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SOBRE LA CONCEPCIÓN "MECANICISTA" DE LA NATURALEZA .29

 

A pág. 46:30 las diferentes formas de movimiento y las

ciencias que las estudian.

 

Desde la publicación del anterior artículo (Vorwärts, 9 de febrero de 1877),31 Kekulé (Die wissenschaftlichen Ziele und Leistungen der Chemie)32 ha determinado en términos muy semejantes la mecánica, la física y la química: "Tomando como base esta concepción acerca de la naturaleza de la materia, podemos definir la química como la  ciencia de los átomos y la física como la  ciencia de las moléculas, en cuyo caso será lógico separar como disciplina especial la parte de la física actual que trata de las  masas y reservar para ella el nombre de  mecánica. La mecánica aparece así como la ciencia sobre que descansan la física y la química, por cuanto que ambas, en ciertas consideraciones y, sobre todo, en ciertos cálculos, tienen que considerar a sus moléculas o a sus átomos como masas."33 Esta concepción, como se ve, sólo se distingue de la que se expone en el texto 34 y en la nota anterior 35 por el hecho de ser un poco menos precisa. Pero una revista inglesa (Nature) tradujo la tesis de Kekulé formulada más arriba a otro lenguaje, diciendo que la mecánica era la estática y la dinámica de las masas, la física la estática y la dinámica de las moléculas y la química la estática y la dinámica de los átomos,", pero a mí me parece que esta reducción incondicional incluso de los procesos químicos a procesos puramente mecánicos estrecha indebidamente por lo menos el campo de la química. No obstante lo cual se ha puesto de moda hasta el punto de que Haeckel, por ejemplo, emplea constantemente como sinónimos los términos de "mecánico" y "monista" y, según él, "la fisiología actual... sólo admite dentro de su campo... la acción de fuerzas fisicoquímicas o, dicho  en un sentido amplio, mecánicas (Perigenesis).37

 

Cuando yo digo que la física es la mecánica de la molécula, la química la física del átomo y la biología la química de la proteína, trato de expresar con ello la transición de cada una de estas ciencias a la otra y, por consiguiente, tanto la trabazón, la continuidad, como


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la diferencia, la discreción, entre una y otra. Pero no me parece que sea admisible ir más allá, considerando la química también como una especie de mecánica. La mecánica en sentido amplio o en sentido estricto conoce solamente cantidades, calcula a base de velocidades y masas y, a lo sumo, de volúmenes. Y allí donde, como en la hidrostática y en la aerostática; le sale al paso la cualidad de los cuerpos, no puede resolver los problemas sin entrar en los estados y los movimientos moleculares, convirtiéndose en una ciencia puramente auxiliar, en una premisa de la física. Ahora bien, en la física, y más aún en la química, no sólo se producen constantemente cambios cualitativos, como consecuencia de los cambios cuantitativos, trueques de cantidad en cualidad, sino que se presentan a estudio, además, gran cantidad de cambios cualitativos de los que no está demostrado en modo alguno que se hallen condicionados por cambios cuantitativos. No hay inconveniente alguno en reconocer que la corriente actual de la ciencia se mueve en esta dirección, pero esto no demuestra que sólo y exclusivamente ella sea la acertada, que el ajustarse a esta corriente  agote  la totalidad de la física y de la química. Todo movimiento entraña movimiento mecánico, desplazamiento de lugar de las mayores o menores porciones de la materia, y la ciencia tiene como  primer  deber, pero solamente el  primero, conocer esto. Pero ello no quiere decir que el movimiento en general se reduzca, ni mucho menos, a este movimiento mecánico. El movimiento es algo más que el simple desplazamiento de lugar; en los campos que se hallan por encima de la mecánica es también cambio de cualidad. El descubrimiento de que el calor es un movimiento molecular sentó época. Pero si lo único que supiéramos decir del calor fuera que es cierto desplazamiento de lugar de las moléculas, valdría más que nos calláramos. La química parece estar en el mejor de los caminos para explicar toda una serie de las propiedades físicas y químicas de los elementos, partiendo de la relación que existe entre el volumen y el peso atómicos. Pero a ningún químico se le ocurrirá afirmar que puedan expresarse exhaustivamente todas las propiedades de un elemento mediante el lugar que ocupe en la curva de Lothar Meyer,38 que con ello sólo se expliquen, por ejemplo, la estructura peculiar del carbono, que hace de él un portador esencial de la vida orgánica, o la necesidad de la existencia de fósforo en el cerebro. Y, sin embargo, a eso y no a otra cosa tiende la concepción "mecanicista". Esta explica todos los cambios a base del desplazamiento de lugar, todas las diferencias cualitativas a base de las diferencias cuantitativas, y pasa por alto el hecho de que las relaciones entre cualidad y cantidad son recíprocas, de que la cualidad se trueca en cantidad lo mismo que se trueca la cantidad en cualidad, que se trata de una acción mutua.  Si todas las diferencias


