a verme. No me contestó. Estaba en su derecho. Puede que, en el futuro, los camaradas que revisen mis archivos citen esta carta mía a Schatman como un paso en falso, y la relacionen con mi postura con Molinier. No me convencerán. Es una tarea extremadamente difícil formar una vanguardia proletaria internacional en las condiciones actuales. Cazar individuos a expensas de los principios sería imperdonable. Pero considero de siempre mi deber hacer todo lo posible por retener a los camaradas equivocados o que intentan apartarse de nuestro programa.
Cito una palabras de Lenin -pronunciadas en la Discusión Sindical que Schatman ha utilizado tan irrelevantemente- que deberían grabarse en la mente muchos camaradas: "Un error siempre empieza siendo pequeño. Luego, crece. Las diferencias siempre empiezan por nimiedades. Todo el mundo se ha hecho alguna vez una heridita, pero si la heridita se infecta, puede producir una enfermedad mortal." Así hablaba Lenin el 23 de enero de 1921. Es imposible no cometer errores; unos lo hacen con mayor frecuencia, otros con menos. El deber de un revolucionario proletario es no mantenerse en el error, no situar su ambición personal sobre los intereses de la causa, detenerse a tiempo. ¡Y es hora de que el camarada Schatman se detenga! De otro modo, el arañazo, que es ya una úlcera, puede degenerar en gangrena.
24 de enero de 1940.
Coyoacan, D. F.




NOTAS

* William F. Warde era él pseudónimo de George Novack. {Nota del Ed.)

** Recomiendo a los jóvenes camaradas el estudio de la obra de Engels (Anti-Dühring), Plejanov y Antonio Labriola.

*** Ya estaba escrito este artículo cuando leí en el New York Times, del 17 de enero, las líneas siguientes sobre lo que está pasando en Polonia: "Todavía no se han llevado a cabo grandes expropiaciones en la industria. Los centros principales del sistema bancario, los ferrocarriles y muchas grandes industrias ya eran propiedad del Estado muchos años antes de la ocupación rusa. La pequeña y mediana empresa se está poniendo ahora bajo el control de los trabajadores.
Los industriales retienen nominalmente la propiedad de la empresa, pero están obligados a someter a la consideración de los delegados de los trabajadores los estados de cuentas, las previsiones de producción, etc. Estos, de acuerdo con los empleados, establecen los salarios, las condiciones de trabajo y "un beneficio justo" para el empresario.
Queda así demostrado cómo "la realidad de los acontecimientos vivos" no suele someterse a las pautas pedantes y sin vida de los líderes de la oposición. Mientras tanto, nuestras "abstracciones" se vuelven de carne y hueso.






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