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y todos los cambios de cualidad pudieran reducirse a diferencias y cambios cuantitativos, a desplazamientos de lugar, llegaríamos necesariamente a la conclusión de que toda la materia se halla formada por partículas pequeñísimas idénticas y de que todas las diferencias cualitativas que se dan en los elementos químicos de la materia están determinadas por las diferencias cuantitativas en cuanto al número y a la agrupación local de estas partículas mínimas para formar átomos. Pero a semejante resultado no hemos llegado todavía, ni mucho menos.

 

Es la ignorancia en que nuestros actuales naturalistas se hallan con respecto a toda filosofía que no sea la más trillada filosofía vulgar que hoy hace estragos en las universidades alemanas lo que les permite manejar de este modo expresiones como la de "mecánico", sin darse cuenta ni barruntar siquiera qué conclusiones llevan necesariamente aparejadas. La teoría de la identidad absolutamente cualitativa de la materia cuenta con sus partidarios, sin que, desde el punto de vista empírico, pueda ni refutarse ni demostrarse. Pero si preguntáramos a quienes se empeñan en explicarlo todo "mecánicamente" si tienen conciencia de esta conclusión y aceptan la identidad de la materia, ¡cuántas respuestas distintas escucharíamos!

Lo más cómico de todo es que la equiparación de "materialista" y "mecánico" procede de  Hegel, quien trata de poner en ridículo al materialismo con la adición del adjetivo "mecánico". Y es cierto que el materialismo criticado por Hegel -o sea el materialismo francés del siglo XVIII- era en todo y por todo  mecanicista, por la sencilla y naturalísima razón de que, por aquel entonces, la física, la química y la biología estaban todavía en mantillas y distaban mucho de poder brindar el fundamento de una concepción general de la naturaleza. Y también Haeckel toma de Hegel la traducción que da de  causae  efficientes  por "causas que obran mecánicamente" y la de  causae  fínales  por "causas que obran con arreglo a un fin", terminología en la que Hegel emplea la palabra "mecánico" como sinónimo de lo que obra de un modo ciego, inconsciente, y no en el sentido en que la emplea Haeckel. Además, toda esta contraposición es en el propio Hegel un punto de vista hasta tal punto superado, que  ni  siquiera  la  menciona  en ninguna de las dos exposiciones de la causalidad que hace en la  Lógica,  sino solamente en la  Historia de la fiosofía, donde se presenta en el terreno histórico (¡se trata, por tanto, simplemente de una mala interpretación de Hegel, debida a su superficialidad!), y muy de pasada en la teleología (Lógica, III, II, 3),39 donde la cita como forma bajo la que la  vieja  metafísica  concebía la antítesis de mecanismo y teleología,  tratándolo por lo demás como un punto


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de vista de muy largo tiempo atrás sobrepasado. Por tanto, Haeckel, llevado de la alegría de ver confirmada su concepción "mecanicista", copió sin saber lo que copiaba, llegando por este camino al lindo resultado de que ¡si por selección natural se produce un determinado cambio en un animal o en una planta, esto es resultado de una  causa  efficiens y, en cambio, si el mismo cambio responde a la selección  artificial, lo produce una  causa  finalis! ¡Un ganadero, causa finalis! Claro está que un dialéctico del calibre de Hegel no podía dar vueltas y más vueltas dentro del círculo vicioso de la estrecha antítesis de causa efficiens y causa finalis! Y, por lo que al punto de vista actual se refiere, se ha puesto fin a todas esas monsergas sin perspectivas acerca de la antítesis a que nos referimos desde el momento en que sabemos  por experiencia y teóricamente que tanto la materia como su modalidad, el movimiento, escapan a toda posibilidad de creación y son, por tanto, su propia causa final, mientras que el llamar causas  eficientes a las causas singulares que momentánea y localmente se aíslan en la acción mutua del movimiento del universo o aparecen aisladas por nuestra reflexión, no añade absolutamente ninguna determinación nueva, sino solamente un elemento de confusión. Una causa no eficiente no es tal causa.

 

N. B. La materia en cuanto tal es una pura creación del pensamiento, una abstracción. Cuando resumimos las cosas, como dotadas de existencia corpórea, bajo el nombre de materia, prescindimos de las diferencias cualitativas entre ellas. La materia cómo tal, a diferencia de las materias determinadas, existentes, no es, pues, algo dotado de existencia sensible. Cuando las ciencias naturales tratan de poner de manifiesto la materia unitaria en cuanto tal, reduciendo las diferencias cualitativas a una diversidad puramente cuantitativa en cuanto al modo de agruparse partículas pequeñísimas idénticas, hacen lo mismo que cuando, en vez de cerezas, peras o manzanas, nos hablan de la fruta en cuanto tal40 o del mamífero en cuanto tal, en vez del gato, el perro o la oveja, del gas en cuanto tal, del metal en cuanto tal, de la piedra en cuanto tal, de la composición química en cuanto tal o del movimiento en cuanto tal. La teoría darviniana postula, en este mismo sentido, un mamífero primigenio, el protomamífero de Haeckel, pero se ve obligado a reconocer, al mismo tiempo, que si contenía en  germen todos los mamíferos futuros y actuales, se hallaba en realidad supeditado a todos los mamíferos de hoy y era de una tosquedad primitiva y, por tanto, más perecedero que todos éstos. Como ya puso de relieve Hegel (Enciclopedia, I, pág. 199),41 esta concepción, este "punto de vista unilateralmente matemático", desde  el que  la   materia   se  considera  como  algo   determinable


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solamente en el terreno cuantitativo y en lo cualitativo originariamente igual, "no es otro punto de vista" que el del materialismo francés del siglo XVIII Se trata, incluso, de un retroceso hasta Pitágoras, quien consideraba ya el número, la determinabilidad cuantitativa, como la esencia de las cosas.

 

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Primero, Kekulé.42 Luego, la sistematización de las ciencias naturales, que ahora se hace cada vez más necesaria, sólo puede encontrarse en los entronques de los mismos fenómenos. Así, el movimiento mecánico de pequeñas masas en un cuerpo celeste termina en el contacto entre dos cuerpos, bajo las dos formas de fricción y de choque, que sólo se distinguen entre sí en cuanto al grado. Comenzamos, pues, investigando el efecto mecánico de la fricción y el choque. Pero encontramos que no se reduce a esto: la fricción produce calor, luz y electricidad; el choque, calor y luz, cuando no también electricidad: convierte, por tanto, el movimiento de masas en movimiento molecular. Entramos, pues, en el campo del movimiento molecular, en el campo de la física, y seguimos investigando. Pero también aquí encontramos que el movimiento molecular no pone remate a la investigación. La electricidad se convierte en transformación química y brota de ella. Y lo mismo ocurre con el calor y la luz. El movimiento molecular se trueca en movimiento atómico: química. La investigación de los procesos químicos se encuentra como campo de investigación con el mundo orgánico, es decir, con un mundo en el que los procesos químicos se desarrollan bajo las mismas leyes, pero en otras condiciones que en el mundo inorgánico, para cuya explicación basta con la química. En cambio, todas las investigaciones químicas del mundo orgánico nos retrotraen, en última instancia, a un cuerpo, que, siendo resultado de procesos químicos corrientes, se distingue de todos los demás por el hecho de ser un proceso químico permanente que se desarrolla por sí mismo: la proteína. Cuando la química logre obtener la proteína de la manera específica en que evidentemente ha surgido, la del llamado protoplasma, manera específica, o más bien ausencia de ella, en la que contiene potencialmente todas las demás formas de proteína (lo que no quiere necesariamente decir que sólo exista un tipo de protoplasma), se habrá logrado exponer la transición dialéctica de un modo real y, por tanto, completo. Entre tanto, seguiremos moviéndonos en el campo del pensamiento, alias hipótesis. Por cuanto que la química crea la proteína, el proceso químico, como antes veíamos que ocurría con el proceso mecánico, trasciende más allá de sí mismo; es decir, se extiende a un campo más amplio que el del organismo.  La fisiología es,  ciertamente,  la


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física y especialmente la química del cuerpo vivo, pero con ello deja también de ser química específica, pues si, de una parte, su campo de acción se restringe, de otra se eleva con ello a una potencia superior.




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